Categoría: Roberto Harari

  • Freud y Lacan en castellano

    Seminario XX de Lacan en castellano

    “El primer paso de la ignorancia es presumir saber”. Gracián, El Criticón.

    “El error es un arma que acaba siempre por dispararse contra el que la emplea” Arenal, Memoria sobre la igualdad

    “La traición no triunfará jamás. ¿Por qué razón? Porque si triunfa, nadie se atreve ya a llamarla traición. J. Harrington. Of Teason

    1. Propósito

     

    Pretensión: salvemos, por esta vez, el recurso timorato que absuelve a cualquier traductor dando por inexorable a la inmanente traición. No, porque hay traiciones y traiciones. Algunas de ellas, claro está, exceden el espectro medio de lo “opinable” –en cuanto a la diversidad de posibles alternativas homogéneamente valederas– para inscribirse en el error y la equivocación. Si aquel es tributario del saber referencial –y de la ética que debiera presidir cada una de sus autorizaciones–, la segunda apunta al saber textual, conjeturable –a partir de sus formaciones– si se escrutan los designios explícitos, o no, del sujeto de la enunciación concernido.

    Pues bien, la alarmante profusión de errores y equivocaciones cometidos por los responsables de la versión castellana del Seminario XX de Lacan (Paidós, Barcelona, 1981),* nos ha movido a procurar su desglose, en el intento de contribuir a una difusión de la obra del maestro francés tal que respete legítimamente, en nuestro idioma, los términos de su rigurosa concepción. Ya que –como alguna vez aseveró Freud– uno comienza cediendo en las palabras, y nunca sabe dónde puede terminar.

    Por otra parte, a pesar de la abundancia de dichos yerros, el espacio con que contamos en esta Sección de REdTORICA nos convida con licitud a limitar nuestro corpus a los dos capítulos iniciales del Seminario; empero, asumimos el compromiso de proseguir, en otros números, la tarea así iniciada. Dicha prosecución involucrará también un retorno, en la medida en que de los capítulos referidos señalaremos, aquí, tan solo algunas de las muchas objeciones que suscitan.

    Esta labor, por último, no hace sino aunarse con otra de no menor alcance: se trata de consignar los resultados de cotejo confrontativo entre el registro de la desgrabación del Seminario de marras, y el respectivo establecimiento publicado, a partir de aquella, por Seuil, en París, 1975. Adelantemos, en tal tesitura, que los grosores comparativos de ambos textos ya preanuncian lo que luego se forja como juicio fundado en el lento procesamiento reflexivo de la lectura del original: la “poda” consumada en este no fue una limpieza en pos de facilitar, de agilizar o, inclusive, de mejor organizar la lectura, sino que ella implica, directamente, una mutilación conceptual, a más de estilística.

     

    1. Los yerros puntuados
    2. Aun

    Tal palabra, es claro, alude al título adjudicado a la edición castellana (C, en lo sucesivo, y F, para la francesa). Ahora bien, el “aun” no acentuado significa tendencialmente “hasta, también, inclusive”; en cambio se “escribe con acento cuando puede sustituirse por todavía sin alterar el sentido de la frase”. Por otra parte, también se le asigna el sentido de “no obstante, sin embargo” (1). Pues bien, se desprende del desarrollo expositivo del Seminario que Lacan apunta a lo correctamente trasladado al portugués por el correspondiente traductor: “Más, todavía”, Mais, ainda (2), denotando, con la juntura descomponible y de elección eventualmente alternativa entre sus términos, una perdurabilidad –rayana con el desafío– situable en los mismísimos lindes de una exclamación interrogativa que el sedativo “aun” se encarga, por su cuenta, de sofocar. Y esto tanto en lo concesivo, cuanto en lo encarecedor… aun. Pero –es obvio por lo anunciado– hay más todavía… según lo sustrata el goce suplementario incluido raigalmente en el decurso del propio Seminario.

    1. “Fuera de lugar”

    Se sienta esta locución (C, 10) por “deplacé”, “desplazado” (F, 10). Resulta que Lacan utiliza, en ocasiones, el “hors”, “fuera”; por ejemplo, “horsexe” (F, 78/9; C, 103). No es así en este caso, donde contextualmente él asume su lugar de destinación significante en virtud de hallarse conducido por la operación que desde Freud conocemos como desplazamiento (“déplacement”, en francés). Por ende, la sinonimia lexical pierde el rigor del concepto, pues escamotea el uso –“deliberado” o no, poco importa– que de él hace el autor.

    1. otro

    En C, 12 se lee al pequeño otro cuando en F, 11 dice “Autre”, en el último renglón del apartado 1. Esto, estimamos, no requiere mayores comentarios.

    1. signo de amor

    La expresión mentada perdió, en C, 12 dos artículos determinados, definidos, que se encuentran en F, 11; “le signe de l’amour”. Dicha maniobra se reitera en lo sucesivo de la versión; de aquella cabe aseverar, entonces que el retiro del definido disuelve el peso de la afirmación, ya que no se trata –en el crucial aforismo destacado– de ese signo incurso en un conjunto coleccionable, sino de su acotamiento aislado y privilegiado: el signo. Tampoco el amor es una entidad vagarosa: es el amor que cada quien acontece.

    1. señas, señales

    Luego de haber vertido “signe” por “signo”, según acabamos de con-signar, brota una intempestiva sinonimia: C, 12 y 13 escriben lo indicado en el nombre de este apartado, cuando F, 11 insiste en el mismo concepto. Y decimos concepto, que el Seminario abunda en la consideración del signo, por ejemplo en C, 169/71 (F, 128/30). Además, aunque rebalse nuestro corpus, no podemos dejar de resaltar la recurrencia de esta empresa en las páginas anotadas en último término, donde por ejemplo “donner un signe, un signe de sa présence de unité” se transformó en [aprender] “a hacer una seña, a dar un signo…”. ¿Es que acaso Lacan es un nuevo semiólogo general, o un epistemólogo genético que clasifica seña, señal, signo, significante? El signo es lo que representa algo para alguien: entonces, ¿de dónde surge su homologación con seña o señal?

    1. el inconsciente

    En este respecto, C, 12 reincide en una denominación sustancialista, enteléquica de “l’inconscient” (F, 11) –harto difundida en nuestro medio–, la que es cabalmente sorteada por el freudiano “lo inconsciente” (3). ¿Por qué? Porque no concibe una geología de pedazos de la cabeza, sino que hace suyo el sesgo de un discurso –ni profundo ni superficial– asido en el tren de la arista de un constante devenir, y cuya única patencia (le) adviene en función de sus formaciones. “El” inconsciente, al sustantivizar, relanza imperceptiblemente una postulación en términos de una consciencia duplicada, pues reintroduce el homunculillo avieso de la yocrática causa final, teleológica y presuntamente placentera. Así, la dimensión de “lo” autoriza, facilita, una adjetivación que participa de una episteme homóloga con la de los registros lacanianos: “lo” Real, por ejemplo. Abona, por último, la jerarquía del efecto remontado y del azar, en tanto conceptos insoslayables del psicoanálisis.

    1. Lo pide sin cesar

    Tal frase da cuenta, en C, 12 de lo que en F, 11 reza: “Il ne cesse pas de le demander”. Como cabe advertir, este sintagma comprende dos operadores conceptuales –abrogados en C– no precisamente secundarios: “no cesa”, y “demanda”. El primero se halla tematizado con largueza en diversos tramos del Seminario, por ejemplo en C, 74 [F, 55] y C, 174/5 [F, 131/2]); según es de conocimiento, esa herramienta –en conjunción/ disyunción con el “escribirse”–, le permite a Lacan dar cuenta de cuatro de las categorías modales. Pues bien, una de ellas se encuentra casi adosada al “ne cesse pas” de C, 12 en dos oportunidades: lo necesario. ¿Y qué es lo necesario? Lo que no cesa de escribirse (C y F, ídem). Se capta: la estructura composicional de la precisión acerca de lo necesario es la misma que la de la frase considerada, salvedad sea hecha de que en esta última los términos “sólo” están dispuestos de modo de incitar sugerentemente al trabajo fundamentado de lectura, tomando benéfica distancia, entonces, de la mera transcripción léxica.

    Demanda, “D”: ¿alguien puede reemplazarla, en la concepción lacaniana, por el pedir contenidista, por el pedido explícito y puntual? Seamos justos: en otras ocurrencias, C decide escribir “demanda”, concluyéndose de dicho proceder que ambos términos intercambiados tienen zonas de máximo recubrimiento. Por eso –nos rebalsamos de nuevo– en C, 152 (F, 114) la frase–fórmula que introduce nada menos que al nudo borromeo, la frase de demanda aforísticamente iniciada por el “te demando… rehusar (Je te demande… de refuser)” es evocada como “te pido… rechazar”.

    1. extrañas

    Sin duda “bizarro/a” es un galicismo. Mas a los fines de procurar la constitución de una nomenclatura pertinente para nuestra práctica psicoanalítica, no deberíamos vacilar ante la objeción –siempre epocal, siempre con el conocido lag respecto de la interlocución cotidiana– de los académicos de la lengua, sino que, antes bien, cabría incentivar nuestro propio derrotero. Por otro lado, “bizarro/a” se ha tornado un vocablo ciertamente difundido y aceptado en el mundo “psi” hispanoparlante. Pese a ello, su aparición en F, 11 se metamorfosea –en C, 12– en “extrañas” (son las “señales”, ya aludidas). ¿Tan sólo cautela preservadora del idioma? El problema es que Lacan aísla y categoriza casi de inmediato lo “extraño (étrange)”, derivándolo hacia el “être-ange”, “ser-ángel” (C, 16; F, 14). Léase a esta luz la referencia previa sobre el “amuro”, y se comprobará la errónea inconsecuencia de C atinente a lo “extraño”.

    1. acarrea

    C, 13 sitúa esta palabra por “porte” (F, 11). De acuerdo: Lacan juega a menudo con la polisemia. Pero en incontables momentos de su enseñanza puntúa un concepto con el fin de alcanzar la mayor univocidad posible en medio de la acción significante. Esta es una de esas ocasiones; en efecto, si se le hace decir que el germen “acarrea” –también “ocasiona”– la muerte, se difumina el sentido fuerte del Träger (“portador”) que le adjudica esa frase, en consonancia con lo demostrado por la biología moderna. Porque la muerte no es engendrada por el germen, sino por la repetición del cuerpo en la descendencia, merced al “invento” de la sexualidad que hace a un lado la escisiparidad (4 y 5).

    1. relación proporción sexual”

    Al constar en F, 13 “relation rapport sexuel”, C opta por lo mencionado en este subtítulo (C, 14). Podría suponerse, con cierto margen de seguridad, que el objetivo procurado por medio de esa decisión fuese el de elidir aquí la redundancia; sin embargo, tal alternativa es de antigua data en este grupo de traductores, el cual suscribe, en dicha perspectiva, una explícita recomendación que ya les formulara anteriormente J.-A. Miller (6). El asunto es que este último teme –dice– que se confunda “relación” con “relaciones” sexuales, creyendo esquivar el hipotético obstáculo a través del uso de “proporción”. Empero, nos parece que este recurso aritmético lo que logra es apartar la –ahora sí– imprescindible polivocidad a sustentar partiendo del término francés, el que significa también “informe”, “relato”, “información”, “narración”. Y si estamos contestes en que no hay relación sexual por efecto de su inencontrabilidad en “lo enunciable” –según sostiene el Seminario una línea antes–, no trepidaremos en suscribir la primacía significante –sorteada sistemáticamente en sus presentaciones por quien propuso “proporción”– que porta el no negociable concepto de “relación” (sexual).

    1. caracteres secundarios

    Entre estas dos palabras (C, 15), el texto galo intercala “sexuels” (F. 13). Vaya omisión en un párrafo que agrega lo siguiente en su frase inmediata: “Nada distingue (rien ne distingue) a la mujer como ser sexuado, sino justamente el sexo”. Además, como lo destacan las palabras por nosotros puntuadas, Lacan se vale allí del ne expletivo, lugar entre otros, como se sabe, de posicionamiento del sujeto de la enunciación (7). ¿No sería conducente resaltarlo? ¿O pretenderemos que es una insípida “façon de parler”?

    1. “necio, necedad”

    A partir de sus inserciones iniciales, tanto “bête” (F, 14; C, 16) como su adjetivo sustantivado “bêtise” (F, 16; C, 20), se vierten según se acaba de justipreciar. La cuestión es que los nombrados vocablos castellanos derivan directamente de “scientia”, “conocimiento”, proveniente a su vez de “sciens/tis”, “el que sabe”. Pero hete aquí que Lacan intenta burilar una noción que, sin duda, se escinde de la notación del saber sabido, hurgando, en cambio, en un saber sin sujeto por medio de la “bêtise” en tanto “tontería”. ¿Por qué esta elección? Porque “tonto” es “voz de creación expresiva, cuyos equivalentes se encuentran en muchos idiomas”. A esto, agregan Corominas y Pascual que términos como “chocho, bobo, lelo, soso, fofo, memo, y en particular su hermano y sinónimo zonzo… se caracterizan por la repetición de una misma consonante, a menudo con vocal o, y a veces con adición de una n, y es esta misma repetición la que basta para sugerir directamente la idea” (8). Antes que aceptar la implícita invitación etimológica de C en pro de la credulidad en el moderno catecismo de la ciencia, nos sumamos a la fecunda línea “tonteril” trazada, en este respecto, entre Flaubert (9), Lacan y Glucksmann (10).

    1. palabra

    La traducción (C, 18; F; 15) renueva un malentendido lexicológico habitual atinente a la obra de Lacan: se trata de volcar tanto “parole” como “mot” (C, 28; F; 22) por “palabra”. Justamente en la página recién citada se estipula la diferencia: la “palabra” (mot) hace colección en el diccionario, en tanto lo que a nos, analistas, incumbe, es la función del “habla”. Sí: “Función y campo del habla y del lenguaje en psicoanálisis”, ya que este hace a la dimensión interlocutiva de la parole, en la cual hasta la frase puede llegar a configurar una unidad significante.

    1. lingüisteria

    Otra aprehensión –también usual– a mitad de camino, ya que el libro reza “linguisterie” (F; 20; C; 24). Literalmente, lo escogido parece atinado, mas, conociendo la tesitura lacaniana, ¿creemos que el neologismo no está compuesto siguiendo los lineamientos de un tropo? ¿O será, como no es infrecuente en su enseñanza, más bien el efecto de una metáfora –condensación– al estilo de parlêtre? Entonces, si como acreditamos este es el caso, escribiremos –en congruencia tanto con la denotación del emprendimiento del nuevo monema, cuanto con la procedencia de los términos integrativos– “lingüisteria”. ¿Se lee la histeria?

    1. “está estructurado como un lenguaje”

    Para proseguir con la recurrencia de errores ahora lamentablemente casi generalizados, C, 24 concibe del modo mencionado el clásico aforismo lacaniano (F; 20). Pero, se sabe, el francés carece del distingo castellano entre “ser” y “estar”; por ende, “est structuré” (ídem ut supra) conviene inteligirlo como “es estructurado” antes que como “(ya) está estructurado”. Proceso, tránsito, entonces, y no alforja-depósito oclusa y conclusa de la que cabría proveer al desagote de sus “contenidos infantiles fijados”.

    1. escandido

    Quizás por algún “arrastre” inadvertido, C, 25 coloca esta voz por el original “pointé” (F, 20). Y decimos de un posible “arrastre” porque pocos renglones arriba asoma, efectivamente, “se scande”, lo cual se traduce con corrección. Ahora bien, esta cuestión del “anotar”, “punzar”, “marcar”, por cierto que no es de la misma estofa que la escansión; aquella, inclusive, se localiza en un campo nocional y práxico que la acerca a la puntuación. En consecuencia, ¿no habrá en esta equivocación una re-velación de la promoción “duplicada” de la escansión en la práctica analítica? ¿Qué lugar le resta, entonces, a la puntuación?

    1. vínculo

    Esta expresión es la elegida para dar cuenta de “lien” (F; 21; C; 26), insistiéndose con ella en el curso del desarrollo subsiguiente. Sin embargo, pocas líneas después, el mismo término se traslada como “lazo” (F; 22; C27). ¿Por qué esta errática e infundada sinonimia? Una posible respuesta estriba en que en el primer caso se trata del discursivo lien social, en tanto que el segundo involucra a los liens hormonales. Vale decir que el ser hablante establece vínculos, mientras que en los productos glandulares se circunscriben lazos. O dicho de otro modo, y como conclusión: la noción de “lazo” demuestra ser inadecuada para la intelección del ser hablante, según afirman, en estado práctico, los traductores. Punto que no deja de causar perplejidad ante un Seminario en el cual el nudo borromeo –definido, desde el corte, por los lazos– adquiere una importancia medular para la aprehensión de la experiencia del análisis, la que dista con mucho de ser hormonal (por ejemplo, C, 143/64; F, 107/23). Por lo tanto, esta equivocada concesión antitopológica a la empiria fenomenológica del “vínculo”, ¿no comportará un inconfeso homenaje a los aspectos menos ponderables de las enseñanzas de Enrique Pichon-Riviere, las que conforman una suerte de background “vincularmente” pregnante, seductor para tantos “psi” hispanoparlantes? ¿O será una contraseña semántica capaz de evocar el afamado conductismo del “doble vínculo”?

    1. barrera” – “tachada

    Estas dos propuestas (C, 27 y 39) dan cuenta del francés “barré” (F, 22 y 31). Ahora bien, en el primer caso se trata de la clásica barra –de origen saussuriano– postulada algorítmicamente entre el significante y su efecto llamado significado; sin duda, la realista “barrera (barrière)” se franquea (franchir) de un modo bastante heteróclito al franqueamiento de la barra que, por ejemplo, propone la fórmula de la metáfora (11). Por otro lado, si nos hacemos cargo de esa concepción de la barra, podremos entender el efecto definiente del significante sobre el sujeto, aprehendiendo a este –barra ahora oblicua, o vertical, mediante– como consecuentemente “barrado” (/), y no “tachado”. Y lo propio sucede desde ya con la A (Otro) en tanto “barrada” (/).

    Por último, ¿no se percibe cómo con “barrera” y “tachada” se quiebra en nexo lógico necesario vigente entro lo denotado por las escrituras nombradas y la “experiencia de la barra” (el “embarazo”, por ejemplo), tematizada por Lacan en el Seminario X?

    1. la verdad sea dicha

    Esta expresión congelada, consensual, figura en C, 30 como traducción de un coloquial “mon Dieu (mi Dios)” (F, 24). Puede argumentarse, en pro de dicha opción, la condición de muletillas, de comodines del habla, que compartirían ambos sintagmas; sea, mas ¿se ignora el lazo planteado por Lacan entre verdad y decir? O sea, aquello irrenunciable de que la verdad es no-toda, pudiendo tan solo semidecirse, por efecto de la acción de la Urverdrängung. ¿Qué implica, entonces, que C profiera, repentinamente –y en un contexto tan delicado como el que en tales páginas razona sobre las sustancias–, un enunciado en apariencia refutatorio de la concepción lacaniana de la verdad? ¿O que dé pie, homonímicamente, a pensar en la imperativa verdad como felicidad (también “dicha”)?

    1. causa final

    Que se propone por “cause dernière” (F; 27; C; 34), o sea, “causa última”. Es notorio que aquí la desaparición efectivizada –una vez más– en la apelación a la presunta sinonimia se articula con el desconocimiento del contexto filosófico a partir del cual se desgrana lo referido.* ¿De qué se trata? De una nueva puesta a punto de las cuatro tradicionales causas aristotélicas –consideradas, por ejemplo, en “La ciencia y la verdad” (12): material, final (finale), eficiente y formal. Es en este orden que son enumeradas en el Seminario XX; ahora bien, ocurre que lo de “causa final” no se incluye en C únicamente en su estricto acápite, sino también cuando Lacan discurre acerca de la causa formal, arrojando como resultado este remarcable despropósito: “su causa, su causa final (dernière), que es «formal»”. Por lo que se le imputa así al maestro francés la confusión, o la superposición, de la causa final con la formal, hecho que, según se colige, caracteriza en verdad a este equipo.

     

     

    III. Conclusión

     

    En suma, creemos haber logrado, siquiera sea parcialmente, el cometido propuesto en I. atinente al mismo orden, consideramos sumamente beneficioso el hecho de que este trabajo pudiese llegar a precipitar otros de homólogo calibre en aquellos –no pocos– lectores que ensayen sumar su aporte respecto a la notable obra de Lacan. Circunstancia, claro está, que no se encuentra reservada a cenáculo alguno, quod erat demonstrandum.

     

     

    Referencias bibliográficas

    • Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, Espasa-Calpe, Madrid, 1970, p. 143, destacado en el original.
    • Lacan, O Seminario, libro 20: Mais, ainda, Zahar, Rio de Janeiro, 1982.
    • Freud, “Das Unbewusste”, Studienausgabe, S. Fischer Verlag, Francfort del Meno, 1980, v. III, pp. 119/62; Obras completas, Amorrortu, Buenos Aires, 1979, v. XIV, pp. 153/201.
    • Jacob, La lógica de lo viviente. Una historia de la herencia, Laia, Barcelona, 1977, pp. 333/49.
    • Foucault, “Crecer y multiplicar”, en varios, Lógica de lo viviente e historia de la biología, Anagrama, Barcelona, 1975, pp. 93/102.
    • -A. Miller, Cinco conferencias caraqueñas sobre Lacan, Ateneo de Caraca, Caracas, 1980, p. 44.
    • Lacan, “Remarque sur le rapport de Daniel Lagache: ‘Psychanalyse et structure de la personnalité’ ”, Écrits, Seuil, París, 1966, pp. 663/5; Escritos II, Siglo XXI, México, 1975, pp. 284/6.
    • Corominas –J.A. Pascual, Diccionario critico etimológico castellano e hispánico, Gredos, Madrid, 1983, v. V, pp. 545/6, destacado en el original.
    • Flaubert, Bouvard y Pécuchet, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1980.
    • Glucksmann, La bêtise, Grasset, Paris, 1985.
    • Lacan, “L’ instance de la lettre dans l’inconscient ou la raison depuis Freud”, Écrits (cit.), pp. 515/6; Escritos I, Siglo XXI, México, 1976, p.
    • ¾, “La science et la verité”, Écrits (cit.), pp. 871/; Escritos I (cit.), pp. 356/9.

    * En otra prueba de la coherencia del proceder de este equipo, puede leerse en el recientemente editado –en nueva versión– Seminario XV de 1064 (Paidós, Buenos Aires, 1086) lo siguiente: “la falta central del deseo, siempre puntualizada por mí, de manera unívoca, mediante el algoritmo (-…)” (p.112). Cinco líneas después, se reitera la misma escritura, en el mismo sentido, el que, según se aprecia, comporta por parte de Lacan una ratificación férrea en su postura, abonada por los términos “siempre” y “de manera unívoca”. Por lo cual, entonces, corrobora lo anteriormente sostenido en –por ejemplo– Subversión del sujeto… (Escritos 1 [cit.], p. 335) de este modo: “por muy sostén que sea del (-1), se convierte allí en (…) (Fi mayúscula), el falo simbólico imposible de hacer negativo” (el destacado es nuestro).

    De lo que se concluye que, cuando Lacan asevera que insiste en su algoritmo, los traductores –y sus revisores– le endilgan la incuria propia del trabajo por ellos encarado. En resumen: (-„ (menos fi minúscula) no es (-(…) según discrimina la versión francesa (Seuil, París, 1983, p. 97).

    * Análoga situación presenta cuando en F, 85 y luego de mencionar poco antes a Heidegger, Lacan asevera, “Cet être-là n’est pas rien”, es decir: “Ese ser-ahí (Dasein) no es nada”. Se conoce, indudablemente, el papel capital que juega en el pensamiento del gran filósofo alemán la noción puesta entre paréntesis, la que jamás podría traducirse por el solo “ser”. Pues bien, ello resulta vertido así: “Nada no es ese ser” (C, 112).

  • Hay un único síntoma social: todos somos proletarios

    De tatuajes y piercings: ¿epidemias sociales?[1]

    [1] Texto recortado y extraído de un capítulo de un libro de próxima aparición cuya temática ronda la cuestión del cuerpo en psicoanálisis. Transcripción y edición del mismo por Ilda Rodríguez.

    Conforme con la temática del IV Congreso Internacional de Convergencia, La experiencia del psicoanálisis. Lo sexual: inhibición, cuerpo, síntoma, cabe retomar una cuestión que no deja de retornar de continuo en mis desarrollos respecto del síntoma. Esta vez, desplegada por el sesgo que hace jugar la categoría de “lo social”.

    He aquí un breve texto extraído de la transcripción de una clase del Seminario dictado en Mayéutica-Institución Psicoanalítica, en 2005, con el título ¿Qué dice del cuerpo nuestro psicoanálisis? y que en estos días estoy re-escribiendo, dándole forma de libro.[1]

    Pues bien, me sucedió en aquellos días –qué duda cabe que se localizan coincidencias notorias– que, ante mi sorpresa, me topé con una palabra que no resulta desatinado traer a colación precisamente porque rondaba mis preocupaciones en la preparación de dicho Seminario: se trata de aquello que permanece “atado” –claro, de modo metafórico– en el sujeto como intentando contrarrestar la eventual fugacidad del cambio. Así, una casual homonimia determinó el surgimiento de una palabra muy significativa que es esta: ATARA A dónde vamos con ella? Es una sigla que quiere decir Asociación de Tatuadores y Afines de la República Argentina y tal resulta el habitual proceder de los hablantes, hallar algo donde nadie dice que lo hubiera habido. Por supuesto que ante tal ocurrencia, la escucha autocrítica inicial podría interrogarse: ¿por qué atribuir sentido a esto?

    A su respecto, cabe permitirse esta pequeña licencia, ya que resulta interesante el encuentro procurado, porque la Asociación de Tatuadores y Afines… agrupa también a aquellos que realizan los piercings. Claro está que es traído a colación porque –a nuestro entender– estamos en presencia de lo que Lacan denominó en el Seminario XXII: RSI –también hacia los finales de su enseñanza–, más exactamente en la clase del 18 de febrero de 1975, síntoma social. De ahí una parte de nuestro enigmático título.

    La misma conforma una de las pocas veces en que Lacan alude a esta figura tan especial en relación con el síntoma. Por cierto que lo predicho no comporta de ningún modo que el analista trate de hacer una suerte de “política del síntoma” ni mucho menos, sino que delata, en todo caso, la existencia de un síntoma social frente al cual no habría que perder de vista qué podemos llegar a decir los psicoanalistas.

    En esa dirección, hay una conferencia del maestro francés bastante solicitada, La tercera,[2] en la que afirma que hay “un único síntoma social” y éste es que “todos somos proletarios” –lo cual Marx vino a demostrar– y, por otro lado, no puede ser nunca de otra manera.

    A nuestro entender es dable captar allí presente la profunda ironía y la crítica feroz a Marx ya que –presuntamente– no es lo que el pensador alemán quiso decir, ni mucho menos, puesto que –como es obvio– consideraba que había burgueses y proletarios, siendo estos últimos los prometidos a descabezar a los primeros para –de algún modo– establecer la dictadura de ese proletariado. Sin embargo, conviene reiterar que no es eso e incluso no puede ser de otra manera porque la condición del proletariado universalizado es aquello que –entre otras– ha sido producto del discurso de la ciencia.

    Ahora bien, esto merece un párrafo aparte puesto que es claro a su respecto –también en relación con ciertos equívocos que surgieron en el 2° Congreso Argentino de Convergencia–[3] que afirmar lo previo no implica una posición anticientífica ni proponerse en contra de la ciencia ni rasgarse las vestiduras por sus progresos o los de la tecnociencia; en cambio cabe aseverar que hay efectos deletéreos, lo cual no implica afirmar, meramente, que la ciencia avanza y que por eso estamos todos en el jolgorio universal. En su defecto, vale decir que eso trae consecuencias indeseadas y, universalizando la ley de la castración, se sabe que lo que se gana por un lado se pierde por el otro: esto es decir que se gana –de lo que no hay dudas– por lo que nos hallamos encandilados por los progresos de la ciencia y enhorabuena por los mismos; empero, ¿qué se pierde? Lacan lo dice con toda las letras: en el hecho que se han indefinido las fronteras, los grados, las jerarquías, y los lugares, en función de que la ciencia ha universalizado los sujetos.

    Por lo mencionado, tan notorio como en lo apuntado se advierte –se lo ve– que la proletarización coincide con el hecho de haber abolido la esclavitud y por ende nadie tiene garantizado de por vida el lugar que va a ocupar en la sociedad. En ese sentido, todos partimos siendo iguales ante la ley, empero he aquí su dictum: “Arréglate como puedas para ubicarte en la vida ya que no tienes nada garantizado. No serás un noble o un esclavo de quien se ocupará algún noble –eventualmente– y ni figuras como parte de la corte; en suma, no tienes nada que te garantice un destino asegurado de por vida”. Hete aquí la proletarización que es el síntoma social.

    Digámoslo una vez más: lo que se gana por un lado se pierde por el otro, sólo que en general como no se sabe lo que se ha perdido siempre se cree que se ha ganado y esa es la ilusión que intentamos –por lo menos en lo posible– denunciar.

    Importa puntuar, entonces, para que quede en claro –tratando de ser psicoanalistas–, que con el avance se pierde pretender lo contrario sería un maniqueísmo ingenuo. Por ende, si se da esta proletarización generalizada –valga nuestra insistencia– cabe entenderse con ello que no es la pérdida de la riqueza ni de la ubicación social, sino el hecho de que cada uno se las arregla con su vida como puede; esto es, en ese sentido, que cada quien es responsable de su saber hacer. Dicho lo cual –ahora cabe formularlo con Lacan– es muy probable que cada quien intente “metamorfosearse” como para poseer algo garantido de por vida, o sea, inscribirse –inclusive en su cuerpo– algo tal que le permita sostener una presunta diferenciación respecto del resto.

    De tal forma, no es válido tomar –únicamente– la remanida locución “sentimiento de pertenencia” de manera imaginaria, psicológica o afectiva, puesto que no comporta pertenecer a cierto grupo o saberse freak –o algo por el estilo– o marginal o especial y así siguiendo; antes bien, no cabe descartar en lo más mínimo y, más aún, conviene insistir como lo hacemos en el carácter de real en juego. Referido a ello avancemos con la puntuación siguiente a los fines de desplegarla.

     

    De tatuajes y piercing: ¿práctica sexual contagiosa?

    Volvamos con diferencia a los interrogantes previos recorriendo distintos contextos en los que otros psicoanalistas piensan de forma diversa respecto del porqué de esta proliferación del tatuaje y del piercing en virtud del discernimiento en su designación como síntoma social. En ese orden hemos intentado hacer pie en datos tomados del diario La Nación del 14 de agosto de 2005[4] a los fines de iniciar una reflexión acerca de la pertinencia de señalar en tanto síntoma social aquello marcado por la repentina emergencia de lo que –con Lacan– llamamos un síntoma como tal, esto es, algo que “no funciona”, que pone palos en la rueda y que, en principio, parece no ser sin consecuencias y a la vez procuraremos su cotejo con ciertos comentarios de algunos analistas autotitulados –también– lacanianos.

    Hay aquí un punto llamativo a resaltar, que tanto el comentario del diario La Nación como el número de la revista Neo aparecieron en agosto de 2005 y es en virtud de ello que indicamos la emergencia de un síntoma social en sintonía con nuestra propuesta desplegada en el dictado de un seminario[5] tanto como en el hecho de estas ocurrencias y aconteceres.

    En ese sentido cabe sopesar la modalidad adoptada por una persona llamada psicoanalista, dedicada a la literatura, quien discurre a ese respecto lo que a continuación se cita de la mencionada revista: “Los tatuajes y piercings son elementos de identificación, como la vestimenta o la jerga. En las grandes ciudades, la gente inventa cosas que le permiten reconocerse –admite. No tienen nada de violento. Violento es cuando le agujerean las orejas a las bebés, porque ahí ellas no eligen”.[6] Dicho lo cual se afirma, por ende, que lo real del cuerpo no estaría en juego. Se ve que resultan ubicados en la misma categoría la jerga que una vestimenta que se puede sacar y poner y –a la par– vertido por el opinólogo de turno como –supuestamente– desprendible de la enseñanza de Lacan. Claro está que el opinólogo juega su papel invariable de parecer divertirse a expensas de lo que sucede y de restarle la importancia que –a nuestro entender– comportan estas cuestiones en función de tomarlas –primero– como elemento de identificación o modo de reconocerse mutuamente, requisito que –cabe advertir– no permite la salida del estricto nivel imaginario y de la psicología social, en referencia a la manera de marras de portar estos trazos –presuntamente– identificatorios.

    De este modo se habilita de soslayo que se trata de una técnica y –valga reiterar– que, por otro lado, es viable advertir que al “echar mano” ligeramente del término identificación satura tal condición al dar en hablar de “elementos de identificación”, en el sentido de portar trazos manifiestos con los que se alude a la identificación imaginaria. Ello desvirtúa el ABC de lo que se entiende por identificación para el psicoanálisis, pretendiendo soslayar cuando no ignorar tal noción, al mentar a ésta como quien lleva un uniforme, un determinado blasón manifiesto, al modo: “¡Ah, veo por el uniforme, de quien se trata!” Conviene insistir una vez más, respecto del caso que nos ocupa, que no se trata sólo de hacer divulgación, sino de una desvirtuación directa en la que vale tomar en cuenta los efectos deletéreos que surgen de declarar, respecto de las bebés –y no porque es una violencia filicida, aunque no menciona filicidio: “pobrecitas, no eligen”.

    He aquí el punto, claro está, cuando aparece algo de este orden –como lo señala Lacan otras veces– como epidemia social donde cabe decir identificación; empero, digamos identificación en el sentido freudiano, la del tercer tipo a la que llama por contagio. ¿De tal conclusión se desprende que ahí se trata de elección o es lo que alguien dice que elige? En ese sentido cualquiera puede argüir que está eligiendo –si esa es la trampa del yo–, por lo cual no cabe preguntar a alguien si efectivamente elige o no ya que de lo contrario convenimos con una episteme ajena al psicoanálisis. En efecto, son las trampas usuales de las estadísticas que al captar el contenido manifiesto nos conducen al punto a tomar en consideración.

    Desde esta perspectiva –a nuestro entender– se torna imprescindible tener en cuenta tanto el síntoma social como el imaginario social, y no para hacer una sociología barata ni para abrevar en una frase de esas que a uno le hacen chirriar los oídos –como también fue dicho de modo temerario en el antedicho Congreso–, por ejemplo, “un psicoanalista es producto de la sociedad donde vive”. Si fuera así –relativismo cultural a ultranza– de nuevo no habría nada en común entre los psicoanalistas de las diversas sociedades –menos una comunidad de experiencia– sino que cada uno aparecería como absolutamente alienado en la sociedad a la que pertenece y por ende, en tal estado jamás podría reconocer un síntoma social puesto que se hallaría “como pez en el agua”. De modo tal que eso que puede parecer halagador –el reconocimiento al relativismo cultural– resulta, sin embargo, otra concesión hacia la sociología y más bien al intento de investigar –como consideraban los sociólogos antiguamente– el carácter social o la personalidad básica, antiguas nociones de esa psicología social de cuño estadounidense. Si no es tal, y sin embargo, si vale la noción de imaginario social, es porque entre otras cosas importa captar qué resta del lazo social –evidentemente dañado en las diversas sociedades de una forma o de otra– y de qué manera el cuerpo participa de esa condición.

    Ahora bien, se trata de un sujeto que queda reducido a él, lo cual no es nuevo y –a nuestro entender– es casi una manera habitual de tomar en consideración el auge del llamado individualismo, la caída de toda utopía social y de lo que antiguamente se llamaba colectivo. Si se quiere glosar algo a lo que no soy muy afecto pero cuya letra –la digo con ironía– es: “todos unidos triunfaremos”, aquí se encuentra lo contrario de esa utopía.

    Así, en los términos de una diseñadora gráfica consultada por la revista de referencia, se asegura que el individuo es invitado a descubrir el cuerpo y las sensaciones como un universo en permanente expansión, como una forma disponible para la trascendencia personal y, he aquí el punto que nos interesa resaltar: ante tal atomización el cuerpo parece ser un campo de ensayos donde se buscan sensaciones diversas.

    Cabe recordar el auge de las prácticas sadomasoquistas, dadas cada vez más como una orientación sexual –entre otras, si se quiere–, no instigadas pero si toleradas y para nada criticadas. Claro está que con mucha mayor suavidad se podría ver esta práctica sexual contagiosa del tatuaje y del piercing que sin llegar, por supuesto –no quiero caer en la ingenuidad de decir que son lo mismo–, a las prácticas sexuales sadomasoquistas, algo sucede como para que el ámbito donde se pueda efectivizar la metamorfosis sea el cuerpo.

    Nos interesa resaltar que el modo en que se argumenta en dichos artículos –diríamos racionalizando – echa mano a ciertas palabras y expresiones que siempre resultan seductoras: “Libertad, responsabilidad, investigación del cuerpo”, esto es, hay algún goce más que se puede alcanzar y sin duda de este modo se procura –otra vez– obturar cualquier emergencia de angustia en función de la búsqueda del goce del Otro.

    Referido a ello asistimos –en la revista nombrada– a la manera en que puede aparecer –casualmente– para la aludida diseñadora gráfica que, sin embargo, grafica en su propio cuerpo lo que seguramente ella hace como tarea, como trabajo, y no es –solamente– hacer diseños gráficos, sino tomarse a sí misma como objeto, lo cual brinda apoyatura a uno de los puntos más relevantes a desplegar en nuestro derrotero.

    Esto tiene antecedentes ilustres, uno de ellos se llama Wilhem Reich con la famosa coraza caracterológica y su extraña orgonterapia tendiente a disolverla mediante diversos ejercicios o directamente masajes bajo la suposición que lo Real de ese cuerpo –diríamos endurecido o tensionado– admitía ser modificado de la misma forma –o sea un cuerpo sobre otro y, por supuesto, la erotización implicada en ello– pudiendo, eventualmente, haber llegado a “disolver” esa presunta coraza. Claro está que ello ocurriría pero por otra cuestión que la supuesta; resultaba, de todas maneras, una liquidación de lo simbólico de la palabra.

    Esa presunción acerca de la tal terapéutica corporal no es de tan antigua data ni se relaciona con terapéuticas alternativas, puesto que nos hemos anoticiado de ciertos colegas de la IPA local que indican gimnasia a neuróticos obsesivos en la misma tesitura de lo que venimos comentando hasta aquí.

    ¿Qué decir del “mago ilustrado”? Ni mascarada, ni moda: paradójica perdurabilidad

    En la misma revista que estamos leyendo nos topamos igualmente con una entrevista en la cual se capta que hay allí una exacerbación de aquello que in nuce está presente en cualquiera y que el personaje entrevistado lo ha asumido con el objetivo deliberado de llegar a incluirse como parte del libro Guiness de los récords. Esto es, hay algo de ser excepcional en juego, pero al modo de lograr que los otros no solamente lo miren, sino que hablen de él.

    Tanto es así que en este caso es dable observar –podría decirse, larvadamente– un micro delirio megalómano paranoico, razón por la cual en un momento –como al acaso– manifiesta que esta epidemia social –presente, por lo menos, en nuestra ciudad– depende de él porque él ha sido el jefe –en el sentido freudiano del jefe y la masa– de la masa que lo sigue en el intento de aprehender identificatoriamente el trazo unario del cual sería el portador.

    Traemos a colación un mínimo recorte de la entrevista donde la autora le pregunta al autodenominado “mago ilustrado”, al que le falta un tatuaje para estar en el libro Guiness…:[7]

    —“¿Cuánto dinero llevás invertido?”.

    —“Ni idea, perdí la cuenta. Calculá, un tatuaje mínimo, chiquito, de cuatro por cuatro, vale entre treinta, treinta y cinco o cuarenta pesos. A esta altura me lo hacen gratis, pero llevo una fortuna. Todo lo que ganaba en los shows lo invertía en tatuajes. Es la mejor plata que pude gastar, porque la pareja, la ropa […] –cabe subrayar lo que sigue–envejece o te separás, pero un tatuaje te queda de por vida”.[8]

    Aquí encontramos el Real al que hacíamos referencia en nuestra lectura crítica de los dichos del susodicho “opinólogo” cuando el entrevistado denuncia que ni es cuestión de mascarada –como afirma aquel “consultor lacaniano”– ni tampoco cuestión de una moda transitoria, porque lo que está buscando es la perdurabilidad –paradójica perdurabilidad– ya que nunca alcanza y, además, porque su empuje al goce siempre promete un poco más: ahí dice su presente lo que llama felicidad.

    Por cierto, estamos contestes con que hay una perspectiva psicoanalítica a la que uno trata de tomar con la seriedad correspondiente y por ende, ni degradar ni forcluir las consecuencias en el sujeto de tales prácticas. En ese orden, cabe decir que el análisis nos conduce a que no se trata de una inducción en el imaginario social del masoquismo –dicho así, directamente– que implica al cuerpalma a través de esa incitación del imaginario social a suponer que se puede salir de la condición proletaria –en el sentido lacaniano– a través de este tipo de prácticas a las que calificaremos, en todo caso, de masoquísticas. Además, desde esa perspectiva se podría distinguir –efectivamente– el sadismo, que no implica generar dolor sino angustia en el otro. Saber diferenciar una cuestión de la otra es dable contarla entre las sagacidades de Lacan, que nos enseña que el sadismo no comporta la mera provocación del dolor.

    A través del goce del Otro –de este goce incrementado– y encontrándose insensibilizado frente al dolor creciente, y cada vez mayor, en aras sea de la búsqueda de belleza, sea llegar al libro Guinness de los récords… – tener esa condición de la excepción. Se lo ve: en un caso o en el otro lo que resulta omitido es la angustia. Estamos hablando aquí de ese lugar en que la angustia aparece como fenómeno de borde entre el goce y el deseo –como Lacan lo plantea en el Seminario X: La angustia.

    Pues bien, conocemos sobradamente que el síntoma social tiene la peculiaridad, por el trazo identificatorio en juego, del contagio. Justamente cuando Freud lo introduce a través del famoso caso del pensionado –de la chica que se desmaya y las otras internas, entre las que no prima un lazo amoroso y sufren sin embargo un desmayo parecido– ahí la correlación síntoma-identificación es máxima. Entonces cabría pensar –precisamente– la cuestión del contagio ya que el “mago ilustrado” manifiesta que es el trazo identificatorio a él como jefe, como padre de la horda de los tatuados, presuntamente, lo definitorio.[9]


     

    [1] Agradecemos a Diana Voronovsky haber cedido generosamente el presente texto de Roberto Harari para su publicación en Lapsus Calami

    [2] J.Lacan, “La Troisième”, VII Congrès de l’École Freudienne de Paris, Rome, 1/11/74”, en Petits écrits et conférences, s/r, p. 549

    [3] Se hace referencia al 2° Congreso Argentino de Convergencia, Movimiento Lacaniano por el Psicoanálisis Freudiano realizado en Buenos Aires los días 12, 13 y 14 de agosto de 2005.

    [4] Vayamos a La Nación cuyo título grande reza: “En la Capital. Por día más de 1500 jóvenes se hacen piercing. Sólo el 18 % conoce los serios riesgos y los efectos adversos”.

    La bajada en tapa expone –luego de recordar estos dos datos– que según la ATARA “[…] la mayoría de los clientes son adolescentes entre 14 y 18 años a los que en pocos casos se les pide autorización de sus padres. Para la entidad, la actividad tuvo un crecimiento del 300 % en los últimos 5 años. Sin embargo […] cosa muy frecuente en nuestro país lamentablemente «[…] no hay controles del Estado […]» y sólo el 18% recibe información al respecto”.

    Cabe destacar que sobre todo el piercing, como muy bien se aclara en la página veintiocho, siempre la misma edición del domingo citada, dice: “El piercing como se denomina genéricamente a las perforaciones con fin estético”. En primer término es dable detenerse un segundo en el mentado fin estético a los efectos de resaltar la relación con la belleza que hemos intentado despejar ya que no se trata en ese procedimiento –tan sólo– de un elemento para llevar, sino que el objetivo de alcanzar –por este medio– la belleza está presente. Más aún, sin duda que lo es, a través de pasar por el dolor. En el texto tampoco está ausente cierto toque de denuncia acerca de alguna impulsividad por parte de los adolescentes, así como un proceder que no puede detenerlos por parte de sus padres. También se brindan diversos porcentajes pero lo dado en resaltar de nuestro lado, en relación con que todo esté producido, no es sin consecuencias.

    Véase, por ejemplo en lo que sigue, un tipo de referencia por el costado de la medicina que alerta acerca de los posibles efectos adversos a raíz de su aplicación: “[…] infecciones agudas, crónicas, tuberculosis, lepra, sífilis, hepatitis B, reacciones alérgicas a las tintas, cicatrices deformantes, pueden ser causadas por ellos o reactivar enfermedades como liquen, psoriasis, o vitiligo”, explica Alberto Lavieri, dermatólogo pediatra, docente de la UBA y de L’università di Milano

    [5] El dictado de nuestro seminario ¿Qué dice del cuerpo nuestro psicoanálisis? en Mayéutica-Institución Psicoanalítica desde el 12 de abril de 2005 hasta el 13 de septiembre de 2005.

    [6] Revista Neo, publicación mensual de Ed. Perfil, agosto de 2005, pág. 65.

    [7] Ha aparecido la foto de este hombre en los medios, quien anda por la calle Lavalle, vendiendo discos y lleva el cuerpo entero tatuado. En efecto: le faltan tatuar, dice, algunos pedazos del cuerpo, pero su objetivo es ir al libro Guiness – parece que hay uno en el mundo que le saca ese cetro, – para lo cual, él va a insistir hasta lograr este tatuaje, prácticamente, absoluto.

    [8] Cf. Silvia Reisfeld: Tatuajes. Una mirada psicoanalítica, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2005, pág.78.

    [9] En cambio de eso, con el sinthome, la función identificatoria quizás sea, en todo caso, una des-identificación.