Categoría: Alejandra Ruiz

  • La habitación impropia (y otras notas sobre el amor y el destierro) en la obra de Tamara Kamenszain

    La habitación impropia (y otras notas sobre el amor y el destierro) en la obra de Tamara Kamenszain

    Por Alejandra Ruíz Lladó

    I. La habitación impropia

    Podría afirmarse. Las palabras de amor envejecen ─monedas de cuño gastado, que pierden, por su uso, gran parte de su valor─ con más velocidad que las palabras que dicen las tristezas de la vida, las que adjetivan los matices trágicos o se aproximan, en cierta medida, a lo indecible del horror.  Si tomamos un fragmento cualquiera de La llama doble[1], la voz de Octavio Paz ya no conmueve como antes e incluso no podemos dejar de oír, bajo la cuidadosa elegancia de la frase, una tríada (amor-erotismo-sexualidad) que hace sentir sus fisuras, sus desacuerdos con lo que, con mucha generalidad, podríamos nombrar como un real de la época.

    “La juventud es el tiempo del amor… Por el cuerpo, el amor es erotismo y así se comunica con las fuerzas más vastas y ocultas de la vida. Ambos, el amor y el erotismo –llama doble- se alimentan del fuego original: la sexualidad. Amor y erotismo regresan siempre a la fuente primordial, a Pan y a su alarido que hace temblar la selva…”

    Imágenes de exhaltación amorosa, ideal de una totalidad que figura hombres y mujeres encendidos por la intensidad de un deseo siempre creciente cuyos lazos con el amor hoy no podrían ser dichos sin correr el riesgo de resonar anacrónicos o, incluso, traer ecos de lo kitsch. Amor, erotismo y sexualidad no sólo no van siempre juntos, sino que a veces producen confrontaciones incendiarias. Se impone un distanciamiento. Poeta de nuestra contemporaneidad, Tamara Kamenszain nos induce a interrogar el amor como un imaginario de otra estofa. Vida de living[2] (1991) y Tango Bar[3] (1998), abren una brecha en lo cotidiano, mostrando una faz habitualmente oculta:

    Cuando te casaste conmigo

                                               estábamos parados

    mi edad de merecer en la cintura

    y en el acento del sí colgadas las cabezas

    para que los testigos, mudos de la diferencia

    callaran al tiempo de copiarnos

    línea por línea el rostro enloquecido

    del matrimonio perfiles en un acta doble faz.[4]

    Ahondando en esa brecha por la que el “sí” del casamiento trasluce el gesto de una cabeza colgada ─imagen de entrega, de goce, de mansedumbre y acaso también de sacrificio─ la ceremonia nupcial deja ver esa otra faz de rostros enloquecidos copiados por testigos mudos (y no por la deferencia).  Kamenszain, notable ensayista además de poeta, escribe Historias de amor (y otros ensayos de poesía), publicado en el 2000, donde profundiza esa otra faz y a la vez anticipa un nuevo corte, una perspectiva amorosa que se abre paso desde el ensayo y que, a posteriori, irá horadando los amores “de vida o muerte” que allí devienen otra cosa y la misma a la vez. Entre poesía y ensayo, se inscribe una secreta tensión, una minuciosa fábrica de paradojas, de líneas de fuerza que tensan la poesía con los hilos del ensayo, y viceversa.

     Historias de amor se compone por una primera serie de textos, Enamoradas, que Kamenszain titula con filosa ironía y, al mismo tiempo, con una curiosa simpatía por todo lo humano (y lo inhumano) que el amor revela: “La divorciada del modernismo”,  “La soltera, como madre póstuma”, “La que escribe viuda”. Si la obra y la vida no van, de por sí, tan separadas como podría suponer el prolijo ordenamiento de los estantes que en la biblioteca confinan una, al lugar de la literatura y otra, al de la biografía, entonces puede afirmarse que Kamenzsain construye puentes entre esos estantes o más aún, revela el secreto carácter de banda de Moebius que los comunica (o que, más habitualmente, los in-comunica). “En un mundo de opciones irreconciliables, Delmira Agustini vivió de y para ellas y se las llevó puestas a la tumba. El modernismo había extremado la primacía de la forma sobre el contenido, y la poeta uruguaya se hizo cargo del dualismo y pagó sus consecuencias con otro aún más drástico: el de su corta vida enfrentada al extremo a su corta obra…Partida en dos (literalmente: bio por un lado y grafía por otro) ella escribió literatura para salvar las formas y vivió para salvar el pesado contenido de sus poemas”[5]. Lo forcluído en la pureza simbólica de la forma modernista ─podría decirse, parafraseando al Lacan de Radiofonía[6]─  retorna como contenido, significado en lo real de la vida que arrasa al sujeto.

    La experiencia amorosa es, también, existencial. Despojada de toda moral ─ni religiosa, ni ideológica, ni literaria─, Kamenszain le ofrece una nueva voz: una voz flexible que puede identificar lo trágico sin identificarse  a lo trágico mismo; una voz que puede introducir el humor más como un modo de aproximarse al objeto que de alejarlo a una exterioridad ajena o imprecisa. Una voz que, quiero destacarlo, aborda el amor no tanto como un tema más de la poesía sino como poesía en sí, por derecho propio. Apuesta por ir más allá de la disyunción vida/obra, restituyendo a lo vivido la dignidad de la obra. Y quizás también a la obra la dignidad de lo vivido.

    II. La tierra comprometida: un baldío para construir

    Solos y Solas[7], el libro de poemas que aparece en 2005, ahonda esa brecha que había iniciado en sus libros anteriores, utilizando lo real de una condición existencial para horadar cualquier imaginario amoroso que pretenda encubrir la falta radical del sujeto. Sin pausa y sin prisa, Kamenszain procede al desmantelamiento de la utopía amorosa, a la invención de un hablar que introduce el humor allí donde lo real no se acomoda a las ilusiones, ni a lo imaginario de otra época, haciendo sentir sus chillidos de incomodidad:

               Me quedé con la alianza de mi padre

    en terapia intensiva se la sacó la enfermera [8]

     Desde la alianza que sellaba un pacto de por vida, interrumpido sólo por la muerte y el gesto persuasivo con el que la enfermera entrega el símbolo de ese pacto, hasta la que se esconde en el bolsillo para dar pié a nuevos amoríos o se arroja al rostro desprevenido del ex, la relación amorosa gira en torno a nuevos imaginarios cuyo carácter efímero está dado por una época en la que lo provisorio no es signo de fracaso, ni de decadencia, sino de una cierta comodidad, un nuevo equilibrio que descarta la prestancia de lo imperecedero, la materialidad de lo perenne que el mismo oro presentifica. La moneda de cuño gastado es, en más de un sentido, la única que queda para circular. El patrón oro cayó después de la Primera Guerra Mundial, y luego han ido fracasando todos los intentos de restaurar su valor. Las monedas, en mayor o menor medida sujetas a la inflación o la deflación, muestran que no hay valores absolutos: todos son relativos y dependen de las condiciones del mercado. Tampoco las palabras están a salvo de esta inflación imaginaria, ni siquiera para Gide (que lo denuncia en Los monederos falsos). Las antiguas alianzas hoy son bijoux, vidrios de colores injertados en alpaca falsamente envejecida para que parezca una joya antigua “hecha ayer” y flores de papel que se cuelgan del cuello.

    son mis padres se casaron para tenerme

    y yo aquí me tengo entre los solos y solas

     anillos de fantasía solitarios baratos

    que en los salones relucen como oro

    para que no me roben salgo corriendo

    me meto de cabeza por la boca del subte

    fecha tras fecha las puertas se clausuran

    tras nacimientos tras bodas tras muertes atrás atrás

    por alianzas imposibles y a contramano de los aniversarios

    el tiempo de la familia conmigo se aleja[9]

    Solos y Solas frasea en torno a cierto giro de época: la monogamia de los padres cedió su imperio a la tierra de los ex. Los maridos y las esposas, como los antiguos reyes, se ordenan naturalmente en primeros, segundos, terceros.

    ¿qué veo cuando veo algo en el nombre del oro?

    una esperanza desplegada en otro tiempo

    toldo de dos que se apropiaron del desierto

    dibujaron un techo nuevo sobre nada [10]

    ¿Se trata del testimonio de un sujeto en una época en la que lo imaginario del amor ha perdido su anterior prestancia y sus ideales de completud (hacer de dos, uno) muestran el lado real de las actas, las cabezas colgadas de rostros enloquecidos? Experiencia de un nuevo amor despojado de la ilusión de lo imperecedero que, antes que encubrir la falta radical, la señala puesto que  lo real, una vez advertida la inexistencia del Otro, quiere ser vuelto a velar aunque ya no tolere los antiguos fastos de las viejas nupcias:

       atrás de los cuadros debajo de los muebles

        se aquerencia un techo nuevo

       donde hubo hogar quedan fotogramas [11]

    Solos y Solas no figura un palacio de cristal en el desierto: sus paredes sin muros no buscan proyectar mil noches hurtadas al brillo del diamante. Ya en “Destinatario” ─incluído en Poemas Inéditos[12] (1971-1974)─ habíamos asistido a la construcción de un espacio/tiempo propio del poema: “…veo mi vida como una larga línea/que aunque recta y dirigida es también/saltarina y por eso anda/a la búsqueda de un increíble pasado/cuyas señas cubran aunque sea en parte/esa tierra baldía pero edificable/que los filósofos y todos los hombres/insisten en llamar futuro.” Sin embargo, a partir de la publicación de Solos y Solas, ya no hay apropiación del espacio. Más que de un exilio, se trata de los sin tierra. Ningún lugar es propio: la patria ya no es la infancia ni la poesía. Y tampoco se ha perdido, ni se podría anhelar volver:

    Soy la okupa de mi propia casa

    desde que la propiedad se fue de mí

    ya no tengo escritura y como en los sueños

    la puerta de entrada me espera afuera[13]

    El sujeto está dividido. Escribir es salirse de sí, incluso de la propia casa. No hay habitación propia ya que todos somos okupas de la lengua. Tomar la lengua como lo más extranjero y, al mismo tiempo, no sentirse jamás fuera de casa: en esa intemperie escribe Tamara Kamenszain. “La literatura es otro techito armado en el desierto”.

    Así, reconocemos la construcción de una voz no sólo por los recursos que utiliza sino también por los muchos de los que se priva: la abstención de lo que, desde cierta perspectiva poética, puede ser considerado golpe de efecto, puro ornamento metafórico destinado a encubrir allí donde la poeta quiere conducirnos a un encuentro: el toldito, no hace falta decirlo, cubre pero también señala el lugar de lo real. En El ghetto de mi lengua, Kamenszain escribe: “En el entre, entonces, en el entretiempo, en el entreespacio, se construye el tentempié del nómade. Es la casa, el hábitat que le aporta un techo a la experiencia extrema del desierto. Habitarlo, debajo de ese techo, es representar el drama de estar adentro de un afuera.”

    La poeta no sólo nos orienta hacia ese real, también  elabora un mito de la experiencia vivida por una generación donde la tríada amor, erotismo y sexualidad permite entrever, en sus desencuentros, abismos que no siempre pueden ser velados ni vestidos de fiesta ante el altar. Travestida en una orquesta de señoritas, disfrazada de musa de un bar o de respetable dama del living, con antifaz o debajo de la arrabalera mascarita, Kamenszain celebra un carnaval propiciatorio que utiliza las voces del tango para inscribirse en la mejor tradición barroca/barrosa/borrosa, en la que no me voy a extender aquí[14].  Antes que “conocer gente” (como ingenuamente sostiene un jubiloso dicho popular), la relación sexual devela que el otro siempre guarda un fondo incognoscible, incluso para sí mismo, aunque cada época y cada sujeto o sujeta ─como la nombra Kamenszain─ cubra ese agujero a su manera. Lo que una mirada patriarcal acaso sancionaría como decadencia de época, “matrimonios eran los de antes”, cuando una supuesta heterosexualidad estaría adquirida desde el documento identitario, aparece aquí al trasluz y sin nostalgia: no era más que una telita en el desierto, como cualquier otra.

    Pero cuidado, esas letras, que parecen llover del cielo, han sido colocadas por una mano que frasea y una voz que sabe acomodar restos sin despreciar la ironía. Jorge Panessi, en su excelente ensayo “Banquetes en el living: Tamara Kamenszain”,  privilegia en la voz de esta autora, “…junto con la costurera, la tejedora, la traficante de restos y remiendos (la que fabrica futuros con aquello que nos resta), a la genitrix…La genitrix es la custodia de los restos, de las posibilidades de traslación hacia el futuro; para ellas los restos no son nunca ruinas, no atan al pasado, sino que se desatan hacia todos los porvenires múltiples.”[15] Entramado de voces cuya polifonía, lejos de limitarse a una nueva experiencia generacional o sociológica, eleva su escritura a una condición existencial.

         ¿Será posible que en mi religión

           sola

           detrás de un hombre

           yo siempre sienta frío?[16]

    No se puede mirar al sol de frente más que por unos instantes. El sujeto advertido de lo real ─de la muerte de Dios que aliviana a la experiencia amorosa del peso del sentido y del lastre de la trascendencia─ precisa volver a cubrirlo con un nuevo velo, pero un velo que, en lugar de ocultar lo imposible, nos permita adivinarlo al trasluz. Así, la serie Cuando te vea por primera vez[17] reinstala un apenas de ilusión con unos pocos perifollos de fiesta. Los seis poemas horadan, en su proliferación, la idea misma de lo que nombran. Como los retratos de Marylin Monroe tomados por Andy Warhol, “la primera vez” se multiplica en sus espejos. Siguiendo la lectura de Hal Foster acerca de la imagen warholiana, podemos ubicar en estos seis poemas en serie un primer orden de conmoción tamizado por la repetición de la imagen, “aunque esta misma repetición puede también producir un trauma de segundo orden, aquí en el nivel de la técnica, donde el punctum atraviesa la pantalla y permite que lo real se abra paso”[18]. Lejos del embrujo romántico, que obturaba la dimensión de lo real al postular un sentido (ser único para alguien), aquí se permite entrever una nueva dimension del amor que no rehuye la contingencia: más que un vestido de gala, es una bata que apenas nos cubre de la intemperie.

    ¿puedo hablar de amor cuando veo a alguien?

    Si te ve sí, si no te ve no, así de simple[19]     

     No hay ni sombra de añoranza cuando la poeta señala lo que hay. Traficante de restos, acostumbrada a atravesar las fronteras con significaciones de contrabando, Kamenszain no denuncia los falsos esplendores del amor, más bien celebra que haya muchas “primera vez” y no nada. Las alianzas de compromiso, oro felizmente transformado en baratija, son tan reales como las otras ya que, igual, hay que irse de las fiestas para que no las roben. No es la nostalgia, ni el desencanto. Hay esperanza, un poco de esperanza ─diríamos, parafraseando a Kafka─ también para nosotros. Y nosotras.                              

    III. Notas para una poética de lo imposible

    Tamara Kamenszain pasa al otro lado del espejo, desde donde se puede advertir que un artificio no es algo meramente artificial. Dejarse atravesar por lo inesperado sin ceder a la tentación de obturarlo con la belleza de un nuevo ideal, tolerar la efímera cotización de la moneda en relaciones amorosas que ya no pretenden imponerse como alianzas perdurables, elaborar un fraseo que reconstruye una intimidad sonora que jamás intimida con frases ampulosas ni versos rimbombantes traza un sendero posible, un modo de domesticar lo real ─que es, por esencia, indomesticable─ hablándole al oído y mostrándole “espejitos de colores”, y es en este sentido que estamos doblemente afectados por lo que podemos leer en sus versos.

    Si Historias de amor (Y otros ensayos sobre poesía) anticipa, como hemos dicho, lo que verá la luz bajo el título Solos y Solas, es en tanto su escritura produce la exclusión lógica de lo que ya no tendrá lugar en la obra de la autora: el imaginario está, desde ese momento, agujereado y por sus aberturas deja ver lo real del amor.   

    ahora somos parias de casamentera

    dos que no hacen uno en la cuenta regresiva

    nos encontramos sin nada en común

    con otros tan comunes como nosotros.[20]

    Ya no hay más nombre propio en el que afirmarse ni cuarto donde ponerse a salvo de lo real. El sujeto dividido entre lo que quiso ser y lo que es, ya no puede reencontrar su unidad apelando al otro. Ninguna llama atizará el fuego sagrado de las otras dos, simplemente porque jamás serán ni han sido una. Ningún espejo devuelve la ilusoria completud del individuo/indiviso para quien eligió apropiarse del  destierro: ya no es posible sentirse único y, al mismo tiempo, cada uno lo es puesto que no tiene nada en común con el prójimo. Lo más propio, hay que reconocerlo, es ser tan común como el otro.

    Frente a la subjetividad escindida que impone el yo lírico –que a veces llamamos con nombre de autor, aunque sabemos que ninguna persona se podría identificar a ello y que tampoco es un yo-, en su máxima diferencia entre el objeto amoroso y su reflejo ideal, sólo cabe ceder a la tentación de atravesar estos ensayos y poemas, para dejarnos interrogar, si cabe, por lo imposible que allí sucede. Una vez más. Acudir a la cita dejándose tomar por la intimidad de esa voz alivianados del peso de cualquier ideal y sin temor a un silencio ligeramente embarazoso, como el que ocurre en algunos poemas de Tamara Kamenszain cuando dos recién se conocen. Un modo de aproximarnos ese efecto de real por el que el otro guarda siempre un fondo incognocible.


    [1] Octavio Paz, La llama doble,  Seix Barral, Sexta edición, octubre 2001.

    [2] Tamara Kamenszain,  Vida de living, en La novela de la poesía, Obra reunida, Buenos Aires,Ed. Adriana Hidalgo, p. 199.

    [3] Tamara Kamenszain,  Tango Bar, en op. cit., p. 229

    [4] Ibíd.,p. 213.

    [5] Tamara Kamenszain,  Historias de amor (y otros ensayos sobre poesía), Buenos Aires, Ed. Paidós, 2012, p.17.

    [6] Jacques Lacan, “Radiofonía”en Otros escritos, Buenos Aires, Ed. Paidós, 2012, p.425.

    [7] Tamara Kamenszain, Solos y Solas en op. cit., p. 301.

    [8] Tamara Kamenzsain, op. cit. P.329

    [9] Ibíd., p. 329.

    [10] Ibíd., p. 329.

    [11] Ibíd., p. 307.

    [12] Tamara Kamenszain, Poemas Inéditos, en La novela de la poesía, Buenos Aires, Ed. Adriana Hidalgo, 2012,  p.119.

    [13] Tamara Kamenszain, op. cit., p. 307.

    [14] Ver el prólogo de Enrique Foffani a La novela de la poesía, Poesía reunida de Tamara Kamenszain: “Del neobarroco al neobarroso: figuraciones de tango bar(roco), op. cit., P.31.

    [15] Ibíd.  P.294

    [16] Tamara Kamenszain, “Vida de living”, en La novela de la poesía, Obra reunida, Buenos Aires,Ed. Adriana Hidalgo,p.239.

    [17] Tamara Kamenzsain, op. cit., p. 319

    [18] Hal Foster, El retorno de lo real, Madrid, Ed. Akal, 2001, p.140.

    [19] Ibíd., p. 332.

    [20] Tamara Kamenzsain, op. cit., p. 311.

  • Editorial Lapsus Calami N°6: El psicoanálisis a cielo abierto

    Si algo nos enseñan las psicosis y el autismo es que hay muchas cosas en este mun­do que nuestros ojos no pueden ver ni nuestros oídos escuchar allí mismo donde suce­den: ¿qué micrófono, en la era de la electrónica, podría permitirnos oír esa voz que per­sigue a un sujeto al mismo tiempo que le permite seguir con vida? ¿Qué cámara cap­taría a ese ojo omnipresente mencionado por la paciente esquizofrénica de Lacan, al­guien que habita en un mundo donde es “siempre vista”? ¿Cómo aprehender esa pre­sencia temible que no se ve en ningún espejo y que aterra al autista? ¿De qué estofa está hecha la realidad allí mismo donde sus fisuras revelan las fallas y los misteriosos acier­tos de su construcción?

    Ahora bien, nada nos enfrenta con esto, si es que podemos afinar nuestro oído, como el autismo y las psicosis, obligándonos a seguirlos más allá y más acá del principio del placer, donde la comodidad del sujeto no existe y este se ve conducido a la dura prueba de existir. En las psicosis, señala Freud, el conflicto se produce entre el yo y el mundo; en las neurosis, en cambio, entre el yo y el ello. Si en ambas se puede perder la relación con la realidad, lo central es ver qué pone en su lugar cada una de ellas. Roberto Ha­rari recuerda, en su artículo sobre la estructura psicótica, el caso de un paciente “pre­sentado” a Lacan en Sainte-Anne, publicado en el número uno de Scilicet, en quien se puede advertir la función de la voz, sobre todo mediante dos fenómenos –clásicos des­de los tiempos de Clérambault– evidenciables en este tipo de estructura. Uno de ellos es el pensamiento en eco; el otro es la enunciación de los actos del paciente en tanto comentarios. Ambos se relacionan, concluye, con el particular estado de interlocución en que el sujeto es situado por la acción de la voz. Mientras en las psicosis se puede po­ner un sustituto del fragmento forcluido, en la neurosis se reacomoda la realidad con la predominancia del fantasma. Es por eso que, como lo afirma Norberto Ferreyra, “el sujeto está en condición de indivisible: el objeto a nunca puede volverse causa de su di­visión”. Así, continúa, el modo en que Lacan sitúa la estructura sirve para escuchar de otro modo a las psicosis, ubicando en el estadio del espejo algunos de los antecedentes de este avance. Pero el hecho de que no opere la función del sujeto dividido, no quie­re decir que no haya sujeto. Incluso, en opinión de Gérard Pommier, se trata de un hi­persujeto; que ha dado lugar, según lo entiende este autor, al descubrimiento más im­portante de Lacan: el significante del Nombre del Padre. Benjamin Domb, por su par­te, despliega la forclusión del significante del Nombre del Padre y sus consecuencias en los desarrollos lacanianos de la estructura, destacando que en las psicosis el inconscien­te no se produce por represión sino “a cielo abierto”.

    Algunos de los analistas que escriben aquí dan cuenta de un hecho clínico impor­tante: no es igual la clínica de las psicosis que la propia de la neurosis. “Lacan nos lleva a plantear una nueva perspectiva, reconociendo que no se puede tratar una estructura psicótica (hablo de psicosis mayores: esquizofrenia, paranoia, parafrenia) como se tra­ta a un neurótico”, afirma Isidoro Vegh.

    No se juega con las mismas cartas, agregamos nosotros, ni está escrito con las mismas letras. Lo que es ineludible en el análisis de un neurótico puede ser desaconsejado en el de un psicótico. La autopista principal, que necesariamente debe recorrer el neurótico si ha de ir más allá, no será la vía por la que habrá de conducirnos el psicótico e incluso sería conveniente, siguiendo los consejos de Lacan, rehuir esas grandes avenidas del sentido para deslizarse con discreción por callecitas, pasadizos que, con tránsito a favor, podrían ir armando otras vías donde circulen algunos goces menos mortíferos. Volviendo a lo dicho por Vegh: “Para tener alguna eficacia en la clínica de las psicosis, hacen falta otro tipo de abordajes. En esos casos, la típica interpretación simbólica no es eficaz, y es necesario apelar a intervenciones en lo real, en lo imaginario o a propiciar lo que en los últimos años Lacan llamó sinthome”. En este contexto, nos parece, cabría una pregunta: ¿es entonces indispensable, para situar una dirección de la cura, que el analista tenga una hipótesis de estructura no cristalizada que, aunque ineludible, pueda revisarse tantas veces como sea necesario? ¿Se trataría de un mero prejuicio, de una resistencia o de una necesidad lógica que indica no tanto lo que se debe hacer como lo que no se debería hacer en un tratamiento?

    No es extraño escuchar –aunque debería serlo– que la clínica psicoanalítica sea asi­milada a la psiquiátrica, que se nos diga que utilizar los términos psicoanalíticos es “po­ner etiquetas” –y desde cuándo nombrar no lo es– y que se nos quiera hacer creer que hay una contradicción entre la clínica del caso por caso y las invariantes que la estruc­tura del sujeto presenta al analista. Es, sin duda, unos de los debates que recorre este número de la revista –y que es materia fuerte de discusión en el campo psicoanalítico– la posición que cada analista toma ante este modo de organizar la subjetividad que lla­mamos “psicosis”.

    * * *

    Sigmund Freud fundamentó su teoría de las psicosis en 1911, a partir de la publi­cación de las Memorias de un neurópata que, en 1903, hace el presidente de la corte de Apelaciones de Saxe, Daniel Paul Schreber. Allí hizo notar dos cuestiones fundamenta­les. Primera, el mecanismo, la forclusión (Verwerfung), observando que lo abolido del adentro vuelve del afuera. La proyección es claramente diferenciada de la represión. Se­gundo, el descubrimiento de que los delirios pueden ser subsumidos como diferentes maneras de negar la frase: “Yo lo amo”.

    Jacques Lacan, por su parte, accedió al psicoanálisis siguiendo el rigor lógico de otra escritura, la de Aimée, la paciente que escribía novelas impublicables. Solo estas dos puntuaciones –una, hecha sobre un testimonio construido como alegato de un juicio; la otra, sobre una novela sin valor literario– pueden sostener la relación que las psico­sis tienen con la escritura y con el psicoanálisis. Pero hay mucho más. Porque ambos casos podrían dar la idea de que la psicosis es meramente deficitaria, en relación con el campo del arte. Hay quienes –Michel Foucault, quizás el más importante– han soste­nido esta tesis. La idea de que si hay obra, no hay locura, definiendo a la locura como la ausencia de obra. Es ahí que Lacan da un paso más al introducir el sinthome en el innovador seminario sobre Joyce –quien sí es un gran escritor–, donde muestra que una estructura no neurótica puede mantenerse unida sin desencadenar, aun con algu­nos “hilos flojos”. El paso lacaniano, por haber significado un avance, no dejó de cau­sar su desconcierto. Hay, en las páginas que presentamos, posiciones teóricas que se fundamentan en algunas de las enseñanzas de Lacan, en esos bordes imprecisos que él deja para ser trabajados por el analista al que se dirige, en donde no es sin consecuen­cias la lectura que, a partir de la propia práctica, cada uno haga de lo que es la Verwer­fung de hecho. Así, todavía hoy participamos de un debate que no cesa acerca de si, a partir de ese seminario, podemos concluir que Joyce era psicótico o no lo era en abso­luto. ¿Cómo –nos preguntamos– un gran escritor podría ser psicótico? ¿Y cómo La­can habría confundido una obra literaria con la escritura de un psicótico, obras que –sostienen algunos– no pueden tener valor más que como una necesidad subjetiva sin ningún peso literario? Y bien, habrá que debatir con quienes entienden que las psico­sis no pueden producir obras literarias importantes. Y también con quienes, más afi­nes al surrealismo influenciado por la obra de Antonin Artaud, encuentran en la locu­ra un maná del arte que tampoco cesaría de derramar su miel. Lo cierto es que la locu­ra –tomándola provisoriamente como uno de los nombres que se les dan a las psico­sis– no implica la obra, pero tampoco la excluye. Afirmamos esto sin que por eso nos veamos obligados a extraer las conclusiones del debate acerca de si Joyce lo era o no. Lo más importante de ese debate no es quién podría ganarlo sino las razones con las que cada uno puede sostenerlo.

    Lo que sí resulta importante es que Lacan abre, a partir de la obra de Joyce, una clí­nica que nos invita a pensar más allá de las díadas como, por ejemplo, vida y obra, en tríadas que nos sumergen en un nuevo desafío. Así lo considera Diana Kamienny, quien despliega como una tríada el casamiento de Joyce y Nora, mostrando hasta qué pun­to una pareja –sumada a la obra– puede remendar los puntos flojos de la trama, ahon­dando también, como corresponde a un analista, en los puntos flojos que conlleva lo sexual. Así también lo muestra el trabajo que Gérard Pommier presenta sobre la obra del poeta ruso Khlebnikov, el gran maestro del futurismo, donde aísla otra tríada, la de las tres capas de su obra: poesía, lengua fundamental y cifrado. El zaoum como tentati­va de barramiento de la lengua materna, las tentativas que, por su parte, hizo Wolfson en su libro El esquizofrénico y las lenguas, la Grundsprache de Schreber, lalengua de La­can son vistos como un simbólico de cifras, distinto al de la palabra neurótica, que re­prime lo pulsional.

    Si hay, como lo subraya Pommier, numerosas psicosis que llevan una activa vida cul­tural, política o militar, sin tener un desencadenamiento que los lleve al hospicio, es evi­dente que no se puede asimilar la psicosis a una estructura deficitaria o a una expecta­tiva que conlleve una vida ni mejor ni peor. En función de esto, el autor señala el error, común durante mucho tiempo, de confundir la psicosis con la internación psiquiátri­ca, cuando hay que acostumbrarse a la idea de que el hecho patológico no pasa por la etiqueta nosográfica. La distinción entre las psicosis desencadenadas y las que no, que debemos a Lacan, nos permite hoy en día constatar grandes avances en la clínica y tam­bién, como suele suceder, nuevos enigmas a descifrar.

    El caso que nos trae Gorana Bulat-Manenti, donde una psicosis no desencadenada es desestimada en la dirección de la cura por un analista anterior que la considera una “histérica agotadora”, plantea rigurosamente el riesgo que implica tal confusión. “No basta con basarse en manifestaciones de seducción para decretar una histeria, porque la seducción existe, muy evidentemente, en la melancolía, en la paranoia”, afirma la au­tora. En los vericuetos de este análisis vemos cómo una hipótesis de estructura permi­te que la analista no sancione como “transgresión” lo que viene como reclamo pulsio­nal, no balizado por el fantasma. “Un entorpecimiento o un desconocimiento del pro­ceso en curso por parte del analista puede, en el mejor de los casos, dejar sin efecto la transferencia o provocar la interrupción de la cura, pero también, en el peor de los ca­sos, adelantar el desencadenamiento de un delirio y suscitar el pasaje al acto, precipitar la catástrofe tan temida por el especialista”.

    La transferencia en la psicosis es intensa y lábil, dice Bion. Y Elida Fernández, a par­tir de esa cita, interroga el lugar del analista, narrando los tiempos de constitución del sujeto en términos que tornan accesible lo complejo. “Nuestro intento es poder cavar un lugar para el analista en transferencia. Este lugar es siempre en torno a un objeto que cada paciente recorta: voz, mirada, memoria, barrilete, excremento, secretario, amigo, amante, espejo, complemento de su decir y/o su padecimiento. Siempre intenso, siem­pre lábil, siempre esmaltado en la historicidad y contingencia de cada devenir. Manio­brar con ese objeto transferido forma parte de la difícil tarea del analista”.

    * * *

    Algunos de los textos que presentamos aquí señalan distinciones importantes entre lo que es y lo que no es psicosis, sin las cuales el clínico podría, en el bosque de fenóme­nos, perder el árbol. Analía Battista interroga la diferencia entre las psicosis y la afasia, intentando cernir qué clase de significante es el que se forcluye en uno y en otro caso. Marcelo Edwards nos habla de estados del sinthome, mostrando hasta qué punto algu­nos desanudamientos pertenecen al terreno de lo transitorio y no deben ser confun­didos con fenómenos de estructura, si se quiere dar lugar a ciertas intervenciones del lado del analista. A partir de un preciso despliegue, Manuel Rubio nos invita a reinte­rrogar la distinción entre locura y psicosis, sin descuidar el paso por la clásica teoriza­ción formulada por Maleval y la puesta en cuestión del concepto de estructura realizada por Roberto Harari, quien propuso las constelaciones como nueva conceptualización.

    Un acápite aparte merece el despliegue que, en este número, se da a la diferencia entre psicosis y autismo y, como lo destaca Ilda Rodriguez en su editorial, la pregunta acerca de si hay o no pasaje de una a otra estructura, de la no estructura a la estructura o incluso, de acuerdo al autor que se mire, si hay una dificultad clínica en delimitarlas. Alba Flesler subraya la importancia, en los tiempos lógicos de constitución del sujeto, del lugar que el niño tenga en el fantasma de la madre, describiendo con fineza la dife­rencia entre realizar la presencia del objeto y propiciar una respuesta subjetiva. Héctor Yankelevich distingue entre psicosis y autismo, argumentando que la causa de las pri­meras es la forclusión del significante del Nombre del Padre, mientras que, en el caso del autismo, únicamente se trata de la forclusión del falo (que es, a su vez, solo uno de los Nombres del Padre). Patrick Landman muestra hasta qué punto el DSM siempre está en movimiento, cómo lo que se consideraba bajo el acápite de autismo se va des­plazando hacia los trastornos y de qué manera la distinción entre esquizofrenia y autis­mo, entre psicosis infantil y autismo puede ser objeto de la censura, allí dónde las ins­tituciones sociales, las asociaciones de padres, van ejerciendo su imperio, en ocasiones contra el sujeto que, sin lugar a dudas, es lo fundamental para el psicoanálisis. Tanto el autista como el esquizofrénico son personajes más bien verbosos, afirma María Musoli­no. Por su parte, Alicia Hartmann sostiene la singularidad del autismo en relación con todo tipo de psicosis en la infancia, enfatizando el fracaso de la negación, la Ausstos­sung que no permite salir, en los casos muy severos y tempranos, de lo que Lacan men­ciona como goce animal.

    La clínica psicoanalítica es un ave curiosa de la que no deberíamos avergonzarnos ni renegar: es subversiva porque no responde a la exhibición narcisista de una cura lo­grada, antes bien, apuesta a que un análisis pueda llegar a producir ese imposible que es la cura. No se trata de que la cura sea imposible, en su sentido banal o en el modo en que la neurosis de destino se consuela con el conformismo de lo aciago, sino de que la cura, en su mejor versión, produce la encarnación de ese imposible para un sujeto.

    No es fácil entender cómo una misma estructura puede hacer que un sujeto pierda la percepción de las piernas, escuche que lo injurian cada vez que entra a su casa, per­ciba las palabras de su madre como ladrillos que lo golpean en la sien, se sienta empu­jado a ser la mujer para un Dios que lo reclama y/o, con idénticas invariantes, escribir una obra fascinante algunas veces en otra lengua, desarrollar complejos programas de computación, actuar en teatro o, en tanto abogado, defender con maestría a quien fue tratado como insano: ¿cuál sería el punto en común? ¿Es la psicosis lo único determi­nante en la dirección de una cura o hay, en verdad, muchas cosas, incluso en aparien­cia intrascendentes, que hacen que esa misma cura dé un pequeño giro o uno grande, a veces debido a un gesto, a un gusto, una inclinación, un don, como diría Borges, que permite al sujeto asirse y pasar a otra cosa?

    * * *

    No podríamos concluir esta página sin recordar a quien fuera una de las psicoana­listas más importantes que ha dado nuestro país: me refiero a Pura Cancina. Fundado­ra de la Escuela Sigmund Freud de Rosario, donde desplegó su enseñanza, también fue vicedecana y profesora titular de la Universidad de Rosario, donde dio sus clases duran­te más de veinte años. Publicó numerosos libros en nuestro país y en el exterior, entre ellos, Escritura y femineidad, El dolor de existir… y la melancolía y, con otros, El puzzle de un padre. Tradujo y dirigió varias colecciones de psicoanálisis, buscando que cier­tas obras circularan en nuestra comunidad. Hacemos nuestras las palabras de Guiller­mina Díaz, en su homenaje:1 “¿Cómo no recordar su presencia en Caracas en 1980, allí donde Jacques Lacan exhortó a escuchar a aquellos «otros» a quienes su presencia no había hecho de pantalla? Hecho que llevó luego en Buenos Aires a proponer y organi­zar –con algunos otros– la Primera Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis que se realizó en Punta del Este, Uruguay, allá por el año 1986. ¿O su presencia en las reunio­nes Preparatorias en Barcelona donde luego fue un miembro –con otros– del Comi­té de Redacción del Acta Fundacional de Convergencia. Movimiento Lacaniano por el Psicoanálisis Freudiano?”.

    Así nos sumamos a la serie que propone Díaz, “de los variados modos de recordarla y honrarla, de manera tal que, para cada uno que haya compartido algún tramo de su incesante obra, se pueda retomar a través de su propio tributo, reconocimiento o elo­gio todo aquello que nos ha dejado y en lo que Pura Cancina nos falta”.

  • Lo que se oye de lo que no se quiere ver / Alejandra Ruiz Lladó

    Lo que se oye de lo que no se quiere ver / Alejandra Ruiz Lladó

    I

    ¿Por qué razón el ser humano, en lugar de vivir tranquilo, busca en forma permanente algo para temer, algo para angustiarse, fantasmas, posesiones, presencias, muertos mal muertos que vuelven reclamando venganza o buscando a la amada? Si, como querían los utilitaristas, sólo lo que es útil es bueno y, por lo tanto, el valor de la conducta está determinado por el carácter práctico de sus resultados, ¿por qué el hombre se ve tentado a crear fantasmas y presencias extrañas desde el golem hasta la serie Ghost o esos seres temibles que proliferan en las pantalla de los videos juegos? ¿Para qué sirven esos inútiles que sólo hacen temblar?

    El psicoanálisis afortunadamente nos permite vislumbrar una respuesta. Estas cosas que angustian no responden al mero “anhelo de sufrir” ni tampoco, como sugieren los pragmáticos de barrio, “al puro gusto de complicarse la vida”. Tienen una función psíquica de primer orden. Más allá de lo conocido, más allá de lo que el principio del placer aconseja (comer con moderación e ir a dormir temprano para que no vengan los fantasmas), hay un territorio inconmensurable –y riesgoso− que conduce a un goce que en ocasiones arrasa al sujeto y, en otras, lo salva, permitiéndole enlazar al objeto del deseo. Atravesar esa puerta no es sin angustia. Hay quienes lo hacen de un empujón, pagando un precio demasiado alto. Hay quienes nunca lograrán hacerlo, quedando para siempre encerrados en la comodidad del principio del placer. Kafka lo supo desde siempre. También lo supieron los guardianes que durante años custodiaron las puertas de la ley, cada vez más altos, y también el hombre acurrucado en un banco que, mientras espera que lo dejen pasar, ha ido envejeciendo y es cada vez más pequeño.

    Antes que calmar la angustia, estos fantasmas intentan juegos territoriales: se alimentan de chirridos de puertas, persecuciones de voces sueltas, lugares oscuros, lápidas entreabiertas de las que huir o a las que hay que entrar de un salto. Sus morisquetas literarias o fílmicas nos afectan físicamente. Saben que la construcción del espacio psíquico no es juego como tampoco es chiste su derrumbe. Saben que la angustia no engaña así como tampoco dice la verdad: apenas la señala. Y en ese sentido, reintroducen una certidumbre que apunta a un sujeto. Basta ver una sola vez un ataque de pánico para entender lo inútil que podría ser intentar convencer a quien lo padece que allí afuera no hay nadie.

    Para figurar la angustia, Lacan no ahorra artificios. Pone al sujeto frente a una mantis religiosa y, por si fuera poco, le coloca una máscara que puede inducir al insecto a un desagradable error sobre su identidad, algo que obviamente intranquiliza al yo, un afecto que se potencia aún más al comprobar que no se puede ver en el “espejo enigmático del globo ocular del insecto”. Conviene entonces seguir esa dirección. Hay un real que intranquiliza: no sólo el sujeto no se puede ver en el espejo, también teme que lo desconozca el Otro, del que no sabe ─no puede saber─ lo que realmente quiere de él. Abordándola por la vía de lo Unheimliche, la angustia se suma al horror. Freud lo despliega ampliamente en su conocido artículo Das Unheimliche. Lo Heim, lo familiar, acogedor, íntimo, ese hogar donde justamente nos sentimos protegidos y a salvo de la angustia se convierte, por la adición de la partícula de negación un, en lo Unheimliche, esa tierra ajena que suscita angustia más inquietud, extrañeza, horror espanto. Lo más extranjero a sí mismo que retorna como doble. Lo entrañable y lo extraño, lo familiar y lo siniestro, lo doméstico y lo inhóspito: pares de opuestos que balizan el territorio subjetivo y nos hablan de ciertas modalidades de presentación del objeto que aparece allí donde lo que falta es la falta.

    II

    Entre numerosos textos, elegí Casa Tomada, un relato de Julio Cortázar publicado por Borges en 1946, al que en un par de ocasiones recurrí para poder pensar algún recorte clínico.  Permítanme interrogar a estos personajes en su humanidad dado que, si bien es cierto que son de papel ─y de ese papel que subyace en el mismo corazón del relato fantástico─, también lo es que una de sus mayores riquezas nos habla de lo universal de las narraciones sobre casas con presencias extrañas y fantasmas y del sujeto en sus relaciones con el Otro.

    El narrador  vive con su hermana Irene, a quien evidentemente incluye en su alocución, puesto que habla en primera persona del plural. “Nos gustaba la casa porque además de espaciosa y antigua, guardaba los recuerdos de bisabuelos, abuelos, padres y toda la infancia”. Se trata de un “simple y silencioso matrimonio de hermanos,  necesaria clausura de la genealogía”. A él “se le murió” su novia, María Esther y ella. Irene, rechazó dos candidatos sin mayor motivo. El celibato en el que viven no deja, sin embargo, de tener algunos buenos momentos: ella se aboca a tejido y él, a leer libros de literatura francesa.  No necesitan trabajar, puesto que viven de rentas.

    La casa aparece vagamente como la culpable de que ellos no hayan tenido otro destino; incluso ambos hermanos se plantean quemarla un día justicieramente.

    Así, la vida que llevan podría ser considerada confortable, cómoda, placentera, si fuera cierto que se puede vivir ignorando el deseo: “Irene era una chica nacida para no molestar a nadie”.

    De pronto, algo sucede. “Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles…Escuché algo en el comedor o la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación…Me tiré contra la puerta antes de que fuera demasiado tarde.”

    Los sonidos son imprecisos: Están separados de cualquier significación. No hay significantes. No hay ninguna atribución específica. Ambos personajes nombrarán elusivamente lo sucedido, lo cual, por supuesto, crea un clima de gran ambigüedad.  Cuando uno de ellos afirma “Han tomado la parte del fondo”, el otro responde con una aparente conclusión lógica: “Entonces, tendremos que vivir en este lado”.

    Lo que no se quiere ver, como siempre, llama a las puertas del interior de la casa. O, como nos enseñó Kafka, lo que sacamos por la puerta reingresará por las ventanas, esos agujeros  que conectan lo interior con lo exterior de la morada, al mismo tiempo en que perforan su geometría. Así, las voces invasoras retornan como real, modificando el espacio cerrado e incestuoso donde viven los hermanos al mismo tiempo en que testimonia de la relación entre la ley y el deseo.

    Hay aquí una primera escansión temporal. Ambos pierden algunas cosas importantes que quedan en la parte ocupada, pero pronto encuentran un nuevo equilibrio. Tienen que limpiar menos, cocinan más rápido y, si bien no están los libros, el hermano encuentra una colección de estampillas que lo entretiene. “Estábamos bien, y poco a poco, empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar”.

    Allí donde no pienso, soy objeto. Allí donde  el sujeto se vanagloria de haber superado la irrupción de lo real, se oculta la trama de cierto engaño destinado a sí mismo. Lo que no quiere ver suma así una potencia que lo hará retornar, pero más fuerte. ¿Se puede vivir sin pensar? Sí, pero no será gratis.

    En ese sentido, la angustia es lo que no engaña, y su economía comenzará a desplegarse: “Cuando Irene soñaba en alta voz, yo me desvelaba enseguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo,  voz que viene de los sueños y no de la garganta…Nuestros dormitorios tenían al living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.”

    La angustia es la traducción subjetiva de la presencia del objeto. ¿Cuál sería aquí el objeto cuya mera presencia angustia a todos sino esos sonidos y murmullos que, instalados en la casa, comienzan a desalojarlos de sí? Para no oírlas, Irene canta canciones de cuna y ambos hablan en voz alta y hacen ruidos con la vajilla cerca de la puerta cancel.

    En un segundo momento, los ruidos irrumpen aún con más fuerza. “Han tomado esta parte”. Sin mirarse siquiera, los hermanos cierran la cancel y dejan todo dentro. Apenas con lo puesto, salen a la calle. Y entonces viene el conocido párrafo final: “Antes de alejarnos, tuve lástima, cerré bien y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.”

    III

    Ahora bien: todos los fenómenos de posesión u ocupación son también de espacio. En la imagen del cuerpo propio o de la morada aparece una presencia que, hecha fundamentalmente del objeto voz, desaloja al sujeto de su lugar. Es en ese sentido que decimos que falta la falta: se torna audible una voz que no debería estar ahí pero que, al mismo tiempo, tiene la función, el valor, de señalar aquello que, en otro lado, no ha sido perdido.

    Ya sea que consideremos la pulsión freudianamente como un concepto límite entre lo psíquico y lo somático; ya sea que la refiramos al eco en el cuerpo por el hecho de que hay un decir, hay algo que es muy claro. No se puede huir de lo que se lleva en el cuerpo pulsional. No hay puerta que pueda excluirla. La pulsión es entonces una noción que afronta la problemática del límite, del borde entre el cuerpo y el lenguaje y lalangue.

    Schelling dijo que es unheimlich todo lo que, debiendo permanecer oculto, ha salido a la luz: ¿qué es lo que ha salido a la luz en esos sonidos de la casa que debían permanecer ocultos? Figuraciones de aquello que, para constituirse, el sujeto ha debido arrojar al exilio, lo éxtimo que, según el neologismo de Lacan, nombra una exterioridad íntima, algo que es a la vez íntimo y extraño. Lacan sitúa nuestro Heim, nuestro hogar, la casa del hombre, en -ⱷ. “El hombre encuentra su casa en un punto situado en el Otro, más allá de la imagen de la que estamos hechos”.  El escritor sabe ponerse en contacto con eso que, siendo irracional, no carece en absoluto de una lógica. El relato es lo suficientemente ambiguo como para dejar al menos dos resoluciones posibles, en el campo de lo indecidible. Casa tomada podría ser el relato de la locura, incluso podríamos argumentar en pos de un fenómeno elemental o de la repentina irrupción de las voces. Pero también podría ser la narración de una ocupación real, unos primos que entraron por la ventana. O también, como se lo ha interpretado, en clave política y en versiones bastantes intencionadas. O aún, un fenómeno de Unheimliche que permite a los hermanos salir del espacio incestuoso o, incluso, como lo han postulado algunos analistas, del útero de la madre. Y por último, lo que podría ser mi hipótesis. No sabemos cómo continuó la historia, porque el relato fantástico tiene un final que no coincide con lo que podría suceder en un análisis. ¿Cómo saber si ese encuentro con lo Unheimliche les permitió a los hermanos un acto de corte con la historia familiar, si esas dos escansiones anticiparon la posibilidad de ir más allá de la herencia de ese caserón vacío, apropiándose de una voz no persecutoria y dispuesta a otros goces? ¿O si, por el contrario, efectivamente quedaron a la intemperie, como esos homeless o algunos psicóticos que ya no pueden volver a tener un hogar?

    De todos modos, en el trabajo con mis analizantes, hay ciertas cuestiones que surgen referidas a esta clase de experiencias. Ya sea en las psicosis como en las neurosis, suele surgir lo que significa un cambio brusco de vivienda, un ruido extraño que perturbó el sueño, un rincón en el altillo solo para mí, una pieza a la que no se puede entrar, un roperito con recuerdos de la infancia de los hijos o de los seres que han partido y permanece congelado en el tiempo: todos tenemos tomado algún rincón de nuestra casa, un lugar del que querríamos huir y que, al mismo tiempo, nos trae presente algo que no queremos ver perdido, un sonido que porta en sí mismo unas puntas de real. Julio Cortázar sabe hacer con esas voces, esa materia sonora, algo que nos cautiva.


     

    Presentación realizada en el Coloquio Internacional convocado por la Escuela Freudiana de Buenos Aires, la Escuela Freudiana de la Argentina, la Fundación Europea para el Psicoanálisis y Mayéutica- Institución Psicoanalítica “La voz y la mirada en la experiencia del análisis” realizado en Buenos Aires los días 22 y 23 de marzo de 2019.

  • Ce qu’on entend de ce qu’on ne veut pas voir / Alejandra Ruiz Lladó

    Ce qu’on entend de ce qu’on ne veut pas voir / Alejandra Ruiz Lladó

    I

    Par quelle raison l’être humain, au lieu de vivre tranquille, cherche de manière permanente quelque chose à craindre, quelque raison pour s’angoisser, des fantasmes, des possessions, des présences, de morts mal morts qui retournent en réclamant de la vengeance ou en cherchant l’aimée ? Si, comme les utilitaristes le voulaient, seulement ce qui est utile est bon, et donc, la valeur du comportement est déterminée par le caractère pratique de ses résultats, pourquoi l’homme se voit tenté à créer des fantasmes et des présences étranges, depuis le golem jusqu’à la série Ghost, ou ces êtres redoutables qui prolifèrent dans les écrans des vidéo jeux ? À quoi servent ces inutiles qui ne font que faire trembler ?

    Heureusement, la psychanalyse nous permet d’entrevoir une réponse. Ces choses angoissent parce qu’elles ne répondent pas au simple « désir de faire souffrir », ni non plus, comme les pragmatiques de quartier le pensent, « au simple goût de se compliquer la vie ». Elles ont une fonction psychique de premier ordre. Au-delà de ce qui est connu, au-delà de ce que le principe du plaisir conseille (manger de manière modérée et se coucher tôt pour que les fantasmes ne se présentent pas), il y a un territoire immense –et risqué− qui mène à une jouissance qui parfois ravage le sujet, ou parfois le sauve, en lui permettant de connecter avec l’objet du désir. On ne traverse pas cette porte sans angoisse. Il y en a qui le font d’un coup, en payant un prix trop élevé. Il y en a qui n’arriveront jamais à le faire, restant pour toujours enfermés dans le confort du principe du plaisir. Kafka l’a toujours su. Et les gardiens qui pour longtemps ont gardé les portes de la loi, chaque fois plus hauts, l’ont également su, ainsi que l’homme blotti dans un banc qui, tandis qu’il attend qu’on le laisse passer, a vieilli et il est de plus en plus petit.

    Avant d’apaiser l’angoisse, ces fantasmes essayent des jeux territoriaux : ils s’alimentent de grincements de portes, de persécutions de voix en liberté, de lieux obscurs, de pierres tombales entrouvertes desquelles il faut fuir ou dans lesquelles il faut entrer d’un saut. Ses grimaces littéraires ou filmiques nous touchent physiquement. Ils savent que la construction de l’espace psychique n’est pas un jeu, ni son écroulement une blague. Ils savent que l’angoisse ne trompe pas, ni elle ne dit la vérité non plus : elle ne fait que signaler. Et dans ce sens, cela réintroduit une certitude qui vise un sujet. Il faut seulement voire une fois une attaque de panique pour comprendre l’inutilité d’essayer de convaincre celui qui la subit de ce que là dehors il n’y a personne.

    Pour figurer l’angoisse, Lacan n’épargne pas d’artifices. Il met le sujet face à une mantis religieuse et, si ça ne suffisait pas, il lui met un masque qui peut induire l’insecte à une erreur désagréable sur son identité, quelque chose qui évidemment va inquiéter le moi, affection qui se renforce plus encore lorsqu’on vérifie qu’on ne peut pas se voir sur « le miroir énigmatique du globe oculaire de l’insecte ». Il est convenable alors de suivre cette direction. Il y a un réel qui inquiète : ce n’est pas seulement que le sujet ne puisse pas se voir sur le miroir, mais aussi il craint que l’Autre ne le connaisse pas, duquel il ne sait pas ─ne peut pas savoir─ ce qu’il prétend vraiment de lui. L’abordant par la voie de l’Unheimliche, l’angoisse s’ajoute à l’horreur. Freud le déploie vastement dans son fameux article Das Unheimliche. Le Heim, le familier, accueillant, intime, ce foyer où nous nous sentons justement protégés et à l’abri de l’angoisse devient, par l’addition de la particule de négation un, l’Unheimliche, cette terre étrangère qui suscite de l’angoisse et aussi de l’inquiétude, de l’étrangeté, de l’horreur, de l’effroi. Le plus étranger à soi-même qui retourne comme un double. L’intime et l’étrange, le familier et le sinistre, le domestique et l’inhospitalier : des paires d’opposées qui balisent le territoire subjectif et qui nous parlent de certaines modalités de présentation de l’objet qui apparait là où ce qui manque et la faute.

    II

    Parmi de nombreux textes, j’ai choisi Casa Tomada (Maison occupée), un récit de Julio Cortázar publié par Borges en 1946, auquel j’ai déjà fait appel une ou deux fois pour pouvoir penser quelque vignette clinique. Permettez-moi d’interroger ces personnages dans leur humanité car, bien qu’ils soient sur le papier ─ce papier qui se cache dans le cœur même du récit fantastique─, l’une de ses plus grandes richesses est qu’on nous parle de l’universel des narrations sur des maisons avec des présences étranges et des fantômes, et du sujet dans ses rapports à l’Autre.

    Le narrateur habite avec sa sœur Irene, qui est évidemment incorporée dans son allocution, car il parle en première personne du pluriel. « Nous aimions la maison car en plus d’être spacieuse et ancienne elle gardait les souvenirs de nos arrière-grands-parents, du grand-parent maternel, de nos parents et de toute notre enfance. » Il s’agit d’un « couple simple et silencieux de frère et sœur, qui était une clause inévitable de la généalogie établie ». Lui, sa fiancée « le lui est morte », Maria Esther et elle. Irene a rejeté deux candidats sans raison particulière. Le célibat dans lequel ils habitent n’est pas, cependant, sans quelques bons moments : elle se consacre au tricot, lui, il lit des livres de littérature française. Ils n’ont pas besoin de travailler, car ils vivent de rentes.

    La maison apparaît vaguement comme coupable de ce qu’ils n’aient pas eu d’autre destin ; les deux se proposent, même, de la brûler un jour pour faire justice.

    Ainsi, la vie qu’ils mènent pourrait être considérée confortable, paisible, si c’était vrai qu’on puisse vivre en ignorant le désir : « Irene était une jeune fille née pour ne pas déranger personne ».

    Soudainement, quelque chose se passe. « Je vais le rappeler toujours, car ça a été simple et sans circonstances inutiles… J’ai écouté quelque chose dans la salle à manger ou dans la bibliothèque. Le son arrivait imprécis et sourd, comme une chaise qui se renversait sur le tapis ou un chuchotement étouffé de conversation… Je me suis jeté contre la porte avant qu’il ne fût trop tard. »

    Les sons sont imprécis. Ils sont séparés de toute significations. Il n’y a pas de signifiants. Il n’y a pas d’attribution spécifique. Les deux personnages vont nommer de manière évasive ce qui s’est passé, ce qui crée, bien sûr, un climat de grande ambigüité. Lorsque l’un d’eux affirme « ils ont occupé la partie du fond », l’autre répond, dans une apparente conclusion logique, « nous devrons alors habiter de ce côté-ci ».

    Ce qu’on ne veut pas voir, comme toujours, appelle les portes de l’intérieur de la maison. Ou, comme Kafka nous a appris, ce que nous ressortons par la porte retournera par les fenêtres, ces trous qui relient l’intérieur et l’extérieur de la demeure, à la fois qu’ils perforent sa géométrie. Ainsi, les voix envahissantes retournent en tant que réel, en modifiant l’espace clos et incestueux où habitent frère et sœur, témoignage en même temps de la relation entre la loi et le désir.

    Ici on trouve une première scansion temporelle. Tous les deux perdent des choses importantes qui restent dans la partie occupée, mais ils trouvent vite un nouvel équilibre. Le ménage se simplifie, faire la cuisine prend moins de temps, et, malgré avoir perdu ses livres, le frère trouve une collection de timbres-poste qui l’amuse. « Nous étions bien, et peu à peu, nous commencions à ne pas penser. On peut vivre sans penser ».

    Là où je ne pense pas, je suis un objet. Là où le sujet se félicite d’avoir dépassé l’irruption du réel, se cache la trame d’une certaine tromperie destinée à soi-même. Ce qu’on ne veut pas voir ajoute alors une puissance qui le fera retourner, mais plus fortement. Peut-on vivre sans penser ? Oui, mais ce ne sera pas gratuit.

    Dans ce sens, l’angoisse est ce qui ne trompe pas, et son économie commencera à se déployer : « Lorsqu’Irene rêvait à haute voix, je me réveillait tout de suite. Je n’ai jamais pu m’habituer à cette voix de statue ou de perroquet, voix qui vient des rêves et non de la gorge… Nos chambres à coucher avaient la salle au milieu, mais le soir, on entendait n’importe quoi dans la maison. Nous entendions respirer, tousser, nous présentions le geste qui mène à la touche de la lampe de nuit, les insomnies mutuelles et fréquentes. »

    L’angoisse est la traduction subjective de la présence de l’objet. Quel serait ici l’objet dont la seule présence angoisse tout le monde, si ce ne sont pas ces sons et chuchotements qui, installés dans la maison, commencent à les déloger d’eux-mêmes ? Pour ne pas les entendre, Irene chante des berceuses et ils parlent à voix haute, ils font des bruits avec la vaisselle près de la porte d’entrée.

    Dans un deuxième moment, les bruits font irruption avec plus de force encore. « Ils ont occupé cette partie”. Sans même se regarder, frère et sœur ferment la porte d’entrée et ils laissent tout dedans. Ils sortent à la rue à peine avec ce qu’ils avaient sur le dos. Et alors arrive le paragraphe final, très connu : « Avant de nous éloigner, pris de pitié, je fermai soigneusement la porte d’entrée et je jetai la clé dans la bouche d’égout. De peur qu’un pauvre diable n’eût pas l’idée d’entrer voler et il y rentre, à cette heure et avec la maison occupée. ».

    III

    Or bien : tous les phénomènes de possession ou d’occupation le sont également d’espace. Dans l’image du propre corps ou de la demeure, apparaît une présence qui, faite fondamentalement de l’objet voix, déloge le sujet de sa place. C’est dans ce sens qu’on dit que la faute manque : une voix qui ne devrait pas y être devient audible, mais qui en même temps a la fonction, la valeur, de signaler ce qui, ailleurs, n’a pas été perdu.

    Qu’on considère la pulsion freudiennement comme un concept limite entre le psychique et le somatique, qu’on la rapporte à l’écho dans le corps du fait qu’il y a un dire, quelque chose est très clair. On ne peut pas fuir de ce qu’on porte dans le corps pulsionnel. Il n’y a pas de porte qui puisse l’exclure. La pulsion est donc une notion qui affronte la problématique de la limite, du bord entre le corps et le langage et lalangue.

    Schelling a dit que c’est unheimlich tout ce qui, destiné à rester caché, éclate au grand jour. Qu’est-ce qui est éclaté au grand jour dans ces sons de la maison qui devaient rester cachés ? Des figurations de ce qui, pour se constituer, le sujet a dû renvoyer à l’exile, l’extime qui, d’après le néologisme de Lacan, nomme une extériorité intime, quelque chose qui est à la fois intime et étrange. Lacan situe notre Heim, notre foyer, la maison de l’homme, dans -ⱷ. « L’homme trouve sa maison en un point situé dans l’Autre, au-delà de l’image dont nous nous sommes faits ». L’écrivain sait se mettre en contact avec ce qui, étant irrationnel, ne manque pas du tout d’une logique. Le récit est suffisamment ambigu comme pour laisser au moins deux résolutions possibles, dans le champ de l’indicible. « Maison occupée » pourrait être le récit de la folie, nous pourrions même présenter des arguments en faveur d’un phénomène élémentaire ou de l’irruption soudaine des voix. Mais il pourrait s’agir également du récit d’une occupation réelle, des cousins qui sont entrés par la fenêtre. Ou également, comme on l’a interprété, en clé politique et en versions assez intentionnées. Ou encore, un phénomène d’Unheimliche qui permet aux frères de sortir de l’espace incestueux, ou même, comme certains analystes l’ont proposé, de quitter l’utérus de la mère. Et finalement, ma propre hypothèse. On ne sait pas comment l’histoire est continuée, car le récit fantastique a une fin qui ne coïncide pas avec ce qui pourrait se passer dans une analyse. Comment savoir si cette rencontre avec l’Unheimliche a permis au frères un acte de coupure avec l’histoire familiale, si ces deux scansions ont anticipé la possibilité d’aller au-delà de l’héritage de cet énorme maison vide, s’appropriant d’une voix non persécutrice et disposée à d’autres jouissances ?  Ou si, au contraire, ils sont restés effectivement à la belle étoile, comme ces sans-abri ou certains psychotiques qui ne peuvent pas avoir de foyer une nouvelle fois ?

    De toute manière, dans le travail avec mes analysants, il y a des questions qui surgissent portant sur ce type d’expériences. Que ce soit dans les psychoses que dans les névroses, il est habituel de voir émerger ce qui signifie un changement brusque de foyer, un bruit étrange qui a perturbé le sommeil, un coin dans un comble seulement pour moi, une chambre à laquelle on ne peut pas rentrer, une petite armoire avec les souvenirs de l’enfance des enfants ou des êtres qui nous ont quitté et qui reste congelé dans le temps :  nous avons tous occupé un coin quelconque de notre maison, un lieu duquel nous voudrions fuir et qui, en même temps, rend présent quelque chose que nous ne voulons pas voir perdu, un son qui porte en lui des pointes du réel. Julio Cortázar sait faire avec ces voix, cette matière sonore, quelque chose de captivant.


     

    Presentación realizada en el Coloquio Internacional convocado por la Escuela Freudiana de Buenos Aires, la Escuela Freudiana de la Argentina, la Fundación Europea para el Psicoanálisis y Mayéutica- Institución Psicoanalítica “La voz y la mirada en la experiencia del análisis” realizado en Buenos Aires los días 22 y 23 de marzo de 2019.

  • Para una arqueología de la argumentación psicoanalítica: El advenimiento de la ficción como construcción del otro

    Reseña del libro de Jorge Baños Orellana: La novela de Lacan. De neuropsiquiatra a psicoanalista, Ed. El cuenco de plata, Buenos Aires, 2013

    La novela de Lacan… nos presenta, ya desde su cubierta misma, una novedad. Un Jacques Lacan joven nos mira desde un encuadre ligeramente descentrado, quizás anticipando la perspectiva que se desplegará a lo largo del texto. El enigma que nos conmina a la lectura es conciso y podría enunciarse así: ¿quién era realmente ese joven psiquiatra que posa con delantal blanco? ¿De qué modo, y a partir de qué hechos, fue a dar con el psicoanálisis? ¿Se trató de una crisis personal? ¿Fue, en cambio, el producto de una experiencia estética afín a las vanguardias?, ¿el efecto luminoso de su encuentro con la locura?, ¿el capricho de un joven burgués que concedió crédito al inconsciente por seguir la moda?

     

    ¿Novela, ensayo o biografía?

    El nuevo libro de Jorge Baños Orellana es un ejemplar curioso, rara avis. Su escritura quiebra, al mismo tiempo, dos compartimentos estancos. El primero afecta al reino de las encerronas lógicas, de los campos donde dominan las disyunciones excluyentes: ¿es una novela? ¿Es un ensayo? O acaso… ¿una biografía? El segundo, más complejo y difícil de resolver, complicará seguramente el destino de los libreros vernáculos: ¿es literatura?, ¿es psicoanálisis? ¿Habrá –casi ni me atrevo a proponerlo– que animarse a inaugurar el anaquel de novela psicoanalítica o el de psicoanálisis novelado? Ernest Hemingway escribe, en el prefacio de París era una fiesta: “Si el lector lo prefiere, puede considerar este libro como una obra de ficción. Siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción deje caer alguna luz sobre las cosas que antes fueron narradas como hechos”. Ese es el epígrafe que preside La novela de Perón. Pero las cosas no toman centralmente esa dirección en La novela de Lacan…, a pesar de la homología que podrían sugerir ambos títulos. ¿Qué lugar darle a la historia y, por ende, a la supuesta “realidad” de lo sucedido? La novela de Lacan…, ¿es una novela sobre Lacan? ¿Es, como La novela de Perón, una novela histórica, que propone sacar a luz algunos aspectos centrales de un personaje, haciendo una nueva estatua, una epopeya alternativa?

    Tengo la impresión, y quisiera compartirla con los lectores, de que La novela de Lacan no está instalada en el mismo plano que ese presunto antecedente. La disyunción entre ficción y no ficción no se propone como una línea demarcatoria central, aunque los hechos históricos se construyan delicadamente y con precisa cronología. Si lo real está radicalmente perdido, antes que pretender conocerlo se diría que Baños Orellana procura cernirlo por aproximaciones, reconstrucciones siempre parciales y nunca intimidatorias. La ficción es aquí no solo un modo de abordar lo real sino también una manera de situarlo como enigma: ¿cómo fue ese misterioso tránsito que condujo a Lacan de la neuropsiquiatría al psiconálisis?

    La Bildungsroman de Lacan, como la llama –no sin cierta ironía– su autor, rodea un punto central que hace a la formación de todo analista y es cómo se adquiere la convicción, la creencia en la existencia del inconsciente y sus efectos para un sujeto. Ese punto no será jamás aclarado sino que, al contrario, será problematizado, puesto en tensión, adivinado al trasluz para que cada lector pueda formar su propia conjetura. No se trata de que se muestre a un Lacan cayendo en cuclillas ante el altar del inconsciente sino de le presentación de sucesivos indicios que nos invitan a inferir las posibles epifanías de ese descubrimiento. Pueden ser los de una charla con un amigo (charla aparentemente casual pero respaldada por una rigurosa documentación histórica), o los de una visión panorámica de las discusiones médicas que dieron pie a sus primeros trabajos monográficos, o los de testimonios de quienes lo conocieron de cerca (me adelanto a señalar el de las cartas de nuestra compatriota Victoria Ocampo, que liberan, entre otras infidencias femeninas, el retrato íntimo de “una energía desaforada que lo devora a Jacques física y mentalmente”).

    Se trata de una novela de formación que muestra a un Lacan que, además de formarse, muta (y probablemente también se deforma, respecto del “buen psiquiatra” que se esperaba de él, y que en parte ya era). No en vano el epígrafe que preside La novela de Lacan… no apela al aprendizaje, a la peregrinación y al perfeccionamiento (aunque también los incluya), sino a Las metamorfosis de Ovidio: “El espíritu me empuja a hablar de cómo mutan los cuerpos a formas nuevas. ¡Oh, dioses!, siendo vosotros los que los habéis transformado, inspirad mi tarea”. Así la tarea del narrador asume un desafío mayor: construir una voz que se mueva cómodamente entre el ensayo y la novela, sin dejar de lado la discusión con las biografías ya consagradas que está supuesta en cada página. Si en la novelística argentina estas mixturas de género son fundacionales (empezando por el consagrado y vituperado Facundo, texto mestizo y definitivo en esta materia), en el psicoanálisis argentino raramente hubo esa plasticidad estética que apuesta de manera directa a un mestizaje entre ensayo y ficción (aunque sí, desde luego, el pasaje de importantes analistas al plano neto de la ficción literaria en temas no psicoanalíticos).

     

    Reconstruir la vitalidad de las voces del pasado

    Es un mérito de este libro su escritura precisa y sin concesiones a la banalización del psicoanálisis. Construir la complejidad de un interlocutor, antes que vencerlo; los motivos en que se funda cada posición, antes que resolver sus diferencias, he aquí el secreto despliegue de esta novela. Acostumbrados a conocer cómo se resolvió una discusión, corremos el riesgo de desconocer las tensiones que la fueron generando, las minuciosas argumentaciones que admiten una u otra razón. Que el psicoanálisis pueda dar cuenta de la causación psíquica del delirio no implica que haya podido resolverlo, ni que los debates que hace muy poco se generaron contra el DSMV no hayan revivido muchas de las ideas que se suponían “superadas”. Si no faltan quienes reniegan de lo anatómico, pretendiendo asimilar lo biológico a un imaginario maleable, y de la neuropsiquiatría, rebajándola a un antedecente necio del psicoanálisis, entonces son importantes las argumentaciones que, como la de La novela de Lacan…, construyen el discurso psiquiátrico dando pruebas de su interlocución valiosa y no siempre antinómica con nuestra práctica. Este modo de darle la palabra al otro es freudiano, pero también, novelístico por antonomasia.

    Un sentido del humor infrecuente instala estas imágenes de un modo que, como en la gran comedia, nada humano termina por resultar ajeno. Este libro da vida allí, en las fisuras, en los hiatos, a lo que las historias oficiales, divulgadas por algunos biógrafos y sus repetidores, suelen silenciar, reduciendo los años de formación a unos pocos párrafos que nunca cuentan, como diría Fernando Pessoa en su Poema en línea recta, no una infamia sino una cobardía, un pequeño acto ridículo que separe el objeto del ideal: “¿Dónde hay gente en este mundo?”. Una Bildungsroman de Lacan, leemos en la página 297, “[…] no debería desatender lo que la mariposa recibió de la larva, aunque sin descuidar lo que el hecho de volar añade y transmuta de lo que la memoria preserva”.

     

    Lo real, lo jovial, lo oficial

    Allí donde un real primaba, una construcción, una ficción puede advenir… siempre que no tenga la pretensión de cubrir ese mismo real con un epos sin resto. En mi opinión, este axioma es el eje gravitacional, la prudencia que mantiene en pie la apuesta, en otros aspectos tan inusitada, de La novela de Lacan… El tránsito entre la neuropsiquiatría y el psicoanálisis se mostrará en fugitivos trayectos, ficciones mínimas, una conversación de Lacan con Victoria Ocampo a la vuelta de una función teatral de una obra de Cocteau, una caminata que cruza un puente decisivo o un tecito De Clérambault con Albert Brousseau, departiendo sobre la posibilidad de que se articulen el automatismo mental y la erotomanía. La psiquiatría deja de ser un momento “oscuro” de la formación del joven Lacan, algo puesto de costado en el epos psicoanalítico, para ser una de las vías que, en sus hallazgos y en sus puntos de fracaso, contribuyó al descubrimiento del inconsciente. También las vanguardias, particularmente la surrealista, recuperan su capacidad de innovación y su potencia transformadora como interlocutores princeps para retomar la cuestión del objeto y sus vicisitudes, una pieza central de la construcción lacaniana. Asimismo, la figura del joven Lacan se va despejando desde diversas perpectivas, pero sin llegar nunca a encuadrarlo desde abajo, desde el ángulo en contrapicado que el cine reserva a los primeros planos de los próceres. La cámara no apunta a construir un nuevo héroe de cartón piedra, que avanza imperturbable haciendo caer, con sus verdades, a los psiquiatras ni a los surrealistas –los dos grandes interlocutores del libro. Antes que el disenso, se despliegan las líneas de tensión, las complejidades que van componiendo la argumentación con sus propias nervaduras. No se trata de la historia de los vencedores, ni de la historia de los vencidos. No hay aquí el fantasma de una superación límpida, sin resto. No hay momentos consagratorios del Lacan exitoso. Las pasiones se enlazan a las ideas como nuevas pasiones. “Las verdades a las que tiene sentido atarse, afirma el Lacan conjeturado, deben ser complejas, esquivas, joviales”. Esta frase cifra, en mi opinión, lo que está en juego.

    Las microhistorias horadan la “historia oficial”, dando vida a un Lacan inmerso en las discusiones de su época, y sirven para reconstruir horizontes epistémicos y literales hoy caducos. ¿Para qué tantos diálogos novelados si no es para recrear de la manera más vívida los contextos de interlocución de los tiempos del joven Lacan, los debates dominantes y sobreentendidos en aquel entonces, pero hoy olvidados y difíciles de adivinar? Por humanizarse, el psicoanálisis recupera imágenes, anécdotas, problemas. Las ranas galvanizadas, los frijoles mágicos, la placa giratoria (le pont tournant), hay una insistencia en lo figurativo que no es casualidad. Se trata de restituirle al psicoanálisis lacaniano aquello que cierto modo de abordarlo ha intentado quitarle: el contexto de los descubrimientos, las fuentes, las discusiones y las imágenes que proyectan en el horizonte la época de algunos hallazgos. Una pieza clave que apoya esta argumentación es el ejemplo ofrecido en el prólogo: el de un fragmento del seminario sobre la angustia en el que Lacan comenta detalles del dibujo que hace de una hembra ornitorrinco y su cría. Al respecto, Baños Orellana destaca que en ninguna de las versiones conocidas de esa sesión aparece el dibujo del maestro y que la versión oficial se atreve, además, a reemplazar la omisión pegando, en su lugar, un matema que nunca habría figurado en la pizarra del seminario (por más que sea en sí mismo correcto).

    Desandar la depuración teórica, la expurgación de las imágenes y de las anécdotas: esa es la tarea de lectura que emprende este libro y que define su poética.

     

    El álbum de paradigmas de una cultura material olvidada

    Por eso, al frondoso anecdotario novelesco se añaden nada menos que cuarenta y siete imágenes (de fotografías de archivos, collages, tipologías arquitectónicas, pinturas no divulgadas de la colección privada de Lacan, estampas botánicas, etc.) que el lector deberá escudriñar con detenimiento, porque aunque se emplazan en el lugar preciso, no son ilustraciones que redundan lo escrito o que traen su enigma resuelto con leyendas aclaratorias. Y a ese juego iconográfico se le suman guiños de las novelas de antaño: los capítulos aparecen separados por páginas negras con extensos subtítulos anticipatorios, los subcapítulos están divididos por un capricho caligráfico que asoma, como un leitmotiv, desde la tapa. La novela de Lacan… es una novela ilustrada, por no llamarla, quizá con mayor propiedad, diseñada. ¿No es lícito que encontremos aquí un homenaje al planteo gráfico de la novela Nadja, repleto de fotografías, y a los atlas de Aby Warburg, de cuya internación psiquiátrica se habla largamente en el libro? Pero incluso con su misterio, las imágenes viene a traer legibilidad, a familiarizar los ojos del lector con artefactos, sitios y costumbres del cotidiano del joven Lacan, que el paso de un siglo desvaneció o, peor, recatalogó con valores muy diferentes. Así, la novela procura evitarnos lecturas anacrónicas de los textos iniciales de Lacan, abriendo el desván de las antiguallas que estos adoptaron como paradigmas.

    Si el psicoanálisis encontró su enunciación alternando entre diferentes géneros (relatos autobiográficos, casos y testimonios, por un lado; artículos y teoría, por el otro), solo la apropiación que hizo de él el discurso universitario pudo hacer que la ficción gozara de menos prestigio que sus parientes “aparentemente” más serios: la teoría, el artículo, el ensayo. Instalar una novela en el centro de la discusión sobre de qué modo la “tijera podadora del racionalismo” elimina las ambigüedades, los cambios de puntos de vista, los giros discursivos de Lacan, es aceptar que el psicoanálisis solo respira cuando se deja interrogar por diferentes discursos.

    Descompletar cualquier totalidad imaginaria, cualquier infatuación maniqueísta, cualquier parodia cientificista es de vital importancia para una disciplina que, por su valor innovador (peste gnoseológica), agonizaría de quedar encerrada en una estatua o en un discurso universitario y “bienpensante”. No se trata simplemente de desmitificar. No se trata de una rareza ni de una finura. Tampoco de una excentricidad. La antes mencionada caminata de Lacan coloca una construcción y por ello mismo hace ver un agujero allí donde el relato consagrado pretende taponar, alisar la hondonada con un jardín a la francesa. Prosiguiendo ese camino, nos detenemos con gusto en los sueños del Barón de Haussmann, que “[…] traza calles nuevas a cualquier altura de una manzana con tal de abrirle una perspectiva al frontispicio de una iglesia o de un monumento situado a mitad de cuadra”. Aquí se desliza una mirada furtiva, instalando una línea de significación a la que se vuelve todo a lo largo de la novela y que constituye parte de su estructura oculta, una crítica a las perspectivas centrales que monumentalizan o erigen estatuas. Una cita de Benjamin trae ecos del Libro de los pasajes: “En la haussmannización de París, la fantasmagoría se hizo piedra”.

     

    De las otras novelas de Lacan

    Así, en este sentido, se puede decir que La novela de Lacan… es una reescritura de las novelas que se cuentan de Lacan. Un deshacer el héroe de frases hechas que a veces se eleva en virtud de cierta perspectiva finalista, que muestra solo los aciertos y su estado más logrado, descartando los caminos sin salida, los puntos muertos que se destacan en cualquier investigación. Restituir los años de la psiquiatría va a contragolpe de ciertas ideologizaciones reductoras que suelen recordar cuando les habló a los psiquiatras y les hizo algún chiste, tratándolos de sordos, en detrimento de los muchos años en los que Lacan se formó en esas huestes. Por eso, la reconstrucción de las discusiones en torno del automatismo mental, los diferentes modos en que el surrealismo y la psiquiatría abordan la escritura automática, nos sirven para leer lo que se debate en torno de estos conceptos, de qué modo la idea de déficit incide en la novedad que trae Lacan para el tratamiento de las psicosis.

    Para avanzar en la lectura de la obra de Lacan y no ceder a la tentación de imitarlo, quizás sea necesario ir en contra de cierto facilismo, a veces alarmante, con el que se pretenden despachar algunas de las fuentes con las que dialoga ese autor, recurriendo a ciertas frases irónicas –seguramente, dichas en el marco del seminario–, pero que, desprendidas de su contexto, se repiten como moneda de cuño gastado para taponar o dar el gong fatal que cierra la discusión. Darle el carácter de última palabra a alguno de sus dichos bajo la pretensión de concluir la cuestión, es una práctica tan asidua como profundamente antilacaniana. Que no se hable más de aquello que no existe (como si la forclusión se pudiera asimilar tan sencillamente a la no existencia). Así las cosas, no faltan quienes cometen un uso peyorativo del término psiquiátrico o quienes creen que, porque el psicoanálisis no se dedica a la escritura automática propuesta por los surrealistas, ya no es preciso interrogar sus hallazgos estéticos o interesarse por su modo de abordar la escritura y de construir metáforas. Tampoco quienes se arrojan contra toda filosofía, como si semejante disputa pudiera consolidarse más allá de quien la enuncia y se siente en condiciones de dar semejante batalla. O, por último, declarar con tono altisonante que toda historización es histerización ante una audiencia que, despojada del contexto en que eso puede ser dicho y de los sentidos que anuda, puede festejar una especie de bravuconada fatal contra toda la historia. Existe un “Resumen Lerú de Lacan” que no ayuda a tener lazos con otros discursos y nos deja, en gran parte, aislados, repitiendo humoradas que, despojadas de su contexto y del tono que un autor reconocido como Lacan podía permitirse, suenan anacrónicas cuando no ofensivas.

    Por todo lo dicho, entiendo que La novela de Lacan es un libro necesario. Siguiendo las enseñanzas de Freud en Psicoanálisis laico, se dedica a reconstruir a distintos otros con los que el discurso analítico ha dialogado en su constitución y que, sin ser enemigos del psicoanálisis, tampoco son asimilables, puesto que marcan diferencias lógicas, no siempre compatibles: “¿Eran comparables las patas de los pollitos escarbando gusanos y las manos de los lactantes neoyorquinos escarbando los adverbios, preposiciones y pronombres de la lengua inglesa?”. Charlotte Bühler lleva las de perder en esta discusión imaginaria con Jacques Lacan sobre la prematuración neurológica humana.

    Hay una fina ironía que recorre la obra de Baños Orellana con una pluma elegante y tan filosa como la hoja de un bisturí. Desde esas primeras imágenes que, en El escritorio de Lacan, nos hacen ver a un analista que mira los nudos como el mapa de la isla del tesoro, o en El idioma de los lacanianos eleva la ignorancia ramplona a los aditamentos vanguardistas del kitsch, hasta la tijera podadora de los racionalistas que emparejan el bosque lacaniano en un jardincito “a la francesa”, estas imágenes continuarán trabajando como un antídoto contra las idealizaciones y las limpiezas teóricas de la abstracción. Su eficacia nos permite entrever, acaso vislumbrar, algunos de los riesgos a los que se enfrenta el psicoanálisis. Esas ficciones sirven para horadar el ideal haciendo ver las impurezas de las que está formado el objeto.

    El psicoanálisis, con su teoría del resto y del objeto a, no podría presentarse como una ascesis al conocimiento verdadero sin pagar un costo muy alto. Si hablar del tropiezo es algo más que un elegante juego de palabras, ubicarlo en la formación de la teoría analítica, restituir el contexto de esos hallazgos, es estar advertidos de que, como dijo Lacan, los no incautos yerran.

  • Lo imposible de traducir

    Conversación con Héctor Yankelevich acerca de la actualidad de Lo imposible de traducir, diecisiete años después de su presentación.

     

    Ilda Rodriguez: En Lo imposible de traducir[1] usted plantea que la transmisión del psicoanálisis está atravesada por la escritura de Freud y los efectos de sus traducciones al inglés y al francés. ¿Podría decirse que hay una “lengua psicoanalítica”? Y si así fuera, ¿cómo se articula con la traducción?

     

    Héctor Yankelevich: Vamos a hacer un poco de historia. El psicoanálisis nació en alemán. Freud inventó el psicoanálisis descubriendo el inconsciente y las pulsiones, y lo hizo en alemán. Produjo un concepto y una práctica nuevas ex-nihilo en la historia de la cultura y los hizo transmisibles gracias a su escritura de la lengua alemana. El alemán de Freud es complejo y posee múltiples estratos. Posee una claridad engañosa, ya que en su superficie parece comprensible para todo el mundo; sin embargo, el mismo texto se puede leer de maneras muy diferentes según si el lector está o no analizado, es escritor o es psicoanalista, y según, en esto último, qué teoría inconsciente su análisis le hace, a sabiendas o no, poseer del inconsciente. Los psicoanalistas de la segunda generación freudiana que tuvieron que emigrar a Inglaterra, y sobre todo a los Estados Unidos, creyeron que se podía pensar lo pensado por Freud en inglés, sin ningún esfuerzo de escritura, sin transformar la lengua inglesa, para permitirle a ésta recibir el descubrimiento del inconsciente. Tuvieron una teoría espontánea de la traducción en donde las palabras de cada lengua pueden prescindir de las diferencias de sentido y evocar sin pérdida la misma referencia. Poseían una teoría realista ingenua de lo universal y, por lo tanto, empirista de la práctica, pensando que los conceptos no sufren los cambios de lengua. Creían en el psicoanálisis, sí, pero como ciencia complementaria de la biología humana, perteneciente al campo de las ciencias naturales.

    Una característica del alemán que Freud logra utilizar en su capacidad poética más fuerte es que en esa lengua las palabras se pueden inventar. Freud crea palabras para dar cuenta y producir, a la vez, los movimientos del inconsciente, de la pulsión, del goce fálico (Lust). Y eso es algo común en alemán, que todo germano parlante puede hacer. Ahora, él inventa palabras para dar, en cada trabajo, sustantivos con prefijos de lugar y de dirección que van cambiando para mostrar en acto, gramaticalmente, el recorrido de la pulsión: él le pone preposiciones a los verbos que no se usan en el habla común, pero a la vez todo locutor es capaz de entender lo que está diciendo, aunque no se formule la pregunta de por qué Freud ponía tanto esmero en el uso de sus palabras, explotando toda la riqueza potencial de la lengua.

    Le da una enorme importancia a las partículas en los verbos, incluyendo las preposiciones de lugar y de dirección que indican que la acción de un verbo llega a su finalización y la sobrepasa y, muchas veces, se vuelve en su contrario, como por ejemplo los nombres que comienzan por Ver-, versión en alemán del per– latino: Verdrängung, Verwerfung, Verleugnung (poner algo o alguien más allá de un cierto límite, no dejarlo pasar; rechazar de modo tal que algo no pueda jamás volver del mismo modo; decir que no se ha pronunciado un dicho que expropia a Otro de lo que era… Freud está lleno de esos hallazgos que hay que pensar en el contexto de su lengua y que no se alcanzan a traducir por un equivalente “seco” sin nota a pie de página. Es así que en inglés, que va a ser el referente de todas las otras traducciones, suplantando la edición alemana, tenemos una teoría aparentemente universal, pero no estratificada. Por ejemplo, en 1915 escribe en Consideraciones actuales sobre la guerra y la muerte una teoría del desmentido de nuestra propia muerte en la que emplea un prefijo distinto (Ent-) al que empleará cuando la vuelva a utilizar respecto de la castración materna y que no usará cuando escriba, en 1920, Más allá del principio de placer. Con lo cual muestra que está correlacionando la división del sujeto con la idea de la propia muerte. Es así que pensar la pulsión de muerte y la división del sujeto van de consuno. A su vez, Lacan, cuando desarrolla el significante fundamental de “entre dos muertes” en el seminario sobre la Ética, o sobre el lugar de la muerte propia en el resumen del seminario sobre la lógica del fantasma (Autres Écrits), está evocando la gran invención freudiana de 1915, sin mencionarla, ya que, sin advertir a sus oyentes y lectores introduce un significante nuevo en psicoanálisis, importado de la teología cristiana, “la segunda muerte”, pero dándole un sesgo que la modifica anulando su carácter religioso, ya que la hace anterior a la primera. Es un desplazamiento en acto y una reconstrucción sobre otras bases de la teoría freudiana y del lugar de la muerte en el Inconsciente, pero sin mencionarlo como tal. Este solo “detalle” muestra que la escritura y la palabra de Lacan incluyen al lector en el acto de hablar y escribir, ya que deja siempre en suspenso la distancia entre el decir y el hacer referencia a lo que dice. Solo en muy rara ocasiones, y mucho tiempo después, Lacan recapitula sus cambios, respecto de sí mismo y de Freud.

    Pero volvamos a éste último. Esos escritos (Consideraciones actuales sobre la guerra y la muerte, Tótem y tabú, Psicología de las masas, etc.) en Estados Unidos y en Alemania fueron ubicados en tomos que se llaman “Cuestiones sobre la sociedad y origen de la cultura”. Por lo tanto, desde ese punto de vista, no tendrían nada que ver con el psicoanálisis clínico. Sin embargo, esos trabajos son ciento por ciento clínicos y hacen a la estructura misma del inconsciente, de la A a la Z. Freud no fue pensado por los propios alemanes que emigraron a Estados Unidos. Es decir que la segunda generación freudiana, la de Hartmann, Kriss y Loewenstein en Estados Unidos o la de Edward Glover en Gran Bretaña, fracasó en la transmisión, a pesar de haber sido muchísimo más cultos y poseedores de un espíritu de fineza de lo que en general hoy se cree fuera del mundo anglosajón ¿Se los puede culpar? Lacan, que era un político, dice algo que a nosotros nos sirve: Francia fue antinorteamericana (y no solo la izquierda, obviamente, sino también los gaullistas). Entonces, hablar contra el psicoanálisis norteamericano no solo era justo, sino que le aseguraba a Lacan un gran éxito dentro de las capas intelectuales de izquierda y de derecha ¿Es malo ese procedimiento? No, es táctico. Ahora, si uno quiere ir más al fondo, no lo puede seguir usando. Hay que buscar otras explicaciones de por qué los psicoanalistas de la segunda generación, que Freud sabía que eran buenos (para Freud, Heinz Hartmann era su sucesor in pectore, si no lo fue del todo se debió a que Anna Freud era su legataria), fracasaron en la transmisión. Una de las veces que estuve en Nueva York conocí a un anciano y muy simpático didacta de la IPA, de la primera sociedad que se fundó, con quien fui a cenar. Aproveché la ocasión para preguntarle: “¿Qué pasó con ustedes? Tuvieron una situación cultural excepcional, Hitchcock y buena parte de Hollywood, el gran teatro neoyorkino –Tenesee Williams, Eugene O’Neill– eran freudianos, ¿por qué ustedes no pudieron extenderse a la cultura?”. En ningún país del mundo el psicoanálisis había prendido tanto como en Estados Unidos y, aunque sea de modo tácito, hasta el día de hoy se lo nota a través del cine, de la televisión y del teatro. Él me contestó: “Nosotros éramos médicos. No pensábamos que teníamos derecho de ir más allá del psicoanálisis como práctica médica”. Hay que tener en cuenta que en Estados Unidos no se podía ejercer el psicoanálisis sin ser médico, estaba penado por la ley. Hoy en día, que lo pueden ejercer una asistente social o un psicólogo, basta con tener un PhD (y la Asociación de Psicólogos Americana es tan poderosa como la Asociación de Psiquiatras Americana), la oportunidad ya se perdió. Lacan entra en Estados Unidos sobre todo por los departamentos de literatura y filosofía y comienza a ser leído por los mejores analistas de la IPA.

     

    Alejandra Ruíz: Quizás falte una conexión, por ejemplo, más allá de estos factores sociológicos que no conviene sobreestimar, está nuestra cuestión de la traducción, o sea, retomar en algo lo ya dicho porque por momentos parece que se hablara de otra cosa: ¿ la cultura, el psicoanálisis laico forman parte de los efectos de la traducción o la teoría de la traducción es parte del problema de la cultura?

     

    H.Y.: Lo que se llama factores sociológicos son en realidad reales discursivos. Hay ordenamientos significantes que dependen del significante amo y eso es un estrato arqueológico en una lengua. Con períodos internos, con reordenamientos, sí, pero que hacen que solo se enraíza profundamente algo que encuentra un terreno o lo produce. Freud lo hizo con la literatura alemana y la tragedia griega e isabelina. Lacan no solo con la literatura sino con toda la historia cultural francesa, su lectura de los clásicos griegos y latinos, el cristianismo, su lectura de Marx y la cientificidad, tal como se construyó en el racionalismo francés.

    No hay análisis en intensión si se ha perdido el análisis en extensión, pero tampoco este último puede ser la guía de un análisis. Una lengua está conformada por sus significantes amo. En Gran Bretaña, el empirismo. En Estados Unidos, el pragmatismo. Hay significantes imposibles de traducir de una lengua a otra porque son sinsentido para los hablantes, salvo que un Maestro, a lo largo de toda una vida, transforme lalengua. El Canal de la Mancha es, en este sentido, una herida irrestañable entre dos concepciones del mundo que empezaron a abrirse una de otra ya en el siglo XIV, con Guillermo de Ockham, que pueden, por cortesía, entenderse durante una cena, pero no compartir. Es así como Freud fue aceptado en Gran Bretaña gracias al platonismo introducido por Russell y Whitehead hacia el fin del siglo XIX. Pero fue aceptado sin idea alguna de la importancia de la lengua. ¿Freud la tenía? No lo sabemos. Su escritura del alemán, de una cualidad rara, hace pensar que la expresión no solo exacta sino constantemente creadora de efectos de sentido era para él la prenda de toda transmisión. Solo Lacan pudo leer esta cuestión fundante en la escritura de Freud. De todos modos para el fundador del psicoanálisis ganar como fuere la lengua inglesa, significante amo universal, para la causa analítica significaba permitir la supervivencia del psicoanálisis, que si no hubiese sido así, Freud lo temía, habría quedado como un juguete roto entre las ruinas del nazismo, como una historia judía, de Jekes y de Östjüden (de judíos alemanes y del este).

    Así es como las Obras Completas de Freud se leen en inglés sin atisbo alguno de que puede haber un Freud que no está ahí, que desapareció en el texto aparentemente por él escrito. Efectivamente, hay algo que se perdió irremisiblemente en lo que dicen las palabras de Freud al utilizar una teoría de transposición palabra por palabra del alemán al inglés, a pesar de que son dos lenguas que comparten sus raíces. Se podría haber buscado complejizar más la traducción, anotarla. El inglés es enormemente rico en preposiciones locativas, vive de las preposiciones (que se unen obligatoriamente o no a un verbo y le cambian el sentido) siendo, además, es una lengua riquísima en la creación de frases nuevas y en perpetuo cambio, más que otras, como corresponde a las lenguas que sirven de equivalente universal. Eso hace que en general, también, quede un núcleo literario rico, denso, y una lengua de intercambio empobrecida.

    Nuestro problema reside en que las palabras del psicoanálisis se gastan, y el único que lo entendió fue Lacan. Para traducir la referencia hay que cambiar el sentido, si no es una moneda que se desmonetiza por pasar de mano en mano, que es lo que pasa cuando en la traducción se pierde el significante, porque traducir es perder irremediablemente el cuerpo del texto. Un traductor es alguien que asesina y tira por la borda el cuerpo –salvo en poesía, donde hay que recrear en lo posible las asociaciones de sonidos y colores–, que deja caer el cuerpo de la lengua que traduce y tiene que inventar otro cuerpo, el cuerpo al cual vuelca lo que tiene que traducir. Es decir que tiene que ser, a la vez, fiel a la lengua de origen y un creador en la lengua de recepción. Eso no ocurrió. En psicoanálisis la traducción no es de sentido, ya que se trata de buscar los términos que permitan aprehender la referencia, aunque el sentido se pierda. “Represión” traduce más, sin ser satisfactorio, Unterdrückung que Verdrängung, ya que drücken significa empujar, hacer presión sobre algo.

    La cuestión de la traducción es esencial en la historia cultural occidental.[2] Primero, los romanos traducían; los romanos hablaban y leían el griego[3] y moldearon la poesía latina con la poesía griega (no así los griegos que no traducían: para ellos, su lengua era única). Y a partir del Renacimiento comienzan las grandes traducciones del griego y del latín. Es decir que la cultura en los países occidentales, Italia, España, Francia, Inglaterra, Alemania, se hizo a través de las traducciones de los clásicos griegos y latinos, mucho más los latinos en los países católicos, donde el griego fue considerado herético, por poner en cuestión la primacía de los padre latinos de la Iglesia (más de un traductor del griego del Renacimiento tuvo dificultades con la Sorbona, al límite de ser considerado herético), más los griegos en los protestantes. Es decir, la traducción forma parte de la lengua de cada país, no es simplemente algo que se vuelca, sino que las traducciones modificaron las lenguas receptoras.

    Ahora, ¿pasó esto con la traducción de Freud y de Lacan al castellano? La traducción de Freud, ¿modificó la lengua?

    Un punto más. Cuando Lacan dibuja caligrafías chinas en el pizarrón y más aun cuando comienza a dedicarse a la lengua japonesa, que, ustedes saben, pronuncia de tres maneras diferentes los mismos caracteres: en chino, para significar el sentido de cada caligrafía, con una fonética reducida y en tercer lugar los sonidos se apoyan en esos caracteres chinos pero se pronuncian en japonés y ya no traducen la escritura china, sino que son términos de la lengua japonesa sin relación con el significado de la letra. Esta referencia no nos sirve solamente para dedicarnos al japonés, cuya cultura es profundamente original y al mismo tiempo efecto de lejanas traducciones del sánscrito y del chino, sino, más acá de la universalidad del lenguaje, preocuparnos por la particularidad de nuestra lengua, y su relación con el continente del español y con las lenguas, romances y anglosajonas de las que ha tomado préstamos. Toda lengua es impura y vive de esa impureza. De su lucha contra ella y del esfuerzo por incorporarla y blanquearla. Traducir enriqueciendo y modificando la lengua es parte de lo que le da vida.

     

    A.R.: Lacan, como lector y traductor de Freud, renueva su obra. La reinventa. ¿Podría en castellano realizarse sobre la obra de Lacan una operación de traducción que renueve, aunque sea fragmentariamente, su lectura? En el campo de la literatura, Borges postula que el traductor es un verdadero escritor y que a veces la traducción no solo es una pérdida, también puede ser una invención literaria al mismo título o incluso superior al texto original. Hay reconocidas traducciones de Borges que “mejoran” la obra original. En ese sentido, él tematiza algo que es constituyente de la cultura argentina que vive, respira, por esas traducciones. Hay traducciones donde no solo no queda un mar tesoro en la lengua fuente sino que ganan sentidos o riqueza al pasar a la lengua meta. Me pregunto, en este sentido, hasta dónde podría suceder este tipo de reinvención en las traducciones analíticas.

     

    H.Y.: Al respecto, hay traducciones de Freud al francés que no son las Obras Completas traducidas por el equipo dirigido por Jean Laplanche, sino la colección Connaissance de l’Inconscient, de Gallimard, que no tiene la intención de ser obras completas, y son traducciones excelentes al francés, hechas por traductores-escritores que anotan las dificultades y las imposibilidades de traducción, dando al mismo tiempo los equivalentes en cada caso: “Cuando aparezca tal verbo en tal contexto, lo voy a traducir así, pero cuando aparezca como infinitivo sustantivado en tal otro contexto, lo voy a traducir de esta otra manera”. Le dan a la lengua la dignidad de ser el lugar y el instrumento a la vez en donde el inconsciente se va creando, único como concepto pero diferente en cada ocurrencia clínica o metapsicológica

    Cuando Freud escribe sobre Leonardo habla de reale Nichtigkeiten. ¿Cómo traducir eso? No es posible hacerlo en el castellano de Buenos Aires, necesito el español: “Naderías reales”. En Buenos Aires nadie dice “naderías”, pero lo necesito. No es lo mismo que “tonterías” o “pequeñeces”, como figura en los diccionarios. Lacan busca esa palabra en el griego de Demócrito para dar la tonalidad que para él tiene esa “nada” en Freud: una nada que es real. Si tuviese que traducir sin preocuparme por la transmisión del psicoanálisis, diría “pequeñeces”. Dos estilos de traducción. Uno tiene el sintagma en alemán reale Nichtigkeiten, y se podría decir “pequeñeces reales”, pero la dimensión del descubrimiento freudiano desaparece. Para Freud esas pequeñeces son el lugar de lo que se transmite de madre a hijo: algo ínfimo, pero real. Entonces, si pusiera “pequeñeces”, podría creer que resolví el problema y quedarme tranquilo: puse un adjetivo sustantivado, evito “naderías” para no escribir como un español. Lo “resuelvo” tranquilo. En cambio, Lacan recurre al griego de la Odisea, en donde Ulises se nombra a sí mismo “Nadie”, Medéis, cuando Polifemo le pregunta su nombre; o al griego de Demócrito, que habla de la nada, inventando un sustantivo, medén, a partir de un adjetivo. Pero usando un “no” de imposibilidad: “Es imposible que sea algo”.

    Entonces, ¿por qué Lacan traduce así? Una hipótesis sería, para dar cuenta del Inconsciente como no realizado. Cuando digo “es imposible que sea algo”, lo estoy negando y afirmando al mismo tiempo: le estoy dando estatuto de real a partir de esa negación de imposibilidad de que sea (y, sin embargo, es algo). Con lo cual, le está dando una modalidad de movimiento lógico y real: pasar de lo imposible a lo contingente. Está dando el carácter de real a través del término inventado por Demócrito.

    Fíjense, entonces, adónde nos lleva una palabra que podíamos traducir por “pequeñeces” y quedarnos tranquilos, porque Nichtigkeit es una palabra corriente en alemán. Pero lo que está en juego en esa palabra es la transmisión del inconsciente. Naderías, pequeñeces, etc., es lo que se preguntan todos los padres respecto de los chicos: ¿pero cómo lo supo si nunca se habló?, ¿pero cómo es así, igual que, si…? Por esas pequeñeces invisibles se transmite el inconsciente. El problema de la lectura y de la traducción es la de tratar los textos de Freud y de Lacan con los mismos cuidados con que se trata el texto inconsciente de un paciente. Pero eso no se ha hecho ni en inglés ni en castellano, no se lo ha problematizado.

    Un buen traductor literario no puede dejar de notar que la expresión de Freud reale Nichtigkeiten porta en sí una cuestión más grave que la de su simple translatio, palabra por palabra, de un lengua a otra.

    Un analista, si lo es, no puede dejar de notar que añadir real a pequeñeces o naderías es una señal, clara, de que Freud considera a esas naderías esenciales, ya que, cuando usa el término alemán reale, se está refiriendo, desde La interpretación de los sueños en adelante, pasando por La realidad psíquica, al deseo inconsciente, a lo que no miente, más allá de toda representación.

    Cuando Lacan adopta el término griego meden para el inconsciente, sin decirlo, está haciendo más que traducir, está operando el desplazamiento teórico que llamamos lectura. Pero esa lectura no sería completa si otro lector no se arriesgara a escribir que la nada de Lacan no es la nada de Freud, pero que no sería posible si no la hubiese encontrado, y en ese encuentro, que es el régimen de lo real, transformado y dado a la vez un vuelo y una penetración que no poseía previamente. Así sucede que crea otra letra, que no reprime la primera, salvo para los fascinados, para los que forman haz. En Lacan hay otra escritura en su palabra, y todo el desafío de nuestra generación y las venideras consistirá en producir una escritura que de cuenta del régimen de esas escrituras sucesivas, siendo que cada una es irrepetible, por ser advenimiento.

    Lacan habla con un estilo argótico (viejo estilo de los bajos fondos parisinos, que hoy es el de la calle), pero usando palabras que van del francés medieval al francés más culto, pasando por citas ciertas o inventadas, ya que, como Borges, inventa citas. Tiene un arte de la cita, tal cosa parece Spinoza en latín pero no lo es. Posee un arte de la cita que sirve para hacer corte, para provocar un efecto de sentido, el cambio de idioma hace que el efecto sea interpretativo. Ahora bien, ¿qué está buscando Lacan con eso? Que toda su elocución sea interpretativa, que lo que dice y cómo lo dice sea recibido no como saber consabido sino como efecto de sentido que renueva el saber que ya poseíamos y que, sin ese efecto, nos adormece.

     

    A.R.: ¿Se jugaría allí la posición de analizante, a la cual Lacan se refiere en el seminario Encore?

     

    H.Y.: Cuando Lacan dice que él se analiza dando el seminario, está diciendo que hay que seguirle la pista. Pero cuando hace cortes con efecto de sentido no es un analizante.

    Por otro lado, él se interroga sobre problemas clínicos y teóricos en sus intervenciones fuera del seminario y responde teóricamente dentro del seminario: usa el adentro y el afuera constantemente, haciendo reenvíos. Siempre leí con mucha atención todo lo que Lacan decía fuera del seminario y fuera de París, porque ahí planteaba problemas que después encerraba en una fórmula ya muy trabajada, muy articulada, donde se presentaba la respuesta a la pregunta que había formulado en otro lugar, en otra escena. Él nos estaba diciendo evidentemente sin articularlo, que para entenderlo había que seguir sus dos tipos de discurso: el abierto a los que no eran sus auditores habituales, y el cerrado a sus auditores. Hay siempre un doble movimiento en la espacialidad de la palabra, en su puesta en escena, y cuando escribe cifra aún mucho más que cuando habla. Ahora bien, él usaba el francés de todos los días, pero también vocabulario de caza, de marina, regional o el francés más exquisito, el de Chateaubriand. Para traducirlo, habría que usar todas las variantes del español de España y del español de Argentina. A veces lo quiero traducir y después lo dejo… sus palabras están en español, pero no en castellano. Están en español (de España), que tiene más profundidad histórica que el castellano. ¿Pero a quién va dirigido? ‘Cuál sería la decisión editorial? Para la producción de films y obras de teatro hay una pronunciación establecida de español internacional, pero no hay tal lengua que pueda ser escrita. Con lo cual, la traducción de Lacan al castellano se volvió una traducción de conceptos sin una teoría de la traducción y sin notas sobre los retruécanos y las palabras con grafía inventada, sin condensaciones escritas entre dos lenguas. Una traducción así carece de efectos de sentido, le falta valor interpretativo, no se dirige al sujeto, se vuelve desde el vamos en saber universitario.

     

    I.R.: Quizás porque eso no deja marcas en la lengua. Es decir que hay una cosa conceptual, pero que no tiene vida. Sin embargo, Lacan insiste en relación con lo inconsciente, en que el lenguaje está en el corazón de lo que enseña, tal como resulta confirmado por la experiencia –una y otra vez– de abrir los libros de Freud en una página cualquiera. Insiste con que a veces suele olvidarse que el habla no es el lenguaje y que este hace hablar ocurrentemente al ser que se especifica en ese hablaje (Lacan condensa en parlage, habla y lenguaje). Esto me parece muy importante respecto de su interrogación acerca de un traductor al castellano.

     

    H.Y.: Los traductores de Lacan, primero tienen que conocer muy bien cómo se habla en Francia. Habría que haber vivido un tiempo en Francia para traducir a Lacan. Su vocabulario es inmenso. Es como querer traducir Shakespeare y no haber vivido en Inglaterra: aun los propios ingleses se ven obligados a consultar diccionarios de inglés isabelino. La realidad es que en Francia, en Inglaterra o en Alemania, las editoriales compiten por quién tiene los mejores diccionarios. El diccionario de la Academia en Francia tiene cincuenta tomos. El diccionario Le Robert tiene siete grandes volúmenes que da el sentido de cada término en cada época, dando ejemplos literarios que atestiguan cada variación de su uso, más diccionarios etimológicos donde cada palabra del francés trae su origen latino, griego, franco (dialecto del alto alemán), o bien inglés o español, ya que las lenguas importan y exportan según su posición de dominio. Ya que hay una conciencia de que la lengua es un tesoro, algo que hay que cuidar. Así como los diccionarios ingleses de Oxford y de Cambridge: el Concise es un tomo de dos mil páginas, pero, si no, es también una biblioteca de cuarenta. El tema es el cuidado de la lengua como un bien común, pero hay un problema político: la ausencia de significante amo en la lengua. Por otro lado, ¿cuál es la dificultad que tenemos en castellano? Nosotros tuvimos una Real Academia en el siglo XVIII que, bajo un régimen absolutista, fue racionalista a su modo, no pudiendo proveer de un ideal de la Razón científica a la sociedad, tomó a la lengua como sufre dolor de su impotencia. No querían que hubiese equívocos en la lengua española. Por eso introdujeron toda una serie de nociones… Agua es femenino, pero decir “la agua” es cacofónico; entonces prohibieron que hubiese dos vocales iguales, una átona y la otra tónica seguidas. Para que no se escribiera “l’agua”, con apóstrofo, cosa que hubiese pasado indefectiblemente (como pasa en francés), prohibieron eso e introdujeron el artículo masculino “el agua”. Del mismo modo, “el arte” y “las artes”. Así, hay veces que la gente no sabe a qué género pertenece una palabra, cómo poner el adjetivo después: si ponerlo en masculino, porque antes usó el artículo masculino para “agua”. Si el artículo masculino obliga a que el adjetivo vaya en masculino, cuando la concordancia la hace con el sustantivo. Por ejemplo, “el agua negra”.

    Hubo un ideal de transparencia de la lengua. Es como si hubiesen querido prohibir la existencia de equívocos, sin pensar que la lengua nace del equívoco, que el equívoco es lo que crea la lengua. Hubo un hálito mortal del racionalismo, aplicado a algo que no era su objeto. El objetivo de la Real Academia durante el siglo XVIII fue separar las palabras unas de otras. En castellano, la interpretación no puede hacerse con juegos de palabras como en francés, porque en francés todo sonido se escribe de maneras diferentes. Lacan solía decir que el grado cero de la interpretación era ce n’est pas moi qui vous le fait dire (no soy yo quien se lo hace decir), expresión francesa usada por cualquiera, el diariero o el carnicero, cuando alguien, un cliente, confiesa bruscamente algo inesperado sobre sí mismo. Podría añadir otra, de mi cuño, cuando una frase de un paciente, en francés, dice realmente otra cosa: “¿Cómo lo escribe?”.

    La Academia Española tuvo horror de la homofonía. Y horror de la mezcla de palabras. Como si hubiese sexualidad cuando las palabras se interpenetran. Instruyó un ideal de la diéresis y un horror de la sinéresis entre las palabras. Eso no impide escribir poesía, de ninguna manera, pero el eje metafórico no es el mismo que en francés, en alemán o en inglés cuando las palabras se escuchan.

    En español es muy difícil, es imposible, si no es por medio de una traducción anotada, hacer pasar que, cuando Lacan está hablando, dice una cosa y sugiere varias diferentes, que están dichas aunque no estén absolutamente dichas. Por ejemplo, le désir et son interprétation, para todos los analistas franceses tiene el mismo sonido que le désir est son interprétation (“el deseo y su interpretación” tiene el mismo sonido que “el deseo es su interpretación”, son homófonos). Y eso está desarrollado en L’étourdit por el mismo Lacan. Con lo cual, Lacan nunca dijo “el deseo tiene que ser su interpretación”, pero está sugerido por la homofonía. En Lacan la homofonía sirve de prueba. Pero no cualquiera.

     

    A.R.: ¿Eso podría tener como efecto ciertas exclusiones lógicas? Porque, en el caso de la homofonía que usted menciona, es indecidible si es A o B (o si es A y B), mientras que, al transcribir lo oral a un texto y poner “y su interpretación”, en la medida en que se elige una de las versiones y no la otra, se convierte en algo excluyente.

     

    H.Y.: El seminario se llama El deseo y su interpretación, y la homofonía, aunque no esté escrita, es válida. Para Lacan, en L’étourdit la homofonía es una de las vías por donde se llega a lo real del significante, y su interpretación. Interpretación aquí quiere decir punto de apoyo de la intervención, sin más. Pero nada menos. En castellano es más raro, y usarlo a troche y moche desgasta la transferencia y hace al inconsciente más esquivo.

     

    I.R.: Está claro que allí hay un aprovechamiento de una latencia de la lengua que desborda la intención cuando se escribe. Esto es muy interesante para el trabajo analítico, en tanto tales efectos se desprenden de la puesta en acto del lenguaje.

     

    H.Y.: La cuestión es que en castellano no se puede trabajar así en sesión (estaríamos haciendo trabalenguas). De todas maneras, tendríamos que lograr que la traducción de Lacan no sea ni chata ni en jerigonza. Este cometido no se logra traduciendo L’étourdit por El atolondradicho. La cacofonía no ayuda a pensar por qué el analista juega el semblant de aturdido por lo real de la palabra, al punto de parecer atolondrado –Lacan no se privaba de hacerse el débil mental. El problema es que estamos hechos por un uso de la lengua en español clásico y por un castellano del Río de la Plata hecho por un Borges que, aunque era totalmente anglófono y conocía de memoria toda la poesía inglesa, decía que no amaba el pun, el juego de palabras. No le gustaba, pero no porque no le gustara en inglés, sino porque en castellano eso no iba. Es decir que el criterio estético-poético de Borges también nos tiene que guiar para pensar cómo traducimos. Él está diciendo: “Al castellano, el pun no pasa”. Pero todo Shakespeare es puro pun, la comedia de Oscar Wilde es puro pun ya que el equívoco en el juego del significante permite dar el soporte de los espejismos del deseo en el imaginario. En francés, los títulos de los diarios son juegos de palabra. Es decir que no se puede traducir fuera del espíritu de la lengua, pero tampoco sin tratar de hacer que la lengua cambie gracias a una gran traducción.

    Cuando traducimos –el problema es si dejamos caer el cuerpo del francés o el cuerpo del alemán–, lo que tenemos que hacer es, como decía Lacan, traducir el espíritu de Freud, no se puede traducir la letra de Freud sin el espíritu. Para traducir la letra, hay que hacerlo según el espíritu.

    Pero volvamos atrás: ¿quiénes fueron los grandes discípulos de Lacan? En un comienzo fueron los que leían a Freud en alemán. Serge Leclaire, que era alsaciano, leía y hablaba alemán, también Vladimir Granoff, ruso nacido en Alsacia y políglota (hasta que se peleó con Lacan), Mustafá Safouan, que lee alemán y tradujo La interpretación de los sueños y la Fenomenología del espíritu del alemán al árabe, y Otelo, el moro de Venecia de Shakespeare, del inglés al árabe clásico. Esos son los grandes discípulos, en los primeros tiempos de Lacan, los que tenían acceso al alemán de Freud y entendían cómo Lacan, al enseñar Freud, lo traducía de modo tal que, sin decirlo iba creando un corpus nuevo, justamente porque lo real del texto freudiano, para ser traducido necesitaba un cambio de parámetros y una refundación.

    Los que no leían alemán podían ser muy buenos pasadores de Lacan, excelentes transmisores de la clínica, pero no de la teoría. Lacan, como lector de Freud, es alguien que lee el alemán de modo ejemplar. Por ejemplo, en alemán somatisches Entgegenkommen se tradujo “complacencia somática”, lo que es correcto. Pero si tomamos Entgegenkommen como un infinitivo y no como un sustantivo, entonces quiere decir “venir al encuentro del cuerpo”. Con lo cual, aunque no sepamos alemán, Lacan nos enseña que la histeria es el primer estrato de neurosis para cualquiera, aunque después necesite de una fobia o se convierta en una neurosis obsesiva. Esto quiere decir que todo el cuerpo, biológicamente, es una superficie complaciente a la escritura por el significante: el cuerpo biológico se hace cuerpo erógeno, simbólico, por la escritura del significante y no solamente como síntoma; además, el cuerpo como imaginario es también creado por el encuentro del significante y el soma. Lacan les abre el sentido a las fórmulas en alemán de Freud, dándoles uno nuevo, hace producir lo no leído por Freud en su misma escritura.

    Ser lector es ir sobre la escritura de alguien y llevarla más allá de lo que el primero conscientemente escribe. Quiere decir que, cuando alguien escribe, no sabe todo lo que escribe, y eso se aplica aun a Freud. Por eso, en su última época Lacan decía que un psicoanalista es un lector de Freud. No decía que debía ser un lector de Lacan. Aunque él había “letrificado” tanto las cosas que sabía que: “Alguien que lee a Freud pasará también por mis significantes”. Y leer a Freud es leerlo más allá de lo que Freud podía pensar que él escribía.

    En los años ´30 le da el comando a Anna Freud y, sin embargo, si uno lee los trabajos del Freud de entonces, no tienen nada que ver con el yo de los mecanismo de defensa: es un yo dividido, con mecanismos que no han sido repertoriados por Anna Freud, un sujeto que quiere una cosa y hace otra, y la hace porque creyendo una cosa, hace algo diferente de lo que cree. El modo de pasaje de un lado a otro se hace por transmisores que no son una ecuación. En Un trastorno de memoria en la Acrópolis ya hay una tercera metapsicología, que no es la del El yo y el ello, sino otra. Hay un sujeto en el fantasma que recuerda algo de lo que se equivoca y cuando se acuerda, hace otra cosa distinta a lo que pensaba hacer.

     

    I.R.: Siguiendo la referencia al “lector”, por ejemplo, Lacan dirá que tanto en el caso de Freud como en el de aquellos que tuvieron una función de fundadores en el pensamiento, su lectura por sí misma tiene valor de formación. Incluso es posible afirmar esto mismo, desde el punto de partida del lacaniano retorno a Freud, tal vez haciendo lugar a la teoría de la recepción en la cual el lector es coproductor del texto. Y me parece que eso es un movimiento: Lacan, no tanto como el que traduce o el que interpreta a Freud, sino su impar lector.

     

    H.Y.: Lectura significa tres operaciones simultáneas y sucesivas: interpretación, traducción y desplazamiento. Y si hay cambio de lengua, creación en la lengua de recepción de vocablos nuevos que hagan oír el acento nuevo que las palabras poseen en el texto que se lee. No hay que olvidar es que el concepto de lectura viene de Althusser, de otro contexto. En psicoanálisis, es posible porque hay una práctica del inconsciente a la que se debe obedecer, en lugar de ponerla en el chaleco de fuerza de una concepción hecha de términos vacíos.

    Les doy un ejemplo de lo que Althusser llamaba leer a Marx. Este último usaba para nombrar el lugar de los hombres en las relaciones de producción el término alemán Träger. Althusser lo lee y lo traduce como “soporte”. Los hombres solo son soporte de las relaciones sociales, no son sujeto histórico. Ahora bien, Träger también quiere decir “portador”, lo que cambia totalmente el sentido del concepto, ya que no es lo mismo soportar, estar pasivamente cargado, que ser portador subjetivo de esas mismas relaciones. La “lectura” de Althusser es una inflexión. Por lo tanto, decir que Lacan lee a Freud no nos resuelve ningún problema. Nos crea otro. La cuestión es dar cuenta de cómo lo lee, por qué, y qué es lo que lo hace ir cambiando en su movimiento de apropiación y crítica de los apoyos darwiniano-lamarckianos o evolucionistas enquistados en la letra de Freud, pero no en su práctica y en su escritura del análisis.

    En castellano hay cientos de elementos de Freud que están ocultos y que no se pueden leer. No se le puede achacar a la primera edición de López-Ballesteros, pero la segunda edición, la de Etcheverry, tiene el formateado de las otras, el formateado de Strachey, y no hay una investigación del pasaje de palabras ni del sentido del alemán. No hay cotejo de posibilidades.

    La traducción de Lacan al español tiene problemas importantes, que pasan por una versión exigua de las posibilidades del texto francés. A su vez, mi punto de vista sobre la edición del Seminario es que este requiere un trabajo crítico que pertenece al conjunto de la comunidad lacaniana, más allá de sus divisiones políticas. Luego de la edición crítica del seminario sobre la transferencia, la edición de Jacques-Alain Miller cambió, se corrigió, mejoró, y comenzaron a aparecer comentarios bibliográficos excelentes. Aun así, los proyectores del comentario no echan luz sobre todos los aspectos del texto que encierran alusiones a filósofos o pensadores que se trata de poner, ahora, en un segundo plano, para dar una imagen más científica de Lacan, menos atraída por gente que en este momento no es políticamente correcta, aunque haya sido introducida en Francia por grandes figuras de la Resistencia. Es una paradoja, pero es la verdad histórica y está documentada.

    En cuanto al lector como coproductor, déjenme decirles que es una teoría interesante la de la estética de la recepción, para la literatura, la de Hans Robert Jauss, efectivamente, hay muchos Esquilo y muchos Dante. Pero el texto de las obras clásicas, una vez rescatado por la filología, fundamentalmente en la última parte del siglo XIX, está siempre más allá del lector, a la espera, imposible, del lector que lo lea. Es lo que ese inmenso escritor que fue Blanchot, que alguna vez Lacan invocó como auditor ideal, llamaba “la soledad de la obra”.

     

    A.R.: En alguno de los textos que leímos, usted hablaba de esto, de que aun una traducción correcta tiende a dejar de lado otros sentidos también correctos. Es decir que la edición, necesariamente, ¿tiene que ser anotada?

     

    H.Y.: Hay una creencia, pertinaz pero felizmente no totalmente generalizada, de que la llave maestra del discurso lacaniano es hacer nudos. Pienso desde hace mucho que los nudos no solo ordenaron conceptualmente la enseñanza, sino que trajeron consigo grandes descubrimientos, teóricos y clínicos, y un más allá de la psiquiatría que no implica en modo alguno su supresión, todo lo contrario. Pero no es por saber nodología que se accede a esos descubrimientos, sino poniendo en correlación los nudos con las enunciaciones anteriores y las posteriores, y pensando qué es lo aún no resuelto. Por otro lado la denominación misma que Lacan hace de los nudos está implicando que su enunciación es la que guía y da sentido. Cuando de un toro hace un cilindro y lo llama “trique”, “trique” en argot significa la verga. En francés argótico es evidente. Lo único que quiere decir “trique” es eso. Por lo tanto nos está señalando que el toro se transforma en trique si el cuerpo del bebé está falicizado; la condición de la transformación –está diciendo Lacan sin decirlo– es que el cuerpo del sujeto esté falicizado. De lo contrario no habría el corte –del deseo del Otro real– que, invistiendo el cuerpo que si es tórico es porque hay deseo, permite que un toro se haga trique. Es una nominación de un objeto topológico cuyo sentido está dado en el discurso previo. A partir de allí va a producir ideas nuevas sobre las identificaciones freudianas. El cuerpo del chico es fálico a condición de que haya un corte, un agujero en lo real que lo produzca, y va a dejar de serlo en cuanto sucedan las otras operaciones que permiten la identificación secundaria y la imaginaria.

    Además, el nudo borromeo como tal es Nombre del Padre, es decir que quienes afirman que Lacan deja de lado el Nombre del Padre con la metáfora paterna, están equivocados. Dejó la metáfora a un lado, no la forcluyó, pero no dejó de lado el Nombre del Padre. Él dice: el nudo borromeo es Nombre del Padre. No lo abandonó nunca. Entonces, ¿por qué se le sobreimpone a Lacan algo que no está en Lacan? Nombre del Padre y falo nunca dejan de aparecer en su obra ¿En qué se basa la teoría de los cortes epistemológicos cuando Lacan mismo dice que el nudo si es borromeo es Nombre del Padre? Hay que tener en cuenta esto. Ahora bien, hay nudos de cuatro cuerdas que no son borromeos y sin embargo el cuarto actúa de tal modo que ninguna cuerda se suelte, sin que la condición paterna sea la garantía. Hay nudos de cuatro con y sin accidente forclusivo, lo que hace que no sean lo mismo, permitiendo plantear la existencia de tipos subjetivos fuera del tripartito de neurosis, psicosis y perversión. Existen tipos subjetivos que no se van a desarrollar como psicosis clínicas, pero que tampoco son neuróticos[4]. Pero el Nombre del Padre y el falo están, simplemente, porque está la enunciación que los nombra.

     

    A.R.: La lectura del matema, ¿no implica, en cierto nivel, la traducción?

     

    H.Y.: El matema en Lacan quiere decir algo que es transmisible: no es la matemática. El matema es lo enseñable –en griego, “matemática” quiere decir “las cosas que son enseñables”. No se le puede enseñar a nadie a ser poeta si no lo es, pero se le puede enseñar matemática. Platón muestra cómo al esclavo se le extrae el saber sobre el teorema de Pitágoras; por lo tanto ese teorema de geometría es matemática, porque es enseñable, porque cualquiera puede aplicar el método deductivo y saberlo. Pero acá hay una tesis mucho más oculta: sin el inconsciente no hubiera habido matemática. Es gracias a la capacidad de formalizar del inconsciente que el hombre llega a la matemática. Para Lacan hay correspondencia entre la castración y la teoría de conjuntos. Esa es una de las cosas con la que más se lo resiste a Lacan; se lo sigue hasta un cierto punto y después ya no. Para Lacan, al chico hay que enseñarle matemática, pero el inconsciente ya piensa según ciertos criterios matemáticos. El inconsciente es una máquina de ordenar y calcular, simple, que actúa y formaliza en el espacio. Por eso, en un momento dado se usó la escritura alfabética, antes de tener la propia, y se empezó a hacer matemática. Pero no fue conscientemente que el hombre lo hizo, porque en la base, en la raíz, dice Lacan está el inconsciente. Mas no luego: una vez que algo existe, es transmisión de saber. Hay transmisión de saber en China, en India, en Occidente: la Metafísica occidental hizo que la matemática no sea simplemente una cuestión de resolución de problemas como en Oriente, y vaya más allá. Fue la resistencia de la Metafísica que le dio a la matemática su lugar privilegiado en la cultura haciendo de la formalización una condición de cientificidad. Es una herencia que debe ser revisada.

     

    A.R.: Usted afirma que los hablantes del castellano tenemos una tarea por delante, si queremos avanzar en la lectura de Lacan, que sería poner estos distintos registros del habla y poder montar un aparato de notas que nos permita leer estos lugares de homofonía que en general se pierden en la traducción.

     

    H.Y.: Tendríamos que enriquecer nuestro castellano. La escritura analítica en castellano es el verbo “ser” más un concepto, el verbo “ser” más otro concepto, etc. En castellano, no se usan verbos para escribir el psicoanálisis. En francés, en cambio, no se usa el verbo “ser” para escribir, se usa apenas para hacer la primera definición nominal y nada más. Es decir que hay una pérdida de riqueza en el castellano que utilizamos, no digo ya en el castellano de la traducción sino en el que efectivamente usamos para escribir psicoanálisis. Hay una especie de afán de definición, un afán por definir, y lo que muestra un escrito que es analítico es que el movimiento mismo de lo escrito lleva a una interpretación, lleva a algo donde aparece un sujeto (que es el analista mismo). Lo característico de una parte todavía importante de la producción en castellano es que el analista demuestra que entendió Lacan. Quiere decir que todavía estamos en la escuela. El problema no es haber entendido a Lacan; el problema es, con lo que sabemos, tanto de nuestra práctica clínica como de nuestra práctica de lectura, escribir de una manera tal que lleguemos a un punto interpretativo al que no habíamos llegado. Eso es formalizar.

     

    I.R.: Esto me hace pensar en eso que escribe Lacan en el Prefacio a la traducción inglesa del Seminario 11, cuando dice “soy un poema y que se escribe”. La cuestión no es escribir sabiendo previamente adónde voy a llegar, sino que, en el devenir de lo que digo, de lo que hablo, de lo que voy trabajando, el “analista-poema” –por así decir– se muestra, se presenta, se hace hacer tal –lenguajeramente– en acto, en la sesión analítica. Cuando uno lee a Lacan en su lengua, eso sabe como lengua viva. Hay algo allí que no se deja captar en la traducción, que se pierde en el pasaje. Por otro lado, también sucede en el establecimiento del texto francés por Miller, que insiste en la pretensión de dar la cosa como perfecta, la frase que corta, cierra y no le deja mucho espacio de benéfica indecisión al lector.

     

    H.Y.: Miller es discípulo del último Lacan. Él demostró que podía hacer lo que Lacan quería y pedía, que era, por ejemplo, un índice razonado de conceptos para los Escritos, o sus intervenciones sobre la lógica del significante en el Seminario en los años sesenta, donde le pone letra a la posición de Lacan. Con poco más de veinte años de edad, tenía un saber lógico realmente fuera de lo común. Aparte, Lacan quería hacer un pasaje de un auditorio de psiquiatras a un auditorio de filósofos formados en lógica matemática: fue un movimiento teórico-político decidido por Lacan. Utilizar el lenguaje de la lógica matemática, utilizar el lenguaje del Otro, utilizar el lenguaje del mundo anglosajón para subvertir desde adentro la lógica matemática. Cuando Roudinesco escribe que Lacan se entregó al empirismo lógico, revela una gran ingenuidad y no haber entendido la creación que Lacan realizó con el instrumento de la lógica proposicional, modificándola. Cuando afirma que toda lógica proposicional es una lógica modal, está diciendo que la lógica proposicional es una modal en donde desapareció el sujeto. Esa proposición de Lacan es una subversión de la lógica matemática, lo que sucede es que no fue recibida en el mundo de los lógicos. Digamos, todavía hay en Lacan cargas de dinamita que no se han hecho explotar, que no han servido para hacer un trabajo de reinterpretación. Por otro lado, cuando Lacan profiere “es el decir de Cantor”, está diciendo que Cantor podrá haber enloquecido, no importa, pero tenía un decir y ese decir lo lleva a la creación de la teoría del transfinito, que reordena toda la matemática, del principio al fin, fundándola en la aritmética de los enteros naturales. Por ende está afirmando que hay sujeto en la matemática; aunque luego del descubrimiento o de la producción, la transmisión en la ciencia elida al sujeto, pero la forclusión del sujeto sucede en la transmisión, no en la producción. Entonces, si se repiten consignas, “la ciencia forcluye al sujeto”, queda en contradicción con la enunciación extremadamente fuerte de Lacan: “El decir de Cantor”.

     

    A.R.: Quizás las negaciones sean una de las cuestiones por las que más se dificulta la traducción del francés al castellano. Decir que no es sin el deseo como el analista avanza en la dirección de una cura no es igual que decir que avanza con el deseo. Una condición necesaria se transforma en suficiente. Además, el pas sans puede ser entendido como paso del sentido y como no-sentido.

     

    H.Y.: Es que no tenemos todas las negaciones que tiene el francés. De todas maneras, la que no tenemos es la expletiva. Pero eso no importa. La lectura de qué tipo de negación es, es una lectura analítica y no lingüística. Freud trabajó mucho tiempo hasta llegar a Verleugnung para “desmentido” o “renegación”. Usó muchas variantes, añadiéndole prefijos a leugnen, que es “mentir”.

    En cuanto al “no sin”, Freud también lo emplea en alemán: nicht ohne. Freud ya está haciendo una lógica con la gramática. Lacan le da mucho mar alcance, pero en Freud ya está. Y son cosas que en francés y en alemán se están diciendo todo el tiempo –atención, no es que Lacan lo fue a buscar al alemán. Pas sans se dice todo el tiempo en francés. Es un idioma que tiene miedo de la afirmación directa, que parece altisonante o atrevida. Una lengua que no afirma, que dice: “No es sin esto que se puede hacer lo otro”. Ese es el genio de la lengua. Se habla así. ¿Puedo pasar el río?, pregunta alguien. Y el otro le contesta: “No es sin un bote que va a llegar a la otra orilla”. Pero en castellano, el “no sin” es más raro. No está en el espíritu de la lengua. “No es sin huevos que se hace un omelette”, en castellano suena un poco rebuscado.

     

    I.R.: En su conferencia en Rosario, usted utilizó el término “desapropiar”. Me pareció muy interesante.

     

    H.Y.: Sí, hay que ver cuál es el contexto. Una es cosa es el fetichismo (desmiento que mi madre esté castrada) y otra es desapropiar a alguien de su saber, no creerle. Por otro lado, todos los hombres son fantasmáticamente fetichistas, porque la castración deja un resto –si los hombres no tuvieran un dejo de fetichismo, no podrían hacer el amor. Ahora bien, ¿de qué estamos hablando? ¿De un perverso o del fetichismo masculino en general? ¿De qué hablamos? ¿Del fetichismo como síntoma o de algo que se le añade al cuerpo de la mujer, o el cuerpo de la Otra mujer que viene a socorrer para no estar simplemente en lo real? Entonces, hay que ver… Porque cuando el amor de los padres por los hijos en un momento no es simbólico, es “desapropiante” de la condición de hijo. Eso no puede no tener efectos. Freud descubrió que en un momento de su historia, un hijo es investido solamente como falo, y eso ejerce efectos traumáticos. Gracias a Lacan, podemos encontrar el momento en que un niño deja de ser investido y se vuelve puro a. Hay una desapropiación, al hijo no se le reconoce aquello que le es propio por ser un niño. Ese padre o esa madre no son necesariamente perversos. Son mecanismos que existen siempre en la relación entre los adultos y los niños. Hay gente que es más “desapropiante” y gente que lo es menos. Otra cosa es el padre que odia y que convierte al hijo en objeto; evidentemente, ahí, en una tercera generación, va a haber una locura, una psicosis.

    Esta idea me vino en inglés, leyendo un ensayo filosófico sobre el escepticismo moderno, que el autor llama “the disowning of knowledge”. Porque disowning quiere decir “desmentir”, “renegar”, pero fundamentalmente “desapropiar”: le saco al otro lo que le es más propio. Lo hago objeto a o lo hago falo. Lo uso eróticamente o lo hago caer como objeto. Estoy hablando de una operación inconsciente, que es mucho más extenso que simplemente hablar de renegación. Porque enseguida se piensa en perversión, pero la renegación en general es un mecanismo de constitución del inconsciente, como lo muestra Freud en Una perturbación de la memoria en la Acrópolis. La desapropiación es el modo de constitución del sujeto a través de la alienación y la se-paración.

     

    I.R.: Claro. ¿Y qué pasa, en su opinión, con el famoso “soñé con una mujer que no era mi madre”? ¿Es una denegación?

     

    H.Y.: Eso es una denegación. En castellano no existe la palabra “denegación”; es una negación que muestra al sujeto en el acto a la vez de reprimir y reconocer lo reprimido pero sin levantar la barra que lo divide. Ahora bien, cuando se dice “no es mi madre”, para Freud es la madre. El problema es qué tipo de negación es esa cuando pasa en sesión: ¿estamos tan seguros de que es la madre? Y de qué madre: ¿la madre de los tres años o la madre de los diez años? En el inconsciente hay una estratificación de las madres: ¿con qué madre vamos a quedarnos en análisis?, ¿a qué madre vamos a tener que llegar y qué madre vamos a tener que dejar de lado? “No la puedo perdonar”, puede decir una paciente, entonces, ¿con qué madre se queda para poder seguir existiendo? Es decir, tenemos que trabajar diciéndole que sí a la negación para ver con qué se queda el sujeto.

     

    I.R.: Ese es el movimiento de Freud, aunque diga sí, es su madre.

     

     

     

    H.Y.: Lo imposible de traducir es el significante. Que llamo, siguiendo a Walter Benjamin, el “cuerpo de la lengua”. Hay algo que es la inscripción, y luego las trazas ejercen efectos entre sí que cambian el sentido.

    Yo tenía la única traducción del Proyecto… de 1895 al castellano, la de Ludovico Rosenthal, y la perdí cuando me fui de Argentina. La tenía anotada en alemán y en castellano, porque Ludovico Rosenthal era vienés. Esa traducción es un modelo de traducción, de alguien que hablaba perfectamente el alemán de Viena y perfectamente el castellano. Realizó ese trabajo de inmenso valor porque se había analizado y representaba el pago de su deuda al psicoanálisis. El problema es: no tengo correspondencias con las raíces germánicas, y las palabras francesas de Lacan son demasiado ricas para volcarlas. No puedo tener todos los movimientos textuales de Lacan, porque el eje lingüístico (vertical) de las metáforas en francés es más rico que en castellano. De todas maneras, ¿cómo logro ser fiel no al significante sino por lo menos a transmitir aquello a lo que hace referencia? Hacer las correspondencias con la lengua de origen para ponerlo, de algún modo, en la lengua de llegada. Porque “el deseo y su interpretación” y “el deseo es su interpretación” son homófonos, pero tengo que llegar a que esa homofonía que no es gratuita y hacer que el lector lo entienda. Ninguna figura retórica en Lacan es gratuita. L’étourdit es casi intraducible, porque hay homofonías en griego, en latín, en francés. Al margen de que pasa del alemán al griego, del latín al francés. Y da signos de que ahí hay algo. Cuando él dice l’habit, es “la vestimenta”, pero también es habite, habita y bite, “la verga”, cuando se la pronuncia bite. Usando un término argótico está significando que el falo es la condición para habitar el lenguaje y que el significante es el que le da falicidad al hombre, y a la mujer. Está el famoso verso de Hölderlin: “El hombre habita como poeta” (Dichterisch wohnet der Mensch auf dieses Erde), verso extraído del himno In himmlischer Blaue, famoso por las lecturas que le dedicara Heidegger, que le devolvió el lugar que le correspondía de ser uno de los poetas mayores de la lengua alemana, lugar que nunca había ocupado por el desprecio y la incomprensión que le prodigaron Goethe y otros. El problema está en que no todos los hombres hacen poesía. Pero en alemán, dichten es “poetizar, hacer poesía”, y también es “crear”. Quiere decir que al hablar, los hombres crean. Y esa es la manera en que el hombre habita el lenguaje: creando la lengua por el hecho de hablar. Fue así que Hölderlin se adelantó en más de medio siglo a de Saussure, quien decía en su curso que los hombres crean la lengua hablando. Y Lacan, en media frase y con una palabrota, dice que la condición es el falo: si el sujeto no está falicizado, no hay introducción del lenguaje en el cuerpo ni del cuerpo al lenguaje. Y eso se hace por medio de la palabra del Otro. L’habit, la vestimenta, el hombre habita el lenguaje gracias al falo (dicho en lengua de la calle). La palabra puede estar desfalicizada; si no está falicizada, no va a haber introducción en y al lenguaje. Todo eso está en una línea.

     

    I.R.: Me resultó muy revelador haberlo escuchado decir en cierta oportunidad –inclusive creo que también lo he leído–, respecto de una circunstancia repetida en su práctica hospitalaria en Francia que en el encuentro con madres de niños autistas éstas se avergonzaban de hablar con sus hijos de esa manera tan peculiar –que se llama laleo o lalación– en que el hijo es hablado literalmente por “la lengua de la madre”. Quiero decir, que no le habían hablado de ese modo, en esa lalangue de extrañas palabras y motes, medias palabras, balbuceos, etc.

     

    H.Y.: A veces llega una mujer y me dice que en la escuela le piden que traiga al nene al psicólogo, y uno oye que le sigue hablando como si fuera un bebé. Sin saberlo lo está seduciendo, guardándoselo como bebé. La madre está reparando su propia infancia, pero para reparar su infancia se está convirtiendo en el único mundo de su hijo, entonces éste no puede prestar atención en la escuela. Por eso en ciertos momentos hay que cortar con la falicización de la palabra. Por lo contrario algunas madres de niños autistas, de modos siempre singulares, no pudieron jugar con ellos como bebés, es decir, no crearon lalengua. Ambos casos son antinómicos el uno del otro.

     

    A.R.: Debido a que la traducción de los textos analíticos suele priorizar el sentido y dejar un poco de lado, como hemos visto, el movimiento vital, el fluir de la lengua, algunos analistas sostienen que el psicoanálisis en castellano ha quedado demasiado pegado a los conceptos y, tomando posiciones antagónicas, eluden los conceptos para optar por el fluir de la lengua. ¿Qué opinión le merecen estas posiciones? ¿Podría el psicoanálisis prescindir de los conceptos?

     

    H.Y.: No es en vano que el Seminario XI se llama Los cuatro conceptos fundamentales…, aunque luego, en la introducción a la edición alemana de los Escritos, Lacan escriba que los conceptos son toneles que pierden.

     

    A.R.: En Notes sur la traduction,[5] usted habla de la palabra en análisis como traducción. ¿Qué procesos comandan las primeras inscripciones? ¿Qué entiende por Niederschrift? ¿En qué nivel se sitúa la Verleugnung?

     

    H.Y.: En todo sujeto neurótico hay una nostalgia del signo, o traduciendo mejor de la seña a la que ya no se tiene acceso por obra del significante. Sin embargo, no habría vida posible sin esa nostalgia. Entiendo “nostalgia” como Sehnsucht en alemán, que también puede traducirse como “búsqueda de goce” en toda su gama, y no solo de dolor, ya que “nostalgia” es una palabra médica inventada en el Renacimiento. Con la palabra Niederschrift Freud habla de cambios en las inscripciones, sea por acontecimientos históricos, épocas de aparición de la sexualidad o épocas de “represión”. También hay cambios en las inscripciones gracias a que estas dejan de estar sometidas a la presión reprimente del ideal. Hay traducción en sesión cuando se intenta dar cuenta del objeto, cuya naturaleza escapa al significante. No hay traducción en los momentos de gracia, cuando el sujeto se aviene casi sin creerlo a decir lo que le pasa por la cabeza sin mandarlo para abajo, Unterdrückung.

     

    A.R.: En su texto Lo imposible a traducir, se lee: “Hay, en cada lengua, una palabra, y un lugar en la lengua, para decir el desconocimiento radical y necesario del extranjero” (Il y a, dans chaque langue, un mot, et un lieu dans la langue, pour dire la méconnaissance radicale et nécessaire de l’étranger). ¿Por qué usted habla del desconocimiento radical y necesario del extranjero? ¿Cómo podemos articular esta afirmación con la estructura?

     

    H.Y.: Es el precio que pagamos para que, entre los dos significantes, el objeto y el sean soportes del sujeto del inconsciente. Sin ese desconocimiento radical no hay topes de la cadena significante, no hay ni límite ni función.

     

    A.R.: Lacan dice que la angustia es la única traducción subjetiva de la presencia del objeto. ¿Qué idea de traducción podría desprenderse de allí?

     

    H.Y.: Lacan usa la palabra “traducción” en su sentido literal (en latín translatio o en alemán Übersetzung), pasar de una orilla a otra del río. Las dos riberas, sin embargo, no tienen nada en común. De eso que es signo del objeto, en su borde de goce del Otro, que no es del orden del significante debe desprenderse un vector, que es el del movimiento hacia la palabra. Ir al significante allí donde éste, por naturaleza, no está. Buscar el deseo, única arma posible para enfrentar la angustia, es darle al objeto el semblant que le falta.

     

     

    [1] Héctor Yankelevich: L’impossible à traduire, Comunicación leída en la Reunión Preliminar para una Convergencia Lacaniana de Psicoanálisis, Barcelona, 7 de febrero de 1997. En este número publicamos la traducción de ese texto, hasta ahora inédito, a continuación de la entrevista.

    [2] También en Oriente, el pasaje del sánscrito al chino y del chino al japonés, traducciones que fueron el vehículo del budismo y a las que Lacan prestaba gran atención, ya que se esmeraba en traducir textos chinos en la primera versión que había de su pasaje del sánscrito.

    [3] Se puede leer con provecho Façons de parler grec à Rome, bajo la dirección de Florence Dupont y Emmanuelle Valette-Cagnac, Bélin, Paris, 2005.

    [4] Silvia Amigo desarrolla en este sentido las observaciones más pertinentes en cuanto a que no es posible homologar todos los nudos de cuatro cuerdas.

    [5] Manuscrito inédito.

  • Cinco preguntas para Guy Le Gaufey: Traducción, transmisión y apropiación

    Alejandra Ruíz: Dice Lacan en su seminario sobre la ética del psicoanálisis: “Si siempre volvemos a Freud es porque él partió de una intuición inicial, central, que es de orden ético. Creo esencial valorizarla para comprender nuestra experiencia, para animarla, para no extraviarnos en ella, para no dejar que se degrade”. El retorno que Lacan hace sobre Freud, por ser algo diferente que un simple retorno, incluye también algunas operaciones de traducción, de re-traducción de ciertos términos freudianos. Partiendo de la ya legendaria reformulación de trieb, podría decirse que el mentado retorno a Freud no sería tal sin operar también una nueva traducción, ¿de qué modo participa la traducción en ese bucle?

     

    Guy Le Gaufey: No me parece que Lacan pueda ser considerado como un “traductor” de Freud. Está claro que ha impuesto en francés algunas “traducciones” de ciertos términos freudianos que ganaron la partida, por lo menos en los círculos lacanianos, como trait unaire para einziger Zug o forclusión para Verwerfung, y otros. A veces, a lo largo de su seminario, pone en francés una frase de Freud que él cita apropiadamente. Pero si es la prueba de que leía a Freud en alemán, no se trata por lo tanto de alguien que podría llamarse un traductor.

    Un traductor no traduce palabras; traduce proposiciones, elementos de sentido que no se pueden fraccionar fácilmente en palabras aisladas. Además, y eso importa, traduce cantidades de proposiciones que plantean el problema del estilo de pensamiento, de cómo tratar las repeticiones, de respetar la consistencia del texto a través de sus múltiples vertientes. Por ejemplo: en el Proyecto… de Freud se encuentra muchas veces la palabra Bezetsung. Puede parecer importante señalar la dimensión casi militar de tal palabra y decidir que occuper, en su sentido militar precisamente, podría ser una traducción correcta en francés, arriesgada pero sutil, de esta palabra que dice cómo una neurona está investida (“ocupada”) por una cantidad. Bien. Pero también está el verbo en infinitivo y conjugado, el participo pasado, el gerundio, muchas y muchas veces, de modo que una traducción tal no consigue mantenerse sin crear un desorden inapropiado porque muy a menudo no conviene, precisamente, este sentido militar. Ahora bien, se trata de respetar escrupulosamente el uso de este término clave para Freud, sin cambiarlo de una vez a otra en una nueva traducción. Entonces, el traductor, frente a sus obligaciones de traductor y a la totalidad del texto, no frente a una ocurrencia aislada, deja caer la palabra occuper para reintegrar el clásico “investir”, que se comporta de una manera más correcta a lo largo del texto.

    Esta dimensión de la traducción efectiva, no le importa a Lacan porque no se posiciona como traductor. El “retorno a Freud” implicó cuidar los términos que Freud había empleado, a veces subrayándolos con una nueva traducción, sin que esto implique considerar a Lacan como un traductor de Freud.

    ¿Cómo llamar, entonces, a esta manera de acoger un texto de tal manera que implique renovar ciertas traducciones ya recibidas? Se trata mucho más de una “rectificación” que de una “traducción”. Hay que ir en contra de una traducción ya recibida para establecer mejor un sentido hasta entonces escondido y que, a veces, escapa a la lengua misma. Por ejemplo, el pasaje del alemán Phantasie al francés fantasme (y no fantaisie), o del francés jouissance al inglés enjoyment o al galicismo jouissance, etc. (la traducción de Lacan en cualquier lengua, con la cantidad de neologismos que presenta, plantea muy a menudo este tipo de problemas).

    Para calificar la manera con la cual Lacan importó ciertos términos de Freud en francés, me parece que el término “apropiación” suena mejor que “traducción”. El ejemplo de Unbewußte “traducido” por l’unebévue no me parece tan diferente al del pasaje de einziger Zug a trait unaire o de Jenseits des Lustprinzips a jouissance. Es una manera de domiciliar un concepto en un movimiento que, precisamente, no se confunde con el trámite usual del traductor, un movimiento que insufla un pensamiento propio a la palabra fuente, lo que el traductor, habitualmente, se prohíbe hacer (a pesar de que también lo hace bastante a menudo).

    Sé que no se puede establecer una diferencia clara en cada punto entre lo que llamo aquí “traducción” y “apropiación”. Hice este pequeño recorrido solo para que uno no se precipite en hacer venir todas las ideas comunes a propósito de la traducción cuando se trata de apreciar lo que Lacan hizo a y con el texto de Freud.

     

    1. R.: Dice Paul Ricɶur en Sur la traduction: “Comprender, eso es traducir”.[1] Henri Meschonnic replica, por su parte: “No, comprender es comprender, o creer que uno comprende. Traducir supone comprender, pero es otra cosa“.[2]¿Cómo relacionaría usted la comprensión y la traducción?
    2. L. G.: Estoy totalmente de acuerdo con Meschonnic. El juicio de Ricɶur es típico de su estilo de pensamiento y de escritura (que no aprecio mucho), que tiende a diluir las cosas sobre el pretexto de ser claro y didáctico. Comprender no es traducir, en el sentido de que no se necesita establecer otro texto para entender bien el primero. Lo cierto es que una traducción tal de una lengua a otra vale como prueba de que, sí, hubo (o no) comprensión, pero la comprensión en sí misma tiene lugar sin eso.

    Ricɶur propone su casi equivalencia de una manera muy retórica. No se sabe bien si hay que considerar este tipo de afirmación como un teorema o un axioma, o más bien algo de mármol blando, como es tan frecuentemente el caso en esa manera de hablar. La comprensión está en relación directa con la obligación número uno del traductor: respetar al sentido, y ello porque se traducen, una vez más, no palabras, sino unidades de sentido. Pero muy a menudo esta obligación primera entra en conflicto con la segunda, que toca al respeto del valor del término o de la expresión. Si es vulgar, hay que encontrar algo vulgar; si es sofisticado, algo sofisticado, etc. Sin olvidar a la tercera, que toca al ritmo. Por ejemplo, en inglés (especialmente en el north american english) no importa repetir la misma palabra numerosas veces en la misma frase si es necesario para que el sentido sea claro. Al ponerlo así en francés, si se respetó escrupulosamente este tipo de repetición, el texto va aparecer pesado, inhábil, mientras que no sucede lo mismo en inglés.

    Entonces: comprender es, claro, una necesidad imperiosa del traducir, aunque a veces deja el paso a otra consideración. Pero para no privilegiar el sentido, hay también que haberlo captado perfectamente. Todo eso es más claro en la traducción poética, porque en este caso hay una obligación de más que toca al ritmo y, a veces, a la rima. Allí, el sentido no siempre es el privilegiado, y a veces (raramente) pasa al último rango.

     

    1. R.: ¿Hasta qué punto su experiencia como traductor podría haber dejado alguna marca en su práctica como analista? ¿Hay una tensión interesante entre ambas disciplinas?

     

    1. L. G.: Desde hace más de veinte años, he traducido del inglés al francés una quincena de libros (gay & lesbian studies, filosofía, historia, novela, y uno de poemas). Muy a menudo se dice que esta práctica va muy bien con la práctica analítica, que se apoyan la una a la otra, etc. No es exactamente mi impresión, y no es fácil decir por qué. Supongo que es a causa de mi relación complicada con, digamos, la semiótica de Jacques Lacan. Desemboqué en Lacan cuando estaba estudiando la semiótica con Barthes y Greimas, muy interesado en aquel entonces en lo que se llamaba “la teoría del significante”. Bastaron unos años para que me desilusionara con la idea de que pudieran unirse dicha teoría y una semiótica académica que, en su corazón mismo, adoptaba los fundamentos de la fenomenología de Husserl (que planteaba otro tipo de sujeto). Primera elección obligada, lo que me condujo del lado de Lacan, por lo menos lo pensaba así. Pero si su definición del sujeto representado por un significante para otro significante me parecía insuperable e inmejorable en lo que toca al tratamiento analítico, no podía tan fácilmente seguirle, a la altura de una semiótica general, en su manera de rebajar al significado como lo que se contenta de resultar del arreglo del significante. Por supuesto, nunca había encontrado un significado flotando solo en el aire, no venía sino con un significante, pero… ¡Bueno! Me las arreglé de tal modo que me olvidé la dificultad.

    Quince años después empecé a traducir textos, en primer lugar poéticos, y el problema resurgió en todo su esplendor. Intenté describirlo en un pequeño texto que se intitula “¿Alucinar?” (traducido en El caso inexistente, Epeele, 2006, págs. 311-330). Me ocurrió, algunas veces que, frente a un verso en inglés, no encontraba un equivalente en francés, pero también que, en una fracción de segundo, el inglés se había desvanecido y no obstante yo seguía teniendo algo en la mente. Debo agregar que no creo, como San Agustín, que exista un lenguaje “mental” por encima de cualquier lengua. Entonces… ¿qué pensar?, sino que, a pesar de que no se pueda atrapar aisladamente, hay sin embargo un cierto grado de existencia del significado por sí mismo. La existencia también de ciertas “áreas semánticas”, especialmente para adjetivos y verbos, va en el mismo sentido según el cual el significado posee una cierta independencia. No mucho, pero… un poco.

    Tampoco pienso, del otro lado, que un tratamiento se puede conducir atendiendo solo al significante, tan importante como sea este. No sé si hay analistas lacanianos que están atentos al significante como, a veces, les gusta decirlo, haciendo del witz la única interpretación recta con capacidad de desembrollar un síntoma. Las cosas me parecen mucho más turbias, y a pesar de que sepa yo muy bien que nunca conseguiré demostrar la existencia en sí misma de un significado, debo a la traducción (y no al tratamiento) mi convicción de que, si el significante produce efectos al nivel del significado (y luego del sentido), hay una cierta autonomía del significado y del sentido.

    Lo que no sé es si esta convicción me ayuda o no en mi trabajo de analista (en tanto que traductor, no tengo ninguna duda). Por lo tanto, que me convenza de que el sentido desborda el apilamiento de las significaciones, empujándome a la búsqueda de algo otro, sí, me ayuda. Pero cuando, eventualmente, me distrae del juego del significante (lo que ocurre, estoy seguro de ello), no me ayuda. Es una guerra (o un vals) sin fin entre el sentido y el sonido (obviamente, es peor cuando trabajo como analista en una lengua otra que mi lengua materna porque me encuentro más atado al sentido, más dependiente de mi comprensión del contexto, lo que obstaculiza la sensibilidad al significante).

    Pero cuando Lacan dice (no sé dónde) que el significado no es sino un significante que “ha caído debajo de la barra”, no entiendo lo que quiere decir eso. En un seminario (tampoco sé cuál), describe también la producción de los significados como resultando de una noria de cangilones: los significantes serían los cangilones y la cantidad de agua que cada uno subiera sería un significado. Monotonía de la signifiance. No creo en eso. Pienso más bien que hay un cierto nivel de participación zurda del cuerpo en la producción de significados tan vagos como diferentes, que se ajustan al movimiento de los significantes. Es casi un delirio, pero no logro entender el funcionamiento de una lengua sin un cierto nivel de independencia de los significados, a pesar de que no sepa cómo disponer bien la dicha independencia.

     

    1. R.: ¿Hasta qué punto las categorías de lengua fuente y lengua meta, con las que habitualmente se ha pensado la traducción, no podrían implicar un intento de darle consistencia a una concepción imaginaria donde ese pasaje –biyectivo– entre una lengua y otra, al fin sería posible? ¿En qué sentido lo real de la lengua, tal como Lacan lo plantea en Radiofonía, viene a descompletar cualquier posible imaginarización que reduciría la traducción a un plano meramente imaginario?

     

    1. L. G.: La concepción de la traducción como ejercicio de biyección es penoso porque es, por un lado, indudable e imprescindible, y por otro lado, falso y engañador. La babosada usual según la cual la traducción es algo imposible considera, sin arriesgarse a decirlo, que la traducción tiene que ser una biyección perfecta y sin falla, de tal modo que bastaría mostrar que no es el caso para afirmar doctamente que cualquier traducción es “imposible”. Un tal juicio no demuestra sino una ignorancia crasa del funcionamiento de la lengua, sea fuente o meta. En la misma lengua, hay montones de proposiciones que dicen “la misma cosa” sin utilizar los mismos significantes. Los matices pueden parecer innumerables (a pesar de que, de hecho, no lo son), pero tenemos que emplear aquí una distinción suficientemente clara entre “significación” y “sentido”. Las dos palabras muy a menudo se superponen, de tal modo que se puede utilizar la una o la otra indistintamente. Propongo aquí considerar que una significación ─sea la conjunción de un significante (o de algunos) y de un significado (sea preciso o turbio)─ es algo de la naturaleza de un círculo, algo que se hace bucle, que se puede aislar y apuntar, desplazar y equivaler; mientras que un sentido participa de una media línea recta, que tiene un punto de partida, una dirección y nada más. Topológicamente, son muy diferentes, mientras que ambas participan de la producción de lo que “quiere decir” tal montaje significante. Con estos elementos mínimos podemos acercarnos un poquito mejor a la cuestión de lo “real de la lengua”, tal como lo encuentra la traducción.

    Lo que se busca primero es, claro, el máximo de biyección entre una significación en la lengua fuente y otra en la lengua meta. Con frecuencia, el traductor llega a hacerlo sin gran dificultad y la traducción sigue adelantándose. Pero también ocurre a menudo una no-concordancia, más o menos grave. Aquí se revela lo real de la lengua de la misma manera que surge el uno en la concepción del número que inventó Frege, rehusando la vía clásica que afirma el uno como algo obvio, sacando de su mera repetición la generación de todos los números. Él prefiere partir de la experiencia humana elemental que consiste en la fabricación de una serie doble, por ejemplo: cuchillos y tenedores. Supongo que alguien está alineando pares de estos. Mientras un cuchillo corresponde con un tenedor, no pasa nada (como en la traducción, cuando hay concordancia). Pero supongamos que, de repente, falta uno (no importa de qué lado). Ahora pasa algo: un vacío inesperado saca a luz la mera existencia del Uno. Falta uno. Aquí está el punto de partida de la numeración fregeana (lo que le va como un guante a Lacan).

    Sea el primer verso de un poema del poeta Inglés Philip Larkin: The view is fine from fifty. El resto del poema muestra que se trata al mismo tiempo de fifty meters high y de fifty years old. Por lo tanto, hasta donde sé, no hay nada equivalente en francés, en una formulación en la que no sobren ocho o, peor aún, diez sílabas. Por un lado, a la lengua francesa no le falta nada: eso es tan claro como el día. Y sin embargo, la traducción del poema se desmorona por sí misma a causa de esa maldita incapacidad local. Aquí se toca, por la vía negativa, algo del real de la lengua. Falta un cuchillo, no en el juego general de los cubiertos, sino, sí, en frente de este tenedor, en frente de una cierta ambigüedad en la significación.

    De una manera menos clara, se encuentran casos en los cuales no hay tal imposibilidad, salvo que la expresión de la lengua fuente o el tipo de construcción no tengan sentido correcto y rápido en la lengua meta. Surge entonces la tentación de “adaptar” a la lengua meta, de hacer accesible, de dar sentido, de allanar. Aquí se presenta la otra vertiente en la cual la lengua meta supera a la lengua fuente. Cuando se trata de traducir textos en prosa, donde no hay obligaciones estrictas de ritmo, esta vertiente puede ser desarrollada al gusto del traductor. También las notas al pie sirven para aclarar lo turbio del pasaje. Pero en la traducción poética, en la cual habitualmente no se pueden emplear notas al pie ni estirar desmesuradamente un verso, es claro que este real de la lengua se encuentra mucho más a menudo.

     

    1. R.: ¿De qué modo participa lo intraducible en la transmisión del psicoanálisis? ¿Cómo se articularía allí el matema?

     

    1. L. G.: Ya casi contesté la pregunta: lo “intraducible” implica la “apropiación” en la lengua meta. Entonces, “transmitir” es “apropiarse”, lo que es una cuestión tanto política como lingüística. Ejemplo doble: la palabra fantasme fue elegida por los traductores de Freud mucho antes de que Lacan (en los años treinta y cuarenta) la utilizara para poner en francés la palabra alemana Phantasie, por una razón muy simple: a diferencia del alemán, el francés fantaisie siempre tiene un sentido de algo ligero, divertido.[3] De tal modo que, al escribir la fantaisie du meurtre du père se producía una inmediata impresión de error, ya que no se entendía, mientras que en alemán era claro y simple (lingüísticamente). Entonces, los traductores fueron a buscar la palabra phantasme, que al inicio quería decir: lésion du sens de la vue ou quelque fois des facultés mentales, dans laquelle les malades croient voir des objets qu’ils n’ont pas réellement devant les yeux (Littré). No sé bien cómo el “ph” inicial se transformó en “f” (no es nada común en francés, al contrario de la bienvenida ortografía del castellano), y hubo debates para diferenciar phantasme y fantasme en el medio analítico parisino. Sin interés alguno. Lacan, sin inventar terminológicamente esta vez, empleó de entrada y todo el tiempo la palabra fantasme, pero con su escritura $&a le dio un nuevo y fuerte sentido, de modo tal que al mismo tiempo corresponde con el Phantasie de Freud, y no. Entonces, los traductores de Lacan al castellano tienen que hacer una elección política: ya sea que se inclinen por Freud y traduzcan “fantasía”, produciendo un pedazo de freudo-lacanismo; ya sea que se inclinen por “fantasma” y se declaren puros lacanianos, al riesgo de desafiar su lengua materna, que reserva dicha palabra para señalar un espectro o un fanfarrón. Lo “intraducible” pasa al precio de una apropiación impuesta por la lengua, pero una apropiación que también permite “instalar” el texto en su nueva ubicación lingüística, cultural y política (en relación con el medio profesional).

    Contestar a propósito del matema es otro poblema porque la ambición de Lacan de producir fórmulas casi afuera del sentido, requiere un estudio largo y minucioso que no puedo iniciar aquí. Lo que se puede decir es que lo que produjo Lacan bajo este nombre no corresponde a la meta que él se había fijado. Hace pensar en su frase famosa: “El psicoanálisis es un delirio del cual se espera una ciencia”. Se puede saber en el acto que esta esperanza quedará como una esperanza, lo que no es nada, pero tampoco

    [1] Comprendre, c’est traduire.

    [2] Non, comprendre c’est comprendre, ou croire qu’on comprend. Traduire suppose comprendre, mais c’est tout autre chose.

    [3] Aquí hay algo divertido. No pudieron emplear la palabra fantaisie porque en esa época faltaba en francés el verbo fantasmer, mientras que en alemán ya estaba el verbo phantasieren. La presencia de tal verbo permitía neutralizar el sentido del sustantivo y atarlo a la mera actividad del phantasieren. Lo divertido es que el empleo de la palabra fantasme ganó la partida en francés mucho más allá de los círculos analíticos, de tal modo que el verbo fantasmer hizo su aparición en los años ´60-´70, y ahora es muy común, especialmente para los jóvenes: Cette fille me fait vachement fantasmer, ya no presenta ninguna dificultad o preciosidad hoy. Plasticidad de las lenguas.

  • La responsabilidad Sartreana y la responsabilidad Analítica

    “¿Cómo analizar a un niño cuando es objeto de abuso por parte de un adulto?”, se pregunta Alba Flesler. Dos extremos implican riesgos de similar envergadura: por un lado, que el analista suponga que la abstinencia es lo mismo que la inoperancia o el desentendimiento y no advierta que a veces es preciso intervenir en lo real. Por otro, “que releve al abusador de su responsabilidad, haciendo recaer sobre el niño y su fantasma el peso de los hechos y duplicando, lamentablemente, la arrasadora porción de goce padecida por el sujeto cuando según su tiempo de constitución tal vez no cuenta con recursos para responder al goce”.

    Las buenas intenciones no bastan en psicoanálisis. Alba Flesler apunta, en su texto, hacia un aspecto esencial de la técnica analítica: el manejo del tiempo en el análisis. No faltan ocasiones en las que algunos analistas, queriendo sacar al sujeto de la posición de víctima respecto del Otro real que lo abusa, recaen en culpabilizar al sujeto víctima del maltrato.

    Es preciso destacar que fue el propio Freud quien señaló, en Pegan a un niño, la enorme diferencia entre lo que resulta ser una construcción fantasmática, allí donde el sujeto goza autoeróticamente al mirar una escena de castigo, y lo que siente un niño al observar una escena de maltrato real, allí donde Freud descubre que el niño se angustia y siente desagrado. Ninguna excitación. “Puesto que la representación-fantasía «un niño es azotado» era investida regularmente con elevado placer y desembocaba en un acto de satisfacción autoerótica placentera, cabía esperar que también contemplar cómo otro niño era azotado en la escuela hubiera sido una fuente de parecido goce. No obstante, no sucedía así. Co-vivenciar escenas reales de paliza en la escuela provocaba en el niño espectador una peculiar emoción, probablemente una mezcla de sentimientos en los que la repulsa tenía una participación considerable. En algunos casos el vivenciar objetivo de escenas de paliza se sentía como insoportable”.[1]

    Revelar que el sujeto goza del maltrato que a su vez padece no sirve para que avance en la construcción de la pantalla del fantasma. Tampoco creemos que sea útil enfrentar al sujeto para que se haga responsable de un goce que proviene de la violencia del Otro real, cuando el sujeto –particularmente en sus tiempos de constitución– aún no cuenta con el fantasma que le sirve de protección y orientación al deseo.

    La propuesta de Lacan, en el sentido de responsabilizar al sujeto de su decir, no es una propuesta sartreana. Si bien Lacan utiliza términos que son a su vez utilizados por Jean-Paul Sartre, tales como “responsabilidad”, “angustia”, “libertad” y particularmente, “alienación”, los sentidos en los que los utiliza no solo distan de los existencialistas sino que además, en algún sentido, lo interpretan.

    El hecho de que el hombre, para Sartre, sea su propia libertad lo lleva a enfrentar el problema de la responsabilidad. Dice Sartre: “[…] desde el instante en que surjo como ser, llevo sobre mis hombros el peso entero del mundo, sin que nada ni nadie pueda aliviarlo”. “Todo lo que ocurre al hombre es por su propia causa y solo a él puede atribuírsele. Nadie puede culpar a otro de nada”. Como ejemplo, Sartre presenta el caso de la guerra: en ella no hay víctimas inocentes, sino que “cada cual tiene la guerra que se merece”. Siempre se puede escoger entre pelear o desertar, y si escojo lo primero, la guerra pasa a ser “mi guerra” y debo asumir sobre ella toda la responsabilidad.

    En El aplazamiento, un personaje, Boris, dice: “Al fin y al cabo, uno nace para la guerra o para la paz como se nace obrero o burgués, no hay nada que hacer, no todo el mundo tiene la suerte de ser suizo. Para mí esta es mi guerra […]”.

    La noción de responsabilidad de Sartre podrá ser válida desde el punto de vista de su filosofía, pero en mi opinión, no es aplicable al psicoanálisis, ya que encierra formulaciones dilemáticas, elecciones que parecen sin salida y en donde el sujeto queda presa de un vel excluyente. Vale decir, en el psicoanálisis hay muchos momentos en que tenemos la suerte de ser suizos, otros en que queremos la guerra y la paz simultáneamente, incluso podemos ser obreros y burgueses de modo alternado.

    El analista invita al sujeto a hacerse responsable de su decir sin culpabilizarlo, ni apropiarse de su acto. Para Sartre, la realidad humana es libertad, y por ello es angustia: somos angustia, y la angustia es el verdadero dato inmediato de nuestra libertad. La enajenación nos extravía de nosotros mismos. Para Lacan, en cambio, la angustia es angustia ante el deseo del Otro y angustia de castración; la libertad es un fantasma del hombre moderno; la alienación es el único modo de constitución del sujeto. La responsabilidad, una apuesta que ha de formularse a su debido tiempo. He aquí, justamente, aquello de lo que habla Alba Flesler.


     

    [1] Sigmund Freud: “Pegan a un niño”, en Obras completas, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1979, vol. XVII, pág. 178.

  • Los momentos cruciales para el porvenir del psicoanálisis

    Algunas preguntas formuladas a Erik Porge[1]
    Entrevistado por Alejandra Ruíz

     

    Alejandra Ruíz: ¿Cómo han definido, en el Manifiesto por el psicoanálisis, los momentos cruciales para el porvenir del psicoanálisis?

    Erik Porge: Primero nos reunimos para redactar un manifiesto que se alzara contra el proyecto de ley que apuntaba a crear un título de psicoterapeuta, y hemos lanzado el petitorio en febrero de 2004. La ley finalmente fue votada en agosto de 2004. Por primera vez en Francia, el psicoanálisis quedaba así asociado a una ley de Salud Pública, puesto que esta estipula que los psicoanalistas regularmente inscriptos en sus asociaciones pueden ser dispensados de unos pasos necesarios para la obtención del título de psicoterapeuta. Dicho de otro modo, las asociaciones de psicoanálisis, cuyo objeto es en principio la formación de analistas, pueden verse atribuir la responsabilidad de ocuparse de la formación de los psicoterapeutas. El peligro para el psicoanálisis es, pues, el de quedar reducido in fine a una suerte de psicoterapia entre otras, por la confusión inducida en el nivel de la formación. Esta ley es un caballo de Troya para el psicoanálisis y representa un momento (en el sentido de Pocock) para el psicoanálisis, o sea, un momento en el que se puede decir que está amenazado de desaparición, si no advertimos que es real la realidad de este peligro.

    Al tomar conciencia de este momento se nos hizo patente que el psicoanálisis había tenido otros momentos así en su historia: en 1926 con el caso Reik y la publicación de “La cuestión del Análisis profano”, de Freud; luego, en 1956 con el “retorno a Freud” de Lacan, su denuncia de la organización jerárquica de la IPA y las derivas psicologizantes del psicoanálisis oficial en Situación del psicoanálisis y formación del psicoanalista en 1956. Es en el après-coup del momento actual que aquellos que lo preceden se dejan poner en perspectiva. Quizás ahora podamos aislar otros momentos más. Pero aquellos que hemos aislado presentan en común el haberse referido a obstáculos específicos para un preciso anudamiento entre lo que Lacan ha llamado el psicoanálisis en intensión (la cura didáctica) y el psicoanálisis en extensión (lo que presentifica el psicoanálisis en el mundo). Preciso anudamiento que él ha intentado al fundar la EFP en 1964 y que nuevamente quiso producir disolviendo su escuela en 1980. El capítulo II del Manifiesto aborda esta cuestión que continúa siendo problemática aún hoy y que por lo tanto pesa en el tercer momento.

    Los momentos puestos en perspectiva son aquellos en los cuales se puso obstáculo para que la cuestión misma del nudo pueda plantearse, por el hecho de que se formula una respuesta a priori: en 1926, medicalizando al psicoanálisis; en 1956, psicologizándolo. En la actualidad, tercer momento, se trata de una conjunción de medicalización y de psicologización, a las cuales se suma una tendencia a la judicialización en el psicoanálisis.

    AR: ¿Cuál es la importancia de la escritura de “La cuestión del análisis profano”, en 1926, por Freud? ¿A qué responde con su argumentación? 

    EP: Freud escribe este texto en la urgencia, luego de una denuncia realizada en la primavera de 1926 contra Theodor Reik, miembro de la Sociedad Psicoanalítica de Viena, por ejercicio ilegal de la medicina. La denuncia no prosperará, pero fue la ocasión para Freud de “volver a poner los relojes en hora”, defendiendo el ejercicio del psicoanálisis por parte de los no-médicos. Es lo que llamó “psicoanálisis profano” o “laico”, el Laienanalyse, es decir, el análisis ejercido por un no-médico. Freud le da a su texto la forma de un diálogo entre él y alguien al que llama un “observador imparcial”, cuyas preguntas son puestas entre comillas. En su argumentación, Freud recorre el campo de lo que constituye la especificidad del psicoanálisis adoptando un lenguaje accesible al gran público.

    Freud no tiene pelos en la lengua ni vacila al afirmar que “son los médicos los que prestan al análisis su mayor contingente de charlatanes”. Se trata para él de impedir que la terapéutica, monopolio de los médicos, vaya a “matar la ciencia”. Pues para Freud la verdadera “línea de demarcación se sitúa entre el psicoanálisis científico y sus aplicaciones en el dominio médico y no médico”.

    El texto de Freud es muy importante por el hecho de las posiciones muy claras que adopta y por las razones que ofrece acerca de una especificidad del psicoanálisis respecto de otros métodos de cuidado y del deseo de curar que anima la medicina. Por otro lado, como lo ha demostrado una vasta encuesta aparecida en 1927 en los órganos oficiales de la Asociación Psicoanalítica Internacional, Freud estaba aislado (con Ferenczi) en su combate por el psicoanálisis laico. Esto no vuelve sino más actual su texto.

    AR: ¿En qué considera usted que la legislación actual en Francia compromete el porvenir del psicoanálisis, tal como Freud y luego Lacan han podido establecer sus coordenadas? 

    EP: Lo compromete en la medida en que es un factor agravante por parte de los psicoanalistas mismos. A saber de un discurso que conserva la confusión entre psicoterapia y psicoanálisis, un discurso en el cual desde el punto de vista terapéutico se “mata la ciencia”, para retomar la palabra de Freud, un discurso que conserva la ilusión de un ser del analista. De hecho, el período preparatorio de la ley sobre el estatus del psicoterapeuta ha mostrado que numerosos analistas, autoproclamados representantes de una “mayoría”, han estado en la delantera de esa ley, colaborando activamente en su preparación y en su implementación. Todo esto en nombre de una esperanza de “proteger” a los psicoanalistas. El proyecto de ley ha favorecido un movimiento corporativista de los analistas, contrario, me parece, a los principios del acto que determina su función.

    Desde el siglo XVIII, en Francia, la medicina ha sido colonizada por el Estado y los gobiernos a fin de que cumpla algunas misiones (higiene, prevención…) que exceden el interés del paciente, que tiene una demanda de atención singular. En la actualidad, la tutela del Estado sobre la psiquiatría se ha acentuado aún más y modifica la lengua para suscitar nuevos modos de pensar, tal como sucede con el reemplazo de la palabra “psiquiatría” por la de “salud mental” en los documentos oficiales. El título de psicoterapeuta prolonga esta tentativa de modelar los espíritus. Los psicoanalistas deben tener cuidado con el vocabulario que emplean a fin de no vehiculizar ideologías venidas de otra parte.

    AR: ¿Por qué y en qué casos podemos afirmar que la amenaza de desnaturalización del psicoanálisis podría ser peor que la amenaza de desaparición o de interdicción?

    EP: La desnaturalización equivale a una desaparición, pero que no dejaría traza, de la que no nos daríamos cuenta. La prohibición aún dejaría al psicoanálisis la chance de encontrar formas de resistencia.

    AR: ¿Qué consideraciones podría hacer a propósito del concepto de extraterritorialidad en psicoanálisis?

    EP: Conozco dos ocurrencias acerca de este término en Lacan: la primera en Situación del psicoanálisis y formación del psicoanalista en 1956 (el segundo momento del que hemos hablado), donde él destaca “la extraterritorialidad singular” de la diáspora alemana de la IPA hacia USA, de donde salió la teoría del yo autónomo, llegando incluso hasta proponer un territorio, el de Ellis Island en Nueva York, del que sabemos que fue el lugar de paso de millones de emigrantes. La otra ocurrencia se encuentra en la Proposición del 9 de octubre de 1967…, texto que invita precisamente a una relectura de Situación…, en un pasaje sobre el anudamiento del psicoanálisis en intensión con el psicoanálisis en extensión. Él habla allí de “nuestras relaciones con el exterior o más exactamente con nuestra extraterritorialidad”. Yo no sé exactamente de dónde extrae Lacan el término “extraterritorialidad”, y sería interesante saberlo, pero a través de estas dos citas se ve que el uso del término no puede ser tan simple como creemos y que en todo caso se refiere a una topología de relaciones entre el interior y el exterior, del psicoanálisis en intensión y en extensión. Denunciar o, a la inversa, reivindicar una extraterritorialidad no asegura una “intraterritorialidad”.

    Recordemos por lo demás que Freud ha escrito El malestar en la cultura y que Lacan, al fundar la EFP en 1964, la concebía como una base operatoria contra el malestar en la civilización. Hoy en día, las bases operatorias contra este malestar están dispersas y el malestar las invade.

    AR: Si admitimos que el capitalismo insiste sobre la represión (refoulement) de la castración, ¿cuáles serían las consecuencias para el sujeto?

    EP: Lacan va más lejos, dice, en su seminario El saber del psicoanalista, que el capitalismo entraña una Verwerfung, un rechazo de la castración. ¿Las consecuencias? Esto deja de lado las cosas del amor, lo cual no es poca cosa.

    Dicho esto, no hay que concluir que toda persona que vive en un régimen capitalista está condenada a rechazar la castración. Incluso en este régimen podemos cambiar de discurso y es justamente en ese cambio de discurso donde surge el discurso analítico.

    AR: ¿Qué responsabilidad corresponde a los analistas en relación con el lazo social y la existencia del sujeto, tal como lo afirma Lacan en la Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela?

    EP: Hay numerosos malentendidos acerca del término “sujeto”. Lacan introduce ese término (homofónico con el Es freudiano) en psicoanálisis para retomar lo que Freud llamó la hipótesis del inconsciente. En su definición canónica, el sujeto está representado por un significante para otro significante, está siempre “entre”, desaparece más de lo que aparece, se instituye en su destitución. El sujeto no es ni el moi, ni el je, ni el individuo. No pudiendo nombrarse, encuentra en el fantasma el soporte de un objeto a (su ser). Hoy en día, junto a empleos muy rigurosos de este término (pero que no se prestan siempre a esa consecuencia), uno observa entre los lacanianos la entrada en escena de un movimiento que podemos calificar de culturalista, que hace depender al sujeto de determinaciones culturales y económicas y anuncia la constitución de “nuevos sujetos”, que traen una “nueva clínica”. ¿Es la tarea del psicoanalista la de fijar una nueva psicopatología? Es ubicarse en una posición psiquiátrica. Como lo dice Lacan, el neurótico, el perverso, el psicótico son normales en la estructura. En el análisis, por el hecho de la transferencia, relacionada con el sujeto supuesto saber, el analista representa una mitad del síntoma. Si debe haber una nueva clínica, es la que resulta de una mutación del deseo del analista como efecto del acto analítico.

    La referencia a la Proposición del 9 de octubre… reposa precisamente sobre una posición del sujeto que procede de su definición canónica y es a partir de esta que podemos cernir una posición del sujeto supuesto saber que marca el pasaje del analizante al analista. De ahí la afirmación de Lacan según la cual el analista no funda su autoridad sino en él mismo (de lui même). Ese “él mismo” no es el moi. Remite a la máxima freudiana: Wo Es war, soll Ich werden, « là où c’était, je dois advenir », “allí donde ello estaba, el je –sujeto del inconsciente– debe advenir”. En 1973, Lacan agregará que el analista no se autoriza sino de sí mismo y de algunos otros, recordando que si el analista está solo en su acto no es el único. Desde El tiempo lógico…, donde escribe “lo colectivo no es nada sino el sujeto de lo individual”, Lacan, por lo demás, se siguió preocupando por definir las coordenadas de una lógica colectiva. Es en los pequeños grupos donde esta se ejerce mejor, incluso por un cambio de discurso.

    AR: ¿Qué posición habría que adoptar hoy, según la ética del psicoanálisis, frente a los nuevos problemas que las leyes de la ciudad nos plantean, particularmente cuando pretenden sancionar en nuestro campo?

    EP: ¿De qué leyes se trata? No comprendo bien la pregunta. El analista no puede ignorar las leyes, incluso para querer cambiarlas, pero en Francia no hay legislación del psicoanálisis.

    AR: ¿Cuáles son los desafíos que nos plantea la formación de los psicoanalistas, teniendo en cuenta su especificidad?

    EP: La especificidad del psicoanálisis pone precisamente en cuestión el término “formación del analista”. Es un término de uso habitual y Lacan mismo lo emplea, hasta el día en que, en 1973, dice que él nunca ha hablado de formación del analista sino de “formaciones del inconsciente”. Es que efectivamente él intentó establecer una formación del analista que no reprodujera el modelo jerarquizado de la IPA, con la concesión del exterior de una autorización según criterios así llamados “objetivos”, sino una formación que sea afín al análisis mismo y que deje existir al sujeto. Hablar de formación del analista es implícitamente referirse a un modelo de formación profesional. Esto está basado en la acumulación de un saber y en la idea de una continuidad entre la formación y el ejercicio de la profesión, entre el saber y la práctica, que es la aplicación del saber incrementado por un cierto saber hacer propio de cada uno. La “formación” del analista no responde a este modelo, pues hay un salto, un hiato entre el pasaje del analizante al analista, incluida la siguiente cuestión: por qué ocupar el lugar del sujeto supuesto saber cuando ya estamos advertidos de su ilusión. Este salto es lo que Lacan ha llamado el acto analítico, paradigma de los actos que pueden seguirse en la interpretación analítica y que recubren también lo que Freud ha aislado primero bajo el nombre, en francés, de acto fallido. El acto fallido es precisamente una formación del inconsciente. Por eso Lacan reconduce la formación del analista hacia las formaciones del inconsciente.

    Es esencial mantener abiertas estas preguntas acerca de la formación. Ellas mismas son parte de la formación del analista. El pase, para las asociaciones, es un medio de impedir que los interrogantes sobre la formación de los analistas se cierren y que el análisis no conserve sino la referencia a su dimensión terapéutica, que es real, y devenga una psicoterapia.

    AR: ¿Se trata de una nueva versión de la alternativa planteada por Antígona, en tanto ella opone lo legal a lo legítimo?

    EP: Antígona no es solo una rebelde a la autoridad de Creonte, ella es la que, sola, avanza en lo que Lacan ha llamado, a partir de Sade, el espacio entre dos muertes, es decir, ese tiempo y ese espacio topológico entre la vida que se acaba y la aspiración a aniquilarse “para inscribirse en los términos del ser”. Sócrates, que no se rebelaba contra las leyes, también había avanzado en él, es el espacio del deseo.

     


    [1] Traducción realizada por Alejandra Ruíz.

  • Algunos comentarios sobre la esencia y el semblante

    Por Alejandra Ruiz

    Recuperando el valor de algunos planteos nodales hechos por Freud, Anabel Salafia inicia su argumentación mencionando que, una vez atravesada la metamorfosis de la pubertad, el sujeto habrá de decirse de uno o de otro sexo. La función de la mascarada, aludida por Lacan en La significación del falo, sitúa la cuestión en el “juego” de los sexos, cuestión que conlleva la creación de un semblante masculino o femenino. La díada establecida por Lacan, también citada por Serge Vallon, en el eje parada-mascarada (que revela con más propiedad la actividad que subyace a la aparente pasividad y viceversa), desalienta la posibilidad de atribuir una esencia sexual tanto masculina como femenina, tampoco bisexual ni homosexual.

    Los diferentes planteos realizados por los homosexuales y por los transexuales revelan, en la puntuación de Anabel Salafia, la lógica de su diferencia. Allí donde la homosexualidad afirma la elección de objeto para definir la identidad sexual la cuestión se complica tanto como cuando se intenta asir una homocidad por fuera de las categorías de lo masculino o de lo femenino. Por eso, siguiendo la lectura que Salafia hace de Bersani, podría formular la siguiente pregunta, ¿habría posibilidades de nombrar una condición gay que, intentando romper con la sociedad homofóbica y sus valores culturales, no fuera a su vez asimilada por esos mismos valores a los que se quiere subvertir? ¿Habría posibilidades, como lo intenta Wittig, de dar existencia a la lesbiana borrando toda referencia a la mujer? Estos ejemplos citados por Anabel Salafia, sumados al curioso testimonio de aquella persona que siendo trans-homosexual se ve excluida de los dos grupos, muestran el interés de algunas de las paradojas a las que se ve enfrentado el sujeto al intentar posicionarse ante su deseo o escribir lo real de su goce. Algunas propuestas de los teóricos contraculturales, en sus aportes discursivos (particularmente en lo que se refiere a la posibilidad de ubicar hasta qué punto lo simbólico no alcanza a cubrir lo real), encuentran sin embargo en la lógica de su discurso una vía cuyas dificultades, de recorrer ciertas articulaciones lacanianas, podrían no tanto ser zanjadas como ubicadas lógicamente en otra complejidad.

    Leyendo a Salafia recordé la posición de Joan Copjec, una ensayista e investigadora que, interviniendo en los estudios de género con sus aportes críticos, sostiene una interesante discusión con Judith Buttler. “Al desustancializar el sexo, Lacan nos ha permitido percibir el fraude que encierra toda proclamación de una identidad sexual positiva. Y lo ha hecho tanto para los hombres como para las mujeres”.[1] Buttler, utilizando los aportes de Jacques Lacan, discute con precisión algunos de los planteos más dogmáticos de los estudios de género, pero su lectura, hay que decirlo, difiere radicalmente de lo que Anabel Salafia formula ya que si bien ambas destacan la dimensión de la parada y la mascarada como semblantes, la psicoanalista valora el semblante como construcción allí donde Joan Copjec lo denuncia como fraude: “Todas las pretensiones de masculinidad son, por lo tanto, mera impostura; así como toda ostentación de feminidad es mera mascarada”.[2]

     

    [1] Joan Copjec: El sexo y la eutanasia de la razón: ensayos sobre el amor y la diferencia, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2006, pág. 61.

    [2] Ibíd.