Categoría: Verónica Cohen

  • Síntoma y transferencia

    Norberto Ferreyra nos entrega un intenso y profundo trabajo que, a partir del tema del título, recorre las versiones del Otro, la suposición de saber, la noción de tiempo y de espera en el análisis y el saber hacer del analista. Se pregunta por cuestiones que vale volver a interrogar.

    ¿Es diferente el síntoma del sinthome? Norberto Ferreyra aclara su lógica respecto del síntoma y el sinthome y define al sinthome, estrictamente, como aquel instrumento del que ya se puede servir un sujeto.

    Voy a tratar de relatar esas cuestiones fundamentales desplegadas en el texto.

    El síntoma se produce en la práctica analítica y afirma en el análisis. Es condición de existencia para el sujeto.

    Norberto Ferreyra comparte con nosotros su posición respecto del síntoma, de la angustia en el análisis, del suceder en el análisis.

    “Lo fundamental es que se interpreta en el análisis y que el psicoanálisis toma al síntoma en tanto se produce en la práctica analítica; sin esto es un parloteo, un delirio u otro discurso”. El síntoma es “lo que el sujeto «hace» para poder vivir”. Y agrega: “El objeto a es el tiempo en el análisis”. Es el tiempo en el análisis y del análisis.

    Destaco una de las cuestiones fuertes del trabajo: no hay síntoma en el análisis sino en transferencia y no hay transferencia sin síntoma, a interpretar en la transferencia.

    Podríamos hablar del analista casi solo como apoyo lógico para que el sujeto hable. Ese es su arte, ¿no?

    Un punto importante del texto son sus afirmaciones sobre el Otro como dimensión del inconciente en la cual se sostiene el analista. Este último hace posible que el sujeto construya su síntoma analítico para poder interpretar desde su saber, que es que no solo el Otro no tiene respuesta porque in-ex-siste, sino que es el sujeto el que sabe –no sabe que sabe–, el que tiene su respuesta. Ese es su saber, un saber esperar el síntoma en la transferencia. Es su “saber hacer”, espera hacer el saber.

    Destaco, entonces, por una parte, la dimensión del Otro: “Ese Otro no tiene la respuesta, no solo porque es Otro que in-existe, sino porque esa respuesta solamente puede provenir del sujeto”. Y por otra parte, la suposición del saber del Otro como motor del análisis, no que el Otro sabe sino, que “me sabe”, porque “mi” constitución, la del sujeto, es en la dimensión del Otro. Es responsabilidad del analista sostener tanto la suposición de saber como la castración del Otro.

    El sujeto se interroga a partir del Otro, pero el Otro no tiene la respuesta, es el sujeto el que lo hace existir y, así, con ese saber existe efímeramente, pero esa existencia es una experiencia con lo inconciente, que no se sabía que se sabía o, como dice Freud en Moisés y el monoteísmo, se sabe “de esa manera especial”.

    Me gustaría destacar un interrogante del texto. Norberto Ferreyra se interroga y nos interroga con dos preguntas que son totalmente pertinentes para el psicoanálisis y, en particular, para este número de la revista. Él cuestiona lo “obvio” o lo que repetimos sin cuestionar, ni pensar: “La escritura siempre implica una cierta formalización. Pero como se acostumbra a decir, ¿qué se escribe de un análisis?, o bien, ¿qué se escribe en un análisis?”.

    Hace tanto que hablamos de escritura que ya no nos preguntábamos que queríamos decir con eso. Norberto Ferreyra tiene ese poder de preguntarse por lo que parece ya sabido y renovar las cuestiones una vez más. Así hace caer la frase hecha que velaba un vacío, algo incomprendido, algo sin resolver.

    Estas han sido algunas reflexiones y notas a partir del texto de Ferreyra. Los dejo, entonces, con sus respuestas y sus nuevas vueltas sobre los interrogantes que hacen al quehacer de un analista y al pase del discurso del psicoanálisis.

  • Sobre un deseo de escribir «primitivo»

    Encontré en este nuevo trabajo de Gérard Pommier reminiscencias de uno de sus más hermosos e interesantes libros que trabajé hace algunos años. En ese libro, Nacimiento y renacimiento de la escritura, hace un gran trabajo en la comparación de lo que Freud llamó la ontogénesis y la filogénesis. Es notable cómo el sujeto, en los pasos hacia la lectura y la escritura, repite el avance de la humanidad en la creación de diferentes alfabetos y escrituras.

    El autor plantea que existe un deseo de escribir, y no es un deseo entre otros sino un deseo “primitivo”, expresión misma de la escritura del inconciente, retorno de lo reprimido que es repetición y, como tal, posición activa del sujeto: “El dibujo busca recuperar esto que la palabra ha perdido. Un niño muy pequeño busca desde que puede dibujar, representar sobre el papel, esta parte de sí mismo de la cual está exilado. Cuando se examinan los dibujos de los niños de una misma edad, existen entre ellos grandes semejanzas: en efecto, se trata de representaciones del cuerpo psíquico que son de este modo homólogas”

    El dibujo busca representar un goce del cuerpo que la palabra hace caer, pero la verdadera clave es la escritura del nombre propio, que busca aprehender al sujeto y despliega los conflictos con el complejo de Edipo y con el deseo de muerte del padre. Pommier desarrolla muy bien esta hipótesis en el citado libro cuando sobre el faraón Akhenaton y su acción de “martillar” la escritura del nombre del padre en los mármoles, los monumentos y las piedras en el antiguo Egipto, como un verdadero asesinato.

    “El rey está muerto, viva el rey. En este sentido, la escritura es una suerte de reconocimiento del padre, y tiene así desde el principio un sentido sagrado. Pero al mismo tiempo, esta escritura está formada a partir de las representaciones visuales, de las cuales reprime el carácter pictógráfico, no sin guardar ante ella la potencia de la imagen, es decir, un goce potencial (que puede inhibir la formación de las letras, y también el aprendizaje de la escritura). El nombre propio es, entonces, la llave de la escritura que, a partir del dibujo encamina las representaciones de cosas hacia la literalidad. Encontramos un testimonio de este camino hacia la invención histórica de la escritura misma, que ha sido desde el comienzo pictográfica, por imagen, antes de tomar un sentido fonético, primero silábico, y luego puramente alfabético. Los niños toman el mismo camino”

    Para concluir: por una parte, la escritura no reproduce la palabra sino que busca recuperar el goce reprimido por la palabra donde hay un pasaje de lo oral y, la pulsión invocante a la pulsión escópica, y por otra parte, la escritura del nombre va en una vía de verdadera separación.