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  • Algunas propuestas para la clínica de la psicosis. Entrevista a Isidoro Vegh

    Entrevista realizada por Alejandra Ruiz Lladó

    Alejandra Ruiz Lladó: Dentro del retorno a Lacan que usted viene proponiendo –junto a analistas de gran trayectoria, como Nober­to Ferreyra, Benjamin Domb y otros–, ¿cómo situaría las psicosis? ¿Hasta qué punto este tema es afectado por lo que se exalta, se acen­túa o se constituye como escotoma en ciertas lecturas y propuestas clínicas subsecuentes?

    Isidoro Vegh: Con el tema de las psicosis sucede lo mismo que con otros aspectos del desarrollo del psicoanálisis. Me refiero a lo que suelo llamar, en broma, “la parroquia lacaniana”, que parece volver a una especie de ideal hegeliano puesto en acto, por el cual se supo­ne que todo lo que vino después es un progreso respecto de lo que estuvo antes. Lo último, o lo ultimísimo –como dice alguno–, sería una superación incuestionable de lo anterior. En esa línea, uno en­cuentra a jóvenes analistas que siguen a ciertos enseñantes y que, a su vez, pasan a constituir una pequeña moda, sin jamás haber leí­do los Escritos de Lacan. También se han salteado ciertas clases de algunos de sus seminarios, tales como El deseo y su interpretación, Las formaciones del inconsciente, y en especial el seminario sobre las psicosis: uno de los primeros que Lacan dio cuando se animó a interrogar lo que pasaba en el ambiente psicoanalítico en el que se movía, asumiendo de ese modo su condición de maestro. Algo que lo condujo a tomar distancia de gente con la que no solo compartía la dirección de la Asociación Psicoanalítica de París, sino que tam­bién eran sus amigos, como por ejemplo Nacht. Sin embargo, La­can no dudó en poner en primer plano su relación y compromiso con el psicoanálisis, y comenzó a hacer una lectura de Freud que no dudó en llamar “retorno a Freud”, tal como lo escribió en un texto de aquellos años: La cosa freudiana… Ante esto, uno podría decir: ¿cómo es posible un “retorno a Freud”? ¿Acaso los psicoanalistas al­ guna vez dejaron de estar con Freud? Pues sí, hicieron con Freud lo mismo que ahora aparece como repetición en relación con la obra de Lacan. Tomemos un ejemplo: los analistas de la ego psychology. A partir de una lectura equivocada de El yo y el ello, afirmaron que considerar al inconsciente, el descubrimiento de Freud, como lo que sostenía las dos terceras partes del iceberg, era seguir mantenien­do un discurso ya superado. Para ellos, el aforismo presocrático de Freud, wo Es war, soll Ich werden, quería decir “hay que reforzar al yo”. Que allí donde la pulsión constituía su apremio, el yo era el que tenía que tomar las riendas.

    Lacan entendió que esa propuesta hacía retornar por la ventana lo que Freud había sacado por la puerta, que era la psicología de la con­ciencia. Por supuesto que la ego psychology no fue porque sí: fue la que desarrollaron los alumnos de Freud, algunos incluso se habían analizado con él, otros con sus discípulos más cercanos en la Viena imperial o en Alemania, con Abraham. Conocemos quiénes eran las figuras principales: Hartmann, Loewenstein, Rapaport, Erick­son. Fueron unos cuantos que, cuando emigraron a Estados Uni­dos, encontraron una sociedad en la cual, siendo en ese tiempo ya el bastión más importante del frenesí capitalista, era muy importan­te que la gente tuviera un aval, especialmente tratándose de una dis­ciplina nueva como era el psicoanálisis. Para ellos, que desde el psi­coanálisis (que comenzaba a ganar prestigio) se les dijera que había un yo libre de conflicto, que no estaba tomado por los riesgos pul­sionales ni por la influencia del inconsciente, era muy grato, muy tranquilizador. Lacan decide enfrentar eso y al mismo tiempo (ha­ciendo lo que siempre se dice que no hay que hacer, que es la guerra en dos frentes al mismo tiempo) también enfrenta a los psicoanalis­tas que se fueron de Viena, pero para otro lado, hacia Londres, y allí (especialmente bajo la égida de alguien que también se formó en la Mitteleuropa y fue paciente de Abraham, me refiero a Melanie Klein) pasaron a dar vigencia de concepto a lo que parecía que era nada más que traducción. Pero no era así: la traducción siempre implica concepto; la traducción no es solo un juego de lenguajes. Cuando Strachey decide traducir Trieb por instinct en inglés, tenía la opción de traducirlo por drive, porque en alemán existen las dos palabras: Trieb e Instinkt, escrito con ka. Si Freud utilizó Trieb es porque no quiso utilizar Instinkt. La diferencia está en que el Trieb, la pulsión, va enganchada, en los términos de Freud, al representante pulsio­nal. Eso que llamamos “instinto”, en el ser humano queda absolu­tamente modificado por el hecho de que el cuerpo está atravesado desde el inicio, y aun antes de nacer, por el lenguaje. Lacan enfrenta –y lo hace con una valentía admirable– tanto una desviación hacia el reforzamiento del yo como la otra que degradaba la pulsión a la condición de instinto, haciendo que el destino de un sujeto estuvie­se determinado por su bagaje genético. Sin embargo, para no hacer una lectura absolutamente tendenciosa del kleinismo, es importan­te destacar que también incluyó la función del Otro en la respues­ta al instinto, lo que se suele llamar la función de reverie. Lo reco­nocemos. Lacan siempre valoró los desarrollos del kleinismo. Pero en ese punto donde Melanie Klein llamaba “instinto” a lo que Freud llamó Trieb (pulsión), Lacan marca claramente una diferencia que, además, se acompaña de consecuencias en la dirección de la cura.

    Uno de los esfuerzos de Lacan en aquellos tiempos fue intentar ha­cerles entender a los jóvenes analistas que textos como la Traumdeu­tung, Psicopatología de la vida cotidiana o El chiste y su relación con el inconciente, no estaban superados. No eran textos que los candi­datos de la Internacional tuvieran que leer más o menos para tener una cierta erudición. ¡Eran clásicos! En la pintura podemos decir lo mismo. Está bien, hoy no vamos a pintar como en la época de Leo­nardo, pero esa pintura no puede ser superada.

    A.R.: En ese sentido, deberíamos considerar la idea de superación dialéc­tica como propiamente hegeliana, puesto que implica un sistema. Es casi inevitable caer en modos de pensar explícitamente desestima­dos por Lacan, tal como la idea de que habría progreso en la teoría.

    I.V.: Esa es la dialéctica: es la progresión hasta alcanzar el saber absoluto. Hoy, con la modestia que me caracteriza, digo que igual que Lacan, estoy en una lucha ardua por hacer entender (y lo vengo haciendo en los últimos seminarios) que La significación del falo, la Subversión del sujeto y dialéctica del deseo…, La dirección de la cura y los princi­pios de su poder, ¡son textos clásicos! En la misma línea, digo que su seminario sobre las psicosis también debe ser incluido en ese aba­nico de textos clásicos. Es verdad, Lacan primero habló de la metá­fora paterna, del Nombre del Padre, y luego, en los últimos años, de los nombres del padre. Ahora bien, si uno conoce la lógica que sub­tiende tanto al texto que presenta por primera vez la metáfora pa­terna, que es el texto sobre Schreber, como aquella por la cual él ha­bla de les noms-du-père, los nombres del padre, en los dos casos la lógica dice lo mismo de otro modo.

    A.R.: Podríamos pensar que algunas formulaciones datadas anteriormen­te dicen mejor sobre cierto aspecto clínico que otras que, aunque posteriores, recortan otro tipo de problema u aspecto de la misma cuestión. ¿Hasta qué punto quienes solo leen el último Lacan no co­rren el riesgo de despreciar formulaciones hechas en otros tiempos de la teorización? Una lectura que acentúe los cortes cronológicos sin precisar las lógicas en juego, ¿no podría traicionar el contexto del problema al que Lacan se refiere al utilizar una nueva definición?

    I.V.: Lacan dijo esta frase: “Nunca quise ser original; lo que quise es pro­ducir una lógica”. ¿Una lógica de qué? Una lógica de los grandes rela­tos freudianos. El estadio del espejo es una lógica en la que él intenta desplegar la dimensión imaginaria del yo freudiano, que nos permi­te diferenciar dónde está el error de la ego psychology. Si lo quisiéra­mos resumir al mínimo (lo escribí en un texto que se llamó Yo, ego, sí-mismo),[1] diríamos que el equívoco –para llamarlo con suavidad– de la ego psychology fue quedarse con algunas frases de Freud que, en una lectura apresurada y no demasiado rigurosa, pueden hacer creer que el yo se reduce a un yo instrumental, como cuando Freud dice que el yo tiene una función de síntesis. Lo que no entendieron, y tampoco leyeron –porque en realidad es una cuestión de lectura–, es que cuando Freud habla de la función de síntesis no dice de nin­gún modo que sea una función lograda por el yo, sino aquella a la que aspira –porque el capítulo donde habla del yo se llama “Los va­sallajes del yo”, no “Los señoríos del yo”. En lugar de basarse en esa lectura equivocada sobre la función de síntesis, Lacan vuelve a un texto clásico: Para introducir el narcisismo (mal traducido al caste­llano como Introducción al narcisismo), donde Freud dice que el yo se constituye como algo que sustenta al narcisismo, en la medida en que define al narcisismo como el amor que tiene por objeto al yo. Si entonces se habla de amor al yo para definir al narcisismo, resulta que ahí se trata no de una función instrumental del yo, sino de una función pasional del yo. Y si siempre decimos que el amor es ciego, cuando se dirige al propio yo es doblemente ciego.

    A partir de eso, en El estadio del espejo…, Lacan va a decir que la función de conocimiento del yo es una función de desconocimien­to, y va a cuestionar el yo del cogito cartesiano, que es el sustento en la tradición del pensamiento occidental, a lo que retorna (como si fuera una novedad) la ego psychology. Ahí establece una lógica, a partir de la cual formulo una distinción entre un yo pasional y un yo instrumental –no podemos negar que hay un yo que te ayuda a cruzar la calle para que no te pise un auto, pero con ese argumento absolutamente banal suelen corrernos cuando los lacanianos deci­mos que el yo sostiene una función de desconocimiento.

    A.R.: Cabe reconocer que algunos lacanianos solían creer, en los primeros tiempos, que era casi un deber analítico atacar al yo (incluso cuando los pacientes fueran melancólicos, un avatar clínico que no debería pasar desapercibido). Evidentemente, no se trata de destruir al yo…

    I.V.: Lo que pasa es que ellos desconocen que ese yo instrumental es se­gundo, lógicamente, del yo pasional, porque si el yo que quiere ser amado no tuvo un Otro que lo acogiera desde el comienzo, va a cru­zar la calle para que lo pise un auto o va a ir a las vías para que lo pise un tren. Hay una instancia pasional del amor que se constitu­ye en el Otro, no es hereditaria, y que es el sustento de lo que luego será el yo instrumental.

    Lacan también construye una lógica de lo simbólico: así avanza en los fundamentos lógicos del complejo de Edipo, que no es reductible a un cuentito. Cuando escuchamos a algunos que repiten sin pen­sar una frase de Lacan: “Tengo algo mejor que el Edipo”, yo les di­ría: “Sí, tengo algo mejor que el cuentito edípico: la lógica del Edipo”. Por eso, en la Proposición del 9 de octubre…, Lacan dice que sin esa lógica del Edipo, todo lo que se diga del análisis en extensión pasa a ser un delirio. Se hacen lecturas empobrecedoras.

    Y por último, cuando avanza para dar la lógica de lo real, lo hace con la lógica de los goces. Toma el texto Tótem y tabú y lo pone en plie­gue con la lógica aristotélica (la lógica modal, la lógica de las pro­posiciones). Hay una riqueza que se extiende a lo largo de la obra de Lacan, algo que él dijo no en un aforismo sino en una frase, una sentencia: “Me desvivo por decirles lo mismo de otro modo”.

    A.R.: En lo que se refiere a las psicosis, existen algunas diferencias signi­ficativas entre lo propuesto por Freud y por Lacan, quien también incluye varios aspectos desarrollados por Melanie Klein. Mientras Freud descubre a cielo abierto la lógica que organiza el delirio, La­can produce cierto avance en el abordaje clínico de las psicosis, algo que paradojalmente nombra con el lema de “no retroceder” –un to­que de humor bien lacaniano ya que no es tan fácil situar el alcan­ce de ese “no retroceder”, ni mucho menos delimitar a qué retroce­so se refiere o quiénes habrían retrocedido. Se puede suponer, por supuesto, a cuenta del auditor… Es justamente allí donde conviene reconocer a Melanie Klein como una de las “adelantadas” que ha­bría avanzado sobre ese territorio extramuros que es la psicosis. Pa­reciera ser que Freud fue más cauto, más moderado, en sus expec­tativas al respecto.

    I.V.: Freud decía –también hay que tener cuidado en cómo se lo lee– que si se le pide al psicoanálisis lo que excede sus límites, sin duda va a quedar expuesto al fracaso. Ahora bien, lo que nosotros descubri­mos con Lacan es que en esa afirmación de Freud hay una parte de verdad que es necesario reconocer. Si se desconoce, corremos el ries­go de entrar en un tipo de tratamiento que, con la mejor intención, pasa a ser una tortura. Recuerdo haber leído ciertos controles de ca­sos de psicosis que se hicieron hace unos cuantos años en Buenos Aires. El paciente decía dos palabras, y el analista: “Usted ahora se­para la frase en dos”; luego, el paciente retrucaba con otra cosa y el analista decía: “Ahora usted destruye la palabra que yo le dije, des­truye mi palabra en dos partes” (ya no solo la frase). Era un camino ineficaz, además de una tortura para los pacientes.

    Mi primer paciente fue un psicótico –toda la vida atendí psicóti­cos y jamás me agredió ninguno de ellos. ¿Por qué? Porque siem­pre tuve presente que aun en la psicosis, se trata del sujeto. Que se trata del sujeto quiere decir: no lo violentes, no lo enfrentes, eso no tiene sentido, es un absurdo total. No vale tampoco con un neuró­tico, pero menos que menos con un psicótico; aunque un paranoi­co pueda parecer fuerte, es alguien frágil. Hay paranoicos que no se pueden atender, y eso hay que aceptarlo. A veces no se puede. Eso sucede. Hay gente que viene a controlar conmigo, que me dice: “Yo tengo miedo, vino con un revólver, en cualquier momento… No te­nía paz”. Es obvio que no se lo puede atender en el consultorio, ha­brá que ir a una institución. Pero salvo algunos casos extremos, to­dos los demás, si uno sigue el hilo de lo que el sujeto propone… es raro que haya agresiones. Cuando sucede, hay que preguntar: “¿Qué pasó antes? A ver, cuénteme…”. Me acuerdo que cuando comencé a hacer guardias, recién recibido, en una clínica psiquiátrica priva­da en Banfield, me contaron que el paciente tal quiso agredir a un enfermero. Entonces, pregunté por qué. “Es que le vino el impulso vaya a saber de dónde”, me respondieron. De inmediato, hablé con él: “¿Qué pasó?”. Resulta que como él había dicho que quería suici­darse, para “protegerlo” le habían clausurado el botiquín. No solo le habían escondido la Gillette y la maquinita de afeitar, sino también… el cepillo de dientes. Si esas cosas elementales no están cuando uno se levanta a la mañana, ¡es lógico enojarse! Hubo un arrasamiento del sujeto, porque una cosa es que alguien le diga: “Vamos a quitar­le de su botiquín la máquina de afeitar y la Gillette, porque usted dijo esto y lo tenemos que cuidar, es nuestra obligación. Pero todo lo demás está ahí”, y otra muy distinta es clausurarle el botiquín con todo adentro. ¡El tipo tenía cosas elementales! Es un verdadero arra­samiento del sujeto.

    Lacan nos lleva a plantear una perspectiva absolutamente diferen­te, reconociendo que no se puede tratar a una estructura psicóti­ca (hablo de psicosis mayores: esquizofrenia, paranoia, parafrenia) como se trata a un neurótico. Efectivamente, eso no anda, como de­cía Freud. Ahora bien, la lógica de la psicosis, tal como Lacan la pro­pone a partir de su lectura del caso Schreber, abre un camino posi­ble, que se amplía luego, cuando trabaja la estructura psicótica de Joyce. Aunque él no usa la palabra psicosis, pero ¿qué quiere decir “Verwerfung de hecho”? Verwerfung de hecho, si leemos en la con­tinuidad, quiere decir: porque hay un padre que hace las cosas ne­cesarias para que haya Verwerfung. Un padre que era un monigote, un payaso, un padre quebrado. Tal como lo describe Stephen Deda­lus en Retrato del artista adolescente[2] y lo confirma Richard Ellmann en su biografía[3].

    Con Lacan aprendemos una tesis esencial: todas las instancias freu­dianas comienzan en el lugar del Otro, incluyendo las dos que po­dían parecer hereditarias: el yo, en el estadio del espejo, se constitu­ye alienado, primeramente en el campo del Otro. Y lo que mal tra­dujeron los ingleses por “instinto”, que es Trieb, demanda pulsional inconsciente que llega desde el lugar del Otro. La pulsión también se constituye a partir de la demanda del Otro –lo mismo podemos demostrar para el síntoma, el fantasma, para el inconsciente estruc­turado como un lenguaje, para el ideal del yo, el superyó. Para todas las instancias freudianas, podemos señalar que la gran estrategia la­caniana es mostrar que en el inicio está el Otro, y desde el momento en que podemos demostrar que en el inicio está el Otro (que tam­bién quiere decir que está la palabra del Otro), nosotros, los psicoa­nalistas, podemos intervenir. Aunque por supuesto, no es lo mismo la palabra que pasó en algún momento por lo que llamo “el colador del inconsciente” (el inconsciente sometido a una lógica de incom­pletud), que lo que nunca pasó por allí y exige, por eso, otro tipo de intervenciones. Esta problemática es la que me llevó a publicar hace muchos años –ahora va a salir una tercera edición ampliada– el li­bro Las intervenciones del analista[4].4 En esos casos, la típica interpre­tación simbólica no es eficaz, y es necesario apelar a intervenciones en lo real, en lo imaginario o propiciar lo que en los últimos años Lacan llamó sinthome. Para tener alguna eficacia en la clínica de las psicosis hacen falta otro tipo de abordajes.

    Con la psicosis sucede lo mismo que con los demás conceptos de Lacan, donde esa idea hegeliana de lo ultimísimo viene, en una lec­tura empobrecedora, a tirar por la borda mil doscientas páginas de enseñanza anteriores –y en ese “tirar por la borda” también se tiran los desarrollos respecto del Nombre del Padre. ¿Qué quiere decir esa frase “del Nombre del Padre se puede prescindir, a condición de ser­virse de él”? Algunos la cortan por la mitad y se quedan con la pri­mera parte. Alguien quería enseñarles a sus alumnos que del Nom­bre del Padre se puede prescindir sin más, porque el lenguaje por sí mismo ya sería una función del Nombre del Padre. Yo le diría: “Solo podés decir eso porque nunca hablaste con un psicótico”. Los psicó­ticos tienen lenguaje, pero el lenguaje solo no garantiza haberse ser­vido del Nombre del Padre. Ese modo de tomar meramente una par­te de la frase es propia de alguien que, evidentemente, nunca aten­dió a un psicótico.

    A.R.: Quizá convenga señalar que hay un uso de algunas frases de Lacan que sufre el desgaste por pasar de boca en boca como moneda co­rriente y también por el hecho de la mala lectura, que siempre deja cierta banalización, en parte por mala fe y en parte por los límites de nuestra estructura. Toda la simpatía que me producen los discursos progresistas y libertarios en contra de los conservadores y retrógrados no logran, sin embargo, que no me dé cuenta de que se quiere pa­sar sin el padre demasiado rápido y que un espíritu psicoanalítico –si es que cabe semejante entidad– siempre tiene presente aquello de que “los muertos que vos matáis, gozan de buena salud”.

    Hay una lectura aparentemente “libertaria” que, embistiendo ciega­mente contra el padre y contra todo lo que sea significación pater­na, no hace más que eternizar su poder… fantasmático. Ya sabemos que los empeños por ir contra el padre no pueden más que darle más fuerza. Una cosa es que “se pueda prescindir” del padre porque ha caído de su lugar, y otra muy distinta es que “se esté empeñado en prescindir” o “liberarse de él a cualquier costo”.

    I.V.: En el último caso, diría que es una prueba más de que el ser huma­no no está naturalmente preparado para aceptar la ley. Fijate que el ideal Tinelli de nuestra cultura es que la libertad es la ausencia de ley. En cambio, Freud, que era más inteligente, cita al padre de los Hermanos Karamazov, quien dijo: “Si Dios ha muerto, todo está permitido”, y Lacan le respondió: “Si nada está prohibido, todo se vuelve obligatorio”. El sujeto queda indefectiblemente atrapado en el goce. Por eso resulta alarmante que hoy haya pediatras que creen que lo que va a salvar a los chicos es la teoría del apego. Con la psi­cosis es obvio que pasa lo mismo. Y esa frase famosa “del Nombre del Padre se puede prescindir, pero a condición de servirse de él”, nos remite al ideal de los milenarios, que decían “cuando venga el mesías se acaba el pecado”, entendiendo que a partir de ese momen­to ya se podría coger con mamá y matar a papá, porque ya no sería más pecado. Ellos creían que al fin podrían hacer lo que quisieran sin que fuera pecado.

    Para abordar esta problemática, hice un trabajo de lectura rigurosa de un texto que se llamó Los nombres del padre, que es la única clase que Lacan dio antes de la excomunión de la Internacional. Allí dice muy clarito que una cosa es el padre del goce y otra cosa es el padre del deseo y de la ley, y lo presentifica en la diferencia entre los Elohim –que eran dioses que pedían sacrificio humano– y El Shaddai –que es otro nombre de Dios, el Dios del pacto.

    Ahora bien, ¿eso quiere decir que yo me voy a quedar con la me­táfora paterna y voy a desconocer lo que Lacan produjo después? No. De hecho, cuando Lacan dice il faut être dupe de nom du nom du nom du père (o sea, “hay que ser incauto del nombre del nombre del nombre del padre”), está hablando tres veces de los nombres del padre. Y después agrega: “Los nombres del padre son real, simbóli­co e imaginario”. Para Lacan es muy importante tener presentes las enseñanzas de San Agustín. La Santísima Trinidad no es un delirio: uno es tres y tres es uno. Cada uno de los registros, al hacer buen nudo con los otros, hace que el agujero exista, y Lacan insiste en la función del agujero.

    La metáfora paterna, como se plantea en las psicosis, implica la vi­gencia del agujero. Cuando el deseo de la madre cae bajo la barra, el hijo deja de ser el falo de la madre. Ella se reencuentra con su agu­jero, y en la medida en que el hijo pasa de ser el falo a tener el falo, se instituye como sujeto bajo la característica de ser un manque à être, una falta en ser. Doble agujero: el agujero con el que la madre se reencuentra, y para el sujeto, allí donde podía haber una identifi­cación con el ser de un objeto (ser el falo del otro o ser alguna de las especies del objeto a), aparece una falta en ser. Hay que destacarlo. El nudo significa eso: que el uno es tres y no que el uno es uno. El nudo implica anudados a lo simbólico, lo real y lo imaginario, los tres haciendo la consistencia del nudo.

    A.R.: En ese punto, justamente, se abren algunos interrogantes que nos formula la psicosis. La forclusión del significante del Nombre del Pa­dre, tal como la plantea Lacan, no permitiría este pasaje hacia la es­tabilización de cada registro, o al menos habría algunos puntos don­de los registros no funcionan como Nombres del Padre, mostrando, de ese modo, la radicalidad de su forclusión. En la psicosis, cuando hay inmixión de un registro en otro, por ejemplo, cuando una mujer oye una voz que la insulta en el espacio real, que a su vez pierde las coordenadas simbólicas, o cuando no puede bañarse porque siente que la están mirando, o cuando lo especular se le abre al infinito y cada vez que toma un café ve que otros clientes del lugar repiten su gesto o le hacen mohines, hasta el punto de huir de la confitería, en esos momentos se ve que los registros se interpenetran, se inmixio­nan o se deshacen, cuando se trata del anillo imaginario o cuando se pasa de un registro a otro, como en la paranoia, que Lacan escri­be con el nudo de trébol. Pero ya ningún registro es lo que es. En­tonces, si para Lacan cada registro puede ser un Nombre del Padre, allí, en esos puntos de inmixión, la forclusión estaría más presente que nunca. La forclusión del significante del Nombre del Padre no podría, en ese punto, asegurar ese agujero del que está hablando.

    I.V.: Así es. Cuando Lacan trabaja el nudo de Joyce nos muestra que hay un error en el nudo, con lo cual los anillos de lo simbólico y lo real se penetran (cosa que no sucede en el nudo borromeo), y el ima­ginario queda libre. Las tres veces que Lacan diagnosticó psicosis –algo que trabajó con veinte años de diferencia: el caso Aimée, la lec­tura de Schreber, y después la lectura de la vida y la obra de Joyce–, fue a partir de la pérdida de lo imaginario. En Aimée, cuando ella acuchilla a la actriz famosa para deshacer la totalidad que el otro le presenta; en el caso Schreber, cuando él sufre su cuerpo leproso, que se le despedaza; y en el caso de Joyce, cuando recibe la paliza y des­cribe que no puede sentir odio, que el odio se le va del cuerpo como capas de cebolla. Es una descripción magnífica de lo que es la pér­dida del registro imaginario. Se trata, entonces, de que esa ausencia de la metáfora paterna no es indiferente.

    Efectivamente, se puede ir más allá del padre, pero ¿en qué sentido? Que no es necesario que haya un padre que te diga todos los días: “Lavate los dientes, sentate bien en la mesa”. Hay un momento en que eso puede ser suplido por el nudo bien anudado. Está incorpo­rado. Cuando hay una falla, puede ser superado con el agregado de lo que llamamos un sinthome. Un sinthome que, en la obra de Lacan, se presenta con varias presencias distintas. Yo suelo decir, haciendo una ubicación lógica, que podemos dividirlo en tres especies: cuan­do Lacan dice La femme c’est le sinthome, se refiere a la necesidad del Otro como lugar donde canalizar el goce en su cuerpo –asimis­mo afirma que un hombre puede ser sinthome para una mujer. Al final, la tontería de que un hombre es un arrasamiento para la mu­jer –aunque también hay mujeres que son un arrasamiento para el hombre. Además, dice que la escritura de Joyce es su sinthome. Pue­de ser un trabajo de plomero, psicoanalista, escritor o camionero, cualquiera puede funcionar como sinthome. De hecho, uno conoce gente a la cual su oficio le funciona como un sinthome.

    A.R.: ¿Qué es entonces un sinthome? ¿Cómo lo definiría?

    I.V.: Vamos a darle un poco de despliegue a ese concepto. Es un buen ca­nal para el goce cuando no tiene buena derivación. Y eso lo escri­bimos en el nudo como un cuarto anillo que anuda a los otros tres.

    Ahora bien, yo hice una lectura del último nudo que Lacan escribe con relación a Joyce, que está al final del seminario sobre el sintho­me, donde presenta el nudo de Joyce con rectas al infinito y man­da al infinito –no es casual– lo real y lo simbólico. Mi lectura de eso fue el fundamento del trabajo en Brizna, una propuesta clínica en el campo de las psicosis que comenzó en el Hospital Belgrano. En aquel entonces, yo decía que enviar al infinito lo real y lo simbólico permite remediar lo que el sinthome no remedia. Lo que el sinthome remedia es que el imaginario no se pierda, pero la penetración de real y simbólico sigue estando. Mandar al infinito esas dos dimen­siones es sacarlas del centro de la escena, lo cual implica consecuen­cias prácticas: no se toca el delirio, no se interpreta la alucinación, se va por otro lado. Fue el fundamento de lo que propuse en Brizna.

    A.R.: En el seminario sobre las psicosis, Lacan nos advierte que no hay que tomar la autopista principal y sugiere seguir caminos colatera­les, esos senderos que se bifurcan en el relato de Borges.

    I.V.: “Brizna” es un nombre de esos circuitos colaterales.

    A.R.: La demultiplicación de la transferencia, un tipo de intervención que usted propone y que, de acuerdo con lo que hemos trabajado en Briz­na, intenta resolver, atenuar o morigerar ciertos fenómenos que pue­den darse en la transferencia psicótica, ha sido un recurso impor­tante para esta clínica. Tales fenómenos son, por ejemplo, la eroti­zación de la transferencia o los efectos que puede cobrar la presen­cia del analista cuando adquiere, sin proponérselo y por causa de la estructura, la fuerza desencadenante y temida de un gran Otro. De acuerdo con esa lógica, las intervenciones apuntaban a veces a poner en juego otro analista u otro saber, de manera de impedir la equiva­lencia de un analista con el Otro (que no existe, pero oprime). Hace poco, al releer el tercer seminario, encontré que allí Lacan habla de la demultiplicación de los nombres de Dios. Quisiera entonces pre­guntarle si la idea de demultiplicación del analista surgió de allí.

    I.V.: Para verificar que es muy buena esa lectura basta con fijarse en el caso del presidente Schreber. En el delirio persecutorio de Schreber, él está junto a Flechsig, que fue su terapeuta, y Dios. Si el analista no hace precozmente esa demultiplicación, corre el riesgo de terminar como Flechsig: siendo el otro conspirador del que debe defenderse. Hay que saber abrir el juego. Si es psicosis, no se puede avanzar de cualquier manera… Hay un riesgo enorme de producir un desenca­denamiento clínico si uno se pone a interpretar como se hace en la neurosis. Es un error. No hay que interpretar el delirio. Hay cosas que son cómicas. Por ejemplo, algunos repiten sin pensar: “Un psi­cótico no entiende un chiste”. Están equivocados. Un psicótico en­tiende perfectamente un chiste.

    A.R.: Lo que no le va a gustar es que le hagan un chiste sobre su delirio.

    I.V.: Exacto. Si alguien le hace el chiste de que él también es un envia­do de Dios, entonces va a ver lo que le pasa al arriesgado humoris­ta. Pero en cuanto a lo demás, es un tipo inteligente. No tiene nin­gún problema con que le cuenten chistes graciosos… Lo que suce­de con el concepto de psicosis y su práctica clínica, lamentablemen­te, es lo mismo que con otros capítulos del psicoanálisis: cierto em­pobrecimiento. Yo creo que, por ejemplo, volver a invitar a los jóve­nes analistas en formación a que lean con detenimiento el semina­rio sobre las psicosis es pura ganancia. Que lean con detenimiento De una cuestión preliminar… (que es un resumen de aquel semina­rio), que es una joya. Y lo considero de gran importancia en lo que hago: sigo atendiendo pacientes psicóticos. Puedo contar anécdo­tas interesantísimas. La última: una poeta que presentó su obra en la Escuela, mientras que su hermana presentó al mismo tiempo unas diapositivas que acompañaban los poemas.

    A.R.: ¿Quisiera contarnos algún fragmento sobre ese caso?

    I.V.: Fue un caso muy interesante. Me vino a ver una mujer que vivía en Nueva York, estaba desesperada porque su hermana era psicótica y ya la habían internado varias veces con diagnóstico de esquizofre­nia. Era poeta y había ganado varios premios importantes de poe­sía en la ciudad. Sus hijos ya no la querían ver; vivía sola. Los veci­nos le contaban que salía, dejaba la puerta abierta de la casa, cru­zaba la calle sin mirar. Entonces, la hermana me consultó: “Yo vine especialmente para ver qué hacer, para ocuparme de ella, pero yo no puedo venir a vivir a Buenos Aires. Llevarla conmigo es absur­do… Y mi hermana me dijo que si la vuelvo a internar, la mato”. Ya la habían internado muchas veces, le habían hecho electroshock, le habían dado todo tipo de psicodrogas. Le contesté: “Escucho lo que usted me dice y también lo que dice su hermana. Ahora, usted me dice algo que es importante: que ella es poeta. Bueno, yo tengo una manera de atender a pacientes con la característica de su hermana, que tal vez podemos probar. (Pensaba en acentuarle su relación con la poesía como sinthome; al mismo tiempo acompañarla con entre­vistas). Si a usted le parece…”. No volvió a consultarme. Al cabo de un mes, me llamó llorando y me dijo: “Le pido perdón, le pido per­dón”. Le pregunto qué pasaba. “La verdad que yo no confié en lo que usted me decía, que con eso iba a poder andar. La llevé entonces a un psiquiatra, la atendió un canalla…”. Un jefe de sala –que después se convirtió en un militante de la psiquiatría más salvaje que pueda haber– le dijo que lo que había que hacer con la hermana era dar­ le con todo: internación, medicación, electroshock, etc. Me volvió a llamar desesperada y le dije que vinieran las dos. Cuando llega­ron, siendo un día de calor, la hermana tenía puestos tres pulóve­res al revés; además, hablaba totalmente disgregada, entre frases que no se entendían y algunas que sí: “Porque vos y papá me destruye­ron la vida”. Yo la dejé que hablara cinco o diez minutos y de pron­to le dije a la hermana: “Discúlpeme, usted me dijo que venía con su hermana porque era poetisa y a mí la literatura me gusta. ¿Me puede leer, por favor, alguno de los poemas de su hermana? ¿O es mentira que su hermana es poeta?”. La hermana empezó a leer los poemas y ella se calló. De pronto, le dijo: “Te equivocaste, esa frase no es como la leíste, es así”. Cambió el switch. Entonces, le dije: “¡Ah! ¡Buena poetisa, usted! Me sorprende: ¿Usted sabe que a mí la poesía me gusta mucho?”. Entonces, ella se acordó de lo que la hermana le había dicho: “Mi hermana me contó que usted escribió algo sobre Borges”. Le dije: “Sí, ¿le interesa?”. “S… sí”, respondió. Le di mi libro sobre Borges: “Tome. Hagamos una cosa: la vez que viene nos en­contramos y hablamos de lo que usted leyó en mi libro, y yo de lo que leí de su poesía, y conversamos. ¿Qué le parece?”. Me miró, me­dio desconfiada. Así empezó a tratarse conmigo. Obviamente, aten­día a las dos: a la hermana y a ella. A la hermana, aliviándole la cul­pa y diciéndole a ver qué podía inventar para hacer algo con ella. A partir de eso, inventaron una presentación de poemas y videos. En ese tiempo, ella comenzó a vestirse bien, a peinarse, a reconectarse con los hijos… El día que hicieron la presentación estaban los hi­jos. Poca gente se enteró de que se trataba de una mujer estabiliza­da de su psicosis y que vivió feliz su último tiempo hasta que murió de una enfermedad terminal.

    A.R.: Este y otros casos clínicos que conocemos, muestran que el sintho­me muchas veces funciona a partir de la escritura. En el caso que nos ha comentado, hay que reconocer que la poesía es una vía para cambiar el switch, pero no sin el lazo transferencial, ya que ella era poeta antes del análisis, había escrito una obra que fue reconocida a nivel municipal, premiada, y a pesar de eso, estaba completamente brotada. Del mismo modo, existen numerosas personas particular­mente creativas, incluso reconocidas, que corren el riesgo de desen­cadenar un brote psicótico o lo han desencadenado, lo que me lleva a la siguiente pregunta: ¿cuándo la obra escrita o una tarea equiva­lente logra hacer sinthome y cuál sería la relación con el analista en el caso que nos ha comentado? Lo interrogo porque he notado que cierta mala lectura del sinthome de Lacan ha popularizado la con­vicción de que la escritura en sí misma estabiliza la psicosis. Eso es algo que habrá que desplegar, ya que produce algunas intervencio­nes equivocadas cuando ciertos jóvenes practicantes en los hospita­les psiquiátricos dan estatuto de sinthome a lo que pertenece al ámbi­to del delirio escrito, y hasta conocí algún caso en el que se incenti­vó, con la mejor intención, que un paciente publicase textos que de­bieron haber quedado en el marco de la relación transferencial. En el caso Aimée, Lacan le pide los originales de una novela que no le devuelve jamás. Interviene, posiblemente, operando la privación de esos textos –claro que no se trataba de una obra literaria, tampoco de un sinthome, aunque ambos sean escrituras. O sea, hay que dis­tinguir claramente a qué escritura nos estamos refiriendo.

    I.V.: En el caso de Schreber es clarísimo. Es un alegato por su delirio; no le sirve como sinthome. Como ya dije, hay tres especies de sintho­me: una, La femme c’est le sinthome: significa canalizar el goce en el cuerpo del Otro. La segunda, el Otro, el de la creación, que yo en­tiendo que se puede extender a cualquier práctica, ya sea el andinis­mo o la escritura. La escritura, por supuesto, toca directamente a lo simbólico, pero las otras también lo hacen, incluso en el caso de un futbolista. Lo simbólico se juega en muchos planos. La tercera es la que se refiere al prójimo. En el caso de Joyce, lo que lo ayuda a es­cribir y a no hacer una vindicación de su delirio es el grupo de gen­te que desde la literatura lo acompaña: Ezra Pound, Elliot, las secre­tarias del New Yorker, la secretaria de la redacción en Londres, los otros que lo ayudan.

    Bleger lo decía de otra manera. Siguiendo a Elliot Jaques, hablaba de la depositación de los núcleos psicóticos en los marcos de las ins­tituciones –trataba de pensar lo institucional. Yo lo pienso de otro modo. Una de las razones por las que la gente se junta en las insti­tuciones es porque –si bien las instituciones tienen algo tanático de lo cual hay que saber cuidarse– al producirse ese efecto de lo que llamo “la invocación del otro en el buen lugar”, se logra que muchos delirios se encaucen para lo mejor y no progresen como tales. Creo que a mucha gente la institución le sirve para anudar lo que de otro modo se le haría muy difícil. Sería el tercer lugar en el cual el sintho­me remedia lo real, porque el sinthome implica una canalización del goce que se juega en lo real con el cuerpo del otro, en una creación o en la invocación del otro en el buen lugar, que es el prójimo cuan­do remedia en el lugar de la falla.

    [1] Isidoro Vegh: Yo, ego, sí-mismo, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2010.

    [2] James Joyce: Retrato del artista adolescente, Ed. Lumen, Barcelona, 2000.

    [3] James Joyce: Richard Ellmann, Ed. Anagrama, Barcelona, 1991.

    [4] Isidoro Vegh: Las intervenciones del analista, Ed. Agalma, Buenos Aires, 1997.

  • Introducir el sujeto en el orden del deseo. Entrevista a Norberto Ferreyra

    Entrevista realizada por Noemí Sirota y Verónica Cohen

    Lapsus Calami: En el marco de este nuevo número dedicado a “autismo y psicosis”, nos gustaría preguntarle sobre la práctica del psicoaná­lisis hoy, los aportes de Lacan a la clínica de las psicosis y el porve­nir del psicoanálisis, tema del que desde hace un tiempo se ha ocu­pado en varias presentaciones.

    En primer lugar, ¿piensa que los avances con los que contamos a partir de Lacan posibilitan más que en otro momento el análisis de la psicosis?

    Norberto Ferreyra: Hacen posible una aproximación diferente –muchos psicoanalistas se dedicaron a ello en su práctica con gran eficacia.

    Cuando Lacan presenta la sección clínica, alguien le pregunta por la psicosis y el objeto a, y él habla de los cuatro elementos de la es­tructura: S1, S2, $, a. Es decir, dichos elementos están en cualquier si­tuación discursiva –sean neurosis, psicosis o perversión–, por ende nos permiten acercarnos al discurso de las psicosis y operar de otro modo. Al formalizar así la estructura, el discurso dice la estructura y hace lugar a que exista lo que existe.

    L.C.: ¿Eso quiere decir que también en las psicosis encontramos al sujeto estructurado por el discurso del amo?

    N.F.: No, yo no digo que si hay sujeto sea el mismo que en la neurosis, sino que aunque no opere la función del sujeto dividido, eso no quiere decir que no haya un sujeto. Está en condición de indivisible, dicho de otro modo, el objeto a nunca puede volverse causa de su división.

    L.C.: Freud lo dice muy bien en La pérdida de la realidad en la neurosis y la psicosis cuando plantea dos pasos y dice que en la psicosis no se daría el segundo, que es el que permite estructurar el síntoma en el sujeto dividido.

    N.F.: El sujeto “dispone” de todo, aunque fracasa porque no puede arti­cular la estructura, los cuatro elementos, es decir, hacer real-izable la división del sujeto. El cuatro es lacaniano y refiere tanto al sínto­ma como al sinthome en su lugar topológico en el nudo borromeo.

    L.C.: Leyendo ese texto de Freud, ¿qué es lo que fracasa? ¿El pasaje de la pulsión de muerte a las pulsiones parciales, o sea, la intrincación pulsional?

    N.F.: Considero que se totaliza lo parcial, entendiendo lo parcial como un índice de la división, como lo que enferma y también cura. Si la pul­sión de muerte es algo totalizante, toda esa totalización anula cual­quier posibilidad de existencia de alguien como sujeto –es muy di­fícil hacerse sujeto de algo si se es sujeto a un todo.

    L.C.: El trabajo en la transferencia con las psicosis, ¿hace posible hacerse sujeto de algo? (Sería interesante preguntarle esto a los analistas que trabajan con autismo y con psicosis).

    N.F.: No todo autismo es psicosis.

    L.C.: ¿Usted piensa que en el autismo in-existen el Otro y el otro?

    N.F.: No es que el Otro tenga que in-existir para que se haga efectiva una división del sujeto que pueda aminorar el malestar y le permita a al­guien acceder a un saber-hacer en su vida. Que el Otro in-existe es una cuestión lógica necesaria para que alguien pueda existir como sujeto, pero cuando esto se encarna en alguien y se precisa esa “exis­tencia”, es otra cosa –que se encarna quiere decir que jamás se puede admitir la in-existencia del Otro, de la castración en la madre o lo que fuera pertinente según el caso. Al respecto, me parece que hay una relación con la función fálica y la castración que se está debili­tando en la transmisión del psicoanálisis.

    L.C.: ¿Usted diría que en la transmisión hay una forclusión de la castración?

    N.F.: No diría tanto, sino que hay un olvido, cierto desprecio (resistencia) por la función fálica en relación con la castración.

    Recuerdo que Oscar Masotta decía que si uno sabe –no en el senti­do del conocimiento– los textos de Freud y La significación del falo, ya puede analizar, lógicamente si se ha analizado o analiza. No sé si se puede analizar solo con eso, pero ignorando eso, seguramente no.

    Lamentablemente, en estos tiempos hay que recordar que el úni­co valor de la castración es el propiciatorio, porque se la confunde con la amenaza de castración o mutilación, y que una transmisión se organiza y es efectiva, se real-iza (así escrito, significa que es en la dit-mension de lo real donde algo se hace efectivo) en relación con el lugar desde donde opera la función de la falta.

    L.C.: Ya que menciona el “ahora”, hace poco usted firmó un manifiesto junto a Benjamin Domb e Isidoro Vegh en el que convocan a un re­torno a Lacan desde Buenos Aires. ¿Podría explayarse un poco más al respecto?

    N.F.: Lo que yo pienso, un poco más allá de lo que dice el manifiesto Desde Buenos Aires. Retorno a Lacan –no es exactamente el retorno como lo hizo Lacan con Freud, porque no hay uno que sea Freud o Lacan y así realizar el retorno a uno; ahora no hay otro uno–, es que ese retorno debiera poder situar una pérdida, pero no exactamente lo perdido sino lo que se pierde por un bastardeo en el psicoanálisis.

    Si un discurso se reconoce por sus efectos, considero que es necesa­rio leer lo que se produce por los efectos en la práctica misma. Hoy se observa una transmisión de algo que ya no es psicoanálisis, aun­que se anuncia y ofrece como tal, una práctica que es llevada a cabo por un grupo globalmente institucionalizado. Es una práctica que no solo difiere, sino que altera las condiciones de la misma. Por lo que puede leerse en las publicaciones y escuchar lo que se dice so­bre ciertos análisis, la regla fundamental o la transferencia se en­cuentran bastardeadas. El hecho de que el analista no enuncie con su estilo la regla fundamental al iniciar un análisis quita la posibili­dad de toda creación de significancia, lo que podría ser un empuje a la forclusión del sentido y no al pas-de-sens o paso de sentido.

    Esa es una forclusión más grave que la del Nombre del Padre, como dice Lacan en su seminario sobre el sinthome. Hay cosas que no se pueden despreciar: el inconsciente, el deseo, el fantasma, la pulsión y la transferencia, pero en esa práctica la transferencia está invadida casi en su totalidad por la sugestión –esto lo podemos observar en la práctica del mutismo del analista y en el ataque a conceptos fundamentales. Una hipótesis: el ataque a los conceptos fundamentales es consecuencia de que ese grupo se constituye a partir de una herencia, el dinero y los conceptos que Lacan dejó; eso no está ni bien ni mal, pero tuvo sus efectos en la transmisión. ¿Por qué? Porque como el psicoanálisis no se transmite ni por coito ni por herencia biológica, lo hace como discurso, y esa es una restricción de la misma estructura.

    Tanto Freud como Lacan dejaron a cargo de sus hijas la Internacional y la AMP, que es lo mismo que en su momento fue la Internacional, y creo que ello no fue sin consecuencias. El dinero y el discurso que Lacan dejó en herencia terminan por sacar, por la práctica misma, al psicoanálisis de su dit-mension de palabra; ella, la palabra, molesta. Lo que quedó de esa herencia, sobre todo en relación con el tiempo de las sesiones, está signado por una ecuación que ni los yanquis hubiesen imaginado, superadora del time is money: tiempo-dinero. Por ese manejo del tiempo se abre un punto de sugestión muy importante.

    Al leer los testimonios de analizantes y analistas de ese campo, ellos dicen que hay sesiones variables y sesiones breves. La idea es captar el instante, lo breve, que es tratado como si fuera lo real –pero lo breve también es una medida de tiempo cronológico–, desconociéndose así algo muy importante sobre el tiempo en el análisis: que no hay un tiempo cronológico para las sesiones.

    L.C.: ¿Usted se refiere a que no se trata de la brevedad del tiempo sino que el momento de concluir como momento de corte es variable?

    N.F.: Sí, puede que la sesión concluya bien o mal, pero concluye en algún momento, y no por voluntad del analista sino porque la sesión sola concluye, aunque a veces no haya pasado nada. Distinto es lo que sucede con el tiempo breve, pretendiendo una relación entre el ins­tante y lo real, lo que es una barbaridad porque lleva a sesiones de dos o tres minutos. Salteándose el tiempo para decir, los pacientes, no llegan a entrar en el dispositivo del análisis. El tema es que al de­cir “breve” se convierte una condición lógica en una cuestión cro­nológica, se identificó al amo con el analista, no con el inconsciente. No es que esto se diga teóricamente con claridad, pero en la prácti­ca es así, la sugestión que se ejerce en el manejo de la transferencia corresponde a una posición de amo, la que difiere e impide que sea el significante el que ocupe el lugar de amo en el discurso.

    La teoría es: se trata del Uno en desmedro del Otro, y esa es una cuestión política, una teoría que está forzada por una política que tiene que ver con la lógica económica surgida del protestantismo como base del capitalismo y del imperativo “hay que facturar”. O sea, hay que ubicar esta articulación entre el lugar del dinero en la práctica y la trasmisión del psicoanálisis.

    Es necesario no confundir la brevedad con lo real. Lacan lo dice de muchos modos, que hay una relación entre real e inconsciente, pero nunca que el inconsciente con lo real. En una conferencia en el ser­vicio del profesor Deniker pronunciada en noviembre de 1978, o sea que es más que el ultimísimo Lacan, dice que el inconsciente es simbólico y que lo simbólico no puede regir lo real, por eso lo real es imposible.

    Lo real está hecho de otra estofa que lo simbólico y lo imaginario. En lo simbólico se teje un tejido que permite el acercamiento, cernir el goce que forma parte de la estofa de lo real –esta es una referencia a la última clase del Seminario XXV: El momento de concluir. Se trata de una definición clara, concreta, de lo real: no es que lo real no rija lo simbólico sino que lo simbólico no puede regir lo real porque está hecho de otra estofa, que varía según el momento de la transferencia. Lo real no es de por sí para siempre, uniforme, sino que a mi entender es una dit-mension más.

    En la clase del 5 de mayo del seminario sobre los problemas crucia­les, Lacan dice que el psicoanálisis hizo una conversión ética funda­mental, “al introducir el sujeto en el orden del deseo”.

    El analista tiene que dar tiempo al analizante, ese tiempo singular que es de cada ser hablante, no es ni mucho ni poco ni un instante, sino el tiempo de ese analizante. Este tiempo se va modificando en su cualidad según avance el análisis y la transferencia. Todo comenzar a hablar en una sesión tiene algo del trauma fundamental que es la entrada en el lenguaje y el aprender a hablar. Una sesión dura lo que esa sesión tiene que durar, y eso no se sabe antes. El tiempo de decir las cosas varía en cada análisis y el analista es responsable de esa variación, que no es cronológica y debe tener el menor efecto de sugestión. Es imposible que no haya sugestión, ya lo sabemos desde Freud, el problema es cuando solo hay sugestión, no se la reconoce y encima se cobra por eso. Esa práctica con el tiempo es devastadora porque no hay tiempo psíquico para salir de la sugestión y se terminan fabricando “neurosis actuales”.

    L.C.: Yo entiendo que el retorno a Lacan sería tomar lo que él dejó en nues­tras manos, parafraseándolo: “A ustedes les tocará resolver de qué se trata el campo lacaniano”.

    N.F.: Yo creo que lo del campo lacaniano es un anhelo de Lacan, que tie­ne sus fundamentos, que cada uno podrá tomar o no. Un analista es al menos dos, y cuando teoriza o piensa lo que hace es necesario que pueda vincular el problema que se plantea con el obstáculo que encuentra en su práctica. O sea, solo es efectivo para la transmisión si se trata de algo que obstaculiza su práctica; alguien hace o inven­ta con su resistencia, en particular, con su resistencia a la existen­cia del inconsciente.

    En cuanto al retorno, es un retorno que no retorna sino que se trata de seguir, avanzar, de retomar las huellas dejadas por Lacan, y para eso es fundamental leerlo todo. Ahora la moda de lo último entiende que lo último es lo mejor, aunque también puede ser lo peor. Después de todo, lo último es la muerte, y no se sabe si ella es lo mejor. Lo último puede ser lo mejor según la posición con la que se aborde la cuestión.

    L.C.: ¿Es una forma de entender lo que hace Lacan y seguir el hilo, ver, por ejemplo, cómo va desarrollando la cuestión del objeto a en su recorrido?

    N.F.: Si tenemos en cuenta que hay terrenos discursivos que se van con­quistando, decimos que hay avances en la teoría. Pero también que, por el avance del discurso, hay cosas que ya no tienen sentido ni ra­zón de ser, justamente porque la práctica cambió. Una cosa es que la práctica cambie porque avanza el discurso, un discurso que trata de cernir, acorralar el goce del malestar, y otra cosa es que el discur­so provoque más goce, como la sugestión. Esto último es una ame­naza para el psicoanálisis, es realizar el capitalismo en el psicoanáli­sis, es un tiempo del mercado que se pretende practicar. Aclaro, una cosa es que al cobrar uno no esté fuera del mercado y otra cosa es que el mercado sea lo que organiza el tiempo. Es una práctica que engendra un goce, mientras que en el análisis se trata de un goce que da lugar a una práctica.

    L.C.: Todos estamos en el capitalismo, pero los analistas no tenemos por qué estar en el discurso del capitalismo, en esa inmovilidad que no permite hacer lugar a una causa de deseo, que congela al sujeto en un lugar de objeto.

    N.F.: Todo discurso tiene sus efectos y hay efectos que desmienten lo que el discurso mismo se propone, por ejemplo, que el tiempo sea dic­tado por el mercado.

    L.C.: Volviendo a Lacan a partir de Freud, ¿cuáles diría que son sus des­cubrimientos o inventos?

    N.F.: El invento que reconozco, no solo porque lo dice el mismo Lacan sino porque lo veo–en el sentido en que Lacan le da a este término cuando dice que el analista ve en el fantasma el decir del analizan­te–, es el objeto a.

    L.C.: Pero los discursos y el cuadro de la sexuación también son un in­vento de Lacan.

    N.F.: Sí, pero los discursos ordenan todo en relación con el objeto a, es de­cir que sin él Lacan no los hubiera hecho. Todo ello es consecuen­cia directa de la existencia del objeto a. Es un invento porque toca el objeto en psicoanálisis, en su objetalidad, lo que no estaba despe­jado antes. No es una imagen ni una palabra ni un objeto, pero en la práctica cambia la relación con el objeto y trae aparejados mu­chos modos de decir lo que es la transferencia, lo que es estar como analizante en el discurso, lo que es hacerse objeto, lo que es hacerse sujeto de algo. El objeto a organiza muchas cosas, también el nudo.

    En el trisquel del nudo RSI, Lacan ubica el a y avanza. A mí me parece, y esta es una consideración mía, que si no está en el trisquel, la práctica poco tiene que ver con el análisis, o sea que es por el a que esas dit-mensiones tienen la posibilidad de sustituirse en el dominio al hablar. Él permite que algo se real-ice, separa lo real y dice algo. Por eso cambia el modo de escuchar, la interpretación de los sueños, etc., pero no por pasar un saber al analizante, sino por admitir el saber al analizante, que es quien habla. Es la función lógica (en la transferencia) del Sujeto supuesto Saber alojar ese saber como suposición del saber mismo y del sujeto de ese saber.

    En ese sentido, el retorno sería a Lacan, a toda su obra, para que cada uno comience, siga por donde quiera, y no a un Lacan del que se interpreta que lo último es lo mejor. Puede que sea lo mejor para una determinada situación, pero no está comprobado que lo último sea lo mejor, sí que hay avances que sirven más para la práctica, para decir más del goce, para cernirlo, para acorralar el malestar.

    L.C.: Pero para eso hay que servirse de la retroacción que nos enseñó Freud, aprender los Escritos, por ejemplo, con los seminarios.

    N.F.: Exacto, o aprender más de Freud leyendo a Lacan. Lo bueno sería que las generaciones actuales aprendieran, con nosotros y con otros más, con Freud y con Lacan, lo que hacemos. El problema sería que no se pudiese aprender más porque los efectos que determinadas situaciones engendran en la transmisión son devastadoras desde el punto de vista del sujeto.

    L.C.: ¿No le parece que lo devastador es el capitalismo? A mí me parece que actualmente las personas llegan con un dominio del yo, en un estado de yo-cracia, que si la división del sujeto se pone en acto, lo hace mucho más descarnadamente.

    N.F.: Justamente, el capitalismo, al dejar de lado las cosas del amor, inci­ta a que el sujeto no esté dividido, el llamado a una unidad es inevi­ table. Siempre fue igual, pero ahora, en tiempos del capitalismo fi­nanciero, esto es necesario para su funcionamiento.

    La mejor manera de contar a los individuos –de ser contados como número y contados por otro–, de manejarlos, etc., es hacerlo como uno, sin división, o sea, sin esa existencia efímera de sujeto que hay en todo individuo. Hay una resistencia a que cada uno pueda contarse, porque para contarse tiene que evitar ser contado, algo que nunca se va a evitar del todo.

    El psicoanálisis es un discurso resistente a ello porque postula la existencia de un sujeto que es tal por estar dividido, que nunca va a ser uno y que puede existir por su relación con la castración –no es un uno íntegro, entero. El ejemplo más cercano de resistencia a ese sujeto es el reemplazo del sexo por el género. ¿Por qué? Porque el género no divide a nadie en su dit-mension de sujeto, no subjetiva, elude la división que nos constituye.

    El género es socialmente inofensivo, mientras que el sexo no. No nos reproducimos en una relación de género, sino de sexo, a veces más allá de la diferencia anatómica. No decimos que alguien se “transgeneriza”, sino que se “transexualiza”. No nos engañemos más con esta coartada del género, no es un delito querer cambiar de sexo. Por qué no ser claros y usar una expresión que Lacan acuñó en su seminario: género de sexo.

    L.C.: Pero ¿no hay una tendencia social a asimilar a las mujeres a los hom­bres? ¿No se desconoce la significación del falo, el falo y su falta?

    N.F.: A mí me parece que eso está dado por una relación con lo real, sobre todo lo real de la reproducción, alterado por la ciencia. Es sabido que ya no es necesario un hombre y una mujer para reproducirse, que dos mujeres o dos hombres pueden tener un hijo, que puede ser de uno o una de ellas y de otra persona. Pero va a llegar el momento en que esto mismo suceda artificialmente, o sea, que no sean necesa­rios los genes que salgan del cuerpo de un hombre o de una mujer.

    Que haya hombres que quieren ser mujeres y mujeres que quieren ser hombres, eso ocurre desde siempre, pero la organización social ofrece facilidades diferentes, producto del avance de la ciencia y de los discursos. Esto hace que haya fantasmas que se pueden real-izar.

    L.C.: ¿Esa es la fabricación del fantasma?

    N.F.: Que el fantasma se fabrica quiere decir que cambia según su épo­ca, así como cambian las diferentes presentaciones del Otro. Ahora bien, lo que aquí está alterado, lo que se ha tocado es la reproduc­ción, y como la reproducción es sexual, se toca el sexo. Así, el sexo ahora es otra cosa.

    Hay tres formas de hacer una promesa: la de la ciencia, la de la polí­tica y la de la religión, pero la que seguro la cumple es la ciencia. La religión es inverificable, la política fracasa y en la ciencia los fraca­sos son útiles porque permiten avanzar en el conocimiento científi­co, en el dominio del real que ex-siste más allá de nosotros.

    No es que ahora haya más personas que se declaran homosexuales porque hay mayor libertad, sino que hay mayor libertad porque la ciencia permite que uno pueda pasar de un sexo al otro.

    L.C.: Además está la legitimación de la ley, o sea que ella acompaña a la ciencia y a la vez se mete con el fantasma.

    N.F.: A veces acompaña, es cierto, y claro que se mete con el fantasma por­que la ley distribuye el goce. En realidad, la ley forma parte del fan­tasma.

    L.C.: Volviendo al tema del este número de la revista ¿el análisis de las psi­cosis es una conquista lacaniana?

    LF: No exactamente, no es una conquista lacaniana, pero la existencia del discurso del psicoanálisis (después de Lacan) engendra otras posibilidades que antes no había. El terreno de las psicosis no es de nadie, es de quien lo pueda tomar.

    En el estadio del espejo hay algunos antecedentes, pero el modo de situar la estructura que hizo Lacan sirve para escuchar de otro modo a la psicosis, a alguien que está en ese discurso. Pero en psicoanálisis nadie tiene asegurado el saber al respecto.

    Es cierto que la psicopatología sirve a quienes dirigen la cura, pero también es una resistencia del analista. Es decir, sirve para orientarse, pero no es con eso que se cura. El psicoanálisis y la psicopatología tienen poco que ver. Es un absurdo, lógica y éticamente, decir, por ejemplo, que no se sabe cómo va a transcurrir la próxima sesión de un analizante y al mismo tiempo afirmar que es un histérico. Si es así, ya sabemos lo que va a pasar. Escuchar a un obsesivo, a un histérico o a un psicótico es, de entrada, defenderse de escuchar. Que por razones “profesionales” o de “tiempo” luego se hable así, en jerga, es un problema para la transmisión.

  • Entre dos lenguas… Hay un cierto Aqueronte que atravesar.

    Conversación con Anabel Salafia sobre traducción

    Verónica Cohen: Se habla mucho de traduttore, traditore ¿pero qué hace que una traducción pueda ser fiel? No el traducir palabra por palabra, porque eso distorsiona, ¿pero cómo se establece el texto en otra lengua? O mejor, ¿qué hace de una traducción un texto que transmita lo que dice el autor en otra lengua?

    Anabel Salafia: Eso depende de muchas cosas, según se trate de traducir de la llamada lengua materna a otra lengua; cuando es así, también se habla de una tensión entre la lengua propia y la lengua extraña. “Extraña” y no exactamente “extranjera”, ya que en este caso se trata de una oposición que puede darse entre lo que es llamado la lengua patriótica o nacional (por ejemplo, algunos traductores alemanes como Friedrich Schleiermacher), lo que es la lengua paterna, en alemán vaterländische, y una lengua extranjera, en el sentido de extraterritorial, como lo dice el término alemán ausslandisch.[1]

    Es interesante considerar que en la patria está la tierra, land, y los hombres, entre los cuales se encuentra el padre. En este caso, el intercambio recíproco de lenguas es entre lo que constituye el mundo particular de una nación y eso mismo, pero de otra nación.

    Según esta corriente, la lengua materna se considera primera, es la lengua natal, es en la cual ha sido arrojado el niño. Ella se desarrolla en la familia antes que en la comunidad nacional.

    Para este gran traductor alemán, Friedrich Schleiermacher, la lengua materna, sin embargo, no es la primera. Antes, en un primer tiempo, el niño inventa una lengua y luego se integra al universo lingüístico que lo rodea, es decir que nos encontramos con una primera traducción del lenguaje inventado a la lengua que el niño, podemos decir, reencuentra.

    Esto significa que el aprendizaje de la lengua supone, tras sí, una lengua perdida, aquella en la cual el niño se vio arrojado, una lengua nunca incorporada, una lengua inventada, y la lengua original, la lengua materna.

     

    V.C.: Entonces, la primera traducción es entre el lenguaje, lo que el niño inventa de él, y lalangue que va incorporando.

     

    A.S.: Esta teoría de la adquisición del lenguaje por parte de los niños contraría la teoría de que los niños aprenden a hablar por imitación en razón de la necesidad de fijar imágenes generales. Hay en ellos una productividad original, la prueba de esto, decía Schleiermacher, estaría en el hecho de que algunos niños conservan esas palabras hasta un momento relativamente tardío de la vida.

    El muttersprache y el vaterländische Sprache (respectivamente, lengua materna y paterna) no designan la misma cosa. Cada una tiene una relación particular con la lengua natal. Podemos considerar, entonces, que la adquisición de la lengua es ya una traducción.

    Esta teoría sustentada por Friedrich Schleiermacher se aproxima bastante a la conjetura de Lacan acerca del origen de la escritura.

    La pregunta sobre qué se traduce parece remitir a algo esencial de la lengua que llevaría a la Cosa. Para Lacan, la Cosa es el lugar donde está lalangue, no es lalangue sino el lugar donde está, lalangue está en la Cosa (Goethe ya había hablado de la traducción diciendo que no se trata de que una lengua reemplace a la otra, sino de que esta última vaya al lugar de la lengua propia). Sin embargo, lalangue tampoco es la lengua materna. El tejido que le es propio, la materia con la cual está hecha, tiene una relación con la lengua materna y al mismo tiempo se distingue de ella. El tejido está hecho entre lalangue y la lengua materna.

    La Cosa es la estofa, el tejido de la lengua es la estofa, ocupa un espacio, en el sentido en que espacio e imaginario coinciden, así como lo imaginario es el lugar donde está el nudo. La estofa de lalengua es nodal.[2]

     

    V.C.: En el Seminario XX: Encore, Lacan dice que lo que falla es el indicador del referente. ¿Qué decir sobre esto en cuanto a la traducción?

     

    A.S.: Si por ejemplo se trata de traducir un párrafo o una expresión de Freud o de Lacan, debo tener en cuenta que ese párrafo, frase o término, cualquiera sea, tiene su sentido en un determinado discurso.

    Lacan muestra cómo el hecho de que Saussure diga que la relación entre significante y significado es “arbitraria”, el que emplee ese significante desliza su decir en el discurso del amo, la “arbitrariedad” es cuestión del discurso amo, es inevitablemente un significante de ese discurso, y además un significante sugerido, digamos, efecto de la sugestión que el discurso universitario ejerce en determinado momento. Es decir, Saussure profesor es uno, pero para Lacan hay otro más verdadero; si osamos decirlo así, el Saussure de los anagramas. Es a partir de allí que veríamos cómo “el significado no tiene nada que ver con lo que lo causa” (porque lo que lo causa es lo real), o que “el significante no significa nada”.

    Es Lacan quien habla de este modo. Sin embargo, esto no quiere decir que el significante no deba cumplir para el sujeto la función de “significarlo”, por ejemplo de significarlo “hombre”, y no me refiero a su género de sexo sino también en cuanto a su pertenencia al género humano. Bien sabemos los psicoanalistas que el sujeto supuesto a un ser hablante puede no sentirse como él cree que se sienten todos los otros, puede no poder significarse por el hecho de que el significante no pueda ejercer para él su función de tal, es decir, no significar nada. Puede parecer paradójico el hecho de que para que un sujeto se signifique tenga que existir la posibilidad concreta de que un significante no signifique nada.

    Lo que Freud llama “complejo del semejante” no es algo tan simple como suele creerse. Reconocerse semejante al semejante depende de la función del significante, y esto puede fallar, no solo en la psicosis. Es necesario que algo funcione como no-todo en la lengua materna para que se establezca una relación y una distancia al mismo tiempo entre lalengua (lalangue) y la lengua materna.

    Si hablamos de la traducción, entonces, es interesante recordar que Wilhelm Von Humboldt tuvo una gran intuición respecto del significante. Von Humboldt decía, por ejemplo, que si se hace abstracción de expresiones que solo designan objetos físicos, ninguna palabra de una lengua es exactamente idéntica a otra en otra lengua. Entonces, estas expresiones que no designan objetos físicos son consideradas por Von Humboldt como significantes. Para él hay sinonimia entre las principales lenguas, como el griego, el latín, y el alemán, por ejemplo.

    Ahora bien, de algunos autores, como por ejemplo Aristóteles, quizás se deba considerar que lo que se traduce a partir de un determinado texto es más un decir que un dicho, ya que en el mismo texto de Aristóteles encontramos que él se expresa diciendo como eso de lo que él trata, por ejemplo, el problema del ser, es cómo debe decirse.

     

    V.C.: Incluye la enunciación.

     

    A.S.: Sí, claro. Aristóteles dice que el ser se dice de una y múltiples formas. En cierto modo, el concepto de cualquier cosa de la que se trate alcanza su pertinencia en el “bien decir”. Por supuesto, este es el “bien decir” para Aristóteles, del cual habla Lacan, este bien decir constituye una ética. Aristóteles no dice “esto es así”, sino “esto se dice así”. Digamos que es muy prudente (frónesis) para utilizar un significante muy propio de su discurso con respecto a la cuestión del ser. Es cierto que si se toma de este modo es para “desontologizar” el ser.

     

    V.C.: Eso es importante, porque se traduce el decir, no los dichos sino el decir. Ahí hay una diferencia importante.

     

    A.S.: Bueno, sin embargo no es inadecuado utilizar la fórmula Aristóteles dixit”, nada impide mencionar algo como dicho por Aristóteles, yo misma lo estoy haciendo. Lo que trato de decir es que la traducción debe reflejar claramente, de alguna manera, por ejemplo la diferencia que existe entre decir, el ser “se dice”, y decir el ser es.

     

    V.C.: ¿No hay ya una traducción en lo que va de lo que se dice a lo que se escribe?

     

    A.S.: Cuando hablamos de traducción tenemos en cuenta una relación del decir con lo que se escribe, es decir, con la letra, incluso si se trata de un texto oral, se traduce lo que se escribe de lo que se dice. Como dice Lacan, hay una escritura que subyace al lenguaje. Hay una latencia de la escritura en el len guaje.

    Una escritura se produce al mismo tiempo que el texto que se pronuncia. Cuando pasamos de lo oral al escrito hablamos de transcripción, la cual puede ser, por supuesto, dentro de la misma lengua. Sin embargo, no hay nada que pueda zanjar la hiancia entre la palabra hablada y la palabra escrita, entre lo llamado oral y el escrito. Se trata de dos sistemas completamente diferentes. La escritura no es el reflejo de la palabra hablada.

     

    Ilda Rodriguez: Cuando hay un pasaje de una lengua en otra, por ejemplo, el Unbewusste que desemboca en l’une-bévue, se produce una homofonía ante la escucha que requiere de una repetición y de una escritura para lograr ser cernida. Dicha transferencia de la letra, ¿puede considerarse una transliteración? En su ya clásico libro Letra por letra, Jean Allouch había articulado traducir-transcribir-transliterar. ¿Usted considera que esta diferenciación conceptual y clínica conserva su vigencia?

     

    A.S.: Jean Allouch es quien se ocupó de aclarar estas operaciones,[3] según se trate del pasaje de lo oral a lo escrito o de una escritura a otra, poniendo en juego la homofonía y la letra. Es decir que en el pasaje de lo oral a lo escrito puedo transcribir fonemáticamente, lo cual sería hacerlo a la letra,este es un tipo de escritura o transliterar, pasando un término de una lengua a otra, conservando la homofonía y cambiando algunas letras, con conservación del sentido.

    La transliteración, la función de la homofonía y la escritura son operaciones en la “traducción”. Lacan “traduce” de muchas maneras algunos términos del alemán transliterando, es decir, cambiando algunas letras de ese término y conservando el sentido que tiene de ambas lenguas.

     

    I.R.: Cabe decir que se habla de una lengua mediante otra, y el lenguaje se perfecciona cuando sabe jugar con la escritura, como nos dice Lacan, en la puesta en acto de la homofonía, por ejemplo. Respecto de la transliteración, ¿podría afirmarse que existen otras formas, además de las recién mencionadas?

     

    A.S.: Por cierto, Lacan traduce un determinado significante transliterándolo al ponerlo en un grafo. Eso es lo que hace con el significante “famillonario”, lleva a cabo una transliteración de los términos de la subversión del sujeto al grafo del deseo (grafo que a su vez es la transliteración de los circuitos que se producen a lo largo del desarrollo del seminario sobre las formaciones del inconciente). Todo el juego que proporciona la topología de grafos, la posibilidad de unir vértices y vectores componiendo circuitos que, digámoslo así, pueden ir cuando regresan y regresar cuando van, sin que por eso haya contradicción, es algo formidable. Todo un esquema banal de la llamada “comunicación” es no solo interrogado y cuestionado sino extraordinariamente enriquecido: la relación código-mensaje que manejan las teorías de la comunicación es elemental al lado de lo que revelan la Psicopatología de la vida cotidiana, El chiste y su relación con el inconsciente, y tanto más aún a partir de la lectura que hace Freud de la escritura de Schreber.

    El orden que puso Roman Jakobson al hablar de las combinaciones posibles entre mensajes, como el reenvío de código a código (CC), de código a mensaje (CM), de mensaje a código (MC) y de mensaje a mensaje (MM), sin duda fueron de enorme utilidad para Lacan, y estimo         que es casi inevitable pensar que estos elementos subyacen a la construcción del famoso grafo de Lacan sobre el sujeto subvertido y, por lo mismo, del deseo. Sin embargo, sin “él”, como a veces Lacan ha nombrado al Otro, es decir el inconsciente en el sentido freudiano, nunca se hubiera dejado de creer que el código es la garantía de lo que se dice, nunca se hubiera advertido que cuando algo no está en el código y sin embargo este lo reconoce por razones de homofonía, o de lítote y otras figuras retóricas, es entonces que quien habla, dice algo. Muchas de estas cuestiones se aprenden de la psicosis. Schreber nos ofrece ejemplos muy interesantes de estas ocurrencias.

     

    I.R.: ¿Qué decir a propósito de las menciones al Crátilo de Platón, en relación con el origen de los nombres y con el lenguaje, en el curso de los seminarios de Lacan?

     

    A.S.: Quizás, en Platón la relación con la letra es aún más evidente, en la medida en que su texto está constituido por diálogos. Uno podría pensar que nada es más hablado que un diálogo, y sin embargo, cuando se trata del Crátilo no podríamos entender nada de las falsas etimologías que allí se presentan sin seguir la lectura a la letra –el juego con la literalidad que presenta el Cratilo es el ejemplo de la libertad con que Platón se permite crear falsas etimologías, aunque luego las desmienta, pues una vez creadas están allí. Esto nos interesa porque muchas veces para Lacan las “falsas etimologías” no son tales, se encuentran en lalangue, a veces Lacan mismo las crea, y, digamos, las autoriza, porque emergen de operaciones que la lengua realiza con lo literal, operaciones insospechables, diría yo, que tienen como resultado homofonías, consideradas válidas como etimologías. En el Cratilo se trata del origen de los nombres, de cómo se crearon los nombres, de quién fue el onomaturgo. Entonces, las falsas etimologías se producen como resultado de la especulación sobre los nombres. La pregunta es, por ejemplo, por qué Hermógenes se llama Hermógenes. Entonces se buscan, o se encuentran, las consonancias con otras cosas que resultan homofónicas. Por eso hay tantas falsas etimologías, porque la homofonía entre el nombre con otras cosas no asegura que se trate de lo mismo, de la misma palabra, del mismo origen.

    Para Lacan, las “falsas etimologías” que provienen de la homofonía entre dos términos no son producto del azar, quizás sí de la contingencia. Pensemos en deux y d’eux. Lacan dice que esta homofonía no es casual, porque en el fondo habría una etimología común para ambas expresiones. Esto es bastante difícil de verificar, pero es interesante que solo haya una diferencia de espacio entre las letras. Por otra parte, hay muchos casos de homofonías totales entre dos términos cuya etimología difiere sin lugar a duda. No importa, Lacan diría que eso no significa nada, que se trata del significante. Yo diría, del significante que insiste según leyes que le son propias.

     

    V.C.: Hay una pregunta clásica que me gustaría retomar: ¿qué decir de la fidelidad y/o traición en la traducción?

     

    A.S.: Von Humboldt decía que más se esfuerza el traductor en ser fiel al texto que traduce, buscando por ejemplo la palabra idéntica en la otra lengua, más se aleja del espíritu del texto. Es decir que en la traducción no hay fidelidad sin traición.

    Pero traducir significa llevar de un lugar al otro, de una lengua a otra, aunque no únicamente, por supuesto, ya que también existe la traducción de un jeroglífico a una lengua alfabetizada, o de una lengua a otra con un alfabeto diferente.

    Lo digo para señalar que etimológicamente el tra es el mismo que se encuentra en traición, en tradición y en transmisión. El tra indica un atravesamiento. Por ejemplo, en el término traducción está indicado tanto el atravesamiento como la conducción, el llevar, el duc de conducir, del conductor, el duque (Il duce, por supuesto, que conduce a la masa durante el fascismo italiano).

    Bien se podría decir que la traducción es una travesía, que por ejemplo, entre dos lenguas hay algo que atravesar, no simplemente un pasaje, un llevar de un lugar a otro; hay un cierto Aqueronte que atravesar.

    La traición también implica una transmisión, algo que se dice pasa de boca en boca. La tradición tiene que ver con algo que se dice y se conserva como un recordatorio. Quizás por eso el olvido es muchas veces considerado una traición, y el recuerdo una fidelidad. Pero sin traición no hay “fidelidad” posible para transmitir, por ejemplo, el espíritu de una lengua, y mucho menos la estofa de lalangue.

    A propósito, lalangue, por ejemplo, ¿es una palabra traducible o intraducible? Es transliterable al castellano, ya que entre lalangue y lalengua hay homofonía, y la “a” y la “e” se encuentran en distinto lugar. Aun así, tengo mis dudas de la conveniencia de traducir este término hallado por “tropiezo”, precisamente, une-bévue en la lengua de Lacan. La homofonía surge en el momento en que él, Lacan, quiere decir “Lalande” y dice lalangue. En este caso no se trata de lo que es traducible sino de lo que no se traduce. Lalande es un nombre propio, y por lo tanto no se traduce, pero no es únicamente por eso que no se traduce, esa no es la razón más importante. Hay un matiz entre una y otra cosa que es preciso tener en cuenta. Un término puede ser traducible y, sin embargo, es posible que resulte conveniente no traducirlo.

    Es lo que pasa con los nombres propios, por ejemplo, y con algunos “neologismos” de Lacan, aunque sean traducibles es necesario que permanezcan en su lengua, en este caso el francés, porque no dicen lo mismo en esa lengua que en la nuestra. Otro tanto, aunque se trata de algo diferente, ocurre con el rébus. Para tomar un ejemplo que no proviene de Lacan, voy a referirme a Michel Leiris…

     

    I.R.: Lacan juega con el final del apellido de Leiris en el seminario que se llama casi parecido, RSI, y en primera instancia alude al escritor en Acerca de la causalidad psíquica, respecto de ciertos juegos a los que llama glosolálicos. Está claro que hay otros escritores que también hicieron diferentes experiencias con las palabras, incluso, en otra vertiente, el filósofo John Langshaw Austin, con su Cómo hacer cosas con palabras.

     

    A.S.: Efectivamente, se trata de experiencias con la palabra que conducen a la letra. Cuando se la dice, cuando se la escucha, indefectiblemente se la lee, y es allí que aparece la letra respecto de la homofonía- lo mismo puede encontrarse en Raymond Roussel, Francis Ponge y otros. Este último le hace hacer cosas a las cosas, a la palabra como cosa, no utiliza la prosopopeya como lo hace Lacan en La cosa freudiana, cuando pone a la verdad en el lugar de la cosa y le hace decir: “Yo, la verdad, hablo”.

     

    V.C.: ¿Y el rébus?

     

    A.S.: Es posible que el “ré” de rébus se corresponda con el “res” de la “cosa” en latín.

    Michel Leiris- del que había empezado a hablar- tiene un libro cuyo título es Palabras sin memoria, en el que las palabras pierden la memoria, se descomponen y luego se recomponen, pero ya no son las mismas, aunque su sonoridad sea casi la misma, entre la palabra que olvida y lo que se reconstruye, es decir, lo que se deconstruye y se reconstruye en otra u otras palabras, entre las cuales hay homofonías total o parcial.

    Si tomamos un ejemplo como este: métaphore phare de phosphore? forêt matée? Ou épitaphe du fort en theme? O también, Pèreperpétuel pet de reptile, está claro que podemos encontrar en estas transliteraciones sílabas, letras, letras de las sílabas del término original con el orden cambiado, todo ello llevado por la homofonía.

    Otra es la cuestión en lo que se refiere al sentido de un determinado párrafo. En este caso, la “traducción” no es de una lengua a otra lengua, está el hecho de que el mismo párrafo puede traducirse en diversos sentidos. Esto puede depender de la puntuación, por ejemplo, según cómo se lo puntúe, un mismo párrafo tendrá un sentido diferente. Si bien un rébus no es traducible a otra lengua, en ciertos casos se puede intentar reconstruirlo en la otra lengua, por ejemplo, cuando se trata de los títulos de algunos seminarios de Lacan, como Les non dupes errent –la homofonía con Los nombres del padre es perfecta en francés. En este ejemplo hay una demostración muy clara de la relación entre homofonía y escritura –insisto en ello porque concierne al síntoma como escritura.

     

    I.R.: ¿Cómo traducir ese título del Seminario Les non dupes errent produciendo la misma diferencia entre escritura y sonido?

     

    A.S.: Estas cuestiones se aproximan mucho a la articulación del síntoma con la escritura y a lo que concierne al estilo. Por ejemplo, sabemos que existe como síntoma la imposibilidad de puntuar, claro que este síntoma puede generar, incluso, un estilo de escritura. Convertirse en sinthoma, identificarse y hacerse identificable por el estilo. La relación entre el síntoma y la identificación es una cuestión de escritura, entre imaginario y real. Una inversión topológica del espejo no es la imagen en el espejo, pero el espejo llama a la escritura porque él mismo, el espejo, es un hecho de palabra.

    El lenguaje “hace” al espejo. Cuando se trata del sinthoma, el nombre viene al lugar del yo, un uno, también como número como individuo, sujeto de un ser hablante es también un número en un número entre otros, y cada uno lleva consigo la sombra de ese número que es, que le corresponde como individuo.

     

    I.R: Respecto de ese enigma figurativo que es el rébus, cada elemento “imagénico” es reemplazable por la palabra respectiva, de modo que así se puede obtener una frase que constituye la respuesta a un interrogante. Es decir que la imagen también puede ser un significante, en tanto vehículo y soporte de la letra. ¿Pero se puede hacer un rébus de cualquier frase?

                                                         

    A.S.: También ocurre que una frase puede contener otra frase no legible a primera vista, es decir, una combinación diferente de las letras que forman otras palabras, incluso podemos no darnos cuenta (y esto es lo que sucede normalmente) de frases ocultas en las que pronunciamos. Pero estas frases dan lugar a sueños, y en ocasiones a delirios.

    Hay razones para que Lacan diga que la “verdadera” psicosis es la paranoia, porque se trata de su relación efectiva con la estructura del lenguaje. El significante es el que cumple la función de perseguidor, lo que hace el paranoico es encarnarlo en determinado personaje, en un Flechsig, por ejemplo. La paranoia tiene una función inherente a la estructura del lenguaje, es intrínseco.

     

    V.C.: En Función y campo…, Lacan habla de la función poética del lenguaje. Ahora bien, esta función es establecida por Jakobson, ¿no?

     

    A.S.: Sí, junto con otras funciones que Jakobson establece: 1) la función referencial, que se refiere, marca, la no coincidencia del signo con el objeto; 2) la función conativa, que es la que concierne a lo imperativo en el lenguaje; 3) la función empática, que es la que está en lo que se dice, efectivamente en lo que se dice; 4) la función emotiva, que implica el hecho de que una misma frase, según el tono, según los acentos que se le dé, dice cada vez otra cosa, dice algo diferente. Todas estas funciones no pueden dejar de estar en juego en la traducción.

    Podríamos decir que explícita o implícitamente, Lacan agregó otras funciones. Por ejemplo, cuando considera que el mismo texto dice algo diferente según quien lo firma, según quien lo diga.

     

    I.R.: Según el autor.

     

    A.S.: Sí, el ejemplo que ofrece tiene en sí mismo un gran interés. Lacan dice que un texto dice algo diferente según lo firme Ricoeur o él mismo, Lacan. Por supuesto, como en el ejemplo está el sujeto, tenemos el pleno derecho de considerar por qué Lacan elige a Ricoeur como caso. ¿Esto querrá decir que la misma retórica dice otra cosa según no solo el autor sino el discurso que ese texto tiene como referente, o incluso que Lacan quiere significar que su hermetismo no tiene nada de hermenéutico? Hago abstracción del hecho de que en ese momento, Lacan considerara que Ricoeur traicionaba, en cierto sentido, su transmisión. Me interesa más lo que descubre en el curso de esa querella, que es en qué medida el nombre del autor hace al sentido de su texto.

    Digo eso teniendo en cuenta que Lacan considera muy especialmente la división entre significante y significado –en el seminario sobre las psicosis–, y en cierto sentido podríamos decir que su hipótesis es que el significado no tiene nada que ver con lo que lo causa –esto es desarrollado en el Seminario XX: Encore, cuando se pregunta por el referente, concluyendo que el indicador del referente, en lo que concierne al signo, falla. Es así como Lacan pasa a considerar que el referente es el discurso, que no hay otro referente que el discurso, de donde proviene lo que proferimos.

     

    V.C.: ¿Qué decir de la letra en el inconsciente? El pasaje del Unbewusste a la une-bévue no es solo un ejemplo de transliteración, sino de la letra en el inconsciente.

                                  

    A.S.: Digamos que con Lacan la noción de literalidad también cambia. Ahondar en la función de la letra es entrar en un campo de revelaciones inesperadas, y en lo que respecta a la traducción, es encontrarse con la función operativa de la transliteralidad. Puede decirse que el Lacan de La instancia de la letra en el inconsciente… se asoma a lo que será la función de lo transliteral –en este caso, más de una lengua interviene para “traducir” el término “inconsciente” y Unbewusste se translitera como une-bévue. La partícula negativa desaparece, se transforma en une, “una” (sabemos cuánto molesta la partícula negativa en la palabra inconsciente, que podría entenderse como el negativo de la conciencia), y parece que la negación del saber inconsciente desaparece. Y es así. Sin embargo, lo interesante es que el “no” reaparece en la palabra bévue, ya que la partícula “bé” en francés significa “no”. En la equivocación hay un “no visto”, pasado por alto, se toma una cosa por otra. Vue significa “visto”, en francés, pero a primera vista en español no sabríamos, en el caso en que esta palabra apareciera en un sueño, si se trata de “ver”, de “vestir” o de una vue, una “vista”, un paisaje, un panorama.

    Lo importante es lo que la transliteración nos indica acerca de la homofonía, lo que llamo “identificación homofónica” de términos como Unbewusste y une-bévue. Lo que la homofonía nos indica a partir del análisis es la relación de lo que se dice con el escrito. No se trata de un juego de palabras sino que en este aparente juego de palabras la función de la letra es fundamental, es lo que hace a la lectura, a la identificación entre la lectura y la escucha.

    Sin el psicoanálisis, sin el análisis, sin una práctica efectiva con el otro que habla, no se podría haber llegado a este punto, a estas revelaciones con respecto a la traducción. En la traducción no se trata solamente de una cuestión filológica, por eso la filología se encuentra en serios problemas para constituir una teoría de la traducción, ya que no lleva a cabo una práctica dentro de un lazo social, no hay una práctica filológica con el otro hablante, en un determinado lazo social, en un determinado discurso.

    Se necesita de la ciencia, a secas, para encontrar al sujeto, justamente donde está forcluido. Digamos que Leiris busca al sujeto, en la antropología no llega a descubrir que en sus ejemplos hay saber que supone un sujeto. Este es el problema fundamental, el de la suposición, del sujeto en tanto supuesto. Leiris se propone realizar una investigación etnológica, pero por esa vía no puede alcanzar los resultados que busca porque se mueve en el terreno equívoco de las llamadas “ciencias del hombre”.

    Ahora bien, que no se pueda hacer una “ciencia del hombre” porque el “hombre” es un significante, significa que sin la suposición de un sujeto en un ser hablante, este no podría ser humanamente respetado –digo esto porque por allí se escucha que en lo concerniente a lo humano, el psicoanálisis no tiene nada que hacer. Es al revés. Sin la suposición del sujeto, como decía, la humanidad se deshumaniza.

     

    V.C.: La interpretación es una traducción, pero la traducción ¿es una interpretación?

     

    A.S.: Puede ser una interpretación algo que implique un: “Me estás diciendo tal cosa”, y que eso no haya sido dicho literalmente. O mejor todavía, una interpretación sería lo que resulta de la traducción que el analista hace para sí de lo que el otro está diciendo. En este caso está en juego la función del mensaje, tal como la encontramos en La interpretación de los sueños, por ejemplo: “Te digo lo que te digo para que a partir de esto entiendas esto otro”. Si esto fuera traducción, lo sería dentro de la misma lengua.

     

    I.R.: A mi entender, destacar el decir en la traducción hace una diferencia. En esa dirección, en una conferencia pronunciada en Niza en 1974, Lacan afirma que lo phoné en una lengua se puede traducir a cualquier otra, salvo que sea una ignorada, y allí acentúa la cuestión de la voz…

     

    A.S.: Claro, porque la traducción supone una cierta escucha, aunque lo que se traduzca sea un texto escrito. Creo que un buen traductor, escucha.

     

    V.C.: Eso es lo que diferencia la traducción de Freud que hizo López-Ballesteros de la que hizo Etcheverry. Mientras que el primero transmite el decir de Freud, el segundo recrea la traducción que se hizo de su obra otro modo, y tiene el antecedente de la de López-Ballesteros. Por otro lado, y volviendo a la cuestión de la poética, en esa vía iría lo que hace Lacan con el Unbewusste y el une-bévue, ¿no es cierto?

     

    A.S.: Sí, porque la función de la poética tiene que ver con el sonido y con el sentido. Se trata de trasladar algo que tiene determinado sentido, aprovechando una homofonía, para crear algo que despierte, que interese, y Lacan no se preocupa de que eso pueda parecer un disparate, o sea que en ese sentido no tiene ninguna preocupación “científica”.

    En la traducción que hace López-Ballesteros tenemos una formación que nos relaciona mucho con el alemán de Freud, mientras que en la de Strachey no es así. Hay razones de este tipo que nos permiten leer a Lacan freudianamente.

     

    I.R.: Vale decir, entonces, que la operación analítica entre el Unbewusste y l’une-bévue, por vía de la homofonía como una función de la letra que despierta, pone en acto la unión del sonido y el sentido. Ahora bien, la invención del nuevo significante lalangue, que surge a partir de un lapsus de Lacan –como ya se ha dicho–, nos advierte de esa operatoria y reenvía al modo en que cada sujeto, en su singularidad, ha sido escuchado, ha hablado. De ahí esa lalengua, en la que recibió una primera impronta, que volverá a surgir en sueños, en todo tipo de tropiezos, equívocos, etc. Entonces, ¿qué relación encuentra entre lalangue y el lenguaje?

     

    A.S.: La lalengua y lalangue es algo anterior, que nosotros tenemos que privilegiar respecto del lenguaje; es ese aluvión de sonidos, ese baño del lenguaje en el que somos introducidos traumáticamente, y que también implica un trauma, porque supone una determinación, está determinada por el goce que experimentan los padres en particular, en el uso de la lengua. Incluso, los tics o los recursos teóricos que tienen al hablar, los errores, todo eso implica un goce de la lengua que está en los padres, en los adultos en general, y que Lacan dice, si no recuerdo mal, que el niño sufre ese goce de la lengua pero que lo sufre de una manera activa, no de una manera pasiva. De una manera activa porque no puede no estar, por eso es traumático, porque no puede no complicarse en eso, no complicarse en esos sentidos que a su vez están impregnados de ese goce.

    Entonces, las formaciones del inconsciente tienen esa base, son las marcas del goce de la lengua de los padres, y eso es traumático. El síntoma mismo responde a ese tipo de trauma. En rigor habría que pensar que no hay ningún síntoma que no responda a un trauma que tiene su expresión en una marca que viene o que proviene de la lengua materna. Freud lo buscaba de la misma manera, Freud decía no tener interpretación de la equivocación como acto fallido, como formación del inconsciente- de la propia en particular y de la de los otros. Si uno toma la Psicopatología de la vida cotidiana, se ve muy bien que Freud llega a una conclusión sobre los lapsus y el olvido, pero no puede resolver lo del acto fallido, no tiene una interpretación del acto fallido, de la equivocación: si meto la carta en el buzón equivocado, dice Freud, ¿es porque quiero que no la reciba el interesado o porque quiero que llegue a aquel a quien se la estoy mandando? Ante la contradicción que se presenta, Freud no encuentra solución, eso es lo que no puede resolver, no le encuentra un sentido, mientras que al olvido y al lapsus sí le encuentra un sentido. Cuando entra en juego lo que está más relacionado con la naturaleza del acto, Freud no le encuentra el sentido –al equívoco, a la equivocación con respecto al acto. Por eso, a mí me parece que la traducción de la “una equivocación”, la una equivocación da lugar a muchas traducciones, porque es fundamentalmente el acto fallido, es una equivocación, una metida de pata, algo que por descuido tomé mal. En uno de los ejemplos de Freud sobre el acto fallido, cuenta el caso de un paciente al que le da una medicación por otra. Este sería un acto fallido: tomar una cosa por otra o no tomar una cosa, no verla –es un ejemplo de bévue–, no ver y/o tomar una cosa por otra.

     

    Il.R.: Desde luego que se estaría hablando de un caso de torpeza por inadvertencia, ceguera o pasión.

     

    V.C.: Eso tiene que ver con lo que decíamos al principio, porque el decir solo se aprecia en la propia lengua. Es lo que muestra el ejemplo de Jean Paulhan con los proverbios de los malgaches, que hay algo que solo pueden comprender los habitantes de una misma lengua.

     

    A.S.: El proverbio no necesita traducción. En el caso de los malgaches no se permite la traducción, resiste al intérprete. Se utiliza para decir lo apropiado en un determinado momento. Lo importante es la ocasión. Es una cuestión de significancia que resiste al intérprete.

    En una oportunidad escuché a una muchacha que solo hablaba con proverbios, siempre encontraba un proverbio que expresara lo que quería decir sin decirlo –en este caso, la joven no dice ni una palabra, por supuesto. Incluso, como el proverbio se puede escuchar fonemáticamente, esta muchacha decía cosas como: “Con respecto a eso, me siento «saco de otro pozo»”. Ese saco sí podía llegar a ser un significante que condujera a un decir.

     

    V.C.: Claro, no se entiende por el extranjero.

     

    A.S.: Exactamente, pero a lo que me refería tiene que ver con esto, que el traductor puede traducir de otra lengua a la suya, mas no puede traducir –aunque algunos lo hagan, y supongo que bastante bien– de la suya a la otra lengua. Es como un derecho que tiene de traducir de otra lengua a la suya, pero no de la suya a otra lengua, y aun traduciendo a la propia lengua, hay diferentes posiciones con respecto a la traducción, distintos puntos de vista sobre lo que “debe” ser una traducción; digamos que las diferencias muchas veces dejan traslucir la transferencia que el traductor tiene con su lengua y/o con el autor del que se trate.

    Por supuesto, tenemos el caso de otros “traductores” que son los autores que mudan de lengua, se trasladan a otra dimensión, escribiendo en una lengua que no es la propia, como Beckett, Canetti, etc. Por ejemplo, si uno lee la traducción del griego de Aristóteles o de Platón que hace Tricot para la colección de Belles lettres, una colección francesa, encuentra el contenido de lo que dicen Aristóteles o Platón, mas no el decir de ambos, pues la traducción que hace es muy libre, les hace decir lo que dicen en francés.

     

    I.R.: Me parece que ahí puede reconocerse lo que decía sobre el goce de lalengua.

     

    A.S.: Puede ser. Si uno toma un texto de Heidegger, de Aristóteles traducido del griego es imposible ver en primera instancia la correspondencia de un término en francés, por ejemplo, en español o en inglés, con el término en griego del cual el segundo sería la traducción. A mí me sucedió, no recuerdo si el texto estaba en francés o en castellano, para el caso da lo mismo porque el traductor era Heidegger, que estaba traduciendo del griego, y tener el texto en griego y en francés o castellano y ver cómo puede corresponderse un término con el otro; es difícil, en el texto de Heidegger no reconozco absolutamente nada a primera vista –puede decirse que por no dominar el griego, pero la sorpresa de no reconocer nada en la traducción fue enorme. Cuando fui a ver esto con mi profesor de griego, que es Eduardo Sinnott[4] (que es traductor de Aristóteles y de muchos otros, pero últimamente se dedica casi exclusivamente a la obra de Aristóteles), me explica la traducción, y la explicación es una fundamentación casi letra por letra de la traducción del texto que yo no podía entender. Pero ¿por qué? Porque la traducción de Heidegger estaba predominantemente basada en el aspecto morfológico de la lengua. En griego, lo mismo que en alemán, la morfología de un término permite obtener por descomposición y recomposición la traducción de muchos otros términos en la segunda lengua, de donde viene toda la concepción de la desocultación como traducción, y quizás también al revés.

     

    V.C.: Claro, es de su propia lengua que saca el método.[5]

     

    I.R.: Lo que muestra toda traducción es una concepción del lenguaje que está activa en el acto de traducir. Aquí vendría al caso la Versagung freudiana, de la que Lacan señaló que Freud nunca dijo “frustración”, sino que parece haber sido traducida, en ocasiones, de ese modo. O sea que vale atender a lo que la palabra alemana dice en sí misma.

     

    A.S.: No se trata de que el término esté mal traducido del alemán cuando se lo traduce por frustración, sino que Versagung, en el sentido freudiano, no tiene traducción. Es decir, no que no se pueda traducir, porque yo puedo decir que versagt implica frustración, pero la ruptura de la promesa que la palabra conlleva reside en el hecho de que sagen significa decir y la partícula Ver es un prefijo de negación: no se trata de no decir, sino de no cumplir con aquello que se promete cuando se usa la palabra, cuando se habla. Por eso, Lacan nos conduce a traducirlo como “ruptura de una promesa”.

    Mientras que Lacan desoculta lo que hay en el término Versagung, Strachey lo traduce correctamente, pero eso no dice lo que se trata de transmitir cuando se habla, por ejemplo, de Versagung en el caso de La joven homosexual. Allí es bien claro que la joven “denuncia” una promesa que no se cumplió, en relación con lo que ella esperaba de su padre. Decir que se trata de una mera frustración la deja sin relación con la palabra como tal (eso no significa que un germano hablante sepa lo que está diciendo cuando dice versagt o que ha sufrido una Versagung por alguna cosa). Ello es más evidente si tenemos en cuenta que en el análisis operamos en el campo de la Versagung. Es Lacan quien lo dice.

     

    I.R.: Me gustaría citar una puntuación de lo que usted escribió sobre la Versagung, ya que cuando lo leí, hace veinte años, me impactó. En aquel momento decía que: “[…] significa en la lengua alemana palabra rota o promesa incumplida y es un término que en el inconsciente dice lo fallido de la palabra en su ser de verdad, que no es otra cosa que lo que implica la dimensión inconsciente de la palabra”.

    V.C.: ¿Cómo considera el analizar y el analizarse en otra lengua?

     

    A.S.: ¿En otra lengua?

     

    V.C.: Sí, por ejemplo uno va a Francia y puede analizarse en español o en francés con un analista francés, o un analista francés escuchar analizarse en español u otra lengua.

     

    A.S.: A mí me parece que lo mejor, lo más indicado es que el analizante hable en su lengua, porque él es quien se tiene que escuchar. Si él no se escucha, y no se va a escuchar de la misma manera en una lengua extranjera, cómo podemos verlo en el hecho de que en ciertas ocasiones utilice una palabra extranjera para decir algo sin significarlo.

     

    V.C.: Claro, porque en la otra lengua no está lalangue.

     

    A.S.: Exactamente. Pero además, en lo que concierne al analista, creo que esto no nos impide captar las marcas en relación con el goce de la lengua del hablante, aunque no dominemos como el paciente o el analizante lalengua del otro. Las marcas del goce son perfectamente registrables por el analista, si conoce un poco la lengua, si la ha escuchado suficientemente y la ha practicado un poco, pueden surgir ciertos equívocos interesantes, que como es lógico, en general son muy productivos.

     

    V.C.: ¿Alguna anécdota que recuerde respecto de la traducción?

     

    A.S.: Sí, con una experiencia de traducción de Lacan al inglés.

    En una oportunidad me invitaron a la Universidad de Columbia para participar de un coloquio o congreso lacaniano, que se supone estaba organizado por algunos psicoanalistas lacanianos de Nueva York. Teníamos la obligación de exponer nuestro trabajo en inglés, lo que me llevó a buscar traducciones de Lacan al inglés, entre las que encontré una del seminario sobre los cuatro conceptos, y en ella un párrafo que me llamó la atención y que quise aclarar con una analista estadounidense. Quería que ella me dijera cómo lo entendían, porque la traducción me presentaba algunas dudas. En efecto, existe todo un problema con la traducción de Lacan al inglés, de hecho, él mismo se debate entre traducir Otro como the otherness o the other.

    De ese tipo era el problema que yo había encontrado en aquel párrafo y necesitaba cierta aclaración, porque se relacionaba con lo que iba a exponer. Entonces, en un momento social de la reunión, aproveché para preguntarle a una psicoanalista con quien estaba conversando, sobre la forma en que ellos lo interpretaban. Lo que me asombró fue que esta señora tomó el libro que yo tenía en las manos, que no era otro que aquel seminario en inglés, y exclamó: “Pero no, no puedo decírselo, porque esto no es inglés. Esto es Lacan”.

    Lo curioso es que lo que no se puede traducir de un autor se convierta en una lengua más.


     

    [1] Friedrich Schleiermacher:Des différentes méthodes du traduire, Ed. Du Seuil, París, 1999.

    [2] Norberto Ferreyra: La práctica del análisis, Ed. Kliné, Buenos Aires, 2013.

    [3] Jean Allouch: Letra por letra. Traducir, transcribir, transliterar, Buenos Aires, Paris, 1993.

    [4] El Dr. Eduardo Sinnott es traductor de Aristóteles del griego al castellano, así como otros autores de lenguas antiguas y modernas.

    [5] De la misma manera, se ha dicho que el alemán como lengua se establece a partir de la traducción que Lutero hace la Biblia, y que de La crítica de la razón pura se extrae el latín.

  • Lo imposible de traducir

    Conversación con Héctor Yankelevich acerca de la actualidad de Lo imposible de traducir, diecisiete años después de su presentación.

     

    Ilda Rodriguez: En Lo imposible de traducir[1] usted plantea que la transmisión del psicoanálisis está atravesada por la escritura de Freud y los efectos de sus traducciones al inglés y al francés. ¿Podría decirse que hay una “lengua psicoanalítica”? Y si así fuera, ¿cómo se articula con la traducción?

     

    Héctor Yankelevich: Vamos a hacer un poco de historia. El psicoanálisis nació en alemán. Freud inventó el psicoanálisis descubriendo el inconsciente y las pulsiones, y lo hizo en alemán. Produjo un concepto y una práctica nuevas ex-nihilo en la historia de la cultura y los hizo transmisibles gracias a su escritura de la lengua alemana. El alemán de Freud es complejo y posee múltiples estratos. Posee una claridad engañosa, ya que en su superficie parece comprensible para todo el mundo; sin embargo, el mismo texto se puede leer de maneras muy diferentes según si el lector está o no analizado, es escritor o es psicoanalista, y según, en esto último, qué teoría inconsciente su análisis le hace, a sabiendas o no, poseer del inconsciente. Los psicoanalistas de la segunda generación freudiana que tuvieron que emigrar a Inglaterra, y sobre todo a los Estados Unidos, creyeron que se podía pensar lo pensado por Freud en inglés, sin ningún esfuerzo de escritura, sin transformar la lengua inglesa, para permitirle a ésta recibir el descubrimiento del inconsciente. Tuvieron una teoría espontánea de la traducción en donde las palabras de cada lengua pueden prescindir de las diferencias de sentido y evocar sin pérdida la misma referencia. Poseían una teoría realista ingenua de lo universal y, por lo tanto, empirista de la práctica, pensando que los conceptos no sufren los cambios de lengua. Creían en el psicoanálisis, sí, pero como ciencia complementaria de la biología humana, perteneciente al campo de las ciencias naturales.

    Una característica del alemán que Freud logra utilizar en su capacidad poética más fuerte es que en esa lengua las palabras se pueden inventar. Freud crea palabras para dar cuenta y producir, a la vez, los movimientos del inconsciente, de la pulsión, del goce fálico (Lust). Y eso es algo común en alemán, que todo germano parlante puede hacer. Ahora, él inventa palabras para dar, en cada trabajo, sustantivos con prefijos de lugar y de dirección que van cambiando para mostrar en acto, gramaticalmente, el recorrido de la pulsión: él le pone preposiciones a los verbos que no se usan en el habla común, pero a la vez todo locutor es capaz de entender lo que está diciendo, aunque no se formule la pregunta de por qué Freud ponía tanto esmero en el uso de sus palabras, explotando toda la riqueza potencial de la lengua.

    Le da una enorme importancia a las partículas en los verbos, incluyendo las preposiciones de lugar y de dirección que indican que la acción de un verbo llega a su finalización y la sobrepasa y, muchas veces, se vuelve en su contrario, como por ejemplo los nombres que comienzan por Ver-, versión en alemán del per– latino: Verdrängung, Verwerfung, Verleugnung (poner algo o alguien más allá de un cierto límite, no dejarlo pasar; rechazar de modo tal que algo no pueda jamás volver del mismo modo; decir que no se ha pronunciado un dicho que expropia a Otro de lo que era… Freud está lleno de esos hallazgos que hay que pensar en el contexto de su lengua y que no se alcanzan a traducir por un equivalente “seco” sin nota a pie de página. Es así que en inglés, que va a ser el referente de todas las otras traducciones, suplantando la edición alemana, tenemos una teoría aparentemente universal, pero no estratificada. Por ejemplo, en 1915 escribe en Consideraciones actuales sobre la guerra y la muerte una teoría del desmentido de nuestra propia muerte en la que emplea un prefijo distinto (Ent-) al que empleará cuando la vuelva a utilizar respecto de la castración materna y que no usará cuando escriba, en 1920, Más allá del principio de placer. Con lo cual muestra que está correlacionando la división del sujeto con la idea de la propia muerte. Es así que pensar la pulsión de muerte y la división del sujeto van de consuno. A su vez, Lacan, cuando desarrolla el significante fundamental de “entre dos muertes” en el seminario sobre la Ética, o sobre el lugar de la muerte propia en el resumen del seminario sobre la lógica del fantasma (Autres Écrits), está evocando la gran invención freudiana de 1915, sin mencionarla, ya que, sin advertir a sus oyentes y lectores introduce un significante nuevo en psicoanálisis, importado de la teología cristiana, “la segunda muerte”, pero dándole un sesgo que la modifica anulando su carácter religioso, ya que la hace anterior a la primera. Es un desplazamiento en acto y una reconstrucción sobre otras bases de la teoría freudiana y del lugar de la muerte en el Inconsciente, pero sin mencionarlo como tal. Este solo “detalle” muestra que la escritura y la palabra de Lacan incluyen al lector en el acto de hablar y escribir, ya que deja siempre en suspenso la distancia entre el decir y el hacer referencia a lo que dice. Solo en muy rara ocasiones, y mucho tiempo después, Lacan recapitula sus cambios, respecto de sí mismo y de Freud.

    Pero volvamos a éste último. Esos escritos (Consideraciones actuales sobre la guerra y la muerte, Tótem y tabú, Psicología de las masas, etc.) en Estados Unidos y en Alemania fueron ubicados en tomos que se llaman “Cuestiones sobre la sociedad y origen de la cultura”. Por lo tanto, desde ese punto de vista, no tendrían nada que ver con el psicoanálisis clínico. Sin embargo, esos trabajos son ciento por ciento clínicos y hacen a la estructura misma del inconsciente, de la A a la Z. Freud no fue pensado por los propios alemanes que emigraron a Estados Unidos. Es decir que la segunda generación freudiana, la de Hartmann, Kriss y Loewenstein en Estados Unidos o la de Edward Glover en Gran Bretaña, fracasó en la transmisión, a pesar de haber sido muchísimo más cultos y poseedores de un espíritu de fineza de lo que en general hoy se cree fuera del mundo anglosajón ¿Se los puede culpar? Lacan, que era un político, dice algo que a nosotros nos sirve: Francia fue antinorteamericana (y no solo la izquierda, obviamente, sino también los gaullistas). Entonces, hablar contra el psicoanálisis norteamericano no solo era justo, sino que le aseguraba a Lacan un gran éxito dentro de las capas intelectuales de izquierda y de derecha ¿Es malo ese procedimiento? No, es táctico. Ahora, si uno quiere ir más al fondo, no lo puede seguir usando. Hay que buscar otras explicaciones de por qué los psicoanalistas de la segunda generación, que Freud sabía que eran buenos (para Freud, Heinz Hartmann era su sucesor in pectore, si no lo fue del todo se debió a que Anna Freud era su legataria), fracasaron en la transmisión. Una de las veces que estuve en Nueva York conocí a un anciano y muy simpático didacta de la IPA, de la primera sociedad que se fundó, con quien fui a cenar. Aproveché la ocasión para preguntarle: “¿Qué pasó con ustedes? Tuvieron una situación cultural excepcional, Hitchcock y buena parte de Hollywood, el gran teatro neoyorkino –Tenesee Williams, Eugene O’Neill– eran freudianos, ¿por qué ustedes no pudieron extenderse a la cultura?”. En ningún país del mundo el psicoanálisis había prendido tanto como en Estados Unidos y, aunque sea de modo tácito, hasta el día de hoy se lo nota a través del cine, de la televisión y del teatro. Él me contestó: “Nosotros éramos médicos. No pensábamos que teníamos derecho de ir más allá del psicoanálisis como práctica médica”. Hay que tener en cuenta que en Estados Unidos no se podía ejercer el psicoanálisis sin ser médico, estaba penado por la ley. Hoy en día, que lo pueden ejercer una asistente social o un psicólogo, basta con tener un PhD (y la Asociación de Psicólogos Americana es tan poderosa como la Asociación de Psiquiatras Americana), la oportunidad ya se perdió. Lacan entra en Estados Unidos sobre todo por los departamentos de literatura y filosofía y comienza a ser leído por los mejores analistas de la IPA.

     

    Alejandra Ruíz: Quizás falte una conexión, por ejemplo, más allá de estos factores sociológicos que no conviene sobreestimar, está nuestra cuestión de la traducción, o sea, retomar en algo lo ya dicho porque por momentos parece que se hablara de otra cosa: ¿ la cultura, el psicoanálisis laico forman parte de los efectos de la traducción o la teoría de la traducción es parte del problema de la cultura?

     

    H.Y.: Lo que se llama factores sociológicos son en realidad reales discursivos. Hay ordenamientos significantes que dependen del significante amo y eso es un estrato arqueológico en una lengua. Con períodos internos, con reordenamientos, sí, pero que hacen que solo se enraíza profundamente algo que encuentra un terreno o lo produce. Freud lo hizo con la literatura alemana y la tragedia griega e isabelina. Lacan no solo con la literatura sino con toda la historia cultural francesa, su lectura de los clásicos griegos y latinos, el cristianismo, su lectura de Marx y la cientificidad, tal como se construyó en el racionalismo francés.

    No hay análisis en intensión si se ha perdido el análisis en extensión, pero tampoco este último puede ser la guía de un análisis. Una lengua está conformada por sus significantes amo. En Gran Bretaña, el empirismo. En Estados Unidos, el pragmatismo. Hay significantes imposibles de traducir de una lengua a otra porque son sinsentido para los hablantes, salvo que un Maestro, a lo largo de toda una vida, transforme lalengua. El Canal de la Mancha es, en este sentido, una herida irrestañable entre dos concepciones del mundo que empezaron a abrirse una de otra ya en el siglo XIV, con Guillermo de Ockham, que pueden, por cortesía, entenderse durante una cena, pero no compartir. Es así como Freud fue aceptado en Gran Bretaña gracias al platonismo introducido por Russell y Whitehead hacia el fin del siglo XIX. Pero fue aceptado sin idea alguna de la importancia de la lengua. ¿Freud la tenía? No lo sabemos. Su escritura del alemán, de una cualidad rara, hace pensar que la expresión no solo exacta sino constantemente creadora de efectos de sentido era para él la prenda de toda transmisión. Solo Lacan pudo leer esta cuestión fundante en la escritura de Freud. De todos modos para el fundador del psicoanálisis ganar como fuere la lengua inglesa, significante amo universal, para la causa analítica significaba permitir la supervivencia del psicoanálisis, que si no hubiese sido así, Freud lo temía, habría quedado como un juguete roto entre las ruinas del nazismo, como una historia judía, de Jekes y de Östjüden (de judíos alemanes y del este).

    Así es como las Obras Completas de Freud se leen en inglés sin atisbo alguno de que puede haber un Freud que no está ahí, que desapareció en el texto aparentemente por él escrito. Efectivamente, hay algo que se perdió irremisiblemente en lo que dicen las palabras de Freud al utilizar una teoría de transposición palabra por palabra del alemán al inglés, a pesar de que son dos lenguas que comparten sus raíces. Se podría haber buscado complejizar más la traducción, anotarla. El inglés es enormemente rico en preposiciones locativas, vive de las preposiciones (que se unen obligatoriamente o no a un verbo y le cambian el sentido) siendo, además, es una lengua riquísima en la creación de frases nuevas y en perpetuo cambio, más que otras, como corresponde a las lenguas que sirven de equivalente universal. Eso hace que en general, también, quede un núcleo literario rico, denso, y una lengua de intercambio empobrecida.

    Nuestro problema reside en que las palabras del psicoanálisis se gastan, y el único que lo entendió fue Lacan. Para traducir la referencia hay que cambiar el sentido, si no es una moneda que se desmonetiza por pasar de mano en mano, que es lo que pasa cuando en la traducción se pierde el significante, porque traducir es perder irremediablemente el cuerpo del texto. Un traductor es alguien que asesina y tira por la borda el cuerpo –salvo en poesía, donde hay que recrear en lo posible las asociaciones de sonidos y colores–, que deja caer el cuerpo de la lengua que traduce y tiene que inventar otro cuerpo, el cuerpo al cual vuelca lo que tiene que traducir. Es decir que tiene que ser, a la vez, fiel a la lengua de origen y un creador en la lengua de recepción. Eso no ocurrió. En psicoanálisis la traducción no es de sentido, ya que se trata de buscar los términos que permitan aprehender la referencia, aunque el sentido se pierda. “Represión” traduce más, sin ser satisfactorio, Unterdrückung que Verdrängung, ya que drücken significa empujar, hacer presión sobre algo.

    La cuestión de la traducción es esencial en la historia cultural occidental.[2] Primero, los romanos traducían; los romanos hablaban y leían el griego[3] y moldearon la poesía latina con la poesía griega (no así los griegos que no traducían: para ellos, su lengua era única). Y a partir del Renacimiento comienzan las grandes traducciones del griego y del latín. Es decir que la cultura en los países occidentales, Italia, España, Francia, Inglaterra, Alemania, se hizo a través de las traducciones de los clásicos griegos y latinos, mucho más los latinos en los países católicos, donde el griego fue considerado herético, por poner en cuestión la primacía de los padre latinos de la Iglesia (más de un traductor del griego del Renacimiento tuvo dificultades con la Sorbona, al límite de ser considerado herético), más los griegos en los protestantes. Es decir, la traducción forma parte de la lengua de cada país, no es simplemente algo que se vuelca, sino que las traducciones modificaron las lenguas receptoras.

    Ahora, ¿pasó esto con la traducción de Freud y de Lacan al castellano? La traducción de Freud, ¿modificó la lengua?

    Un punto más. Cuando Lacan dibuja caligrafías chinas en el pizarrón y más aun cuando comienza a dedicarse a la lengua japonesa, que, ustedes saben, pronuncia de tres maneras diferentes los mismos caracteres: en chino, para significar el sentido de cada caligrafía, con una fonética reducida y en tercer lugar los sonidos se apoyan en esos caracteres chinos pero se pronuncian en japonés y ya no traducen la escritura china, sino que son términos de la lengua japonesa sin relación con el significado de la letra. Esta referencia no nos sirve solamente para dedicarnos al japonés, cuya cultura es profundamente original y al mismo tiempo efecto de lejanas traducciones del sánscrito y del chino, sino, más acá de la universalidad del lenguaje, preocuparnos por la particularidad de nuestra lengua, y su relación con el continente del español y con las lenguas, romances y anglosajonas de las que ha tomado préstamos. Toda lengua es impura y vive de esa impureza. De su lucha contra ella y del esfuerzo por incorporarla y blanquearla. Traducir enriqueciendo y modificando la lengua es parte de lo que le da vida.

     

    A.R.: Lacan, como lector y traductor de Freud, renueva su obra. La reinventa. ¿Podría en castellano realizarse sobre la obra de Lacan una operación de traducción que renueve, aunque sea fragmentariamente, su lectura? En el campo de la literatura, Borges postula que el traductor es un verdadero escritor y que a veces la traducción no solo es una pérdida, también puede ser una invención literaria al mismo título o incluso superior al texto original. Hay reconocidas traducciones de Borges que “mejoran” la obra original. En ese sentido, él tematiza algo que es constituyente de la cultura argentina que vive, respira, por esas traducciones. Hay traducciones donde no solo no queda un mar tesoro en la lengua fuente sino que ganan sentidos o riqueza al pasar a la lengua meta. Me pregunto, en este sentido, hasta dónde podría suceder este tipo de reinvención en las traducciones analíticas.

     

    H.Y.: Al respecto, hay traducciones de Freud al francés que no son las Obras Completas traducidas por el equipo dirigido por Jean Laplanche, sino la colección Connaissance de l’Inconscient, de Gallimard, que no tiene la intención de ser obras completas, y son traducciones excelentes al francés, hechas por traductores-escritores que anotan las dificultades y las imposibilidades de traducción, dando al mismo tiempo los equivalentes en cada caso: “Cuando aparezca tal verbo en tal contexto, lo voy a traducir así, pero cuando aparezca como infinitivo sustantivado en tal otro contexto, lo voy a traducir de esta otra manera”. Le dan a la lengua la dignidad de ser el lugar y el instrumento a la vez en donde el inconsciente se va creando, único como concepto pero diferente en cada ocurrencia clínica o metapsicológica

    Cuando Freud escribe sobre Leonardo habla de reale Nichtigkeiten. ¿Cómo traducir eso? No es posible hacerlo en el castellano de Buenos Aires, necesito el español: “Naderías reales”. En Buenos Aires nadie dice “naderías”, pero lo necesito. No es lo mismo que “tonterías” o “pequeñeces”, como figura en los diccionarios. Lacan busca esa palabra en el griego de Demócrito para dar la tonalidad que para él tiene esa “nada” en Freud: una nada que es real. Si tuviese que traducir sin preocuparme por la transmisión del psicoanálisis, diría “pequeñeces”. Dos estilos de traducción. Uno tiene el sintagma en alemán reale Nichtigkeiten, y se podría decir “pequeñeces reales”, pero la dimensión del descubrimiento freudiano desaparece. Para Freud esas pequeñeces son el lugar de lo que se transmite de madre a hijo: algo ínfimo, pero real. Entonces, si pusiera “pequeñeces”, podría creer que resolví el problema y quedarme tranquilo: puse un adjetivo sustantivado, evito “naderías” para no escribir como un español. Lo “resuelvo” tranquilo. En cambio, Lacan recurre al griego de la Odisea, en donde Ulises se nombra a sí mismo “Nadie”, Medéis, cuando Polifemo le pregunta su nombre; o al griego de Demócrito, que habla de la nada, inventando un sustantivo, medén, a partir de un adjetivo. Pero usando un “no” de imposibilidad: “Es imposible que sea algo”.

    Entonces, ¿por qué Lacan traduce así? Una hipótesis sería, para dar cuenta del Inconsciente como no realizado. Cuando digo “es imposible que sea algo”, lo estoy negando y afirmando al mismo tiempo: le estoy dando estatuto de real a partir de esa negación de imposibilidad de que sea (y, sin embargo, es algo). Con lo cual, le está dando una modalidad de movimiento lógico y real: pasar de lo imposible a lo contingente. Está dando el carácter de real a través del término inventado por Demócrito.

    Fíjense, entonces, adónde nos lleva una palabra que podíamos traducir por “pequeñeces” y quedarnos tranquilos, porque Nichtigkeit es una palabra corriente en alemán. Pero lo que está en juego en esa palabra es la transmisión del inconsciente. Naderías, pequeñeces, etc., es lo que se preguntan todos los padres respecto de los chicos: ¿pero cómo lo supo si nunca se habló?, ¿pero cómo es así, igual que, si…? Por esas pequeñeces invisibles se transmite el inconsciente. El problema de la lectura y de la traducción es la de tratar los textos de Freud y de Lacan con los mismos cuidados con que se trata el texto inconsciente de un paciente. Pero eso no se ha hecho ni en inglés ni en castellano, no se lo ha problematizado.

    Un buen traductor literario no puede dejar de notar que la expresión de Freud reale Nichtigkeiten porta en sí una cuestión más grave que la de su simple translatio, palabra por palabra, de un lengua a otra.

    Un analista, si lo es, no puede dejar de notar que añadir real a pequeñeces o naderías es una señal, clara, de que Freud considera a esas naderías esenciales, ya que, cuando usa el término alemán reale, se está refiriendo, desde La interpretación de los sueños en adelante, pasando por La realidad psíquica, al deseo inconsciente, a lo que no miente, más allá de toda representación.

    Cuando Lacan adopta el término griego meden para el inconsciente, sin decirlo, está haciendo más que traducir, está operando el desplazamiento teórico que llamamos lectura. Pero esa lectura no sería completa si otro lector no se arriesgara a escribir que la nada de Lacan no es la nada de Freud, pero que no sería posible si no la hubiese encontrado, y en ese encuentro, que es el régimen de lo real, transformado y dado a la vez un vuelo y una penetración que no poseía previamente. Así sucede que crea otra letra, que no reprime la primera, salvo para los fascinados, para los que forman haz. En Lacan hay otra escritura en su palabra, y todo el desafío de nuestra generación y las venideras consistirá en producir una escritura que de cuenta del régimen de esas escrituras sucesivas, siendo que cada una es irrepetible, por ser advenimiento.

    Lacan habla con un estilo argótico (viejo estilo de los bajos fondos parisinos, que hoy es el de la calle), pero usando palabras que van del francés medieval al francés más culto, pasando por citas ciertas o inventadas, ya que, como Borges, inventa citas. Tiene un arte de la cita, tal cosa parece Spinoza en latín pero no lo es. Posee un arte de la cita que sirve para hacer corte, para provocar un efecto de sentido, el cambio de idioma hace que el efecto sea interpretativo. Ahora bien, ¿qué está buscando Lacan con eso? Que toda su elocución sea interpretativa, que lo que dice y cómo lo dice sea recibido no como saber consabido sino como efecto de sentido que renueva el saber que ya poseíamos y que, sin ese efecto, nos adormece.

     

    A.R.: ¿Se jugaría allí la posición de analizante, a la cual Lacan se refiere en el seminario Encore?

     

    H.Y.: Cuando Lacan dice que él se analiza dando el seminario, está diciendo que hay que seguirle la pista. Pero cuando hace cortes con efecto de sentido no es un analizante.

    Por otro lado, él se interroga sobre problemas clínicos y teóricos en sus intervenciones fuera del seminario y responde teóricamente dentro del seminario: usa el adentro y el afuera constantemente, haciendo reenvíos. Siempre leí con mucha atención todo lo que Lacan decía fuera del seminario y fuera de París, porque ahí planteaba problemas que después encerraba en una fórmula ya muy trabajada, muy articulada, donde se presentaba la respuesta a la pregunta que había formulado en otro lugar, en otra escena. Él nos estaba diciendo evidentemente sin articularlo, que para entenderlo había que seguir sus dos tipos de discurso: el abierto a los que no eran sus auditores habituales, y el cerrado a sus auditores. Hay siempre un doble movimiento en la espacialidad de la palabra, en su puesta en escena, y cuando escribe cifra aún mucho más que cuando habla. Ahora bien, él usaba el francés de todos los días, pero también vocabulario de caza, de marina, regional o el francés más exquisito, el de Chateaubriand. Para traducirlo, habría que usar todas las variantes del español de España y del español de Argentina. A veces lo quiero traducir y después lo dejo… sus palabras están en español, pero no en castellano. Están en español (de España), que tiene más profundidad histórica que el castellano. ¿Pero a quién va dirigido? ‘Cuál sería la decisión editorial? Para la producción de films y obras de teatro hay una pronunciación establecida de español internacional, pero no hay tal lengua que pueda ser escrita. Con lo cual, la traducción de Lacan al castellano se volvió una traducción de conceptos sin una teoría de la traducción y sin notas sobre los retruécanos y las palabras con grafía inventada, sin condensaciones escritas entre dos lenguas. Una traducción así carece de efectos de sentido, le falta valor interpretativo, no se dirige al sujeto, se vuelve desde el vamos en saber universitario.

     

    I.R.: Quizás porque eso no deja marcas en la lengua. Es decir que hay una cosa conceptual, pero que no tiene vida. Sin embargo, Lacan insiste en relación con lo inconsciente, en que el lenguaje está en el corazón de lo que enseña, tal como resulta confirmado por la experiencia –una y otra vez– de abrir los libros de Freud en una página cualquiera. Insiste con que a veces suele olvidarse que el habla no es el lenguaje y que este hace hablar ocurrentemente al ser que se especifica en ese hablaje (Lacan condensa en parlage, habla y lenguaje). Esto me parece muy importante respecto de su interrogación acerca de un traductor al castellano.

     

    H.Y.: Los traductores de Lacan, primero tienen que conocer muy bien cómo se habla en Francia. Habría que haber vivido un tiempo en Francia para traducir a Lacan. Su vocabulario es inmenso. Es como querer traducir Shakespeare y no haber vivido en Inglaterra: aun los propios ingleses se ven obligados a consultar diccionarios de inglés isabelino. La realidad es que en Francia, en Inglaterra o en Alemania, las editoriales compiten por quién tiene los mejores diccionarios. El diccionario de la Academia en Francia tiene cincuenta tomos. El diccionario Le Robert tiene siete grandes volúmenes que da el sentido de cada término en cada época, dando ejemplos literarios que atestiguan cada variación de su uso, más diccionarios etimológicos donde cada palabra del francés trae su origen latino, griego, franco (dialecto del alto alemán), o bien inglés o español, ya que las lenguas importan y exportan según su posición de dominio. Ya que hay una conciencia de que la lengua es un tesoro, algo que hay que cuidar. Así como los diccionarios ingleses de Oxford y de Cambridge: el Concise es un tomo de dos mil páginas, pero, si no, es también una biblioteca de cuarenta. El tema es el cuidado de la lengua como un bien común, pero hay un problema político: la ausencia de significante amo en la lengua. Por otro lado, ¿cuál es la dificultad que tenemos en castellano? Nosotros tuvimos una Real Academia en el siglo XVIII que, bajo un régimen absolutista, fue racionalista a su modo, no pudiendo proveer de un ideal de la Razón científica a la sociedad, tomó a la lengua como sufre dolor de su impotencia. No querían que hubiese equívocos en la lengua española. Por eso introdujeron toda una serie de nociones… Agua es femenino, pero decir “la agua” es cacofónico; entonces prohibieron que hubiese dos vocales iguales, una átona y la otra tónica seguidas. Para que no se escribiera “l’agua”, con apóstrofo, cosa que hubiese pasado indefectiblemente (como pasa en francés), prohibieron eso e introdujeron el artículo masculino “el agua”. Del mismo modo, “el arte” y “las artes”. Así, hay veces que la gente no sabe a qué género pertenece una palabra, cómo poner el adjetivo después: si ponerlo en masculino, porque antes usó el artículo masculino para “agua”. Si el artículo masculino obliga a que el adjetivo vaya en masculino, cuando la concordancia la hace con el sustantivo. Por ejemplo, “el agua negra”.

    Hubo un ideal de transparencia de la lengua. Es como si hubiesen querido prohibir la existencia de equívocos, sin pensar que la lengua nace del equívoco, que el equívoco es lo que crea la lengua. Hubo un hálito mortal del racionalismo, aplicado a algo que no era su objeto. El objetivo de la Real Academia durante el siglo XVIII fue separar las palabras unas de otras. En castellano, la interpretación no puede hacerse con juegos de palabras como en francés, porque en francés todo sonido se escribe de maneras diferentes. Lacan solía decir que el grado cero de la interpretación era ce n’est pas moi qui vous le fait dire (no soy yo quien se lo hace decir), expresión francesa usada por cualquiera, el diariero o el carnicero, cuando alguien, un cliente, confiesa bruscamente algo inesperado sobre sí mismo. Podría añadir otra, de mi cuño, cuando una frase de un paciente, en francés, dice realmente otra cosa: “¿Cómo lo escribe?”.

    La Academia Española tuvo horror de la homofonía. Y horror de la mezcla de palabras. Como si hubiese sexualidad cuando las palabras se interpenetran. Instruyó un ideal de la diéresis y un horror de la sinéresis entre las palabras. Eso no impide escribir poesía, de ninguna manera, pero el eje metafórico no es el mismo que en francés, en alemán o en inglés cuando las palabras se escuchan.

    En español es muy difícil, es imposible, si no es por medio de una traducción anotada, hacer pasar que, cuando Lacan está hablando, dice una cosa y sugiere varias diferentes, que están dichas aunque no estén absolutamente dichas. Por ejemplo, le désir et son interprétation, para todos los analistas franceses tiene el mismo sonido que le désir est son interprétation (“el deseo y su interpretación” tiene el mismo sonido que “el deseo es su interpretación”, son homófonos). Y eso está desarrollado en L’étourdit por el mismo Lacan. Con lo cual, Lacan nunca dijo “el deseo tiene que ser su interpretación”, pero está sugerido por la homofonía. En Lacan la homofonía sirve de prueba. Pero no cualquiera.

     

    A.R.: ¿Eso podría tener como efecto ciertas exclusiones lógicas? Porque, en el caso de la homofonía que usted menciona, es indecidible si es A o B (o si es A y B), mientras que, al transcribir lo oral a un texto y poner “y su interpretación”, en la medida en que se elige una de las versiones y no la otra, se convierte en algo excluyente.

     

    H.Y.: El seminario se llama El deseo y su interpretación, y la homofonía, aunque no esté escrita, es válida. Para Lacan, en L’étourdit la homofonía es una de las vías por donde se llega a lo real del significante, y su interpretación. Interpretación aquí quiere decir punto de apoyo de la intervención, sin más. Pero nada menos. En castellano es más raro, y usarlo a troche y moche desgasta la transferencia y hace al inconsciente más esquivo.

     

    I.R.: Está claro que allí hay un aprovechamiento de una latencia de la lengua que desborda la intención cuando se escribe. Esto es muy interesante para el trabajo analítico, en tanto tales efectos se desprenden de la puesta en acto del lenguaje.

     

    H.Y.: La cuestión es que en castellano no se puede trabajar así en sesión (estaríamos haciendo trabalenguas). De todas maneras, tendríamos que lograr que la traducción de Lacan no sea ni chata ni en jerigonza. Este cometido no se logra traduciendo L’étourdit por El atolondradicho. La cacofonía no ayuda a pensar por qué el analista juega el semblant de aturdido por lo real de la palabra, al punto de parecer atolondrado –Lacan no se privaba de hacerse el débil mental. El problema es que estamos hechos por un uso de la lengua en español clásico y por un castellano del Río de la Plata hecho por un Borges que, aunque era totalmente anglófono y conocía de memoria toda la poesía inglesa, decía que no amaba el pun, el juego de palabras. No le gustaba, pero no porque no le gustara en inglés, sino porque en castellano eso no iba. Es decir que el criterio estético-poético de Borges también nos tiene que guiar para pensar cómo traducimos. Él está diciendo: “Al castellano, el pun no pasa”. Pero todo Shakespeare es puro pun, la comedia de Oscar Wilde es puro pun ya que el equívoco en el juego del significante permite dar el soporte de los espejismos del deseo en el imaginario. En francés, los títulos de los diarios son juegos de palabra. Es decir que no se puede traducir fuera del espíritu de la lengua, pero tampoco sin tratar de hacer que la lengua cambie gracias a una gran traducción.

    Cuando traducimos –el problema es si dejamos caer el cuerpo del francés o el cuerpo del alemán–, lo que tenemos que hacer es, como decía Lacan, traducir el espíritu de Freud, no se puede traducir la letra de Freud sin el espíritu. Para traducir la letra, hay que hacerlo según el espíritu.

    Pero volvamos atrás: ¿quiénes fueron los grandes discípulos de Lacan? En un comienzo fueron los que leían a Freud en alemán. Serge Leclaire, que era alsaciano, leía y hablaba alemán, también Vladimir Granoff, ruso nacido en Alsacia y políglota (hasta que se peleó con Lacan), Mustafá Safouan, que lee alemán y tradujo La interpretación de los sueños y la Fenomenología del espíritu del alemán al árabe, y Otelo, el moro de Venecia de Shakespeare, del inglés al árabe clásico. Esos son los grandes discípulos, en los primeros tiempos de Lacan, los que tenían acceso al alemán de Freud y entendían cómo Lacan, al enseñar Freud, lo traducía de modo tal que, sin decirlo iba creando un corpus nuevo, justamente porque lo real del texto freudiano, para ser traducido necesitaba un cambio de parámetros y una refundación.

    Los que no leían alemán podían ser muy buenos pasadores de Lacan, excelentes transmisores de la clínica, pero no de la teoría. Lacan, como lector de Freud, es alguien que lee el alemán de modo ejemplar. Por ejemplo, en alemán somatisches Entgegenkommen se tradujo “complacencia somática”, lo que es correcto. Pero si tomamos Entgegenkommen como un infinitivo y no como un sustantivo, entonces quiere decir “venir al encuentro del cuerpo”. Con lo cual, aunque no sepamos alemán, Lacan nos enseña que la histeria es el primer estrato de neurosis para cualquiera, aunque después necesite de una fobia o se convierta en una neurosis obsesiva. Esto quiere decir que todo el cuerpo, biológicamente, es una superficie complaciente a la escritura por el significante: el cuerpo biológico se hace cuerpo erógeno, simbólico, por la escritura del significante y no solamente como síntoma; además, el cuerpo como imaginario es también creado por el encuentro del significante y el soma. Lacan les abre el sentido a las fórmulas en alemán de Freud, dándoles uno nuevo, hace producir lo no leído por Freud en su misma escritura.

    Ser lector es ir sobre la escritura de alguien y llevarla más allá de lo que el primero conscientemente escribe. Quiere decir que, cuando alguien escribe, no sabe todo lo que escribe, y eso se aplica aun a Freud. Por eso, en su última época Lacan decía que un psicoanalista es un lector de Freud. No decía que debía ser un lector de Lacan. Aunque él había “letrificado” tanto las cosas que sabía que: “Alguien que lee a Freud pasará también por mis significantes”. Y leer a Freud es leerlo más allá de lo que Freud podía pensar que él escribía.

    En los años ´30 le da el comando a Anna Freud y, sin embargo, si uno lee los trabajos del Freud de entonces, no tienen nada que ver con el yo de los mecanismo de defensa: es un yo dividido, con mecanismos que no han sido repertoriados por Anna Freud, un sujeto que quiere una cosa y hace otra, y la hace porque creyendo una cosa, hace algo diferente de lo que cree. El modo de pasaje de un lado a otro se hace por transmisores que no son una ecuación. En Un trastorno de memoria en la Acrópolis ya hay una tercera metapsicología, que no es la del El yo y el ello, sino otra. Hay un sujeto en el fantasma que recuerda algo de lo que se equivoca y cuando se acuerda, hace otra cosa distinta a lo que pensaba hacer.

     

    I.R.: Siguiendo la referencia al “lector”, por ejemplo, Lacan dirá que tanto en el caso de Freud como en el de aquellos que tuvieron una función de fundadores en el pensamiento, su lectura por sí misma tiene valor de formación. Incluso es posible afirmar esto mismo, desde el punto de partida del lacaniano retorno a Freud, tal vez haciendo lugar a la teoría de la recepción en la cual el lector es coproductor del texto. Y me parece que eso es un movimiento: Lacan, no tanto como el que traduce o el que interpreta a Freud, sino su impar lector.

     

    H.Y.: Lectura significa tres operaciones simultáneas y sucesivas: interpretación, traducción y desplazamiento. Y si hay cambio de lengua, creación en la lengua de recepción de vocablos nuevos que hagan oír el acento nuevo que las palabras poseen en el texto que se lee. No hay que olvidar es que el concepto de lectura viene de Althusser, de otro contexto. En psicoanálisis, es posible porque hay una práctica del inconsciente a la que se debe obedecer, en lugar de ponerla en el chaleco de fuerza de una concepción hecha de términos vacíos.

    Les doy un ejemplo de lo que Althusser llamaba leer a Marx. Este último usaba para nombrar el lugar de los hombres en las relaciones de producción el término alemán Träger. Althusser lo lee y lo traduce como “soporte”. Los hombres solo son soporte de las relaciones sociales, no son sujeto histórico. Ahora bien, Träger también quiere decir “portador”, lo que cambia totalmente el sentido del concepto, ya que no es lo mismo soportar, estar pasivamente cargado, que ser portador subjetivo de esas mismas relaciones. La “lectura” de Althusser es una inflexión. Por lo tanto, decir que Lacan lee a Freud no nos resuelve ningún problema. Nos crea otro. La cuestión es dar cuenta de cómo lo lee, por qué, y qué es lo que lo hace ir cambiando en su movimiento de apropiación y crítica de los apoyos darwiniano-lamarckianos o evolucionistas enquistados en la letra de Freud, pero no en su práctica y en su escritura del análisis.

    En castellano hay cientos de elementos de Freud que están ocultos y que no se pueden leer. No se le puede achacar a la primera edición de López-Ballesteros, pero la segunda edición, la de Etcheverry, tiene el formateado de las otras, el formateado de Strachey, y no hay una investigación del pasaje de palabras ni del sentido del alemán. No hay cotejo de posibilidades.

    La traducción de Lacan al español tiene problemas importantes, que pasan por una versión exigua de las posibilidades del texto francés. A su vez, mi punto de vista sobre la edición del Seminario es que este requiere un trabajo crítico que pertenece al conjunto de la comunidad lacaniana, más allá de sus divisiones políticas. Luego de la edición crítica del seminario sobre la transferencia, la edición de Jacques-Alain Miller cambió, se corrigió, mejoró, y comenzaron a aparecer comentarios bibliográficos excelentes. Aun así, los proyectores del comentario no echan luz sobre todos los aspectos del texto que encierran alusiones a filósofos o pensadores que se trata de poner, ahora, en un segundo plano, para dar una imagen más científica de Lacan, menos atraída por gente que en este momento no es políticamente correcta, aunque haya sido introducida en Francia por grandes figuras de la Resistencia. Es una paradoja, pero es la verdad histórica y está documentada.

    En cuanto al lector como coproductor, déjenme decirles que es una teoría interesante la de la estética de la recepción, para la literatura, la de Hans Robert Jauss, efectivamente, hay muchos Esquilo y muchos Dante. Pero el texto de las obras clásicas, una vez rescatado por la filología, fundamentalmente en la última parte del siglo XIX, está siempre más allá del lector, a la espera, imposible, del lector que lo lea. Es lo que ese inmenso escritor que fue Blanchot, que alguna vez Lacan invocó como auditor ideal, llamaba “la soledad de la obra”.

     

    A.R.: En alguno de los textos que leímos, usted hablaba de esto, de que aun una traducción correcta tiende a dejar de lado otros sentidos también correctos. Es decir que la edición, necesariamente, ¿tiene que ser anotada?

     

    H.Y.: Hay una creencia, pertinaz pero felizmente no totalmente generalizada, de que la llave maestra del discurso lacaniano es hacer nudos. Pienso desde hace mucho que los nudos no solo ordenaron conceptualmente la enseñanza, sino que trajeron consigo grandes descubrimientos, teóricos y clínicos, y un más allá de la psiquiatría que no implica en modo alguno su supresión, todo lo contrario. Pero no es por saber nodología que se accede a esos descubrimientos, sino poniendo en correlación los nudos con las enunciaciones anteriores y las posteriores, y pensando qué es lo aún no resuelto. Por otro lado la denominación misma que Lacan hace de los nudos está implicando que su enunciación es la que guía y da sentido. Cuando de un toro hace un cilindro y lo llama “trique”, “trique” en argot significa la verga. En francés argótico es evidente. Lo único que quiere decir “trique” es eso. Por lo tanto nos está señalando que el toro se transforma en trique si el cuerpo del bebé está falicizado; la condición de la transformación –está diciendo Lacan sin decirlo– es que el cuerpo del sujeto esté falicizado. De lo contrario no habría el corte –del deseo del Otro real– que, invistiendo el cuerpo que si es tórico es porque hay deseo, permite que un toro se haga trique. Es una nominación de un objeto topológico cuyo sentido está dado en el discurso previo. A partir de allí va a producir ideas nuevas sobre las identificaciones freudianas. El cuerpo del chico es fálico a condición de que haya un corte, un agujero en lo real que lo produzca, y va a dejar de serlo en cuanto sucedan las otras operaciones que permiten la identificación secundaria y la imaginaria.

    Además, el nudo borromeo como tal es Nombre del Padre, es decir que quienes afirman que Lacan deja de lado el Nombre del Padre con la metáfora paterna, están equivocados. Dejó la metáfora a un lado, no la forcluyó, pero no dejó de lado el Nombre del Padre. Él dice: el nudo borromeo es Nombre del Padre. No lo abandonó nunca. Entonces, ¿por qué se le sobreimpone a Lacan algo que no está en Lacan? Nombre del Padre y falo nunca dejan de aparecer en su obra ¿En qué se basa la teoría de los cortes epistemológicos cuando Lacan mismo dice que el nudo si es borromeo es Nombre del Padre? Hay que tener en cuenta esto. Ahora bien, hay nudos de cuatro cuerdas que no son borromeos y sin embargo el cuarto actúa de tal modo que ninguna cuerda se suelte, sin que la condición paterna sea la garantía. Hay nudos de cuatro con y sin accidente forclusivo, lo que hace que no sean lo mismo, permitiendo plantear la existencia de tipos subjetivos fuera del tripartito de neurosis, psicosis y perversión. Existen tipos subjetivos que no se van a desarrollar como psicosis clínicas, pero que tampoco son neuróticos[4]. Pero el Nombre del Padre y el falo están, simplemente, porque está la enunciación que los nombra.

     

    A.R.: La lectura del matema, ¿no implica, en cierto nivel, la traducción?

     

    H.Y.: El matema en Lacan quiere decir algo que es transmisible: no es la matemática. El matema es lo enseñable –en griego, “matemática” quiere decir “las cosas que son enseñables”. No se le puede enseñar a nadie a ser poeta si no lo es, pero se le puede enseñar matemática. Platón muestra cómo al esclavo se le extrae el saber sobre el teorema de Pitágoras; por lo tanto ese teorema de geometría es matemática, porque es enseñable, porque cualquiera puede aplicar el método deductivo y saberlo. Pero acá hay una tesis mucho más oculta: sin el inconsciente no hubiera habido matemática. Es gracias a la capacidad de formalizar del inconsciente que el hombre llega a la matemática. Para Lacan hay correspondencia entre la castración y la teoría de conjuntos. Esa es una de las cosas con la que más se lo resiste a Lacan; se lo sigue hasta un cierto punto y después ya no. Para Lacan, al chico hay que enseñarle matemática, pero el inconsciente ya piensa según ciertos criterios matemáticos. El inconsciente es una máquina de ordenar y calcular, simple, que actúa y formaliza en el espacio. Por eso, en un momento dado se usó la escritura alfabética, antes de tener la propia, y se empezó a hacer matemática. Pero no fue conscientemente que el hombre lo hizo, porque en la base, en la raíz, dice Lacan está el inconsciente. Mas no luego: una vez que algo existe, es transmisión de saber. Hay transmisión de saber en China, en India, en Occidente: la Metafísica occidental hizo que la matemática no sea simplemente una cuestión de resolución de problemas como en Oriente, y vaya más allá. Fue la resistencia de la Metafísica que le dio a la matemática su lugar privilegiado en la cultura haciendo de la formalización una condición de cientificidad. Es una herencia que debe ser revisada.

     

    A.R.: Usted afirma que los hablantes del castellano tenemos una tarea por delante, si queremos avanzar en la lectura de Lacan, que sería poner estos distintos registros del habla y poder montar un aparato de notas que nos permita leer estos lugares de homofonía que en general se pierden en la traducción.

     

    H.Y.: Tendríamos que enriquecer nuestro castellano. La escritura analítica en castellano es el verbo “ser” más un concepto, el verbo “ser” más otro concepto, etc. En castellano, no se usan verbos para escribir el psicoanálisis. En francés, en cambio, no se usa el verbo “ser” para escribir, se usa apenas para hacer la primera definición nominal y nada más. Es decir que hay una pérdida de riqueza en el castellano que utilizamos, no digo ya en el castellano de la traducción sino en el que efectivamente usamos para escribir psicoanálisis. Hay una especie de afán de definición, un afán por definir, y lo que muestra un escrito que es analítico es que el movimiento mismo de lo escrito lleva a una interpretación, lleva a algo donde aparece un sujeto (que es el analista mismo). Lo característico de una parte todavía importante de la producción en castellano es que el analista demuestra que entendió Lacan. Quiere decir que todavía estamos en la escuela. El problema no es haber entendido a Lacan; el problema es, con lo que sabemos, tanto de nuestra práctica clínica como de nuestra práctica de lectura, escribir de una manera tal que lleguemos a un punto interpretativo al que no habíamos llegado. Eso es formalizar.

     

    I.R.: Esto me hace pensar en eso que escribe Lacan en el Prefacio a la traducción inglesa del Seminario 11, cuando dice “soy un poema y que se escribe”. La cuestión no es escribir sabiendo previamente adónde voy a llegar, sino que, en el devenir de lo que digo, de lo que hablo, de lo que voy trabajando, el “analista-poema” –por así decir– se muestra, se presenta, se hace hacer tal –lenguajeramente– en acto, en la sesión analítica. Cuando uno lee a Lacan en su lengua, eso sabe como lengua viva. Hay algo allí que no se deja captar en la traducción, que se pierde en el pasaje. Por otro lado, también sucede en el establecimiento del texto francés por Miller, que insiste en la pretensión de dar la cosa como perfecta, la frase que corta, cierra y no le deja mucho espacio de benéfica indecisión al lector.

     

    H.Y.: Miller es discípulo del último Lacan. Él demostró que podía hacer lo que Lacan quería y pedía, que era, por ejemplo, un índice razonado de conceptos para los Escritos, o sus intervenciones sobre la lógica del significante en el Seminario en los años sesenta, donde le pone letra a la posición de Lacan. Con poco más de veinte años de edad, tenía un saber lógico realmente fuera de lo común. Aparte, Lacan quería hacer un pasaje de un auditorio de psiquiatras a un auditorio de filósofos formados en lógica matemática: fue un movimiento teórico-político decidido por Lacan. Utilizar el lenguaje de la lógica matemática, utilizar el lenguaje del Otro, utilizar el lenguaje del mundo anglosajón para subvertir desde adentro la lógica matemática. Cuando Roudinesco escribe que Lacan se entregó al empirismo lógico, revela una gran ingenuidad y no haber entendido la creación que Lacan realizó con el instrumento de la lógica proposicional, modificándola. Cuando afirma que toda lógica proposicional es una lógica modal, está diciendo que la lógica proposicional es una modal en donde desapareció el sujeto. Esa proposición de Lacan es una subversión de la lógica matemática, lo que sucede es que no fue recibida en el mundo de los lógicos. Digamos, todavía hay en Lacan cargas de dinamita que no se han hecho explotar, que no han servido para hacer un trabajo de reinterpretación. Por otro lado, cuando Lacan profiere “es el decir de Cantor”, está diciendo que Cantor podrá haber enloquecido, no importa, pero tenía un decir y ese decir lo lleva a la creación de la teoría del transfinito, que reordena toda la matemática, del principio al fin, fundándola en la aritmética de los enteros naturales. Por ende está afirmando que hay sujeto en la matemática; aunque luego del descubrimiento o de la producción, la transmisión en la ciencia elida al sujeto, pero la forclusión del sujeto sucede en la transmisión, no en la producción. Entonces, si se repiten consignas, “la ciencia forcluye al sujeto”, queda en contradicción con la enunciación extremadamente fuerte de Lacan: “El decir de Cantor”.

     

    A.R.: Quizás las negaciones sean una de las cuestiones por las que más se dificulta la traducción del francés al castellano. Decir que no es sin el deseo como el analista avanza en la dirección de una cura no es igual que decir que avanza con el deseo. Una condición necesaria se transforma en suficiente. Además, el pas sans puede ser entendido como paso del sentido y como no-sentido.

     

    H.Y.: Es que no tenemos todas las negaciones que tiene el francés. De todas maneras, la que no tenemos es la expletiva. Pero eso no importa. La lectura de qué tipo de negación es, es una lectura analítica y no lingüística. Freud trabajó mucho tiempo hasta llegar a Verleugnung para “desmentido” o “renegación”. Usó muchas variantes, añadiéndole prefijos a leugnen, que es “mentir”.

    En cuanto al “no sin”, Freud también lo emplea en alemán: nicht ohne. Freud ya está haciendo una lógica con la gramática. Lacan le da mucho mar alcance, pero en Freud ya está. Y son cosas que en francés y en alemán se están diciendo todo el tiempo –atención, no es que Lacan lo fue a buscar al alemán. Pas sans se dice todo el tiempo en francés. Es un idioma que tiene miedo de la afirmación directa, que parece altisonante o atrevida. Una lengua que no afirma, que dice: “No es sin esto que se puede hacer lo otro”. Ese es el genio de la lengua. Se habla así. ¿Puedo pasar el río?, pregunta alguien. Y el otro le contesta: “No es sin un bote que va a llegar a la otra orilla”. Pero en castellano, el “no sin” es más raro. No está en el espíritu de la lengua. “No es sin huevos que se hace un omelette”, en castellano suena un poco rebuscado.

     

    I.R.: En su conferencia en Rosario, usted utilizó el término “desapropiar”. Me pareció muy interesante.

     

    H.Y.: Sí, hay que ver cuál es el contexto. Una es cosa es el fetichismo (desmiento que mi madre esté castrada) y otra es desapropiar a alguien de su saber, no creerle. Por otro lado, todos los hombres son fantasmáticamente fetichistas, porque la castración deja un resto –si los hombres no tuvieran un dejo de fetichismo, no podrían hacer el amor. Ahora bien, ¿de qué estamos hablando? ¿De un perverso o del fetichismo masculino en general? ¿De qué hablamos? ¿Del fetichismo como síntoma o de algo que se le añade al cuerpo de la mujer, o el cuerpo de la Otra mujer que viene a socorrer para no estar simplemente en lo real? Entonces, hay que ver… Porque cuando el amor de los padres por los hijos en un momento no es simbólico, es “desapropiante” de la condición de hijo. Eso no puede no tener efectos. Freud descubrió que en un momento de su historia, un hijo es investido solamente como falo, y eso ejerce efectos traumáticos. Gracias a Lacan, podemos encontrar el momento en que un niño deja de ser investido y se vuelve puro a. Hay una desapropiación, al hijo no se le reconoce aquello que le es propio por ser un niño. Ese padre o esa madre no son necesariamente perversos. Son mecanismos que existen siempre en la relación entre los adultos y los niños. Hay gente que es más “desapropiante” y gente que lo es menos. Otra cosa es el padre que odia y que convierte al hijo en objeto; evidentemente, ahí, en una tercera generación, va a haber una locura, una psicosis.

    Esta idea me vino en inglés, leyendo un ensayo filosófico sobre el escepticismo moderno, que el autor llama “the disowning of knowledge”. Porque disowning quiere decir “desmentir”, “renegar”, pero fundamentalmente “desapropiar”: le saco al otro lo que le es más propio. Lo hago objeto a o lo hago falo. Lo uso eróticamente o lo hago caer como objeto. Estoy hablando de una operación inconsciente, que es mucho más extenso que simplemente hablar de renegación. Porque enseguida se piensa en perversión, pero la renegación en general es un mecanismo de constitución del inconsciente, como lo muestra Freud en Una perturbación de la memoria en la Acrópolis. La desapropiación es el modo de constitución del sujeto a través de la alienación y la se-paración.

     

    I.R.: Claro. ¿Y qué pasa, en su opinión, con el famoso “soñé con una mujer que no era mi madre”? ¿Es una denegación?

     

    H.Y.: Eso es una denegación. En castellano no existe la palabra “denegación”; es una negación que muestra al sujeto en el acto a la vez de reprimir y reconocer lo reprimido pero sin levantar la barra que lo divide. Ahora bien, cuando se dice “no es mi madre”, para Freud es la madre. El problema es qué tipo de negación es esa cuando pasa en sesión: ¿estamos tan seguros de que es la madre? Y de qué madre: ¿la madre de los tres años o la madre de los diez años? En el inconsciente hay una estratificación de las madres: ¿con qué madre vamos a quedarnos en análisis?, ¿a qué madre vamos a tener que llegar y qué madre vamos a tener que dejar de lado? “No la puedo perdonar”, puede decir una paciente, entonces, ¿con qué madre se queda para poder seguir existiendo? Es decir, tenemos que trabajar diciéndole que sí a la negación para ver con qué se queda el sujeto.

     

    I.R.: Ese es el movimiento de Freud, aunque diga sí, es su madre.

     

     

     

    H.Y.: Lo imposible de traducir es el significante. Que llamo, siguiendo a Walter Benjamin, el “cuerpo de la lengua”. Hay algo que es la inscripción, y luego las trazas ejercen efectos entre sí que cambian el sentido.

    Yo tenía la única traducción del Proyecto… de 1895 al castellano, la de Ludovico Rosenthal, y la perdí cuando me fui de Argentina. La tenía anotada en alemán y en castellano, porque Ludovico Rosenthal era vienés. Esa traducción es un modelo de traducción, de alguien que hablaba perfectamente el alemán de Viena y perfectamente el castellano. Realizó ese trabajo de inmenso valor porque se había analizado y representaba el pago de su deuda al psicoanálisis. El problema es: no tengo correspondencias con las raíces germánicas, y las palabras francesas de Lacan son demasiado ricas para volcarlas. No puedo tener todos los movimientos textuales de Lacan, porque el eje lingüístico (vertical) de las metáforas en francés es más rico que en castellano. De todas maneras, ¿cómo logro ser fiel no al significante sino por lo menos a transmitir aquello a lo que hace referencia? Hacer las correspondencias con la lengua de origen para ponerlo, de algún modo, en la lengua de llegada. Porque “el deseo y su interpretación” y “el deseo es su interpretación” son homófonos, pero tengo que llegar a que esa homofonía que no es gratuita y hacer que el lector lo entienda. Ninguna figura retórica en Lacan es gratuita. L’étourdit es casi intraducible, porque hay homofonías en griego, en latín, en francés. Al margen de que pasa del alemán al griego, del latín al francés. Y da signos de que ahí hay algo. Cuando él dice l’habit, es “la vestimenta”, pero también es habite, habita y bite, “la verga”, cuando se la pronuncia bite. Usando un término argótico está significando que el falo es la condición para habitar el lenguaje y que el significante es el que le da falicidad al hombre, y a la mujer. Está el famoso verso de Hölderlin: “El hombre habita como poeta” (Dichterisch wohnet der Mensch auf dieses Erde), verso extraído del himno In himmlischer Blaue, famoso por las lecturas que le dedicara Heidegger, que le devolvió el lugar que le correspondía de ser uno de los poetas mayores de la lengua alemana, lugar que nunca había ocupado por el desprecio y la incomprensión que le prodigaron Goethe y otros. El problema está en que no todos los hombres hacen poesía. Pero en alemán, dichten es “poetizar, hacer poesía”, y también es “crear”. Quiere decir que al hablar, los hombres crean. Y esa es la manera en que el hombre habita el lenguaje: creando la lengua por el hecho de hablar. Fue así que Hölderlin se adelantó en más de medio siglo a de Saussure, quien decía en su curso que los hombres crean la lengua hablando. Y Lacan, en media frase y con una palabrota, dice que la condición es el falo: si el sujeto no está falicizado, no hay introducción del lenguaje en el cuerpo ni del cuerpo al lenguaje. Y eso se hace por medio de la palabra del Otro. L’habit, la vestimenta, el hombre habita el lenguaje gracias al falo (dicho en lengua de la calle). La palabra puede estar desfalicizada; si no está falicizada, no va a haber introducción en y al lenguaje. Todo eso está en una línea.

     

    I.R.: Me resultó muy revelador haberlo escuchado decir en cierta oportunidad –inclusive creo que también lo he leído–, respecto de una circunstancia repetida en su práctica hospitalaria en Francia que en el encuentro con madres de niños autistas éstas se avergonzaban de hablar con sus hijos de esa manera tan peculiar –que se llama laleo o lalación– en que el hijo es hablado literalmente por “la lengua de la madre”. Quiero decir, que no le habían hablado de ese modo, en esa lalangue de extrañas palabras y motes, medias palabras, balbuceos, etc.

     

    H.Y.: A veces llega una mujer y me dice que en la escuela le piden que traiga al nene al psicólogo, y uno oye que le sigue hablando como si fuera un bebé. Sin saberlo lo está seduciendo, guardándoselo como bebé. La madre está reparando su propia infancia, pero para reparar su infancia se está convirtiendo en el único mundo de su hijo, entonces éste no puede prestar atención en la escuela. Por eso en ciertos momentos hay que cortar con la falicización de la palabra. Por lo contrario algunas madres de niños autistas, de modos siempre singulares, no pudieron jugar con ellos como bebés, es decir, no crearon lalengua. Ambos casos son antinómicos el uno del otro.

     

    A.R.: Debido a que la traducción de los textos analíticos suele priorizar el sentido y dejar un poco de lado, como hemos visto, el movimiento vital, el fluir de la lengua, algunos analistas sostienen que el psicoanálisis en castellano ha quedado demasiado pegado a los conceptos y, tomando posiciones antagónicas, eluden los conceptos para optar por el fluir de la lengua. ¿Qué opinión le merecen estas posiciones? ¿Podría el psicoanálisis prescindir de los conceptos?

     

    H.Y.: No es en vano que el Seminario XI se llama Los cuatro conceptos fundamentales…, aunque luego, en la introducción a la edición alemana de los Escritos, Lacan escriba que los conceptos son toneles que pierden.

     

    A.R.: En Notes sur la traduction,[5] usted habla de la palabra en análisis como traducción. ¿Qué procesos comandan las primeras inscripciones? ¿Qué entiende por Niederschrift? ¿En qué nivel se sitúa la Verleugnung?

     

    H.Y.: En todo sujeto neurótico hay una nostalgia del signo, o traduciendo mejor de la seña a la que ya no se tiene acceso por obra del significante. Sin embargo, no habría vida posible sin esa nostalgia. Entiendo “nostalgia” como Sehnsucht en alemán, que también puede traducirse como “búsqueda de goce” en toda su gama, y no solo de dolor, ya que “nostalgia” es una palabra médica inventada en el Renacimiento. Con la palabra Niederschrift Freud habla de cambios en las inscripciones, sea por acontecimientos históricos, épocas de aparición de la sexualidad o épocas de “represión”. También hay cambios en las inscripciones gracias a que estas dejan de estar sometidas a la presión reprimente del ideal. Hay traducción en sesión cuando se intenta dar cuenta del objeto, cuya naturaleza escapa al significante. No hay traducción en los momentos de gracia, cuando el sujeto se aviene casi sin creerlo a decir lo que le pasa por la cabeza sin mandarlo para abajo, Unterdrückung.

     

    A.R.: En su texto Lo imposible a traducir, se lee: “Hay, en cada lengua, una palabra, y un lugar en la lengua, para decir el desconocimiento radical y necesario del extranjero” (Il y a, dans chaque langue, un mot, et un lieu dans la langue, pour dire la méconnaissance radicale et nécessaire de l’étranger). ¿Por qué usted habla del desconocimiento radical y necesario del extranjero? ¿Cómo podemos articular esta afirmación con la estructura?

     

    H.Y.: Es el precio que pagamos para que, entre los dos significantes, el objeto y el sean soportes del sujeto del inconsciente. Sin ese desconocimiento radical no hay topes de la cadena significante, no hay ni límite ni función.

     

    A.R.: Lacan dice que la angustia es la única traducción subjetiva de la presencia del objeto. ¿Qué idea de traducción podría desprenderse de allí?

     

    H.Y.: Lacan usa la palabra “traducción” en su sentido literal (en latín translatio o en alemán Übersetzung), pasar de una orilla a otra del río. Las dos riberas, sin embargo, no tienen nada en común. De eso que es signo del objeto, en su borde de goce del Otro, que no es del orden del significante debe desprenderse un vector, que es el del movimiento hacia la palabra. Ir al significante allí donde éste, por naturaleza, no está. Buscar el deseo, única arma posible para enfrentar la angustia, es darle al objeto el semblant que le falta.

     

     

    [1] Héctor Yankelevich: L’impossible à traduire, Comunicación leída en la Reunión Preliminar para una Convergencia Lacaniana de Psicoanálisis, Barcelona, 7 de febrero de 1997. En este número publicamos la traducción de ese texto, hasta ahora inédito, a continuación de la entrevista.

    [2] También en Oriente, el pasaje del sánscrito al chino y del chino al japonés, traducciones que fueron el vehículo del budismo y a las que Lacan prestaba gran atención, ya que se esmeraba en traducir textos chinos en la primera versión que había de su pasaje del sánscrito.

    [3] Se puede leer con provecho Façons de parler grec à Rome, bajo la dirección de Florence Dupont y Emmanuelle Valette-Cagnac, Bélin, Paris, 2005.

    [4] Silvia Amigo desarrolla en este sentido las observaciones más pertinentes en cuanto a que no es posible homologar todos los nudos de cuatro cuerdas.

    [5] Manuscrito inédito.

  • Cinco preguntas para Guy Le Gaufey: Traducción, transmisión y apropiación

    Alejandra Ruíz: Dice Lacan en su seminario sobre la ética del psicoanálisis: “Si siempre volvemos a Freud es porque él partió de una intuición inicial, central, que es de orden ético. Creo esencial valorizarla para comprender nuestra experiencia, para animarla, para no extraviarnos en ella, para no dejar que se degrade”. El retorno que Lacan hace sobre Freud, por ser algo diferente que un simple retorno, incluye también algunas operaciones de traducción, de re-traducción de ciertos términos freudianos. Partiendo de la ya legendaria reformulación de trieb, podría decirse que el mentado retorno a Freud no sería tal sin operar también una nueva traducción, ¿de qué modo participa la traducción en ese bucle?

     

    Guy Le Gaufey: No me parece que Lacan pueda ser considerado como un “traductor” de Freud. Está claro que ha impuesto en francés algunas “traducciones” de ciertos términos freudianos que ganaron la partida, por lo menos en los círculos lacanianos, como trait unaire para einziger Zug o forclusión para Verwerfung, y otros. A veces, a lo largo de su seminario, pone en francés una frase de Freud que él cita apropiadamente. Pero si es la prueba de que leía a Freud en alemán, no se trata por lo tanto de alguien que podría llamarse un traductor.

    Un traductor no traduce palabras; traduce proposiciones, elementos de sentido que no se pueden fraccionar fácilmente en palabras aisladas. Además, y eso importa, traduce cantidades de proposiciones que plantean el problema del estilo de pensamiento, de cómo tratar las repeticiones, de respetar la consistencia del texto a través de sus múltiples vertientes. Por ejemplo: en el Proyecto… de Freud se encuentra muchas veces la palabra Bezetsung. Puede parecer importante señalar la dimensión casi militar de tal palabra y decidir que occuper, en su sentido militar precisamente, podría ser una traducción correcta en francés, arriesgada pero sutil, de esta palabra que dice cómo una neurona está investida (“ocupada”) por una cantidad. Bien. Pero también está el verbo en infinitivo y conjugado, el participo pasado, el gerundio, muchas y muchas veces, de modo que una traducción tal no consigue mantenerse sin crear un desorden inapropiado porque muy a menudo no conviene, precisamente, este sentido militar. Ahora bien, se trata de respetar escrupulosamente el uso de este término clave para Freud, sin cambiarlo de una vez a otra en una nueva traducción. Entonces, el traductor, frente a sus obligaciones de traductor y a la totalidad del texto, no frente a una ocurrencia aislada, deja caer la palabra occuper para reintegrar el clásico “investir”, que se comporta de una manera más correcta a lo largo del texto.

    Esta dimensión de la traducción efectiva, no le importa a Lacan porque no se posiciona como traductor. El “retorno a Freud” implicó cuidar los términos que Freud había empleado, a veces subrayándolos con una nueva traducción, sin que esto implique considerar a Lacan como un traductor de Freud.

    ¿Cómo llamar, entonces, a esta manera de acoger un texto de tal manera que implique renovar ciertas traducciones ya recibidas? Se trata mucho más de una “rectificación” que de una “traducción”. Hay que ir en contra de una traducción ya recibida para establecer mejor un sentido hasta entonces escondido y que, a veces, escapa a la lengua misma. Por ejemplo, el pasaje del alemán Phantasie al francés fantasme (y no fantaisie), o del francés jouissance al inglés enjoyment o al galicismo jouissance, etc. (la traducción de Lacan en cualquier lengua, con la cantidad de neologismos que presenta, plantea muy a menudo este tipo de problemas).

    Para calificar la manera con la cual Lacan importó ciertos términos de Freud en francés, me parece que el término “apropiación” suena mejor que “traducción”. El ejemplo de Unbewußte “traducido” por l’unebévue no me parece tan diferente al del pasaje de einziger Zug a trait unaire o de Jenseits des Lustprinzips a jouissance. Es una manera de domiciliar un concepto en un movimiento que, precisamente, no se confunde con el trámite usual del traductor, un movimiento que insufla un pensamiento propio a la palabra fuente, lo que el traductor, habitualmente, se prohíbe hacer (a pesar de que también lo hace bastante a menudo).

    Sé que no se puede establecer una diferencia clara en cada punto entre lo que llamo aquí “traducción” y “apropiación”. Hice este pequeño recorrido solo para que uno no se precipite en hacer venir todas las ideas comunes a propósito de la traducción cuando se trata de apreciar lo que Lacan hizo a y con el texto de Freud.

     

    1. R.: Dice Paul Ricɶur en Sur la traduction: “Comprender, eso es traducir”.[1] Henri Meschonnic replica, por su parte: “No, comprender es comprender, o creer que uno comprende. Traducir supone comprender, pero es otra cosa“.[2]¿Cómo relacionaría usted la comprensión y la traducción?
    2. L. G.: Estoy totalmente de acuerdo con Meschonnic. El juicio de Ricɶur es típico de su estilo de pensamiento y de escritura (que no aprecio mucho), que tiende a diluir las cosas sobre el pretexto de ser claro y didáctico. Comprender no es traducir, en el sentido de que no se necesita establecer otro texto para entender bien el primero. Lo cierto es que una traducción tal de una lengua a otra vale como prueba de que, sí, hubo (o no) comprensión, pero la comprensión en sí misma tiene lugar sin eso.

    Ricɶur propone su casi equivalencia de una manera muy retórica. No se sabe bien si hay que considerar este tipo de afirmación como un teorema o un axioma, o más bien algo de mármol blando, como es tan frecuentemente el caso en esa manera de hablar. La comprensión está en relación directa con la obligación número uno del traductor: respetar al sentido, y ello porque se traducen, una vez más, no palabras, sino unidades de sentido. Pero muy a menudo esta obligación primera entra en conflicto con la segunda, que toca al respeto del valor del término o de la expresión. Si es vulgar, hay que encontrar algo vulgar; si es sofisticado, algo sofisticado, etc. Sin olvidar a la tercera, que toca al ritmo. Por ejemplo, en inglés (especialmente en el north american english) no importa repetir la misma palabra numerosas veces en la misma frase si es necesario para que el sentido sea claro. Al ponerlo así en francés, si se respetó escrupulosamente este tipo de repetición, el texto va aparecer pesado, inhábil, mientras que no sucede lo mismo en inglés.

    Entonces: comprender es, claro, una necesidad imperiosa del traducir, aunque a veces deja el paso a otra consideración. Pero para no privilegiar el sentido, hay también que haberlo captado perfectamente. Todo eso es más claro en la traducción poética, porque en este caso hay una obligación de más que toca al ritmo y, a veces, a la rima. Allí, el sentido no siempre es el privilegiado, y a veces (raramente) pasa al último rango.

     

    1. R.: ¿Hasta qué punto su experiencia como traductor podría haber dejado alguna marca en su práctica como analista? ¿Hay una tensión interesante entre ambas disciplinas?

     

    1. L. G.: Desde hace más de veinte años, he traducido del inglés al francés una quincena de libros (gay & lesbian studies, filosofía, historia, novela, y uno de poemas). Muy a menudo se dice que esta práctica va muy bien con la práctica analítica, que se apoyan la una a la otra, etc. No es exactamente mi impresión, y no es fácil decir por qué. Supongo que es a causa de mi relación complicada con, digamos, la semiótica de Jacques Lacan. Desemboqué en Lacan cuando estaba estudiando la semiótica con Barthes y Greimas, muy interesado en aquel entonces en lo que se llamaba “la teoría del significante”. Bastaron unos años para que me desilusionara con la idea de que pudieran unirse dicha teoría y una semiótica académica que, en su corazón mismo, adoptaba los fundamentos de la fenomenología de Husserl (que planteaba otro tipo de sujeto). Primera elección obligada, lo que me condujo del lado de Lacan, por lo menos lo pensaba así. Pero si su definición del sujeto representado por un significante para otro significante me parecía insuperable e inmejorable en lo que toca al tratamiento analítico, no podía tan fácilmente seguirle, a la altura de una semiótica general, en su manera de rebajar al significado como lo que se contenta de resultar del arreglo del significante. Por supuesto, nunca había encontrado un significado flotando solo en el aire, no venía sino con un significante, pero… ¡Bueno! Me las arreglé de tal modo que me olvidé la dificultad.

    Quince años después empecé a traducir textos, en primer lugar poéticos, y el problema resurgió en todo su esplendor. Intenté describirlo en un pequeño texto que se intitula “¿Alucinar?” (traducido en El caso inexistente, Epeele, 2006, págs. 311-330). Me ocurrió, algunas veces que, frente a un verso en inglés, no encontraba un equivalente en francés, pero también que, en una fracción de segundo, el inglés se había desvanecido y no obstante yo seguía teniendo algo en la mente. Debo agregar que no creo, como San Agustín, que exista un lenguaje “mental” por encima de cualquier lengua. Entonces… ¿qué pensar?, sino que, a pesar de que no se pueda atrapar aisladamente, hay sin embargo un cierto grado de existencia del significado por sí mismo. La existencia también de ciertas “áreas semánticas”, especialmente para adjetivos y verbos, va en el mismo sentido según el cual el significado posee una cierta independencia. No mucho, pero… un poco.

    Tampoco pienso, del otro lado, que un tratamiento se puede conducir atendiendo solo al significante, tan importante como sea este. No sé si hay analistas lacanianos que están atentos al significante como, a veces, les gusta decirlo, haciendo del witz la única interpretación recta con capacidad de desembrollar un síntoma. Las cosas me parecen mucho más turbias, y a pesar de que sepa yo muy bien que nunca conseguiré demostrar la existencia en sí misma de un significado, debo a la traducción (y no al tratamiento) mi convicción de que, si el significante produce efectos al nivel del significado (y luego del sentido), hay una cierta autonomía del significado y del sentido.

    Lo que no sé es si esta convicción me ayuda o no en mi trabajo de analista (en tanto que traductor, no tengo ninguna duda). Por lo tanto, que me convenza de que el sentido desborda el apilamiento de las significaciones, empujándome a la búsqueda de algo otro, sí, me ayuda. Pero cuando, eventualmente, me distrae del juego del significante (lo que ocurre, estoy seguro de ello), no me ayuda. Es una guerra (o un vals) sin fin entre el sentido y el sonido (obviamente, es peor cuando trabajo como analista en una lengua otra que mi lengua materna porque me encuentro más atado al sentido, más dependiente de mi comprensión del contexto, lo que obstaculiza la sensibilidad al significante).

    Pero cuando Lacan dice (no sé dónde) que el significado no es sino un significante que “ha caído debajo de la barra”, no entiendo lo que quiere decir eso. En un seminario (tampoco sé cuál), describe también la producción de los significados como resultando de una noria de cangilones: los significantes serían los cangilones y la cantidad de agua que cada uno subiera sería un significado. Monotonía de la signifiance. No creo en eso. Pienso más bien que hay un cierto nivel de participación zurda del cuerpo en la producción de significados tan vagos como diferentes, que se ajustan al movimiento de los significantes. Es casi un delirio, pero no logro entender el funcionamiento de una lengua sin un cierto nivel de independencia de los significados, a pesar de que no sepa cómo disponer bien la dicha independencia.

     

    1. R.: ¿Hasta qué punto las categorías de lengua fuente y lengua meta, con las que habitualmente se ha pensado la traducción, no podrían implicar un intento de darle consistencia a una concepción imaginaria donde ese pasaje –biyectivo– entre una lengua y otra, al fin sería posible? ¿En qué sentido lo real de la lengua, tal como Lacan lo plantea en Radiofonía, viene a descompletar cualquier posible imaginarización que reduciría la traducción a un plano meramente imaginario?

     

    1. L. G.: La concepción de la traducción como ejercicio de biyección es penoso porque es, por un lado, indudable e imprescindible, y por otro lado, falso y engañador. La babosada usual según la cual la traducción es algo imposible considera, sin arriesgarse a decirlo, que la traducción tiene que ser una biyección perfecta y sin falla, de tal modo que bastaría mostrar que no es el caso para afirmar doctamente que cualquier traducción es “imposible”. Un tal juicio no demuestra sino una ignorancia crasa del funcionamiento de la lengua, sea fuente o meta. En la misma lengua, hay montones de proposiciones que dicen “la misma cosa” sin utilizar los mismos significantes. Los matices pueden parecer innumerables (a pesar de que, de hecho, no lo son), pero tenemos que emplear aquí una distinción suficientemente clara entre “significación” y “sentido”. Las dos palabras muy a menudo se superponen, de tal modo que se puede utilizar la una o la otra indistintamente. Propongo aquí considerar que una significación ─sea la conjunción de un significante (o de algunos) y de un significado (sea preciso o turbio)─ es algo de la naturaleza de un círculo, algo que se hace bucle, que se puede aislar y apuntar, desplazar y equivaler; mientras que un sentido participa de una media línea recta, que tiene un punto de partida, una dirección y nada más. Topológicamente, son muy diferentes, mientras que ambas participan de la producción de lo que “quiere decir” tal montaje significante. Con estos elementos mínimos podemos acercarnos un poquito mejor a la cuestión de lo “real de la lengua”, tal como lo encuentra la traducción.

    Lo que se busca primero es, claro, el máximo de biyección entre una significación en la lengua fuente y otra en la lengua meta. Con frecuencia, el traductor llega a hacerlo sin gran dificultad y la traducción sigue adelantándose. Pero también ocurre a menudo una no-concordancia, más o menos grave. Aquí se revela lo real de la lengua de la misma manera que surge el uno en la concepción del número que inventó Frege, rehusando la vía clásica que afirma el uno como algo obvio, sacando de su mera repetición la generación de todos los números. Él prefiere partir de la experiencia humana elemental que consiste en la fabricación de una serie doble, por ejemplo: cuchillos y tenedores. Supongo que alguien está alineando pares de estos. Mientras un cuchillo corresponde con un tenedor, no pasa nada (como en la traducción, cuando hay concordancia). Pero supongamos que, de repente, falta uno (no importa de qué lado). Ahora pasa algo: un vacío inesperado saca a luz la mera existencia del Uno. Falta uno. Aquí está el punto de partida de la numeración fregeana (lo que le va como un guante a Lacan).

    Sea el primer verso de un poema del poeta Inglés Philip Larkin: The view is fine from fifty. El resto del poema muestra que se trata al mismo tiempo de fifty meters high y de fifty years old. Por lo tanto, hasta donde sé, no hay nada equivalente en francés, en una formulación en la que no sobren ocho o, peor aún, diez sílabas. Por un lado, a la lengua francesa no le falta nada: eso es tan claro como el día. Y sin embargo, la traducción del poema se desmorona por sí misma a causa de esa maldita incapacidad local. Aquí se toca, por la vía negativa, algo del real de la lengua. Falta un cuchillo, no en el juego general de los cubiertos, sino, sí, en frente de este tenedor, en frente de una cierta ambigüedad en la significación.

    De una manera menos clara, se encuentran casos en los cuales no hay tal imposibilidad, salvo que la expresión de la lengua fuente o el tipo de construcción no tengan sentido correcto y rápido en la lengua meta. Surge entonces la tentación de “adaptar” a la lengua meta, de hacer accesible, de dar sentido, de allanar. Aquí se presenta la otra vertiente en la cual la lengua meta supera a la lengua fuente. Cuando se trata de traducir textos en prosa, donde no hay obligaciones estrictas de ritmo, esta vertiente puede ser desarrollada al gusto del traductor. También las notas al pie sirven para aclarar lo turbio del pasaje. Pero en la traducción poética, en la cual habitualmente no se pueden emplear notas al pie ni estirar desmesuradamente un verso, es claro que este real de la lengua se encuentra mucho más a menudo.

     

    1. R.: ¿De qué modo participa lo intraducible en la transmisión del psicoanálisis? ¿Cómo se articularía allí el matema?

     

    1. L. G.: Ya casi contesté la pregunta: lo “intraducible” implica la “apropiación” en la lengua meta. Entonces, “transmitir” es “apropiarse”, lo que es una cuestión tanto política como lingüística. Ejemplo doble: la palabra fantasme fue elegida por los traductores de Freud mucho antes de que Lacan (en los años treinta y cuarenta) la utilizara para poner en francés la palabra alemana Phantasie, por una razón muy simple: a diferencia del alemán, el francés fantaisie siempre tiene un sentido de algo ligero, divertido.[3] De tal modo que, al escribir la fantaisie du meurtre du père se producía una inmediata impresión de error, ya que no se entendía, mientras que en alemán era claro y simple (lingüísticamente). Entonces, los traductores fueron a buscar la palabra phantasme, que al inicio quería decir: lésion du sens de la vue ou quelque fois des facultés mentales, dans laquelle les malades croient voir des objets qu’ils n’ont pas réellement devant les yeux (Littré). No sé bien cómo el “ph” inicial se transformó en “f” (no es nada común en francés, al contrario de la bienvenida ortografía del castellano), y hubo debates para diferenciar phantasme y fantasme en el medio analítico parisino. Sin interés alguno. Lacan, sin inventar terminológicamente esta vez, empleó de entrada y todo el tiempo la palabra fantasme, pero con su escritura $&a le dio un nuevo y fuerte sentido, de modo tal que al mismo tiempo corresponde con el Phantasie de Freud, y no. Entonces, los traductores de Lacan al castellano tienen que hacer una elección política: ya sea que se inclinen por Freud y traduzcan “fantasía”, produciendo un pedazo de freudo-lacanismo; ya sea que se inclinen por “fantasma” y se declaren puros lacanianos, al riesgo de desafiar su lengua materna, que reserva dicha palabra para señalar un espectro o un fanfarrón. Lo “intraducible” pasa al precio de una apropiación impuesta por la lengua, pero una apropiación que también permite “instalar” el texto en su nueva ubicación lingüística, cultural y política (en relación con el medio profesional).

    Contestar a propósito del matema es otro poblema porque la ambición de Lacan de producir fórmulas casi afuera del sentido, requiere un estudio largo y minucioso que no puedo iniciar aquí. Lo que se puede decir es que lo que produjo Lacan bajo este nombre no corresponde a la meta que él se había fijado. Hace pensar en su frase famosa: “El psicoanálisis es un delirio del cual se espera una ciencia”. Se puede saber en el acto que esta esperanza quedará como una esperanza, lo que no es nada, pero tampoco

    [1] Comprendre, c’est traduire.

    [2] Non, comprendre c’est comprendre, ou croire qu’on comprend. Traduire suppose comprendre, mais c’est tout autre chose.

    [3] Aquí hay algo divertido. No pudieron emplear la palabra fantaisie porque en esa época faltaba en francés el verbo fantasmer, mientras que en alemán ya estaba el verbo phantasieren. La presencia de tal verbo permitía neutralizar el sentido del sustantivo y atarlo a la mera actividad del phantasieren. Lo divertido es que el empleo de la palabra fantasme ganó la partida en francés mucho más allá de los círculos analíticos, de tal modo que el verbo fantasmer hizo su aparición en los años ´60-´70, y ahora es muy común, especialmente para los jóvenes: Cette fille me fait vachement fantasmer, ya no presenta ninguna dificultad o preciosidad hoy. Plasticidad de las lenguas.

  • Los momentos cruciales para el porvenir del psicoanálisis

    Algunas preguntas formuladas a Erik Porge[1]
    Entrevistado por Alejandra Ruíz

     

    Alejandra Ruíz: ¿Cómo han definido, en el Manifiesto por el psicoanálisis, los momentos cruciales para el porvenir del psicoanálisis?

    Erik Porge: Primero nos reunimos para redactar un manifiesto que se alzara contra el proyecto de ley que apuntaba a crear un título de psicoterapeuta, y hemos lanzado el petitorio en febrero de 2004. La ley finalmente fue votada en agosto de 2004. Por primera vez en Francia, el psicoanálisis quedaba así asociado a una ley de Salud Pública, puesto que esta estipula que los psicoanalistas regularmente inscriptos en sus asociaciones pueden ser dispensados de unos pasos necesarios para la obtención del título de psicoterapeuta. Dicho de otro modo, las asociaciones de psicoanálisis, cuyo objeto es en principio la formación de analistas, pueden verse atribuir la responsabilidad de ocuparse de la formación de los psicoterapeutas. El peligro para el psicoanálisis es, pues, el de quedar reducido in fine a una suerte de psicoterapia entre otras, por la confusión inducida en el nivel de la formación. Esta ley es un caballo de Troya para el psicoanálisis y representa un momento (en el sentido de Pocock) para el psicoanálisis, o sea, un momento en el que se puede decir que está amenazado de desaparición, si no advertimos que es real la realidad de este peligro.

    Al tomar conciencia de este momento se nos hizo patente que el psicoanálisis había tenido otros momentos así en su historia: en 1926 con el caso Reik y la publicación de “La cuestión del Análisis profano”, de Freud; luego, en 1956 con el “retorno a Freud” de Lacan, su denuncia de la organización jerárquica de la IPA y las derivas psicologizantes del psicoanálisis oficial en Situación del psicoanálisis y formación del psicoanalista en 1956. Es en el après-coup del momento actual que aquellos que lo preceden se dejan poner en perspectiva. Quizás ahora podamos aislar otros momentos más. Pero aquellos que hemos aislado presentan en común el haberse referido a obstáculos específicos para un preciso anudamiento entre lo que Lacan ha llamado el psicoanálisis en intensión (la cura didáctica) y el psicoanálisis en extensión (lo que presentifica el psicoanálisis en el mundo). Preciso anudamiento que él ha intentado al fundar la EFP en 1964 y que nuevamente quiso producir disolviendo su escuela en 1980. El capítulo II del Manifiesto aborda esta cuestión que continúa siendo problemática aún hoy y que por lo tanto pesa en el tercer momento.

    Los momentos puestos en perspectiva son aquellos en los cuales se puso obstáculo para que la cuestión misma del nudo pueda plantearse, por el hecho de que se formula una respuesta a priori: en 1926, medicalizando al psicoanálisis; en 1956, psicologizándolo. En la actualidad, tercer momento, se trata de una conjunción de medicalización y de psicologización, a las cuales se suma una tendencia a la judicialización en el psicoanálisis.

    AR: ¿Cuál es la importancia de la escritura de “La cuestión del análisis profano”, en 1926, por Freud? ¿A qué responde con su argumentación? 

    EP: Freud escribe este texto en la urgencia, luego de una denuncia realizada en la primavera de 1926 contra Theodor Reik, miembro de la Sociedad Psicoanalítica de Viena, por ejercicio ilegal de la medicina. La denuncia no prosperará, pero fue la ocasión para Freud de “volver a poner los relojes en hora”, defendiendo el ejercicio del psicoanálisis por parte de los no-médicos. Es lo que llamó “psicoanálisis profano” o “laico”, el Laienanalyse, es decir, el análisis ejercido por un no-médico. Freud le da a su texto la forma de un diálogo entre él y alguien al que llama un “observador imparcial”, cuyas preguntas son puestas entre comillas. En su argumentación, Freud recorre el campo de lo que constituye la especificidad del psicoanálisis adoptando un lenguaje accesible al gran público.

    Freud no tiene pelos en la lengua ni vacila al afirmar que “son los médicos los que prestan al análisis su mayor contingente de charlatanes”. Se trata para él de impedir que la terapéutica, monopolio de los médicos, vaya a “matar la ciencia”. Pues para Freud la verdadera “línea de demarcación se sitúa entre el psicoanálisis científico y sus aplicaciones en el dominio médico y no médico”.

    El texto de Freud es muy importante por el hecho de las posiciones muy claras que adopta y por las razones que ofrece acerca de una especificidad del psicoanálisis respecto de otros métodos de cuidado y del deseo de curar que anima la medicina. Por otro lado, como lo ha demostrado una vasta encuesta aparecida en 1927 en los órganos oficiales de la Asociación Psicoanalítica Internacional, Freud estaba aislado (con Ferenczi) en su combate por el psicoanálisis laico. Esto no vuelve sino más actual su texto.

    AR: ¿En qué considera usted que la legislación actual en Francia compromete el porvenir del psicoanálisis, tal como Freud y luego Lacan han podido establecer sus coordenadas? 

    EP: Lo compromete en la medida en que es un factor agravante por parte de los psicoanalistas mismos. A saber de un discurso que conserva la confusión entre psicoterapia y psicoanálisis, un discurso en el cual desde el punto de vista terapéutico se “mata la ciencia”, para retomar la palabra de Freud, un discurso que conserva la ilusión de un ser del analista. De hecho, el período preparatorio de la ley sobre el estatus del psicoterapeuta ha mostrado que numerosos analistas, autoproclamados representantes de una “mayoría”, han estado en la delantera de esa ley, colaborando activamente en su preparación y en su implementación. Todo esto en nombre de una esperanza de “proteger” a los psicoanalistas. El proyecto de ley ha favorecido un movimiento corporativista de los analistas, contrario, me parece, a los principios del acto que determina su función.

    Desde el siglo XVIII, en Francia, la medicina ha sido colonizada por el Estado y los gobiernos a fin de que cumpla algunas misiones (higiene, prevención…) que exceden el interés del paciente, que tiene una demanda de atención singular. En la actualidad, la tutela del Estado sobre la psiquiatría se ha acentuado aún más y modifica la lengua para suscitar nuevos modos de pensar, tal como sucede con el reemplazo de la palabra “psiquiatría” por la de “salud mental” en los documentos oficiales. El título de psicoterapeuta prolonga esta tentativa de modelar los espíritus. Los psicoanalistas deben tener cuidado con el vocabulario que emplean a fin de no vehiculizar ideologías venidas de otra parte.

    AR: ¿Por qué y en qué casos podemos afirmar que la amenaza de desnaturalización del psicoanálisis podría ser peor que la amenaza de desaparición o de interdicción?

    EP: La desnaturalización equivale a una desaparición, pero que no dejaría traza, de la que no nos daríamos cuenta. La prohibición aún dejaría al psicoanálisis la chance de encontrar formas de resistencia.

    AR: ¿Qué consideraciones podría hacer a propósito del concepto de extraterritorialidad en psicoanálisis?

    EP: Conozco dos ocurrencias acerca de este término en Lacan: la primera en Situación del psicoanálisis y formación del psicoanalista en 1956 (el segundo momento del que hemos hablado), donde él destaca “la extraterritorialidad singular” de la diáspora alemana de la IPA hacia USA, de donde salió la teoría del yo autónomo, llegando incluso hasta proponer un territorio, el de Ellis Island en Nueva York, del que sabemos que fue el lugar de paso de millones de emigrantes. La otra ocurrencia se encuentra en la Proposición del 9 de octubre de 1967…, texto que invita precisamente a una relectura de Situación…, en un pasaje sobre el anudamiento del psicoanálisis en intensión con el psicoanálisis en extensión. Él habla allí de “nuestras relaciones con el exterior o más exactamente con nuestra extraterritorialidad”. Yo no sé exactamente de dónde extrae Lacan el término “extraterritorialidad”, y sería interesante saberlo, pero a través de estas dos citas se ve que el uso del término no puede ser tan simple como creemos y que en todo caso se refiere a una topología de relaciones entre el interior y el exterior, del psicoanálisis en intensión y en extensión. Denunciar o, a la inversa, reivindicar una extraterritorialidad no asegura una “intraterritorialidad”.

    Recordemos por lo demás que Freud ha escrito El malestar en la cultura y que Lacan, al fundar la EFP en 1964, la concebía como una base operatoria contra el malestar en la civilización. Hoy en día, las bases operatorias contra este malestar están dispersas y el malestar las invade.

    AR: Si admitimos que el capitalismo insiste sobre la represión (refoulement) de la castración, ¿cuáles serían las consecuencias para el sujeto?

    EP: Lacan va más lejos, dice, en su seminario El saber del psicoanalista, que el capitalismo entraña una Verwerfung, un rechazo de la castración. ¿Las consecuencias? Esto deja de lado las cosas del amor, lo cual no es poca cosa.

    Dicho esto, no hay que concluir que toda persona que vive en un régimen capitalista está condenada a rechazar la castración. Incluso en este régimen podemos cambiar de discurso y es justamente en ese cambio de discurso donde surge el discurso analítico.

    AR: ¿Qué responsabilidad corresponde a los analistas en relación con el lazo social y la existencia del sujeto, tal como lo afirma Lacan en la Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela?

    EP: Hay numerosos malentendidos acerca del término “sujeto”. Lacan introduce ese término (homofónico con el Es freudiano) en psicoanálisis para retomar lo que Freud llamó la hipótesis del inconsciente. En su definición canónica, el sujeto está representado por un significante para otro significante, está siempre “entre”, desaparece más de lo que aparece, se instituye en su destitución. El sujeto no es ni el moi, ni el je, ni el individuo. No pudiendo nombrarse, encuentra en el fantasma el soporte de un objeto a (su ser). Hoy en día, junto a empleos muy rigurosos de este término (pero que no se prestan siempre a esa consecuencia), uno observa entre los lacanianos la entrada en escena de un movimiento que podemos calificar de culturalista, que hace depender al sujeto de determinaciones culturales y económicas y anuncia la constitución de “nuevos sujetos”, que traen una “nueva clínica”. ¿Es la tarea del psicoanalista la de fijar una nueva psicopatología? Es ubicarse en una posición psiquiátrica. Como lo dice Lacan, el neurótico, el perverso, el psicótico son normales en la estructura. En el análisis, por el hecho de la transferencia, relacionada con el sujeto supuesto saber, el analista representa una mitad del síntoma. Si debe haber una nueva clínica, es la que resulta de una mutación del deseo del analista como efecto del acto analítico.

    La referencia a la Proposición del 9 de octubre… reposa precisamente sobre una posición del sujeto que procede de su definición canónica y es a partir de esta que podemos cernir una posición del sujeto supuesto saber que marca el pasaje del analizante al analista. De ahí la afirmación de Lacan según la cual el analista no funda su autoridad sino en él mismo (de lui même). Ese “él mismo” no es el moi. Remite a la máxima freudiana: Wo Es war, soll Ich werden, « là où c’était, je dois advenir », “allí donde ello estaba, el je –sujeto del inconsciente– debe advenir”. En 1973, Lacan agregará que el analista no se autoriza sino de sí mismo y de algunos otros, recordando que si el analista está solo en su acto no es el único. Desde El tiempo lógico…, donde escribe “lo colectivo no es nada sino el sujeto de lo individual”, Lacan, por lo demás, se siguió preocupando por definir las coordenadas de una lógica colectiva. Es en los pequeños grupos donde esta se ejerce mejor, incluso por un cambio de discurso.

    AR: ¿Qué posición habría que adoptar hoy, según la ética del psicoanálisis, frente a los nuevos problemas que las leyes de la ciudad nos plantean, particularmente cuando pretenden sancionar en nuestro campo?

    EP: ¿De qué leyes se trata? No comprendo bien la pregunta. El analista no puede ignorar las leyes, incluso para querer cambiarlas, pero en Francia no hay legislación del psicoanálisis.

    AR: ¿Cuáles son los desafíos que nos plantea la formación de los psicoanalistas, teniendo en cuenta su especificidad?

    EP: La especificidad del psicoanálisis pone precisamente en cuestión el término “formación del analista”. Es un término de uso habitual y Lacan mismo lo emplea, hasta el día en que, en 1973, dice que él nunca ha hablado de formación del analista sino de “formaciones del inconsciente”. Es que efectivamente él intentó establecer una formación del analista que no reprodujera el modelo jerarquizado de la IPA, con la concesión del exterior de una autorización según criterios así llamados “objetivos”, sino una formación que sea afín al análisis mismo y que deje existir al sujeto. Hablar de formación del analista es implícitamente referirse a un modelo de formación profesional. Esto está basado en la acumulación de un saber y en la idea de una continuidad entre la formación y el ejercicio de la profesión, entre el saber y la práctica, que es la aplicación del saber incrementado por un cierto saber hacer propio de cada uno. La “formación” del analista no responde a este modelo, pues hay un salto, un hiato entre el pasaje del analizante al analista, incluida la siguiente cuestión: por qué ocupar el lugar del sujeto supuesto saber cuando ya estamos advertidos de su ilusión. Este salto es lo que Lacan ha llamado el acto analítico, paradigma de los actos que pueden seguirse en la interpretación analítica y que recubren también lo que Freud ha aislado primero bajo el nombre, en francés, de acto fallido. El acto fallido es precisamente una formación del inconsciente. Por eso Lacan reconduce la formación del analista hacia las formaciones del inconsciente.

    Es esencial mantener abiertas estas preguntas acerca de la formación. Ellas mismas son parte de la formación del analista. El pase, para las asociaciones, es un medio de impedir que los interrogantes sobre la formación de los analistas se cierren y que el análisis no conserve sino la referencia a su dimensión terapéutica, que es real, y devenga una psicoterapia.

    AR: ¿Se trata de una nueva versión de la alternativa planteada por Antígona, en tanto ella opone lo legal a lo legítimo?

    EP: Antígona no es solo una rebelde a la autoridad de Creonte, ella es la que, sola, avanza en lo que Lacan ha llamado, a partir de Sade, el espacio entre dos muertes, es decir, ese tiempo y ese espacio topológico entre la vida que se acaba y la aspiración a aniquilarse “para inscribirse en los términos del ser”. Sócrates, que no se rebelaba contra las leyes, también había avanzado en él, es el espacio del deseo.

     


    [1] Traducción realizada por Alejandra Ruíz.