Categoría: Norberto Ferreyra

  • Introducir el sujeto en el orden del deseo. Entrevista a Norberto Ferreyra

    Entrevista realizada por Noemí Sirota y Verónica Cohen

    Lapsus Calami: En el marco de este nuevo número dedicado a “autismo y psicosis”, nos gustaría preguntarle sobre la práctica del psicoaná­lisis hoy, los aportes de Lacan a la clínica de las psicosis y el porve­nir del psicoanálisis, tema del que desde hace un tiempo se ha ocu­pado en varias presentaciones.

    En primer lugar, ¿piensa que los avances con los que contamos a partir de Lacan posibilitan más que en otro momento el análisis de la psicosis?

    Norberto Ferreyra: Hacen posible una aproximación diferente –muchos psicoanalistas se dedicaron a ello en su práctica con gran eficacia.

    Cuando Lacan presenta la sección clínica, alguien le pregunta por la psicosis y el objeto a, y él habla de los cuatro elementos de la es­tructura: S1, S2, $, a. Es decir, dichos elementos están en cualquier si­tuación discursiva –sean neurosis, psicosis o perversión–, por ende nos permiten acercarnos al discurso de las psicosis y operar de otro modo. Al formalizar así la estructura, el discurso dice la estructura y hace lugar a que exista lo que existe.

    L.C.: ¿Eso quiere decir que también en las psicosis encontramos al sujeto estructurado por el discurso del amo?

    N.F.: No, yo no digo que si hay sujeto sea el mismo que en la neurosis, sino que aunque no opere la función del sujeto dividido, eso no quiere decir que no haya un sujeto. Está en condición de indivisible, dicho de otro modo, el objeto a nunca puede volverse causa de su división.

    L.C.: Freud lo dice muy bien en La pérdida de la realidad en la neurosis y la psicosis cuando plantea dos pasos y dice que en la psicosis no se daría el segundo, que es el que permite estructurar el síntoma en el sujeto dividido.

    N.F.: El sujeto “dispone” de todo, aunque fracasa porque no puede arti­cular la estructura, los cuatro elementos, es decir, hacer real-izable la división del sujeto. El cuatro es lacaniano y refiere tanto al sínto­ma como al sinthome en su lugar topológico en el nudo borromeo.

    L.C.: Leyendo ese texto de Freud, ¿qué es lo que fracasa? ¿El pasaje de la pulsión de muerte a las pulsiones parciales, o sea, la intrincación pulsional?

    N.F.: Considero que se totaliza lo parcial, entendiendo lo parcial como un índice de la división, como lo que enferma y también cura. Si la pul­sión de muerte es algo totalizante, toda esa totalización anula cual­quier posibilidad de existencia de alguien como sujeto –es muy di­fícil hacerse sujeto de algo si se es sujeto a un todo.

    L.C.: El trabajo en la transferencia con las psicosis, ¿hace posible hacerse sujeto de algo? (Sería interesante preguntarle esto a los analistas que trabajan con autismo y con psicosis).

    N.F.: No todo autismo es psicosis.

    L.C.: ¿Usted piensa que en el autismo in-existen el Otro y el otro?

    N.F.: No es que el Otro tenga que in-existir para que se haga efectiva una división del sujeto que pueda aminorar el malestar y le permita a al­guien acceder a un saber-hacer en su vida. Que el Otro in-existe es una cuestión lógica necesaria para que alguien pueda existir como sujeto, pero cuando esto se encarna en alguien y se precisa esa “exis­tencia”, es otra cosa –que se encarna quiere decir que jamás se puede admitir la in-existencia del Otro, de la castración en la madre o lo que fuera pertinente según el caso. Al respecto, me parece que hay una relación con la función fálica y la castración que se está debili­tando en la transmisión del psicoanálisis.

    L.C.: ¿Usted diría que en la transmisión hay una forclusión de la castración?

    N.F.: No diría tanto, sino que hay un olvido, cierto desprecio (resistencia) por la función fálica en relación con la castración.

    Recuerdo que Oscar Masotta decía que si uno sabe –no en el senti­do del conocimiento– los textos de Freud y La significación del falo, ya puede analizar, lógicamente si se ha analizado o analiza. No sé si se puede analizar solo con eso, pero ignorando eso, seguramente no.

    Lamentablemente, en estos tiempos hay que recordar que el úni­co valor de la castración es el propiciatorio, porque se la confunde con la amenaza de castración o mutilación, y que una transmisión se organiza y es efectiva, se real-iza (así escrito, significa que es en la dit-mension de lo real donde algo se hace efectivo) en relación con el lugar desde donde opera la función de la falta.

    L.C.: Ya que menciona el “ahora”, hace poco usted firmó un manifiesto junto a Benjamin Domb e Isidoro Vegh en el que convocan a un re­torno a Lacan desde Buenos Aires. ¿Podría explayarse un poco más al respecto?

    N.F.: Lo que yo pienso, un poco más allá de lo que dice el manifiesto Desde Buenos Aires. Retorno a Lacan –no es exactamente el retorno como lo hizo Lacan con Freud, porque no hay uno que sea Freud o Lacan y así realizar el retorno a uno; ahora no hay otro uno–, es que ese retorno debiera poder situar una pérdida, pero no exactamente lo perdido sino lo que se pierde por un bastardeo en el psicoanálisis.

    Si un discurso se reconoce por sus efectos, considero que es necesa­rio leer lo que se produce por los efectos en la práctica misma. Hoy se observa una transmisión de algo que ya no es psicoanálisis, aun­que se anuncia y ofrece como tal, una práctica que es llevada a cabo por un grupo globalmente institucionalizado. Es una práctica que no solo difiere, sino que altera las condiciones de la misma. Por lo que puede leerse en las publicaciones y escuchar lo que se dice so­bre ciertos análisis, la regla fundamental o la transferencia se en­cuentran bastardeadas. El hecho de que el analista no enuncie con su estilo la regla fundamental al iniciar un análisis quita la posibili­dad de toda creación de significancia, lo que podría ser un empuje a la forclusión del sentido y no al pas-de-sens o paso de sentido.

    Esa es una forclusión más grave que la del Nombre del Padre, como dice Lacan en su seminario sobre el sinthome. Hay cosas que no se pueden despreciar: el inconsciente, el deseo, el fantasma, la pulsión y la transferencia, pero en esa práctica la transferencia está invadida casi en su totalidad por la sugestión –esto lo podemos observar en la práctica del mutismo del analista y en el ataque a conceptos fundamentales. Una hipótesis: el ataque a los conceptos fundamentales es consecuencia de que ese grupo se constituye a partir de una herencia, el dinero y los conceptos que Lacan dejó; eso no está ni bien ni mal, pero tuvo sus efectos en la transmisión. ¿Por qué? Porque como el psicoanálisis no se transmite ni por coito ni por herencia biológica, lo hace como discurso, y esa es una restricción de la misma estructura.

    Tanto Freud como Lacan dejaron a cargo de sus hijas la Internacional y la AMP, que es lo mismo que en su momento fue la Internacional, y creo que ello no fue sin consecuencias. El dinero y el discurso que Lacan dejó en herencia terminan por sacar, por la práctica misma, al psicoanálisis de su dit-mension de palabra; ella, la palabra, molesta. Lo que quedó de esa herencia, sobre todo en relación con el tiempo de las sesiones, está signado por una ecuación que ni los yanquis hubiesen imaginado, superadora del time is money: tiempo-dinero. Por ese manejo del tiempo se abre un punto de sugestión muy importante.

    Al leer los testimonios de analizantes y analistas de ese campo, ellos dicen que hay sesiones variables y sesiones breves. La idea es captar el instante, lo breve, que es tratado como si fuera lo real –pero lo breve también es una medida de tiempo cronológico–, desconociéndose así algo muy importante sobre el tiempo en el análisis: que no hay un tiempo cronológico para las sesiones.

    L.C.: ¿Usted se refiere a que no se trata de la brevedad del tiempo sino que el momento de concluir como momento de corte es variable?

    N.F.: Sí, puede que la sesión concluya bien o mal, pero concluye en algún momento, y no por voluntad del analista sino porque la sesión sola concluye, aunque a veces no haya pasado nada. Distinto es lo que sucede con el tiempo breve, pretendiendo una relación entre el ins­tante y lo real, lo que es una barbaridad porque lleva a sesiones de dos o tres minutos. Salteándose el tiempo para decir, los pacientes, no llegan a entrar en el dispositivo del análisis. El tema es que al de­cir “breve” se convierte una condición lógica en una cuestión cro­nológica, se identificó al amo con el analista, no con el inconsciente. No es que esto se diga teóricamente con claridad, pero en la prácti­ca es así, la sugestión que se ejerce en el manejo de la transferencia corresponde a una posición de amo, la que difiere e impide que sea el significante el que ocupe el lugar de amo en el discurso.

    La teoría es: se trata del Uno en desmedro del Otro, y esa es una cuestión política, una teoría que está forzada por una política que tiene que ver con la lógica económica surgida del protestantismo como base del capitalismo y del imperativo “hay que facturar”. O sea, hay que ubicar esta articulación entre el lugar del dinero en la práctica y la trasmisión del psicoanálisis.

    Es necesario no confundir la brevedad con lo real. Lacan lo dice de muchos modos, que hay una relación entre real e inconsciente, pero nunca que el inconsciente con lo real. En una conferencia en el ser­vicio del profesor Deniker pronunciada en noviembre de 1978, o sea que es más que el ultimísimo Lacan, dice que el inconsciente es simbólico y que lo simbólico no puede regir lo real, por eso lo real es imposible.

    Lo real está hecho de otra estofa que lo simbólico y lo imaginario. En lo simbólico se teje un tejido que permite el acercamiento, cernir el goce que forma parte de la estofa de lo real –esta es una referencia a la última clase del Seminario XXV: El momento de concluir. Se trata de una definición clara, concreta, de lo real: no es que lo real no rija lo simbólico sino que lo simbólico no puede regir lo real porque está hecho de otra estofa, que varía según el momento de la transferencia. Lo real no es de por sí para siempre, uniforme, sino que a mi entender es una dit-mension más.

    En la clase del 5 de mayo del seminario sobre los problemas crucia­les, Lacan dice que el psicoanálisis hizo una conversión ética funda­mental, “al introducir el sujeto en el orden del deseo”.

    El analista tiene que dar tiempo al analizante, ese tiempo singular que es de cada ser hablante, no es ni mucho ni poco ni un instante, sino el tiempo de ese analizante. Este tiempo se va modificando en su cualidad según avance el análisis y la transferencia. Todo comenzar a hablar en una sesión tiene algo del trauma fundamental que es la entrada en el lenguaje y el aprender a hablar. Una sesión dura lo que esa sesión tiene que durar, y eso no se sabe antes. El tiempo de decir las cosas varía en cada análisis y el analista es responsable de esa variación, que no es cronológica y debe tener el menor efecto de sugestión. Es imposible que no haya sugestión, ya lo sabemos desde Freud, el problema es cuando solo hay sugestión, no se la reconoce y encima se cobra por eso. Esa práctica con el tiempo es devastadora porque no hay tiempo psíquico para salir de la sugestión y se terminan fabricando “neurosis actuales”.

    L.C.: Yo entiendo que el retorno a Lacan sería tomar lo que él dejó en nues­tras manos, parafraseándolo: “A ustedes les tocará resolver de qué se trata el campo lacaniano”.

    N.F.: Yo creo que lo del campo lacaniano es un anhelo de Lacan, que tie­ne sus fundamentos, que cada uno podrá tomar o no. Un analista es al menos dos, y cuando teoriza o piensa lo que hace es necesario que pueda vincular el problema que se plantea con el obstáculo que encuentra en su práctica. O sea, solo es efectivo para la transmisión si se trata de algo que obstaculiza su práctica; alguien hace o inven­ta con su resistencia, en particular, con su resistencia a la existen­cia del inconsciente.

    En cuanto al retorno, es un retorno que no retorna sino que se trata de seguir, avanzar, de retomar las huellas dejadas por Lacan, y para eso es fundamental leerlo todo. Ahora la moda de lo último entiende que lo último es lo mejor, aunque también puede ser lo peor. Después de todo, lo último es la muerte, y no se sabe si ella es lo mejor. Lo último puede ser lo mejor según la posición con la que se aborde la cuestión.

    L.C.: ¿Es una forma de entender lo que hace Lacan y seguir el hilo, ver, por ejemplo, cómo va desarrollando la cuestión del objeto a en su recorrido?

    N.F.: Si tenemos en cuenta que hay terrenos discursivos que se van con­quistando, decimos que hay avances en la teoría. Pero también que, por el avance del discurso, hay cosas que ya no tienen sentido ni ra­zón de ser, justamente porque la práctica cambió. Una cosa es que la práctica cambie porque avanza el discurso, un discurso que trata de cernir, acorralar el goce del malestar, y otra cosa es que el discur­so provoque más goce, como la sugestión. Esto último es una ame­naza para el psicoanálisis, es realizar el capitalismo en el psicoanáli­sis, es un tiempo del mercado que se pretende practicar. Aclaro, una cosa es que al cobrar uno no esté fuera del mercado y otra cosa es que el mercado sea lo que organiza el tiempo. Es una práctica que engendra un goce, mientras que en el análisis se trata de un goce que da lugar a una práctica.

    L.C.: Todos estamos en el capitalismo, pero los analistas no tenemos por qué estar en el discurso del capitalismo, en esa inmovilidad que no permite hacer lugar a una causa de deseo, que congela al sujeto en un lugar de objeto.

    N.F.: Todo discurso tiene sus efectos y hay efectos que desmienten lo que el discurso mismo se propone, por ejemplo, que el tiempo sea dic­tado por el mercado.

    L.C.: Volviendo a Lacan a partir de Freud, ¿cuáles diría que son sus des­cubrimientos o inventos?

    N.F.: El invento que reconozco, no solo porque lo dice el mismo Lacan sino porque lo veo–en el sentido en que Lacan le da a este término cuando dice que el analista ve en el fantasma el decir del analizan­te–, es el objeto a.

    L.C.: Pero los discursos y el cuadro de la sexuación también son un in­vento de Lacan.

    N.F.: Sí, pero los discursos ordenan todo en relación con el objeto a, es de­cir que sin él Lacan no los hubiera hecho. Todo ello es consecuen­cia directa de la existencia del objeto a. Es un invento porque toca el objeto en psicoanálisis, en su objetalidad, lo que no estaba despe­jado antes. No es una imagen ni una palabra ni un objeto, pero en la práctica cambia la relación con el objeto y trae aparejados mu­chos modos de decir lo que es la transferencia, lo que es estar como analizante en el discurso, lo que es hacerse objeto, lo que es hacerse sujeto de algo. El objeto a organiza muchas cosas, también el nudo.

    En el trisquel del nudo RSI, Lacan ubica el a y avanza. A mí me parece, y esta es una consideración mía, que si no está en el trisquel, la práctica poco tiene que ver con el análisis, o sea que es por el a que esas dit-mensiones tienen la posibilidad de sustituirse en el dominio al hablar. Él permite que algo se real-ice, separa lo real y dice algo. Por eso cambia el modo de escuchar, la interpretación de los sueños, etc., pero no por pasar un saber al analizante, sino por admitir el saber al analizante, que es quien habla. Es la función lógica (en la transferencia) del Sujeto supuesto Saber alojar ese saber como suposición del saber mismo y del sujeto de ese saber.

    En ese sentido, el retorno sería a Lacan, a toda su obra, para que cada uno comience, siga por donde quiera, y no a un Lacan del que se interpreta que lo último es lo mejor. Puede que sea lo mejor para una determinada situación, pero no está comprobado que lo último sea lo mejor, sí que hay avances que sirven más para la práctica, para decir más del goce, para cernirlo, para acorralar el malestar.

    L.C.: Pero para eso hay que servirse de la retroacción que nos enseñó Freud, aprender los Escritos, por ejemplo, con los seminarios.

    N.F.: Exacto, o aprender más de Freud leyendo a Lacan. Lo bueno sería que las generaciones actuales aprendieran, con nosotros y con otros más, con Freud y con Lacan, lo que hacemos. El problema sería que no se pudiese aprender más porque los efectos que determinadas situaciones engendran en la transmisión son devastadoras desde el punto de vista del sujeto.

    L.C.: ¿No le parece que lo devastador es el capitalismo? A mí me parece que actualmente las personas llegan con un dominio del yo, en un estado de yo-cracia, que si la división del sujeto se pone en acto, lo hace mucho más descarnadamente.

    N.F.: Justamente, el capitalismo, al dejar de lado las cosas del amor, inci­ta a que el sujeto no esté dividido, el llamado a una unidad es inevi­ table. Siempre fue igual, pero ahora, en tiempos del capitalismo fi­nanciero, esto es necesario para su funcionamiento.

    La mejor manera de contar a los individuos –de ser contados como número y contados por otro–, de manejarlos, etc., es hacerlo como uno, sin división, o sea, sin esa existencia efímera de sujeto que hay en todo individuo. Hay una resistencia a que cada uno pueda contarse, porque para contarse tiene que evitar ser contado, algo que nunca se va a evitar del todo.

    El psicoanálisis es un discurso resistente a ello porque postula la existencia de un sujeto que es tal por estar dividido, que nunca va a ser uno y que puede existir por su relación con la castración –no es un uno íntegro, entero. El ejemplo más cercano de resistencia a ese sujeto es el reemplazo del sexo por el género. ¿Por qué? Porque el género no divide a nadie en su dit-mension de sujeto, no subjetiva, elude la división que nos constituye.

    El género es socialmente inofensivo, mientras que el sexo no. No nos reproducimos en una relación de género, sino de sexo, a veces más allá de la diferencia anatómica. No decimos que alguien se “transgeneriza”, sino que se “transexualiza”. No nos engañemos más con esta coartada del género, no es un delito querer cambiar de sexo. Por qué no ser claros y usar una expresión que Lacan acuñó en su seminario: género de sexo.

    L.C.: Pero ¿no hay una tendencia social a asimilar a las mujeres a los hom­bres? ¿No se desconoce la significación del falo, el falo y su falta?

    N.F.: A mí me parece que eso está dado por una relación con lo real, sobre todo lo real de la reproducción, alterado por la ciencia. Es sabido que ya no es necesario un hombre y una mujer para reproducirse, que dos mujeres o dos hombres pueden tener un hijo, que puede ser de uno o una de ellas y de otra persona. Pero va a llegar el momento en que esto mismo suceda artificialmente, o sea, que no sean necesa­rios los genes que salgan del cuerpo de un hombre o de una mujer.

    Que haya hombres que quieren ser mujeres y mujeres que quieren ser hombres, eso ocurre desde siempre, pero la organización social ofrece facilidades diferentes, producto del avance de la ciencia y de los discursos. Esto hace que haya fantasmas que se pueden real-izar.

    L.C.: ¿Esa es la fabricación del fantasma?

    N.F.: Que el fantasma se fabrica quiere decir que cambia según su épo­ca, así como cambian las diferentes presentaciones del Otro. Ahora bien, lo que aquí está alterado, lo que se ha tocado es la reproduc­ción, y como la reproducción es sexual, se toca el sexo. Así, el sexo ahora es otra cosa.

    Hay tres formas de hacer una promesa: la de la ciencia, la de la polí­tica y la de la religión, pero la que seguro la cumple es la ciencia. La religión es inverificable, la política fracasa y en la ciencia los fraca­sos son útiles porque permiten avanzar en el conocimiento científi­co, en el dominio del real que ex-siste más allá de nosotros.

    No es que ahora haya más personas que se declaran homosexuales porque hay mayor libertad, sino que hay mayor libertad porque la ciencia permite que uno pueda pasar de un sexo al otro.

    L.C.: Además está la legitimación de la ley, o sea que ella acompaña a la ciencia y a la vez se mete con el fantasma.

    N.F.: A veces acompaña, es cierto, y claro que se mete con el fantasma por­que la ley distribuye el goce. En realidad, la ley forma parte del fan­tasma.

    L.C.: Volviendo al tema del este número de la revista ¿el análisis de las psi­cosis es una conquista lacaniana?

    LF: No exactamente, no es una conquista lacaniana, pero la existencia del discurso del psicoanálisis (después de Lacan) engendra otras posibilidades que antes no había. El terreno de las psicosis no es de nadie, es de quien lo pueda tomar.

    En el estadio del espejo hay algunos antecedentes, pero el modo de situar la estructura que hizo Lacan sirve para escuchar de otro modo a la psicosis, a alguien que está en ese discurso. Pero en psicoanálisis nadie tiene asegurado el saber al respecto.

    Es cierto que la psicopatología sirve a quienes dirigen la cura, pero también es una resistencia del analista. Es decir, sirve para orientarse, pero no es con eso que se cura. El psicoanálisis y la psicopatología tienen poco que ver. Es un absurdo, lógica y éticamente, decir, por ejemplo, que no se sabe cómo va a transcurrir la próxima sesión de un analizante y al mismo tiempo afirmar que es un histérico. Si es así, ya sabemos lo que va a pasar. Escuchar a un obsesivo, a un histérico o a un psicótico es, de entrada, defenderse de escuchar. Que por razones “profesionales” o de “tiempo” luego se hable así, en jerga, es un problema para la transmisión.

  • Síntoma y transferencia

    Voy a enfocar de un modo quizá no clásico una relación fundamental entre el síntoma y la transferencia. Creo que es muy útil para entender, a posteriori, esa articulación ya que no voy a referirme al aspecto psicopatológico del síntoma sino al síntoma en tanto se construye en transferencia en el suceder de un análisis.

    Una cuestión básica para comenzar, un principio lógico, por cierto, es que para el psicoanálisis, en el análisis mismo no hay síntoma sin transferencia. Es decir, toda transferencia implica un síntoma, y no me refiero a lo sintomático sino al síntoma como aquello que el sujeto “hace” para poder vivir y contra lo cual, inevitablemente, también lucha, por el dolor y el sufrimiento que éste conlleva. Esta manera de entenderlo no lo define como patológico sino como una condición de la existencia como sujeto para cualquier individuo en tanto ser hablante.

    Para el psicoanálisis, hablar de sujeto es hablar del síntoma, no en el sentido médico pero tampoco psicológico. Se trata de situar al sujeto respecto de su modo de construir una manera de vivir en relación con las dificultades que enfrenta en la vida, ya sean internas o externas o una combinación de ambas. Si estructuralmente el síntoma sirve como intento de cubrir la hiancia entre las palabras y las cosas, el sinthome nombra al síntoma que ha dejado de ser ese intento para volverse un instrumento del cual puede servirse el sujeto, de ahí su relación con lo imposible. Dicho de un modo simple el psicoanálisis considera que cualquier ser hablante está afectado por el síntoma en tanto sujeto.

    El sujeto tal como lo entiende el psicoanálisis no es lo mismo que el individuo o el ser hablante, aunque no va uno sin el otro, al modo de un nudo borromeo y su condición de existencia. Esto quiere decir que si no hay uno los otros dos se sueltan, se pierde la relación que había entre los tres.

    Pasando en limpio, dos cuestiones: en primer lugar, todo síntoma es en transferencia; en segundo lugar no hay transferencia en el análisis sin síntoma. Esto crea dos restricciones: que no se pueda interpretar fuera del análisis y que no se interpreta la transferencia sino, como suele repetirse, se interpreta en transferencia. Ésta es la caja de resonancia de aquello que se dice y es quien está en posición de analista quien ayuda y provoca que lo dicho “resuene” para quien habla, es decir, el analizante.

    Lo fundamental es que se interpreta en el análisis y que el síntoma es tal en tanto se produce en la práctica analítica; sin esto es un parloteo, un delirio u otro discurso.

    El síntoma no es síntoma, no toma función de máscara del deseo y representación, hasta que el sujetolo reconoce como tal, y este reconocimiento sólo es posible en la transferencia. El aspecto sintomático es el modo de entrada del síntoma en el análisis. Muchas veces ocurre que quien será el analizante lo presenta sin dificultad y la entrega de la angustia hace que el síntoma se instale.

    A partir de entonces la espera comienza a jugar como dit-mension fundamental en el análisis.

    Dejando de lado la connotación de esperanza que tiene la palabra, aunque es inevitable la impregnación de esta significación, tomo la espera en el sentido de esperar algo de alguien y/o que algo llegue a suceder. El Otro es una dimensión, la dimensión del inconciente. Es un lugar lógico necesario para que el sujeto se “haga” sujeto, se constituya en una situación donde también “es hecho h(a)cer”. El Otro como lugar del lenguaje, de la palabra –hay muchas maneras de decirlo– tiene que ser instituido pero como lugar lógico, necesario para la constitución de lo que llamamos sujeto. Lo que Freud nos enseñó a reconocer como transferencia da cuenta de ello, de la constitución del sujeto en la dimensión del Otro.

    Por ejemplo, con la Otra escena Freud nombra y se refiere al inconciente y la escena primaria encuentra en ella el lugar que la “realiza”. Este es un modo de representar el real lógico en el que se constituye el sujeto.

    El Otro no existe ni como individuo ni como ser hablante, menos aún como sujeto, sino que tiene la función de un real lógico imposible; sin vida ni existencia. Entonces,¿qué lo anima? ¿Qué hace que algún individuo lo encarne, lo haga un significante si no es el lenguaje? Más exactamente, ¿qué es el lenguaje en tanto elucubración del saber sobre lalengua que constituye un saber hablado

    Es esta clarificación la que establece la condición de posibilidad de la transferencia que a su vez es la condición de posibilidad de todo este descubrimiento ya que es ahí donde Freud escucha en cuerpo y en presencia.

    No hay alguien que sea el Otro, habrá algún individuo que lo encarne y, gracias a la transferencia en el análisis, ocurre que mucho de nosotros encontramos que el Otro se encarna en determinadas personas: los padres, sus sustitutos fundamentalmente y no sólo ellos. El Otro “me pone” en cuestión, en causa, me interroga en la raíz de mi propio deseo como objeto a; me interroga como causa del deseo, me interroga a mí como causa de mi deseo y es por ahí que apunta, en una relación de antecedencia, en una relación temporal, a mi existencia como sujeto, así lo formula Lacan: el “ Otro “[…] cuestiona, me interroga en la raíz misma de mi propio deseo como a, como causa de dicho deseo, y no como objeto. Y como es a eso a lo que apunta, en una relación temporal de antecedencia, no puedo hacer nada para romper esa captura, salvo el comprometerme en ella.

    Esta dimensión temporal es la angustia, esta dimensión temporal es la del análisis. […] el deseo del analista suscita en mí la dimensión de la espera. Me parecería bien que me tomara por éste o por aquél, que hiciera de mí un objeto”.[1]

    La dimensión de la angustia es la dimensión temporal en el análisis. El objeto a es el tiempo en el análisis.

    Si hay algo en lo que tienen que ver la angustia y la espera, y hace al síntoma en la transferencia, es que aquel que habla, el analizante habla a un otro que lo escucha, pero este otro que lo escucha está sumergido en esa dimensión del Otro que, como tal, no existe y que existe como lugar de apoyo lógico para que alguien “le” hable. La antecedencia temporal de este Otro está dada cuando al interrogarlo sobre la raíz de mi deseo no va a responder, no tiene respuesta. Esa es su castración.

    Este punto que es la castración en el Otro, y que es la falta de respuesta del Otro, se cambia, deviene en una suposición de saber. Es una suposición de saber donde habrá también un Sujeto supuesto al Saber que sabrá decirme cuál es mi deseo, qué es lo quiero Es la pregunta dirigida a ese Otro acerca de qué me quiere lo que hace que al Otro se le suponga existir como sujeto.

    Esa pregunta dirigida al Otro, ¿dime qué deseo?, le da al sujeto su posibilidad de existir como tal porque en ese Otro hay un lugar donde se aloja la causa de mi deseo o el agalma, bajo la forma del objeto a.

    Es el ejemplo que Lacan transmite a través de una fábula:[2] el cliente pide el menú en un restaurant chino, como no entiende el nombre de los diferentes platos, la mesera oficia de traductora. Pero llegado el momento de decidirse vuelve a solicitarle a ella que le diga qué es lo que él desea, lo que significa: “Es usted quién debe saber lo que de ahí dentro yo deseo”. Él se remite a algún poder de adivinación de la mesera.

    Lacan se pregunta: ¿no sería más fácil si se dejara guiar, aunque sólo fuera un poco, por el titilar de los senos de la mesera, donde evidentemente podría dirigirse su mirada? Esto significa que en el Otro también se aloja el objeto causa de mi deseo, el objeto a.

    Ese Otro no tiene la respuesta, no sólo porque es Otro que in-existe, sino porque esa respuesta solamente puede provenir del sujeto.

    En la realidad del análisis esto es importante porque todo análisis comienza suponiendo, haciendo esa transferencia sobre aquel que lo escucha, situado como analista. Pero esta suposición puede ser no aceptada, puede ser rechazada por quien está en el lugar del analista al creer que es la verdad lo que le es supuesto o al hacer de esa suposición una certeza.

    No hay transferencia sin Sujeto supuesto Saber.

    Cuando alguien habla en el análisis supone que el Otro sabe, y que el Otro “lo” sabe. Es decir, hace existir al Otro y entiende que el Otro lo escucha. Por eso el analista no puede hablar, como sujeto, de su vida porque apenas lo hace deja de estar supuesto, y si el sujeto no está supuesto, no se supone el saber, esos son los casos donde el análisis se va de las manos, donde es cierto que el Otro ‘me sabe’ y que existe como sujeto, porque ese saber, además, es acéfalo. Cualquier cosa que confirme que hay un saber absoluto o que alguien me sabe, en el sentido de la certeza, que no hay nada que no sepa, elimina la función de la suposición.

    Bajo la figura del Sujeto supuesto Saber, cuando ésta funciona, hallamos dos suposiciones que constituyen la transferencia misma: 1) se supone que el saber tiene un sujeto, es decir, que no es acéfalo, y al suponer que ese saber existe 2) me ubico como objeto de ese saber e interrogo al Otro con la angustia, interrogo qué sabe y cómo sabe qué es mi deseo.

    Aunque en el análisis diga, por ejemplo, “yo quiero tal cosa o tal otra”, en el fondo hablo esperando que el Otro me reconozca como sujeto, es decir, como deseante, sólo que en ese mismo movimiento el deseo se vuelve demanda.

    La función de la espera es muy importante porque el analizante espera que alguien conteste, espera obtener una respuesta del Otro. Ese es el principio de la transferencia, que el Otro responda, diga lo que sabe y cómo “me” sabe. Pero hay una diferencia entre que diga lo que sabe y que diga cómo “me” sabe, matiz en la transferencia donde la premisa está totalmente particularizada para la singularidad del saber que tiene sobre mí, que hablo.

    Sin esa suposición el análisis no funciona, pero tanto una cosa como la otra necesitan ser siempre suposiciones. Es una responsabilidad del analista en la dirección de la cura y del análisis sostenerlos como supuestos para que el que habla pueda dejar de suponerlos y así encontrarse y conectarse con esa in-existencia del Otro, que ni existe ni “me” sabe, para que quede a cargo del analizante la relación con el saber y su propio deseo, es decir, su castración.

    Es el deseo del Otro el testimonio de su presencia y es por eso que me angustio.

    Con su deseo primero me sanciona como deseante, a su modo, y esto me desupone no sólo como sujeto sino como sujeto de un saber. En el análisis no es fácil tomar la dimensión de la existencia: de otro modo que al modo del Otro, siendo por esto que la alienación es la condición de la separación.

    En 2003 Moustapha Safouan publica un artículo donde dice que entre Freud y Lacan hay algunas diferencias respecto del saber. Por su posición de fundador del psicoanálisis, por ser el primero en construir el discurso, por no tener otro atrás como él, otro que haya existido como analista para él Freud adoptó para sus pacientes un lugar de saber. Y se hacía cargo de ese saber, lo cual no quiere decir que no se le supusiera saber. Cuando en la transferencia el Hombre de las ratas lo llama “capitán” le está suponiendo todo el saber del capitán, pero para que sucediera era necesario que Freud fuera accesible, que pudiera aceptar se le supusiera algo, el saber en el otro.

    Según Safouan, entre Freud y Lacan opera un pasaje o pase de saber. Mientras que para el primero el saber estaba ‘llevado’ por el analista, o sea, estaba de su lado, para el segundo – de ahí la figura del Sujeto supuesto Saber pasa ese saber al analizante, es decir, el analizante pasa a ser la sede de ese saber. Una cosa es la teoría, el discurso y el saber del analista, y otra cosa es el saber del que estamos hablando, ese pasaje de saber al analizante coloca al analista en el lugar de objeto de una suposición, es decir, que soporta la suposición.

    El saber queda del lado del analizante y la suposición de saber del lado del analista. Quien ofrece, desde ese lugar, la posibilidad al analizante de que sea, efímeramente, sujeto de ese saber, en tanto Lacan ubica al saber del lado del analizante.

    En Freud están las dos posiciones. La interpretación de lo sueños o la Psicopatología de la vida cotidiana lo presentan como analizante que va en camino de h(a)cerse sujeto de un saber, el del inconciente, que sólo existe constituido por significantes, y como Sujeto supuesto Saber para aquellos que solicitaban su escucha y su atención.

    Con Lacan, la transmisión de Freud se establece como discurso y posiblemente sean resultado de esta operación, entre otros, que el saber pasa del lado del analizante y que el analista tenga la creencia que el analizante sabe, o sea que pueda creer que el que habla es el que sabe.

    El analista no habla como analista, habla como analizante. Por eso en Lacan hay tantas referencias al enseñante, analizante, al pasante. Todos son participios presentes activos que tiene que ver con el hablar. Si alguien habla, en tanto habla sabe, no hay otro lugar de ese saber, sino en lo que habla, tanto en lo que dice, en lo que deja de decir o en lo queda como imposible de decir. Ese saber se articula como no saber, el inconciente.

    Si el saber está en lo que se dice la confianza y la creencia del analista están en que el otro sabe y esto es producto análisis mismo, porque él ha “sufrido” –no sólo en el sentido del dolor sino de soportar (hacerse soporte)–, ha pasado la experiencia de saber lo que es hacerse sujeto de un saber, aunque sea efímeramente, lo cual sucede como efecto del acto analítico

    Por la distinción respecto del lugar del saber en Freud y Lacan, los analistas que venimos después, nos ubicamos no sólo en esa diferencia en la transferencia al discurso sino también en los efectos en la transferencia en el análisis.

    La posición del analista no implica ningún mutismo ni estereotipo en la dirección de la cura, conlleva un saber-hacer para que el analizante pueda no sólo tener confianza para decir lo que se le ocurre sino, fundamentalmente, para que no haya un más allá de aquello ha sido escuchado en lo que ha quedado como dicho.

     

    La función de la espera también afecta al analista ya que esperar no es una cuestión obligatoria sino una cuestión lógica. Por esa relación a una tensión lógica, espera para orientar, rhêteur,[3] a otro, para constituir o hacer ese saber que no se sabe. Si hay esta dimensión del inconciente, hay un saber que no se sabe.

    De lo primero que uno puede enterarse en un análisis es que efectivamente existe un saber y, luego, que hasta puede ser el mío que no lo sé; esta es la dimensión del inconciente. En esta dimensión existe una función de un no saber, en tanto ese saber está estructurado como un no saber, que no es propiedad del saber sino su función. Este es un punto de apoyo fundamental respecto de la eficacia de la existencia de la suposición (nótese que en griego suposición y sujeto se dice y escribe del mismo modo).

    Saber al otro quiere decir que, por ejemplo, las recomendaciones freudianas simples son necesarias, como las que dicen: después de una sesión el analista no puede saber qué es lo que va a pasar en la siguiente; debe tomar cada sesión como si fuera la primera o una diferente; cada sesión no sólo es otra sino que siempre es diferente, aunque manifiestamente no lo parezca. Porque “yo no sé lo que va a decir el otro” –si creo saberlo no puedo escucharlo y al hablarme el otro va a sentir el rechazo de la suposición. Puedo tener “idea” de lo que va a decir, pero esto lo fija a su lugar de paciente y no de analizante.

    Saber… saber, no se sabe, como dice Freud, de una sesión a otra no se sabe. Escuchar al otro rechazando la suposición lo vuelve objeto de nuestro saber que impide al analizante la posibilidad de ‘hacer’ su saber. Una de las tareas en el análisis es que el analista espere que se “haga el saber”, no estoy diciendo que se haga en el sentido místico, quiero decir que hay que esperar que el saber de aquel que habla se construya con lo que orientado (rhêteur) por el analista, sea por la interpretación, por el acto o por las intervenciones se vaya constituyendo un saber del cual el analizante pueda hacerse sujeto, como ya dije efímeramente (a consecuencia del acto analítico), porque respecto del inconciente ese saber siempre es sin sujeto.

    Esa espera puede ser a lo Godot, es decir, esperar algo que nunca llega, o puede ser a lo Shakespeare, que a diferencia de Beckett siempre algo llega, llega.

    Cuando alguien habla siempre espera que algo llegue o llegar a algo (hasta se espera terminar una frase), y si bien el analista sabe que esta dimensión está presente no puede prometer ni que no se va a llegar, porque no lo sabe, ni que se va a llegar; es tan irreal (al estilo de la premisa universal del pene) prometer que se va a llegar como que no se va a llegar. La promesa, en este sentido, hecha desde la posición del analista “irrealiza” el análisis.

    Entre los principios del psicoanálisis, y cuando digo principios no quiero decir verdades sino cuestiones lógicas que son necesarias para llevar acabo un desarrollo, éste es uno de ellos.

    En el Seminario XX: Aún Lacan dice que un saber necesita un lugar para alojarse y este lugar donde se aloja es en el ejercicio de una práctica. Para que un saber sea efectivo es necesario que de él se haga una práctica, que sea social, como lo es el psicoanálisis.

    Los dos tipos de saberes despejados por el psicoanálisis son el referencial y el textual. Al contrario de lo que se piensa imaginariamente, el saber referencial concierne a todos los textos y a lo que se ha leído en ellos y el saber textual no es el que proviene de los libros sino el que resulta de la lectura de lo que dice el analizante.

    El mensaje siempre llegará al analista desde el saber textual que él no sabe.

     

     

    Esperar hacer el saber               bien decir           A

    Esperar h(a)cer el saber          sintomático         B

    Esperar h(a)ser el saber            síntoma               C

     

    Es una frase común, pero tiene dos agregados: la a que está entre paréntesis y lo que dice ‘haser’ con ‘s’ y no de hacer, con “c”.

    En A se trata de algo bien dicho, esto es, algo que está afectado por la castración y dice, por tanto, de la relación del sujeto con su deseo. A es la escritura de una frase que dice lo que dice pero que también dice de una cierta función de Ideal en el psicoanálisis, no sin relación con lo real imposible.

    B, lo sintomático, es el lugar del equívoco, del lapsus, terreno del malentendido, de la equivocación. Son todas presentaciones en el discurso de diferentes formas de existencia del sujeto en lo que dice. Es una forma del decir de alguien que lo anuncia como sujeto, es el punto donde un análisis se “realiza”, se lleva a cabo. Por su ubicación en esta frase el objeto (a) dice tanto de la presencia del analista en cuanto objeto en la transferencia como de la operación que el objeto permite respecto de la transferencia y el síntoma, a través de su acción sobre lo “sintomático”.

    La relación entre el síntoma y el Sujeto supuesto Saber (SsS). Es por la instalación del SsS como lugar en un análisis que se produce la transferencia (puede haber, a veces, ciertas excepciones muy singulares respecto de este punto) y el síntoma esa formación estructuralmente necesaria para vivir, formación que se hace porque, en tanto individuos de la especie hablante, existimos como sujetos. Todo esto está posibilitado por la relación del sujeto con el síntoma, definiendo aquí el síntoma como la máscara, la formación estructural necesaria que se constituye cuando alguien habla, la pasión del ser. Es lo que aparece escrito en la frase A.

    En la frase B hay una consonancia homofónica y una diferencia (a) la letra. .En la realidad del análisis, la lectura es la que se hace de y por esa diferencia. El objeto a tiene sólo una existencia lógica y nombra objetos parciales, cuya existencia es libidinal, resto de un corte que los hace causa del deseo.

    Es por la función del objeto a como a-sexuado que los objetos parciales sustituyen al Otro en su relación con el sujeto. Es por ello que Lacan dice, por ejemplo, que el analista debe tener mamas.

    El sujeto, es decir, el analizante, tiene que llegar a verse como el que se ha ofrecido como objeto, “… causado como carencia por a y donde a viene a tapar la hiancia que constituye la división inaugural del sujeto”.[4] Al decir lo que acabo de citar, Lacan también advierte que el objeto a jamás franqueará esa hiancia y nos ofrece como ejemplo la mirada (ejemplo de la fábula citada). Es lo que separa al deseo del narcisismo en tanto el a quedará en la “garganta del significante”.[5]

    La escritura siempre implica una cierta formalización. Pero como se acostumbra a decir, ¿qué se escribe de un análisis?, o bien, ¿qué se escribe en un análisis?

    La primera pregunta puede tener una respuesta aparentemente más fácil y directa: que esa escritura siempre es un después (no es en el análisis) y que quien habitualmente lo hace es quien estando en un análisis en posición de analista, intenta transmitir a otros tanto las condiciones como las realizaciones de esa experiencia del análisis. Esto ya lo hace como analizante, sin por eso estar en análisis.

    También es posible que quien haya pasado por la experiencia del análisis escriba para transmitir esa experiencia o sea que no necesariamente lo puede hacer sólo quien ha estado en posición de analista. De ahí la existencia del pase, no sólo en el análisis sino como procedimiento en una Escuela para transmitir la experiencia.

    Una pequeña digresión. Resulta muy extraño que haya personas que tomen la conclusión que Lacan saca respecto del pase tras disolver su Escuela Freudiana de París (Lacan luego se inscribe en otra Escuela que sigue con el pase como procedimiento), que tomen lo dicho por él “a la orden”, y que a la vez ellas mismas, a veces, no hayan tenido ninguna experiencia del pase en tanto procedimiento de transmisión en ninguna de las instancias. Esto, a mi entender, oscila entre el prejuicio y el temor, sobre todo, de incluir la experiencia del análisis en la transmisión al menos de un modo pertinente ya que quien hace el pase lo hace como analizante y en el pase habla desde ese lugar, digamos no se trata de advenir analista o no, no es una autorización. Como dije, es la transmisión, como analizante, de aquel que lo fue.

    Que se escriba no sólo es necesario para que el psicoanálisis “pase”, se transmita, sino también porque es un modo tan pertinente como eficaz para establecer un saber que, como fue ya dicho, es hablado. La escritura es importante pues puede funcionar como resto(s) que hace(n) a la transmisión de la experiencia, porque es a partir de él (ellos) que se puede seguir.

    La otra pregunta, ¿qué se escribe en un análisis?, es necesario abordarla por el lado de la transferencia y el síntoma ya que es a través de la repetición que se instala la transferencia, que el síntoma toma lugar. Y es ahí, cuando la repetición sobreviene por la función del rasgo unario y da lugar a la posibilidad de lectura, que se puede concluir que en el análisis tiene lugar una escritura, porque hay una lectura. Ahora bien la repetición apunta a lo real como imposible en tanto se dirige a algo que no se puede repetir.

    El pase en el análisis consiste, básicamente, en que aquel que habla (el analizante) “hace” en un momento una lectura de lo que escucha en lo que dice y con ello cambia su posición en la transferencia y, por ende, su relación con la castración. Hay una de-suposición de saber que afecta al analista y un viraje en el fantasma.

    Queda claro que la escritura en el análisis es tal porque permite la operación de lectura, sólo eso y nada menos que eso, de aquello que, a través del decir analizante, ha sido dicho.


     

    [1]Jacques Lacan: El Seminario, Libro X: La angustia, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2006, pág. 167.

    [2] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Barral editores, Barcelona, 1977, pág. 273.

    [3] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XXV: El momento de concluir, clase del 15 de noviembre de 1977, inédito.

    [4] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Barral editores, Barcelona, 1977, pág. 273.

    [5] Ibíd., pág. 274.