Autor: lapsus

  • Lo que se hace eco en la transmisión

    Por Noemí Sirota

    Reseña del libro de Erik Porge: La voz del eco, colección Latitud Subjetiva, Letra Viva editorial, Buenos Aires, 2019

    La voz del eco es un libro que transmite a la vez una lectura de la enseñanza de Lacan y, en ella, la construcción de un modo de concebir los efectos de esa enseñanza. Se trata del aislamiento de la voz como objeto a, extraída de las entrañas de la clínica de la psicosis mediante una operación discursiva que, tomando las voces de la alucinación verbal como eco del pensamiento y el automatismo mental, vuelve paradigma que abre a la extrañeza. Toma a la voz en el tiempo constitutivo del yo, en la estructura, como otro en el campo del Otro que, al fallar en su dimensión simbólica en las psicosis, se hace presente como retorno de lo real y participa de la función de causa como voz del superyó en las neurosis.

    El recorrido conduce a la concepción que desarrollara en la segunda parte del libro, lo que propone llamar “estadio del eco”, haciendo resonar el estadio del espejo y contemplando la voz y la pulsión invocante precediendo y excediendo ese tiempo de encuentro, en la imagen, con el lenguaje en el campo del Otro. Un estadio que, en su especificidad analítica, no se concibe como etapa de desarrollo, sino como un tiempo de la estructura que articula la dependencia original de lo que con Freud llamamos “ser viviente no orientado en el mundo” con las condiciones de goce del ser parlante.

    Que la pulsión invocante ocupa un lugar privilegiado en la práctica del análisis, por ser “la más cercana a la experiencia del inconsciente”, se argumenta sutilmente a partir de un testimonio. El autor ofrece un girón de la transmisión de “su” lui-meme en la voz: al cantar desafinado encuentra “su extrañeza”, y eso trae consecuencias.

    En la articulación de dos agujeros del cuerpo, la boca y la oreja, Porge lee, con Lacan, la topología propia del eco como eso que proviniendo de lo más íntimo retorna del exterior como “inquietante extrañeza”, próxima a la angustia. Para encontrar apoyo conceptual se remite a la concepción de las alucinaciones verbales, del automatismo mental, de de Clérambault para precisar cómo el pensamiento se vuelve extranjero cuando su eco re- bota en el hablante –podríamos agregar, por el fracaso de la operación de negación[1] en el proceso de significación fálica. Los límites de la estructura de la significación y la zona de frontera de las estructuras clínicas le permiten autorizar- se en los argumentos de la topología para decir, con ella, cómo aprehende con la psicosis lo que Lacan enseña.

    Toma el grafo del deseo, que Lacan comienza a desarrollar en el seminario con- temporáneo al escrito De una cuestión preliminar…, para leer lo que de la estructura escribe el grafo y se hace escuchar en el texto del Schreber. La voz escrita por primera vez en el grafo, haciendo eco a la “calota acústica” a la que se refiere Freud en su esquema de las dos tópicas. En este punto, Porge no se priva de avanzar para decir que ya aquí encontramos, en el hecho de leer escrita “la voz” en el grafo, una marca del límite que el objeto le h-a-ce.[2] La voz, constata, “[…] es un resto no reducible al significante”.

    El texto nos conduce, en admirable y minucioso trayecto por la voz como objeto a, por las consecuencias del acceso de esta a esa función, distinguiendo la especificidad de lo sonoro, lo escrito, el equívoco de la letra; “[…] la voz es una función y un signo de lo escrito, de lo escrito de la letra a, su álgebra”. “[…] la voz se determina en la letra”, escribe citando a René Lew y practicando, como lo hace habitualmente, esa honestidad intelectual pocas veces “vista y oída” en estos tiempos.

    La conexión entre los objetos a nos conduce a precisar claramente qué en- tendemos por intrincación pulsional y la utilidad de tomarla en cuenta en la dirección de la cura para distinguir ese “pasaje de un objeto al otro” como una operación en la estructura de la dialéctica de la demanda y el deseo en las relaciones del sujeto con el Otro, y no una cuestión de etapas de maduración. Es la estructura de grupo la que da su albergue a la lógica de esta relación en la que cada elemento puede tener la función de objeto a en tanto es asociable a los otros objetos.

    En la segunda parte vuelve a Freud para nombrar “estadio del eco” a lo que tomará legitimidad conceptual, con antecedencia en su lectura de los Tres ensayos… y las diferentes revisiones que Freud hace en Pulsiones y destinos de pulsión, y Más allá…; contando con la lectura de Lacan en los seminarios XI, XIX, XX y XXIII para encontrar la pulsión no solo como deriva de goce sino como “[…] eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir”. El objeto a, y la voz como objeto a deviene, entonces, el lugar cernido por una letra como borde, que implica la articulación del cuerpo, el lenguaje y lalangue. Este recorrido nos permite afirmar que continuar hablando de pulsión es totalmente válido, siguiendo a Lacan en el campo del goce.

    Este libro demuestra con creces esa validez y la ética que acompaña al acto analítico por no desconocer la heterogeneidad de los elementos de los que el montaje pulsional está constituido.

    Erik Porge retoma y prosigue la deriva de goce que implica la traducción más lograda que Lacan hace del Trieb freudiano y especifica la pulsión invocante en la dualidad de su fuente: la boca y el oído intrincan haciendo lugar a la réson de la voz como objeto a y es el eco que da cuenta de esa intrincación, siendo el “entredós” del oír y hablar donde se deslizarán las formaciones del inconsciente, haciendo escuchar al ello áfono en su dimensión “oral”, pero elocuente por “invocante”. Un estadio del eco que Porge relaciona, como dije antes, con el estadio del espejo, recorriendo el mito de Narciso y de Eco, en una lectura que escucha su articulación en discurso. La voz, partenaire del silencio que se hace eco en su fuga.

    Para concluir. Es posible decir que este libro es un testimonio de lo que “se hace eco en la transmisión” de un decir analizante que hace escuela de una enseñanza.


    [1] Cf. Anabel Salafia: El fracaso de la negación, Ed. Autores de la Argentina, Buenos Aires, 2000.

    [2] Este modo de escribir el objeto a lo recojo de la forma en que Norberto Ferreyra propone escribir- lo, subrayando con los guiones su carácter de letra. (Cf. Norberto Ferreyra: El decir y la voz, Ediciones Kliné, Buenos Aires, 2019)

  • Tejer una trama de lecturas

    Por Adriana Hercman

    Reseña del libro AA.VV.: El hilo en el laberinto. Algunas lecturas del seminario El reverso del psicoanálisis, Ediciones Kliné, Buenos Aires, 2019

    En el marco de un trabajo de escuela, el hilo insiste. El hilo en el laberinto. Algunas lecturas del seminario El reverso del psicoanálisis resulta de lo trabajado en un seminario convocado por Verónica Cohen en la Escuela Freudiana de la Argentina, de una práctica de transmisión producida en la interlocución con otros.

    Entramos al laberinto con un hilo orientador. En el mito al que hace alusión el nombre de la publicación, Ariadna pone en manos de Te- seo un ovillo de hilo para que encontrara el camino a la salida. Este libro continúa desenrollando ese hilo que encuentra su punto de partida en la falta y que en los rodeos contornea un vacío, mientras teje una trama de lecturas.

    Con tres hilos[1] ya hay serie, es posible hacer trenza y hacer nudo. De un hilo al otro seguimos el recorrido que va de la invención del objeto a al pasaje de un Otro al otro como trayecto de un análisis, para arribar a la escritura que formaliza los cuatro discursos; pasaje del plural de los objetos a recortados del cuerpo, libra de carne con la que se paga el paso del goce al deseo, al objeto a articulado con el goce como función lógica del plus

    de gozar, hasta la presentación de los cuatro términos que en este seminario comienzan a dar vueltas por los lugares fijos del matema con que Lacan da escritura a su preferencia por un discurso sin palabras, las que solo secundariamente van a ir allí a alojarse.

    Un discurso sin palabras al que sin embargo los autores[2] del libro hacen hablar.

    También se dejan escuchar las voces de los asistentes al seminario, con sus preguntas y comentarios, de modo que resulta no una única lectura ni La lectura del seminario de Lacan, sino un singular en- tramado de lecturas, producto de un trabajo del que sedimentan, restan las mar- cas de una enseñanza.

    Ya en su “Prólogo”, Marcela Ramunni destaca el valor político y ético con que Lacan imparte su enseñanza y con el que los autores interrogan el decir de aquel a partir de la lectura de Freud.

    El trabajo de Verónica Cohen da la orientación discursiva general del libro. Comienza siguiendo a Lacan en la invitación a tomar el proyecto freudiano al revés, esto es, a leer el reverso de aquello a lo que Freud osó enfrentarse: el discurso de la moral y la religiosidad, y propone ir al ras de la experiencia, entendida como experiencia de discurso, en la que a partir del: “Hable, lo escucho”, formulado por el analista, el discurso del inconsciente se despliega, se abre para hacerse legible.

    Una vez delimitado el campo freudiano a partir del inconsciente, Verónica Cohen ubica entre este seminario y el anterior el pasaje de una economía libidinal, pulsional, a una economía de discurso, del cuerpo libidinal al campo del goce como campo lacaniano, una formalización necesaria para la experiencia del análisis que Lacan deja a nuestro cargo.

    Tras señalar que el psicoanálisis es un síntoma en la historia del saber, nos advierte que el analista no debe ostentar un todo saber. A diferencia del discurso universitario, que encuentra el saber como todo saber en el lugar del agente, el discurso del analista encuentra un saber que no se sabe que se sabe, que se distingue del conocimiento y que debe jugar sus cartas en el lugar de la verdad. ¿Qué tiene que saber el analista? Tiene que saber escuchar, saber sobre la castración estructural y saber esperar la señal de angustia.

    Si la experiencia del análisis consiste en el despliegue del discurso del inconsciente del que el discurso del analista es su revés, Cohen conmina al analista a no ser cobarde con el acto analítico. Dice en el capítulo diez del libro: en un análisis, es- cuchar la diferencia en la repetición es no hacerle perder el tiempo al analizante. La experiencia analítica nos da la ocasión de apresar y alojar el objeto para arribar al momento de concluir sin que se eternice el tiempo de comprender. ¿Con qué nos encontramos? Con un discurso en el que el analizante paga para trabajar, que por articular la renuncia al goce encuentra una ganancia en una pérdida relativa a la falta que podrá capitalizar.

    Para Dora Daniel, la escritura del matema de los cuatro discursos responde a la necesidad de poner el psicoanálisis en discurso y recuerda que el discurso del amo domina porque somos hablados y que la única manera de enterarnos de esa determinación de la que nada sabemos es atravesar la experiencia del análisis.

    Alicia Russ se mete de cabeza con el mercado del goce en el campo del discurso y se adentra en la relación entre el discurso y lo político, relevando la afirmación de Lacan de que no hay discurso que no sea del goce, al menos cuando se espera el trabajo de la verdad.

    Victoria Moreno sostiene que así como no se puede leer a Lacan sin Freud, tampoco a Gödel sin Hilbert, y para argumentarlo pone a dialogar a Hilbert, Gödel y Lacan para trabajar la verdad hermana- da al goce por su carácter de incompletud. La verdad tiene estructura de ficción y se lee en las ficciones del decir del sujeto.

    Adriana Hercman trabaja con dos anexos al texto de Lacan: Radiofonía e Impromptu en Vincennes, pulsaciones externas al seminario a las que da el valor de márgenes que, a la manera de glosas de un sueño, permiten ordenar el texto. En Radiofonía Lacan termina de fijar la teoría de los discursos y los articula con los imposibles freudianos y la impotencia de la verdad. Luego, lleva su Impromptu a Vincennes y en un clima impregnado del Mayo Francés, la protesta estudiantil se mete en el seminario. Lacan descree del orden político establecido tanto como de las fantasías utópicas, y pone en acto su intención no de transgredir ni revolucionar sino subvertir, irrumpir, despertar, sacudir a los estudiantes del lugar de unidades de valor en que los fija el discurso universitario, pudiendo leerse allí los antecedentes de lo que años más tarde llamará “discurso del capitalista”.

    Como sostener el hilo en el laberinto es, entre otras cosas, sostener que aquello que se dijo puede ser causa de lo que se vaya a decir, algunas discusiones dieron lugar a dos paneles: en el primero, Rita Chernicoff, Aida Canan, Clara Salz, Victoria Moreno, Laura Fumarco y Miriam Allerbon realizan algunas consideraciones sobre el fantasma. En el segundo, Miriam Allerbon, Rita Chernicoff y Alicia Hartmann trabajan la pregunta: “La verdad, ¿es una proposición… sexual?”. En ambos paneles hay un orden de intertextualidad que nos lleva a otros tex- tos, a otros autores, no solo del psicoanálisis: desde Freud y Lacan hasta Porge, Marx, Foucault, Hegel, Heidegger, Hilbert, Wittgenstein, Frege, Politzer y Göedel, entre otros.

    Dice Lacan: “Esto ni se me había ocurrido, ya que rehago diez veces lo que escribo. Pero es cierto que la décima vez lo escribo muy rápido. A eso se debe que le queden imperfecciones, dado que es un texto. Un texto, como su nombre lo indica, solo puede tejerse haciendo nudos. Cuando hacemos nudos, algo queda y cuelga”.[3]

    Estos hilos (el I, el II y el III) también arman nudos. Quizá lo que de ellos resta y pende sea ocasión para otra vuelta, para que sean enhebrados a la aguja hacedora del tejido, haciendo cada vez un texto más rico.


    [1] El primero, Lecturas del seminario La angustia y sus referencias, se corresponde con el seminario que tuvo lugar entre los años 2008 al 2010; el segundo, Lecturas del seminario De un Otro al otro re- coge lo trabajado entre 2011 y 2013; el aquí reseñado, entre 2014 y 2016.

    [2] Verónica Cohen, Miriam Allerbon, Aida Canan, Dora Daniel, Rita Chernicoff, Laura Fumarco, Alicia Hartmann, Adriana Hercman, Victoria Moreno, Alicia Russ y Clara Salz.

    [3] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XIX: … ou pire, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2012, pág. 169

  • ¿Qué del amor en los tiempos actuales?

    Por Adriana Bauab

    Reseña del libro de Stella Maris Rivadero Fracasos del amor. Impedimentos del deseo y enclaves del goce, Letra Viva editorial, Buenos Aires, 2019

    Este interesante libro, del que ya tenemos su segunda edición, desde las primeras páginas se ocupa, como lo manifiesta su autora, de las llamadas “neurosis narcisistas”. Las define como las que pivotean entre la inhibición y, en el mejor de los casos, la angustia como señal, ya que en muchas ocasiones la angustia es la del desamparo, angustia masiva que no permite alertar de qué objeto se trata. Falta a la cita el síntoma como nominación simbólica. Son estas neurosis subsidiarias de un fracaso del amor, resultado de una restricción de goce del Otro parental que no se operó para el sujeto en tiempos instituyentes, ocasionan- do serias dificultades en el tiempo de la alienación y en la consiguiente configuración fantasmática.

    A través de sus páginas, el texto da cuenta de una clínica que requiere en la cura una lógica diferente de las llama- das “neurosis tradicionales”. Mientras que en estas trabajamos contra el sentido coagulado para no engordar el síntoma, en las llamadas neurosis narcisísticas, el trabajo con la gravedad hace que no se intervenga exclusivamente por la vía del significante, sino fundamentalmente por la cuerda real y la imaginaria. Sin un piso de sentido ofertado que comience a tejer los lazos transferenciales de confianza en un saber supuesto, no es posible deshacer la convicción del sentido sufriente que atenaza al sujeto.

    Fracasos del amor… trata, como nos advierte el subtítulo, de los Impedimentos del deseo y enclaves del goce. Transita así por una clínica donde las vicisitudes del amor y sus padecimientos afectan al sujeto de diversos modos.

    Varios de sus capítulos tocan el tema de la gravedad y cómo el sujeto, cuando no responde con su fantasma a la pregunta por el deseo del Otro, lo hace con afecciones en su cuerpo todo; resultado de que el circuito erógeno de la pulsión no trazó su recorrido de recorte en torno al objeto. Varias de las viñetas clínicas presentes en el libro refieren a casos de adolescentes en los que lo “actual” de la neurosis re- viste cierto grado de gravedad. En ellas, el fracaso notorio de la función del pater familias reenvía a pensar diversas fallas en la nominación y en las identificaciones.

    La autora presenta casos de anorexia, acting out a repetición, exposición a situaciones riesgosas, adicciones –a la bebida, a drogas, a videojuegos, al sexo–, intervenciones quirúrgicas permanentes en busca de un ideal estético a alcanzar, manifestaciones que frecuentemente tienen lugar en la adolescencia, aunque algunas se reactualizan y se revelan en otros tiempos vi- tales como la andropausia y el climaterio.

    Refiriéndose a la clínica con adolescentes, nos recuerda que Freud llamaba “segundo despertar sexual” a esa hecatombe que se suscita en la imagen y en el cuerpo. Se sirve del nudo borromeo que muestra la estructura subjetiva para ex- presar que en la pubertad hay un reacomodamiento de los tres registros: real, simbólico e imaginario; tiempo de con- moción y desajuste de las cuerdas.

    Cabe destacar en la clínica de las neurosis narcisísticas, el estatuto que tienen dos objetos de la pulsión: la voz y la mira- da. Stella Maris Rivadero destaca: “Lacan equipara el superyó con la pulsión invocante en tanto resto de voz que no puede pasar al significante. Y en relación con la mirada, se transforma en resto perseguidor cuando no se puede articular como mancha en el espacio de lo visible. El superyó es un imperativo ciego porque no puede ver, no puede reconocer al yo cuan- do no aparece configurado a la imagen de su ideal”.

    La autora aborda la subjetividad en los tiempos que corren y los padeceres relacionados con la tecnología imperan- te, la hiperconectividad, con la hegemonía de las imágenes y el ideal estético, los gadgets y las redes sociales como Facebook, Instagram, WhatsApp y otras que inauguraron lazos inéditos para el amor. De índole virtual, tienen la “momentaneidad” del zapping, carentes de una presencia real.

    Interesantes los capítulos que requieren que la escucha analítica se preste por un lapso de tiempo a una pareja, o a integrantes de una familia, como son los titulados “Violencia familiar” y “Consecuencias de las mentiras transgeneracionales”. La temática del amor y sus fracasos abre uno para pensar cómo en la clínica se presenta la elaboración de los duelos según la estructura subjetiva y en relación con el fin del análisis. Hacer el duelo por lo que no se tuvo, pero también por lo que no se es pone en juego la propia desaparición y la del Otro, para que la pregunta por su pérdida se redoble en la de su falta.

    Interesantes interrogantes y reflexiones se formula la autora en el capítulo “Tropiezos del analista”, en el que traba- ja los diferentes sesgos posibles que pue- de tener la interrupción unilateral o consensuada de un análisis.

    El libro de Stella Maris Rivadero es un testimonio de su clínica, de la teorización de su práctica y de los efectos de la misma, sostenida por el trípode freudiano.

  • El psicoanálisis en la escena contemporánea

    Por Alba Flesler

    Reseña del libro de Adriana Bauab El psicoanálisis en la escena contemporánea. Cuerpo-síntoma-arte, Ed. de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, Buenos Aires, 2017

    El libro de Adriana Bauab nos invoca desde el vamos porque emplaza en su título mismo al psicoanálisis en la contemporaneidad, y con eso nos coloca de lleno en la escena de lo actual. El psicoanálisis en la escena con- temporánea… hace de nosotros, psicoanalistas, partícipes presentes e ineludibles en el abordaje de las problemáticas que plantea y nos compromete en la toma de posición en no pocos temas urticantes. La autora eligió como subtítulo una secuencia con la que anticipa los despliegues que el contenido del libro luego extenderá.

    Se trata del cuerpo, el síntoma y el arte colocados en serie y articulación. Coloca al síntoma en el centro dándole la dignidad que el psicoanálisis y sus fundamentos le ofrece cada vez que puede comprobar la exquisita y oportuna vía en la que se transforma al portar en su expresión una oportunidad para el alcance de la verdad que atañe al sujeto. Por eso entre el cuerpo y el arte no pueden desconocerse los uno y mil rostros del síntoma. Creo que Adriana Bauab así lo considera cuando se zambulle a formalizar las razones de lo que llama “la situación analítica” en el pri- mero de los capítulos del libro, en el que camina con solvencia por los conceptos fundamentales del psicoanálisis enlazando su clínica.

    De este modo, nos convoca y nos espera, pues ¿cómo tratar las variantes de lo contemporáneo sin acudir a los contemporáneos? El libro nos hace llegar el convite para de- batir lo real de nuestro tiempo reuniendo varios textos de la autora, nutridos en su experiencia como psicoanalista en el consultorio como en su quehacer en el Centro Ameghino. En ambos hace pie su práctica para abordar los obstáculos y las eficacias que atañen al psicoanálisis en la dirección de la cura.

    Capítulo a capítulo, la autora toma de un modo comprometido las variantes de lo contemporáneo y cómo estas variantes juegan sus cartas en el cuerpo, en los síntomas y en el arte, reafirmando de principio a fin su posición como analista al colocar en primer plano y como invariante esencial la hipó- tesis del inconsciente. Legitimada por Freud y formalizada por Lacan, sin ella el psicoanálisis contemporáneo podría vacilar en sus cimientos.

    Hay preguntas de calibre variado que hacen a la marca de un singular estilo de la autora, que permiten encontrar más que un hilo para dar tela al analista en formación. Como son las de tono retórico, aquellas con las que Adriana Bauab expresa su toma de posición ante lo actual:

    Respecto de las singularidades de los sujetos en sus goces –ya se trate del hetero, homo, lesbi, gay, bisexual, transexual–, se nos abre una interrogación: ¿cómo pensar esa novísima modalidad que es la del artículo neutro, la de quienes en el intento por borrar las diferencias eluden el encasillamiento en alguna de las dos categorías: femenino o masculino?

    Refiriéndose a los maniquíes escritos en la obra de Ferrari, luego de llevarnos de la mano por las huellas que a su entender traza el arte contemporáneo en el hacer que nos concierne, plantea esta pregunta:

    ¿qué es un cuerpo escrito? ¿Qué está escrito en el cuerpo? ¿No describe acaso lo esencial del humano, ser hijo de la palabra, de su posibilidad discursiva?

    En este libro la autora retoma las hipó- tesis de su libro anterior, Los tiempos del duelo, sobre lo que ocurre en determina- das ocasiones cuando “frente a una pérdida de envergadura o situaciones de encuentro con un real inasimilable el fantasma colapsa”. Reitera la importancia de la “distinción diagnóstica” y se propone dar algunos pasos más en los modos de “re- accionar con el cuerpo cuando no se responde con el fantasma”.

    En ese tramo interroga la “llamada clásicamente maníaca-depresiva o locura cíclica rebautizada en los últimos tiempos como bipolaridad”. La propuesta es decidida, no retroceder ante lo real. También aporta algunas reflexiones sobre las enfermedades psicosomáticas, particularmente lo “autoinmune”, y se aboca a abordar en qué puede ayudar el analizarse.

    Página a página, las respuestas se enhebran entre los fundamentos lógicos que Bauab toma de Freud y de Lacan, sus escrituras, sus formalizaciones y reflexiones filosóficas, pero básicamente se muestran en los recortes de la práctica en los que ella ofrece a nuestra lectura su modo de operar y la ética en la que se sostiene.

    Para que lo comprueben, solo esta breve muestra de su estilo de intervención. Recientemente, dice, un adolescente que acaba de salir de un cuadro depresivo, con ideas autodestructivas, me escribe por WhatsApp: “Hoy es mi cumpleaños y como discutí con mis padres quiero fes- tejarlo con vos, voy a llevar sandwichitos y mate a la sesión”. Respondió, mejor di- cho, escribió: “Vení y lo festejamos, pero mate no tomo”.

    Amén de tratarse de una apuesta a la vida, con su libro Adriana nos recuerda que el acto analítico nunca “toma el mate” del paciente sino que apunta a liberarlo para que alcance otros goces en la escala invertida del deseo. ¿Qué del amor en los tiempos actuales?

  • Las razones de una práctica

    Por Guillermina Díaz

    Reseña del libro de Noemí Sirota: Testimonio y experiencia. El psicoanálisis, su transmisión, Ediciones Kliné, Buenos Aires, 2019

    Este nuevo libro de Noemí Sirota trabaja el testimonio y experiencia del pase en la Escuela Freudiana de la Argentina; lo que hubo, lo que hay y lo que podrá haber en las generaciones por venir, tal como lo subraya Verónica Cohen en el prólogo: “Este bello libro es testimonio del trabajo con el dispositivo del Pase en estos años de escuela, y está también dedicado a otras generaciones [por venir]”.

    “La osadía del inconsciente consiste en darle valor de verdad a aquello que proviene de una experiencia, la de hablar sin saber. Su transmisión requiere de otro modo porque «hace falta que se diga». El testimonio y el testigo surgen, entonces, como cuestión a desplegar, y la Proposición… de Lacan da el marco para ese despliegue”. Quisiera estacar esta frase porque valoro el reto, la bravata, el desafío con el que Noemí Sirota nos provoca a entrar en su libro.

    Sabemos que hace ya varios años, los carteles y jurados de pase se constituyen con AE de la Escuela que recibe un pedido de pase y AE invitados de otras escuelas. Me encontraba conformando el cartel de pase de la EFA cuando entre otros llegó el pedido de pase de Noemí Sirota. Fue entonces que contraje una deuda con la transmisión de sus decires, porque verdaderamente fue un pase al que le debo enseñanzas muy enriquecedoras acerca de lo que pasa con la pulsión después de haber transitado un análisis; al mismo tiempo de haber vivido en acto de escucha y en cuerpo la resonancia de un decir, en acto pasó lo que se repite hasta el cansancio: que “[…] las pulsiones son el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir”.[1] Allí hubo tras- misión y conmoción que imprimieron marca y firma imborrables.

    Nos encontramos ante un libro en el que las preguntas aparecen de tal modo que podemos imaginar a su autora como una hilandera, una tejedora que avanza en y con el entrecruzamiento de sus decires, y va tejiendo una trenza que incluye tres hilos: la experiencia del pase, la experiencia del análisis y la constitución del parlêtre. Trenza, tejido donde las hebras se sostienen entre sí y al mismo tiempo se diferencian: me refiero a lo que es del orden de la experiencia del pase, la experiencia del análisis y la estofa, la materia del deseo en que está hecho cada sujeto.

    Así da a leer el nudo de su testimonio a través del efecto y el valor de las formaciones del inconsciente. Literalmente: “[…] algo alteró los hechos: un lapsus de uno de los dos pasadores. Ese lapsus me aportó los medios para que mi inconsciente produjese un sueño en el cual, por así decirlo, se leía qué cosa te- nía que ver con lo que del trauma se pintó en el fantasma, y mostraba una firma. Ese sueño se constituyó en testigo, testigo de un deseo que entregué al pasador”. De esta manera, efectúa un testimonio/ testigo que leído en el cartel produce nominación y escribe las letras de AE.

    Una primera lectura del libro me hizo pensar que el mismo era el producto, el resultado de lo que pasó entre aquel pedido de pase y lo hablado en el seminario que Noemí dictó dos años después de producida la nominación. Pero el libro dice mucho más que meramente poner en relación “testimonio, nominación y seminario”. También dice, y queda escrito, que la autora hizo el pase dos ve- ces, lo que no solo muestra sin ambages su honestidad intelectual, sino que subraya que aunque alguna vez su pedido no fuera nominado, al decirlo, al escribir- lo, ella lo hace exsistir y trasmite en ese mismo acto que la experiencia de pasar por el pase siempre enseña, aun cuando no produzca nominación. Así lo dice ella: “[…] no creo que solamente se pueda esperar una enseñanza de aquellos que fue- ron nominados. […] Hay que hacer lugar a eso que resta de la experiencia de haber dado testimonio y del hecho de no haber sido nominado. […] Quizás haya que pensar en relación con el tiempo en falta para que el inconsciente se haga discurso”. Leo ese tiempo como una referencia directa a los tiempos lógicos. “Hay allí una dimensión que, a mi entender, es la apuesta mayor del pase que propone Lacan, la de hacer discurso, trasmitir la efectividad de una experiencia, la del análisis, una experiencia en la que el inconsciente se hace discurso”.

    Este libro, además, tiene una impronta muy singular ya que en el despliegue de los temas y los capítulos la autora se ubica en el lugar de pasador y da en acto un “testimonio” que muestra la experiencia del pase. Ello es fácilmente ubicable en el modo de formalizar las preguntas que surgen a partir de la experiencia del pase, sus respuestas y las consecuencias de proponerse hacer escuela de orientación lacaniana.

    Las razones de la práctica, tal como se produce en la Escuela Freudiana de la Argentina, explicitan la lógica de dicho dispositivo y a quienes incumbe. Leemos: si “[…] cualquier persona que se analice, puede, por tener un decir analizante, es- cucharse y escuchar a otro […]”, eso que surge como producto de un análisis, por el lazo social allí establecido, puede entonces hacer el pase.

    Cualquiera, a condición de que el pase produzca la “[…] enseñanza que hace lugar a la espera, de algo que pueda surgir de los efectos del decir de alguien que dio testimonio” de lo que él mismo no sabía según su deseo. Ello permite establecer con claridad meridiana la diferencia entre lo que sucede en el análisis y la experiencia

    del pase, eso que el testimonio “hace pasar” cuando el pasante puede encontrar la articulación entre el saber del Otro y el surgimiento del deseo de analista. Esto supone que es posible pesquisar la separación entre la cicatriz del trauma y el goce ruinoso del erotismo, encontrando un modo de testimoniar sobre ello.

    Destaco que este libro tiene como base lo que se dice, lo que se dijo en el seminario homónimo, ese soporte en la palabra hablada, ese diálogo impar, de maestros y discípulos, de pasadores, pasantes y miembros del cartel de pase. Constituye un registro de lo que se afirma y de lo que interroga, y a veces deja un resto, aún, para seguir. El hallazgo consiste en permitir a cada lector, haya participado o no del seminario, pueda incluirse al leer- lo, entrar en el diálogo, en el debate, las diferencias, los interrogantes que se van sucediendo vez por vez en función de los encuentros realizados.

    Pero me detengo en otro hallazgo que me produjo sorpresa y que está referido a la tensión necesaria, que mantiene a distancia el grado de AME del de AE. El AE está en la brecha de intervenir en los problemas cruciales del psicoanálisis; las tres letras del AME indican, en cambio, el grado de alguien formado en la escuela, a quien se le reconoce que puede llevar un análisis hasta el final.

    “Cabe la pregunta: en virtud de los diferentes lugares y su función en el dispositivo de transmisión que es una escuela, ¿a quién le concierne, específicamente, la pregunta por el final del análisis? ¿No es acaso el AME a quien se le supone que puede conducir un análisis hasta el final?

    ¿Por qué no esperar que el AME se pregunte qué tipo de final de análisis concibe cuando conduce un análisis hasta el final?”. Subrayo estas preguntas como modo de hacer lugar a otra apuesta, esta vez en relación con el grado de AME. La apuesta los incluye y concierne en la responsabilidad del título que portan, para que este grado que se otorga sin ser pedido no se con- vierta en una jerarquía de formación suficiente. Algo hay que perder para localizar algo del Uno que, en tanto sujetos, somos.

    En palabras de la autora: “La nominación de AE autoriza esas letras allí donde entre un pasador y otro pasa una pérdida de goce por indicar una falla en el saber”. Además: “[…] algo que tiene que ver con la opacidad, con la otra cosa que no es el significante, que tiene que ver con la salida de la transferencia. El testimonio trasmite sobre el analista que hice y del que me deshice”


    [1] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XXIII: El sinthome, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2006, pág. 18.

  • El análisis como “otro lugar” donde escuchar lo que se dice y su eco

    LaPsus Calami cumple diez años y los celebra con este, su séptimo número, que re- úne trabajos sobre la voz y la mirada, no siempre en “la experiencia del análisis”; tex- tos muy interesantes que van a quedar como testimonio escrito del tema de este número, entre los que destaco los que pudieron articular la mirada o la voz en la práctica del psicoanálisis. Diferentes estilos, diferentes prácticas.

    A mi entender, queda en primer plano que en un análisis están en juego: un solo sujeto, el analizante; el cuerpo del analista, que sostiene el a como semblante de objeto de aquel; la voz y la mirada, objetos privilegiados en el recorrido de un análisis.

    En estos tiempos de pandemia, la voz como objeto aparece en primer plano, sim- bolizando el cuerpo y en el centro del nudo de las dimensiones del decir. No sabíamos, cuando elegimos el tema del número, que la voz se iba a volver preponderante entre los objetos que semblantean el a.

    La mirada y la voz en la experiencia del análisis implican el hablar y el decir en el análisis, por tanto, el lazo entre el significante y el objeto que media con el Otro del lenguaje.

    La voz pasa por el cuerpo, hay palabra y hay voz que lo dice, lo traslada pulsional- mente; el eco está dentro de la voz misma, cuya función es mantener la palabra en forma de a. En cuanto al objeto mirada, destaca el pasaje al a del fantasma, dado no sin los tres tiempos de Lacan y los ternarios que se redoblan, como se lee en La car- ta robada o El arrebato de Lol V. Stein. No podemos analizar sin contar con el hecho de que el decir produce un eco en el cuerpo y ese eco es la pulsión, porque “[…] las pulsiones son el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir”,[1] frase que ilumina la relación entre la palabra y las pulsiones, el decir y el cuerpo.

    Entre el significante y el objeto hay un lazo, que es el que descubre el psicoanálisis y Freud precisa en Pulsiones y destinos de pulsión, lazo entre pulsiones y amor. La pulsión es lazo social porque surge a partir del Otro del lenguaje. Los primeros significantes[2] vienen del Otro y bordean una zona,[3]  libidinizan una zona alrededor de un agujero del cuerpo, parte libidinizada por la lengua que, a mi entender, por el decir ya implica la falta. Decir sobre el cuerpo, eco que es ya una repetición. Tiempo y repetición. Eso es lo que se hace en un análisis, ese movimiento por el que se vuelve muchas veces al mismo lugar y cada vez de distinta manera. “Parece que se retrocede, pero se avanza”, decía una analizante; “es lo que me da esperanza”, decía otra. El lenguaje copula con el cuerpo; mirada y voz son privilegiadas para trasmitir el deseo del Otro.

    Es con la repetición, “[…] que caracteriza, como ninguna otra cosa, a la realidad psíquica del ser inscrito en el lenguaje”,[4] y la pulsión de muerte freudianas que Lacan inventa el objeto a y construye la noción de goce. Con eso podemos pensar el goce y su plus, el goce que se consume en cada repetición. Hay esperanza. ¿De qué? De que el amor haga condescender el goce al deseo. En el decir, la voz rompe el silencio de la pulsión de muerte.[5]

    La otra escena es ese Otro lugar desde donde ver[6]  en el análisis, desde donde el sujeto da a ver y mira, se hace ver y oír en la transferencia, por la que surge el deseo, el sujeto y la realidad… a veces. La mirada puede ser lo elidido por la visión y la representación que ordena. Puede eludir la castración, como leemos en el fetichismo.

    Articular la voz y la palabra, el decir, es enlazar amor-odio con pulsión. A mi entender, la articulación de la demanda de amor, las palabras del Otro, con la inscripción pulsional en una parte del cuerpo (que implica la falta), gasta goce.

    El pasaje del amor a la libido se da desde el comienzo. Acentúo lo inaugural, esa división, donde el sujeto se ve amable como objeto por la palabra del Otro, y eso mismo lo causa como a. ¿Dónde? Donde cae el objeto pulsional y surge el a como falta.

    Es en un psicoanálisis donde se lee la estructura del fantasma, en ese lazo social, si el analista no se resiste a hacer del inconsciente discurso. Hay un pasaje al fantasma de los objetos pulsionales que hacen semblante de a, son puestos en escena, no sin vergüenza. Se trata, como dice Lacan, “[…] la transferencia [como] puesta en acto de la realidad sexual del inconsciente.[7] La vergüenza nos dice de la estructura de ficción de la verdad.

    La voz hace lugar a las palabras, está en el decir. La significación del falo ordena, deja lugar para la falta, si en el análisis hay una lectura de ese decir, un pasaje de discurso que implique la función fálica, no solo el falo sino su falta. Esto implica la castración y la existencia del otro.

    Somos asuntos de un decir y ese decir, siempre diferente, es sexuado porque nos sexuamos como significantes: hombre y mujer. Estos son valores sexuales concernientes a un decir que parte de una zona del cuerpo libidinizada y por lo dicho vuelve al cuerpo como eco. Los aes no son sexuados, pero sexúan, enlazados a los significantes.

    Mi conclusión sobre lo sexual y la sexuación es que a partir de ese decir, de un lado están los que no rechazan lo femenino, hombres o mujeres, y del otro los que lo rechazan, hombres o mujeres. Como dije antes, a veces hay esperanza de que se produzca esa lectura sexuada. Si bien, en estas circunstancias, encontramos un modo para continuar, nuestra práctica se trata, más que nunca, de decir… o peor. La civilización, como la llamó Freud, (capitalista, agrego), nos muestra que el discurso del psicoanálisis es lo que nos sostiene, y no al revés.


    [1] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XXIII: El sinthome, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2006, pág. 18.

    [2] Los significantes y las palabras bordean una zona erógena, una parte del cuerpo, parcialmente, y hacen el cuerpo y el inconsciente.

    [3] Hablar de pulsiones parciales y sus vicisitudes es hablar de circulación, de movimiento, de la intrincación de la pulsión de muerte con las mismas y la complejidad que surge. Es hablar de Eros y de la falta en juego, porque las zonas libidinizadas son significadas por el falo, el que significa los objetos parciales que caen dejando el lugar de falta para los aes. (Ver el seminario sobre la angustia).

    [4] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XVII: El reverso del psicoanálisis, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2008, pág. 186.

    [5] Siempre se trata de una doble división: por el significante y por el objeto; el decir y su eco.

    [6] En la excelente traducción de Ursula Kirsch.

    [7] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1989, pág. 155.

  • No sin vergüenza

    Cuando me propusieron intervenir en este coloquio,[1]1 enseguida pensé en hablar acerca de la vergüenza. Es sin duda porque desde hace un tiempo estoy más atento a ciertos aspectos de nuestra práctica, aquellos que hacen que el progreso en la cura, del que habla el argumento, no pueden obtenerse sin incitar a nuestro paciente a una relación muy particular con el Otro, ese Otro que representamos nosotros en primer lugar, pero también a una relación con el objeto a, si es cierto que una cura nos pone, a nosotros los analistas, en posición de semblantes de objeto a. Ahora bien, me pare- ce, en la cura, en relación con la cuestión del Otro y con la del objeto a, debemos de- tectar lo que suele adoptar la forma de la vergüenza.

    Sin embargo, debo ser de inmediato un poco más preciso. Ante todo no quisie- ra que ustedes pensaran que las fórmulas que utilizo, por ejemplo, el analista en po- sición de semblante de objeto a, van de suyo. No van de suyo puesto que intentamos retomar el examen del corpus que organiza nuestro trabajo, ya que no consideramos como definitivamente adquirido lo que Lacan nos aportó.

    Gérard Pommier, con quien estoy feliz de haber tenido en bastantes ocasiones la oportunidad de discutir, nos impulsa a liberarnos de una concepción dogmática de la cura. Insiste, me parece, en el hecho de que el analista no es un objeto sino un sujeto, un sujeto que habla, un sujeto comprometido en un verdadero diálogo con el anali- zante. Esto les puede parecer heterodoxo a ciertos lacanianos, pero les recuerdo que Lacan comenzó describiendo la cura como una experiencia intersubjetiva. Pareció re- nunciar a esto luego, pero de nuevo más adelante dijo que no hay más que una trans- ferencia, la transferencia del analista. Ahora bien, ¿quién transfiere sino un sujeto?

    Al mismo tiempo, ¿acaso el hecho de tomar las cosas por ese lado nos dispensa de interrogar, más allá de nuestra manera de manejar la palabra, ciertas formas de ma- lestar que experimentan, en la experiencia analítica, una cantidad de pacientes mayor de lo que se cree? ¿Y esto en verdad nos impide preguntarnos si este malestar no estaría relacionado con el modo de presencia del analista en la cura, una presencia que pasa por la voz, y que igualmente –empezaré por ahí– pasa por la mirada? Algunos analistas parecen no plantearse este tipo de preguntas, o en todo caso no hablan de esto. Con todo, me parece que no podemos dispensarnos de intentar cernir cierto real de la cura, es decir, algo sin lo cual no tendría efecto, pero que al mismo tiempo pue- de pesar sobre los analizantes con todo su peso de imposible, imposible de soportar.

    *

    Empecemos, mientras tanto, con algunas observaciones bastante simples. En lo que concierne al dispositivo de la cura, Freud no deseaba que el análisis se hiciera cara a cara. No soportaba, decía, que lo miraran ocho horas por día, lo cual vuelve patente la dimensión de la mirada, aun cuando se trata ante todo de la del analizante.

    Por lo demás, Freud agrega otra razón: “Como me entrego a mis pensamientos inconscientes [escribe], no quiero que la expresión de mi cara le brinde al paciente determinadas indicaciones que podría interpretar o que influencien sus decires”. ¿Pero no se puede entonces suponer que lo que Freud llama aquí “expresión de la cara” incluye en particular la cuestión de la manera en la cual el analizante percibirá su propia mirada? No es infrecuente en todo caso, en nuestra experiencia, que un analizante diga que en el momento en el que lo introdujimos en el consultorio se sintió mirado. Esta sensación va bastante lejos. Su cuestión, en el fondo, es que no sabe con qué mirada el analista lo ve. Se puede añadir que cuando el analizante se pone a hablar de eso es porque está afectado por la mirada que le supone a su analista, mirada que manifestaría, por ejemplo, un juicio negativo, y este afecto, ligado a la mirada que siente sobre él, es precisamente la vergüenza.

    Ahora bien, para dar precisiones acerca de lo que tengo que decirles, quisiera hacer una distinción importante. Acabo de mencionar el temor que el analizante puede referir respecto de un juicio negativo de su analista. Podríamos pensar que este temor remite a un sentimiento de culpa, sentimiento conciente o inconsciente. Pero la vergüenza no es el sentimiento de culpa. Podemos sentirnos avergonzados de llevar puesta una ropa gastada, una ropa que ha perdido desde hace tiempo el brillo de lo nuevo, pero por lo general uno no se siente culpable de eso.

    En relación con esto, para mí hubo, en lo que hace a mi reflexión sobre la vergüenza, un momento fuerte que se constituyó por medio de intercambios, hace varios años, con psicoanalistas antillanos. Fue a través de lo que ellos decían que yo capté la manera en que la vergüenza podía pegarse, en esta sociedad mestizada, al color de la piel, puesto que hay matices ínfimos que cobran una importancia que a veces nos cuesta imaginar.

    Pero no voy a convertir a la vergüenza en un fenómeno exótico. La pensaré más bien en relación con una suerte de mutación de nuestras sociedades contemporáneas, y para no demorarme diré que en este punto estoy de acuerdo con Alain Ehrenberg,un sociólogo francés cuyas investigaciones vuelven a cruzar lo que nosotros percibimos en nuestra clínica. Ehrenberg, en efecto, piensa que la depresión, tan frecuente en nuestras sociedades, no se inscribe en un registro neurótico, en todo caso no en el sentido freudiano. Es que para Freud la neurosis viene a responder a un conflicto psíquico, un conflicto entre las prohibiciones interiorizadas y el deseo que choca con ellas, y este conflicto generalmente se vive con un sentimiento de culpa, mientras que, si el sujeto moderno está tan a menudo deprimido, es porque vive no un conflicto, sino el sentimiento de su propia insuficiencia.

    ¿A qué está ligado este sentimiento? Según Ehrenberg, el mundo moderno no deja de insuflarnos un ideal de realización individual, de superación, de perfección. Por consiguiente, el sujeto está forzosamente en falta en relación con esa imagen idealizada de sí, y es de esta insuficiencia de lo que tiene vergüenza. Esto lo oímos sin cesar hoy, suele ser lo que atormenta a nuestros analizantes. Pienso, en cuanto a esto, en una de las analizantes a las que recibo en un momento en el que tiene vergüenza de la evo- lución negativa de su carrera profesional. Ahora bien, un día en el que menciona eso, le vuelve el recuerdo de un sueño de la noche anterior, un sueño en el cual una parte de su cara está deformada, casi imposible de reconocer, y como esta mujer tiene hu- mor y un ánimo vivaz, dice que es como en la vida, “pierde imagen” [elle perd la face].

    *

    A lo que quisiera sin embargo llegar ahora, es a la idea según la cual el análisis no es quizá solamente un lugar donde la vergüenza va a poder decirse y analizarse. El dispositivo analítico, por sí mismo, puede a veces favorecerla. Hay al respecto algo que es necesario destacar: no es poco común que un analizante, que vuelve muy a menudo a la descripción de un comportamiento que desaprueba, pero del que no puede desprenderse, manifieste la vergüenza que siente al hablar de esto con tanta frecuencia. Esto, en algún modo, viene a redoblar su sufrimiento. Esta persona sufre por no poder prescindir de un comportamiento compulsivo, pero en análisis se pone a hablar cada vez más, a lo largo de sesiones sucesivas, de su vergüenza por estar todavía en este punto. Tiene vergüenza ante su analista, y los sueños que la atormentan a partir de ahí la hacen aparecer bajo apariencias cada vez más degradadas.

    Es entonces como si viniera a materializar la dimensión de la mancha, de esa mancha que para Lacan es una de las maneras de introducir la mirada, puesto que la mirada, en tanto objeto a, no debe situarse forzosamente a partir del ojo que contempla, o simplemente percibe, un espectáculo o un cuadro. Se encuentra ante todo en lo que hace mancha en el cuadro –recuerden aquella anécdota que cuenta Lacan al describir que lo que hacía mancha en el cuadro era también él mismo cuando, siendo un joven y rozagante estudiante de medicina parisino, iba a acompañar a marineros.

    Volveré dentro de un instante a la cuestión del objeto a. Pero detengámonos un momento en el hecho de que es de ella como analizante de quien mi paciente tiene vergüenza. Esto se puede decir banalizando: “Quisiera ser, dice en cierto modo, una buena analizante y no lo logro”. Pero también se puede decir que experimenta que hace mancha en el cuadro. Todo esto podríamos decirlo acerca de la transferencia,

    y de lo que Lacan pudo decir en el seminario sobre los escritos técnicos mostrando su costado de resistencia. Lo formula además en términos bastante fuertes que debe rían impedirnos banalizar: “Es en la medida en que la confesión del ser no llega a su término que la palabra se vuelca entera sobre la vertiente en el que se aferra al otro”.

    El psicoanálisis, así, no es una simple práctica de rememoración. Implica al sujeto en el nivel más profundo, el de la confesión, y hay algo patético en captar cómo, en los momentos en los que la confesión se vuelve demasiado difícil, un analizante puede intentar aferrarse a la presencia del analista, con toda la ambivalencia que susci- ta entonces esta presencia. Una ambivalencia, porque acaso mostrarse avergonzado o avergonzada puede también conllevar un goce.

    *       *     *

    Pero ahora voy a dirigirme hacia otra aproximación de lo que la situación psicoanalítica misma puede inducir, y para esto voy a pasar de la mirada a la voz. La voz, igual que la mirada, Lacan la sitúa en el Seminario XVI: De un Otro al otro, a partir de la perversión, y a propósito de ella, menciona el masoquismo de dos maneras diferentes. La voz es aquello a lo cual el masoquista ha renunciado (no tiene derecho a la palabra, no tiene “voz en el asunto”). Y además la voz, fría y arbitraria, esa voz a la cual el masoquista obedece como un perro, permanece del lado del amo.

    Volveré a esto, pero con lo que quiero insistir es más bien con el hecho de que, en su seminario sobre la angustia, para ubicar la voz Lacan se refiere a “la voz de Dios”, esa voz que resonaría cuando, en ciertas ceremonias judías, se hace sonar el shofar. Lo que destaca, entonces, es que no se trata en esta ceremonia de una voz que emitiría fone- mas articulados, que permitirían las metáforas y metonimias de un discurso religioso.

    A través de las sonoridades del shofar, que evocan lo que ciertos textos bíblicos llaman el mugido o el rugido de Dios, se trata de la emisión de una voz considera- da en tanto tal, separada de toda significación. Ahora bien, hay que destacar que no es raro que un analizante oiga nuestra voz más que nuestras palabras. Por ejemplo, puede quejarse de las inflexiones que cree detectar en el tono de voz de su analista.

    ¿Será que ese día estaba mal dispuesto hacia él? Habló de manera tan brusca, alzó la voz aparentemente sin razón…

    Creo que semejante experiencia va más allá de lo que he dicho de una palabra que se aferra al otro. Es más bien como si la transferencia no pudiera producir sus efectos de liberación sin algún riesgo. Michel Foucault, a quien Lacan apreciaba, que jamás negó la importancia del psicoanálisis, es uno de los que más avanzó acerca de esta cuestión.

    Es a partir de sus últimos cursos en el Collège de France que Frédéric Gros llegó a formular, en un artículo de 2004, una paradoja que no puede dejar de detenernos.

    Frédéric Gros parte de lo que sería, en el psicoanálisis tanto como en la dirección de conciencia cristiana, la “sospecha fundamental”: “Lo que yo creo inmediatamen- te que soy no coincide con quien soy verdaderamente”. Y es para intentar superar esta brecha que me dirijo al analista. Esto, dice Gros, “[…] me somete indefinidamente a la escucha del Otro. […] Es buscándonos a nosotros mismos como aprendemos de la mejor manera a obedecer al Otro”.

    Entonces, ¿la operación analítica incluye necesariamente una dependencia res- pecto del Otro? ¿De la escucha del Otro? ¿Y por qué no de su voz, dado que en su ausencia de significación puedo atribuirle no sé qué intención? ¿Y por qué no también de la mirada, si es verdad que esta conlleva también una dimensión de enigma?

    Mencioné, por lo demás, el rol de la voz en el sadomasoquismo. Nada semejan- te aparentemente en la cura, durante la cual el analizante, con toda evidencia, no renunció a la palabra, y durante la cual el analista no hace uso del tono glacial del amo sádico. Pero hay que prestarle atención a la práctica del corte de las sesiones que introdujo Lacan. Suele ser pertinente, pero también puede ser vivida como una toma de poder exorbitante. Debe manejarse, entonces, con cierta precaución.

    Más importante me parece, en relación con mi planteo, lo que pudimos decir de la voz de Dios. ¡No es que el analista sea divinizado! Pero cuando su voz le llega al analizante, a partir de ese espacio Otro que concretamente se ubica detrás de él, cobra un relieve particular, que explica en gran medida, por ejemplo, hasta qué punto puede ser atrapado.

    ¿Se puede evitar este tipo de efectos? Sin duda no completamente. Sin embargo, si el analista está un poco precavido podrá limitarlos. Podrá también “utilizar” esta di- mensión que cobra su voz. Lacan, en sus cóleras proverbiales, lo hacía sin duda muy voluntariamente. Digamos que nada le impide al analista levantar el tono, cuando lo hace a contracorriente de los efectos del superyó que inhiben al analizante.

    La voz –nuestra voz– puede indicar, por sí misma, que no hay razón alguna de ser complaciente en relación con aquello que, para cada uno, es del orden del sometimiento más deprimente. También puede, para volver a la vergüenza, hacer sentir por su tonalidad más que por explicaciones, que es probable que la vergüenza blo- quee al analizante en un goce sin perspectiva.


    [1] Coloquio La voz y la mirada en la experiencia del análisis, realizado el 22 y 23 de marzo en Buenos Aires, organizado por el Grupo Perspectivas en Psicoanálisis, editor de LaPsus Calami, y convoca- do por la Escuea Freudiana de la Argentina, Escuela Freudiana de Buenos Aires, Fundación Euro- pea para el psicoanálisis y Mayéutica, Institución Psicoanalítica.

  • Coloquio Internacional Amor, odio, celos: de la tragedia a la comedia en el análisis PANEL 1

    Benjamín Domb · EFBA (Arg)

    Zulema Lagrotta · Mayéutica (Arg): Serodiante-Goce-del-ser y pasaje al acto

    Jean-Jacques Tyszler · FEP (Fr): Quel devenir pour les psychoses passionnelles quand la paranoïa “ordinaire” devient la norme?

    Coordina: Noemí Sirota

  • Coloquio Internacional: “Amor, odio, celos: de la tragedia a la comedia en el análisis” MESA 4

    Clelia Conde · EFA (ARG): Antigona revisitada

    Alba Flesler · EFBA (ARG): Amores y odios: de la comedia a la tragedia

    Manuel Rubio · Mayéutica (Arg): No sin pasaje trágico a la comedia de la vida

    José E. Tappan Merino · grita/FEP (méx): Amor, celos y odio

    Coordina: Alejandra Ruíz Lladó

  • Coloquio Internacional: “Amor, odio, celos: de la tragedia a la comedia en el análisis” MESA 3

    Natatxa Carreras Sendra · grita/FEP (méx): Entre tragedias y rechazo, el vacío imperio del no saber

    Alba Flesler · EFBA (ARG): Amores y odios: de la comedia a la tragedia

    Jean-Jacques Moscovitz · Psy Actuelle (fr): Pasión des sujeto y abyección en lo colectivo

    Laura Pigozzi · FEP (it): A qui sont les enfants?

    Coordina: Ilda Rodriguez

  • Coloquio Internacional: “Amor, odio, celos: de la tragedia a la comedia en el análisis” MESA 2

    Frédéric De Rivoyre · E.A (Fr): Haïr sans colère

    Edgardo Feinsilber · Mayéutica (Arg): Las políticas del odioamoramiento

    Marta Nardi · EFA (Arg): Amor, odio, celos: de la comedia a la tragedia en en análisis

    Daniel Paola · EFBA (Arg): El nudo de trébol y su consecuencia clínica

    Coordina: Gabriela Spinelli

  • Coloquio Internacional: “Amor, odio, celos: de la tragedia a la comedia en el análisis” MESA 1

    Marcos Bertorello · Mayéutica (Arg): El relato trágico: la forma psicoanalítica de mostrar las pasiones

    Marcelo Edwards · FEP (Esp): A propósito del víctimismo

    Diego Fernández · EFA (Arg): La caída

    Stella Maris Rivadero · EFBA (Arg): Apegos feroces

    Coordina: Adriana Bauab