Categoría: Gabriela Spinelli

  • El objeto “a” voz y las intervenciones-incidencias del analista

    Por Gabriela Spinelli

    En el transcurso de su enseñanza, Lacan fue deslindando el objeto a del objeto parcial. Esto nos permite distinguir las “encarna- duras postizas”[1] de la condición de notación algebraica que caracteriza al a.

    Los desarrollos que parten del Seminario XX: Aun permiten ubicar a di- cho objeto en el punto de calce, es decir, haciendo nexo y sostén para la articulación de los registros en el nudo. Recordemos que esto condujo a una reconsideración del estatuto del lenguaje y con ella la apreciación de lo poético como modo de abordar lo real en la clínica. Cuando a esto se le suma la reformulación de la pulsión en términos de “[…] eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir”, se produce una nueva torsión que pone en primer plano el objeto a voz en la escena de nuestra praxis, privilegiando la homofonía en la procura de tocar alguna punta de real. Entre los fecundos efectos clínicos que se desprenden de dicha diluci- dación, nos interesa en esta nota acercarnos a la cuestión referida a las llamadas “intervenciones o incidencias del analista”, que de algún modo continúa interrogaciones abiertas en otra nota de lectura acerca de las re- laciones (y diferencias) entre lo sonoro y el estatuto lógico del objeto voz. Al respecto, Mauricio Maliska nos propone un abordaje del chiffonnage “[…] como una intervención en lo real de la voz que puede resonar en el cuerpo, produciendo otro efecto que lo sintomático”. Tal “in(ter)vención”, como la denomina, “[…] consiste en servirse de una palabra para hacer otro uso que aquel por el cual es hecha torciendo la voz”, y de ese modo extraer otra cosa que el sentido; expropiar el sentido de la palabra en lugar de darle otro. Esa otra cosa es “[…] un significante nuevo, «[…] un significante que no tendría, tal como lo real, ninguna especie de sentido […]»”.

    El chiffonnage es propuesto en el texto como modo de forçage que opera ejerciendo violencia con/en/del lenguaje, promoviendo otra articulación del sujeto con el objeto a vocal. De este modo lograría ubicar la cuestión central del fantasma y del deseo del sujeto como hilo conductor de la dirección del análisis.

    Más adelante nos dice que esta operación que estropea la palabra violentándola, provoca alguna “torsión en la voz” y que aquello que intenta romper con la violencia sobre el lenguaje, con “el real de la lengua”, es la metáfora sintomática para transformar el goce fálico del síntoma en un goce productivo, un goce de la vida.

    En su texto, Beatriz Mattiangeli parte de la esquizia entre el habla y la voz[2]2 y dice que la característica saliente de la pulsión fonante, en alternancia con la pulsión invocante, “[…] pasa por la propia emisión [siendo] su efectuación lo decisivo”. Propone “una anticipación lógica y has- ta cronológica” del objeto voz en tanto real “jugado ante la eficacia del significante”, diciendo con Foucault: “[…] antes que las sílabas y el aco- modo elemental de los sonidos estaba el indefinido murmullo de todo lo que se diría”.

    Es así como de modo tan preciso cuanto poético nos dice de “los que naufragan al hablar”: somos arrojados a un mar “[…] lenguajero que nos pre- cede, nos acuna y nos arremolina”. De allí, “el náufrago” llegará “[…] al final de su caída con mejor o peor suerte en orden a forjarse su propia voz”. Nos propone la diferencia entre lo sonoro y la voz como objeto a en estos términos: “El sonido articulado y la palabra o el canto arrobador enmascaran, solapan la voz como objeto en tanto inaudible”. No es solo “volátil, inasible”, sino que la presenta en las siguientes paradojas: “[…] brutalidad de un alarido que además no se escucha […], materialidad incorpórea que agujerea el silencio y desaparece”.

    Ubica a continuación la operatoria del analista que hace sonar otra cosa que el sentido, como un “[…] hacer/hacerse S.O.N.A.R, sigla que corresponde al término náutico: es lo que permite navegar por el sonido, guiándonos por impulsos sonoros que dicen de los recorridos de lalangue”.  Será entonces el audicionar del analista lo que dirige la cura, más que su escucha, “[…] si el analista oboedire/obedece a la orientación que elu- de la línea recta ofertada por la dimensión simbólica y se deja llevar por lo torbellinario que abre a lo que desde el sonido llega de lo inaudible”. “Si hablar en psicoanálisis tiene una especificidad [dice Mattiangeli], esta es la de alojar en un mismo cauce lo que se construye a partir de un relato y lo que lo salpica y sorprende desde un mar de imprevisibles tartajeos, interrupciones, tonos o ritmos discordantes”.

    Está claro en su planteo que no se trata de crear dicotomías ni oposiciones excluyentes, sino de permanecer “abierto” a lo audible más allá del campo exclusivo de los significantes que ofertó el paciente. Se trata del privilegio de la homofonía sobre la “comprensión”, para que la intervención del analista rompa “[…] el previsible encadenamiento significante

    que adormece”. Sin desoír entonces la articulación significante, se trata de hacer lugar a la juntura sonido-sentido (aquí la importancia de lo poético) que al “[…] audicionar la letra que cifra un goce intentando escribir- se, [trata] de «resucitar la curiosidad sonora extinta», como dice Quignard, desde que el lenguaje articulado y semántico la eclipsa”.

    Por lo hasta aquí expuesto, resulta claro que el modo de nombrar una experiencia trae consecuencias. ¿No es a ello a lo que apuntamos en la dirección de la cura, que se pueda decir de otro modo acerca de lo que provoca sufrimiento?

    Si la “debilidad mental” yace en un no saber-hacer-ahí-con aquello que es impuesto por los efectos del significante, la ética del bien decir inventivo del analista dirige la cura a “desembrollarse”, para que su práctica no sea una estafa.[3]


    [1] Roberto Harari: Intraducción del psicoanálisis. Acerca de L’insu…, de Lacan, Ed Síntesis, Madrid, 2004, pág. 239.

    [2] Ver texto de Roberto Harari en el presente número.

    [3] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XXIV: L’insu que sait de l’une-bèvue s’aile a mourre, clase del 11 de enero de 1977, inédito.

  • La función del vacío

    Por Gabriela Spinelli

    It was the nightingale, and not the lark
    that pierc’d the fearful hollow of thine ear.

    William Shakespeare

    Mi intención inicial fue que nos detuviésemos en la relación entre lo que llamamos “vertiente sonora de la voz” y el “objeto a voz”. Así comencé a diseñar esta nota de lectura, y en el momento en que estaba dándole las últimas vueltas al texto, me encontró, una vez más, Shakespeare. Y quién sino él podría expresar en dos líneas una tal paradoja, solo desentrañable por la topología. Conservé la cita en idioma original porque en las distintas traducciones poéticas que pude hallar se pierde cierta crudeza de lo enunciado: un sonido (para el caso, el canto de la alondra) perforó el temeroso/terrible hueco/vacío de tu oído… un vacío perforado por un sonido… Fue así como vislumbré que es alrededor de la función del vacío que se pueden enhebrar las cuestiones que me gustaría compartir con ustedes.

    a. Concepto, término, palabra

    Quisiera comenzar llamando la atención de nuestros amigos lectores quienes notarán, recorriendo esta LaPsus Calami, con qué facilidad podemos deslizarnos entre el estatuto sonoro y el “lógico” de la voz, como así también entre la voz como término del diccionario y la voz como concepto psicoanalítico.

    Se vuelve precisa, por consiguiente, una primera observación bastante general (válida a su vez para muchos conceptos del psicoanálisis), pero que no por ello pierde su relevancia. Vives la enuncia de este modo: “La voz ya no debe ser entendida en el sentido corriente del término”, observación que conserva toda su importancia porque confundir los conceptos con los términos lexicales conduce a no menores desvaríos, incluso en nuestra clínica.

    Silvia Amigo nos permite avanzar en la diferenciación cuando dice que la voz “no es necesariamente fónica”. Subrayo en primera instancia el “necesariamente” y me pregunto: ¿será por ello que la voz en su estatuto conceptual es tan difícil de aprehender? Si lo que define a la voz en términos del discurso corriente (e incluso en el diccionario) es su sonoridad, La- can nos enseña que es en la afonía donde aparece la voz en su más cru- do estatuto de objeto. Suponiendo entonces que acordamos que la voz no “equivale” a lo sonoro –mas no es sin ello–, quedan preguntas abiertas sobre esta diferencia y sus posibles consecuencias clínicas.

    b. Puro objeto lógico

    Comienzo con un párrafo de Adriana Hercman: “El a adviene como resto y testimonio de la constitución del sujeto en el campo del Otro que por esta operación resulta dividido y los objetos pulsionales van a la serie de equivalencias del a, punto alrededor del cual gira la pulsión y en el que el sujeto podrá reconocerse, al cabo de un análisis, en su existencia más radical”. Norberto Ferreyra nos recuerda que “voz, mirada, he- ces, lo oral, tienen que ver con los objetos parciales en tanto hacen semblante de objeto a –no son el objeto a sino que hacen semblante, porque no hay ningún objeto que sea[1] el a”.

    Numerosos colegas se apoyaron en el seminario sobre la angustia, en el que Lacan despeja la función de la voz como objeto a, función a la que define como esencialmente lógica, “más allá de todos los efectos sonoros o musicales que conocemos”. Esto lo impone como puro objeto lógico, o sea, resto de la inscripción del sujeto en el Otro y que funda una diferencia con respecto a las sonoridades.

    En el caso del objeto voz, Lacan es muy preciso: para “[…] el sujeto en vías de constitución, debemos buscar el resto, ciertamente, en una voz separada de su soporte […]”.[2] En tal sentido, Linietsky escribe que: “En el seminario sobre la angustia Lacan afirma que la voz es la verdadera alteridad a lo que se dice, responde a que se diga, pero no responde ‘por’ lo que se dice. La voz responde porque resuena en el vacío del Otro como su falta y por eso es el objeto que más nos aproxima al inconsciente. En ninguna parte el sujeto está más interesado en el Otro que por la voz. Porque el vacío del Otro no es físico, no es sonoro, es simple, es la falta de garantía del Otro, que hace a su estructura.

    La voz es el objeto que pone en juego en todos los casos, la cuestión de la garantía en tanto tal, y esto es algo que no debemos perder de vista en nuestra práctica”. Cuestión de la falta de garantía como un modo de decir del vacío fundante.

    En el citado seminario, Lacan continúa diciendo que es en este vacío donde resuena la voz como distinta de las sonoridades, no modulada sino articulada respecto a la palabra.[3] ¿Qué quiere decir esto? Que no debemos buscarla tanto del lado de la música, sino en sus relaciones con la palabra. Aquí nos viene bien una cita de su posterior seminario, “[…] la voz es el producto, el objeto caído del órgano de la palabra […]”.[4]

    c. Voz, sonoridades, vacío, lenguaje

    Por esta vía encontramos: separación, corte, vacío… no sin una relación con el lenguaje. Así lo expresa Benjamín Domb tomando a Heidegger: “[…] entre el viviente (su voz) y el hombre (y su lenguaje) se abre un abismo”. E irá más profundo en su planteo al decir que: “Con la adquisición del lenguaje se pierde la voz. Si bien el significante requiere de la voz para que sea oído, la voz se pierde, queda oculta detrás de aquel y los sentidos”. De tal modo que “una voz puede decir, pero no hablar”. Por su parte, Diana Voronovsky nos acerca sus consideraciones (a partir de una noción de Roberto Harari que titula el trabajo en este número) acerca de una “esquizia de la palabra y la voz” que supone una ruptura del “amor entre la voz y la palabra”. Y es entonces que, si “la palabra vela la voz”, la noción de Realenguaje,[5] hincando en la mencionada esquizia, se apoya en “lo sonoro que nos ofrece la voz” para hacer posible “la eficacia de una incidencia” que hinque en lo pulsional. Desde su planteo, sea en la incidencia del analista o en el hablar de un analizante, pueden acaecer un decir sin hablar, un hablar sin decir y la entrada de la pulsión en el decir, no sin la seriación significante. El objeto a voz per- mite, de este modo, aproximarnos a otro orden de experiencia en el análisis, que la noción de Realenguaje conjuga.

    Podríamos tomar aquí aquello que refiere Lacan en el seminario sobre los cuatro conceptos, cuando habla de atravesar el fantasma (en su uso fundamental) para intentar acceder a la pulsión. ¿Podría pensarse como un atravesar la voz sonorizada que reviste el vacío sonoro (real) del objeto a? Retomando la diferencia entre la voz, las sonoridades y la relación con el lenguaje… Isidoro Vegh plantea una distinción entre “la voz coloquial, la voz del encuentro con el otro” y “la voz que sostiene la palabra”, voz cuya aparición requiere la eficacia del lenguaje.

    Otro modo de entender el corte entre la voz y las sonoridades es articulado al orden del decir. Para Silvia Amigo, si hubo corte adecuado para que deje de atronar la voz del Otro como superyó, “el sujeto habrá encontrado su voz”. Este encuentro con su propia voz, su decir, será fundamental para pensar el fin del análisis.

    Norberto Ferreyra propone que no cualquier sonido es voz, así como tampoco la voz está dada de entrada y para siempre. Con esto entendemos que se aparta de cualquier orden de “naturalidad” al proponer que la voz “se construye”, en estrecho vínculo con el decir. ¿Con? Habría cierto consenso en que “si todo va más o menos bien”, en el momento lógico de la separación el sujeto podrá situar su voz como objeto a, o sea, la parte insensata de su enunciación en el vacío del Otro, donde puede sonar otra cosa que el sentido. Posibilidad de encuentro con la mencionada alteridad en lo que se dice, siendo que la voz descompleta (vacío que se perfora) develando la falta de garantía en el Otro e impulsando el deseo. Nuevamente, ausencia de sentidos únicos, unívocos, fundamental para que un análisis sea posible.

    Como verán, nuestros interrogantes continúan abiertos.


    [1] La cursiva es mía.

    [2] Jacques Lacan: El Seminario, Libro X: La angustia, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2006, pág. 296.

    [3] Ibíd., pág. 298.

    [4] Jacques Lacan: De los nombres del padre, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2005, pág. 84.

    [5] Roberto Harari Palabra, violencia, segregación y otros impromptus psicoanalíticos, Ed. Catálogos, Buenos Aires, 2007, págs. 19-48.

  • ¿Es la angustia condición de lo siniestro? Del arte al análisis

    Todos duermen. Subiré ahora… Él yace en mi cama, en la que yo estaba acostado anoche: lo han cubierto con una sábana y han cerrado sus ojos con peniques… ¡Pobre chico! Nos hemos reído juntos con frecuencia –él soportaba su existencia con suavidad… Siento mucho que haya muerto, no puedo rezar por él como hacen los otros… ¡Pobre chico! ¡Todo lo demás es tan incierto!

    James Joyce

    Desde los comienzos mismos del psicoanálisis –podríamos citar, para el caso, numerosos escritos freudianos–, el arte ha tenido un destacado espacio en nuestro corpus teórico. De allí en adelante, a menudo, muchos psicoanalistas nos encontramos declarando que nuestro interés por el arte, lejos de cualquier intento explicativo o interpretativo –que manaría de algún elogioso afán de docta erudición– se funda en una fuerte convicción: Creen s que importar ciertas nociones provenientes de diversos campos (para el caso, del arte) conviene a nuestra praxis. Tal es así que en este nuevo número de nuestra revista, varios analistas se sirven de la articulación con el arte para trabajar su relación con lo siniestro y la angustia.

    En ese sentido, en esta oportunidad intentaremos poner en tensión algunas líneas, sin ahorrarnos, por supuesto, aportar una posición al respecto. Partamos de la idea de Schelling, que ya podemos considerar fundamental y clásica: siniestro “[…] es todo lo que estando destinado a permanecer en secreto, en lo oculto, ha salido a la luz”.[1]1 Comenzaremos colocando aquí una primera pregunta que recogemos de los artículos que presentamos: ese “salir a la luz”, ¿siempre provoca angustia? Justamente, nos parece que la relación con el arte puede ayudarnos a decir algo.

    En esta dirección, Diana Voronovsky encuentra en la ficción un medio para distinguir lo siniestro angustioso de lo siniestro no angustioso para el sujeto, poniendo de manifiesto que en el arte, la angustia tiene una fun ción diferente de aquella que centra nuestro interés clínico en una praxis que la autora subraya como “praxis de lo real”.

    La reformulación de la idea de Schelling nos permite decir que lo familiar deviene siniestro fundamentalmente por el golpe intempestivo que caracteriza a lo real (súbita revelación de lo que debiera permanecer oculto).

    Ahora bien, en el arte –“que de modo aún escandaloso puede cautivar la mirada del espectador”– lo siniestro no solo puede no producir angustia sino al contrario, deleite.

    Así, Voronovsky caracteriza la condición de lo siniestro angustioso en relación con lo intempestivo, que deja al sujeto anonadado, ya que “la angustia avanza en la medida que desaparece la hiancia, la falta, entre lo familiar y el horror”.

    En el arte, ante la aparición de lo siniestro se angustia el “personaje”, mientras que el espectador/lector encuentra una mediatización elaborativa en que se funda un deleite posible. De este modo, la autora propone que la función del arte es “conducirnos hasta el borde del horror, pero ensanchando nuestro mundo”.

    Avancemos ahora por el sesgo de la literatura. Leer a Joyce, pese a que algunos lo señalen como un jactancioso ejercicio mental, es algo que, tal como dijera Lacan del nudo, “hay que hacerlo”. Ahora bien, servirnos de dicha lectura a los fines de ampliar el horizonte de nuestro interés más allá de lo trabajado por Lacan en su vigesimotercer seminario, leyendo en Joyce un obrar, se nos presenta como un desafío.

    Encontramos muy interesante el modo en que para Graziela Baravalle y Edgardo Feinsilber resulta provechoso acudir a cuestiones joyceanas en el contexto de sus trabajos acerca de lo siniestro.

    Es Edgardo Feinsilber, quien siguiendo la enseñanza de Roberto Harari, despliega un original recorrido en el que avanzando sobre el concepto de “epifanía” propone lo que llama “logro epifánico”. Es en él donde, desde la trivialidad de un episodio que pudiera catalogarse de común, a partir de ciertos cabos sueltos, desatados, que no generan sentido sino que revelan un provechoso fracaso de la metáfora, puede obtenerse en el análisis, hacer de “esas pequeñeces, letra”.

    De tal modo, la epifanía –y he aquí el logro epifánico– “consigue hacer tratable la experiencia de lo real” y así soportar esa falta de sentido que caracteriza a lo real, dado que surgiendo de aquello que impactó a partir de lo visto u oído, pasó a ser escrito. Lacan es concluyente en su proposición: la epifanía reclama un texto.

    En la dirección de nuestra pregunta inicial, Feinsilber sostiene que lo siniestro provoca angustia cuando el sujeto queda en posición de objeto ante la aparición de un goce del Otro que se le presenta como ingobernable –definición que nos permite subrayar la importancia y el valor clínico de la epifanía en el análisis, en la medida en que su emergencia suscita una vía diferente para ligarse a un núcleo de lo real por medio de la escritura, donde el hacer con la letra posibilita otro destino. En tanto las epifanías producen un real efecto de sentido, muestran que no poseen Uno, único, sino que por permitir el acceso a la pluralidad (de sentido) admiten el advenimiento de significantes nuevos.

    ¿Es posible escribir en análisis otro destino? Alejandra Pizarnik, con su singular hacer lenguajero, escribe que “las palabras no tienen sentido, las palabras no tienen destino” (paronomasia mediante). Pero ¿podemos leer allí un indicio más que un sagaz juego de palabras?

    Es de la mano de nuestra magistral poeta que nos acercamos al trabajo de Graziella Baravalle, quien propone un acceso diferente al hecho artístico, intentando aprehender de la poesía de Alejandra Pizarnik “aspectos de la relación entre la escritura y el límite del goce”, cometido que no se logra sin acercarse a lo trabajado por Lacan sobre Joyce en el seminario antes mencionado.

    Baravalle, de modo artesanal, nos presenta un recorrido de la vida y la obra de la poeta, acentuando cambios de estilo, donde destaca “su esperanza de encontrar una dimensión propia y habitable por medio de la escritura”, para atravesar aquello que se presenta como maldición… Lo maldito, ¿no es acaso en los así llamados “poetas malditos” –en quienes el efecto del lenguaje se caracteriza por su relación con la muerte y la locura–

    donde leemos que ese algo que se les impone se manifiesta como lo “fuera

    de sentido” en el lenguaje que se articula con lo que podríamos llamar

    como lo “real del goce”?

    “Lo siniestro muestra lo real que irrumpe en la realidad, atraviesa lo imaginario y desorienta al sujeto que no encuentra letra que lo justifique”, nos dice Isidoro Vegh. Es que allí se muestra un punto clave de nuestra inteligencia de lo siniestro, donde no basta con remitirnos al desmoronamiento simbólico, sea cual sea el modo en que se lo nombre. Zulema Lagrotta pondrá en la cuestión otro acento: “La angustia ante lo siniestro” emerge

    cuando las “convicciones” más primitivas –por ejemplo, el animismo– superadas,

    parecen confirmarse. En la angustia como desarrollo de angustia, tenemos la presencia inequívoca de lo real, y lo siniestro es el exponente más claro y contundente de su presencia, ya sea porque los objetos andan danzando por ahí, separados de un cuerpo, como el tema de los ojos de la muñeca en el cuento de Hoffmann o algunos otros…

    Podemos pensar, entonces, que ciertas producciones artísticas o nuestras elaboraciones e importaciones fundadas en el arte, nos permiten un decir posible acerca de lo verdadero sobre lo real (variedad de lo verdadero). Revelación de lo real que es siempre un trozo alrededor del cual pueden tejerse historias, pero cuyo estigma es no enlazarse con nada.[2] Por eso, si importamos del campo de la literatura la cuestión de la epifanía es porque nos muestra magistralmente, aunque no de modo exclusivo, tal cuestión.

    La epifanía no se explica sino que impacta como golpe de sinsenti do. Tampoco requiere de ninguna fulguración épica, dado que es mayormente en el seno de lo familiar, en las vueltas de la repetición significante, que algo despunta, se suelta, y es lo que para el caso más nos interesa, ya que no es sin un cierto efecto de “siniestridad” dado por la perplejidad ante lo vaciado de sentido (polifonía de la palabra mediante), que se rompe la unidad del relato, al modo de los finales de dublineses, que incomodan por su falta de cierre y resolución.3 Ahora bien, la epifanía con el sinsentido logra mantener abierta la hiancia… ¿de ahí que no sea angustiosa? Nueva pregunta, quizá, para otro comienzo…

    [1] Sigmund Freud: “Lo ominoso”, en Obras completas, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1979, vol. XVII,

    pág. 225.

    [2] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XXIII: El sinthome, clase del 16 de marzo de 1976, versión inédita.

  • El amor, se hace

    Reseña del libro Pulsión de sexo de Mara Musolino. Cascada de letras. Bs. As., 2020
    Por Gabriela Spinelli

    “La partición en macho y hembra es una fábula poética”[1]

    En   su nuevo libro Pulsión de sexo, Mara Musolino nos invita a estudiar, allí donde mucho se tararea: ¿qué significa, cuál es la importancia de la proposición “no hay relación/proporción sexual” para la praxis (teoría y clínica) del psicoanálisis? ¿Y qué efecto tiene dicha ausencia de proporción en la relación sexual, sobre las relaciones sexuales? Pero también es un libro que ofrece nuevas hipótesis y propuestas.

    La autora nos va introduciendo al tema con sumo cuidado conceptual, compartiendo generosamente las citas donde Freud y Lacan desarrollan lo que entienden por “relación sexual”.

    Por tal vía nos propone reflexionar sobre la relación sexual y el amor, las relaciones sexuales y la función sexual.

    Los interrogantes que se van abriendo le imponen abordar la función del analista. Al respecto Mara entiende que un psicoanalista “no pretende estar fuera de la época que le toca vivir”; mas está obligado a “distinguir lo que podría ser una opinión personal, sociocultural”.  Estableciendo, de este modo, un diálogo fecundo y necesario (y sostenido con firmeza) que echa alguna precisión sobre cierto imaginario instalado socioculturalmente respecto del psicoanálisis en “estos momentos de incertidumbre global respecto del sexo”. Esto implica poner en cuestión las ideologías dominantes que a menudo se trasponen como resistencias al psicoanálisis, sobre todo en los mismos psicoanalistas, como es sabido; preguntándose al mismo tiempo por las incidencias de los avances fármaco-médicos “sobre la función sexual de cada individuo”

    Es así como sin ambages se pregunta ¿Qué vigencia tiene el falo en nuestra praxis? ¿a qué nos referimos cuando decimos falo?

    Para desarrollar estos interrogantes Mara pasa el concepto por un fino tamiz que permite librarlo de las resonancias homofónicas-homonímicas que lo enclaustran en un sentido alejado de lo que dice el concepto psicoanalítico “falo”.

    Puedo decirles también que van a encontrar finas articulaciones en lo que refiere a lo real-la realidad, la pulsión-la libido así como una fuerte argumentación acerca de por qué no podría existir una pulsión total ni generalización alguna en el campo del psicoanálisis.

    Llegamos así a lo que se llama, en el texto, “Del saber-hacer-allí otra cosa que síntoma con lo Real del sexo”, saber-hacer allí-con la diferencia y la disparidad subjetiva; propuesta que, más que cerrar el libro, lo abre.

    Se trata de un libro por el que podemos transitar más o menos fluidamente, más o menos de acuerdo con sus propuestas, pero en el que en cada página una voz nos habla muy de cerca, sin deseo de “ajustarse al interés público” de quien escucha, ni al discurso “adecuado a las normas del mercado”. Muy de cerca, también, a la clínica y la práctica en que se sostiene. Y eso, en tanto no pretende generar acuerdos masivos, nos hace pensar.

    [1] S. Freud “Tres ensayos para una teoría sexual”

  • “¿Brontofobia?” Umbral, tronar de la pulsión / Gabriela Spinelli

    “¿Brontofobia?” Umbral, tronar de la pulsión / Gabriela Spinelli

    “El grito hace aglutinarse al silencio en el impasse mismo donde brota…para que el silencio escape de él”
    Jacques Lacan  Seminario 12

    “Los dioses no se ven pero se oyen: en el trueno, en el torrente, en la nubada, en el mar. Son como voces”
    Pascal Quignard “El odio a la música”

    Eugenia consulta a sus 23 años luego de varios tratamientos, portando el significante “brontofobia” como intento de explicar su padecer. Plagada de información que funciona a modo de racionalizaciones que no alcanzan a simbolizar “eso” que la aqueja[1].

    Su sufrimiento comenzó de pequeña, con un miedo a los truenos nocturnos que la conducían a buscar refugio en el lecho de sus padres.

    Poco a poco el miedo se fue extendiendo a las tormentas.

    Hubo un periodo de calma al llegar a la pubertad, creyeron que el miedo estaba superado pero a los quince años retornó aún más potente, de modo que, en su adolescencia ya evitaba por medios inconfesados salir de la casa cuando llovía, hasta que llegó a no salir cuando “estaba por llover”.

    En su juventud, con sólo oscurecerse el cielo, se cierne sobre ella un pavor indescriptible.

    Vive pendiente del servicio meteorológico, sus vacaciones se eligen en función del clima del lugar….

    Su vida social es bastante pobre, sus relaciones inestables. Sólo a un “novio” le confesó su padecimiento, quien al principio comprendió y al tiempo…se saturo.

    Los trabajos no quedan al margen. Las inasistencias hacen que sea despedida porque no puede soportar los “despertadores”. ¿Qué despierta la tormenta? A esta altura del relato, algo empieza a sonar raro…

    El análisis comienza de manera “entrecortada” por sus ausencias. El trueno rápidamente se presenta en sus fantasmas como “voz” paterna: los gritos del padre militar que irrumpía en la casa borracho por las noches, y su propio grito al padre en un desesperado intento de ser desalojada de ese lecho.

    Recuerdo aquí la siguiente cita de Lacan de su Seminario IV “Las relaciones de objeto”, para luego articular con el desarrollo del análisis y la propuesta que de allí se desprende: “La fobia introduce en el mundo del niño una nueva estructura (…) entonces, con ayuda de la fobia, instaura un nuevo orden del interior y del exterior, una serie de umbrales que se ponen a estructurar el mundo”.

    Con mucho esfuerzo, logra sostener un trabajo, y conoce a un hombre con quien entabla una relación “tempestuosa”. Cede la obsesión climatológica pero al momento de la tormenta… aparece “eso” que no cesa de no escribirse en historicidad. Enigmas frente a los cuales se puede, o no, reconocer el límite Real.

    Su análisis continúa. No la asustan los relámpagos…como el trueno avisa, puede cerrar los ojos. De hecho, le atraen los fuegos artificiales[2], “me dijeron que es porque al ser creados por el hombre pueden controlarse. Parece que mi problema es lo incontrolable de la naturaleza, que puede matarnos en cualquier momento”.

    El trabajo sigue por la senda de lo inanticipable, lo incontrolable, lo imprevisible, vivenciados como  golpe de real que pone de manifiesto tanto la insignificancia de su cuerpo ante la magnificencia de la naturaleza como lo “incontrolable” en relación a su cuerpo.

    El terror se manifiesta así: Se tensa todo el cuerpo, retiene el aliento y se tapa los oídos. Consigue cierta calma al meterse en la cama porque puede taparse por completo con las sábanas.

    Aparece un recuerdo:

    Está en la casa de los abuelos en las sierras, subyugada por el sonido del eco posterior al trueno. Hay un ritmo en el eco… que en un momento cesa, algo se discretiza atenuando el efecto siniestro.

    Y a continuación una segunda escena, de sus quince años: vacaciones en la playa, está junto a un muchacho, el ruido de las olas en la oscuridad de la noche…. un ritmo insoportable. No se podía distinguir el cielo del mar. Nunca más pudo acercarse al mar de noche porque “no puede no oír”. Dice desde el diván: “Recién ahora advierto que no me daba cuenta que ese chico me gustaba mucho”.

    Empieza a encontrar sosiego cuando durante las tormentas entabla alguna conversación. Durante un episodio llama a la analista, quien no sin dudar decide atender el llamado.

    Cecilia relata lo que va ocurriendo en su cuerpo a medida que la tormenta se desencadena. Es una tormenta de verano con viento, truenos y granizo. En el entre truenos… ese silencio la aterra. Del ruido o del silencio no se puede escapar, te envuelven… como la oscuridad.

    Sobreviene un silencio justo cuando se oye un sonido apenas audible y la analista le pregunta sobre ello. “Me hace ruido, la panza” dice con una risa incómoda. La panza que rompe el silencio, cuando se la oye. Así comienza a hablar de otras sensaciones en relación a su cuerpo.

    Luego del relámpago, entre el trueno y el silencio se inserta el terror. Frente a eso que a esta altura podemos considerar lo pulsional turbulento, torbellinario donde todo está mezclado, se trata de discretizar[3]…por aquí sigue el análisis.

    Un cuerpo se constituye en una operación significante, no hay cuerpo sin significante, más no todo aquello que fueran “restos de visto y oído” llegan a significantizarse (a entrar en el orden significante). Y de dicha operación, cae algo como sinsentido. ¿Que destinos para estos restos de sinsentido? ¿Es eso lo que retorna como lo auditivo –visivo, invasivo, que amenaza al sujeto? ¿Retornos de lo no simbolizado?

    ¿Que dice un trueno? ¿Las olas? ¿Y el “ruido de la panza”? Campo del sinsentido donde habrá de buscarse al deseo que lo interpreta.

    Lo que no habla, sin estar por fuera del lenguaje, vocifera. ¿Cómo escapar a esta dominancia sin párpado auditivo?

    Recordemos que en la Conferencia en Ginebra, dice Lacan, que “el agua del lenguaje llega a dejar algo tras su paso, algunos detritus con los que” (el niño) “jugará, con los que le será muy necesario arreglárselas. Es eso lo que le dejará toda esa actividad no reflexiva, los añicos, a los cuales más tarde -pues es un prematuro- se le agregarán los problemas de lo que lo espantará. Gracias a eso hará la coalescencia de esa realidad sexual y el lenguaje”.

    “Añicos” de palabras, mots, que no se pliegan a sentidos constituidos, y al aparecer en tanto “alteridad[4] en lo que se dice” para el habla (parole) que los porta, espantan, inquietan. Con eso, hay que saber “arreglárselas”[5]. En transferencia la analista oye a la vez que escucha significantes[6] en el relato de la analizante. Otra voz hace que esté menos “oscuro”.

    Apuesta del análisis: que un intervalo discretice, y a condición del silencio cavado por el significante un sujeto aparezca en medio de la presencia intrusiva y aterrorizante del trueno que provoca el desarrollo de angustia en la sujeto inerme, amenazada en su subjetividad . Decir del Otro, que discretiza en lalangue, que produce los cortes necesarios para que un eco sea posible. Eco: corte y repetición que hacen posible la incidencia significante. En lo sonorizado siniestro, como un grito asignificante (inasimilable por el símbolo), el intervalo es articulación entre lo visivo y lo sónico, articula lo escópico y esta otra condición…. ¿De dónde viene ese ruido? Trueno, ilocalizable condición enigmática que la envuelve dejándola inerme como en la experiencia del mundo omnivoyeur.

    En “La tercera” Lacan afirma que “tenemos miedo de nuestro cuerpo”[7]. “La angustia es algo que se sitúa en nuestro cuerpo, es el sentimiento que surge de esa sospecha que nos embarga de que nos reducimos a nuestro cuerpo”.

    Lo pulsional sexual que no se detiene, como las olas del mar…ritmo insoportable por lo repetitivo e infinito. ”Nunca más pudo acercarse al mar de noche”: ¿la oscuridad hace más audible lo pulsional? En la negrura de la noche acecha la sonoridad de lo que “no puede no oír” que la mira, la envuelve en una experiencia de lo que no está ni adentro ni afuera sino que ex -siste, extimo.

    La sonoridad estrepitosa que conmueve el universo no es habla más se inscribe en el lenguaje. Emisión vocal asignificante ¿por contener todos los significantes posibles, como dice Lacan en el seminario 3 a propósito de Schreber? Lo sinsentido decimos casi veinte años más tarde.

    Trueno- oscuridad-olas-impulso sexual-ruido de panza, continuidad Imaginario – Real de lo que no puede ser articulado. Se confunden los ruidos, hasta que el decir en transferencia los va desligando y encadenando. Que lo Real inasimilable por lo simbólico comience a organizarse en historicidad, que encuentre lugar en su historia, precisa a la vez que se encuentren y creen nuevas ligaduras “inauditas”; ruptura del sentido edípico para encontrar otro modo de “saber –hacer-con” lo que causa su padecer.

    [1] Racionalizar no es simbolizar. Se trata de arribar a lo que representa para ella, más allá de las explicaciones científicas, es decir, producir una articulación a nivel de lo que significa la tormenta más allá de la meteorología.

    [2] Fuegos artificiales tienen correlato simbólico, (y fascinada en un goce escopico) tienen principio desarrollo y fin. Sabe que concluyen.

    [3] Discretizar : separar en segmentos, intervalos.

    [4] Lacan, Jacques. “Seminario 10” 5/6/63

    [5] Lagrotta, Z. “Radiofonía”.

    [6] la angustia : el sujeto se ve amenazado en su integridad ante en avance de lo Real en su dominio Imaginario; en realidad, ante el avance del Goce del Otro, que le advierte sobre el riesgo de quedar reducido a la desubjetivación, a ser mero objeto a, desecho.

    [7] Por cuestiones de extensión no desarrollaremos aquí que entendemos por “nuestro” cuerpo, o cuerpo propio.

    Fuentes:
    -Roberto Harari “Vocologie psychanalytique: le reelangage “ Dans Analyse Freudienne Presse 2009/1 (n° 16), pages 133 à 141.
    – Jacques Lacan. Conferencia en Milan. 18/12/67 Scilicet 1, Paris, Seuil, 1968.
    – Seminario « Eficacias del Realenguaje » dictado en Mayeutica- Institución Psicoanalitica (2017)E.Feinsilber, B.Mattiangeli, M.Rizzi, I.Rodriguez, G.Spinelli, D.Voronovsky.


     

    Presentación realizada en el Coloquio Internacional convocado por la Escuela Freudiana de Buenos Aires, la Escuela Freudiana de la Argentina, la Fundación Europea para el Psicoanálisis y Mayéutica- Institución Psicoanalítica “La voz y la mirada en la experiencia del análisis” realizado en Buenos Aires los días 22 y 23 de marzo de 2019.

  • “Brontophobie? Seuil, tonner de la pulsion / Gabriela Spinelli

    “Brontophobie? Seuil, tonner de la pulsion / Gabriela Spinelli

                                   “Le cri fait en quelque sorte- le silence- se pelotonner dans l’impasse même d’où il jaillit pour que le silence s’en échappe “ Lacan,  « Séminaire 12 » ( 17 mars 1965)

    “Los dioses no se ven pero se oyen: en el trueno, en el torrente, en la nubada, en el mar. Son como voces”. Pascal Quignard,  “La haine de la musique”

    Après plusieurs traitements Cecilia fait une consultation à l’âge de 23 ans, portant le signifiant « brontophobie » en tant qu’essai d’expliquer sa souffrance. Bourrée d’informations fonctionnant comme des rationalisations qui n’arrivent pas à symboliser « ca » qui l’afflige.

    Sa douleur avait commencé quand elle était petite par la peur des tonnerres nocturnes qui la menaient à se réfugier au lit de ses parents.

    Peu à peu cette peur s’est étendue vers les orages.

    En arrivant à la puberté elle est passée par une période de calme, et tous ont pensé qu’elle avait surmonté sa peur ; mais à l’âge de quinze ans cette terreur est revenue, même plus puissante.

    Adolescente, elle évitait par des moyens inavoués de sortir de chez elle quand il pleuvait, et elle est même arrivée à ne pas le faire quand « il était sur le point de pleuvoir ».

     

    Jeune, le seul fait de voir le ciel s’obscurcir lui provoque un effroi indescriptible.

    Elle dépend absolument de la météo, au point de choisir le lieu et le moment de ses vacances en fonction du climat.

    Sa vie sociale est assez pauvre, ses relations instables. Elle n’a avoué qu’à un seul petit- ami sa souffrance ; celui-ci l’a d’abord comprise, mais au bout d’un certain temps il en a eu assez.

    Ses emplois ne sont pas épargnés de cette situation. Ses absences – elle n’arrive pas à supporter le retentissement des réveils-  produisent des licenciements à répétition. L’orage, qu’éveille-t-il ? Nous en sommes à un moment de son récit où quelque chose commence à sonner de manière bizarre.

    L’analyse commence de manière “entrecoupée” à cause de ses absences. Le tonnerre vite se présente dans ses fantasmes comme la « voix paternelle » : les cris de son père militaire faisant irruption dans la maison, ivre, pendant la nuit et ses propres cris à elle, adressés à son père, en essayant désespéramment d’être chassée du lit parental.

    Je me souviens d’une citation de Lacan-dans son Séminaire 4, quand, le 20 mars 1957-, qu’on articulera au cours du développement de cette analyse avec la proposition qui s’en découle. Il dit : « Le sens de la phobie, c’est bien cela: c’est d’introduire dans le monde de l’infant une structure, une certain façon de mettre au premier plan la fonction d’un intérieur et d’un extérieur (…) la phobie instaure un nouvel ordre de l’intérieur et de l’extérieur, une série de seuils se mettent à structurer le monde »

    En faisant beaucoup d’efforts elle réussit à soutenir un emploi et connaît un homme avec lequel elle entame une relation « houleuse ». L’obsession climatologique cède, mais au moment de l’orage apparaît « cela » qui ne cesse pas de ne pas s’écrire en historicité. Des énigmes face auxquelles on peut, ou non, reconnaître la limite du Réel.

    Son analyse continue. Les éclairs ne lui font pas peur… comme le tonnerre prévient, elle peut fermer les yeux. En fait, elle se sent attirée par les feux d’artifice. « On m’a dit que puisqu’ils sont créés par l’homme, ils peuvent être contrôlés. Il semblerait que mon problème est ce qui est incontrôlable dans la nature, ce qui peut nous tuer n’importe quand ».

    Elle continue sur la voie de ce qui est inanticipable, incontrôlable, imprévisible, tout cela vécu comme des coups de réel mettant en évidence autant l’insignifiance de son corps face à la magnificence de la nature que ce qui est « incontrôlable » en rapport avec son corps.

    La terreur se manifeste ainsi: tout son corps tendu, elle retient son haleine et bouche ses oreilles. Elle parvient à un certain calme en se mettant au lit car elle peut se couvrir complètement avec les draps.

    Un souvenir apparaît:

    Elle est chez ses grands- parents, dans les montagnes de la province méditerranéenne de Córdoba, ravie par le son de l’écho postérieur au tonnerre. Il y a du rythme dans cet écho… lequel à un moment donné cesse, quelque chose  « se discretiza » (néologisme en espagnol qui indique ce qui est susceptible d’être séparé) en atténuant l’effet sinistre.

    Puis, une deuxième scène, à ses quinze ans: en vacances au bord de la mer, elle se trouve, le soir  et sur la plage, à côté d’un jeune homme : Le bruit des vagues dans le noir de la nuit… un rythme insupportable. « On ne pouvait pas distinguer le ciel de la mer ». Elle n’a plus jamais pu s’approcher de la mer la nuit, parce que « je ne peux pas ne pas entendre ». Allongée sur le canapé, elle dit : « Je viens de réaliser que je ne comprenais pas que ce jeune homme-là me plaisait vraiment ».

    Elle commence à trouver du calme quand, pendant les orages, elle peut entamer une conversation avec quelqu’un.

    Durant un épisode elle téléphone à son analyste:

    Cecilia raconte ce qui se passe dans son corps au fur et à mesure que l’orage se déchaîne. C’est un orage d’été, il vente, il tonne et il grêle. Pendant l’entre-tonnerres le silence l’effraie. Du bruit ou du silence, on ne peut pas s’enfuir, ils t’entourent, comme l’obscurité.

    Elle fait silence jusqu’au moment où l’on entend un son à peine audible ; son analyste lui pose des questions à propos. « Mon ventre à moi [me]  fait du bruit » répond-elle en riant, mal à l’aise. Son ventre qui brise le silence dès qu’il est entendu. Et elle commence à parler d’autres sensations qui vont au- delà de celle de la peur.

    Après l’éclair, entre le tonnerre et le silence, la terreur arrive. Face à cela, que nous pouvons déjà considérer le pulsionnel turbulent, « torbellinario » (avec la force et la forme d’un tourbillon), où tout est mélangé, il s’agit de « discretizar » (séparer). C’est la voie que prend son analyse.

    Un corps se constitue par l’effet d’une opération du signifiant, il n’y a pas de corps sans signifiant, mais pas tout ce qui a été « des débris de vu et d’entendu » parvient à « significantizarse » (entrer dans l’ordre du signifiant). En y parvenant, quelque chose tombe comme non-sens. Quelle destination pour ces débris de non-sens ? C’est cela qui revient comme l’auditif-visuel(en espagnol, visivo), invasif qui menace le sujet ? Retours de ce qui n’a pas été symbolisé ?

    Que dit un tonnerre? Les vagues? Et le bruit du ventre? Champ du non- sens où il faudra chercher le désir qui l’interprète.

    Ce qui ne parle pas, sans être en dehors du langage, vocifère. Comment échapper de cette dominance sans paupière auditive ?

    Nous devons nous rappeler que lors de la Conférence de Genève[2], Lacan dit que « J’ai très bien vu de tout petits enfants, ne serait-ce que les miens. Le fait qu’un enfant dise peut-être, pas encore, avant qu’il soit capable de vraiment construire une phrase, prouve qu’il y a en lui quelque chose, une passoire qui se traverse, par où l’eau du langage se trouve laisser quelque chose au passage, quelques détritus avec lesquels il va jouer, avec lesquels il faudra bien qu’il se débrouille. C’est ça que lui laisse toute cette activité non réfléchie – des débris, auxquels, sur le tard, parce qu’il est prématuré, s’ajouteront les problèmes de ce qui va l’effrayer. Grâce à quoi il va faire la coalescence, pour ainsi dire, de cette réalité sexuelle et du langage ”.

    Des “miettes” de paroles, des mots ne se pliant pas à des sens constitués ; dans la mesure où ils apparaissent en tant qu’ »altérité dans ce qu’on dit » pour la parole qui les porte, ils effrayent et inquiètent.  Il faut savoir « se débrouiller » avec. En transfert, l’analyste entend et à la fois écoute, « auditionne » des signifiants dans le récit de l’analysante. Une autre voix fait qu’il fasse moins « nuit »

    Mise de l’analyse: qu’un intervalle coup (“discretice”) et,  à condition du silence installé par le signifiant, qu’un sujet apparaisse au milieu de la présence intrusive et effrayante du tonnerre qui provoque l’accroissement de l’angoisse chez la sujet inerme, justement menacée dans sa subjectivité. Des dires de l’Autre produisant les coupures nécessaires pour qu’un écho soit possible : coupure et répétition rendent possible l’incidence du signifiant. Dans le sonorisé sinistre, tel un cri asignifiant inassimilable par le  symbolique), l’intervalle est articulation entre le visuel (en espagnol, « visivo ») et le sonique, il articule le scopique et cette autre condition… D’où il vient, ce bruit ? Tonnerre, condition énigmatique pas localisable qui entoure l’analysante en la rendant inerme comme dans l’expérience du monde omnivoyeur.

    Dans “La troisième” Lacan  affirme qu’on a peur de notre corps…. Et que ”l’angoisse c’est le sentiment qui surgit de ce soupçon qui nous vient, de nous réduire à notre corps “.[3]

    Le pulsionnel sexuel ne s’arrête pas, comme les vagues de la mer… rythme insupportable pour ce qu’il a de répétitif et d’infini. Dans la nuit noire la sonorité du pulsionnel traque, ce qu’elle « ne peut pas ne pas entendre » la regarde, l’entoure dans une expérience de ce qui n’est ni dedans ni dehors, mais qui « ex-siste ».

    Le non- sens, dira-t-on vingt ans plus tard. La sonorité fracassante qui choque l’univers n’est pas parole mais elle s’inscrit dans le langage. Émission vocale a-signifiante, par le fait qu’elle contient tous les signifiants possibles, tel que le dit Lacan dans son séminaire 3 à propos de Schreber ? Presque vingt ans plus tard  nous dirons le non-sens.

    Tonnerre – obscurité – vagues – pulsion sexuelle – bruit au ventre; continuité Imaginaire-Réel de ce qui ne peut pas être articulé. Les bruits se confondent, jusqu’au moment où peu à peu le dire en transfert les sépare et les enchaîne sous forme d’articulation.  Que le Réel inassimilable par le symbolique commence à s’organiser en historicité, qu’il trouve place dans son histoire nécessite en même temps que de nouvelles attaches « inouïes » se retrouvent et se créent, rupture du sens œdipien afin de trouver un autre mode de savoir  -faire avec- ce qui provoque sa souffrance.

    Traduction: Alicia Waisman

    References bibliographiques:

    • Roberto Harari « Vocologie Psychanalitique : le reelangage » Dans Analyse Freudienne Presse 2009/1 (n 16)
    • Jacques Lacan. Conference donnée á l’Institut Français de Milan, 18 decembre 1967, Scilicet 1, Paris, Seuil, 1968
    • Seminaire « Eficacias del Realenguaje » donnée a Mayeutica- Institución psicoanalítica. (2017) E.Feinsilber, B.Mattiangeli, M.Rizzi, I.Rodriguez, G.Spinelli, D.Voronovsky.

    [2] Jacques Lacan, “Conference a Geneve sur le symptome” (4/10/75)

    [3] Jacques Lacan “La troisième” 1/11/1974


     

    Presentación realizada en el Coloquio Internacional convocado por la Escuela Freudiana de Buenos Aires, la Escuela Freudiana de la Argentina, la Fundación Europea para el Psicoanálisis y Mayéutica- Institución Psicoanalítica “La voz y la mirada en la experiencia del análisis” realizado en Buenos Aires los días 22 y 23 de marzo de 2019.

  • Siete paseos por los bosques del psicoanálisis

    Reseña del libro de Alberto Franco: De la doctrina del significante, Ed. Letra Viva, Buenos Aires, 2012.

    “Incluso cuando en un bosque no hay sendas abiertas,  todos podemos trazar nuestro propio recorrido…”
    Umberto Eco Seis paseos por los bosques narrativos                  

    Un nuevo libro sobre psicoanálisis asoma en nuestro bosque. Y con él una pregunta, ¿por qué leer este, entre tantos otros nuevos libros sobre psicoanálisis?

    Podríamos comenzar esta reseña de un modo más tradicional, intentando transmitir de qué se trata el libro, destacando los conceptos que se abordan en el recorrido teórico del mismo. Pero elegimos otro sesgo porque ocurre que, algo surgido de su lectura, nos hace decir que sus notas vertebrales, aquellas desde las cuales podríamos responder nuestra pregunta inicial, no suenan de ese modo.

    En este (su segundo) libro, Alberto Franco, sin dudarlo, nos ofrece de modo amplio y generoso mucho más que el fruto de su labor intelectual. De la doctrina del significante es un libro escrito por un psicoanalista lacaniano que nos invita a transitar (parafraseando a Umberto Eco) “siete paseos por los bosques” del psicoanálisis de un modo singular, ya que lo hace a partir del compromiso con su praxis. Al abrirlo nos encontramos con cinco capítulos, a los que se suman la introducción y un apéndice (sin contar en dicha serie la dedicatoria y el epígrafe, que merecerían “un capítulo aparte”). Y ya en su modo de nombrarlos, el autor nos señala el camino al que nos invita: “Sobre el significante”; “Del significante y la legalidad de lo inconsciente”; “La teoría del significante tal como se desarrolla a partir de la propuesta sobre la metáfora”; “Del significante a la letra” y “De la letra”.

    En su transcurrir, muy riguroso en la lectura y puntuaciones de la obra de Lacan y respetuoso de la periodización de los conceptos, este libro abarca gran parte de la obra del maestro francés, pero su mérito reside especialmente en lo que consigue hacer con lo que de modo muy legítimo podemos llamar un trabajo de lectura. Porque al ofrecernos las citas de referencia, hace que ellas revelen su potencial multiplicidad de conexiones, llegando a formular algo que no estaba expreso en el texto. Es así que, sirviéndose del trabajo con los textos, no nos deja en ese punto, sino que muestra sin ambages su deseo de que lo acompañemos a dar un paso más: “franquear” la barrera del confort intelectual al leer en la obra de Lacan una doctrina del significante, que es producto de su saber-hacer. Por otra parte, al brindarnos tan generosamente las citas en que se apoya, nos invita a continuar con la tarea que, vale la pena aclararlo, no es sin Freud, es decir, sin el necesario retorno a sus fundamentos.

    Este deseo de ser leído, y de hacerse entender por el lector, se desprende aún (o quizá debiéramos decir, más todavía) de los tramos más complicados, que los hay, por supuesto, ya que el autor no se ahorra el desafío de enfrentar las complejidades ni las contradicciones en el seno de la teoría.

    Decimos, entonces, que son las novadoras articulaciones entre las dimensiones-dit-menciones del significante, las que dan por fruto una doctrina del mismo que va más lejos que una explicitación de las distintas teorías del significante en la obra de Lacan. Nos encontramos, de este modo, con un desarrollo que es propio de una elaboración a partir de la praxis del autor, que va en este caso “del neologismo a la letra” (cual fuera el título del seminario dictado en Mayéutica-Institución Psicoanalítica, en el que se gestó gran parte de lo abordado en este libro) y un poco más lejos también.

    Del corte de predicación –concepto poco trabajado, y en cierto modo crucial desde la perspectiva de nuestro autor, atravesando el hay de lo uno hasta el significante-todo solo, que nos llevarán hacia el significante nuevo y el hay de la una equivocación, no nos priva, reiterémoslo, de transitar las sinuosidades del camino; pero nos ofrece las herramientas y la compañía para recorrerlo. Un sendero, entre otros posibles, como bien señala el propio autor, que deja abierta la posibilidad para que cada lector encuentre su “bifurcación”.

    Ya desde la introducción, es muy claro con respecto a lo que va a ofrecernos, haciendo un escueto, pero no por ello menos valioso, recorte de lo por venir (que no es lo mismo que el porvenir). Sí, no se trata de ilusiones, no hay comprensiones ni respuestas absolutas, por eso “de” la doctrina del significante, desde el título mismo arroja efectos de enseñanza.

    Desde las primeras definiciones del significante, avanza recalando en sus relaciones con la predicación y la ordenación, haciéndonos surgir la pregunta: ¿cómo entender esto, incluida la sección de predicado, sin atender a lo trabajado por Recanati en algunos de los últimos seminarios de Lacan?

    El ordenar en par le permitió a nuestro maestro francés denominar el significante que representa al sujeto como S2, diferenciar de él a aquel a quien se dirige, y presentar al saber no sabido como S2. En este proceder nos muestra –al tiempo que demuestra– la influencia y la radical importancia del cambio producido por el abandono de la “intersubjetividad”, partiendo de que un significante representa a un sujeto ante otro significante… A continuación, y así como “de paso”, Franco aborda de modo más que interesante la cuestión del je y el moi, siempre actual.

    En lo que pareciera un abordaje propio de la lingüística, comienza a introducir la noción de letra, situándonos en los momentos históricos, para reconocer quiénes eran los interlocutores de Lacan en cada momento. Es así que nos encontramos desde Lévi-Strauss, Benveniste, y el ineludible Saussure, hasta otros no tan citados en la actualidad, como Rifflett-Lemaire , J.L. Nancy o Lacoue-Labarthe (solo por mencionar a algunos de aquellos críticos a los cuales Lacan convierte en sus interlocutores). Pero por supuesto, no se trata de hacer cronología, sino de que tal proceder nos brinda los datos para entender la lógica que en ello encuentra el autor.

    Asimismo, podremos hallar especificadas claramente las nociones de lenguaje, lengua, habla, lalangue y significación, sentido y significancia, con imperdible claridad.

    Luego de trabajar algunas consecuencias de la teoría de los juegos, ahondamos en la conceptualización del significante como par ordenado, (y allí comprendemos la trascendencia de dicho desarrollo, como lo decíamos hace algunos párrafos).

    Se inaugura a continuación un nuevo tramo del recorrido donde las diferentes versiones de los cuatro discursos derivan hacia la aparición de ese significante singular que dará pie a la formulación del sinthome. Para proseguir, se hace necesaria la diferenciación entre el significante ordenado en par y el hay de lo uno: el criterio de orden no solo nos permite entender qué significante antecede a cuál –o lo que es lo mismo, cuál predica sobre cuál– sino que, además, permite diferenciar aquel significante –para el caso, “el hay de lo uno”– que se recorta de la cadena, ajeno a cualquier predicación porque, básicamente, no es un significante para Otro.

    Todo esto nos conduce a nuevas consideraciones acerca de la noción de letra, que no es sin el abordaje de lalangue, concepto del cual nos es ofrecida una tan exquisita como clara definición.

    Una fuerte afirmación le viene muy bien al estilo del autor: en su discurrir no hay último ni primer Lacan. Hay, sí, un devenir de ideas que se entrelazan, deslazan y deslizan, de conceptos que danzan una danza que no es bolero ni marcha. Alberto Franco encuentra y transmite un ritmo singular de pensamiento que, acompasado en su clínica, da cuenta de una “verdadera” praxis lacaniana, haciendo de lo “variado” en su decir, enseñanza.

    Sobre el final, nos queda muy claro que “le” y “nos” queda, afortunadamente, mucho por decir; un desenlace a la espera de reanudación. Nuestra experiencia diaria como psicoanalistas.

  • Acto poético, traducción, ¿interpretación?

    El acto poético hace al encuentro […] produce esa extrañeza ante una realidad cotidiana que de pronto se revela como lo nunca visto […]. El primer acto de esta operación consiste en el desarraigo de las palabras. […] de sus conexiones y menesteres habituales. El decir del poeta es un acto que revela nuestra condición, que no es sino la de nuestra falta original, nuestro poco ser.

    Octavio Paz: El arco y la lira

    Ningún poema puede nacer de la convicción
    de que ya existe un lenguaje que une dos
    cosas distintas. 

    Paul Auster

     

    El tema sobre el cual De Rivoyre nos acerca nuevas consideraciones en su texto “Acto poético, acto analítico. O la cuestión del estilo”, podría enunciarse como “de las relaciones entre el acto analítico y el acto poético”. Y así lo abordaremos, dado que lo consideramos fundamental tanto en lo que hace al procesamiento del último tramo de la enseñanza de Lacan como por sus alcances en nuestra práctica cotidiana.

    El desarrollo de dicho tema orienta un modo de entender la interpretación como intervención del analista, desprendida de una lectura de Freud: el acto analítico en tanto interpretación se funda como acto de habla, y es en este sentido que apoya la relación con el acto poético.

    Ahora bien, puede resultarnos interesante recordar que, si una de las notas esenciales del acto –el cual, por definición, acontece por un decir–[1] es producir un corte, podemos considerar, siguiendo a Badiou, que hay algo allí del orden del acontecimiento. El decir hace discurso y el advenimiento del discurso es acontecimiento[2] que se revela de una manera súbita e impredecible, subvirtiendo la hegemonía o sistema de creencias haciendo palpable el vacío primordial de la condición humana, su falta de metas u objetivos predeterminados, el hecho mismo de que el sentido es siempre una construcción.[3]

    Si entendemos que esta noción es útil es porque (re)introduce ideas de algún modo subversivas (o así consideradas en algún momento), como la importancia del azar, el rol activo de los sujetos y la relevancia de las rupturas, sumamente interesantes a la hora de planearnos el acto analítico. Étienne Balibar nos permite dar un paso más al decir que “[…] hay un antes y un después y, por lo tanto, permite fijar una fecha que interrumpe la continuidad de las representaciones”,[4] instituyendo un inicio diferente.

    Dicho corte implica fundamentalmente un “hacer” no reductible a acción ni mucho menos a hazaña alguna, que en virtud de un cambio en la posición subjetiva del analizante produce efectos y tiene consecuencias no reversibles. Nos interesa este sesgo para continuar desarrollando la articulación entre acto analítico y poesía (tomada en función de la etimología de poiesis, por supuesto), ya que ambos implican un hacer transformador, hacer con palabras, que va “contra el sentido” (retomaremos luego algunas consideraciones a este respecto).

    Ambos quehaceres se acercan no solo por su sesgo activo, sino por el modo en que se ejercen, ya que al romper los ligámenes establecidos –haciendo caer las anticipaciones imaginarias– generan inquietud, desacomodo, desasosiego, cuando no asombro. Y es ciertamente en este punto que pueden relacionarse con un modo de intervención del analista, cuando al modo del poeta opera sobre el lenguaje violentándolo, tomando la unidad sonido-sentido que abre a equívocos múltiples, es decir, valiéndose de lo que equivoca.[5]

    Un buen punto para discutir, que hace al nudo de la cuestión que nos ocupa en este número de Lapsus Calami, sería si dicha intervención puede conservar el nombre de “interpretación”. En el texto con el cual venimos dialogando el autor parece afirmarlo, extendiendo para ello los alcances del concepto de interpretación, complejizando los términos de la articulación inicial al enlazar en el corazón mismo de la cuestión la operación de traducción. Traducción entendida en un sentido muy particular e interesante, como un “traspaso entre-textos” que no apunta a verdad última alguna, sino a la posibilidad de hacer surgir lo polifónico en la lengua a partir del equívoco.

    La prosecución de esta línea de pensamiento nos permite considerar dicha intervención analítica como aquello que atenta contra el pretendido sentido único –o último– abriendo a una multiplicidad, a lo fuera de sentido, a lo ausentido, a lo insensato que pueda ir resquebrajando la fijeza de la consistencia neurótica (creencia en el “un” sentido).

    A esta altura de nuestra conversación, nos salen al cruce al menos dos preguntas. La primera, invitando al diálogo a Guy Le Gaufey: ¿una traducción que se desentienda del sentido…?

    De las interrogaciones que de allí se nos plantean, vale situar algunos problemas. Hasta cierto momento, la traducción fue concebida como un intento por resolver el obstáculo denunciado por la Babel de las lenguas, creyendo que vencidas ciertas dificultades todos podíamos entendernos, saldaría la injuria. Aun aceptando la existencia de la diversidad de lenguas, se insistía en sostener que distintos sonidos nombraban las mismas cosas. El lenguaje había perdido universalidad, empero, la fe en la traducción salvaría la permanencia de lo esencial.

    Pero poco a poco, la Edad Moderna fue destruyendo cierta garantía representada por el postulado según el cual “hay muchas lenguas pero el sentido es uno”. En un principio, la fe en la razón y la ciencia insistió en sostener que hay diferentes palabras que designan las mismas cosas, proponiendo como común denominador de la pluralidad de lenguas los productos de dicha razón: los significados. Así, lo designado era universal: las cosas del mundo, ya que todas las lenguas obedecían a las mismas leyes de la razón. Mas roto el pacto entre el mundo y las palabras, comienzan a caer los espejismos de la significación.

    Podemos pensar en numerosos ejemplos, tomados no solo de filósofos y estudiosos de la lingüística, sino también de poetas, quienes tan a menudo se nos adelantan. Es luego de la irrupción de Mallarmé (¿forzaríamos mucho las cosas si lo llamáramos acontecimiento?) que muchos de ellos han denunciado el quiebre entre mundo y lenguaje. Si sonidos diferentes no nombran las “mismas” cosas, nos encontramos ante un quiebre radical de la soñada unidad original. Y así se vuelve “utopía”, como nos dice en su texto Irene Agoff. De este modo, las palabras se tornan, cada una, enigma: algo ajeno, extranjero, incomprensible, y a su vez un desafío, pues todo intento por acercarse y comprenderlas exige un esfuerzo.[6] Y el sentido se dispersa en una pluralidad de significaciones.

    Así pensada, la traducción aparece como invención, ya no regida por el “¿qué quiere decir?”, que entiende dicha operación como metáfora (una palabra por otra), cuanto por el intento de “producir por medios diferentes, similares efectos”, como lo expresa Valéry. Nos encontramos, por tanto, frente a un acto literario, donde lo más importante deja de ser el significado, en pos de reproducir la situación verbal, el contexto poético (en el caso particular de la traducción de la poesía, que es el que nos concierne en este momento).

    Ahora bien, esto podría considerarse contradictorio con la posición de Jakobson (en quien De Rivoyre también se apoya), según la cual la poesía, por definición, es intraducible. Pero no nos apresuremos, ya que de ser así, al abordar un poema podríamos olvidarnos de “traducir”, y más bien llevar a cabo una “transposición creativa”, siguiendo la línea de Burton Raffel, quien ha sostenido que la traducción de la poesía , si no es poesía “vuelta a nacer”, no es nada.[7]

    El discurrir de las relaciones entre interpretación y traducción (donde podemos situar la segunda pregunta antes referida) nos conduce a interrogantes que hacen al nervio de la experiencia psicoanalítica. En primer lugar, nos sale al cruce una fuerte propuesta desprendida del texto de René Lew, que anuda la cuestión de la traducción al hueso mismo de la experiencia analítica: traducir la palabra hablada (parole) en palabras (mots) es un asunto de transferencia en la cura. Llevando aún más lejos su apuesta, nos dice que la transferencia misma tiene valor de traducción en la cura.

    En segundo término, la articulación citada, nos lleva a interrogarnos por nuestra conocida (aunque no única, por cierto) concepción de lo inconsciente estructurado como un lenguaje, en tanto regido por sus mismas leyes. Es posible que no podamos dar cuenta de ello sin atender al corte epistemológico que se produce en el último tramo de la enseñanza de Lacan, que afecta tan de cerca la cuestión del lenguaje, trasladando el foco de atención del acto de habla a la escritura.

    Recordemos que para proponer la condición poética de la “interpretación” justa, a Lacan le fue preciso sentar una concepción de la poesía (basándose en la escritura poética china) como vehículo de una condición del lenguaje que no privilegie la lingüística. Poesía entendida, entonces, como un hacer que ataca la semántica habitual, exigiendo un trabajo con el ritmo y la consonancia, que hace muy difícil el poder “explicarla”.

    Las homofonías interlingüísticas, ese pase entre lenguas por las consonancias fonemáticas que tan genialmente pesquisara Freud, ¿equivalen a una traducción? “El equívoco en la pronunciación de las lenguas, por homofonía hace las veces de interpretación”, nos dice Clelia Conde.

    La cualidad translingüística de la homofonía, como el estilo, atraviesa las lenguas (Unbewusste-l’une-bevue), de ahí que se las llegase a plantear como intraducibles. Pero este fenómeno incluso puede ocurrir en una misma lengua, instalando la ajenidad en su propio seno (l’élangue-les langues), ajenidad que no implica tan solo que el lenguaje venga siempre del Otro, haciendo decir al poeta que el hombre es un desterrado de sí mismo. De ahí que el forzaje a partir de los sonidos, haga sonar otra cosa que el sentido… las lenguas se “elongan” para traducirse unas en otras.[8]

    Estas ideas nos llevarían a pensar acerca de la imposibilidad de traducción alguna que no ejerza violencia sobre un lenguaje siempre extranjero. Aunque, ciertamente, se trataría de otro tipo de traducción a la que estamos acostumbrados a referirnos,[9] o directamente, como lo propone Roberto Harari, una intraducción.[10]

    Coincidimos, por supuesto, con que el analista no ha de ser poeta, en tanto no tiene nada bello para decir ni apunta a la procura de lo bello, extenuada frase que ya casi no oímos. En cambio, puede ser un poema, como cita De Rivoyre, si “[…] acoge al grito, al jirón de vocablo, a la palabra gangrenada, al murmullo, al ruido y al sinsentido”. Como un poema que provoca al lector, lo obliga a oír-a oirse-oirse: o irse.[11] Eso sí, solo a condición de transitar la experiencia de su propio análisis.

     

     

     

     

    [1] Jacques Lacan: “El acto psicoanalítico”, en Otros escritos, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2012.

    [2] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XVIII: De un discurso que no fuera del semblante, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2009, págs. 11-13.

    [3] Alain Badiou: El ser y el acontecimiento, Ed. Manantial, Buenos Aires, 1999.

    [4] Étienne Balibar: Nombres y lugares de la verdad, Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1995, pág. 74.

    [5] Aclaremos que nos referimos a la poesía no en el sentido del goce estético, sino a aquello que Lacan comienza a formular a partir de la escritura poética china algunos años más tarde, y por tanto no está ínsito en el seminario del año ’68.

    [6] Paul Auster: Poesía completa, Seix Barral, Barcelona, 2012.

    [7] Raffel Burton: The art of translating prose, University Park PA: Penn State University Press, 1994.

     

    [8] Jaques Lacan: El Seminario, Libro XXIV: L’insu que sait de l’une-bévue s’aile à mourre, clase del 19 de abril de 1977, inédito.

    [9] Al respecto, puede consultarse el libro Decir casi lo mismo de Umberto Eco, que por motivos de extensión no citamos aquí.

    [10] Roberto Harari: Intraducción del psicoanálisis . Acerca de L’insu …, de Lacan” Editorial Síntesis. Madrid

    [11] Octavio Paz: “El arco y la lira”, en Obras Completas I, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 1999.