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  • No sin vergüenza

    Cuando me propusieron intervenir en este coloquio,[1]1 enseguida pensé en hablar acerca de la vergüenza. Es sin duda porque desde hace un tiempo estoy más atento a ciertos aspectos de nuestra práctica, aquellos que hacen que el progreso en la cura, del que habla el argumento, no pueden obtenerse sin incitar a nuestro paciente a una relación muy particular con el Otro, ese Otro que representamos nosotros en primer lugar, pero también a una relación con el objeto a, si es cierto que una cura nos pone, a nosotros los analistas, en posición de semblantes de objeto a. Ahora bien, me pare- ce, en la cura, en relación con la cuestión del Otro y con la del objeto a, debemos de- tectar lo que suele adoptar la forma de la vergüenza.

    Sin embargo, debo ser de inmediato un poco más preciso. Ante todo no quisie- ra que ustedes pensaran que las fórmulas que utilizo, por ejemplo, el analista en po- sición de semblante de objeto a, van de suyo. No van de suyo puesto que intentamos retomar el examen del corpus que organiza nuestro trabajo, ya que no consideramos como definitivamente adquirido lo que Lacan nos aportó.

    Gérard Pommier, con quien estoy feliz de haber tenido en bastantes ocasiones la oportunidad de discutir, nos impulsa a liberarnos de una concepción dogmática de la cura. Insiste, me parece, en el hecho de que el analista no es un objeto sino un sujeto, un sujeto que habla, un sujeto comprometido en un verdadero diálogo con el anali- zante. Esto les puede parecer heterodoxo a ciertos lacanianos, pero les recuerdo que Lacan comenzó describiendo la cura como una experiencia intersubjetiva. Pareció re- nunciar a esto luego, pero de nuevo más adelante dijo que no hay más que una trans- ferencia, la transferencia del analista. Ahora bien, ¿quién transfiere sino un sujeto?

    Al mismo tiempo, ¿acaso el hecho de tomar las cosas por ese lado nos dispensa de interrogar, más allá de nuestra manera de manejar la palabra, ciertas formas de ma- lestar que experimentan, en la experiencia analítica, una cantidad de pacientes mayor de lo que se cree? ¿Y esto en verdad nos impide preguntarnos si este malestar no estaría relacionado con el modo de presencia del analista en la cura, una presencia que pasa por la voz, y que igualmente –empezaré por ahí– pasa por la mirada? Algunos analistas parecen no plantearse este tipo de preguntas, o en todo caso no hablan de esto. Con todo, me parece que no podemos dispensarnos de intentar cernir cierto real de la cura, es decir, algo sin lo cual no tendría efecto, pero que al mismo tiempo pue- de pesar sobre los analizantes con todo su peso de imposible, imposible de soportar.

    *

    Empecemos, mientras tanto, con algunas observaciones bastante simples. En lo que concierne al dispositivo de la cura, Freud no deseaba que el análisis se hiciera cara a cara. No soportaba, decía, que lo miraran ocho horas por día, lo cual vuelve patente la dimensión de la mirada, aun cuando se trata ante todo de la del analizante.

    Por lo demás, Freud agrega otra razón: “Como me entrego a mis pensamientos inconscientes [escribe], no quiero que la expresión de mi cara le brinde al paciente determinadas indicaciones que podría interpretar o que influencien sus decires”. ¿Pero no se puede entonces suponer que lo que Freud llama aquí “expresión de la cara” incluye en particular la cuestión de la manera en la cual el analizante percibirá su propia mirada? No es infrecuente en todo caso, en nuestra experiencia, que un analizante diga que en el momento en el que lo introdujimos en el consultorio se sintió mirado. Esta sensación va bastante lejos. Su cuestión, en el fondo, es que no sabe con qué mirada el analista lo ve. Se puede añadir que cuando el analizante se pone a hablar de eso es porque está afectado por la mirada que le supone a su analista, mirada que manifestaría, por ejemplo, un juicio negativo, y este afecto, ligado a la mirada que siente sobre él, es precisamente la vergüenza.

    Ahora bien, para dar precisiones acerca de lo que tengo que decirles, quisiera hacer una distinción importante. Acabo de mencionar el temor que el analizante puede referir respecto de un juicio negativo de su analista. Podríamos pensar que este temor remite a un sentimiento de culpa, sentimiento conciente o inconsciente. Pero la vergüenza no es el sentimiento de culpa. Podemos sentirnos avergonzados de llevar puesta una ropa gastada, una ropa que ha perdido desde hace tiempo el brillo de lo nuevo, pero por lo general uno no se siente culpable de eso.

    En relación con esto, para mí hubo, en lo que hace a mi reflexión sobre la vergüenza, un momento fuerte que se constituyó por medio de intercambios, hace varios años, con psicoanalistas antillanos. Fue a través de lo que ellos decían que yo capté la manera en que la vergüenza podía pegarse, en esta sociedad mestizada, al color de la piel, puesto que hay matices ínfimos que cobran una importancia que a veces nos cuesta imaginar.

    Pero no voy a convertir a la vergüenza en un fenómeno exótico. La pensaré más bien en relación con una suerte de mutación de nuestras sociedades contemporáneas, y para no demorarme diré que en este punto estoy de acuerdo con Alain Ehrenberg,un sociólogo francés cuyas investigaciones vuelven a cruzar lo que nosotros percibimos en nuestra clínica. Ehrenberg, en efecto, piensa que la depresión, tan frecuente en nuestras sociedades, no se inscribe en un registro neurótico, en todo caso no en el sentido freudiano. Es que para Freud la neurosis viene a responder a un conflicto psíquico, un conflicto entre las prohibiciones interiorizadas y el deseo que choca con ellas, y este conflicto generalmente se vive con un sentimiento de culpa, mientras que, si el sujeto moderno está tan a menudo deprimido, es porque vive no un conflicto, sino el sentimiento de su propia insuficiencia.

    ¿A qué está ligado este sentimiento? Según Ehrenberg, el mundo moderno no deja de insuflarnos un ideal de realización individual, de superación, de perfección. Por consiguiente, el sujeto está forzosamente en falta en relación con esa imagen idealizada de sí, y es de esta insuficiencia de lo que tiene vergüenza. Esto lo oímos sin cesar hoy, suele ser lo que atormenta a nuestros analizantes. Pienso, en cuanto a esto, en una de las analizantes a las que recibo en un momento en el que tiene vergüenza de la evo- lución negativa de su carrera profesional. Ahora bien, un día en el que menciona eso, le vuelve el recuerdo de un sueño de la noche anterior, un sueño en el cual una parte de su cara está deformada, casi imposible de reconocer, y como esta mujer tiene hu- mor y un ánimo vivaz, dice que es como en la vida, “pierde imagen” [elle perd la face].

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    A lo que quisiera sin embargo llegar ahora, es a la idea según la cual el análisis no es quizá solamente un lugar donde la vergüenza va a poder decirse y analizarse. El dispositivo analítico, por sí mismo, puede a veces favorecerla. Hay al respecto algo que es necesario destacar: no es poco común que un analizante, que vuelve muy a menudo a la descripción de un comportamiento que desaprueba, pero del que no puede desprenderse, manifieste la vergüenza que siente al hablar de esto con tanta frecuencia. Esto, en algún modo, viene a redoblar su sufrimiento. Esta persona sufre por no poder prescindir de un comportamiento compulsivo, pero en análisis se pone a hablar cada vez más, a lo largo de sesiones sucesivas, de su vergüenza por estar todavía en este punto. Tiene vergüenza ante su analista, y los sueños que la atormentan a partir de ahí la hacen aparecer bajo apariencias cada vez más degradadas.

    Es entonces como si viniera a materializar la dimensión de la mancha, de esa mancha que para Lacan es una de las maneras de introducir la mirada, puesto que la mirada, en tanto objeto a, no debe situarse forzosamente a partir del ojo que contempla, o simplemente percibe, un espectáculo o un cuadro. Se encuentra ante todo en lo que hace mancha en el cuadro –recuerden aquella anécdota que cuenta Lacan al describir que lo que hacía mancha en el cuadro era también él mismo cuando, siendo un joven y rozagante estudiante de medicina parisino, iba a acompañar a marineros.

    Volveré dentro de un instante a la cuestión del objeto a. Pero detengámonos un momento en el hecho de que es de ella como analizante de quien mi paciente tiene vergüenza. Esto se puede decir banalizando: “Quisiera ser, dice en cierto modo, una buena analizante y no lo logro”. Pero también se puede decir que experimenta que hace mancha en el cuadro. Todo esto podríamos decirlo acerca de la transferencia,

    y de lo que Lacan pudo decir en el seminario sobre los escritos técnicos mostrando su costado de resistencia. Lo formula además en términos bastante fuertes que debe rían impedirnos banalizar: “Es en la medida en que la confesión del ser no llega a su término que la palabra se vuelca entera sobre la vertiente en el que se aferra al otro”.

    El psicoanálisis, así, no es una simple práctica de rememoración. Implica al sujeto en el nivel más profundo, el de la confesión, y hay algo patético en captar cómo, en los momentos en los que la confesión se vuelve demasiado difícil, un analizante puede intentar aferrarse a la presencia del analista, con toda la ambivalencia que susci- ta entonces esta presencia. Una ambivalencia, porque acaso mostrarse avergonzado o avergonzada puede también conllevar un goce.

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    Pero ahora voy a dirigirme hacia otra aproximación de lo que la situación psicoanalítica misma puede inducir, y para esto voy a pasar de la mirada a la voz. La voz, igual que la mirada, Lacan la sitúa en el Seminario XVI: De un Otro al otro, a partir de la perversión, y a propósito de ella, menciona el masoquismo de dos maneras diferentes. La voz es aquello a lo cual el masoquista ha renunciado (no tiene derecho a la palabra, no tiene “voz en el asunto”). Y además la voz, fría y arbitraria, esa voz a la cual el masoquista obedece como un perro, permanece del lado del amo.

    Volveré a esto, pero con lo que quiero insistir es más bien con el hecho de que, en su seminario sobre la angustia, para ubicar la voz Lacan se refiere a “la voz de Dios”, esa voz que resonaría cuando, en ciertas ceremonias judías, se hace sonar el shofar. Lo que destaca, entonces, es que no se trata en esta ceremonia de una voz que emitiría fone- mas articulados, que permitirían las metáforas y metonimias de un discurso religioso.

    A través de las sonoridades del shofar, que evocan lo que ciertos textos bíblicos llaman el mugido o el rugido de Dios, se trata de la emisión de una voz considera- da en tanto tal, separada de toda significación. Ahora bien, hay que destacar que no es raro que un analizante oiga nuestra voz más que nuestras palabras. Por ejemplo, puede quejarse de las inflexiones que cree detectar en el tono de voz de su analista.

    ¿Será que ese día estaba mal dispuesto hacia él? Habló de manera tan brusca, alzó la voz aparentemente sin razón…

    Creo que semejante experiencia va más allá de lo que he dicho de una palabra que se aferra al otro. Es más bien como si la transferencia no pudiera producir sus efectos de liberación sin algún riesgo. Michel Foucault, a quien Lacan apreciaba, que jamás negó la importancia del psicoanálisis, es uno de los que más avanzó acerca de esta cuestión.

    Es a partir de sus últimos cursos en el Collège de France que Frédéric Gros llegó a formular, en un artículo de 2004, una paradoja que no puede dejar de detenernos.

    Frédéric Gros parte de lo que sería, en el psicoanálisis tanto como en la dirección de conciencia cristiana, la “sospecha fundamental”: “Lo que yo creo inmediatamen- te que soy no coincide con quien soy verdaderamente”. Y es para intentar superar esta brecha que me dirijo al analista. Esto, dice Gros, “[…] me somete indefinidamente a la escucha del Otro. […] Es buscándonos a nosotros mismos como aprendemos de la mejor manera a obedecer al Otro”.

    Entonces, ¿la operación analítica incluye necesariamente una dependencia res- pecto del Otro? ¿De la escucha del Otro? ¿Y por qué no de su voz, dado que en su ausencia de significación puedo atribuirle no sé qué intención? ¿Y por qué no también de la mirada, si es verdad que esta conlleva también una dimensión de enigma?

    Mencioné, por lo demás, el rol de la voz en el sadomasoquismo. Nada semejan- te aparentemente en la cura, durante la cual el analizante, con toda evidencia, no renunció a la palabra, y durante la cual el analista no hace uso del tono glacial del amo sádico. Pero hay que prestarle atención a la práctica del corte de las sesiones que introdujo Lacan. Suele ser pertinente, pero también puede ser vivida como una toma de poder exorbitante. Debe manejarse, entonces, con cierta precaución.

    Más importante me parece, en relación con mi planteo, lo que pudimos decir de la voz de Dios. ¡No es que el analista sea divinizado! Pero cuando su voz le llega al analizante, a partir de ese espacio Otro que concretamente se ubica detrás de él, cobra un relieve particular, que explica en gran medida, por ejemplo, hasta qué punto puede ser atrapado.

    ¿Se puede evitar este tipo de efectos? Sin duda no completamente. Sin embargo, si el analista está un poco precavido podrá limitarlos. Podrá también “utilizar” esta di- mensión que cobra su voz. Lacan, en sus cóleras proverbiales, lo hacía sin duda muy voluntariamente. Digamos que nada le impide al analista levantar el tono, cuando lo hace a contracorriente de los efectos del superyó que inhiben al analizante.

    La voz –nuestra voz– puede indicar, por sí misma, que no hay razón alguna de ser complaciente en relación con aquello que, para cada uno, es del orden del sometimiento más deprimente. También puede, para volver a la vergüenza, hacer sentir por su tonalidad más que por explicaciones, que es probable que la vergüenza blo- quee al analizante en un goce sin perspectiva.


    [1] Coloquio La voz y la mirada en la experiencia del análisis, realizado el 22 y 23 de marzo en Buenos Aires, organizado por el Grupo Perspectivas en Psicoanálisis, editor de LaPsus Calami, y convoca- do por la Escuea Freudiana de la Argentina, Escuela Freudiana de Buenos Aires, Fundación Euro- pea para el psicoanálisis y Mayéutica, Institución Psicoanalítica.

  • La lección de Khlebnikov

    Voy a hablar del poeta Khlebnikov, que fue el gran maestro del grupo futurista ruso, al que también pertenecía Maïakovski. En una cena en 1916, Khlebnikov se consagró como rey del tiempo: Vélimir Primero. Vélimir es un viejo nombre eslavo que significa “el que dirige el mundo”. Su padre se llamaba Vladimir. Vélimir es de origen más antiguo que Vladimir, por lo cual entonces se convierte en el antepasado de su propio padre. Vélimir creó la Sociedad de los Presidentes del Globo Terráqueo, que debía contar con trescientos diecisiete miembros, que eran las más notables personalidades del mundo, sobre todo poetas, inventores, creadores y artistas.

    Khlebnikov fue el creador del futurismo ruso, no tanto en el sentido en que la poesía soñaría con el futuro, sino en el sentido en que la repetición del poema, su música, libera al poeta y lo proyecta hacia el futuro. Es una verbocreación: es el término inventado por Khlebnikov, es decir, una proyección alucinatoria hacia el futuro. La repetición de la verbocreación retorna la pulsión vocal en favor del poeta. Es una manera de convertirse en amo del mundo, empezando por el mundo pulsional, vocal, es decir, la tierra materna, pero también la palabra materna. Y al dominar a esta madre, el poeta se identifica “con el padre del logos”. Khlebnikov escribe en Nuestros principios: “La verbocreación es el enemigo de la petrificación libresca de la lengua”. Después de todo, es una bella definición del acto, del nacimiento siempre futuro de la subjetividad.

    Vélimir encontró el nombre del grupo futurista: Boudetlianés. Este nombre se transfiere sobre el verbo “ser” al futuro y a la tercera persona del singular… Podría traducirse también por: “Tú serás”. Los futurianos, los Boudetlianés son los habitantes de un país futuro, que existirá quizá un día. Pero mientras tanto, viven en un “ser proyectado”. A cada momento presente, la poesía les quita el estorbo de su cuerpo. La experiencia inicial de Khlebnikov es el versus poético, la repetición del sonido que es, en cierto sentido, una primera experiencia del ritmo, y en consecuencia es el origen del número. El niño que grita se asusta cuando él mismo se escucha gritar. Pero si él repite su grito dos veces, si lo hace rimar, entonces lo domina. El sonido que se repite y rima pacifica la angustia del grito: es a partir de allí que esta cadencia de origen cuenta. A partir de ella va a nacer más tarde la numeración.

    Voy a intentar poner de manifiesto el hecho de que la poesía es la madre de la ciencia, pero teniendo en cuenta, en primer lugar, que la repetición ordena el efecto poético. No es forzosamente la rima, sino solamente el ritmo o la duplicación sonora, como en la divergencia de esa figura de estilo que se llama “la paronomasia”, en donde se escuchan sonidos vecinos, mientras que el sentido es diferente: por ejemplo “quien se excusa, se acusa”. De una manera general, el sonido redoblado retorna (da la vuelta) hacia atrás, y por lo tanto es incestuoso, mientras que el sonido del poema libera y va hacia adelante. Es la contradicción misma que lleva el deseo, mejor traducido en alemán por la palabra Sehnsucht: la nostalgia del deseo.

    Después de las primeras palabras pronunciadas por un niño, la repetición poética se forma a partir de los primeros gritos emitidos el primer día y son comunes a todos los niños. Por ejemplo, los niños del mundo entero utilizan las mismas sílabas “papá” y “mamá” para designar a sus padres y a sus madres. ¿Eso no hace pensar que, en el origen, habría existido una lengua común?

    Es su práctica poética lo que impulsa a Khlebnikov a pensar que existe una “lengua fundamental”. La poesía sería el precursor de una lengua universal que llama el zaoum. Es la lengua de los futurianos. Es la lengua del ultraentendimiento –lo que quiere decir “más allá de la significación” del ser presente, más allá de la significación fálica. El zaoum es la lengua trans-mental o “del ultraentendimiento”: desplaza el ser presente en un futuro donde todos los hombres podrán comprenderse como niños. Khlebnikov escribe en las Noticias del yo y el mundo –cito: “[…] El esquema general de la lengua universal del futuro ya está dado. Será la lengua de ultraentendimiento”, y después dice: “El zaoum debe ser comprensible para todo el pueblo del tercer satélite del sol”.

    El zaoum no es una lengua arcaica, es una lengua del futuro: depende del acto del sujeto y comienza por ese de la creación de neologismos. Es un acto creador, que hace del poeta un Dios. Los hombres que hablan en zaoum serán, cito, “hombres celestiales”. Y Khlebnikov escribe: “Y no serán elegidos como pueblo del hijo de Dios honrándonos con la eternidad, sin utilizar simplemente el reflejo de una luz extranjera”. El objetivo que se persigue es ser igual al padre del logos.

    Cuando se habla de psicosis, a menudo escuchamos hablar de lo “real”. Es muy práctico: es un adjetivo calificativo –no es un concepto– que se le puede poner a todas las salsas. ¿Pero es este real el real platoniciano?, es decir, ¿allí donde las palabras no llegan a nombrar? De ser el caso, uno se pregunta por qué razón este real sería angustiante: lo real de las psicosis es allí donde el monstruo paterno es proyectado. La imposibilidad del parricidio lanza hacia afuera esta cara del padre que no se simbolizó. Es un padre que sabe todo y es este monstruo que persigue el amo del mundo. Es necesario vencerlo encontrando las leyes que animan este real. Tal fue la obra de Khlebnikov, que tuvo como toda arma la poesía. Khlebnikov es un futuriano, aquel que venció al Urvater (el primer padre) disimulado en lo real. Durante una de sus primeras estancias en un hospital psiquiátrico, Khlebnikov llamaba a los hombres de su familia paterna los Samotori: los déspotas. Es a ellos a quienes él venció.

    Aquí tenemos un ejemplo de proyección en lo real de un padre que no fue simbolizado por un parricidio simbólico. Es uno de los decretos de 1921 de los presidentes del globo terráqueo: “Reforma del alfabeto. Muerte de las lenguas que se asemejan al efecto de invernadero en un ala. Predicción del futuro […] es el invernadero en el ala de pájaro, el resto inútil del tiempo antiguo –el invernadero de grisácea vejez”. Esta alusión al invernadero de pájaro resulta clara si se sabe que el padre de Khlebnikov había hecho el descubrimiento de un rastro de invernadero prehistórico en el ala de todos los pájaros. Esta ala lleva el alma del padre vista en lo real.

    Cuando se habla del padre, se tienen que distinguir dos clases de padres, como en la historia de Edipo: en primer lugar, el padre primitivo; luego, el papá edípico. El segundo padre oculta al otro. Antes del padre de la neurosis, se encuentra siempre el padre primitivo, el padre del logos. Es el lobo, el ogro que existe desde el inicio. ¿Cómo aparece? Yo he dicho que en el nacimiento, todos los niños están aterrorizados por el movimiento de ida y vuelta de su propio grito. Este grito se alivia y se domestica a continuación gracias a la repetición poética. La repetición de los sonidos –según sus distintos tonos– es musical, poética, y mantiene una distancia antiincestuosa: crea esa distancia, la profundidad del espacio. Así, la poesía es una tentativa nostálgica de retorno conducida por el deseo incestuoso. Por consecuencia, este deseo hace nacer la angustia del padre primitivo que va a venir a castigar al niño que canta… o también al poeta. El espacio está habitado por el ojo de este padre que vigila y que va a castigar. Todo el espacio es una tierra de exilio bajo la mirada de Dios. Ninguna tierra prometida se le escapa. Es la culpabilidad que hace nacer a un padre primitivo que es el amo y maestro del espacio y del tiempo, el amo y maestro del porvenir, el amo y maestro de la transformación del grito en música, y después en significantes de intercambio. Es él, el padre del logos, el que cuenta el mito del origen y el que cuenta las cosas del universo.

    La poesía, y después la palabra, hacen nacer a un padre mítico: es un padre que, quizá más tarde, encarnará al padre del complejo de Edipo. Hay siempre un padre mítico en las psicosis. El padre que se encarna después en las neurosis es siempre dudoso. Pater semper incertus est, como decían los latinos. En esta escasa divergencia entre dos padres, se sostiene nuestra psicopatología. Cuando Khlebnikov tiene la ambición de convertirse en el inventor de las leyes del tiempo, se pone a competir con este padre mítico. Funda así la temporalidad, puesto que el tiempo humano es aquel de la redención, al igual que el asesinato de Chronos iniciaba la humanidad en la mitología griega. O también con la comunión del Cristo, en la cultura cristiana.

    Todos los seres que hablan son los niños de este padre primitivo, incluidos los psicóticos, y frente a este padre primitivo, tenemos varios destinos posibles. Por ejemplo, el presidente Schreber se convierte en la mujer de Dios. En cambio, Khlebnikov compite con el padre para ser el amo del logos y tomar su lugar. No es una paranoia, sino una psicosis megalómana. Su lucha comenzó inventando una lengua fundamental, tan universal como la primera lengua de los niños.

    Las premisas del zaoum aparecen en los años 1907-1910, cerca de la mitad de sus centenares de neologismos datan de esa época. Se trata para Khlebnikov de hacer estallar, cito, “el silencio de la lengua”, sus “capas sordas mudas”. Es una lengua de representaciones de cosas que están en equivalencia pulsional con los órganos del cuerpo. En efecto, entre el interior y el exterior del cuerpo es la misma pulsionalidad la que se exterioriza. Como lo escribió Jakobson con respecto a la poesía de Khlebnikov: “La palabra se considera como palabra, y no como simple sustituto del objeto nombrado”.

    Se trata de la lengua de órgano esquizofrénica descrita por Freud en su artículo sobre el inconsciente. Cuando habla, un neurótico se explica y pretende desculpabilizarse, de manera que las conjunciones de sus significantes reprimen los significados pulsionales. Al contrario, la lengua fundamental del zaoum intenta concluir una alianza entre las pulsiones del cuerpo y las pulsionalidad del mundo que está en las sensaciones del mundo. Esta alianza se hace a través del cuerpo de las frases. La identidad inminente y angustiante de las palabras con las cosas del mundo se rompe gracias a la creación de cada nuevo neologismo. Se trata de algo que está presente en la cultura desde siempre.La creación de tal lengua fundamental es un sueño recurrente desde el Crátilo de Platón. Esta simbiosis perfecta de la palabra, del cuerpo y de las cosas da prueba de la polisemia del significado. Es el resultado de un defecto del parricidio, ya que después del parricidio, el sujeto neurótico pretende justificarse formando frases para reprimir el significado. El parricidio es el punto de capitón de todas las palabras. Al contrario, la lengua fundamental, el zaoum, se constituye a partir de la pulsión del sujeto: la invención del zaoum produce un barramiento (barrage) de la lengua de su madre. Es lo que también mostraron, por ejemplo, las tentativas hechas por Wolfson en su libro El esquizofrénico y las lenguas. Del mismo modo, el Grundsprache de Schreber es una reacción contra la lengua materna. ¿Y eso, no es la misma cosa que lalengua de Lacan? Esta lengua está ritmada por la ida y vuelta de la pulsión y se expresa, antes que nada, poéticamente. Se ve aquí la diferencia entre el pensamiento analógico pulsional y la causalidad neurótica de la palabra. El simbólico de esta lengua, un simbólico de cifras, no tiene nada que ver con el simbólico de la palabra neurótica, que reprime lo pulsional. Es completamente diferente. Por eso se puede decir que los psicóticos son “hipersujetos”.

    Así, paradójicamente, el poeta se orienta hacia el futuro, repitiendo al mismo tiempo una lengua arcaica, empleando palabras antiguas, al igual que Schreber. Es necesario crear una lengua aún más originaria que la de la madre para dejar de ser su objeto en el futuro. Es un trabajo sobre la sonoridad musical, es decir, sobre el significado, cuyo sonido está en correspondencia con todas las conexiones pulsionales, en las palabras y las sensaciones. Es una lengua que se vincula en este sentido a la del sueño.

    Este cuerpo pulsional se encuentra bien adentro (en los órganos) como afuera (en las sensaciones). Podemos leer por ejemplo en el poema Ja i Rossija: “Y cada rascacielos es espejo de mi cabellera, a cada célula de la ciudad de mi cuerpo se suspenden tapices y telas carmesíes. Los ciudadanos y las ciudadanas del estado de mi yo se aglutinan en los miles de ventanas de mis puertas… Al privarme simplemente de mi camisa, he dado el sol al pueblo de mi yo. Me tumbaba al borde del mar, para conceder la libertad al pueblo, a las muchedumbres del bronceado”.

    Son imágenes, representaciones de cosas que no son significantes, ya que el significado se ha comido al significante: la palabra se hundió sobre la cosa en la lengua esquizofrénica. Esta cosa múltiple aparece sin la corteza semántica de las frases, como lo escribió el poeta Mandelstam con respecto a la poesía de Khlebnikov: “Una serie de formas transitorias que no tuvieron tiempo de cubrirse con la corteza semántica de la lengua”. Con su lengua fundamental, el zaoum, Khlebnikov invierte la dirección del deseo incestuoso. Reprime el movimiento que va de su madre hacia él y lo transforma en su contrario. Esta inversión define la verbocreación. Es un esfuerzo conciente y voluntario de creación, por ejemplo, gracias a una afluencia súbita de neologismos, gracias a palabras homófonas o similares, pero teniendo sentido diferente. La verbocreación devuelve el deseo maternal en deseo del sujeto. Y esto es lo que le hace trabajar todas las potencialidades lenguajeras posibles.

    ¿La invención de una lengua fundamental permite vencer al padre mítico? Desgraciadamente no, ya que el zaoum fracasa, tal como aparece con la fragmentación del cuerpo. La poesía de Khlebnikov es invadida por un cuerpo en putrefacción. Lo mismo sucede con Artaud. Es un cuerpo martirizado y que se dispersa por el cerebro, el ojo, los músculos, etc., la imagen del cadáver desmembrado vuelve a menudo, nuevamente, y hace pensar en la carroña de Schreber. El cuerpo se pudre al mismo tiempo que se disemina en la lengua fundamental y en el universo. Su propio cuerpo es ofrecido como comida. Khlebnikov escribe en 1920 en sus Cuadernos: “Alimentar todo el globo terráqueo con el pan del mismo nombre. El nombre de Khlebnikov”. Khlebnikov es sacrificado, entrega su nombre a la humanidad y sobre todo su cuerpo. Es Isaac potencialmente sacrificado por Abraham, Dioniso comido por los Titanes, Cristo crucificado por el silencio de Dios. La idea del sacrificio es el fundamento de la relación padre-hijo que pone de manifiesto, de esa manera, el misterio del deseo del padre. Khlebnikov da su cerebro a Rusia: “Mi gran cerebro divino, te lo entrego a ti, Rusia, sé yo, sé Khlebnikov”. (En Noticias del yo y el mundo). Este sacrificio está en su nombre mismo, pues khleb significa “pan” en ruso. Khlebnikov es el pan ofrecido con carácter de sacrificio. Este pan es idéntico al cuerpo del Cristo en la hostia. En el momento de su muerte, Khlebnikov quería que se le colocara muriéndose sobre dos tableros cruzados.

    Así, el zaoum reenvía al infinito las asociaciones de palabras y la idea del número aparece como la manera de estabilizar esta fuga verbal. Se ven bien ahora las tres capas de la obra de Khlebnikov: en primer lugar, la poesía; luego, la lengua fundamental; y por fin, el cifrado. Primero están apiladas unas sobre las otras, después se desencajan progresivamente hasta la apoteosis de la invención de la “ley del tiempo”. La obra de Khlebnikov es de verdad única: en primer lugar era un poeta, pero se ocultaba detrás del inventor de una lengua fundamental, y este último, por su parte, se disimulaba como un amo y maestro del número: poesía, teoría, cifrado en un orden que se desencajaba. Conduce a un combate in situ de la palabra, y como las palabras se insertan al infinito, inventa una lengua fundamental perfecta, después finalmente intenta dominarla por los cálculos. La búsqueda de las leyes del tiempo es la perspectiva final de su obra. Para él, es su manera de vencer al Urvater: este padre que atormenta al universo –lo real, si ustedes quieren– de manera proyectiva.

    Como los significantes se insertan ad infinitum, la búsqueda del ciframiento comienza. Durante uno de sus vagabundeos, en Bakú, él vive el mayor acontecimiento de su vida: descubre las leyes del tiempo: “Ahora es tan fácil prever los acontecimientos con solo contar hasta tres”. (1921). “A los marxistas les dije que yo era Marx al cuadrado y a los que prefieren a Mahoma, escribí la continuación del sermón de Mahoma, que se volvió mudo, reemplazando la palabra por el número. Titulé mi conferencia El Corán de los números”.

    El primer acontecimiento estrepitoso que pone a Khlebnikov sobre la vía de la búsqueda de las leyes del tiempo fue una manifestación de estudiantes en 1903, para protestar contra la muerte de uno de los suyos. Khlebnikov no retrocede cuando los militares cabalgan y se deja detener por la policía, diciendo: “Era necesario que alguien respondiese por eso”. Asimismo, en 1905, otro grave acontecimiento le impresiona mucho: la derrota naval de la flota rusa en Tsushima contra los japoneses. Escribió en 1922: “La primera decisión de buscar las leyes del tiempo me vino inmediatamente después de Tsushima, quería encontrar la justificación de esas muertes” en las tablas del destino. Busca simbolizar la muerte representada por estos acontecimientos. A falta de su propio gesto edípico, proyección real, parricida, Khlebnikov se expuso, en primer lugar, él mismo a la muerte. Es una muerte que exterioriza la muerte que lo amenaza en su misma relación con la propia palabra. En este sentido, la derrota de Tsushima se convierte en el plan proyectivo en lo “real” del fantasma parricida, que no fue simbolizado por él mismo. La invención de la ley de los números, lo científico, el cifrado, reemplaza el fantasma parricida. En la psicosis de Khlebnikov, la megalomanía pulveriza a un padre demasiado potente. Se trata de convertirse en el padre del logos, en lugar del padre primitivo, finalmente gracias a la ciencia. En el neurótico, al contrario, no se trata de reemplazar al padre, sino de matarlo, quedándose siempre un hijo culpable.

    ¿Cómo van a construirse las leyes del tiempo? Khlebnikov nota que se desarrollan períodos entre los diferentes acontecimientos históricos y establece así los “números principales”, con los cuales calcula las fechas de los acontecimientos futuros. Calcula estos “números principales” gracias a lo que él llama la ley de los columpios, que formaliza las regularidades según una alternancia de un acontecimiento y de un contra acontecimiento. Acontecimientos del mismo orden se repiten, por ejemplo: cada tres, ciento diecisiete años. Hay –escribe él– una “negación del destino en el tiempo, aunque ese destino se reconozca por la sabiduría popular de numerosos pueblos” (en La ley de las generaciones).

    Las leyes del tiempo se establecen gracias a la repetición de los acontecimientos. Escribe, por ejemplo en Las tablas del destino: “No inventé estas leyes, sino que tomé exactamente los valores vivos del tiempo, intentando desnudarlos completamente de las doctrinas existentes, y así observé según qué leyes estos valores se cambian uno en otro y hacen las ecuaciones, siempre apoyándome en la experiencia”. Khlebnikov encuentra así equivalencias entre los acontecimientos, pero también con el mundo de las sensaciones. Escribe en sus Cuadernos: “He aquí las ecuaciones que se igualan por su belleza a la vía láctea”. Y más lejos dice: “Y las estrellas son los números, y los destinos son los números, y las muertes son los números y los humores son los números. La cima de dios, la medida de dios, somos los medidores de dios –está escrito en el estandarte”. Khlebnikov escribe más adelante: “Pitágoras creía en la existencia independiente del número… [Pero] los números no son más que traducciones que reflejan solamente las relaciones entre las realidades y que no existen por fuera de estas realidades… Cuando descubro una regularidad de número, me acuerdo siempre que no puede pertenecer a números en sí. Esta es la razón por la que comienzo a buscar cuáles son las relaciones y los vínculos existentes realmente en el universo que le corresponde”.

    Khlebnikov anota las analogías que existen entre distintos órdenes de hechos, pero en realidad, es un acontecimiento traumático el que guía la invención del número, y el número está allí para encubrir el traumatismo. A partir de los traumatismos establece la periodización de los acontecimientos que le empujan a hacer sus cálculos, y esto corresponde a su relación con las palabras y las letras. Es el mismo proceso que el de contar lo más rápidamente posible para no pensar en la determinada cosa que traumatiza. Es lo que Khlebnikov llama la “ley de economía de tinta, de economía de la tinta parsimoniosa a la cual se añade la ley de los números mínimos”. Los números se utilizan para rechazar la dimensión traumática de un determinado acontecimiento, pero el traumatismo encubierto es el que realmente da su valor de verdad al número. Esta verdad es una certeza sin prueba. En la recopilación Bofetadas al gusto social, podemos encontrar una tabla de cataclismos con la cual Vélimir calcula las leyes del tiempo a partir de estas fechas, de lo que va a pasarle a la humanidad. De esta manera, se ata nuevamente a la repetición, como un poeta.

    Esta proyección en el futuro es, hasta cierto punto, lo contrario de la represión, que vuelve de nuevo del pasado. Además, la resonancia pulsional del traumatismo tiene un efecto sobre el propio cuerpo: “A veces comparo mentalmente los números que en la ecuación tienen un valor constante, a la estructura del cuerpo y las cantidades m y n de los músculos de la carne del tronco que ponen en movimiento a estos animales fantásticos” (en Las tablas del destino).

    Como ya señalé respecto a esta progresión, el zaoum, lalengua, el Grundsprache están habitados por un deslizamiento de equivalencias pulsionales en constante desplazamiento, no importa qué sensación es asociada inmediatamente a otra. El principio de identidad se asocia al infinito. Al contrario, las matemáticas instalan un contradelirio, ya que el significado no puede no deslizarse. El contradeliro matemático detiene el deslizamiento2 (si ya que por suerte, el contradelirio no es delirante también: es relativo, como decía Einstein). Khlebnikov anota en su Diario en 1920: “Solo el número. Las sensaciones de los significados de las palabras desaparecieron completamente. Los números solamente”. Hay una alternancia entre las fases depresivas –cuando las palabras de la lengua materna se encadenan, se insertan al infinito– y al contrario, el número que está del lado de la identificación con el padre del logos. Mientras descubre estas leyes, Khlebnikov escribe en sus Cuadernos: “Borracho de números. Las sensaciones de significación de las palabras desaparecieron completamente. Los números solamente”. Las cifras dan el sentimiento maníaco de curación, una vez cumplida la identificación con el padre del logos.

    Durante toda su vida, Khlebnikov alterna los períodos de palabras –en que se agota y se deprime– y períodos del número, donde está en plena excitación en un estado maníaco. Las palabras se vuelan al infinito. Las cifras limitan un eterno presente. Los números son el esqueleto de la dispersión del cuerpo en la lengua y el universo. En el texto Las tablas del destino, Khlebnikov escribe: “Se ve claramente traslucir el esqueleto de los números a través de la carne del universo”. El zaoum no tiene la estabilidad de la cifra. Se encuentran estas dos vertientes en Khlebnikov: la escritura se desencaja del zaoum, como última tentativa de estabilización. El delirio del resbalón de las palabras llama al mismo tiempo al contradelirio calculado. Es en este orden: la poesía, luego el zaoum, luego el número. Se pueden ver tres escrituras sucesivas, cada vez más visuales, cada vez más mudas.

    En esta relación de la palabra y la cifra, para él, al igual que para otros psicóticos, su obra está dispuesta según una bifase. Se puede verificar en varios científicos y poetas, que han rivalizado y vencieron al Urvater. Su obra incluye a la vez una cara delirante del significante y una cara calculada, a menudo genial. El caso más evidente es el de Cantor, por ejemplo, o entre nuestros contemporáneos el de Penrose, donde se encuentra, por un lado, una obra delirante y por otro, una obra contradelirante, matematizada y genial.

    El cálculo de las relaciones matemáticas tapa completamente el género en general. La cifra no tiene sexo, contrariamente al significante. ¿Por qué decimos “el” sol? ¿O bien “la” luna? Todo lo que nombramos tiene un género, ya que nos proyectamos en todo lo que vemos. Contar es una ducha fría: hacer una operación calculada es desexualizar al mundo, retirarle su género. ¡No hay relación sexual en el mundo de las matemáticas… es un alivio! Un obsesivo que piensa con angustia en una mujer puede ponerse a contar a toda velocidad.

    La ciencia no se interesa más que en las cifras de la repetición: es una chica que reniega de la poesía, cuenta a toda velocidad también, lo más rápidamente que puede. La huida de la angustia del incesto comienza cuando en la noche, un niño cuenta las ovejas, por ejemplo. El número arregla su cuenta del grito. En esta relación del grito y la cifra, Khlebnikov compara sus escritos aritmológicos con la “glossolalia”, que es una manera de hablar con gritos de los primeros cristianos. Khlebnikov, por su parte, pretende hablar un “discurso en número”, que es una práctica sobre todo cristiana: “El propio sistema de mundo se canta (él mismo) en un más allá de la lengua, la lengua de los números”.
    (en Noticias del yo y el mundo).

     

  • El prójimo, la angustia y lo siniestro

    La economía del goce sí que es algo que no tenemos, así como así, al alcance de la mano. A partir del discurso analítico se vislumbra que acaso tengamos alguna probabilidad de encontrar algo al respecto, de cuando en cuando, por vías esencialmente contingentes.

    Jacques Lacan

    Entoncesformulélas bases de una teoría más complicada y más dudosa; los blancos querían estar morenos y aprender a bailar como los negros; los negros querían aclararse la piel y desrizarse el pelo. Toda la humanidad tendía instintivamente al mestizaje, a la indiferenciación generalizada; y lo hacía, en primer lugar, a través de ese medio elemental que era la sexualidad. El único que había llevado el proceso a su término era Michael Jackson: ya no era ni negro ni blanco, ni joven ni viejo; en un sentido, ni siquiera era ya ni hombre ni mujer.

    Michel Houellebecq

     

    En su novela Plataforma, Michel Houellebecq explora el tema del “turismo sexual” en países “exóticos”, es decir, un turismo por un otro distinto, por un prójimo extraño, fuente de placer o también de angustia. Es que nos atrae la diferencia, pero claro que también nos angustia, y por eso mismo, el atractivo de la diferencia nos lleva muchas veces, paradojalmente, a indiferenciarnos. Y así ahogamos lo perturbador del prójimo en la invisibilidad del semejante.

    En esta novela de Houellebecq sucede que, en un estudio de mercado encargado por una cadena hotelera, un “sociólogo del comportamiento” cita un artículo periodístico en una reunión de directorio de una empresa turística: “En el año 2000, nos interrogamos sobre un turismo respetuoso con el prójimo. A los que disponemos de recursos nos gustaría viajar, no solo por un placer egoísta, sino para atestiguar cierta forma de solidaridad”.

    Evidentemente, si puede haber un “turismo respetuoso” y solidario, el turismo no lo es. “Ética, realización individual, solidaridad, pasión, según él (el «sociólogo del com- portamiento»), esas eran las palabras clave. En este nuevo contexto, no era de extra- ñar que el (viejo) sistema de club de vacaciones, basado en un egoísmo encerrado en sí mismo y en la uniformización de las necesidades y los deseos, tuviera dificultades recu-

    rrentes. La época de los bronceados se había acabado…”.

    El racismo se asienta muchas veces en las diferencias visibles con el semejante, pero su verdadero sostén es la extrañeza radical, y radicalmente rechazada, frente al próji- mo, al que el mandamiento ordena amar porque todo lleva a odiarlo.

    “En la época en que los blancos se consideraban superiores, el racismo no era peligroso. Para los colonos, los misioneros y los profesores laicos del siglo diecinueve, el negro era un animal no demasiado malo, con costumbres entretenidas, una especie de mono un poco más evolucionado. En el peor de los casos lo consideraban una provechosa bestia de carga, capaz de llevar a cabo tareas complejas; en el mejor, un alma za- fia, poco pulida, pero capaz de elevarse hasta Dios, o hasta la razón occidental, mediante la educación. De todos modos veían en él a un «hermano inferior», y no sentimos odio por un inferior, todo lo más una bondad despreciativa. Ese racismo benévolo, casi humanista, ha desaparecido por completo. Desde el momento en que los blan- cos empezaron a considerar a los negros sus iguales, estaba claro que tarde o temprano los considerarían superiores. La noción de igualdad no tiene el menor fundamento en el ser humano. Y cuando los blancos se creen inferiores, todo está dispuesto para la aparición de un nuevo racismo, basado en el masoquismo: históricamente, son es- tas condiciones las que han llevado a la violencia, a la guerra interracial y a la masacre. Por ejemplo, todos los antisemitas están de acuerdo en conceder a los judíos cierto tipo de superioridad: al leer los escritos antisemitas de la época, lo que más llama la atención es el hecho de que se considera al judío más inteligente, más astuto, con cualidades especiales para las finanzas y, encima, para la solidaridad comunitaria. Resultado: seis millones de muertos”.

    Como dice Lacan en la Proposición…, como consecuencia de la universalización del sujeto de la ciencia se produce “el ascenso de un mundo organizado sobre todas las formas de segregación”. Entonces, superiores o inferiores, nunca iguales.

    La segregación que nos constituye, ¿es fuente o consecuencia de la angustia? La angustia es una pregunta sin respuesta que segrega la invención continua de miles de res- puestas. Esa pregunta, que es por el deseo, se sostiene frente al otro que está en el “otro” y que también está en el “yo”, y la falta radical de respuesta es consecuencia de la in- compatibilidad del deseo con la palabra. Esa pregunta por el deseo del Otro, por el de- seo en el lugar de la palabra, es la que escribe el grafo del deseo.

    En el lugar del Otro encontramos dos cosas incompatibles que pasamos la vida in- tentando compatibilizar: el deseo y la palabra.

    ¿Qué relación guarda lo siniestro con el ataque de pánico? En el ataque de pánico, lo real de un agujero y el vértigo de la inexistencia, la Hilflosigkeit, el desamparo, parecen invadir y avasallar al sujeto. Mientras que en el ataque de ira se trata más bien de lo contrario, de un deseo de venganza donde el sujeto parece querer avasallar por la fuerza a lo real e imponérsele sin miramientos.

    En el ataque de pánico parece faltar el objeto fóbico que, en todo caso, es el propio cuerpo, frente al cual, el médico, al que siempre se acude, vendría a ser el objeto con- trafóbico.

    Podríamos decir que un ataque de angustia “se sabe” tal y se sostiene en la incertidumbre de sus causas, mientras que un ataque de pánico le arranca a la angustia la certeza –delirante– de una muerte inminente, se franquea un límite y el sujeto “se cree”, casi alucinatoriamente, al borde de una muerte inmediata que se avecina inexorable- mente. Lo cual, por supuesto, tiene mucho de cierto, pero en general, todavía tiene que esperar. La presencia del objeto borra el tiempo que habrá que esperar.

    En una película de Woody Allen, Whatever works, el personaje se despierta de madrugada con un ataque de pánico, y se levanta al grito de:

    ¡Me voy a morir! ¡Me muero!

    ¿Llamo a una ambulancia? –pregunta la mujer, asustada.

    ¡No! ¡No ahora, no esta noche! ¡Eventualmente!

    ¡Pero todo el mundo se muere!

    ¡Es inaceptable!

    La angustia es la sensación del deseo del Otro, la traducción subjetiva de la presencia del objeto. Significa que no hay angustia sin deseo, que la angustia es una relación con el deseo, a veces la única que se logra tener, por eso preservamos tanto la dimensión de la angustia, porque aunque sea pendiendo de un hilo, mantiene nuestra relación con el deseo.

    Esa relación con el deseo que preserva la angustia es “la seguridad de la angustia”, título bajo el cual trabajamos hace unos años en un seminario de la FCL. Lo que falta en el ataque de pánico es ese costado de seguridad que ofrece la angustia. La seguridad de la angustia es la incertidumbre de su causa.

    Lacan ubica la angustia entre el goce y el deseo. La angustia tiene entonces una cara que da al goce y una cara que da al deseo, hay angustia si no hay deseo y hay angustia si hay deseo, pero ¿es lo mismo?

    El ataque de pánico parece tener que ver más con la “reacción catastrófica”, que no es la angustia ni tampoco la crisis histérica, y la reacción catastrófica en sí misma pa- rece más bien ubicarse –en el cuadro que presenta Lacan– en el lugar de la emoción (o conmoción, como prefería traducir Ricardo Rodríguez Ponte el término francés émotion, con lo cual coincido porque la conmoción es una emoción sobresaltada y se refiere etimológicamente al movimiento).

    La angustia no es la reacción catastrófica, no es conmoción, la angustia es un afecto y como tal no se reprime, en todo caso se desplaza, se elabora, se metaboliza, porque lo reprimido son los significantes que la mantienen más o menos amarrada. Podemos decir que es el afecto, mientras que lo que llamamos el conjunto de “los afectos” vendrían a ser metabolizaciones significantes, discursivas, de ese afecto, de esa afección primaria –efecto de la palabra– que es la angustia.

    La angustia es producto de la incompatibilidad del deseo con la palabra, y esa in- compatibilidad se escribe: objeto a.

    Lacan dice que es un afecto y en el cuadro en el que escalona los términos del trabajo de Freud: inhibición, síntoma y angustia, la rodea con términos que no designan propiamente ni afectos ni pasiones, sino estados intermedios que el sujeto sufre en relación con el deseo, como objeto de un deseo del que procura hacerse sujeto.

    La referencia a la reacción catastrófica es la cólera o la ira, pero el ataque de ira se produce cuando lo que ciertamente debería funcionar de un modo determinado, no funciona, y especialmente cuando es por poquito que no funciona, cuando el error o la falla se hacen notar mucho más por ser mínimos, pero irreparables, sin vuelta atrás: casi funciona.

    La angustia se enlaza con lo extraño y lo siniestro. Y si hay algo propiamente siniestro, propio del inconsciente, es su no sometimiento al principio de contradicción, lo cual nos hace equivocar entre las cosas y el sentido de las cosas. ¿Por qué esto sería siniestro? Que no reine el principio de contradicción permite la coincidencia espacio- temporal de términos contradictorios, como por ejemplo, familiar y extraño, que sien- do términos que deberían permanecer en planos opuestos, sin embargo, la topología del sujeto los ubica en la continuidad de una banda de möebius.

    La angustia se produce frente a lo real de la dispersión del sentido, y si toda angustia es angustia de castración, es porque la castración es la barradura del signo. Es por eso mismo que el neurótico quiere hacer signo de su castración, y esa es su proeza, porque hacer signo de la castración es hacer signo justamente de lo que barra al signo.

    El término alemán un-heimlich, que designa lo siniestro, es la negación de lo familiar, es lo no familiar, lo a-familiar, lo que, en términos de Freud, nos fue familiar y por la represión se nos volvió ajeno y extraño. La represión y la negación como función im- ponen el principio de contradicción –una cosa no es la otra–, un distingo simbólico que nos libera de los nombres indistintos. La distinción simbólica hace a la memoria, mientras que la indistinción de lo real hace al olvido.

    Lo siniestro se produce cuando eso que no debería verse se ve, se hace ver. ¿No es lo que ocurre con l’une-bévue, la una-equivocación, la metida de pata con la que Lacan traduce el Unbewusste freudiano? La metida de pata no es una equivocación cualquiera, es la que justamente no había que cometer. ¿Y qué es lo angustiante que hace vislumbrar? Que la equivocación no es un “error”, que no es contingente, que es de estructura, que falla y equivoca. Esa falla puede ser divertida –cuando nos libera de las cadenas del sentido–, o siniestra y angustiante cuando nos hace chocar, traumáticamente, con la fuga del sentido, y nos hace recordar que no somos dueños de lo que decimos, aun- que debamos responder por eso.

    El lugar de la angustia es el mismo que el del fantasma en el grafo del deseo. Si el fantasma funciona y sostiene el sentido del deseo, vela la angustia, y si falla, aparece la angustia. En el fantasma se trata de la relación con el otro con el cual pretendo descubrir cuál es mi deseo, cuál es el objeto de mi deseo. El ejemplo clásico de dos niños entrando a una habitación llena de juguetes es bastante gráfico: basta que uno elija un juguete para que el otro quiera ese mismo juguete. Ello muestra que el objeto del deseo es el supuesto objeto del deseo del otro, uno se sirve del otro para “encontrar” el objeto de su deseo.

    Entonces, este objeto tiene la singularidad de tener esta relación de estructura con el otro especular y con lo que de este se oculta en el espejo. Para ubicar este raro objeto no especultar, Lacan, siguiendo a Lévi-Strauss, distingue tres tiempos lógicos de la razón. Un primer tiempo que viene de constatar que “Hay el mundo”, el cual concierne a la razón analítica, es el tiempo de la objetividad, de las teorías del conocimiento que oponen sujeto y objeto. Un segundo tiempo, que es el de la razón dialéctica, en el que se trata de montar ese mundo en la escena simbólica, bajo las leyes del significante y de la puesta en escena. El mundo sube a la escena y a lo largo de la historia deja residuos que hacen a la cultura como acumulación de restos que se significan unos a otros. La historia es el imperio de la razón dialéctica, es la progresiva civilización del goce, y la cultura es la compensación necesaria de la infelicidad que conlleva.

    Y Lacan, en nombre del psicoanálisis, introduce un tercer tiempo, que aparece en Hamlet, para destacar la función de la escena sobre la escena, que no es otra cosa que la función del otro en el fantasma, donde se trata de la razón psicoanalítica. En esta escena sobre la escena, articulada en la transferencia, se trata del objeto que nos interesa a nosotros, los analistas, el objeto a.

    El fantasma es el sostén del deseo, del mismo modo que la imagen especular es el sostén del yo (moi). Ahora bien, ¿por qué el deseo necesitaría sostén si no fuera por- que por sí mismo no se sostiene? ¿Por qué necesita el sostén de la escena sobre la escena? El fantasma es la escena sobre la escena, la que, a la manera de Hamlet, montamos en cualquier escena en la que nos encontremos, resignificándola a partir del fantasma, a fin de orientarnos para poder ubicar y sostener el deseo en la escena.

    Entonces, la escena sobre la escena concierne al estatuto del objeto como objeto causa del deseo, como su soporte. No hay objeto del deseo sin el otro, sin la imagen especular, i(a), con la que me identifico en la rivalidad. Y hay algo más, que es fundamental, y es que no hay objeto del deseo sin la identificación con el objeto caído del deseo del Otro. Es decir, sin el duelo por haberlo sido. No hay objeto del deseo sin la identificación con el objeto, con el a, y el duelo por el falo que implica esa identificación.

    En relación con el estadio del espejo, se inviste la imagen especular hasta cierto lí- mite que me permita todavía decir del otro: “Es igual a mí”, sin que por supuesto lo sea del todo, porque el hecho de que yo pueda decirlo significa que todavía soy otro, que todavía hay un resto, una diferencia que falsea esa pretendida igualdad, y esa diferencia me permite hablar. Uno cobra conciencia de sí mismo en su relación con el prójimo, por eso la relación con el prójimo es necesaria, pero también por eso es insoportable.

    Dice un personaje de Houllebecq: “La noción de igualdad no tiene el menor fundamento en el ser humano”. Y al mismo tiempo, dice más adelante: “Es falso que los seres humanos sean únicos, que lleven dentro de sí una singularidad irremplazable; en lo que me concierne, no percibo la menor huella de tal singularidad. Lo más normal es que uno se agote en vano intentando distinguir destinos individuales, caracteres. La idea de la unicidad de la persona solo es un pomposo absurdo. Schopenhauer escribió en alguna parte que uno se acuerda de su propia vida un poco más que de una novela que haya leído. Sí, eso es: solamente un poco más”.

    No somos iguales, la única igualdad es que somos diferentes, pero no únicos. El (- φ) es el heim del un-heim, el lugar del resto a-familiar, la casa del hombre está en ese punto de falta del Otro y representa la ausencia, la soledad en la que nos encontramos.

    La operación del analista es un “truco eficaz” para restituir la dimensión esencial del deseo que hace a la existencia del sujeto.

    Para Freud, el tope, la roca viva con la que choca el análisis del neurótico es la angustia de castración, pero para Lacan el análisis empieza ahí, donde, de alguna manera, para Freud termina. ¿Por qué? Porque en ese tope del análisis para el neurótico se trata de la castración imaginaria, y no es ningún tope, o si lo es, lo es porque el neurótico hace de su castración lo que le falta al Otro, hace de su castración la garantía de la función del Otro: el Otro funciona porque yo no. La castración es una dialéctica de la falta. En Pulsiones y destinos de pulsión Freud se ve precisado de hablar del amor y el odio como pulsiones, al mismo tiempo que afirma sin duda que no lo son. Lo hace por una necesidad de discurso, porque el amor y el odio implican al otro que pone en juego la demanda pulsional, el otro como prójimo y como semejante. El complejo de Edipo le da cuerpo, carne, tripa causal al complejo de castración; articula el cuerpo fragmenta- do de la pulsión con el cuerpo unificado de la identificación –producto del estadio del espejo y del complejo de Edipo. Sin esa articulación, el complejo de castración no pue-

    de realizarse como subjetivación.

    El neurótico hace de su castración el signo del goce del Otro, consagra su castración como signo a la garantía del Otro, de su existencia, y si ahí se detuviera el análisis, se detendría donde justamente debería empezar. Ahora, esos momentos de detención necesariamente existen, ¿por qué? Porque al fin de cuentas, como está en Freud y como explicita Lacan: la castración no es otra cosa que el momento de la interpretación de la castración.

    ¿En qué lugar se sostiene el analista? En un lugar donde puede sostener la función de la espera, la Erwartung, a partir de lo cual podrá hacer pasar al analizante de la Hilflosigkeit a una Erwartung, pasar del desamparo radical a la espera expectante de un de- seo. Pero esa espera no está sostenida desde un ideal, no es una espera destinada a satisfacer al ideal: el analista debe ausentarse de todo ideal de analista.

    “No hay objeto que valga más que otro” –es el duelo alrededor del cual se centra y se sostiene el deseo del analista.

  • Algunas disquisiciones sobre lo siniestro

    Dobles

    Sombra, persecución culposa, superego policial, el doble se conoce siempre por un defecto físico. Todos los dobles de la literatura tienen una malformación. Arrastran los pies (como Hyde en El extraordinario caso del Dr. Jekyll & Mr. Hyde), son monstruosos (como Frankenstein o Alien), dañinos (como la Virgen de Hierro en La Condesa Sangrienta), están supuestamente muertos (como Lady Madeline en La caída de la casa Usher), han sido embalsamados (como Mrs. Bates en Psycho), o tienen, como en el caso de William Wilson, de Edgar Allan Poe, una vocecita repugnante.

    Postulan, en otras palabras, que en todo aquello que se expone a la contemplación, late siempre, como contracara, una doble herida: la grieta de la precariedad y la gangrena obscena del deseo. Todas las creaciones humanas son, en este sentido, señuelos: en su obsesión monotemática, no hacen más que apuntar a la compleja relación entre arte y vida, realidad y representación. Algo se desgaja del creador cuando este concibe su obra y la realiza. Lo que se desgaja es una experiencia, en toda su maravilla y su dolor. Detrás de cada cosa exquisita, escribió Oscar Wilde, hay algo trágico. Habría que agregar: entre el modelo, la estatua y el cadáver, la belleza, a veces, se digna a hablar.

    Hoffmann, E.T.A.

    Nadie que haya leído alguna vez El hombre de arena podrá olvidar con facilidad a ese Monumento a la Indiferencia que es la muñeca Olympia. Obsesionado desde la infancia por el Hombre de Arena, que arranca los ojos a los chicos malos, el joven protagonista Nathaniel, como es previsible, consigue dejar de ver, y así queda prendado de la hermosura parca de Olympia, desmoronándose en la ruina. “Nunca había tenido una oyente tan magnífica”, dice el joven, y enseguida: “Solo en el amor de Olympia puedo encontrarme a mí mismo”. (Las dos frases revelan una amatoria falsa: Nathaniel, en realidad, no puede amarse a sí mismo y por ende, no puede amar).

    Olympia ha tenido varios nombres a lo largo de la historia. Coppélia es uno de ellos. También muñeca, también a su modo femme fatale, Coppélia es la rival de Swanilda en
    el ballet que coreografió, sobre música de Léo Delibes, Arthur St. Leon, el marido de la famosa ballerina napolitana Fanny Cerrito.
    Otro de sus avatares aparece en el animé japonés Noir, incansable fresco de violencia exclusivamente femenina, cuyo tema musical contiene la frase: People are dolls tired of dancing.
    De E.T.A.Hoffman es también El reflejo perdido, ese relato inspirado en La maravillosa historia de Peter Schlemihl, de Adelbert von Chamisso, que Stellan Rye y Paul Wegener
    llevaron al cine en 1913 bajo el título El estudiante de Praga. El pacto fáustico, que el estudiante Baldiun, en su pobreza ambiciosa, firma con el financista Scapinelli, desata un drama que toca todas las cuerdas del tema del doble. La escena en que Scapinelli sale del cuarto, llevándose consigo el reflejo del estudiante, figura entre las más bellas de la escenografía negra.
    A Hoffmann le gustaban mucho los juguetes y los autómatas. Máximo Gorki le reprochó que “jugara a las muñecas con los frutos de su imaginación”.

    Retratos y otras petrificaciones

    De todos los retratos “infames” registrados por la literatura, los más famosos son: El retrato oval, de Edgar Allan Poe, Obra de arte desconocida, de Balzac, El retrato de Dorian
    Gray, de Oscar Wilde, y el que figura en La corte de Artús, de E.T.A. Hoffmann. Los cuatro tienen un punto en común: giran, como por hechizo, en torno a eso que “sepultan”
    las obras de arte y, de paso, postulan una relación onerosa, incluso imposible, entre arte y vida.
    No importa quién medra a expensas de qué, quién cede sus derechos o los pierde en la “transfusión”. Lo cierto es alguien languidece, se pierde irremisiblemente en el pasaje
    entre ambos reinos, como la esposa-modelo del pintor de Poe, súbitamente muerta en la “realidad” y radiante en el cuadro que la “vampiriza”.
    Hace falta mucho talento para pintar un vacío, dijo Balzac. Su pintor Frenhofer lo sabe bien. El retrato de la mujer amada, que prepara hace años en su atelier secreto, es
    un objeto imposible. (Cuando al final lo muestre a sus amigos, estos solo percibirán un caos de colores). No se trata, sin embargo –o no tan solo–, de los descarríos de una imaginación.
    Algo más serio ha tenido lugar: una percepción tan densa, tan pegada a sus deseos menos lícitos, que se ha vuelto clara, intolerablemente clara, como una imagen
    presa de la visión.
    A la tela manchada de Frenhofer, E.T.A. Hoffmann opone una tela blanca. Su pintor Berklinger pasa las horas en trance, sin tocar un pincel, hipnotizado por algo que solamente
    él ve. O, lo que es igual, pinta sin necesidad de pintar. Mi cuadro, dice, no se propone significar sino ser. De ahí que, en su tela virgen (espiritualizada), se yerga un vacío,
    una suerte de “paraíso recobrado” sin sostén material.
    Opuestos en apariencia, ambos relatos sugieren que al buscar, no ya una figuración de la vida sino la vida misma, el arte tropieza con un escollo insalvable. También Dorian Gray encarna –literalmente– esa pugna, aunque los signos estén invertidos. Al esconder el retrato-identikit y postularse él mismo como arte vivo, logra postergar, por un tiempo al menos, el exterminio de sí. Cuando por fin hunda el puñal en el corazón del cuadro, lo real (la muerte) volverá a pertenecerle por completo y el retrato, más estilizado y fosilizado que nunca, lo mirará intocado desde su disidencia.
    La creación no es un destino envidiable. Hay que avanzar a ciegas, sin poder recuperar (o retener) el cuerpo, salvo como alien o muerto que retorna. Lo mejor que puede ocurrir es que, en la atmósfera negra del taller –en la blancura agobiante de la página–, aparezca un indicio, un fragmento de ruina, un poema incivilizado, un cuadro disoluto o desierto.

    Kokoshka, Oskar

    Resentido con Alma Mahler, que lo dejó por otro mientras él peleaba en la Primera Guerra, decidió reemplazarla por una muñeca. Encargó entonces a Hermine Moos, una artista suiza del grupo Dadá, que le fabricara, in absentia, una réplica exacta de Alma en tamaño natural –incluidas las parties honteuses. Él mismo supervisó la construcción de la muñeca-fetiche (como la llamaba en sus cartas), durante nueve meses, y después, aunque insatisfecho por supuesto con los resultados, contrató una mucama para atenderla.
    Increíblemente, Kokoshka no fue el único en permitirse esta extravagancia. Aunque la historia no ha sido comprobada, se cuenta que Descartes, desolado por la muerte de su hija ilegítima Francine, de apenas cinco años, se hizo construir una autómata idéntica a la niña, con la cual dormía, estudiaba, se iba de viaje. (Al parecer, la muñeca fue descubierta y arrojada al mar por el horrorizado capitán de un barco que lo trasladaba a Holanda).
    Mucho más tarde, en otro continente, el norteamericano Lester Gaba se sumó a la lista. Oriundo de Missouri, diseñador de maniquíes para la tienda neoyorquina Saks Fifth Avenue en la década del ’40, se enamoró al parecer de una de sus creaciones, un personaje de vidrio llamado Cynthia, a quien llevaba a cenar al Stork Club, adornada por las joyas que le regalaban a diario Cartier y Tiffany. También lo imitó en Buenos Aires el español Ramón Gómez de la Serna, famoso autor de las Greguerías, que vivió en secreto, durante años, con una muñeca de cera.
    Tres cuadros de Kokoshka, Mujer de azul (1919), Pintor con muñeca (1920) y Ante el caballete (1922), confirman la vida de la “muñeca infame”. Acabó decapitándola en su atelier de Dresden durante una fiesta orgiástica.

    Plan de evasión

    Adolfo Bioy Casares dedicó esta cárcel metafísica a Silvina Ocampo. De esta novela epistolar y paranoica, que antecede en cinco años a La invención de Morel, me interesan, sobre todo, dos detalles: la presencia de Irene, amada elusiva y sin voz, que anticipa a Faustine, y los cuadros vivos que interpretan, en las celdas, los presos “manipulados” por el narrador-inventor Castel.
    Mucho se podría decir de los ecos de Locus Solus en este relato (la semejanza de nombres entre Castel y Canterel no es, siquiera, el más obvio). También de la isla, cuyos puntos en común con la de Morel son virtualmente incontables. Estamos aquí en el archipiélago de las “Islas de la Salvación”, cuyas construcciones incluyen el faro, el hospital, el galpón y un “castillo” con dos pabellones, uno para condenados a reclusión solitaria y otro para locos.
    Algo, de pronto, deja de parecerse a la realidad. Tal vez sea el calor, el embotamiento que producen la insolación y los insectos. Lo cierto es que Castel se vuelve sutilmente siniestro. “Yo creo en la reforma del individuo”, dice, y enseguida, como los idealistas de Tlön: “Nuestro mundo es una síntesis que dan los sentidos. Si cambiaran los sentidos, cambiaría la imagen. Con solo alterar la graduación de nuestros sentidos, leeremos otra palabra en ese alfabeto natural”. Ya no sabemos si estamos ante un sabio o un monstruo, un misántropo o un santo.
    Los mundos de Morel y de Castel, escribió Alberto Manguel, son bifurcaciones de un solo tronco. Yo agregaría que ambos señalan, también, la mueca horrenda que, tarde o temprano, suelen adquirir las utopías humanas.

    Infantas mecánicas: las muñecas de Hans Bellmer

    Arquitecto, pintor y dibujante alemán, discípulo de George Grosz, del que heredó la consigna: “Ataca, insulta y maltrata a la sociedad”, y marido de la poeta Unika Zürn, con quien compartió un mundo más vinculado al exceso que a la mutilación, Hans Bellmer es conocido, ante todo, por sus muñecas descuajeringadas.
    Su obra, que podría englobarse bajo el único título de Die Puppe: los crímenes del amor o Petite anatomie de l’inconscient, forma parte, desde siempre, del panteón surrealista. Una noche de 1933, tras haber sido acusado de artista “degenerado” por el Tercer Reich, salió de Berlín con un maniquí de escaparate, técnicamente muy mejorado. Durante los cuarenta y dos años que siguieron, la muñeca no lo dejó jamás. Él, por su parte, no cesó de exacerbar, con la fe de un obsesivo, su propio amour fou. De ese idilio maquínico, que fue también un largo y metódico juego, subsisten hoy infinitas pruebas. La infatigable lucha contra la forma –para obligarla, quizá, a revelar un inconsciente corporal– se vuelve, en él, un estilo: la firma oscura de un artista del miedo.
    “He tratado, tan solo, de recomponer los elementos sexuales de un cuerpo de niña como si fuera una suerte de anagrama plástico”, dijo en una entrevista. Dijo bien: en su obra, todo apunta al tabú, al simulacro, al fetiche. La muñeca se vuelve objeto mágico, herida sin cuerpo, espectro ontológico que fomenta la angustia. En otras palabras, la muñeca se acerca temerariamente al “monstruo”, entendido este como cuerpo in extremis, como despojo librado a su intemperie más cruda, una vez que el terror, que siempre es interior, se apodera de la escena.
    Bellmer ilustró El teatro de las marionetas de Kleist, y también los catorce poemas de Paul Éluard, titulados Jeux Vagues-La Poupée. Los artistas contemporáneos Cindy Sherman, Ellen Phelan, Michel Nedjar, Mike Kelley o Annette Messager, retoman la fascinación con la muñeca allí donde Bellmer la dejó.

    Fotografías

    En La escritura de la luz, Baudrillard sostiene que el acto fotográfico es un duelo: una especie de asesinato simbólico tiene lugar cuando el sujeto “dispara” la foto, y el objeto, al ser captado por la lente, deja de ser parte integrante del mundo para volverse un “monumento”. El objeto era y ya no es, dice el filósofo. Y, sin embargo, esa cancelación es engañosa porque, en verdad, el objeto se resiste a mudar en imagen y usa su propia “monumentalización” para expulsar al sujeto y vengarse de él, dejándolo afuera de su propia creación.
    Sobre este tironeo un poco paranoico, escribió también Julio Cortázar. Las fotos aparecen en sus cuentos como fósiles que el artista recoge de la nada o, quizá, de recuerdos extraviados en su propia psiquis. A veces, incluso, las dota de poderes premonitorios, como en el caso aterrador de Apocalipsis en Solentiname. En cuanto a Las babas del diablo, leer allí una intriga alrededor de un fotógrafo y una foto indecente es, cuanto menos, avaro. Lo que interesa en el relato tiene que ver con la traducción o, mejor dicho, con su imposibilidad, dado que ninguno de los instrumentos que posee el protagonista (ni la cámara ni la máquina de escribir, ni siquiera el naked eye) le alcanzan para “morder” la realidad y, lo que es peor, para liberarlo de la prisión ontológica de un yo que, cada vez que se empeña en salir de sí, acaba ejerciendo una violencia sobre el mundo. Parado ante la foto que ha sacado, digamos, comienza por evaluar el cúmulo
    de falsificaciones y malentendidos que esta instaura, y acaba por comprender que la “réplica” no existe, a menos que llamemos réplica al pasaje de un mundo que se mueve a una imagen paralítica. El descubrimiento tiene consecuencias: al concentrar su crítica sobre la fotografía –supuestamente la más “fidedigna” de todas las artes–, Cortázar objeta, a fortiori, al “realismo” literario y refuta para siempre la categoría de mímesis.
    Blow-up, expresión en inglés con que se tradujo Las babas del diablo, es un término técnico de la fotografía que significa ampliar, pero también hacer volar por el aire, hacer añicos a causa de una explosión. Una explosión ocurre aquí, no hay dudas, y es epistemológica. Contra el ataúd de la cámara y la caja negra de la literatura, Cortázar postula una estética a favor de la incerteza; contra la política de la representación, una reflexión sobre su instrumento; contra el tedioso realismo, el desbarajuste, feliz y agudísimo, del fantástico.

    Cine

    En su libro Public intimacy, la italiana Giuliana Bruno describió al cine de varios modos. Lo llamó archivo nómade de imágenes, viaje arquitectónico, paisaje cultural del inconsciente, excusa para la topofilia y también visión peripatética. En todas sus definiciones, como se ve, movimiento y figura son claves. Walter Benjamin había señalado ya la semejanza entre cirujano y cameraman, recordando que en un film se “cortan” cuerpos en el espacio, se editan y manipulan anatomías de lo visible.
    Al cine lo preceden muchos “espacios para ver”: los gabinetes de curiosidades, los museos de cera, los tableaux vivants, los teatros mnemónicos, las vidrieras, las vistas panorámicas, los peep-holes, las caminatas urbanas (flâneries, sightseeing tours), los museos y, en general, todo espacio donde el espectador puede volverse, literalmente, un consumidor de imágenes.
    También lo precede, de un modo sesgado, el pabellón, ese puente entre la ciudad y el jardín, concebido como salón de fiestas a fines del siglo XIX y generalmente erguido en parques públicos, donde la percepción podía volverse –como la modernidad misma– astillada y móvil. Como el pabellón, la sala de cine estrenó cierto tipo de geografía, hasta entonces, inédita: en su espacio, un afuera podía volverse interior mientras un interior era proyectado afuera.
    No me parece descabellado agregar que el cine comparte rasgos con el autómata. Puede que sea, incluso, el autómata paradigmático de la era de la reproducción mecánica. ¿No hay en él, acaso, un proceso de embalsamamiento, de momificación de la vida? ¿No está hecho de fragmentos pegados en una tira de celuloide? ¿No son sus personajes como androides que vuelven una y otra vez, al estilo de El espectro de Quiroga, a cruzar la frontera del tiempo para activar nuestros reflejos sensuales?
    La primera sala de cine fue la Sala Iride y se inauguró en Nápoles en 1899.


    Estos textos fueron reunidos y publicados luego en el libro Pequeño mundo ilustrado, Editorial Caja Negra, Buenos Aires, 2013.

  • El espejo en la neurosis y en la psicosis. De la inquietante extrañeza a la alucinación del doble

    La pulsión escópica detenta un rol “privilegiado” entre las pulsiones: la mirada engloba la totalidad del cuerpo y pone en escena la identificación con el falo. Toda pulsión está, de un modo u otro, en relación con lo visual: la mirada se inmiscuye fácil- mente en toda forma de goce.

    Lo visual detenta un doble rol: pasivo (vectorialización hacia el interior = ser visto) y activo (vectorialización hacia el afuera = ver). Esta orientación bidireccional está en acto también cuando el sujeto posa su mirada sobre el cuerpo proyectado en la superficie del espejo. Actividad y pasividad al mismo tiempo, dominio y subordinación del sujeto con respecto a su cuerpo, a partir de la imagen proyectada. Pero también, inquietante extrañeza: ¿qué es lo que puede devenir inquietante para el sujeto? ¿El cuerpo mismo o su imagen?

    El cuerpo unheimlich

    El cuerpo es atravesado por el lenguaje que, como él, toca las tres dit-mansiones2 de la experiencia. El cuerpo es a la vez la proyección de una superficie,3 el cuerpo imaginario y la superficie misma, es decir, el cuerpo real, asiento de la fragmentación pulsional, del goce. Pero el cuerpo pertenece también al registro de lo simbólico: por ejemplo, en la conversión histérica, 4 el órgano alcanzado toma valor de significante, teniendo, seguramente, un valor gozoso para el sujeto. El cuerpo deviene la escena de lo imposible de decir, de lo que no cesa de no escribirse.

    El cuerpo es estructuralmente un espacio desorganizado. El niño descubre en primer lugar su propio cuerpo de manera fragmentada y formando parte del mundo exterior; él busca agarrar sus manos y sus pies como si estos fueran exteriores a él mismo. El cuerpo es, para Lacan, extranjero al sujeto:5 esta extranjeridad puede devenir un-heimlich, según el término freudiano6 que se puede traducir por “inquietante familiaridad”, o también, por “lo que debe permanecer escondido”.7 ¿Pero cómo el cuerpo, o su imagen, pueden devenir inquietantes? O más aún, ¿por qué el cuerpo sería amenazante, peligroso, al punto de deber permanecer escondido?

    La angustia es una manifestación corporal que viene a indicar lo insoportable del cuerpo, cuerpo que puede devenir unheimlich para un sujeto. Esto se encuentra en la neurosis, pero también en la psicosis. Pensemos en ciertos fenómenos psicosomáticos, pero también en las alucinaciones, auditivas y visuales. La alucinación es desde el primer momento un fenómeno del cuerpo: “Toda alucinación es […] alucinación del cuer- po propio”, escribe Merleau-Ponty.8 El goce se disloca en el cuerpo, un cuerpo que de- viene unheimlich, sea la alucinación de tipo acústica (objeto de la pulsión = voz), visual (objeto de la pulsión = mirada) o cenestésica (objeto de la pulsión = el cuerpo entero).9 La consistencia de las diversas alucinaciones es homogénea a las diferentes pulsiones.10 Hay una correspondencia entre la pulsión y la alucinación, las dos tienen la mis- ma materialidad: el cuerpo, cuerpo que se apodera del sujeto a través de la alucinación (verbal o visual).

    Una joven mujer alucinada me dijo saber que las voces que ella escuchaba a lo largo del día provenían de ella. Pero al mismo tiempo, ella las percibía como extrañas,11 no podía hacer nada para detenerlas: eso no dependía de ella, me dijo.

    La voz de un sujeto alucinado puede ser considerada como del orden de la inquie- tante extrañeza, como la desrealización;12 la despersonalización y la autoscopia son también fenómenos “éxtimos”, según el neologismo de Lacan, que indican una “exterioridad íntima”,13 alguna cosa que es a la vez del orden de la “intimidad” y de la “exterioridad”. El cuerpo es, para el sujeto, un elemento “interior”, “íntimo”, que le pertenece, pero que puede no ser reconocido por él en tanto que tal. En tanto que cuerpo un-heimlich, especialmente.

    El espejo: de la pantalla a la inquietante extrañeza

    Para Freud,14 el yo es una entidad corporal y Lacan mostrará su consistencia especular,15 su función de señuelo y de máscara, capaz de ocultar la falta, la división subjetiva ($). La acción del cuerpo especular ofrece una solución provisoria al cuerpo dividido: el sujeto busca remediar la división, o la fragmentación, por una unificación y un dominio imaginario.

    Si decimos “máscara”, decimos “identificación”: el sujeto se identifica con el cuerpo superficie –la imagen– que le hace gozar (Freud habla de las “sensaciones corporales”16 y Lacan del “júbilo”).17 La imagen “protege” al sujeto: hay una distancia entre el cuerpo especular y el cuerpo pulsional, y la identificación con el falo “imaginario” –por el Otro– no tiene las mismas consecuencias que la identificación con el objeto en su di-mensión “real”. En este segundo caso, se trata de una identificación con el objeto-dese- cho, como lo vemos en la melancolía y en algunas esquizofrenias.

    No se puede considerar al estadio del espejo como de lo imaginario “puro”: las tres instancias –simbólico, imaginario y real– se anudan en el proceso. La dimensión simbólica es tomada en la dinámica especular no solamente porque allí habrá, en cierto momento del estadio del espejo, una instancia simbólica (padre o madre) que dirá al niño “tú eres eso”,18 sino también porque el espacio –la distancia entre la superficie del espejo y el cuerpo– detentan aquí una función simbólica. Distancia entre la imagen del cuerpo unificado (la imagen “acabada”) y el cuerpo del niño, que permanece imperfecto, privado de la coordinación motriz y dependiente totalmente del Otro. Esta distancia es percibida como una falta, falta que despega al sujeto de la plenitud fálica, anonadante. Y del lado de lo real, la imagen especular hace gozar, parcialmente, por “pequeños agujeros”: pulsionalmente, pasionalmente. El cuerpo que goza permanece fragmentado, aunque la imagen especular no lo sabe. Hay un cortocircuito entre el goce y la ima- gen (el yo), entre la fragmentación y la unidad del cuerpo en el espejo. Tal es, quizás, la fuente de la ambivalencia del sujeto ante su propia imagen en el narcisismo, imagen como fuente de amor y agresividad.

    Hay un goce del cuerpo y un goce de la imagen del cuerpo. Para el niño, la fuente del goce puede ser interna (autoerotismo o narcisismo primario) o externa (narcisismo o narcisismo secundario). Interno: es decir, “en” el cuerpo y sin objeto exterior. Externo: a partir de la proyección especular del cuerpo del sujeto en el espejo.

    El goce, repitámoslo, está fragmentado: en el placer autoerótico, como en el júbilo del cuerpo frente al espejo. Este goce concierne a todo sujeto, independientemente de la estructura, y comporta forzosamente una “disociación” subjetiva; el cuerpo se divide, se fragmenta, en el goce, y esto no es un signo específico de la psicosis. Lacan piensa en la histeria cuando escribe “[…] esta forma (de fragmentación del cuerpo) se revela tangible sobre el plano orgánico mismo, en las líneas de fragilización que definen la anato- mía fantásmatica, manifiesta en los síntomas de esquicia o de espasmo de la histeria”.19 El sujeto se aliena, “aplastado sobre su superficie”,20 capturado por el goce potente y destructivo de su imagen. Durante el momento de ver, el sujeto corre el riesgo de en- contrarse con su doble ideal21 y desaparecer en esta reunión anonadante. Concentrándose sobre la imagen de sí, imagen a la vez familiar y extraña –éxtima, podría decirse–, el sujeto atraviesa momentos de inquietante extrañeza. En la neurosis, a menudo, esto no dura más que algunos instantes: la imagen se desmorona en el instante en el que se construye, y el sujeto es rápidamente reenviado a su condición de falta en ser.

    En el autoerotismo como en el narcisismo, la falta se presenta a través de una imagen de sí, forzosamente desfalleciente: el sujeto falla en su identificación con el falo y el goce no es jamás total. Cuando ese no es el caso, hay una correspondencia perfecta ente el sujeto y su cuerpo:22 es ahí que el sujeto corre el riesgo de atravesar los fenómenos del orden de lo Unheimliche. Estos pueden, seguramente, manifestarse en la neurosis como en la psicosis. Pero es sobre todo en ciertas formas de psicosis que falta la distancia entre el sujeto y el cuerpo del espejo: la forclusión del Nombre del Padre pue- de dañar la pantalla imaginaria que los mantiene a distancia.

    Es entonces que, paradojalmente, el cuerpo fragmentado aparece como una defensa posible contra un goce total del cuerpo, cuerpo que permanece sin protección cuando está privado de la pantalla de la imagen. Ocurre que el esquizofrénico no puede ver su propia imagen en el espejo, pues es su doble lo que ve, es decir, su cuerpo en su dimen-sión real, su cuerpo en tanto que objeto a merced del Otro.23 El cuerpo deviene su per- seguidor, mientras que el espejo, en ese caso, no se distingue más del cuerpo.

    Los fenómenos de este orden no son por eso la consecuencia inevitable de la forclusión del Nombre del Padre. Vivir el cuerpo en su dimensión real es una experiencia en el orden de la inquietante extrañeza y, como bien ha puesto en evidencia Freud, la neu- rosis también puede hacer esa experiencia. La consistencia de la pantalla imaginaria no es muy sólida, tanto en la neurosis como en la psicosis.

    Tomemos la histeria. Deleuze considera los problemas de la imagen del cuerpo como fenómenos histéricos tocando el “cuerpo sin órganos”,24 que pueden, seguramente, con- cernir también al cuerpo del psicótico: “[…] ese cuerpo sin órganos y sus órganos transitorios serán ellos mismos vistos, en los fenómenos de autoscopia interna o externa: esa no es más mi cabeza, pero yo me siento en una cabeza, yo veo y me veo en una cabeza; o bien yo no me veo en el espejo, pero me siento en el cuerpo que veo y me veo en ese cuerpo desnudo cuando estoy vestido… etc. ¿Hay una psicosis en el mundo que no comporta esta parada histérica?”.25 Para Deleuze, la autoscopia es un fenómeno histérico, seguramente del orden de lo Unheimliche, que se manifiesta en la neurosis como en la psicosis, aunque la función y los efectos en las dos estructuras no sean los mismos. Como Deleuze, Lacan no considera los trastornos de la imagen especular como propios de la estructura psicótica: “Los puntos de referencia del conocimiento especular […] son retomados de una semiología que va de la más sutil despersonalización a la alucinación del doble. Sabemos que estos no tienen, en sí mismos, ningún valor diagnóstico en cuanto a la estructura del sujeto (el psicótico entre otros)”.26

    ¿Cómo se caracteriza lo Unheimliche en los fenómenos psicóticos propiamente dichos? Antes de responder a esta pregunta, es necesario volver sobre la función de la imagen especular en la psicosis. El estadio del espejo, ¿está operando en esta estructura? O bien, ¿hay desestructuración de la imagen del cuerpo, desestructuración que hace percibir su propia imagen en el espejo como unheimlich?

    Espejo y disociación

    La disociación psicótica es explicada frecuentemente por los trastornos de la ima- gen del cuerpo:27 como si hubiera una perturbación en la percepción del cuerpo propio en la psicosis, perturbación seguramente del orden de una inquietante extrañeza. Pero el estadio del espejo es problemático para todo sujeto: la imagen unificada del cuerpo, dicho de otro modo, el yo (moi), es inestable. La imagen es forzosamente evanescente y no impide actuar a la pulsión. El sujeto puede haber realizado la unificación del cuer- po en el espejo y estar al mismo tiempo afectado por los fenómenos inquietantes como la despersonalización y la desrealización. Y esto, independientemente de su estructu- ra clínica. Como lo señala Lacan: “No hay nada que esperar del modo de abordar la psicosis sobre el plano de lo imaginario, pues el mecanismo imaginario es el que da su forma a la alienación psicótica, pero no su dinámica. […] es precisamente porque en nuestra exploración de la técnica analítica, después del más allá del principio del placer con su definición estructural del ego que él implica, tenemos la noción de que más allá del pequeño otro de lo imaginario, debemos admitir la existencia de otro Otro”.28

    Según nuestra hipótesis, no es la desestructuración de la imagen del cuerpo frente al espejo lo que está en el origen de la fragmentación psicótica. E inversamente, disociación y fragmentación no conducen forzosamente a los trastornos de la imagen del cuerpo.29 ¿Cómo explicar, entonces, los fenómenos de despersonalización y de cenestopatía,30 los trastornos de la personalidad, las alucinaciones del doble? Los ejemplos de esta clínica son múltiples: sensaciones de extrañeza de sí y de las cosas, síndromes de influencia y delirios de posesión, fantasmas de cuerpo despedazado… Estos fenómenos pueden depender de una perturbación de marcas del conocimiento especular, pero no es una constante.

    Pierre Janet, Maurice Krishaber, Michel Dugas y Emmanuel Régis, consideran que los fenómenos de despersonalización se reencuentran en los sujetos exentos de signos de psicosis. Freud parece ser de la misma opinión cuando en Un trastorno de la memoria en la Acrópolis31 considera los fenómenos de desrealización como una forma de defensa del yo (moi) del sujeto. Sujeto que, deformándose, “aceptando enmendarse por su unidad”,32 se protege contra la angustia.

    El sujeto se siente separado de su cuerpo: la escisión está ahí, en el espejo. No puedo reconocerme y ser al mismo tiempo yo mismo, reconociéndome he perdido la coincidencia inmediata conmigo mismo en mi ser.

    La dimensión de la castración es introducida en la imagen especular: la mirada cree ver el falo en la imagen reflejada, pero es una imagen que engaña porque el falo no está ahí. Lo hemos visto: siempre hay un desajuste entre la imagen perfecta, unificada, y el cuerpo; la visión de la plenitud fálica no se sostiene más que el instante de una mirada. La imagen especular incluye la falta: desajuste entre el cuerpo y su imagen, distancia entre los dos, distancia que permite mantener lejos –imperfecta, incompleta– la identificación con el falo. La fragmentación del goce es también lo que lo vuelve soportable.

    No obstante, la percepción de la unidad en el espejo, la imagen del cuerpo es siempre confusa. El espacio geométrico –estructurado y localizado– del espejo no queda en su lugar: lo visual desborda y deviene el espacio de la pulsión, del afecto, del goce, espacio donde los límites entre el sujeto, el cuerpo y la imagen, no son fáciles de demarcar.33 El sujeto se desplaza, él puede cambiar de perspectiva, se junta y se dispersa –unidad y caos– frente al espejo, en un movimiento continuo. Este movimiento –confuso– hará perder al sujeto la correspondencia consigo, es decir, su propia imagen. Por lo tanto, la identificación con el falo no puede más que fallar.

    En este sentido, el caos es saludable. Si el doble especular pierde la distancia con el sujeto y su imagen se clarifica, se transforma en doble inquietante y/o perseguidor. La imagen no es más confusa, cuerpo e imagen se reúnen, hacen “Uno”. El sujeto se ve ahora, realmente, en su imagen, él es la imagen. En otros términos, lo imaginario es absorbido en lo real: es la desaparición subjetiva. Cuando “falta la falta”, el falo aparece en la imagen del doble: el sujeto se hace objeto del deseo del Otro. El falo pierde su connotación imaginaria y deviene real: es ahí que el sujeto comienza a vivir los fenómenos del orden de la desrealización y de la despersonalización.

    Si el sujeto se acerca demasiado a su doble, termina por no reconocerse más y se vive como extranjero a sí mismo. Repitámoslo: esta forma de despersonalización, que da el sentimiento de inquietante extrañeza (Unheimlichkeit), es frecuente en la neurosis como en la psicosis, con sus modalidades diferentes.

    En la neurosis, la falta (el falo) deviene lo imprevisto representable, se encarna en la imagen que fascina al sujeto. Captación del sujeto por una imagen del doble, proyectado en el lugar del Otro. El sujeto se pierde en esta imagen –“lo que es visto en el espejo es angustiante”, dice Lacan.34 El sujeto no se encuentra más ahí: es la despersonalización. Esta imagen es muy arrebatadora para que pueda haber ahí un lugar para un tercero: la relación dual pura desposee al sujeto de toda relación con el Otro simbólico, capaz de instaurar una distancia entre el sujeto y su imagen. El doble aparece en el lu- gar del Otro: es la angustia, entonces, la que hace su entrada.35 Generalmente, estos estados son pasajeros en la neurosis.

    En la psicosis, las cosas se llevan de otra manera. La angustia se transforma en pérdida identitaria y/o en sentimiento de persecución. Para Lacan: “[…] este sentimiento de relación de desposesión remarcado por los clínicos para las psicosis, desposee al su- jeto de esta relación al Gran Otro. La especularización es extraña y, como dicen los ingleses, odd, impar, fuera de simetría, es el Horla de Maupassant, el fuera de espacio, en tanto que el espacio es la dimensión de lo superponible”.36

    La confrontación con el otro especular, en la psicosis, no es simétrica, el pequeño otro deviene fácilmente un Otro perseguidor, Otro que aplasta al yo37 y en consecuencia, al sujeto. Es en este sentido que la desposesión de la relación con el Otro es irreversible en la psicosis. Y es así que el espejo deviene fácilmente unheimlich para el sujeto.

    n la novela de Maupassant,38 el fuera de allí evoca la dualidad de su autor, dualidad entre el yo (moi) y el Otro que habita a Maupassant y lo tortura. El escritor sufría, efectivamente, de autoscopia:39 tenía la impresión de verse desde el exterior de sí o que era extranjero a la persona que veía en el espejo.

    Lacan escribe: “Lo que hay bajo el hábito y que llamamos el cuerpo, no es sino, qui- zás, ese resto que llamamos objeto a”:40 i(a), es decir, la imagen, es la vestimenta de ese resto. Puesto que si el sujeto se encuentra atrapado en una imagen vacilante del yo, se arriesga a ver su ser transparente en la imagen. Dicho de otro modo, i(a) no hace más de pantalla de a. La carencia radical de la función del trazo unario que sostiene al ideal del yo (del orden de lo simbólico) lo expone a no hallarse en situación de diferenciar el sitio donde él se ve de aquel donde se mira. El desfallecimiento de la falicización del yo está en el principio de la autoscopia, tanto por la inquietud que ella implica como por el esfuerzo que ella suscita para compensarla.

    O más bien, lo que provoca angustia, en la alucinación del doble, no depende de una falsa percepción de la imagen de sí en el espejo ni de una unidad que no hubiera podido constituirse, sino de la intrusión del Otro: un Otro que devora el espacio virtual y vital del sujeto, su espacio de acción y su espacio de pensamiento.

    El protagonista de la novela de Maupassant siente a su alrededor la presencia de un ser invisible que nombra Horla. Lúcido al principio, zozobra poco a poco en la locura, buscando librarse de esta empresa extenuante. Terminará por incendiar su vivienda y, en las últimas líneas de la novela, frente a la persistencia de esta presencia, entrevé la muerte como última liberación.

    El doble perseguidor

    Otra forma de relación dual problemática se encuentra en la paranoia. En la psicosis no hay, como en la neurosis, una desposesión momentánea del Otro que hace perder las coordenadas existenciales al sujeto y lo deja presa de la angustia, sino una incursión del goce del Otro en el cuerpo, incursión que puede pasar a través de la imagen de sí en el espejo, dicho de otro modo, a través del doble.

    Muchos autores han señalado el lazo entre la imagen ideal y la paranoia. Otto Rank habla de “una ansiedad paranoica ante su propio yo, personificado por la sombra, la imagen o el doble”.41 Freud, en su texto sobre el presidente Schreber, pone en relación la paranoia con el narcisismo: “[…] la mayor parte de los casos de paranoia muestran un poco de delirio de grandeza, y que este último puede constituir por sí solo una paranoia. De ahí inferimos que en la paranoia la libido liberada se vuelca al yo [moi], se aplica a la magnificación del yo [moi]. Así se vuelve a alcanzar el estadio del narcisismo […]: los paranoicos conllevan una fijación en el narcisismo […]”.42

    En su tesis de doctorado en medicina sobre el caso Aimée, en 1932, Lacan sostiene que el yo tiene una estructura paranoica.43  Aimée es perseguida por las mujeres que,  a sus ojos, representan su doble ideal: mujeres de mundo, actrices, escritoras, mujeres que gozan de una cierta libertad y de poder social.44 Para Lacan [es la que] estalla la identidad de los temas de grandeza y temas de persecución. Este tipo de mujer es exactamente la que ella misma sueña devenir. La misma imagen que representa su ideal es también objeto de su odio.45 Aimée, golpeando a su víctima, golpea al mismo tiempo su ideal. Y a través de su ideal –por el mismo golpe que la vuelve culpable ante la ley,46 escribe Lacan– ella se golpea a sí misma. Como en la novela El doble de Dostoievski, cuando Goliadkin, el protagonista, vilipendia a su héroe hasta el punto más alto, es a sí mismo a quien injuria.

    Amor y odio por el Otro, amor y odio por sí, en la confrontación del sujeto con su doble. Como si la confrontación permitiera poner una barrera entre los dos, cuando en realidad se han encontrado; el sujeto y su doble se juntan el uno y el otro en la imagen en el espejo. Goliadkin querrá odiar a su doble, pero en realidad, lo ama. La homo- sexualidad está obrando en la paranoia, aunque en el caso del protagonista de la nove- la de Dostoievski (y como se lo remarca frecuentemente en la clínica) sea ferozmente negada. La homosexualidad hace lazo con el narcisismo, según Freud: “La suma de regresiones que caracterizan la paranoia es medida por el camino que la libido debe re- correr para volver de la homosexualidad sublimada al narcisismo”.47

    Sin embargo, en un delirio paranoico, el doble perseguidor puede tomar una función compensatoria para el psicótico. Para Freud, el delirio es una tentativa de cura, una neo-realidad que aparece en el momento en el que el mundo amenaza con hundirse para el psicótico. Cuando el doble perseguidor toma esta función deviene, lógicamente, menos inquietante.

    Conclusiones

    Hemos visto que el cuerpo puede ser vivido como unheimlich por el sujeto: en la psicosis a través de alucinaciones, por ejemplo. Y en la neurosis es la relación del sujeto con su propia imagen la que hace problema, provocando en algunos casos los fenómenos de inquietante extrañeza. Si la distancia entre el cuerpo y la imagen se esfuma, y el sujeto se junta con su imagen ideal, entonces la angustia hace su aparición. O bien cuando esta separación es vivida con demasiada intensidad: la castración es insopor- table para el sujeto.

    La inquietante extrañeza, como la ha mostrado Freud, deviene una “solución” para la neurosis, un tratamiento contra la angustia: angustia de castración (el yo del sujeto está desfalleciente), o angustia del goce del Otro (el yo ideal está realizado, el sujeto se hace objeto para el Otro).

    Fenómenos como la despersonalización, la desrealización y la autoscopia pueden manifestarse tanto en la psicosis como en la neurosis, pero con diferentes consecuencias. Si en la neurosis la inquietante extrañeza es una defensa contra la angustia, en la psicosis es una suerte de antesala a la persecución, porque es a partir del estado de inquietante extrañeza –y para salir de ella– que el sujeto ha comenzado a crear su delirio. En este caso, el sujeto no está avergonzado por su doble especular, sino por un Otro perseguidor. Este es, seguramente, una figura del otro especular: pensamos no solo en la relación entre homosexualidad y paranoia puesta en evidencia por Freud, sino también en la figura del ideal como rival del sujeto, relevada por Lacan.

    El cuerpo unheimlich se manifiesta a través de la voz, vía la alucinación, y a través de la imagen especular, vía la despersonalización, desrealización, autoscopia. La imagen especular puede ser fuente de persecución para el psicótico, pero desde que la alucinación del doble toma forma de delirio, este puede sostener al sujeto. El delirio de persecución permite canalizar un goce que de otro modo lo absorbería: el psicótico sostiene, gracias a la certeza yoica que le da su delirio, un saber sobre el goce del Otro perseguidor. No obstante, esto siempre no anda: el doble perseguidor es un remedio envenena- do para el sujeto. A veces, esta figura imaginaria no llega a mantener la cohesión que el sujeto busca darle gracias al delirio, en su tentativa de acotar el goce. El doble se corta, se multiplica, en una infinidad de figuras persecutorias, inciertas, inestables: el sujeto está bajo el golpe del despedazamiento, bajo la influencia del goce. El psicótico se encuentra, entonces, en un estado de perplejidad angustiada frente a su cuerpo, su imagen y, seguramente, su identidad. Retorno del semejante, retorno de un real que pasa por su doble, vivido a partir de la inquietante extrañeza del propio cuerpo.


     

    Notas:

    * Traducido por Ilda Rodriguez y Noemí Sirota.
    2. Jacques Lacan: Le Séminaire, Livre XXIII: Le sinthome, clase del 11 de mayo 1976, versión inédita.
    3. “El yo no es solamente una entidad toda en superficie sino una entidad correspondiente a la proyección de una superficie”. Sigmund Freud: “Le moi et le ça”, en Essais de psychanalyse, Payot, Paris, 1981, pág. 64.
    4. “La conversión es del orden del deseo, considerada a partir de su causa el objeto a con la inscripcióncorporal de una falta, la castración (-φ). En el síntoma es su derecho como su revés” (Jacques Lacan: Le Séminaire, Livre V: Les formations de l’inconscient, Ed. du Seuil, Paris, 1998, pág. 336).
    5. “[Hay] como posibilidad de relacionarse con su propio cuerpo como extranjero. Es lo que expresa el uso del verbo tener, «avoir». Su cuerpo lo tiene, no lo es en ningún grado” (Jacques Lacan: Le Séminaire, Livre XXIII: Le sinthome, clase del 11 de mayo 1976, versión inédita).
    6. Sigmund Freud: L’inquiétante étrangeté et autres essais, Ed. Gallimard, Paris, 1985.
    7. Unheimlich viene de Heim, palabra que significa “casa” (le foyer) e introduce una noción de familiaridad, pero es también empleada como raíz de la palabra Geheimnis, que se puede traducir por “secreto”, en el sentido de “lo que debe permanecer escondido”. Los anglófonos lo traducen como uncanny (ominoso, perturbador).
    8. Maurice Merlau-Ponty: Phénoménologie de la perception, Gallimard, Paris, 1945, pág. 391.
    9. Henri Ey clasifica muchos tipos de alucinación: las alucinaciones visuales, las alucinaciones de oído, las alucinaciones olfativas o gustativas, las alucinaciones táctiles, las alucinaciones cenestésicas y del esquema corporal, las alucinaciones motrices o kinestésicas, y las alucinaciones psíquicas o pseudoalucinaciones. (Henri Ey, Paul Bernard, Charles Brisset: Manuel de psychiatrie, Ed. Masson, Paris, 1960, págs. 116-117. Entrada: “alucinaciones psicosensoriales”).
    10. Jean-Claude Maleval: Logique du délire, Ed. Masson, Paris, 2000, pág. 123.
    11. Ibíd.
    12. Henri Ey habla del automatismo mental como de un fenómeno extranjero (es decir, no ejecutado por el sujeto) que distingue del sentimiento de influencia, que se relaciona con los fenómenos forzados (es decir, los ejecutados por el sujeto mismo: se trata de fenómenos impuestos, inspirados o impulsivos). (Henri Ey: Hallucinations et délire: les formes hallucinatoires de l’automatisme verbal, L’Harmattan, Paris, 1999, págs. 69-79).
    13. La desrealización es un fenómeno que da la impresión de extranjeridad en relación con el mundo, como si fuera espectador de su vida, como si se flotara al costado de sí, fuera de su propio cuerpo. Esto da una impresión de irrealidad.
    14. Jacques Lacan: Le Séminaire, Livre VII: L’ethique de la psychanalyse, Ed. du Seuil, Paris, 1986, pág. 167.
    15. Sigmund Freud: “Le moi et le ça”, en Essais de psychanalyse, Payot, Paris, 1981, pág. 264. Freud agrega: “No es solamente una entidad toda en superficie, sino una entidad correspondiente a la proyección de una superficie”.
    16. Jacques Lacan: “Le stade du miroir comme formateur de la fonction du je”, en Écrits, Ed. du Seuil, Paris, 1966, pág. 94.
    17. Ibíd.
    18. Ibíd., pág. 100.
    19. Ibíd., pág. 97.
    20. Gérard Pommier: “Observación sobre lo visual y el síntoma”, en Cahier de psicología clínica N° 20: Lo visual, De Boek, Bruselas.
    21. Dicho de otro modo, la imagen de sí puede convertir al sujeto en falo para el Otro.
    22. Como lo precisa Lacan en el seminario sobre el sinthome: “El sujeto tiene un cuerpo, él no lo es” (Jacques Lacan: Le Séminaire, Livre XXIII: Le sinthome, clase del 11 de mayo 1976, versión inédita).
    23. Pensamos en ciertos cuadros de Bacon o de Lucian Freud, donde se tiene la impresión de que las figuras se reducen a no ser sino “carne” a merced del Otro.
    24. Gilles Deleuze: Francis Bacon: Logique de la sensation, Ed. du Seuil, Paris, 2002, pág. 51.
    25. Jacques Lacan: “De nuestros antecedentes”, en Écrits, Ed. du Seuil, Paris, 1966, pág. 71.
    26. El cuerpo sin órganos no es propio de la psicosis, encontramos sus manifestaciones en otras estructuras y bajo otras formas. El cuerpo representa, para Bacon, en este ejemplo analizado por Deleuze, un cuerpo histérico (Gilles Deleuze: Op. cit.). Pero nosotros tenemos también el cuerpo hipocondríaco, en el que los órganos se destruyen; el cuerpo drogado, que querría un solo órgano polivalente para la alimentación y la defecación; el cuerpo masoquista, que se hace coser para que todo el cuerpo esté bien cerrado (Gilles Deleuze y Félix Guattari: L’anti-Oedipe. Capitalisme et schizophrénie, Ed. Minuit, Paris, 1972, págs. 186-187). Para profundizar sobre el cuerpo sin órganos, ver Silvia Lippi: “El cuerpo sin órganos en Deleuze, el inconsciente real en Lacan. Consideraciones sobre la actualidad de una clínica no edípica de la psicosis”, en Acta psiquiátrica y psicológica de América Latina, Buenos Aires, 2014.
    27. Por ejemplo, para Gisela Pankow hay, en la psicosis, una relación no dialectizable entre las partes del cuerpo y el todo: “Todo” como “superficie yoica”, superficie que se fabrica fuera del estadio del espejo. Para ella, en la psicosis falta el todo con el que relacionar las partes (Gisela Pankow: L’homme et sa psychose, Aubier-Montaigne, Paris, 1969).
    28. Jacques Lacan: Le Séminaires, Livre III: Les psychoses, Ed. du Seuil, Paris, 1981.
    29. “Alimentar de fantasmas el despedazamiento de sí mismo o del otro no implica necesariamente la desestructuración del cuerpo propio” (Jean-Claude Maleval: Folies hystériques et psychoses dissociatives, Payot, Paris, 2007, pág. 178).
    30. Problemas de la sensibilidad interna, definidos por una sensación corporal anormal o dolorosa de carácter frecuentemente alucinatorio.
    31. Sigmund Freud: “Un trouble de mémoire sur l’Acropole. Lettre à Romain Rolland”, en Sigmund Freud et Romain Rolland: Correspondance (1923-1936), PUF, Paris, 1993.
    32. Sigmund Freud: Névrose et psychose, Payot, Paris, 2013.
    33. Como dice Lacan: “[…] esta imagen confusa que tenemos de nuestro cuerpo” (Jacques Lacan: Le Séminarie, Livre XXIII: Le sinthome, clase del 11 de mayo de 1976, versión inédita).
    34. Jacques Lacan: Le Séminaires, Livre X: L’angoisse, clase del 23 de enero de 1963, versión inédita.
    35. Angustia que conduce al protagonista a la muerte en la novela El retrato de Dorian Gray.
    36. Jacques Lacan: Op. cit.
    37. Yo (moi) como soporte de la identidad del sujeto.
    38. Guy de Maupassant: El Horla, Argonauta, Buenos Aires, 1988.
    39. En la autoscopia (suerte de alucinación de sí mismo), el sujeto ve un doble de sí mismo: las partes, los órganos o la totalidad de su propio cuerpo.
    40. Jacques Lacan: Op. cit .
    41. Otto Rank: Don Juan et le double. Études psychanalytiques, Payot, Paris, 1973.
    42. Sigmund Freud: “Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente”, en Obras completas, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1976, vol. XII, pág. 67.
    43. Ya en 1948, Lacan subrayaba: “Además los dos momentos se confunden en que el sujeto se niega a sí mismo o carga al otro y se descubre ahí esta estructura paranoica del yo que encuentra su análogo en las negaciones fundamentales puestas en valor por Freud en los tres delirio de celos, erotomanía e interpretación. Es el delirio mismo del alma bella misántropa, arrojando sobre el mundo, el desorden que hace su ser” (Jacques Lacan: “L’agressivité en psychanalyse”, en Écrits, Ed. du Seuil, Paris, 1966).
    44. Otto Rank afirma que los perseguidores son frecuentemente personas amadas o sus sustitutos (Otto Rank: Op. cit.). Pienso en una mujer parapléjica que se sentía perseguida por sus hermanas, que según la opinión de la paciente, estaban celosas de ella y de su fuerza para enfrentar su enfermedad: la omnipotencia
    del yo se asocia a la manía de persecución, en la paranoia.
    45. Jacques Lacan: De la psychose paranoïaque dans ses rapports avec la personnalité, Ed. du Seuil, Paris, 1975.
    46. Ibíd.
    47. Ver el trabajo de Freud Dostoïevski et le parricide.

  • Das Unheimliche, work in progress…

    Presentación de Lapsus Calami N° 5 en la Biblioteca Nacional el 30 de abril de 2016

    Por Ilda Rodriguez

    El escrito freudiano de 1919 que lleva ese nombre, tiene una relevancia fundamental para la inserción del psicoanálisis en la cultura. Forma parte de un cabal work in progress –que se va realizando sobre la marcha-  puesto en acto por Freud a partir de esta  “palabra-concepto” – como la llama – donde la importancia del término, de su significación, es esencial a la construcción, definición y puesta en relación con otras nociones de la doctrina psicoanalítica. ¿Cómo nombrarlo en nuestra lengua castellana, si en ésta no existe una palabra que pueda brindar todos los matices que propone el padre del psicoanálisis para lo Unheimliche, habiendo dedicado su primer capítulo al estudio de esas posibilidades lenguajeras? Quiero decir que la palabra alemana misma escribe de lo que trata la noción, al modo del performativo. Desde luego que hay allí una incidencia del “genio de la lengua”[1]alemana, puesto que cada lengua goza del suyo.

    Ahora bien, Freud nos alerta que en su exposición va a tomar esta vía, la del uso que la lengua muestra, luego se abrirá camino a través de una colección  de casos particulares y sólo más tarde encontrará su confirmación. Incluso, había insistido en distinguirlo como “más estético” que clínico. ¿Acaso esta consideración dará en hablar, tal vez, de un carácter no reductible fácilmente al significante, mostrando una incidencia del registro de lo Real?  Es claro que lo Unheimliche freudiano, de inicio trae un problema a su traducción en otras lenguas, eso es seguro. Pero ¿qué novedad nos trae a los analistas con lo que intenta mostrar mediante esa noción?

    A no dudar que estamos frente a una novedosa “fábrica del concepto”, habida cuenta de que el inventor del psicoanálisis nos advierte que si bien aquella “palabra no se usa en un sentido que se pueda definir de manera tajante”, puede encontrarse[2] que esa “palabra-concepto particular contenga un núcleo que justifique su empleo” y “se quiere averiguar cual es el núcleo común que  permite, por ejemplo, diferenciar algo “Unheimliche” dentro de lo angustioso”.[3]  En esa línea, por ejemplo, se da a leer la reproducción in extenso –por Freud– de “las entradas de diversos diccionarios” Estas consideraciones preliminares apuntan a ir concluyendo que “Entonces heimlich es una palabra cuyo significado evoluciona hacia la ambivalencia, hasta  coincidir con su opuesto, unheimlich. De algún modo, unheimlich es una especie de heimlich.”

    De nuevo, vale consignar cierta condición paradójica detectable en la noción que denuncia su relación con lo Real y que se aprecia cuando Freud plantea cómo lo familiar deviene siniestro, y tan significativo como que lo heimliche (íntimo, familiar), en sus variantes semánticas se torna en Unheimliche” (extraño, no familiar)

    En el Seminario XXIII, Lacan nos habla del  parolier[4], que bien traducido hace referencia a “quien pone lo suyo, sobre ese texto del Otro”.[5] Así este “parásito libretista”- ¿posición en nuestras notas de lectura?- es un ¿virus? ineludible padecido por el parlêtre. Precisamente, somos invadidos por distintas propiedades de las palabras, especialmente por su polifonía. He aquí la cuestión, ¿debemos someternos a ella dejándonos hacer por todo lo que evoca e invoca cada palabra? ¿Importa liberarnos de la omnipresente polifonía cuando decimos que una palabra solo quiere decir lo que dice?

    Se sabe que el inventor del psicoanálisis interroga los escasos puntos de contacto entre  psicoanálisis y estética; específicamente cierto sector de esta, uno alejado, marginal para que nos provea algunas respuestas sobre el funcionamiento de nuestra vida psíquica. En esta dirección se esboza el propósito de poner a hablar lo coral de algunos textos que componen este número, prevalentemente los que tratan lo Unheimliche en tanto “un ámbito determinado de la estética”, el “de la ficción”, no menos que por “el papel que tiene para la teoría psicoanalítica la investigación de las representaciones literarias y artísticas […], y en el campo más amplio de los procesos culturales contemporáneos”[6]

    Se trata de lo Unheimliche leído en clave polifónica desde el arte en psicoanálisis o desde un arte modificado por el psicoanálisis. En todo caso, en una relación plural y múltiple, como quizás pueda apreciarse… inesperadamente.

    Sin duda que lo mencionado abre a una de las paradojas que nos enseña la estética en relación con la belleza, y es que cabe encontrar, precisamente, la fascinación por lo siniestro. Por eso, no es inusual que alguien casi se lance hacia eso, pretendiendo recuperar allí ese goce que le falta y así poder lograrlo. Resta hacer la salvedad de que así es mentada la falta –paradójica– de un goce que fue perdido y que nunca se tuvo, lo cual da cuenta de una determinación Real, ya que esa procura no cesa… de no escribirse.  Desde tal perspectiva, su andadura se rige por una multiplicidad de voces plenivalentes para decir lo Umheimliche en sus inflexiones clásicas y novedosas, sostenida por una lectura capaz de autorizarse en la generación de enigmas.

    Manos a la obra, pues, para comenzar a despejar el interrogante suscitado, no sin procesar el efecto de enseñanza que implica, porque desde ya en el recorrido por los distintos textos que avanzan el concepto, habremos de tropezar con aparentes contradicciones, con tanteos y tal vez con formulaciones definidas, retroactivamente, como provisorias. En esta orientación, resulta –a todas luces – cardinal seguir las notas y referencias freudianas que van conduciendo a reescrituras, agregados, transferencias a diferentes artículos en otros momentos y en la vía de la formulación del concepto.[7]

    Un mínimo despeje iniciado exige exponer algunas cuestiones de manera gradual, comenzando por el distingo que se deja captar en lo Unheimliche freudiano cuando es volcado al francés, por ejemplo, como inquiétante étrangeté –inquietante extrañeza, en castellano. Entendido en tal tesitura, vale la pena acentuar que lo extraño sabe –con presteza– ser inquietante y por cierto, que tiene cierta lógica. Pero entonces, ¿qué de novedoso nos traería Freud con unheimlich si fuera la inquietante extrañeza?

    Retomando nuestro hilo, puede verificarse que en su work in progress hacia la conceptualización de lo Unheimliche, Freud va tomando el pulso a la noción –siguiendo un genuino designio– alrededor de: unas respuestas, sensaciones, sentimientos, pensamientos, creencias, impresiones, ante algo.

    ¿Adónde nos conduce lo hasta aquí expuesto? A mi juicio, a una conclusión –provisoria tal vez para nuestro tránsito – en la que Freud nos llama la atención introduciendo el término Überwundensein y ofreciendo esta lúcida explicación: “[…] tan pronto como en nuestra vida acontece (ereignet) algo que parece aportar confirmación a esas antiguas y abandonadas convicciones (Überzeugungen) tenemos el sentido de lo siniestro” y a veces, el desencadenamiento de una repetición del fracaso (a) una neurosis de destino.

    Quizás podamos situar un “tipo” singular de angustia que emerge en la repetición del fracaso, que posibilita leer lo siniestro dentro lo angustioso. Así, ante la tercera ocurrencia de lo igual – se desencadena el desprendimiento del objeto a en el cual el parlêtre comprometió su oquedad y forzándose la función fantasmal, acaece el retorno de lo superado (Überwunddessein)”… identificándose a ese objeto en su caída.

    Pruebas al canto: hemos dicho que al escudriñar lo Unheimliche, Freud realiza un rastreo conceptual y etimológico que promueve lo equívoco, lo vacilante, lo abismal, realizando una lectura que permite reescribir el término de una manera novedosa.

    De nuevo: terminará mostrando-como señalábamos-  que la voz heimliche coincide con Unheimliche: todo lo que, debiendo permanecer secreto, oculto… en latencia;  no obstante se ha manifestado (Schelling). Es decir que lo Unheimliche no sería nada nuevo, sino algo que le fue familiar a la vida psíquica y que se manifiesta como una presencia sin representación, un huésped que atraviesa la barrera protectora y que une al instante de lo siniestro con un instante de desamparo percibido en el sujeto. Podríamos decir que el sujeto se desorienta, puesto que la experiencia de lo Unheimliche ilustra, como se sabe, esa sensación de haber caído en una encerrona –exactamente ese momento–, de ser devorado por el deseo del Otro, de no dejar un lugar para que alguien pueda alcanzar su “poco” de libertad.

    Habría que atender más a esa noción freudiana  Überwundensein, traducida por “retorno de lo superado”, que acontece al destaponarse la función fantasmal, bajo la forma de convicciones férreas y  de tinte deliroide, ante las que el parlêtre se angustia. Ha sido la lectura de Roberto Harari la que le ha devuelto su sitio a ese término, en el tratamiento de lo Unheimliche,[8] ya que su autor lo había diferenciado estrictamente del retorno de lo reprimido, apoyándose específicamente –según entiendo– en la mudanza de la posición subjetiva denotada por esa experiencia. Sin embargo, resulta bastante habitual la explicación unívoca por aquel sesgo de lo reprimido.

    Inherente a dicha discriminación, resulta destacable el valor de lo que “acontece”, que parece aportar confirmación a esas antiguas y abandonadas convicciones, y lo que retorna es un sinsentido, repitiéndose “algo que parece” o “que no es ni parecido ni no parecido”. En todo caso, se trata de un des-encuentro frente a lo que se vuelve unheimliche por su ligazón con la angustia. Otra vez aparece en la escena lo que debería permanecer oculto y sin embargo se ha manifestado. Convendría, entonces, desentrañar esa manifestación del retorno de lo reprimido de lo que constituye un retorno de lo superado. Es decir que dicha operación da cuenta de que la angustia ex-siste a lo simbólico. Es que dicha inermidad ante el Otro comporta la imposibilidad de contrarrestar “su llamado”, esbozándose la certeza del sujeto. Se alude a aquellas antiguas convicciones supuestamente perdidas, que al retornar, engendran algo del orden de una certeza, ocasionando ese sentimiento de lo siniestro.

    Por cierto, que en la angustia hay una inequívoca referencia a la espera. A mi entender se trata, en esta aprehensión, de eso en lo angustioso a lo que Freud reconoce como lo siniestro (el nada, el a). Entonces, resulta interesante puntuar algunas cuestiones en relación con la angustia asimilada a lo siniestro, paradigmáticamente, y en su referencia (Beziehung) al a.

    Ahora bien, si como enseña Lacan, la angustia no es sin objeto, ¿cuál sería el objeto de lo siniestro, habida cuenta de lo que se viene atestiguando acerca de un objeto angustiante inminentemente presente? Hay otras referencias a lo Unheimliche, además de las ya mencionadas, que sin duda incluye una respuesta ante lo inhabitual, lo incomprendido, lo inesperado, etc., cual es el a bajo la forma de la voz –audible, por ejemplo, en las alucinaciones paranoicas o en los mandatos delirantes.

    “Acaso sea cierto que lo Unheimliche sea lo familiar-entrañable (Heimliche-Heimische) que ha experimentado una represión y retorna desde ella, y que todo lo Unheimliche cumpla esa condición. Pero el enigma de lo Unheimliche no aparece resuelto con la elección de ese material. Nuestra tesis no admite ser invertida”-refiere Freud.[9] Desde ya que el enigma está mentando el registro de lo Real y es definido por Lacan como una enunciación que no encuentra –aún– su enunciado, en el Seminario El sinthoma. Esta es la apuesta en juego que no hacemos sino ahondar y precisar: “Nada responde a los enigmas”.[10]

    Sin duda, que no se deja de aludir a una cuestión sobre la que cabe volver una y otra vez, cual es, una lectura de la novedad. Es decir, cómo la pérdida de la procura de lo novedoso, angustia; antes bien, se trata del temor a no poder salir de lo viejo, cuyo reaseguro consiste en el “antídoto” de la castración.

    Digámoslo otra vez, se trata el nuestro de un trabajo que se va realizando sobre la marcha – el work in progress freudiano –y aquí en este coloquio sigue sucediendo en acto, topándonos con aparentes contradicciones, con tanteos,  con formulaciones definidas, en la retroacción, como provisorias…

    Concluimos por ahora, con la voz del genio vienés en la introducción de su Das Unheimliche –momento en que la Primera Guerra Mundial acababa de finalizar-: “Por lo demás, debo confesar que por razones fáciles de colegir, propias de esta época, para este pequeño ensayo no he examinado a fondo la bibliografía, en particular la de lengua extranjera, y por eso no sustento ante el lector ninguna pretensión de prioridad”.[11]

     

    Ilda Rodriguez, Extensión de lo siniestro, BN, 30/4/16

    ildaarodriguez@gmail.com

    [1]Cf,  Ilda Rodriguez,  El genio de la lengua en LaPsus Calami Nº4, Traducción en Psicoanálisis, Letra Viva Editorial, 2014, p.181

    [2] Vale afirmar que “el que busca, encuentra” es una modalidad del  work in progress.

    [3] Sigmund Freud: “Lo ominoso”, en Obras completas, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1986, vol. XVII, pág. 245.(manuscrito inédito-texto bilingüe-Edición y comentarios L.F:Klimkiewicz)

    [4] Parolier: Compositor de la letra de una canción, texto en el cual está escrita la música de una obra lírica de la ópera, libretista (Le nouveau Petit Robert de la langue française).

    [5] Roberto Harari: ¿Cómo se llama James Joyce? A partir de “El sinthoma”, de Lacan, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1995, pág. 178.

    [6] Ibid

    [7] Cf. los artículos de Freud de 1907, 1909, 1910, 1917 y 1924, por ejemplo.

    [8] Roberto Harari: La repetición del fracaso, Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1988, pág. 152.

    [9] Sigmund Freud: Op. cit. (El subrayado me pertenece).

    [10] Crítica sobre El ojo, libro de Alberto Girri, escrita por Alejandra Pizarnik.

    [11] Sigmund Freud: Op. cit.

  • LaPsus Calami Nº 5, Porto Alegre 2015

    Por Ilda Rodriguez

    Que prazer nos provoca compartilhar com todos vocês – amigos, colegas e aqueles que hoje se sentiram convocados – esta apresentação de nossa LaPsus Calami Nº 5, La angustia y lo Unheimliche, neste colóquio sobre a temática! Trata-se de apresentar, conforme nos diz o dicionário, uma desconhecida até aqui, por intermédio de alguns que a conhecem, a um terceiro que deseja conhecê-la. Com efeito, tentaremos oferecer alguns dados iniludíveis para estabelecer uma conversação com vocês, os leitores, que permita construir uma amizade rica, fluída e produtiva com nossa Revista de psicoanálisis, bem como afiançar a já iniciada com os números anteriores.

    A LaPsus Calami vem procurando, entre outras questões, situar as principais diferenças que surgem na psicanálise atual, especialmente no âmbito de Convergência, Movimento Lacaniano para a Psicanálise Freudiana – embora não somente, como terão ocasião de apreciar. Entre essas diferenças, deverão ser consideradas não só as que surgem pela história e pelas transferências de trabalho que foram traçando certos percursos, mas também as originadas em diversidades geográficas, culturais e, particularmente, as produzidas pela passagem de línguas, “porque o reconhecimento da diferença entre línguas enriquece o trabalho em psicanálise e permite evitar a hegemonia de uma língua sobre outras”.[1]  Por isso, o desafio que nosso grupo se propõe ao editar LaPsus Calami é publicar uma seleção de textos que representem essas diferenças fecundas sobre um tema escolhido cada vez, com a finalidade de instalar as múltiplas perspectivas, lê-las e colocá-las a trabalhar mediante um artifício que denominamos Notas de lectura (comentários sobre matérias lidas). A tarefa não é fácil, já que – por inércia – ao defender uma posição mais próxima à própria, tende-se a desmerecer o outro enfoque, sem pesquisar suficientemente para poder localizar seus motivos e, dessa maneira, enriquecer ou modificar a própria posição, de modo que tenha consequências. Localizar as diferenças que são postas em ato em cada artigo não significa estabelecer uma simples confrontação teórica, e sim desdobrar seus fundamentos, localizar um traço no Real da cura, situar a transferência a diferentes tempos da obra de Freud e de Lacan, bem como o contexto no qual essas variações foram produzidas, procurando localizar as decisões de leitura tomadas por quem produz em seu contexto. Cabe advertir que nossa leitura “produz” em ato numerosas controvérsias que não sempre são fáceis de serem asidas, posto que, ao não existir uma linha única de leitura, tampouco rege uma mesma “língua psicanalítica”. Longe de considerar essa multiplicidade como um defeito e procurando unificar ou totalizar essas tentativas, apostou-se em preservá-la, propondo-se “alojar em seu seio o princípio de uma diferença fecunda presente nessa multiplicidade”.[2]

    Pois bem, parece-me que a LaPsus Calami, devido ao fato de se especificar justamente na publicação de trabalhos de analistas que oferecem suas letras para falar sobre as temáticas colocadas a consideração, os editores respondemos – estendendo o convite à escrita – com o artifício das Notas de lectura.  Quero dizer, de uma escrita levada a cabo pelo leitor e pelo autor respectivamente, podendo assim nos posicionar – enquanto analistas – como leitores coprodutores dos textos.  Às vezes, é claro que nesse convite à reescrita, e é algo que de ser lida é possível verificar, a repetição gera uma diferença inexorável.  Por exemplo, há Notas de lectura surgidas de um conjunto de textos díspares que se movimentam impelidos – como um jogo de forças – conforme o movimento de um “atrator estranho”[3] para quem escreve e que se trata de um “pequeno detalhe” que vai quebrar o anelo que ilude uma comunicação unívoca. Em ocasiões, a malha da Nota é o tecido circundante de um deles e, em outras, os recortes e as pontuações – de que elas se servem – ecoam entre si, contornando-se, enroscando-se  como uma telescopagem e entremisturando-se. Inclusive costuma acontecer que – pelo menos em minha prática – ao encontrar-nos com os textos que supostamente tratam do tema em questão, a princípio na recepção da leitura surge a dúvida, a incompreensão flutuante, a vacilação, a hesitação, a suspeita desconfiada ante nossas conjeturas; enfim, surgem sentidos vários, justapostos, em linhas paralelas, autônomos que, às vezes, não se articulam com o consabido e talvez – nem sempre acontece – a gente se depara não somente com muitos sentidos, mas sim com um plurissentido paradoxal dos textos.

    Tudo isso, a meu entender, não faz mais do que exacerbar – pondo em ato – o presente da leitura que não é separável de uma historicidade da qual a escrita não goza, já que ela só se sustenta pelo fato de estar presente no presente.  Em outras palavras, se ler começa somente quando se relê, talvez poderia se dizer que no encontro da leitura da escrita é que a natureza da LaPsus Calami se torna possível.

    Por conseguinte, eu convido vocês para lerem este número, especialmente porque estou convencida de que se houvesse uma noção, uma categoria digna de ser considerada nodular em nossa psicanálise, eu não duvidaria em afirmar que Das Unheimliche merece ocupar esse lugar.  Um dos motivos dessa afirmação – não o único, é claro – se deve a que ela chama para ser conjugada tanto na intensão quanto na extensão da psicanálise. É assim que hoje estamos com a LaPsus Calami dedicada a sua expansão, não sem interrogar suas relações com outro conceito maior: o da angústia.  Com efeito, é possível verificar nos artigos, nas entrevistas, conversações e notas de lectura que a compõem, que aquele constitui um campo iniludível da praxe e da experiência do psicanalista.  Para expressá-lo de uma outra maneira e com Bakhtin, a leitura na LaPsus Calami sustenta uma dimensão de exotopia respeitante ao texto: isto é, formular ao texto alheio – “ler como se fôssemos outros” – perguntas não esboçadas por ele, procurando suas respostas a nossas interrogações para descobrir, na tentativa de responder, novos aspectos, novos percursos.[4]

     

    [1] Ata de Fundação de Convergência, Movimento Lacaniano para a Psicanálise Freudiana

    [2] Ibid.

    [3] Cf. Roberto Harari: La pulsión es turbulenta como el lenguaje. Ensayos de psicoanálisis caótico, Ediciones del Serbal, Barcelona, 2001.

    [4] Cf. Mijaíl Bajtín: Estética de la creación verbal, Siglo Veintiuno editores, México, 1982, pág. 352.

  • Poésie et psychanalyse. Una asociación ilícita (Une association illicite) – Enrique Tenenbaum

    Présentation 13/6/17 Paris  [1]

    Ilda Rodriguez

    “Le rêve ne se propose de rien dire à personne et, loin d’être un moyen de communication, il est destiné à rester incompris.

    Sigmund Freud

     

    El poema no tiene sentido, no tiene destino 

    (Le poème n’a pas de sens, il n’a pas de destinée)

    Alejandra Pizarnik

    En paraphrasant Lacan, nous constatons que l’on commet parfois avec lui la même erreur qu’avec Freud, qui consiste à ne pas avoir lu ce qui était écrit. Il me semble qu’il s’agit ici de mettre l’accent sur la nouveauté de l’écrit, dans le but de faire avancer la psychanalyse sur ce qui n’a pas encore été lu dans certaines parties de l’œuvre[2] de Freud et de Lacan. Il faut également articuler avec cela la périodisation[3] dans la lecture de ces œuvres psychanalytiques ouvertes. Il me semble qu’un tel traitement ne signifie pas une avancée, en entendant par-là que les derniers travaux sont meilleurs que les précédents et que ces travaux antérieurs peuvent être laissés de côté, étant donné que la psychanalyse comporte une praxis poïétique[4] à déployer dans et à travers la parole, en fonction de ce que veut dire parler en psychanalyse ; comme on peut le voir à la lecture de ce livre.

    À cet égard, si nous concevons l’écrit comme appartenant au réel, nous ne postulerons pas son impossible exhaustion; mais nous devons d’abord nous intéresser à ce que me fait dire le déploiement de cette « relation illicite entre la poésie et la psychanalyse ». En effet, un élément remarquable de ce texte est la générosité à l’égard de son lecteur – c’est du moins mon expérience- il l’accompagne, l’interroge, l’invite à le faire fonctionner, à infliger une certaine violence à ses letres et, pourquoi pas – « faites comme moi, ne m’imitez pas » – en effectuant ce que l’auteur fait au poème dans un pivotement dans lequel il apparait entre l’invention poétique et l’invention psychanalytique. Encore une fois, il présente en acte une pratique de la langue en tant qu’écriture. Enfin, il encourage à prendre la place du lecteur qui « rétro-fonde ce qu’il est en train de lire ».[5]

    Il faut ajouter que Lacan, en relation avec l’inconscient, déclare que le langage est au cœur de ce qu’il enseigne et il ne cesse d’insister sur le fait que l’on a parfois tendance à oublier que ” la parole n’est pas le langage, et que ce dernier fait parler drôlemen qui se spécifie dans ce parlage[6]dont l’apparition se produit pendant la session d’analyse par le biais du transfert. Disons que nous sommes bifides et que l’émergence de lalangue nous donne un modèle d’analyse. Ni strate ni fond, mais fondé par une opération de l’analyste qui fend la langue du phrasé analysant, inaugurant un nouveau signifiant. Et voilà pourquoi « notre » texte montre à travers les actes que le travail analytique vise à tenter de sauver le pouvoir virtuel du langage et non pas à se déplacer dans le strict registre de la langue.  Ainsi le fait de nous accepter en tant que bifides implique un déplacement entre la langue et le langage. A ce propos, Lacan, modifie fortement cette idée selon laquelle nous sommes parlés en suggérant que s’il n’y avait pas une sorte de petite modification – une encoche – produite par le parlêtre, cette langue mourrait.[7]  Cette virtualité, ce pouvoir, c’est celui qui insiste encore et encore à la suite de la lecture du livre : une manœuvre que chacun fait parce qu’elle est de l’ordre de la singularité et qu’elle joue en chacun de nous avec notre condition bifide. Nous ne sommes pas victimes d’une langue qui nous attrape tous de la même manière, ni parlés en conséquence; au contraire, il existe une petite avancée dans une psychanalyse en fonction de cette invention dans la langue qui nous contraint et qui rend l’acte de parler bien singulier en tout cas. Ainsi, et selon une lecture survenue a posteriori, nous atteignons le point où, s’il y a une différence, elle passe par l’écriture. Ce que l’on entend ne suffit pas parce que les jeux phoniques ne la produisent pas. Qu’il y ait une primauté du langage c’est avant tout une réflexion sur ce qui se passe avec l’écriture, avec l’inscription. L’écoute – il faut le souligner- conduit à des malentendus, autant qu’entre “pour être” et “paraitre”.

    Maintenant, je veux me concentrer sur une question – que le texte élucide vers la fin – par rapport à la position de l’analyste comme poème, à certains moments de la cure. Pour commencer à élucider cette question « Je ne suis pas un poète, mais un poème. Et qui s’écrit, bien qu’il ait l’air (il ait l’air d’être su-je) d’être sujet. » Ici, dans cette préface pour un public anglophone, il met en acte un jeu continu de lettres, en se basant sur une utilisation spécifique de la langue qui enlève de la facilité à sa lecture, parce qu’à la manière d’un poème, il viole ce que l’on pourrait appeler la variante communicationnelle du langage.

    Cependant, que l’analyste dans la cure – à travers la mise en œuvre du désir de l’analyste – se fasse faire un poème qui s’écrit -poèmanaliste : poème-émane-analyste permet d’en déduire d’emblée, me semble-t-il, que l’écriture ne se soutient que parce qu’elle est présente dans le présent (Meschonic). Et en même temps, elle tente de mettre en œuvre un présent de lecture – lire ne commence que quand on relit- qui n’est pas séparable d’une historicité, dont ne jouit pas l’écriture. Peut-être pourrions-nous ajouter que pour que le poème ait lieu là, il faut se passer à la fois du contexte et du référent. A ce moment-là, la poiesis fait son entrée en tant que production dans la présence, que nous pourrions appeler poème – comme j’espère pouvoir l’exposer – et qui apporte à la langue la question suivante : qu’est-ce que cette expérience de la rencontre, de la trouvaille de la perte de l’objet, dans l’effectuation du poèmanalyste dans une cure ?

    Par exemple, dans ce sens, l’expérience dans l’analyse de l’association libre répondant au “parlez”de l’analyste, laisse une place fondamentale à la bêtise pour qu’elle soit élevée à la dignité de tâche analysante, étant donné qu’elle s’enquiert des malentendus que le forçaje analytique fera sonner – dans la parole imposée par cette Autre chose. Sans aucun doute, il s’agit d’un exercice que Lacan nous recommande d’effectuer- en le mettant en acte – car il est tout à fait révélateur : « Transformer la manière d’écrire les choses» en écrivant dans le texte de l’analysant pendant la séance, à la manière du palimpseste.

    Voici les premières choses qui me viennent à l’esprit quand je lis son ” je suis un poème qui s’écrit ” :

    • Il y a quelque chose de l’ordre du produire, et convenons que s’il n’y a pas de communication, il peut y avoir un non-sens. Ce qui ne veut pas dire que ce qui s’appelle poème soit hermétique, ni confus, ni beau, ni que cela requière une clé pour l’élucider; plutôt cela implique de pro-duire- à la manière d’Agamben – ce mettre la présence de l’être.
    • En d’autres termes, selon notre expérience clinique quotidienne, le dire se transforme en acte, par exemple, en montrant combien de mots sont impliqués dans l’un d’entre eux, dans la mesure où – selon la perspective de l’entêtement imaginaire – il est prétendu univoque, entier. En échange, sa rupture est propice, en faisant jouer l’homophonie, en trouvant, par exemple, un mot qui est à proximité de l’autre – et qui jusque-là ne nous serait pas apparu; et par une déviation des lettres (un clinamen) un autre mot est souscrit qui n’est pas dans le lexique commun unifié, ce qui provoque un effet – certainement bénéfique – de désadaptation. Cela se produit donc au moment d’être mis en présence de la parole (habla) même, ce qui s’écrit avec un ensemble de lettres fournies par la masse phoniques entendue de travers chez l’analysant, qui en babillant (al parlotear) fait de la poésie quand ça arrive – cela n’est pas fréquent. Pour Lacan, disons d’emblée que l’acte – tout court – prend la place d’un dire dans lequel change le sujet, car il fait que dans ce ” je suis arrivé là ” se vérifie un acte analytique. Il est atteint, touché – vu et entendu – à chaque entrée dans une analyse. À ce point, en tant que poème qui s’écrit- il est présent dans le présent – l’analyste, en principe, ne peut rien faire d’autre que se plier de manière aliénée à cette activité (ça) langagière aux fins imprévues pour lui.

    Pour conclure ce parcours, je voudrais dire qu’Enrique Tenenbaum fait référence à la condition de « désabonné de l’inconscient », ce qui, me semble-t-il, désigne un parlêtre qui a interrompu ou annulé son abonnement, et il s’agit donc de jeter les bases d’une rupture de la liaison précédente avec l’inconscient. Dans cette ligne, on peut dire par exemple, que pour Joyce son sinthome lui était inconscient et qu’il ne savait pas comment il était en train de fabriquer son propre nœud et / ou sa chaîne. Eh bien, on vérifie face à cette question, que l’Un s’inscrive/s’inscrit (el subjuntivo en español se inscriba-) comme une formation psychique désabonnée, dans la mesure où il a réussi à rompre son lien d’origine en se passant du soutien, une dette éternelle, car impayable. En ces termes, cela illustre quand même le fait que, dans l’analyse, nous travaillons pour créer une autre forme de crédibilité, sans attendre que l’Autre nous donne ses sens et par le biais de l’invention de nouveaux signifiants, au lieu du sens on pose un “j’ouis-sens”, une façon de le décomposer homophoniquement à jouissance.[8]

     

    [1] Maison de l’Amérique Latine, Paris, coordinado por Diana Kammieny

    [2] Obras completas? O para decirlo con  Umberto Ecco , son abiertas ya que ante todo convocan al lector a dar las razones de su práctica. No deconstrucción deleziana.

    [3] Ilda Rodriguez,Las psicosis en psicoanálisis,  Lapsus Calami. Revista de psicoanálisis Nº 6, Autismo y Psicosis, Letra Viva, BsAs , 2017

    [4] Poema procede del latin po~ema, y este del griego poiema, ( creación, hazaña) y poiesis cuya raíz es poien (hacer, crear) y originariamente  se utilizaba para denominar cualquier obra literaria

    [5] Roberto Harari, Polifonías del arte en psicoanálisis y en numerosos artículos y libros de su autoría.

    [6] Jacques Lacan, De la lectura de Freud, en Lacan, Roberto Georgin, Nueva Visión, Bs.As, 1988

    [7] J.Lacan, Seminario 23

    [8] R. Harari, Cómo se llama James Joyce? A partir de El sinthome de Lacan. Amorrortu, BsAs 1983,  Manera de descomponer homofónicamente a jouissance  “goce”

  • À propos de la pratique de la psychanalyse: variations autour de Lapsus Calami

    LC3 Présentation de Lapsus Calami à Paris

    On sait qu’il faut une deuxième hirondelle, au moins, pour faire le printemps, et dans le cas d’une revue, il faut un minimum indispensable de numéros publiés pour faire une série, et avec ce N° 3, que nous présentons aujourd’hui, je peux vous annoncer que le Groupe de travail de Convergence Perspectives en psychanalyse est déjà en train de concocter le Nº 4, et qu’il a commencé à collecter les écrits, et dans ce cas, il s’agit plutôt de semer que de récolter.

    A ce propos, Lacan nous dit de ses Écrits qu’ils formulent un contenu sur lequel on peut s’appuyer ou que l’on peut laisser de côté et il ajoute plus tard, qu’ils sont là mais ne sont « pas à lire ». À mon avis, il indique une voie à ceux d’entre nous qui se reconnaissent dans son enseignement sur les effets de cette lettre et sur son incidence sur notre pratique analytique – sans oublier non plus que sa réception peut ébranler une position subjective.

    Or, il me semble que Lapsus Calami, précisément parce qu’il s’agit d’une revue qui se spécialise dans la publication de travaux d’analystes qui offrent leurs lettres pour parler de thématiques soumises à notre considération – et qui ne coïncident pas toujours sur tout mais qui le font toujours des manières les plus diverses – il arrive donc souvent que dans notre revue les effets découlant du fait de nous approprier les textes de Freud et de Lacan pour répondre à l’invitation par le biais de l’écriture. C’est là que les Notes de lecture font leur entrée. Je veux dire, d’une écriture réalisée respectivement par le lecteur et par l’auteur, pouvant ainsi se situer – en tant qu’analystes – comme  lecteurs co-producteurs de textes. Il est clair que par moments, et c’est une chose que l’on peut confirmer en les lisant, dans cette invitation à la réécriture, la répétition engendre une différence inexorable. Par exemple, il y a des Notes de lecture suscitées à partir d’un ensemble disparate de textes qui se déplacent comme propulsées, à l’instar d’un ensemble de forces, comme le mouvement d’un “attracteur étrange”[1] pour celui qui écrit et qui est un « petit détail » qui va briser les efforts répondant à l’illusion d’une communication univoque. A certaines occasion, le contenu de la Note se tisse autour de l’un d’entre eux, et à d’autres, les interruptions et la ponctuation auxquelles ils ont recours se font écho, se profilent, s’enveloppent et s’entremêlent comme un télescopage. Il peut même arriver, c’est en tout cas une de mes pratiques, que lorsque nous prenons connaissance des textes qui sont censés porter sur le thème en question, de prime abord, au cours de la lecture nous sommes assaillis par le doute, par l’incompréhension fluctuante, l’hésitation, le tâtonnement, le soupçon empreint de méfiance face à nos conjectures; enfin, différentes significations surgissent, juxtaposées, en lignes parallèles, autonomes, qui parfois ne s’articulent pas avec notre savoir et ainsi – ce n’est pas toujours le cas – nous nous retrouvons parfois non seulement face à diverses significations, mais aussi à une pluri-signification paradoxale des textes.

    Comme l’affirme Lacan en 1955: « il n’y a pas de carte de l’inconscient ». C’est là que surgit l’idée de marquer l’absence d’une « somme substantielle » qui met de côté toute exhaustivité toutiste[2]. Il s’avère évident que là intervient encore et encore, comme une ligne directrice castrante, la mise en acte de la non relation sexuelle, d’un pas-tout qui marque au fer rouge le fait qu’il s’agit de parties extra-parties, sur le mode du sans totalité de l’être parlant sexué.

    Pour dire les choses autrement en citant Bajtín, la lecture dans Lapsus Calami soutient une dimension d’exotopie par rapport au texte : c’est à dire, adopter la même approche que pour le texte d’un autre – « lire comme si nous étions autres » – poser des questions que celui-ci ne s’est pas posées, en cherchant des réponses à de nouvelles questions, pour découvrir, dans cette tentative pour répondre, de nouveaux aspects, de nouveaux parcours.[3]

    Disons-le encore une fois, il s’agit d’une  manière de travailler sur les textes proposés selon une méthode décompositive-recompositive, à travers une délecture scripturale ou une écriture délecturale, selon Harold Bloom.

    En voilà le résultat : je vous propose une série de questions, à la manière du début d’une Note de lecture, que je me suis posées au cours de l’élaboration de ce N° 3, Politique et pratique de la psychanalyse, en essayant de nous rapprocher, dans son modus operandi, de ce qu’exige la règle fondamentale de l’artifice analytique, qui, en se scindant de tous les discours dans le détail, introduit la valeur inappréciable de celui-ci.

    * S’il est entendu que « la théorie est “lue” à partir de sa mise  en acte opératoire », l’assertion qui ne situe pas la clinique comme « épicentre de la psychanalyse » serait-elle possible?

    * Lacan dit à propos d’Hitler : Hitler n’est qu’un précurseur, et conformément à cette opinion, pourrait-on dire qu’une coupure a lieu avec les « formes du malaise », puisqu’il n’existe aucun antécédent de cette extermination méthodique propre du XXe siècle?

    * Laisser place à la question sur ce que l’on a généralement tendance à souligner en faisant valoir que la politique de la psychanalyse est celle du symptôme et de sa relation « avec les paramètres du discours du maître », interrogeant ainsi ce lien social entre analystes.

     Perspectives en psychanalyse a été élaboré pour commencer à travailler, entre autres questions, sur certaines des possibles différences observées dans la psychanalyse actuelle, en prenant comme références fondamentales celles qui se produisent dans le cadre du mouvement lui-même et, il va sans dire, au cœur même de notre Groupe de travail de Convergence. Comme son fonctionnement implique l’expérience de la castration dans chacun des psychanalystes qui en sont membres, je veux dire qu’à chaque réunion on met en oeuvre, pour commencer, la façon dont entre en jeu la place du collègue, comment cela s’articule au fait d’être interrogé par un autre et dans quelle mesure on “supporte” les différences qui à la longue s’avèrent bénéfiques et enrichissantes bien que parfois – voire en général – et peut-être justement à cause de cela, “en ébranle” plus d’un, comme le dit un des auteurs dans  Lapsus Calami.

    Il s’agit donc de la façon dont chacun de nous fait face à partir de l’énonciation et non pas tant seulement à partir de l’énoncé, ce qui serait un une articulation possible avec la castration : la tolérance, comme une de ces formes, par exemple.

    A cette occasion, dans Lapsus Calami, nous tentons de situer ces différences, de les cerner, de les mettre à jour dans le débat par le biais de l’écrit, en publiant une revue financée, selon l’usage, par les ressources libidinales que déploie Perspectives en psychanalyse. Dans cette orientation, nous essayons de mettre en oeuvre notre pratique  de lecture- lecture/écriture- à partir de nos écrits et de ceux d’autres analystes. Ce qui, à mon avis, ne fait qu’exacerber – en mettant en acte – le présent de lecture qui n’est pas séparable d’une historicité, dont ne jouit pas l’écriture, car celle-ci ne se soutient que par le fait d’être présente dans le présent. Autrement dit, si lire ne commence que lorsqu’on relit, sans doute peut-on dire qu’il faut trouver l’écriture qui correspond à la lecture et à ce moment-là l’empreinte de Lapsus Calami devient possible.

    Pourquoi Lapsus Calami? En ce qui me concerne je donnerai une des raisons possibles pour le choix de ce Nom. Il me semble, d’abord, que le lapsus parle de l’ouverture et de la fermeture de l’inconscient comme formation paradigmatique parce qu’il a lieu “avec empressement et célérité”. Et si l’on veut y regarder de plus près, cela équivaut à dire que si tout lapsus est calami, il faut saisir sa portée, par exemple, dans l’activité novatrice de Lacan, dans son Séminaire, lorsqu’il profite d’un lapsus calami qu’il a commis dans la gestation de la notion de lalangue.

    Que démontre ce procédé lacanien dont notre Lapsus Calami veut être le débiteur et peut-être trouver dans un acte une parenté de procédure ? À mon avis, il illustre la condition performative qui survient par l’utilisation, quand dans la violence du forçage parolier, dans l’acte de sa déconstitution-constitution, est vérifié dans le mot nouveau-né, cette même nomination. Ainsi a lieu une rupture effective de la grammaire qui viole sa syntaxe, et en même temps, distraite quant au lexique, elle est soustraite du contexte. Je me réfère à une façon de comprendre ce que dit Lacan dans le Séminaire XXIII: «… le lapsus calami, n’est pas premier par rapport au lapsus linguae, mais il peut être conçu comme touchant au réel ». C’est une des deux citations de Lacan, qui se trouvent avec deux citations de Freud, au dos de ce premier numéro de notre revue, et expriment le mieux ce que nous entendons par lapsus.

    Pour conclure et commencer à élucider ce qu’a suscité en moi le travail de traduction effectué dans les textes présentés ici, et / ou des traductions réalisées par les auteurs dans leurs lectures des textes de Lacan, il faut ici signaler un détail minime : la traduction est une question présente et nodulaire de Lapsus Calami, ce que j’ai compris à travers le travail accompli jusqu’ici. Pour l’instant, on peut penser que ce qui sera décisif dans la traduction des textes psychanalytiques qui sont à la base de notre pratique est ce trait dans le Réel de la cure pour chacun, qui fera la différence ou le consensus pour chacun : la pierre de touche sans doute.

    Pour le moment je peux dire à ce propos, que, dans mon expérience en LC, j’ai cru comprendre qu’il faut faire dans la langue cible, avec ses propres ressources, ce que le texte fait à sa langue, la langue source (Meschonic), puisqu’il ne s’agit pas de dire la même chose différemment, ni “presque” la même chose mais qu’il me semble, et suivant l’apologue lacanien dont je vous parlais, que non seulement il y a toujours passage de langues, mais qu’il existe aussi des cas où une écriture fait l’invention d’une oralité. Pour le dire autrement, le langage se perfectionne quand il sait jouer avec l’écriture.

    4 juin 2013, Maison de L’Amerique Latine

    [1] Cf. Roberto Harari: La pulsión es turbulenta como el lenguaje. Ensayos de psicoanálisis caótico, Ediciones del Serbal, Barcelona, 2001. La pulsion est turbulente comme le langage. Essais de psychanalyse chaotique, L’Hartmattan,Paris, 2005

    [2] J.lacan, “Intervention sur l’exposé de J.Favez-Boutonier “Psychanalyse et Philosophie” (25/1/55) www.ecole-lacanienne.net.

    [3] Cf. Mijaíl Bajtín: Estética de la creación verbal, Siglo Veintiuno editores, México, 1982, p. 352.

  • Freud y Lacan en castellano

    Seminario XX de Lacan en castellano

    “El primer paso de la ignorancia es presumir saber”. Gracián, El Criticón.

    “El error es un arma que acaba siempre por dispararse contra el que la emplea” Arenal, Memoria sobre la igualdad

    “La traición no triunfará jamás. ¿Por qué razón? Porque si triunfa, nadie se atreve ya a llamarla traición. J. Harrington. Of Teason

    1. Propósito

     

    Pretensión: salvemos, por esta vez, el recurso timorato que absuelve a cualquier traductor dando por inexorable a la inmanente traición. No, porque hay traiciones y traiciones. Algunas de ellas, claro está, exceden el espectro medio de lo “opinable” –en cuanto a la diversidad de posibles alternativas homogéneamente valederas– para inscribirse en el error y la equivocación. Si aquel es tributario del saber referencial –y de la ética que debiera presidir cada una de sus autorizaciones–, la segunda apunta al saber textual, conjeturable –a partir de sus formaciones– si se escrutan los designios explícitos, o no, del sujeto de la enunciación concernido.

    Pues bien, la alarmante profusión de errores y equivocaciones cometidos por los responsables de la versión castellana del Seminario XX de Lacan (Paidós, Barcelona, 1981),* nos ha movido a procurar su desglose, en el intento de contribuir a una difusión de la obra del maestro francés tal que respete legítimamente, en nuestro idioma, los términos de su rigurosa concepción. Ya que –como alguna vez aseveró Freud– uno comienza cediendo en las palabras, y nunca sabe dónde puede terminar.

    Por otra parte, a pesar de la abundancia de dichos yerros, el espacio con que contamos en esta Sección de REdTORICA nos convida con licitud a limitar nuestro corpus a los dos capítulos iniciales del Seminario; empero, asumimos el compromiso de proseguir, en otros números, la tarea así iniciada. Dicha prosecución involucrará también un retorno, en la medida en que de los capítulos referidos señalaremos, aquí, tan solo algunas de las muchas objeciones que suscitan.

    Esta labor, por último, no hace sino aunarse con otra de no menor alcance: se trata de consignar los resultados de cotejo confrontativo entre el registro de la desgrabación del Seminario de marras, y el respectivo establecimiento publicado, a partir de aquella, por Seuil, en París, 1975. Adelantemos, en tal tesitura, que los grosores comparativos de ambos textos ya preanuncian lo que luego se forja como juicio fundado en el lento procesamiento reflexivo de la lectura del original: la “poda” consumada en este no fue una limpieza en pos de facilitar, de agilizar o, inclusive, de mejor organizar la lectura, sino que ella implica, directamente, una mutilación conceptual, a más de estilística.

     

    1. Los yerros puntuados
    2. Aun

    Tal palabra, es claro, alude al título adjudicado a la edición castellana (C, en lo sucesivo, y F, para la francesa). Ahora bien, el “aun” no acentuado significa tendencialmente “hasta, también, inclusive”; en cambio se “escribe con acento cuando puede sustituirse por todavía sin alterar el sentido de la frase”. Por otra parte, también se le asigna el sentido de “no obstante, sin embargo” (1). Pues bien, se desprende del desarrollo expositivo del Seminario que Lacan apunta a lo correctamente trasladado al portugués por el correspondiente traductor: “Más, todavía”, Mais, ainda (2), denotando, con la juntura descomponible y de elección eventualmente alternativa entre sus términos, una perdurabilidad –rayana con el desafío– situable en los mismísimos lindes de una exclamación interrogativa que el sedativo “aun” se encarga, por su cuenta, de sofocar. Y esto tanto en lo concesivo, cuanto en lo encarecedor… aun. Pero –es obvio por lo anunciado– hay más todavía… según lo sustrata el goce suplementario incluido raigalmente en el decurso del propio Seminario.

    1. “Fuera de lugar”

    Se sienta esta locución (C, 10) por “deplacé”, “desplazado” (F, 10). Resulta que Lacan utiliza, en ocasiones, el “hors”, “fuera”; por ejemplo, “horsexe” (F, 78/9; C, 103). No es así en este caso, donde contextualmente él asume su lugar de destinación significante en virtud de hallarse conducido por la operación que desde Freud conocemos como desplazamiento (“déplacement”, en francés). Por ende, la sinonimia lexical pierde el rigor del concepto, pues escamotea el uso –“deliberado” o no, poco importa– que de él hace el autor.

    1. otro

    En C, 12 se lee al pequeño otro cuando en F, 11 dice “Autre”, en el último renglón del apartado 1. Esto, estimamos, no requiere mayores comentarios.

    1. signo de amor

    La expresión mentada perdió, en C, 12 dos artículos determinados, definidos, que se encuentran en F, 11; “le signe de l’amour”. Dicha maniobra se reitera en lo sucesivo de la versión; de aquella cabe aseverar, entonces que el retiro del definido disuelve el peso de la afirmación, ya que no se trata –en el crucial aforismo destacado– de ese signo incurso en un conjunto coleccionable, sino de su acotamiento aislado y privilegiado: el signo. Tampoco el amor es una entidad vagarosa: es el amor que cada quien acontece.

    1. señas, señales

    Luego de haber vertido “signe” por “signo”, según acabamos de con-signar, brota una intempestiva sinonimia: C, 12 y 13 escriben lo indicado en el nombre de este apartado, cuando F, 11 insiste en el mismo concepto. Y decimos concepto, que el Seminario abunda en la consideración del signo, por ejemplo en C, 169/71 (F, 128/30). Además, aunque rebalse nuestro corpus, no podemos dejar de resaltar la recurrencia de esta empresa en las páginas anotadas en último término, donde por ejemplo “donner un signe, un signe de sa présence de unité” se transformó en [aprender] “a hacer una seña, a dar un signo…”. ¿Es que acaso Lacan es un nuevo semiólogo general, o un epistemólogo genético que clasifica seña, señal, signo, significante? El signo es lo que representa algo para alguien: entonces, ¿de dónde surge su homologación con seña o señal?

    1. el inconsciente

    En este respecto, C, 12 reincide en una denominación sustancialista, enteléquica de “l’inconscient” (F, 11) –harto difundida en nuestro medio–, la que es cabalmente sorteada por el freudiano “lo inconsciente” (3). ¿Por qué? Porque no concibe una geología de pedazos de la cabeza, sino que hace suyo el sesgo de un discurso –ni profundo ni superficial– asido en el tren de la arista de un constante devenir, y cuya única patencia (le) adviene en función de sus formaciones. “El” inconsciente, al sustantivizar, relanza imperceptiblemente una postulación en términos de una consciencia duplicada, pues reintroduce el homunculillo avieso de la yocrática causa final, teleológica y presuntamente placentera. Así, la dimensión de “lo” autoriza, facilita, una adjetivación que participa de una episteme homóloga con la de los registros lacanianos: “lo” Real, por ejemplo. Abona, por último, la jerarquía del efecto remontado y del azar, en tanto conceptos insoslayables del psicoanálisis.

    1. Lo pide sin cesar

    Tal frase da cuenta, en C, 12 de lo que en F, 11 reza: “Il ne cesse pas de le demander”. Como cabe advertir, este sintagma comprende dos operadores conceptuales –abrogados en C– no precisamente secundarios: “no cesa”, y “demanda”. El primero se halla tematizado con largueza en diversos tramos del Seminario, por ejemplo en C, 74 [F, 55] y C, 174/5 [F, 131/2]); según es de conocimiento, esa herramienta –en conjunción/ disyunción con el “escribirse”–, le permite a Lacan dar cuenta de cuatro de las categorías modales. Pues bien, una de ellas se encuentra casi adosada al “ne cesse pas” de C, 12 en dos oportunidades: lo necesario. ¿Y qué es lo necesario? Lo que no cesa de escribirse (C y F, ídem). Se capta: la estructura composicional de la precisión acerca de lo necesario es la misma que la de la frase considerada, salvedad sea hecha de que en esta última los términos “sólo” están dispuestos de modo de incitar sugerentemente al trabajo fundamentado de lectura, tomando benéfica distancia, entonces, de la mera transcripción léxica.

    Demanda, “D”: ¿alguien puede reemplazarla, en la concepción lacaniana, por el pedir contenidista, por el pedido explícito y puntual? Seamos justos: en otras ocurrencias, C decide escribir “demanda”, concluyéndose de dicho proceder que ambos términos intercambiados tienen zonas de máximo recubrimiento. Por eso –nos rebalsamos de nuevo– en C, 152 (F, 114) la frase–fórmula que introduce nada menos que al nudo borromeo, la frase de demanda aforísticamente iniciada por el “te demando… rehusar (Je te demande… de refuser)” es evocada como “te pido… rechazar”.

    1. extrañas

    Sin duda “bizarro/a” es un galicismo. Mas a los fines de procurar la constitución de una nomenclatura pertinente para nuestra práctica psicoanalítica, no deberíamos vacilar ante la objeción –siempre epocal, siempre con el conocido lag respecto de la interlocución cotidiana– de los académicos de la lengua, sino que, antes bien, cabría incentivar nuestro propio derrotero. Por otro lado, “bizarro/a” se ha tornado un vocablo ciertamente difundido y aceptado en el mundo “psi” hispanoparlante. Pese a ello, su aparición en F, 11 se metamorfosea –en C, 12– en “extrañas” (son las “señales”, ya aludidas). ¿Tan sólo cautela preservadora del idioma? El problema es que Lacan aísla y categoriza casi de inmediato lo “extraño (étrange)”, derivándolo hacia el “être-ange”, “ser-ángel” (C, 16; F, 14). Léase a esta luz la referencia previa sobre el “amuro”, y se comprobará la errónea inconsecuencia de C atinente a lo “extraño”.

    1. acarrea

    C, 13 sitúa esta palabra por “porte” (F, 11). De acuerdo: Lacan juega a menudo con la polisemia. Pero en incontables momentos de su enseñanza puntúa un concepto con el fin de alcanzar la mayor univocidad posible en medio de la acción significante. Esta es una de esas ocasiones; en efecto, si se le hace decir que el germen “acarrea” –también “ocasiona”– la muerte, se difumina el sentido fuerte del Träger (“portador”) que le adjudica esa frase, en consonancia con lo demostrado por la biología moderna. Porque la muerte no es engendrada por el germen, sino por la repetición del cuerpo en la descendencia, merced al “invento” de la sexualidad que hace a un lado la escisiparidad (4 y 5).

    1. relación proporción sexual”

    Al constar en F, 13 “relation rapport sexuel”, C opta por lo mencionado en este subtítulo (C, 14). Podría suponerse, con cierto margen de seguridad, que el objetivo procurado por medio de esa decisión fuese el de elidir aquí la redundancia; sin embargo, tal alternativa es de antigua data en este grupo de traductores, el cual suscribe, en dicha perspectiva, una explícita recomendación que ya les formulara anteriormente J.-A. Miller (6). El asunto es que este último teme –dice– que se confunda “relación” con “relaciones” sexuales, creyendo esquivar el hipotético obstáculo a través del uso de “proporción”. Empero, nos parece que este recurso aritmético lo que logra es apartar la –ahora sí– imprescindible polivocidad a sustentar partiendo del término francés, el que significa también “informe”, “relato”, “información”, “narración”. Y si estamos contestes en que no hay relación sexual por efecto de su inencontrabilidad en “lo enunciable” –según sostiene el Seminario una línea antes–, no trepidaremos en suscribir la primacía significante –sorteada sistemáticamente en sus presentaciones por quien propuso “proporción”– que porta el no negociable concepto de “relación” (sexual).

    1. caracteres secundarios

    Entre estas dos palabras (C, 15), el texto galo intercala “sexuels” (F. 13). Vaya omisión en un párrafo que agrega lo siguiente en su frase inmediata: “Nada distingue (rien ne distingue) a la mujer como ser sexuado, sino justamente el sexo”. Además, como lo destacan las palabras por nosotros puntuadas, Lacan se vale allí del ne expletivo, lugar entre otros, como se sabe, de posicionamiento del sujeto de la enunciación (7). ¿No sería conducente resaltarlo? ¿O pretenderemos que es una insípida “façon de parler”?

    1. “necio, necedad”

    A partir de sus inserciones iniciales, tanto “bête” (F, 14; C, 16) como su adjetivo sustantivado “bêtise” (F, 16; C, 20), se vierten según se acaba de justipreciar. La cuestión es que los nombrados vocablos castellanos derivan directamente de “scientia”, “conocimiento”, proveniente a su vez de “sciens/tis”, “el que sabe”. Pero hete aquí que Lacan intenta burilar una noción que, sin duda, se escinde de la notación del saber sabido, hurgando, en cambio, en un saber sin sujeto por medio de la “bêtise” en tanto “tontería”. ¿Por qué esta elección? Porque “tonto” es “voz de creación expresiva, cuyos equivalentes se encuentran en muchos idiomas”. A esto, agregan Corominas y Pascual que términos como “chocho, bobo, lelo, soso, fofo, memo, y en particular su hermano y sinónimo zonzo… se caracterizan por la repetición de una misma consonante, a menudo con vocal o, y a veces con adición de una n, y es esta misma repetición la que basta para sugerir directamente la idea” (8). Antes que aceptar la implícita invitación etimológica de C en pro de la credulidad en el moderno catecismo de la ciencia, nos sumamos a la fecunda línea “tonteril” trazada, en este respecto, entre Flaubert (9), Lacan y Glucksmann (10).

    1. palabra

    La traducción (C, 18; F; 15) renueva un malentendido lexicológico habitual atinente a la obra de Lacan: se trata de volcar tanto “parole” como “mot” (C, 28; F; 22) por “palabra”. Justamente en la página recién citada se estipula la diferencia: la “palabra” (mot) hace colección en el diccionario, en tanto lo que a nos, analistas, incumbe, es la función del “habla”. Sí: “Función y campo del habla y del lenguaje en psicoanálisis”, ya que este hace a la dimensión interlocutiva de la parole, en la cual hasta la frase puede llegar a configurar una unidad significante.

    1. lingüisteria

    Otra aprehensión –también usual– a mitad de camino, ya que el libro reza “linguisterie” (F; 20; C; 24). Literalmente, lo escogido parece atinado, mas, conociendo la tesitura lacaniana, ¿creemos que el neologismo no está compuesto siguiendo los lineamientos de un tropo? ¿O será, como no es infrecuente en su enseñanza, más bien el efecto de una metáfora –condensación– al estilo de parlêtre? Entonces, si como acreditamos este es el caso, escribiremos –en congruencia tanto con la denotación del emprendimiento del nuevo monema, cuanto con la procedencia de los términos integrativos– “lingüisteria”. ¿Se lee la histeria?

    1. “está estructurado como un lenguaje”

    Para proseguir con la recurrencia de errores ahora lamentablemente casi generalizados, C, 24 concibe del modo mencionado el clásico aforismo lacaniano (F; 20). Pero, se sabe, el francés carece del distingo castellano entre “ser” y “estar”; por ende, “est structuré” (ídem ut supra) conviene inteligirlo como “es estructurado” antes que como “(ya) está estructurado”. Proceso, tránsito, entonces, y no alforja-depósito oclusa y conclusa de la que cabría proveer al desagote de sus “contenidos infantiles fijados”.

    1. escandido

    Quizás por algún “arrastre” inadvertido, C, 25 coloca esta voz por el original “pointé” (F, 20). Y decimos de un posible “arrastre” porque pocos renglones arriba asoma, efectivamente, “se scande”, lo cual se traduce con corrección. Ahora bien, esta cuestión del “anotar”, “punzar”, “marcar”, por cierto que no es de la misma estofa que la escansión; aquella, inclusive, se localiza en un campo nocional y práxico que la acerca a la puntuación. En consecuencia, ¿no habrá en esta equivocación una re-velación de la promoción “duplicada” de la escansión en la práctica analítica? ¿Qué lugar le resta, entonces, a la puntuación?

    1. vínculo

    Esta expresión es la elegida para dar cuenta de “lien” (F; 21; C; 26), insistiéndose con ella en el curso del desarrollo subsiguiente. Sin embargo, pocas líneas después, el mismo término se traslada como “lazo” (F; 22; C27). ¿Por qué esta errática e infundada sinonimia? Una posible respuesta estriba en que en el primer caso se trata del discursivo lien social, en tanto que el segundo involucra a los liens hormonales. Vale decir que el ser hablante establece vínculos, mientras que en los productos glandulares se circunscriben lazos. O dicho de otro modo, y como conclusión: la noción de “lazo” demuestra ser inadecuada para la intelección del ser hablante, según afirman, en estado práctico, los traductores. Punto que no deja de causar perplejidad ante un Seminario en el cual el nudo borromeo –definido, desde el corte, por los lazos– adquiere una importancia medular para la aprehensión de la experiencia del análisis, la que dista con mucho de ser hormonal (por ejemplo, C, 143/64; F, 107/23). Por lo tanto, esta equivocada concesión antitopológica a la empiria fenomenológica del “vínculo”, ¿no comportará un inconfeso homenaje a los aspectos menos ponderables de las enseñanzas de Enrique Pichon-Riviere, las que conforman una suerte de background “vincularmente” pregnante, seductor para tantos “psi” hispanoparlantes? ¿O será una contraseña semántica capaz de evocar el afamado conductismo del “doble vínculo”?

    1. barrera” – “tachada

    Estas dos propuestas (C, 27 y 39) dan cuenta del francés “barré” (F, 22 y 31). Ahora bien, en el primer caso se trata de la clásica barra –de origen saussuriano– postulada algorítmicamente entre el significante y su efecto llamado significado; sin duda, la realista “barrera (barrière)” se franquea (franchir) de un modo bastante heteróclito al franqueamiento de la barra que, por ejemplo, propone la fórmula de la metáfora (11). Por otro lado, si nos hacemos cargo de esa concepción de la barra, podremos entender el efecto definiente del significante sobre el sujeto, aprehendiendo a este –barra ahora oblicua, o vertical, mediante– como consecuentemente “barrado” (/), y no “tachado”. Y lo propio sucede desde ya con la A (Otro) en tanto “barrada” (/).

    Por último, ¿no se percibe cómo con “barrera” y “tachada” se quiebra en nexo lógico necesario vigente entro lo denotado por las escrituras nombradas y la “experiencia de la barra” (el “embarazo”, por ejemplo), tematizada por Lacan en el Seminario X?

    1. la verdad sea dicha

    Esta expresión congelada, consensual, figura en C, 30 como traducción de un coloquial “mon Dieu (mi Dios)” (F, 24). Puede argumentarse, en pro de dicha opción, la condición de muletillas, de comodines del habla, que compartirían ambos sintagmas; sea, mas ¿se ignora el lazo planteado por Lacan entre verdad y decir? O sea, aquello irrenunciable de que la verdad es no-toda, pudiendo tan solo semidecirse, por efecto de la acción de la Urverdrängung. ¿Qué implica, entonces, que C profiera, repentinamente –y en un contexto tan delicado como el que en tales páginas razona sobre las sustancias–, un enunciado en apariencia refutatorio de la concepción lacaniana de la verdad? ¿O que dé pie, homonímicamente, a pensar en la imperativa verdad como felicidad (también “dicha”)?

    1. causa final

    Que se propone por “cause dernière” (F; 27; C; 34), o sea, “causa última”. Es notorio que aquí la desaparición efectivizada –una vez más– en la apelación a la presunta sinonimia se articula con el desconocimiento del contexto filosófico a partir del cual se desgrana lo referido.* ¿De qué se trata? De una nueva puesta a punto de las cuatro tradicionales causas aristotélicas –consideradas, por ejemplo, en “La ciencia y la verdad” (12): material, final (finale), eficiente y formal. Es en este orden que son enumeradas en el Seminario XX; ahora bien, ocurre que lo de “causa final” no se incluye en C únicamente en su estricto acápite, sino también cuando Lacan discurre acerca de la causa formal, arrojando como resultado este remarcable despropósito: “su causa, su causa final (dernière), que es «formal»”. Por lo que se le imputa así al maestro francés la confusión, o la superposición, de la causa final con la formal, hecho que, según se colige, caracteriza en verdad a este equipo.

     

     

    III. Conclusión

     

    En suma, creemos haber logrado, siquiera sea parcialmente, el cometido propuesto en I. atinente al mismo orden, consideramos sumamente beneficioso el hecho de que este trabajo pudiese llegar a precipitar otros de homólogo calibre en aquellos –no pocos– lectores que ensayen sumar su aporte respecto a la notable obra de Lacan. Circunstancia, claro está, que no se encuentra reservada a cenáculo alguno, quod erat demonstrandum.

     

     

    Referencias bibliográficas

    • Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, Espasa-Calpe, Madrid, 1970, p. 143, destacado en el original.
    • Lacan, O Seminario, libro 20: Mais, ainda, Zahar, Rio de Janeiro, 1982.
    • Freud, “Das Unbewusste”, Studienausgabe, S. Fischer Verlag, Francfort del Meno, 1980, v. III, pp. 119/62; Obras completas, Amorrortu, Buenos Aires, 1979, v. XIV, pp. 153/201.
    • Jacob, La lógica de lo viviente. Una historia de la herencia, Laia, Barcelona, 1977, pp. 333/49.
    • Foucault, “Crecer y multiplicar”, en varios, Lógica de lo viviente e historia de la biología, Anagrama, Barcelona, 1975, pp. 93/102.
    • -A. Miller, Cinco conferencias caraqueñas sobre Lacan, Ateneo de Caraca, Caracas, 1980, p. 44.
    • Lacan, “Remarque sur le rapport de Daniel Lagache: ‘Psychanalyse et structure de la personnalité’ ”, Écrits, Seuil, París, 1966, pp. 663/5; Escritos II, Siglo XXI, México, 1975, pp. 284/6.
    • Corominas –J.A. Pascual, Diccionario critico etimológico castellano e hispánico, Gredos, Madrid, 1983, v. V, pp. 545/6, destacado en el original.
    • Flaubert, Bouvard y Pécuchet, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1980.
    • Glucksmann, La bêtise, Grasset, Paris, 1985.
    • Lacan, “L’ instance de la lettre dans l’inconscient ou la raison depuis Freud”, Écrits (cit.), pp. 515/6; Escritos I, Siglo XXI, México, 1976, p.
    • ¾, “La science et la verité”, Écrits (cit.), pp. 871/; Escritos I (cit.), pp. 356/9.

    * En otra prueba de la coherencia del proceder de este equipo, puede leerse en el recientemente editado –en nueva versión– Seminario XV de 1064 (Paidós, Buenos Aires, 1086) lo siguiente: “la falta central del deseo, siempre puntualizada por mí, de manera unívoca, mediante el algoritmo (-…)” (p.112). Cinco líneas después, se reitera la misma escritura, en el mismo sentido, el que, según se aprecia, comporta por parte de Lacan una ratificación férrea en su postura, abonada por los términos “siempre” y “de manera unívoca”. Por lo cual, entonces, corrobora lo anteriormente sostenido en –por ejemplo– Subversión del sujeto… (Escritos 1 [cit.], p. 335) de este modo: “por muy sostén que sea del (-1), se convierte allí en (…) (Fi mayúscula), el falo simbólico imposible de hacer negativo” (el destacado es nuestro).

    De lo que se concluye que, cuando Lacan asevera que insiste en su algoritmo, los traductores –y sus revisores– le endilgan la incuria propia del trabajo por ellos encarado. En resumen: (-„ (menos fi minúscula) no es (-(…) según discrimina la versión francesa (Seuil, París, 1983, p. 97).

    * Análoga situación presenta cuando en F, 85 y luego de mencionar poco antes a Heidegger, Lacan asevera, “Cet être-là n’est pas rien”, es decir: “Ese ser-ahí (Dasein) no es nada”. Se conoce, indudablemente, el papel capital que juega en el pensamiento del gran filósofo alemán la noción puesta entre paréntesis, la que jamás podría traducirse por el solo “ser”. Pues bien, ello resulta vertido así: “Nada no es ese ser” (C, 112).

  • La Política del Síntoma en el Análisis de un Niño

    Cuando el síntoma no se muestra

    No siempre un niño llega al consultorio del analista con síntomas. En cambio, es seguro que lo hace por las resonancias que tiene para algún adulto. Adulto que en ocasiones no son los padres, pues si ellos no alojaron al sujeto, jamás traerán al niño. En esos casos, si la fortuna lo permite, será otro quien haga sonar la alarma.

    Así llegó Mateo. En la escuela comenzaron por registrar que no hablaba, solo emitía algunos sonidos; y a pesar de su corta edad, disintieron con el punto de vista del pediatra que proponía restarle importancia al asunto esperando que fuera a pasar.

    La consulta abrió una caja de Pandora que develó al niño como juguete erótico de un vecino que se presentaba como amigo de la familia, “cuidaba” a veces al pequeño y se sacaba fotos junto a él, sin ropa y sin pudor.

    La ausencia de palabra se hizo síntoma cuando alguien escuchó su silencio.

    Dos opciones que no son

    Con los niños, frecuentemente, se ha tendido a creer que su padecimiento siempre hallaba causa en la estructura familiar. Abonando esta perspectiva, se tejieron teorías proclives al determinismo lineal, haciendo recaer el peso del sufrimiento infantil en la balanza causal de los padres sobre los que se prefirió dirigir las intervenciones.

    Responsables, cuando no culpables, los padres resultaron presas de una concepción teórica que no atinó a hallar salida de un problema inevitable, propio del abordaje psicoanalítico de un niño.

    Error simétrico e inverso, merece destacarse, fue tratar al niño, desde el vamos, como plenamente responsable de sus actos, dándole derechos, merecidos desde ya, pero ignorantes de los tiempos de constitución en la orientación del deseo y la distribución de los goces.

    La estructura inacabada de los procesos psíquicos, la imposibilidad de una neurosis de transferencia asentada en la neurosis infantil, aún en proceso de constitución, y la presencia de los progenitores reales, muestra inexcusable de los tiempos en que el sujeto se estaría estructurando, mostraron a los analistas una evidencia de no fácil resolución: un niño es analizable pero no puede ser analizado del mismo modo que un adulto.

    Sin embargo ¿en qué estriba su diferencia? Y ¿cuál es su resonancia respecto del síntoma en la infancia?

    El síntoma del niño y la respuesta del sujeto

    Sabemos que el inconsciente freudiano no es el inconsciente lacaniano. Sin embargo, es en torno al concepto de síntoma en psicoanálisis que se ahondan las diferencias, cuando sus efectos recaen en el análisis de un niño incidiendo en las intervenciones del analista.

    ¿Cómo no recordar que para Freud el síntoma es una formación del inconsciente cuyas Vorstellung-Repräsentanz son efecto de la represión y en cambio, para Lacan, el síntoma no se constriñe al retorno de lo reprimido sexual e infantil, sino que también deja emerger un trazo del sujeto, cifra liberadora en la que anida un anhelo legítimo de existencia y libertad?

    A partir de Lacan, el síntoma no sólo muestra un rostro de sufrimiento que deja al sujeto como presa inmóvil de un goce enclavado; el síntoma, con otra perspectiva, adquiere dignidad, cuando abre y otorga una puerta ocasional al sujeto del inconsciente.

    Sin embargo, como la experiencia nos indica, nada va de suyo, la realización del sujeto logra su efecto si se cumplen algunas condiciones. El sujeto del inconsciente se muestra deudor de una lógica de incompletud, motora de sus resortes. Sin ella, no habrá inicio ni apertura, no habrá serie ni sucesión significante.

    Dicho de un modo simple pero atento a lo complejo y contingente del asunto, diría que la existencia del sujeto, dependiente de ese origen, se engendrará en los intervalos.

    Me propuse recordarlo brevemente para avanzar sobre las consecuencias que la opción entre uno y otro modo de abordar el inconsciente abre en la práctica del psicoanálisis con los niños, más aún cuando el síntoma no tiene lugar.

    Fue el caso de Florencia, quien vivía con su madre y el esposo desde pequeña cuando el matrimonio de sus padres de disolvió. Su padre había formado una nueva familia, y muchos años después de haberse separado de su primera mujer descubrió que su hija era abusada sexualmente por el marido de la madre bajo amenazas de matar a los hermanitos.

    La ausencia de menarca en la adolescencia fue el único indicador que despertó en la médica que atendía a Florencia una sospecha: que en el cuerpo de la joven se cifraba algún mensaje y ella aceptó ser su destinataria.

    No es un mal de nuestra época. De la inclinación que tiene un adulto a gozar del cuerpo de un niño, tomado como objeto, también se ocupó Freud cuando advirtió que los ámbitos institucionales cerrados, sitios en los que conviven adultos y niños, con estructuras y autoridades jerárquicas prestas a ser idealizadas por parte de los niños, son terrenos aptos para el abuso. Así ocurre cada vez que esos mismos adultos dan rienda suelta a las tentaciones pulsionales y abusan de quienes, siendo pequeños, padecen más que en otros tiempos de la vida de escaso saber en lo relativo al sexo.

    Es cierto que no resulta fácil determinar si un niño ha sufrido un abuso. Y que muchas son las ocasiones en que un niño no logra responder. Pero ante esas circunstancias, aducir que lo Simbólico no recubre totalmente lo real sexual, no es excusa suficiente para desconocer que en la infancia aun se adeuda el acervo simbólico para delimitar lo no sabido. Tampoco para desconocer las necesarias vueltas recreativas sobre el agujero principal de lo Simbólico, vueltas para aceitar la lógica de incompletud del Otro.

    Responsabilizar al niño, desconociendo la exacción de goce[i] del Otro real en los tiempos de constitución de la estructura, tuerce el valor político del síntoma como respuesta del sujeto.

    Los tiempos del sujeto

    Decir niño no es lo mismo que decir sujeto. Por eso, propongo que el analista atienda al niño pero apunte al sujeto. Pues si admitimos que el niño es un lugar en el Otro proveedor de significaciones y demandas dirigidas a él como objeto del fantasma, prefiero decir que el sujeto es una respuesta; y será respondiendo al Otro que el sujeto dará los primeros pasos a la existencia, ek, fuera, sistere, lugar. Respondiendo sí al Nombre del Padre, y alienándose al Otro primordial, luego le será viable separarse de su campo.

    Sólo si en el laberinto contingente de la vida le ha sido donado el intervalo necesario, y la impredecible disposición del Otro lo ha alojado en un campo signado por la incompletud, el niño podrá responder al Otro en lugar de realizar la presencia del objeto en el fantasma materno.[ii]

    En ese caso, la presencia del objeto que él era en el nudo de los padres alternará con su ausencia, arrojando una eficacia recreadora de benéfica falta en los goces, en el amor y en el deseo de los padres. La trenza del destino de un niño se tejerá con sus hilos, dando tiempos de lo Real, tiempos de lo Simbólico y tiempos de lo Imaginario para la constitución del sujeto. Es por eso que el concierto de una vida afina sus acordes en conjuntos más o menos disonantes según la calidad de los instrumentos que llegan a manos del ejecutante.

    Que el sujeto de la estructura más que edad tiene tiempos[iii], queda evidenciado cuando un adulto llega con enorme sufrimiento a consultarnos pero no atina a formularse pregunta alguna. Cuando aún desesperado, no busca saber, y aquello que revela su posición es un tiempo del sujeto trabado y demoledor a causa de una fallida constitución de la neurosis de transferencia. La ausencia de pregunta, y la impedida búsqueda de saber, invitan al analista a localizar, puntualmente, los tropiezos en los tiempos constitutivos del sujeto, a delimitar el momento en que han   fallado los efectos constituyentes de la transferencia, tiempos necesarios para los constituidos que le siguen.[iv] Ausente de la suposición de saber, no halla dónde hacer pie el discurso analizante. Mucho menos para desplegar sus razones.

    Es que la partitura de cada singularidad llevará las notas de los goces jugados en el tablero del Otro real. Los bordes y desbordes provenientes de ese campo incidirán habilitantes o arrasadores en la respuesta del sujeto. Por esa causa, a veces hay respuesta del sujeto y otras no.

    Para el caso, si los tiempos se recrean, el efecto sujeto hará su aparición. Y a pesar de no haber progreso, habrá progresión. El sujeto cursará los tiempos y responderá al Otro solamente si cuenta con recursos en el bolsillo de la infancia. Sólo con esos recursos simbólicos habrá síntoma, y el síntoma del niño será -como dice Lacan- “una respuesta a lo que hay de sintomático en la pareja familiar”[v].

    Esta perspectiva también indica que el edificio fantasmático se construirá paso a paso: hormigón, ladrillos, paredes y sólo finalmente ventanas. El marco no aparece sin previa delimitación. Por eso mismo, la construcción del fantasma, esa respuesta del sujeto a la demanda del Otro, puede fallar desde los cimientos.

    Entre el determinismo paternal y los plenos derechos de un niño, están los tiempos del sujeto, necesarios pero contingentes.

    El fantasma y el Otro real

    Inicialmente, Freud creyó hallar en la etiología de las neurosis una escena traumática: algún adulto mayor había abusado de la inocencia de un niño y procurado un goce que el síntoma denunciaba. Sin embargo, pronto descubrió la falacia. De ese modo, la elaboración del fantasma neurótico halló su basamento, llevándolo a decir que ya no creía en “su neurótica”.

    La ‘proton pseudus histérica’ hizo tambalear la teoría de la seducción como causa etiológica, y colocó en el podio la formación fantasmática como antecedente eficaz en la promoción de síntomas.

    “Pegan a un niño”[vi], con impecable lógica, expresó los pensamientos maduros de un Freud que atendía, con percepción investigadora, el decir de sus pacientes adultos. A partir de entonces, el relato de las escenas traumáticas involucraron al sujeto con la responsabilidad que le cabe en su decir, y relevaron al analista del grotesco papel de detective, acumulador de pistas y pruebas para confirmar, lupa en mano, el valor real y objetivo de los hechos. La realidad pasó a ser la pantalla del fantasma y la verdad, la verdad del sujeto.

    Liberado del determinismo lineal, el sujeto abandonó la piel que le otorgó el destino y empezó a vestirse con responsabilidad en el eje de su deseo.

    Ni juez ni parte, el analista afinó las cuerdas de su instrumento, apuntando a leer, en las letras del analizante, la verdad de su decir.

    Sin embargo ¿cómo extender sus razones cuando un niño pequeño es pegado? ¿Cómo analizarlo cuando un niño es objeto de abuso por parte de un adulto?

    Tiempos de pasaje: Del espacio del Otro a la escena del sujeto

    “el niño está hecho para aprender algo, es decir, para que el nudo se haga bien”…Porque no hay nada más fácil que lo que falla…”[vii].

    La expresión no me pertenece, la tomé del Seminario sobre Les Non Dupes Errent   y las pronunció Lacan el 11 de diciembre de 1973. Pero sí considero que para que el nudo se haga bien es necesario considerar la presencia del Otro real en los momentos fundantes de la estructura y la dependencia del sujeto en los tiempos de la infancia.

    Sus consecuencias en el armado del nudo en la infancia me invitaron a puntuar los tiempos en cada uno de los registros presentado por Jaques Lacan en su enseñanza. A mi entender, esa perspectiva expresa una cualidad diferencial en la dimensión temporal cuando nos percatamos que lo Real es un tiempo de permanencia y disrupciones, en tanto lo Simbólico se alinea en sucesiones y series, para distinguirse de una temporalidad imaginaria proclive a la continuidad o reversibilidad de los tiempos.

    Para el psicoanalista que apunta al sujeto cuando atiende al niño, se hacen muy evidentes algunas distinciones en cuanto a los tiempos de lo Real, los tiempos de lo Simbólico y los tiempos de lo Imaginario en el armado del nudo.

    Al recibir a los padres cuando nos consultan por su hijo jamás salteamos la consideración de ese tiempo anterior a la vida misma, en que un sujeto fue anticipado por el deseo de falo de una madre y recibió o no la nominación otorgada por el padre para su inscripción en la existencia.

    Como es sabido, el Otro espera un niño. Pero siempre encuentra una diferencia entre el niño esperado y el sujeto hallado. Destino invariable, pues el sujeto responde al Otro pergeñando una respuesta que no coincide ni alcanza para ser el niño anhelado ni el falo buscado, y muchos menos el objeto a, a menos que sea capturado para saturar la presencia del objeto en el fantasma materno[viii] .Cuando no es así, cuando el niño no realiza la presencia del objeto en el fantasma del adulto, cuando entre el niño y el Otro funciona la lógica de incompletud que regula los goces, y una falta de identidad permite hacer pie a la diferencia, se efectuarán las respuestas del sujeto. Respuestas a lo Real del Otro real, a lo Simbólico del Otro real y a lo Imaginario del Otro real. Esto es, que sosteniéndose en lo no idéntico, se erigen los tiempos de las identificaciones del sujeto. Primera, segunda y tercera identificación.

    Junto a cada una de ellas, incorporando lo Real, introyectando lo Simbólico y proyectando lo Imaginario del Otro real, se irá construyendo, ladrillo tras ladrillo, el edificio fantasmático desde el cual orientará la perspectiva del deseo en la metamorfosis de la pubertad.

    Para ello, han de adquirirse las varillas y la cuadratura necesarias para disponer de la abertura fantasmática desde la que el sujeto percibirá el mundo y su relación a la realidad. Apertura a una nueva perspectiva que abre el paisaje de la exogamia, los tiempos del fantasma serán en la infancia, tiempos de pasaje del espacio del Otro a la escena del sujeto.

    Notablemente, el analista que se aboque a diferenciar los tiempos del sujeto más allá de su edad, podrá también delimitar distinciones entre el sujeto inmerso en el lenguaje, del que dispone de la función de la palabra y de aquel que ha alcanzado ese otro tiempo de lo Simbólico que admite la articulación en discurso. Así mismo podrá constatar tiempos diferentes de lo Real en los que los goces se redistribuyen engendrando el objeto causa de deseo y plus de gozar con los bordes anudados RSI.

    Notará que no es lo mismo ver al niño buscar el objeto en el cuerpo del Otro que hacerlo en el propio cuerpo; y sabrá que sin transitar y luego abandonar esos pasos previos, un adulto jamás buscará el objeto en el cuerpo de un partenaire. Del mismo modo, podrá registrar tiempos diferentes en el armado de lo Imaginario, cuando delimite la eficacia diferencial en los tiempos de subjetivación del espacio y el armado de la escena. Si al comienzo el cuerpo se unifica reprimiendo el organismo para coagularse jubilatoriamente en la imagen especular, los siguientes tiempos de lo Imaginario, si ellos se recrean, podrán ver al niño jugar con su imagen y despegarse de ella creando personajes móviles y recreativos aptos para la escena lúdica y el jugar.

    Y jugando, jugando, el texto se va armando, revelando la contribución esencial del juego a la trama del fantasma. Con él se va produciendo un pasaje que va de la escena del mundo a la escena sobre la escena, y entretanto el Otro real pasa a ser parte de la “Otra escena” la que definió su fantasma. Sin él, sin su andamiaje, no habrá, en otro tiempo, identificación al objeto dentro de su marco.

    Es preciso diferenciar una vez más, ese momento posterior y analizable en el adulto que nos consulta, con respecto al tiempo en que un niño está constituyendo su respuesta de sujeto para no realizar la presencia del objeto en el fantasma materno.

    Cuando un niño es abusado surgen indicadores que es preciso atender sin hacer responsable al niño en tiempos en los que aún no puede responder.

    La distinción incluye una ética, la que no elude la responsabilidad del analista cuando no confunde la abstinencia con la inoperancia en indolente actitud.

    La responsabilidad del analista de niños

    El tema del abuso se ha prestado a confusión y merece considerarse. Cuando un niño no cuenta con el síntoma como respuesta del sujeto, es esencial el encuentro con un analista. Pues, la expresión de lo ocurrido puede ser imperceptible.

    Si los tiempos del sujeto se cursan en relación al Otro real, es preciso saber que donde falta el síntoma puede estar faltando la falta, y donde ella se ausenta, peligra la existencia.

    Es cierto que, aduciendo incompatibilidad con la función del analista, algunos confunden abstinencia con desentenderse del asunto. También , lo que es peor, relevan al abusador de su responsabilidad, haciendo recaer sobre el niño y su fantasma el peso de los hechos y duplicando, lamentablemente, la arrasadora porción de goce padecida por el sujeto cuando según su tiempo de constitución tal vez no cuenta con recursos para responder al goce.

    Cuando en el mejor de los casos, el síntoma del niño logra erigirse como representante de la verdad, el analista aúna al análisis del niño[ix] la influencia analítica sobre los progenitores. Pero cuando no, cuando el Otro real no habilita la respuesta del sujeto, cuando el adulto goza del cuerpo del niño como objeto, la abstinencia del analista no ha de equivaler a su inoperancia. En esas ocasiones, no menos que en otras pero sí con la mayor responsabilidad que le cabe, el analista promueve el síntoma, el síntoma lacaniano como respuesta del sujeto. De ese modo, hace de la política del síntoma su política, la que tiene al sujeto, ese revolucionario concepto lacaniano, como timón y brújula de su navegación.


     

    [i] Vegh, Isidoro: “El Abanico de los Goces”. Ed. Letra Viva. Buenos Aires, 2010.

    [ii] Lacan, Jacques: “Dos Notas sobre el Niño (1969) Intervenciones y Textos II, Ediciones Manantial, Buenos Aires, 1991.

    [iii] Flesler, Alba: “El niño en Análisis y el Lugar de los Padres”. Ed. Paidós. Buenos Aires, 2007.

    [iv] Lacan, Jacques: “Función y campo de la palabra y del lenguaje en Psicoanálisis” Congreso de Roma, 26 y 27 de Septiembre de 1953“Escritos I”, Primera Edición en 1971, Buenos Aires, Siglo Vientiuno Editores SA., Cap. III: Pag. 125.

    [v] Lacan, Jacques: “Dos Notas sobre el Niño (1969) Intervenciones y Textos II, Ediciones Manantial, Buenos Aires, 1991

    [vi] Freud, Sigmund: “Pegan a un niño” (1919). Amorrortu Editores, Buenos Aires. T. XVII. Pág.173

    [vii] Lacan, Jacques: “Seminario XXI Le Non Dupes Errent”, Clase 3: 11 de diciembre 1973. Inédito

    [viii] Lacan, Jacques: “Dos Notas sobre el Niño (1969) Intervenciones y Textos II, Ediciones Manantial, Buenos Aires, 1991.

    [ix] Freud, Sigmund: “34º Conferencia. Nuevas Conferencias de Introducción al psicoanálisis (1933 a [1932])”, Obras Completas, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1985, T.XXII

  • Acto analítico, acto jurídico: paradojas, aporías, contradicciones

    Il fatto è che la democrazia non può prescindere, senza negare se stessa, dal “relativismo etico” di cui la si accusa. Remo Bodei, Il noi diviso

    El esfuerzo llevado a cabo en la actualidad en diferentes países para reglamentar y definir a nivel legislativo la práctica del psicoanálisis ha suscitado diversos interrogantes. Tradicionalmente, la regulación de la práctica analítica ha sido la prerrogativa de los institutos y de las asociaciones analíticas, locales o internacionales –y continúa siéndolo en varios países– y lejos de haber presentado problemas, ha inscrito al psicoanálisis en la trama social. En cien años de historia, los institutos y asociaciones han resuelto y regulado cuestiones profesionales relativas a la formación de analistas, la práctica analítica, la ética analítica y la protección de los pacientes, y rara vez debieron acudir a instancias regulatorias fuera de la práctica.

    En este sentido, el psicoanálisis ha tomado en cuenta explícitamente la particularidad de la formación analítica, que por su propia naturaleza difiere de cualquier otro tipo de formación profesional, y no ha cesado de crear procedimientos –más o menos exitosos, en todo caso, in progress– para proteger la ética analítica y su transmisión. Implícitamente, se ha tomado en cuenta la singularidad del acto analítico y la imposibilidad de compararlo con otras fomas de intercambio social.

    El actual intento de reglamentación legislativa introduce en el campo psicoanalítico un discurso eminentemente ajeno a la naturaleza de su práctica, un discurso que convoca a nuevas reflexiones respecto de la relación entre el psicoanálisis y el tejido social, entre la ética profesional y las demandas sociales, entre el acto analítico y el acto jurídico.

    En algunos casos, la regulación jurídica de la práctica ha sido, paradojalmente, el fruto de las luchas intestinas entre las facciones psicoanalíticas, las cuales al apelar al arbitrio de una tercera instancia –la ley, el Estado– procuran proteger los intereses del sector en nombre de derechos específicos. Pero así como es cierto que tales luchas ponen en cuestión la ética analítica de los grupos que las sostienen, resulta también verdadero que se inscriben en una realidad social en transformación: si ellas desembocan en una intervención legislativa es debido a que reflejan una tendencia actual que consiste en recurrir al acto jurídico para regular toda suerte de transacción social, incluso aquellas que durante décadas se han autorregulado bastante eficientemente.

    Es en este último punto donde quisiera detenerme: en la tendencia actual hacia un uso “expandido” del acto jurídico, y lo que dicha tendencia indica respecto de la realidad social en la cual se desarrolla. Es una interrogación útil también para los psicoanalistas dado que son parte y función de dicha realidad, y que se beneficien con estos actos para ganar monopolios de poder, o que sucumban a sus efectos, pone en cuestión su posición en un sistema determinado. Esto confronta de modo radical el acto analítico con el acto jurídico y nos impone el replanteo de su especificidad e inconmensurabilidad.

     

    ** *

     

    “Denominamos estados de derecho a aquellos estados donde funciona un sistema de garantías de los derechos del hombre”.[1] Esta definición, que deriva del derecho positivo, tiene su propia historia: la del reconocimiento de los derechos del hombre y el sucesivo advenimiento del estado de derecho.

    La idea moderna de los derechos del hombre tiene su base conceptual en el iusnaturalismo, en la concepción filosófica según la cual el hombre por naturaleza posee derechos inalienables (libertad, igualdad). La adopción del iusnaturalismo por parte de la legislación funda una nueva concepción del Estado, “ya no absoluto sino limitado, ya no un fin en sí mismo sino un medio para alcanzar fines preestablecidos e independientes de su propia existencia”.[2] Para que pudiera existir una doctrina de los derechos del hombre fue necesario desarrollar una concepción individualista de la sociedad y del Estado, en contraposición con la antigua doctrina orgánica, que consideraba a la sociedad como un todo que trasciende la suma de las partes.[3]

    La doctrina de los derechos del hombre surge como defensa de los derechos del hombre contra el Estado: el Estado en función del individuo y no el individuo en función del Estado. El individuo ya no como un componente de un grupo social sino más bien lo social concebido en tanto constituido por relaciones entre individuos. Se pasa entonces de un vínculo social fundado en obligaciones frente a las que el individuo se debe subordinar, a un vínculo fundado en los derechos individuales. Este es el punto central del advenimiento histórico de los derechos del hombre y a la vez, de su progreso.

    La inscripción legislativa de los derechos transforma el derecho natural a la resistencia contra el Estado, prédica del iusnaturalismo, en el derecho positivo que permite iniciar acciones judiciales contra los órganos del Estado.[4] Es precisamente dicho poder el que sostiene la noción de derechos individuales. Y es en esta dirección que somos testigos de una expansión de los derechos en el sistema neoliberal actual.

    Por fundamentales que sean, los derechos del hombre son derechos históricos “nacidos bajo ciertas circunstancias, caracterizados por su defensa de nuevas libertades contra viejos poderes”[5] en continua expansión. Además de los derechos sociales, denominados derechos de segunda generación (derecho al trabajo, derecho a la educación), hay derechos de tercera generación (por ejemplo, el derecho a vivir en un ambiente libre de contaminación), y de cuarta generación, caracterizados por los efectos de las recientes investigaciones biológicas y por la manipulación genética, que son su consecuencia. La expansión de los derechos va a la par del progreso científico y tecnológico.

    La situación en los Estados Unidos, representativa de las formas actuales del neoliberalismo global y propulsora de recomendaciones y prácticas sociales que son adoptadas rápidamente a nivel internacional, nos obliga a interrogarnos acerca de la manipulación de los derechos de última generación –ya sean derechos de tercera, cuarta o quinta generación. Es una cuestión que nos concierne a todos directamente en tanto ciudadanos de un sistema global en transformación. Pero, a la vez, nos concierne directamente como psicoanalistas, dado que las prácticas “psi” han asumido un papel muy preciso dentro de dicho sistema.

    En la actualidad, estamos asistiendo a una proliferación del acto jurídico en la regulación del intercambio social. Para mencionar sus efectos me he referido al estado de derechos en lugar del estado de derecho.[6] Si un estado de derecho regula la relación entre el individuo y el Estado protegiendo los derechos individuales, un estado de derechos representaría una deriva y una derivación, una transformación propia del estado de derecho: el estado de derechos, por una parte, fomenta la proliferación de la noción del derecho individual, y por otra, la manipula a fin de protegerse, o de aumentar el poder y control que ejerce sobre los ciudadanos.

    Los ejemplos abundan. Para elegir uno relacionado con el campo de la medicina, que incluye la denominada salud mental y por ende, la esfera “psi”, podemos considerar la reciente ley HIPAA (Health Insurance Portability and Accountability Act) promulgada por el gobierno federal de los Estados Unidos. HIPAA es una ley que defiende el derecho del ciudadano a la confidencialidad respecto de su historia clínica. Por un lado, la ley declara que el ciudadano tiene el derecho a rehusarse a compartir, usar o divulgar información médica sobre sí; y por otro lado, en su implementación inmediata esta ley obliga a todo el cuerpo médico a solicitarle al paciente, a fin de ser atendido y tratado, que firme de antemano una declaración en la que manifiesta estar en conocimiento de su derecho a la confidencialidad y dar consentimiento a que dicho cuerpo médico comparta información de su historia clínica.[7] En la actualidad, ningún paciente recibe tratamiento sin haber firmado previamente tal declaración, en otras palabras, sin que en nombre de su derecho a la confidencialidad tal confidencialidad le sea, en parte, retirada. Las implicancias son múltiples; entre ellas, la defensa de los derechos del cuerpo médico al igual que el derecho por parte de las agencias del Estado a solicitar información de orden privado.

    Otro ejemplo de la relación entre derechos, poderes y control es el Acta Patriótica. Introducida luego del 11 de Septiembre, consiste en una serie de medidas diseñadas para proteger al Estado y a los ciudadanos contra ataques terroristas; dichas medidas incluyen interrogatorios y escuchas telefónicas, archivos personales sobre libros consultados en bibliotecas, online, o comprados en librerías, utilización de tecnología de vigilancia, entre otras medidas. La protección de los ciudadanos se filtra en la esfera privada; en virtud del derecho al bienestar se han eliminado derechos civiles arduamente conquistados. Lo cual demuestra que el estado de bienestar es por cierto un estado disciplinar. Foucault demostró hasta qué punto la máquina disciplinaria es fundamentalmente democrática, e implica un control permanente del cuerpo de los individuos tanto como una normalización de su conducta.

    La búsqueda de un vocabulario adecuado para definir y comprender la diseminación actual de la noción de derecho y su utilización por las estructuras de poder continúa pareciéndome útil. Pero no me siento satisfecha con la terminología que he utilizado relativa a la diferenciación entre estado de derecho y estado de derechos; sobre todo, porque tal terminología se presta a todo tipo de malentendidos y a la vez, resuena en ella un cierto eco de la crítica conservadora de los derechos de los ciudadanos –crítica que por cierto, no comparto.

    La expansión legal sostenida por la proliferación del acto jurídico puede quizá ser apropiadamente definida como una expansión “de poderes” en el seno del estado de derecho. Bobbio lo expresa del siguiente modo:

    “Uno puede fantasear, tanto como quiera, con una sociedad libre y justa a la vez, y en la cual todas las libertades y derechos sociales sean global y simultáneamente ejercidos; pero las sociedades reales que se nos presentan a los ojos son más libres en la medida en que son menos justas y son más justas en la medida en que son menos libres. En este sentido, entiendo por ‘libertad’ los derechos que prescinden de la intervención del Estado, y por ‘poderes’ los derechos que requieren dicha intervención del Estado a fin de poder ser ejercidos. Pues bien, la libertad y los poderes no son, como algunos creen, complementarios sino incompatibles.

    La sociedad contemporánea en la que vivimos, caracterizada por una organización tendiente más y más hacia la eficiencia es una sociedad en la cual adquirimos cada día una porción de poder a cambio de una tajada de libertad”.[8]

     

    La relación poder/libertad marca una aporía que pudiéramos calificar como intrínseca a la expansión de los derechos. Sin entrar en el debate respecto de qué es considerado en tanto sociedad “libre y justa”, me limitaré a coincidir con las observaciones de Bobbio respecto de la “sociedad de la eficiencia”, que definen muy bien el espíritu de las sociedades actuales en el capitalismo avanzado. Retomando la oposición formulada por Bobbio entre la libertad y los poderes, se puede afirmar que la actual fase de expansión de los derechos en el estado de derecho neoliberal se caracteriza por una transformación del estado de derecho en el estado de los poderes. El estado de los poderes se organiza, de hecho, en torno a una expansión del acto jurídico, un acto jurídico siempre accesible a los ciudadanos.

    Definiré el estado de los poderes como la forma del estado de derecho que recurre más y más al acto jurídico, de tal manera que la defensa de los derechos apela continuamente a la ley para su propia puesta en marcha; tal acto regula el intercambio social, no sólo en la relación entre los individuos y el Estado sino también entre los individuos. La satisfacción de los poderes individuales reduce la libertad individual en la medida en que implica una intervención constante del Estado; lo cual permite al poder reforzar el control que ejerce sobre los ciudadanos. El mayor control por parte del Estado es un efecto colateral de la expansión del acto jurídico; en particular, es una consecuencia del riesgo legal que la proliferación de los derechos individuales puede significar para el Estado. Se trata entonces de un círculo vicioso.

    Veamos, por ejemplo, la posición del Estado de Nueva York al reglamentar la licencia en psicoanálisis.[9] La lógica es la siguiente: defender al consumidor frente a la práctica analítica no reglamentada, no tanto para salvaguardar el bienestar de los ciudadanos – dado que la auto-reglamentación del psicoanálisis por parte de los institutos analíticos ha funcionado sin ningún inconveniente – sino más bien para evitar cualquier tipo de denuncia jurídica al respecto. Reglamentación, por ende, a fin de que la formación básica en la profesión se realice bajo el control del Estado, lo cual distorsiona y deforma el verdadero espíritu y naturaleza de la formación analítica. Es el Estado el que establece los estándares para la licencia lo cual, de hecho, uniforma y hace descender el nivel de educación en detrimento del consumidor; pero preventivamente protege al Estado de posibles acciones legales, ya sea por parte de los consumidores o del cuerpo profesional. Según esta lógica, a quien se protege es al Estado y no a los ciudadanos. Y en cuanto al psicoanálisis, su especificidad no es tomada en consideración; simplemente, se lo homologa a otras profesiones –trabajo social, psicología, medicina– y debe, por ende, someterse a los estándares jurídicos existentes que regulan la salud física y mental. [10]

    En el estado de poderes el individuo es considerado, sobre todo, un consumidor. La fuerza de expansión del acto jurídico está dada por su valor de consumo. En los Estados Unidos, hoy en día, recurrir a un abogado para hacer valer los derechos propios hace de la ley uno de los objetos comerciales de mayor consumo, y del business de la abogacía una de las profesiones más difundidas y por cierto, lucrativa. Nadie da un paso sin consultar a su abogado, sea se trate de una pelea entre vecinos, o con el propio hijo o con el colega del trabajo; sea para defender sus derechos frente al profesional, la industria privada o el Estado. El acto jurídico administra la convivencia.[11]

    La actual transformación de la relación con la ley es obviamente el centro de muchas reflexiones en el campo de la filosofía del derecho. Una corriente significativa en este ámbito, la del nihilismo jurídico, ve en el advenimiento de la era técnica –en el sentido heideggeriano del término– la base para un cambio inevitable en la naturaleza del derecho. La ausencia de supuestos teológicos o metafísicos como fundamento del derecho, la caída de la referencia a la voluntad divina como criterio de juicio o la tensión dualista entre physis/nomos, “restringen el horizonte jurídico a la pura voluntad humana”.[12] El derecho busca su origen en sí; autosuficiente, justifica sus propias elecciones sobre la base de sus acontecimientos “históricos y efectivos”. Según Natalino Irti, en las democracias occidentales, la cadena de normas que constituyen el derecho obedece “…a la racionalidad técnica, propia de la economía capitalista. Las normas jurídicas son consideradas un producto, es decir, el resultado de un mecanismo técnico, capaz de recibir y ‘tratar’ cualquier tipo de material… El lenguaje del derecho toma prestado términos del lenguaje de la economía: producción, procedimientos, funcionamiento, eficiencia, etc”.[13]

    El nihilismo jurídico, que declara limitarse a recoger y expresar las características de la modernidad jurídica, no se inclina hacia una visión negativa; más bien, ve en el declinamiento de los significados unívocos una manifestación de la “exhuberancia de la voluntad”, la expresión de la “fluidez productiva” jurídica, tal como sostiene Irti, inherente a las democracias parlamentarias actuales y al mercado global.[14] Es competencia de la estructura democrática y del aparato político el garantizar que haya un pasaje hacia la producción de normas, que “la voluntad proponente se convierta en la voluntad im-ponente”. [15]

    La noción de “derecho dúctil” (diritto mite) de Gustavo Zagrebelski, refleja también la actual expansión jurisdiccional y su distanciamiento de la visión positivista de la certeza jurídica. La propia expresión “derecho dúctil” hace reverberar los aspectos paradójicos de la realidad jurídica actual. Diritto mite es la teoría de la transformación del derecho en el constitucionalismo actual y a la vez, una doctrina que sostiene la noción del derecho en tanto unificación de situaciones constitucionales plurales. El derecho como “fuerza para la convivencia”.[16] La constitución es el pacto que establece tanto un proyecto de convivencia como la garantía de las posiciones particulares; en el derecho dúctil los criterios para tal pacto son sometidos a continuas redefiniciones; son permeables a la presión de lo nuevo, lo cual, desde una posición de excluido demanda ahora su inclusión. La cualidad ideal del derecho dúctil como portavoz para la convivencia constitucional que ve la “moralidad individual” converger en la “ética pública” parece erigirlo en un modelo a seguir más que en un espejo de la realidad actual.

    La cualidad oximorónica de la expresión derecho dúctil nos compele inevitablemente a reflexionar sobre la naturaleza violenta de la ley, además de cuestionar el tipo de violencia producida por la proliferación de actos jurídicos en el estado de los poderes actual.

    Que el derecho contiene violencia es una cuestión sobre la que han reflexionado varios pensadores. El derecho corta, justifica una cosa para excluir otra: incluye y excluye. Pero no se trata tan sólo de eso. “Se yerra en la cuenta si no se considera que el derecho fue en su origen violencia bruta y todavía no puede prescindir de apoyarse en la violencia” observa Freud.[17] El poder se funda originariamente en la ley del más fuerte, es pura violencia. L’union fait la force, nos recuerda Freud: la ley que emerge para oponerse al poder excesivo del individuo representa, de hecho, la fuerza de la comunidad, una fuerza que en sí se mantiene como violencia pura y que está siempre dispuesta a irrumpir contra quien se le oponga. El derecho es una continuación de la violencia originaria, una modificación de dicha violencia; la violencia lo funda y lo garantiza.

    Freud concibe la alianza social como una formación estructuralmente inestable, perpetuamente susceptible a amenazas externas e internas, y que se sostiene en dos elementos: la coerción violenta y los lazos indentificatorios entre sus miembros. “La comunidad debe ser conservada de manera permanente, debe organizarse, promulgar ordenanzas, prevenir las sublevaciones temidas, estatuir órganos que velen por la observancia de aquellas –de las leyes– y tengan a su cargo la ejecución de los actos de violencia acordes al derecho.”[18]

    El interés del derecho en monopolizar la violencia es, de acuerdo a Walter Benjamin, una expresión de su salvaguarda dado que la violencia representa una amenaza sólo cuando resulta expresada por fuera del derecho.[19] El derecho reclama la prerrogativa de la violencia: que el control de la violencia pueda suceder por medios violentos es la naturaleza propia del derecho. Lo cual evoca la anécdota mencionada por Zagrebelski sobre un corresponsal de televisión quien al relatar la ejecución de un hombre sentenciado a muerte, inició su historia con las siguientes palabras: “Ayer, Caryl Chessman fue asesinado.” La palabra “asesinado” en vez de “ajusticiado” introduce, por lo tanto, del modo “más brutal”, como sostiene Zagrebelski, la relación entre la ley positiva y la justicia.[20]

    “La noción del derecho está ligada a la división, el intercambio, la cantidad. Tiene algo de comercial. Evoca de por sí el proceso, la querella. El derecho no se sostiene más que sobre el tono de la reivindicación”.[21] Así lo expresa Simone Weil, destacando el aspecto comercial y el aspecto intrínsecamente apropiativo del derecho. Refiriéndose al derecho romano, donde la forma prototípica de la propiedad legítima es el derecho de presa, Weil insiste en que el derecho está enraizado en la forma originaria de la pertenencia. “Es siempre de alguien –tanto el objeto como la manera, el contenido como la forma de una posesión. En su origen el derecho no es, sino que se tiene.” [22]

    La apropiación en tanto que alma de la cultura jurídica occidental funda la relación entre el derecho y la fuerza que sostiene el tejido social. Pero, una vez más, lo que resulta como consecuencia es una realidad de apariencia paradojal: “Cuanto más el individuo quiere defender lo que le es propio frente a lo de los otros, más debe dejarse apropiar por la colectividad destinada a garantizar esa defensa”.[23] A pesar de la distancia entre las premisas ideológicas de Weil y Bobbio, la tensión intrínseca entre el poder y las libertades vuelve a estar en un primer plano.

    Esto nos retrotrae a las cuestiones delineadas al inicio. Ni las constataciones sobre la fluidez productiva del derecho ni las de su expansión benéfica como derecho dúctil abordan las cuestiones de la relación existente entre la transformación de los derechos, los poderes y el poder biopolítico. Las normas jurídicas como producto de consumo en las democracias constitucionales contemporáneas y en el mercado global actual juegan un papel específico en tal transformación. La utilización de productos jurídicos en una sociedad de bienestar y eficiencia produce una cierta ductilidad del acto jurídico y un control cada vez mayor sobre la vida de los ciudadanos, un refuerzo de la función disciplinar y regulatoria del biopoder estatal o global.

     

    ***

     

    El Estado se hace cargo del bienestar de los ciudadanos: al vigilar su salud mental y física introduce leyes especiales que garantizan su protección. Esto es lo que sucede, por ejemplo, con la promoción de diferentes tipos de intervenciones médicas preventivas (vacunas, mamografías, colonoscopías, psicoterapias, etc.). En nombre de la vigilancia, se de-responsabiliza al ciudadano y se persiguen programas de higiene colectiva según las conveniencias políticas: nada de cigarrillos, nada de alcohol, moderación sexual, etc.

    En este contexto, la medicina se confirma como agente de difusión de las normas. Su función clave no está limitada al tratamiento: juega un papel esencial en la evaluación y prevención. En este sentido, demuestra ser uno de los instrumentos más potentes al servicio del derecho, especialmente en cuanto a su función “inmunológica”, para retomar una expresión de Roberto Esposito. En el estado de derecho la ley intenta prevenir los acontecimientos susceptibles de sobrepasarla, legislando sobre quien elude su control, anticipando opciones a futuro por inmunización. “El sistema jurídico sirve de sistema inmunitario de la sociedad.”[24]

    Uno de los instrumentos esenciales de la sociedad de la prevención es la evaluación, en virtud de la cual es posible establecer estándares de programas y conductas. No se puede dejar de señalar, para tomar un ejemplo que nos concierne directamente, que la mera idea de un estándar en la formación analítica –ya sea que lo establezca la American Psychoanalytic Association o lo implemente el Estado– cae dentro de esta misma lógica.[25] La relación entre la evaluación y la prevención, así como sus efectos, se presenta claramente: la conformidad y la homologación. Este es uno de los aspectos paradojales de la sociedad del poder y bienestar: el producto jurídico accesible al individuo no previene sino más bien alimenta la homologación. La sociedad del individualismo extremo se expresa a través de medidas más y más conformistas, que uniforman los rasgos individuales. No es mera casualidad que el vocabulario que aplica y sostiene tales medidas sea el mismo que se utiliza en el mundo corporativo: assessment, measure of success, control, grades, accountability, etc. Esto refleja la naturaleza mecánica del horizonte en el cual se inscribe la idea de individuo –una mecánica que reduce al individuo a su papel de consumidor y de producto de consumo.

    Como ha observado Jean-Claude Milner: “Gracias a la evaluación, el control alcanza su forma pura, no es más que libre circulación de la obediencia. Michel Foucault se ha referido a la evaluación como un saber-poder. La expresión debe ser tomada en toda su fuerza; en virtud del guión, Foucault capturó la domesticación mutua del saber por parte del poder y del poder por parte del saber. Totalmente subordinada al mismo grado, tal es la nueva forma de la libertad y de la igualdad”.[26]

    La noción de salud física y mental al servicio del sistema psico-médico manifiesta la alianza entre la medicina, el derecho y el poder. Y esto nos concierne directamente, dado que los diagnósticcos psiquiátricos-psicológicos desempeñan una función esencial aquí. Ya he tomado con anterioridad el ejemplo de la masacre de 2007 en Virginia Tech.[27] El diagnóstico de paranoia del joven responsable de la masacre permitió, por un lado, dar una respuesta satisfactoria a un acontecimiento que la población quería considerar y considera como aislado; y por otro, revisar la implementación de las normas preventivas: de allí en adelante se prohibió la venta de armas a quienes fueran portadores de algún diagnóstico. Pero de todos modos, la circulación de armas de fuego está protegida dado que cualquiera tiene el derecho de acceder a ellas y la industria tiene el derecho de lucrar. Y a la vez, se refuerza el rol de los servicios disciplinarios relativos a la salud mental, fuente de diferentes productos de consumo, para la industria farmacéutica y hospitalaria, en primer lugar.

    Alcoholismo, bulimia, anorexia, depresión, traumas infantiles, etc. son todos diagnósticos justificatorios que permiten la reproducción de la misma lógica, que asocia los derechos al control y al consumo. El sujeto del estado de poderes es un sujeto que puede ser evaluado, por ende, diagnosticado y quien por lo tanto, está médicamente justificado; un sujeto al que se le pide que se adapte a las normas higiénicas del Estado (terapias, medicación, programas de recuperación, electroshocks, etc.). La adopción de la psicología analítica por parte del sistema jurídico sella la relación entre el diagnóstico y el derecho. El recurso de la infancia traumática como atenuante de un delito es un instrumento habitualmente compartido por psicólogos, abogados, y jueces. El sujeto médicamente justificado es la respuesta que brinda el sistema de poderes al malestar físico, psíquico y social.

    La salud y el bienestar son, por sobre todo, productos de consumo; el cuerpo obedece normas de producción. Los ejemplos sobran; desde el uso extendido de la cirugía al uso extendido de la farmacología. Los comerciales de televisión para diferentes productos farmacéuticos tales como Prozac, Zoloft, Retalin y sus sucedáneos prometen la salud y la serenidad a la que todos tenemos derecho, e incluso la concentración a aquellos niños que se distraen en la escuela. Las familias sufrientes, los maestros incompetentes, la desintegración social son reducidos al silencio bajo la óptica de la compostura al instante (quick fix), típica de la sociedad de consumo farmacológica. Y toda innovación tecnológico/científica es transformada en tecnología de consumo y tecnología de derecho. Todos tenemos el derecho de acceder a tales innovaciones, el estado jurídico es su garante.

    En este contexto, se pueden comprender claramente las implicancias de una tradición psicoanalítica como la tradición “ortodoxa” norteamericana, la cual, contra la opinión de Freud, ha concebido desde sus comienzos aquello que denomina psicoanálisis como una rama de la medicina. No es casual que la ideología farmacológica y la ideología de las neurociencias tan en boga hoy en día hayan sido integradas tan fácilmente a la concepción psicoanalítica dominante (según la cual la medicación durante el tratamiento es la norma) dado que sus premisas estaban de antemano incluidas en la concepción médica del psicoanálisis. El pensamiento psico-médico en cuestión reproduce la noción de individuo sostenida por la sociedad de la eficiencia, ignorante tal vez de cuánto difiere ésta de la noción psicoanalítica de sujeto.

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    El advenimiento del estado de derecho no hubiera tomado lugar sin la prevalencia de una posición histórico/social de tipo individualista. El sujeto jurídico se funda sobre la idea de individuo. El sujeto analítico, por su parte, es la consecuencia de un acto, emerge del colectivo –lo cual indica que no hay una equivalencia entre el sujeto del inconciente y el individuo contable como número entero.

    Inicialmente, Lacan concibe el colectivo como un grupo formado por un número definido de individuos y por su relación recíproca. De todos modos, tal como la puesta en acto del sofisma del tiempo lógico le permite a Lacan señalar, el colectivo tiene una especificidad que le es propia.[28] Una vez que las personas se involucran en una relación sincrónica en el interior del vínculo social, su relación se transforma. En virtud de la sincronía, la subjetividad se introduce entre los individuos, tal como lo enuncia tan claramente Eric Porge, y tal subjetividad resulta determinada por el modo en el que cada uno se ve y se piensa en relación con el otro.[29] El sujeto de la aserción, de una aserción del tipo “Soy blanco” (o negro, o rojo, o bueno, o triste, es decir, una aserción que sostiene el derecho a existir y la lógica de la existencia, la lógica del deseo, de la vida, de la anticipación de la muerte) implica el pasaje a través de un sujeto indefinido y un sujeto recíproco, instancias lógicas en el interior del colectivo. Lacan muestra claramente que la emergencia del sujeto de la aserción, por el hecho mismo de nombrarse, comporta una nueva manera de contar que refleja el hecho de que “el colectivo es nada más que el sujeto de lo individual”.[30] En el orden del colectivo, la relación entre los individuos no está determinada por su adición sino más bien por la división subjetiva que tal relación instaura, como Porge señala. Esta nueva manera de contar proviene tanto del anudamiento espacio-temporal que acompaña la emergencia del sujeto de la aserción, como de la inadecuación de la relación entre uno y el Otro, propia de la relación recíproca. Y demuestra que los factores tales como la pulsión, el deseo y la identificación operan sobre la manera por la cual el parlêtre expresa su propia existencia emergiendo del campo del Otro. En este sentido, señala la aparición del sujeto en tanto efecto de la relación entre significantes y su evanescencia.

    La lógica del colectivo es la lógica en acto en la transferencia; es la lógica por la cual la transferencia da vida a un acto en el cual el sujeto humano, para usar la formulación de Alain Didier-Weill, puede decir “sí” al derecho a existir como sujeto del deseo.[31] Condición ineludible de la noción misma de cura y de fin de análisis.

    La inconmensurabilidad de la relación del uno con el Otro propia de la emergencia del sujeto del lenguaje indica claramente la contradicción intrínseca en la relación entre individuo jurídico y sujeto analítico, entre acto jurídico y acto analítico. Resulta importante, por ende, distinguir el grupo como entidad constitutiva de individuos del colectivo sujeto de lo individual –incluso si, per se, el término “grupo”condensa a veces estas diferentes funciones. El hecho de que el sujeto analítico se distingue del individuo jurídico no significa, en efecto, que los efectos del acto analítico no tengan impacto en el tejido social. Todo lo contrario.

    La idea lockeana de un estado de naturaleza en el que los hombres son libres e iguales persiste incluso cuando la hipótesis del estado de naturaleza se abandona; ésta opera como una ficción indispensable para sostener la igualdad de los derechos. Es así que la Declaración Universal de los Derechos del Hombre proclama: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y en derechos”, a pesar del aspecto contradictorio y paradojal de tal afirmación., formulada como tal en 1948. Pero, tal como destaca Bobbio, la libertad y la igualdad “no son un hecho de la realidad sino un ideal a perseguir; no una existencia sino un valor; no un ser sino un deber”.[32]

    La contradicción intrínseca a la noción de derecho evoca la contradicción develada por Freud en el corazón mismo del sujeto. El sujeto del lenguaje está expuesto a requerimientos antinómicos, uno que lo invita a devenir, a sostener y expresar su propio deseo; y el otro –al cual el superyó le da voz– que no cesa de censurar, disminuir y obstaculizar tal deseo. “Resulta sorprendente, sin embargo, constatar que en la psyche existe una voz que puede decir, independientemente de cualquier contexto político, lo que cualquier tirano es guiado a decir al abolir los Derechos del Hombre: aquí no hay libertad, igualdad ni fraternidad.” [33] Dicha voz enuncia dos preguntas: una, qué es lo que hace que el sujeto esté tan íntimamente ligado a su persecutor íntimo; y la otra, cómo podemos entender la angustia que lo sobrecoge cuando dicho censor es abolido.

    No es casual que Freud responda a Hans Kelsen –quien defiende el derecho positivo como la síntesis del imperativo y de la norma fundamental (Grundnorm), defensor de la coacción jurídica como expresión pura de la validez inherente a la norma– que la cuestión fundamental continúa siendo qué es lo que hace que se obedezca, qué nos impide rebelarnos contra la norma. Se trata de una cuestión crucial, que establece un contacto intrínseco entre el derecho y el psicoanálisis, entre el campo de la ley y el campo de la pulsión. En este sentido, tal como Freud repite incesantemente, no habrá ley sin pulsión.

    El punto de contacto no es otro que el sujeto del lenguaje. Es el precio que el sujeto del lenguaje paga por pasar de la naturaleza a la Kultur. El individuo y el sujeto provienen del mismo universo simbólico. El superyó es una nueva contradicción; es simultáneamente la ley y su destrucción. “En esto es la palabra misma, el mandamiento de la ley, puesto que sólo queda su raíz.”[34] Encarna la función más reducida del lenguaje, la palabra desnuda en tanto imperativo puro. La palabra como ley. El sujeto flirtea con la ley y se hace objeto de goce. Extrae del derecho toda su cualidad absoluta y violenta para ubicarse a su servicio. Pero es un derecho de (des)mesura personal, insensato, desvinculado de su carácter histórico y comunitario; una esencia de lo simbólico destinada a minarlo. Sin embargo, esto demuestra cómo el derecho y la pulsión convergen en la subjetivación.

    Tanto el acto jurídico como el acto analítico, así como su relación y su confrontación en el actual estado de poderes, comparten el hecho de estar atravesados por una serie de contradicciones intrínsecas al sujeto del lenguaje. Pero son portavoces de aspectos contrapuestos, aunque relacionados recíprocamente. En términos freudianos se podría decir que uno es el portavoz del proceso secundario, el ámbito marcado por la censura, por la vocación a la sistematización; y el otro, da testimonio del proceso primario y su relación con el secundario, la división subjetiva. Si uno expulsa la contradicción, el otro está constantemente en escucha.

    Su lugar en el tejido social instaura entre ellos una distancia radical. El discurso jurídico es una manifestación ejemplar del discurso del amo, donde el lugar del agente dominante está ocupado por una aspiración a la totalidad, a lo universal. Y el discurso del amo se encuentra en las antípodas del discurso del analista: es precisamente su reverso.[35] Lo cual ayuda a explicar por qué cada vez que el acto jurídico interviene en el dominio analítico desnaturaliza radicalmente su especificidad; y nos revela cómo la expansión del producto de consumo jurídico en la socidad de poderes se opone a procesos de responsabilización inherentes a la ética analítica –opuesta a la del sujeto justificado médicamente. De aquí, la actual propagación de propuestas terapéuticas o farmacológicas y la concomitante desconfianza en el psicoanálisis.

    La reducción del derecho al objeto de consumo y la expansión del producto jurídico parecen ser efecto de la fase actual del discurso capitalista, siendo este último el sustituto, como afirma Lacan, del discurso del amo. En tal sustitución, el sujeto dividido ocupa el lugar dominante bajo la forma de síntoma; y el significante primero, el lugar de la verdad, lo cual marca el triunfo de la ego-cracia (“je-cratie”), del mito del yo-amo que todo lo domina –además de reducir al individuo a objeto de consumo. Y Lacan agrega: el discurso capitalista funciona perfectamente, no podría funcionar mejor; pero justamente funciona tan bien hasta que llega a consumirse, y se consume hasta extinguirse[36], como la actual crisis económica pareciera confirmar, poniendo al desnudo en un discurso que “no será más que el del semblante”, la relación entre el acto jurídico, los derechos y el sistema financiero, característica del neoliberalismo de hoy en día. Un castillo muy sólido que de repente se transforma en una casita de naipes.

    Pero justamente un discurso refiere a otro. El uno existe en relación al otro, como parte del mismo tejido social. Lo cual genera una nueva paradoja. “Decir que el sujeto sobre el cual operamos en psicoanálisis no puede ser otro más que el sujeto de la ciencia puede parecer paradójico”[37]; de todos modos es ésta la premisa del psicoanálisis, dado que opera sobre el sujeto que la ciencia forcluye. El psicoanálisis surgió correlativamente al progreso del discurso de la ciencia; y se manifiesta como síntoma del malestar de la cultura, como eco de la intrusión de lo real en el mundo. Por un breve instante podemos percibir eso de que se trataba la intrusión de lo real. Allí permanece el analista. Se queda allí como síntoma. Puede persistir sólo como síntoma.”[38]

    El psicoanálisis persiste en interrogar a la ciencia, comenzando por lo que ésta forcluye: el sujeto y la verdad como causa. Desde este punto de vista, larga vida al psicoanálisis dada la proliferación del discurso de la ciencia y su alianza con el discurso capitalista –a menos, por supuesto, que el viento haga volar los naipes. Y efectivamente, como podemos corroborar día a día en nuestra práctica, el síntoma persiste, la verdad no cesa de retornar en la experiencia, y por otra vía diferente de la que confronta el saber. A excepción de que, tal como Lacan predijo hace más de treinta años, se hagan presentes dos cuestiones urgentes: una, la de la expansión del discurso PS o PST, un discurso “psi” pestilente “por entero dedicado, en definitiva, al servicio del discurso capitalista”[39]; la segunda, si el psicoanálisis logrará sobrevivir en un mundo en el cual la religión continúa ganando ventaja; donde la religión, ahogando el sin-sentido en sentido, silencia lo real. “Verán que la humanidad se curará del psicoanálisis. A fuerza de ahogarlo en el sentido, es decir, en el sentido religioso, se llegará a reprimir el síntoma”.[40] Declaración curiosamente radical de parte de Lacan. Y, a su manera, paradojal si pensamos que el psicoanálisis es correlativo a la ciencia. ¿La propagación del fundamentalismo religioso es el efecto del avance de la era técnica?

    Declaración, sin embargo, que resalta la responsabilidad del analista. En tandem con el discurso de la ciencia el psicoanálisis persiste, por ahora. Pero es responsabilidad del analista asegurar que persista, es su responsabilidad interrogarse sobre los efectos de consumo relativos al discurso capitalista y por ejemplo, interrogarse sobre la relación entre el sujeto de la ciencia y la respuesta religiosa, o sobre las transformaciones en curso en la relación entre el biopoder, el derecho y la democracia. Es responsabilidad del analista alejar las injerencias y manipulaciones del estado de la eficiencia. Sostener la diferencia de su acto.

    Día a día, la práctica analítica se ve confrontada a los efectos de la expansión del producto jurídico: ya sea se trate de la obligación de denunciar a los pacientes con ideas suicidas –impuesta por el Estado en nombre del derecho a la vida– o procurar diagnósticos en las compañías de seguros o historias clínicas en los tribunales. Y sea se trate, más radicalmente, de escuchar el sufrimiento del sujeto del lenguaje, confrontado con la ego-cracia que refuerza el síntoma y la promesa de un aumento de los poderes individuales, por un lado; y por otro, con la mecánica homologante a la cual la sociedad de la eficiencia y la evaluación lo reducen. Dependerá del analista el inventar cada vez un acto analítico adecuado a cada situación singular; crear las condiciones en las que, a pesar de las premisas, pueda tomar lugar el acto analítico. La cual es, después de todo, su función.

    Es la responsabilidad del analista proteger la transmisión de su acto.

    El analista está expuesto a la violencia producida por la proliferación del acto jurídico, a sus efectos de alienación y marginación. A la relación entre la ley y la exclusión. Es testigo de los efectos de segregación de la universalización de la ciencia, que ya predijo Lacan, de la manipulación social que se produce por su intermedio y de la deshumanización de sus aspectos normativos. De los cuales, no nos olvidemos, los campos de concentración son una manifestación. Resulta necesario, por ende, reflexionar sobre la actual deriva jurídica y sobre cómo contribuir a resituar el derecho dentro de una perspectiva democrática que lo pueda liberar de su función de objeto de consumo. La respuesta nihilista corre el riesgo de volverse cómplice, de un modo sofisticado, del biopoder –que después de todo, la produce.

     

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    Si la democracia hace de la voluntad de la mayoría la ley a la cual todos son sometidos, su contraste radical con la práctica del psicoanálisis –a saber, la práctica de la singularidad, de la irrepetibilidad de la condición subjetiva– no puede pasarse por alto. El saber inconciente no es democrático: sólo puede ser transmitido de uno en uno –tal es el desafío de la formación en psicoanálisis.

    ¿Quiere decir esto que el psicoanálisis y la democracia se ubican en las antípodas? En lo concerniente a la democracia, es necesario distinguir entre la democracia política y la democracia social; es necesario determinar dónde y cómo la democracia política obstaculiza la democracia social y hace del recurso del derecho de la mayoría una forma de absolutismo, un modo de oprimir la multiplicidad, la diferencia, la minoría. Resulta necesario determinar dónde ella hace del recurso del derecho un medio para manipular la constitución conforme a fines personales, o de la transformación de los derechos individuales un instrumento para multiplicar el control biopolítico. Como toda práctica social, la democracia es una formación inestable: requiere vérselas constantemente con sus contradicciones inherentes y las que implícitamente produce.

    En el frente psicoanalítico, si es verdad que el sujeto está en permanente transferencia con la alteridad, la emergencia del sujeto del campo del Otro implica necesariamente una dialéctica entre lo colectivo y lo singular. Huelga decir que el acto analítico, embarcado en el exilio de la ego-cracia, del mito de todo-de-una-pieza y del todo-saber, se dirige al encuentro con la diferencia, con lo relativo, con el no-todo, hacia la expresión de la propia singularidad y del estilo propio. Se dirige hacia una transformación ética, que tal como ha destacado Guillermina Díaz, marca el pasaje de una posición alieni iuris hacia una sui iuris.[41]

    ¿Produce el efecto de esta práctica un impacto social? Quiza sea también a esto a lo que alude Freud al referirse a las exigencias ideales, éticas y estéticas transformadas, fruto del avance de la Kultur, a este proceso singular de “civilización” que transforma la violencia subjetiva y conduce a una forma de “intolerancia constitucional”[42] –donde resulta curiosa la noción de “transformada” de la pluma de un hombre que se califica de pesimista y que refuta la idea de progreso histórico.

    Que la práctica analítica y el discurso que la acompaña puedan tener impacto en lo social, en el desarrollo de la Kultur, pareciera confirmarse por el hecho de que el psicoanálisis ha generado hostilidades radicales en períodos de absolutismo, dictatoriales o democráticos. Al deconstuir la función mistificante y alienante de las identificaciones individuales y de grupo, al disipar su violencia, el psicoanálisis restituye al individuo la responsabilidad subjetiva de sus propias elecciones, de sus propias acciones; le permite asumir las causas de las que él es efecto y asumir la responsabilidad de la realidad social de la que es parte. En este sentido, la práctica de la singularidad puede contribuir a la práctica de la democracia social, a su constante puesta a punto.

    Por distinto que sea del acto jurídico, el acto analítico puede contribuir, paradójicamente, a redefinirlo, a resituarlo en un horizonte democrático. El sujeto del acto jurídico es, en definitiva, el mismo sujeto sobre el cual opera el psicoanálisis.

    Diciembre 2008


     

    [1] Bobbio, Norberto, L’età dei diritti, Einaudi, Torino, 1990, p. 38. (En la versión original italiana:“Chiamiamo stati di diritto gli stati in cui funziona un sistema di garanzie dei diritti dell’uomo”).

    [2] Bobbio, op. cit. p. 23.

    [3] “La concepción individualista significa que en primer lugar está el individuo, el individuo singular, que tiene valores intrínsecos, y luego está el Estado. El Estado está hecho para los individuos y no los individuos para el Estado”. Bobbio, op.cit. p. 5.

    [4] La primacía de los derechos (ius) sobre la obligación es una característica del derecho romano de la era clásica, pero en relación con los derechos relativos al hombre como sujeto económico. “En el estado de derecho, el individuo en relación al Estado goza no sólo de derechos privados sino que también públicos. El estado de derecho es el estado de los ciudadanos.” Bobbio, op. cit., p.61.

    [5] Bobbio, op. cit, p.XIII.

    [6] Me refiero a mi texto “Durer au titre de symptôme”, París, junio de 2007, y publicado en Insistance, nº 3, Érès, París, 2007. Retomo algunas reflexiones realizadas en aquella ocasión a fin de desarrollarlas y profundizarlas.

    [7]  “To give permission for the use and disclosure of Protected Health Information (PHI)”

    [8] Bobbio, op. cit., p 41. (En la versión original: “Si fantastichi pure sulla società insieme libera e giusta, in cui siano globalmente e contemporaneamente attuati i diritti di libertà e i diritti sociali; le società reali che abbiamo dinnanzi agli occhi, nella misura in cui sono più libere sono meno giuste e nella misura in cui sono più giuste sono meno libere. Tanto per intenderci chiamo “libertà” i diritti che sono garantiti quando lo stato non interviene e “poteri” quei diritti che richiedono un intervento dello stato per la loro attuazione. Ebbene: spesso libertà e poteri non sono, come si crede, complementari, bensì incompatibili…

    La società storica in cui viviamo, caratterizzata dalla sempre maggiore organizzazione per l’efficienza, è una società in cui acquistiamo ogni giorno un pezzo di potere in cambio di una fetta di libertà”)

    [9] Es necesario aclarar que el Estado de Nueva York intervino en la regulación respondiendo a un pedido de los propios psicoanalistas. Fueron los psicoanalistas considerados “laicos” o “independientes” quienes acudieron al Estado para proteger los intereses del sector contra la tentativa de los psicólogos de obtener el “scope of practice”. Los “laicos” recurrieron a la ley en nombre de sus derechos, así como del derecho de los consumidores a consultar analistas laicos. Hoy, para ejercer la práctica profesional es obligatorio contar con una licencia estatal en alguna de las siguientes áreas: medicina, psicología, trabajo social clínico o “psicoanálisis”. La formación en psicoanálisis, por supuesto, no tiene nada que ver con la licencia –y continúa realizándose en los institutos creados con dicha finalidad.

    [10] La comisión organizada por la Secretaría de Educación del Estado de Nueva York para promulgar las reglamentaciones relativas a la ley sobre la licencia en psicoanálisis estuvo y continúa estando dirigida por un trabajador social. Las protestas de varios psicoanalistas frente a la naturaleza antipsicoanalítica de tales regulaciones continúan siendo acalladas en virtud de los principios sostenidos por los representantes gubernamentales, según quienes la práctica analítica debe estar en consonancia con los estándares de formación existentes para las otras profesiones relativas a la salud mental, y especialmente, el trabajo social. Y cualquier ley futura, por supuesto, debe ajustarse a las leyes ya existentes.

    [11] De más está decir que quien tiene acceso a la utilización de los productos legales adquiere una porción aun mayor de poder, lo cual mantiene y aumenta la brecha entre las clases sociales.

    [12] Irti, Natalino, Il salvagente della forma, Editori Laterza, Roma-Bari 2007, p.100.

    [13] Irti, N. Op. Cit., pp 101-102: “La racionalidad técnica no evalúa ni selecciona sus contenidos ni está en posición de hacerlo dado que no presupone nada y, por ende, no dispone de criterios de selección. Al formalismo de los procedimientos corresponde la indiferencia de los contenidos.”

    [14] Irti, Op. Cit. “Las ‘fuentes’ del derecho se multiplican, operativas y asiduas: corporativas, regionales, nacionales, europeas, internacionales, etc”, p. 102

    [15] Irti, Op. Cit. p.104.

    [16] Zagrebelsky, Gustavo, La virtù del dubbio, Editori Laterza, Roma-Bari, 2007, p.94.

    [17] Freud, Sigmund, “¿Por qué la guerra?” (1933), Obras Completas, tomo XXII vol. 22, Buenos Aires: Amorrortu, 1997, p. 192.

    [18] Freud, Op. Cit. P. 189.

    [19] Benjamin, W, Zur Kritic der Gewalt, en Gesammelte Schriften, Suhrkamp, Frankfurt, 1972.

    [20] Zagrebelski, Op. Cit., p.17.

    [21] Weil, Simone, “La persona e il sacro”en Oltre la politica. Antologia del pensiero impolitico, editado [en traducción italiana»] por Roberto Esposito, Mondadori, Milano 1996, p.75.

    [22] Esposito, Roberto, Immunitas. Protezione e negazione della vita, Einaudi, Torino 2002, p.33. Esposito observa que un análisis detalladado de la noción apropiativa del derecho por parte de Weil y sobre todo, por Rudholf von Jhering echan luz sobre el origen del derecho romano y sobre el origen romano del derecho.

    [23] Esposito, a propósito de Weil, Op. Cit. p. 31.

    [24] Luhmann, Niklas Sistemi sociali. Fondamenti di una teoria generale, il Mulino, Boloña 1990, p.578, citado por Esposito, Op.Cit., p.53. (En su versión italiana: Il sistema giuridico funge da sistema immunitario della società”)

    [25] Para el Consortium (una coalición promovida por la American Psychoanalytic Association, que comprende la American Psychoanalytic Association, la American Academy of Psychoanalysis, National Membership Committee on Psychoanalysis in Clinical Social Work, y la Division 39 de la American Psychological Association, la evaluación es un criterio esencial para la admisión de candidatos al programa de formación en psicoanálisis, antes e independientemente del análisis personal. Según el Consortium, el criterio de admisibilidad (“las cualidades personales del candidato consideradas necesarias para recibir formación en psicoanálisis) incluye “evidencia de integridad de caracter, personalidad madura, indicadores razonables de capacidad y motivaciçon para la autorreflexión, aptitudes clínicas y una apropiada habilidad intelectual” «Standards of Psychoanalytic Education, Accreditation Council For Psychoanalytic Education, The Psychoanalytic Consortium» Accreditation Council for Psychoanalytic Education, www. ACPEinc.org.

    [26] Milner, Jean-Claude La politique des choses, Navarin, París 2005, pp. 59-60.

    [27] En « Durer au titre de symptome, » op. cit.

    [28] Lacan, Jacques « Le temps logique et l’assertion de la certitude anticipé », in Écrits, Éditions du Seuil, Paris 1966. («El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipado. Un nuevo sofisma » en Escritos 1, México : Siglo Veintiuno Editores, 1998)

    [29] Porge, Erik Des fondements de la clinique psychanalytique, Érès, París 2008, p. 50.

    [30] Lacan, Op. Cit., p.213.(En su versión original en francés: “le collectif n’est rien, que le sujet de l’individuel”) Esta nueva manera de contar es la que Lacan define como “Un plus a”; ver por ejemplo, su clase del 16 de febrero de 1973 en el Seminario XX, Encore, Seuil, París 1975.

    [31] Didier-Weill, Alain Psychanalyse et droits de l’homme  2008, inédito.

    [32] Bobbio, op. cit., p.15.

    [33] Didier-Weill, op. cit.

    [34] Lacan, J, El Seminario de Jacques Lacan, Libro 1, Los escritos técnicos de Freud 1953-1954, Buenos Aires: Paidós, 1996. 

    [35] Ver en este punto, Jacques Lacan, El Seminario de Jacques Lacan, Libro 17, El reverso del psicoanálisis 1969-1970, Buenos Aires: Paidós, 1996. Tal como señala Liliana Donzis, al concebir la norma como universal, la ley positiva excluye la lógica del no-todo, relegada al orden de lo imposible. “La norma no puede concebir que un sujeto sea un no-todo criminal y ningún juicio podrá sancionar o imputar el no-todo criminal.” En “Acto Analítico. Acto Jurídico” presentación en Nodi freudiani, Milán, 8 de septiembre de 2008.

    [36] Lacan, J. Lacan in Italia 1953-1978, en Italie Lacan, La salamandra, Milán 1978,p. 48.

    [37] Lacan, J « La science et la verité », en Écrits, Éditions du Seuil, Paris 1966,p. 858.

    [38]Lacan, J. Le triomphe de la religion, Éditions du Seuil, Paris, 2005, p. 82. (En su versión original : “Pendant un petit moment, on a pu s’apercevoir de ce que c’était que l’intrusion du réel. L’analyste en reste là. Il est là comme un symptôme. Il ne peut durer qu’au titre de symptôme”)

    [39] Lacan, Lacan in Italia 1953-1978, en Italie Lacan, p. 49. (En su versión original: “tout entier voue, enfin, au service du discours capitaliste” ) El discurso “PST” proviene de “Peste” o plaga, tal como lo define Lacan en clara referencia a Freud.

    [40] Lacan, Le triomphe de la religion, p.82. (En su versión original: “Vous verrez qu’on guérira l’humanité de la psychanalyse. A force de la noyer dans le sens, dans le sens religieux bien entendu, on arrivera à refouler ce symptôme)

    [41] En « Acte Psychanalitique /Acte Juridique » presentación en el Nodi freudiano, Milán, 8 de septiembre de 2008.

    [42] Freud, S. “¿Por qué la guerra?”, p. 198.