Categoría: Reseña de Libros

  • Siete paseos por los bosques del psicoanálisis

    Reseña del libro de Alberto Franco: De la doctrina del significante, Ed. Letra Viva, Buenos Aires, 2012.

    “Incluso cuando en un bosque no hay sendas abiertas,  todos podemos trazar nuestro propio recorrido…”
    Umberto Eco Seis paseos por los bosques narrativos                  

    Un nuevo libro sobre psicoanálisis asoma en nuestro bosque. Y con él una pregunta, ¿por qué leer este, entre tantos otros nuevos libros sobre psicoanálisis?

    Podríamos comenzar esta reseña de un modo más tradicional, intentando transmitir de qué se trata el libro, destacando los conceptos que se abordan en el recorrido teórico del mismo. Pero elegimos otro sesgo porque ocurre que, algo surgido de su lectura, nos hace decir que sus notas vertebrales, aquellas desde las cuales podríamos responder nuestra pregunta inicial, no suenan de ese modo.

    En este (su segundo) libro, Alberto Franco, sin dudarlo, nos ofrece de modo amplio y generoso mucho más que el fruto de su labor intelectual. De la doctrina del significante es un libro escrito por un psicoanalista lacaniano que nos invita a transitar (parafraseando a Umberto Eco) “siete paseos por los bosques” del psicoanálisis de un modo singular, ya que lo hace a partir del compromiso con su praxis. Al abrirlo nos encontramos con cinco capítulos, a los que se suman la introducción y un apéndice (sin contar en dicha serie la dedicatoria y el epígrafe, que merecerían “un capítulo aparte”). Y ya en su modo de nombrarlos, el autor nos señala el camino al que nos invita: “Sobre el significante”; “Del significante y la legalidad de lo inconsciente”; “La teoría del significante tal como se desarrolla a partir de la propuesta sobre la metáfora”; “Del significante a la letra” y “De la letra”.

    En su transcurrir, muy riguroso en la lectura y puntuaciones de la obra de Lacan y respetuoso de la periodización de los conceptos, este libro abarca gran parte de la obra del maestro francés, pero su mérito reside especialmente en lo que consigue hacer con lo que de modo muy legítimo podemos llamar un trabajo de lectura. Porque al ofrecernos las citas de referencia, hace que ellas revelen su potencial multiplicidad de conexiones, llegando a formular algo que no estaba expreso en el texto. Es así que, sirviéndose del trabajo con los textos, no nos deja en ese punto, sino que muestra sin ambages su deseo de que lo acompañemos a dar un paso más: “franquear” la barrera del confort intelectual al leer en la obra de Lacan una doctrina del significante, que es producto de su saber-hacer. Por otra parte, al brindarnos tan generosamente las citas en que se apoya, nos invita a continuar con la tarea que, vale la pena aclararlo, no es sin Freud, es decir, sin el necesario retorno a sus fundamentos.

    Este deseo de ser leído, y de hacerse entender por el lector, se desprende aún (o quizá debiéramos decir, más todavía) de los tramos más complicados, que los hay, por supuesto, ya que el autor no se ahorra el desafío de enfrentar las complejidades ni las contradicciones en el seno de la teoría.

    Decimos, entonces, que son las novadoras articulaciones entre las dimensiones-dit-menciones del significante, las que dan por fruto una doctrina del mismo que va más lejos que una explicitación de las distintas teorías del significante en la obra de Lacan. Nos encontramos, de este modo, con un desarrollo que es propio de una elaboración a partir de la praxis del autor, que va en este caso “del neologismo a la letra” (cual fuera el título del seminario dictado en Mayéutica-Institución Psicoanalítica, en el que se gestó gran parte de lo abordado en este libro) y un poco más lejos también.

    Del corte de predicación –concepto poco trabajado, y en cierto modo crucial desde la perspectiva de nuestro autor, atravesando el hay de lo uno hasta el significante-todo solo, que nos llevarán hacia el significante nuevo y el hay de la una equivocación, no nos priva, reiterémoslo, de transitar las sinuosidades del camino; pero nos ofrece las herramientas y la compañía para recorrerlo. Un sendero, entre otros posibles, como bien señala el propio autor, que deja abierta la posibilidad para que cada lector encuentre su “bifurcación”.

    Ya desde la introducción, es muy claro con respecto a lo que va a ofrecernos, haciendo un escueto, pero no por ello menos valioso, recorte de lo por venir (que no es lo mismo que el porvenir). Sí, no se trata de ilusiones, no hay comprensiones ni respuestas absolutas, por eso “de” la doctrina del significante, desde el título mismo arroja efectos de enseñanza.

    Desde las primeras definiciones del significante, avanza recalando en sus relaciones con la predicación y la ordenación, haciéndonos surgir la pregunta: ¿cómo entender esto, incluida la sección de predicado, sin atender a lo trabajado por Recanati en algunos de los últimos seminarios de Lacan?

    El ordenar en par le permitió a nuestro maestro francés denominar el significante que representa al sujeto como S2, diferenciar de él a aquel a quien se dirige, y presentar al saber no sabido como S2. En este proceder nos muestra –al tiempo que demuestra– la influencia y la radical importancia del cambio producido por el abandono de la “intersubjetividad”, partiendo de que un significante representa a un sujeto ante otro significante… A continuación, y así como “de paso”, Franco aborda de modo más que interesante la cuestión del je y el moi, siempre actual.

    En lo que pareciera un abordaje propio de la lingüística, comienza a introducir la noción de letra, situándonos en los momentos históricos, para reconocer quiénes eran los interlocutores de Lacan en cada momento. Es así que nos encontramos desde Lévi-Strauss, Benveniste, y el ineludible Saussure, hasta otros no tan citados en la actualidad, como Rifflett-Lemaire , J.L. Nancy o Lacoue-Labarthe (solo por mencionar a algunos de aquellos críticos a los cuales Lacan convierte en sus interlocutores). Pero por supuesto, no se trata de hacer cronología, sino de que tal proceder nos brinda los datos para entender la lógica que en ello encuentra el autor.

    Asimismo, podremos hallar especificadas claramente las nociones de lenguaje, lengua, habla, lalangue y significación, sentido y significancia, con imperdible claridad.

    Luego de trabajar algunas consecuencias de la teoría de los juegos, ahondamos en la conceptualización del significante como par ordenado, (y allí comprendemos la trascendencia de dicho desarrollo, como lo decíamos hace algunos párrafos).

    Se inaugura a continuación un nuevo tramo del recorrido donde las diferentes versiones de los cuatro discursos derivan hacia la aparición de ese significante singular que dará pie a la formulación del sinthome. Para proseguir, se hace necesaria la diferenciación entre el significante ordenado en par y el hay de lo uno: el criterio de orden no solo nos permite entender qué significante antecede a cuál –o lo que es lo mismo, cuál predica sobre cuál– sino que, además, permite diferenciar aquel significante –para el caso, “el hay de lo uno”– que se recorta de la cadena, ajeno a cualquier predicación porque, básicamente, no es un significante para Otro.

    Todo esto nos conduce a nuevas consideraciones acerca de la noción de letra, que no es sin el abordaje de lalangue, concepto del cual nos es ofrecida una tan exquisita como clara definición.

    Una fuerte afirmación le viene muy bien al estilo del autor: en su discurrir no hay último ni primer Lacan. Hay, sí, un devenir de ideas que se entrelazan, deslazan y deslizan, de conceptos que danzan una danza que no es bolero ni marcha. Alberto Franco encuentra y transmite un ritmo singular de pensamiento que, acompasado en su clínica, da cuenta de una “verdadera” praxis lacaniana, haciendo de lo “variado” en su decir, enseñanza.

    Sobre el final, nos queda muy claro que “le” y “nos” queda, afortunadamente, mucho por decir; un desenlace a la espera de reanudación. Nuestra experiencia diaria como psicoanalistas.

  • Para una arqueología de la argumentación psicoanalítica: El advenimiento de la ficción como construcción del otro

    Reseña del libro de Jorge Baños Orellana: La novela de Lacan. De neuropsiquiatra a psicoanalista, Ed. El cuenco de plata, Buenos Aires, 2013

    La novela de Lacan… nos presenta, ya desde su cubierta misma, una novedad. Un Jacques Lacan joven nos mira desde un encuadre ligeramente descentrado, quizás anticipando la perspectiva que se desplegará a lo largo del texto. El enigma que nos conmina a la lectura es conciso y podría enunciarse así: ¿quién era realmente ese joven psiquiatra que posa con delantal blanco? ¿De qué modo, y a partir de qué hechos, fue a dar con el psicoanálisis? ¿Se trató de una crisis personal? ¿Fue, en cambio, el producto de una experiencia estética afín a las vanguardias?, ¿el efecto luminoso de su encuentro con la locura?, ¿el capricho de un joven burgués que concedió crédito al inconsciente por seguir la moda?

     

    ¿Novela, ensayo o biografía?

    El nuevo libro de Jorge Baños Orellana es un ejemplar curioso, rara avis. Su escritura quiebra, al mismo tiempo, dos compartimentos estancos. El primero afecta al reino de las encerronas lógicas, de los campos donde dominan las disyunciones excluyentes: ¿es una novela? ¿Es un ensayo? O acaso… ¿una biografía? El segundo, más complejo y difícil de resolver, complicará seguramente el destino de los libreros vernáculos: ¿es literatura?, ¿es psicoanálisis? ¿Habrá –casi ni me atrevo a proponerlo– que animarse a inaugurar el anaquel de novela psicoanalítica o el de psicoanálisis novelado? Ernest Hemingway escribe, en el prefacio de París era una fiesta: “Si el lector lo prefiere, puede considerar este libro como una obra de ficción. Siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción deje caer alguna luz sobre las cosas que antes fueron narradas como hechos”. Ese es el epígrafe que preside La novela de Perón. Pero las cosas no toman centralmente esa dirección en La novela de Lacan…, a pesar de la homología que podrían sugerir ambos títulos. ¿Qué lugar darle a la historia y, por ende, a la supuesta “realidad” de lo sucedido? La novela de Lacan…, ¿es una novela sobre Lacan? ¿Es, como La novela de Perón, una novela histórica, que propone sacar a luz algunos aspectos centrales de un personaje, haciendo una nueva estatua, una epopeya alternativa?

    Tengo la impresión, y quisiera compartirla con los lectores, de que La novela de Lacan no está instalada en el mismo plano que ese presunto antecedente. La disyunción entre ficción y no ficción no se propone como una línea demarcatoria central, aunque los hechos históricos se construyan delicadamente y con precisa cronología. Si lo real está radicalmente perdido, antes que pretender conocerlo se diría que Baños Orellana procura cernirlo por aproximaciones, reconstrucciones siempre parciales y nunca intimidatorias. La ficción es aquí no solo un modo de abordar lo real sino también una manera de situarlo como enigma: ¿cómo fue ese misterioso tránsito que condujo a Lacan de la neuropsiquiatría al psiconálisis?

    La Bildungsroman de Lacan, como la llama –no sin cierta ironía– su autor, rodea un punto central que hace a la formación de todo analista y es cómo se adquiere la convicción, la creencia en la existencia del inconsciente y sus efectos para un sujeto. Ese punto no será jamás aclarado sino que, al contrario, será problematizado, puesto en tensión, adivinado al trasluz para que cada lector pueda formar su propia conjetura. No se trata de que se muestre a un Lacan cayendo en cuclillas ante el altar del inconsciente sino de le presentación de sucesivos indicios que nos invitan a inferir las posibles epifanías de ese descubrimiento. Pueden ser los de una charla con un amigo (charla aparentemente casual pero respaldada por una rigurosa documentación histórica), o los de una visión panorámica de las discusiones médicas que dieron pie a sus primeros trabajos monográficos, o los de testimonios de quienes lo conocieron de cerca (me adelanto a señalar el de las cartas de nuestra compatriota Victoria Ocampo, que liberan, entre otras infidencias femeninas, el retrato íntimo de “una energía desaforada que lo devora a Jacques física y mentalmente”).

    Se trata de una novela de formación que muestra a un Lacan que, además de formarse, muta (y probablemente también se deforma, respecto del “buen psiquiatra” que se esperaba de él, y que en parte ya era). No en vano el epígrafe que preside La novela de Lacan… no apela al aprendizaje, a la peregrinación y al perfeccionamiento (aunque también los incluya), sino a Las metamorfosis de Ovidio: “El espíritu me empuja a hablar de cómo mutan los cuerpos a formas nuevas. ¡Oh, dioses!, siendo vosotros los que los habéis transformado, inspirad mi tarea”. Así la tarea del narrador asume un desafío mayor: construir una voz que se mueva cómodamente entre el ensayo y la novela, sin dejar de lado la discusión con las biografías ya consagradas que está supuesta en cada página. Si en la novelística argentina estas mixturas de género son fundacionales (empezando por el consagrado y vituperado Facundo, texto mestizo y definitivo en esta materia), en el psicoanálisis argentino raramente hubo esa plasticidad estética que apuesta de manera directa a un mestizaje entre ensayo y ficción (aunque sí, desde luego, el pasaje de importantes analistas al plano neto de la ficción literaria en temas no psicoanalíticos).

     

    Reconstruir la vitalidad de las voces del pasado

    Es un mérito de este libro su escritura precisa y sin concesiones a la banalización del psicoanálisis. Construir la complejidad de un interlocutor, antes que vencerlo; los motivos en que se funda cada posición, antes que resolver sus diferencias, he aquí el secreto despliegue de esta novela. Acostumbrados a conocer cómo se resolvió una discusión, corremos el riesgo de desconocer las tensiones que la fueron generando, las minuciosas argumentaciones que admiten una u otra razón. Que el psicoanálisis pueda dar cuenta de la causación psíquica del delirio no implica que haya podido resolverlo, ni que los debates que hace muy poco se generaron contra el DSMV no hayan revivido muchas de las ideas que se suponían “superadas”. Si no faltan quienes reniegan de lo anatómico, pretendiendo asimilar lo biológico a un imaginario maleable, y de la neuropsiquiatría, rebajándola a un antedecente necio del psicoanálisis, entonces son importantes las argumentaciones que, como la de La novela de Lacan…, construyen el discurso psiquiátrico dando pruebas de su interlocución valiosa y no siempre antinómica con nuestra práctica. Este modo de darle la palabra al otro es freudiano, pero también, novelístico por antonomasia.

    Un sentido del humor infrecuente instala estas imágenes de un modo que, como en la gran comedia, nada humano termina por resultar ajeno. Este libro da vida allí, en las fisuras, en los hiatos, a lo que las historias oficiales, divulgadas por algunos biógrafos y sus repetidores, suelen silenciar, reduciendo los años de formación a unos pocos párrafos que nunca cuentan, como diría Fernando Pessoa en su Poema en línea recta, no una infamia sino una cobardía, un pequeño acto ridículo que separe el objeto del ideal: “¿Dónde hay gente en este mundo?”. Una Bildungsroman de Lacan, leemos en la página 297, “[…] no debería desatender lo que la mariposa recibió de la larva, aunque sin descuidar lo que el hecho de volar añade y transmuta de lo que la memoria preserva”.

     

    Lo real, lo jovial, lo oficial

    Allí donde un real primaba, una construcción, una ficción puede advenir… siempre que no tenga la pretensión de cubrir ese mismo real con un epos sin resto. En mi opinión, este axioma es el eje gravitacional, la prudencia que mantiene en pie la apuesta, en otros aspectos tan inusitada, de La novela de Lacan… El tránsito entre la neuropsiquiatría y el psicoanálisis se mostrará en fugitivos trayectos, ficciones mínimas, una conversación de Lacan con Victoria Ocampo a la vuelta de una función teatral de una obra de Cocteau, una caminata que cruza un puente decisivo o un tecito De Clérambault con Albert Brousseau, departiendo sobre la posibilidad de que se articulen el automatismo mental y la erotomanía. La psiquiatría deja de ser un momento “oscuro” de la formación del joven Lacan, algo puesto de costado en el epos psicoanalítico, para ser una de las vías que, en sus hallazgos y en sus puntos de fracaso, contribuyó al descubrimiento del inconsciente. También las vanguardias, particularmente la surrealista, recuperan su capacidad de innovación y su potencia transformadora como interlocutores princeps para retomar la cuestión del objeto y sus vicisitudes, una pieza central de la construcción lacaniana. Asimismo, la figura del joven Lacan se va despejando desde diversas perpectivas, pero sin llegar nunca a encuadrarlo desde abajo, desde el ángulo en contrapicado que el cine reserva a los primeros planos de los próceres. La cámara no apunta a construir un nuevo héroe de cartón piedra, que avanza imperturbable haciendo caer, con sus verdades, a los psiquiatras ni a los surrealistas –los dos grandes interlocutores del libro. Antes que el disenso, se despliegan las líneas de tensión, las complejidades que van componiendo la argumentación con sus propias nervaduras. No se trata de la historia de los vencedores, ni de la historia de los vencidos. No hay aquí el fantasma de una superación límpida, sin resto. No hay momentos consagratorios del Lacan exitoso. Las pasiones se enlazan a las ideas como nuevas pasiones. “Las verdades a las que tiene sentido atarse, afirma el Lacan conjeturado, deben ser complejas, esquivas, joviales”. Esta frase cifra, en mi opinión, lo que está en juego.

    Las microhistorias horadan la “historia oficial”, dando vida a un Lacan inmerso en las discusiones de su época, y sirven para reconstruir horizontes epistémicos y literales hoy caducos. ¿Para qué tantos diálogos novelados si no es para recrear de la manera más vívida los contextos de interlocución de los tiempos del joven Lacan, los debates dominantes y sobreentendidos en aquel entonces, pero hoy olvidados y difíciles de adivinar? Por humanizarse, el psicoanálisis recupera imágenes, anécdotas, problemas. Las ranas galvanizadas, los frijoles mágicos, la placa giratoria (le pont tournant), hay una insistencia en lo figurativo que no es casualidad. Se trata de restituirle al psicoanálisis lacaniano aquello que cierto modo de abordarlo ha intentado quitarle: el contexto de los descubrimientos, las fuentes, las discusiones y las imágenes que proyectan en el horizonte la época de algunos hallazgos. Una pieza clave que apoya esta argumentación es el ejemplo ofrecido en el prólogo: el de un fragmento del seminario sobre la angustia en el que Lacan comenta detalles del dibujo que hace de una hembra ornitorrinco y su cría. Al respecto, Baños Orellana destaca que en ninguna de las versiones conocidas de esa sesión aparece el dibujo del maestro y que la versión oficial se atreve, además, a reemplazar la omisión pegando, en su lugar, un matema que nunca habría figurado en la pizarra del seminario (por más que sea en sí mismo correcto).

    Desandar la depuración teórica, la expurgación de las imágenes y de las anécdotas: esa es la tarea de lectura que emprende este libro y que define su poética.

     

    El álbum de paradigmas de una cultura material olvidada

    Por eso, al frondoso anecdotario novelesco se añaden nada menos que cuarenta y siete imágenes (de fotografías de archivos, collages, tipologías arquitectónicas, pinturas no divulgadas de la colección privada de Lacan, estampas botánicas, etc.) que el lector deberá escudriñar con detenimiento, porque aunque se emplazan en el lugar preciso, no son ilustraciones que redundan lo escrito o que traen su enigma resuelto con leyendas aclaratorias. Y a ese juego iconográfico se le suman guiños de las novelas de antaño: los capítulos aparecen separados por páginas negras con extensos subtítulos anticipatorios, los subcapítulos están divididos por un capricho caligráfico que asoma, como un leitmotiv, desde la tapa. La novela de Lacan… es una novela ilustrada, por no llamarla, quizá con mayor propiedad, diseñada. ¿No es lícito que encontremos aquí un homenaje al planteo gráfico de la novela Nadja, repleto de fotografías, y a los atlas de Aby Warburg, de cuya internación psiquiátrica se habla largamente en el libro? Pero incluso con su misterio, las imágenes viene a traer legibilidad, a familiarizar los ojos del lector con artefactos, sitios y costumbres del cotidiano del joven Lacan, que el paso de un siglo desvaneció o, peor, recatalogó con valores muy diferentes. Así, la novela procura evitarnos lecturas anacrónicas de los textos iniciales de Lacan, abriendo el desván de las antiguallas que estos adoptaron como paradigmas.

    Si el psicoanálisis encontró su enunciación alternando entre diferentes géneros (relatos autobiográficos, casos y testimonios, por un lado; artículos y teoría, por el otro), solo la apropiación que hizo de él el discurso universitario pudo hacer que la ficción gozara de menos prestigio que sus parientes “aparentemente” más serios: la teoría, el artículo, el ensayo. Instalar una novela en el centro de la discusión sobre de qué modo la “tijera podadora del racionalismo” elimina las ambigüedades, los cambios de puntos de vista, los giros discursivos de Lacan, es aceptar que el psicoanálisis solo respira cuando se deja interrogar por diferentes discursos.

    Descompletar cualquier totalidad imaginaria, cualquier infatuación maniqueísta, cualquier parodia cientificista es de vital importancia para una disciplina que, por su valor innovador (peste gnoseológica), agonizaría de quedar encerrada en una estatua o en un discurso universitario y “bienpensante”. No se trata simplemente de desmitificar. No se trata de una rareza ni de una finura. Tampoco de una excentricidad. La antes mencionada caminata de Lacan coloca una construcción y por ello mismo hace ver un agujero allí donde el relato consagrado pretende taponar, alisar la hondonada con un jardín a la francesa. Prosiguiendo ese camino, nos detenemos con gusto en los sueños del Barón de Haussmann, que “[…] traza calles nuevas a cualquier altura de una manzana con tal de abrirle una perspectiva al frontispicio de una iglesia o de un monumento situado a mitad de cuadra”. Aquí se desliza una mirada furtiva, instalando una línea de significación a la que se vuelve todo a lo largo de la novela y que constituye parte de su estructura oculta, una crítica a las perspectivas centrales que monumentalizan o erigen estatuas. Una cita de Benjamin trae ecos del Libro de los pasajes: “En la haussmannización de París, la fantasmagoría se hizo piedra”.

     

    De las otras novelas de Lacan

    Así, en este sentido, se puede decir que La novela de Lacan… es una reescritura de las novelas que se cuentan de Lacan. Un deshacer el héroe de frases hechas que a veces se eleva en virtud de cierta perspectiva finalista, que muestra solo los aciertos y su estado más logrado, descartando los caminos sin salida, los puntos muertos que se destacan en cualquier investigación. Restituir los años de la psiquiatría va a contragolpe de ciertas ideologizaciones reductoras que suelen recordar cuando les habló a los psiquiatras y les hizo algún chiste, tratándolos de sordos, en detrimento de los muchos años en los que Lacan se formó en esas huestes. Por eso, la reconstrucción de las discusiones en torno del automatismo mental, los diferentes modos en que el surrealismo y la psiquiatría abordan la escritura automática, nos sirven para leer lo que se debate en torno de estos conceptos, de qué modo la idea de déficit incide en la novedad que trae Lacan para el tratamiento de las psicosis.

    Para avanzar en la lectura de la obra de Lacan y no ceder a la tentación de imitarlo, quizás sea necesario ir en contra de cierto facilismo, a veces alarmante, con el que se pretenden despachar algunas de las fuentes con las que dialoga ese autor, recurriendo a ciertas frases irónicas –seguramente, dichas en el marco del seminario–, pero que, desprendidas de su contexto, se repiten como moneda de cuño gastado para taponar o dar el gong fatal que cierra la discusión. Darle el carácter de última palabra a alguno de sus dichos bajo la pretensión de concluir la cuestión, es una práctica tan asidua como profundamente antilacaniana. Que no se hable más de aquello que no existe (como si la forclusión se pudiera asimilar tan sencillamente a la no existencia). Así las cosas, no faltan quienes cometen un uso peyorativo del término psiquiátrico o quienes creen que, porque el psicoanálisis no se dedica a la escritura automática propuesta por los surrealistas, ya no es preciso interrogar sus hallazgos estéticos o interesarse por su modo de abordar la escritura y de construir metáforas. Tampoco quienes se arrojan contra toda filosofía, como si semejante disputa pudiera consolidarse más allá de quien la enuncia y se siente en condiciones de dar semejante batalla. O, por último, declarar con tono altisonante que toda historización es histerización ante una audiencia que, despojada del contexto en que eso puede ser dicho y de los sentidos que anuda, puede festejar una especie de bravuconada fatal contra toda la historia. Existe un “Resumen Lerú de Lacan” que no ayuda a tener lazos con otros discursos y nos deja, en gran parte, aislados, repitiendo humoradas que, despojadas de su contexto y del tono que un autor reconocido como Lacan podía permitirse, suenan anacrónicas cuando no ofensivas.

    Por todo lo dicho, entiendo que La novela de Lacan es un libro necesario. Siguiendo las enseñanzas de Freud en Psicoanálisis laico, se dedica a reconstruir a distintos otros con los que el discurso analítico ha dialogado en su constitución y que, sin ser enemigos del psicoanálisis, tampoco son asimilables, puesto que marcan diferencias lógicas, no siempre compatibles: “¿Eran comparables las patas de los pollitos escarbando gusanos y las manos de los lactantes neoyorquinos escarbando los adverbios, preposiciones y pronombres de la lengua inglesa?”. Charlotte Bühler lleva las de perder en esta discusión imaginaria con Jacques Lacan sobre la prematuración neurológica humana.

    Hay una fina ironía que recorre la obra de Baños Orellana con una pluma elegante y tan filosa como la hoja de un bisturí. Desde esas primeras imágenes que, en El escritorio de Lacan, nos hacen ver a un analista que mira los nudos como el mapa de la isla del tesoro, o en El idioma de los lacanianos eleva la ignorancia ramplona a los aditamentos vanguardistas del kitsch, hasta la tijera podadora de los racionalistas que emparejan el bosque lacaniano en un jardincito “a la francesa”, estas imágenes continuarán trabajando como un antídoto contra las idealizaciones y las limpiezas teóricas de la abstracción. Su eficacia nos permite entrever, acaso vislumbrar, algunos de los riesgos a los que se enfrenta el psicoanálisis. Esas ficciones sirven para horadar el ideal haciendo ver las impurezas de las que está formado el objeto.

    El psicoanálisis, con su teoría del resto y del objeto a, no podría presentarse como una ascesis al conocimiento verdadero sin pagar un costo muy alto. Si hablar del tropiezo es algo más que un elegante juego de palabras, ubicarlo en la formación de la teoría analítica, restituir el contexto de esos hallazgos, es estar advertidos de que, como dijo Lacan, los no incautos yerran.

  • Los tiempos del duelo

    Reseña del libro de Adriana Bauab: Los tiempos del duelo, Letra Viva Editorial, Buenos Aires, 2012

    Este es un libro sobre los “avatares de la pérdida”. Define desde el comienzo al duelo en relación con el recorrido a través de los tiempos lógicos necesarios.

    Es interesante cómo articula la intuición freudiana y sus fundamentos con lo que luego retoma Lacan.

    Se lee entrelíneas una relación con el inconsciente que enriquece el texto escrito y que es marca de un trabajo de discurso y no de “teoría”, que estaría más del lado de la ciencia que del psicoanálisis.

    Entre los temas voy a elegir algunos para destacar: el duelo, término de diferentes acepciones, se refiere por un lado al dolor por una pérdida, y por otro lado, a un trabajo respecto de la falta, un trabajo de redistribución de goce elevado a la categoría de la falta. Otra cuestión es la función simbólica y el valor ético del duelo, la diferenciación entre el trabajo de duelo y la función del mismo.

    Quiero destacar el capítulo sobre las fórmulas de la sexuación, donde son muy interesantes sus conceptos sobre lo femenino, la sexuación y la histeria: “En las fórmulas de la sexuación podemos leer los modos de relacionarse con el goce para quien se diga varón o mujer, acorde con una modalidad que expresa que no hay relación sexual, ya que entre el hombre y la mujer, como afirma el fundador del psicoanálisis, «hay consecuencias… de las diferencias…». Diferencias que trascienden lo real de lo anatómico sexual para advenir diferencias a veces tenues y otras relevantes en todos los planos de sus manifestaciones”.

    En este tramo del libro encontramos conclusiones sobre lo femenino en el hombre o en la mujer que articulan las operaciones de alienación y separación con la constitución de la identidad sexuada.

    También es muy interesante la investigación sobre Bertha Pappenheim y la articulación entre la histeria y lo femenino, y muy en relación con el inconsciente, el lugar de las histéricas en su descubrimiento y el invento del psicoanálisis.

    “Bertha Pappenheim, tanto en su historial clínico de histeria conversiva como en su historia biográfica, en la que se convierte en fundadora y pionera de los movimientos de asistencia social ofrece un texto apropiado para situar algunas cuestiones sobre el discurso de las histéricas en relación con la subjetividad de la época y su estrecha relación con la vía creativa de la femineidad”.

    Concluye esta parte con una afirmación: el duelo es también el duelo por el otro sexo.

    El libro tiene sólidas bases en los conceptos del psicoanálisis y su discurso. Así va recorriendo temas y algunos ejemplos clínicos y literarios.

    Destaco ahora las articulaciones del duelo por el padre y por el cuerpo. La autora desccribe muy bien en un tramo de su recorrido: “Las construcciones teóricas del objeto a y del nudo borromeo nos permiten tratar el concepto de duelo inserto en la especificidad de una clínica llamada lacaniana. ¿De qué duelo se trata en el recorrido de un análisis? Sin duda de uno fundamental, el de alcanzar las fronteras más inaccesibles de la castración, pero sin soslayar, o mejor aún, atravesando los otros duelos. Duelo por el objeto amoroso ausente, duelo por el otro sexo, duelo por el asesinato del padre, duelo por la lozanía del cuerpo, duelo por lo que no fue. Algunos lo cursan con dolor, desgarradura que lastima el cuerpo”.

    De los tramos siguientes resalto: Los duelos y el límite de la estructura”, los ejemplos clínicos y las reflexiones sobre las depresiones.

    En el duelo por la polis” se ocupa de temas en relación con la función simbólica de los ritos y adjunta algunos textos de otros autores (I. Lewkowicz, Stella Maris Rivadero) sobre el olvido.

    Dejo ahora al lector sus opiniones sobre este libro de lectura necesaria para trabajar el tema de los duelos.

  • ¿Qué es la realidad? El psicoanálisis, la ciencia y la política

    Este bello y extraordinario, por lo interesante –pleno de suspenso–, nuevo libro de Ediciones Kliné, es el resultado de muchos años de trabajo bajo la pregunta que convocó a fundar la FCL.

    ¿Porqué no hablar de campo lacaniano?, pregunta desarrollada por Anabel Salafia y Norberto Ferreyra en 1991. Un extracto del texto es el que encontramos en la solapa del libro.

    Campo del goce: campo lacaniano son los significantes bajo los que se desarrolló el trabajo.

    El grupo del seminario que dio lugar al libro está trabajando desde hace muchos meses para llegar a precisar la pregunta y su propia imposibilidad. Esto conduce a desplegarla y complejizarla, a hablar.

    (Alicia Álvarez, Osvaldo Arribas, Verónica Cohen, Clelia Conde, Norberto Ferreyra, Héctor Franch, Marta Nardi, Gustavo Pita, Alicia Russ, Anabel Salafia, Noemí Sirota).

    En El atolondradicho o El distradicho, Lacan dice que el modo de ex-sistir del inconsciente es interrogarse para reproducir la pregunta.

    ¿Qué es la realidad?

    Una interrogación lleva a nuevas preguntas que a su vez llevan a nuevas lecturas, otros autores, y así se van desplegando diferentes orientaciones para la pregunta que resultó en este libro y que no interroga lo mismo en el psicoanálisis que en la ciencia o la política.

    Se partió de algunas convicciones:

    Ciencia y psicoanálisis se implican. El sujeto es forcluido para que la ciencia pueda operar.

    La relación con la ciencia es una relación “amistosa”, y no se la confunde con la tecnocracia.

    En el comienzo mismo del libro, Anabel Salafia dice: “Si nos referimos a la ciencia, como sabemos, el término «realidad» remite inmediatamente a la física, a la physis. La realidad es la physis y la physis es la naturaleza, esto si nos remitimos a los griegos. Veremos que, a partir de lo que se llama la modernidad, la física empieza a distinguirse bastante rápidamente de la naturaleza. Se constituye en un discurso, «el discurso admisible» en lo que se llama ciencia”.

    En cuanto a la política, se afirma que es la manipulación de los cuerpos como cuerpos hablantes la que conduce a la reproducción de los mismos y a su productividad, que implica un tratamiento donde se ignora al sujeto. Ya no son necesarios los hornos para eliminar a “los otros”, el enemigo. Basta con acallarlos, enmudecerlos, lo cual no deja de ser alguna clase de muerte.

    Hay otra política, la del síntoma. La introduce el psicoanálisis a partir de la regla fundamental que funda el discurso e introduce al sujeto en el orden del deseo. Que el sujeto hable, eso es política.

    Ahora, ¿es el real de la política o la realidad de la política?

    La pregunta del comienzo se va complejizando. Cada desarrollo lleva a otros autores, sin perder el eje: la aproximación a lo real, merodear lo real en psicoanálisis, dice Lacan.

    Dice Anabel Salafia, siguiendo el eje de la orientación misma de la FCL: “La política, si se la quiere abordar desde el psicoanálisis, debe tener como punto de partida la consideración de que todo discurso es del goce. Esta aseveración de Lacan, que se encuentra en el Seminario XVII: El envés del psicoanálisis, obre el lugar que tiene el psicoanálisis en lo político remite a que: «Solo es factible entrometerse en lo político si se reconoce que no hay discurso, y no solo analítico, que no sea del goce, al menos cuando de él se espera el trabajo de la verdad»”.

    En el comienzo, Osvaldo Arribas nos interroga:

    ¿Cuál es la relación entre verdad y lo real en la política si esa relación metaforiza el incesto?

    ¿Cuál es la realidad que nos revela la física actual? ¿De qué manera juega la política en el capitalismo?

    ¿Cuál es el color de la realidad?

    Afirma que la transferencia y el deseo del analista en el análisis siguen siendo, y seguirán siendo, el motor del análisis, no la especulación científica.

    Intensas reuniones, aunque no por eso menos divertidas, llevaron a un camino de apertura a partir de los físicos contemporáneos: Luminet, Brian Greene, Schrödinger y otros, apasionados con sus teorías y descubrimientos condujeron a preguntas sobre la relatividad general, la física cuántica, la teoría de cuerdas. La pregunta insiste, pero no interroga lo mismo. La representación de la realidad no solo es diferente en el psicoanálisis, la política y la ciencia, sino que también se trata, por ejemplo, de diferentes representaciones en la física clásica, en la física de Einstein o en la actual, lo mismo para los filósofos políticos.

    Algo está muy claro: el psicoanálisis, y en particular en este trabajo con la ciencia y la política, es una conquista sobre lo real.

    No voy a desarrollar presentación por presentación, sino algunas de sus preguntas y cuestiones para orientarnos hacia donde llevan o Descartes, Pascal, o la lógica de Port Royal.

    Le Gaufey lleva a Hobbes, fundador de la filosofía política y de la formulación “persona ficticia”, y al Leviatán. Leo Strauss a Maquiavelo y Nietzsche. Hobbes, a su vez, a Rousseau y su afirmación opuesta a él.

    Donde Hobbes ubica la moral y la política, Freud inventa el psicoanálisis, la infinitud del deseo, el odio al semejante.

    Si Newton “fue” cuando llegó Einstein, los nuevos descubrimientos hacen de Einstein un nuevo Newton.

    El universo sigue buscando su geometría.

    Cuál es nuestra física, nos preguntamos.

    Avancemos.

    La política es asunto de los cuerpos hablantes. Hablar ya es política, afirmamos.

    En estas vueltas se pensó el orden político y la trascendencia de los derechos del hombre. Esto aparece en primer plano con los fenómenos revolucionarios y contrarrevolucionarios del siglo XVIII.

    Se abre el futuro.

    No hay Otro del Otro que haga existir al Otro fundante. Aunque la búsqueda a veces sea desesperada, no hay absoluto fundante: no hay Otro del Otro, ni dios, ni el Estado, el padre o el analista. No hay garantía.

    Dice Salafia: el sujeto se diferencia de subjetividad, la subjetivación es solo una forma del sujeto.

    Norberto Ferreyra parte, anteriormente, de la pregunta “¿dónde estamos?”, la que nos ubica en un contexto espacio-temporal, que es otra operación que la de una pregunta ontológica. Se trata de la ubicación de y en la transferencia, de la posibilidad del acto.

    No quiero dejar de decir una conclusión de principio que afirma Ferreyra: “La ciencia no trata de saber todo, sino lo máximo, que difiere del todo”.

    Y Alicia Russ concluye su presentación con la pregunta: “¿Qué lugar tiene el sujeto, la singularidad en la política?

    A partir de allí, en nuestra reunión de trabajo surge la siguiente interrogación: “¿En qué somos empiristas los psicoanalistas?”.

    La pregunta partió de Descartes y El discurso del método: ¿racionalistas o empiristas? Ambos: racionalistas de una nueva razón, y cada vez que decimos “experiencia” somos empiristas. En septiembre, los autores responden:

    Norberto Ferreyra: “Para concluir les dejo una última pregunta: ¿nosotros, como psicoanalistas, somos o no empiristas? Yo no podría contestarla, pero sí puedo decir que en el acto analítico hay algo equivalente al cálculo de medir, no por el cálculo en sí, porque este se produce más allá de la voluntad de las personas que están ahí, en ese momento, sino por la particularidad del dispositivo analítico –esa asimetría que durante el trabajo se tiene que mantener. Y ese trabajo es con una única materialidad, la del significante, tanto en el sentido de lo imposible, lo ideal y lo posible, una materialidad que proviene de algo que es común a uno y a otro, la lalangue, donde está el cuerpo, el cuerpo de lalangue, no de la lengua. Es en medio de esa materialidad en que se mueve el significante que se produce el acto analítico. Es decir, si hubiera algo empirista estaría en relación con ese material significante”.

    Ursula Kirsch responde así a la pregunta: “Y, en cuanto a la pregunta: ¿en qué somos empiristas los psicoanalistas?, quisiera volver sobre el hecho de que los empiristas no develan lo que en Descartes queda reprimido, sino que aplican el método cartesiano a lo extenso sin el resguardo de la garantía de la verdad divina. Cuestionan la envoltura de un garante simbólico, y por esto parecen dejar al sujeto más al borde de lo real. Eso que está ahí, donde el cuerpo del sujeto vive, hay que conquistarlo. El sujeto no domina aquello que lo afecta, tiene que aprender, construir, conquistar.

    Lo que los empiristas aportan respecto de la cuestión del objeto, no es tanto el conocimiento acerca de este objeto. En esto los empiristas son más bien cartesianos. Si para Descartes el objeto está compuesto por naturalezas simples, para Hume lo está de estímulos puros que luego quedan asociados en la mente. A mi entender, lo que los empiristas aportan respecto de la cuestión del objeto es que impresiona, afecta”.

    En este punto hay una conclusión interesante con la que Gustavo Pita termina su desarrollo. Dice que a él le interesaba resaltar de Hobbes “su idea acerca de que es bueno que cada uno pueda formular su propio bien común para realizar el propio deseo”.

    En la reunión siguiente, Osvaldo Arribas se pregunta por qué nos puede interesar Maquiavelo. Tanto Arribas como Clelia Conde responden introduciendo El príncipe y la articulación entre el bien y el mal.

    Ya cerrando el año, Alicia Álvarez presenta un polémico trabajo con la pregunta: “¿Se puede gobernar?”.

    Gustavo Pita, con la solidez de siempre, desarrolla a Rousseau, El contrato social y el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres.

    ¿Cuál es la estofa de nuestra realidad?

    Pienso, para concluir, que este trabajo tiene posiciones firmes (y de vanguardia) respecto de la política del psicoanálisis y la responsabilidad actual de los analistas y del psicoanálisis en sus relaciones con la política y la ciencia.

  • Sobre niños y púberes

    Reseña del libro de Liliana Donzis: Niños y púberes. La dirección de la cura, Lugar Editorial, Buenos Aires, 2013.

    Damos la bienvenida a este libro, un rico aporte para pensar la dirección de la cura analítica en niños y púberes. Como bien lo señala el título, hay diferencias insoslayables que caracterizan a unos y a otros y que son indispensables tener en cuenta a la hora de iniciar un análisis.

    La autora, Liliana Donzis, vuelca en sus páginas la pregunta y las hipótesis sobre cómo las operaciones en el análisis apuestan a la emergencia del sujeto, siendo este último el objeto del psicoanálisis. El objeto del psicoanálisis es el sujeto. El libro abre con estas palabras: “Un psicoanálisis es el camino que construye cada analizante. Viator, viajero que entre la vida y la muerte constituye su estructura de parlȇtre –hablanteser– en transferencia. El sujeto traza la ruta de su renovada emergencia, cada vez, también en la instantaneidad del acto analítico en la que está implicado”.

    Desde el inicio, toma una posición ética respecto del malestar en la cultura, al que frecuentemente, con etiquetas diagnósticas y con la rápida medicalización, se intenta taponar y silenciar. En la cultura actual, ese malestar no es ajeno a las preguntas que se formulan a los analistas en la consulta, ante los denominados problemas de atención, aprendizaje, hiperactividad, autismo, Asperger y sus variantes.

    En esta dirección, sostiene la autora que los diagnósticos centrados en la sumatoria de signos no tienen en cuenta la singularidad del niño y su familia, quedando expuestos a la sobremedicación, muchas veces innecesaria. Y que al mismo tiempo, así se sofoca la chance de viabilizar, entre cuerpo y lenguaje, las vicisitudes de la organización pulsional, situación que va en detrimento de una verdadera y posible transformación del sufrimiento que está en juego.

    Es interesante la perspectiva que aborda la posibilidad de sostener un análisis en la infancia, cuando aún son incipientes las articulaciones del inconsciente con la sexualidad, es decir, lo que traza los trayectos y fijaciones de la pulsión.

    Hay una preocupación permanente de la autora por desentrañar cómo el drama edípico y la novela familiar operaron en los tiempos instituyentes, tiempos de constitución de la estructura; también por abordar la correlación entre la temporalidad y la manifestación de la estructura como acto de decir en un análisis. Pregunta que se reactualiza hacia el final, cuando se interroga si hay subjetivación de la estructura, remarcando el salto que da el psicoanálisis respecto de otras disciplinas que abrevaron en el estructuralismo. Lacan no estaba interesado, como los lingüistas,   en el lenguaje en tanto estructura, sino en el sujeto del inconciente. Por eso, Donzis señala que es a partir de sus desarrollos sobre el goce que Lacan nos invita a resituar la estructura en relación con lalangue, y no solo con un sistema vinculado a la lingüística estructural.

    En sus capítulos, la experiencia de la autora con niños y púberes es abordada a través de diversos temas medulares que permiten reflexionar sobre esta clínica. Ellos son:

    –Los nuevos aportes sobre el juego.

    –El niño y sus padres.

    –Clínica de la pulsión en la niñez.

    –El campo del sentido y sus problemas.

    –Cuerpo. Síntoma. Goces.

    –Algo sobre la estructura.

    Desde la perspectiva psicoanalítica, el lector va a encontrar un desarrollo acerca de la hiperactividad como respuesta y manifestación clínica de la pulsión; un abordaje sobre el denominado trastorno de Asperger, desentrañado desde el campo de la inhibición y el sentido, y de otros padecimientos de la infancia que conciernen al déficit en la constitución de la imagen y la consistencia del cuerpo.

    En el abanico que se abre entre síntoma, cuerpo y goces, el libro avanza desde el fantasma materno y sus consecuencias en la clínica con pacientes graves, a aquellos en los que reina la respuesta del sujeto. Pone a cielo abierto los hechos de lenguaje, el juego y el dibujo como soportes materiales de las asociaciones del niño.

    Finalizaremos con estas palabras de la autora: “El niño está hecho para tejer su nudo y el analista tiene la ocasión de dar testimonio de un paso, pasaje, de saber en lo real”.

  • Presentación del libro: El hilo en el laberinto

    Presentación del libro

    El hilo en el laberinto. Lectura del Seminario La angustia y sus referencias, Verónica Cohen y otros, Ediciones Oscar Masotta, Kliné, Buenos Aires, 2012.

     

    “Lo que distingue el laberinto […] es la combinación de callejones sin salida y bifurcaciones, donde el viajero debe elegir constantemente su camino entre las numerosas opciones que se le presentan: el obstáculo será creado por nuestra elección y no por el destino”. Brion

     

    Con Verónica Cohen compartimos lo textil de una praxis que nos incita a trenzar letras para ponerlas a circular, y la trama textual de la que hablo implica un valor de tiempo: el de la lectura, que comporta historicidad, y el de la escritura, que solo se sostiene por estar presente en el presente. Por lo cual, depende del lector quebrar el principio de parsimonia propio del libro para hacerlo funcionar. Y aquí estoy entonces…

    Digo textil porque a mi entender, este libro –texto establecido a partir de las clases de un seminario “orientado para psicoanalistas”, dictado y coordinado por la autora en la Escuela Freudiana de la Argentina– está hecho de nudos que no dicen sino de los agujeros que habilitan cierta aireación crítica en la/s lectura/s de las diferentes posiciones analíticas a las que hace referencia: Freud, Lacan, Klein, posfreudianos, lacanianos, así como a poetas, filósofos, pintores, literatos, tanto como recortes clínicos de su propia cosecha, caídos del diván de la analista, fragmentos de relatos que su escucha hace apólogos y que en ocasiones diversas los encuentra en esa relación cotidiana y singular con lo inconsciente.

    Se evidencia en esta publicación el cuidado por no distanciarse más de lo necesario del rango coloquial fundante de la misma, habida cuenta del objetivo –digo por lo que leo– de preservar las condiciones originales de su enunciación: una conversación sostenida con comentarios, preguntas y respuestas de/a/con/ los participantes y dictantes –ahora en coautoría– de aquel seminario. Es decir que, a mi entender, este libro nos habla de un espacio institucional fundado sobre una complicidad de lenguaje y de “deseo de psicoanálisis” que sabe hacer diferencia entre el saber y el conocimiento.

    Precisamente, ese saber, en su ligazón con el deseo, hace obrar la transferencia –entre la coordinadora, los dictantes y la audiencia– necesaria para la transmisión del psicoanálisis.

    Así las cosas, el camino de esta conversación de la que hablaba, además de una dirección ofrece, al mismo tiempo, la seguridad de que nos movemos dentro del psicoanálisis y no que, fuera de él, damos vueltas a su alrededor. Es claro que resulta de una índole y “orientación” tales que nos hace partícipes como lectores, de una praxis psicoanalítica que no cede en la procura de poner en acto el saber hacer con la transferencia –no menos que con la transferencia de trabajo, su retruécano–, distintivo de la praxis analítica.

    Es para celebrar la aparición de este libro que, para mi gusto, está ofrecido a la enseñanza –como le dije a Verónica, y ahora lo hago público– y que por eso mismo no brinda un saber unívoco; antes bien, del mismo modo en que Lacan ha sido el freudiano que ha llevado hasta el extremo el aprender de Freud cómo aprender Freud, aquí nos topamos con citas que son otras tantas lecturas de otros analistas de la EFA. ¿A dónde voy con esto? A que lo singulariza un sesgo, diría a la vez clásico y novedoso: la presentación de la producción de numerosos miembros –como soy del exterior me autorizo a decirlo– tal vez representativa de lo procesado hasta aquí sobre esta experiencia crucial para nuestra praxis psicoanalítica hecha concepto: la angustia.

    El hilo en el laberinto… nos entrega el hilo de la angustia sin quid central (sin monstruo, ni tesoro), y por ende a-céntrico, es decir, en suma, sin significado último por descubrir.

    Nos salen al encuentro las diversas articulaciones en cursos y recursos que tal vez han forzado mi lectura a una presentación de algunos de sus puntos, los que me han resultado más provocativos y quiero compartir con ustedes.

    Voy a ir acercando cuestiones en cierto contrapunto tonal: 

    * Primera cuestión, empezando por el título: “Referencias”, esta Beziehung freudiana nos dice que la angustia tiene una inequívoca referencia hacia la espera, Erwartung. Es angustia ante algo (vor etwas) que “señala y refiere” la surgencia de el nada, cuyo correlato subjetivo constituye.

    * ¿Cuál es el paso que da Lacan allí? El texto advierte: “Formular que la angustia es una traducción subjetiva, que la existencia –esto va para quienes trabajen a Kierkegaard y Sartre– de un lugar de falta, de pérdida, de resto, debe traducirse como la existencia del sujeto sujetado a la falta, o sea, que la falta es el lugar para que el sujeto exista y desee” (pág. 160).

    * Diferencia que se interesa en marcar una y otra vez: objeto parcial, a, causa, pulsión.

    * Cómo se cursa un análisis, cómo la interpretación en base a los objetos parciales conduce a un punto de indefinición de un análisis que discrimina de interminable (texto freudiano) llevándolo hacia la cuestión de la función paterna, de la categoría de la falta como estructural (lectura estructural de Lacan, pág. 159) y de la posición del sujeto.

    * Respecto de la discriminación trabajada entre síntoma y sinthoma, (pág. 48) el acento está puesto en que hace a una diferencia clínica.

    * Releva esta pregunta: “¿Qué ordena un análisis para que este sea definido y no indefinido? Algo que está más allá de la castración imaginaria” (pág. 162), y pone en cuestión, acentuadamente, que el objeto a sea el único invento de Lacan.

    Respondiendo a eso: lo que ordena es la significación del falo, que nunca es sin el a: falo más a (pág. 163).

    * No deja de resaltar, desde las primeras líneas, que “[…] la lógica descubierta por Freud, lógica no del falo, como erróneamente se la llama, [es] del falo y la castración” (pág. 13). Entonces, en esa lógica freudiana, enfatiza el objeto parcial como origen de lo sexual.

    Después de este seminario, nos dice Verónica Cohen, hay un corte de Lacan con la enseñanza de Freud; es decir, Freud a partir de Lacan, “hay un después de Freud con Lacan” (pág. 165). Por ejemplo: ¿el resto como diferente de la función de la falta?

    Se nos dice que en este seminario (62-63) Lacan inventa el objeto a. Sin duda que Lacan viene trabajando para diferenciar el objeto causa de deseo (que lo empuja desde atrás) respecto del objeto de deseo, como se lee en este libro, pero la cuestión de la invención me interesa por lo que pone en juego en un análisis y que Verónica Cohen lo trae a colación con la invención del objeto en el análisis de cada quien.

    En todo caso, Lacan mismo dice que lo inventó el 9 de abril de 1974, en Les non dupes errents, pero al relacionarlo con el grafo lo remite a 1958, a Las formaciones de lo inconsciente, donde comienza a operar un giro y lo inventa, aunque sin decirlo; antes bien, comienza mencionando que se trata de una invención en 1966, en La lógica del fantasma.

    ¿Se puede afirmar que inventar el objeto a es reinventar el psicoanálisis? Por cierto que inventarlo, también es la invención de un estilo. Uno no va sin el otro.

    Cabe considerar aquí que la invención es una imposición, como tal inequívoca, no es por consiguiente un mensaje al Otro. En aquella, la cadena significante se detiene, pero a diferencia del horror del acto, la angustia no dirige la pregunta por un acto hecho de discurso, que interpela: “¿Cómo pude decirlo? ¿Por qué lo dije?”. Es el caso de un extrañamiento “descolocante” que no interroga, ya que es consabido que la palabra que perturba hace estallar el sentido, poniendo algo nuevo que no es ni complemento ni suma.

    * Otro punto que me atrajo decididamente fue “la cuestión del lenguaje como trauma” (págs. 14 y 132-164) y lo que se nombra como “dimensión real del lenguaje”.

    Como se aprecia en el texto, el trauma no es el del nacimiento sino el hecho de que los seres parlantes nos situamos en determinado lugar por el deseo del Otro, más bien, el trauma es eficaz en hacer hablar porque lanza al infans al estatuto de hablaser.

    Somos malentendidos, malescuchados (en francés, malentendu) y esto no puede sino traumatizar. Esta operancia del deseo del Otro arroja como precipitado el trauma, y es así que el cuerpo, transportando el malentendido en tanto trauma, ha sido siendo generado por la inserción en el lenguaje. Es claro que no se trata del trauma de nacimiento, sino del por nacer como producto de ese malentendido entre dos que se hablan. Cuestión puesta en acto por la experiencia del análisis vía la pulsión invocante y su objeto voz. Digámoslo de esta manera: la condición de lo inconsciente es el trauma que implica el malentendido que es el lenguaje

    * En una nota al pie de la página 315, después de una breve recapitulación de los temas que abrieron el libro, la autora interpela al lector provocativamente: “¿Quién dijo que en este seminario Lacan no habla de la pulsión? Que no la nombre no quiere decir que no hable de ella. A mí me parece que todo este seminario gira en torno al problema de la pulsión y del fantasma. Que su construcción del objeto a responde al pasaje de la pulsión y al fantasma y de la demanda al deseo”.

    Y para concluir, vaya esta remisión que hace al modo discursivo de instalar ciertas preguntas, que hablan de un estilo en la transmisión del psicoanálisis que se vale de ese instrumento clínico tramado en subjetividad, precisamente como apólogo, en la conversación que cierra el libro.

     

  • Cuando la escritura es síntoma

    Reseña del libro de Pascal Quignard: La nuit sexuelle, Ed. J’ai lu, Paris, 2009

    Pascal Quignard recorre este libro a partir de una pregunta que lo origina: “¿Dónde estaba yo la noche en que fui concebido?”.

    Mediante grabados, imágenes y pinturas de todos los tiempos y culturas arma una historia no cronológica, con mitos y relatos sobre lo que llama “la oscuridad que nos ha precedido”. Crea, con maestría metafórica, tres noches, bolsillo de sombras: la noche uterina antes del nacimiento; la noche terrestre de cada día; y la noche infernal, la de la muerte que podemos anticipar. En ellas ubica una “escena” , que llama primaria, de los encuentros sexuales que han tenido lugar a los largo de los siglos.

    Con el progreso del siglo XX los homo sapiens -así nos llama-, hemos perdido la noche, la oscuridad y los objetos y sus contornos, el misterio de sus sombras.

    A través de la pintura, que nace para contornear las sombras y apresar la noche, lo que no hemos visto y nos precedió; y de los grabados. Quignard recorre el misterio de lo sexual, articulando lo simbólico con la imagen y lo real, imposible de ver. Intenta atrapar con pintura y escritura lo no visto ni oído porque no estábamos allí.

    Muestra y relata imágenes inmemoriales de escenas eróticas, secretas e imposibles que involucran el cuerpo, en la búsqueda de un saber nos interroga a partir de lo infantil y de la infancia.

    Lo domina una pregunta: “¿Me amabas antes de que fuese?”. El libro transcurre con erotismo, diciendo y mostrando grabados y pinturas sobre Lot y sus hijas, Dido y Eneas, Noé y sus hijos, María Magdalena, el sueño y los sueños, Marte y Venus, Eros y Psique y otros. Con pinturas indias, chinas o europeas –Magritte, Miguel Ángel, Durero, de La Tour, Rubens o Picasso– ilumina la noche y la búsqueda de algo que falta. Las imágenes de la historia de la humanidad son refugio de esa falta.

    “Nunca se sabrá jamás lo que hay en el fondo de todo, en las tinieblas antes de su vida. Es tancontinuo. Es tan confuso. Es sin memoria. Noche dulcificante de Leonardo. Noche que irrumpe de Caravaggio. Noche meditativa de Georges de La Tour. Noche profunda y anterior, siempre interior, de Rembrand. Noche violenta y enojada de Goya. Noche helada de Stoskopff. Noche de carbón de Courbet. Noche solemne de Trophime Bigot. Noche ansiosa de Honthorst. Noche mortal e irremisible de Zurbarán. Noche espantosa del último Géricault. Ovidio ha escrito exilado, solitario, moribundo, sobre los bordes del Danubio: Quantum mortalia pectora caecae Noctis habent [ ! De qué cantidad de Noche totalmente ciega están llenos los pechos de los mortales!]”.

    La noche de Quignard está llena de tristeza, erotismo, vergüenza y también melancolía; tiene un tono negro que no deja de ser el de la Europa de hoy.

    Dota a la oscuridad de esas escenas “primitivas” de consistencia, pura imagen verbal o pictórica.

    Este bello e interesante libro y bello despliega e ilumina innumerables modalidades del fantasma, pantalla ante esa oscuridad estructural donde está lo que no hay. Con su elocuente modo de leer la historia erótica de la civilización, Pascal Quignard descubre la pulsión de muerte y la tendencia al Eros enlazada a la misma. Habla de un retorno imposible, ¿pero adónde? ¡Si nuestra existencia es con eso que no hay!

    Es probable que su error radique en no separar nacimiento y reproducción del acto sexual. No todo acto sexual desemboca en la reproducción, , por el contrario la ciencia separa cada vez más la reproducción del acto sexual.

    Cada relato es síntoma y escritura, escena de la “noche sexual” del no hay relación sexual que aprendimos con Lacan. Por último, cada relato es síntoma y escritura, que vela lo imposible y lo que Quignard llama la “cuarta noche” del tiempo, donde ubica no el vacío sino la nada.

    “Detrás de las tres noches (uterina, terrestre e infernal) hay una cuarta noche. Detrás de la noche grávida, detrás de la noche del día y de la tierra, detrás de la noche mortal, está la verdadera noche, la noche de la noche, la noche no biológica, la noche de antes de la vida, la noche de antes del ser, la noche de antes del Big Bang. Noche del tiempo, nada en el fondo del universo, sin vocación haciendo el vacío, hirviente, excesivamente negra. Noche fósil”.

     

  • ¿Qué dice del cuerpo nuestro psicoanálisis?

    Reseña de ¿Qué dice del cuerpo nuestro psicoanálisis? Problemáticas de índole clínica, metapsicológica y de inserción del psicoanálisis en la polis,
    de Roberto Harari, Editorial Letra Viva y Mayéutica Ediciones, Buenos Aires, 2012

    Este, su primer libro póstumo en castellano- presente en el presente como quiere la escritura- figura su diseño en la serie de libros programáticos, valiéndose en esta ocasión de la renovación de problemáticas de índole clínica, metapsicológica y de inserción del psicoanálisis en la polis, según reza el subtítulo del mismo. Quiero decir que este volumen se inscribe en la línea de sus libros programáticos porque implica como tal, dar en hablar de una obra abierta, con propuestas para continuar siendo retrabajadas – un work in progress– a la luz de lo que plantea lo Real de nuestra praxis cotidiana. Esto es, a ceñir, ajustar, discriminar, acentuar, ahondar las cuestiones; tal vez, apenas esbozadas por el autor y en otras ocasiones, hechas concepto, por su andar riguroso e inventivo.[1]

    Por otra parte, cada uno de sus libros y en eso este no configura excepción, muestran, antes de cualquier otra consideración, la obsesión por la palabra y la expresión precisa, su deseo de psicoanálisis y la transmisión del mismo. De nuevo: hay en Harari la afición al “hallazgo”, a la invención de significantes nuevos y a la par, hay una pasión por la formalización y teorización llevada al extremo, cada vez. O mejor dicho: retrofundar como le gustaba nominar a este, su saber-hacer psicoanalítico, a partir de las enseñanzas de sus reconocidos maestros: Freud, Lacan y Joyce.

    Ahora bien, la escritura de este libro interroga el decir de nuestro psicoanálisis sobre el cuerpo que en principio nos interesa, encontrando en este caso, al menos tres predicaciones a considerar, que se pliegan, se homologan al cuerpo de la letra en la construcción del mismo. Para decirlo de otra manera, justamente el cuerpo del libro también es ofrecido como una superficie propicia para que se juegue y se despliegue una escritura potente, inventiva, que se realiza encontrando, las más de las veces en su desarrollo, “una especie de conjunción disyuntiva” a la que acepta sin cesar, precisamente, porque se aleja de nuestras categorías habituales.

    Como es dable apreciar en su lectura – no cesan de hacerse oír ciertas resonancias por su condición de abierto, al igual que del cuerpo sobre el que se trata de decir – decíamos, el presente libro podría acreditarse con estos tres caracteres: que “se fragmenta”, “tomado por las emociones” y siendo “nuestro lominescencia”– en un juego verbal que muestra un pasaje diferencial del habla hacia lo escrito, a los efectos de no mantener el “corpus estático” y abrirse a lo nuevo.

    Me atrevería a aseverar que no es sino en el decir psicoanalítico del tema en cuestión, donde se produce un encuentro con cierto tipo de relato. Más aún, es el propio relato hecho decir que lleva en sí esa hiancia irreductible -instaurada por el lenguaje- ínsita al análisis, ¿es decir un estilo?

    En tal orden, una de sus tesis básicas respecto de nuestro psicoanálisis, es la enseñanza desprendible del fundamento de la pulsión de muerte que resulta proclive y afín con lo nominado por Harari como Realenguaje, puesto que éste exige, “como prerrequisito, la postulación en acto de la existencia de aquella”. Sin duda, el autor nos confronta con nociones que subvierten cierto confort intelectual, incomodan y hasta suelen ser rápidamente rechazadas. He aquí que al presentarnos, por ejemplo, las referidas Problemáticas… estas se nutren, fundamentalmente, de los efectos de la operancia de la pulsión de muerte, inventada por Freud – del goce, dirá Lacan- que dicen de la imposibilidad de avanzar tan sólo por la vía de la comprensión. Es claro que ahí está presente el cuerpo- nos dice la letra de Harari en la vía abierta por nuestro psicoanálisis. Ahora bien ¿de cuál cuerpo se trata? De inicio, de las variabilidades de un cuerpo en obra por el Más allá del principio del placer, distanciándose de aquel inicial tomado por conjuntos de significantes congelados y disociados capaces de reaccionar frente a las interpretaciones analíticas.

    Para tratar de decirlo más claramente, ¿de qué nos habla este libro? Diríamos que impregnado de la impronta despejada por el maridaje entre psicoanálisis y caología, su postjoyceanismo no dejará de retornar de continuo – sea, en el procesamiento de las diversas nociones; sea, en su tránsito por los diferentes ítems que lo conforman- decía, su insistencia en marcar nuestra extranjeridad respecto del lenguaje.

    “Por definición: hablamos mal”, sentencia cardinal por donde nos sale al paso, uno de los aforismos en los que apuntala su enseñanza. De manera palmaria comporta uno de los que hacen surco, en virtud de que nos hablan de una mordiente de lo Real, captando lo que acaece en la cuestión del malentendido que nos habita. Precipitando la enseñanza desprendible de nuestra lectura del texto, agregaría que en homología, se afirma que sucede lo propio con el cuerpo. En consecuencia –nos recuerda lúcidamente el autor- nos hallamos, en cualquier momento, pendientes de perderlo, en el sentido del dominio y de la unificación supuesta fantasmáticamente. Last but not least, a la postulación previa se anuda un estudio sobre el dolor que juega el siempre latente riesgo por el cual “el sujeto no sabe cómo sacárselo de encima; tanto como no sabe, de qué modo encontrar la palabra perdida”.

    Siguiendo la experiencia de cómo se cursa un análisis, para hablar del cuerpo, partirá del sentido común y de la homonimia a los fines de procesar, de entrada, qué efectos de conocimiento consiguen producirse a partir de ello. Se trata de no mantener el corpus estático –en la doctrina y en el análisis- al reintroducir metamorfosis varias de un-cuerpo por la vía del amor, de la pulsión, del goce, de la belleza de lo siniestro…

    Así, invita al lector curioso a transitar de manera gradual y condensada por nueve notas sobre el masoquismo, al cual no duda en definir provocativamente como “un invento”. Extraídas estas del derrotero emprendido por distintos contextos lacanianos y otros de su propia cosecha, en un intento por avanzar también clínicamente, sobre la cuestión de piercings y tatuajes puestos de relieve, por “su inducción en el imaginario social del masoquismo”.

    Para ir concluyendo recalará en la característica urbana de nuestro psicoanálisis, en lo inmundo eficaz que le permitirá exponer la temática de las facticidades como “algo [que] emerge, algo se oculta luego, y que surge bajo forma desviada”. En ese punto nos recuerda lo que Lacan advierte respecto de Hitler: es solo un precursor, y conforme con esta tesitura, Harari señala que se produce un corte con las llamadas “formas del malestar”, ya que de este exterminio metódico no hay antecedentes: es propio del siglo XX. Como colofón un corte y su re-anudación a “un dominio casi inexplorado” y cuando parece que no hay nada que decir, hace su entrada final la falla epistemosomática a los efectos de airear la cuestión psicosomática.


     

    [1] Cf, Ilda Rodriguez, Roberto Harari, psicoanalista…cazador de fruslerías, Psicoanálisis en Argentina, Boletín electrónico, 30/7/2012

    [2] Cf. Zulema Lagrotta, en la Presentación del libro que comentamos, p.8

  • El hilo en el laberinto.

    Reseña del libro El hilo en el laberinto. Lectura del Seminario La angustia y sus referencias

    El hilo en el laberinto. Lectura del Seminario La angustia y sus referencias, de Verónica Cohen y colegas invitados, nos ofrece, efectivamente, un hilo para seguir, paso a paso, el seminario que Lacan dictó en Sainte-Anne en 1962-63; esa trama que Lacan va tejiendo durante todo un año en torno al afecto princeps, la angustia, como respuesta en acto a aquellos que cuestionaron su supuesto descuido del tema de los afectos.

    Y si en dicho seminario Lacan se propone seguir el hilo del discurso freudiano –a partir, principalmente, de Inhibición, síntoma y angustia–, este libro nos invita a seguir el hilo del discurso del propio Lacan. En la introducción misma nos propone: “Tomar la angustia como hilo para seguir el trayecto donde se articula con el drama del deseo”. Y más adelante, acota: “En ese laberinto que es la angustia, Lacan va planteando distintos modos de entrada”. Entonces, nos preguntamos: la angustia, ¿es el hilo o es el laberinto? Leamos a la letra: es el hilo y también el laberinto. Efectivamente, despejar la encrucijada angustiosa permite aproximar la noción del objeto causa del deseo; y, a la vez, al establecer precisiones sobre el objeto a podemos delinear con mayor precisión las coordenadas de la angustia.

    En el Seminario X: La angustia, Lacan cuestiona a Freud en el meollo de su texto Inhibición, síntoma y angustia: la angustia no señala la inminencia de la pérdida del objeto; advierte al sujeto ante el peligro de que esa pérdida no se produzca. Y aquí está el paso decisivo de Lacan: considerar la angustia a partir del objeto a. “Es verdaderamente, y con mucho, el mejor seminario que hice” –dirá el propio Lacan a mediados de 1966. “Los que tuvieron la inquietud de nutrirse de él en las vacaciones que siguieron pueden dar testimonio de ello”. Pero su auditorio estaba por entonces más pendiente de las maniobras políticas que, un año después, desembocaron en su expulsión de la IPA.

    El hilo en el laberinto… se presenta como un abanico de lecturas. Y no solamente porque son varios los autores: esa pluralidad nos anticipa que no hay La lectura de este o cualquier otro seminario. Esto queda cabalmente demostrado por la diversidad de sesgos por los que aborda el tema; por la diversidad de matices que acentúa, constituyendo un verdadero collage de intervenciones (efecto del collage, la evocación de la falta, que Lacan, en este mismo seminario,   atribuye a una verdadera enseñanza).

    El libro se detiene con especial atención en las referencias a las que remite el seminario; pero no en forma exhaustiva. Resulta que las referencias a las que Lacan nos invita, son particularmente numerosas durante ese año de su enseñanza.

    La referencia freudiana central es Inhibición, síntoma y angustia; pero además, Lacan introduce comentarios cruciales acerca de los cinco historiales clínicos. Hay numerosas y extensas referencias a los analistas posfreudianos: Margaret Little, Ella Sharpe, Lucy Tower, Barbara Low; al libro sobre la pesadilla de Ernest Jones; al “caso de los sesos frescos”, de Ernst Kris; a Phyllis Greenacre, para el tema del acting out.

    Lacan alude a Joan Rivière, a Michael Balint, a Winnicott; cuestiona a Abraham en relación con el objeto parcial; extrae del texto de Reik sobre el shofar los ejes para desarrollar el tema de la voz. Cuestiona a Piaget, a su amigo Merleau-Ponty; interroga a Sade y a Sacher-Masoch. Dentro del campo de la filosofía discute con Sartre, con Hegel, con Kierkegaard. En el terreno literario, vuelve sobre Hamlet, El mercader de Venecia y Macbeth; hace especial hincapié en E.T.A. Hoffmann para lo siniestro y en Guy de Maupassant para el tema del doble; cita a Aldous Huxley, T.S. Eliot, Anton Chéjov.

    Se vale de la obra pictórica de Magritte y de Zurbarán y apela, incluso, a tres realizaciones cinematográficas: La dolce vita, de Federico Fellini (que ya había mencionado tres años atrás y que retoma ahora en relación con la mirada); Los domingos de Ville d’Avray (estrenada en 1962 y ganadora del Oscar a la mejor película extranjera) e Hiroshima mon amour (dirigida por Alain Resnais a partir del guion de Marguerite Duras) como ilustración del duelo. Sobre esta última vale la pena destacar que entre nosotros, y en esa misma época, David Liberman la tomó también como referencia para sus desarrollos sobre el tema en La comunicación en terapéutica psicoanalítica.

    El hilo en el laberinto… no solo retoma muchas de esas referencias, también acude a otros seminarios del propio Lacan y ensaya articulaciones con desarrollos posteriores de su obra, principalmente el seminario que dictó al año siguiente: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. El seminario de la angustia puede leerse con Encore –propone Verónica Cohen; más aún, con Encore puede leerse la conferencia de Freud sobre “La angustia y la vida pulsional”. Inhibición, síntoma y angustia puede, a su vez, leerse con RSI; cabe articular la matriz de los afectos con el nudo borromeo.

    Los autores revisan los historiales clínicos de Margaret Little y de Lucy Tower como vía para una renovada interrogación: ¿por qué Lacan recupera su lectura? Son parte del hilo en el laberinto –sostienen–, pero además, funcionan como una bisagra entre Freud y Lacan.

    El libro tiene sus propias referencias: Jean-Claude Milner, Jacques Hassoun, Guy Le Gaufey, Gérard Pommier; Melanie Klein, a partir del “caso Dick”, el texto de Béla Grunberger, desplegado y retrabajado para el tema de lo siniestro, El doble de Dostoievski y William Wilson, de Edgar Allan Poe. Una vuelta más por Shakespeare, pero también Los caballitos de Tarquinia, de Marguerite Duras. Anotemos también la puntuación de la película japonesa Nobody knows.

    ¿A quién está dirigido el libro? Evidentemente, a colegas que tienen cierta noticia del seminario sobre la angustia (el título del libro da por sobrentendida la autoría de Lacan); con ellos dialoga, para abrir el debate sobre cuestiones cruciales respecto de la cura en la experiencia analítica. Del capítulo “Análisis definido e indefinido” subrayamos la afirmación siguiente: “Nuestro interés en este seminario tiene que ver con algo que concierne a la experiencia del análisis. Nos interesa la formulación del análisis como lazo de discurso donde se invita a hablar, se escucha y se interpreta. Algunos analistas tienen la idea de escuchar y no decir nada; entonces, el sujeto no puede cambiar de posición subjetiva o tener una idea más decidida […]. Se trata, no solo de escuchar, sino de escuchar e interpretar”.

    Si el esfuerzo de Lacan estaba dirigido a repensar a Freud, El hilo en el laberinto… se suma a nuestra actual empresa: repensar a Lacan.

  • La novedad de un clásico

    Reseña del libro de Roberto Harari: Apresentações clínicas, Ed. Companhia de Freud, Río de Janeiro, 2009.

     

    “El más fructuoso y natural ejercicio de nuestro espíritu es, desde mi punto de vista, la conversación […]. Así pues, las contradicciones en el juicio, ni me ofenden ni me alteran; me despiertan solamente y disponen”. Michel de Montaigne: El arte de conversar.

     

    Parafraseando a Walter Benjamin, retomou interrogación a propósito de la traducción partiendo de lo siguiente ¿un lector de un texto psicoanalítico escrito en otra lengua que la propia solo puede transmitir algo de este haciendo, a su vez, letra de esa transformación? Dejemos que perdure el interrogante y quizá la obra consienta una traducción. En este caso me ha incitado a su lectura, a una “expansión de su vida original” en castellano. Para empezar, la pretensión ha sido apuntalarse en que “[…] las lenguas no son extrañas entre sí, sino a priori, y […] mantienen cierta semejanza en la forma de decir lo que se proponen”.[1]  Primer señalamiento.

    Ahora bien, en esta ocasión se trata del diseño de una reseña acerca de un libro – ¿podría predicarse la categoría de “clínico”?– escrito en portugués, basado en la transmisión de un ejercicio clínico presentado en una institución psicoanalítica.[2] Dichos “testimonios de la presencia de lo inconciente” –así considerados– escriben la puesta en obra de un artificio ad hoc, que se vale, para lograr su objetivo, del despliegue de relatos de la práctica psicoanalítica. Doce testimonios de psicoanalistas brasileños son entregados al comentario de otro analista –Roberto Harari– quien, en acto, articula una praxis de lectura y abre al intercambio e intervenciones del público. Estas, generalmente pertinentes y “aperturizantes”, resultan conducentes a sostener una conversación bajo el modo de preguntas, comentarios y/o asociaciones: “sin rodeos ni inhibiciones, presentando inclusive, en algunas ocasiones, puntos de vista divergentes de los sustentados por este autor” –se anota en el “Epílogo”. Ese artificio presentado al lector, mejor dicho, el efecto producido por la lectura del mismo, es a lo que doy en llamar conversación. Segunda puntuación.

    Para decirlo de otra manera, entiendo que Apresentações clínicas es la mostración, en el plano de una conversación entre analistas a partir de su práctica, que ha de revelarse clínica cada vez que se transmita una posición ética con la que sea posible mantener un saber hacer. Dicho lo cual, se desprende para la función del comentador –según mi lectura– que resulta de la mayor importancia determinar la pregunta con cierta exactitud para colocar la conversación[3] (Gespräch) en una dirección, sobre un camino.

    Pero, el camino de la mentada conversación, además de una dirección debe ofrecernos, al mismo tiempo, la seguridad que nos movemos dentro del psicoanálisis y no que, fuera de él, demos vueltas a su alrededor. El camino de esas conversaciones –tal el efecto de enseñanza de este texto novedoso– es de tal índole que permite ir dando cuenta ante otros de una práctica, al abordar mediante el artificio desplegado, el saber hacer con la transferencia –no menos que con la transferencia de trabajo, su retruécano– distintivo de la praxis analítica. Lo primero que se me ocurres que se intenta colocar la pregunta sobre una andadura orientada por lo Real de nuestra praxis, de modo tal que merece nuestra confianza ahondar su trayectoria, por ejemplo, como lectores de este libro.

    También cabe atender a la articulación puesta en acto allí del “deseo del analista” y el “deseo de psicoanálisis”[4] –de nuestro compromiso en su sostén–, ambos jugados tanto en la intensión como en la extensión. He aquí lo que pretende acentuar mi lectura de este libro: ese aludido entramado que se pone a jugar en la escritura del mismo. A su vez, desde las palabras iniciales del “Prólogo” se afirma su “originalidad” al “reunir, sobre una particular modalidad de presentaciones clínicas, testimonios de nuestra praxis psicoanalítica”. Tercera puntuación

    Bajo tal contingencia, la construcción del libro responde a la figuración de una mise en abyme, denotando así una dimensión de autorreferencia –decurso facticio que no es sin relación con el infinito–, que diseña la manera en que nosotros, psicoanalistas, participamos de este género psicoanalizando nuestra experiencia con el psicoanálisis, praxis que procesa el propio texto psicoanalítico al participar de esa modalidad componencial. Por esto mismo sitúo la apreciación aludida, porque ella invita a aceptar el convite de poner a jugar en la lectura propiciada el hábito que hace al psicoanalista de pensar “contra” sí mismo, de autorizarse con otros, puesto que es la función crítica del psicoanálisis la que impele a la discusión y somete a dar razones de su praxis.

    Lo señalado hasta aquí, a mi modo de ver, resume los trazos deducibles de un proceder clínico en la transmisión de una enseñanza de nuestro psicoanálisis y es por este sesgo que transitan las cuestiones planteadas, puestas, a su vez, a la consideración del lector. Cuarta untuación.

    De nuevo. En tales presentaciones de la puesta en acto del artificio clínico, hay algo de una mostración clínica –advierte el “Prólogo”– como nos enseña acan: allí “[…] se pierden totalmente los pedales cuando no se trata de una demostración, sino de esa cualquier cosa que es muy paradojal, que trato de llamar como puedo: mostración. Es curioso apercibirse que hay en este entrecruzamiento de hilos alguna cosa que se impone como siendo de lo Real, como un otro hueso, núcleo, carozo de Real […]”.[5]

    Ahora bien, la clínica psicoanalítica ¿no involucra una teoría que está siendo elaborada en la exposición misma y el comentario del caso, en el punto en que se intenta exponer qué es eso de reinventar el psicoanálisis cada vez, con cada analizante? Podríamos decir que se hace clínica cuando, precisamente, lo Real de la práctica imposible de asir se presentifica “en lo producido por el lazo social con y como lo imposible de decir por el dicho”[6], en tanto nuestro psicoanálisis sea praxis de lo Real.

    Por otro lado, es claro que la redacción del libro se operó a partir del pasaje – vía la transcripción– de lo oral a lo escrito. ¡Qué duda cabe de la pérdida irremediable que eso implica! En ocasiones, puede desconcertar por el efecto de desconocimiento que obra en la transformación del original. Si extremamos esa tesitura podría decirse que el producto “recreado” es otro texto yl transcriptor también juega su responsabilidad en ello. Por tanto, no hay transcripción sin que medie alguna modificación, y una de las pérdidas más notorias es la de la voz en tanto objeto – que se constituye en el momento de su pérdida, de su caída– para hacer lugar a la polifonía, que presuponiendo una multitud de voces “plenivalentes” habilita lo coral y lo alinea sobre los varios pentagramas de una partitura.[7]

    Los relatos tienden a resaltar la excentricidad del “destino” de los personajes con referencia a los mundos representados. El término excéntrico denota, en este caso, que el centro sugerido en el vocablo se halla en otro lugar (por “fuera”). Lugar indomeñable, imprevisible, incontrolable. En estos pasajes el lector encontrará entonces, un relato sobre la cura, “por donde pasa mucho de la cotidianeidad de la posición subjetiva con la cual tratamos diariamente en psicoanálisis” – define su autor – fragmentos de las vicisitudes de las modalidades del amor de transferencia. Vale decir que cada historia está centrada en aquello que se dice en un psicoanálisis, hecho que le imprime a la misma un legítimo, genuino y verosímil sesgo ficcional. De allí se desprende el surgimiento de autoridad, la cosa es así porque así se dice. Quinta puntuación.

    En el trayecto novelado, cada analista, sea en su función de presentador como en la de comentador – como en la dirección de una cura–, se halla abierto al azar de lo que depara el relato en el “artificiar” que descompone el libro en su montaje. Si “nuestra unidad de análisis, subrayo una vez más, es la sesión” –recuerda Harari– el practicante ha de encontrarse con la exigencia de ignorar lo que sabe –docta ignorancia que de Cusa postuló como el grado más elevado del saber – ya que con cada nuevo analizante, todo el psicoanálisis debe ponerse en cuestión.

    A la par, el carácter fragmentario de los sucesos relatados vuelve crucial lo incompleto de cada análisis presentado y de todo comentario suscitado. No deja de percibirse en que esa limitación promueve un efecto de enseñanza. ¿Por qué aludo a esto? Porque precisamente en esta obra –testimonio último del saber-hacer clínico de la trayectoria n la transmisión del psicoanálisis–, en este libro póstumo, Harari no nos deja un texto clausurado, totalizador; antes bien, nos lega una obra abierta a la lectura y al debate. En efecto, él mismo apuesta al procesamiento generador de una clínica lacaniana. Dicho de otra manera, se trata de la puesta en acto por cada practicante de su articulación con la enseñanza, a la que Apresentaçoes clínicas no deja de convocar. Sexta puntuación

    Esa condición redoblada en esta ocasión, es distinguida por el relato de casos “caídos del diván”[8] de los analistas presentadores. Es decir, recogidos al pie del mismo y puestos a circular en el pasaje a lo público renovado, cada vez, en una institución psicoanalítica. Más aún, por su estructura de mise en abyme conlleva, a mi entender, la exigencia de recomenzar abriéndose, a su turno, a las intervenciones de los lectores, como las realizadas por el público en el artificio, mediante las cuales se escribe la conclusión de cada presentación clínica… hacia la siguiente.

    En cada página se transmite que cuando un analista habla ante otros analistas –lo que no equivale, desde ya, a su posición subjetiva en tanto eventual enseñante–, ese hablar produce, gracias a un levantamiento de la censura, la emergencia de “lo no sabido que se sabe” y que es puesto en acto en la articulación sinthomatica, singular, del analista que toma la palabra. Para esto se trata de poner en cuestión, de hecho, una nueva y singular posición del saber como abierto a lo Real.

    Ahora bien, el propio Freud nos ha instado, desde el inicio, a confiar en su testimonio, trascendiendo los éxitos del psicoanálisis y dejando constancia de los fracasos. En esa misma línea prosigue este libro pues en cada una de las doce Apresentações… se deja constancia que también a partir de allí, de los obstáculos, es posible pensar el psicoanálisis, desprender algún efecto de enseñanza. Última puntuación

    Para concluir, no huelga repetir que el libro reseñado se ha construido a partir del acento sostenido alrededor de una puesta en escena del tiempo de la urgencia, de la prisa, en un presente único, el de la presentación “hablada” del artificio que obliga a ello. El “testimonio de la presentación de lo inconciente”, en la ocasión relevada, se vale de la presencia del público que da a esta andadura el sentido de un riesgo a asumir. En la segunda vuelta –el presente de escritura–a descomposición en elementos discretos de lo atinente a la vuelta anterior, mediante la producción de un significante nuevo por el que simbólicamente se intenta nominar este momento. De ahí a la recepción del lector, quien apropiándose del texto ha de producir su deslectura.

    Presentada así, entre otras deudas simbólicas en las que el “Prólogo” se sustenta, esta producción psicoanalítica pone en obra aquella que los psicoanalistas y sus instituciones mantienen con Convergencia. Movimiento Lacaniano por el Psicoanálisis Freudiano, para que, en la vía de lo posible, el psicoanálisis continúe.

     


     

    [1] Walter Benjamin: Ensayos Escogidos, Ed. El cuenco de Plata, Buenos Aires, 2010, pág. 113.

    [2] Maiêutica Florianópolis-Institución Psicoanalítica, Miembro de Convergencia, Movimiento Lacaniano por el Psicoanálisis Freudiano.

    [3] Cf. Martin Heidegger: ¿Qué es la filosofía?, Ed. Herder, Barcelona, 2004 y Michel de Montaigne: Ensayos escogidos, Biblioteca Edaf, Madrid, 1999.

    [4] Cf. Roberto Harari: Paradojas clínicas desde el psicoanálisis caótico, Seminario dictado en Mayéutica-Institución Psicoanalítica, 1999.

    [5] Jacques Lacan: “Propos sur l’hystérie”, en Quarto N° 2, 1981 (también en Le Séminaire, Livre XXIV: L’insu…). La traducción me pertenece.

    [6] Edgardo Feinsilber: La soledad. Novaciones en el psicoanálisis, Letra Viva Editorial, Buenos Aires, 2009, pág. 126.

    [7] Roberto Harari: Polifonías. Del arte en psicoanálisis, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1998, pág. 65.

    [8] Cf. Roberto Harari: Intensiones freudianas, Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1991, pág. 32.

  • La mirada y la escena del mundo

    Este nuevo libro de Daniel Zimmerman, La mirada. Paradigma del objeto en psicoanálisis,[1] es el encuentro con un trabajo de escritura que interroga nuestra propia existencia, la relación del sujeto con el mundo, pero no porque nos refleje como espejo, sino porque ya desde el cuadro La rue de Balthus que ilustra la tapa nos recuerda que “respecto a la realidad estamos inscriptos en una función similar a la que el cuadro representa; es decir tomados en el fantasma”.

    Al modo del armado de un film cinematográfico cada capítulo es un corte que pone el foco sobre lo homogéneo, sobre la unidad sin divisiones ni fracturas para poner en evidencia la disyunción que el objeto establece entre el cuerpo y el goce donde la mirada resulta inaprehensible como reflejo del cuerpo. Sin duda, la angustia concierne al cuerpo, pero, ¿de qué modo lo involucra? Esta es la pregunta que el autor responde ceñido a las coordenadas propias de la angustia en su condición de afecto crucial en la dirección de la cura donde el no sin objeto que le es propio presenta un resto irreductible a la simbolización.

    Hace de la mirada una matriz para plantear la función del objeto en el deseo, en el goce y en el amor, sabiendo que ese recorrido nos conducirá a la encrucijada donde la visión se escinde para hacerle lugar.

    Realiza un recorrido minucioso por la obra de Freud y de Lacan, como así también por la pintura, el cine y la literatura como apoyos para la transmisión de la experiencia del psicoanálisis y lo logra de forma satisfactoria ya que no borra la mancha en el espectáculo del mundo sino que la presenta como aquello que desgarra la imagen especular y posibilita nuestra propia condición deseante.

    El Acting out y pasaje al acto son los términos que se inscriben en el entorno de la angustia. En el acting out la verdad sube a escena y toma a su cargo el decir, encrucijada subjetiva que toma la forma de arrebato apasionado siendo Hamlet una presentación de la escena sobre la escena. En el pasaje al acto, el sujeto, presa de una dificultad extrema para asumir su lugar en la escena del Otro, se precipita fuera de ella como mero objeto de desecho, constituyendo en último término una salida. Aún así no consigue más que su exclusión de la escena del mundo, como se lee en el relato breve de Virgilio Piñera, En el insomnio,[2] el hombre está muerto pero no ha conseguido dormirse.

    En la psicosis, el objeto a no oficia como sostén del sujeto en el campo del Otro. El psicótico tiene la causa a su disposición, coyuntura dramática que lo instituye como presa, no del deseo, sino del goce.

    Dentro de los límites del placer visual, la mirada soporta la interrogación sobre el goce. Siendo ésta una especie del objeto a funciona como una apuesta cuya ganancia resulta de la renuncia al goce. El sujeto perverso agota sus esfuerzos en la maniobra de hacer de la mirada un instrumento para la recuperación del goce revelando que la voluntad de goce que domina la maniobra es voluntad de goce del Otro.

    De esta manera Daniel Zimmerman nos propone un recorrido de lectura que nos lleva hasta el punto en el que el amor juega su carta, una carta que, al poner en juego el objeto de la castración, se convierte en carta de (a)mor. Si el amor nos lleva al pie del muro de lo imposible es para que brote un no es eso.

    Mientras el inconsciente fracasa a la hora de inscribir la relación sexual, el amor, por su parte, pretende suplir ese punto de imposibilidad, pero su finalidad está condenada también al fracaso. El autor describe el éxito que resulta del absoluto fracaso con una claridad que luego del enceguecimiento nos brinda la posibilidad de poder ver, saber, desde un punto de falta, de corte en lo visto, para reconocernos en nuestra condición deseante, lo cual rige el empuje de nuestro andar.

    Este libro es una buena muestra de ello.

     


     

    [1] Daniel Zimmerman: La mirada. Paradigma del objeto en psicoanálisis, Ed. Letra Viva, Buenos Aires, 2009.

    [2] Virgilio Piñera: “En el insomnio”, en Los anales de Buenos Aires N° 10, octubre de 1946.

  • Fantasma, estofa del deseo

    Paul Laurent Assoun. Leçons psychanalytiques sur Le Fantasme (Lecciones psicoanalíticas sobre El Fantasma)
    Economica, Paris, 2010, 2° edición

    “Y a pesar de todo: si verdaderamente se trata aquí de lecciones –y no de una demostración por «capítulos»–, si además esas lecciones tienen su dinámica y su unidad, es en realidad porque en su forma misma las lecciones de psicoanálisis llevan a la expresión algo distinto: por una parte, como lecciones, algo distinto de un «tratado»; por la otra, en cuanto escritas, algo distinto de una improvisación, con sus efectos de presencia pero también de aproximación. Es realmente un modo de transmisión apropiado para la enseñanza analítica –en su dimensión heurística y clínica metapsicológica– que constituye un verdadero género”.

    Paul Laurent Assoun: “Palabras preliminares”, en Lecciones psicoanalíticas sobre la mirada y la voz, Colección Freud <> Lacan, Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1997.

    1- No produce lo mismo leer en otra lengua que en la propia, especialmente cuando a mi inexperiencia –aunque no me considere del todo ignorante del francés, hablo de experiencia en el sentido psicoanalítico, como pasión del cuerpo por efecto del lenguaje– de la lengua en la que Paul Laurent Assoun escribe se le añade la circunstancia que lo hace con refinamientos particulares que hacen que la lengua, francesa en este caso, se anime o se aguijonee o se entusiasme o envalentone –incluso, en el caso del “último” Lacan siguiendo a Joyce, sea desarticulada.

    A mi entender, esto es verdaderamente un proceso que se ejerce en el sentido de dar a la lengua en la que se escribe un texto psicoanalítico, un otro uso o un uso, en todo caso, que está lejos de ser ordinario. Para decirlo de otra manera, el gusto es mío por leer estas Leçons psychanalytiques, ya que me permiten abrevar en cómo sabe la lengua, imponiéndome “introducir” de eso extranjero lo familiar que constriñe y así, fecundamente, airear la lengua a mi disposición para dejarme hablar por sus palabras.

    Al sesgo destacado del uso de las lenguas en la escritura de este libro es preciso darle otra vuelta para extremar el relieve de una diferencia a resaltar, al poner en acto en el atravesamiento de la cuestión del fantasma –término, descubrimiento, metapsicología, figuras clínicas y sociales, escritura – la incidencia del calado del punzón lacaniano –de la que se vale Assoun– para hacer rendir en francés los medios de expresión propios de la lengua alemana. Marca de origen que sella la génesis de la clínica y la teoría freudiana del fantasma sobre las que trabaja la lengua francesa –delicada pero denodadamente– al dispersar, asperjar, espolvorear, salpicar sus matices en ese pasaje de lenguas operado por la escritura. Dicho de otra manera, la lengua se perfecciona –al decir de Lacan– cuando sabe jugar con la escritura.

    2- En una primera aproximación, el autor se introduce por las derivas “lenguajeras” del término de referencia –“reacio a la divulgación y a la socialización”– encontrado en el lenguaje común y que porta una concepción popular del fantasma que no acuerda con su naturaleza ni su función inconsciente, por las cuales el sujeto será más bien un “fantoche” a su respecto, ya que los fantasmas no responden a su dominio ni a su disposición. El autor se dejará conducir con detenimiento por un riguroso rastreo de las latencias del lenguaje, entre la palabra y la cosa de la que se trata. En lo tocante a lo que trasunta la lengua alemana, el texto tematiza un elemento grávido en consecuencias para la problemática del fantasma: lo que designa en sus variaciones la misma palabra Phantasie.

    Así, el trayecto se va delineando desde la aparición de la fantasía a la derivación por el griego en el término “fantasma”, despejando en el movimiento de su recorrido la facultad imaginativa del producto “fantasma”, ya que el término mismo insinúa una “alternativa entre representación y falso semblante”. Precisamente, ese intento “hace salir el psicoanálisis del fantasma de una psicología de la imaginación”.

    Entendida la cuestión en tal tesitura, Assoun ilumina el campo semántico del fantasma en Freud para situar clínicamente en el ejemplo simple y paradigmático de “la paseante solitaria” el acontecimiento del fantasma: signo de una relación con un cierto inconfesable, aunque sea contable. Se desprende de este modo el carácter “mestizo” de esta formación que se abre a una dimensión inconsciente, en la cual se verá la significación propia, puesta al día metapsicológicamente.

    Desde tal perspectiva cabe decir que la interrogación que atraviesa el texto –a mi manera de ver cumple su rol estructurante, atravesándolo de cabo a rabo– insiste en ese rasgo ostensible de la reticencia a confesar los fantasmas, redoblada por lo que habría allí de tan íntimamente inconfesable en contraposición con “la tendencia moderna a la auto confesión”.

    3- En la primera parte (“Fundamentos”) ese atravesamiento del fantasma que nos propone el autor supone partir de una puesta al día de su descubrimiento que implicará posicionarlo en comprensión, como una formación psíquica sui generis en articulación con el sueño y el síntoma para así presentar, en extensión, la cartografía de sus variedades estructurales como su escenografía. El autor persigue el trayecto freudiano que, obligado a reconocer el real fantasmático bajo la máscara de la realidad, refleja el proceso en juego “de modo que al atravesarlo, se actualiza lo real del fantasma”. Entonces, más allá del uso degradado del término se tratará de determinar la medida de la actividad fantasmática en su dimensión inconsciente siguiendo la génesis de la clínica y de la teoría freudianas –de la puesta al día de la potencia del fantasma en su dimensión (psico) sexual a la zaga de la escena originaria y su puesta en acto entre sueño y síntoma.

    La segunda parte (“Teoría y figuras”) nos conduce a la afirmación que el análisis precisa del trabajo inconsciente del fantasma, a través del caso paradigmático de Leonardo Da Vinci, hasta desembocar una “metapsicología del fantasma”. Vale destacar esta marca incidental de su trabajo con “la hechicera” (como la nombra Freud, nominando metapsicología a la teorización psicoanalítica) porque resulta un clásico del modus operandi de Assoun. Por ende, “si el ejemplo es la cosa misma”, allí se mostrará que el fantasma no se cuenta, a menos que se lo ignore como tal y es lo que el autor nombra como “recuerdo de infancia: traducir el fantasma”. Así emerge el “mundo del fantasma”, zona protegida del “principio del placer”, en el medio del cual el sujeto mantiene el objeto de su deseo y sostiene la realidad.

    Ahora bien, una perlita como hallazgo precioso en la lección correspondiente, hablando del placer angustioso. Precisamente es poniendo a jugar el repetitivo fort-da –escansión determinante en la relación con el objeto que lo constituye como objeto del fantasma, “que encontrará a un buen entendedor en Lacan”– que se toca allí el punto de tope metapsicológico del fantasma: el autor subraya que es un hecho que Freud no menciona al fantasma en ese texto donde describe su puesta en obra por la repetición, aunque le interesa extremadamente.

    Siguiendo su periplo hace aparición, a partir de “un niño es siendo pegado”, la escritura del fantasma, trabajo de la culpabilidad edípica en su lazo con lo masculino y con lo femenino. De otro modo también, lo dirá Assoun: “el fantasma es el lugar mismo de vectorización de lo masculino y lo femenino”.

    En la tercera parte (“Destinos y puesta en juego”) se atraviesan las figuras clínicas del fantasma de la neurosis a la perversión y su lazo con el delirio para luego dibujar los avatares de esos destinos clínicos y sociales del fantasma. Precisamente el despliegue del amor se presenta como el primer destino del fantasma –en tanto distribuidor de carreteras (point rond)– en el entrecruzamiento del síntoma (“enfermedad de amor”) y de lo social (“lazo de amor”), lo cual permite releer el aporte de Lacan situando al fantasma como “punzón” –una acepción aceptada es “deseo de”– entre el sujeto dividido y el objeto a, del cual es el acceso privilegiado, objeto para el deseo que atestigua que a lo imposible, “el sujeto se siente personellement[1] sostenido…”.

    Que la pulsión esté articulada al trabajo fantasmático es el resorte de todo el aporte freudiano examinado por el autor, en tanto Isaacs va más lejos en el desciframiento de la fantasmática kleiniana, puesto que pone en correlato la relación de objeto pulsional con el fraseado fantasmático. Es claro que será Lacan, a su turno, quien va a afinar la oreja de lo estrechado “por la genial tripera” con la tripartición más rigurosa del fantasma en sus dimensiones real, simbólico e imaginario. Llegados a este punto el texto se precipita.

    De otra manera: nos dice Assoun que es para el parlêtre (“hablaser”) que el fantasma toma su alcance, salvo para reencontrar este punto de tope –cuestión que me interesa destacar en tanto resto, desecho del lenguaje– o salvo para desplegarlo según su triple función, del sujeto, del Otro y del objeto. En todo caso, subraya el autor, es el modo lacaniano –que sabe leer la metapsicología– de formalizar lo que se encuentra puesto al día por Freud: la toma del fantasma en el cuerpo lo enraíza en lo real y lo especular, en tanto que su toma en el texto lo asigna a lo simbólico. Todo ello se articula en la función del objeto y la movilización del Otro para el sujeto que está afectado en eso.

    De esta manera, el fantasma aparece finalmente como la formación inconsciente más apta para dar acceso a la verdad del objeto, notoriamente “objeto a”, no objeto del deseo, sino su objeto-causa.

    Este texto, imbricado fuertemente en la clínica, revisita ejemplos freudianos paradigmáticos en los cuales no deja de actualizarse –según mi parecer– qué quiere decir hablar en psicoanálisis. Trabajo “lenguajero” del fantasma “que organiza su escritura alrededor de la duplicidad de lo masculino y de lo femenino para intentar ajustarse allí”. Parece que “por la gracia del fantasma, el sujeto practica ese imposible”. Es con sus armas que el sujeto afronta – al bies – lo imposible de la relación sexual organizando su relación con lo imposible de la relación.

    Para ir concluyendo, me importa dejar abierta a la lectura una pregunta consignada por el autor – sabemos con Lacan que toda pregunta despunta una respuesta – y situada a la altura del Seminario XI: Los cuatro conceptos…: “¿Qué deviene entonces lo que ha pasado por la experiencia de esta relación, opaca en el origen, a la pulsión? ¿Cómo un sujeto que ha atravesado el fantasma fundamental radical puede vivir la pulsión?”. Interrogación abierta –entre otras suscitadas por la lectura de este libro de Assoun – que redoblaría al enfatizar: ¿del atravesamiento del fantasma en su uso fundamental?

     


     

    [1] A mi entender el autor juega aquí –mínimamente– con la ambigüedad portada por el original personne: persona (“en persona, sí mismo”; “de una manera personal en tanto que persona”; “por su parte, en cuanto a sí”) y nadie. Quizá no permanezca ajeno a las latencias de “máscara” que porta el vocablo tanto como a la cuestión del sonido que se hace oír en el término en latín, en castellano y en francés.