Categoría: autores

  • La novedad de un clásico

    Reseña del libro de Roberto Harari: Apresentações clínicas, Ed. Companhia de Freud, Río de Janeiro, 2009.

     

    “El más fructuoso y natural ejercicio de nuestro espíritu es, desde mi punto de vista, la conversación […]. Así pues, las contradicciones en el juicio, ni me ofenden ni me alteran; me despiertan solamente y disponen”. Michel de Montaigne: El arte de conversar.

     

    Parafraseando a Walter Benjamin, retomou interrogación a propósito de la traducción partiendo de lo siguiente ¿un lector de un texto psicoanalítico escrito en otra lengua que la propia solo puede transmitir algo de este haciendo, a su vez, letra de esa transformación? Dejemos que perdure el interrogante y quizá la obra consienta una traducción. En este caso me ha incitado a su lectura, a una “expansión de su vida original” en castellano. Para empezar, la pretensión ha sido apuntalarse en que “[…] las lenguas no son extrañas entre sí, sino a priori, y […] mantienen cierta semejanza en la forma de decir lo que se proponen”.[1]  Primer señalamiento.

    Ahora bien, en esta ocasión se trata del diseño de una reseña acerca de un libro – ¿podría predicarse la categoría de “clínico”?– escrito en portugués, basado en la transmisión de un ejercicio clínico presentado en una institución psicoanalítica.[2] Dichos “testimonios de la presencia de lo inconciente” –así considerados– escriben la puesta en obra de un artificio ad hoc, que se vale, para lograr su objetivo, del despliegue de relatos de la práctica psicoanalítica. Doce testimonios de psicoanalistas brasileños son entregados al comentario de otro analista –Roberto Harari– quien, en acto, articula una praxis de lectura y abre al intercambio e intervenciones del público. Estas, generalmente pertinentes y “aperturizantes”, resultan conducentes a sostener una conversación bajo el modo de preguntas, comentarios y/o asociaciones: “sin rodeos ni inhibiciones, presentando inclusive, en algunas ocasiones, puntos de vista divergentes de los sustentados por este autor” –se anota en el “Epílogo”. Ese artificio presentado al lector, mejor dicho, el efecto producido por la lectura del mismo, es a lo que doy en llamar conversación. Segunda puntuación.

    Para decirlo de otra manera, entiendo que Apresentações clínicas es la mostración, en el plano de una conversación entre analistas a partir de su práctica, que ha de revelarse clínica cada vez que se transmita una posición ética con la que sea posible mantener un saber hacer. Dicho lo cual, se desprende para la función del comentador –según mi lectura– que resulta de la mayor importancia determinar la pregunta con cierta exactitud para colocar la conversación[3] (Gespräch) en una dirección, sobre un camino.

    Pero, el camino de la mentada conversación, además de una dirección debe ofrecernos, al mismo tiempo, la seguridad que nos movemos dentro del psicoanálisis y no que, fuera de él, demos vueltas a su alrededor. El camino de esas conversaciones –tal el efecto de enseñanza de este texto novedoso– es de tal índole que permite ir dando cuenta ante otros de una práctica, al abordar mediante el artificio desplegado, el saber hacer con la transferencia –no menos que con la transferencia de trabajo, su retruécano– distintivo de la praxis analítica. Lo primero que se me ocurres que se intenta colocar la pregunta sobre una andadura orientada por lo Real de nuestra praxis, de modo tal que merece nuestra confianza ahondar su trayectoria, por ejemplo, como lectores de este libro.

    También cabe atender a la articulación puesta en acto allí del “deseo del analista” y el “deseo de psicoanálisis”[4] –de nuestro compromiso en su sostén–, ambos jugados tanto en la intensión como en la extensión. He aquí lo que pretende acentuar mi lectura de este libro: ese aludido entramado que se pone a jugar en la escritura del mismo. A su vez, desde las palabras iniciales del “Prólogo” se afirma su “originalidad” al “reunir, sobre una particular modalidad de presentaciones clínicas, testimonios de nuestra praxis psicoanalítica”. Tercera puntuación

    Bajo tal contingencia, la construcción del libro responde a la figuración de una mise en abyme, denotando así una dimensión de autorreferencia –decurso facticio que no es sin relación con el infinito–, que diseña la manera en que nosotros, psicoanalistas, participamos de este género psicoanalizando nuestra experiencia con el psicoanálisis, praxis que procesa el propio texto psicoanalítico al participar de esa modalidad componencial. Por esto mismo sitúo la apreciación aludida, porque ella invita a aceptar el convite de poner a jugar en la lectura propiciada el hábito que hace al psicoanalista de pensar “contra” sí mismo, de autorizarse con otros, puesto que es la función crítica del psicoanálisis la que impele a la discusión y somete a dar razones de su praxis.

    Lo señalado hasta aquí, a mi modo de ver, resume los trazos deducibles de un proceder clínico en la transmisión de una enseñanza de nuestro psicoanálisis y es por este sesgo que transitan las cuestiones planteadas, puestas, a su vez, a la consideración del lector. Cuarta untuación.

    De nuevo. En tales presentaciones de la puesta en acto del artificio clínico, hay algo de una mostración clínica –advierte el “Prólogo”– como nos enseña acan: allí “[…] se pierden totalmente los pedales cuando no se trata de una demostración, sino de esa cualquier cosa que es muy paradojal, que trato de llamar como puedo: mostración. Es curioso apercibirse que hay en este entrecruzamiento de hilos alguna cosa que se impone como siendo de lo Real, como un otro hueso, núcleo, carozo de Real […]”.[5]

    Ahora bien, la clínica psicoanalítica ¿no involucra una teoría que está siendo elaborada en la exposición misma y el comentario del caso, en el punto en que se intenta exponer qué es eso de reinventar el psicoanálisis cada vez, con cada analizante? Podríamos decir que se hace clínica cuando, precisamente, lo Real de la práctica imposible de asir se presentifica “en lo producido por el lazo social con y como lo imposible de decir por el dicho”[6], en tanto nuestro psicoanálisis sea praxis de lo Real.

    Por otro lado, es claro que la redacción del libro se operó a partir del pasaje – vía la transcripción– de lo oral a lo escrito. ¡Qué duda cabe de la pérdida irremediable que eso implica! En ocasiones, puede desconcertar por el efecto de desconocimiento que obra en la transformación del original. Si extremamos esa tesitura podría decirse que el producto “recreado” es otro texto yl transcriptor también juega su responsabilidad en ello. Por tanto, no hay transcripción sin que medie alguna modificación, y una de las pérdidas más notorias es la de la voz en tanto objeto – que se constituye en el momento de su pérdida, de su caída– para hacer lugar a la polifonía, que presuponiendo una multitud de voces “plenivalentes” habilita lo coral y lo alinea sobre los varios pentagramas de una partitura.[7]

    Los relatos tienden a resaltar la excentricidad del “destino” de los personajes con referencia a los mundos representados. El término excéntrico denota, en este caso, que el centro sugerido en el vocablo se halla en otro lugar (por “fuera”). Lugar indomeñable, imprevisible, incontrolable. En estos pasajes el lector encontrará entonces, un relato sobre la cura, “por donde pasa mucho de la cotidianeidad de la posición subjetiva con la cual tratamos diariamente en psicoanálisis” – define su autor – fragmentos de las vicisitudes de las modalidades del amor de transferencia. Vale decir que cada historia está centrada en aquello que se dice en un psicoanálisis, hecho que le imprime a la misma un legítimo, genuino y verosímil sesgo ficcional. De allí se desprende el surgimiento de autoridad, la cosa es así porque así se dice. Quinta puntuación.

    En el trayecto novelado, cada analista, sea en su función de presentador como en la de comentador – como en la dirección de una cura–, se halla abierto al azar de lo que depara el relato en el “artificiar” que descompone el libro en su montaje. Si “nuestra unidad de análisis, subrayo una vez más, es la sesión” –recuerda Harari– el practicante ha de encontrarse con la exigencia de ignorar lo que sabe –docta ignorancia que de Cusa postuló como el grado más elevado del saber – ya que con cada nuevo analizante, todo el psicoanálisis debe ponerse en cuestión.

    A la par, el carácter fragmentario de los sucesos relatados vuelve crucial lo incompleto de cada análisis presentado y de todo comentario suscitado. No deja de percibirse en que esa limitación promueve un efecto de enseñanza. ¿Por qué aludo a esto? Porque precisamente en esta obra –testimonio último del saber-hacer clínico de la trayectoria n la transmisión del psicoanálisis–, en este libro póstumo, Harari no nos deja un texto clausurado, totalizador; antes bien, nos lega una obra abierta a la lectura y al debate. En efecto, él mismo apuesta al procesamiento generador de una clínica lacaniana. Dicho de otra manera, se trata de la puesta en acto por cada practicante de su articulación con la enseñanza, a la que Apresentaçoes clínicas no deja de convocar. Sexta puntuación

    Esa condición redoblada en esta ocasión, es distinguida por el relato de casos “caídos del diván”[8] de los analistas presentadores. Es decir, recogidos al pie del mismo y puestos a circular en el pasaje a lo público renovado, cada vez, en una institución psicoanalítica. Más aún, por su estructura de mise en abyme conlleva, a mi entender, la exigencia de recomenzar abriéndose, a su turno, a las intervenciones de los lectores, como las realizadas por el público en el artificio, mediante las cuales se escribe la conclusión de cada presentación clínica… hacia la siguiente.

    En cada página se transmite que cuando un analista habla ante otros analistas –lo que no equivale, desde ya, a su posición subjetiva en tanto eventual enseñante–, ese hablar produce, gracias a un levantamiento de la censura, la emergencia de “lo no sabido que se sabe” y que es puesto en acto en la articulación sinthomatica, singular, del analista que toma la palabra. Para esto se trata de poner en cuestión, de hecho, una nueva y singular posición del saber como abierto a lo Real.

    Ahora bien, el propio Freud nos ha instado, desde el inicio, a confiar en su testimonio, trascendiendo los éxitos del psicoanálisis y dejando constancia de los fracasos. En esa misma línea prosigue este libro pues en cada una de las doce Apresentações… se deja constancia que también a partir de allí, de los obstáculos, es posible pensar el psicoanálisis, desprender algún efecto de enseñanza. Última puntuación

    Para concluir, no huelga repetir que el libro reseñado se ha construido a partir del acento sostenido alrededor de una puesta en escena del tiempo de la urgencia, de la prisa, en un presente único, el de la presentación “hablada” del artificio que obliga a ello. El “testimonio de la presentación de lo inconciente”, en la ocasión relevada, se vale de la presencia del público que da a esta andadura el sentido de un riesgo a asumir. En la segunda vuelta –el presente de escritura–a descomposición en elementos discretos de lo atinente a la vuelta anterior, mediante la producción de un significante nuevo por el que simbólicamente se intenta nominar este momento. De ahí a la recepción del lector, quien apropiándose del texto ha de producir su deslectura.

    Presentada así, entre otras deudas simbólicas en las que el “Prólogo” se sustenta, esta producción psicoanalítica pone en obra aquella que los psicoanalistas y sus instituciones mantienen con Convergencia. Movimiento Lacaniano por el Psicoanálisis Freudiano, para que, en la vía de lo posible, el psicoanálisis continúe.

     


     

    [1] Walter Benjamin: Ensayos Escogidos, Ed. El cuenco de Plata, Buenos Aires, 2010, pág. 113.

    [2] Maiêutica Florianópolis-Institución Psicoanalítica, Miembro de Convergencia, Movimiento Lacaniano por el Psicoanálisis Freudiano.

    [3] Cf. Martin Heidegger: ¿Qué es la filosofía?, Ed. Herder, Barcelona, 2004 y Michel de Montaigne: Ensayos escogidos, Biblioteca Edaf, Madrid, 1999.

    [4] Cf. Roberto Harari: Paradojas clínicas desde el psicoanálisis caótico, Seminario dictado en Mayéutica-Institución Psicoanalítica, 1999.

    [5] Jacques Lacan: “Propos sur l’hystérie”, en Quarto N° 2, 1981 (también en Le Séminaire, Livre XXIV: L’insu…). La traducción me pertenece.

    [6] Edgardo Feinsilber: La soledad. Novaciones en el psicoanálisis, Letra Viva Editorial, Buenos Aires, 2009, pág. 126.

    [7] Roberto Harari: Polifonías. Del arte en psicoanálisis, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1998, pág. 65.

    [8] Cf. Roberto Harari: Intensiones freudianas, Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1991, pág. 32.

  • La mirada y la escena del mundo

    Este nuevo libro de Daniel Zimmerman, La mirada. Paradigma del objeto en psicoanálisis,[1] es el encuentro con un trabajo de escritura que interroga nuestra propia existencia, la relación del sujeto con el mundo, pero no porque nos refleje como espejo, sino porque ya desde el cuadro La rue de Balthus que ilustra la tapa nos recuerda que “respecto a la realidad estamos inscriptos en una función similar a la que el cuadro representa; es decir tomados en el fantasma”.

    Al modo del armado de un film cinematográfico cada capítulo es un corte que pone el foco sobre lo homogéneo, sobre la unidad sin divisiones ni fracturas para poner en evidencia la disyunción que el objeto establece entre el cuerpo y el goce donde la mirada resulta inaprehensible como reflejo del cuerpo. Sin duda, la angustia concierne al cuerpo, pero, ¿de qué modo lo involucra? Esta es la pregunta que el autor responde ceñido a las coordenadas propias de la angustia en su condición de afecto crucial en la dirección de la cura donde el no sin objeto que le es propio presenta un resto irreductible a la simbolización.

    Hace de la mirada una matriz para plantear la función del objeto en el deseo, en el goce y en el amor, sabiendo que ese recorrido nos conducirá a la encrucijada donde la visión se escinde para hacerle lugar.

    Realiza un recorrido minucioso por la obra de Freud y de Lacan, como así también por la pintura, el cine y la literatura como apoyos para la transmisión de la experiencia del psicoanálisis y lo logra de forma satisfactoria ya que no borra la mancha en el espectáculo del mundo sino que la presenta como aquello que desgarra la imagen especular y posibilita nuestra propia condición deseante.

    El Acting out y pasaje al acto son los términos que se inscriben en el entorno de la angustia. En el acting out la verdad sube a escena y toma a su cargo el decir, encrucijada subjetiva que toma la forma de arrebato apasionado siendo Hamlet una presentación de la escena sobre la escena. En el pasaje al acto, el sujeto, presa de una dificultad extrema para asumir su lugar en la escena del Otro, se precipita fuera de ella como mero objeto de desecho, constituyendo en último término una salida. Aún así no consigue más que su exclusión de la escena del mundo, como se lee en el relato breve de Virgilio Piñera, En el insomnio,[2] el hombre está muerto pero no ha conseguido dormirse.

    En la psicosis, el objeto a no oficia como sostén del sujeto en el campo del Otro. El psicótico tiene la causa a su disposición, coyuntura dramática que lo instituye como presa, no del deseo, sino del goce.

    Dentro de los límites del placer visual, la mirada soporta la interrogación sobre el goce. Siendo ésta una especie del objeto a funciona como una apuesta cuya ganancia resulta de la renuncia al goce. El sujeto perverso agota sus esfuerzos en la maniobra de hacer de la mirada un instrumento para la recuperación del goce revelando que la voluntad de goce que domina la maniobra es voluntad de goce del Otro.

    De esta manera Daniel Zimmerman nos propone un recorrido de lectura que nos lleva hasta el punto en el que el amor juega su carta, una carta que, al poner en juego el objeto de la castración, se convierte en carta de (a)mor. Si el amor nos lleva al pie del muro de lo imposible es para que brote un no es eso.

    Mientras el inconsciente fracasa a la hora de inscribir la relación sexual, el amor, por su parte, pretende suplir ese punto de imposibilidad, pero su finalidad está condenada también al fracaso. El autor describe el éxito que resulta del absoluto fracaso con una claridad que luego del enceguecimiento nos brinda la posibilidad de poder ver, saber, desde un punto de falta, de corte en lo visto, para reconocernos en nuestra condición deseante, lo cual rige el empuje de nuestro andar.

    Este libro es una buena muestra de ello.

     


     

    [1] Daniel Zimmerman: La mirada. Paradigma del objeto en psicoanálisis, Ed. Letra Viva, Buenos Aires, 2009.

    [2] Virgilio Piñera: “En el insomnio”, en Los anales de Buenos Aires N° 10, octubre de 1946.

  • Discurso y ética

    A partir de la lectura de los trabajos escritos por Clelia Conde y Paola Mieli, encuentro puntos de cruce que permiten ubicar cuestiones de importancia pues hacen al discurso que el psicoanálisis es y a una ética que se desprende del discurso mismo.

    Siguiendo la partida de los trabajos mencionados, se destacan las condiciones necesarias que hacen posible la lectura de lo dicho por quien demanda ser escuchado en un análisis, pues sin condiciones no es posible leer lo que se escucha, arrastrados por el todo hacia donde se orienta el lenguaje.

    Una de esas condiciones, dice Paola Mieli, es el marco particular y necesario de la transferencia además de la escucha dictada por el deseo del analista, deseo que Clelia Conde ya presenta en el título de su trabajo para luego dar un paso más al decir que la atribución de saber por la transferencia es una operación contingente y que en el momento en que se realiza, deja de ser tal para tornarse necesaria, siendo importante la noción del Sujeto supuesto Saber como “contingencial”, como algo que se sostiene sin la garantía de que va a suceder, por el deseo del analista que “cree allí”.

    Es decir, la transferencia puede suceder o no, y podría suceder o no más allá de la buena o mala voluntad de los implicados en el hecho. Pero una vez que allí se efectiviza, será tarea de la repetición que entonces se reedite la que producirá un análisis.

    Los determinismos de la lengua alimentan un anhelo de destino orientado a un sentido totalizante, completo, a partir del cual retorna un malestar de la época que se hace oír de diferentes maneras. Una de ellas es la inexistencia del sujeto frente a los avances de la medicalización, que el sujeto no se angustie, aunque se queja de que no le pasa nada, que siente que no existe. Por otro lado, y de la misma manera, se presentan sujetos indefinidos sexualmente, no sabiendo qué hacer con el cuerpo.

     

    Entiendo que es en este punto que las autoras presentan el término creado por Lacan que designa una dimensión de no identidad en el seno de la lengua, o de lalengua, pudiendo decir que es la sustancia o materialidad de la lengua, entendiéndola como no idéntica a sí misma. Este es, dice Mieli, el punto a destacar, relativo al material del que está hecho el inconsciente, lalengua, y a las formaciones que derivan de ella.

    Es en el equívoco, dice Conde, que la determinación se muestra, pudiendo provocar la aparición de otra cosa, de un más allá de la fuerza compulsiva. Si bien la determinación muestra en él la fuerza del significante amo, su doblez, que aparece por homofonía, homosemia u homografía, muestra también el carácter “contingencial” de los hilos con los que está construido. Esta amplitud del significante que se demuestra en el equívoco da lugar a la distancia, permite la aparición del Otro tachado, que es a su vez homogéneo y simultáneo con la barradura del sujeto. Entonces, es a partir de las formaciones de lalangue que vamos a encontrar la falta en ser que surge en el saber insabido, ese saber que concierne a lo sexual y al modo en que la palabra marcó el cuerpo, saber que atañe a lo sexual en tanto el sujeto es efecto de la reproducción sexuada, dice Clelia Conde. Pero el sujeto no quiere saber nada del goce que lo implica por ser hablante, eliminando su responsabilidad al hacer de esta un destino.

    Es a partir de estos puntos anotados en mi lectura que considero posible encontrar el fundamento y la lógica que cada autora presenta en la experiencia del análisis.

    Volviendo sobre lo planteado al comienzo, me parece que tanto la transmisión como la traducción no son posibles sin una ética que soporte el decir de cada uno, de cada uno de los seres hablantes. Siguiendo a Anabel Salafia: “El discurso del psicoanálisis instituye un lugar de falta que constituye la ética de lo que llamamos deseo”.[1]

     

     

     

     

     

    [1] Anabel Salafia: Carpetas de enseñanza de psicoanálisis N° 2: Estructuras freudianas, Ediciones Oscar Masotta, Buenos Aires, 1986.

  • Psicoanálisis entre lenguas

    El translingüismo en el psicoanálisis es un tema que abordan algunos de los trabajos de este número de Lapsus Calami. Son varias las preguntas que nos hacemos los analistas cuando la consulta proviene de analizantes cuya lengua madre es otra distinta de la del país de residencia. Algunos se interrogan si el análisis debe ser llevado a cabo necesariamente en la lengua materna del analizante. Si bien es imprescindible que el analista tenga un buen manejo de la lengua materna del analizante, y aunque la demanda al inicio del análisis sea esa (de que transcurra en dicha lengua) en función de la dirección de la cura, no siempre eso se sostiene. Precisamente, la hipótesis que proponen varios de estos trabajos es que la lectura del inconsciente, su descifrado requiere, por parte de la escucha analítica, el franqueamiento de los confines entre lenguas, poner en juego una poética de lalangue, donde “que se diga queda olvidado tras lo que se dice en lo que se escucha”

    Los textos de Paola Mieli, Diana Kamienny-Boczkowski y Mirta Fernandes abordan desde diversas geografías y perspectivas esta temática y su complejidad.

    Mieli, en un interesante texto llamado El espacio de la transmisión: un acto entre las lenguas, afirma que de acuerdo con una convicción bastante difundida, un análisis debe desarrollarse necesariamente en la lengua materna. Sin embargo, se pregunta si esta convicción no expresa acaso un desconocimiento de la naturaleza misma del acto analítico, de lo que hay de más éxtimo en el uso subjetivo de la lengua y en su actualización en el espacio transferencial. Concluyendo que la práctica analítica no implica necesariamente la utilización de la lengua materna sino un marco particular, el de la transferencia, y una escucha particular, dictada por el deseo del analista. Luego afirma que el pasaje de una lengua a otra favorece las palabras que se escabullen, el tropiezo, el malentendido, la salida ingeniosa, la emergencia de lo que denomina “lo intraducible”, que habita la utilización subjetiva de la lengua. Siendo en ocasiones lo que provoca una revelación, un paso de sentido que se vuelve interpretación, un paso de acto que desplaza la posición del sujeto de los laberintos de la repetición.

    La referencia que hace Mieli a “lo incorpóreo”, del que hablan los estoicos, permite hacer una fina diferenciación entre sentido y significación, Si el sentido es algo del orden de lo que es traducible, de la transposición de contenido entre un discurso y otro, la significación es el fruto del discurso en acto, de un acto de habla que se despliega en un contexto preciso en el seno del lazo social, y como tal “incorpóreo”. Trazaría el espacio de lo no traducible, presencia decisiva y jamás reductible, que para ser entendido, apreciado (en el caso, por ejemplo, de una palabra ingeniosa) implicaría una serie de transposiciones, de formas de identificación en un lazo social extraño o desconocido.

    La clínica entre lenguas, como llama Mieli a la experiencia del análisis extramuros de los límites de las lenguas, pone doblemente a la luz lo incorpóreo que pertenece al acto de habla y acentúa su crujido. El crujido de lo intraducible que hace eco en la transmisión. Eco de transmisión extensivo al descubrimiento de Freud y al redescubrimiento efectuado por Lacan, cuando desde una lengua de origen se efectúa un paso de sentido en acto, a otra de llegada.

    Coincidiendo con estas hipótesis, al comienzo de su texto Mirta Fernandes se pregunta: “¿Qué lengua no es extranjera?” ”. Y responde que el lenguaje es extraño, ajeno para el sujeto, Unheimlich, extraño y familiar. El sonido de la lengua, el balbuceo y el ritmo de las palabras todavía sinsentido, ganan algún sentido a través del afecto que transmiten en la experiencia del infans en el mundo, mediada por un Otro. Algo se transmite más allá y por debajo de la realidad de la experiencia y del significado que es producido. Afirma luego que cada sujeto singular, incluso insertado en su cultura, en su familia y en el universo simbólico social, es un ser exiliado en su lalangue. Exilio de un sentido conocido, exilio que redobla, se hace eco del exilio del real que es inherente a la estructura del sujeto humano, que es el ser hablante.

    Ambos trabajos enfatizan cómo lalangue transmite lo intraducible, contiene un real que confronta al sujeto con su exilio, con el fracaso de la palabra para decir el goce. Una lengua guarda en sí, en el núcleo de su constitución, este punto incognoscible, innombrable. Silet. Este punto de silencio que bordea una imposibilidad de decir, y aún más, una imposibilidad de traducir.

    Eso éxtimo al sujeto, Mieli lo trabaja recurriendo a los estoicos y lo incorpóreo y mientras que Fernandes recurre a la noción del inexorable exilio del sujeto de su propia lengua y a la categoría de imposible.

    Diana Kamienny-Boczkowski, en el texto de su autoría, plantea que las guerras, las migraciones y los exilios obligan al psicoanálisis a una práctica multicultural y multilingüística, sin olvidar el hecho de que el psicoanálisis figura también entre las causas de migración… entre los psicoanalistas. Piensa aquí en un intercambio en torno a la lengua ídish que ilustra esta problemática. Refiere al estudio efectuado por Velikovsky en 1938, quien cree demostrar que la presencia de palabras hebreas en los sueños de inmigrantes recientes en Palestina prueba que el inconsciente no está condicionado por la “mnemónica hereditaria”. Es entonces Pichon quien le responde, precisando que el pensamiento inconsciente no se desarrolla en una lengua precisa.

    Al igual que los trabajos antes mencionados, aborda las siguientes preguntas: ¿se le debe hablar al paciente en su lengua? ¿Se debe considerar que la lengua materna es la que hablaba la madre? ¿Se debe excluir el uso de la lengua materna en sesión cuando es la del paciente y también la del analista, con el fin de evitar una exclusión del Otro y una complicidad sin salida? La aparición en los sueños, vía real hacia el inconsciente, de significantes de una lengua olvidada, ¿es el signo de que se accede a otra “profundidad”?

    Afirma entonces que si el aforismo lacaniano propone que el “inconsciente está estructurado como un lenguaje” es porque a Lacan le interesa utilizar el lenguaje y su abordaje estructuralista para definir el campo donde encontrar la lógica de la verdad, vehiculada por la palabra, y del saber inconsciente que puede deducirse de ella.

    Refiere que Jean-Claude Milner afirma que la relación entre el inconsciente y la lengua es el elemento propio del psicoanálisis, y que Lacan llamó a este elemento singular, verificable en la práctica del psicoanálisis, lalangue. Nuevamente, como las autoras anteriormente citadas, Kamienny-Boczkowski ubica en lalangue –neologismo que utiliza Lacan para apartarse de la lingüística propiamente dicha– la particularidad de la legalidad que rige el inconsciente.

    Es desde aquí que la autora se interesa por la lengua japonesa y los lugares en que Lacan se ocupa de ella a lo largo de sus seminarios. Se pregunta: “¿Por qué Lacan insistió en la dificultad del abordaje del inconsciente por los japoneses?”.

    Barthes publica El imperio de los signos en 1971. Lacan celebra la aparición de este libro en el Seminario XVIII: De un discurso que no fuera del semblante, dictado entre 1971-1972, recomendando su lectura, a pesar de la crítica que le hace al título –guiño al editor, a su entender– y propone sustituir el término “signo” por el de “semblante”. De la reflexión de Barthes, a Lacan no solo le interesa la relación con la escritura que allí despliega el autor, sino también la relación con el vacío de todos los semblantes que describe. El teatro bunraku es muy esclarecedor por el uso de marionetas. Lacan busca un discurso “que no fuera del semblante”. El despliegue de los signos, según Barthes –o semblantes, según Lacan–, encierra un vacío que los códigos de cortesía japoneses hacen patente. Los signos/semblantes japoneses están ahí para ocultar al sujeto, para “manipular”.

    Tal vez podamos hacer extensiva a las diversas lenguas la afirmación que propone Kamienny-Boczkowski: considerar al japonés como un caso particular en la concepción que nos hacemos del inconsciente. Cada lengua puede aportarnos algo respecto de su concepción, como así también el franqueamiento entre las lenguas a través de la traducción, la transmisión y la transliteración, nos acerca a la lógica del inconsciente y su poiesis.

     

     

  • Traducción-traducciones-intraducción y otras versiones… en psicoanálisis

    Para comenzar a despejar lo que me ha suscitado el trabajo de traducción llevado a cabo en los textos aquí publicados, escritos en francés o portugués, o por las traducciones realizadas por los psicoanalistas en sus lecturas de Freud y/o de Lacan, cabe la siguiente verificación: resulta imprescindible en nuestra praxis psicoanalítica de la lectura de la escritura, el tratamiento de esta cuestión presente y nodular en LaPsus Calami. Retengamos entonces, en lo atinente a las traducciones al castellano, aquellos textos donde se dieron cita diferentes dificultades a sortear: los problemas respecto de la tolerancia del pasaje y/o el cruce de lenguas –ya que implicaban numerosas relecturas, discusiones y consultas hacia “la lengua de salida”–, las enmiendas de interpretación, las dudas casi irresolubles tanto como las dificultades presentadas en las distintas versiones de ciertos párrafos y/o expresiones y/o palabras –algunas demasiado libres y atrevidas, y otras demasiado esquivas y literales. Lo más importante a destacar resultaron los ajustes necesarios de orden formal que nos llevaron a decidir un criterio en el que se privilegiara la inteligibilidad de la sintaxis. Esto está claro al estar de Lacan, si parece que “[…] en todo lo que existe del orden de la lengua hay algo en común y es que cada lengua tiene una sintaxis, si bien esta es una alta abstracción”.[1] Que así sea, a pesar de que exige del parlêtre abstraer bastante para apercibirse de eso, no deja de implicar una cierta conciencia en él. Es cierto, mas en orden a la traducción de una lengua en otra, la cuestión reside en que “[…] lo que es phoné en una lengua puede traducirse en cualquier otra que lo sea”.[2] De todas maneras, perdura más de un interrogante a este respecto: ¿tal vez haya que hacer un uso de una lengua psicoanalítica, un híbrido, como suele ocurrir con algunas de las traducciones de poesía? O, antes bien, en la procura de distanciarse de este despropósito, en II [3]Una experiencia de pasaje se considera necesaria la incidencia de una “reactualización de la oralidad del texto […] para que el texto escrito de la transcripción no se convierta, sobre todo en español, en una suerte de “neolengua” (George Orwell) psicoanalítica”

    ¿Qué cabe entender por phoné en una lengua? Por el momento vale sostener como un punto de amarre que lo que decidirá en los textos psicoanalíticos que son nuestra práctica, es aquel trazo en lo Real de la cura para cada quien, que hará la diferencia o el acuerdo para cada uno: la piedra de toque, sin duda. Quizás respecto de lo que es phoné en una lengua, cabe situar más de una lectura posible –es dable hallar varios ejemplos en los títulos de los seminarios de Lacan– si nos libramos al juego serio regido por la homofonía para encontrar ese tesoro de significantes revestidos allí por la similitud fónica. Ahora bien, cuando se trata del pasaje entre lenguas –Unbewusste/ l’une-bévue– seguiremos hablando de traducción o recogeremos el guante lacaniano del singular significante de origen paronomásico[4] intraducción, introducido por Lacan en el Postfacio de la edición de su Seminario XI: Los cuatro conceptos…, redactado a principios de 1973.[5] Se lo ve, “al intraducir se introducen significantes nuevos”[6] (Volveremos sobre este tema en otra nota de lectura).

    Veamos, entonces, cómo de la lectura de los artículos de algunos de los autores que integran LaPsus Calami Nº 4, surgen enfoques posibles de la puesta en obra de un término –que se nos ha ido revelando– crucial, como es el de traducción en psicoanálisis. Hemos de partir de una consideración en la que acuerdan casi todos los psicoanalistas en este número: en el funcionamiento de una lengua no interesa lo biyectivo, dicho eso con énfasis diversos. ¿Será porque cada hablante se caracteriza por hablar por lo menos dos lenguas que se bifurcan? Cuestión que puede ser leída en varios textos aquí publicados, dando en hablar que tal bifidez habla en y de cada hablante y cada lengua. Ahora bien, a los efectos de sostener esta tesitura, no debiéramos apartarnos de cierta insinuación de Lacan: “¡[…] es en esta lengua que me expreso, no veo por qué no lo aprovecharía; si hablara otra, encontraría otra cosa!”.[7] Valga esta lúcida y precisa puntuación para orientarnos y continuar avanzando en la dilucidación de la temática en curso.

    Es en esa línea, según entendemos, que Irene Agoff considera como una “aspiración utópica a obtener” la “correspondencia exacta entre términos de lenguas diferentes” y llama “resistente” a este afán, porque “es inevitable”. Por lo cual sitúa a “la traducción como síntoma”, a la par que observa alguna recurrencia de “la elevación del francés de Lacan a la condición de lengua que puede dar cuenta de cualquier otra, pero que por su parte es intraducible”. Ejemplifica el sostén de tal creencia en que “la precisión y exactitud de los conceptos” solicitarían decirlos de esa manera: en cuanto al “término “identificación”, no podía ser otra que “identificarse a” –cuando el castellano exige “identificarse con”. Afinando que si “se elude alguna mínima reflexión sobre la lengua propia, cualquier otra tiene el camino libre para constituirse en “metalengua”.

    Así, Héctor Yankelevich sostiene –“sin temor de cometer un error grosero”– que “hay una inmensa cantidad de analistas que hablan «el lacaniano» en una lengua distinta que aquella en la que él escribió”.

    Se sabe que Lacan afirmó tempranamente en su enseñanza que no hay metalenguaje, a los efectos de aventar toda creencia en algo cercano a un lenguaje de segundo grado. En cuanto a la referencia a la metalengua, en la última clase del Seminario XXIV: L´insu…, nos advierte que es parloteando de una lengua en otra, que eso podría constituirse en “un embrión de metalenguaje”. Dando otra vuelta y hablando en voz alta, se responde respecto de lo que quiere decir metalengua: “la traducción”. ¿A qué se refiere con eso? A “la metalengua que consiste en traducir Unbewusste por une-bévue”.[8] Alojamos aquí lo que Harari escribe vía paronomasia –siguiendo el ejemplo de un Lacan joyceano– intraducción.[9]

    Por su lado, Guy Le Gaufey parte de una toma crítica de distancia respecto de un Lacan traductor de Freud. En efecto, hace apólogo de esta afirmación en lo que sigue: “Unbewusste por l’une-bévue como otros, einziger Zug a trait unaire o de Jenseits des Lusttprinzips a jouissance”. Distingue lo previo como “apropiación, una manera de domiciliar un concepto en un movimiento (no traducir) que insufla un pensamiento propio a la palabra fuente”.

    Aquel ejemplo es tomado por Anabel Salafia en su discurrir, aclarando que “la transliteración, la función de la homofonía y la escritura son operaciones en la traducción”. Toma apoyo en que “la noción de literalidad, cambia con Lacan” y “en lo que respecta a la traducción, es encontrarse con la función operativa de la transliteralidad” donde “más de una lengua interviene para «traducir» el término «inconsciente» y Unbewusste se translitera como une-bévue”. Llama “identificación homofónica de términos a Unbewusste y une-bévue” y agrega que “la transliteración nos indica de la homofonía” y esta, “a partir del análisis es la relación de lo que se dice con el escrito”.

    Edgardo Feinsilber, a su turno, centrándose en la cuestión del sonido y el sentido, propone “un forzaje que nos haga avanzar en este punto” y escribe: faire vrai. Puesta en acto de su saber hacer allí con un dicho de Lacan: “Sobre lo que me rompo la cabeza, pienso que al fin de cuentas, el psicoanálisis es lo que hace verdadero –faire vrai”. Incide allí: “[…] faire vrai, hacer verdadero, ¿cómo hay que entenderlo? ¿Por qué, siguiendo la cuestión de unir el sonido y el sentido, no poder escuchar fiebre, febré, que es homofónico en francés?”. Avanza una lectura de esa escritura: “Entonces, este hacer verdadero, con lo que él se rompe la cabeza, podríamos decir que es un semblante”, subrayando allí que tanto en la formación del analista como en lo aprehensible en la vía de la enseñanza es que “hay algo que afiebra, que levanta la temperatura, que calienta, que pulsiona”, “como el pasaje desde el sujeto-supuesto-al-saber hacia el analista-sinthoma”. ¿Y qué de la intraducción? Explica que “se sostiene en una teoría de la causalidad, a la que nos dirige Lacan, tratando de traspasar los límites de la lógica aristotélica para llegar a la dit-mensión de lo singular”.

    Respecto de Nichtigkeit –una palabra corriente en alemán, usada por Freud– se verifica lo que sigue, según advierte H.Yankelevich en Lo imposible de traducir: “[…] podríamos traducir por «pequeñeces», por ejemplo. Pero ¿qué se juega allí? Naderías, pequeñeces, etc., es lo que se preguntan todos los padres respecto de los chicos: ¿pero cómo lo supo si nunca se habló?, ¿pero cómo es así, igual que, si…? Por esas pequeñeces invisibles se transmite el inconsciente”.

    Digámoslo de otro modo: ¿adónde nos lleva una palabra? Véase al respecto cómo Roberto Harari –a partir de la atenta y rigurosa revisión a la que se ha abocado– extrae del cotejo de algunos términos de las ediciones francesa y castellana del Seminario XX de Lacan, la palabra porte, traducida en la ocasión por “acarrea”. Acota que en este caso –no siempre ocurre así–, “Lacan puntúa un concepto con el fin de alcanzar la mayor univocidad posible en medio de la acción significante”. Al continuar con el análisis, confirma: “[…] en efecto, si se le hace decir que el germen «acarrea» –también «ocasiona»– la muerte, se difumina así el sentido fuerte del Träger («portador») que le adjudica esa frase, en consonancia con lo demostrado por la biología moderna”. Pero he aquí que para el psicoanálisis, “la muerte es engendrada –no por el germen sino por la repetición del cuerpo en la descendencia, merced al «invento» de la sexualidad que hace a un lado la escisiparidad”. Esto último se aúna al acento que Héctor Yankelevich –en su Conversaciónhace recaer sobre el término de marras, al subrayar que “Althusser lo lee y lo traduce como «soporte»”, en su lectura de Marx. “Ahora bien, Träger también quiere decir «portador», lo que cambia totalmente el sentido del concepto”. Más aún, enseña Lacan: “Es tal vez de otro modo que hay que leerlo: hay que leerlo con inocencia”.[10] Y así ese lector, entonces, ¿retrofunda lo que está leyendo?

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

    [1] Jacques Lacan: Conferencia en Niza: De James Joyce como sinthoma, 24 de enero de 1976, inédito (la traducción me pertenece).

    [2] Ibíd.

     

    [3] Cf, AAVV, (E.Porge, G.Strada y otros) II parte de “Acerca de una versión crítica y bilingüe de las últimas sesiones del Seminario de Jacques Lacan Los fundamentos del psicoanálisis (1964) o Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964-1973)”

     

    [4] Roberto Harari: Intraducción del psicoanálisis. Acerca de L’insu…, de Lacan, Ed. Síntesis, Madrid, 2004.

    [5] Jaques Lacan: “Posfacio al Seminario 11, en Otros escritos, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2012.

    [6] Roberto Harari: Op .cit.

    [7] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XIX: …o peor, clase del 8 de marzo de 1972, versión inédita.

    [8] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XXIV: L’insu que sait de l’une-bévue s’aileà mourre, clase del 17 de mayo de 1977, inédito.

    [9] Roberto Harari: Op. cit.

    [10] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XIX: …o peor, clase del 8 de marzo de 1972, versión inédita.

     

  • Acto poético, traducción, ¿interpretación?

    El acto poético hace al encuentro […] produce esa extrañeza ante una realidad cotidiana que de pronto se revela como lo nunca visto […]. El primer acto de esta operación consiste en el desarraigo de las palabras. […] de sus conexiones y menesteres habituales. El decir del poeta es un acto que revela nuestra condición, que no es sino la de nuestra falta original, nuestro poco ser.

    Octavio Paz: El arco y la lira

    Ningún poema puede nacer de la convicción
    de que ya existe un lenguaje que une dos
    cosas distintas. 

    Paul Auster

     

    El tema sobre el cual De Rivoyre nos acerca nuevas consideraciones en su texto “Acto poético, acto analítico. O la cuestión del estilo”, podría enunciarse como “de las relaciones entre el acto analítico y el acto poético”. Y así lo abordaremos, dado que lo consideramos fundamental tanto en lo que hace al procesamiento del último tramo de la enseñanza de Lacan como por sus alcances en nuestra práctica cotidiana.

    El desarrollo de dicho tema orienta un modo de entender la interpretación como intervención del analista, desprendida de una lectura de Freud: el acto analítico en tanto interpretación se funda como acto de habla, y es en este sentido que apoya la relación con el acto poético.

    Ahora bien, puede resultarnos interesante recordar que, si una de las notas esenciales del acto –el cual, por definición, acontece por un decir–[1] es producir un corte, podemos considerar, siguiendo a Badiou, que hay algo allí del orden del acontecimiento. El decir hace discurso y el advenimiento del discurso es acontecimiento[2] que se revela de una manera súbita e impredecible, subvirtiendo la hegemonía o sistema de creencias haciendo palpable el vacío primordial de la condición humana, su falta de metas u objetivos predeterminados, el hecho mismo de que el sentido es siempre una construcción.[3]

    Si entendemos que esta noción es útil es porque (re)introduce ideas de algún modo subversivas (o así consideradas en algún momento), como la importancia del azar, el rol activo de los sujetos y la relevancia de las rupturas, sumamente interesantes a la hora de planearnos el acto analítico. Étienne Balibar nos permite dar un paso más al decir que “[…] hay un antes y un después y, por lo tanto, permite fijar una fecha que interrumpe la continuidad de las representaciones”,[4] instituyendo un inicio diferente.

    Dicho corte implica fundamentalmente un “hacer” no reductible a acción ni mucho menos a hazaña alguna, que en virtud de un cambio en la posición subjetiva del analizante produce efectos y tiene consecuencias no reversibles. Nos interesa este sesgo para continuar desarrollando la articulación entre acto analítico y poesía (tomada en función de la etimología de poiesis, por supuesto), ya que ambos implican un hacer transformador, hacer con palabras, que va “contra el sentido” (retomaremos luego algunas consideraciones a este respecto).

    Ambos quehaceres se acercan no solo por su sesgo activo, sino por el modo en que se ejercen, ya que al romper los ligámenes establecidos –haciendo caer las anticipaciones imaginarias– generan inquietud, desacomodo, desasosiego, cuando no asombro. Y es ciertamente en este punto que pueden relacionarse con un modo de intervención del analista, cuando al modo del poeta opera sobre el lenguaje violentándolo, tomando la unidad sonido-sentido que abre a equívocos múltiples, es decir, valiéndose de lo que equivoca.[5]

    Un buen punto para discutir, que hace al nudo de la cuestión que nos ocupa en este número de Lapsus Calami, sería si dicha intervención puede conservar el nombre de “interpretación”. En el texto con el cual venimos dialogando el autor parece afirmarlo, extendiendo para ello los alcances del concepto de interpretación, complejizando los términos de la articulación inicial al enlazar en el corazón mismo de la cuestión la operación de traducción. Traducción entendida en un sentido muy particular e interesante, como un “traspaso entre-textos” que no apunta a verdad última alguna, sino a la posibilidad de hacer surgir lo polifónico en la lengua a partir del equívoco.

    La prosecución de esta línea de pensamiento nos permite considerar dicha intervención analítica como aquello que atenta contra el pretendido sentido único –o último– abriendo a una multiplicidad, a lo fuera de sentido, a lo ausentido, a lo insensato que pueda ir resquebrajando la fijeza de la consistencia neurótica (creencia en el “un” sentido).

    A esta altura de nuestra conversación, nos salen al cruce al menos dos preguntas. La primera, invitando al diálogo a Guy Le Gaufey: ¿una traducción que se desentienda del sentido…?

    De las interrogaciones que de allí se nos plantean, vale situar algunos problemas. Hasta cierto momento, la traducción fue concebida como un intento por resolver el obstáculo denunciado por la Babel de las lenguas, creyendo que vencidas ciertas dificultades todos podíamos entendernos, saldaría la injuria. Aun aceptando la existencia de la diversidad de lenguas, se insistía en sostener que distintos sonidos nombraban las mismas cosas. El lenguaje había perdido universalidad, empero, la fe en la traducción salvaría la permanencia de lo esencial.

    Pero poco a poco, la Edad Moderna fue destruyendo cierta garantía representada por el postulado según el cual “hay muchas lenguas pero el sentido es uno”. En un principio, la fe en la razón y la ciencia insistió en sostener que hay diferentes palabras que designan las mismas cosas, proponiendo como común denominador de la pluralidad de lenguas los productos de dicha razón: los significados. Así, lo designado era universal: las cosas del mundo, ya que todas las lenguas obedecían a las mismas leyes de la razón. Mas roto el pacto entre el mundo y las palabras, comienzan a caer los espejismos de la significación.

    Podemos pensar en numerosos ejemplos, tomados no solo de filósofos y estudiosos de la lingüística, sino también de poetas, quienes tan a menudo se nos adelantan. Es luego de la irrupción de Mallarmé (¿forzaríamos mucho las cosas si lo llamáramos acontecimiento?) que muchos de ellos han denunciado el quiebre entre mundo y lenguaje. Si sonidos diferentes no nombran las “mismas” cosas, nos encontramos ante un quiebre radical de la soñada unidad original. Y así se vuelve “utopía”, como nos dice en su texto Irene Agoff. De este modo, las palabras se tornan, cada una, enigma: algo ajeno, extranjero, incomprensible, y a su vez un desafío, pues todo intento por acercarse y comprenderlas exige un esfuerzo.[6] Y el sentido se dispersa en una pluralidad de significaciones.

    Así pensada, la traducción aparece como invención, ya no regida por el “¿qué quiere decir?”, que entiende dicha operación como metáfora (una palabra por otra), cuanto por el intento de “producir por medios diferentes, similares efectos”, como lo expresa Valéry. Nos encontramos, por tanto, frente a un acto literario, donde lo más importante deja de ser el significado, en pos de reproducir la situación verbal, el contexto poético (en el caso particular de la traducción de la poesía, que es el que nos concierne en este momento).

    Ahora bien, esto podría considerarse contradictorio con la posición de Jakobson (en quien De Rivoyre también se apoya), según la cual la poesía, por definición, es intraducible. Pero no nos apresuremos, ya que de ser así, al abordar un poema podríamos olvidarnos de “traducir”, y más bien llevar a cabo una “transposición creativa”, siguiendo la línea de Burton Raffel, quien ha sostenido que la traducción de la poesía , si no es poesía “vuelta a nacer”, no es nada.[7]

    El discurrir de las relaciones entre interpretación y traducción (donde podemos situar la segunda pregunta antes referida) nos conduce a interrogantes que hacen al nervio de la experiencia psicoanalítica. En primer lugar, nos sale al cruce una fuerte propuesta desprendida del texto de René Lew, que anuda la cuestión de la traducción al hueso mismo de la experiencia analítica: traducir la palabra hablada (parole) en palabras (mots) es un asunto de transferencia en la cura. Llevando aún más lejos su apuesta, nos dice que la transferencia misma tiene valor de traducción en la cura.

    En segundo término, la articulación citada, nos lleva a interrogarnos por nuestra conocida (aunque no única, por cierto) concepción de lo inconsciente estructurado como un lenguaje, en tanto regido por sus mismas leyes. Es posible que no podamos dar cuenta de ello sin atender al corte epistemológico que se produce en el último tramo de la enseñanza de Lacan, que afecta tan de cerca la cuestión del lenguaje, trasladando el foco de atención del acto de habla a la escritura.

    Recordemos que para proponer la condición poética de la “interpretación” justa, a Lacan le fue preciso sentar una concepción de la poesía (basándose en la escritura poética china) como vehículo de una condición del lenguaje que no privilegie la lingüística. Poesía entendida, entonces, como un hacer que ataca la semántica habitual, exigiendo un trabajo con el ritmo y la consonancia, que hace muy difícil el poder “explicarla”.

    Las homofonías interlingüísticas, ese pase entre lenguas por las consonancias fonemáticas que tan genialmente pesquisara Freud, ¿equivalen a una traducción? “El equívoco en la pronunciación de las lenguas, por homofonía hace las veces de interpretación”, nos dice Clelia Conde.

    La cualidad translingüística de la homofonía, como el estilo, atraviesa las lenguas (Unbewusste-l’une-bevue), de ahí que se las llegase a plantear como intraducibles. Pero este fenómeno incluso puede ocurrir en una misma lengua, instalando la ajenidad en su propio seno (l’élangue-les langues), ajenidad que no implica tan solo que el lenguaje venga siempre del Otro, haciendo decir al poeta que el hombre es un desterrado de sí mismo. De ahí que el forzaje a partir de los sonidos, haga sonar otra cosa que el sentido… las lenguas se “elongan” para traducirse unas en otras.[8]

    Estas ideas nos llevarían a pensar acerca de la imposibilidad de traducción alguna que no ejerza violencia sobre un lenguaje siempre extranjero. Aunque, ciertamente, se trataría de otro tipo de traducción a la que estamos acostumbrados a referirnos,[9] o directamente, como lo propone Roberto Harari, una intraducción.[10]

    Coincidimos, por supuesto, con que el analista no ha de ser poeta, en tanto no tiene nada bello para decir ni apunta a la procura de lo bello, extenuada frase que ya casi no oímos. En cambio, puede ser un poema, como cita De Rivoyre, si “[…] acoge al grito, al jirón de vocablo, a la palabra gangrenada, al murmullo, al ruido y al sinsentido”. Como un poema que provoca al lector, lo obliga a oír-a oirse-oirse: o irse.[11] Eso sí, solo a condición de transitar la experiencia de su propio análisis.

     

     

     

     

    [1] Jacques Lacan: “El acto psicoanalítico”, en Otros escritos, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2012.

    [2] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XVIII: De un discurso que no fuera del semblante, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2009, págs. 11-13.

    [3] Alain Badiou: El ser y el acontecimiento, Ed. Manantial, Buenos Aires, 1999.

    [4] Étienne Balibar: Nombres y lugares de la verdad, Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1995, pág. 74.

    [5] Aclaremos que nos referimos a la poesía no en el sentido del goce estético, sino a aquello que Lacan comienza a formular a partir de la escritura poética china algunos años más tarde, y por tanto no está ínsito en el seminario del año ’68.

    [6] Paul Auster: Poesía completa, Seix Barral, Barcelona, 2012.

    [7] Raffel Burton: The art of translating prose, University Park PA: Penn State University Press, 1994.

     

    [8] Jaques Lacan: El Seminario, Libro XXIV: L’insu que sait de l’une-bévue s’aile à mourre, clase del 19 de abril de 1977, inédito.

    [9] Al respecto, puede consultarse el libro Decir casi lo mismo de Umberto Eco, que por motivos de extensión no citamos aquí.

    [10] Roberto Harari: Intraducción del psicoanálisis . Acerca de L’insu …, de Lacan” Editorial Síntesis. Madrid

    [11] Octavio Paz: “El arco y la lira”, en Obras Completas I, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 1999.

     

  • Freud y Lacan en castellano

    Seminario XX de Lacan en castellano

    “El primer paso de la ignorancia es presumir saber”. Gracián, El Criticón.

    “El error es un arma que acaba siempre por dispararse contra el que la emplea” Arenal, Memoria sobre la igualdad

    “La traición no triunfará jamás. ¿Por qué razón? Porque si triunfa, nadie se atreve ya a llamarla traición. J. Harrington. Of Teason

    1. Propósito

     

    Pretensión: salvemos, por esta vez, el recurso timorato que absuelve a cualquier traductor dando por inexorable a la inmanente traición. No, porque hay traiciones y traiciones. Algunas de ellas, claro está, exceden el espectro medio de lo “opinable” –en cuanto a la diversidad de posibles alternativas homogéneamente valederas– para inscribirse en el error y la equivocación. Si aquel es tributario del saber referencial –y de la ética que debiera presidir cada una de sus autorizaciones–, la segunda apunta al saber textual, conjeturable –a partir de sus formaciones– si se escrutan los designios explícitos, o no, del sujeto de la enunciación concernido.

    Pues bien, la alarmante profusión de errores y equivocaciones cometidos por los responsables de la versión castellana del Seminario XX de Lacan (Paidós, Barcelona, 1981),* nos ha movido a procurar su desglose, en el intento de contribuir a una difusión de la obra del maestro francés tal que respete legítimamente, en nuestro idioma, los términos de su rigurosa concepción. Ya que –como alguna vez aseveró Freud– uno comienza cediendo en las palabras, y nunca sabe dónde puede terminar.

    Por otra parte, a pesar de la abundancia de dichos yerros, el espacio con que contamos en esta Sección de REdTORICA nos convida con licitud a limitar nuestro corpus a los dos capítulos iniciales del Seminario; empero, asumimos el compromiso de proseguir, en otros números, la tarea así iniciada. Dicha prosecución involucrará también un retorno, en la medida en que de los capítulos referidos señalaremos, aquí, tan solo algunas de las muchas objeciones que suscitan.

    Esta labor, por último, no hace sino aunarse con otra de no menor alcance: se trata de consignar los resultados de cotejo confrontativo entre el registro de la desgrabación del Seminario de marras, y el respectivo establecimiento publicado, a partir de aquella, por Seuil, en París, 1975. Adelantemos, en tal tesitura, que los grosores comparativos de ambos textos ya preanuncian lo que luego se forja como juicio fundado en el lento procesamiento reflexivo de la lectura del original: la “poda” consumada en este no fue una limpieza en pos de facilitar, de agilizar o, inclusive, de mejor organizar la lectura, sino que ella implica, directamente, una mutilación conceptual, a más de estilística.

     

    1. Los yerros puntuados
    2. Aun

    Tal palabra, es claro, alude al título adjudicado a la edición castellana (C, en lo sucesivo, y F, para la francesa). Ahora bien, el “aun” no acentuado significa tendencialmente “hasta, también, inclusive”; en cambio se “escribe con acento cuando puede sustituirse por todavía sin alterar el sentido de la frase”. Por otra parte, también se le asigna el sentido de “no obstante, sin embargo” (1). Pues bien, se desprende del desarrollo expositivo del Seminario que Lacan apunta a lo correctamente trasladado al portugués por el correspondiente traductor: “Más, todavía”, Mais, ainda (2), denotando, con la juntura descomponible y de elección eventualmente alternativa entre sus términos, una perdurabilidad –rayana con el desafío– situable en los mismísimos lindes de una exclamación interrogativa que el sedativo “aun” se encarga, por su cuenta, de sofocar. Y esto tanto en lo concesivo, cuanto en lo encarecedor… aun. Pero –es obvio por lo anunciado– hay más todavía… según lo sustrata el goce suplementario incluido raigalmente en el decurso del propio Seminario.

    1. “Fuera de lugar”

    Se sienta esta locución (C, 10) por “deplacé”, “desplazado” (F, 10). Resulta que Lacan utiliza, en ocasiones, el “hors”, “fuera”; por ejemplo, “horsexe” (F, 78/9; C, 103). No es así en este caso, donde contextualmente él asume su lugar de destinación significante en virtud de hallarse conducido por la operación que desde Freud conocemos como desplazamiento (“déplacement”, en francés). Por ende, la sinonimia lexical pierde el rigor del concepto, pues escamotea el uso –“deliberado” o no, poco importa– que de él hace el autor.

    1. otro

    En C, 12 se lee al pequeño otro cuando en F, 11 dice “Autre”, en el último renglón del apartado 1. Esto, estimamos, no requiere mayores comentarios.

    1. signo de amor

    La expresión mentada perdió, en C, 12 dos artículos determinados, definidos, que se encuentran en F, 11; “le signe de l’amour”. Dicha maniobra se reitera en lo sucesivo de la versión; de aquella cabe aseverar, entonces que el retiro del definido disuelve el peso de la afirmación, ya que no se trata –en el crucial aforismo destacado– de ese signo incurso en un conjunto coleccionable, sino de su acotamiento aislado y privilegiado: el signo. Tampoco el amor es una entidad vagarosa: es el amor que cada quien acontece.

    1. señas, señales

    Luego de haber vertido “signe” por “signo”, según acabamos de con-signar, brota una intempestiva sinonimia: C, 12 y 13 escriben lo indicado en el nombre de este apartado, cuando F, 11 insiste en el mismo concepto. Y decimos concepto, que el Seminario abunda en la consideración del signo, por ejemplo en C, 169/71 (F, 128/30). Además, aunque rebalse nuestro corpus, no podemos dejar de resaltar la recurrencia de esta empresa en las páginas anotadas en último término, donde por ejemplo “donner un signe, un signe de sa présence de unité” se transformó en [aprender] “a hacer una seña, a dar un signo…”. ¿Es que acaso Lacan es un nuevo semiólogo general, o un epistemólogo genético que clasifica seña, señal, signo, significante? El signo es lo que representa algo para alguien: entonces, ¿de dónde surge su homologación con seña o señal?

    1. el inconsciente

    En este respecto, C, 12 reincide en una denominación sustancialista, enteléquica de “l’inconscient” (F, 11) –harto difundida en nuestro medio–, la que es cabalmente sorteada por el freudiano “lo inconsciente” (3). ¿Por qué? Porque no concibe una geología de pedazos de la cabeza, sino que hace suyo el sesgo de un discurso –ni profundo ni superficial– asido en el tren de la arista de un constante devenir, y cuya única patencia (le) adviene en función de sus formaciones. “El” inconsciente, al sustantivizar, relanza imperceptiblemente una postulación en términos de una consciencia duplicada, pues reintroduce el homunculillo avieso de la yocrática causa final, teleológica y presuntamente placentera. Así, la dimensión de “lo” autoriza, facilita, una adjetivación que participa de una episteme homóloga con la de los registros lacanianos: “lo” Real, por ejemplo. Abona, por último, la jerarquía del efecto remontado y del azar, en tanto conceptos insoslayables del psicoanálisis.

    1. Lo pide sin cesar

    Tal frase da cuenta, en C, 12 de lo que en F, 11 reza: “Il ne cesse pas de le demander”. Como cabe advertir, este sintagma comprende dos operadores conceptuales –abrogados en C– no precisamente secundarios: “no cesa”, y “demanda”. El primero se halla tematizado con largueza en diversos tramos del Seminario, por ejemplo en C, 74 [F, 55] y C, 174/5 [F, 131/2]); según es de conocimiento, esa herramienta –en conjunción/ disyunción con el “escribirse”–, le permite a Lacan dar cuenta de cuatro de las categorías modales. Pues bien, una de ellas se encuentra casi adosada al “ne cesse pas” de C, 12 en dos oportunidades: lo necesario. ¿Y qué es lo necesario? Lo que no cesa de escribirse (C y F, ídem). Se capta: la estructura composicional de la precisión acerca de lo necesario es la misma que la de la frase considerada, salvedad sea hecha de que en esta última los términos “sólo” están dispuestos de modo de incitar sugerentemente al trabajo fundamentado de lectura, tomando benéfica distancia, entonces, de la mera transcripción léxica.

    Demanda, “D”: ¿alguien puede reemplazarla, en la concepción lacaniana, por el pedir contenidista, por el pedido explícito y puntual? Seamos justos: en otras ocurrencias, C decide escribir “demanda”, concluyéndose de dicho proceder que ambos términos intercambiados tienen zonas de máximo recubrimiento. Por eso –nos rebalsamos de nuevo– en C, 152 (F, 114) la frase–fórmula que introduce nada menos que al nudo borromeo, la frase de demanda aforísticamente iniciada por el “te demando… rehusar (Je te demande… de refuser)” es evocada como “te pido… rechazar”.

    1. extrañas

    Sin duda “bizarro/a” es un galicismo. Mas a los fines de procurar la constitución de una nomenclatura pertinente para nuestra práctica psicoanalítica, no deberíamos vacilar ante la objeción –siempre epocal, siempre con el conocido lag respecto de la interlocución cotidiana– de los académicos de la lengua, sino que, antes bien, cabría incentivar nuestro propio derrotero. Por otro lado, “bizarro/a” se ha tornado un vocablo ciertamente difundido y aceptado en el mundo “psi” hispanoparlante. Pese a ello, su aparición en F, 11 se metamorfosea –en C, 12– en “extrañas” (son las “señales”, ya aludidas). ¿Tan sólo cautela preservadora del idioma? El problema es que Lacan aísla y categoriza casi de inmediato lo “extraño (étrange)”, derivándolo hacia el “être-ange”, “ser-ángel” (C, 16; F, 14). Léase a esta luz la referencia previa sobre el “amuro”, y se comprobará la errónea inconsecuencia de C atinente a lo “extraño”.

    1. acarrea

    C, 13 sitúa esta palabra por “porte” (F, 11). De acuerdo: Lacan juega a menudo con la polisemia. Pero en incontables momentos de su enseñanza puntúa un concepto con el fin de alcanzar la mayor univocidad posible en medio de la acción significante. Esta es una de esas ocasiones; en efecto, si se le hace decir que el germen “acarrea” –también “ocasiona”– la muerte, se difumina el sentido fuerte del Träger (“portador”) que le adjudica esa frase, en consonancia con lo demostrado por la biología moderna. Porque la muerte no es engendrada por el germen, sino por la repetición del cuerpo en la descendencia, merced al “invento” de la sexualidad que hace a un lado la escisiparidad (4 y 5).

    1. relación proporción sexual”

    Al constar en F, 13 “relation rapport sexuel”, C opta por lo mencionado en este subtítulo (C, 14). Podría suponerse, con cierto margen de seguridad, que el objetivo procurado por medio de esa decisión fuese el de elidir aquí la redundancia; sin embargo, tal alternativa es de antigua data en este grupo de traductores, el cual suscribe, en dicha perspectiva, una explícita recomendación que ya les formulara anteriormente J.-A. Miller (6). El asunto es que este último teme –dice– que se confunda “relación” con “relaciones” sexuales, creyendo esquivar el hipotético obstáculo a través del uso de “proporción”. Empero, nos parece que este recurso aritmético lo que logra es apartar la –ahora sí– imprescindible polivocidad a sustentar partiendo del término francés, el que significa también “informe”, “relato”, “información”, “narración”. Y si estamos contestes en que no hay relación sexual por efecto de su inencontrabilidad en “lo enunciable” –según sostiene el Seminario una línea antes–, no trepidaremos en suscribir la primacía significante –sorteada sistemáticamente en sus presentaciones por quien propuso “proporción”– que porta el no negociable concepto de “relación” (sexual).

    1. caracteres secundarios

    Entre estas dos palabras (C, 15), el texto galo intercala “sexuels” (F. 13). Vaya omisión en un párrafo que agrega lo siguiente en su frase inmediata: “Nada distingue (rien ne distingue) a la mujer como ser sexuado, sino justamente el sexo”. Además, como lo destacan las palabras por nosotros puntuadas, Lacan se vale allí del ne expletivo, lugar entre otros, como se sabe, de posicionamiento del sujeto de la enunciación (7). ¿No sería conducente resaltarlo? ¿O pretenderemos que es una insípida “façon de parler”?

    1. “necio, necedad”

    A partir de sus inserciones iniciales, tanto “bête” (F, 14; C, 16) como su adjetivo sustantivado “bêtise” (F, 16; C, 20), se vierten según se acaba de justipreciar. La cuestión es que los nombrados vocablos castellanos derivan directamente de “scientia”, “conocimiento”, proveniente a su vez de “sciens/tis”, “el que sabe”. Pero hete aquí que Lacan intenta burilar una noción que, sin duda, se escinde de la notación del saber sabido, hurgando, en cambio, en un saber sin sujeto por medio de la “bêtise” en tanto “tontería”. ¿Por qué esta elección? Porque “tonto” es “voz de creación expresiva, cuyos equivalentes se encuentran en muchos idiomas”. A esto, agregan Corominas y Pascual que términos como “chocho, bobo, lelo, soso, fofo, memo, y en particular su hermano y sinónimo zonzo… se caracterizan por la repetición de una misma consonante, a menudo con vocal o, y a veces con adición de una n, y es esta misma repetición la que basta para sugerir directamente la idea” (8). Antes que aceptar la implícita invitación etimológica de C en pro de la credulidad en el moderno catecismo de la ciencia, nos sumamos a la fecunda línea “tonteril” trazada, en este respecto, entre Flaubert (9), Lacan y Glucksmann (10).

    1. palabra

    La traducción (C, 18; F; 15) renueva un malentendido lexicológico habitual atinente a la obra de Lacan: se trata de volcar tanto “parole” como “mot” (C, 28; F; 22) por “palabra”. Justamente en la página recién citada se estipula la diferencia: la “palabra” (mot) hace colección en el diccionario, en tanto lo que a nos, analistas, incumbe, es la función del “habla”. Sí: “Función y campo del habla y del lenguaje en psicoanálisis”, ya que este hace a la dimensión interlocutiva de la parole, en la cual hasta la frase puede llegar a configurar una unidad significante.

    1. lingüisteria

    Otra aprehensión –también usual– a mitad de camino, ya que el libro reza “linguisterie” (F; 20; C; 24). Literalmente, lo escogido parece atinado, mas, conociendo la tesitura lacaniana, ¿creemos que el neologismo no está compuesto siguiendo los lineamientos de un tropo? ¿O será, como no es infrecuente en su enseñanza, más bien el efecto de una metáfora –condensación– al estilo de parlêtre? Entonces, si como acreditamos este es el caso, escribiremos –en congruencia tanto con la denotación del emprendimiento del nuevo monema, cuanto con la procedencia de los términos integrativos– “lingüisteria”. ¿Se lee la histeria?

    1. “está estructurado como un lenguaje”

    Para proseguir con la recurrencia de errores ahora lamentablemente casi generalizados, C, 24 concibe del modo mencionado el clásico aforismo lacaniano (F; 20). Pero, se sabe, el francés carece del distingo castellano entre “ser” y “estar”; por ende, “est structuré” (ídem ut supra) conviene inteligirlo como “es estructurado” antes que como “(ya) está estructurado”. Proceso, tránsito, entonces, y no alforja-depósito oclusa y conclusa de la que cabría proveer al desagote de sus “contenidos infantiles fijados”.

    1. escandido

    Quizás por algún “arrastre” inadvertido, C, 25 coloca esta voz por el original “pointé” (F, 20). Y decimos de un posible “arrastre” porque pocos renglones arriba asoma, efectivamente, “se scande”, lo cual se traduce con corrección. Ahora bien, esta cuestión del “anotar”, “punzar”, “marcar”, por cierto que no es de la misma estofa que la escansión; aquella, inclusive, se localiza en un campo nocional y práxico que la acerca a la puntuación. En consecuencia, ¿no habrá en esta equivocación una re-velación de la promoción “duplicada” de la escansión en la práctica analítica? ¿Qué lugar le resta, entonces, a la puntuación?

    1. vínculo

    Esta expresión es la elegida para dar cuenta de “lien” (F; 21; C; 26), insistiéndose con ella en el curso del desarrollo subsiguiente. Sin embargo, pocas líneas después, el mismo término se traslada como “lazo” (F; 22; C27). ¿Por qué esta errática e infundada sinonimia? Una posible respuesta estriba en que en el primer caso se trata del discursivo lien social, en tanto que el segundo involucra a los liens hormonales. Vale decir que el ser hablante establece vínculos, mientras que en los productos glandulares se circunscriben lazos. O dicho de otro modo, y como conclusión: la noción de “lazo” demuestra ser inadecuada para la intelección del ser hablante, según afirman, en estado práctico, los traductores. Punto que no deja de causar perplejidad ante un Seminario en el cual el nudo borromeo –definido, desde el corte, por los lazos– adquiere una importancia medular para la aprehensión de la experiencia del análisis, la que dista con mucho de ser hormonal (por ejemplo, C, 143/64; F, 107/23). Por lo tanto, esta equivocada concesión antitopológica a la empiria fenomenológica del “vínculo”, ¿no comportará un inconfeso homenaje a los aspectos menos ponderables de las enseñanzas de Enrique Pichon-Riviere, las que conforman una suerte de background “vincularmente” pregnante, seductor para tantos “psi” hispanoparlantes? ¿O será una contraseña semántica capaz de evocar el afamado conductismo del “doble vínculo”?

    1. barrera” – “tachada

    Estas dos propuestas (C, 27 y 39) dan cuenta del francés “barré” (F, 22 y 31). Ahora bien, en el primer caso se trata de la clásica barra –de origen saussuriano– postulada algorítmicamente entre el significante y su efecto llamado significado; sin duda, la realista “barrera (barrière)” se franquea (franchir) de un modo bastante heteróclito al franqueamiento de la barra que, por ejemplo, propone la fórmula de la metáfora (11). Por otro lado, si nos hacemos cargo de esa concepción de la barra, podremos entender el efecto definiente del significante sobre el sujeto, aprehendiendo a este –barra ahora oblicua, o vertical, mediante– como consecuentemente “barrado” (/), y no “tachado”. Y lo propio sucede desde ya con la A (Otro) en tanto “barrada” (/).

    Por último, ¿no se percibe cómo con “barrera” y “tachada” se quiebra en nexo lógico necesario vigente entro lo denotado por las escrituras nombradas y la “experiencia de la barra” (el “embarazo”, por ejemplo), tematizada por Lacan en el Seminario X?

    1. la verdad sea dicha

    Esta expresión congelada, consensual, figura en C, 30 como traducción de un coloquial “mon Dieu (mi Dios)” (F, 24). Puede argumentarse, en pro de dicha opción, la condición de muletillas, de comodines del habla, que compartirían ambos sintagmas; sea, mas ¿se ignora el lazo planteado por Lacan entre verdad y decir? O sea, aquello irrenunciable de que la verdad es no-toda, pudiendo tan solo semidecirse, por efecto de la acción de la Urverdrängung. ¿Qué implica, entonces, que C profiera, repentinamente –y en un contexto tan delicado como el que en tales páginas razona sobre las sustancias–, un enunciado en apariencia refutatorio de la concepción lacaniana de la verdad? ¿O que dé pie, homonímicamente, a pensar en la imperativa verdad como felicidad (también “dicha”)?

    1. causa final

    Que se propone por “cause dernière” (F; 27; C; 34), o sea, “causa última”. Es notorio que aquí la desaparición efectivizada –una vez más– en la apelación a la presunta sinonimia se articula con el desconocimiento del contexto filosófico a partir del cual se desgrana lo referido.* ¿De qué se trata? De una nueva puesta a punto de las cuatro tradicionales causas aristotélicas –consideradas, por ejemplo, en “La ciencia y la verdad” (12): material, final (finale), eficiente y formal. Es en este orden que son enumeradas en el Seminario XX; ahora bien, ocurre que lo de “causa final” no se incluye en C únicamente en su estricto acápite, sino también cuando Lacan discurre acerca de la causa formal, arrojando como resultado este remarcable despropósito: “su causa, su causa final (dernière), que es «formal»”. Por lo que se le imputa así al maestro francés la confusión, o la superposición, de la causa final con la formal, hecho que, según se colige, caracteriza en verdad a este equipo.

     

     

    III. Conclusión

     

    En suma, creemos haber logrado, siquiera sea parcialmente, el cometido propuesto en I. atinente al mismo orden, consideramos sumamente beneficioso el hecho de que este trabajo pudiese llegar a precipitar otros de homólogo calibre en aquellos –no pocos– lectores que ensayen sumar su aporte respecto a la notable obra de Lacan. Circunstancia, claro está, que no se encuentra reservada a cenáculo alguno, quod erat demonstrandum.

     

     

    Referencias bibliográficas

    • Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, Espasa-Calpe, Madrid, 1970, p. 143, destacado en el original.
    • Lacan, O Seminario, libro 20: Mais, ainda, Zahar, Rio de Janeiro, 1982.
    • Freud, “Das Unbewusste”, Studienausgabe, S. Fischer Verlag, Francfort del Meno, 1980, v. III, pp. 119/62; Obras completas, Amorrortu, Buenos Aires, 1979, v. XIV, pp. 153/201.
    • Jacob, La lógica de lo viviente. Una historia de la herencia, Laia, Barcelona, 1977, pp. 333/49.
    • Foucault, “Crecer y multiplicar”, en varios, Lógica de lo viviente e historia de la biología, Anagrama, Barcelona, 1975, pp. 93/102.
    • -A. Miller, Cinco conferencias caraqueñas sobre Lacan, Ateneo de Caraca, Caracas, 1980, p. 44.
    • Lacan, “Remarque sur le rapport de Daniel Lagache: ‘Psychanalyse et structure de la personnalité’ ”, Écrits, Seuil, París, 1966, pp. 663/5; Escritos II, Siglo XXI, México, 1975, pp. 284/6.
    • Corominas –J.A. Pascual, Diccionario critico etimológico castellano e hispánico, Gredos, Madrid, 1983, v. V, pp. 545/6, destacado en el original.
    • Flaubert, Bouvard y Pécuchet, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1980.
    • Glucksmann, La bêtise, Grasset, Paris, 1985.
    • Lacan, “L’ instance de la lettre dans l’inconscient ou la raison depuis Freud”, Écrits (cit.), pp. 515/6; Escritos I, Siglo XXI, México, 1976, p.
    • ¾, “La science et la verité”, Écrits (cit.), pp. 871/; Escritos I (cit.), pp. 356/9.

    * En otra prueba de la coherencia del proceder de este equipo, puede leerse en el recientemente editado –en nueva versión– Seminario XV de 1064 (Paidós, Buenos Aires, 1086) lo siguiente: “la falta central del deseo, siempre puntualizada por mí, de manera unívoca, mediante el algoritmo (-…)” (p.112). Cinco líneas después, se reitera la misma escritura, en el mismo sentido, el que, según se aprecia, comporta por parte de Lacan una ratificación férrea en su postura, abonada por los términos “siempre” y “de manera unívoca”. Por lo cual, entonces, corrobora lo anteriormente sostenido en –por ejemplo– Subversión del sujeto… (Escritos 1 [cit.], p. 335) de este modo: “por muy sostén que sea del (-1), se convierte allí en (…) (Fi mayúscula), el falo simbólico imposible de hacer negativo” (el destacado es nuestro).

    De lo que se concluye que, cuando Lacan asevera que insiste en su algoritmo, los traductores –y sus revisores– le endilgan la incuria propia del trabajo por ellos encarado. En resumen: (-„ (menos fi minúscula) no es (-(…) según discrimina la versión francesa (Seuil, París, 1983, p. 97).

    * Análoga situación presenta cuando en F, 85 y luego de mencionar poco antes a Heidegger, Lacan asevera, “Cet être-là n’est pas rien”, es decir: “Ese ser-ahí (Dasein) no es nada”. Se conoce, indudablemente, el papel capital que juega en el pensamiento del gran filósofo alemán la noción puesta entre paréntesis, la que jamás podría traducirse por el solo “ser”. Pues bien, ello resulta vertido así: “Nada no es ese ser” (C, 112).

  • Entre dos lenguas… Hay un cierto Aqueronte que atravesar.

    Conversación con Anabel Salafia sobre traducción

    Verónica Cohen: Se habla mucho de traduttore, traditore ¿pero qué hace que una traducción pueda ser fiel? No el traducir palabra por palabra, porque eso distorsiona, ¿pero cómo se establece el texto en otra lengua? O mejor, ¿qué hace de una traducción un texto que transmita lo que dice el autor en otra lengua?

    Anabel Salafia: Eso depende de muchas cosas, según se trate de traducir de la llamada lengua materna a otra lengua; cuando es así, también se habla de una tensión entre la lengua propia y la lengua extraña. “Extraña” y no exactamente “extranjera”, ya que en este caso se trata de una oposición que puede darse entre lo que es llamado la lengua patriótica o nacional (por ejemplo, algunos traductores alemanes como Friedrich Schleiermacher), lo que es la lengua paterna, en alemán vaterländische, y una lengua extranjera, en el sentido de extraterritorial, como lo dice el término alemán ausslandisch.[1]

    Es interesante considerar que en la patria está la tierra, land, y los hombres, entre los cuales se encuentra el padre. En este caso, el intercambio recíproco de lenguas es entre lo que constituye el mundo particular de una nación y eso mismo, pero de otra nación.

    Según esta corriente, la lengua materna se considera primera, es la lengua natal, es en la cual ha sido arrojado el niño. Ella se desarrolla en la familia antes que en la comunidad nacional.

    Para este gran traductor alemán, Friedrich Schleiermacher, la lengua materna, sin embargo, no es la primera. Antes, en un primer tiempo, el niño inventa una lengua y luego se integra al universo lingüístico que lo rodea, es decir que nos encontramos con una primera traducción del lenguaje inventado a la lengua que el niño, podemos decir, reencuentra.

    Esto significa que el aprendizaje de la lengua supone, tras sí, una lengua perdida, aquella en la cual el niño se vio arrojado, una lengua nunca incorporada, una lengua inventada, y la lengua original, la lengua materna.

     

    V.C.: Entonces, la primera traducción es entre el lenguaje, lo que el niño inventa de él, y lalangue que va incorporando.

     

    A.S.: Esta teoría de la adquisición del lenguaje por parte de los niños contraría la teoría de que los niños aprenden a hablar por imitación en razón de la necesidad de fijar imágenes generales. Hay en ellos una productividad original, la prueba de esto, decía Schleiermacher, estaría en el hecho de que algunos niños conservan esas palabras hasta un momento relativamente tardío de la vida.

    El muttersprache y el vaterländische Sprache (respectivamente, lengua materna y paterna) no designan la misma cosa. Cada una tiene una relación particular con la lengua natal. Podemos considerar, entonces, que la adquisición de la lengua es ya una traducción.

    Esta teoría sustentada por Friedrich Schleiermacher se aproxima bastante a la conjetura de Lacan acerca del origen de la escritura.

    La pregunta sobre qué se traduce parece remitir a algo esencial de la lengua que llevaría a la Cosa. Para Lacan, la Cosa es el lugar donde está lalangue, no es lalangue sino el lugar donde está, lalangue está en la Cosa (Goethe ya había hablado de la traducción diciendo que no se trata de que una lengua reemplace a la otra, sino de que esta última vaya al lugar de la lengua propia). Sin embargo, lalangue tampoco es la lengua materna. El tejido que le es propio, la materia con la cual está hecha, tiene una relación con la lengua materna y al mismo tiempo se distingue de ella. El tejido está hecho entre lalangue y la lengua materna.

    La Cosa es la estofa, el tejido de la lengua es la estofa, ocupa un espacio, en el sentido en que espacio e imaginario coinciden, así como lo imaginario es el lugar donde está el nudo. La estofa de lalengua es nodal.[2]

     

    V.C.: En el Seminario XX: Encore, Lacan dice que lo que falla es el indicador del referente. ¿Qué decir sobre esto en cuanto a la traducción?

     

    A.S.: Si por ejemplo se trata de traducir un párrafo o una expresión de Freud o de Lacan, debo tener en cuenta que ese párrafo, frase o término, cualquiera sea, tiene su sentido en un determinado discurso.

    Lacan muestra cómo el hecho de que Saussure diga que la relación entre significante y significado es “arbitraria”, el que emplee ese significante desliza su decir en el discurso del amo, la “arbitrariedad” es cuestión del discurso amo, es inevitablemente un significante de ese discurso, y además un significante sugerido, digamos, efecto de la sugestión que el discurso universitario ejerce en determinado momento. Es decir, Saussure profesor es uno, pero para Lacan hay otro más verdadero; si osamos decirlo así, el Saussure de los anagramas. Es a partir de allí que veríamos cómo “el significado no tiene nada que ver con lo que lo causa” (porque lo que lo causa es lo real), o que “el significante no significa nada”.

    Es Lacan quien habla de este modo. Sin embargo, esto no quiere decir que el significante no deba cumplir para el sujeto la función de “significarlo”, por ejemplo de significarlo “hombre”, y no me refiero a su género de sexo sino también en cuanto a su pertenencia al género humano. Bien sabemos los psicoanalistas que el sujeto supuesto a un ser hablante puede no sentirse como él cree que se sienten todos los otros, puede no poder significarse por el hecho de que el significante no pueda ejercer para él su función de tal, es decir, no significar nada. Puede parecer paradójico el hecho de que para que un sujeto se signifique tenga que existir la posibilidad concreta de que un significante no signifique nada.

    Lo que Freud llama “complejo del semejante” no es algo tan simple como suele creerse. Reconocerse semejante al semejante depende de la función del significante, y esto puede fallar, no solo en la psicosis. Es necesario que algo funcione como no-todo en la lengua materna para que se establezca una relación y una distancia al mismo tiempo entre lalengua (lalangue) y la lengua materna.

    Si hablamos de la traducción, entonces, es interesante recordar que Wilhelm Von Humboldt tuvo una gran intuición respecto del significante. Von Humboldt decía, por ejemplo, que si se hace abstracción de expresiones que solo designan objetos físicos, ninguna palabra de una lengua es exactamente idéntica a otra en otra lengua. Entonces, estas expresiones que no designan objetos físicos son consideradas por Von Humboldt como significantes. Para él hay sinonimia entre las principales lenguas, como el griego, el latín, y el alemán, por ejemplo.

    Ahora bien, de algunos autores, como por ejemplo Aristóteles, quizás se deba considerar que lo que se traduce a partir de un determinado texto es más un decir que un dicho, ya que en el mismo texto de Aristóteles encontramos que él se expresa diciendo como eso de lo que él trata, por ejemplo, el problema del ser, es cómo debe decirse.

     

    V.C.: Incluye la enunciación.

     

    A.S.: Sí, claro. Aristóteles dice que el ser se dice de una y múltiples formas. En cierto modo, el concepto de cualquier cosa de la que se trate alcanza su pertinencia en el “bien decir”. Por supuesto, este es el “bien decir” para Aristóteles, del cual habla Lacan, este bien decir constituye una ética. Aristóteles no dice “esto es así”, sino “esto se dice así”. Digamos que es muy prudente (frónesis) para utilizar un significante muy propio de su discurso con respecto a la cuestión del ser. Es cierto que si se toma de este modo es para “desontologizar” el ser.

     

    V.C.: Eso es importante, porque se traduce el decir, no los dichos sino el decir. Ahí hay una diferencia importante.

     

    A.S.: Bueno, sin embargo no es inadecuado utilizar la fórmula Aristóteles dixit”, nada impide mencionar algo como dicho por Aristóteles, yo misma lo estoy haciendo. Lo que trato de decir es que la traducción debe reflejar claramente, de alguna manera, por ejemplo la diferencia que existe entre decir, el ser “se dice”, y decir el ser es.

     

    V.C.: ¿No hay ya una traducción en lo que va de lo que se dice a lo que se escribe?

     

    A.S.: Cuando hablamos de traducción tenemos en cuenta una relación del decir con lo que se escribe, es decir, con la letra, incluso si se trata de un texto oral, se traduce lo que se escribe de lo que se dice. Como dice Lacan, hay una escritura que subyace al lenguaje. Hay una latencia de la escritura en el len guaje.

    Una escritura se produce al mismo tiempo que el texto que se pronuncia. Cuando pasamos de lo oral al escrito hablamos de transcripción, la cual puede ser, por supuesto, dentro de la misma lengua. Sin embargo, no hay nada que pueda zanjar la hiancia entre la palabra hablada y la palabra escrita, entre lo llamado oral y el escrito. Se trata de dos sistemas completamente diferentes. La escritura no es el reflejo de la palabra hablada.

     

    Ilda Rodriguez: Cuando hay un pasaje de una lengua en otra, por ejemplo, el Unbewusste que desemboca en l’une-bévue, se produce una homofonía ante la escucha que requiere de una repetición y de una escritura para lograr ser cernida. Dicha transferencia de la letra, ¿puede considerarse una transliteración? En su ya clásico libro Letra por letra, Jean Allouch había articulado traducir-transcribir-transliterar. ¿Usted considera que esta diferenciación conceptual y clínica conserva su vigencia?

     

    A.S.: Jean Allouch es quien se ocupó de aclarar estas operaciones,[3] según se trate del pasaje de lo oral a lo escrito o de una escritura a otra, poniendo en juego la homofonía y la letra. Es decir que en el pasaje de lo oral a lo escrito puedo transcribir fonemáticamente, lo cual sería hacerlo a la letra,este es un tipo de escritura o transliterar, pasando un término de una lengua a otra, conservando la homofonía y cambiando algunas letras, con conservación del sentido.

    La transliteración, la función de la homofonía y la escritura son operaciones en la “traducción”. Lacan “traduce” de muchas maneras algunos términos del alemán transliterando, es decir, cambiando algunas letras de ese término y conservando el sentido que tiene de ambas lenguas.

     

    I.R.: Cabe decir que se habla de una lengua mediante otra, y el lenguaje se perfecciona cuando sabe jugar con la escritura, como nos dice Lacan, en la puesta en acto de la homofonía, por ejemplo. Respecto de la transliteración, ¿podría afirmarse que existen otras formas, además de las recién mencionadas?

     

    A.S.: Por cierto, Lacan traduce un determinado significante transliterándolo al ponerlo en un grafo. Eso es lo que hace con el significante “famillonario”, lleva a cabo una transliteración de los términos de la subversión del sujeto al grafo del deseo (grafo que a su vez es la transliteración de los circuitos que se producen a lo largo del desarrollo del seminario sobre las formaciones del inconciente). Todo el juego que proporciona la topología de grafos, la posibilidad de unir vértices y vectores componiendo circuitos que, digámoslo así, pueden ir cuando regresan y regresar cuando van, sin que por eso haya contradicción, es algo formidable. Todo un esquema banal de la llamada “comunicación” es no solo interrogado y cuestionado sino extraordinariamente enriquecido: la relación código-mensaje que manejan las teorías de la comunicación es elemental al lado de lo que revelan la Psicopatología de la vida cotidiana, El chiste y su relación con el inconsciente, y tanto más aún a partir de la lectura que hace Freud de la escritura de Schreber.

    El orden que puso Roman Jakobson al hablar de las combinaciones posibles entre mensajes, como el reenvío de código a código (CC), de código a mensaje (CM), de mensaje a código (MC) y de mensaje a mensaje (MM), sin duda fueron de enorme utilidad para Lacan, y estimo         que es casi inevitable pensar que estos elementos subyacen a la construcción del famoso grafo de Lacan sobre el sujeto subvertido y, por lo mismo, del deseo. Sin embargo, sin “él”, como a veces Lacan ha nombrado al Otro, es decir el inconsciente en el sentido freudiano, nunca se hubiera dejado de creer que el código es la garantía de lo que se dice, nunca se hubiera advertido que cuando algo no está en el código y sin embargo este lo reconoce por razones de homofonía, o de lítote y otras figuras retóricas, es entonces que quien habla, dice algo. Muchas de estas cuestiones se aprenden de la psicosis. Schreber nos ofrece ejemplos muy interesantes de estas ocurrencias.

     

    I.R.: ¿Qué decir a propósito de las menciones al Crátilo de Platón, en relación con el origen de los nombres y con el lenguaje, en el curso de los seminarios de Lacan?

     

    A.S.: Quizás, en Platón la relación con la letra es aún más evidente, en la medida en que su texto está constituido por diálogos. Uno podría pensar que nada es más hablado que un diálogo, y sin embargo, cuando se trata del Crátilo no podríamos entender nada de las falsas etimologías que allí se presentan sin seguir la lectura a la letra –el juego con la literalidad que presenta el Cratilo es el ejemplo de la libertad con que Platón se permite crear falsas etimologías, aunque luego las desmienta, pues una vez creadas están allí. Esto nos interesa porque muchas veces para Lacan las “falsas etimologías” no son tales, se encuentran en lalangue, a veces Lacan mismo las crea, y, digamos, las autoriza, porque emergen de operaciones que la lengua realiza con lo literal, operaciones insospechables, diría yo, que tienen como resultado homofonías, consideradas válidas como etimologías. En el Cratilo se trata del origen de los nombres, de cómo se crearon los nombres, de quién fue el onomaturgo. Entonces, las falsas etimologías se producen como resultado de la especulación sobre los nombres. La pregunta es, por ejemplo, por qué Hermógenes se llama Hermógenes. Entonces se buscan, o se encuentran, las consonancias con otras cosas que resultan homofónicas. Por eso hay tantas falsas etimologías, porque la homofonía entre el nombre con otras cosas no asegura que se trate de lo mismo, de la misma palabra, del mismo origen.

    Para Lacan, las “falsas etimologías” que provienen de la homofonía entre dos términos no son producto del azar, quizás sí de la contingencia. Pensemos en deux y d’eux. Lacan dice que esta homofonía no es casual, porque en el fondo habría una etimología común para ambas expresiones. Esto es bastante difícil de verificar, pero es interesante que solo haya una diferencia de espacio entre las letras. Por otra parte, hay muchos casos de homofonías totales entre dos términos cuya etimología difiere sin lugar a duda. No importa, Lacan diría que eso no significa nada, que se trata del significante. Yo diría, del significante que insiste según leyes que le son propias.

     

    V.C.: Hay una pregunta clásica que me gustaría retomar: ¿qué decir de la fidelidad y/o traición en la traducción?

     

    A.S.: Von Humboldt decía que más se esfuerza el traductor en ser fiel al texto que traduce, buscando por ejemplo la palabra idéntica en la otra lengua, más se aleja del espíritu del texto. Es decir que en la traducción no hay fidelidad sin traición.

    Pero traducir significa llevar de un lugar al otro, de una lengua a otra, aunque no únicamente, por supuesto, ya que también existe la traducción de un jeroglífico a una lengua alfabetizada, o de una lengua a otra con un alfabeto diferente.

    Lo digo para señalar que etimológicamente el tra es el mismo que se encuentra en traición, en tradición y en transmisión. El tra indica un atravesamiento. Por ejemplo, en el término traducción está indicado tanto el atravesamiento como la conducción, el llevar, el duc de conducir, del conductor, el duque (Il duce, por supuesto, que conduce a la masa durante el fascismo italiano).

    Bien se podría decir que la traducción es una travesía, que por ejemplo, entre dos lenguas hay algo que atravesar, no simplemente un pasaje, un llevar de un lugar a otro; hay un cierto Aqueronte que atravesar.

    La traición también implica una transmisión, algo que se dice pasa de boca en boca. La tradición tiene que ver con algo que se dice y se conserva como un recordatorio. Quizás por eso el olvido es muchas veces considerado una traición, y el recuerdo una fidelidad. Pero sin traición no hay “fidelidad” posible para transmitir, por ejemplo, el espíritu de una lengua, y mucho menos la estofa de lalangue.

    A propósito, lalangue, por ejemplo, ¿es una palabra traducible o intraducible? Es transliterable al castellano, ya que entre lalangue y lalengua hay homofonía, y la “a” y la “e” se encuentran en distinto lugar. Aun así, tengo mis dudas de la conveniencia de traducir este término hallado por “tropiezo”, precisamente, une-bévue en la lengua de Lacan. La homofonía surge en el momento en que él, Lacan, quiere decir “Lalande” y dice lalangue. En este caso no se trata de lo que es traducible sino de lo que no se traduce. Lalande es un nombre propio, y por lo tanto no se traduce, pero no es únicamente por eso que no se traduce, esa no es la razón más importante. Hay un matiz entre una y otra cosa que es preciso tener en cuenta. Un término puede ser traducible y, sin embargo, es posible que resulte conveniente no traducirlo.

    Es lo que pasa con los nombres propios, por ejemplo, y con algunos “neologismos” de Lacan, aunque sean traducibles es necesario que permanezcan en su lengua, en este caso el francés, porque no dicen lo mismo en esa lengua que en la nuestra. Otro tanto, aunque se trata de algo diferente, ocurre con el rébus. Para tomar un ejemplo que no proviene de Lacan, voy a referirme a Michel Leiris…

     

    I.R.: Lacan juega con el final del apellido de Leiris en el seminario que se llama casi parecido, RSI, y en primera instancia alude al escritor en Acerca de la causalidad psíquica, respecto de ciertos juegos a los que llama glosolálicos. Está claro que hay otros escritores que también hicieron diferentes experiencias con las palabras, incluso, en otra vertiente, el filósofo John Langshaw Austin, con su Cómo hacer cosas con palabras.

     

    A.S.: Efectivamente, se trata de experiencias con la palabra que conducen a la letra. Cuando se la dice, cuando se la escucha, indefectiblemente se la lee, y es allí que aparece la letra respecto de la homofonía- lo mismo puede encontrarse en Raymond Roussel, Francis Ponge y otros. Este último le hace hacer cosas a las cosas, a la palabra como cosa, no utiliza la prosopopeya como lo hace Lacan en La cosa freudiana, cuando pone a la verdad en el lugar de la cosa y le hace decir: “Yo, la verdad, hablo”.

     

    V.C.: ¿Y el rébus?

     

    A.S.: Es posible que el “ré” de rébus se corresponda con el “res” de la “cosa” en latín.

    Michel Leiris- del que había empezado a hablar- tiene un libro cuyo título es Palabras sin memoria, en el que las palabras pierden la memoria, se descomponen y luego se recomponen, pero ya no son las mismas, aunque su sonoridad sea casi la misma, entre la palabra que olvida y lo que se reconstruye, es decir, lo que se deconstruye y se reconstruye en otra u otras palabras, entre las cuales hay homofonías total o parcial.

    Si tomamos un ejemplo como este: métaphore phare de phosphore? forêt matée? Ou épitaphe du fort en theme? O también, Pèreperpétuel pet de reptile, está claro que podemos encontrar en estas transliteraciones sílabas, letras, letras de las sílabas del término original con el orden cambiado, todo ello llevado por la homofonía.

    Otra es la cuestión en lo que se refiere al sentido de un determinado párrafo. En este caso, la “traducción” no es de una lengua a otra lengua, está el hecho de que el mismo párrafo puede traducirse en diversos sentidos. Esto puede depender de la puntuación, por ejemplo, según cómo se lo puntúe, un mismo párrafo tendrá un sentido diferente. Si bien un rébus no es traducible a otra lengua, en ciertos casos se puede intentar reconstruirlo en la otra lengua, por ejemplo, cuando se trata de los títulos de algunos seminarios de Lacan, como Les non dupes errent –la homofonía con Los nombres del padre es perfecta en francés. En este ejemplo hay una demostración muy clara de la relación entre homofonía y escritura –insisto en ello porque concierne al síntoma como escritura.

     

    I.R.: ¿Cómo traducir ese título del Seminario Les non dupes errent produciendo la misma diferencia entre escritura y sonido?

     

    A.S.: Estas cuestiones se aproximan mucho a la articulación del síntoma con la escritura y a lo que concierne al estilo. Por ejemplo, sabemos que existe como síntoma la imposibilidad de puntuar, claro que este síntoma puede generar, incluso, un estilo de escritura. Convertirse en sinthoma, identificarse y hacerse identificable por el estilo. La relación entre el síntoma y la identificación es una cuestión de escritura, entre imaginario y real. Una inversión topológica del espejo no es la imagen en el espejo, pero el espejo llama a la escritura porque él mismo, el espejo, es un hecho de palabra.

    El lenguaje “hace” al espejo. Cuando se trata del sinthoma, el nombre viene al lugar del yo, un uno, también como número como individuo, sujeto de un ser hablante es también un número en un número entre otros, y cada uno lleva consigo la sombra de ese número que es, que le corresponde como individuo.

     

    I.R: Respecto de ese enigma figurativo que es el rébus, cada elemento “imagénico” es reemplazable por la palabra respectiva, de modo que así se puede obtener una frase que constituye la respuesta a un interrogante. Es decir que la imagen también puede ser un significante, en tanto vehículo y soporte de la letra. ¿Pero se puede hacer un rébus de cualquier frase?

                                                         

    A.S.: También ocurre que una frase puede contener otra frase no legible a primera vista, es decir, una combinación diferente de las letras que forman otras palabras, incluso podemos no darnos cuenta (y esto es lo que sucede normalmente) de frases ocultas en las que pronunciamos. Pero estas frases dan lugar a sueños, y en ocasiones a delirios.

    Hay razones para que Lacan diga que la “verdadera” psicosis es la paranoia, porque se trata de su relación efectiva con la estructura del lenguaje. El significante es el que cumple la función de perseguidor, lo que hace el paranoico es encarnarlo en determinado personaje, en un Flechsig, por ejemplo. La paranoia tiene una función inherente a la estructura del lenguaje, es intrínseco.

     

    V.C.: En Función y campo…, Lacan habla de la función poética del lenguaje. Ahora bien, esta función es establecida por Jakobson, ¿no?

     

    A.S.: Sí, junto con otras funciones que Jakobson establece: 1) la función referencial, que se refiere, marca, la no coincidencia del signo con el objeto; 2) la función conativa, que es la que concierne a lo imperativo en el lenguaje; 3) la función empática, que es la que está en lo que se dice, efectivamente en lo que se dice; 4) la función emotiva, que implica el hecho de que una misma frase, según el tono, según los acentos que se le dé, dice cada vez otra cosa, dice algo diferente. Todas estas funciones no pueden dejar de estar en juego en la traducción.

    Podríamos decir que explícita o implícitamente, Lacan agregó otras funciones. Por ejemplo, cuando considera que el mismo texto dice algo diferente según quien lo firma, según quien lo diga.

     

    I.R.: Según el autor.

     

    A.S.: Sí, el ejemplo que ofrece tiene en sí mismo un gran interés. Lacan dice que un texto dice algo diferente según lo firme Ricoeur o él mismo, Lacan. Por supuesto, como en el ejemplo está el sujeto, tenemos el pleno derecho de considerar por qué Lacan elige a Ricoeur como caso. ¿Esto querrá decir que la misma retórica dice otra cosa según no solo el autor sino el discurso que ese texto tiene como referente, o incluso que Lacan quiere significar que su hermetismo no tiene nada de hermenéutico? Hago abstracción del hecho de que en ese momento, Lacan considerara que Ricoeur traicionaba, en cierto sentido, su transmisión. Me interesa más lo que descubre en el curso de esa querella, que es en qué medida el nombre del autor hace al sentido de su texto.

    Digo eso teniendo en cuenta que Lacan considera muy especialmente la división entre significante y significado –en el seminario sobre las psicosis–, y en cierto sentido podríamos decir que su hipótesis es que el significado no tiene nada que ver con lo que lo causa –esto es desarrollado en el Seminario XX: Encore, cuando se pregunta por el referente, concluyendo que el indicador del referente, en lo que concierne al signo, falla. Es así como Lacan pasa a considerar que el referente es el discurso, que no hay otro referente que el discurso, de donde proviene lo que proferimos.

     

    V.C.: ¿Qué decir de la letra en el inconsciente? El pasaje del Unbewusste a la une-bévue no es solo un ejemplo de transliteración, sino de la letra en el inconsciente.

                                  

    A.S.: Digamos que con Lacan la noción de literalidad también cambia. Ahondar en la función de la letra es entrar en un campo de revelaciones inesperadas, y en lo que respecta a la traducción, es encontrarse con la función operativa de la transliteralidad. Puede decirse que el Lacan de La instancia de la letra en el inconsciente… se asoma a lo que será la función de lo transliteral –en este caso, más de una lengua interviene para “traducir” el término “inconsciente” y Unbewusste se translitera como une-bévue. La partícula negativa desaparece, se transforma en une, “una” (sabemos cuánto molesta la partícula negativa en la palabra inconsciente, que podría entenderse como el negativo de la conciencia), y parece que la negación del saber inconsciente desaparece. Y es así. Sin embargo, lo interesante es que el “no” reaparece en la palabra bévue, ya que la partícula “bé” en francés significa “no”. En la equivocación hay un “no visto”, pasado por alto, se toma una cosa por otra. Vue significa “visto”, en francés, pero a primera vista en español no sabríamos, en el caso en que esta palabra apareciera en un sueño, si se trata de “ver”, de “vestir” o de una vue, una “vista”, un paisaje, un panorama.

    Lo importante es lo que la transliteración nos indica acerca de la homofonía, lo que llamo “identificación homofónica” de términos como Unbewusste y une-bévue. Lo que la homofonía nos indica a partir del análisis es la relación de lo que se dice con el escrito. No se trata de un juego de palabras sino que en este aparente juego de palabras la función de la letra es fundamental, es lo que hace a la lectura, a la identificación entre la lectura y la escucha.

    Sin el psicoanálisis, sin el análisis, sin una práctica efectiva con el otro que habla, no se podría haber llegado a este punto, a estas revelaciones con respecto a la traducción. En la traducción no se trata solamente de una cuestión filológica, por eso la filología se encuentra en serios problemas para constituir una teoría de la traducción, ya que no lleva a cabo una práctica dentro de un lazo social, no hay una práctica filológica con el otro hablante, en un determinado lazo social, en un determinado discurso.

    Se necesita de la ciencia, a secas, para encontrar al sujeto, justamente donde está forcluido. Digamos que Leiris busca al sujeto, en la antropología no llega a descubrir que en sus ejemplos hay saber que supone un sujeto. Este es el problema fundamental, el de la suposición, del sujeto en tanto supuesto. Leiris se propone realizar una investigación etnológica, pero por esa vía no puede alcanzar los resultados que busca porque se mueve en el terreno equívoco de las llamadas “ciencias del hombre”.

    Ahora bien, que no se pueda hacer una “ciencia del hombre” porque el “hombre” es un significante, significa que sin la suposición de un sujeto en un ser hablante, este no podría ser humanamente respetado –digo esto porque por allí se escucha que en lo concerniente a lo humano, el psicoanálisis no tiene nada que hacer. Es al revés. Sin la suposición del sujeto, como decía, la humanidad se deshumaniza.

     

    V.C.: La interpretación es una traducción, pero la traducción ¿es una interpretación?

     

    A.S.: Puede ser una interpretación algo que implique un: “Me estás diciendo tal cosa”, y que eso no haya sido dicho literalmente. O mejor todavía, una interpretación sería lo que resulta de la traducción que el analista hace para sí de lo que el otro está diciendo. En este caso está en juego la función del mensaje, tal como la encontramos en La interpretación de los sueños, por ejemplo: “Te digo lo que te digo para que a partir de esto entiendas esto otro”. Si esto fuera traducción, lo sería dentro de la misma lengua.

     

    I.R.: A mi entender, destacar el decir en la traducción hace una diferencia. En esa dirección, en una conferencia pronunciada en Niza en 1974, Lacan afirma que lo phoné en una lengua se puede traducir a cualquier otra, salvo que sea una ignorada, y allí acentúa la cuestión de la voz…

     

    A.S.: Claro, porque la traducción supone una cierta escucha, aunque lo que se traduzca sea un texto escrito. Creo que un buen traductor, escucha.

     

    V.C.: Eso es lo que diferencia la traducción de Freud que hizo López-Ballesteros de la que hizo Etcheverry. Mientras que el primero transmite el decir de Freud, el segundo recrea la traducción que se hizo de su obra otro modo, y tiene el antecedente de la de López-Ballesteros. Por otro lado, y volviendo a la cuestión de la poética, en esa vía iría lo que hace Lacan con el Unbewusste y el une-bévue, ¿no es cierto?

     

    A.S.: Sí, porque la función de la poética tiene que ver con el sonido y con el sentido. Se trata de trasladar algo que tiene determinado sentido, aprovechando una homofonía, para crear algo que despierte, que interese, y Lacan no se preocupa de que eso pueda parecer un disparate, o sea que en ese sentido no tiene ninguna preocupación “científica”.

    En la traducción que hace López-Ballesteros tenemos una formación que nos relaciona mucho con el alemán de Freud, mientras que en la de Strachey no es así. Hay razones de este tipo que nos permiten leer a Lacan freudianamente.

     

    I.R.: Vale decir, entonces, que la operación analítica entre el Unbewusste y l’une-bévue, por vía de la homofonía como una función de la letra que despierta, pone en acto la unión del sonido y el sentido. Ahora bien, la invención del nuevo significante lalangue, que surge a partir de un lapsus de Lacan –como ya se ha dicho–, nos advierte de esa operatoria y reenvía al modo en que cada sujeto, en su singularidad, ha sido escuchado, ha hablado. De ahí esa lalengua, en la que recibió una primera impronta, que volverá a surgir en sueños, en todo tipo de tropiezos, equívocos, etc. Entonces, ¿qué relación encuentra entre lalangue y el lenguaje?

     

    A.S.: La lalengua y lalangue es algo anterior, que nosotros tenemos que privilegiar respecto del lenguaje; es ese aluvión de sonidos, ese baño del lenguaje en el que somos introducidos traumáticamente, y que también implica un trauma, porque supone una determinación, está determinada por el goce que experimentan los padres en particular, en el uso de la lengua. Incluso, los tics o los recursos teóricos que tienen al hablar, los errores, todo eso implica un goce de la lengua que está en los padres, en los adultos en general, y que Lacan dice, si no recuerdo mal, que el niño sufre ese goce de la lengua pero que lo sufre de una manera activa, no de una manera pasiva. De una manera activa porque no puede no estar, por eso es traumático, porque no puede no complicarse en eso, no complicarse en esos sentidos que a su vez están impregnados de ese goce.

    Entonces, las formaciones del inconsciente tienen esa base, son las marcas del goce de la lengua de los padres, y eso es traumático. El síntoma mismo responde a ese tipo de trauma. En rigor habría que pensar que no hay ningún síntoma que no responda a un trauma que tiene su expresión en una marca que viene o que proviene de la lengua materna. Freud lo buscaba de la misma manera, Freud decía no tener interpretación de la equivocación como acto fallido, como formación del inconsciente- de la propia en particular y de la de los otros. Si uno toma la Psicopatología de la vida cotidiana, se ve muy bien que Freud llega a una conclusión sobre los lapsus y el olvido, pero no puede resolver lo del acto fallido, no tiene una interpretación del acto fallido, de la equivocación: si meto la carta en el buzón equivocado, dice Freud, ¿es porque quiero que no la reciba el interesado o porque quiero que llegue a aquel a quien se la estoy mandando? Ante la contradicción que se presenta, Freud no encuentra solución, eso es lo que no puede resolver, no le encuentra un sentido, mientras que al olvido y al lapsus sí le encuentra un sentido. Cuando entra en juego lo que está más relacionado con la naturaleza del acto, Freud no le encuentra el sentido –al equívoco, a la equivocación con respecto al acto. Por eso, a mí me parece que la traducción de la “una equivocación”, la una equivocación da lugar a muchas traducciones, porque es fundamentalmente el acto fallido, es una equivocación, una metida de pata, algo que por descuido tomé mal. En uno de los ejemplos de Freud sobre el acto fallido, cuenta el caso de un paciente al que le da una medicación por otra. Este sería un acto fallido: tomar una cosa por otra o no tomar una cosa, no verla –es un ejemplo de bévue–, no ver y/o tomar una cosa por otra.

     

    Il.R.: Desde luego que se estaría hablando de un caso de torpeza por inadvertencia, ceguera o pasión.

     

    V.C.: Eso tiene que ver con lo que decíamos al principio, porque el decir solo se aprecia en la propia lengua. Es lo que muestra el ejemplo de Jean Paulhan con los proverbios de los malgaches, que hay algo que solo pueden comprender los habitantes de una misma lengua.

     

    A.S.: El proverbio no necesita traducción. En el caso de los malgaches no se permite la traducción, resiste al intérprete. Se utiliza para decir lo apropiado en un determinado momento. Lo importante es la ocasión. Es una cuestión de significancia que resiste al intérprete.

    En una oportunidad escuché a una muchacha que solo hablaba con proverbios, siempre encontraba un proverbio que expresara lo que quería decir sin decirlo –en este caso, la joven no dice ni una palabra, por supuesto. Incluso, como el proverbio se puede escuchar fonemáticamente, esta muchacha decía cosas como: “Con respecto a eso, me siento «saco de otro pozo»”. Ese saco sí podía llegar a ser un significante que condujera a un decir.

     

    V.C.: Claro, no se entiende por el extranjero.

     

    A.S.: Exactamente, pero a lo que me refería tiene que ver con esto, que el traductor puede traducir de otra lengua a la suya, mas no puede traducir –aunque algunos lo hagan, y supongo que bastante bien– de la suya a la otra lengua. Es como un derecho que tiene de traducir de otra lengua a la suya, pero no de la suya a otra lengua, y aun traduciendo a la propia lengua, hay diferentes posiciones con respecto a la traducción, distintos puntos de vista sobre lo que “debe” ser una traducción; digamos que las diferencias muchas veces dejan traslucir la transferencia que el traductor tiene con su lengua y/o con el autor del que se trate.

    Por supuesto, tenemos el caso de otros “traductores” que son los autores que mudan de lengua, se trasladan a otra dimensión, escribiendo en una lengua que no es la propia, como Beckett, Canetti, etc. Por ejemplo, si uno lee la traducción del griego de Aristóteles o de Platón que hace Tricot para la colección de Belles lettres, una colección francesa, encuentra el contenido de lo que dicen Aristóteles o Platón, mas no el decir de ambos, pues la traducción que hace es muy libre, les hace decir lo que dicen en francés.

     

    I.R.: Me parece que ahí puede reconocerse lo que decía sobre el goce de lalengua.

     

    A.S.: Puede ser. Si uno toma un texto de Heidegger, de Aristóteles traducido del griego es imposible ver en primera instancia la correspondencia de un término en francés, por ejemplo, en español o en inglés, con el término en griego del cual el segundo sería la traducción. A mí me sucedió, no recuerdo si el texto estaba en francés o en castellano, para el caso da lo mismo porque el traductor era Heidegger, que estaba traduciendo del griego, y tener el texto en griego y en francés o castellano y ver cómo puede corresponderse un término con el otro; es difícil, en el texto de Heidegger no reconozco absolutamente nada a primera vista –puede decirse que por no dominar el griego, pero la sorpresa de no reconocer nada en la traducción fue enorme. Cuando fui a ver esto con mi profesor de griego, que es Eduardo Sinnott[4] (que es traductor de Aristóteles y de muchos otros, pero últimamente se dedica casi exclusivamente a la obra de Aristóteles), me explica la traducción, y la explicación es una fundamentación casi letra por letra de la traducción del texto que yo no podía entender. Pero ¿por qué? Porque la traducción de Heidegger estaba predominantemente basada en el aspecto morfológico de la lengua. En griego, lo mismo que en alemán, la morfología de un término permite obtener por descomposición y recomposición la traducción de muchos otros términos en la segunda lengua, de donde viene toda la concepción de la desocultación como traducción, y quizás también al revés.

     

    V.C.: Claro, es de su propia lengua que saca el método.[5]

     

    I.R.: Lo que muestra toda traducción es una concepción del lenguaje que está activa en el acto de traducir. Aquí vendría al caso la Versagung freudiana, de la que Lacan señaló que Freud nunca dijo “frustración”, sino que parece haber sido traducida, en ocasiones, de ese modo. O sea que vale atender a lo que la palabra alemana dice en sí misma.

     

    A.S.: No se trata de que el término esté mal traducido del alemán cuando se lo traduce por frustración, sino que Versagung, en el sentido freudiano, no tiene traducción. Es decir, no que no se pueda traducir, porque yo puedo decir que versagt implica frustración, pero la ruptura de la promesa que la palabra conlleva reside en el hecho de que sagen significa decir y la partícula Ver es un prefijo de negación: no se trata de no decir, sino de no cumplir con aquello que se promete cuando se usa la palabra, cuando se habla. Por eso, Lacan nos conduce a traducirlo como “ruptura de una promesa”.

    Mientras que Lacan desoculta lo que hay en el término Versagung, Strachey lo traduce correctamente, pero eso no dice lo que se trata de transmitir cuando se habla, por ejemplo, de Versagung en el caso de La joven homosexual. Allí es bien claro que la joven “denuncia” una promesa que no se cumplió, en relación con lo que ella esperaba de su padre. Decir que se trata de una mera frustración la deja sin relación con la palabra como tal (eso no significa que un germano hablante sepa lo que está diciendo cuando dice versagt o que ha sufrido una Versagung por alguna cosa). Ello es más evidente si tenemos en cuenta que en el análisis operamos en el campo de la Versagung. Es Lacan quien lo dice.

     

    I.R.: Me gustaría citar una puntuación de lo que usted escribió sobre la Versagung, ya que cuando lo leí, hace veinte años, me impactó. En aquel momento decía que: “[…] significa en la lengua alemana palabra rota o promesa incumplida y es un término que en el inconsciente dice lo fallido de la palabra en su ser de verdad, que no es otra cosa que lo que implica la dimensión inconsciente de la palabra”.

    V.C.: ¿Cómo considera el analizar y el analizarse en otra lengua?

     

    A.S.: ¿En otra lengua?

     

    V.C.: Sí, por ejemplo uno va a Francia y puede analizarse en español o en francés con un analista francés, o un analista francés escuchar analizarse en español u otra lengua.

     

    A.S.: A mí me parece que lo mejor, lo más indicado es que el analizante hable en su lengua, porque él es quien se tiene que escuchar. Si él no se escucha, y no se va a escuchar de la misma manera en una lengua extranjera, cómo podemos verlo en el hecho de que en ciertas ocasiones utilice una palabra extranjera para decir algo sin significarlo.

     

    V.C.: Claro, porque en la otra lengua no está lalangue.

     

    A.S.: Exactamente. Pero además, en lo que concierne al analista, creo que esto no nos impide captar las marcas en relación con el goce de la lengua del hablante, aunque no dominemos como el paciente o el analizante lalengua del otro. Las marcas del goce son perfectamente registrables por el analista, si conoce un poco la lengua, si la ha escuchado suficientemente y la ha practicado un poco, pueden surgir ciertos equívocos interesantes, que como es lógico, en general son muy productivos.

     

    V.C.: ¿Alguna anécdota que recuerde respecto de la traducción?

     

    A.S.: Sí, con una experiencia de traducción de Lacan al inglés.

    En una oportunidad me invitaron a la Universidad de Columbia para participar de un coloquio o congreso lacaniano, que se supone estaba organizado por algunos psicoanalistas lacanianos de Nueva York. Teníamos la obligación de exponer nuestro trabajo en inglés, lo que me llevó a buscar traducciones de Lacan al inglés, entre las que encontré una del seminario sobre los cuatro conceptos, y en ella un párrafo que me llamó la atención y que quise aclarar con una analista estadounidense. Quería que ella me dijera cómo lo entendían, porque la traducción me presentaba algunas dudas. En efecto, existe todo un problema con la traducción de Lacan al inglés, de hecho, él mismo se debate entre traducir Otro como the otherness o the other.

    De ese tipo era el problema que yo había encontrado en aquel párrafo y necesitaba cierta aclaración, porque se relacionaba con lo que iba a exponer. Entonces, en un momento social de la reunión, aproveché para preguntarle a una psicoanalista con quien estaba conversando, sobre la forma en que ellos lo interpretaban. Lo que me asombró fue que esta señora tomó el libro que yo tenía en las manos, que no era otro que aquel seminario en inglés, y exclamó: “Pero no, no puedo decírselo, porque esto no es inglés. Esto es Lacan”.

    Lo curioso es que lo que no se puede traducir de un autor se convierta en una lengua más.


     

    [1] Friedrich Schleiermacher:Des différentes méthodes du traduire, Ed. Du Seuil, París, 1999.

    [2] Norberto Ferreyra: La práctica del análisis, Ed. Kliné, Buenos Aires, 2013.

    [3] Jean Allouch: Letra por letra. Traducir, transcribir, transliterar, Buenos Aires, Paris, 1993.

    [4] El Dr. Eduardo Sinnott es traductor de Aristóteles del griego al castellano, así como otros autores de lenguas antiguas y modernas.

    [5] De la misma manera, se ha dicho que el alemán como lengua se establece a partir de la traducción que Lutero hace la Biblia, y que de La crítica de la razón pura se extrae el latín.

  • Lo imposible de traducir

    Conversación con Héctor Yankelevich acerca de la actualidad de Lo imposible de traducir, diecisiete años después de su presentación.

     

    Ilda Rodriguez: En Lo imposible de traducir[1] usted plantea que la transmisión del psicoanálisis está atravesada por la escritura de Freud y los efectos de sus traducciones al inglés y al francés. ¿Podría decirse que hay una “lengua psicoanalítica”? Y si así fuera, ¿cómo se articula con la traducción?

     

    Héctor Yankelevich: Vamos a hacer un poco de historia. El psicoanálisis nació en alemán. Freud inventó el psicoanálisis descubriendo el inconsciente y las pulsiones, y lo hizo en alemán. Produjo un concepto y una práctica nuevas ex-nihilo en la historia de la cultura y los hizo transmisibles gracias a su escritura de la lengua alemana. El alemán de Freud es complejo y posee múltiples estratos. Posee una claridad engañosa, ya que en su superficie parece comprensible para todo el mundo; sin embargo, el mismo texto se puede leer de maneras muy diferentes según si el lector está o no analizado, es escritor o es psicoanalista, y según, en esto último, qué teoría inconsciente su análisis le hace, a sabiendas o no, poseer del inconsciente. Los psicoanalistas de la segunda generación freudiana que tuvieron que emigrar a Inglaterra, y sobre todo a los Estados Unidos, creyeron que se podía pensar lo pensado por Freud en inglés, sin ningún esfuerzo de escritura, sin transformar la lengua inglesa, para permitirle a ésta recibir el descubrimiento del inconsciente. Tuvieron una teoría espontánea de la traducción en donde las palabras de cada lengua pueden prescindir de las diferencias de sentido y evocar sin pérdida la misma referencia. Poseían una teoría realista ingenua de lo universal y, por lo tanto, empirista de la práctica, pensando que los conceptos no sufren los cambios de lengua. Creían en el psicoanálisis, sí, pero como ciencia complementaria de la biología humana, perteneciente al campo de las ciencias naturales.

    Una característica del alemán que Freud logra utilizar en su capacidad poética más fuerte es que en esa lengua las palabras se pueden inventar. Freud crea palabras para dar cuenta y producir, a la vez, los movimientos del inconsciente, de la pulsión, del goce fálico (Lust). Y eso es algo común en alemán, que todo germano parlante puede hacer. Ahora, él inventa palabras para dar, en cada trabajo, sustantivos con prefijos de lugar y de dirección que van cambiando para mostrar en acto, gramaticalmente, el recorrido de la pulsión: él le pone preposiciones a los verbos que no se usan en el habla común, pero a la vez todo locutor es capaz de entender lo que está diciendo, aunque no se formule la pregunta de por qué Freud ponía tanto esmero en el uso de sus palabras, explotando toda la riqueza potencial de la lengua.

    Le da una enorme importancia a las partículas en los verbos, incluyendo las preposiciones de lugar y de dirección que indican que la acción de un verbo llega a su finalización y la sobrepasa y, muchas veces, se vuelve en su contrario, como por ejemplo los nombres que comienzan por Ver-, versión en alemán del per– latino: Verdrängung, Verwerfung, Verleugnung (poner algo o alguien más allá de un cierto límite, no dejarlo pasar; rechazar de modo tal que algo no pueda jamás volver del mismo modo; decir que no se ha pronunciado un dicho que expropia a Otro de lo que era… Freud está lleno de esos hallazgos que hay que pensar en el contexto de su lengua y que no se alcanzan a traducir por un equivalente “seco” sin nota a pie de página. Es así que en inglés, que va a ser el referente de todas las otras traducciones, suplantando la edición alemana, tenemos una teoría aparentemente universal, pero no estratificada. Por ejemplo, en 1915 escribe en Consideraciones actuales sobre la guerra y la muerte una teoría del desmentido de nuestra propia muerte en la que emplea un prefijo distinto (Ent-) al que empleará cuando la vuelva a utilizar respecto de la castración materna y que no usará cuando escriba, en 1920, Más allá del principio de placer. Con lo cual muestra que está correlacionando la división del sujeto con la idea de la propia muerte. Es así que pensar la pulsión de muerte y la división del sujeto van de consuno. A su vez, Lacan, cuando desarrolla el significante fundamental de “entre dos muertes” en el seminario sobre la Ética, o sobre el lugar de la muerte propia en el resumen del seminario sobre la lógica del fantasma (Autres Écrits), está evocando la gran invención freudiana de 1915, sin mencionarla, ya que, sin advertir a sus oyentes y lectores introduce un significante nuevo en psicoanálisis, importado de la teología cristiana, “la segunda muerte”, pero dándole un sesgo que la modifica anulando su carácter religioso, ya que la hace anterior a la primera. Es un desplazamiento en acto y una reconstrucción sobre otras bases de la teoría freudiana y del lugar de la muerte en el Inconsciente, pero sin mencionarlo como tal. Este solo “detalle” muestra que la escritura y la palabra de Lacan incluyen al lector en el acto de hablar y escribir, ya que deja siempre en suspenso la distancia entre el decir y el hacer referencia a lo que dice. Solo en muy rara ocasiones, y mucho tiempo después, Lacan recapitula sus cambios, respecto de sí mismo y de Freud.

    Pero volvamos a éste último. Esos escritos (Consideraciones actuales sobre la guerra y la muerte, Tótem y tabú, Psicología de las masas, etc.) en Estados Unidos y en Alemania fueron ubicados en tomos que se llaman “Cuestiones sobre la sociedad y origen de la cultura”. Por lo tanto, desde ese punto de vista, no tendrían nada que ver con el psicoanálisis clínico. Sin embargo, esos trabajos son ciento por ciento clínicos y hacen a la estructura misma del inconsciente, de la A a la Z. Freud no fue pensado por los propios alemanes que emigraron a Estados Unidos. Es decir que la segunda generación freudiana, la de Hartmann, Kriss y Loewenstein en Estados Unidos o la de Edward Glover en Gran Bretaña, fracasó en la transmisión, a pesar de haber sido muchísimo más cultos y poseedores de un espíritu de fineza de lo que en general hoy se cree fuera del mundo anglosajón ¿Se los puede culpar? Lacan, que era un político, dice algo que a nosotros nos sirve: Francia fue antinorteamericana (y no solo la izquierda, obviamente, sino también los gaullistas). Entonces, hablar contra el psicoanálisis norteamericano no solo era justo, sino que le aseguraba a Lacan un gran éxito dentro de las capas intelectuales de izquierda y de derecha ¿Es malo ese procedimiento? No, es táctico. Ahora, si uno quiere ir más al fondo, no lo puede seguir usando. Hay que buscar otras explicaciones de por qué los psicoanalistas de la segunda generación, que Freud sabía que eran buenos (para Freud, Heinz Hartmann era su sucesor in pectore, si no lo fue del todo se debió a que Anna Freud era su legataria), fracasaron en la transmisión. Una de las veces que estuve en Nueva York conocí a un anciano y muy simpático didacta de la IPA, de la primera sociedad que se fundó, con quien fui a cenar. Aproveché la ocasión para preguntarle: “¿Qué pasó con ustedes? Tuvieron una situación cultural excepcional, Hitchcock y buena parte de Hollywood, el gran teatro neoyorkino –Tenesee Williams, Eugene O’Neill– eran freudianos, ¿por qué ustedes no pudieron extenderse a la cultura?”. En ningún país del mundo el psicoanálisis había prendido tanto como en Estados Unidos y, aunque sea de modo tácito, hasta el día de hoy se lo nota a través del cine, de la televisión y del teatro. Él me contestó: “Nosotros éramos médicos. No pensábamos que teníamos derecho de ir más allá del psicoanálisis como práctica médica”. Hay que tener en cuenta que en Estados Unidos no se podía ejercer el psicoanálisis sin ser médico, estaba penado por la ley. Hoy en día, que lo pueden ejercer una asistente social o un psicólogo, basta con tener un PhD (y la Asociación de Psicólogos Americana es tan poderosa como la Asociación de Psiquiatras Americana), la oportunidad ya se perdió. Lacan entra en Estados Unidos sobre todo por los departamentos de literatura y filosofía y comienza a ser leído por los mejores analistas de la IPA.

     

    Alejandra Ruíz: Quizás falte una conexión, por ejemplo, más allá de estos factores sociológicos que no conviene sobreestimar, está nuestra cuestión de la traducción, o sea, retomar en algo lo ya dicho porque por momentos parece que se hablara de otra cosa: ¿ la cultura, el psicoanálisis laico forman parte de los efectos de la traducción o la teoría de la traducción es parte del problema de la cultura?

     

    H.Y.: Lo que se llama factores sociológicos son en realidad reales discursivos. Hay ordenamientos significantes que dependen del significante amo y eso es un estrato arqueológico en una lengua. Con períodos internos, con reordenamientos, sí, pero que hacen que solo se enraíza profundamente algo que encuentra un terreno o lo produce. Freud lo hizo con la literatura alemana y la tragedia griega e isabelina. Lacan no solo con la literatura sino con toda la historia cultural francesa, su lectura de los clásicos griegos y latinos, el cristianismo, su lectura de Marx y la cientificidad, tal como se construyó en el racionalismo francés.

    No hay análisis en intensión si se ha perdido el análisis en extensión, pero tampoco este último puede ser la guía de un análisis. Una lengua está conformada por sus significantes amo. En Gran Bretaña, el empirismo. En Estados Unidos, el pragmatismo. Hay significantes imposibles de traducir de una lengua a otra porque son sinsentido para los hablantes, salvo que un Maestro, a lo largo de toda una vida, transforme lalengua. El Canal de la Mancha es, en este sentido, una herida irrestañable entre dos concepciones del mundo que empezaron a abrirse una de otra ya en el siglo XIV, con Guillermo de Ockham, que pueden, por cortesía, entenderse durante una cena, pero no compartir. Es así como Freud fue aceptado en Gran Bretaña gracias al platonismo introducido por Russell y Whitehead hacia el fin del siglo XIX. Pero fue aceptado sin idea alguna de la importancia de la lengua. ¿Freud la tenía? No lo sabemos. Su escritura del alemán, de una cualidad rara, hace pensar que la expresión no solo exacta sino constantemente creadora de efectos de sentido era para él la prenda de toda transmisión. Solo Lacan pudo leer esta cuestión fundante en la escritura de Freud. De todos modos para el fundador del psicoanálisis ganar como fuere la lengua inglesa, significante amo universal, para la causa analítica significaba permitir la supervivencia del psicoanálisis, que si no hubiese sido así, Freud lo temía, habría quedado como un juguete roto entre las ruinas del nazismo, como una historia judía, de Jekes y de Östjüden (de judíos alemanes y del este).

    Así es como las Obras Completas de Freud se leen en inglés sin atisbo alguno de que puede haber un Freud que no está ahí, que desapareció en el texto aparentemente por él escrito. Efectivamente, hay algo que se perdió irremisiblemente en lo que dicen las palabras de Freud al utilizar una teoría de transposición palabra por palabra del alemán al inglés, a pesar de que son dos lenguas que comparten sus raíces. Se podría haber buscado complejizar más la traducción, anotarla. El inglés es enormemente rico en preposiciones locativas, vive de las preposiciones (que se unen obligatoriamente o no a un verbo y le cambian el sentido) siendo, además, es una lengua riquísima en la creación de frases nuevas y en perpetuo cambio, más que otras, como corresponde a las lenguas que sirven de equivalente universal. Eso hace que en general, también, quede un núcleo literario rico, denso, y una lengua de intercambio empobrecida.

    Nuestro problema reside en que las palabras del psicoanálisis se gastan, y el único que lo entendió fue Lacan. Para traducir la referencia hay que cambiar el sentido, si no es una moneda que se desmonetiza por pasar de mano en mano, que es lo que pasa cuando en la traducción se pierde el significante, porque traducir es perder irremediablemente el cuerpo del texto. Un traductor es alguien que asesina y tira por la borda el cuerpo –salvo en poesía, donde hay que recrear en lo posible las asociaciones de sonidos y colores–, que deja caer el cuerpo de la lengua que traduce y tiene que inventar otro cuerpo, el cuerpo al cual vuelca lo que tiene que traducir. Es decir que tiene que ser, a la vez, fiel a la lengua de origen y un creador en la lengua de recepción. Eso no ocurrió. En psicoanálisis la traducción no es de sentido, ya que se trata de buscar los términos que permitan aprehender la referencia, aunque el sentido se pierda. “Represión” traduce más, sin ser satisfactorio, Unterdrückung que Verdrängung, ya que drücken significa empujar, hacer presión sobre algo.

    La cuestión de la traducción es esencial en la historia cultural occidental.[2] Primero, los romanos traducían; los romanos hablaban y leían el griego[3] y moldearon la poesía latina con la poesía griega (no así los griegos que no traducían: para ellos, su lengua era única). Y a partir del Renacimiento comienzan las grandes traducciones del griego y del latín. Es decir que la cultura en los países occidentales, Italia, España, Francia, Inglaterra, Alemania, se hizo a través de las traducciones de los clásicos griegos y latinos, mucho más los latinos en los países católicos, donde el griego fue considerado herético, por poner en cuestión la primacía de los padre latinos de la Iglesia (más de un traductor del griego del Renacimiento tuvo dificultades con la Sorbona, al límite de ser considerado herético), más los griegos en los protestantes. Es decir, la traducción forma parte de la lengua de cada país, no es simplemente algo que se vuelca, sino que las traducciones modificaron las lenguas receptoras.

    Ahora, ¿pasó esto con la traducción de Freud y de Lacan al castellano? La traducción de Freud, ¿modificó la lengua?

    Un punto más. Cuando Lacan dibuja caligrafías chinas en el pizarrón y más aun cuando comienza a dedicarse a la lengua japonesa, que, ustedes saben, pronuncia de tres maneras diferentes los mismos caracteres: en chino, para significar el sentido de cada caligrafía, con una fonética reducida y en tercer lugar los sonidos se apoyan en esos caracteres chinos pero se pronuncian en japonés y ya no traducen la escritura china, sino que son términos de la lengua japonesa sin relación con el significado de la letra. Esta referencia no nos sirve solamente para dedicarnos al japonés, cuya cultura es profundamente original y al mismo tiempo efecto de lejanas traducciones del sánscrito y del chino, sino, más acá de la universalidad del lenguaje, preocuparnos por la particularidad de nuestra lengua, y su relación con el continente del español y con las lenguas, romances y anglosajonas de las que ha tomado préstamos. Toda lengua es impura y vive de esa impureza. De su lucha contra ella y del esfuerzo por incorporarla y blanquearla. Traducir enriqueciendo y modificando la lengua es parte de lo que le da vida.

     

    A.R.: Lacan, como lector y traductor de Freud, renueva su obra. La reinventa. ¿Podría en castellano realizarse sobre la obra de Lacan una operación de traducción que renueve, aunque sea fragmentariamente, su lectura? En el campo de la literatura, Borges postula que el traductor es un verdadero escritor y que a veces la traducción no solo es una pérdida, también puede ser una invención literaria al mismo título o incluso superior al texto original. Hay reconocidas traducciones de Borges que “mejoran” la obra original. En ese sentido, él tematiza algo que es constituyente de la cultura argentina que vive, respira, por esas traducciones. Hay traducciones donde no solo no queda un mar tesoro en la lengua fuente sino que ganan sentidos o riqueza al pasar a la lengua meta. Me pregunto, en este sentido, hasta dónde podría suceder este tipo de reinvención en las traducciones analíticas.

     

    H.Y.: Al respecto, hay traducciones de Freud al francés que no son las Obras Completas traducidas por el equipo dirigido por Jean Laplanche, sino la colección Connaissance de l’Inconscient, de Gallimard, que no tiene la intención de ser obras completas, y son traducciones excelentes al francés, hechas por traductores-escritores que anotan las dificultades y las imposibilidades de traducción, dando al mismo tiempo los equivalentes en cada caso: “Cuando aparezca tal verbo en tal contexto, lo voy a traducir así, pero cuando aparezca como infinitivo sustantivado en tal otro contexto, lo voy a traducir de esta otra manera”. Le dan a la lengua la dignidad de ser el lugar y el instrumento a la vez en donde el inconsciente se va creando, único como concepto pero diferente en cada ocurrencia clínica o metapsicológica

    Cuando Freud escribe sobre Leonardo habla de reale Nichtigkeiten. ¿Cómo traducir eso? No es posible hacerlo en el castellano de Buenos Aires, necesito el español: “Naderías reales”. En Buenos Aires nadie dice “naderías”, pero lo necesito. No es lo mismo que “tonterías” o “pequeñeces”, como figura en los diccionarios. Lacan busca esa palabra en el griego de Demócrito para dar la tonalidad que para él tiene esa “nada” en Freud: una nada que es real. Si tuviese que traducir sin preocuparme por la transmisión del psicoanálisis, diría “pequeñeces”. Dos estilos de traducción. Uno tiene el sintagma en alemán reale Nichtigkeiten, y se podría decir “pequeñeces reales”, pero la dimensión del descubrimiento freudiano desaparece. Para Freud esas pequeñeces son el lugar de lo que se transmite de madre a hijo: algo ínfimo, pero real. Entonces, si pusiera “pequeñeces”, podría creer que resolví el problema y quedarme tranquilo: puse un adjetivo sustantivado, evito “naderías” para no escribir como un español. Lo “resuelvo” tranquilo. En cambio, Lacan recurre al griego de la Odisea, en donde Ulises se nombra a sí mismo “Nadie”, Medéis, cuando Polifemo le pregunta su nombre; o al griego de Demócrito, que habla de la nada, inventando un sustantivo, medén, a partir de un adjetivo. Pero usando un “no” de imposibilidad: “Es imposible que sea algo”.

    Entonces, ¿por qué Lacan traduce así? Una hipótesis sería, para dar cuenta del Inconsciente como no realizado. Cuando digo “es imposible que sea algo”, lo estoy negando y afirmando al mismo tiempo: le estoy dando estatuto de real a partir de esa negación de imposibilidad de que sea (y, sin embargo, es algo). Con lo cual, le está dando una modalidad de movimiento lógico y real: pasar de lo imposible a lo contingente. Está dando el carácter de real a través del término inventado por Demócrito.

    Fíjense, entonces, adónde nos lleva una palabra que podíamos traducir por “pequeñeces” y quedarnos tranquilos, porque Nichtigkeit es una palabra corriente en alemán. Pero lo que está en juego en esa palabra es la transmisión del inconsciente. Naderías, pequeñeces, etc., es lo que se preguntan todos los padres respecto de los chicos: ¿pero cómo lo supo si nunca se habló?, ¿pero cómo es así, igual que, si…? Por esas pequeñeces invisibles se transmite el inconsciente. El problema de la lectura y de la traducción es la de tratar los textos de Freud y de Lacan con los mismos cuidados con que se trata el texto inconsciente de un paciente. Pero eso no se ha hecho ni en inglés ni en castellano, no se lo ha problematizado.

    Un buen traductor literario no puede dejar de notar que la expresión de Freud reale Nichtigkeiten porta en sí una cuestión más grave que la de su simple translatio, palabra por palabra, de un lengua a otra.

    Un analista, si lo es, no puede dejar de notar que añadir real a pequeñeces o naderías es una señal, clara, de que Freud considera a esas naderías esenciales, ya que, cuando usa el término alemán reale, se está refiriendo, desde La interpretación de los sueños en adelante, pasando por La realidad psíquica, al deseo inconsciente, a lo que no miente, más allá de toda representación.

    Cuando Lacan adopta el término griego meden para el inconsciente, sin decirlo, está haciendo más que traducir, está operando el desplazamiento teórico que llamamos lectura. Pero esa lectura no sería completa si otro lector no se arriesgara a escribir que la nada de Lacan no es la nada de Freud, pero que no sería posible si no la hubiese encontrado, y en ese encuentro, que es el régimen de lo real, transformado y dado a la vez un vuelo y una penetración que no poseía previamente. Así sucede que crea otra letra, que no reprime la primera, salvo para los fascinados, para los que forman haz. En Lacan hay otra escritura en su palabra, y todo el desafío de nuestra generación y las venideras consistirá en producir una escritura que de cuenta del régimen de esas escrituras sucesivas, siendo que cada una es irrepetible, por ser advenimiento.

    Lacan habla con un estilo argótico (viejo estilo de los bajos fondos parisinos, que hoy es el de la calle), pero usando palabras que van del francés medieval al francés más culto, pasando por citas ciertas o inventadas, ya que, como Borges, inventa citas. Tiene un arte de la cita, tal cosa parece Spinoza en latín pero no lo es. Posee un arte de la cita que sirve para hacer corte, para provocar un efecto de sentido, el cambio de idioma hace que el efecto sea interpretativo. Ahora bien, ¿qué está buscando Lacan con eso? Que toda su elocución sea interpretativa, que lo que dice y cómo lo dice sea recibido no como saber consabido sino como efecto de sentido que renueva el saber que ya poseíamos y que, sin ese efecto, nos adormece.

     

    A.R.: ¿Se jugaría allí la posición de analizante, a la cual Lacan se refiere en el seminario Encore?

     

    H.Y.: Cuando Lacan dice que él se analiza dando el seminario, está diciendo que hay que seguirle la pista. Pero cuando hace cortes con efecto de sentido no es un analizante.

    Por otro lado, él se interroga sobre problemas clínicos y teóricos en sus intervenciones fuera del seminario y responde teóricamente dentro del seminario: usa el adentro y el afuera constantemente, haciendo reenvíos. Siempre leí con mucha atención todo lo que Lacan decía fuera del seminario y fuera de París, porque ahí planteaba problemas que después encerraba en una fórmula ya muy trabajada, muy articulada, donde se presentaba la respuesta a la pregunta que había formulado en otro lugar, en otra escena. Él nos estaba diciendo evidentemente sin articularlo, que para entenderlo había que seguir sus dos tipos de discurso: el abierto a los que no eran sus auditores habituales, y el cerrado a sus auditores. Hay siempre un doble movimiento en la espacialidad de la palabra, en su puesta en escena, y cuando escribe cifra aún mucho más que cuando habla. Ahora bien, él usaba el francés de todos los días, pero también vocabulario de caza, de marina, regional o el francés más exquisito, el de Chateaubriand. Para traducirlo, habría que usar todas las variantes del español de España y del español de Argentina. A veces lo quiero traducir y después lo dejo… sus palabras están en español, pero no en castellano. Están en español (de España), que tiene más profundidad histórica que el castellano. ¿Pero a quién va dirigido? ‘Cuál sería la decisión editorial? Para la producción de films y obras de teatro hay una pronunciación establecida de español internacional, pero no hay tal lengua que pueda ser escrita. Con lo cual, la traducción de Lacan al castellano se volvió una traducción de conceptos sin una teoría de la traducción y sin notas sobre los retruécanos y las palabras con grafía inventada, sin condensaciones escritas entre dos lenguas. Una traducción así carece de efectos de sentido, le falta valor interpretativo, no se dirige al sujeto, se vuelve desde el vamos en saber universitario.

     

    I.R.: Quizás porque eso no deja marcas en la lengua. Es decir que hay una cosa conceptual, pero que no tiene vida. Sin embargo, Lacan insiste en relación con lo inconsciente, en que el lenguaje está en el corazón de lo que enseña, tal como resulta confirmado por la experiencia –una y otra vez– de abrir los libros de Freud en una página cualquiera. Insiste con que a veces suele olvidarse que el habla no es el lenguaje y que este hace hablar ocurrentemente al ser que se especifica en ese hablaje (Lacan condensa en parlage, habla y lenguaje). Esto me parece muy importante respecto de su interrogación acerca de un traductor al castellano.

     

    H.Y.: Los traductores de Lacan, primero tienen que conocer muy bien cómo se habla en Francia. Habría que haber vivido un tiempo en Francia para traducir a Lacan. Su vocabulario es inmenso. Es como querer traducir Shakespeare y no haber vivido en Inglaterra: aun los propios ingleses se ven obligados a consultar diccionarios de inglés isabelino. La realidad es que en Francia, en Inglaterra o en Alemania, las editoriales compiten por quién tiene los mejores diccionarios. El diccionario de la Academia en Francia tiene cincuenta tomos. El diccionario Le Robert tiene siete grandes volúmenes que da el sentido de cada término en cada época, dando ejemplos literarios que atestiguan cada variación de su uso, más diccionarios etimológicos donde cada palabra del francés trae su origen latino, griego, franco (dialecto del alto alemán), o bien inglés o español, ya que las lenguas importan y exportan según su posición de dominio. Ya que hay una conciencia de que la lengua es un tesoro, algo que hay que cuidar. Así como los diccionarios ingleses de Oxford y de Cambridge: el Concise es un tomo de dos mil páginas, pero, si no, es también una biblioteca de cuarenta. El tema es el cuidado de la lengua como un bien común, pero hay un problema político: la ausencia de significante amo en la lengua. Por otro lado, ¿cuál es la dificultad que tenemos en castellano? Nosotros tuvimos una Real Academia en el siglo XVIII que, bajo un régimen absolutista, fue racionalista a su modo, no pudiendo proveer de un ideal de la Razón científica a la sociedad, tomó a la lengua como sufre dolor de su impotencia. No querían que hubiese equívocos en la lengua española. Por eso introdujeron toda una serie de nociones… Agua es femenino, pero decir “la agua” es cacofónico; entonces prohibieron que hubiese dos vocales iguales, una átona y la otra tónica seguidas. Para que no se escribiera “l’agua”, con apóstrofo, cosa que hubiese pasado indefectiblemente (como pasa en francés), prohibieron eso e introdujeron el artículo masculino “el agua”. Del mismo modo, “el arte” y “las artes”. Así, hay veces que la gente no sabe a qué género pertenece una palabra, cómo poner el adjetivo después: si ponerlo en masculino, porque antes usó el artículo masculino para “agua”. Si el artículo masculino obliga a que el adjetivo vaya en masculino, cuando la concordancia la hace con el sustantivo. Por ejemplo, “el agua negra”.

    Hubo un ideal de transparencia de la lengua. Es como si hubiesen querido prohibir la existencia de equívocos, sin pensar que la lengua nace del equívoco, que el equívoco es lo que crea la lengua. Hubo un hálito mortal del racionalismo, aplicado a algo que no era su objeto. El objetivo de la Real Academia durante el siglo XVIII fue separar las palabras unas de otras. En castellano, la interpretación no puede hacerse con juegos de palabras como en francés, porque en francés todo sonido se escribe de maneras diferentes. Lacan solía decir que el grado cero de la interpretación era ce n’est pas moi qui vous le fait dire (no soy yo quien se lo hace decir), expresión francesa usada por cualquiera, el diariero o el carnicero, cuando alguien, un cliente, confiesa bruscamente algo inesperado sobre sí mismo. Podría añadir otra, de mi cuño, cuando una frase de un paciente, en francés, dice realmente otra cosa: “¿Cómo lo escribe?”.

    La Academia Española tuvo horror de la homofonía. Y horror de la mezcla de palabras. Como si hubiese sexualidad cuando las palabras se interpenetran. Instruyó un ideal de la diéresis y un horror de la sinéresis entre las palabras. Eso no impide escribir poesía, de ninguna manera, pero el eje metafórico no es el mismo que en francés, en alemán o en inglés cuando las palabras se escuchan.

    En español es muy difícil, es imposible, si no es por medio de una traducción anotada, hacer pasar que, cuando Lacan está hablando, dice una cosa y sugiere varias diferentes, que están dichas aunque no estén absolutamente dichas. Por ejemplo, le désir et son interprétation, para todos los analistas franceses tiene el mismo sonido que le désir est son interprétation (“el deseo y su interpretación” tiene el mismo sonido que “el deseo es su interpretación”, son homófonos). Y eso está desarrollado en L’étourdit por el mismo Lacan. Con lo cual, Lacan nunca dijo “el deseo tiene que ser su interpretación”, pero está sugerido por la homofonía. En Lacan la homofonía sirve de prueba. Pero no cualquiera.

     

    A.R.: ¿Eso podría tener como efecto ciertas exclusiones lógicas? Porque, en el caso de la homofonía que usted menciona, es indecidible si es A o B (o si es A y B), mientras que, al transcribir lo oral a un texto y poner “y su interpretación”, en la medida en que se elige una de las versiones y no la otra, se convierte en algo excluyente.

     

    H.Y.: El seminario se llama El deseo y su interpretación, y la homofonía, aunque no esté escrita, es válida. Para Lacan, en L’étourdit la homofonía es una de las vías por donde se llega a lo real del significante, y su interpretación. Interpretación aquí quiere decir punto de apoyo de la intervención, sin más. Pero nada menos. En castellano es más raro, y usarlo a troche y moche desgasta la transferencia y hace al inconsciente más esquivo.

     

    I.R.: Está claro que allí hay un aprovechamiento de una latencia de la lengua que desborda la intención cuando se escribe. Esto es muy interesante para el trabajo analítico, en tanto tales efectos se desprenden de la puesta en acto del lenguaje.

     

    H.Y.: La cuestión es que en castellano no se puede trabajar así en sesión (estaríamos haciendo trabalenguas). De todas maneras, tendríamos que lograr que la traducción de Lacan no sea ni chata ni en jerigonza. Este cometido no se logra traduciendo L’étourdit por El atolondradicho. La cacofonía no ayuda a pensar por qué el analista juega el semblant de aturdido por lo real de la palabra, al punto de parecer atolondrado –Lacan no se privaba de hacerse el débil mental. El problema es que estamos hechos por un uso de la lengua en español clásico y por un castellano del Río de la Plata hecho por un Borges que, aunque era totalmente anglófono y conocía de memoria toda la poesía inglesa, decía que no amaba el pun, el juego de palabras. No le gustaba, pero no porque no le gustara en inglés, sino porque en castellano eso no iba. Es decir que el criterio estético-poético de Borges también nos tiene que guiar para pensar cómo traducimos. Él está diciendo: “Al castellano, el pun no pasa”. Pero todo Shakespeare es puro pun, la comedia de Oscar Wilde es puro pun ya que el equívoco en el juego del significante permite dar el soporte de los espejismos del deseo en el imaginario. En francés, los títulos de los diarios son juegos de palabra. Es decir que no se puede traducir fuera del espíritu de la lengua, pero tampoco sin tratar de hacer que la lengua cambie gracias a una gran traducción.

    Cuando traducimos –el problema es si dejamos caer el cuerpo del francés o el cuerpo del alemán–, lo que tenemos que hacer es, como decía Lacan, traducir el espíritu de Freud, no se puede traducir la letra de Freud sin el espíritu. Para traducir la letra, hay que hacerlo según el espíritu.

    Pero volvamos atrás: ¿quiénes fueron los grandes discípulos de Lacan? En un comienzo fueron los que leían a Freud en alemán. Serge Leclaire, que era alsaciano, leía y hablaba alemán, también Vladimir Granoff, ruso nacido en Alsacia y políglota (hasta que se peleó con Lacan), Mustafá Safouan, que lee alemán y tradujo La interpretación de los sueños y la Fenomenología del espíritu del alemán al árabe, y Otelo, el moro de Venecia de Shakespeare, del inglés al árabe clásico. Esos son los grandes discípulos, en los primeros tiempos de Lacan, los que tenían acceso al alemán de Freud y entendían cómo Lacan, al enseñar Freud, lo traducía de modo tal que, sin decirlo iba creando un corpus nuevo, justamente porque lo real del texto freudiano, para ser traducido necesitaba un cambio de parámetros y una refundación.

    Los que no leían alemán podían ser muy buenos pasadores de Lacan, excelentes transmisores de la clínica, pero no de la teoría. Lacan, como lector de Freud, es alguien que lee el alemán de modo ejemplar. Por ejemplo, en alemán somatisches Entgegenkommen se tradujo “complacencia somática”, lo que es correcto. Pero si tomamos Entgegenkommen como un infinitivo y no como un sustantivo, entonces quiere decir “venir al encuentro del cuerpo”. Con lo cual, aunque no sepamos alemán, Lacan nos enseña que la histeria es el primer estrato de neurosis para cualquiera, aunque después necesite de una fobia o se convierta en una neurosis obsesiva. Esto quiere decir que todo el cuerpo, biológicamente, es una superficie complaciente a la escritura por el significante: el cuerpo biológico se hace cuerpo erógeno, simbólico, por la escritura del significante y no solamente como síntoma; además, el cuerpo como imaginario es también creado por el encuentro del significante y el soma. Lacan les abre el sentido a las fórmulas en alemán de Freud, dándoles uno nuevo, hace producir lo no leído por Freud en su misma escritura.

    Ser lector es ir sobre la escritura de alguien y llevarla más allá de lo que el primero conscientemente escribe. Quiere decir que, cuando alguien escribe, no sabe todo lo que escribe, y eso se aplica aun a Freud. Por eso, en su última época Lacan decía que un psicoanalista es un lector de Freud. No decía que debía ser un lector de Lacan. Aunque él había “letrificado” tanto las cosas que sabía que: “Alguien que lee a Freud pasará también por mis significantes”. Y leer a Freud es leerlo más allá de lo que Freud podía pensar que él escribía.

    En los años ´30 le da el comando a Anna Freud y, sin embargo, si uno lee los trabajos del Freud de entonces, no tienen nada que ver con el yo de los mecanismo de defensa: es un yo dividido, con mecanismos que no han sido repertoriados por Anna Freud, un sujeto que quiere una cosa y hace otra, y la hace porque creyendo una cosa, hace algo diferente de lo que cree. El modo de pasaje de un lado a otro se hace por transmisores que no son una ecuación. En Un trastorno de memoria en la Acrópolis ya hay una tercera metapsicología, que no es la del El yo y el ello, sino otra. Hay un sujeto en el fantasma que recuerda algo de lo que se equivoca y cuando se acuerda, hace otra cosa distinta a lo que pensaba hacer.

     

    I.R.: Siguiendo la referencia al “lector”, por ejemplo, Lacan dirá que tanto en el caso de Freud como en el de aquellos que tuvieron una función de fundadores en el pensamiento, su lectura por sí misma tiene valor de formación. Incluso es posible afirmar esto mismo, desde el punto de partida del lacaniano retorno a Freud, tal vez haciendo lugar a la teoría de la recepción en la cual el lector es coproductor del texto. Y me parece que eso es un movimiento: Lacan, no tanto como el que traduce o el que interpreta a Freud, sino su impar lector.

     

    H.Y.: Lectura significa tres operaciones simultáneas y sucesivas: interpretación, traducción y desplazamiento. Y si hay cambio de lengua, creación en la lengua de recepción de vocablos nuevos que hagan oír el acento nuevo que las palabras poseen en el texto que se lee. No hay que olvidar es que el concepto de lectura viene de Althusser, de otro contexto. En psicoanálisis, es posible porque hay una práctica del inconsciente a la que se debe obedecer, en lugar de ponerla en el chaleco de fuerza de una concepción hecha de términos vacíos.

    Les doy un ejemplo de lo que Althusser llamaba leer a Marx. Este último usaba para nombrar el lugar de los hombres en las relaciones de producción el término alemán Träger. Althusser lo lee y lo traduce como “soporte”. Los hombres solo son soporte de las relaciones sociales, no son sujeto histórico. Ahora bien, Träger también quiere decir “portador”, lo que cambia totalmente el sentido del concepto, ya que no es lo mismo soportar, estar pasivamente cargado, que ser portador subjetivo de esas mismas relaciones. La “lectura” de Althusser es una inflexión. Por lo tanto, decir que Lacan lee a Freud no nos resuelve ningún problema. Nos crea otro. La cuestión es dar cuenta de cómo lo lee, por qué, y qué es lo que lo hace ir cambiando en su movimiento de apropiación y crítica de los apoyos darwiniano-lamarckianos o evolucionistas enquistados en la letra de Freud, pero no en su práctica y en su escritura del análisis.

    En castellano hay cientos de elementos de Freud que están ocultos y que no se pueden leer. No se le puede achacar a la primera edición de López-Ballesteros, pero la segunda edición, la de Etcheverry, tiene el formateado de las otras, el formateado de Strachey, y no hay una investigación del pasaje de palabras ni del sentido del alemán. No hay cotejo de posibilidades.

    La traducción de Lacan al español tiene problemas importantes, que pasan por una versión exigua de las posibilidades del texto francés. A su vez, mi punto de vista sobre la edición del Seminario es que este requiere un trabajo crítico que pertenece al conjunto de la comunidad lacaniana, más allá de sus divisiones políticas. Luego de la edición crítica del seminario sobre la transferencia, la edición de Jacques-Alain Miller cambió, se corrigió, mejoró, y comenzaron a aparecer comentarios bibliográficos excelentes. Aun así, los proyectores del comentario no echan luz sobre todos los aspectos del texto que encierran alusiones a filósofos o pensadores que se trata de poner, ahora, en un segundo plano, para dar una imagen más científica de Lacan, menos atraída por gente que en este momento no es políticamente correcta, aunque haya sido introducida en Francia por grandes figuras de la Resistencia. Es una paradoja, pero es la verdad histórica y está documentada.

    En cuanto al lector como coproductor, déjenme decirles que es una teoría interesante la de la estética de la recepción, para la literatura, la de Hans Robert Jauss, efectivamente, hay muchos Esquilo y muchos Dante. Pero el texto de las obras clásicas, una vez rescatado por la filología, fundamentalmente en la última parte del siglo XIX, está siempre más allá del lector, a la espera, imposible, del lector que lo lea. Es lo que ese inmenso escritor que fue Blanchot, que alguna vez Lacan invocó como auditor ideal, llamaba “la soledad de la obra”.

     

    A.R.: En alguno de los textos que leímos, usted hablaba de esto, de que aun una traducción correcta tiende a dejar de lado otros sentidos también correctos. Es decir que la edición, necesariamente, ¿tiene que ser anotada?

     

    H.Y.: Hay una creencia, pertinaz pero felizmente no totalmente generalizada, de que la llave maestra del discurso lacaniano es hacer nudos. Pienso desde hace mucho que los nudos no solo ordenaron conceptualmente la enseñanza, sino que trajeron consigo grandes descubrimientos, teóricos y clínicos, y un más allá de la psiquiatría que no implica en modo alguno su supresión, todo lo contrario. Pero no es por saber nodología que se accede a esos descubrimientos, sino poniendo en correlación los nudos con las enunciaciones anteriores y las posteriores, y pensando qué es lo aún no resuelto. Por otro lado la denominación misma que Lacan hace de los nudos está implicando que su enunciación es la que guía y da sentido. Cuando de un toro hace un cilindro y lo llama “trique”, “trique” en argot significa la verga. En francés argótico es evidente. Lo único que quiere decir “trique” es eso. Por lo tanto nos está señalando que el toro se transforma en trique si el cuerpo del bebé está falicizado; la condición de la transformación –está diciendo Lacan sin decirlo– es que el cuerpo del sujeto esté falicizado. De lo contrario no habría el corte –del deseo del Otro real– que, invistiendo el cuerpo que si es tórico es porque hay deseo, permite que un toro se haga trique. Es una nominación de un objeto topológico cuyo sentido está dado en el discurso previo. A partir de allí va a producir ideas nuevas sobre las identificaciones freudianas. El cuerpo del chico es fálico a condición de que haya un corte, un agujero en lo real que lo produzca, y va a dejar de serlo en cuanto sucedan las otras operaciones que permiten la identificación secundaria y la imaginaria.

    Además, el nudo borromeo como tal es Nombre del Padre, es decir que quienes afirman que Lacan deja de lado el Nombre del Padre con la metáfora paterna, están equivocados. Dejó la metáfora a un lado, no la forcluyó, pero no dejó de lado el Nombre del Padre. Él dice: el nudo borromeo es Nombre del Padre. No lo abandonó nunca. Entonces, ¿por qué se le sobreimpone a Lacan algo que no está en Lacan? Nombre del Padre y falo nunca dejan de aparecer en su obra ¿En qué se basa la teoría de los cortes epistemológicos cuando Lacan mismo dice que el nudo si es borromeo es Nombre del Padre? Hay que tener en cuenta esto. Ahora bien, hay nudos de cuatro cuerdas que no son borromeos y sin embargo el cuarto actúa de tal modo que ninguna cuerda se suelte, sin que la condición paterna sea la garantía. Hay nudos de cuatro con y sin accidente forclusivo, lo que hace que no sean lo mismo, permitiendo plantear la existencia de tipos subjetivos fuera del tripartito de neurosis, psicosis y perversión. Existen tipos subjetivos que no se van a desarrollar como psicosis clínicas, pero que tampoco son neuróticos[4]. Pero el Nombre del Padre y el falo están, simplemente, porque está la enunciación que los nombra.

     

    A.R.: La lectura del matema, ¿no implica, en cierto nivel, la traducción?

     

    H.Y.: El matema en Lacan quiere decir algo que es transmisible: no es la matemática. El matema es lo enseñable –en griego, “matemática” quiere decir “las cosas que son enseñables”. No se le puede enseñar a nadie a ser poeta si no lo es, pero se le puede enseñar matemática. Platón muestra cómo al esclavo se le extrae el saber sobre el teorema de Pitágoras; por lo tanto ese teorema de geometría es matemática, porque es enseñable, porque cualquiera puede aplicar el método deductivo y saberlo. Pero acá hay una tesis mucho más oculta: sin el inconsciente no hubiera habido matemática. Es gracias a la capacidad de formalizar del inconsciente que el hombre llega a la matemática. Para Lacan hay correspondencia entre la castración y la teoría de conjuntos. Esa es una de las cosas con la que más se lo resiste a Lacan; se lo sigue hasta un cierto punto y después ya no. Para Lacan, al chico hay que enseñarle matemática, pero el inconsciente ya piensa según ciertos criterios matemáticos. El inconsciente es una máquina de ordenar y calcular, simple, que actúa y formaliza en el espacio. Por eso, en un momento dado se usó la escritura alfabética, antes de tener la propia, y se empezó a hacer matemática. Pero no fue conscientemente que el hombre lo hizo, porque en la base, en la raíz, dice Lacan está el inconsciente. Mas no luego: una vez que algo existe, es transmisión de saber. Hay transmisión de saber en China, en India, en Occidente: la Metafísica occidental hizo que la matemática no sea simplemente una cuestión de resolución de problemas como en Oriente, y vaya más allá. Fue la resistencia de la Metafísica que le dio a la matemática su lugar privilegiado en la cultura haciendo de la formalización una condición de cientificidad. Es una herencia que debe ser revisada.

     

    A.R.: Usted afirma que los hablantes del castellano tenemos una tarea por delante, si queremos avanzar en la lectura de Lacan, que sería poner estos distintos registros del habla y poder montar un aparato de notas que nos permita leer estos lugares de homofonía que en general se pierden en la traducción.

     

    H.Y.: Tendríamos que enriquecer nuestro castellano. La escritura analítica en castellano es el verbo “ser” más un concepto, el verbo “ser” más otro concepto, etc. En castellano, no se usan verbos para escribir el psicoanálisis. En francés, en cambio, no se usa el verbo “ser” para escribir, se usa apenas para hacer la primera definición nominal y nada más. Es decir que hay una pérdida de riqueza en el castellano que utilizamos, no digo ya en el castellano de la traducción sino en el que efectivamente usamos para escribir psicoanálisis. Hay una especie de afán de definición, un afán por definir, y lo que muestra un escrito que es analítico es que el movimiento mismo de lo escrito lleva a una interpretación, lleva a algo donde aparece un sujeto (que es el analista mismo). Lo característico de una parte todavía importante de la producción en castellano es que el analista demuestra que entendió Lacan. Quiere decir que todavía estamos en la escuela. El problema no es haber entendido a Lacan; el problema es, con lo que sabemos, tanto de nuestra práctica clínica como de nuestra práctica de lectura, escribir de una manera tal que lleguemos a un punto interpretativo al que no habíamos llegado. Eso es formalizar.

     

    I.R.: Esto me hace pensar en eso que escribe Lacan en el Prefacio a la traducción inglesa del Seminario 11, cuando dice “soy un poema y que se escribe”. La cuestión no es escribir sabiendo previamente adónde voy a llegar, sino que, en el devenir de lo que digo, de lo que hablo, de lo que voy trabajando, el “analista-poema” –por así decir– se muestra, se presenta, se hace hacer tal –lenguajeramente– en acto, en la sesión analítica. Cuando uno lee a Lacan en su lengua, eso sabe como lengua viva. Hay algo allí que no se deja captar en la traducción, que se pierde en el pasaje. Por otro lado, también sucede en el establecimiento del texto francés por Miller, que insiste en la pretensión de dar la cosa como perfecta, la frase que corta, cierra y no le deja mucho espacio de benéfica indecisión al lector.

     

    H.Y.: Miller es discípulo del último Lacan. Él demostró que podía hacer lo que Lacan quería y pedía, que era, por ejemplo, un índice razonado de conceptos para los Escritos, o sus intervenciones sobre la lógica del significante en el Seminario en los años sesenta, donde le pone letra a la posición de Lacan. Con poco más de veinte años de edad, tenía un saber lógico realmente fuera de lo común. Aparte, Lacan quería hacer un pasaje de un auditorio de psiquiatras a un auditorio de filósofos formados en lógica matemática: fue un movimiento teórico-político decidido por Lacan. Utilizar el lenguaje de la lógica matemática, utilizar el lenguaje del Otro, utilizar el lenguaje del mundo anglosajón para subvertir desde adentro la lógica matemática. Cuando Roudinesco escribe que Lacan se entregó al empirismo lógico, revela una gran ingenuidad y no haber entendido la creación que Lacan realizó con el instrumento de la lógica proposicional, modificándola. Cuando afirma que toda lógica proposicional es una lógica modal, está diciendo que la lógica proposicional es una modal en donde desapareció el sujeto. Esa proposición de Lacan es una subversión de la lógica matemática, lo que sucede es que no fue recibida en el mundo de los lógicos. Digamos, todavía hay en Lacan cargas de dinamita que no se han hecho explotar, que no han servido para hacer un trabajo de reinterpretación. Por otro lado, cuando Lacan profiere “es el decir de Cantor”, está diciendo que Cantor podrá haber enloquecido, no importa, pero tenía un decir y ese decir lo lleva a la creación de la teoría del transfinito, que reordena toda la matemática, del principio al fin, fundándola en la aritmética de los enteros naturales. Por ende está afirmando que hay sujeto en la matemática; aunque luego del descubrimiento o de la producción, la transmisión en la ciencia elida al sujeto, pero la forclusión del sujeto sucede en la transmisión, no en la producción. Entonces, si se repiten consignas, “la ciencia forcluye al sujeto”, queda en contradicción con la enunciación extremadamente fuerte de Lacan: “El decir de Cantor”.

     

    A.R.: Quizás las negaciones sean una de las cuestiones por las que más se dificulta la traducción del francés al castellano. Decir que no es sin el deseo como el analista avanza en la dirección de una cura no es igual que decir que avanza con el deseo. Una condición necesaria se transforma en suficiente. Además, el pas sans puede ser entendido como paso del sentido y como no-sentido.

     

    H.Y.: Es que no tenemos todas las negaciones que tiene el francés. De todas maneras, la que no tenemos es la expletiva. Pero eso no importa. La lectura de qué tipo de negación es, es una lectura analítica y no lingüística. Freud trabajó mucho tiempo hasta llegar a Verleugnung para “desmentido” o “renegación”. Usó muchas variantes, añadiéndole prefijos a leugnen, que es “mentir”.

    En cuanto al “no sin”, Freud también lo emplea en alemán: nicht ohne. Freud ya está haciendo una lógica con la gramática. Lacan le da mucho mar alcance, pero en Freud ya está. Y son cosas que en francés y en alemán se están diciendo todo el tiempo –atención, no es que Lacan lo fue a buscar al alemán. Pas sans se dice todo el tiempo en francés. Es un idioma que tiene miedo de la afirmación directa, que parece altisonante o atrevida. Una lengua que no afirma, que dice: “No es sin esto que se puede hacer lo otro”. Ese es el genio de la lengua. Se habla así. ¿Puedo pasar el río?, pregunta alguien. Y el otro le contesta: “No es sin un bote que va a llegar a la otra orilla”. Pero en castellano, el “no sin” es más raro. No está en el espíritu de la lengua. “No es sin huevos que se hace un omelette”, en castellano suena un poco rebuscado.

     

    I.R.: En su conferencia en Rosario, usted utilizó el término “desapropiar”. Me pareció muy interesante.

     

    H.Y.: Sí, hay que ver cuál es el contexto. Una es cosa es el fetichismo (desmiento que mi madre esté castrada) y otra es desapropiar a alguien de su saber, no creerle. Por otro lado, todos los hombres son fantasmáticamente fetichistas, porque la castración deja un resto –si los hombres no tuvieran un dejo de fetichismo, no podrían hacer el amor. Ahora bien, ¿de qué estamos hablando? ¿De un perverso o del fetichismo masculino en general? ¿De qué hablamos? ¿Del fetichismo como síntoma o de algo que se le añade al cuerpo de la mujer, o el cuerpo de la Otra mujer que viene a socorrer para no estar simplemente en lo real? Entonces, hay que ver… Porque cuando el amor de los padres por los hijos en un momento no es simbólico, es “desapropiante” de la condición de hijo. Eso no puede no tener efectos. Freud descubrió que en un momento de su historia, un hijo es investido solamente como falo, y eso ejerce efectos traumáticos. Gracias a Lacan, podemos encontrar el momento en que un niño deja de ser investido y se vuelve puro a. Hay una desapropiación, al hijo no se le reconoce aquello que le es propio por ser un niño. Ese padre o esa madre no son necesariamente perversos. Son mecanismos que existen siempre en la relación entre los adultos y los niños. Hay gente que es más “desapropiante” y gente que lo es menos. Otra cosa es el padre que odia y que convierte al hijo en objeto; evidentemente, ahí, en una tercera generación, va a haber una locura, una psicosis.

    Esta idea me vino en inglés, leyendo un ensayo filosófico sobre el escepticismo moderno, que el autor llama “the disowning of knowledge”. Porque disowning quiere decir “desmentir”, “renegar”, pero fundamentalmente “desapropiar”: le saco al otro lo que le es más propio. Lo hago objeto a o lo hago falo. Lo uso eróticamente o lo hago caer como objeto. Estoy hablando de una operación inconsciente, que es mucho más extenso que simplemente hablar de renegación. Porque enseguida se piensa en perversión, pero la renegación en general es un mecanismo de constitución del inconsciente, como lo muestra Freud en Una perturbación de la memoria en la Acrópolis. La desapropiación es el modo de constitución del sujeto a través de la alienación y la se-paración.

     

    I.R.: Claro. ¿Y qué pasa, en su opinión, con el famoso “soñé con una mujer que no era mi madre”? ¿Es una denegación?

     

    H.Y.: Eso es una denegación. En castellano no existe la palabra “denegación”; es una negación que muestra al sujeto en el acto a la vez de reprimir y reconocer lo reprimido pero sin levantar la barra que lo divide. Ahora bien, cuando se dice “no es mi madre”, para Freud es la madre. El problema es qué tipo de negación es esa cuando pasa en sesión: ¿estamos tan seguros de que es la madre? Y de qué madre: ¿la madre de los tres años o la madre de los diez años? En el inconsciente hay una estratificación de las madres: ¿con qué madre vamos a quedarnos en análisis?, ¿a qué madre vamos a tener que llegar y qué madre vamos a tener que dejar de lado? “No la puedo perdonar”, puede decir una paciente, entonces, ¿con qué madre se queda para poder seguir existiendo? Es decir, tenemos que trabajar diciéndole que sí a la negación para ver con qué se queda el sujeto.

     

    I.R.: Ese es el movimiento de Freud, aunque diga sí, es su madre.

     

     

     

    H.Y.: Lo imposible de traducir es el significante. Que llamo, siguiendo a Walter Benjamin, el “cuerpo de la lengua”. Hay algo que es la inscripción, y luego las trazas ejercen efectos entre sí que cambian el sentido.

    Yo tenía la única traducción del Proyecto… de 1895 al castellano, la de Ludovico Rosenthal, y la perdí cuando me fui de Argentina. La tenía anotada en alemán y en castellano, porque Ludovico Rosenthal era vienés. Esa traducción es un modelo de traducción, de alguien que hablaba perfectamente el alemán de Viena y perfectamente el castellano. Realizó ese trabajo de inmenso valor porque se había analizado y representaba el pago de su deuda al psicoanálisis. El problema es: no tengo correspondencias con las raíces germánicas, y las palabras francesas de Lacan son demasiado ricas para volcarlas. No puedo tener todos los movimientos textuales de Lacan, porque el eje lingüístico (vertical) de las metáforas en francés es más rico que en castellano. De todas maneras, ¿cómo logro ser fiel no al significante sino por lo menos a transmitir aquello a lo que hace referencia? Hacer las correspondencias con la lengua de origen para ponerlo, de algún modo, en la lengua de llegada. Porque “el deseo y su interpretación” y “el deseo es su interpretación” son homófonos, pero tengo que llegar a que esa homofonía que no es gratuita y hacer que el lector lo entienda. Ninguna figura retórica en Lacan es gratuita. L’étourdit es casi intraducible, porque hay homofonías en griego, en latín, en francés. Al margen de que pasa del alemán al griego, del latín al francés. Y da signos de que ahí hay algo. Cuando él dice l’habit, es “la vestimenta”, pero también es habite, habita y bite, “la verga”, cuando se la pronuncia bite. Usando un término argótico está significando que el falo es la condición para habitar el lenguaje y que el significante es el que le da falicidad al hombre, y a la mujer. Está el famoso verso de Hölderlin: “El hombre habita como poeta” (Dichterisch wohnet der Mensch auf dieses Erde), verso extraído del himno In himmlischer Blaue, famoso por las lecturas que le dedicara Heidegger, que le devolvió el lugar que le correspondía de ser uno de los poetas mayores de la lengua alemana, lugar que nunca había ocupado por el desprecio y la incomprensión que le prodigaron Goethe y otros. El problema está en que no todos los hombres hacen poesía. Pero en alemán, dichten es “poetizar, hacer poesía”, y también es “crear”. Quiere decir que al hablar, los hombres crean. Y esa es la manera en que el hombre habita el lenguaje: creando la lengua por el hecho de hablar. Fue así que Hölderlin se adelantó en más de medio siglo a de Saussure, quien decía en su curso que los hombres crean la lengua hablando. Y Lacan, en media frase y con una palabrota, dice que la condición es el falo: si el sujeto no está falicizado, no hay introducción del lenguaje en el cuerpo ni del cuerpo al lenguaje. Y eso se hace por medio de la palabra del Otro. L’habit, la vestimenta, el hombre habita el lenguaje gracias al falo (dicho en lengua de la calle). La palabra puede estar desfalicizada; si no está falicizada, no va a haber introducción en y al lenguaje. Todo eso está en una línea.

     

    I.R.: Me resultó muy revelador haberlo escuchado decir en cierta oportunidad –inclusive creo que también lo he leído–, respecto de una circunstancia repetida en su práctica hospitalaria en Francia que en el encuentro con madres de niños autistas éstas se avergonzaban de hablar con sus hijos de esa manera tan peculiar –que se llama laleo o lalación– en que el hijo es hablado literalmente por “la lengua de la madre”. Quiero decir, que no le habían hablado de ese modo, en esa lalangue de extrañas palabras y motes, medias palabras, balbuceos, etc.

     

    H.Y.: A veces llega una mujer y me dice que en la escuela le piden que traiga al nene al psicólogo, y uno oye que le sigue hablando como si fuera un bebé. Sin saberlo lo está seduciendo, guardándoselo como bebé. La madre está reparando su propia infancia, pero para reparar su infancia se está convirtiendo en el único mundo de su hijo, entonces éste no puede prestar atención en la escuela. Por eso en ciertos momentos hay que cortar con la falicización de la palabra. Por lo contrario algunas madres de niños autistas, de modos siempre singulares, no pudieron jugar con ellos como bebés, es decir, no crearon lalengua. Ambos casos son antinómicos el uno del otro.

     

    A.R.: Debido a que la traducción de los textos analíticos suele priorizar el sentido y dejar un poco de lado, como hemos visto, el movimiento vital, el fluir de la lengua, algunos analistas sostienen que el psicoanálisis en castellano ha quedado demasiado pegado a los conceptos y, tomando posiciones antagónicas, eluden los conceptos para optar por el fluir de la lengua. ¿Qué opinión le merecen estas posiciones? ¿Podría el psicoanálisis prescindir de los conceptos?

     

    H.Y.: No es en vano que el Seminario XI se llama Los cuatro conceptos fundamentales…, aunque luego, en la introducción a la edición alemana de los Escritos, Lacan escriba que los conceptos son toneles que pierden.

     

    A.R.: En Notes sur la traduction,[5] usted habla de la palabra en análisis como traducción. ¿Qué procesos comandan las primeras inscripciones? ¿Qué entiende por Niederschrift? ¿En qué nivel se sitúa la Verleugnung?

     

    H.Y.: En todo sujeto neurótico hay una nostalgia del signo, o traduciendo mejor de la seña a la que ya no se tiene acceso por obra del significante. Sin embargo, no habría vida posible sin esa nostalgia. Entiendo “nostalgia” como Sehnsucht en alemán, que también puede traducirse como “búsqueda de goce” en toda su gama, y no solo de dolor, ya que “nostalgia” es una palabra médica inventada en el Renacimiento. Con la palabra Niederschrift Freud habla de cambios en las inscripciones, sea por acontecimientos históricos, épocas de aparición de la sexualidad o épocas de “represión”. También hay cambios en las inscripciones gracias a que estas dejan de estar sometidas a la presión reprimente del ideal. Hay traducción en sesión cuando se intenta dar cuenta del objeto, cuya naturaleza escapa al significante. No hay traducción en los momentos de gracia, cuando el sujeto se aviene casi sin creerlo a decir lo que le pasa por la cabeza sin mandarlo para abajo, Unterdrückung.

     

    A.R.: En su texto Lo imposible a traducir, se lee: “Hay, en cada lengua, una palabra, y un lugar en la lengua, para decir el desconocimiento radical y necesario del extranjero” (Il y a, dans chaque langue, un mot, et un lieu dans la langue, pour dire la méconnaissance radicale et nécessaire de l’étranger). ¿Por qué usted habla del desconocimiento radical y necesario del extranjero? ¿Cómo podemos articular esta afirmación con la estructura?

     

    H.Y.: Es el precio que pagamos para que, entre los dos significantes, el objeto y el sean soportes del sujeto del inconsciente. Sin ese desconocimiento radical no hay topes de la cadena significante, no hay ni límite ni función.

     

    A.R.: Lacan dice que la angustia es la única traducción subjetiva de la presencia del objeto. ¿Qué idea de traducción podría desprenderse de allí?

     

    H.Y.: Lacan usa la palabra “traducción” en su sentido literal (en latín translatio o en alemán Übersetzung), pasar de una orilla a otra del río. Las dos riberas, sin embargo, no tienen nada en común. De eso que es signo del objeto, en su borde de goce del Otro, que no es del orden del significante debe desprenderse un vector, que es el del movimiento hacia la palabra. Ir al significante allí donde éste, por naturaleza, no está. Buscar el deseo, única arma posible para enfrentar la angustia, es darle al objeto el semblant que le falta.

     

     

    [1] Héctor Yankelevich: L’impossible à traduire, Comunicación leída en la Reunión Preliminar para una Convergencia Lacaniana de Psicoanálisis, Barcelona, 7 de febrero de 1997. En este número publicamos la traducción de ese texto, hasta ahora inédito, a continuación de la entrevista.

    [2] También en Oriente, el pasaje del sánscrito al chino y del chino al japonés, traducciones que fueron el vehículo del budismo y a las que Lacan prestaba gran atención, ya que se esmeraba en traducir textos chinos en la primera versión que había de su pasaje del sánscrito.

    [3] Se puede leer con provecho Façons de parler grec à Rome, bajo la dirección de Florence Dupont y Emmanuelle Valette-Cagnac, Bélin, Paris, 2005.

    [4] Silvia Amigo desarrolla en este sentido las observaciones más pertinentes en cuanto a que no es posible homologar todos los nudos de cuatro cuerdas.

    [5] Manuscrito inédito.

  • Cinco preguntas para Guy Le Gaufey: Traducción, transmisión y apropiación

    Alejandra Ruíz: Dice Lacan en su seminario sobre la ética del psicoanálisis: “Si siempre volvemos a Freud es porque él partió de una intuición inicial, central, que es de orden ético. Creo esencial valorizarla para comprender nuestra experiencia, para animarla, para no extraviarnos en ella, para no dejar que se degrade”. El retorno que Lacan hace sobre Freud, por ser algo diferente que un simple retorno, incluye también algunas operaciones de traducción, de re-traducción de ciertos términos freudianos. Partiendo de la ya legendaria reformulación de trieb, podría decirse que el mentado retorno a Freud no sería tal sin operar también una nueva traducción, ¿de qué modo participa la traducción en ese bucle?

     

    Guy Le Gaufey: No me parece que Lacan pueda ser considerado como un “traductor” de Freud. Está claro que ha impuesto en francés algunas “traducciones” de ciertos términos freudianos que ganaron la partida, por lo menos en los círculos lacanianos, como trait unaire para einziger Zug o forclusión para Verwerfung, y otros. A veces, a lo largo de su seminario, pone en francés una frase de Freud que él cita apropiadamente. Pero si es la prueba de que leía a Freud en alemán, no se trata por lo tanto de alguien que podría llamarse un traductor.

    Un traductor no traduce palabras; traduce proposiciones, elementos de sentido que no se pueden fraccionar fácilmente en palabras aisladas. Además, y eso importa, traduce cantidades de proposiciones que plantean el problema del estilo de pensamiento, de cómo tratar las repeticiones, de respetar la consistencia del texto a través de sus múltiples vertientes. Por ejemplo: en el Proyecto… de Freud se encuentra muchas veces la palabra Bezetsung. Puede parecer importante señalar la dimensión casi militar de tal palabra y decidir que occuper, en su sentido militar precisamente, podría ser una traducción correcta en francés, arriesgada pero sutil, de esta palabra que dice cómo una neurona está investida (“ocupada”) por una cantidad. Bien. Pero también está el verbo en infinitivo y conjugado, el participo pasado, el gerundio, muchas y muchas veces, de modo que una traducción tal no consigue mantenerse sin crear un desorden inapropiado porque muy a menudo no conviene, precisamente, este sentido militar. Ahora bien, se trata de respetar escrupulosamente el uso de este término clave para Freud, sin cambiarlo de una vez a otra en una nueva traducción. Entonces, el traductor, frente a sus obligaciones de traductor y a la totalidad del texto, no frente a una ocurrencia aislada, deja caer la palabra occuper para reintegrar el clásico “investir”, que se comporta de una manera más correcta a lo largo del texto.

    Esta dimensión de la traducción efectiva, no le importa a Lacan porque no se posiciona como traductor. El “retorno a Freud” implicó cuidar los términos que Freud había empleado, a veces subrayándolos con una nueva traducción, sin que esto implique considerar a Lacan como un traductor de Freud.

    ¿Cómo llamar, entonces, a esta manera de acoger un texto de tal manera que implique renovar ciertas traducciones ya recibidas? Se trata mucho más de una “rectificación” que de una “traducción”. Hay que ir en contra de una traducción ya recibida para establecer mejor un sentido hasta entonces escondido y que, a veces, escapa a la lengua misma. Por ejemplo, el pasaje del alemán Phantasie al francés fantasme (y no fantaisie), o del francés jouissance al inglés enjoyment o al galicismo jouissance, etc. (la traducción de Lacan en cualquier lengua, con la cantidad de neologismos que presenta, plantea muy a menudo este tipo de problemas).

    Para calificar la manera con la cual Lacan importó ciertos términos de Freud en francés, me parece que el término “apropiación” suena mejor que “traducción”. El ejemplo de Unbewußte “traducido” por l’unebévue no me parece tan diferente al del pasaje de einziger Zug a trait unaire o de Jenseits des Lustprinzips a jouissance. Es una manera de domiciliar un concepto en un movimiento que, precisamente, no se confunde con el trámite usual del traductor, un movimiento que insufla un pensamiento propio a la palabra fuente, lo que el traductor, habitualmente, se prohíbe hacer (a pesar de que también lo hace bastante a menudo).

    Sé que no se puede establecer una diferencia clara en cada punto entre lo que llamo aquí “traducción” y “apropiación”. Hice este pequeño recorrido solo para que uno no se precipite en hacer venir todas las ideas comunes a propósito de la traducción cuando se trata de apreciar lo que Lacan hizo a y con el texto de Freud.

     

    1. R.: Dice Paul Ricɶur en Sur la traduction: “Comprender, eso es traducir”.[1] Henri Meschonnic replica, por su parte: “No, comprender es comprender, o creer que uno comprende. Traducir supone comprender, pero es otra cosa“.[2]¿Cómo relacionaría usted la comprensión y la traducción?
    2. L. G.: Estoy totalmente de acuerdo con Meschonnic. El juicio de Ricɶur es típico de su estilo de pensamiento y de escritura (que no aprecio mucho), que tiende a diluir las cosas sobre el pretexto de ser claro y didáctico. Comprender no es traducir, en el sentido de que no se necesita establecer otro texto para entender bien el primero. Lo cierto es que una traducción tal de una lengua a otra vale como prueba de que, sí, hubo (o no) comprensión, pero la comprensión en sí misma tiene lugar sin eso.

    Ricɶur propone su casi equivalencia de una manera muy retórica. No se sabe bien si hay que considerar este tipo de afirmación como un teorema o un axioma, o más bien algo de mármol blando, como es tan frecuentemente el caso en esa manera de hablar. La comprensión está en relación directa con la obligación número uno del traductor: respetar al sentido, y ello porque se traducen, una vez más, no palabras, sino unidades de sentido. Pero muy a menudo esta obligación primera entra en conflicto con la segunda, que toca al respeto del valor del término o de la expresión. Si es vulgar, hay que encontrar algo vulgar; si es sofisticado, algo sofisticado, etc. Sin olvidar a la tercera, que toca al ritmo. Por ejemplo, en inglés (especialmente en el north american english) no importa repetir la misma palabra numerosas veces en la misma frase si es necesario para que el sentido sea claro. Al ponerlo así en francés, si se respetó escrupulosamente este tipo de repetición, el texto va aparecer pesado, inhábil, mientras que no sucede lo mismo en inglés.

    Entonces: comprender es, claro, una necesidad imperiosa del traducir, aunque a veces deja el paso a otra consideración. Pero para no privilegiar el sentido, hay también que haberlo captado perfectamente. Todo eso es más claro en la traducción poética, porque en este caso hay una obligación de más que toca al ritmo y, a veces, a la rima. Allí, el sentido no siempre es el privilegiado, y a veces (raramente) pasa al último rango.

     

    1. R.: ¿Hasta qué punto su experiencia como traductor podría haber dejado alguna marca en su práctica como analista? ¿Hay una tensión interesante entre ambas disciplinas?

     

    1. L. G.: Desde hace más de veinte años, he traducido del inglés al francés una quincena de libros (gay & lesbian studies, filosofía, historia, novela, y uno de poemas). Muy a menudo se dice que esta práctica va muy bien con la práctica analítica, que se apoyan la una a la otra, etc. No es exactamente mi impresión, y no es fácil decir por qué. Supongo que es a causa de mi relación complicada con, digamos, la semiótica de Jacques Lacan. Desemboqué en Lacan cuando estaba estudiando la semiótica con Barthes y Greimas, muy interesado en aquel entonces en lo que se llamaba “la teoría del significante”. Bastaron unos años para que me desilusionara con la idea de que pudieran unirse dicha teoría y una semiótica académica que, en su corazón mismo, adoptaba los fundamentos de la fenomenología de Husserl (que planteaba otro tipo de sujeto). Primera elección obligada, lo que me condujo del lado de Lacan, por lo menos lo pensaba así. Pero si su definición del sujeto representado por un significante para otro significante me parecía insuperable e inmejorable en lo que toca al tratamiento analítico, no podía tan fácilmente seguirle, a la altura de una semiótica general, en su manera de rebajar al significado como lo que se contenta de resultar del arreglo del significante. Por supuesto, nunca había encontrado un significado flotando solo en el aire, no venía sino con un significante, pero… ¡Bueno! Me las arreglé de tal modo que me olvidé la dificultad.

    Quince años después empecé a traducir textos, en primer lugar poéticos, y el problema resurgió en todo su esplendor. Intenté describirlo en un pequeño texto que se intitula “¿Alucinar?” (traducido en El caso inexistente, Epeele, 2006, págs. 311-330). Me ocurrió, algunas veces que, frente a un verso en inglés, no encontraba un equivalente en francés, pero también que, en una fracción de segundo, el inglés se había desvanecido y no obstante yo seguía teniendo algo en la mente. Debo agregar que no creo, como San Agustín, que exista un lenguaje “mental” por encima de cualquier lengua. Entonces… ¿qué pensar?, sino que, a pesar de que no se pueda atrapar aisladamente, hay sin embargo un cierto grado de existencia del significado por sí mismo. La existencia también de ciertas “áreas semánticas”, especialmente para adjetivos y verbos, va en el mismo sentido según el cual el significado posee una cierta independencia. No mucho, pero… un poco.

    Tampoco pienso, del otro lado, que un tratamiento se puede conducir atendiendo solo al significante, tan importante como sea este. No sé si hay analistas lacanianos que están atentos al significante como, a veces, les gusta decirlo, haciendo del witz la única interpretación recta con capacidad de desembrollar un síntoma. Las cosas me parecen mucho más turbias, y a pesar de que sepa yo muy bien que nunca conseguiré demostrar la existencia en sí misma de un significado, debo a la traducción (y no al tratamiento) mi convicción de que, si el significante produce efectos al nivel del significado (y luego del sentido), hay una cierta autonomía del significado y del sentido.

    Lo que no sé es si esta convicción me ayuda o no en mi trabajo de analista (en tanto que traductor, no tengo ninguna duda). Por lo tanto, que me convenza de que el sentido desborda el apilamiento de las significaciones, empujándome a la búsqueda de algo otro, sí, me ayuda. Pero cuando, eventualmente, me distrae del juego del significante (lo que ocurre, estoy seguro de ello), no me ayuda. Es una guerra (o un vals) sin fin entre el sentido y el sonido (obviamente, es peor cuando trabajo como analista en una lengua otra que mi lengua materna porque me encuentro más atado al sentido, más dependiente de mi comprensión del contexto, lo que obstaculiza la sensibilidad al significante).

    Pero cuando Lacan dice (no sé dónde) que el significado no es sino un significante que “ha caído debajo de la barra”, no entiendo lo que quiere decir eso. En un seminario (tampoco sé cuál), describe también la producción de los significados como resultando de una noria de cangilones: los significantes serían los cangilones y la cantidad de agua que cada uno subiera sería un significado. Monotonía de la signifiance. No creo en eso. Pienso más bien que hay un cierto nivel de participación zurda del cuerpo en la producción de significados tan vagos como diferentes, que se ajustan al movimiento de los significantes. Es casi un delirio, pero no logro entender el funcionamiento de una lengua sin un cierto nivel de independencia de los significados, a pesar de que no sepa cómo disponer bien la dicha independencia.

     

    1. R.: ¿Hasta qué punto las categorías de lengua fuente y lengua meta, con las que habitualmente se ha pensado la traducción, no podrían implicar un intento de darle consistencia a una concepción imaginaria donde ese pasaje –biyectivo– entre una lengua y otra, al fin sería posible? ¿En qué sentido lo real de la lengua, tal como Lacan lo plantea en Radiofonía, viene a descompletar cualquier posible imaginarización que reduciría la traducción a un plano meramente imaginario?

     

    1. L. G.: La concepción de la traducción como ejercicio de biyección es penoso porque es, por un lado, indudable e imprescindible, y por otro lado, falso y engañador. La babosada usual según la cual la traducción es algo imposible considera, sin arriesgarse a decirlo, que la traducción tiene que ser una biyección perfecta y sin falla, de tal modo que bastaría mostrar que no es el caso para afirmar doctamente que cualquier traducción es “imposible”. Un tal juicio no demuestra sino una ignorancia crasa del funcionamiento de la lengua, sea fuente o meta. En la misma lengua, hay montones de proposiciones que dicen “la misma cosa” sin utilizar los mismos significantes. Los matices pueden parecer innumerables (a pesar de que, de hecho, no lo son), pero tenemos que emplear aquí una distinción suficientemente clara entre “significación” y “sentido”. Las dos palabras muy a menudo se superponen, de tal modo que se puede utilizar la una o la otra indistintamente. Propongo aquí considerar que una significación ─sea la conjunción de un significante (o de algunos) y de un significado (sea preciso o turbio)─ es algo de la naturaleza de un círculo, algo que se hace bucle, que se puede aislar y apuntar, desplazar y equivaler; mientras que un sentido participa de una media línea recta, que tiene un punto de partida, una dirección y nada más. Topológicamente, son muy diferentes, mientras que ambas participan de la producción de lo que “quiere decir” tal montaje significante. Con estos elementos mínimos podemos acercarnos un poquito mejor a la cuestión de lo “real de la lengua”, tal como lo encuentra la traducción.

    Lo que se busca primero es, claro, el máximo de biyección entre una significación en la lengua fuente y otra en la lengua meta. Con frecuencia, el traductor llega a hacerlo sin gran dificultad y la traducción sigue adelantándose. Pero también ocurre a menudo una no-concordancia, más o menos grave. Aquí se revela lo real de la lengua de la misma manera que surge el uno en la concepción del número que inventó Frege, rehusando la vía clásica que afirma el uno como algo obvio, sacando de su mera repetición la generación de todos los números. Él prefiere partir de la experiencia humana elemental que consiste en la fabricación de una serie doble, por ejemplo: cuchillos y tenedores. Supongo que alguien está alineando pares de estos. Mientras un cuchillo corresponde con un tenedor, no pasa nada (como en la traducción, cuando hay concordancia). Pero supongamos que, de repente, falta uno (no importa de qué lado). Ahora pasa algo: un vacío inesperado saca a luz la mera existencia del Uno. Falta uno. Aquí está el punto de partida de la numeración fregeana (lo que le va como un guante a Lacan).

    Sea el primer verso de un poema del poeta Inglés Philip Larkin: The view is fine from fifty. El resto del poema muestra que se trata al mismo tiempo de fifty meters high y de fifty years old. Por lo tanto, hasta donde sé, no hay nada equivalente en francés, en una formulación en la que no sobren ocho o, peor aún, diez sílabas. Por un lado, a la lengua francesa no le falta nada: eso es tan claro como el día. Y sin embargo, la traducción del poema se desmorona por sí misma a causa de esa maldita incapacidad local. Aquí se toca, por la vía negativa, algo del real de la lengua. Falta un cuchillo, no en el juego general de los cubiertos, sino, sí, en frente de este tenedor, en frente de una cierta ambigüedad en la significación.

    De una manera menos clara, se encuentran casos en los cuales no hay tal imposibilidad, salvo que la expresión de la lengua fuente o el tipo de construcción no tengan sentido correcto y rápido en la lengua meta. Surge entonces la tentación de “adaptar” a la lengua meta, de hacer accesible, de dar sentido, de allanar. Aquí se presenta la otra vertiente en la cual la lengua meta supera a la lengua fuente. Cuando se trata de traducir textos en prosa, donde no hay obligaciones estrictas de ritmo, esta vertiente puede ser desarrollada al gusto del traductor. También las notas al pie sirven para aclarar lo turbio del pasaje. Pero en la traducción poética, en la cual habitualmente no se pueden emplear notas al pie ni estirar desmesuradamente un verso, es claro que este real de la lengua se encuentra mucho más a menudo.

     

    1. R.: ¿De qué modo participa lo intraducible en la transmisión del psicoanálisis? ¿Cómo se articularía allí el matema?

     

    1. L. G.: Ya casi contesté la pregunta: lo “intraducible” implica la “apropiación” en la lengua meta. Entonces, “transmitir” es “apropiarse”, lo que es una cuestión tanto política como lingüística. Ejemplo doble: la palabra fantasme fue elegida por los traductores de Freud mucho antes de que Lacan (en los años treinta y cuarenta) la utilizara para poner en francés la palabra alemana Phantasie, por una razón muy simple: a diferencia del alemán, el francés fantaisie siempre tiene un sentido de algo ligero, divertido.[3] De tal modo que, al escribir la fantaisie du meurtre du père se producía una inmediata impresión de error, ya que no se entendía, mientras que en alemán era claro y simple (lingüísticamente). Entonces, los traductores fueron a buscar la palabra phantasme, que al inicio quería decir: lésion du sens de la vue ou quelque fois des facultés mentales, dans laquelle les malades croient voir des objets qu’ils n’ont pas réellement devant les yeux (Littré). No sé bien cómo el “ph” inicial se transformó en “f” (no es nada común en francés, al contrario de la bienvenida ortografía del castellano), y hubo debates para diferenciar phantasme y fantasme en el medio analítico parisino. Sin interés alguno. Lacan, sin inventar terminológicamente esta vez, empleó de entrada y todo el tiempo la palabra fantasme, pero con su escritura $&a le dio un nuevo y fuerte sentido, de modo tal que al mismo tiempo corresponde con el Phantasie de Freud, y no. Entonces, los traductores de Lacan al castellano tienen que hacer una elección política: ya sea que se inclinen por Freud y traduzcan “fantasía”, produciendo un pedazo de freudo-lacanismo; ya sea que se inclinen por “fantasma” y se declaren puros lacanianos, al riesgo de desafiar su lengua materna, que reserva dicha palabra para señalar un espectro o un fanfarrón. Lo “intraducible” pasa al precio de una apropiación impuesta por la lengua, pero una apropiación que también permite “instalar” el texto en su nueva ubicación lingüística, cultural y política (en relación con el medio profesional).

    Contestar a propósito del matema es otro poblema porque la ambición de Lacan de producir fórmulas casi afuera del sentido, requiere un estudio largo y minucioso que no puedo iniciar aquí. Lo que se puede decir es que lo que produjo Lacan bajo este nombre no corresponde a la meta que él se había fijado. Hace pensar en su frase famosa: “El psicoanálisis es un delirio del cual se espera una ciencia”. Se puede saber en el acto que esta esperanza quedará como una esperanza, lo que no es nada, pero tampoco

    [1] Comprendre, c’est traduire.

    [2] Non, comprendre c’est comprendre, ou croire qu’on comprend. Traduire suppose comprendre, mais c’est tout autre chose.

    [3] Aquí hay algo divertido. No pudieron emplear la palabra fantaisie porque en esa época faltaba en francés el verbo fantasmer, mientras que en alemán ya estaba el verbo phantasieren. La presencia de tal verbo permitía neutralizar el sentido del sustantivo y atarlo a la mera actividad del phantasieren. Lo divertido es que el empleo de la palabra fantasme ganó la partida en francés mucho más allá de los círculos analíticos, de tal modo que el verbo fantasmer hizo su aparición en los años ´60-´70, y ahora es muy común, especialmente para los jóvenes: Cette fille me fait vachement fantasmer, ya no presenta ninguna dificultad o preciosidad hoy. Plasticidad de las lenguas.

  • La Política del Síntoma en el Análisis de un Niño

    Cuando el síntoma no se muestra

    No siempre un niño llega al consultorio del analista con síntomas. En cambio, es seguro que lo hace por las resonancias que tiene para algún adulto. Adulto que en ocasiones no son los padres, pues si ellos no alojaron al sujeto, jamás traerán al niño. En esos casos, si la fortuna lo permite, será otro quien haga sonar la alarma.

    Así llegó Mateo. En la escuela comenzaron por registrar que no hablaba, solo emitía algunos sonidos; y a pesar de su corta edad, disintieron con el punto de vista del pediatra que proponía restarle importancia al asunto esperando que fuera a pasar.

    La consulta abrió una caja de Pandora que develó al niño como juguete erótico de un vecino que se presentaba como amigo de la familia, “cuidaba” a veces al pequeño y se sacaba fotos junto a él, sin ropa y sin pudor.

    La ausencia de palabra se hizo síntoma cuando alguien escuchó su silencio.

    Dos opciones que no son

    Con los niños, frecuentemente, se ha tendido a creer que su padecimiento siempre hallaba causa en la estructura familiar. Abonando esta perspectiva, se tejieron teorías proclives al determinismo lineal, haciendo recaer el peso del sufrimiento infantil en la balanza causal de los padres sobre los que se prefirió dirigir las intervenciones.

    Responsables, cuando no culpables, los padres resultaron presas de una concepción teórica que no atinó a hallar salida de un problema inevitable, propio del abordaje psicoanalítico de un niño.

    Error simétrico e inverso, merece destacarse, fue tratar al niño, desde el vamos, como plenamente responsable de sus actos, dándole derechos, merecidos desde ya, pero ignorantes de los tiempos de constitución en la orientación del deseo y la distribución de los goces.

    La estructura inacabada de los procesos psíquicos, la imposibilidad de una neurosis de transferencia asentada en la neurosis infantil, aún en proceso de constitución, y la presencia de los progenitores reales, muestra inexcusable de los tiempos en que el sujeto se estaría estructurando, mostraron a los analistas una evidencia de no fácil resolución: un niño es analizable pero no puede ser analizado del mismo modo que un adulto.

    Sin embargo ¿en qué estriba su diferencia? Y ¿cuál es su resonancia respecto del síntoma en la infancia?

    El síntoma del niño y la respuesta del sujeto

    Sabemos que el inconsciente freudiano no es el inconsciente lacaniano. Sin embargo, es en torno al concepto de síntoma en psicoanálisis que se ahondan las diferencias, cuando sus efectos recaen en el análisis de un niño incidiendo en las intervenciones del analista.

    ¿Cómo no recordar que para Freud el síntoma es una formación del inconsciente cuyas Vorstellung-Repräsentanz son efecto de la represión y en cambio, para Lacan, el síntoma no se constriñe al retorno de lo reprimido sexual e infantil, sino que también deja emerger un trazo del sujeto, cifra liberadora en la que anida un anhelo legítimo de existencia y libertad?

    A partir de Lacan, el síntoma no sólo muestra un rostro de sufrimiento que deja al sujeto como presa inmóvil de un goce enclavado; el síntoma, con otra perspectiva, adquiere dignidad, cuando abre y otorga una puerta ocasional al sujeto del inconsciente.

    Sin embargo, como la experiencia nos indica, nada va de suyo, la realización del sujeto logra su efecto si se cumplen algunas condiciones. El sujeto del inconsciente se muestra deudor de una lógica de incompletud, motora de sus resortes. Sin ella, no habrá inicio ni apertura, no habrá serie ni sucesión significante.

    Dicho de un modo simple pero atento a lo complejo y contingente del asunto, diría que la existencia del sujeto, dependiente de ese origen, se engendrará en los intervalos.

    Me propuse recordarlo brevemente para avanzar sobre las consecuencias que la opción entre uno y otro modo de abordar el inconsciente abre en la práctica del psicoanálisis con los niños, más aún cuando el síntoma no tiene lugar.

    Fue el caso de Florencia, quien vivía con su madre y el esposo desde pequeña cuando el matrimonio de sus padres de disolvió. Su padre había formado una nueva familia, y muchos años después de haberse separado de su primera mujer descubrió que su hija era abusada sexualmente por el marido de la madre bajo amenazas de matar a los hermanitos.

    La ausencia de menarca en la adolescencia fue el único indicador que despertó en la médica que atendía a Florencia una sospecha: que en el cuerpo de la joven se cifraba algún mensaje y ella aceptó ser su destinataria.

    No es un mal de nuestra época. De la inclinación que tiene un adulto a gozar del cuerpo de un niño, tomado como objeto, también se ocupó Freud cuando advirtió que los ámbitos institucionales cerrados, sitios en los que conviven adultos y niños, con estructuras y autoridades jerárquicas prestas a ser idealizadas por parte de los niños, son terrenos aptos para el abuso. Así ocurre cada vez que esos mismos adultos dan rienda suelta a las tentaciones pulsionales y abusan de quienes, siendo pequeños, padecen más que en otros tiempos de la vida de escaso saber en lo relativo al sexo.

    Es cierto que no resulta fácil determinar si un niño ha sufrido un abuso. Y que muchas son las ocasiones en que un niño no logra responder. Pero ante esas circunstancias, aducir que lo Simbólico no recubre totalmente lo real sexual, no es excusa suficiente para desconocer que en la infancia aun se adeuda el acervo simbólico para delimitar lo no sabido. Tampoco para desconocer las necesarias vueltas recreativas sobre el agujero principal de lo Simbólico, vueltas para aceitar la lógica de incompletud del Otro.

    Responsabilizar al niño, desconociendo la exacción de goce[i] del Otro real en los tiempos de constitución de la estructura, tuerce el valor político del síntoma como respuesta del sujeto.

    Los tiempos del sujeto

    Decir niño no es lo mismo que decir sujeto. Por eso, propongo que el analista atienda al niño pero apunte al sujeto. Pues si admitimos que el niño es un lugar en el Otro proveedor de significaciones y demandas dirigidas a él como objeto del fantasma, prefiero decir que el sujeto es una respuesta; y será respondiendo al Otro que el sujeto dará los primeros pasos a la existencia, ek, fuera, sistere, lugar. Respondiendo sí al Nombre del Padre, y alienándose al Otro primordial, luego le será viable separarse de su campo.

    Sólo si en el laberinto contingente de la vida le ha sido donado el intervalo necesario, y la impredecible disposición del Otro lo ha alojado en un campo signado por la incompletud, el niño podrá responder al Otro en lugar de realizar la presencia del objeto en el fantasma materno.[ii]

    En ese caso, la presencia del objeto que él era en el nudo de los padres alternará con su ausencia, arrojando una eficacia recreadora de benéfica falta en los goces, en el amor y en el deseo de los padres. La trenza del destino de un niño se tejerá con sus hilos, dando tiempos de lo Real, tiempos de lo Simbólico y tiempos de lo Imaginario para la constitución del sujeto. Es por eso que el concierto de una vida afina sus acordes en conjuntos más o menos disonantes según la calidad de los instrumentos que llegan a manos del ejecutante.

    Que el sujeto de la estructura más que edad tiene tiempos[iii], queda evidenciado cuando un adulto llega con enorme sufrimiento a consultarnos pero no atina a formularse pregunta alguna. Cuando aún desesperado, no busca saber, y aquello que revela su posición es un tiempo del sujeto trabado y demoledor a causa de una fallida constitución de la neurosis de transferencia. La ausencia de pregunta, y la impedida búsqueda de saber, invitan al analista a localizar, puntualmente, los tropiezos en los tiempos constitutivos del sujeto, a delimitar el momento en que han   fallado los efectos constituyentes de la transferencia, tiempos necesarios para los constituidos que le siguen.[iv] Ausente de la suposición de saber, no halla dónde hacer pie el discurso analizante. Mucho menos para desplegar sus razones.

    Es que la partitura de cada singularidad llevará las notas de los goces jugados en el tablero del Otro real. Los bordes y desbordes provenientes de ese campo incidirán habilitantes o arrasadores en la respuesta del sujeto. Por esa causa, a veces hay respuesta del sujeto y otras no.

    Para el caso, si los tiempos se recrean, el efecto sujeto hará su aparición. Y a pesar de no haber progreso, habrá progresión. El sujeto cursará los tiempos y responderá al Otro solamente si cuenta con recursos en el bolsillo de la infancia. Sólo con esos recursos simbólicos habrá síntoma, y el síntoma del niño será -como dice Lacan- “una respuesta a lo que hay de sintomático en la pareja familiar”[v].

    Esta perspectiva también indica que el edificio fantasmático se construirá paso a paso: hormigón, ladrillos, paredes y sólo finalmente ventanas. El marco no aparece sin previa delimitación. Por eso mismo, la construcción del fantasma, esa respuesta del sujeto a la demanda del Otro, puede fallar desde los cimientos.

    Entre el determinismo paternal y los plenos derechos de un niño, están los tiempos del sujeto, necesarios pero contingentes.

    El fantasma y el Otro real

    Inicialmente, Freud creyó hallar en la etiología de las neurosis una escena traumática: algún adulto mayor había abusado de la inocencia de un niño y procurado un goce que el síntoma denunciaba. Sin embargo, pronto descubrió la falacia. De ese modo, la elaboración del fantasma neurótico halló su basamento, llevándolo a decir que ya no creía en “su neurótica”.

    La ‘proton pseudus histérica’ hizo tambalear la teoría de la seducción como causa etiológica, y colocó en el podio la formación fantasmática como antecedente eficaz en la promoción de síntomas.

    “Pegan a un niño”[vi], con impecable lógica, expresó los pensamientos maduros de un Freud que atendía, con percepción investigadora, el decir de sus pacientes adultos. A partir de entonces, el relato de las escenas traumáticas involucraron al sujeto con la responsabilidad que le cabe en su decir, y relevaron al analista del grotesco papel de detective, acumulador de pistas y pruebas para confirmar, lupa en mano, el valor real y objetivo de los hechos. La realidad pasó a ser la pantalla del fantasma y la verdad, la verdad del sujeto.

    Liberado del determinismo lineal, el sujeto abandonó la piel que le otorgó el destino y empezó a vestirse con responsabilidad en el eje de su deseo.

    Ni juez ni parte, el analista afinó las cuerdas de su instrumento, apuntando a leer, en las letras del analizante, la verdad de su decir.

    Sin embargo ¿cómo extender sus razones cuando un niño pequeño es pegado? ¿Cómo analizarlo cuando un niño es objeto de abuso por parte de un adulto?

    Tiempos de pasaje: Del espacio del Otro a la escena del sujeto

    “el niño está hecho para aprender algo, es decir, para que el nudo se haga bien”…Porque no hay nada más fácil que lo que falla…”[vii].

    La expresión no me pertenece, la tomé del Seminario sobre Les Non Dupes Errent   y las pronunció Lacan el 11 de diciembre de 1973. Pero sí considero que para que el nudo se haga bien es necesario considerar la presencia del Otro real en los momentos fundantes de la estructura y la dependencia del sujeto en los tiempos de la infancia.

    Sus consecuencias en el armado del nudo en la infancia me invitaron a puntuar los tiempos en cada uno de los registros presentado por Jaques Lacan en su enseñanza. A mi entender, esa perspectiva expresa una cualidad diferencial en la dimensión temporal cuando nos percatamos que lo Real es un tiempo de permanencia y disrupciones, en tanto lo Simbólico se alinea en sucesiones y series, para distinguirse de una temporalidad imaginaria proclive a la continuidad o reversibilidad de los tiempos.

    Para el psicoanalista que apunta al sujeto cuando atiende al niño, se hacen muy evidentes algunas distinciones en cuanto a los tiempos de lo Real, los tiempos de lo Simbólico y los tiempos de lo Imaginario en el armado del nudo.

    Al recibir a los padres cuando nos consultan por su hijo jamás salteamos la consideración de ese tiempo anterior a la vida misma, en que un sujeto fue anticipado por el deseo de falo de una madre y recibió o no la nominación otorgada por el padre para su inscripción en la existencia.

    Como es sabido, el Otro espera un niño. Pero siempre encuentra una diferencia entre el niño esperado y el sujeto hallado. Destino invariable, pues el sujeto responde al Otro pergeñando una respuesta que no coincide ni alcanza para ser el niño anhelado ni el falo buscado, y muchos menos el objeto a, a menos que sea capturado para saturar la presencia del objeto en el fantasma materno[viii] .Cuando no es así, cuando el niño no realiza la presencia del objeto en el fantasma del adulto, cuando entre el niño y el Otro funciona la lógica de incompletud que regula los goces, y una falta de identidad permite hacer pie a la diferencia, se efectuarán las respuestas del sujeto. Respuestas a lo Real del Otro real, a lo Simbólico del Otro real y a lo Imaginario del Otro real. Esto es, que sosteniéndose en lo no idéntico, se erigen los tiempos de las identificaciones del sujeto. Primera, segunda y tercera identificación.

    Junto a cada una de ellas, incorporando lo Real, introyectando lo Simbólico y proyectando lo Imaginario del Otro real, se irá construyendo, ladrillo tras ladrillo, el edificio fantasmático desde el cual orientará la perspectiva del deseo en la metamorfosis de la pubertad.

    Para ello, han de adquirirse las varillas y la cuadratura necesarias para disponer de la abertura fantasmática desde la que el sujeto percibirá el mundo y su relación a la realidad. Apertura a una nueva perspectiva que abre el paisaje de la exogamia, los tiempos del fantasma serán en la infancia, tiempos de pasaje del espacio del Otro a la escena del sujeto.

    Notablemente, el analista que se aboque a diferenciar los tiempos del sujeto más allá de su edad, podrá también delimitar distinciones entre el sujeto inmerso en el lenguaje, del que dispone de la función de la palabra y de aquel que ha alcanzado ese otro tiempo de lo Simbólico que admite la articulación en discurso. Así mismo podrá constatar tiempos diferentes de lo Real en los que los goces se redistribuyen engendrando el objeto causa de deseo y plus de gozar con los bordes anudados RSI.

    Notará que no es lo mismo ver al niño buscar el objeto en el cuerpo del Otro que hacerlo en el propio cuerpo; y sabrá que sin transitar y luego abandonar esos pasos previos, un adulto jamás buscará el objeto en el cuerpo de un partenaire. Del mismo modo, podrá registrar tiempos diferentes en el armado de lo Imaginario, cuando delimite la eficacia diferencial en los tiempos de subjetivación del espacio y el armado de la escena. Si al comienzo el cuerpo se unifica reprimiendo el organismo para coagularse jubilatoriamente en la imagen especular, los siguientes tiempos de lo Imaginario, si ellos se recrean, podrán ver al niño jugar con su imagen y despegarse de ella creando personajes móviles y recreativos aptos para la escena lúdica y el jugar.

    Y jugando, jugando, el texto se va armando, revelando la contribución esencial del juego a la trama del fantasma. Con él se va produciendo un pasaje que va de la escena del mundo a la escena sobre la escena, y entretanto el Otro real pasa a ser parte de la “Otra escena” la que definió su fantasma. Sin él, sin su andamiaje, no habrá, en otro tiempo, identificación al objeto dentro de su marco.

    Es preciso diferenciar una vez más, ese momento posterior y analizable en el adulto que nos consulta, con respecto al tiempo en que un niño está constituyendo su respuesta de sujeto para no realizar la presencia del objeto en el fantasma materno.

    Cuando un niño es abusado surgen indicadores que es preciso atender sin hacer responsable al niño en tiempos en los que aún no puede responder.

    La distinción incluye una ética, la que no elude la responsabilidad del analista cuando no confunde la abstinencia con la inoperancia en indolente actitud.

    La responsabilidad del analista de niños

    El tema del abuso se ha prestado a confusión y merece considerarse. Cuando un niño no cuenta con el síntoma como respuesta del sujeto, es esencial el encuentro con un analista. Pues, la expresión de lo ocurrido puede ser imperceptible.

    Si los tiempos del sujeto se cursan en relación al Otro real, es preciso saber que donde falta el síntoma puede estar faltando la falta, y donde ella se ausenta, peligra la existencia.

    Es cierto que, aduciendo incompatibilidad con la función del analista, algunos confunden abstinencia con desentenderse del asunto. También , lo que es peor, relevan al abusador de su responsabilidad, haciendo recaer sobre el niño y su fantasma el peso de los hechos y duplicando, lamentablemente, la arrasadora porción de goce padecida por el sujeto cuando según su tiempo de constitución tal vez no cuenta con recursos para responder al goce.

    Cuando en el mejor de los casos, el síntoma del niño logra erigirse como representante de la verdad, el analista aúna al análisis del niño[ix] la influencia analítica sobre los progenitores. Pero cuando no, cuando el Otro real no habilita la respuesta del sujeto, cuando el adulto goza del cuerpo del niño como objeto, la abstinencia del analista no ha de equivaler a su inoperancia. En esas ocasiones, no menos que en otras pero sí con la mayor responsabilidad que le cabe, el analista promueve el síntoma, el síntoma lacaniano como respuesta del sujeto. De ese modo, hace de la política del síntoma su política, la que tiene al sujeto, ese revolucionario concepto lacaniano, como timón y brújula de su navegación.


     

    [i] Vegh, Isidoro: “El Abanico de los Goces”. Ed. Letra Viva. Buenos Aires, 2010.

    [ii] Lacan, Jacques: “Dos Notas sobre el Niño (1969) Intervenciones y Textos II, Ediciones Manantial, Buenos Aires, 1991.

    [iii] Flesler, Alba: “El niño en Análisis y el Lugar de los Padres”. Ed. Paidós. Buenos Aires, 2007.

    [iv] Lacan, Jacques: “Función y campo de la palabra y del lenguaje en Psicoanálisis” Congreso de Roma, 26 y 27 de Septiembre de 1953“Escritos I”, Primera Edición en 1971, Buenos Aires, Siglo Vientiuno Editores SA., Cap. III: Pag. 125.

    [v] Lacan, Jacques: “Dos Notas sobre el Niño (1969) Intervenciones y Textos II, Ediciones Manantial, Buenos Aires, 1991

    [vi] Freud, Sigmund: “Pegan a un niño” (1919). Amorrortu Editores, Buenos Aires. T. XVII. Pág.173

    [vii] Lacan, Jacques: “Seminario XXI Le Non Dupes Errent”, Clase 3: 11 de diciembre 1973. Inédito

    [viii] Lacan, Jacques: “Dos Notas sobre el Niño (1969) Intervenciones y Textos II, Ediciones Manantial, Buenos Aires, 1991.

    [ix] Freud, Sigmund: “34º Conferencia. Nuevas Conferencias de Introducción al psicoanálisis (1933 a [1932])”, Obras Completas, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1985, T.XXII

  • Acto analítico, acto jurídico: paradojas, aporías, contradicciones

    Il fatto è che la democrazia non può prescindere, senza negare se stessa, dal “relativismo etico” di cui la si accusa. Remo Bodei, Il noi diviso

    El esfuerzo llevado a cabo en la actualidad en diferentes países para reglamentar y definir a nivel legislativo la práctica del psicoanálisis ha suscitado diversos interrogantes. Tradicionalmente, la regulación de la práctica analítica ha sido la prerrogativa de los institutos y de las asociaciones analíticas, locales o internacionales –y continúa siéndolo en varios países– y lejos de haber presentado problemas, ha inscrito al psicoanálisis en la trama social. En cien años de historia, los institutos y asociaciones han resuelto y regulado cuestiones profesionales relativas a la formación de analistas, la práctica analítica, la ética analítica y la protección de los pacientes, y rara vez debieron acudir a instancias regulatorias fuera de la práctica.

    En este sentido, el psicoanálisis ha tomado en cuenta explícitamente la particularidad de la formación analítica, que por su propia naturaleza difiere de cualquier otro tipo de formación profesional, y no ha cesado de crear procedimientos –más o menos exitosos, en todo caso, in progress– para proteger la ética analítica y su transmisión. Implícitamente, se ha tomado en cuenta la singularidad del acto analítico y la imposibilidad de compararlo con otras fomas de intercambio social.

    El actual intento de reglamentación legislativa introduce en el campo psicoanalítico un discurso eminentemente ajeno a la naturaleza de su práctica, un discurso que convoca a nuevas reflexiones respecto de la relación entre el psicoanálisis y el tejido social, entre la ética profesional y las demandas sociales, entre el acto analítico y el acto jurídico.

    En algunos casos, la regulación jurídica de la práctica ha sido, paradojalmente, el fruto de las luchas intestinas entre las facciones psicoanalíticas, las cuales al apelar al arbitrio de una tercera instancia –la ley, el Estado– procuran proteger los intereses del sector en nombre de derechos específicos. Pero así como es cierto que tales luchas ponen en cuestión la ética analítica de los grupos que las sostienen, resulta también verdadero que se inscriben en una realidad social en transformación: si ellas desembocan en una intervención legislativa es debido a que reflejan una tendencia actual que consiste en recurrir al acto jurídico para regular toda suerte de transacción social, incluso aquellas que durante décadas se han autorregulado bastante eficientemente.

    Es en este último punto donde quisiera detenerme: en la tendencia actual hacia un uso “expandido” del acto jurídico, y lo que dicha tendencia indica respecto de la realidad social en la cual se desarrolla. Es una interrogación útil también para los psicoanalistas dado que son parte y función de dicha realidad, y que se beneficien con estos actos para ganar monopolios de poder, o que sucumban a sus efectos, pone en cuestión su posición en un sistema determinado. Esto confronta de modo radical el acto analítico con el acto jurídico y nos impone el replanteo de su especificidad e inconmensurabilidad.

     

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    “Denominamos estados de derecho a aquellos estados donde funciona un sistema de garantías de los derechos del hombre”.[1] Esta definición, que deriva del derecho positivo, tiene su propia historia: la del reconocimiento de los derechos del hombre y el sucesivo advenimiento del estado de derecho.

    La idea moderna de los derechos del hombre tiene su base conceptual en el iusnaturalismo, en la concepción filosófica según la cual el hombre por naturaleza posee derechos inalienables (libertad, igualdad). La adopción del iusnaturalismo por parte de la legislación funda una nueva concepción del Estado, “ya no absoluto sino limitado, ya no un fin en sí mismo sino un medio para alcanzar fines preestablecidos e independientes de su propia existencia”.[2] Para que pudiera existir una doctrina de los derechos del hombre fue necesario desarrollar una concepción individualista de la sociedad y del Estado, en contraposición con la antigua doctrina orgánica, que consideraba a la sociedad como un todo que trasciende la suma de las partes.[3]

    La doctrina de los derechos del hombre surge como defensa de los derechos del hombre contra el Estado: el Estado en función del individuo y no el individuo en función del Estado. El individuo ya no como un componente de un grupo social sino más bien lo social concebido en tanto constituido por relaciones entre individuos. Se pasa entonces de un vínculo social fundado en obligaciones frente a las que el individuo se debe subordinar, a un vínculo fundado en los derechos individuales. Este es el punto central del advenimiento histórico de los derechos del hombre y a la vez, de su progreso.

    La inscripción legislativa de los derechos transforma el derecho natural a la resistencia contra el Estado, prédica del iusnaturalismo, en el derecho positivo que permite iniciar acciones judiciales contra los órganos del Estado.[4] Es precisamente dicho poder el que sostiene la noción de derechos individuales. Y es en esta dirección que somos testigos de una expansión de los derechos en el sistema neoliberal actual.

    Por fundamentales que sean, los derechos del hombre son derechos históricos “nacidos bajo ciertas circunstancias, caracterizados por su defensa de nuevas libertades contra viejos poderes”[5] en continua expansión. Además de los derechos sociales, denominados derechos de segunda generación (derecho al trabajo, derecho a la educación), hay derechos de tercera generación (por ejemplo, el derecho a vivir en un ambiente libre de contaminación), y de cuarta generación, caracterizados por los efectos de las recientes investigaciones biológicas y por la manipulación genética, que son su consecuencia. La expansión de los derechos va a la par del progreso científico y tecnológico.

    La situación en los Estados Unidos, representativa de las formas actuales del neoliberalismo global y propulsora de recomendaciones y prácticas sociales que son adoptadas rápidamente a nivel internacional, nos obliga a interrogarnos acerca de la manipulación de los derechos de última generación –ya sean derechos de tercera, cuarta o quinta generación. Es una cuestión que nos concierne a todos directamente en tanto ciudadanos de un sistema global en transformación. Pero, a la vez, nos concierne directamente como psicoanalistas, dado que las prácticas “psi” han asumido un papel muy preciso dentro de dicho sistema.

    En la actualidad, estamos asistiendo a una proliferación del acto jurídico en la regulación del intercambio social. Para mencionar sus efectos me he referido al estado de derechos en lugar del estado de derecho.[6] Si un estado de derecho regula la relación entre el individuo y el Estado protegiendo los derechos individuales, un estado de derechos representaría una deriva y una derivación, una transformación propia del estado de derecho: el estado de derechos, por una parte, fomenta la proliferación de la noción del derecho individual, y por otra, la manipula a fin de protegerse, o de aumentar el poder y control que ejerce sobre los ciudadanos.

    Los ejemplos abundan. Para elegir uno relacionado con el campo de la medicina, que incluye la denominada salud mental y por ende, la esfera “psi”, podemos considerar la reciente ley HIPAA (Health Insurance Portability and Accountability Act) promulgada por el gobierno federal de los Estados Unidos. HIPAA es una ley que defiende el derecho del ciudadano a la confidencialidad respecto de su historia clínica. Por un lado, la ley declara que el ciudadano tiene el derecho a rehusarse a compartir, usar o divulgar información médica sobre sí; y por otro lado, en su implementación inmediata esta ley obliga a todo el cuerpo médico a solicitarle al paciente, a fin de ser atendido y tratado, que firme de antemano una declaración en la que manifiesta estar en conocimiento de su derecho a la confidencialidad y dar consentimiento a que dicho cuerpo médico comparta información de su historia clínica.[7] En la actualidad, ningún paciente recibe tratamiento sin haber firmado previamente tal declaración, en otras palabras, sin que en nombre de su derecho a la confidencialidad tal confidencialidad le sea, en parte, retirada. Las implicancias son múltiples; entre ellas, la defensa de los derechos del cuerpo médico al igual que el derecho por parte de las agencias del Estado a solicitar información de orden privado.

    Otro ejemplo de la relación entre derechos, poderes y control es el Acta Patriótica. Introducida luego del 11 de Septiembre, consiste en una serie de medidas diseñadas para proteger al Estado y a los ciudadanos contra ataques terroristas; dichas medidas incluyen interrogatorios y escuchas telefónicas, archivos personales sobre libros consultados en bibliotecas, online, o comprados en librerías, utilización de tecnología de vigilancia, entre otras medidas. La protección de los ciudadanos se filtra en la esfera privada; en virtud del derecho al bienestar se han eliminado derechos civiles arduamente conquistados. Lo cual demuestra que el estado de bienestar es por cierto un estado disciplinar. Foucault demostró hasta qué punto la máquina disciplinaria es fundamentalmente democrática, e implica un control permanente del cuerpo de los individuos tanto como una normalización de su conducta.

    La búsqueda de un vocabulario adecuado para definir y comprender la diseminación actual de la noción de derecho y su utilización por las estructuras de poder continúa pareciéndome útil. Pero no me siento satisfecha con la terminología que he utilizado relativa a la diferenciación entre estado de derecho y estado de derechos; sobre todo, porque tal terminología se presta a todo tipo de malentendidos y a la vez, resuena en ella un cierto eco de la crítica conservadora de los derechos de los ciudadanos –crítica que por cierto, no comparto.

    La expansión legal sostenida por la proliferación del acto jurídico puede quizá ser apropiadamente definida como una expansión “de poderes” en el seno del estado de derecho. Bobbio lo expresa del siguiente modo:

    “Uno puede fantasear, tanto como quiera, con una sociedad libre y justa a la vez, y en la cual todas las libertades y derechos sociales sean global y simultáneamente ejercidos; pero las sociedades reales que se nos presentan a los ojos son más libres en la medida en que son menos justas y son más justas en la medida en que son menos libres. En este sentido, entiendo por ‘libertad’ los derechos que prescinden de la intervención del Estado, y por ‘poderes’ los derechos que requieren dicha intervención del Estado a fin de poder ser ejercidos. Pues bien, la libertad y los poderes no son, como algunos creen, complementarios sino incompatibles.

    La sociedad contemporánea en la que vivimos, caracterizada por una organización tendiente más y más hacia la eficiencia es una sociedad en la cual adquirimos cada día una porción de poder a cambio de una tajada de libertad”.[8]

     

    La relación poder/libertad marca una aporía que pudiéramos calificar como intrínseca a la expansión de los derechos. Sin entrar en el debate respecto de qué es considerado en tanto sociedad “libre y justa”, me limitaré a coincidir con las observaciones de Bobbio respecto de la “sociedad de la eficiencia”, que definen muy bien el espíritu de las sociedades actuales en el capitalismo avanzado. Retomando la oposición formulada por Bobbio entre la libertad y los poderes, se puede afirmar que la actual fase de expansión de los derechos en el estado de derecho neoliberal se caracteriza por una transformación del estado de derecho en el estado de los poderes. El estado de los poderes se organiza, de hecho, en torno a una expansión del acto jurídico, un acto jurídico siempre accesible a los ciudadanos.

    Definiré el estado de los poderes como la forma del estado de derecho que recurre más y más al acto jurídico, de tal manera que la defensa de los derechos apela continuamente a la ley para su propia puesta en marcha; tal acto regula el intercambio social, no sólo en la relación entre los individuos y el Estado sino también entre los individuos. La satisfacción de los poderes individuales reduce la libertad individual en la medida en que implica una intervención constante del Estado; lo cual permite al poder reforzar el control que ejerce sobre los ciudadanos. El mayor control por parte del Estado es un efecto colateral de la expansión del acto jurídico; en particular, es una consecuencia del riesgo legal que la proliferación de los derechos individuales puede significar para el Estado. Se trata entonces de un círculo vicioso.

    Veamos, por ejemplo, la posición del Estado de Nueva York al reglamentar la licencia en psicoanálisis.[9] La lógica es la siguiente: defender al consumidor frente a la práctica analítica no reglamentada, no tanto para salvaguardar el bienestar de los ciudadanos – dado que la auto-reglamentación del psicoanálisis por parte de los institutos analíticos ha funcionado sin ningún inconveniente – sino más bien para evitar cualquier tipo de denuncia jurídica al respecto. Reglamentación, por ende, a fin de que la formación básica en la profesión se realice bajo el control del Estado, lo cual distorsiona y deforma el verdadero espíritu y naturaleza de la formación analítica. Es el Estado el que establece los estándares para la licencia lo cual, de hecho, uniforma y hace descender el nivel de educación en detrimento del consumidor; pero preventivamente protege al Estado de posibles acciones legales, ya sea por parte de los consumidores o del cuerpo profesional. Según esta lógica, a quien se protege es al Estado y no a los ciudadanos. Y en cuanto al psicoanálisis, su especificidad no es tomada en consideración; simplemente, se lo homologa a otras profesiones –trabajo social, psicología, medicina– y debe, por ende, someterse a los estándares jurídicos existentes que regulan la salud física y mental. [10]

    En el estado de poderes el individuo es considerado, sobre todo, un consumidor. La fuerza de expansión del acto jurídico está dada por su valor de consumo. En los Estados Unidos, hoy en día, recurrir a un abogado para hacer valer los derechos propios hace de la ley uno de los objetos comerciales de mayor consumo, y del business de la abogacía una de las profesiones más difundidas y por cierto, lucrativa. Nadie da un paso sin consultar a su abogado, sea se trate de una pelea entre vecinos, o con el propio hijo o con el colega del trabajo; sea para defender sus derechos frente al profesional, la industria privada o el Estado. El acto jurídico administra la convivencia.[11]

    La actual transformación de la relación con la ley es obviamente el centro de muchas reflexiones en el campo de la filosofía del derecho. Una corriente significativa en este ámbito, la del nihilismo jurídico, ve en el advenimiento de la era técnica –en el sentido heideggeriano del término– la base para un cambio inevitable en la naturaleza del derecho. La ausencia de supuestos teológicos o metafísicos como fundamento del derecho, la caída de la referencia a la voluntad divina como criterio de juicio o la tensión dualista entre physis/nomos, “restringen el horizonte jurídico a la pura voluntad humana”.[12] El derecho busca su origen en sí; autosuficiente, justifica sus propias elecciones sobre la base de sus acontecimientos “históricos y efectivos”. Según Natalino Irti, en las democracias occidentales, la cadena de normas que constituyen el derecho obedece “…a la racionalidad técnica, propia de la economía capitalista. Las normas jurídicas son consideradas un producto, es decir, el resultado de un mecanismo técnico, capaz de recibir y ‘tratar’ cualquier tipo de material… El lenguaje del derecho toma prestado términos del lenguaje de la economía: producción, procedimientos, funcionamiento, eficiencia, etc”.[13]

    El nihilismo jurídico, que declara limitarse a recoger y expresar las características de la modernidad jurídica, no se inclina hacia una visión negativa; más bien, ve en el declinamiento de los significados unívocos una manifestación de la “exhuberancia de la voluntad”, la expresión de la “fluidez productiva” jurídica, tal como sostiene Irti, inherente a las democracias parlamentarias actuales y al mercado global.[14] Es competencia de la estructura democrática y del aparato político el garantizar que haya un pasaje hacia la producción de normas, que “la voluntad proponente se convierta en la voluntad im-ponente”. [15]

    La noción de “derecho dúctil” (diritto mite) de Gustavo Zagrebelski, refleja también la actual expansión jurisdiccional y su distanciamiento de la visión positivista de la certeza jurídica. La propia expresión “derecho dúctil” hace reverberar los aspectos paradójicos de la realidad jurídica actual. Diritto mite es la teoría de la transformación del derecho en el constitucionalismo actual y a la vez, una doctrina que sostiene la noción del derecho en tanto unificación de situaciones constitucionales plurales. El derecho como “fuerza para la convivencia”.[16] La constitución es el pacto que establece tanto un proyecto de convivencia como la garantía de las posiciones particulares; en el derecho dúctil los criterios para tal pacto son sometidos a continuas redefiniciones; son permeables a la presión de lo nuevo, lo cual, desde una posición de excluido demanda ahora su inclusión. La cualidad ideal del derecho dúctil como portavoz para la convivencia constitucional que ve la “moralidad individual” converger en la “ética pública” parece erigirlo en un modelo a seguir más que en un espejo de la realidad actual.

    La cualidad oximorónica de la expresión derecho dúctil nos compele inevitablemente a reflexionar sobre la naturaleza violenta de la ley, además de cuestionar el tipo de violencia producida por la proliferación de actos jurídicos en el estado de los poderes actual.

    Que el derecho contiene violencia es una cuestión sobre la que han reflexionado varios pensadores. El derecho corta, justifica una cosa para excluir otra: incluye y excluye. Pero no se trata tan sólo de eso. “Se yerra en la cuenta si no se considera que el derecho fue en su origen violencia bruta y todavía no puede prescindir de apoyarse en la violencia” observa Freud.[17] El poder se funda originariamente en la ley del más fuerte, es pura violencia. L’union fait la force, nos recuerda Freud: la ley que emerge para oponerse al poder excesivo del individuo representa, de hecho, la fuerza de la comunidad, una fuerza que en sí se mantiene como violencia pura y que está siempre dispuesta a irrumpir contra quien se le oponga. El derecho es una continuación de la violencia originaria, una modificación de dicha violencia; la violencia lo funda y lo garantiza.

    Freud concibe la alianza social como una formación estructuralmente inestable, perpetuamente susceptible a amenazas externas e internas, y que se sostiene en dos elementos: la coerción violenta y los lazos indentificatorios entre sus miembros. “La comunidad debe ser conservada de manera permanente, debe organizarse, promulgar ordenanzas, prevenir las sublevaciones temidas, estatuir órganos que velen por la observancia de aquellas –de las leyes– y tengan a su cargo la ejecución de los actos de violencia acordes al derecho.”[18]

    El interés del derecho en monopolizar la violencia es, de acuerdo a Walter Benjamin, una expresión de su salvaguarda dado que la violencia representa una amenaza sólo cuando resulta expresada por fuera del derecho.[19] El derecho reclama la prerrogativa de la violencia: que el control de la violencia pueda suceder por medios violentos es la naturaleza propia del derecho. Lo cual evoca la anécdota mencionada por Zagrebelski sobre un corresponsal de televisión quien al relatar la ejecución de un hombre sentenciado a muerte, inició su historia con las siguientes palabras: “Ayer, Caryl Chessman fue asesinado.” La palabra “asesinado” en vez de “ajusticiado” introduce, por lo tanto, del modo “más brutal”, como sostiene Zagrebelski, la relación entre la ley positiva y la justicia.[20]

    “La noción del derecho está ligada a la división, el intercambio, la cantidad. Tiene algo de comercial. Evoca de por sí el proceso, la querella. El derecho no se sostiene más que sobre el tono de la reivindicación”.[21] Así lo expresa Simone Weil, destacando el aspecto comercial y el aspecto intrínsecamente apropiativo del derecho. Refiriéndose al derecho romano, donde la forma prototípica de la propiedad legítima es el derecho de presa, Weil insiste en que el derecho está enraizado en la forma originaria de la pertenencia. “Es siempre de alguien –tanto el objeto como la manera, el contenido como la forma de una posesión. En su origen el derecho no es, sino que se tiene.” [22]

    La apropiación en tanto que alma de la cultura jurídica occidental funda la relación entre el derecho y la fuerza que sostiene el tejido social. Pero, una vez más, lo que resulta como consecuencia es una realidad de apariencia paradojal: “Cuanto más el individuo quiere defender lo que le es propio frente a lo de los otros, más debe dejarse apropiar por la colectividad destinada a garantizar esa defensa”.[23] A pesar de la distancia entre las premisas ideológicas de Weil y Bobbio, la tensión intrínseca entre el poder y las libertades vuelve a estar en un primer plano.

    Esto nos retrotrae a las cuestiones delineadas al inicio. Ni las constataciones sobre la fluidez productiva del derecho ni las de su expansión benéfica como derecho dúctil abordan las cuestiones de la relación existente entre la transformación de los derechos, los poderes y el poder biopolítico. Las normas jurídicas como producto de consumo en las democracias constitucionales contemporáneas y en el mercado global actual juegan un papel específico en tal transformación. La utilización de productos jurídicos en una sociedad de bienestar y eficiencia produce una cierta ductilidad del acto jurídico y un control cada vez mayor sobre la vida de los ciudadanos, un refuerzo de la función disciplinar y regulatoria del biopoder estatal o global.

     

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    El Estado se hace cargo del bienestar de los ciudadanos: al vigilar su salud mental y física introduce leyes especiales que garantizan su protección. Esto es lo que sucede, por ejemplo, con la promoción de diferentes tipos de intervenciones médicas preventivas (vacunas, mamografías, colonoscopías, psicoterapias, etc.). En nombre de la vigilancia, se de-responsabiliza al ciudadano y se persiguen programas de higiene colectiva según las conveniencias políticas: nada de cigarrillos, nada de alcohol, moderación sexual, etc.

    En este contexto, la medicina se confirma como agente de difusión de las normas. Su función clave no está limitada al tratamiento: juega un papel esencial en la evaluación y prevención. En este sentido, demuestra ser uno de los instrumentos más potentes al servicio del derecho, especialmente en cuanto a su función “inmunológica”, para retomar una expresión de Roberto Esposito. En el estado de derecho la ley intenta prevenir los acontecimientos susceptibles de sobrepasarla, legislando sobre quien elude su control, anticipando opciones a futuro por inmunización. “El sistema jurídico sirve de sistema inmunitario de la sociedad.”[24]

    Uno de los instrumentos esenciales de la sociedad de la prevención es la evaluación, en virtud de la cual es posible establecer estándares de programas y conductas. No se puede dejar de señalar, para tomar un ejemplo que nos concierne directamente, que la mera idea de un estándar en la formación analítica –ya sea que lo establezca la American Psychoanalytic Association o lo implemente el Estado– cae dentro de esta misma lógica.[25] La relación entre la evaluación y la prevención, así como sus efectos, se presenta claramente: la conformidad y la homologación. Este es uno de los aspectos paradojales de la sociedad del poder y bienestar: el producto jurídico accesible al individuo no previene sino más bien alimenta la homologación. La sociedad del individualismo extremo se expresa a través de medidas más y más conformistas, que uniforman los rasgos individuales. No es mera casualidad que el vocabulario que aplica y sostiene tales medidas sea el mismo que se utiliza en el mundo corporativo: assessment, measure of success, control, grades, accountability, etc. Esto refleja la naturaleza mecánica del horizonte en el cual se inscribe la idea de individuo –una mecánica que reduce al individuo a su papel de consumidor y de producto de consumo.

    Como ha observado Jean-Claude Milner: “Gracias a la evaluación, el control alcanza su forma pura, no es más que libre circulación de la obediencia. Michel Foucault se ha referido a la evaluación como un saber-poder. La expresión debe ser tomada en toda su fuerza; en virtud del guión, Foucault capturó la domesticación mutua del saber por parte del poder y del poder por parte del saber. Totalmente subordinada al mismo grado, tal es la nueva forma de la libertad y de la igualdad”.[26]

    La noción de salud física y mental al servicio del sistema psico-médico manifiesta la alianza entre la medicina, el derecho y el poder. Y esto nos concierne directamente, dado que los diagnósticcos psiquiátricos-psicológicos desempeñan una función esencial aquí. Ya he tomado con anterioridad el ejemplo de la masacre de 2007 en Virginia Tech.[27] El diagnóstico de paranoia del joven responsable de la masacre permitió, por un lado, dar una respuesta satisfactoria a un acontecimiento que la población quería considerar y considera como aislado; y por otro, revisar la implementación de las normas preventivas: de allí en adelante se prohibió la venta de armas a quienes fueran portadores de algún diagnóstico. Pero de todos modos, la circulación de armas de fuego está protegida dado que cualquiera tiene el derecho de acceder a ellas y la industria tiene el derecho de lucrar. Y a la vez, se refuerza el rol de los servicios disciplinarios relativos a la salud mental, fuente de diferentes productos de consumo, para la industria farmacéutica y hospitalaria, en primer lugar.

    Alcoholismo, bulimia, anorexia, depresión, traumas infantiles, etc. son todos diagnósticos justificatorios que permiten la reproducción de la misma lógica, que asocia los derechos al control y al consumo. El sujeto del estado de poderes es un sujeto que puede ser evaluado, por ende, diagnosticado y quien por lo tanto, está médicamente justificado; un sujeto al que se le pide que se adapte a las normas higiénicas del Estado (terapias, medicación, programas de recuperación, electroshocks, etc.). La adopción de la psicología analítica por parte del sistema jurídico sella la relación entre el diagnóstico y el derecho. El recurso de la infancia traumática como atenuante de un delito es un instrumento habitualmente compartido por psicólogos, abogados, y jueces. El sujeto médicamente justificado es la respuesta que brinda el sistema de poderes al malestar físico, psíquico y social.

    La salud y el bienestar son, por sobre todo, productos de consumo; el cuerpo obedece normas de producción. Los ejemplos sobran; desde el uso extendido de la cirugía al uso extendido de la farmacología. Los comerciales de televisión para diferentes productos farmacéuticos tales como Prozac, Zoloft, Retalin y sus sucedáneos prometen la salud y la serenidad a la que todos tenemos derecho, e incluso la concentración a aquellos niños que se distraen en la escuela. Las familias sufrientes, los maestros incompetentes, la desintegración social son reducidos al silencio bajo la óptica de la compostura al instante (quick fix), típica de la sociedad de consumo farmacológica. Y toda innovación tecnológico/científica es transformada en tecnología de consumo y tecnología de derecho. Todos tenemos el derecho de acceder a tales innovaciones, el estado jurídico es su garante.

    En este contexto, se pueden comprender claramente las implicancias de una tradición psicoanalítica como la tradición “ortodoxa” norteamericana, la cual, contra la opinión de Freud, ha concebido desde sus comienzos aquello que denomina psicoanálisis como una rama de la medicina. No es casual que la ideología farmacológica y la ideología de las neurociencias tan en boga hoy en día hayan sido integradas tan fácilmente a la concepción psicoanalítica dominante (según la cual la medicación durante el tratamiento es la norma) dado que sus premisas estaban de antemano incluidas en la concepción médica del psicoanálisis. El pensamiento psico-médico en cuestión reproduce la noción de individuo sostenida por la sociedad de la eficiencia, ignorante tal vez de cuánto difiere ésta de la noción psicoanalítica de sujeto.

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    El advenimiento del estado de derecho no hubiera tomado lugar sin la prevalencia de una posición histórico/social de tipo individualista. El sujeto jurídico se funda sobre la idea de individuo. El sujeto analítico, por su parte, es la consecuencia de un acto, emerge del colectivo –lo cual indica que no hay una equivalencia entre el sujeto del inconciente y el individuo contable como número entero.

    Inicialmente, Lacan concibe el colectivo como un grupo formado por un número definido de individuos y por su relación recíproca. De todos modos, tal como la puesta en acto del sofisma del tiempo lógico le permite a Lacan señalar, el colectivo tiene una especificidad que le es propia.[28] Una vez que las personas se involucran en una relación sincrónica en el interior del vínculo social, su relación se transforma. En virtud de la sincronía, la subjetividad se introduce entre los individuos, tal como lo enuncia tan claramente Eric Porge, y tal subjetividad resulta determinada por el modo en el que cada uno se ve y se piensa en relación con el otro.[29] El sujeto de la aserción, de una aserción del tipo “Soy blanco” (o negro, o rojo, o bueno, o triste, es decir, una aserción que sostiene el derecho a existir y la lógica de la existencia, la lógica del deseo, de la vida, de la anticipación de la muerte) implica el pasaje a través de un sujeto indefinido y un sujeto recíproco, instancias lógicas en el interior del colectivo. Lacan muestra claramente que la emergencia del sujeto de la aserción, por el hecho mismo de nombrarse, comporta una nueva manera de contar que refleja el hecho de que “el colectivo es nada más que el sujeto de lo individual”.[30] En el orden del colectivo, la relación entre los individuos no está determinada por su adición sino más bien por la división subjetiva que tal relación instaura, como Porge señala. Esta nueva manera de contar proviene tanto del anudamiento espacio-temporal que acompaña la emergencia del sujeto de la aserción, como de la inadecuación de la relación entre uno y el Otro, propia de la relación recíproca. Y demuestra que los factores tales como la pulsión, el deseo y la identificación operan sobre la manera por la cual el parlêtre expresa su propia existencia emergiendo del campo del Otro. En este sentido, señala la aparición del sujeto en tanto efecto de la relación entre significantes y su evanescencia.

    La lógica del colectivo es la lógica en acto en la transferencia; es la lógica por la cual la transferencia da vida a un acto en el cual el sujeto humano, para usar la formulación de Alain Didier-Weill, puede decir “sí” al derecho a existir como sujeto del deseo.[31] Condición ineludible de la noción misma de cura y de fin de análisis.

    La inconmensurabilidad de la relación del uno con el Otro propia de la emergencia del sujeto del lenguaje indica claramente la contradicción intrínseca en la relación entre individuo jurídico y sujeto analítico, entre acto jurídico y acto analítico. Resulta importante, por ende, distinguir el grupo como entidad constitutiva de individuos del colectivo sujeto de lo individual –incluso si, per se, el término “grupo”condensa a veces estas diferentes funciones. El hecho de que el sujeto analítico se distingue del individuo jurídico no significa, en efecto, que los efectos del acto analítico no tengan impacto en el tejido social. Todo lo contrario.

    La idea lockeana de un estado de naturaleza en el que los hombres son libres e iguales persiste incluso cuando la hipótesis del estado de naturaleza se abandona; ésta opera como una ficción indispensable para sostener la igualdad de los derechos. Es así que la Declaración Universal de los Derechos del Hombre proclama: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y en derechos”, a pesar del aspecto contradictorio y paradojal de tal afirmación., formulada como tal en 1948. Pero, tal como destaca Bobbio, la libertad y la igualdad “no son un hecho de la realidad sino un ideal a perseguir; no una existencia sino un valor; no un ser sino un deber”.[32]

    La contradicción intrínseca a la noción de derecho evoca la contradicción develada por Freud en el corazón mismo del sujeto. El sujeto del lenguaje está expuesto a requerimientos antinómicos, uno que lo invita a devenir, a sostener y expresar su propio deseo; y el otro –al cual el superyó le da voz– que no cesa de censurar, disminuir y obstaculizar tal deseo. “Resulta sorprendente, sin embargo, constatar que en la psyche existe una voz que puede decir, independientemente de cualquier contexto político, lo que cualquier tirano es guiado a decir al abolir los Derechos del Hombre: aquí no hay libertad, igualdad ni fraternidad.” [33] Dicha voz enuncia dos preguntas: una, qué es lo que hace que el sujeto esté tan íntimamente ligado a su persecutor íntimo; y la otra, cómo podemos entender la angustia que lo sobrecoge cuando dicho censor es abolido.

    No es casual que Freud responda a Hans Kelsen –quien defiende el derecho positivo como la síntesis del imperativo y de la norma fundamental (Grundnorm), defensor de la coacción jurídica como expresión pura de la validez inherente a la norma– que la cuestión fundamental continúa siendo qué es lo que hace que se obedezca, qué nos impide rebelarnos contra la norma. Se trata de una cuestión crucial, que establece un contacto intrínseco entre el derecho y el psicoanálisis, entre el campo de la ley y el campo de la pulsión. En este sentido, tal como Freud repite incesantemente, no habrá ley sin pulsión.

    El punto de contacto no es otro que el sujeto del lenguaje. Es el precio que el sujeto del lenguaje paga por pasar de la naturaleza a la Kultur. El individuo y el sujeto provienen del mismo universo simbólico. El superyó es una nueva contradicción; es simultáneamente la ley y su destrucción. “En esto es la palabra misma, el mandamiento de la ley, puesto que sólo queda su raíz.”[34] Encarna la función más reducida del lenguaje, la palabra desnuda en tanto imperativo puro. La palabra como ley. El sujeto flirtea con la ley y se hace objeto de goce. Extrae del derecho toda su cualidad absoluta y violenta para ubicarse a su servicio. Pero es un derecho de (des)mesura personal, insensato, desvinculado de su carácter histórico y comunitario; una esencia de lo simbólico destinada a minarlo. Sin embargo, esto demuestra cómo el derecho y la pulsión convergen en la subjetivación.

    Tanto el acto jurídico como el acto analítico, así como su relación y su confrontación en el actual estado de poderes, comparten el hecho de estar atravesados por una serie de contradicciones intrínsecas al sujeto del lenguaje. Pero son portavoces de aspectos contrapuestos, aunque relacionados recíprocamente. En términos freudianos se podría decir que uno es el portavoz del proceso secundario, el ámbito marcado por la censura, por la vocación a la sistematización; y el otro, da testimonio del proceso primario y su relación con el secundario, la división subjetiva. Si uno expulsa la contradicción, el otro está constantemente en escucha.

    Su lugar en el tejido social instaura entre ellos una distancia radical. El discurso jurídico es una manifestación ejemplar del discurso del amo, donde el lugar del agente dominante está ocupado por una aspiración a la totalidad, a lo universal. Y el discurso del amo se encuentra en las antípodas del discurso del analista: es precisamente su reverso.[35] Lo cual ayuda a explicar por qué cada vez que el acto jurídico interviene en el dominio analítico desnaturaliza radicalmente su especificidad; y nos revela cómo la expansión del producto de consumo jurídico en la socidad de poderes se opone a procesos de responsabilización inherentes a la ética analítica –opuesta a la del sujeto justificado médicamente. De aquí, la actual propagación de propuestas terapéuticas o farmacológicas y la concomitante desconfianza en el psicoanálisis.

    La reducción del derecho al objeto de consumo y la expansión del producto jurídico parecen ser efecto de la fase actual del discurso capitalista, siendo este último el sustituto, como afirma Lacan, del discurso del amo. En tal sustitución, el sujeto dividido ocupa el lugar dominante bajo la forma de síntoma; y el significante primero, el lugar de la verdad, lo cual marca el triunfo de la ego-cracia (“je-cratie”), del mito del yo-amo que todo lo domina –además de reducir al individuo a objeto de consumo. Y Lacan agrega: el discurso capitalista funciona perfectamente, no podría funcionar mejor; pero justamente funciona tan bien hasta que llega a consumirse, y se consume hasta extinguirse[36], como la actual crisis económica pareciera confirmar, poniendo al desnudo en un discurso que “no será más que el del semblante”, la relación entre el acto jurídico, los derechos y el sistema financiero, característica del neoliberalismo de hoy en día. Un castillo muy sólido que de repente se transforma en una casita de naipes.

    Pero justamente un discurso refiere a otro. El uno existe en relación al otro, como parte del mismo tejido social. Lo cual genera una nueva paradoja. “Decir que el sujeto sobre el cual operamos en psicoanálisis no puede ser otro más que el sujeto de la ciencia puede parecer paradójico”[37]; de todos modos es ésta la premisa del psicoanálisis, dado que opera sobre el sujeto que la ciencia forcluye. El psicoanálisis surgió correlativamente al progreso del discurso de la ciencia; y se manifiesta como síntoma del malestar de la cultura, como eco de la intrusión de lo real en el mundo. Por un breve instante podemos percibir eso de que se trataba la intrusión de lo real. Allí permanece el analista. Se queda allí como síntoma. Puede persistir sólo como síntoma.”[38]

    El psicoanálisis persiste en interrogar a la ciencia, comenzando por lo que ésta forcluye: el sujeto y la verdad como causa. Desde este punto de vista, larga vida al psicoanálisis dada la proliferación del discurso de la ciencia y su alianza con el discurso capitalista –a menos, por supuesto, que el viento haga volar los naipes. Y efectivamente, como podemos corroborar día a día en nuestra práctica, el síntoma persiste, la verdad no cesa de retornar en la experiencia, y por otra vía diferente de la que confronta el saber. A excepción de que, tal como Lacan predijo hace más de treinta años, se hagan presentes dos cuestiones urgentes: una, la de la expansión del discurso PS o PST, un discurso “psi” pestilente “por entero dedicado, en definitiva, al servicio del discurso capitalista”[39]; la segunda, si el psicoanálisis logrará sobrevivir en un mundo en el cual la religión continúa ganando ventaja; donde la religión, ahogando el sin-sentido en sentido, silencia lo real. “Verán que la humanidad se curará del psicoanálisis. A fuerza de ahogarlo en el sentido, es decir, en el sentido religioso, se llegará a reprimir el síntoma”.[40] Declaración curiosamente radical de parte de Lacan. Y, a su manera, paradojal si pensamos que el psicoanálisis es correlativo a la ciencia. ¿La propagación del fundamentalismo religioso es el efecto del avance de la era técnica?

    Declaración, sin embargo, que resalta la responsabilidad del analista. En tandem con el discurso de la ciencia el psicoanálisis persiste, por ahora. Pero es responsabilidad del analista asegurar que persista, es su responsabilidad interrogarse sobre los efectos de consumo relativos al discurso capitalista y por ejemplo, interrogarse sobre la relación entre el sujeto de la ciencia y la respuesta religiosa, o sobre las transformaciones en curso en la relación entre el biopoder, el derecho y la democracia. Es responsabilidad del analista alejar las injerencias y manipulaciones del estado de la eficiencia. Sostener la diferencia de su acto.

    Día a día, la práctica analítica se ve confrontada a los efectos de la expansión del producto jurídico: ya sea se trate de la obligación de denunciar a los pacientes con ideas suicidas –impuesta por el Estado en nombre del derecho a la vida– o procurar diagnósticos en las compañías de seguros o historias clínicas en los tribunales. Y sea se trate, más radicalmente, de escuchar el sufrimiento del sujeto del lenguaje, confrontado con la ego-cracia que refuerza el síntoma y la promesa de un aumento de los poderes individuales, por un lado; y por otro, con la mecánica homologante a la cual la sociedad de la eficiencia y la evaluación lo reducen. Dependerá del analista el inventar cada vez un acto analítico adecuado a cada situación singular; crear las condiciones en las que, a pesar de las premisas, pueda tomar lugar el acto analítico. La cual es, después de todo, su función.

    Es la responsabilidad del analista proteger la transmisión de su acto.

    El analista está expuesto a la violencia producida por la proliferación del acto jurídico, a sus efectos de alienación y marginación. A la relación entre la ley y la exclusión. Es testigo de los efectos de segregación de la universalización de la ciencia, que ya predijo Lacan, de la manipulación social que se produce por su intermedio y de la deshumanización de sus aspectos normativos. De los cuales, no nos olvidemos, los campos de concentración son una manifestación. Resulta necesario, por ende, reflexionar sobre la actual deriva jurídica y sobre cómo contribuir a resituar el derecho dentro de una perspectiva democrática que lo pueda liberar de su función de objeto de consumo. La respuesta nihilista corre el riesgo de volverse cómplice, de un modo sofisticado, del biopoder –que después de todo, la produce.

     

    ***

     

    Si la democracia hace de la voluntad de la mayoría la ley a la cual todos son sometidos, su contraste radical con la práctica del psicoanálisis –a saber, la práctica de la singularidad, de la irrepetibilidad de la condición subjetiva– no puede pasarse por alto. El saber inconciente no es democrático: sólo puede ser transmitido de uno en uno –tal es el desafío de la formación en psicoanálisis.

    ¿Quiere decir esto que el psicoanálisis y la democracia se ubican en las antípodas? En lo concerniente a la democracia, es necesario distinguir entre la democracia política y la democracia social; es necesario determinar dónde y cómo la democracia política obstaculiza la democracia social y hace del recurso del derecho de la mayoría una forma de absolutismo, un modo de oprimir la multiplicidad, la diferencia, la minoría. Resulta necesario determinar dónde ella hace del recurso del derecho un medio para manipular la constitución conforme a fines personales, o de la transformación de los derechos individuales un instrumento para multiplicar el control biopolítico. Como toda práctica social, la democracia es una formación inestable: requiere vérselas constantemente con sus contradicciones inherentes y las que implícitamente produce.

    En el frente psicoanalítico, si es verdad que el sujeto está en permanente transferencia con la alteridad, la emergencia del sujeto del campo del Otro implica necesariamente una dialéctica entre lo colectivo y lo singular. Huelga decir que el acto analítico, embarcado en el exilio de la ego-cracia, del mito de todo-de-una-pieza y del todo-saber, se dirige al encuentro con la diferencia, con lo relativo, con el no-todo, hacia la expresión de la propia singularidad y del estilo propio. Se dirige hacia una transformación ética, que tal como ha destacado Guillermina Díaz, marca el pasaje de una posición alieni iuris hacia una sui iuris.[41]

    ¿Produce el efecto de esta práctica un impacto social? Quiza sea también a esto a lo que alude Freud al referirse a las exigencias ideales, éticas y estéticas transformadas, fruto del avance de la Kultur, a este proceso singular de “civilización” que transforma la violencia subjetiva y conduce a una forma de “intolerancia constitucional”[42] –donde resulta curiosa la noción de “transformada” de la pluma de un hombre que se califica de pesimista y que refuta la idea de progreso histórico.

    Que la práctica analítica y el discurso que la acompaña puedan tener impacto en lo social, en el desarrollo de la Kultur, pareciera confirmarse por el hecho de que el psicoanálisis ha generado hostilidades radicales en períodos de absolutismo, dictatoriales o democráticos. Al deconstuir la función mistificante y alienante de las identificaciones individuales y de grupo, al disipar su violencia, el psicoanálisis restituye al individuo la responsabilidad subjetiva de sus propias elecciones, de sus propias acciones; le permite asumir las causas de las que él es efecto y asumir la responsabilidad de la realidad social de la que es parte. En este sentido, la práctica de la singularidad puede contribuir a la práctica de la democracia social, a su constante puesta a punto.

    Por distinto que sea del acto jurídico, el acto analítico puede contribuir, paradójicamente, a redefinirlo, a resituarlo en un horizonte democrático. El sujeto del acto jurídico es, en definitiva, el mismo sujeto sobre el cual opera el psicoanálisis.

    Diciembre 2008


     

    [1] Bobbio, Norberto, L’età dei diritti, Einaudi, Torino, 1990, p. 38. (En la versión original italiana:“Chiamiamo stati di diritto gli stati in cui funziona un sistema di garanzie dei diritti dell’uomo”).

    [2] Bobbio, op. cit. p. 23.

    [3] “La concepción individualista significa que en primer lugar está el individuo, el individuo singular, que tiene valores intrínsecos, y luego está el Estado. El Estado está hecho para los individuos y no los individuos para el Estado”. Bobbio, op.cit. p. 5.

    [4] La primacía de los derechos (ius) sobre la obligación es una característica del derecho romano de la era clásica, pero en relación con los derechos relativos al hombre como sujeto económico. “En el estado de derecho, el individuo en relación al Estado goza no sólo de derechos privados sino que también públicos. El estado de derecho es el estado de los ciudadanos.” Bobbio, op. cit., p.61.

    [5] Bobbio, op. cit, p.XIII.

    [6] Me refiero a mi texto “Durer au titre de symptôme”, París, junio de 2007, y publicado en Insistance, nº 3, Érès, París, 2007. Retomo algunas reflexiones realizadas en aquella ocasión a fin de desarrollarlas y profundizarlas.

    [7]  “To give permission for the use and disclosure of Protected Health Information (PHI)”

    [8] Bobbio, op. cit., p 41. (En la versión original: “Si fantastichi pure sulla società insieme libera e giusta, in cui siano globalmente e contemporaneamente attuati i diritti di libertà e i diritti sociali; le società reali che abbiamo dinnanzi agli occhi, nella misura in cui sono più libere sono meno giuste e nella misura in cui sono più giuste sono meno libere. Tanto per intenderci chiamo “libertà” i diritti che sono garantiti quando lo stato non interviene e “poteri” quei diritti che richiedono un intervento dello stato per la loro attuazione. Ebbene: spesso libertà e poteri non sono, come si crede, complementari, bensì incompatibili…

    La società storica in cui viviamo, caratterizzata dalla sempre maggiore organizzazione per l’efficienza, è una società in cui acquistiamo ogni giorno un pezzo di potere in cambio di una fetta di libertà”)

    [9] Es necesario aclarar que el Estado de Nueva York intervino en la regulación respondiendo a un pedido de los propios psicoanalistas. Fueron los psicoanalistas considerados “laicos” o “independientes” quienes acudieron al Estado para proteger los intereses del sector contra la tentativa de los psicólogos de obtener el “scope of practice”. Los “laicos” recurrieron a la ley en nombre de sus derechos, así como del derecho de los consumidores a consultar analistas laicos. Hoy, para ejercer la práctica profesional es obligatorio contar con una licencia estatal en alguna de las siguientes áreas: medicina, psicología, trabajo social clínico o “psicoanálisis”. La formación en psicoanálisis, por supuesto, no tiene nada que ver con la licencia –y continúa realizándose en los institutos creados con dicha finalidad.

    [10] La comisión organizada por la Secretaría de Educación del Estado de Nueva York para promulgar las reglamentaciones relativas a la ley sobre la licencia en psicoanálisis estuvo y continúa estando dirigida por un trabajador social. Las protestas de varios psicoanalistas frente a la naturaleza antipsicoanalítica de tales regulaciones continúan siendo acalladas en virtud de los principios sostenidos por los representantes gubernamentales, según quienes la práctica analítica debe estar en consonancia con los estándares de formación existentes para las otras profesiones relativas a la salud mental, y especialmente, el trabajo social. Y cualquier ley futura, por supuesto, debe ajustarse a las leyes ya existentes.

    [11] De más está decir que quien tiene acceso a la utilización de los productos legales adquiere una porción aun mayor de poder, lo cual mantiene y aumenta la brecha entre las clases sociales.

    [12] Irti, Natalino, Il salvagente della forma, Editori Laterza, Roma-Bari 2007, p.100.

    [13] Irti, N. Op. Cit., pp 101-102: “La racionalidad técnica no evalúa ni selecciona sus contenidos ni está en posición de hacerlo dado que no presupone nada y, por ende, no dispone de criterios de selección. Al formalismo de los procedimientos corresponde la indiferencia de los contenidos.”

    [14] Irti, Op. Cit. “Las ‘fuentes’ del derecho se multiplican, operativas y asiduas: corporativas, regionales, nacionales, europeas, internacionales, etc”, p. 102

    [15] Irti, Op. Cit. p.104.

    [16] Zagrebelsky, Gustavo, La virtù del dubbio, Editori Laterza, Roma-Bari, 2007, p.94.

    [17] Freud, Sigmund, “¿Por qué la guerra?” (1933), Obras Completas, tomo XXII vol. 22, Buenos Aires: Amorrortu, 1997, p. 192.

    [18] Freud, Op. Cit. P. 189.

    [19] Benjamin, W, Zur Kritic der Gewalt, en Gesammelte Schriften, Suhrkamp, Frankfurt, 1972.

    [20] Zagrebelski, Op. Cit., p.17.

    [21] Weil, Simone, “La persona e il sacro”en Oltre la politica. Antologia del pensiero impolitico, editado [en traducción italiana»] por Roberto Esposito, Mondadori, Milano 1996, p.75.

    [22] Esposito, Roberto, Immunitas. Protezione e negazione della vita, Einaudi, Torino 2002, p.33. Esposito observa que un análisis detalladado de la noción apropiativa del derecho por parte de Weil y sobre todo, por Rudholf von Jhering echan luz sobre el origen del derecho romano y sobre el origen romano del derecho.

    [23] Esposito, a propósito de Weil, Op. Cit. p. 31.

    [24] Luhmann, Niklas Sistemi sociali. Fondamenti di una teoria generale, il Mulino, Boloña 1990, p.578, citado por Esposito, Op.Cit., p.53. (En su versión italiana: Il sistema giuridico funge da sistema immunitario della società”)

    [25] Para el Consortium (una coalición promovida por la American Psychoanalytic Association, que comprende la American Psychoanalytic Association, la American Academy of Psychoanalysis, National Membership Committee on Psychoanalysis in Clinical Social Work, y la Division 39 de la American Psychological Association, la evaluación es un criterio esencial para la admisión de candidatos al programa de formación en psicoanálisis, antes e independientemente del análisis personal. Según el Consortium, el criterio de admisibilidad (“las cualidades personales del candidato consideradas necesarias para recibir formación en psicoanálisis) incluye “evidencia de integridad de caracter, personalidad madura, indicadores razonables de capacidad y motivaciçon para la autorreflexión, aptitudes clínicas y una apropiada habilidad intelectual” «Standards of Psychoanalytic Education, Accreditation Council For Psychoanalytic Education, The Psychoanalytic Consortium» Accreditation Council for Psychoanalytic Education, www. ACPEinc.org.

    [26] Milner, Jean-Claude La politique des choses, Navarin, París 2005, pp. 59-60.

    [27] En « Durer au titre de symptome, » op. cit.

    [28] Lacan, Jacques « Le temps logique et l’assertion de la certitude anticipé », in Écrits, Éditions du Seuil, Paris 1966. («El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipado. Un nuevo sofisma » en Escritos 1, México : Siglo Veintiuno Editores, 1998)

    [29] Porge, Erik Des fondements de la clinique psychanalytique, Érès, París 2008, p. 50.

    [30] Lacan, Op. Cit., p.213.(En su versión original en francés: “le collectif n’est rien, que le sujet de l’individuel”) Esta nueva manera de contar es la que Lacan define como “Un plus a”; ver por ejemplo, su clase del 16 de febrero de 1973 en el Seminario XX, Encore, Seuil, París 1975.

    [31] Didier-Weill, Alain Psychanalyse et droits de l’homme  2008, inédito.

    [32] Bobbio, op. cit., p.15.

    [33] Didier-Weill, op. cit.

    [34] Lacan, J, El Seminario de Jacques Lacan, Libro 1, Los escritos técnicos de Freud 1953-1954, Buenos Aires: Paidós, 1996. 

    [35] Ver en este punto, Jacques Lacan, El Seminario de Jacques Lacan, Libro 17, El reverso del psicoanálisis 1969-1970, Buenos Aires: Paidós, 1996. Tal como señala Liliana Donzis, al concebir la norma como universal, la ley positiva excluye la lógica del no-todo, relegada al orden de lo imposible. “La norma no puede concebir que un sujeto sea un no-todo criminal y ningún juicio podrá sancionar o imputar el no-todo criminal.” En “Acto Analítico. Acto Jurídico” presentación en Nodi freudiani, Milán, 8 de septiembre de 2008.

    [36] Lacan, J. Lacan in Italia 1953-1978, en Italie Lacan, La salamandra, Milán 1978,p. 48.

    [37] Lacan, J « La science et la verité », en Écrits, Éditions du Seuil, Paris 1966,p. 858.

    [38]Lacan, J. Le triomphe de la religion, Éditions du Seuil, Paris, 2005, p. 82. (En su versión original : “Pendant un petit moment, on a pu s’apercevoir de ce que c’était que l’intrusion du réel. L’analyste en reste là. Il est là comme un symptôme. Il ne peut durer qu’au titre de symptôme”)

    [39] Lacan, Lacan in Italia 1953-1978, en Italie Lacan, p. 49. (En su versión original: “tout entier voue, enfin, au service du discours capitaliste” ) El discurso “PST” proviene de “Peste” o plaga, tal como lo define Lacan en clara referencia a Freud.

    [40] Lacan, Le triomphe de la religion, p.82. (En su versión original: “Vous verrez qu’on guérira l’humanité de la psychanalyse. A force de la noyer dans le sens, dans le sens religieux bien entendu, on arrivera à refouler ce symptôme)

    [41] En « Acte Psychanalitique /Acte Juridique » presentación en el Nodi freudiano, Milán, 8 de septiembre de 2008.

    [42] Freud, S. “¿Por qué la guerra?”, p. 198.