Categoría: Verónica Cohen

  • ¿Dónde está el sujeto?

    Por Verónica Cohen

    En sus respectivos textos, Roland Chemama y Gérard Pommier comparten la posición y la idea de que el analista es un sujeto. Por supuesto que lo es, pero no en el despliegue de un análisis, donde, como precisa el primero, es semblante de objeto del analizante; más precisamente, está en lugar de semblante de objeto de un analizante. Lo que diferencia un psicoanálisis de alguna terapia es la abstinencia, privarse de aparecer como sujeto en la escena transferencial para no sus- traerle al analizante su lugar como sujeto. “Donde ello era, el sujeto debe advenir”, sentencia Freud.

    Con la repetición se encuentra una diferencia que permite apresar el a.

    ¿De quién? Del analizante, con el analista en ese lugar de semblante de a. Destaco el desarrollo de la vergüenza en lo que Chemama llama “la situación analítica”. En el seminario sobre el reverso, Lacan articula la vergüenza con el agujero que deja la caída del objeto pulsional, donde surge el significante uno. Engrana así pulsión, objeto pulsional, mirada o voz, con el decir y con un lugar de agujero o de falta. En ese mismo sentido, la vergüenza es vehículo para la aparición del sujeto representado por el significante en la situación de análisis. Que el analista aparezca como sujeto y no en lugar de semblante de objeto va en la vía del goce, no de la falta y el deseo. El decir en análisis es un decir, el decir de uno, y el analista como sujeto no tiene nada que decir.

    Si bien Pommier comparte con Chemama la idea de que hay dos sujetos en un análisis, en su trabajo no es lo que practica. El analista está para sostener el decir, las asociaciones, las homofonías que le permiten a un analizante apropiarse del recuerdo de la violencia del padre y saber salir de allí con el análisis, sosteniendo esas letras. Mirada y voz se hacen decir escuchado. ¿Las imágenes no son significantes? Como no se captan sino en el decir, al decirlas se convierten en significantes. Se lee en lo que dice uno de sus analizantes, que queriendo decir violet (violeta) dice violé (violento). Sí, están el color y la imagen, pero también la homofonía. Como sabemos desde Freud, homofonías y resonancias son del decir en el análisis. Destaco en este texto que lo imaginario, lo simbólico y lo real se anudan y son dimensiones del decir. Las imágenes, entonces, entrarían en lo que llamamos “dimensiones del decir”.

  • El objeto “a” estructurante del mundo

    Por Verónica Cohen

    Voy a conectar dos trabajos muy distintos, que toman el a como estructurante del mundo y hacen un recorrido por el objeto voz y el objeto mirada. Cada uno, desde el lugar por el que recorre la teoría y el objeto como estructurante del mundo, hace un trayecto paso a paso.

    Claro y preciso, Benjamin Domb articula, sostenido en la enseñanza de Lacan, el objeto a, más precisamente los objetos voz y mirada, con las pulsiones y el decir. Parte del grafo del deseo y avanza, como Lacan en su enseñanza, manteniendo la idea de lo estructural. Domb hace este re- corrido sin perder la noción de estructura ni la de la falta.

    “La experiencia psicoanalítica con la mirada pone el acento en el cuerpo, del cuerpo fragmentado al cuerpo unificado. A ser mirado, a no ser mirado, la mirada como la voz vienen del lugar del Otro que mira al recién nacido, mira y luego este se ve en el espejo plano. Para Lacan, los ojos están para no ver, es decir que la realidad en la que vivimos es fantasmática y el fantasma depende, fundamentalmente, de cómo fuimos mirados por el Otro”. Pone el acento en que se habla con el cuerpo, que siempre se trata del decir y su eco en el cuerpo.

    Esto es muy claro y distinto a esos decires fuera de discurso, esa pavada que es que “el cuerpo habla”, donde se borra la división del sujeto y el a, división entre el decir y el eco en el cuerpo, decir y objeto a.

    Adriana Hercman trabaja el hallazgo de Lacan del objeto a como causa de deseo y es interesante cómo destaca la noción de separtición, “partición en el interior de un objeto carnal del que pende la estructura del deseo”. En su texto destaca el concepto de semblant como lugar que comanda los discursos, los objetos en el lugar del semblante y el analista haciéndose al modo del mismo. Es de mucha claridad la noción de causa objetalizada y que no hay análisis sin que el analista se comprometa en no rehusarse a poner el cuerpo en el lugar de semblante de a.

    “En la marcha de un análisis, es con el cuerpo del analista como otro que se elabora la pulsión y en ese camino el analizante podrá pasar del «me mira» inicial a un «me miro» en ese objeto que está en el Otro, lugar que

    en el trayecto va perdiendo cualidad subjetiva; pasaje de un Otro al otro que se produce en la medida en que el Otro como lugar hace posible la instalación de la transferencia, la constitución del Sujeto supuesto Saber. El análisis mismo será una forma de interrogar el Sujeto supuesto Saber y la erosión de los atributos que lo conforman es lo que años más tarde definirá para Lacan la verdadera dimensión del ateísmo”.

    Este trabajo, lo mismo que el de Benjamin Domb, si bien son muy diferentes, enseñan paso a paso la dialéctica del objeto y el sujeto, el lugar estructural de la castración; articulan palabra y cuerpo y el lugar último que es la muerte.

    Los reuní justamente por la precisión en el desarrollo, porque destacan la función de la mirada y de la voz, cuestión a interrogarse en un análisis, y lo que podemos llamar el “ser del a como ser de falta”. Pero sobre todo, por retomar la enseñanza de Lacan de la práctica del psicoanálisis

    como estructural, sin perder el recorrido de la experiencia.

  • La interpretación no es sin el deseo del analista

    Por Verónica Cohen

    El trabajo de Ursula Kirsch está apegado a la práctica del psicoanálisis, a la vez que es de la rigurosidad discursiva a la que nos tiene acostumbrados, quizás porque dicha rigurosidad es inseparable de la práctica.

    “Otro lugar para mirar [la acertada traducción de ein anderer Schauplatz, la otra escena] aparece durante la elaboración del sueño. El sujeto se ve en el sueño, el relato se convierte en su espejo, lo que ve es una imagen que solo asume propia porque lo ha soñado”. Kirsch hace un análisis muy preciso e interesante del sueño del Hombre de los lobos, de cómo surge su relación con el Otro; el sujeto se ve en el espacio del Otro y a la vez se ve como en un espejo de ese lugar. Pero solo al decir, solo dispuesto a la transferencia puede instituirse el Otro, el ideal, y ese misterioso objeto que constituye. El analista recibe el i(a), es con eso que opera para que surja ese que el sujeto es. No sin la mirada, sin la voz: “Es por su goce, de qué y a quién, que el sujeto alcanza un 1, otro que el hablante es”. En su texto queda claro cómo concibe el análisis, el decir y la transferencia de ese objeto imagen del deseo. Es allí donde Ursula Kirsch propone operar. La interpretación, entonces, no es sin la imagen del deseo, el corte, lo que se desprende y cae. Hace falta el soporte que es el deseo del sujeto en- vuelto en ese objeto. Y la interpretación se hace con el deseo del analista. A partir de aquí, el trabajo de Clelia Conde. En uno y otro puede leerse que no es posible sostener la práctica del psicoanálisis sin el deseo del analista.

    Clelia Conde articula análisis y supervisión con el decir. Sobre la función del objeto a, dice que para alojar al objeto tiene que haber “algo que no haya”, esto es, la falta en función. Y algo que es un rasgo en la práctica de Clelia Conde: escuchar lo propio de la época. “Nunca antes, y más claramente que hoy día, contamos con el dispositivo para la escucha de lo que sucede. Nunca antes, más que ahora, que la represión es el signo de la época. Nada produce mayor represión que el hecho de la libertad, entendida como ninguna dependencia”. Conde considera la subjetividad de su época sumergida en el dispositivo del psicoanálisis. En su trabajo se lee que no puede sostenerse la práctica del psicoanálisis sin el deseo del analista, sin el estallido del sentido acumulado como saber o la objeción a los ideales. Pero a la vez, el analista no debe desconocer su resistencia, lo ideológico, la creencia (o vestigios) en que hay relación sexual. Lo ejemplifica con el sueño de un análisis, donde destaca la esquizia misma. “Algo del ser que se presentifica con la mirada no hace relación con la voz”. Esto da lugar al enigma y relanza el trabajo de análisis.

  • El análisis como “otro lugar” donde escuchar lo que se dice y su eco

    LaPsus Calami cumple diez años y los celebra con este, su séptimo número, que re- úne trabajos sobre la voz y la mirada, no siempre en “la experiencia del análisis”; tex- tos muy interesantes que van a quedar como testimonio escrito del tema de este número, entre los que destaco los que pudieron articular la mirada o la voz en la práctica del psicoanálisis. Diferentes estilos, diferentes prácticas.

    A mi entender, queda en primer plano que en un análisis están en juego: un solo sujeto, el analizante; el cuerpo del analista, que sostiene el a como semblante de objeto de aquel; la voz y la mirada, objetos privilegiados en el recorrido de un análisis.

    En estos tiempos de pandemia, la voz como objeto aparece en primer plano, sim- bolizando el cuerpo y en el centro del nudo de las dimensiones del decir. No sabíamos, cuando elegimos el tema del número, que la voz se iba a volver preponderante entre los objetos que semblantean el a.

    La mirada y la voz en la experiencia del análisis implican el hablar y el decir en el análisis, por tanto, el lazo entre el significante y el objeto que media con el Otro del lenguaje.

    La voz pasa por el cuerpo, hay palabra y hay voz que lo dice, lo traslada pulsional- mente; el eco está dentro de la voz misma, cuya función es mantener la palabra en forma de a. En cuanto al objeto mirada, destaca el pasaje al a del fantasma, dado no sin los tres tiempos de Lacan y los ternarios que se redoblan, como se lee en La car- ta robada o El arrebato de Lol V. Stein. No podemos analizar sin contar con el hecho de que el decir produce un eco en el cuerpo y ese eco es la pulsión, porque “[…] las pulsiones son el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir”,[1] frase que ilumina la relación entre la palabra y las pulsiones, el decir y el cuerpo.

    Entre el significante y el objeto hay un lazo, que es el que descubre el psicoanálisis y Freud precisa en Pulsiones y destinos de pulsión, lazo entre pulsiones y amor. La pulsión es lazo social porque surge a partir del Otro del lenguaje. Los primeros significantes[2] vienen del Otro y bordean una zona,[3]  libidinizan una zona alrededor de un agujero del cuerpo, parte libidinizada por la lengua que, a mi entender, por el decir ya implica la falta. Decir sobre el cuerpo, eco que es ya una repetición. Tiempo y repetición. Eso es lo que se hace en un análisis, ese movimiento por el que se vuelve muchas veces al mismo lugar y cada vez de distinta manera. “Parece que se retrocede, pero se avanza”, decía una analizante; “es lo que me da esperanza”, decía otra. El lenguaje copula con el cuerpo; mirada y voz son privilegiadas para trasmitir el deseo del Otro.

    Es con la repetición, “[…] que caracteriza, como ninguna otra cosa, a la realidad psíquica del ser inscrito en el lenguaje”,[4] y la pulsión de muerte freudianas que Lacan inventa el objeto a y construye la noción de goce. Con eso podemos pensar el goce y su plus, el goce que se consume en cada repetición. Hay esperanza. ¿De qué? De que el amor haga condescender el goce al deseo. En el decir, la voz rompe el silencio de la pulsión de muerte.[5]

    La otra escena es ese Otro lugar desde donde ver[6]  en el análisis, desde donde el sujeto da a ver y mira, se hace ver y oír en la transferencia, por la que surge el deseo, el sujeto y la realidad… a veces. La mirada puede ser lo elidido por la visión y la representación que ordena. Puede eludir la castración, como leemos en el fetichismo.

    Articular la voz y la palabra, el decir, es enlazar amor-odio con pulsión. A mi entender, la articulación de la demanda de amor, las palabras del Otro, con la inscripción pulsional en una parte del cuerpo (que implica la falta), gasta goce.

    El pasaje del amor a la libido se da desde el comienzo. Acentúo lo inaugural, esa división, donde el sujeto se ve amable como objeto por la palabra del Otro, y eso mismo lo causa como a. ¿Dónde? Donde cae el objeto pulsional y surge el a como falta.

    Es en un psicoanálisis donde se lee la estructura del fantasma, en ese lazo social, si el analista no se resiste a hacer del inconsciente discurso. Hay un pasaje al fantasma de los objetos pulsionales que hacen semblante de a, son puestos en escena, no sin vergüenza. Se trata, como dice Lacan, “[…] la transferencia [como] puesta en acto de la realidad sexual del inconsciente.[7] La vergüenza nos dice de la estructura de ficción de la verdad.

    La voz hace lugar a las palabras, está en el decir. La significación del falo ordena, deja lugar para la falta, si en el análisis hay una lectura de ese decir, un pasaje de discurso que implique la función fálica, no solo el falo sino su falta. Esto implica la castración y la existencia del otro.

    Somos asuntos de un decir y ese decir, siempre diferente, es sexuado porque nos sexuamos como significantes: hombre y mujer. Estos son valores sexuales concernientes a un decir que parte de una zona del cuerpo libidinizada y por lo dicho vuelve al cuerpo como eco. Los aes no son sexuados, pero sexúan, enlazados a los significantes.

    Mi conclusión sobre lo sexual y la sexuación es que a partir de ese decir, de un lado están los que no rechazan lo femenino, hombres o mujeres, y del otro los que lo rechazan, hombres o mujeres. Como dije antes, a veces hay esperanza de que se produzca esa lectura sexuada. Si bien, en estas circunstancias, encontramos un modo para continuar, nuestra práctica se trata, más que nunca, de decir… o peor. La civilización, como la llamó Freud, (capitalista, agrego), nos muestra que el discurso del psicoanálisis es lo que nos sostiene, y no al revés.


    [1] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XXIII: El sinthome, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2006, pág. 18.

    [2] Los significantes y las palabras bordean una zona erógena, una parte del cuerpo, parcialmente, y hacen el cuerpo y el inconsciente.

    [3] Hablar de pulsiones parciales y sus vicisitudes es hablar de circulación, de movimiento, de la intrincación de la pulsión de muerte con las mismas y la complejidad que surge. Es hablar de Eros y de la falta en juego, porque las zonas libidinizadas son significadas por el falo, el que significa los objetos parciales que caen dejando el lugar de falta para los aes. (Ver el seminario sobre la angustia).

    [4] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XVII: El reverso del psicoanálisis, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2008, pág. 186.

    [5] Siempre se trata de una doble división: por el significante y por el objeto; el decir y su eco.

    [6] En la excelente traducción de Ursula Kirsch.

    [7] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1989, pág. 155.

  • Un testimonio

    El testimonio es un género que Lacan pone en primer plano cuando comienza a pensar cómo transmitir los problemas cruciales del psicoanálisis. Inventa un dispositivo –el del pase– para que una escuela pueda extender, hacer pasar, la experiencia de dar testimonio a otros. Sin embargo, no todo testimonio pasa por el dispositivo. Ese es el caso del trabajo de Nora Markman.

    En su texto, la autora trata de transmitir un tiempo del recorrido en psicoanálisis y la articulación de su historia con ese recorrido. La verdad tiene estructura de ficcion, decimos, y ese es el modo en que Nora Markman despliega su testimonio para transmitir su experiencia. No hay otro modo que la ficción para decir, porque siempre se trata de una verdad a medias que no tiene otro modo de decirse que esa media verdad desplegada en la ficción, en un testimonio, en los síntomas, los sueños, los actos fallidos. Lo inconsciente no es sin la equivocación. Es interesante el modo en que nos lo enseña Freud en La perdida de realidad en la neurosis

    y la psicosis. Lo traumático y la angustia traumática se despliegan en versiones, escenas que significan un real imposible, que enlazado a lo imaginario y a lo simbólico construyen, cuando es posible, una realidad psíquica necesaria. El primero al que transforma el testimonio es a su autor. Quizás a Nora Markman, en esa realidad que arma, este país no le parezca “un país serio”. Me sirvo de las palabras de Norberto Ferreyra en su libro La perversion y sus derivas: “Se dice, y esto le consta a muchas personas, que no somos un país serio. Y es verdad. Pero hay que aclarar cuál es la seriedad que no alcanzamos como pueblo, como país. Porque hay una «seriedad» que hemos tenido y sufrido, que siempre está latente en todo agrupamiento humano, la «seriedad» propia de la derecha en su accionar político”.

    ¿Y cómo hace serie? Matando y enmudeciendo, como dice Nora Markman. Matar en serie, que alguien muera antes de tiempo.

    Contra esa “seriedad” de la derecha, yo la llamo “la política con intenciones criminales”, de la que la autora testimonia con tanto dolor, en este país he mos tomado medidas, me refiero a los juicios a militares y civiles. Esto es una acción política. Esta es una seriedad que comparto con otros en este país. Por eso, aprecio la puesta en marcha del dispositivo del pase en las escuelas, para dar lugar a la extensión de testimonios de la experiencia con el psicoanálisis. Hacer pasar el discurso del psicoanálisis es un compromiso social y político.

  • Une lecture sexuée / Verónica Cohen

    Une lecture sexuée / Verónica Cohen

    Parler du regard et de la voix en expérience d’analyse implique le parler et le dire dans l’analyse, donc, le lien entre le signifiant et l’objet qui moyenne avec l’Autre du langage.

    Nous ne pouvons pas analyser sans considérer que le dire produit un écho dans le corps et que cet écho est la pulsion. Lacan le dit ainsi dans son séminaire Le Sinthome : « les pulsionsc’est l’écho dans le corps du fait qu’il y a un dire ». Il s’agit d’une phrase d’une énorme lucidité car elle éclaire la relation entre la parole et les pulsions, entre le dire et le corps.

    Il existe un lien entre signifiant et objet, découvert par la psychanalyse. Freud le décrit et le précise depuis « Pulsions et vicissitudes des pulsions ». C’est le lien entre pulsions et amour, que Freud différencie et relie.

    La pulsion est lien social parce qu’elle est à partir de l’Autre du langage. Les premiers signifiants viennent de l’Autre du langage et libidinisent une zone autour d’un trou du corps, c’est une partie libidinisée par la langue, à mon avis, par le dire qui implique déjà le manque, car le langage ne peut tout dire.

    Quand nous parlons de pulsions partielles et de leurs vicissitudes, nous parlons de circulation, de mouvement, nous parlons de l’embrouillement de la pulsion de mort avec les pulsions partielles  et aussi de la complexité qui en surgit.

    Nous parlons du dire sur le corps. Quand nous disons écho il s’agit d’une répétition. C’est-à-dire qu’il s’agit du temps et de la répétition.

    Il s’agit de ce qui est fait dans une analyse; ce mouvement par lequel on revient plusieurs fois à une même place, mais chaque fois de manière différente. Il semblerait que l’on recule, maisen fait on avance, disait une analysante, c’est ce qui me donne de l’espoir, en disait une autre.

    Ce sont les signifiants et les paroles côtoyant une zone érogène, une partie du corps ; ce sont eux qui partiellement font le corps et l’inconscient. Ils libidinisent. Quand je dis zone érogène, je parle d’Eros et du fait que le manque est en jeu. Car toutes ces zones libidinisées sont signifiées par le phallus. Dans le Séminaire de l’angoisse nous retrouvons le schéma. Le phallus signifie ce que nous appelons des objets partiels, qui tombent en laissant la place du manque aux aes.

    Le langage copule avec le corps, regard et voix sont privilégiés pour transmettre le désir de l’Autre. Cette phrase sur l’écho nous dit quelque chose de la répétition que font le corps et l’inconscient.La répétition qui, en paraphrasant Lacan, caractérise, comme n’importe quelle autre chose, la réalité psychique de l’être inscrit dans le langage.

    C’est avec la répétition et la pulsion de mort freudiennes que Lacan invente l’objet a et construit la notion de jouissance. C’est avec cela que nous pouvons penser la jouissance et son plus de jouir, la jouissance qui se consomme à chaque répétition. Il y a de l’espoir. De quoi? De ce que l’amour fasse condescendre la jouissance au désir.

     

    La voix dans le dire brise le silence de la pulsion de mort. Il s’agit toujours d’une double division. À cause du signifiant  et à cause de l’objet: le dire et son écho.

    Ce faire le corps et l’inconscient n’est autre chose que L’autre scène-die anderescene. Une autre place depuis laquelle voir dans l’analyse, depuis laquelle le sujet construit, donne à voir et regarde et se fait voir et entendre dans le transfert ; le désir surgit qui fait à son tour surgir le sujet et la réalité… quelques fois.

    Le regard peut être quelque chose d’élidé par les voies de la vision et de la représentation qui ordonne. Il peut éviter la castration, tel que nous lisons dans le fétichisme.

    Articuler la voix et la parole, le dire, c’est articuler amour-haine et pulsion reliés. À mon avis il s’agit de l’articulation de la demande d’amour, des paroles de l’Autre, à leur inscription pulsionnelle conjointe dans une partie du corps qui implique le manque.

    Le passage de l’amour à la libido existe dès le commencement, je mets l’accent sur ce  qu’il y a d’inaugural, c’est-à-dire cette division en deux, où le sujet se voit aimable comme objet, à cause de la parole de l’Autre et cela même le cause comme a, mais où ? Là où l’objet pulsionnel tombe et le a surgit comme manque.

     

    La formule de la pulsion “sujet barré losange D” a, dans sa propre constitution, les paroles qui ont libidinisé, celles qui ont fondé une partie du corps et les objets pulsionnels et leur chute. Depuis ce trou « germent » les signifiants. Dans son Séminaire XVII,  « L’envers de la psychanalyse »Lacan le dit, non sans honte. Ce trou, c’est la honte qui le laisse –je trouve cela intéressant-.

    Je l’entends comme le passage de la pulsion et l’objet de la pulsion qui tombe au fantasme et à l’objet a du fantasme (“sujet barré losange a »). C’est le fantasme ce qui implique la dimension de la honte. Nous sommes  déjà engendrés comme a dans le fantasme, ce sont les effets du langage.

    C’est lors d’une psychanalyse, dans ce lien social,  que l’on lit la structure du fantasme, pourvu que l’analyste ne se résiste pas à faire discours de l’inconscient. Il y a donc un passage des objets pulsionnels faisant semblant des aes au fantasme. Ceux-ci mis en scène, non sans honte, c’est ce que Lacan appelle dans « Position de l’inconscient » Le transfert comme la mise en acte de la réalité sexuelle de l’inconscient. La honte nous dit de la structure de fiction de la vérité.

    Dire qu’ils “germent” c’est déjà une division. La voix fait place aux paroles, elle est dans le dire, la signification du phallus ordonne, elle laisse place au manque sà condition qu’il existe dans l’analyse une lecture de ce dire, s’il y a un passage de discours impliquant la fonction phallique, non seulement le phallus mais son manque ; cela implique la castration et l’existence de l’autre.

    Nous sommes donc des affaires d’un dire; ce dire, toujours différent, est sexué parce que nous nous sexuons en tant que signifiants, hommes et femmes, valeurs sexuelles, affaires d’un dire qui part d’une partie du corps libidinisée et revient comme écho au corps, à cause de ce qui est dit.

    Les aes ne sont pas sexués, mais ils sexuent, reliés aux signifiants.

    Ma conclusion sur le sexuel et la sexuation c’est qu’à partir de ce dire qui est sexué, d’un côté se trouvent ceux qui ne refusent pas le féminin, que ce soit des hommes ou des femmes, et de l’autre se trouvent ceux qui le refusent, des hommes ou des femmes. Car le dire est sexué.

    Tel que je l’ai dit auparavant, quelques fois il y a de l’espoir. De quoi ? De cette lecture sexuée.

     

     

     

  • Una lectura sexuada / Verónica Cohen

    Una lectura sexuada / Verónica Cohen

    Hablar de la mirada y la voz en la experiencia del análisis implica el hablar y el decir en el análisis, entonces, el lazo entre significante y el objeto que media con el otro del lenguaje.

    No podemos analizar sin contar con que el decir produce un eco en el cuerpo y ese eco es la pulsión. Lacan lo dice así en el seminario El síntoma: “Las pulsiones son el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir”. Frase de una gran lucidez, ilumina la relación de la palabra y las pulsiones, del decir y del cuerpo.

    Hay un lazo entre significante y el objeto, que descubre el psicoanálisis. Freud lo describe, lo precisa desde “Las pulsiones y sus viscisitudes”. Es el lazo entre pulsiones y amor, que Freud diferencia y enlaza.

    La pulsión es lazo social porque es a partir del Otro del lenguaje. Los primeros significantes vienen del Otro del lenguaje y libidinizan una zona alrededor de un agujero del cuerpo, es una parte libidinizada por la lengua,  a mi entender, por el decir que ya implica la falta.

    Cuando hablamos de pulsiones parciales y sus vicisitudes hablamos de circulación, de movimiento, hablamos de la intrincación de la pulsión de muerte con las mismas y la complejidad que surge.

    Hablamos del decir sobre el cuerpo. Cuando decimos eco se trata de una repetición. O sea que se trata del tiempo y de la repetición.

    Se trata de lo que se hace en un análisis, ese movimiento por el que se vuelve muchas veces al mismo lugar y cada vez de distinta manera. Parece que se retrocede pero se avanza, decía una analizante, es lo que me da esperanza, decía otra.

    Son los significantes y las palabras bordeando una zona erógena, una parte del cuerpo, parcialmente, hacen el cuerpo y el inconsciente. Libidinizan. Cuando digo zona erógena hablamos de Eros y de que la falta está juego. Porque todas esas zonas libidinizadas son significadas por el falo. En el Seminario de la angustia está el esquema. El falo significa lo que llamamos objetos parciales, que caen dejando el lugar de falta para los aes.

    El lenguaje copula con el cuerpo, mirada y voz son privilegiadas para trasmitir el deseo del Otro. Esa frase sobre el eco nos dice de la repetición, que hace el cuerpo y el inconsciente. La repetición “que caracteriza, como ninguna otra cosa, a la realidad psíquica del ser inscripto en el lenguaje.”

    Es con la repetición y la pulsión de muerte freudianas que Lacan inventa el objeto a y construye la noción de goce. Es con eso que podemos pensar el goce y su plus, el goce que se consume en cada repetición. Hay esperanza. De qué? De que el amor haga condescender el goce al deseo.

    La voz en el decir rompe el silencio de la pulsión de muerte. Siempre se trata de una doble división. Por el significante y por el objeto: el decir y su eco.

    Ese hacer el cuerpo y el inconsciente no es otra cosa que La otra escena- die andere scene. Otro lugar desde donde ver en el análisis, desde donde el sujeto construye, da a ver, y mira y se hace ver y oir en la transferencia, surge el deseo que hace surgir el sujeto y la realidad, …a veces.

    La mirada puede ser algo elidido por las vías de la visión, y de la representación que ordena. Puede eludir la castración, como leemos con el fetichismo.

    Articular la voz y la palabra, el decir, es en la vía de articular-amor-odio y pulsión enlazados. A mi entender se trata de la articulación de la demanda de amor, las palabras del Otro, con la inscripción pulsional conjunta en una parte del cuerpo que implica la falta, eso gasta goce.

    El pasaje del amor a la libido se da desde el comienzo, pongo el acento en lo inaugural que es esa división en dos, donde el sujeto se ve amable como objeto, por la palabra del Otro y eso mismo lo causa como a, donde? Donde cae el objeto pulsional y surge el a como falta.

    La fórmula de la pulsión “sujeto tachado losange D”, tiene en su constitución misma, las palabras que libidinizaron, fundaron, una parte del cuerpo, y los objetos pulsionales y su caída. Desde ese agujero “brotan” los significantes. Lacan dice en el seminario diecisiete “El reverso del psicoanálisis”, no sin vergüenza. Ese agujero lo deja la vergüenza,- me parece interesante-.

    Lo entiendo como el pasaje de la pulsión y el objeto de la pulsión que cae al fantasma y al objeto a del fantasma (“sujeto tachado losange a”). El fantasma es el que implica la dimensión de la vergüenza. Somos engendrados ya como a en el fantasma, efectos del lenguaje.

    Es en un psicoanálisis  que se lee la estructura del fantasma, es en ese lazo social, si el analista no se resiste a hacer del inconsciente discurso. Hay entonces, un pasaje al fantasma de los objetos pulsionales que hacen semblante de “a”. Puestos en escena, no sin vergüenza, es lo que Lacan llama en “Posición del inconsciente” La transferencia como la puesta en acto de la realidad sexual del inconsciente. La vergüenza nos dice de la estructura de ficción de la verdad.

    Decir que “brota” es ya una división. La voz hace lugar a las palabras, está en el decir, la significación del falo ordena, deja lugar para la falta si hay, en el análisis, una lectura de ese decir, si hay, un pasaje de discurso que implique la función fálica, no sólo el falo sino su falta, esto implica la castración y la existencia del otro.

    Entonces, somos asuntos de un decir, ese decir, siempre diferente,  es sexuado porque nos sexuamos como significantes, hombres y mujeres, valores sexuales, asuntos de un decir que parte de una parte del cuerpo libidinizada y vuelve como eco al cuerpo, por lo dicho.

    Los aes no son sexuados pero sexuan, enlazados a los significantes.

    Mi conclusión sobre lo sexual y la sexuación, es que a partir de ese decir que es sexuado, de un lado están los que no rechazan lo femenino, hombres o mujeres y del otro los que lo rechazan, hombres o mujeres. Porque el decir es sexuado.

    Como dije antes, a veces hay esperanza, ¿de qué?  De esa lectura sexuada.

    Trabajo presentado en el Coloquio Internacional “La voz y la mirada en la experiencia del análisis” realizado los días 22 y 23 de marzo de 2019 en el Hotel Regente, Buenos Aires, Argentina.
  • “Freud, en su tiempo y en el nuestro”

    “Freud, en su tiempo y en el nuestro”, Elisabeth Roudinesco
    Debate, 2015

    Bellísimo libro.
    Elisabeth Roudinesco, historiadora, sostenida en la inmensa información y documentación sobre Freud y, sobre todo en el profuso epistolario del mismo, despliega un notable libro biográfico . De ese epistolario dice que se trata de un estilo a menudo caótico pero que da testimonio de un verdadero talento literario.
    Detallada y precisa, realiza una semblanza de Sigmund Freud que nos lo representa vívidamente: Y fue en la más pura tradición del “Sturm und Drang” ( tempestad y pasión)- encarnado por Goethe y “Las cuitas del joven Wherther- , que Freud, científico positivista, darwiniano y racional, en busca de gloria y adversidad, especializado en la observación de animales marinos, se enamoró a los veintiséis años, de Martha Bernays.
    Tempestad y pasión describen a Freud desde su juventud hasta el fin.
    Relataré brevemente mi lectura del recorrido.
    Notable el encuentro y fascinación de Freud por Charcot pero sobre todo con el extravagante Fliess. De nuevo tempestad y pasión. Hechizo de Freud por Fliess desde el primer encuentro. Ese contacto, digamos, esa transferencia lo separa a Freud de la neurología, de la teoría de la seducción. Inventa la importancia del complejo de Edipo y comienza a preparar su gran libro “La interpretación de los sueños”. Freud descubre el inconsciente e inventa el método.
    En 1900 se produce su ruptura con Fliess.
    E. R. hace un interesante análisis de esta relación y sus consecuencias.
    El método, el psicoanálisis revoluciona el mundo.
    E. R. describe a Freud como un científico positivista, lo era? Científico sí, pero positivista quién habla del inconsciente al que solo se conoce por sus efectos? Uds, lectores, que dicen?
    Lo qué si acuerdo con E. R. es con la revolución simbólica que Freud realiza : En el fondo, Freud llevaba a cabo una revolución simbólica: cambiaba la mirada que toda una época posaba sobre sí misma y sobre sus maneras de pensar. Inventaba un nuevo relato de los orígenes en el que el sujeto moderno era el héroe, no de una mera patología, sino de una tragedia.
    Son muy interesantes los relatos de los pacientes de Freud con sus historias y nombres verdaderos.
    E. R. llama a Freud, judío espinosista. Ateo, no rechazaba su origen aunque reconocía concepciones del mundo diferentes.
    E. R. ama a Freud, encuentra sus libros luminosos y así es esta biografía . Va relatando los momentos de Freud a partir de sus libros y de la historia de las relaciones con discípulos y disidentes, las reuniones de los miércoles y como se va produciendo la extensión del psicoanálisis más allá de los círculos de Viena. Todos soñaban con un mundo mejor. Se van sucediendo los afectos de Freud por sus discípulos Rank, Fereczi, Abraham, Eitingon, Jung, Jones . Y no solo desfilan sus nombres sino toda una época de extensión del psicoanálisis.
    Aparece con Jung una relación pasional, conflictiva y beligerante, en la que Freud termina acusándolo de ceder al “lodo negro del ocultismo”
    Si bien conocemos estos relatos y esta historia del movimiento, este libro reúne en si mismo toda esta historia y tiene gran valor en este sentido.
    Y las mujeres?
    A partir de 1910 hacen su entrada las primeras mujeres analistas que en general habían sido pacientes del psicoanálisis primero. Es muy interesante ver el giro que se da a los temas del psicoanálisis a partir de esa presencia femenina.
    Tambien es interesante el capítulo dedicado a “El descubrimiento de América”, sobre todo la lectura de E. R. de la psiquiatría y psicología en América. ( por supuesto cuando dice América se refiere a Norteamérica).
    E.R. va haciendo el relato de las diferentes épocas de Freud atravesado por el lazo con sus discípulos, sus rupturas y una realidad que comenzaba a cambiar y transformarse.
    No deja de remarcar dolorosamente y con lucidez la transformación del mundo de Freud y de él mismo a partir de “la gran guerra”.
    Freud observa como su doctrina revela los oscuros aspectos de la humanidad y confirma su teoría sobre la pulsión de destrucción.
    E. R. describe muy bien el pasaje de “La belle epoque” a un mundo moderno .
    Detalla muy bien la familia de Freud, incluyendo la familia extensa y su diáspora. Así como el pasaje del psicoanálisis a un universo más amplio y el dominio del psicoanálisis en otras lenguas y otros territorios.
    Todo ese desarrollo y esa extensión es destruida en Viena y en Alemania por el avance del nazismo. Freud asiste a la destrucción de sus sociedades o al colaboracionismo desesperado de algunos analistas con el nazismo.
    Eso que fue destrucción también fue extensión a otros lugares del mundo
    E.R. relata finalmente la escritura de “Moises y el monoteísmo” en sus tres partes y el giro que finalmente tiene que hacer Freud al comprender los siniestros planes del nazismo y su exilio en Londres.
    En la última parte del libro relata como Anna Freud, Jones, Marie Bonaparte y otros se ocuparon de salvar los archivos, las cartas y como se sucedieron diferentes biografias y libros con las cartas.
    El libro es el libro de una historiadora. No nombra a los que se exilaron en América del Sur, precisamente en Buenos Aires, fundando la APA, ni tampoco a Lacan o a sus discípulos.
    De todos modos este libro es un bello libro para los que amamos a Freud y al discurso del psicoanálisis-
    Verónica Cohen

  • Los tiempos del duelo

    Reseña del libro de Adriana Bauab: Los tiempos del duelo, Letra Viva Editorial, Buenos Aires, 2012

    Este es un libro sobre los “avatares de la pérdida”. Define desde el comienzo al duelo en relación con el recorrido a través de los tiempos lógicos necesarios.

    Es interesante cómo articula la intuición freudiana y sus fundamentos con lo que luego retoma Lacan.

    Se lee entrelíneas una relación con el inconsciente que enriquece el texto escrito y que es marca de un trabajo de discurso y no de “teoría”, que estaría más del lado de la ciencia que del psicoanálisis.

    Entre los temas voy a elegir algunos para destacar: el duelo, término de diferentes acepciones, se refiere por un lado al dolor por una pérdida, y por otro lado, a un trabajo respecto de la falta, un trabajo de redistribución de goce elevado a la categoría de la falta. Otra cuestión es la función simbólica y el valor ético del duelo, la diferenciación entre el trabajo de duelo y la función del mismo.

    Quiero destacar el capítulo sobre las fórmulas de la sexuación, donde son muy interesantes sus conceptos sobre lo femenino, la sexuación y la histeria: “En las fórmulas de la sexuación podemos leer los modos de relacionarse con el goce para quien se diga varón o mujer, acorde con una modalidad que expresa que no hay relación sexual, ya que entre el hombre y la mujer, como afirma el fundador del psicoanálisis, «hay consecuencias… de las diferencias…». Diferencias que trascienden lo real de lo anatómico sexual para advenir diferencias a veces tenues y otras relevantes en todos los planos de sus manifestaciones”.

    En este tramo del libro encontramos conclusiones sobre lo femenino en el hombre o en la mujer que articulan las operaciones de alienación y separación con la constitución de la identidad sexuada.

    También es muy interesante la investigación sobre Bertha Pappenheim y la articulación entre la histeria y lo femenino, y muy en relación con el inconsciente, el lugar de las histéricas en su descubrimiento y el invento del psicoanálisis.

    “Bertha Pappenheim, tanto en su historial clínico de histeria conversiva como en su historia biográfica, en la que se convierte en fundadora y pionera de los movimientos de asistencia social ofrece un texto apropiado para situar algunas cuestiones sobre el discurso de las histéricas en relación con la subjetividad de la época y su estrecha relación con la vía creativa de la femineidad”.

    Concluye esta parte con una afirmación: el duelo es también el duelo por el otro sexo.

    El libro tiene sólidas bases en los conceptos del psicoanálisis y su discurso. Así va recorriendo temas y algunos ejemplos clínicos y literarios.

    Destaco ahora las articulaciones del duelo por el padre y por el cuerpo. La autora desccribe muy bien en un tramo de su recorrido: “Las construcciones teóricas del objeto a y del nudo borromeo nos permiten tratar el concepto de duelo inserto en la especificidad de una clínica llamada lacaniana. ¿De qué duelo se trata en el recorrido de un análisis? Sin duda de uno fundamental, el de alcanzar las fronteras más inaccesibles de la castración, pero sin soslayar, o mejor aún, atravesando los otros duelos. Duelo por el objeto amoroso ausente, duelo por el otro sexo, duelo por el asesinato del padre, duelo por la lozanía del cuerpo, duelo por lo que no fue. Algunos lo cursan con dolor, desgarradura que lastima el cuerpo”.

    De los tramos siguientes resalto: Los duelos y el límite de la estructura”, los ejemplos clínicos y las reflexiones sobre las depresiones.

    En el duelo por la polis” se ocupa de temas en relación con la función simbólica de los ritos y adjunta algunos textos de otros autores (I. Lewkowicz, Stella Maris Rivadero) sobre el olvido.

    Dejo ahora al lector sus opiniones sobre este libro de lectura necesaria para trabajar el tema de los duelos.

  • ¿Qué es la realidad? El psicoanálisis, la ciencia y la política

    Este bello y extraordinario, por lo interesante –pleno de suspenso–, nuevo libro de Ediciones Kliné, es el resultado de muchos años de trabajo bajo la pregunta que convocó a fundar la FCL.

    ¿Porqué no hablar de campo lacaniano?, pregunta desarrollada por Anabel Salafia y Norberto Ferreyra en 1991. Un extracto del texto es el que encontramos en la solapa del libro.

    Campo del goce: campo lacaniano son los significantes bajo los que se desarrolló el trabajo.

    El grupo del seminario que dio lugar al libro está trabajando desde hace muchos meses para llegar a precisar la pregunta y su propia imposibilidad. Esto conduce a desplegarla y complejizarla, a hablar.

    (Alicia Álvarez, Osvaldo Arribas, Verónica Cohen, Clelia Conde, Norberto Ferreyra, Héctor Franch, Marta Nardi, Gustavo Pita, Alicia Russ, Anabel Salafia, Noemí Sirota).

    En El atolondradicho o El distradicho, Lacan dice que el modo de ex-sistir del inconsciente es interrogarse para reproducir la pregunta.

    ¿Qué es la realidad?

    Una interrogación lleva a nuevas preguntas que a su vez llevan a nuevas lecturas, otros autores, y así se van desplegando diferentes orientaciones para la pregunta que resultó en este libro y que no interroga lo mismo en el psicoanálisis que en la ciencia o la política.

    Se partió de algunas convicciones:

    Ciencia y psicoanálisis se implican. El sujeto es forcluido para que la ciencia pueda operar.

    La relación con la ciencia es una relación “amistosa”, y no se la confunde con la tecnocracia.

    En el comienzo mismo del libro, Anabel Salafia dice: “Si nos referimos a la ciencia, como sabemos, el término «realidad» remite inmediatamente a la física, a la physis. La realidad es la physis y la physis es la naturaleza, esto si nos remitimos a los griegos. Veremos que, a partir de lo que se llama la modernidad, la física empieza a distinguirse bastante rápidamente de la naturaleza. Se constituye en un discurso, «el discurso admisible» en lo que se llama ciencia”.

    En cuanto a la política, se afirma que es la manipulación de los cuerpos como cuerpos hablantes la que conduce a la reproducción de los mismos y a su productividad, que implica un tratamiento donde se ignora al sujeto. Ya no son necesarios los hornos para eliminar a “los otros”, el enemigo. Basta con acallarlos, enmudecerlos, lo cual no deja de ser alguna clase de muerte.

    Hay otra política, la del síntoma. La introduce el psicoanálisis a partir de la regla fundamental que funda el discurso e introduce al sujeto en el orden del deseo. Que el sujeto hable, eso es política.

    Ahora, ¿es el real de la política o la realidad de la política?

    La pregunta del comienzo se va complejizando. Cada desarrollo lleva a otros autores, sin perder el eje: la aproximación a lo real, merodear lo real en psicoanálisis, dice Lacan.

    Dice Anabel Salafia, siguiendo el eje de la orientación misma de la FCL: “La política, si se la quiere abordar desde el psicoanálisis, debe tener como punto de partida la consideración de que todo discurso es del goce. Esta aseveración de Lacan, que se encuentra en el Seminario XVII: El envés del psicoanálisis, obre el lugar que tiene el psicoanálisis en lo político remite a que: «Solo es factible entrometerse en lo político si se reconoce que no hay discurso, y no solo analítico, que no sea del goce, al menos cuando de él se espera el trabajo de la verdad»”.

    En el comienzo, Osvaldo Arribas nos interroga:

    ¿Cuál es la relación entre verdad y lo real en la política si esa relación metaforiza el incesto?

    ¿Cuál es la realidad que nos revela la física actual? ¿De qué manera juega la política en el capitalismo?

    ¿Cuál es el color de la realidad?

    Afirma que la transferencia y el deseo del analista en el análisis siguen siendo, y seguirán siendo, el motor del análisis, no la especulación científica.

    Intensas reuniones, aunque no por eso menos divertidas, llevaron a un camino de apertura a partir de los físicos contemporáneos: Luminet, Brian Greene, Schrödinger y otros, apasionados con sus teorías y descubrimientos condujeron a preguntas sobre la relatividad general, la física cuántica, la teoría de cuerdas. La pregunta insiste, pero no interroga lo mismo. La representación de la realidad no solo es diferente en el psicoanálisis, la política y la ciencia, sino que también se trata, por ejemplo, de diferentes representaciones en la física clásica, en la física de Einstein o en la actual, lo mismo para los filósofos políticos.

    Algo está muy claro: el psicoanálisis, y en particular en este trabajo con la ciencia y la política, es una conquista sobre lo real.

    No voy a desarrollar presentación por presentación, sino algunas de sus preguntas y cuestiones para orientarnos hacia donde llevan o Descartes, Pascal, o la lógica de Port Royal.

    Le Gaufey lleva a Hobbes, fundador de la filosofía política y de la formulación “persona ficticia”, y al Leviatán. Leo Strauss a Maquiavelo y Nietzsche. Hobbes, a su vez, a Rousseau y su afirmación opuesta a él.

    Donde Hobbes ubica la moral y la política, Freud inventa el psicoanálisis, la infinitud del deseo, el odio al semejante.

    Si Newton “fue” cuando llegó Einstein, los nuevos descubrimientos hacen de Einstein un nuevo Newton.

    El universo sigue buscando su geometría.

    Cuál es nuestra física, nos preguntamos.

    Avancemos.

    La política es asunto de los cuerpos hablantes. Hablar ya es política, afirmamos.

    En estas vueltas se pensó el orden político y la trascendencia de los derechos del hombre. Esto aparece en primer plano con los fenómenos revolucionarios y contrarrevolucionarios del siglo XVIII.

    Se abre el futuro.

    No hay Otro del Otro que haga existir al Otro fundante. Aunque la búsqueda a veces sea desesperada, no hay absoluto fundante: no hay Otro del Otro, ni dios, ni el Estado, el padre o el analista. No hay garantía.

    Dice Salafia: el sujeto se diferencia de subjetividad, la subjetivación es solo una forma del sujeto.

    Norberto Ferreyra parte, anteriormente, de la pregunta “¿dónde estamos?”, la que nos ubica en un contexto espacio-temporal, que es otra operación que la de una pregunta ontológica. Se trata de la ubicación de y en la transferencia, de la posibilidad del acto.

    No quiero dejar de decir una conclusión de principio que afirma Ferreyra: “La ciencia no trata de saber todo, sino lo máximo, que difiere del todo”.

    Y Alicia Russ concluye su presentación con la pregunta: “¿Qué lugar tiene el sujeto, la singularidad en la política?

    A partir de allí, en nuestra reunión de trabajo surge la siguiente interrogación: “¿En qué somos empiristas los psicoanalistas?”.

    La pregunta partió de Descartes y El discurso del método: ¿racionalistas o empiristas? Ambos: racionalistas de una nueva razón, y cada vez que decimos “experiencia” somos empiristas. En septiembre, los autores responden:

    Norberto Ferreyra: “Para concluir les dejo una última pregunta: ¿nosotros, como psicoanalistas, somos o no empiristas? Yo no podría contestarla, pero sí puedo decir que en el acto analítico hay algo equivalente al cálculo de medir, no por el cálculo en sí, porque este se produce más allá de la voluntad de las personas que están ahí, en ese momento, sino por la particularidad del dispositivo analítico –esa asimetría que durante el trabajo se tiene que mantener. Y ese trabajo es con una única materialidad, la del significante, tanto en el sentido de lo imposible, lo ideal y lo posible, una materialidad que proviene de algo que es común a uno y a otro, la lalangue, donde está el cuerpo, el cuerpo de lalangue, no de la lengua. Es en medio de esa materialidad en que se mueve el significante que se produce el acto analítico. Es decir, si hubiera algo empirista estaría en relación con ese material significante”.

    Ursula Kirsch responde así a la pregunta: “Y, en cuanto a la pregunta: ¿en qué somos empiristas los psicoanalistas?, quisiera volver sobre el hecho de que los empiristas no develan lo que en Descartes queda reprimido, sino que aplican el método cartesiano a lo extenso sin el resguardo de la garantía de la verdad divina. Cuestionan la envoltura de un garante simbólico, y por esto parecen dejar al sujeto más al borde de lo real. Eso que está ahí, donde el cuerpo del sujeto vive, hay que conquistarlo. El sujeto no domina aquello que lo afecta, tiene que aprender, construir, conquistar.

    Lo que los empiristas aportan respecto de la cuestión del objeto, no es tanto el conocimiento acerca de este objeto. En esto los empiristas son más bien cartesianos. Si para Descartes el objeto está compuesto por naturalezas simples, para Hume lo está de estímulos puros que luego quedan asociados en la mente. A mi entender, lo que los empiristas aportan respecto de la cuestión del objeto es que impresiona, afecta”.

    En este punto hay una conclusión interesante con la que Gustavo Pita termina su desarrollo. Dice que a él le interesaba resaltar de Hobbes “su idea acerca de que es bueno que cada uno pueda formular su propio bien común para realizar el propio deseo”.

    En la reunión siguiente, Osvaldo Arribas se pregunta por qué nos puede interesar Maquiavelo. Tanto Arribas como Clelia Conde responden introduciendo El príncipe y la articulación entre el bien y el mal.

    Ya cerrando el año, Alicia Álvarez presenta un polémico trabajo con la pregunta: “¿Se puede gobernar?”.

    Gustavo Pita, con la solidez de siempre, desarrolla a Rousseau, El contrato social y el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres.

    ¿Cuál es la estofa de nuestra realidad?

    Pienso, para concluir, que este trabajo tiene posiciones firmes (y de vanguardia) respecto de la política del psicoanálisis y la responsabilidad actual de los analistas y del psicoanálisis en sus relaciones con la política y la ciencia.

  • Cuando la escritura es síntoma

    Reseña del libro de Pascal Quignard: La nuit sexuelle, Ed. J’ai lu, Paris, 2009

    Pascal Quignard recorre este libro a partir de una pregunta que lo origina: “¿Dónde estaba yo la noche en que fui concebido?”.

    Mediante grabados, imágenes y pinturas de todos los tiempos y culturas arma una historia no cronológica, con mitos y relatos sobre lo que llama “la oscuridad que nos ha precedido”. Crea, con maestría metafórica, tres noches, bolsillo de sombras: la noche uterina antes del nacimiento; la noche terrestre de cada día; y la noche infernal, la de la muerte que podemos anticipar. En ellas ubica una “escena” , que llama primaria, de los encuentros sexuales que han tenido lugar a los largo de los siglos.

    Con el progreso del siglo XX los homo sapiens -así nos llama-, hemos perdido la noche, la oscuridad y los objetos y sus contornos, el misterio de sus sombras.

    A través de la pintura, que nace para contornear las sombras y apresar la noche, lo que no hemos visto y nos precedió; y de los grabados. Quignard recorre el misterio de lo sexual, articulando lo simbólico con la imagen y lo real, imposible de ver. Intenta atrapar con pintura y escritura lo no visto ni oído porque no estábamos allí.

    Muestra y relata imágenes inmemoriales de escenas eróticas, secretas e imposibles que involucran el cuerpo, en la búsqueda de un saber nos interroga a partir de lo infantil y de la infancia.

    Lo domina una pregunta: “¿Me amabas antes de que fuese?”. El libro transcurre con erotismo, diciendo y mostrando grabados y pinturas sobre Lot y sus hijas, Dido y Eneas, Noé y sus hijos, María Magdalena, el sueño y los sueños, Marte y Venus, Eros y Psique y otros. Con pinturas indias, chinas o europeas –Magritte, Miguel Ángel, Durero, de La Tour, Rubens o Picasso– ilumina la noche y la búsqueda de algo que falta. Las imágenes de la historia de la humanidad son refugio de esa falta.

    “Nunca se sabrá jamás lo que hay en el fondo de todo, en las tinieblas antes de su vida. Es tancontinuo. Es tan confuso. Es sin memoria. Noche dulcificante de Leonardo. Noche que irrumpe de Caravaggio. Noche meditativa de Georges de La Tour. Noche profunda y anterior, siempre interior, de Rembrand. Noche violenta y enojada de Goya. Noche helada de Stoskopff. Noche de carbón de Courbet. Noche solemne de Trophime Bigot. Noche ansiosa de Honthorst. Noche mortal e irremisible de Zurbarán. Noche espantosa del último Géricault. Ovidio ha escrito exilado, solitario, moribundo, sobre los bordes del Danubio: Quantum mortalia pectora caecae Noctis habent [ ! De qué cantidad de Noche totalmente ciega están llenos los pechos de los mortales!]”.

    La noche de Quignard está llena de tristeza, erotismo, vergüenza y también melancolía; tiene un tono negro que no deja de ser el de la Europa de hoy.

    Dota a la oscuridad de esas escenas “primitivas” de consistencia, pura imagen verbal o pictórica.

    Este bello e interesante libro y bello despliega e ilumina innumerables modalidades del fantasma, pantalla ante esa oscuridad estructural donde está lo que no hay. Con su elocuente modo de leer la historia erótica de la civilización, Pascal Quignard descubre la pulsión de muerte y la tendencia al Eros enlazada a la misma. Habla de un retorno imposible, ¿pero adónde? ¡Si nuestra existencia es con eso que no hay!

    Es probable que su error radique en no separar nacimiento y reproducción del acto sexual. No todo acto sexual desemboca en la reproducción, , por el contrario la ciencia separa cada vez más la reproducción del acto sexual.

    Cada relato es síntoma y escritura, escena de la “noche sexual” del no hay relación sexual que aprendimos con Lacan. Por último, cada relato es síntoma y escritura, que vela lo imposible y lo que Quignard llama la “cuarta noche” del tiempo, donde ubica no el vacío sino la nada.

    “Detrás de las tres noches (uterina, terrestre e infernal) hay una cuarta noche. Detrás de la noche grávida, detrás de la noche del día y de la tierra, detrás de la noche mortal, está la verdadera noche, la noche de la noche, la noche no biológica, la noche de antes de la vida, la noche de antes del ser, la noche de antes del Big Bang. Noche del tiempo, nada en el fondo del universo, sin vocación haciendo el vacío, hirviente, excesivamente negra. Noche fósil”.

     

  • Entre dos lenguas… Hay un cierto Aqueronte que atravesar.

    Conversación con Anabel Salafia sobre traducción

    Verónica Cohen: Se habla mucho de traduttore, traditore ¿pero qué hace que una traducción pueda ser fiel? No el traducir palabra por palabra, porque eso distorsiona, ¿pero cómo se establece el texto en otra lengua? O mejor, ¿qué hace de una traducción un texto que transmita lo que dice el autor en otra lengua?

    Anabel Salafia: Eso depende de muchas cosas, según se trate de traducir de la llamada lengua materna a otra lengua; cuando es así, también se habla de una tensión entre la lengua propia y la lengua extraña. “Extraña” y no exactamente “extranjera”, ya que en este caso se trata de una oposición que puede darse entre lo que es llamado la lengua patriótica o nacional (por ejemplo, algunos traductores alemanes como Friedrich Schleiermacher), lo que es la lengua paterna, en alemán vaterländische, y una lengua extranjera, en el sentido de extraterritorial, como lo dice el término alemán ausslandisch.[1]

    Es interesante considerar que en la patria está la tierra, land, y los hombres, entre los cuales se encuentra el padre. En este caso, el intercambio recíproco de lenguas es entre lo que constituye el mundo particular de una nación y eso mismo, pero de otra nación.

    Según esta corriente, la lengua materna se considera primera, es la lengua natal, es en la cual ha sido arrojado el niño. Ella se desarrolla en la familia antes que en la comunidad nacional.

    Para este gran traductor alemán, Friedrich Schleiermacher, la lengua materna, sin embargo, no es la primera. Antes, en un primer tiempo, el niño inventa una lengua y luego se integra al universo lingüístico que lo rodea, es decir que nos encontramos con una primera traducción del lenguaje inventado a la lengua que el niño, podemos decir, reencuentra.

    Esto significa que el aprendizaje de la lengua supone, tras sí, una lengua perdida, aquella en la cual el niño se vio arrojado, una lengua nunca incorporada, una lengua inventada, y la lengua original, la lengua materna.

     

    V.C.: Entonces, la primera traducción es entre el lenguaje, lo que el niño inventa de él, y lalangue que va incorporando.

     

    A.S.: Esta teoría de la adquisición del lenguaje por parte de los niños contraría la teoría de que los niños aprenden a hablar por imitación en razón de la necesidad de fijar imágenes generales. Hay en ellos una productividad original, la prueba de esto, decía Schleiermacher, estaría en el hecho de que algunos niños conservan esas palabras hasta un momento relativamente tardío de la vida.

    El muttersprache y el vaterländische Sprache (respectivamente, lengua materna y paterna) no designan la misma cosa. Cada una tiene una relación particular con la lengua natal. Podemos considerar, entonces, que la adquisición de la lengua es ya una traducción.

    Esta teoría sustentada por Friedrich Schleiermacher se aproxima bastante a la conjetura de Lacan acerca del origen de la escritura.

    La pregunta sobre qué se traduce parece remitir a algo esencial de la lengua que llevaría a la Cosa. Para Lacan, la Cosa es el lugar donde está lalangue, no es lalangue sino el lugar donde está, lalangue está en la Cosa (Goethe ya había hablado de la traducción diciendo que no se trata de que una lengua reemplace a la otra, sino de que esta última vaya al lugar de la lengua propia). Sin embargo, lalangue tampoco es la lengua materna. El tejido que le es propio, la materia con la cual está hecha, tiene una relación con la lengua materna y al mismo tiempo se distingue de ella. El tejido está hecho entre lalangue y la lengua materna.

    La Cosa es la estofa, el tejido de la lengua es la estofa, ocupa un espacio, en el sentido en que espacio e imaginario coinciden, así como lo imaginario es el lugar donde está el nudo. La estofa de lalengua es nodal.[2]

     

    V.C.: En el Seminario XX: Encore, Lacan dice que lo que falla es el indicador del referente. ¿Qué decir sobre esto en cuanto a la traducción?

     

    A.S.: Si por ejemplo se trata de traducir un párrafo o una expresión de Freud o de Lacan, debo tener en cuenta que ese párrafo, frase o término, cualquiera sea, tiene su sentido en un determinado discurso.

    Lacan muestra cómo el hecho de que Saussure diga que la relación entre significante y significado es “arbitraria”, el que emplee ese significante desliza su decir en el discurso del amo, la “arbitrariedad” es cuestión del discurso amo, es inevitablemente un significante de ese discurso, y además un significante sugerido, digamos, efecto de la sugestión que el discurso universitario ejerce en determinado momento. Es decir, Saussure profesor es uno, pero para Lacan hay otro más verdadero; si osamos decirlo así, el Saussure de los anagramas. Es a partir de allí que veríamos cómo “el significado no tiene nada que ver con lo que lo causa” (porque lo que lo causa es lo real), o que “el significante no significa nada”.

    Es Lacan quien habla de este modo. Sin embargo, esto no quiere decir que el significante no deba cumplir para el sujeto la función de “significarlo”, por ejemplo de significarlo “hombre”, y no me refiero a su género de sexo sino también en cuanto a su pertenencia al género humano. Bien sabemos los psicoanalistas que el sujeto supuesto a un ser hablante puede no sentirse como él cree que se sienten todos los otros, puede no poder significarse por el hecho de que el significante no pueda ejercer para él su función de tal, es decir, no significar nada. Puede parecer paradójico el hecho de que para que un sujeto se signifique tenga que existir la posibilidad concreta de que un significante no signifique nada.

    Lo que Freud llama “complejo del semejante” no es algo tan simple como suele creerse. Reconocerse semejante al semejante depende de la función del significante, y esto puede fallar, no solo en la psicosis. Es necesario que algo funcione como no-todo en la lengua materna para que se establezca una relación y una distancia al mismo tiempo entre lalengua (lalangue) y la lengua materna.

    Si hablamos de la traducción, entonces, es interesante recordar que Wilhelm Von Humboldt tuvo una gran intuición respecto del significante. Von Humboldt decía, por ejemplo, que si se hace abstracción de expresiones que solo designan objetos físicos, ninguna palabra de una lengua es exactamente idéntica a otra en otra lengua. Entonces, estas expresiones que no designan objetos físicos son consideradas por Von Humboldt como significantes. Para él hay sinonimia entre las principales lenguas, como el griego, el latín, y el alemán, por ejemplo.

    Ahora bien, de algunos autores, como por ejemplo Aristóteles, quizás se deba considerar que lo que se traduce a partir de un determinado texto es más un decir que un dicho, ya que en el mismo texto de Aristóteles encontramos que él se expresa diciendo como eso de lo que él trata, por ejemplo, el problema del ser, es cómo debe decirse.

     

    V.C.: Incluye la enunciación.

     

    A.S.: Sí, claro. Aristóteles dice que el ser se dice de una y múltiples formas. En cierto modo, el concepto de cualquier cosa de la que se trate alcanza su pertinencia en el “bien decir”. Por supuesto, este es el “bien decir” para Aristóteles, del cual habla Lacan, este bien decir constituye una ética. Aristóteles no dice “esto es así”, sino “esto se dice así”. Digamos que es muy prudente (frónesis) para utilizar un significante muy propio de su discurso con respecto a la cuestión del ser. Es cierto que si se toma de este modo es para “desontologizar” el ser.

     

    V.C.: Eso es importante, porque se traduce el decir, no los dichos sino el decir. Ahí hay una diferencia importante.

     

    A.S.: Bueno, sin embargo no es inadecuado utilizar la fórmula Aristóteles dixit”, nada impide mencionar algo como dicho por Aristóteles, yo misma lo estoy haciendo. Lo que trato de decir es que la traducción debe reflejar claramente, de alguna manera, por ejemplo la diferencia que existe entre decir, el ser “se dice”, y decir el ser es.

     

    V.C.: ¿No hay ya una traducción en lo que va de lo que se dice a lo que se escribe?

     

    A.S.: Cuando hablamos de traducción tenemos en cuenta una relación del decir con lo que se escribe, es decir, con la letra, incluso si se trata de un texto oral, se traduce lo que se escribe de lo que se dice. Como dice Lacan, hay una escritura que subyace al lenguaje. Hay una latencia de la escritura en el len guaje.

    Una escritura se produce al mismo tiempo que el texto que se pronuncia. Cuando pasamos de lo oral al escrito hablamos de transcripción, la cual puede ser, por supuesto, dentro de la misma lengua. Sin embargo, no hay nada que pueda zanjar la hiancia entre la palabra hablada y la palabra escrita, entre lo llamado oral y el escrito. Se trata de dos sistemas completamente diferentes. La escritura no es el reflejo de la palabra hablada.

     

    Ilda Rodriguez: Cuando hay un pasaje de una lengua en otra, por ejemplo, el Unbewusste que desemboca en l’une-bévue, se produce una homofonía ante la escucha que requiere de una repetición y de una escritura para lograr ser cernida. Dicha transferencia de la letra, ¿puede considerarse una transliteración? En su ya clásico libro Letra por letra, Jean Allouch había articulado traducir-transcribir-transliterar. ¿Usted considera que esta diferenciación conceptual y clínica conserva su vigencia?

     

    A.S.: Jean Allouch es quien se ocupó de aclarar estas operaciones,[3] según se trate del pasaje de lo oral a lo escrito o de una escritura a otra, poniendo en juego la homofonía y la letra. Es decir que en el pasaje de lo oral a lo escrito puedo transcribir fonemáticamente, lo cual sería hacerlo a la letra,este es un tipo de escritura o transliterar, pasando un término de una lengua a otra, conservando la homofonía y cambiando algunas letras, con conservación del sentido.

    La transliteración, la función de la homofonía y la escritura son operaciones en la “traducción”. Lacan “traduce” de muchas maneras algunos términos del alemán transliterando, es decir, cambiando algunas letras de ese término y conservando el sentido que tiene de ambas lenguas.

     

    I.R.: Cabe decir que se habla de una lengua mediante otra, y el lenguaje se perfecciona cuando sabe jugar con la escritura, como nos dice Lacan, en la puesta en acto de la homofonía, por ejemplo. Respecto de la transliteración, ¿podría afirmarse que existen otras formas, además de las recién mencionadas?

     

    A.S.: Por cierto, Lacan traduce un determinado significante transliterándolo al ponerlo en un grafo. Eso es lo que hace con el significante “famillonario”, lleva a cabo una transliteración de los términos de la subversión del sujeto al grafo del deseo (grafo que a su vez es la transliteración de los circuitos que se producen a lo largo del desarrollo del seminario sobre las formaciones del inconciente). Todo el juego que proporciona la topología de grafos, la posibilidad de unir vértices y vectores componiendo circuitos que, digámoslo así, pueden ir cuando regresan y regresar cuando van, sin que por eso haya contradicción, es algo formidable. Todo un esquema banal de la llamada “comunicación” es no solo interrogado y cuestionado sino extraordinariamente enriquecido: la relación código-mensaje que manejan las teorías de la comunicación es elemental al lado de lo que revelan la Psicopatología de la vida cotidiana, El chiste y su relación con el inconsciente, y tanto más aún a partir de la lectura que hace Freud de la escritura de Schreber.

    El orden que puso Roman Jakobson al hablar de las combinaciones posibles entre mensajes, como el reenvío de código a código (CC), de código a mensaje (CM), de mensaje a código (MC) y de mensaje a mensaje (MM), sin duda fueron de enorme utilidad para Lacan, y estimo         que es casi inevitable pensar que estos elementos subyacen a la construcción del famoso grafo de Lacan sobre el sujeto subvertido y, por lo mismo, del deseo. Sin embargo, sin “él”, como a veces Lacan ha nombrado al Otro, es decir el inconsciente en el sentido freudiano, nunca se hubiera dejado de creer que el código es la garantía de lo que se dice, nunca se hubiera advertido que cuando algo no está en el código y sin embargo este lo reconoce por razones de homofonía, o de lítote y otras figuras retóricas, es entonces que quien habla, dice algo. Muchas de estas cuestiones se aprenden de la psicosis. Schreber nos ofrece ejemplos muy interesantes de estas ocurrencias.

     

    I.R.: ¿Qué decir a propósito de las menciones al Crátilo de Platón, en relación con el origen de los nombres y con el lenguaje, en el curso de los seminarios de Lacan?

     

    A.S.: Quizás, en Platón la relación con la letra es aún más evidente, en la medida en que su texto está constituido por diálogos. Uno podría pensar que nada es más hablado que un diálogo, y sin embargo, cuando se trata del Crátilo no podríamos entender nada de las falsas etimologías que allí se presentan sin seguir la lectura a la letra –el juego con la literalidad que presenta el Cratilo es el ejemplo de la libertad con que Platón se permite crear falsas etimologías, aunque luego las desmienta, pues una vez creadas están allí. Esto nos interesa porque muchas veces para Lacan las “falsas etimologías” no son tales, se encuentran en lalangue, a veces Lacan mismo las crea, y, digamos, las autoriza, porque emergen de operaciones que la lengua realiza con lo literal, operaciones insospechables, diría yo, que tienen como resultado homofonías, consideradas válidas como etimologías. En el Cratilo se trata del origen de los nombres, de cómo se crearon los nombres, de quién fue el onomaturgo. Entonces, las falsas etimologías se producen como resultado de la especulación sobre los nombres. La pregunta es, por ejemplo, por qué Hermógenes se llama Hermógenes. Entonces se buscan, o se encuentran, las consonancias con otras cosas que resultan homofónicas. Por eso hay tantas falsas etimologías, porque la homofonía entre el nombre con otras cosas no asegura que se trate de lo mismo, de la misma palabra, del mismo origen.

    Para Lacan, las “falsas etimologías” que provienen de la homofonía entre dos términos no son producto del azar, quizás sí de la contingencia. Pensemos en deux y d’eux. Lacan dice que esta homofonía no es casual, porque en el fondo habría una etimología común para ambas expresiones. Esto es bastante difícil de verificar, pero es interesante que solo haya una diferencia de espacio entre las letras. Por otra parte, hay muchos casos de homofonías totales entre dos términos cuya etimología difiere sin lugar a duda. No importa, Lacan diría que eso no significa nada, que se trata del significante. Yo diría, del significante que insiste según leyes que le son propias.

     

    V.C.: Hay una pregunta clásica que me gustaría retomar: ¿qué decir de la fidelidad y/o traición en la traducción?

     

    A.S.: Von Humboldt decía que más se esfuerza el traductor en ser fiel al texto que traduce, buscando por ejemplo la palabra idéntica en la otra lengua, más se aleja del espíritu del texto. Es decir que en la traducción no hay fidelidad sin traición.

    Pero traducir significa llevar de un lugar al otro, de una lengua a otra, aunque no únicamente, por supuesto, ya que también existe la traducción de un jeroglífico a una lengua alfabetizada, o de una lengua a otra con un alfabeto diferente.

    Lo digo para señalar que etimológicamente el tra es el mismo que se encuentra en traición, en tradición y en transmisión. El tra indica un atravesamiento. Por ejemplo, en el término traducción está indicado tanto el atravesamiento como la conducción, el llevar, el duc de conducir, del conductor, el duque (Il duce, por supuesto, que conduce a la masa durante el fascismo italiano).

    Bien se podría decir que la traducción es una travesía, que por ejemplo, entre dos lenguas hay algo que atravesar, no simplemente un pasaje, un llevar de un lugar a otro; hay un cierto Aqueronte que atravesar.

    La traición también implica una transmisión, algo que se dice pasa de boca en boca. La tradición tiene que ver con algo que se dice y se conserva como un recordatorio. Quizás por eso el olvido es muchas veces considerado una traición, y el recuerdo una fidelidad. Pero sin traición no hay “fidelidad” posible para transmitir, por ejemplo, el espíritu de una lengua, y mucho menos la estofa de lalangue.

    A propósito, lalangue, por ejemplo, ¿es una palabra traducible o intraducible? Es transliterable al castellano, ya que entre lalangue y lalengua hay homofonía, y la “a” y la “e” se encuentran en distinto lugar. Aun así, tengo mis dudas de la conveniencia de traducir este término hallado por “tropiezo”, precisamente, une-bévue en la lengua de Lacan. La homofonía surge en el momento en que él, Lacan, quiere decir “Lalande” y dice lalangue. En este caso no se trata de lo que es traducible sino de lo que no se traduce. Lalande es un nombre propio, y por lo tanto no se traduce, pero no es únicamente por eso que no se traduce, esa no es la razón más importante. Hay un matiz entre una y otra cosa que es preciso tener en cuenta. Un término puede ser traducible y, sin embargo, es posible que resulte conveniente no traducirlo.

    Es lo que pasa con los nombres propios, por ejemplo, y con algunos “neologismos” de Lacan, aunque sean traducibles es necesario que permanezcan en su lengua, en este caso el francés, porque no dicen lo mismo en esa lengua que en la nuestra. Otro tanto, aunque se trata de algo diferente, ocurre con el rébus. Para tomar un ejemplo que no proviene de Lacan, voy a referirme a Michel Leiris…

     

    I.R.: Lacan juega con el final del apellido de Leiris en el seminario que se llama casi parecido, RSI, y en primera instancia alude al escritor en Acerca de la causalidad psíquica, respecto de ciertos juegos a los que llama glosolálicos. Está claro que hay otros escritores que también hicieron diferentes experiencias con las palabras, incluso, en otra vertiente, el filósofo John Langshaw Austin, con su Cómo hacer cosas con palabras.

     

    A.S.: Efectivamente, se trata de experiencias con la palabra que conducen a la letra. Cuando se la dice, cuando se la escucha, indefectiblemente se la lee, y es allí que aparece la letra respecto de la homofonía- lo mismo puede encontrarse en Raymond Roussel, Francis Ponge y otros. Este último le hace hacer cosas a las cosas, a la palabra como cosa, no utiliza la prosopopeya como lo hace Lacan en La cosa freudiana, cuando pone a la verdad en el lugar de la cosa y le hace decir: “Yo, la verdad, hablo”.

     

    V.C.: ¿Y el rébus?

     

    A.S.: Es posible que el “ré” de rébus se corresponda con el “res” de la “cosa” en latín.

    Michel Leiris- del que había empezado a hablar- tiene un libro cuyo título es Palabras sin memoria, en el que las palabras pierden la memoria, se descomponen y luego se recomponen, pero ya no son las mismas, aunque su sonoridad sea casi la misma, entre la palabra que olvida y lo que se reconstruye, es decir, lo que se deconstruye y se reconstruye en otra u otras palabras, entre las cuales hay homofonías total o parcial.

    Si tomamos un ejemplo como este: métaphore phare de phosphore? forêt matée? Ou épitaphe du fort en theme? O también, Pèreperpétuel pet de reptile, está claro que podemos encontrar en estas transliteraciones sílabas, letras, letras de las sílabas del término original con el orden cambiado, todo ello llevado por la homofonía.

    Otra es la cuestión en lo que se refiere al sentido de un determinado párrafo. En este caso, la “traducción” no es de una lengua a otra lengua, está el hecho de que el mismo párrafo puede traducirse en diversos sentidos. Esto puede depender de la puntuación, por ejemplo, según cómo se lo puntúe, un mismo párrafo tendrá un sentido diferente. Si bien un rébus no es traducible a otra lengua, en ciertos casos se puede intentar reconstruirlo en la otra lengua, por ejemplo, cuando se trata de los títulos de algunos seminarios de Lacan, como Les non dupes errent –la homofonía con Los nombres del padre es perfecta en francés. En este ejemplo hay una demostración muy clara de la relación entre homofonía y escritura –insisto en ello porque concierne al síntoma como escritura.

     

    I.R.: ¿Cómo traducir ese título del Seminario Les non dupes errent produciendo la misma diferencia entre escritura y sonido?

     

    A.S.: Estas cuestiones se aproximan mucho a la articulación del síntoma con la escritura y a lo que concierne al estilo. Por ejemplo, sabemos que existe como síntoma la imposibilidad de puntuar, claro que este síntoma puede generar, incluso, un estilo de escritura. Convertirse en sinthoma, identificarse y hacerse identificable por el estilo. La relación entre el síntoma y la identificación es una cuestión de escritura, entre imaginario y real. Una inversión topológica del espejo no es la imagen en el espejo, pero el espejo llama a la escritura porque él mismo, el espejo, es un hecho de palabra.

    El lenguaje “hace” al espejo. Cuando se trata del sinthoma, el nombre viene al lugar del yo, un uno, también como número como individuo, sujeto de un ser hablante es también un número en un número entre otros, y cada uno lleva consigo la sombra de ese número que es, que le corresponde como individuo.

     

    I.R: Respecto de ese enigma figurativo que es el rébus, cada elemento “imagénico” es reemplazable por la palabra respectiva, de modo que así se puede obtener una frase que constituye la respuesta a un interrogante. Es decir que la imagen también puede ser un significante, en tanto vehículo y soporte de la letra. ¿Pero se puede hacer un rébus de cualquier frase?

                                                         

    A.S.: También ocurre que una frase puede contener otra frase no legible a primera vista, es decir, una combinación diferente de las letras que forman otras palabras, incluso podemos no darnos cuenta (y esto es lo que sucede normalmente) de frases ocultas en las que pronunciamos. Pero estas frases dan lugar a sueños, y en ocasiones a delirios.

    Hay razones para que Lacan diga que la “verdadera” psicosis es la paranoia, porque se trata de su relación efectiva con la estructura del lenguaje. El significante es el que cumple la función de perseguidor, lo que hace el paranoico es encarnarlo en determinado personaje, en un Flechsig, por ejemplo. La paranoia tiene una función inherente a la estructura del lenguaje, es intrínseco.

     

    V.C.: En Función y campo…, Lacan habla de la función poética del lenguaje. Ahora bien, esta función es establecida por Jakobson, ¿no?

     

    A.S.: Sí, junto con otras funciones que Jakobson establece: 1) la función referencial, que se refiere, marca, la no coincidencia del signo con el objeto; 2) la función conativa, que es la que concierne a lo imperativo en el lenguaje; 3) la función empática, que es la que está en lo que se dice, efectivamente en lo que se dice; 4) la función emotiva, que implica el hecho de que una misma frase, según el tono, según los acentos que se le dé, dice cada vez otra cosa, dice algo diferente. Todas estas funciones no pueden dejar de estar en juego en la traducción.

    Podríamos decir que explícita o implícitamente, Lacan agregó otras funciones. Por ejemplo, cuando considera que el mismo texto dice algo diferente según quien lo firma, según quien lo diga.

     

    I.R.: Según el autor.

     

    A.S.: Sí, el ejemplo que ofrece tiene en sí mismo un gran interés. Lacan dice que un texto dice algo diferente según lo firme Ricoeur o él mismo, Lacan. Por supuesto, como en el ejemplo está el sujeto, tenemos el pleno derecho de considerar por qué Lacan elige a Ricoeur como caso. ¿Esto querrá decir que la misma retórica dice otra cosa según no solo el autor sino el discurso que ese texto tiene como referente, o incluso que Lacan quiere significar que su hermetismo no tiene nada de hermenéutico? Hago abstracción del hecho de que en ese momento, Lacan considerara que Ricoeur traicionaba, en cierto sentido, su transmisión. Me interesa más lo que descubre en el curso de esa querella, que es en qué medida el nombre del autor hace al sentido de su texto.

    Digo eso teniendo en cuenta que Lacan considera muy especialmente la división entre significante y significado –en el seminario sobre las psicosis–, y en cierto sentido podríamos decir que su hipótesis es que el significado no tiene nada que ver con lo que lo causa –esto es desarrollado en el Seminario XX: Encore, cuando se pregunta por el referente, concluyendo que el indicador del referente, en lo que concierne al signo, falla. Es así como Lacan pasa a considerar que el referente es el discurso, que no hay otro referente que el discurso, de donde proviene lo que proferimos.

     

    V.C.: ¿Qué decir de la letra en el inconsciente? El pasaje del Unbewusste a la une-bévue no es solo un ejemplo de transliteración, sino de la letra en el inconsciente.

                                  

    A.S.: Digamos que con Lacan la noción de literalidad también cambia. Ahondar en la función de la letra es entrar en un campo de revelaciones inesperadas, y en lo que respecta a la traducción, es encontrarse con la función operativa de la transliteralidad. Puede decirse que el Lacan de La instancia de la letra en el inconsciente… se asoma a lo que será la función de lo transliteral –en este caso, más de una lengua interviene para “traducir” el término “inconsciente” y Unbewusste se translitera como une-bévue. La partícula negativa desaparece, se transforma en une, “una” (sabemos cuánto molesta la partícula negativa en la palabra inconsciente, que podría entenderse como el negativo de la conciencia), y parece que la negación del saber inconsciente desaparece. Y es así. Sin embargo, lo interesante es que el “no” reaparece en la palabra bévue, ya que la partícula “bé” en francés significa “no”. En la equivocación hay un “no visto”, pasado por alto, se toma una cosa por otra. Vue significa “visto”, en francés, pero a primera vista en español no sabríamos, en el caso en que esta palabra apareciera en un sueño, si se trata de “ver”, de “vestir” o de una vue, una “vista”, un paisaje, un panorama.

    Lo importante es lo que la transliteración nos indica acerca de la homofonía, lo que llamo “identificación homofónica” de términos como Unbewusste y une-bévue. Lo que la homofonía nos indica a partir del análisis es la relación de lo que se dice con el escrito. No se trata de un juego de palabras sino que en este aparente juego de palabras la función de la letra es fundamental, es lo que hace a la lectura, a la identificación entre la lectura y la escucha.

    Sin el psicoanálisis, sin el análisis, sin una práctica efectiva con el otro que habla, no se podría haber llegado a este punto, a estas revelaciones con respecto a la traducción. En la traducción no se trata solamente de una cuestión filológica, por eso la filología se encuentra en serios problemas para constituir una teoría de la traducción, ya que no lleva a cabo una práctica dentro de un lazo social, no hay una práctica filológica con el otro hablante, en un determinado lazo social, en un determinado discurso.

    Se necesita de la ciencia, a secas, para encontrar al sujeto, justamente donde está forcluido. Digamos que Leiris busca al sujeto, en la antropología no llega a descubrir que en sus ejemplos hay saber que supone un sujeto. Este es el problema fundamental, el de la suposición, del sujeto en tanto supuesto. Leiris se propone realizar una investigación etnológica, pero por esa vía no puede alcanzar los resultados que busca porque se mueve en el terreno equívoco de las llamadas “ciencias del hombre”.

    Ahora bien, que no se pueda hacer una “ciencia del hombre” porque el “hombre” es un significante, significa que sin la suposición de un sujeto en un ser hablante, este no podría ser humanamente respetado –digo esto porque por allí se escucha que en lo concerniente a lo humano, el psicoanálisis no tiene nada que hacer. Es al revés. Sin la suposición del sujeto, como decía, la humanidad se deshumaniza.

     

    V.C.: La interpretación es una traducción, pero la traducción ¿es una interpretación?

     

    A.S.: Puede ser una interpretación algo que implique un: “Me estás diciendo tal cosa”, y que eso no haya sido dicho literalmente. O mejor todavía, una interpretación sería lo que resulta de la traducción que el analista hace para sí de lo que el otro está diciendo. En este caso está en juego la función del mensaje, tal como la encontramos en La interpretación de los sueños, por ejemplo: “Te digo lo que te digo para que a partir de esto entiendas esto otro”. Si esto fuera traducción, lo sería dentro de la misma lengua.

     

    I.R.: A mi entender, destacar el decir en la traducción hace una diferencia. En esa dirección, en una conferencia pronunciada en Niza en 1974, Lacan afirma que lo phoné en una lengua se puede traducir a cualquier otra, salvo que sea una ignorada, y allí acentúa la cuestión de la voz…

     

    A.S.: Claro, porque la traducción supone una cierta escucha, aunque lo que se traduzca sea un texto escrito. Creo que un buen traductor, escucha.

     

    V.C.: Eso es lo que diferencia la traducción de Freud que hizo López-Ballesteros de la que hizo Etcheverry. Mientras que el primero transmite el decir de Freud, el segundo recrea la traducción que se hizo de su obra otro modo, y tiene el antecedente de la de López-Ballesteros. Por otro lado, y volviendo a la cuestión de la poética, en esa vía iría lo que hace Lacan con el Unbewusste y el une-bévue, ¿no es cierto?

     

    A.S.: Sí, porque la función de la poética tiene que ver con el sonido y con el sentido. Se trata de trasladar algo que tiene determinado sentido, aprovechando una homofonía, para crear algo que despierte, que interese, y Lacan no se preocupa de que eso pueda parecer un disparate, o sea que en ese sentido no tiene ninguna preocupación “científica”.

    En la traducción que hace López-Ballesteros tenemos una formación que nos relaciona mucho con el alemán de Freud, mientras que en la de Strachey no es así. Hay razones de este tipo que nos permiten leer a Lacan freudianamente.

     

    I.R.: Vale decir, entonces, que la operación analítica entre el Unbewusste y l’une-bévue, por vía de la homofonía como una función de la letra que despierta, pone en acto la unión del sonido y el sentido. Ahora bien, la invención del nuevo significante lalangue, que surge a partir de un lapsus de Lacan –como ya se ha dicho–, nos advierte de esa operatoria y reenvía al modo en que cada sujeto, en su singularidad, ha sido escuchado, ha hablado. De ahí esa lalengua, en la que recibió una primera impronta, que volverá a surgir en sueños, en todo tipo de tropiezos, equívocos, etc. Entonces, ¿qué relación encuentra entre lalangue y el lenguaje?

     

    A.S.: La lalengua y lalangue es algo anterior, que nosotros tenemos que privilegiar respecto del lenguaje; es ese aluvión de sonidos, ese baño del lenguaje en el que somos introducidos traumáticamente, y que también implica un trauma, porque supone una determinación, está determinada por el goce que experimentan los padres en particular, en el uso de la lengua. Incluso, los tics o los recursos teóricos que tienen al hablar, los errores, todo eso implica un goce de la lengua que está en los padres, en los adultos en general, y que Lacan dice, si no recuerdo mal, que el niño sufre ese goce de la lengua pero que lo sufre de una manera activa, no de una manera pasiva. De una manera activa porque no puede no estar, por eso es traumático, porque no puede no complicarse en eso, no complicarse en esos sentidos que a su vez están impregnados de ese goce.

    Entonces, las formaciones del inconsciente tienen esa base, son las marcas del goce de la lengua de los padres, y eso es traumático. El síntoma mismo responde a ese tipo de trauma. En rigor habría que pensar que no hay ningún síntoma que no responda a un trauma que tiene su expresión en una marca que viene o que proviene de la lengua materna. Freud lo buscaba de la misma manera, Freud decía no tener interpretación de la equivocación como acto fallido, como formación del inconsciente- de la propia en particular y de la de los otros. Si uno toma la Psicopatología de la vida cotidiana, se ve muy bien que Freud llega a una conclusión sobre los lapsus y el olvido, pero no puede resolver lo del acto fallido, no tiene una interpretación del acto fallido, de la equivocación: si meto la carta en el buzón equivocado, dice Freud, ¿es porque quiero que no la reciba el interesado o porque quiero que llegue a aquel a quien se la estoy mandando? Ante la contradicción que se presenta, Freud no encuentra solución, eso es lo que no puede resolver, no le encuentra un sentido, mientras que al olvido y al lapsus sí le encuentra un sentido. Cuando entra en juego lo que está más relacionado con la naturaleza del acto, Freud no le encuentra el sentido –al equívoco, a la equivocación con respecto al acto. Por eso, a mí me parece que la traducción de la “una equivocación”, la una equivocación da lugar a muchas traducciones, porque es fundamentalmente el acto fallido, es una equivocación, una metida de pata, algo que por descuido tomé mal. En uno de los ejemplos de Freud sobre el acto fallido, cuenta el caso de un paciente al que le da una medicación por otra. Este sería un acto fallido: tomar una cosa por otra o no tomar una cosa, no verla –es un ejemplo de bévue–, no ver y/o tomar una cosa por otra.

     

    Il.R.: Desde luego que se estaría hablando de un caso de torpeza por inadvertencia, ceguera o pasión.

     

    V.C.: Eso tiene que ver con lo que decíamos al principio, porque el decir solo se aprecia en la propia lengua. Es lo que muestra el ejemplo de Jean Paulhan con los proverbios de los malgaches, que hay algo que solo pueden comprender los habitantes de una misma lengua.

     

    A.S.: El proverbio no necesita traducción. En el caso de los malgaches no se permite la traducción, resiste al intérprete. Se utiliza para decir lo apropiado en un determinado momento. Lo importante es la ocasión. Es una cuestión de significancia que resiste al intérprete.

    En una oportunidad escuché a una muchacha que solo hablaba con proverbios, siempre encontraba un proverbio que expresara lo que quería decir sin decirlo –en este caso, la joven no dice ni una palabra, por supuesto. Incluso, como el proverbio se puede escuchar fonemáticamente, esta muchacha decía cosas como: “Con respecto a eso, me siento «saco de otro pozo»”. Ese saco sí podía llegar a ser un significante que condujera a un decir.

     

    V.C.: Claro, no se entiende por el extranjero.

     

    A.S.: Exactamente, pero a lo que me refería tiene que ver con esto, que el traductor puede traducir de otra lengua a la suya, mas no puede traducir –aunque algunos lo hagan, y supongo que bastante bien– de la suya a la otra lengua. Es como un derecho que tiene de traducir de otra lengua a la suya, pero no de la suya a otra lengua, y aun traduciendo a la propia lengua, hay diferentes posiciones con respecto a la traducción, distintos puntos de vista sobre lo que “debe” ser una traducción; digamos que las diferencias muchas veces dejan traslucir la transferencia que el traductor tiene con su lengua y/o con el autor del que se trate.

    Por supuesto, tenemos el caso de otros “traductores” que son los autores que mudan de lengua, se trasladan a otra dimensión, escribiendo en una lengua que no es la propia, como Beckett, Canetti, etc. Por ejemplo, si uno lee la traducción del griego de Aristóteles o de Platón que hace Tricot para la colección de Belles lettres, una colección francesa, encuentra el contenido de lo que dicen Aristóteles o Platón, mas no el decir de ambos, pues la traducción que hace es muy libre, les hace decir lo que dicen en francés.

     

    I.R.: Me parece que ahí puede reconocerse lo que decía sobre el goce de lalengua.

     

    A.S.: Puede ser. Si uno toma un texto de Heidegger, de Aristóteles traducido del griego es imposible ver en primera instancia la correspondencia de un término en francés, por ejemplo, en español o en inglés, con el término en griego del cual el segundo sería la traducción. A mí me sucedió, no recuerdo si el texto estaba en francés o en castellano, para el caso da lo mismo porque el traductor era Heidegger, que estaba traduciendo del griego, y tener el texto en griego y en francés o castellano y ver cómo puede corresponderse un término con el otro; es difícil, en el texto de Heidegger no reconozco absolutamente nada a primera vista –puede decirse que por no dominar el griego, pero la sorpresa de no reconocer nada en la traducción fue enorme. Cuando fui a ver esto con mi profesor de griego, que es Eduardo Sinnott[4] (que es traductor de Aristóteles y de muchos otros, pero últimamente se dedica casi exclusivamente a la obra de Aristóteles), me explica la traducción, y la explicación es una fundamentación casi letra por letra de la traducción del texto que yo no podía entender. Pero ¿por qué? Porque la traducción de Heidegger estaba predominantemente basada en el aspecto morfológico de la lengua. En griego, lo mismo que en alemán, la morfología de un término permite obtener por descomposición y recomposición la traducción de muchos otros términos en la segunda lengua, de donde viene toda la concepción de la desocultación como traducción, y quizás también al revés.

     

    V.C.: Claro, es de su propia lengua que saca el método.[5]

     

    I.R.: Lo que muestra toda traducción es una concepción del lenguaje que está activa en el acto de traducir. Aquí vendría al caso la Versagung freudiana, de la que Lacan señaló que Freud nunca dijo “frustración”, sino que parece haber sido traducida, en ocasiones, de ese modo. O sea que vale atender a lo que la palabra alemana dice en sí misma.

     

    A.S.: No se trata de que el término esté mal traducido del alemán cuando se lo traduce por frustración, sino que Versagung, en el sentido freudiano, no tiene traducción. Es decir, no que no se pueda traducir, porque yo puedo decir que versagt implica frustración, pero la ruptura de la promesa que la palabra conlleva reside en el hecho de que sagen significa decir y la partícula Ver es un prefijo de negación: no se trata de no decir, sino de no cumplir con aquello que se promete cuando se usa la palabra, cuando se habla. Por eso, Lacan nos conduce a traducirlo como “ruptura de una promesa”.

    Mientras que Lacan desoculta lo que hay en el término Versagung, Strachey lo traduce correctamente, pero eso no dice lo que se trata de transmitir cuando se habla, por ejemplo, de Versagung en el caso de La joven homosexual. Allí es bien claro que la joven “denuncia” una promesa que no se cumplió, en relación con lo que ella esperaba de su padre. Decir que se trata de una mera frustración la deja sin relación con la palabra como tal (eso no significa que un germano hablante sepa lo que está diciendo cuando dice versagt o que ha sufrido una Versagung por alguna cosa). Ello es más evidente si tenemos en cuenta que en el análisis operamos en el campo de la Versagung. Es Lacan quien lo dice.

     

    I.R.: Me gustaría citar una puntuación de lo que usted escribió sobre la Versagung, ya que cuando lo leí, hace veinte años, me impactó. En aquel momento decía que: “[…] significa en la lengua alemana palabra rota o promesa incumplida y es un término que en el inconsciente dice lo fallido de la palabra en su ser de verdad, que no es otra cosa que lo que implica la dimensión inconsciente de la palabra”.

    V.C.: ¿Cómo considera el analizar y el analizarse en otra lengua?

     

    A.S.: ¿En otra lengua?

     

    V.C.: Sí, por ejemplo uno va a Francia y puede analizarse en español o en francés con un analista francés, o un analista francés escuchar analizarse en español u otra lengua.

     

    A.S.: A mí me parece que lo mejor, lo más indicado es que el analizante hable en su lengua, porque él es quien se tiene que escuchar. Si él no se escucha, y no se va a escuchar de la misma manera en una lengua extranjera, cómo podemos verlo en el hecho de que en ciertas ocasiones utilice una palabra extranjera para decir algo sin significarlo.

     

    V.C.: Claro, porque en la otra lengua no está lalangue.

     

    A.S.: Exactamente. Pero además, en lo que concierne al analista, creo que esto no nos impide captar las marcas en relación con el goce de la lengua del hablante, aunque no dominemos como el paciente o el analizante lalengua del otro. Las marcas del goce son perfectamente registrables por el analista, si conoce un poco la lengua, si la ha escuchado suficientemente y la ha practicado un poco, pueden surgir ciertos equívocos interesantes, que como es lógico, en general son muy productivos.

     

    V.C.: ¿Alguna anécdota que recuerde respecto de la traducción?

     

    A.S.: Sí, con una experiencia de traducción de Lacan al inglés.

    En una oportunidad me invitaron a la Universidad de Columbia para participar de un coloquio o congreso lacaniano, que se supone estaba organizado por algunos psicoanalistas lacanianos de Nueva York. Teníamos la obligación de exponer nuestro trabajo en inglés, lo que me llevó a buscar traducciones de Lacan al inglés, entre las que encontré una del seminario sobre los cuatro conceptos, y en ella un párrafo que me llamó la atención y que quise aclarar con una analista estadounidense. Quería que ella me dijera cómo lo entendían, porque la traducción me presentaba algunas dudas. En efecto, existe todo un problema con la traducción de Lacan al inglés, de hecho, él mismo se debate entre traducir Otro como the otherness o the other.

    De ese tipo era el problema que yo había encontrado en aquel párrafo y necesitaba cierta aclaración, porque se relacionaba con lo que iba a exponer. Entonces, en un momento social de la reunión, aproveché para preguntarle a una psicoanalista con quien estaba conversando, sobre la forma en que ellos lo interpretaban. Lo que me asombró fue que esta señora tomó el libro que yo tenía en las manos, que no era otro que aquel seminario en inglés, y exclamó: “Pero no, no puedo decírselo, porque esto no es inglés. Esto es Lacan”.

    Lo curioso es que lo que no se puede traducir de un autor se convierta en una lengua más.


     

    [1] Friedrich Schleiermacher:Des différentes méthodes du traduire, Ed. Du Seuil, París, 1999.

    [2] Norberto Ferreyra: La práctica del análisis, Ed. Kliné, Buenos Aires, 2013.

    [3] Jean Allouch: Letra por letra. Traducir, transcribir, transliterar, Buenos Aires, Paris, 1993.

    [4] El Dr. Eduardo Sinnott es traductor de Aristóteles del griego al castellano, así como otros autores de lenguas antiguas y modernas.

    [5] De la misma manera, se ha dicho que el alemán como lengua se establece a partir de la traducción que Lutero hace la Biblia, y que de La crítica de la razón pura se extrae el latín.