Autor: lapsus

  • Haz ver todo? / Mónica Marciano

    Haz ver todo? / Mónica Marciano

    La presencia del mundo virtual en nuestros consultorios, sobre todo por aplicaciones de teléfonos móviles, pasó de ser novedosa situación clínica a contingencia ineludible que la transferencia aloja. Fotos, videos, youtubers, un plato de comida, cuerpos vestidos y desnudos, besos apasionados propios y ajenos, etc, el mundo contemporáneo está atravesado por el consumo de contenidos virtuales a punto tal que el filósofo Esteban Ierardo (1) habla de “sociedad pantalla” cuando analiza lo espectacular en tiempos de tecnodependencia

    Lacan nos advierte que es necesario para el analista no retroceder ante  la subjetividad de la época, dadas las transformaciones que   los discursos dominantes hegemónicos  vectorizan en  la  producción de   subjetviidad. Esa hegemonía no es absoluta, tiene fisuras y conflictos pero no podemos negar la fuerza brutal de sus efectos en el lazo social.

    Un antecedente valioso para pensar este  vertiginoso consumo virtual que nos envuelve y apretuja nuestros cuerpos, es la obra de Guy Debord. Con enorme capacidad anticipatoria, Debord escribió “La sociedad del espectáculo” en 1967, obra compuesta por 221 tesis agudas y sensibles.

    Con la lucidez desgarrada que caracterizó su vida hasta el final –se suicidó en 1994–, Debord analizó las transformaciones a que asistía sirviéndose de su formación artística y el marxismo, mientras militaba en las vanguardias de esos años.

    Ante lo que consideraba el avance irrefrenable del capitalismo (constatable hoy en el neoliberalismo salvaje imperante) sostenía que la pauperización de la sociedad se cumplía por el consumo compulsivo y que esto era peor que lo que acontecía por procesos laborales. Lo que llamaba sociedad del espectáculo ya estaba colonizada  por una pantalla: la de la televisión, que organizaba el campo de la visión  del humano.

    Según Debord se controlaban no sólo los cuerpos sino también opiniones y perspectivas. Aseguraba que lo que quedaba fuera de esa visibilidad, que tendía a ser total, se abría a lo oscuro. Esa pantalla era equivalente al sol para el ciudadano común, que, sometido a ese campo visual, aceptaba una nueva religión que cubría toda la superficie del mundo: la fe perceptual que sostenía que lo que aparece visualmente es bueno.

    A su vez la imagen pasaba a ser mercancía, mercancía consumible que produce una colonización total de la vida social. El consumo se había transformado en deber. A esta operación  Debord le daba  enorme valor político monopólico en tanto,  según su lectura,  el capitalismo calibraba  el goce prometiendo consumo.  Esta gestión totalitaria de las condiciones de existencia producía muchedumbres solitarias.

    Si bien es indiscutible que el avance de la tecnociencia trae posibilidades enormes en muchos campos, el valor actual de la lectura  crítica de  Debord  es constatable.

    “Haz ver todo” parece ser la  orden obscena del superyó vociferante. El parletre responde  “oigo” produciendo un circuito de sometimiento que multiplica la severidad gozosa que constituye el superyó.

    La omnipresente Web 2.0 en la que millones de usuarios podemos ser emisores y receptores de contenidos, se multiplica: Bloggs, Facebook, Instagram, youtube , chateo, trolls, fakenews, la oferta de consumo no tiene límite y el control social de los ciudadanos, transformados en meros consumidores por las corporaciones, tampoco tiene límites.

    Los cuerpos entramados en el pseudo discurso capitalista, extreman la primacía de la imagen como mercancía: “muéstrese Ud mismo como sea”, a través de esa pantalla “siempre abierta y conectada” dice Paula Sibilia.(2) ( Paula Sibilia La intimidad como espectáculo. El show del yo”), prodúzcase como mercancía sin pudor, aun sirviéndose de trivialidades, mentiras, escándalos ficticios, crueldad o franca tontería.

    En el seminario 11 -1964-(L y D fueron contemporáneos, aunque no aparezca ninguna alusión a D. En la obra de L.) el maestro francés desarrolló ampliamente el problema de lo que se da a ver, articulado con una especie privilegiada del objeto a: la mirada.

    Sitúa allí una esquizia irresoluble entre ambas: visión y mirada no coinciden. Nacemos al espectáculo del mundo que se presenta como omnivoyeur en el que la visión elide la mirada, constituyendo un “punto de apoyo para un desconocimiento tan intrínseco” (3) (SEM 11 pág. 82) como el que produce el narcisimo . Dice Lacan: “El sujeto que nos interesa está atrapado, manipulado, capturado en el campo de la visión” (4) (pag 99)

    Haciendo diferencia,   la dependencia del deseo con respecto a la mirada es central y abreva en lo inasible de la mirada. No  me ves desde donde yo te miro, resume esa imposibilidad.

    Lacan interroga la función pantalla, la que no se reduce al gadget del que hablamos antes.  L a pantalla como función se superpone a la imagen, pero no se arma en relación al objeto de lo visual si no en función del punto luminoso que me mira y me hace cuadro, perdiéndose la seguridad de la representación.

    El parletre aísla la función de la pantalla, que muestra y vela, y  juega con eso. Aparece entonces el deseo porque alli se localiza una ausencia, es una mediación que construye lo que la desborda: el representante de la representación que no hay. (5) (11 de Marzo de 1964.)

    En el seminario XIII, “El objeto del Psicoanálisis”, Lacan desarrolla  el problema  que nos ocupa. Lo hace interrogando “Las Meninas” de Velázquez. Esta obra, que tiene un lugar incomparable en la pintura,  condensa enorme cantidad de variables en la maestría  de su ejecución. Hoy destacaremos sólo una. Velázquez se pinta pintando un cuadro del que sólo vemos el revés. Lacan localiza allí algo “que es casi un grito: Haz ver!!!!” (6) 11/5/66  Velázquez , en acto , parece responder: “no todo!!!!!!”.

    El envés del cuadro , como una carta dada  vuelta, obliga al espectador a bajar sus propias cartas , interpela y subyuga . De ahí su relación con la subversión del sujeto. El que lo contempla hace su propio rizo, y queda captado en esta composición.

    Velázquez no muestra lo que se ve, no es transparente, por eso la vacilación y el efecto perturbador que se desprende de esta obra. Por  esto, es en el cuadro  dado vuelta, que   Lacan encuentra la clave : está alli lo que se sustrae a la visión y apuesta una vez más a subrayar la esquizia con respecto a la mirada y el consecuente efecto sujeto que esto produce y que la presencia de Velázquez pintando soporta .

    El psiconálisis como praxis sostiene la apuesta clínica al valor de esa sustracción: el no todo es de estructura. El análisis apunta en su eficacia a la división del sujeto. La interpretación, entre cita y enigma lo  confirma. Valor político del psicoanálisis que Lacan señaló: (Sem. XVIII, CLASE 12-5-71)  ° Que el síntoma instituya el orden en que se revela nuestra política …implica … que todo lo que se articule a partir de ese orden es pasible de interpretación. Por eso se tiene mucha razón al poner al psicoanálisis a la cabeza de la política. Y podría inquietar a lo que desempeñó el papel de la política hasta ahora si el psicoanálisis revelara estar más advertido” (7)

    Valor político del psicoanálisis,   que al establecer el síntoma en transferencia interpela a la pantalla del “ver todo” gracias a otra pantalla: la del fantasma, que en su articulación con el deseo revela una posición sacrificial que el sujeto tiene la chance de advertir  en la tarea analizante. Posición sacrificial que el pseudo discurso capitalista   exige sin ambages y con mayor sometimiento en tanto avanza en la producción de hablantes reducidos a mercancía consumible,  como decía Debord, yoes indivisos y llenos , en los que se “calibra el goce prometiendo consumo” en una nueva modalidad de encierro virtual.

    En este contexto, el psicoanalista está convocado a sostener su práctica haciéndole “la contra” a lo real del goce (Lacan, La tercera, 1974)” El advenimiento de lo real no depende para nada del analista. Su misión, la del analista, es hacerle la contra .Al fin y al cabo, lo real puede muy bien desbocarse, sobre todo desde que tiene el apoyo del discurso científico” (8)

    El discurso del analista escribe el a en el lugar del semblante. Llevado a ese lugar por el efecto de discurso, el analista profiere su acto y algo cae. Esa operatoria puede ser ocasión de restituir la esquizia que nuestro mundo contemporáneo, insistiendo en su apuesta a  la espectacularidad del ver, desconoce con eficacia renegatoria.

     

    Bibliografía

    • Ierardo Esteban, “Sociedad Pantalla”, Ediciones Continente
    • Sibilia Paula, “La sociedad como espectáculo”, El Show del Yo. Fondo de Cultura Económica
    • Lacan, Jacques, Libro XI, “Los 4 Conceptos Fundamentales del Psicoanálisis”. Pag 82, Ediciones Paidós
    • Lacan Jacques, Libro XI, “Los 4 Conceptos Fundamentales del Psicoanálisis” Pag 99, Ediciones Paidós.
    • Lacan, Jacques, Libro XI, “Los 4 Conceptos Fundamentales del Psicoanálisis” Clase 11/3/64. Ediciones Paidós.
    • Lacan, Jacques, Seminario XIII, “El Objeto del Psicoanálisis” Clase 11/5/66 Versión para circulación interna de la EFBA
    • Lacan, Jacques, Seminario XVIII, “De un Discurso que no fuera del Semblante” Clase 12/5/71. Ediciones Paidós.
    • Lacan, Jacques, “Intervenciones y Textos”, Tomo 2, “La Tercera”. Editorial Manantial
  • Qué ves cuando me ves… / Silvina Hernández

    Qué ves cuando me ves… / Silvina Hernández

    ¿Qué ves? ¿Qué ves cuando me ves?
    Cuando la mentira es la verdad
    Autores: Diego Arnedo / Ricardo Jorge Mollo / Federico Gil Sola

     

    Para quienes nos hemos formado en una clínica lacaniana con los maestros que en estos días nos acompañan en el coloquio y con otros de nuestras instituciones, la mirada y la voz son objetos pulsionales siempre presentes. Teorizados por Lacan como una novedad al corpus freudiano los diferencia de los otros objetos por la relación del sujeto al gran Otro.

    Si el pecho y las heces tienen que ver con la necesidad y la demanda en el Otro, la mirada y la voz se relacionan desde la potencia y el deseo en el Otro.

    En el seminario sobre La Angustia, Lacan hará referencia al relato de la mantis religiosa que devora al macho luego de copular con él, seducido y paralizado por la mirada de la mantis, demostrando el poder engullidor y omnipotente de la mirada, que captura al sujeto dejándolo impotente y expuesto al deseo del Otro.

    La mirada será necesaria en la estructuración del sujeto, tanto en la constitución del yo en el estadío del espejo como del registro de lo imaginario. El orden del “ser” se despliega en el ser visto. Hay un deseo que se evidencia, en ese campo escópico “se constituye la puesta en juego de aquello que funda al sujeto en su relación al Otro” (D. Zimmerman)

    En otro momento de la vida, en la vejez, también la mirada es fundamental, dice la poeta Rae Armantrout: Entendí que era vieja no por cómo me sentía sino por cómo me trataban. La mayoría parecía no verme en absoluto.

    La voz como pulsión invocante llama a la mirada. Dirá Lacan en 1964 (Sem. 11) respecto del sujeto y la maquinaria del sueño (haciendo referencia al sueño relatado por Freud “Padre no ves que estoy ardiendo”) “… en la imagen del hijo que se acerca, con una mirada llena de reproche y aquello que lo causa y cae, una invocación, voz del niño, solicitación de la mirada -Padre, ¿acaso no ves…?”

    Más adelante en este mismo seminario agrega: “La mirada solo se nos presenta bajo la forma de una extraña contingencia y como tope de nuestra experiencia, a saber, la falta constitutiva de la angustia de castración”

    Tanto la mirada como la voz tienen en su horizonte la castración, aquello que el fantasma sostiene para que el objeto “a” tenga su lugar en “ausencia” siendo causa de deseo. Cuando mirada y voz como objetos se presentifican develando un orden del ser que debe ser insconciente, aparece la angustia. Objetos que al modo de un “a-cosa” materializan aquello que debe estar en ausencia, o reprimido en lo inconsciente como deseo sexual, ¿incestuoso, prohibido?

    El arte, en la pintura o en el cine nos ha dado múltiples ejemplos del poder erótico de la imagen y del poder de seducción en la voz, pero hoy la invitación es en la experiencia del análisis así que voy a tomar dos viñetas de una analizante.

    B. relata una escena de discusión con su marido. Estaban reunidos con una sobrina de ella y su novio. B. le muestra al joven unas fotos de un viaje, como se muestran las fotos ahora, en el teléfono celular. El marido de B. quiere decirles algo pero no lo escuchan de tan concentrados que están con las fotos. B. escucha que su marido grita. Ella responde con sorpresa y enojo. Lo que el marido quería decir ya no importa, debía cortar esa escena con el grito. Más tarde y a solas le dirá “qué contenta estabas mostrando las fotos a J. Cómo te gusta ese pibe” B. aumenta su enojo.

    B. es una mujer muy atractiva y su marido ha empezado a celarla y a reclamarle que esté más en su casa, nunca en muchos años de relación habían tenido problemas de celos.

    Ha trabajado mucho en un estudio contable muy correcto y ordenado y, pensando en la jubilación que se le aproxima en poco tiempo, comenzó a llevar la administración de una empresa que tienen su marido y sus 2 hijos, “para hacer algo cuando ya no trabaje 8 o 9 horas en el estudio”.

    Pero esta nueva actividad, que iba a ser un entretenimiento, es una fuente de angustias, en la empresa familiar las cosas no son tan ordenadas como en el estudio. Tienen deudas, no pagan los impuestos a tiempo, se suman multas y problemas con AFIP, y los clientes tampoco pagan en término, uno de sus hijos se quiere ir y dejar todo, pero no se puede, su marido pone más plata de la que saca. Y lo peor, nadie parece aflijirse mucho, “así son las cosas en este país”, le dicen.

    Ella se angustia cada vez más y piensa cosas terribles de su familia. Finalmente organiza moratorias y planes de pago, y busca una contadora que se haga cargo de la administración. Les dice “no me cuenten más nada, hablemos de otra cosa”. No quiere oir sobre lo que no se hace bien.

    Aclaro, no hay nada del orden de lo ilegal, de estafas o fraudes, simplemente es una empresa de servicios en un país con casi permanentemente crisis económica. Pero no es esto lo que B. mira y ve.

    Acostumbrada a mirar números, planillas de cálculo, resoluciones impositivas en su trabajo “ordenado y correcto” y en donde hay problemas pero son de otro, no la implican, ella es solo una empleada, descubre que al hacerlo con su familia ve otras cosas, fallas, errores, fracasos, malas decisiones, negligencias. Ve más de lo que quiere ver, se le vuelve obsceno y angustiante. Incestuoso. Debe desviar la mirada para sostener cierto ideal familiar.

    B. está mirando otras cosas, pero no otros hombres como piensa su marido, sino otras fuentes de goce. Entonces comienza a hacer actividades fuera de su casa y lo que más placer le da son unas clases de pintura en donde se concentra en descubrir los secretos de cómo los artistas clásicos en la combinación de colores y pinceladas logran los efectos deseados de luz y oscuridad en esos grandes cuadros históricos, típicos del Museo del Prado o del Bellas Artes.

    En este material clínico se recortan dos escenas en donde la mirada y la voz como objetos pulsionales se cruzan mostrando aquello de la castración que debe ser velado para que permanezca allí en ausencia. Como dice Lacan en el seminario 18 (Clase 5. 24 de feb del 71) “el objeto “a” ausente donde tiene su lugar, no le deja más lugar que a la castración”.

    1. En la escena de las fotos, su marido debe gritar para cortar la misma. La voz irrumpe como grito para entrar en una escena que lo excluye y se vuelve causa de angustia. B. se enoja, se avergüenza, queda expuesta en que puede desear y ser deseada por otro, en ese instante en que el joven cede su mirada a esas fotos que ella muestra.

    2. Cuando B mira los números de la empresa familiar, ve de su marido y sus hijos una cara del objeto que muestra más de lo que puede soportar, el velo de cierto ideal cae, allí donde ella misma está involucrada. Ve su propia castración. El deseo de “espiar” algo de los hijos que se le vuelve obsceno.

    Descubre una escena que no puede velar. Por ahora, evita la angustia diciendo “si hay problemas, no me cuenten” y mira mientras tanto las pinceladas de los grandes maestros de la pintura, sobre todo aquellas que no dejan espacios en blanco.


     

    Bibliografia:

    Lacan.
    Seminarios.  10, La angustia. (1962/63) Ed. Paidos; 11, Los 4 conceptos fundamentales del psicoanálisis y 18. (1963/64)  Ed. Paidos; 18, De un discurso que no sea del semblante (1971)  Ed. Paidos; Intervenciones y textos 2. La tercera. Ed. Manantial.

    Harari.
    El Seminario “La Angustia” de Lacan: una introducción. Ed. Amorrortu; Para leer R.S.I. Autores varios. Ed Letra Viva.

    D. Zimmerman.
    La mirada y el deseo al otro. www.elsigma.com. (2001)

    Rae Armantrout.
    Filba 2016. “La edad es un país extraño en el que nos encontramos viviendo de forma inesperada”

  • Lo que cae por decir / Oscar González

    Lo que cae por decir / Oscar González

    En el seminario X, La Angustia, Lacan presenta las especies del objeto a de manera tal que termina ubicando el pecho en relación a la demanda al Otro, y en cuanto a las heces incluye una inversión que se traduce como demanda del Otro. Luego, el falo y su negatividad, después sitúa en el gráfico lo escópico como deseo al Otro y por último lo invocante en relación al deseo del Otro.

    Los dos primeros quedan en relación a la demanda mientras que los dos últimos permanecen vinculados al deseo. Quiero subrayar que para que una pérdida se elabore y dé lugar a una falta propiciatoria, es necesario que se produzca una intrincación pulsional que articule lo oral y/o lo anal con la mirada y la voz. Es decir, que se ingrese al orden del deseo, cosa que no sería posible sin el falo y sin el fantasma. Recuerdo al respecto que la mirada conforma el piso del fantasma y que éste no solo sostiene el goce sino también el deseo. De esta manera estoy diciendo que el goce se modifica cuando hay emergencia del deseo, de ahí la importancia de lo que dirá posteriormente Lacan respecto a la relación entre el plus de goce y el objeto causa de deseo. ¿Cómo se hace para que la causa vaya al lugar del semblante? Cuando esto sucede se introduce una alteración en el circuito de la pulsión que se constata y se realiza en relación al otro. En otras palabras, se espera que en un análisis se produzcan efectos en el lazo social.

    Tal vez tengamos que considerar que la mirada y la voz tengan una condición estructural diferente que el pecho y las heces. Una condición tal que permita que el cuerpo soporte un goce fuera del cuerpo. Una tensión entre el goce y el cuerpo.

    En el caso de lo escópico, la esquizia entre el ojo y la mirada juega un papel fundamental que permite diferenciar la mirada y la visión. En tal sentido, cuando Lacan habla de la función del cuadro, de la mancha como modo de inscripción del sujeto, y de la mirada como preexistente al sujeto, no está creando una teoría estética (aunque pueda aportar a ello por añadidura) sino que está precisando que para ver es necesario que la mirada se deponga. Un cuadro es justamente el depósito de la mirada, un engaño al ojo. En resumen, creo que cuando el analizante ve el cuadro, cuando se le “arma” el cuadro por su decir, es porque se depuso la mirada. Ocurre que cuando “eso mira” cae, se da paso a “ahora lo “veo”.

    Algo similar sucede con la voz: si el goce de oír domina (gozo-oigo: jouis- j´ouis), entonces no se escucha. Si el goce de la mirada y el de oír dominan no se puede leer. Leer en el sentido de establecer diferencia, hacer borde a lo real. El juego homofónico por ejemplo, no sería posible si alguien permaneciera atrapado por el nombre propio de una letra o por la imagen fija de su escritura, es decir, si quien habla no puede escuchar lo que la ligazón de una letra con otra produce como novedad. Esta novedad acarrea la pérdida de la imagen y del nombre propio de la letra. Acá hablo de la letra como carácter de nuestro alfabeto. Luego volveré.

    La dimensión traumática que provoca la escena primaria puede servir para ilustrarlo puesto que se trata del instante en que el sujeto advierte que hay un goce fuera del cuerpo y entonces, en ese momento, se hace mirada. El sujeto es capturado y queda como objeto mirada ¿taponando la hiancia entre ese goce fuera del cuerpo y el cuerpo mismo? Puede ser, lo cierto es que termina taponando la falta del Otro. Se detiene el flujo temporal.

    Por otra parte la voz no es lo que se escucha sino lo que está entre los significantes, en la hiancia entre uno y otro. La holofrase es la expresión del fracaso de la hiancia donde ubicamos la voz.

    Del seminario XX, Otra vez, leo: “En el discurso analítico ustedes suponen que el sujeto del inconsciente sabe leer. Y no es otra cosa, todo ese asunto del inconsciente. No sólo suponen que sabe leer, suponen también que puede aprender a leer.”[1]

    Y en el seminario VI, El deseo y su interpretación se afirma: “Es por cuanto el sujeto, en tanto sujeto del inconsciente, es decir, en tanto que el sujeto que está constituido en el más allá del discurso concreto, en tanto que sujeto, ve, lee, escucha…”[2].

    Destaco: el sujeto lee, ve, escucha. Por mi parte reiteraría que si “se oye” no se escucha, y si se puede leer es porque “eso “ ya no mira .

    Para que sea posible la lectura es necesario que se articulen la voz y la mirada. La mirada está afuera, y si el rasgo interroga al hombre que le responde en otro registro, el de la voz que comienza a leerlo, entonces se constituye la pérdida de la imagen. Siempre y cuando la voz no sea una voz desenlazada de la palabra, que no sea un vozarrón que sólo infunda miedo o pánico. La voz que participa de la lectura está anudada a la palabra dando lugar a Un-decir. Un-decir, un deseo que produce la caída del objeto en tanto que efectúa el pasaje de la impotencia del fantasma a la imposibilidad que este vela. Un-decir viene al lugar de lo real.

    La lectura así definida, resta o quita poder a la marca dogmática que comanda el destino del neurótico.

     

    Mirar no es ver…
    Que se lea solo es posible después que se diga.

    Voy a referirme a un film de Alfonso Cuaron titulado Roma. Transcurre durante  los años 70´. Roma  es un barrio burgués de la Ciudad de México. Esta obra ha sido abordada e interpretada desde diferentes ángulos por diversos intelectuales, yo voy a tomar solamente tres breves escenas del film.

    La protagonista principal es una empleada doméstica que trabaja en la casa de una familia de clase media alta con cuatro niños a los que ella atiende.

    Cleo es esta joven de unos 16 años proveniente de la cultura mixteca que desarrolla su vida contenta entre los quehaceres domésticos y el cuidado de los niños. Llega el día que tiene su primer encuentro sexual con un joven de apariencia amable pero que resulta ser un guerrero violento que participa en las acciones delictivas de una secta. Cleo queda embarazada y al comunicarle al joven la situación encuentra su total desinterés y rechazo. Se desentiende despreciativamente a pesar de los intentos de la muchacha por encontrarlo.

    Le cuenta a su patrona quien la comprende y acompaña durante el embarazo como un hecho natural.

    Un incidente precipita la rotura de la bolsa y el desencadenamiento del parto al que llega con complicaciones.

    Escena 1.
    Ella permanece recostada en la camilla de parto mientras se ve en un segundo plano al médico realizando maniobras de reanimación. Cleo mira la situación de costado. La tarea médica no logra darle vida a la beba, y finalmente el médico la coloca sobre el pecho de la joven y le dice imperativa y repetidamente: ¡Cleo, despídete de ella! ¡Tu hija nació muerta! La joven la mira con ajenidad y anonadamiento sin poder pronunciar una palabra.

    A partir de ese momento la muchacha no habla más, queda muda y así prosiguen sus días.

    Escena 2
    Ha pasado el tiempo, el mutismo continúa. La familia se va de vacaciones a la playa y la llevan. El padre de los niños está ausente porque el matrimonio se ha separado. La señora también parece vivir “el drama del abandono” de los hombres, solo que con otros recursos.

    Van a la playa y los niños se meten en el mar. Cleo no lo hace ya que no sabe nadar.  La madre se va de la escena y la joven queda a cargo de los tres varones y de la niña menor. Los niños se alejan en el mar… el mar está embravecido. La tensión va creciendo… hasta que comienzan los gritos de auxilio. Cleo corre hacia ellos al percibir el peligro, se introduce en el agua con valentía y advierte que uno de los chicos está tratando de rescatar a su hermanita menor que se estaba ahogando. Después de un temido desenlace trágico, logran salir del agua los tres. La madre ha llegado y todos se abrazan: la madre, los niños y Cleo como si fueran una gran familia. Es entonces cuando Cleo recupera el habla: “¡Yo no quería que naciera!”

    Frase que cuesta situar porque parecía dirigida a la nena recién rescatada, pero se puede comprender de inmediato que repentinamente ha recuperado el habla, asumiendo que era aquella beba la que quería que no naciera.  

    Escena 3.
    Transcurre en el auto de regreso. El rostro de la joven ha recuperado la luminosidad que la caracterizaba y sus ojos brillan mientras estrecha en sus brazos amorosamente a los dos niños.

    Quiero subrayar para nuestra reflexión cómo frente al dogma -entendido como marca del Otro no leída-, el sujeto permanece coagulado, resignado frente al destino. Esto impide tener un deseo. El sujeto no puede advenir en su división. El mutismo dice de ello. El dogma al que me refiero le impone ser madre sin disponer de un No. Un no indispensable para tener un deseo. En esta situación se trata del deseo de no tener ese bebé que apareció en su vientre. Permanece muda hasta el momento en que puede decir que quería que no naciera. Hecho que sucede después de salvar a la nenita. Esta expresión equivale a Un-decir.

    Para finalizar: la nena rescatada en Cleo la falta, activa la causa del deseo. Hecho que le permite retomar la palabra y la articulación entre la voz y la mirada. Un-decir que libera la causa y resta poder al destino, en este caso el de ser madre.


     

    [1]      Lacan, Jacques. Seminario XX. Otra vez. Encore. Traducción de R.R. Ponte, disponible en la Biblioteca de la EFBA.

    [2]      Lacan, Jacques: Seminario VI. El deseo y su interpretación. Editorial Paidós.  Clase 6.

  • Limitadamente transgresivo

    Reseña del libro de Alberto Franco: Erotismo, sexualidad, sexuación , editorial Letra Viva, Buenos Aires, 2019.

    Tres “Prólogos” y una “Nota introductoria” escrita por sus hijas y un buen elemento inicial para decir que el libro de Alberto Franco Erotismo, sexualidad, sexuación merece ser leído.

    Ser el tercero de una serie de tres libros [1] que están en diálogo permanente, en reenvío constante, y que abren a sus muchos otros trabajos imprescindibles –desde su necesario “El instante del fantasma” hasta su cuidada traducción de L’amitié , de Agamben– lo vuelve no tanto un punto concluyente, sino el inicio de una posible lectura, laberíntica podría decirse, de la obra de Alberto Franco. En efecto, la suya es una obra : la textura fina y sostenida sobre un eje conceptual firme, declinando de diferentes modos las aristas de los temas que decían de sus preocupaciones –las mismas profundizadas, revisitadas, reentramadas– surgidas de la praxis . Podemos, entonces, entrar a la obra por este tercer libro.

    Casi diez años pasaron entre el seminario dictado en Mayéutica-Institución Psicoanalítica, con el nombre “Erotismo, sexualidad, sexuación”, y el momento en que la muerte encontró a Franco trabajando en este libro. No sabemos el porqué de su decisión de elegir este seminario entre los muchos que, como maestro, dictara en Mayéutica. Sin embargo, su silencio es una invitación para nuestras cavilaciones. Veamos las que el libro mismo nos convoca a tramar.

    Los primeros capítulos se sirven centralmente del texto El erotismo de Bataille y más lateralmente –aunque no menos ahincadamente–, de La llama doble de Octavio Paz y El sexo y el espanto de Pascal Quignard. Son estos los que vendrán a dar luz al problema del erotismo ligado especialmente a la discontinuidad entre los cuerpos, a la que la pérdida de “la unidad de goce inaugural”, [2]por la vía de la castración, nos condena. Los asertos que proveen la literatura y la poesía tejen la urdiembre requerida para asentar lo que Freud y Lacan aproximaron, y permitir una lectura nueva de los maestros del psicoanálisis. Claro que Franco dialoga aquí con otros analistas –amigos, como Edgardo Feinsilber; colegas cercanos, como Gérard Pommier; autores en quienes solía abrevar, como Pierre-Christophe Cathelineau; aquel a quien llama su “maestro”, Roberto Harari.

    Resulta especialmente remarcable la cita de Piera Aulagnier, porque es en ella donde encuentra la rúbrica necesaria para las primeras afirmaciones que vienen adelante: el erotismo está fuertemente ligado a la violencia, son el mismo terreno. Este pequeño indicio muestra a Alberto Franco en todo su esplendor: en la seriedad de su búsqueda no teme servirse de autores ajenos a la “parroquia”, toda vez que le es necesario para respetar el rigor; su posición es siempre y fundamentalmente la de un analista de pensamiento acerado y propio, capaz de marcarse y desmarcarse, simultáneamente, en favor de la intelección de lo que la clínica le presenta.

    El inicio del apartado III del capítulo 1 marca un viraje: partiendo de cierta recapitulación de lo relevado en Bataille, Franco avanza hacia la articulación del erotismo con los goces y la transgresión. Podríamos decir que la frase “[…] el goce sexual y el erotismo son siempre limitadamente transgresivos” [3] es un gozne al que puede sumársele la consideración que nos involucra en tanto que analistas: si somos –como escribe Lacan– erotólogos, porque nuestra praxis concierne al deseo, siempre vamos a estar suspendidos en el filo de la angustia.

    A partir de allí, Franco va a revisar algunos de sus locus favoritos, pero con la novedad que la lectura desde el erotismo aporta. Cierra el capítulo primero –recordémoslo, el único que dejó corregido y armado para una publicación– con una relectura de La represión y Lo inconsciente de Freud, y en un movimiento magistral los une a lo que viene trabajando: si la sustitución que da origen al síntoma conserva lo sustituido, “[…] en esa transgresión gozante, de la cual hablamos en el erotismo, está lo prohibido mismo”. [4]Y sella con el pasaje por el Edipo y la operación que pone en vigencia al Nombre-del-Padre, para desembocar en una serie de preguntas de las cuales, entiendo que la que destaca es la siguiente: ¿la posición de enunciación es sexuada? , [5] preguntas que irá cincelando en la última parte del capítulo con algunas consideraciones sobre el falo –en sus diferentes acepciones– y el fantasma –en su lógica.

    En cuanto a los demás capítulos –los que quedarán en modo de “clases” -, encontramos a Alberto Franco volviendo a transitar sobre aquellos temas que manejaba con mano maestra, pero esta vez con el beneficio que ha sacado, para ellos, del pasaje por el erotismo . La lógica y los deslizamientos en el uso que de ella hace Lacan se despliegan para articularse en este trabajo según la línea que aquí queda marcada: “Ya estuvimos viendo que el goce tiene dos ejes: que por un lado apunta al cumplimiento de la ley y por otro apunta a la transgresión. Este doble eje que hace al placer y al goce también rige la relación con la sexuación ”. [6] La cuestión de las fórmulas de la sexuación y su entroncamiento con la multiplicidad de goces –pasando por el hay-de-lo-Unoy por el no-todo – cierra el libro.

    Retomemos la pregunta planteada al inicio: ¿por qué la elección de este seminario para la escritura de un libro? Tal vez sea posible pensar que este fue el tema que –por sus entramados, sus dificultades, sus torsiones– a Alberto Franco le demostraron un formulario de manera más precisa las distintas cuestiones que estaban haciendo el tiempo que venían trabajando y le dio la posibilidad de armar obra . Si, como decíamos al inicio, partiendo de este libro podemos entrar a la obra de Franco, es para reencontrar allí, bajo los diferentes movimientos, una misma posición: su pensamiento incisivo y polémico –sin dejar por ello de estar fuertemente transido por la letra de sus maestros–, sus cruces novadores, su ética intelectual indeclinable.

    María Rizzi

    [1] Nos referimos, además del libro aquí reseñado, a: Acerca de la lógica del fantasma (2011) y De la doctrina del significante (2012).

    [2] Alberto Franco: Erotismo, sexualidad, sexuación , editorial Letra Viva, Buenos Aires, 2019, pág. 21.

    [3] Ibíd. , pág. 55.

    [4] Ibíd. , págs. 65-66.

    [5] Ibíd. , pág. 72.

    [6] Ibíd. , pág. 99.

  • Pas sans honte / Roland Chemama

    Pas sans honte / Roland Chemama

    Lorsqu’on m’a proposé d’intervenir durant ce colloque j’ai tout de suite pensé à parler de la honte. C’est sans doute parce que depuis quelque temps je suis plus attentif à certains aspects de notre pratique, ceux qui font que le progrès dans la cure, dont parle l’argument, ne peut pas être obtenu sans engager notre patient dans un rapport très particulier à l’Autre, cet Autre que nous représentons d’abord, mais aussi dans un rapport à l’objet a, s’il est vrai qu’une cure nous met, nous autres analystes, en position de semblants d’objet a. Or il me semble que dans la cure, en lien avec la question de l’Autre et avec  celle de l’objet a, nous avons à repérer ce qui prend souvent la forme de la honte.

    Il me faut cependant être tout de suite un peu plus précis. Tout d’abord je ne voudrais pas que vous pensiez que les formules que j’utilise, par exemple l’analyste en position de semblant d’objet a, vont de soi. Elles ne vont pas de soi dès lors que nous tentons de reprendre l’examen du corpus qui organise notre travail, dès lors que nous ne considérons pas comme définitivement acquis ce que Lacan nous a apporté.

    Gérard Pommier, avec qui je suis heureux d’avoir assez souvent l’occasion de discuter, nous pousse à nous libérer d’une conception dogmatique de la cure. Il insiste, me semble-t-il, sur le fait que l’analyste n’est pas un objet mais un sujet, un sujet qui parle, .un sujet engagé dans un véritable dialogue avec l’analysant. Cela peut sembler hétérodoxe à certains lacaniens, mais je vous rappelle que Lacan a commencé par décrire la cure comme une expérience intersubjective. Il a semblé ensuite y renoncer, mais plus tard encore il a dit qu’il n’y a qu’un transfert, le transfert de l’analyste. Or qui transfère sinon un sujet ?

    En même temps est-ce que le fait de prendre les choses par là nous dispense d’interroger, au delà de notre façon de manier la parole, certaines formes de malaise que ressentent, dans l’expérience analytique, des patients plus nombreux qu’on ne croit ? Et est-ce que cela nous empêche de nous demander si ce malaise ne serait pas en relation avec le mode de présence de l’analyste dans la cure, une présence qui passe par la voix, et également – je commencerai par là – qui passe par le regard. Certains analystes semblent ne pas se poser ce type de questions, ou en tout cas ils n’en parlent pas. Or il me semble que nous ne pouvons pas nous dispenser de tenter de cerner un certain réel de la cure, c’est à dire quelque chose sans quoi elle n’aurait pas d’effet, mais qui en même temps peut peser sur les analysants de tout son poids d’impossible,  d’impossible à supporter

     *

     Commençons cependant par quelques remarques assez simples. En ce qui concerne le dispositif de la cure, Freud ne souhaitait pas que l’analyse se fasse en face à face. Il ne supportait pas, disait-il, qu’on le regarde pendant huit heures par jour, ce qui attire tout de suite l’attention sur la dimension du regard, même si c’est d’abord celui de l’analysant.

    Par ailleurs  Freud ajoute une autre raison. « Comme je me laisse aller à mes pensées inconscientes,, écrit-il, je ne veux pas que l’expression de mon visage puisse fournir au patient certaines indications qu’il pourrait interpréter ou qui influeraient sur ses dires ». Mais ne peut-on alors pas supposer que ce que Freud appelle ici « expression du visage » inclut en particulier la question de la façon dont l’analysant percevra son propre regard ? Il n’est pas rare en tout cas, dans notre expérience, qu’un analysant dise qu’au moment où nous l’avons introduit dans le cabinet il s’est senti regardé. Et cette sensation va assez loin. Sa question, au fond, c’est qu’il ne sait pas de quel œil l’analyste le regarde. On peut ajouter que lorsque l’analysant se met à en parler c’est qu’il est affecté par le regard qu’il suppose à son analyste, regard qui témoignerait par exemple d’un jugement négatif, et cet affect, lié au regard qu’il ressent sur lui, c’est précisément la honte.

    Je voudrais à présent, pour préciser ce que j’ai à vous dire, faire une distinction importante. Je viens d’évoquer la crainte que l’analysant peut éprouver concernant un jugement négatif de son analyste. Nous pourrions penser que cette crainte renvoie à un sentiment de culpabilité, sentiment conscient ou inconscient. Mais la honte n’est pas le sentiment de culpabilité. On peut être honteux de porter un vêtement défraîchi, un vêtement qui a perdu depuis longtemps l’éclat du neuf, mais généralement on ne s’en sent pas coupable.

    A cet égard il y a eu pour moi, concernant ma réflexion sur la honte

    un moment fort qui a été constitué par des échanges, il y a plusieurs années, avec des psychanalystes antillais. C’est à travers ce qu’ils disaient que j’ai saisi la façon dont la honte pouvait s’accrocher, dans cette société métissée, à la couleur de la peau, puisque des nuances infimes y prennent une importance qu’on a parfois de la peine à imaginer.

    Mais je ne ferai pas de la honte un phénomène exotique. Je la penserai plutôt en rapport avec une sorte de mutation de nos sociétés contemporaines, et pour aller vite je vous dirai que je suis en accord sur ce point avec Alain Ehrenberg, un sociologue français dont les recherches recroisent ce que nous percevons dans notre clinique. Ehrenberg en effet pense que la dépression, si fréquente dans nos sociétés, ne s’inscrit pas dans un registre névrotique, en tout cas dans le sens freudien. C’est que pour Freud la névrose vient répondre à un conflit psychique, un conflit entre les interdits intériorisés et le désir qui vient s’y heurter, et ce conflit est généralement vécu avec un sentiment de culpabilité, alors que si le sujet moderne est si souvent déprimé c’est qu’il vit non pas un conflit, mais le sentiment de sa propre insuffisance.

    A quoi est lié ce sentiment ? Selon Ehrenberg le monde moderne ne cesse de nous insuffler un idéal de réalisation individuelle, de performance, de perfection. Dès lors le sujet est forcément en défaut par rapport à cette image idéalisée de soi, et c’est de cette insuffisance qu’il a honte. Cela nous l’entendons sans cesse aujourd’hui, c’est souvent ce qui tourmente nos analysants. Je pense à cet égard à une des analysantes que je reçois à un moment où elle a honte de l’évolution négative de sa carrière professionnelle. Or un jour où elle évoque cela il lui revient le souvenir d’un rêve fait la nuit précédente, un rêve dans lequel une partie de son visage est déformé, presque impossible à reconnaître, et comme cette femme a l’esprit vif et de l’humour, elle dit que c’est comme dans la vie, elle « perd la face ».

     *

     Ce à quoi je voudrais cependant en venir à présent, c’est à l’idée que l’analyse n’est peut-être pas seulement un lieu où la honte va pouvoir se dire et s’analyser.  Le dispositif analytique, par lui-même, risque parfois de la favoriser. Il y a à cet égard quelque chose qu’il faut remarquer : il n’est pas rare qu’un analysant , qui revient très souvent sur la description d’un comportement qu’il désapprouve, mais dont il ne peut se détacher, fasse état de la honte qu’il ressent à en parler si souvent. Ceci vient en quelque sorte redoubler sa souffrance. Cette personne souffre de ne pas pouvoir se dispenser d’un comportement compulsif mais en analyse elle se met à parler de plus en plus, au fil de séances successives, de sa honte à en être encore à ce point. Elle a honte devant son analyste, et les rêves qui la hantent à partir de là la font apparaître sous des apparences de plus en plus dégradées.

    C’est alors comme si elle venait matérialiser la dimension de tache, cette tache qui pour Lacan est une des façons d’introduire le regard, puisque le regard, en tant qu’objet a, n’est pas forcément à situer à partir de l’œil qui contemple, ou simplement perçoit, un spectacle ou un tableau. Il est d’abord dans ce qui fait tache dans le tableau – souvenez vous de cette anecdote que raconte Lacan quand il décrit que ce qui faisait tache dans le tableau c’était aussi bien lui même lorsque, jeune et fringant étudiant en médecine parisien, il allait accompagner des marins.

    Je reviendrai dans un moment sur la question de l’objet a. Mais arrêtons nous un moment sur le fait que c’est d’elle comme analysante que ma patiente a honte. Cela peut se dire en banalisant. « Je voudrais, dit-elle en quelque sorte, je voudrais être une bonne analysante et je n’y arrive pas ». Mais on peut aussi dire qu’elle éprouve qu’elle fait tache dans le tableau. Tout cela on pourrait le rapporter au transfert, et à ce que Lacan a pu dire dans le séminaire 1 en montrant sa face de résistance. Il le formule d’ailleurs dans des termes assez forts qui devraient nous empêcher de banaliser « c’est dans la mesure, dit-il, où l’aveu de l’être n’arrive pas à son terme que la parole se porte tout entière sur le versant où elle s’accroche à l’autre. » La psychanalyse, ainsi, n’est pas une simple pratique de remémoration. Elle implique le sujet au niveau le plus profond, celui de l’aveu, et il y a quelque chose de pathétique à saisir comment, dans les moments où l’aveu devient trop difficile, un analysant peut tenter de se raccrocher à la présence de l’analyste, avec toute l’ambivalence que suscite alors cette présence. Une ambivalence, ne serait-ce que parce que, se montrer honteux ou honteuse, cela peut comporter aussi une jouissance.

      *

     Mais je vais à présent m’acheminer vers une autre approche de ce que la situation psychanalytique elle-même peut induire, et pour cela je vais passer du regard à la voix. La voix, comme le regard, Lacan la situe,

    dans D’un Autre à l’autre, à partir de la perversion, et à propos d’elle il évoque le masochisme de deux façons différentes. La voix est ce à quoi le masochiste a renoncé (il n’a pas droit à la parole, il n’a pas « voix au chapitre »). Et puis la voix, froide et arbitraire, cette voix à laquelle le masochiste obéit comme un chien, reste du côté du maître.

    J’y reviendrai mais ce sur quoi je veux plutôt insister c’est sur le fait que, dans son séminaire sur L’angoisse Lacan, pour situer la voix, se réfère à « la voix de Dieu », cette voix qui retentirait lorsque, dans certaines cérémonies juives, on fait sonner le shofar. Ce qu’il souligne alors c’est qu’il ne s’agit pas, dans cette cérémonie, d’une voix qui émettrait des phonèmes articulés, qui permettraient les métaphores et métonymies d’un discours religieux.

    À travers les sonorités du schofar, qui évoquent ce que certains textes bibliques appellent le mugissement ou le rugissement de Dieu, il s’agit de l’émission d’une voix considérée en tant que telle, séparée de toute signification. Or il faut bien relever qu’il n’est pas rare qu’un analysant entende notre voix plus que nos paroles. Il peut par exemple se plaindre des inflexions qu’il croit repérer dans le ton de voix de son analyste. Celui-ci serait-il, ce jour-là, mal disposé à son égard ? Il a parlé de façon si brusque, il a élevé la voix sans raison apparente…

    Je crois qu’un tel vécu va au delà de ce que j’ai dit d’une parole qui s’accroche à l’autre. C’est plutôt comme si le transfert ne pouvait produire ses effets de libération sans quelque risque. Michel Foucault, que Lacan appréciait, qui ne dénia jamais l’importance de la psychanalyse, est un de ceux qui s’est le plus avancé sur cette question.

    C’est à partir de ses derniers cours au Collège de France que Frédéric Gros en est venu, dans un article datant de 2004, à formuler un paradoxe qui ne peut manquer de nous arrêter.

    Frédéric Gros part de ce qui serait, dans la psychanalyse comme dans la direction de conscience chrétienne, le « soupçon fondamental » :

    « ce que je crois immédiatement que je suis ne coïncide pas avec qui je suis vraiment ». Et c’est pour tenter de dépasser cet écart que je m’adresse à l’analyste. Ceci, dit alors F. Gros, « me soumet indéfiniment à l’écoute de l’Autre ». « C’est en nous cherchant nous-même que nous apprenons le mieux à obéir à l’Autre. »

    Alors l’opération analytique inclut-elle nécessairement une dépendance à l’Autre ? À l’écoute de l’Autre ? Et pourquoi pas à sa voix, dès lors que dans son absence de signification je peux lui prêter je ne sais quelle intention? Et pourquoi pas aussi au regard, s’il est vrai que celui-ci comporte lui aussi une dimension d’énigme ?

    J’ai évoqué, par ailleurs, le rôle de la voix dans le sadomasochisme. Rien de tel apparemment dans la cure, durant laquelle l’analysant n’a évidemment pas à renoncé à la parole, et durant laquelle l’analyste n’use pas du ton glacial du maître sadique. Mais il faut prêter attention à la pratique de la coupure des séances qu’a introduite Lacan. Elle est souvent pertinente, mais elle peut aussi être vécue comme une prise de pouvoir exorbitante. A manier, donc, avec une certaine précaution.

    Plus important me semble, par rapport à mon propos, ce que nous avons pu dire de la voix de Dieu. Ce n’est pas que l’analyste soit divinisé ! Mais lorsque sa voix parvient à l’analysant, à partir de cet espace Autre qui concrètement se situe derrière lui, elle prend un relief particulier, qui explique en grande partie, par exemple, à quel point il peut être saisi.

    Peut-on éviter ce type d’effets ? Sans doute pas complétement. En revanche si l’analyste en est un peu averti il pourra les limiter. Et il pourra aussi « jouer » de cette dimension que prend sa voix. Lacan, dans ses colères proverbiales, le faisait sans doute très volontairement. Disons que rien n’empêche l’analyste de hausser le ton, quand c’est à contre courant des effets de surmoi qui inhibent l’analysant.

    La voix – notre voix – peut indiquer, par elle-même, qu’il n’y a aucune raison d’être complaisant par rapport à ce qui, pour chacun, est de l’ordre de l’assujettissement le plus déprimant. Elle peut aussi, pour en revenir à la honte, faire sentir par sa tonalité plus que par des explications, que celle-ci risque de bloquer l’analysant dans une jouissance sans perspective.


    Presentación realizada en el Coloquio Internacional convocado por la Escuela Freudiana de Buenos Aires, la Escuela Freudiana de la Argentina, la Fundación Europea para el Psicoanálisis y Mayéutica- Institución Psicoanalítica “La voz y la mirada en la experiencia del análisis” realizado en Buenos Aires los días 22 y 23 de marzo de 2019.

  • Autisme et voix machinique : un dire dans dit vs un dit sans dire / Jean-Michel Vives

    Autisme et voix machinique : un dire dans dit vs un dit sans dire / Jean-Michel Vives

    On sait depuis longtemps que le rapport de l’autiste à la voix, qu’elle soit sienne ou celle de l’autre, est compliqué, voire impossible. Cet élément a,  dès le début de l’étude du fait autistique, été repéré. Ainsi comme le rappelle Maleval :

    « Beaucoup de cliniciens ont constaté empiriquement que, pour se faire écouter de l’autiste, il convient de faire taire sa voix. Asperger s’en étonnait déjà : « Nous observons chez nos enfants, écrivait-il en 1944, que si nous leur donnons des consignes de manière automatique et stéréotypée, d’une voix monocorde comme ils parlent eux-mêmes, on a l’impression qu’ils doivent obéir, sans possibilité de s’opposer à l’ordre », de sorte qu’il prônait de leur présenter toute mesure pédagogique « avec une passion éteinte » (sans émotion). »[1]

    L’intrusion de la parole de l’autre n’est jamais simple pour l’autiste et celui-ci se bouche volontiers les oreilles pour ne pas l’entendre. Voix qui est certes la dimension sonore du processus d’énonciation mais qu’il convient également d’appréhender ici dans le sens d’objet pulsionnel, tel que Lacan a pu l’isoler. La voix n’est plus alors à entendre dans le sens courant du terme qui renvoie à la dimension sonore mais ce qui porte et indique la présence du sujet de l’énonciation et donc du désir qui le soutient.

    Les cliniciens qui travaillent avec des patients autistes savent parfaitement qu’ils ne sont pas hors communication. Ils n’ont souvent aucune difficulté à comprendre ou à se faire comprendre. Lacan a pu même les qualifier de « verbeux ».

    De fait, la rencontre de ces patients nous montre comment très régulièrement, non sans effort, ils indiquent impérativement ce qu’ils veulent. Ce que nous présente l’autiste est moins un refus de communiquer qu’un refus de parler, un refus de la dimension énonciative et donc du sacrifice de la voix que cela implique. Parler, c’est donner de la voix, c’est sacrifier la voix sur l’autel de la parole et donc accepter de s’en séparer. L’autiste parle, à condition d’effacer la dimension énonciative de ce qu’il dit. Il essaie de produire une parole déconnectée de la dimension subjective. Il en résulte des stéréotypies verbales et des écholalies.  La dimension pulsionnelle liée à l’énonciation est évitée aussi bien chez le locuteur autiste que chez celui qui s’adresse à lui.

    Une expérience nous permettra d’illustrer cette question mais également de la préciser pour la relancer. J’ai pu expérimenter avec une jeune collègue a, au cours de l’année universitaire 2014-2015, l’utilisation d’un robot humanoïde (NAO, commercialisé par la société Aldebaran[2]) dans une institution accueillant des enfants autistes. Le but de la recherche était d’évaluer les applications éducatives et pédagogiques dont le robot dispose (essentiellement ASK – Autism Solution for Kids) pensées pour faciliter les apprentissages. Comme on l’aura compris le modèle sur lequel s’appuie la conception du robot est bien loin de la psychanalyse.

    Sans doute est-ce pour cela que la jeune chercheuse va très vite s’intéresser à une dimension « secondaire » du dispositif et non forcément appréhendée comme essentielle par ses créateurs pour en faire le cœur même de sa recherche : le robot parle ! Et comme elle s’en apercevra très vite cette voix particulière n’est pas sans effet sur les jeunes patients.

    Très vite, nous perçûmes qu’il était possible de dialoguer avec un jeune patient âgé de 11 ans refusant la plupart du temps le contact visuel et vocal si nous faisions porter notre parole par le petit robot. A partir de là, les séances changèrent radicalement de visage : nous tapions nos questions ou interventions sur le clavier de l’ordinateur relié à Nao qui prononce ses mots. Il se trouve alors littéralement en position de « porte parole ». Le petit patient accepte, dans cette situation, de répondre et d’interagir avec le robot, là où cette interaction était impossible directement avec la clinicienne permettant ainsi une prise en charge thérapeutique jusqu’alors difficile voire inenvisageable.

    Cette étonnante découverte pose un certain nombre de questions que nous ne pourrons toutes développer ici. Nous n’en retiendrons qu’une seule aujourd’hui :

    Qu’est-ce qui permet à l’enfant autiste de pouvoir s’attacher à une voix machinique, là où la mise en jeu de la voix dans l’acte de parole lui semble si douloureuse que la plupart du temps il semble préférer y rester sourd ?

    Ce que l’expérience avec le petit robot vient nous montrer est que les sources sonores, et  plus encore les sources vocales, ne bénéficient pas d’un traitement équivalent par l’enfant autiste. En effet, comme nous l’avons déjà rappelé, lorsqu’il est question de la voix humaine l’investissement est difficile. Il en est de même en ce qui concerne leurs propres voix souvent « robotisées » et dont la prosodie est si étrange, semblable à celle d’un enfant sourd qui apprendrait à vocaliser.

    A l’inverse, et ce point est essentiel, les voix artificielles ou machiniques semblent quant à elle être investies de façons plus immédiates. Les cliniciens en contact avec les autistes savent combien l’investissement des enfants pour des objets véhiculant la voix telles que la télévision ou encore la radio est important. Objet véhiculant une voix hors-corps, coupées de leurs émetteurs physiques.

    Ces considérations coïncident avec ce qui a pu être repéré pendant les ateliers autour du robot NAO. Les enfants autistes, faisant usage de la parole difficilement, répondaient pourtant aux sollicitations de la machine, et cela pouvait aller jusqu’à la production d’énoncés spontanés. La vocalité artificielle du robot apparaît comme un artefact permettant de venir capturer le matériel vocal.

    La particularité de la voix, lorsqu’elle est traitée par la machine et donc devient vocalité artificielle, est d’être produite sans  faire usage de cette caisse de résonance qu’est la cage thoracique, ni des cordes vocales. La voix s’entend alors comme détachée du corps et de son appareil phonatoire. C’est une voix hors-corps, décorporeisée et délocalisée. Cette dimension est bien sûr essentielle à l’investissement possible par l’enfant autiste. La voix machinique est à différencier de la vocalité artificielle en ce qu’il n’est plus question ici d’une voix naturelle captée, fixée et délocalisée mais d’une voix entièrement créée. Cette voix machinique ne ferait donc plus référence à la présence-absence d’un locuteur mais présentifie une voix sans sujet.  L’effacement totale de la voix naturelle entraîne l’annihilation d’une de ses dimensions essentielles : celle du timbre.

    Si nous définissons le timbre d’une voix naturelle comme ce qui est unique, propre à chaque individu et par la même inclassable, non mesurable, nous pouvons considérer que le timbre constitue ce qu’il y a de plus réel dans la voix. Le timbre, qui renseigne en temps normal sur les qualités d’une voix, devient ici incertain puisque ne se rattachant pas à un corps et n’étant donc pas soumis à des exigences physiologiques. Ce qu’il y a de plus réel dans la voix naturelle, le timbre, disparaît…

    Pour continuer à avancer, il convient de rappeler ici rapidement quels sont les paramètres musicaux du son :

    – La hauteur (un son grave / aigu ) mesurable en Hertz qui en détermine la fréquence

    – La durée (un son court / long) mesurable en secondes

    – Le volume, son intensité (un son doux / fort) mesurable en décibels.

    Le quatrième paramètre, le plus énigmatique, lui ne se mesure pas. Il échappe donc à toute possibilité d’être totalement cerné. Il s’agit du timbre qui peut être défini comme tout ce qui fait qu’un son produit à la même hauteur, de même durée, avec la même intensité, ne ressemble pas à un autre. Deux sons peuvent avoir la même hauteur et la même puissance, ils ne peuvent avoir le même timbre, celui-ci dépendant de la façon dont il est « attaqué » et des résonateurs privilégiés. Le timbre est la négativation du symbolique par le réel ou, dit autrement, il est ce qui échappe au pouvoir de symbolisation et qui reste intraduisible. Le timbre est le paramètre vocal le plus difficile à appréhender : la puissance et la hauteur peuvent objectivement se mesurer, mais pas le timbre. Nous pouvons à partir de là dire que le timbre est la dimension réelle de la voix.

    Lacan esquisse une voie dans l’analyse des relations entre le sujet et cette dimension réelle de la voix qu’est le timbre :

    « Le sujet produit la voix. Et je dirai plus, nous aurons à faire intervenir cette fonction de la voix, pour autant que faisant intervenir le poids du sujet, le poids réel du sujet dans le discours »[3].

    C’est bien ce « poids du sujet » que l’autiste refuse. Nous allons aisément le repérer à partir du circuit de la pulsion invocante. Celui-ci implique la présence de l’Autre : après avoir résonné au timbre de l’Autre, le sujet en devenir dans le même temps l’assume et le rejette. En effet, il assume ce timbre originaire du fait qu’un « Oui » accueille la voix de l’Autre (Bejahung) – oui à l’appel à advenir –, et tout à la fois la rejette (Ausstossung), le sujet devant pouvoir s’y rendre sourd pour pouvoir acquérir sa propre voix. Nous sommes ici confronté à un « Non » (Ausstossung) qui se met au service d’un « Oui » (Bejahung[4] et qui permettra au sujet à venir de posséder une voix. L’infans dans un même mouvement dit « Oui » et « Non » au timbre originaire. Ce processus, articulant acceptation et refus du timbre originaire, permet ainsi à la voix qui a appelé le réel humain à advenir de rester à sa place, c’est-à-dire dans un premier temps inaudible puis, inouïe. Cette surdité à la voix primordiale permettra au sujet à venir, à son tour, de donner de la voix.

    Le non-assourdissement de l’autiste ferait que l’environnement deviendrait indifférencié et intraitable. Du fait du non-assourdissement, de la non-constitution du point-sourd, résulterait une intolérance aux sons, qui ne sont pas différenciés, et auxquels l’enfant ne peut attribuer de sens. L’expérience avec le robot NAO nous oblige à reconnaître que certaines formes de sonorité telle que la vocalité artificielle sont plus aisément investies que d’autres obligeant à remettre en cause l’idée que tout serait bruit pour lui. La voix du robot était mieux tolérée dans le cas de l’autisme que la voix naturelle. L’enfant à qui elle était présentée témoigne d’un fort investissement marqué d’abord par la reprise d’énoncés sous formes d’écholalies et pouvant aller jusqu’à la production d’énoncés spontanés. Le second cas était celui du garçon présentant un rapport à la voix persécutant et hallucinatoire, le conduisant à enjoindre ses interlocuteurs à se taire. Comportement n’étant pas apparu lors de la manipulation de la voix du robot et donc permettant un espace pour la parole.

    Si, comme nous en faisons l’hypothèse, la disparition de la voix naturelle provoque l’effacement du timbre, il est possible de corréler l’apaisement relatif à la voix dont font preuve les patients avec cette particularité de la voix machinique. Ce réel, le timbre, serait ce qui chute dans l’utilisation de la voix machinique, entièrement créée, ayant pour effet qu’un « dire » devienne entendable.  L’hypothèse que nous soutenons est que les caractéristiques de la voix machinique permettraient aux patients de faire l’expérience de l’effacement de la dimension subjective de l’énonciation avec l’effacement de la dimension du timbre humain. La voix machinique présenterait elle-même ce point-sourd que le sujet n’aurait pu réaliser.

    Point sourd défini comme le lieu où le sujet, pour advenir comme parlant, doit en tant qu’émetteur à venir, pouvoir oublier qu’il est récepteur du timbre originaire. Il doit pouvoir se rendre sourd au timbre primordial pour parler sans savoir ce qu’il dit, c’est-à-dire comme sujet de l’inconscient. Pour devenir parlant, le sujet doit acquérir une surdité spécifique envers cet autrui qu’est le réel du son musical de la voix[5]. La voix machinique permettrait de faire entendre le silence du timbre et donc pourrait matérialiser ce que peut être ce vide d’objet à l’intérieur même de la voix. Faire l’expérience d’un point silencieux au lieu même de la voix est ce qui permet au sujet de faire l’expérience d’un renoncement à la jouissance vocale.

    La voix machinique quant à elle permettrait, par le silence du timbre, l’introduction d’un point-sourd, et ainsi conduirait à la possibilité d’éprouver pour l’enfant autiste l’écart possible entre lui et cet objet voix qui l’envahit et sur lequel il ne peut rien céder. Ce silence du timbre, véritable dématérialisation de la voix, représenterait ce que peut être le renoncement à la jouissance vocale et pourrait rendre possible l’articulation entre voix et parole.

    Pour conclure nous pourrions dire que là où l’harmonicité du timbre de la voix naturelle,  présente la particularité de renseigner l’auditeur sur l’identité du propriétaire de cette dernière, l’inharmonicité de la voix machinique provoque un phénomène de ségrégation laissant l’auditeur perplexe quant à l’identification de la source sonore.

    Nous pouvons soutenir que si voix machinique et musique sont l’inverse l’une de l’autre, toutes deux permettent de traiter le rapport spécifique de l’autiste à la présence vocale de l’Autre. En effet, si la voix machinique permet l’expression d’une parole sans subjectivité, la musique est l’expression d’une subjectivité hors parole. On prête à Stravinsky le mot suivant : « La musique ne dit rien mais elle le dit bien ». Cette formule indique remarquablement dans la musique une disjonction entre le dire et le dit, disjonction introduite clairement par Lacan dans son texte L’étourdit : « Qu’on dise reste oublié derrière ce qui se dit dans ce qui s’entend »[6]. C’est bien cette radicale disjonction entre le dire et le dit qui est recherchée par l’autiste nous permettant de comprendre pourquoi la musique et la voix machique sont investies par lui : du côté de la voix machinique,  un dit sans dire, du côté de la musique un dire sans dit.

    [1]  Maleval J.-C. (2009) L’autiste et sa voix. Paris, Seuil. p. 243.

    [2] https://www.ald.softbankrobotics.com/fr/cool-robots/nao

    [3] Lacan J., (1958-1959) Le désir et son interprétation, séminaire inédit.

    [4] Didier-Weill A., Un mystère plus lointain que l’inconscient, Paris, Aubier, 2010.

    [5] Vives J.-M., (2015) « Pour introduire la notion de point sourd ». Ecoute, ô bébé, la voix de ta mère… La pulsion invocante. Bentata H, Ferron C., Laznik M.-C. (sous la direction) Toulouse, Eres, p. 95-112.

    [6] Lacan J. (1973) « L’étourdit », Autres écrits. Paris, Seuil. 2001, p. 449.


     

    Presentación realizada en el Coloquio Internacional convocado por la Escuela Freudiana de Buenos Aires, la Escuela Freudiana de la Argentina, la Fundación Europea para el Psicoanálisis y Mayéutica- Institución Psicoanalítica “La voz y la mirada en la experiencia del análisis” realizado en Buenos Aires los días 22 y 23 de marzo de 2019.

  • Dire c’est voir / Gerard Pommier

    Dire c’est voir / Gerard Pommier

    Lorsque nous parlons, des images se présentent au fur et à mesure que la parole se déroule jusqu’à la conclusion d’une phrase. Ces images tombent dans les interstices de ce qui cherche à se dire, et elles n’ont souvent pas de rapport avec la pensée en cours de déroulement. Ce sont les images que Freud a appelé les Einfall mal traduit en français par l’expression « Association libre », car ce ne sont pas des pensées et elles ne sont pas libres. C’est mieux traduit en espagnol par l’expression : « lo que se cruce », o bien « lo que cae ». Dans la parole ordinaire de tous les jours, les gens chassent ces images pour aller au bout de ce qu’ils veulent dire, et à la fin de leurs phrases, ils les ont oubliées. Quand un analysant est sur un divan, les images lui tombent du plafond et au contraire l’art de l’analyste est de leur prêter de l’attention. Ce sont elles qui sont importantes, car ces images qui tombent ne sont pas des signifiants, mais elles sont visuelles : ce sont des signifiés qui sont connectés immédiatement avec tous les signifiés pulsionnels : la voix, les odeurs, les sensations, l’univers des sonorités musicales, des perceptions du corps où s’accrochent les symptômes. Elles sont connectées avec les sensations de l’univers, et de la musique des mots eux-mêmes. Ces images sont de l’ordre du signifié refoulé et non de la pensée discursive signifiante. Les images visuelles courent à la vitesse de la lumière, c’est-à-dire 300 000 km/s. Cela veut dire qu’en une seule image, celui qui parle est d’un seul coup connecté à son enfance.

    Et nous savons que ce qui est le plus important dans une analyse, c’est de détacher les fausses connexions (Falsche Verknüpfung) entre les souvenirs d’enfance et ce qu’il se passe dans la vie actuelle. L’interprétation psychanalytique dénoue les fausses connexions entre l’infantile et l’actuel. Ces fausses connexions sont la source des symptômes, et pour les dénouer, l’analyste se saisit des images, des Einfall qui surgissent dans les interstices et lors des arrêts de la pensée. Lorsqu’un analysant se tait et ne sait pas quoi dire, je ne lui demande pas « A quoi pensez-vous ? » mais : « que voyez vous ? » Les images surgissent parfois dans la parole grâce à la prononciation d’une seule lettre qui à elle seule délivre un refoulement enfoui, attaché à un signifié visible.

    Par exemple un de mes analysants obstétricien me raconte un accouchement difficile. Il pense brusquement à sa propre naissance, car il est né avec le cordon ombilical autour du cou et il a failli mourir asphyxié. Il me dit :

    • « Je suis né violé (violado) »

    Alors qu’il voulait dire violet (el color violeta)

    Je lui dis aussitôt :

    • Mais qu’est-ce que vous venez de dire ? »

    Il me répond :

    • « J’ai oublié… j’ai dit « étranglé » ? »
    • « Non vous avez dit « violé » à la place de violet. »

    Et il repense aussitôt à la brutalité de son père qui le battait. C’était l’équivalent d’un viol – et grâce à une couleur, qu’il a vu, il vient de s’accoucher lui-même pendant cette séance, où il s’est libéré de son propre amour incestueux pour son père. Car le désir incestueux vient d’abord des enfants. Il a vu d’un seul coup la couleur de sa vie d’obstétricien. C’est le signifié colorié qui lui a permis de couper le cordon ombilical entre son enfance et sa vie d’adulte, toujours angoissée par les supérieurs hiérarchiques et les rivaux.

    Non difert videre et audire. « Il n’y a pas de différence entre dire et voir » écrivit Saint Augustin. Mais pour cela, il faut que quelqu’un voit la couleur des mots qui se disent, les signifiés refoulés et cela pour que cela s’entende et délivre l’angoisse : dans le cas de l’obstétricien, celle du viol paternel, toujours imminent sous la forme du traumatisme sexuel présent dans toutes les structures.

    Je viens de décrire le poème à deux de l’acte analytique qui met à jour les couleurs cachées de la vie, celles de l’enfant éternel.

    Dire, c’est voir. Lorsque nous parlons, nous faisons toujours des comparaisons. Telle chose nous fait penser à telle autre chose que nous voyons. Lorsque nous voyons un ciel bleu, nous pensons à d’autres bleus que nous avons vus. Notre pensée est adjectivée par des « comme ». Telle chose est « comme » telle autre vision et cela nous vient automatiquement en parlant. Pourquoi existe-t-il une telle contrainte automatique à faire des comparaisons, c’est-à-dire à faire rimer chaque sensation avec une autre, comme si nous étions des poètes ? Je dirai que c’est l’angoisse de l’inceste qui nous pousse à comparer, à rimer : c’est le secret de la répétition. Wiederholungswang. Si nous regardons un ciel bleu sans faire de comparaison, il risque de nous avaler : nous sommes aspirés par lui dans une dépersonnalisation. C’est une angoisse de l’inceste contre laquelle la poésie est une arme. Nous étions perdus et brusquement nous nous retrouvons grâce à cette poésie d’une image qui rime avec une autre. Nous étions hors de nous et brusquement nous sommes dedans.

    Deux vers mis en parallèle, ou même un simple mot qui condense deux images provoquent un tel retournement enivrant. C’est une répétition qui fait de l’infini un monde intérieur. Le vers qui sonne fait du visible une illumination interne.

    Cela peut être grâce au choc de deux assonances, d’un certain rythme d’une évocation qui à elle seule surclasse la dépersonnalisation des pulsions. Car les pulsions veulent mourir, et nous avec elles.

    Ce n’est pas une description en elle-même qui est poétique, mais sa mise en contrepoint avec la musique d’autre chose. Les choses vues sont entendues sous l’angle de leurs comparaisons c’est-à-dire de la mise en parallèle du visible et de l’audible qui sonnent ensemble.

    C’est ainsi dans ce poème de Hopkins « La mer et l’alouette ».

    The sea and the skylark.

    On ear and ear two noises too old to end

    « Dans l’oreille sans fin deux sons trop anciens pour mourir

    Se gravent : d’un côté la marée qui se rue au rivage,

    Rouleau qui croule, ou basse berceuse, ou lourd tonnerre,

    Fréquente-la tant que la lune s’use et s’achemine. »

    Hopkins dit qu’il y eut d’abord « deux sons trop anciens ». Il a écrit ailleurs dans ses carnets : « La seconde note du coucou semble plus proche que la première » : c’est le souvenir qu’au début, il y eut d’abord deux syllabes. Le coucou est le nom d’un oiseau en anglais et en français. C’est ici que j’attire votre attention sur la plus courte des répétitions sonores, sur la plus courte des poésies que font tous les enfants du monde lorsqu’ils disent « maman » et « papa ». C’est une mise en parallèle sonore qui leur permet d’intérioriser ce qui autrement les aliène. C’est une première poésie universelle qui les libère de l’Inceste. La voix ouvre une brèche en se répétant. C’est un trou de serrure où se voit un monde qui n’est plus au loin, mais à l’intérieur. Les deux syllabes du poème d’enfance se répètent sur place avant de sonner avec le visible. La répétition sonore appelle des choses visibles et d’abord le visage des parents qui parlent par leurs yeux. N’importe quel mot vu sous l’angle de la poésie se dédouble en images. Au moment d’une sorte d’excarnation aliénant toujours virtuelle dans la langue comme sa faute native, la poésie de l’incarnation succède.[1] Le chant du coucou est fidèle à la musique d’enfance de « maman » et de « papa » – Dans le poème d’Hopkins le visible et l’audible se juxtapose en double sonore de la vision : de la mer et de la lune. « La mer se voit, l’alouette s’entend. La mer est infinie, le chant est un instant. Lorsque Hopkins les met ensemble, il retourne l’infini en lui. Il y faut deux yeux qui regardent pour la lune – tandis que l’oreille entend le bruit de la mer.

    Dans son poème, Hopkins juxtapose « la marée qui se rue au rivage », et deux vers en dessous : « la lune s’use et s’achemine ». La vision de la lune sonne avec le bruit des vagues : c’est mettre à l’intérieur ce qui hante l’extérieur : selon un mouvement libérateur. Ce n’est pas seulement voir une image, mais en même temps entendre autre chose. Lorsqu’une image visuelle se retourne à l’intérieur sur une image auditive : elle intériorise l’infini en une résonnance ponctuelle, intime. C’est le moment où voir et entendre s’égalise : Videre et audire non differt vu et entendu en même temps. C’est Voir en Voix intérieure. Je dirai que c’est le même événement fulgurant qui se produit en analyse. Dans le poème à deux de l’acte analytique, l’apparition d’une Einfall amène à l’associer à quelqu’autre chose qui l’approprie.

    Cela peut être une vision avec deux yeux : un pour la mer, un pour la lune. Ce sont deux parallèles, mais comme le dit Euclide, ces parallèles – qui partent en ligne droite ne se rejoignent jamais. Chacun peut pourtant voir qu’elles se rejoignent, mais personne ne peut rejoindre ce point sur l’horizon. Sauf lorsque la voix retourne le point de perspective à l’intérieur, et fait du poète une sorte de maître du monde et de sa vie. Il vient de retourner l’infinité de l’espace (qui est à dieu), en la ponctualité de son temps humain.

    Saint-Augustin a distingué le « langage du matin » – c’est celui des anges qui communiquent entre eux par images – et le « langage du soir », c’est-à-dire la parole habituelle qui discourt et enchaîne des signifiants. Le « langage du matin » est celui de la vision. La vision reste une étrangère tant qu’elle n’est pas échangée, comme elle l’est dans l’acte analytique. C’est pourquoi les anges se parlent par images alors qu’ils savent déjà tout. Sans cet échange de la vision, le « langage du soir », fabriqué avec une prose audible et raisonnable – alphabétique – resterait lettre morte.

    Les anges tiennent un discours silencieux : leur destinataire n’entend pas une parole, mais – si ce n’est pas déjà trop dire : il entend une vision qui – une fois assurée la présence de son destinataire – ouvre les yeux. De la voix au voir : l’écoute du matin se résorbe en cette vision qui diffracte aussitôt en ses multiples connexions : ce sont les mêmes routes que celles de « l’association libre », ou celle de l’écriture automatique. Elles communiquent à grande vitesse, et s’associent au plus vite à d’autres images. C’est une connaissance d’avant la parole. C’est déjà un travail de l’intellect. Locutio angeli in intellectuali operatione consistit, écrivit Thomas d’Aquin dans De Veritate[2]. L’opération associative est bien celle de l’intellect, mais elle opère grâce à une vision préalable, de sorte qu’entendre et voir ne diffèrent pas non differt audire et videre[3]. Comme l’écrivit l’Aquinate, ce genre de transmission procède sous la forme d’une illumination pour l’Esprit qui le reçoit – quia vero veritas est lumen intellectus : elle file de l’illumination à l’intellect.[4] C’est bien le flash d’une discrète hallucination visuelle qui propulse la voix vers la parole, si l’on en croit le Docteur Angélique. L’irrationalité poétique commande la rationalité prosaïque.

    Lorsqu’un analysant rencontre un analyste grâce auquel il fait rimer ce qu’il dit avec ce qu’il voit, il faut qu’il le dise à voix haute, car c’est seulement la musique des mots qui est connectée à la vue. C’est un petit arrangement entre pulsions qui se cognent et font des étincelles. C’est le moment hyperclair Überklar d’une séance.

    [1] Yves Bonnefoy, Le Nuage Rouge, p. 344.

    [2] Patrologie Cursus completus…series secunda…Patrologie tomus Petri Lombardi nec non Divi Thomae Aquinatis…, Jacques-Paul Migne, Petit Montrouge, 1845, qu9 à 4.

    [3] (id)

    [4]Somme Théologique I 107.2


     

    Presentación realizada en el Coloquio Internacional convocado por la Escuela Freudiana de Buenos Aires, la Escuela Freudiana de la Argentina, la Fundación Europea para el Psicoanálisis y Mayéutica- Institución Psicoanalítica “La voz y la mirada en la experiencia del análisis” realizado en Buenos Aires los días 22 y 23 de marzo de 2019.

  • En un clin d’œil / Horacio Manfredi

    En un clin d’œil / Horacio Manfredi

    «L‘état de vigilance d’Orwell construit également un domaine du regard. Le Big Brother est omniprésent comme un regard sur l’écran télé. Il voit tout sans être vu.
    La répression est exprimée sous forme de regard. » Byung-Chul Han (2016:79)

    C’était Lacan qui introduisit le regard et la voix en tant qu’objets a, en les ajoutant aux objets pulsionnels freudiens : orale, anale et « l’objet » phallique.

    C’est par l’action de l’Autre et à partir de l’Autre que, lors du parcours pulsionnel, le corps devient érogène et ses frontières peuvent être délimitées achevant la satisfaction partielle de la pulsion.

    Quelle est l’importance du regard dans le processus de subjectivation ?

    Il s’agit de placer le regard avec sa valeur fondatrice dedans la relation dont le sujet établit avec l’Autre. Il est alors possible de conjecturer deux moments logiques : un premier moment où le regard de l’autre constitue la matrice nécessaire pour la libidinisation du sujet en tant que formateur dans la composition du soi [Je], tel que Lacan le propose dans « le stade du miroir » (1949:11). Installé l’enfant d’abord comme moi idéal, ceci donnera cette matrice qui permettra le développement des futures identifications secondaires.

    Dans un deuxième temps fantasmatique, l’imago est impliquée dans la construction du parlêtre, «en oubliant» le sujet qui, lorsqu’il regard, il a déjà été regardé par l’Autre. Ce niveau initial d’aliénation nécessaire fonctionne dans le meilleur des cas, comme le porteur d’une satisfaction qui mettra en jeu dans ses fantasmes, traces d’une histoire qu’elle a construit. Rappelez-vous que Freud a définit la fantaisie comme des « restes des phrases vues et entendues ».

    Assoun dit que :

    Le regard survit dans l’œil pour accomplir la fonction d’objet érotique. Tel est l’autre, l’objet que je convoite, celui que je ne peux pas me contenter de voir : il faut que je regarde, il exige de moi un regard. L’autre veut que je regarde. L’hystérique couvrira les dépenses. (Assoun, 2004: 29)

    À partir de Trois essais… (Freud, 1905:117) au sujet des sources de la sexualité infantile, Freud accorde un rôle superlatif aux pulsions partielles en soulignant l’importance du plaisir de voir (Schaulust) et du toucher, en les distinguant de la perversion.

    Dans la perversion, dont l’aspiration consiste à regarder et à être regardé, une caractéristique étonnante émerge, dont nous devrons nous occuper avec une plus grande intensité, à la suite de l’aberration qui suit, à savoir: le but sexuel est présenté sous une double configuration sous la forme actif et passif. (Freud, 1905: 143)

    Se référant à l’objet, il signale que celui-ci suscite l’excitation, «le charme», utilisant le terme Reize, lié à un objet qui a la possibilité de provoquer l’attraction en tant qu’objet visuel, situé dans le jeu actif-passif, regarder-être regardé.

    L’expression “His majesty the baby” place l’enfant en tant qu’objet cause du regard. L’histoire d’une mère, se référant à son fils comme “la prunelle de mes yeux” parle d’un corps qui fonctionne comme l’idéal du moi.

    Par excès d’amour permanent face à la jouissance, la mère contrôle chacun de ses mouvements avec son regard. Elle construit au fur et à mesure un objet impuissant voire  marqué  par  la  paranoïa  d’un  regard  qui  l’attrape  et  ne  lui  permet  pas d’atteindre la rupture du voile aliénant. Rappelez-vous du film de Woody Allen « New York Stories », l’image sinistre de la mère apparaît dans le ciel en parlant à son fils comme le super-ego.

    Dans la cécité hystérique, nous trouvons une autre façon, á travers laquelle le sujet tente à se soustraire du champ scopique. dans son ouvrage sur la perturbation de la vision psychogène selon la psychanalyse, Freud, (1910:205) localise la vue comme un organe de double fonction. Se référant à la cécité hystérique il propose que

    «Ceux qui en sont atteints ne sont aveugles que pour la conscience, dans l’inconscient, ils voient. « (Freud, 1910:210)

    Une patiente, avec plusieurs années d’analyse mais résistant à passer au divan, a besoin de contrôler, voir l’analyste et fondamentalement ÊTRE REGARDÉE. Elle a été le protagoniste d’un grave accident de voiture lors qu’elle s’était endormie au

    volant dans son retour à la maison. Elle s’est écrasé sur la rambarde et s’est réveillé par le bruit de l’impact. Elle raconte dans la séance : j’ai failli mourir. … en un clin d’œil…

    Elle ne se souvient pas de ce qui précède l’accident … Sauf que, avant de partir, elle a  croisé  un  homme,  «un  ami»,  qui  d’habitude  s’adresse  à  elle  “d’un  regard amoureux” et avec qui elle entretient des discussions sympathiques sans aller au- delà. Elle raconte que, lors de la dernière réunion avec lui, avant l’accident, elle s’était  beaucoup  angoissée  parce  que,  comme  elle  l’exprime,  le  regard  de  cet homme est très fort et lui fait se sentir vulnérable.

    Lors des séances elle dit qu’après tant d’années de mariage, elle ne pourrait jamais tromper son mari, homme avec qui elle ne maintient pas de relations sexuelles, depuis longtemps. Un mari qui ne la regarde jamais et qui l’ignore, entraînant une souffrance et un tourment permanent qu’implique pour elle la maltraitance dont elle est soumise.

    Face á «son ami» elle se montre séductrice, mais quand il s’approche à la recherche de quelque chose de plus, elle fuit son regard et quitte la scène. Entre se montrant et s’en fuir elle trouve une satisfaction substitutive, il ne s’agit pas d’accéder à l’offre de rencontre avec «son ami» ou de se séparer de son conjoint pour qui elle n’opère pas comme un objet de désir.

    Quelque chose de mortifère est installé dans ce jeu; ce qui a commencé comme une sorte de divertimento y provoque l’irruption d’un malaise très marqué. Elle dit que dans l’instant qui a suivi l’accident, il n’y avait personne sur la route, elle était seule avec l’angoisse d’avoir fait quelque chose qu’elle n’aurait pas dû faire: elle dit de conduire avec sommeil, quelque chose qui n’aurait pas dû être fait, l’interdit, le rêve!

    Quel est le charme, la Reize, de ce jeu? Était-ce un passage à l’acte manquant, en guise de punition pour la culpabilité de jouer le fantasme de tromper son mari? Son rêve n’était-il pas de souhaiter qu’un homme sur l’autoroute la “voie”, la tire de son tourbillon et l’élève à un niveau de jouissance orgasmique?

    Désigne Assoun :

    Par conséquent, la Pathologie hystérique du regard, est donc révélatrice de la tentation hystérique chroniquement présente dans l’érotisme du regard : virtualité

    daspiration par l’objet qui pétrifie les compétences visuelles. Qui trop embrasse, mal étreint et ce qui regard trop… finis par ne rien voir.

    À cette période, ses yeux, sont précisément touchés par une maladie auto-immune qui nécessite une attention permanente en ophtalmologie … c’est la pire chose qui puisse m’arriver, ne pouvoir pas voir !!!

    […] Cette solidarité entre le regard, comme un fading du sujet et son objet, est un  témoignage  de  l’étrange  glissement  sémantique  qui  permet  de  se  qualifier «daveugle» non seulement ce qui ne voit pas, mais á l’objet qui ne se voit pas. (Assoun, 1995:31)

    Il existe en chacun de nous «l’angle mort oculaire» appelé scotome par le discours médical. Son étymologie vient du grec ancien : ténèbres, l’obscurité et est définie comme une zone de cécité partielle, temporaire ou permanente. L’angle mort, angle qui n’est pas perçu par le sujet, est également appelée scotome négatif ou scotome physiologique. Il se réfère à des sujets qui ne sont pas affectés par une pathologie, n’ont pas des blessures sur le nerf optique ou de la rétine. Tout n’est pas possible d’être «vu».

    Dans le dessin comme dans la peinture, les traits sont généralement établis par rapport à ce qu’on appelle le point de fuite dans le plan. Lieu de convergence d’où s’ordonne la perspective qui sert à donner de la profondeur á l’oeuvre d’art. Qu’advient-il du regard dans la création picturale? Est-ce une peinture sur mesure qui permet de reconnaître l’Autre? ou est le produit d’un besoin intime de couvrir le tissu qui, comme dans l’écriture de la page blanche, laisse le sujet face à un vide menaçant.

    En ce sens, la peinture agit comme le voile d’un manque structurel et l’acte même de la peinture produit une satisfaction, au-delà des valeurs esthétiques pouvant représenter “les beaux arts” pour un temps donné.

    Selon Freud l’oeuvre d’art et son succès deviennent une réalité quand la société donne á celle-ci une valeur spéciale, en calmant et apaisant le pur manque, bien que son contenu soit troublant, comme par exemple la douleur et la souffrance qui apparaissent sur les visages des peintures de Goya.

    Lacan (1964) se pose une question au niveau du séminaire XI: Qu’est-ce qu’un tableau? Qu’est-ce que le regard est mis en jeu pour se perdre dans la production d’une œuvre qui fonctionne comme le voile d’un manque? Cela nous amène à nous poser la question suivante: si le regard est en jeu dans la peinture, qu’en est-il du champ scopique?

    Quel  rapport  le  tableau  entretient-il  entre  le  moment  de  voir  et  le  moment  de conclure, tandis que le coup de pinceau coagule le temps de compréhension? Lacan le propose comme un moyen de Désir á l’Autre, au bout duquel se trouve donner-á- voir. (Lacan, 1964: 122).

    Lors de la conclusion de son tableau, l’artiste capte un instant où la distance avec sa production est raccourcie et c’est son regard qui repose sur une toile qui ne lui appartient plus. D’une certaine manière, il est surveillé par l’oeuvre. Si au début il y a quelque chose d’énigmatique qui le pousse à peindre, il se passe encore beaucoup de choses au moment de la conclusion. C’est là, dans ce mélange de satisfaction et de jouissance, où se croise quelque chose d’inexplicable qui ne permet pas de dire pourquoi il a terminé: seulement “ça y est”.

    Au début, il est motivé par le désir d’une création guidée par la palette. Le temps nécessaire à la compréhension apparaît comme un deuxième moment par rapport au moment de la conclusion. Le “ça y est” a une valeur de fermeture, d’acte de coupure d’un moment d’inspiration où le temps s’arrête.

    Ce qui est capturé dans un pinceau dépasse l’artiste. L’oeuvre installé sur le marché est exposé au jeu des valeurs du fétichisme de la marchandise.

    Même dans le vague, disons que l’oeuvre d’art procure la tranquillité, réconforte les gens … pour qu’il procure une telle satisfaction, il doit nécessairement être présent aussi sous un autre angle – qui procure une certaine tranquillité à leur désir de contempler … incite les gens à la renonciation. … apparaît-il une certe fonction de doma-regard (Lacan, 1964: 118).

    Faire d’une tâche un tableau, c’est la possibilité de produire une satisfaction d’un autre ordre, différent de la formation réactive due au caractère non refoulé de la libido. Nous pouvons inclure sous cette idée la valeur sublimatoire qui, en tant qu’acte, agit dans la possibilité de faire quelque chose avant la toile vierge. Nous parlons d’une jouissance qui ne se termine pas dans l’acte même de sa fin. Le pari est répété et sert de cause à de nouvelles productions.

    Dit Gérard pommier, dans son texte “QU’EST C’EST QUE LE “REAL”

    L‘homme se crée en créant. Ce qu’il voit à l’extérieur n’est plus son miroir passif, mais un clone né de ses mains. Le réel vient de l’angoisse de castration, qui met les êtres parlants sur leurs pieds et les pousse vers l’avant sans qu’ils en sachent trop vers quoi. […] Celui qui crée n’est plus créé, est un créateur (Pommier, 2004: 154-155)

    Ce n’est pas toujours le cas, il y a aussi des peintres pour qui, loin d’être la peinture ce qui atténue la douleur de l’existence, elle les confrontent au mortifère de la pulsion de mort, non liée.

    Quels  sont  les  effets  sur  le  peintre,  lorsque  la  tâche  qui  couvre  un  trou,  qu’il considère comme sublime, ne peut pas être reconnue par d’autres? Qu’en est-il de l’absence d’un Autre initial qui se met à jour?

    L’état de désracinement de son acte sublimatoire meurt avant la naissance. Il est déjà tard pour un temps qui a été exclu et ne peut plus être noué par un effort subjectif. Le solipsisme de son acte créateur le renvoie dans cet état de désaraicinemet dans lequel aucun rétablissement n’est possible.

    Une relation est établie entre “le sublimatoire” de la création et le bord masochiste impliqué par la proximité du thanátique.

    La liste des peintres qui se sont suicidés est longue: Oscar Domínguez en 1957, artiste surréaliste influencé par Picasso. Dora Carrington, Richard Gerst et Vincent- Van-Gogh, parmi autres, se rendent compte qu’une tâche ne trouve pas toujours un cadre qui la contient.

    Dans le cas de Van-Gogh, (au-delà de la controverse sur le fait qu’il s’agisse de suicide ou de meurtre), il n’a pas pu vendre ni même un des près de 900 tableaux, non plus a-il acquis une reconnaissance sociale. Ce n’est qu’après sa mort par les démarches mises en place par son frère Théo, que ses peintures ont été valorisées. Van-Gogh ne pouvait pas créer un lien social; l’acte créateur de ses peintures ne faisait pas nœud pour soutenir son existence.

    La peinture cherche à couvrir un trou, le tissu blanc face au réel, perturbe la tâche qui tente de le recouvrir. Pour Picasso, le meilleur tableau était celui qu’il allait peindre, soulignant la nature éphémère de son acte créateur.

    Dans l’attitude de la psychanalyse, suivant les pas freudiens en matière d’art et d’une oeuvre esthétique, nous choisissons d’être prudents.

     … reconnaît son élucidation comme l’un de ses” objets les plus attrayants “, en revanche, déclare se taire sur l’origine de” la capacité de créer “et abandonne le pouvoir créateur à son propre mystère. Par conséquent, son intervention est prudente: elle ne modifie pas la pratique, mais se consacre plutôt à indiquer la trace du désir dans la création … précisément à cause de son affinité intime, semble ici trouver la psychanalyse, à en juger par la sobriété du discours freudien, la limite d’un désir qui devient sujet – dans l’expression esthétique – alors qu’il l’aborde comme un objet “(Assoun, 1997: 105).

    L’œil, en tant qu’instrument, acquiert de la valeur parce qu’il dépasse le cadre physiologique, inscrit le regard dans le circuit du désir et en donnant à voir ce qui parle en partie du plaisir, d’un regard qui ne s’épuise pas, mais que la painture apaise   parfois.   Lacan   dit   en   prenant   comme   référence   le   tableau   “Les ambassadeurs” de Hans Holbein

    La perspective géométrique est une question de démarcation de l’espace, pas de vue. […] C’est pourquoi il est important de rendre compte de l’utilisation inversée de la perspective dans la structure de l’anamorphose (Lacan, 1964: 92-94).

    Il introduit avec l’anamorphose ce qui est initialement présenté comme un point déformé  sans  signification,  mais  qui,  selon  la  position  d’où  se  situe  le  regard, émerge de l’occulte: le cadavérique. Il y a quelque chose en relation avec le sinistre qui est joué dans la peinture de Holbein comme un voiler-dévoiler. Une ombre s’interpose entre les personnages du tableau et le sujet qui regarde le tableau de manière perpendiculaire.

    Pour conclure, peut-on dire qu’est ce qu’un tableau? Question sur l’impossible, intersection du personnel dépouillé au moment de la création et qui en dit beaucoup plus que ne l’imaginait son auteur. Il est porté par la peinture, où la palette est le représentant d’un rêve qui s’éveille par les couleurs qui la surprennent, sur le chemin d’une trace qui se donne à être vue, face un autre qui qualifie la peinture selon son propre regard.


     

    Presentación realizada en el Coloquio Internacional convocado por la Escuela Freudiana de Buenos Aires, la Escuela Freudiana de la Argentina, la Fundación Europea para el Psicoanálisis y Mayéutica- Institución Psicoanalítica “La voz y la mirada en la experiencia del análisis” realizado en Buenos Aires los días 22 y 23 de marzo de 2019.

     

  • Comment le regard vient aux enfants par la voix / Hélène Godefroy

    Comment le regard vient aux enfants par la voix / Hélène Godefroy

    Pour parler du « regard » et de la « voix », j’ai choisi le fantasme !

    Pour moi, le fantasme c’est un nouage qui se construit entre l’affect et l’image… Le fantasme c’est une représentation (non consciente), une image qui parle au sujet (ça lui parle, -> ça a du sens pour lui). C’est la traduction de sa propre pensée par l’image (…comme dans les rêves).

    Le fantasme a une fonction structurale. Il est toujours à mi-chemin entre pulsion et désir :

    À la fois ça permet au sujet de jouir d’une pensée transgressive (qu’il s’interdit)… / À la fois ça le divise, en le mettant justement à distance de son corps pulsionnel (dont le fantasme permet justement le refoulement).

    Comment se construit le fantasme ?

    Le fantasme c’est d’abord une hallucination qui se déplie dès le départ… dès le 1° cri de l’enfant (c’est même la propre voix de l’enfant qui en permet le déploiement).

    Comment ?

    Sa mise en route, sa primo-formation, il la tire de la pulsion qui s’éveille (qui s’éveille tout d’un coup à l’insu du nouveau-né). -> lui, il n’a rien demandé (sinon, juste à retrouver un état de non tension)… Sauf que, en lui donnant les soins, sa mère forcément elle le met en tension : elle lui éveille sa pulsion. Même si ses gestes sont pleins d’amour, ses sollicitations ça le bouscule. L’enfant, immergé dans le champ maternel, est débordé par des sensations multiples, et donc par sa propre excitation, sans pouvoir en éprouver les bords. Et donc, ça crée l’angoisse.

    C’est loin d’être confortable….

    Son corps est en permanence en état d’effraction…! C’est sa propre pulsion qui le traumatise. C’est même Le traumatisme originaire ! Tout traumatisme futur (quel qu’il soit !) prend racine là… dans la propre pulsion de l’enfant.

    ((C’est même peut-être pour ça que les bébés dorment beaucoup : ils ont besoin d’évacuer par le rêve ces 1° moments traumatisants …D’ailleurs, je suppose que l’image, la perception s’ébauche en premier par le rêve !)).

    Et, lorsque l’enfant est éveillé, le fantasme (originaire) prend le relais du rêve…et se met en action, justement pour tenter d’éponger ce pulsionnel qui fait effraction et angoisse. Le fantasme, c’est une prise en charge psychique de l’effraction. …Ça vient amortir le choc de l’excitation et sa dimension imprévisible !

    Comment ? …En créant, à partir de ses multiples sensations, une représentation !

    À ce stade précoce, la représentation se constitue pour permettre d’absorber la réalité traumatique.

    -> Comme l’exemple de l’hallucination du sein (un sein qui est absents dans la réalité), mais dont la représentation se pointe pourtant au moment où l’enfant le désire -> Il voit pour la 1° fois (le regard se met à voir), c’est-là que la 1° image s’agrafe au regard (c’est l’image d’un fantasme) -> avec précisément cette hallucination-là !

    Le fantasme se situe à la pointe du regard -> c’est un filtre ! …Un filtre subjectif de la perception, …une sorte de garde-fou !

    Cette perception (que ses 1° sensations ont poussé à créer), ça va permettre (à l’enfant) de maîtriser son traumatisme. Ça va mettre des bords à son propre flux pulsionnel. …Au lieu de le subir, il va, par la voie(x) visuelle, (par ce montage scopique), le mettre à distance. Et ça va lui permettre de cibler la cause de ses angoisses.

    Comment ça se met à distance ? Ça se fait en 3 actes !

    -1) D’abord grâce au « saut de la pulsion, du soma au psychisme ».

    L’enfant rejette (hors de son champ corporel) cette excitation sans limite, ce « trop » de réel pulsionnel. Il rejette son propre monde incestueux …il l’expulse !

    Et ce qu’il projette (hors de lui) se réinvestit dans le montage visuel. -> Ça devient des perceptions (des images). C’est tout le montage scopique (…ça vient de l’intérieur, mais c’est projeté en dehors)

    Par exemple, ces 1° représentations vont progressivement prendre à leur compte ce pulsionnel qui angoisse, et donner à cette angoisse « scopiquement » des contours. …Les contours d’un Autre qui va présentifier ce qui persécute l’enfant. L’effet traumatique de la pulsion est projeté du côté de l’Autre.. -> l’Autre qui devient, pour le coup, une sorte de grand-Autre tout puissant, et qui fait fonction d’emprise.

    Cet Autre c’est quoi ? C’est la 1° identification -> c’est la perception d’une présence extérieure, un amalgame archaïque (entre père et mère), une sorte d’Altérité que l’enfant investit, lui-même, de sa propre pulsion.

    Du coup, cet acte de rejet pulsionnel, ça va aider l’enfant à se différencier de la fusion maternelle, donc à se diviser …en l’extériorisant de lui, et en lui mettant des formes perceptives.

    -2) Mais pour assurer cet écart visuel (donc la division), un levier est nécessaire :

    -> là, la voix joue un rôle..

    Déjà, elle est elle-même la division de la pulsion orale…! La voix est à la fois un objet pulsionnel et un dispositif de conversion. Dès le départ, la pulsion orale se convertit.

    -> De l’absorption de l’objet oral, elle se convertit (en sens inverse) en voix qui émet, qui expulse l’objet oral métabolisé …L’enfant avale, accueille impuissant ce qu’on lui donne (le lait, l’amour, l’environnement et ses aléas) ! Mais son cri permet de mettre une limite à l’excès, et participe à l’expulsion de celui-ci !

    La voix a donc 2 fonctions : 1°) la voix, pour le nourrisson c’est comme une soupape, -> une sensation interne qu’il expulse par la bouche !! 2°) Il y a une sensation interne qui pousse l’enfant à l’expression… La poussée pulsionnelle (son monde incestueux) pousse à faire entendre sa voix !  …il le pousse vers l’envol du langage …et donc sur celui du refoulement.

    En fait, c’est le débordement d’excitation qui met en route le vocal. …À ce moment-là, c’est la voix de l’infans ! …Il n’y a pas encore la parole, mais il y a la division.

    Tout excès d’excitation, éprouvé en interne, est relayé par la pulsion vocale et repoussé à l’extérieur -> pour être réinvesti à distance dans le champ de la perception …c’est comme ça que se construit le fantasme (le filtre subjectif !)…

    Pour se défendre de ce corps pulsionnel, qui s’éveille à son insu et lui provoque des angoisses, l’enfant n’a comme seule défense soit les symptômes, soit dormir et rêver, soit la voix (en préambule du langage) -> du coup, il pleure !

    En gros, l’enfant construit son monde, (son mode psychique)…son monde fantasmatique …son grand Autre imaginaire qui le persécute, et en même temps, auquel il est tout de suite attaché, …en ciblant par son cri ce qui l’encombre, le traumatise et l’angoisse.

    -3) Cette mise à distance actionne le 3° acte.

    Je disais que le regard c’est une mise à distance de la pulsion, et que la voix est la dynamique projective, qui a un rôle de levier et qui permet cette délivrance (cette mise à distance). Le fantasme, c’est le produit de ce nouage (d’une collaboration, qui s’opère entre le regard et la voix), qui acte une division !

    Et justement, cette libération vocale (ou orale) révèle que le fantasme, qui se forme hallucinatoirement, peut, dès le départ, se renverser.

    Donc, Le fantasme c’est une 1° division qui forcément en appelle aussitôt une seconde :

    => ça se retourne ! …la voix, en libérant, en rejetant, en expectorant la pulsion « attachée au corps », retourne en même temps le fantasme en son contraire. Le parricide, ça commence déjà-là ! ((Je dis parricide, mais il s’agit d’abord du meurtre de la Chose…qui va frayer les 1° traces du parricide))

    (((on sait que la satisfaction pulsionnelle a une double polarité -> soit elle se satisfait sur un mode passif, soit sur un mode actif)))

    Du coup, très vite le bébé expulse ce qu’il subit à son insu… et met des limites au fantasme d’un Autre psychique (qui persécute !). En criant, il stoppe sa dynamique, et donc met un frein à son emprise ! …Plus il l’interpelle, plus il le perçoit, plus il le maitrise…psychiquement.

    Il va progressivement mettre en œuvre des petites actions fantasmatiques, qui vont constituer (tout au long du développement de sa structure) les prémices du parricide. Comme par ex : les refus, ses résistances à l’Autre, ses oppositions … quand il apprend à dire « non ! ».

    Quand, à la place des pleurs, il va émettre des sons, il va babiller, …quand il va s’approprier sa propre voix (à lui)… quand il va balbutier les tous premiers mots avec sa propre tonalité à lui (…se détachant de la Tonalité des mots maternels), …au moment-même où il entend par lui-même ses propres sons, ses propres mots, son propre timbre vocal (tout en les prononçant à l’adresse de l’Autre -> c’est-là où il entre dans Le registre symbolique…(qui est toujours un registre privé, singulier), et c’est-là qu’il inaugure la base du futur fantasme parricide.

    En résumé, tout au long du développement de la structure, le fantasme originaire (qui met en mouvement la pulsion scopique) subit (lui-même) des petits moments de renversement…(qui stoppe l’étendue d’une angoisse qui serait immergeante, voire mortifère si l’enfant ne criait pas !)

  • La voix en trompe-l’œil; l’évitement de la voix nue / Claire Gille

    La voix en trompe-l’œil; l’évitement de la voix nue / Claire Gille

    Combien d’hommes profondément distraits pénétrèrent dans des Trompe-l’oeil
    et ne sont jamais revenus.
    Jean Cocteau (Les enfants terribles 1929)

     

    L’appel, l’appel à l’autre comme l’appel de l’autre, inscrit la voix dès le premier cri dans une trajectoire qui fait lien dans un couple invocant-invoqué. Voix qui cherche son autre et scrute ce visage penché vers lui ou absorbé ailleurs. Voix qui tente d’allumer un éclat dans le regard, et déclenche ainsi une réponse scopique en attente d’une réponse vocale. Mais il arrive que voix et regard soient volés en cours de route, et comme la lettre volée, ne trouvent jamais leur destinataire. L’adresse reste alors lettre morte et esquisse le premier « pas de deux » du symptôme.

    Du clin d’œil discret mais illusoire qui institue l’érotomane, au tape-à-l’œil ravageur du théâtre hystérique, la voix se travestit pour échapper à sa nudité. Il lui arrive même de se décrocher de la parole et du corps : fantôme hallucinatoire qui s’inscrit en orbite autour du sujet psychotique dévasté par ce harcèlement « venu de nulle part ». Entre rature et parure de la parole, la voix vacille ou s’exhibe dans la rencontre avec le désir de l’Autre. À ce jeu de dupes orchestré par le semblant, comment déjouer ce trompe-l’œil, ce trompe-l’écoute où s’épuise le sujet ?

    Le trompe-l’œil est, comme son nom l’indique, destiné à tromper l’œil. Il n’est pas que l’apanage du Baroque et on le trouve évoqué par Pline l’Ancien[1] dès l’Antiquité dans les fresques et mosaïques. La Renaissance et le Maniérisme vont amplifier ce phénomène ; le Baroque le pousse au paroxysme grâce à l’usage de la perspective et du clair-obscur. Les temps modernes y adjoignent les effets d’optique, les jeux d’illusions visuelles, l’art de l’anamorphose. Un objet peut en cacher un autre, et provoquer l’Unheimlich : c’est un jeu de cache-cache avec le regard, une duperie venant distordre l’image pour perturber la perception.

    Les illusionnistes, passés maîtres dans l’art du faux semblant, se mettent en marge de la réalité et de la vérité. Au lieu de faire de l’illusion au sens noble freudien[2] le premier pas vers la vérité, ils viennent détourner d’elle ceux à qui ils s’adressent. L’illusion est à la vérité ce que le fantasme est au désir : le premier temps, l’embrayeur. En musique, nous dirions l’anacrouse. Or quand l’art fait symptôme, c’est que ce premier temps s’enkyste, se marque d’un point d’orgue. L’art s’arrête alors à l’artifice, l’illusoire. Pour le Lacan du Séminaire XXIII Le Sinthome, l’artifice c’est « un faire qui nous échappe. C’est-à-dire qui déborde de beaucoup la jouissance que nous en pouvons avoir […] Joyce […] est un pur artificier […] ce qu’on appelle aussi bien un artiste[3] » . Auparavant dans le Séminaire XIII L’objet de la psychanalyse, Lacan avait situé l’artiste dans son rapport au fantasme qui « peut être appelé à apparaître en quelque façon dans le tableau[4] ».

    Dans le tableau, le peintre a posé et déposé son propre regard : regarder le tableau, c’est se trouver face à face avec le regard de l’artiste qui s’y trouve inséré, incarcéré. Le tableau devient ainsi prison pour le regard, et piège à regard. L’œuvre musicale est-elle un piège à voix ? L’oreille du compositeur préexiste à l’écriture de la partition ; c’est parce qu’il hallucine en quelque sorte l’objet de son écoute, qu’il peut s’en saisir et venir l’incruster dans l’écriture musicale. Jouer de la musique, c’est opérer un transfert de l’œil déchiffrant la partition à l’oreille entendant la musique, avant même que les instruments ou la voix l’exécutent. Le musicien nous ramène au temps d’avant lalangue, avant que la parole soit venue faire coupure dans l’inarticulé et le non-sens des sons. C’est le temps du cri et de l’appel, à l’aube de la pulsion invocante.

    C’est ce qu’illustre Marguerite, Diva de pacotille du film de Xavier Giannoli (2015) qui chante magistralement faux ; sa voix est défigurée par l’absence de regard désirant de l’autre. Elle cherche un point d’appui, un appel à être, dans le regard de l’autre. Car comme l’écrit Pascal Quignard dans « La Sirène et le miroir fêlé[5] », « il y a cri au cœur du regard ». Mais dans ce film, le regard de Georges son mari joue la dérobade, d’une fausse note scopique à l’autre, jusqu’à ce qu’il se risque dans une rencontre sans faux-fuyant. Et c’est alors que Marguerite redressera sa voix sur le chemin de la justesse.

    L’objet a, l’objet agalmatique qui vient causer le désir, vient appâter la pulsion, l’attise l’attire, faisant du sujet, traversé par ce pulsionnel, un otage pris au piège, pris aux rets de ce trompe-l’œil, de ce piège à regards et à oreilles. Toute musique est un piège à voix (Jean-Michel Vives), un piège à oreille.

    Mais un voile sépare le sujet de son objet et son au-delà qui est le rien. C’est ce qu’illustre Lacan dans son Séminaire IV La relation d’objet[6].

    Image Gille

     

     

     

    Cette fonction du voile est double : à la fois montrer et cacher la nudité de l’objet, autrement dit, travestir le manque. Interposé entre moi et mon autre, l’écran donne à l’être le visage du rien. L’image qui se donne à voir est une tromperie, un voile masquant l’image qui se trouve derrière. Le voile, c’est aussi l’évitement qui nous fait détourner les yeux devant la nudité insolente de l’objet. Affectée par le regard qui la dénude, la voix s’affecte ; elle peut désaffecter le corps, se désaffilier du langage, et prendre alors la forme des premiers vagissements à notre entrée dans la langue, des premiers balbutiements vocalisant, précédant « lalangue ».

    Ce corps affecté par le lien à l’autre, c’est un corps pulsionnel. Corps troué par la béance glottique, et cherchant à s’insinuer dans la trouée auriculaire de l’autre, ce corps pulsionnel livre passage à cette voix pulsionnelle que Lacan appelle « pulsion invocante ». Travaillée par la « géométrie inconsciente du corps[7] », la voix entre corps et langage s’écorche aux aspérités de l’appareil phonatoire et n’arrive parfois plus à s’arrimer au langage articulé. Le corps peut alors se masochiser, se parer, se scarifier, se fétichiser, jouer avec la transgression. Il est des corps qui n’ont pas pu prendre corps sous le regard de l’autre, comme c’est le cas pour le mélancolique ; d’autres corps qui se recroquevillent dans l’aliénation à la demande, et au désir de l’autre. Le corps peut être possédé par d’autres corps, d’autres voix. Il lui arrive de n’être que la doublure ou le double[8] d’un corps ignoré de lui-même. Corps de passage, il se fait à son insu support de Passe d’un discours à l’autre. Corps sexuel, sexué, il a besoin du fantasme pour émarger au désir, et se perd entre demande et désir qu’il n’arrive pas à démarquer. Dans la psychose, la voix de l’Autre prend chair ailleurs, et organise un discours dont « je » est absent, là où l’« être-pour-la-mort[9] » opère son ravage[10] dans les coulisses de l’acte phonatoire.

    Dans un corps à corps avec l’autre, c’est toute une dialectique de la demande et du désir qui risque de jouer contre le corps, qui en vient à abattre ses cartes qui ont nom alors de « résistance », « défense », « refus », « évitement », « forclusion ».

    La musique, quant à elle, peut également jouer contre la parole. Elle peut devenir rempart sonore, mur d’enceinte derrière lequel se couper de l’écoute de l’autre, évitement de la parole ; celle de l’autre et la sienne. Elle érige des murailles sonores pour ne plus être à l’écoute des voix du monde, des petits autres. Pour le psychotique, le transistor collé à son oreille lui fait éviter de s’aboucher à la voix de l’Autre. Ecouter la musique, c’est fermer les yeux sur la nudité de la parole.

    La Bible dès la Genèse nous donne à entendre la toute première voix de l’homme sommé de répondre à Dieu qui l’appelle, sitôt après avoir goûté au fruit défendu : « J’ai entendu Ta Voix… J’ai eu honte parce que je suis nu, je me suis caché ». C’est la première fois que l’homme dit « Je »[11]. La « voix de la honte » nomme le sexe sous ses deux versants ; exhibé et caché, et va donc le mettre – pour ainsi dire – entre Dieu et lui. C’est la voix du manquement à la loi divine ; avec tout l’exil qui s’ensuit, exil qui seul permet la quête mue par le désir ; et fait du sujet de l’inconscient un éternel demandeur d’asile au champ de l’autre. La Bible nous dévoile ainsi une première apparition de la conjonction entre le secret, la voix, la honte, la nudité et l’Autre ; l’hébreu ayin/yod/res/mem sème l’équivoque entre le « nu » de l’homme et le « avisé et rusé » du serpent[12].

    Ce « pousse-à-jouir » du fruit vocal défendu, fait que la voix mise à nue, mise à vif, devrait éprouver le châtiment du symptôme. Cet innommé caché, tenu secret invite le sujet qui le porte à mettre sa voix en sourdine, sotto-voce[13]. Ce « motus et bouche cousue » agit comme une excision symbolique des lèvres de la parole ; dans les pratiques sadomasochistes les plus hard, on coud le sexe, mais on coud aussi les lèvres qu’aucun cri n’a le droit d’entrouvrir. Le silence met du blanc sur la lettre : c’est un effacement de la trace. Autrement dit, à ce cœur silencieux, aphone de la parole, que Lacan nommera « la pulsion invocante », vient s’adjoindre un « ne pas dire » de structure, un ombilic de la parole enfoui dans les limbes d’un non-dit. Nous rappelant que nous ne sommes que des passagers clandestins de notre propre parole.

    Jean-Louis Chrétien écrit dans La voix nue : « Seule éclaire la voix nue. De la crypte de la gorge à l’intimité de l’oreille, souffle traversant l’air, c’est toujours un secret qu’elle porte et qui la porte, jusqu’à l’essouffler parfois et la suspendre, la faisant taire sans que le verbe puisse la délaisser »[14]. Le secret fait marcher la pulsion scopique au nom d’un « ne pas être vu », « se dérober au regard ». A la logique de l’invisible, du disparaître, s’éclipser, s’adjoint une logique de se rendre inaudible, inaccessible : logique du « trompe-l’œil », du trompe-l’oreille.

    Toute voix cherche son oreille, appelle une oreille comme terre d’asile. Cette oreille de l’analyste, Alain Didier-Weill l’évoquait encore ainsi en juin dernier, quelques mois avant de nous quitter : « j’entends de toi ce dont ta surdité t’a privé ».

    Au cours d’une première séance d’analyse, tout est dit qui ne s’entend pas encore, ouvrant un chantier sur le cœur aphone de la parole restée en coulisse. L’écoute même du sujet garde les cicatrices de certaines scarifications vocales qui viennent estampiller le devenir parlant du sujet et faire du langage un jeu truqué. Au risque pour certains sujets, de se défausser de la parole aliénée au désir de l’Autre, de biaiser avec le lien effiloché à l’autre, et de retourner l’arme vocale du crime contre eux. Ce suicide vocal se fomente hors-scène dans les limbes de « lalangue », là où le double-bind joue avec la voix pour déguiser la vérité supposée blessante. Il confronte dès lors le sujet à une « sainte horreur de la voix » et au silence meurtri qui s’en suit ; jusqu’à ce que l’analyse rouvre les lumières des projecteurs et fasse sortir des coulisses les paroles « retranchées » sous l’effet ravageur de l’inhibition. Redonner corps, chair et nudité à la voix, au-delà de ses phobies, réticences et résistances à la pulsion invocante, c’est faire du sujet parlant un être du défi à « l’être pour la mort » ; un sujet qui puisse passer d’une voix « en trompe-l’œil », à une parole en « trompe-la-mort », ou plutôt « trompe-la-castration ». Autrement dit, un être sujet de son désir vocalisant sur les pentes escarpées de sa langue singulière.

    Pour que le silence cesse de s’écrire et qu’une voix autre puisse advenir.


     

    [1] Pline l’ancien, Histoire naturelle, Collection Bibliothèque de la Pléiade (n0593), Gallimard. Il raconte que le peintre Zeuxis (464-398 avant JC) avait représenté des raisins si parfaits que des oiseaux tentèrent de les dévorer.

    [2] Freud, L’avenir d’une illusion, édition critique de Paul-Laurent Assoun, traduction de Claire Gillie, collection Psychanalyse et Religion, Cerf, 2010, sept 2012.

    [3] Lacan, Séminaire XXIII Le Sinthome (leçon du 18 novembre 75), Paris, Le Seuil, 2005.

    [4] Lacan, Séminaire XIII L’objet de la psychanalyse, (1965–1966), inédit.

    [5] Pascal Quignard, « La Sirène et le miroir fêlé », in L’être du balbutiement ; Essai sur Sacher Masoch, 1969, Mercure de France, 2014.

    [6] Lacan, Séminaire IV, La relation d’objet (1956-1957), Paris, Le Seuil 1994.

    [7] Paul-Laurent Assoun, Corps et Symptômes, Anthropos, 4° édition, Paris 2015, p.18.

    [8] Otto Rank, Don Juan et Le Double. Études psychanalytiques (1925). Petite Bibliothèque Payot, 1932.

    [9] Martin Heidegger, Etre et Temps, Paris, Gallimard, 1986. L’expression « être-pour-la-mort » sera reprise par Lacan, entre autres dans « Radiophonie », Scilicet, n° 2-3, Paris, Seuil, 1970.

    [10] Claire Gillie, « La voix battue en brèche » (2010), Communication au Colloque de Cerisy, L’inconscient et ses musiques, Cerisy 2010, in Revue Insistance n°5, 2011.

    [11] Marie Balmary, Le sacrifice interdit, (Freud et la Bible), Paris : Grasset, 1986, p.266.

    [12] http://catherine.vrignaud.free.fr/genese3.html

    [13] Claire Gillie, « Sotto voce, la voix mise au secret », in A bas bruit, la voix sous la dir. de GILLIE, C., Actes de la Journée Mondiale de la Voix 2016, éditions Solipsy, 2016.

    [14] Introduction de Jean-Louis Chrétien, La voix nue (phénoménologie de la promesse), Les Editions de Minuit, Paris, 1990.