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  • No sin vergüenza

    Cuando me propusieron intervenir en este coloquio,[1]1 enseguida pensé en hablar acerca de la vergüenza. Es sin duda porque desde hace un tiempo estoy más atento a ciertos aspectos de nuestra práctica, aquellos que hacen que el progreso en la cura, del que habla el argumento, no pueden obtenerse sin incitar a nuestro paciente a una relación muy particular con el Otro, ese Otro que representamos nosotros en primer lugar, pero también a una relación con el objeto a, si es cierto que una cura nos pone, a nosotros los analistas, en posición de semblantes de objeto a. Ahora bien, me pare- ce, en la cura, en relación con la cuestión del Otro y con la del objeto a, debemos de- tectar lo que suele adoptar la forma de la vergüenza.

    Sin embargo, debo ser de inmediato un poco más preciso. Ante todo no quisie- ra que ustedes pensaran que las fórmulas que utilizo, por ejemplo, el analista en po- sición de semblante de objeto a, van de suyo. No van de suyo puesto que intentamos retomar el examen del corpus que organiza nuestro trabajo, ya que no consideramos como definitivamente adquirido lo que Lacan nos aportó.

    Gérard Pommier, con quien estoy feliz de haber tenido en bastantes ocasiones la oportunidad de discutir, nos impulsa a liberarnos de una concepción dogmática de la cura. Insiste, me parece, en el hecho de que el analista no es un objeto sino un sujeto, un sujeto que habla, un sujeto comprometido en un verdadero diálogo con el anali- zante. Esto les puede parecer heterodoxo a ciertos lacanianos, pero les recuerdo que Lacan comenzó describiendo la cura como una experiencia intersubjetiva. Pareció re- nunciar a esto luego, pero de nuevo más adelante dijo que no hay más que una trans- ferencia, la transferencia del analista. Ahora bien, ¿quién transfiere sino un sujeto?

    Al mismo tiempo, ¿acaso el hecho de tomar las cosas por ese lado nos dispensa de interrogar, más allá de nuestra manera de manejar la palabra, ciertas formas de ma- lestar que experimentan, en la experiencia analítica, una cantidad de pacientes mayor de lo que se cree? ¿Y esto en verdad nos impide preguntarnos si este malestar no estaría relacionado con el modo de presencia del analista en la cura, una presencia que pasa por la voz, y que igualmente –empezaré por ahí– pasa por la mirada? Algunos analistas parecen no plantearse este tipo de preguntas, o en todo caso no hablan de esto. Con todo, me parece que no podemos dispensarnos de intentar cernir cierto real de la cura, es decir, algo sin lo cual no tendría efecto, pero que al mismo tiempo pue- de pesar sobre los analizantes con todo su peso de imposible, imposible de soportar.

    *

    Empecemos, mientras tanto, con algunas observaciones bastante simples. En lo que concierne al dispositivo de la cura, Freud no deseaba que el análisis se hiciera cara a cara. No soportaba, decía, que lo miraran ocho horas por día, lo cual vuelve patente la dimensión de la mirada, aun cuando se trata ante todo de la del analizante.

    Por lo demás, Freud agrega otra razón: “Como me entrego a mis pensamientos inconscientes [escribe], no quiero que la expresión de mi cara le brinde al paciente determinadas indicaciones que podría interpretar o que influencien sus decires”. ¿Pero no se puede entonces suponer que lo que Freud llama aquí “expresión de la cara” incluye en particular la cuestión de la manera en la cual el analizante percibirá su propia mirada? No es infrecuente en todo caso, en nuestra experiencia, que un analizante diga que en el momento en el que lo introdujimos en el consultorio se sintió mirado. Esta sensación va bastante lejos. Su cuestión, en el fondo, es que no sabe con qué mirada el analista lo ve. Se puede añadir que cuando el analizante se pone a hablar de eso es porque está afectado por la mirada que le supone a su analista, mirada que manifestaría, por ejemplo, un juicio negativo, y este afecto, ligado a la mirada que siente sobre él, es precisamente la vergüenza.

    Ahora bien, para dar precisiones acerca de lo que tengo que decirles, quisiera hacer una distinción importante. Acabo de mencionar el temor que el analizante puede referir respecto de un juicio negativo de su analista. Podríamos pensar que este temor remite a un sentimiento de culpa, sentimiento conciente o inconsciente. Pero la vergüenza no es el sentimiento de culpa. Podemos sentirnos avergonzados de llevar puesta una ropa gastada, una ropa que ha perdido desde hace tiempo el brillo de lo nuevo, pero por lo general uno no se siente culpable de eso.

    En relación con esto, para mí hubo, en lo que hace a mi reflexión sobre la vergüenza, un momento fuerte que se constituyó por medio de intercambios, hace varios años, con psicoanalistas antillanos. Fue a través de lo que ellos decían que yo capté la manera en que la vergüenza podía pegarse, en esta sociedad mestizada, al color de la piel, puesto que hay matices ínfimos que cobran una importancia que a veces nos cuesta imaginar.

    Pero no voy a convertir a la vergüenza en un fenómeno exótico. La pensaré más bien en relación con una suerte de mutación de nuestras sociedades contemporáneas, y para no demorarme diré que en este punto estoy de acuerdo con Alain Ehrenberg,un sociólogo francés cuyas investigaciones vuelven a cruzar lo que nosotros percibimos en nuestra clínica. Ehrenberg, en efecto, piensa que la depresión, tan frecuente en nuestras sociedades, no se inscribe en un registro neurótico, en todo caso no en el sentido freudiano. Es que para Freud la neurosis viene a responder a un conflicto psíquico, un conflicto entre las prohibiciones interiorizadas y el deseo que choca con ellas, y este conflicto generalmente se vive con un sentimiento de culpa, mientras que, si el sujeto moderno está tan a menudo deprimido, es porque vive no un conflicto, sino el sentimiento de su propia insuficiencia.

    ¿A qué está ligado este sentimiento? Según Ehrenberg, el mundo moderno no deja de insuflarnos un ideal de realización individual, de superación, de perfección. Por consiguiente, el sujeto está forzosamente en falta en relación con esa imagen idealizada de sí, y es de esta insuficiencia de lo que tiene vergüenza. Esto lo oímos sin cesar hoy, suele ser lo que atormenta a nuestros analizantes. Pienso, en cuanto a esto, en una de las analizantes a las que recibo en un momento en el que tiene vergüenza de la evo- lución negativa de su carrera profesional. Ahora bien, un día en el que menciona eso, le vuelve el recuerdo de un sueño de la noche anterior, un sueño en el cual una parte de su cara está deformada, casi imposible de reconocer, y como esta mujer tiene hu- mor y un ánimo vivaz, dice que es como en la vida, “pierde imagen” [elle perd la face].

    *

    A lo que quisiera sin embargo llegar ahora, es a la idea según la cual el análisis no es quizá solamente un lugar donde la vergüenza va a poder decirse y analizarse. El dispositivo analítico, por sí mismo, puede a veces favorecerla. Hay al respecto algo que es necesario destacar: no es poco común que un analizante, que vuelve muy a menudo a la descripción de un comportamiento que desaprueba, pero del que no puede desprenderse, manifieste la vergüenza que siente al hablar de esto con tanta frecuencia. Esto, en algún modo, viene a redoblar su sufrimiento. Esta persona sufre por no poder prescindir de un comportamiento compulsivo, pero en análisis se pone a hablar cada vez más, a lo largo de sesiones sucesivas, de su vergüenza por estar todavía en este punto. Tiene vergüenza ante su analista, y los sueños que la atormentan a partir de ahí la hacen aparecer bajo apariencias cada vez más degradadas.

    Es entonces como si viniera a materializar la dimensión de la mancha, de esa mancha que para Lacan es una de las maneras de introducir la mirada, puesto que la mirada, en tanto objeto a, no debe situarse forzosamente a partir del ojo que contempla, o simplemente percibe, un espectáculo o un cuadro. Se encuentra ante todo en lo que hace mancha en el cuadro –recuerden aquella anécdota que cuenta Lacan al describir que lo que hacía mancha en el cuadro era también él mismo cuando, siendo un joven y rozagante estudiante de medicina parisino, iba a acompañar a marineros.

    Volveré dentro de un instante a la cuestión del objeto a. Pero detengámonos un momento en el hecho de que es de ella como analizante de quien mi paciente tiene vergüenza. Esto se puede decir banalizando: “Quisiera ser, dice en cierto modo, una buena analizante y no lo logro”. Pero también se puede decir que experimenta que hace mancha en el cuadro. Todo esto podríamos decirlo acerca de la transferencia,

    y de lo que Lacan pudo decir en el seminario sobre los escritos técnicos mostrando su costado de resistencia. Lo formula además en términos bastante fuertes que debe rían impedirnos banalizar: “Es en la medida en que la confesión del ser no llega a su término que la palabra se vuelca entera sobre la vertiente en el que se aferra al otro”.

    El psicoanálisis, así, no es una simple práctica de rememoración. Implica al sujeto en el nivel más profundo, el de la confesión, y hay algo patético en captar cómo, en los momentos en los que la confesión se vuelve demasiado difícil, un analizante puede intentar aferrarse a la presencia del analista, con toda la ambivalencia que susci- ta entonces esta presencia. Una ambivalencia, porque acaso mostrarse avergonzado o avergonzada puede también conllevar un goce.

    *       *     *

    Pero ahora voy a dirigirme hacia otra aproximación de lo que la situación psicoanalítica misma puede inducir, y para esto voy a pasar de la mirada a la voz. La voz, igual que la mirada, Lacan la sitúa en el Seminario XVI: De un Otro al otro, a partir de la perversión, y a propósito de ella, menciona el masoquismo de dos maneras diferentes. La voz es aquello a lo cual el masoquista ha renunciado (no tiene derecho a la palabra, no tiene “voz en el asunto”). Y además la voz, fría y arbitraria, esa voz a la cual el masoquista obedece como un perro, permanece del lado del amo.

    Volveré a esto, pero con lo que quiero insistir es más bien con el hecho de que, en su seminario sobre la angustia, para ubicar la voz Lacan se refiere a “la voz de Dios”, esa voz que resonaría cuando, en ciertas ceremonias judías, se hace sonar el shofar. Lo que destaca, entonces, es que no se trata en esta ceremonia de una voz que emitiría fone- mas articulados, que permitirían las metáforas y metonimias de un discurso religioso.

    A través de las sonoridades del shofar, que evocan lo que ciertos textos bíblicos llaman el mugido o el rugido de Dios, se trata de la emisión de una voz considera- da en tanto tal, separada de toda significación. Ahora bien, hay que destacar que no es raro que un analizante oiga nuestra voz más que nuestras palabras. Por ejemplo, puede quejarse de las inflexiones que cree detectar en el tono de voz de su analista.

    ¿Será que ese día estaba mal dispuesto hacia él? Habló de manera tan brusca, alzó la voz aparentemente sin razón…

    Creo que semejante experiencia va más allá de lo que he dicho de una palabra que se aferra al otro. Es más bien como si la transferencia no pudiera producir sus efectos de liberación sin algún riesgo. Michel Foucault, a quien Lacan apreciaba, que jamás negó la importancia del psicoanálisis, es uno de los que más avanzó acerca de esta cuestión.

    Es a partir de sus últimos cursos en el Collège de France que Frédéric Gros llegó a formular, en un artículo de 2004, una paradoja que no puede dejar de detenernos.

    Frédéric Gros parte de lo que sería, en el psicoanálisis tanto como en la dirección de conciencia cristiana, la “sospecha fundamental”: “Lo que yo creo inmediatamen- te que soy no coincide con quien soy verdaderamente”. Y es para intentar superar esta brecha que me dirijo al analista. Esto, dice Gros, “[…] me somete indefinidamente a la escucha del Otro. […] Es buscándonos a nosotros mismos como aprendemos de la mejor manera a obedecer al Otro”.

    Entonces, ¿la operación analítica incluye necesariamente una dependencia res- pecto del Otro? ¿De la escucha del Otro? ¿Y por qué no de su voz, dado que en su ausencia de significación puedo atribuirle no sé qué intención? ¿Y por qué no también de la mirada, si es verdad que esta conlleva también una dimensión de enigma?

    Mencioné, por lo demás, el rol de la voz en el sadomasoquismo. Nada semejan- te aparentemente en la cura, durante la cual el analizante, con toda evidencia, no renunció a la palabra, y durante la cual el analista no hace uso del tono glacial del amo sádico. Pero hay que prestarle atención a la práctica del corte de las sesiones que introdujo Lacan. Suele ser pertinente, pero también puede ser vivida como una toma de poder exorbitante. Debe manejarse, entonces, con cierta precaución.

    Más importante me parece, en relación con mi planteo, lo que pudimos decir de la voz de Dios. ¡No es que el analista sea divinizado! Pero cuando su voz le llega al analizante, a partir de ese espacio Otro que concretamente se ubica detrás de él, cobra un relieve particular, que explica en gran medida, por ejemplo, hasta qué punto puede ser atrapado.

    ¿Se puede evitar este tipo de efectos? Sin duda no completamente. Sin embargo, si el analista está un poco precavido podrá limitarlos. Podrá también “utilizar” esta di- mensión que cobra su voz. Lacan, en sus cóleras proverbiales, lo hacía sin duda muy voluntariamente. Digamos que nada le impide al analista levantar el tono, cuando lo hace a contracorriente de los efectos del superyó que inhiben al analizante.

    La voz –nuestra voz– puede indicar, por sí misma, que no hay razón alguna de ser complaciente en relación con aquello que, para cada uno, es del orden del sometimiento más deprimente. También puede, para volver a la vergüenza, hacer sentir por su tonalidad más que por explicaciones, que es probable que la vergüenza blo- quee al analizante en un goce sin perspectiva.


    [1] Coloquio La voz y la mirada en la experiencia del análisis, realizado el 22 y 23 de marzo en Buenos Aires, organizado por el Grupo Perspectivas en Psicoanálisis, editor de LaPsus Calami, y convoca- do por la Escuea Freudiana de la Argentina, Escuela Freudiana de Buenos Aires, Fundación Euro- pea para el psicoanálisis y Mayéutica, Institución Psicoanalítica.

  • Un testimonio

    El testimonio es un género que Lacan pone en primer plano cuando comienza a pensar cómo transmitir los problemas cruciales del psicoanálisis. Inventa un dispositivo –el del pase– para que una escuela pueda extender, hacer pasar, la experiencia de dar testimonio a otros. Sin embargo, no todo testimonio pasa por el dispositivo. Ese es el caso del trabajo de Nora Markman.

    En su texto, la autora trata de transmitir un tiempo del recorrido en psicoanálisis y la articulación de su historia con ese recorrido. La verdad tiene estructura de ficcion, decimos, y ese es el modo en que Nora Markman despliega su testimonio para transmitir su experiencia. No hay otro modo que la ficción para decir, porque siempre se trata de una verdad a medias que no tiene otro modo de decirse que esa media verdad desplegada en la ficción, en un testimonio, en los síntomas, los sueños, los actos fallidos. Lo inconsciente no es sin la equivocación. Es interesante el modo en que nos lo enseña Freud en La perdida de realidad en la neurosis

    y la psicosis. Lo traumático y la angustia traumática se despliegan en versiones, escenas que significan un real imposible, que enlazado a lo imaginario y a lo simbólico construyen, cuando es posible, una realidad psíquica necesaria. El primero al que transforma el testimonio es a su autor. Quizás a Nora Markman, en esa realidad que arma, este país no le parezca “un país serio”. Me sirvo de las palabras de Norberto Ferreyra en su libro La perversion y sus derivas: “Se dice, y esto le consta a muchas personas, que no somos un país serio. Y es verdad. Pero hay que aclarar cuál es la seriedad que no alcanzamos como pueblo, como país. Porque hay una «seriedad» que hemos tenido y sufrido, que siempre está latente en todo agrupamiento humano, la «seriedad» propia de la derecha en su accionar político”.

    ¿Y cómo hace serie? Matando y enmudeciendo, como dice Nora Markman. Matar en serie, que alguien muera antes de tiempo.

    Contra esa “seriedad” de la derecha, yo la llamo “la política con intenciones criminales”, de la que la autora testimonia con tanto dolor, en este país he mos tomado medidas, me refiero a los juicios a militares y civiles. Esto es una acción política. Esta es una seriedad que comparto con otros en este país. Por eso, aprecio la puesta en marcha del dispositivo del pase en las escuelas, para dar lugar a la extensión de testimonios de la experiencia con el psicoanálisis. Hacer pasar el discurso del psicoanálisis es un compromiso social y político.

  • ¿Es la angustia condición de lo siniestro? Del arte al análisis

    Todos duermen. Subiré ahora… Él yace en mi cama, en la que yo estaba acostado anoche: lo han cubierto con una sábana y han cerrado sus ojos con peniques… ¡Pobre chico! Nos hemos reído juntos con frecuencia –él soportaba su existencia con suavidad… Siento mucho que haya muerto, no puedo rezar por él como hacen los otros… ¡Pobre chico! ¡Todo lo demás es tan incierto!

    James Joyce

    Desde los comienzos mismos del psicoanálisis –podríamos citar, para el caso, numerosos escritos freudianos–, el arte ha tenido un destacado espacio en nuestro corpus teórico. De allí en adelante, a menudo, muchos psicoanalistas nos encontramos declarando que nuestro interés por el arte, lejos de cualquier intento explicativo o interpretativo –que manaría de algún elogioso afán de docta erudición– se funda en una fuerte convicción: Creen s que importar ciertas nociones provenientes de diversos campos (para el caso, del arte) conviene a nuestra praxis. Tal es así que en este nuevo número de nuestra revista, varios analistas se sirven de la articulación con el arte para trabajar su relación con lo siniestro y la angustia.

    En ese sentido, en esta oportunidad intentaremos poner en tensión algunas líneas, sin ahorrarnos, por supuesto, aportar una posición al respecto. Partamos de la idea de Schelling, que ya podemos considerar fundamental y clásica: siniestro “[…] es todo lo que estando destinado a permanecer en secreto, en lo oculto, ha salido a la luz”.[1]1 Comenzaremos colocando aquí una primera pregunta que recogemos de los artículos que presentamos: ese “salir a la luz”, ¿siempre provoca angustia? Justamente, nos parece que la relación con el arte puede ayudarnos a decir algo.

    En esta dirección, Diana Voronovsky encuentra en la ficción un medio para distinguir lo siniestro angustioso de lo siniestro no angustioso para el sujeto, poniendo de manifiesto que en el arte, la angustia tiene una fun ción diferente de aquella que centra nuestro interés clínico en una praxis que la autora subraya como “praxis de lo real”.

    La reformulación de la idea de Schelling nos permite decir que lo familiar deviene siniestro fundamentalmente por el golpe intempestivo que caracteriza a lo real (súbita revelación de lo que debiera permanecer oculto).

    Ahora bien, en el arte –“que de modo aún escandaloso puede cautivar la mirada del espectador”– lo siniestro no solo puede no producir angustia sino al contrario, deleite.

    Así, Voronovsky caracteriza la condición de lo siniestro angustioso en relación con lo intempestivo, que deja al sujeto anonadado, ya que “la angustia avanza en la medida que desaparece la hiancia, la falta, entre lo familiar y el horror”.

    En el arte, ante la aparición de lo siniestro se angustia el “personaje”, mientras que el espectador/lector encuentra una mediatización elaborativa en que se funda un deleite posible. De este modo, la autora propone que la función del arte es “conducirnos hasta el borde del horror, pero ensanchando nuestro mundo”.

    Avancemos ahora por el sesgo de la literatura. Leer a Joyce, pese a que algunos lo señalen como un jactancioso ejercicio mental, es algo que, tal como dijera Lacan del nudo, “hay que hacerlo”. Ahora bien, servirnos de dicha lectura a los fines de ampliar el horizonte de nuestro interés más allá de lo trabajado por Lacan en su vigesimotercer seminario, leyendo en Joyce un obrar, se nos presenta como un desafío.

    Encontramos muy interesante el modo en que para Graziela Baravalle y Edgardo Feinsilber resulta provechoso acudir a cuestiones joyceanas en el contexto de sus trabajos acerca de lo siniestro.

    Es Edgardo Feinsilber, quien siguiendo la enseñanza de Roberto Harari, despliega un original recorrido en el que avanzando sobre el concepto de “epifanía” propone lo que llama “logro epifánico”. Es en él donde, desde la trivialidad de un episodio que pudiera catalogarse de común, a partir de ciertos cabos sueltos, desatados, que no generan sentido sino que revelan un provechoso fracaso de la metáfora, puede obtenerse en el análisis, hacer de “esas pequeñeces, letra”.

    De tal modo, la epifanía –y he aquí el logro epifánico– “consigue hacer tratable la experiencia de lo real” y así soportar esa falta de sentido que caracteriza a lo real, dado que surgiendo de aquello que impactó a partir de lo visto u oído, pasó a ser escrito. Lacan es concluyente en su proposición: la epifanía reclama un texto.

    En la dirección de nuestra pregunta inicial, Feinsilber sostiene que lo siniestro provoca angustia cuando el sujeto queda en posición de objeto ante la aparición de un goce del Otro que se le presenta como ingobernable –definición que nos permite subrayar la importancia y el valor clínico de la epifanía en el análisis, en la medida en que su emergencia suscita una vía diferente para ligarse a un núcleo de lo real por medio de la escritura, donde el hacer con la letra posibilita otro destino. En tanto las epifanías producen un real efecto de sentido, muestran que no poseen Uno, único, sino que por permitir el acceso a la pluralidad (de sentido) admiten el advenimiento de significantes nuevos.

    ¿Es posible escribir en análisis otro destino? Alejandra Pizarnik, con su singular hacer lenguajero, escribe que “las palabras no tienen sentido, las palabras no tienen destino” (paronomasia mediante). Pero ¿podemos leer allí un indicio más que un sagaz juego de palabras?

    Es de la mano de nuestra magistral poeta que nos acercamos al trabajo de Graziella Baravalle, quien propone un acceso diferente al hecho artístico, intentando aprehender de la poesía de Alejandra Pizarnik “aspectos de la relación entre la escritura y el límite del goce”, cometido que no se logra sin acercarse a lo trabajado por Lacan sobre Joyce en el seminario antes mencionado.

    Baravalle, de modo artesanal, nos presenta un recorrido de la vida y la obra de la poeta, acentuando cambios de estilo, donde destaca “su esperanza de encontrar una dimensión propia y habitable por medio de la escritura”, para atravesar aquello que se presenta como maldición… Lo maldito, ¿no es acaso en los así llamados “poetas malditos” –en quienes el efecto del lenguaje se caracteriza por su relación con la muerte y la locura–

    donde leemos que ese algo que se les impone se manifiesta como lo “fuera

    de sentido” en el lenguaje que se articula con lo que podríamos llamar

    como lo “real del goce”?

    “Lo siniestro muestra lo real que irrumpe en la realidad, atraviesa lo imaginario y desorienta al sujeto que no encuentra letra que lo justifique”, nos dice Isidoro Vegh. Es que allí se muestra un punto clave de nuestra inteligencia de lo siniestro, donde no basta con remitirnos al desmoronamiento simbólico, sea cual sea el modo en que se lo nombre. Zulema Lagrotta pondrá en la cuestión otro acento: “La angustia ante lo siniestro” emerge

    cuando las “convicciones” más primitivas –por ejemplo, el animismo– superadas,

    parecen confirmarse. En la angustia como desarrollo de angustia, tenemos la presencia inequívoca de lo real, y lo siniestro es el exponente más claro y contundente de su presencia, ya sea porque los objetos andan danzando por ahí, separados de un cuerpo, como el tema de los ojos de la muñeca en el cuento de Hoffmann o algunos otros…

    Podemos pensar, entonces, que ciertas producciones artísticas o nuestras elaboraciones e importaciones fundadas en el arte, nos permiten un decir posible acerca de lo verdadero sobre lo real (variedad de lo verdadero). Revelación de lo real que es siempre un trozo alrededor del cual pueden tejerse historias, pero cuyo estigma es no enlazarse con nada.[2] Por eso, si importamos del campo de la literatura la cuestión de la epifanía es porque nos muestra magistralmente, aunque no de modo exclusivo, tal cuestión.

    La epifanía no se explica sino que impacta como golpe de sinsenti do. Tampoco requiere de ninguna fulguración épica, dado que es mayormente en el seno de lo familiar, en las vueltas de la repetición significante, que algo despunta, se suelta, y es lo que para el caso más nos interesa, ya que no es sin un cierto efecto de “siniestridad” dado por la perplejidad ante lo vaciado de sentido (polifonía de la palabra mediante), que se rompe la unidad del relato, al modo de los finales de dublineses, que incomodan por su falta de cierre y resolución.3 Ahora bien, la epifanía con el sinsentido logra mantener abierta la hiancia… ¿de ahí que no sea angustiosa? Nueva pregunta, quizá, para otro comienzo…

    [1] Sigmund Freud: “Lo ominoso”, en Obras completas, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1979, vol. XVII,

    pág. 225.

    [2] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XXIII: El sinthome, clase del 16 de marzo de 1976, versión inédita.

  • Editorial Lapsus Calami N°6: El psicoanálisis a cielo abierto

    Si algo nos enseñan las psicosis y el autismo es que hay muchas cosas en este mun­do que nuestros ojos no pueden ver ni nuestros oídos escuchar allí mismo donde suce­den: ¿qué micrófono, en la era de la electrónica, podría permitirnos oír esa voz que per­sigue a un sujeto al mismo tiempo que le permite seguir con vida? ¿Qué cámara cap­taría a ese ojo omnipresente mencionado por la paciente esquizofrénica de Lacan, al­guien que habita en un mundo donde es “siempre vista”? ¿Cómo aprehender esa pre­sencia temible que no se ve en ningún espejo y que aterra al autista? ¿De qué estofa está hecha la realidad allí mismo donde sus fisuras revelan las fallas y los misteriosos acier­tos de su construcción?

    Ahora bien, nada nos enfrenta con esto, si es que podemos afinar nuestro oído, como el autismo y las psicosis, obligándonos a seguirlos más allá y más acá del principio del placer, donde la comodidad del sujeto no existe y este se ve conducido a la dura prueba de existir. En las psicosis, señala Freud, el conflicto se produce entre el yo y el mundo; en las neurosis, en cambio, entre el yo y el ello. Si en ambas se puede perder la relación con la realidad, lo central es ver qué pone en su lugar cada una de ellas. Roberto Ha­rari recuerda, en su artículo sobre la estructura psicótica, el caso de un paciente “pre­sentado” a Lacan en Sainte-Anne, publicado en el número uno de Scilicet, en quien se puede advertir la función de la voz, sobre todo mediante dos fenómenos –clásicos des­de los tiempos de Clérambault– evidenciables en este tipo de estructura. Uno de ellos es el pensamiento en eco; el otro es la enunciación de los actos del paciente en tanto comentarios. Ambos se relacionan, concluye, con el particular estado de interlocución en que el sujeto es situado por la acción de la voz. Mientras en las psicosis se puede po­ner un sustituto del fragmento forcluido, en la neurosis se reacomoda la realidad con la predominancia del fantasma. Es por eso que, como lo afirma Norberto Ferreyra, “el sujeto está en condición de indivisible: el objeto a nunca puede volverse causa de su di­visión”. Así, continúa, el modo en que Lacan sitúa la estructura sirve para escuchar de otro modo a las psicosis, ubicando en el estadio del espejo algunos de los antecedentes de este avance. Pero el hecho de que no opere la función del sujeto dividido, no quie­re decir que no haya sujeto. Incluso, en opinión de Gérard Pommier, se trata de un hi­persujeto; que ha dado lugar, según lo entiende este autor, al descubrimiento más im­portante de Lacan: el significante del Nombre del Padre. Benjamin Domb, por su par­te, despliega la forclusión del significante del Nombre del Padre y sus consecuencias en los desarrollos lacanianos de la estructura, destacando que en las psicosis el inconscien­te no se produce por represión sino “a cielo abierto”.

    Algunos de los analistas que escriben aquí dan cuenta de un hecho clínico impor­tante: no es igual la clínica de las psicosis que la propia de la neurosis. “Lacan nos lleva a plantear una nueva perspectiva, reconociendo que no se puede tratar una estructura psicótica (hablo de psicosis mayores: esquizofrenia, paranoia, parafrenia) como se tra­ta a un neurótico”, afirma Isidoro Vegh.

    No se juega con las mismas cartas, agregamos nosotros, ni está escrito con las mismas letras. Lo que es ineludible en el análisis de un neurótico puede ser desaconsejado en el de un psicótico. La autopista principal, que necesariamente debe recorrer el neurótico si ha de ir más allá, no será la vía por la que habrá de conducirnos el psicótico e incluso sería conveniente, siguiendo los consejos de Lacan, rehuir esas grandes avenidas del sentido para deslizarse con discreción por callecitas, pasadizos que, con tránsito a favor, podrían ir armando otras vías donde circulen algunos goces menos mortíferos. Volviendo a lo dicho por Vegh: “Para tener alguna eficacia en la clínica de las psicosis, hacen falta otro tipo de abordajes. En esos casos, la típica interpretación simbólica no es eficaz, y es necesario apelar a intervenciones en lo real, en lo imaginario o a propiciar lo que en los últimos años Lacan llamó sinthome”. En este contexto, nos parece, cabría una pregunta: ¿es entonces indispensable, para situar una dirección de la cura, que el analista tenga una hipótesis de estructura no cristalizada que, aunque ineludible, pueda revisarse tantas veces como sea necesario? ¿Se trataría de un mero prejuicio, de una resistencia o de una necesidad lógica que indica no tanto lo que se debe hacer como lo que no se debería hacer en un tratamiento?

    No es extraño escuchar –aunque debería serlo– que la clínica psicoanalítica sea asi­milada a la psiquiátrica, que se nos diga que utilizar los términos psicoanalíticos es “po­ner etiquetas” –y desde cuándo nombrar no lo es– y que se nos quiera hacer creer que hay una contradicción entre la clínica del caso por caso y las invariantes que la estruc­tura del sujeto presenta al analista. Es, sin duda, unos de los debates que recorre este número de la revista –y que es materia fuerte de discusión en el campo psicoanalítico– la posición que cada analista toma ante este modo de organizar la subjetividad que lla­mamos “psicosis”.

    * * *

    Sigmund Freud fundamentó su teoría de las psicosis en 1911, a partir de la publi­cación de las Memorias de un neurópata que, en 1903, hace el presidente de la corte de Apelaciones de Saxe, Daniel Paul Schreber. Allí hizo notar dos cuestiones fundamenta­les. Primera, el mecanismo, la forclusión (Verwerfung), observando que lo abolido del adentro vuelve del afuera. La proyección es claramente diferenciada de la represión. Se­gundo, el descubrimiento de que los delirios pueden ser subsumidos como diferentes maneras de negar la frase: “Yo lo amo”.

    Jacques Lacan, por su parte, accedió al psicoanálisis siguiendo el rigor lógico de otra escritura, la de Aimée, la paciente que escribía novelas impublicables. Solo estas dos puntuaciones –una, hecha sobre un testimonio construido como alegato de un juicio; la otra, sobre una novela sin valor literario– pueden sostener la relación que las psico­sis tienen con la escritura y con el psicoanálisis. Pero hay mucho más. Porque ambos casos podrían dar la idea de que la psicosis es meramente deficitaria, en relación con el campo del arte. Hay quienes –Michel Foucault, quizás el más importante– han soste­nido esta tesis. La idea de que si hay obra, no hay locura, definiendo a la locura como la ausencia de obra. Es ahí que Lacan da un paso más al introducir el sinthome en el innovador seminario sobre Joyce –quien sí es un gran escritor–, donde muestra que una estructura no neurótica puede mantenerse unida sin desencadenar, aun con algu­nos “hilos flojos”. El paso lacaniano, por haber significado un avance, no dejó de cau­sar su desconcierto. Hay, en las páginas que presentamos, posiciones teóricas que se fundamentan en algunas de las enseñanzas de Lacan, en esos bordes imprecisos que él deja para ser trabajados por el analista al que se dirige, en donde no es sin consecuen­cias la lectura que, a partir de la propia práctica, cada uno haga de lo que es la Verwer­fung de hecho. Así, todavía hoy participamos de un debate que no cesa acerca de si, a partir de ese seminario, podemos concluir que Joyce era psicótico o no lo era en abso­luto. ¿Cómo –nos preguntamos– un gran escritor podría ser psicótico? ¿Y cómo La­can habría confundido una obra literaria con la escritura de un psicótico, obras que –sostienen algunos– no pueden tener valor más que como una necesidad subjetiva sin ningún peso literario? Y bien, habrá que debatir con quienes entienden que las psico­sis no pueden producir obras literarias importantes. Y también con quienes, más afi­nes al surrealismo influenciado por la obra de Antonin Artaud, encuentran en la locu­ra un maná del arte que tampoco cesaría de derramar su miel. Lo cierto es que la locu­ra –tomándola provisoriamente como uno de los nombres que se les dan a las psico­sis– no implica la obra, pero tampoco la excluye. Afirmamos esto sin que por eso nos veamos obligados a extraer las conclusiones del debate acerca de si Joyce lo era o no. Lo más importante de ese debate no es quién podría ganarlo sino las razones con las que cada uno puede sostenerlo.

    Lo que sí resulta importante es que Lacan abre, a partir de la obra de Joyce, una clí­nica que nos invita a pensar más allá de las díadas como, por ejemplo, vida y obra, en tríadas que nos sumergen en un nuevo desafío. Así lo considera Diana Kamienny, quien despliega como una tríada el casamiento de Joyce y Nora, mostrando hasta qué pun­to una pareja –sumada a la obra– puede remendar los puntos flojos de la trama, ahon­dando también, como corresponde a un analista, en los puntos flojos que conlleva lo sexual. Así también lo muestra el trabajo que Gérard Pommier presenta sobre la obra del poeta ruso Khlebnikov, el gran maestro del futurismo, donde aísla otra tríada, la de las tres capas de su obra: poesía, lengua fundamental y cifrado. El zaoum como tentati­va de barramiento de la lengua materna, las tentativas que, por su parte, hizo Wolfson en su libro El esquizofrénico y las lenguas, la Grundsprache de Schreber, lalengua de La­can son vistos como un simbólico de cifras, distinto al de la palabra neurótica, que re­prime lo pulsional.

    Si hay, como lo subraya Pommier, numerosas psicosis que llevan una activa vida cul­tural, política o militar, sin tener un desencadenamiento que los lleve al hospicio, es evi­dente que no se puede asimilar la psicosis a una estructura deficitaria o a una expecta­tiva que conlleve una vida ni mejor ni peor. En función de esto, el autor señala el error, común durante mucho tiempo, de confundir la psicosis con la internación psiquiátri­ca, cuando hay que acostumbrarse a la idea de que el hecho patológico no pasa por la etiqueta nosográfica. La distinción entre las psicosis desencadenadas y las que no, que debemos a Lacan, nos permite hoy en día constatar grandes avances en la clínica y tam­bién, como suele suceder, nuevos enigmas a descifrar.

    El caso que nos trae Gorana Bulat-Manenti, donde una psicosis no desencadenada es desestimada en la dirección de la cura por un analista anterior que la considera una “histérica agotadora”, plantea rigurosamente el riesgo que implica tal confusión. “No basta con basarse en manifestaciones de seducción para decretar una histeria, porque la seducción existe, muy evidentemente, en la melancolía, en la paranoia”, afirma la au­tora. En los vericuetos de este análisis vemos cómo una hipótesis de estructura permi­te que la analista no sancione como “transgresión” lo que viene como reclamo pulsio­nal, no balizado por el fantasma. “Un entorpecimiento o un desconocimiento del pro­ceso en curso por parte del analista puede, en el mejor de los casos, dejar sin efecto la transferencia o provocar la interrupción de la cura, pero también, en el peor de los ca­sos, adelantar el desencadenamiento de un delirio y suscitar el pasaje al acto, precipitar la catástrofe tan temida por el especialista”.

    La transferencia en la psicosis es intensa y lábil, dice Bion. Y Elida Fernández, a par­tir de esa cita, interroga el lugar del analista, narrando los tiempos de constitución del sujeto en términos que tornan accesible lo complejo. “Nuestro intento es poder cavar un lugar para el analista en transferencia. Este lugar es siempre en torno a un objeto que cada paciente recorta: voz, mirada, memoria, barrilete, excremento, secretario, amigo, amante, espejo, complemento de su decir y/o su padecimiento. Siempre intenso, siem­pre lábil, siempre esmaltado en la historicidad y contingencia de cada devenir. Manio­brar con ese objeto transferido forma parte de la difícil tarea del analista”.

    * * *

    Algunos de los textos que presentamos aquí señalan distinciones importantes entre lo que es y lo que no es psicosis, sin las cuales el clínico podría, en el bosque de fenóme­nos, perder el árbol. Analía Battista interroga la diferencia entre las psicosis y la afasia, intentando cernir qué clase de significante es el que se forcluye en uno y en otro caso. Marcelo Edwards nos habla de estados del sinthome, mostrando hasta qué punto algu­nos desanudamientos pertenecen al terreno de lo transitorio y no deben ser confun­didos con fenómenos de estructura, si se quiere dar lugar a ciertas intervenciones del lado del analista. A partir de un preciso despliegue, Manuel Rubio nos invita a reinte­rrogar la distinción entre locura y psicosis, sin descuidar el paso por la clásica teoriza­ción formulada por Maleval y la puesta en cuestión del concepto de estructura realizada por Roberto Harari, quien propuso las constelaciones como nueva conceptualización.

    Un acápite aparte merece el despliegue que, en este número, se da a la diferencia entre psicosis y autismo y, como lo destaca Ilda Rodriguez en su editorial, la pregunta acerca de si hay o no pasaje de una a otra estructura, de la no estructura a la estructura o incluso, de acuerdo al autor que se mire, si hay una dificultad clínica en delimitarlas. Alba Flesler subraya la importancia, en los tiempos lógicos de constitución del sujeto, del lugar que el niño tenga en el fantasma de la madre, describiendo con fineza la dife­rencia entre realizar la presencia del objeto y propiciar una respuesta subjetiva. Héctor Yankelevich distingue entre psicosis y autismo, argumentando que la causa de las pri­meras es la forclusión del significante del Nombre del Padre, mientras que, en el caso del autismo, únicamente se trata de la forclusión del falo (que es, a su vez, solo uno de los Nombres del Padre). Patrick Landman muestra hasta qué punto el DSM siempre está en movimiento, cómo lo que se consideraba bajo el acápite de autismo se va des­plazando hacia los trastornos y de qué manera la distinción entre esquizofrenia y autis­mo, entre psicosis infantil y autismo puede ser objeto de la censura, allí dónde las ins­tituciones sociales, las asociaciones de padres, van ejerciendo su imperio, en ocasiones contra el sujeto que, sin lugar a dudas, es lo fundamental para el psicoanálisis. Tanto el autista como el esquizofrénico son personajes más bien verbosos, afirma María Musoli­no. Por su parte, Alicia Hartmann sostiene la singularidad del autismo en relación con todo tipo de psicosis en la infancia, enfatizando el fracaso de la negación, la Ausstos­sung que no permite salir, en los casos muy severos y tempranos, de lo que Lacan men­ciona como goce animal.

    La clínica psicoanalítica es un ave curiosa de la que no deberíamos avergonzarnos ni renegar: es subversiva porque no responde a la exhibición narcisista de una cura lo­grada, antes bien, apuesta a que un análisis pueda llegar a producir ese imposible que es la cura. No se trata de que la cura sea imposible, en su sentido banal o en el modo en que la neurosis de destino se consuela con el conformismo de lo aciago, sino de que la cura, en su mejor versión, produce la encarnación de ese imposible para un sujeto.

    No es fácil entender cómo una misma estructura puede hacer que un sujeto pierda la percepción de las piernas, escuche que lo injurian cada vez que entra a su casa, per­ciba las palabras de su madre como ladrillos que lo golpean en la sien, se sienta empu­jado a ser la mujer para un Dios que lo reclama y/o, con idénticas invariantes, escribir una obra fascinante algunas veces en otra lengua, desarrollar complejos programas de computación, actuar en teatro o, en tanto abogado, defender con maestría a quien fue tratado como insano: ¿cuál sería el punto en común? ¿Es la psicosis lo único determi­nante en la dirección de una cura o hay, en verdad, muchas cosas, incluso en aparien­cia intrascendentes, que hacen que esa misma cura dé un pequeño giro o uno grande, a veces debido a un gesto, a un gusto, una inclinación, un don, como diría Borges, que permite al sujeto asirse y pasar a otra cosa?

    * * *

    No podríamos concluir esta página sin recordar a quien fuera una de las psicoana­listas más importantes que ha dado nuestro país: me refiero a Pura Cancina. Fundado­ra de la Escuela Sigmund Freud de Rosario, donde desplegó su enseñanza, también fue vicedecana y profesora titular de la Universidad de Rosario, donde dio sus clases duran­te más de veinte años. Publicó numerosos libros en nuestro país y en el exterior, entre ellos, Escritura y femineidad, El dolor de existir… y la melancolía y, con otros, El puzzle de un padre. Tradujo y dirigió varias colecciones de psicoanálisis, buscando que cier­tas obras circularan en nuestra comunidad. Hacemos nuestras las palabras de Guiller­mina Díaz, en su homenaje:1 “¿Cómo no recordar su presencia en Caracas en 1980, allí donde Jacques Lacan exhortó a escuchar a aquellos «otros» a quienes su presencia no había hecho de pantalla? Hecho que llevó luego en Buenos Aires a proponer y organi­zar –con algunos otros– la Primera Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis que se realizó en Punta del Este, Uruguay, allá por el año 1986. ¿O su presencia en las reunio­nes Preparatorias en Barcelona donde luego fue un miembro –con otros– del Comi­té de Redacción del Acta Fundacional de Convergencia. Movimiento Lacaniano por el Psicoanálisis Freudiano?”.

    Así nos sumamos a la serie que propone Díaz, “de los variados modos de recordarla y honrarla, de manera tal que, para cada uno que haya compartido algún tramo de su incesante obra, se pueda retomar a través de su propio tributo, reconocimiento o elo­gio todo aquello que nos ha dejado y en lo que Pura Cancina nos falta”.

  • Las psicosis en psicoanálisis… ¿periodizamos?

    Cuando usted lee trabajos analíticos, verifique bien la fecha de su composición
    Sigmund Freud

    […] la lingüística se presenta en posición de piloto en ese dominio […] de ciencias del hombre
    Jacques Lacan

    […] la lingüística es una ciencia muy mal orientada
    Jacques Lacan

    Hete aquí –una vez más– en el intento de situar determinadas diferencias –consideradas por quien esto escribe– que se presentan en el psicoanáli­sis actual respecto de la intelección de las psicosis. Vale tomar como refe­rencias fundamentales algunas de las que se producen en el marco de este número de LaPsus Calami. De este modo, partimos de la lectura de una selección de textos que representan ciertas divergencias fecundas sobre la cuestión, a los fines de ubicar diversas perspectivas, leerlas y ponerlas a tra­bajar mediante ese artificio que llamamos “notas de lectura”. Situar las di­sonancias que se ponen en acto en los artículos señalados no quiere decir instilar una verificación teórica sino, antes bien, intentar cierto despliegue de sus fundamentos, ubicar un trazo en lo real de la cura, colocar algunas de esas formulaciones en un momento y/o en otro de la obra de Freud y de Lacan,[1] tanto como en el contexto en el que se produjeron esas varia­ciones. En fin, hacerse del lugar del lector que “retrofunda aquello que está leyendo”.[2] Por cierto que al estar de Isidoro Vegh, a lo que “no fue enten­dido en Lacan”, cabe reconducirlo a “una cuestión de lectura”. Manos a la obra, entonces.

    Será en el desarrollo de la citada entrevista, que Alejandra Ruiz advierte lo siguiente: “¿Hasta qué punto quienes solo leen el último Lacan no corren el riesgo de despreciar formulaciones hechas en otros tiempos de la teo­rización? Una lectura que acentúe los cortes cronológicos sin precisar las lógicas en juego, ¿no podría traicionar el contexto del problema al que La­can se refiere al utilizar una nueva definición?”.

    Dicho así, a renglón seguido, cabe instalar una pregunta: ¿despreciar o justipreciar? En una primera aproximación es viable advertir que una cosa es que no haya progreso y otra que no haya invención en el psicoanálisis. En tal orden, Benjamin Domb aclara que la invención en la clínica psicoa­nalítica se torna factible, puesto que: “La estructura tiene un real que no se va a agotar simbólicamente, por eso hay que inventar algo”. ¿Cómo lo figu­ra? En tanto “un saber-hacer con lo real, con los agujeros”.

    Pruebas al canto: diríamos que periodizar es tomar los conceptos en rela­ción –supone que hay elementos comunes– entramados lógicamente en distintos momentos de la enseñanza. Se deduce que hay un límite mani­fiesto y allí se marca una variabilidad a ese respecto, con vistas a poder dar cuenta de que dichos cortes no implican iluminismo alguno ni tampoco un modo de progreso racionalista. Conviene reiterarlo, dichos cortes –epis­temológicos–[3] demarcan una frontera, y de allí en adelante comienza un cierto campo nocional y una praxis correspondiente, y hacia atrás queda otra. Digámoslo de otra manera: indican que si hay un avance es porque hay una pérdida. O sea, hay lo que no es negociable para los psicoanalis­tas: la castración. Last but not least: Domb afirma que: “Para Freud el lími­te es la castración del sujeto […]. Es ahí donde avanza Lacan, yendo más lejos de la castración, más allá del Edipo”.

    Mentado así, corresponde mencionar que Isidoro Vegh recuerda una fra­se de Lacan al respecto: “«Nunca quise ser original; lo que quise es pro­ducir una lógica». ¿Una lógica de qué? Una lógica de los grandes relatos freudianos”. A nuestro entender, es preciso seguir el consejo de Freud en el epígrafe. Se sabe: es un modo de decir que cada texto “tiene fecha” para un estado histórico –en este caso, en referencia a la psicosis en la enseñan­za de Freud y de Lacan. Agregamos, ¿cortes en la obra? ¿Periodización?

    Véase que por su parte, en Variantes de la cura tipo,[4]4 Lacan no trepidó en periodizar la obra de Freud. ¿Por qué no hacer lo propio con la enseñan­za de su impar lector, si nadie duda de las consecuencias que produjo en la teoría y en la clínica concomitante el –dicho así– giro de los años ’20 del maestro vienés?

    De nuevo, no se trata de un avance entendiendo lo último mejor que lo previo, y menos a eso anterior desechable, puesto que el psicoanálisis com­porta una praxis poiética a desplegarse por y en el habla. Conteste con lo predicho, Norberto Ferreyra propicia “[…] que cada uno comience, siga por donde quiera, y no a un Lacan del que se interpreta que lo último es lo mejor. Puede que sea lo mejor para una determinada situación, pero no está comprobado que lo último sea lo mejor”.

    Ahora bien, no resulta desatinado aquí resaltar la noción crucial de for­clusión, la alucinación verbal y sus derivaciones, si atendemos al texto de Gérard Pommier que advierte que “[…] hay algunos puntos en las teorías de las psicosis, tal cual existen ahora, incluso en el lacanismo, que no son tan firmes y merecen ser revisadas”.

    Repasemos estas puntuaciones con mayor detenimiento. Como ensegui­da habrá de poder apreciarse, Manuel Rubio considera que: “El tan orde­nador concepto de forclusión, en el mismo decurso de la obra de Lacan, y el trabajo posterior, se vuelve no unívoco –así, por ejemplo, además de la forclusión del Nombre-del-Padre, Feinsilber describe nueve más”.

    En este contexto, Norberto Ferreyra avanza una puntuación concernien­te a advertir “[…] una relación con la función fálica y la castración que se está debilitando en la transmisión del psicoanálisis”. En sus términos, se verifica en “[…] un empuje a la forclusión del sentido y no al pas-de-sens o paso de sentido”, concluyendo en aseverar que: “Esa es una forclusión más grave que la del Nombre del Padre, como dice Lacan en su seminario sobre el sinthome”. Referido a ello, Benjamin Domb nos interpela: “¿Pode­mos anular el sentido?”, respondiendo de inmediato que no cree en el sin­sentido: “El pas de sens del que nos habla Lacan es un paso de sentido de­rivado del encuentro con la falta, con la barradura del Otro, para que el analizante encuentre otra manera de gozar”.

    Cabe resaltar, haciendo bucle con nuestro comienzo, que Roberto Hara­ri (1994) destaca que “[…] encontrarse –con extrañeza– fuera-significado (fálico) no implica situarse fuera-sentido. Es que para el psicótico, a través de la vía interpretativa –de modo ejemplar, en el paranoico–, lo simbólico «es» real, dada la continuidad entre registros”.

    A su turno, Pommier subraya que ciertas observaciones clínicas “[…] es­tablecieron que existe una gran diferencia […] entre alucinaciones y deli­rios en las psicosis y en las neurosis”, ya que no siguen los mismos proce­sos. Toma como ejemplo el grito, que “[…] se divide entre su lugar de emi­sión, la boca, y su lugar de recepción, la oreja. La voz que vuelve está car­gada del deseo del Otro, es persecutoria. En la alucinación verbal, según la clasificación de los clásicos, aparece siendo la mitad del yo, que vuelve del exterior y cargada de un mensaje persecutorio, de una orden persecutoria”.

    Roberto Harari, a su vez, muestra una diferencia radical con el neuróti­co, puesto que “[…] el psicótico no se pregunta por el significado [de la alucinación, al creerla], le otorga un sentido” e interpreta, lo cual de al­gún modo coloca en aprietos a los analistas… Ahora bien, transformando la problemática, se pregunta: “[…] ¿cuál será la diferencia entre el delirio interpretativo propio de la psicosis y la interpretación analítica (sobre todo, la propia de quien cree que todo es interpretable)?”. De nuevo: “la forclu­sión del Nombre del Padre [lo lanza] fuera del significado [no del senti­do]” y así retomamos el planteo del texto: “[…] el psicótico cree a la alu­cinación […], cree a la voz […] caracterizable de la siguiente manera: al sujeto «le dicen…»”, la voz irrumpe. Es que: “El estado permanentemente receptivo del oído, facilita la omnipresencia y la perdurabilidad de la voz, cuando esta asume un sesgo alucinatorio”.

    Habíamos tomado nota en el texto de Pommier, cuando afirma que en el freudiano Las neuropsicosis de defensa, de 1894, el maestro vienés mostra­ba “[…] una intuición profunda sobre los mecanismos psicóticos que lue­go fue clarificada por Lacan con el concepto de «forclusión»”. Vale decir que: “Aunque no emplea un término tan claro, utiliza una expresión que me parece define bien esa forclusión, que es «sustracción de la creencia»”. En ese contexto, avanza una puntuación concerniente a que “[…] la inte­riorización culpable del parricidio no funciona a causa de la forclusión del nombre (Versagung), el saber del padre está afuera, como delirio de perse­cución, o bien como inicio de la feminización”. De acuerdo con esta con­cepción, afirma que: “Ese modo de persecución latente no es propio de la paranoia, sino el fundamento de todas las psicosis”, concluyendo que: “Es Lacan quien encuentra el principio al diferenciar la psicosis de la neurosis con el concepto nuevo de «forclusión»”.

    A los efectos de tornar más asimilables las relaciones despejadas, corres­ponde mencionar lo referido a la Verwerfung, que aparece en varios artí­culos especialmente referidos a lo dicho por Lacan en relación con Joyce, que cargó con un déficit provocado por John –el padre– que le causó una Verwerfung, una forclusión “de hecho”. Así, ¿lo coloca a Joyce en el lugar de un psicótico o planteará la incidencia de un núcleo, una constelación psicótica irreductible en cada quién?[5]

    ¿Cómo lo lee Isidoro Vegh? “Aunque [Lacan] no use la palabra «psicosis» [sí] Verwerfung de hecho […] si leemos en la continuidad, quiere decir: hay un padre que hace las cosas necesarias para que haya Verwerfung. Un padre que era un monigote, un payaso, un padre quebrado”.

    Quizás se trate de volver sobre nuestra afirmación “no hay progreso”, ex­clusivo, tal vez. Si no, ¿por qué afirmaría Lacan que la suya no es una ense­ñanza ex cathedra, quizás no hay algo que esté dado de antemano? Otra vez, digámoslo “a la Joyce”, se trata de un work in progress. Vale la pena reiterar con diferencia, si no hubiera progresión, ¿por qué el maestro francés con­tinuó el dictado de sus seminarios, aseverando, además, que nunca repitió en lo vertido en ellos? Si no hay progreso, evidentemente hay búsqueda…

    En esa línea, y para poner a jugar una periodización en ocho interior[6]6 hacia una conclusión, Domb nos advierte que: “Veinte años después, con Joyce, Lacan descubre que una estructura mal anudada se puede reparar, y ese sería el tratamiento posible. Espontáneamente, Joyce anuda su propia es­tructura, ya que no hizo ningún tratamiento”.

    Así, tomaremos el apoyo en lo que ocurre con otra arista ilustrativa que re­cortamos de su entrevista –con beneficio de inventario para nuestro tema–, al decir que: “La diferencia entre el a al comienzo y al final de la enseñan­za es que el objeto viene a ser el tapón del agujero y lo real el agujero del inconsciente, el agujero en la estructura, lo que no está escrito, lo que «no cesa de no escribirse»”.

    De otro modo: quizás sea viable advertir que hay diferencias en distintos momentos de una enseñanza; algo se sostiene y algo no.

    [1] ¿Obras completas? O para decirlo con Umberto Eco, son obras abiertas, ya que ante todo, convocan al lector a dar las razones… de su praxis. Está claro que no se trata de la delezeiana deconstrucción.

    [2] Cf. Roberto Harari: Polifonías del arte en psicoanálisis, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1998, y en nu­merosos seminarios, artículos y libros de su autoría.

    [3] Cf. Gaston Bachelard: La formación del espíritu científico, Siglo Veintiuno editores, Buenos Aires, 1972.

    [4] Jacques Lacan: “Variantes de la cure-type”, en Écrits, Ed. du Seuil, Paris, 1966, pág. 344. “O la teoría del moi […]” del yo “[…] en el análisis, permanece marcada de un desconocimiento radical, si se deja de lado el período de su elaboración, que, en la obra de Freud, va de 1910 a 1920 […] aparece como escri­biendo enteramente en la estructura de la relación narcísica”.

    [5] Cf. Roberto Harari: ¿Cómo se llama James Joyce? A partir de “El sinthoma”, de Lacan, Amorrortu edi­tores, Buenos Aires, 1996, pág. 135.

    [6] Cf. Roberto Harari: ¿Qué significa periodizar en psicoanálisis?, http://www.elsigma.com/columnas/que-significa-periodizar-en-psicoanalisis/10943.

  • Algunas propuestas para la clínica de la psicosis. Entrevista a Isidoro Vegh

    Entrevista realizada por Alejandra Ruiz Lladó

    Alejandra Ruiz Lladó: Dentro del retorno a Lacan que usted viene proponiendo –junto a analistas de gran trayectoria, como Nober­to Ferreyra, Benjamin Domb y otros–, ¿cómo situaría las psicosis? ¿Hasta qué punto este tema es afectado por lo que se exalta, se acen­túa o se constituye como escotoma en ciertas lecturas y propuestas clínicas subsecuentes?

    Isidoro Vegh: Con el tema de las psicosis sucede lo mismo que con otros aspectos del desarrollo del psicoanálisis. Me refiero a lo que suelo llamar, en broma, “la parroquia lacaniana”, que parece volver a una especie de ideal hegeliano puesto en acto, por el cual se supo­ne que todo lo que vino después es un progreso respecto de lo que estuvo antes. Lo último, o lo ultimísimo –como dice alguno–, sería una superación incuestionable de lo anterior. En esa línea, uno en­cuentra a jóvenes analistas que siguen a ciertos enseñantes y que, a su vez, pasan a constituir una pequeña moda, sin jamás haber leí­do los Escritos de Lacan. También se han salteado ciertas clases de algunos de sus seminarios, tales como El deseo y su interpretación, Las formaciones del inconsciente, y en especial el seminario sobre las psicosis: uno de los primeros que Lacan dio cuando se animó a interrogar lo que pasaba en el ambiente psicoanalítico en el que se movía, asumiendo de ese modo su condición de maestro. Algo que lo condujo a tomar distancia de gente con la que no solo compartía la dirección de la Asociación Psicoanalítica de París, sino que tam­bién eran sus amigos, como por ejemplo Nacht. Sin embargo, La­can no dudó en poner en primer plano su relación y compromiso con el psicoanálisis, y comenzó a hacer una lectura de Freud que no dudó en llamar “retorno a Freud”, tal como lo escribió en un texto de aquellos años: La cosa freudiana… Ante esto, uno podría decir: ¿cómo es posible un “retorno a Freud”? ¿Acaso los psicoanalistas al­ guna vez dejaron de estar con Freud? Pues sí, hicieron con Freud lo mismo que ahora aparece como repetición en relación con la obra de Lacan. Tomemos un ejemplo: los analistas de la ego psychology. A partir de una lectura equivocada de El yo y el ello, afirmaron que considerar al inconsciente, el descubrimiento de Freud, como lo que sostenía las dos terceras partes del iceberg, era seguir mantenien­do un discurso ya superado. Para ellos, el aforismo presocrático de Freud, wo Es war, soll Ich werden, quería decir “hay que reforzar al yo”. Que allí donde la pulsión constituía su apremio, el yo era el que tenía que tomar las riendas.

    Lacan entendió que esa propuesta hacía retornar por la ventana lo que Freud había sacado por la puerta, que era la psicología de la con­ciencia. Por supuesto que la ego psychology no fue porque sí: fue la que desarrollaron los alumnos de Freud, algunos incluso se habían analizado con él, otros con sus discípulos más cercanos en la Viena imperial o en Alemania, con Abraham. Conocemos quiénes eran las figuras principales: Hartmann, Loewenstein, Rapaport, Erick­son. Fueron unos cuantos que, cuando emigraron a Estados Uni­dos, encontraron una sociedad en la cual, siendo en ese tiempo ya el bastión más importante del frenesí capitalista, era muy importan­te que la gente tuviera un aval, especialmente tratándose de una dis­ciplina nueva como era el psicoanálisis. Para ellos, que desde el psi­coanálisis (que comenzaba a ganar prestigio) se les dijera que había un yo libre de conflicto, que no estaba tomado por los riesgos pul­sionales ni por la influencia del inconsciente, era muy grato, muy tranquilizador. Lacan decide enfrentar eso y al mismo tiempo (ha­ciendo lo que siempre se dice que no hay que hacer, que es la guerra en dos frentes al mismo tiempo) también enfrenta a los psicoanalis­tas que se fueron de Viena, pero para otro lado, hacia Londres, y allí (especialmente bajo la égida de alguien que también se formó en la Mitteleuropa y fue paciente de Abraham, me refiero a Melanie Klein) pasaron a dar vigencia de concepto a lo que parecía que era nada más que traducción. Pero no era así: la traducción siempre implica concepto; la traducción no es solo un juego de lenguajes. Cuando Strachey decide traducir Trieb por instinct en inglés, tenía la opción de traducirlo por drive, porque en alemán existen las dos palabras: Trieb e Instinkt, escrito con ka. Si Freud utilizó Trieb es porque no quiso utilizar Instinkt. La diferencia está en que el Trieb, la pulsión, va enganchada, en los términos de Freud, al representante pulsio­nal. Eso que llamamos “instinto”, en el ser humano queda absolu­tamente modificado por el hecho de que el cuerpo está atravesado desde el inicio, y aun antes de nacer, por el lenguaje. Lacan enfrenta –y lo hace con una valentía admirable– tanto una desviación hacia el reforzamiento del yo como la otra que degradaba la pulsión a la condición de instinto, haciendo que el destino de un sujeto estuvie­se determinado por su bagaje genético. Sin embargo, para no hacer una lectura absolutamente tendenciosa del kleinismo, es importan­te destacar que también incluyó la función del Otro en la respues­ta al instinto, lo que se suele llamar la función de reverie. Lo reco­nocemos. Lacan siempre valoró los desarrollos del kleinismo. Pero en ese punto donde Melanie Klein llamaba “instinto” a lo que Freud llamó Trieb (pulsión), Lacan marca claramente una diferencia que, además, se acompaña de consecuencias en la dirección de la cura.

    Uno de los esfuerzos de Lacan en aquellos tiempos fue intentar ha­cerles entender a los jóvenes analistas que textos como la Traumdeu­tung, Psicopatología de la vida cotidiana o El chiste y su relación con el inconciente, no estaban superados. No eran textos que los candi­datos de la Internacional tuvieran que leer más o menos para tener una cierta erudición. ¡Eran clásicos! En la pintura podemos decir lo mismo. Está bien, hoy no vamos a pintar como en la época de Leo­nardo, pero esa pintura no puede ser superada.

    A.R.: En ese sentido, deberíamos considerar la idea de superación dialéc­tica como propiamente hegeliana, puesto que implica un sistema. Es casi inevitable caer en modos de pensar explícitamente desestima­dos por Lacan, tal como la idea de que habría progreso en la teoría.

    I.V.: Esa es la dialéctica: es la progresión hasta alcanzar el saber absoluto. Hoy, con la modestia que me caracteriza, digo que igual que Lacan, estoy en una lucha ardua por hacer entender (y lo vengo haciendo en los últimos seminarios) que La significación del falo, la Subversión del sujeto y dialéctica del deseo…, La dirección de la cura y los princi­pios de su poder, ¡son textos clásicos! En la misma línea, digo que su seminario sobre las psicosis también debe ser incluido en ese aba­nico de textos clásicos. Es verdad, Lacan primero habló de la metá­fora paterna, del Nombre del Padre, y luego, en los últimos años, de los nombres del padre. Ahora bien, si uno conoce la lógica que sub­tiende tanto al texto que presenta por primera vez la metáfora pa­terna, que es el texto sobre Schreber, como aquella por la cual él ha­bla de les noms-du-père, los nombres del padre, en los dos casos la lógica dice lo mismo de otro modo.

    A.R.: Podríamos pensar que algunas formulaciones datadas anteriormen­te dicen mejor sobre cierto aspecto clínico que otras que, aunque posteriores, recortan otro tipo de problema u aspecto de la misma cuestión. ¿Hasta qué punto quienes solo leen el último Lacan no co­rren el riesgo de despreciar formulaciones hechas en otros tiempos de la teorización? Una lectura que acentúe los cortes cronológicos sin precisar las lógicas en juego, ¿no podría traicionar el contexto del problema al que Lacan se refiere al utilizar una nueva definición?

    I.V.: Lacan dijo esta frase: “Nunca quise ser original; lo que quise es pro­ducir una lógica”. ¿Una lógica de qué? Una lógica de los grandes rela­tos freudianos. El estadio del espejo es una lógica en la que él intenta desplegar la dimensión imaginaria del yo freudiano, que nos permi­te diferenciar dónde está el error de la ego psychology. Si lo quisiéra­mos resumir al mínimo (lo escribí en un texto que se llamó Yo, ego, sí-mismo),[1] diríamos que el equívoco –para llamarlo con suavidad– de la ego psychology fue quedarse con algunas frases de Freud que, en una lectura apresurada y no demasiado rigurosa, pueden hacer creer que el yo se reduce a un yo instrumental, como cuando Freud dice que el yo tiene una función de síntesis. Lo que no entendieron, y tampoco leyeron –porque en realidad es una cuestión de lectura–, es que cuando Freud habla de la función de síntesis no dice de nin­gún modo que sea una función lograda por el yo, sino aquella a la que aspira –porque el capítulo donde habla del yo se llama “Los va­sallajes del yo”, no “Los señoríos del yo”. En lugar de basarse en esa lectura equivocada sobre la función de síntesis, Lacan vuelve a un texto clásico: Para introducir el narcisismo (mal traducido al caste­llano como Introducción al narcisismo), donde Freud dice que el yo se constituye como algo que sustenta al narcisismo, en la medida en que define al narcisismo como el amor que tiene por objeto al yo. Si entonces se habla de amor al yo para definir al narcisismo, resulta que ahí se trata no de una función instrumental del yo, sino de una función pasional del yo. Y si siempre decimos que el amor es ciego, cuando se dirige al propio yo es doblemente ciego.

    A partir de eso, en El estadio del espejo…, Lacan va a decir que la función de conocimiento del yo es una función de desconocimien­to, y va a cuestionar el yo del cogito cartesiano, que es el sustento en la tradición del pensamiento occidental, a lo que retorna (como si fuera una novedad) la ego psychology. Ahí establece una lógica, a partir de la cual formulo una distinción entre un yo pasional y un yo instrumental –no podemos negar que hay un yo que te ayuda a cruzar la calle para que no te pise un auto, pero con ese argumento absolutamente banal suelen corrernos cuando los lacanianos deci­mos que el yo sostiene una función de desconocimiento.

    A.R.: Cabe reconocer que algunos lacanianos solían creer, en los primeros tiempos, que era casi un deber analítico atacar al yo (incluso cuando los pacientes fueran melancólicos, un avatar clínico que no debería pasar desapercibido). Evidentemente, no se trata de destruir al yo…

    I.V.: Lo que pasa es que ellos desconocen que ese yo instrumental es se­gundo, lógicamente, del yo pasional, porque si el yo que quiere ser amado no tuvo un Otro que lo acogiera desde el comienzo, va a cru­zar la calle para que lo pise un auto o va a ir a las vías para que lo pise un tren. Hay una instancia pasional del amor que se constitu­ye en el Otro, no es hereditaria, y que es el sustento de lo que luego será el yo instrumental.

    Lacan también construye una lógica de lo simbólico: así avanza en los fundamentos lógicos del complejo de Edipo, que no es reductible a un cuentito. Cuando escuchamos a algunos que repiten sin pen­sar una frase de Lacan: “Tengo algo mejor que el Edipo”, yo les di­ría: “Sí, tengo algo mejor que el cuentito edípico: la lógica del Edipo”. Por eso, en la Proposición del 9 de octubre…, Lacan dice que sin esa lógica del Edipo, todo lo que se diga del análisis en extensión pasa a ser un delirio. Se hacen lecturas empobrecedoras.

    Y por último, cuando avanza para dar la lógica de lo real, lo hace con la lógica de los goces. Toma el texto Tótem y tabú y lo pone en plie­gue con la lógica aristotélica (la lógica modal, la lógica de las pro­posiciones). Hay una riqueza que se extiende a lo largo de la obra de Lacan, algo que él dijo no en un aforismo sino en una frase, una sentencia: “Me desvivo por decirles lo mismo de otro modo”.

    A.R.: En lo que se refiere a las psicosis, existen algunas diferencias signi­ficativas entre lo propuesto por Freud y por Lacan, quien también incluye varios aspectos desarrollados por Melanie Klein. Mientras Freud descubre a cielo abierto la lógica que organiza el delirio, La­can produce cierto avance en el abordaje clínico de las psicosis, algo que paradojalmente nombra con el lema de “no retroceder” –un to­que de humor bien lacaniano ya que no es tan fácil situar el alcan­ce de ese “no retroceder”, ni mucho menos delimitar a qué retroce­so se refiere o quiénes habrían retrocedido. Se puede suponer, por supuesto, a cuenta del auditor… Es justamente allí donde conviene reconocer a Melanie Klein como una de las “adelantadas” que ha­bría avanzado sobre ese territorio extramuros que es la psicosis. Pa­reciera ser que Freud fue más cauto, más moderado, en sus expec­tativas al respecto.

    I.V.: Freud decía –también hay que tener cuidado en cómo se lo lee– que si se le pide al psicoanálisis lo que excede sus límites, sin duda va a quedar expuesto al fracaso. Ahora bien, lo que nosotros descubri­mos con Lacan es que en esa afirmación de Freud hay una parte de verdad que es necesario reconocer. Si se desconoce, corremos el ries­go de entrar en un tipo de tratamiento que, con la mejor intención, pasa a ser una tortura. Recuerdo haber leído ciertos controles de ca­sos de psicosis que se hicieron hace unos cuantos años en Buenos Aires. El paciente decía dos palabras, y el analista: “Usted ahora se­para la frase en dos”; luego, el paciente retrucaba con otra cosa y el analista decía: “Ahora usted destruye la palabra que yo le dije, des­truye mi palabra en dos partes” (ya no solo la frase). Era un camino ineficaz, además de una tortura para los pacientes.

    Mi primer paciente fue un psicótico –toda la vida atendí psicóti­cos y jamás me agredió ninguno de ellos. ¿Por qué? Porque siem­pre tuve presente que aun en la psicosis, se trata del sujeto. Que se trata del sujeto quiere decir: no lo violentes, no lo enfrentes, eso no tiene sentido, es un absurdo total. No vale tampoco con un neuró­tico, pero menos que menos con un psicótico; aunque un paranoi­co pueda parecer fuerte, es alguien frágil. Hay paranoicos que no se pueden atender, y eso hay que aceptarlo. A veces no se puede. Eso sucede. Hay gente que viene a controlar conmigo, que me dice: “Yo tengo miedo, vino con un revólver, en cualquier momento… No te­nía paz”. Es obvio que no se lo puede atender en el consultorio, ha­brá que ir a una institución. Pero salvo algunos casos extremos, to­dos los demás, si uno sigue el hilo de lo que el sujeto propone… es raro que haya agresiones. Cuando sucede, hay que preguntar: “¿Qué pasó antes? A ver, cuénteme…”. Me acuerdo que cuando comencé a hacer guardias, recién recibido, en una clínica psiquiátrica priva­da en Banfield, me contaron que el paciente tal quiso agredir a un enfermero. Entonces, pregunté por qué. “Es que le vino el impulso vaya a saber de dónde”, me respondieron. De inmediato, hablé con él: “¿Qué pasó?”. Resulta que como él había dicho que quería suici­darse, para “protegerlo” le habían clausurado el botiquín. No solo le habían escondido la Gillette y la maquinita de afeitar, sino también… el cepillo de dientes. Si esas cosas elementales no están cuando uno se levanta a la mañana, ¡es lógico enojarse! Hubo un arrasamiento del sujeto, porque una cosa es que alguien le diga: “Vamos a quitar­le de su botiquín la máquina de afeitar y la Gillette, porque usted dijo esto y lo tenemos que cuidar, es nuestra obligación. Pero todo lo demás está ahí”, y otra muy distinta es clausurarle el botiquín con todo adentro. ¡El tipo tenía cosas elementales! Es un verdadero arra­samiento del sujeto.

    Lacan nos lleva a plantear una perspectiva absolutamente diferen­te, reconociendo que no se puede tratar a una estructura psicóti­ca (hablo de psicosis mayores: esquizofrenia, paranoia, parafrenia) como se trata a un neurótico. Efectivamente, eso no anda, como de­cía Freud. Ahora bien, la lógica de la psicosis, tal como Lacan la pro­pone a partir de su lectura del caso Schreber, abre un camino posi­ble, que se amplía luego, cuando trabaja la estructura psicótica de Joyce. Aunque él no usa la palabra psicosis, pero ¿qué quiere decir “Verwerfung de hecho”? Verwerfung de hecho, si leemos en la con­tinuidad, quiere decir: porque hay un padre que hace las cosas ne­cesarias para que haya Verwerfung. Un padre que era un monigote, un payaso, un padre quebrado. Tal como lo describe Stephen Deda­lus en Retrato del artista adolescente[2] y lo confirma Richard Ellmann en su biografía[3].

    Con Lacan aprendemos una tesis esencial: todas las instancias freu­dianas comienzan en el lugar del Otro, incluyendo las dos que po­dían parecer hereditarias: el yo, en el estadio del espejo, se constitu­ye alienado, primeramente en el campo del Otro. Y lo que mal tra­dujeron los ingleses por “instinto”, que es Trieb, demanda pulsional inconsciente que llega desde el lugar del Otro. La pulsión también se constituye a partir de la demanda del Otro –lo mismo podemos demostrar para el síntoma, el fantasma, para el inconsciente estruc­turado como un lenguaje, para el ideal del yo, el superyó. Para todas las instancias freudianas, podemos señalar que la gran estrategia la­caniana es mostrar que en el inicio está el Otro, y desde el momento en que podemos demostrar que en el inicio está el Otro (que tam­bién quiere decir que está la palabra del Otro), nosotros, los psicoa­nalistas, podemos intervenir. Aunque por supuesto, no es lo mismo la palabra que pasó en algún momento por lo que llamo “el colador del inconsciente” (el inconsciente sometido a una lógica de incom­pletud), que lo que nunca pasó por allí y exige, por eso, otro tipo de intervenciones. Esta problemática es la que me llevó a publicar hace muchos años –ahora va a salir una tercera edición ampliada– el li­bro Las intervenciones del analista[4].4 En esos casos, la típica interpre­tación simbólica no es eficaz, y es necesario apelar a intervenciones en lo real, en lo imaginario o propiciar lo que en los últimos años Lacan llamó sinthome. Para tener alguna eficacia en la clínica de las psicosis hacen falta otro tipo de abordajes.

    Con la psicosis sucede lo mismo que con los demás conceptos de Lacan, donde esa idea hegeliana de lo ultimísimo viene, en una lec­tura empobrecedora, a tirar por la borda mil doscientas páginas de enseñanza anteriores –y en ese “tirar por la borda” también se tiran los desarrollos respecto del Nombre del Padre. ¿Qué quiere decir esa frase “del Nombre del Padre se puede prescindir, a condición de ser­virse de él”? Algunos la cortan por la mitad y se quedan con la pri­mera parte. Alguien quería enseñarles a sus alumnos que del Nom­bre del Padre se puede prescindir sin más, porque el lenguaje por sí mismo ya sería una función del Nombre del Padre. Yo le diría: “Solo podés decir eso porque nunca hablaste con un psicótico”. Los psicó­ticos tienen lenguaje, pero el lenguaje solo no garantiza haberse ser­vido del Nombre del Padre. Ese modo de tomar meramente una par­te de la frase es propia de alguien que, evidentemente, nunca aten­dió a un psicótico.

    A.R.: Quizá convenga señalar que hay un uso de algunas frases de Lacan que sufre el desgaste por pasar de boca en boca como moneda co­rriente y también por el hecho de la mala lectura, que siempre deja cierta banalización, en parte por mala fe y en parte por los límites de nuestra estructura. Toda la simpatía que me producen los discursos progresistas y libertarios en contra de los conservadores y retrógrados no logran, sin embargo, que no me dé cuenta de que se quiere pa­sar sin el padre demasiado rápido y que un espíritu psicoanalítico –si es que cabe semejante entidad– siempre tiene presente aquello de que “los muertos que vos matáis, gozan de buena salud”.

    Hay una lectura aparentemente “libertaria” que, embistiendo ciega­mente contra el padre y contra todo lo que sea significación pater­na, no hace más que eternizar su poder… fantasmático. Ya sabemos que los empeños por ir contra el padre no pueden más que darle más fuerza. Una cosa es que “se pueda prescindir” del padre porque ha caído de su lugar, y otra muy distinta es que “se esté empeñado en prescindir” o “liberarse de él a cualquier costo”.

    I.V.: En el último caso, diría que es una prueba más de que el ser huma­no no está naturalmente preparado para aceptar la ley. Fijate que el ideal Tinelli de nuestra cultura es que la libertad es la ausencia de ley. En cambio, Freud, que era más inteligente, cita al padre de los Hermanos Karamazov, quien dijo: “Si Dios ha muerto, todo está permitido”, y Lacan le respondió: “Si nada está prohibido, todo se vuelve obligatorio”. El sujeto queda indefectiblemente atrapado en el goce. Por eso resulta alarmante que hoy haya pediatras que creen que lo que va a salvar a los chicos es la teoría del apego. Con la psi­cosis es obvio que pasa lo mismo. Y esa frase famosa “del Nombre del Padre se puede prescindir, pero a condición de servirse de él”, nos remite al ideal de los milenarios, que decían “cuando venga el mesías se acaba el pecado”, entendiendo que a partir de ese momen­to ya se podría coger con mamá y matar a papá, porque ya no sería más pecado. Ellos creían que al fin podrían hacer lo que quisieran sin que fuera pecado.

    Para abordar esta problemática, hice un trabajo de lectura rigurosa de un texto que se llamó Los nombres del padre, que es la única clase que Lacan dio antes de la excomunión de la Internacional. Allí dice muy clarito que una cosa es el padre del goce y otra cosa es el padre del deseo y de la ley, y lo presentifica en la diferencia entre los Elohim –que eran dioses que pedían sacrificio humano– y El Shaddai –que es otro nombre de Dios, el Dios del pacto.

    Ahora bien, ¿eso quiere decir que yo me voy a quedar con la me­táfora paterna y voy a desconocer lo que Lacan produjo después? No. De hecho, cuando Lacan dice il faut être dupe de nom du nom du nom du père (o sea, “hay que ser incauto del nombre del nombre del nombre del padre”), está hablando tres veces de los nombres del padre. Y después agrega: “Los nombres del padre son real, simbóli­co e imaginario”. Para Lacan es muy importante tener presentes las enseñanzas de San Agustín. La Santísima Trinidad no es un delirio: uno es tres y tres es uno. Cada uno de los registros, al hacer buen nudo con los otros, hace que el agujero exista, y Lacan insiste en la función del agujero.

    La metáfora paterna, como se plantea en las psicosis, implica la vi­gencia del agujero. Cuando el deseo de la madre cae bajo la barra, el hijo deja de ser el falo de la madre. Ella se reencuentra con su agu­jero, y en la medida en que el hijo pasa de ser el falo a tener el falo, se instituye como sujeto bajo la característica de ser un manque à être, una falta en ser. Doble agujero: el agujero con el que la madre se reencuentra, y para el sujeto, allí donde podía haber una identifi­cación con el ser de un objeto (ser el falo del otro o ser alguna de las especies del objeto a), aparece una falta en ser. Hay que destacarlo. El nudo significa eso: que el uno es tres y no que el uno es uno. El nudo implica anudados a lo simbólico, lo real y lo imaginario, los tres haciendo la consistencia del nudo.

    A.R.: En ese punto, justamente, se abren algunos interrogantes que nos formula la psicosis. La forclusión del significante del Nombre del Pa­dre, tal como la plantea Lacan, no permitiría este pasaje hacia la es­tabilización de cada registro, o al menos habría algunos puntos don­de los registros no funcionan como Nombres del Padre, mostrando, de ese modo, la radicalidad de su forclusión. En la psicosis, cuando hay inmixión de un registro en otro, por ejemplo, cuando una mujer oye una voz que la insulta en el espacio real, que a su vez pierde las coordenadas simbólicas, o cuando no puede bañarse porque siente que la están mirando, o cuando lo especular se le abre al infinito y cada vez que toma un café ve que otros clientes del lugar repiten su gesto o le hacen mohines, hasta el punto de huir de la confitería, en esos momentos se ve que los registros se interpenetran, se inmixio­nan o se deshacen, cuando se trata del anillo imaginario o cuando se pasa de un registro a otro, como en la paranoia, que Lacan escri­be con el nudo de trébol. Pero ya ningún registro es lo que es. En­tonces, si para Lacan cada registro puede ser un Nombre del Padre, allí, en esos puntos de inmixión, la forclusión estaría más presente que nunca. La forclusión del significante del Nombre del Padre no podría, en ese punto, asegurar ese agujero del que está hablando.

    I.V.: Así es. Cuando Lacan trabaja el nudo de Joyce nos muestra que hay un error en el nudo, con lo cual los anillos de lo simbólico y lo real se penetran (cosa que no sucede en el nudo borromeo), y el ima­ginario queda libre. Las tres veces que Lacan diagnosticó psicosis –algo que trabajó con veinte años de diferencia: el caso Aimée, la lec­tura de Schreber, y después la lectura de la vida y la obra de Joyce–, fue a partir de la pérdida de lo imaginario. En Aimée, cuando ella acuchilla a la actriz famosa para deshacer la totalidad que el otro le presenta; en el caso Schreber, cuando él sufre su cuerpo leproso, que se le despedaza; y en el caso de Joyce, cuando recibe la paliza y des­cribe que no puede sentir odio, que el odio se le va del cuerpo como capas de cebolla. Es una descripción magnífica de lo que es la pér­dida del registro imaginario. Se trata, entonces, de que esa ausencia de la metáfora paterna no es indiferente.

    Efectivamente, se puede ir más allá del padre, pero ¿en qué sentido? Que no es necesario que haya un padre que te diga todos los días: “Lavate los dientes, sentate bien en la mesa”. Hay un momento en que eso puede ser suplido por el nudo bien anudado. Está incorpo­rado. Cuando hay una falla, puede ser superado con el agregado de lo que llamamos un sinthome. Un sinthome que, en la obra de Lacan, se presenta con varias presencias distintas. Yo suelo decir, haciendo una ubicación lógica, que podemos dividirlo en tres especies: cuan­do Lacan dice La femme c’est le sinthome, se refiere a la necesidad del Otro como lugar donde canalizar el goce en su cuerpo –asimis­mo afirma que un hombre puede ser sinthome para una mujer. Al final, la tontería de que un hombre es un arrasamiento para la mu­jer –aunque también hay mujeres que son un arrasamiento para el hombre. Además, dice que la escritura de Joyce es su sinthome. Pue­de ser un trabajo de plomero, psicoanalista, escritor o camionero, cualquiera puede funcionar como sinthome. De hecho, uno conoce gente a la cual su oficio le funciona como un sinthome.

    A.R.: ¿Qué es entonces un sinthome? ¿Cómo lo definiría?

    I.V.: Vamos a darle un poco de despliegue a ese concepto. Es un buen ca­nal para el goce cuando no tiene buena derivación. Y eso lo escri­bimos en el nudo como un cuarto anillo que anuda a los otros tres.

    Ahora bien, yo hice una lectura del último nudo que Lacan escribe con relación a Joyce, que está al final del seminario sobre el sintho­me, donde presenta el nudo de Joyce con rectas al infinito y man­da al infinito –no es casual– lo real y lo simbólico. Mi lectura de eso fue el fundamento del trabajo en Brizna, una propuesta clínica en el campo de las psicosis que comenzó en el Hospital Belgrano. En aquel entonces, yo decía que enviar al infinito lo real y lo simbólico permite remediar lo que el sinthome no remedia. Lo que el sinthome remedia es que el imaginario no se pierda, pero la penetración de real y simbólico sigue estando. Mandar al infinito esas dos dimen­siones es sacarlas del centro de la escena, lo cual implica consecuen­cias prácticas: no se toca el delirio, no se interpreta la alucinación, se va por otro lado. Fue el fundamento de lo que propuse en Brizna.

    A.R.: En el seminario sobre las psicosis, Lacan nos advierte que no hay que tomar la autopista principal y sugiere seguir caminos colatera­les, esos senderos que se bifurcan en el relato de Borges.

    I.V.: “Brizna” es un nombre de esos circuitos colaterales.

    A.R.: La demultiplicación de la transferencia, un tipo de intervención que usted propone y que, de acuerdo con lo que hemos trabajado en Briz­na, intenta resolver, atenuar o morigerar ciertos fenómenos que pue­den darse en la transferencia psicótica, ha sido un recurso impor­tante para esta clínica. Tales fenómenos son, por ejemplo, la eroti­zación de la transferencia o los efectos que puede cobrar la presen­cia del analista cuando adquiere, sin proponérselo y por causa de la estructura, la fuerza desencadenante y temida de un gran Otro. De acuerdo con esa lógica, las intervenciones apuntaban a veces a poner en juego otro analista u otro saber, de manera de impedir la equiva­lencia de un analista con el Otro (que no existe, pero oprime). Hace poco, al releer el tercer seminario, encontré que allí Lacan habla de la demultiplicación de los nombres de Dios. Quisiera entonces pre­guntarle si la idea de demultiplicación del analista surgió de allí.

    I.V.: Para verificar que es muy buena esa lectura basta con fijarse en el caso del presidente Schreber. En el delirio persecutorio de Schreber, él está junto a Flechsig, que fue su terapeuta, y Dios. Si el analista no hace precozmente esa demultiplicación, corre el riesgo de terminar como Flechsig: siendo el otro conspirador del que debe defenderse. Hay que saber abrir el juego. Si es psicosis, no se puede avanzar de cualquier manera… Hay un riesgo enorme de producir un desenca­denamiento clínico si uno se pone a interpretar como se hace en la neurosis. Es un error. No hay que interpretar el delirio. Hay cosas que son cómicas. Por ejemplo, algunos repiten sin pensar: “Un psi­cótico no entiende un chiste”. Están equivocados. Un psicótico en­tiende perfectamente un chiste.

    A.R.: Lo que no le va a gustar es que le hagan un chiste sobre su delirio.

    I.V.: Exacto. Si alguien le hace el chiste de que él también es un envia­do de Dios, entonces va a ver lo que le pasa al arriesgado humoris­ta. Pero en cuanto a lo demás, es un tipo inteligente. No tiene nin­gún problema con que le cuenten chistes graciosos… Lo que suce­de con el concepto de psicosis y su práctica clínica, lamentablemen­te, es lo mismo que con otros capítulos del psicoanálisis: cierto em­pobrecimiento. Yo creo que, por ejemplo, volver a invitar a los jóve­nes analistas en formación a que lean con detenimiento el semina­rio sobre las psicosis es pura ganancia. Que lean con detenimiento De una cuestión preliminar… (que es un resumen de aquel semina­rio), que es una joya. Y lo considero de gran importancia en lo que hago: sigo atendiendo pacientes psicóticos. Puedo contar anécdo­tas interesantísimas. La última: una poeta que presentó su obra en la Escuela, mientras que su hermana presentó al mismo tiempo unas diapositivas que acompañaban los poemas.

    A.R.: ¿Quisiera contarnos algún fragmento sobre ese caso?

    I.V.: Fue un caso muy interesante. Me vino a ver una mujer que vivía en Nueva York, estaba desesperada porque su hermana era psicótica y ya la habían internado varias veces con diagnóstico de esquizofre­nia. Era poeta y había ganado varios premios importantes de poe­sía en la ciudad. Sus hijos ya no la querían ver; vivía sola. Los veci­nos le contaban que salía, dejaba la puerta abierta de la casa, cru­zaba la calle sin mirar. Entonces, la hermana me consultó: “Yo vine especialmente para ver qué hacer, para ocuparme de ella, pero yo no puedo venir a vivir a Buenos Aires. Llevarla conmigo es absur­do… Y mi hermana me dijo que si la vuelvo a internar, la mato”. Ya la habían internado muchas veces, le habían hecho electroshock, le habían dado todo tipo de psicodrogas. Le contesté: “Escucho lo que usted me dice y también lo que dice su hermana. Ahora, usted me dice algo que es importante: que ella es poeta. Bueno, yo tengo una manera de atender a pacientes con la característica de su hermana, que tal vez podemos probar. (Pensaba en acentuarle su relación con la poesía como sinthome; al mismo tiempo acompañarla con entre­vistas). Si a usted le parece…”. No volvió a consultarme. Al cabo de un mes, me llamó llorando y me dijo: “Le pido perdón, le pido per­dón”. Le pregunto qué pasaba. “La verdad que yo no confié en lo que usted me decía, que con eso iba a poder andar. La llevé entonces a un psiquiatra, la atendió un canalla…”. Un jefe de sala –que después se convirtió en un militante de la psiquiatría más salvaje que pueda haber– le dijo que lo que había que hacer con la hermana era dar­ le con todo: internación, medicación, electroshock, etc. Me volvió a llamar desesperada y le dije que vinieran las dos. Cuando llega­ron, siendo un día de calor, la hermana tenía puestos tres pulóve­res al revés; además, hablaba totalmente disgregada, entre frases que no se entendían y algunas que sí: “Porque vos y papá me destruye­ron la vida”. Yo la dejé que hablara cinco o diez minutos y de pron­to le dije a la hermana: “Discúlpeme, usted me dijo que venía con su hermana porque era poetisa y a mí la literatura me gusta. ¿Me puede leer, por favor, alguno de los poemas de su hermana? ¿O es mentira que su hermana es poeta?”. La hermana empezó a leer los poemas y ella se calló. De pronto, le dijo: “Te equivocaste, esa frase no es como la leíste, es así”. Cambió el switch. Entonces, le dije: “¡Ah! ¡Buena poetisa, usted! Me sorprende: ¿Usted sabe que a mí la poesía me gusta mucho?”. Entonces, ella se acordó de lo que la hermana le había dicho: “Mi hermana me contó que usted escribió algo sobre Borges”. Le dije: “Sí, ¿le interesa?”. “S… sí”, respondió. Le di mi libro sobre Borges: “Tome. Hagamos una cosa: la vez que viene nos en­contramos y hablamos de lo que usted leyó en mi libro, y yo de lo que leí de su poesía, y conversamos. ¿Qué le parece?”. Me miró, me­dio desconfiada. Así empezó a tratarse conmigo. Obviamente, aten­día a las dos: a la hermana y a ella. A la hermana, aliviándole la cul­pa y diciéndole a ver qué podía inventar para hacer algo con ella. A partir de eso, inventaron una presentación de poemas y videos. En ese tiempo, ella comenzó a vestirse bien, a peinarse, a reconectarse con los hijos… El día que hicieron la presentación estaban los hi­jos. Poca gente se enteró de que se trataba de una mujer estabiliza­da de su psicosis y que vivió feliz su último tiempo hasta que murió de una enfermedad terminal.

    A.R.: Este y otros casos clínicos que conocemos, muestran que el sintho­me muchas veces funciona a partir de la escritura. En el caso que nos ha comentado, hay que reconocer que la poesía es una vía para cambiar el switch, pero no sin el lazo transferencial, ya que ella era poeta antes del análisis, había escrito una obra que fue reconocida a nivel municipal, premiada, y a pesar de eso, estaba completamente brotada. Del mismo modo, existen numerosas personas particular­mente creativas, incluso reconocidas, que corren el riesgo de desen­cadenar un brote psicótico o lo han desencadenado, lo que me lleva a la siguiente pregunta: ¿cuándo la obra escrita o una tarea equiva­lente logra hacer sinthome y cuál sería la relación con el analista en el caso que nos ha comentado? Lo interrogo porque he notado que cierta mala lectura del sinthome de Lacan ha popularizado la con­vicción de que la escritura en sí misma estabiliza la psicosis. Eso es algo que habrá que desplegar, ya que produce algunas intervencio­nes equivocadas cuando ciertos jóvenes practicantes en los hospita­les psiquiátricos dan estatuto de sinthome a lo que pertenece al ámbi­to del delirio escrito, y hasta conocí algún caso en el que se incenti­vó, con la mejor intención, que un paciente publicase textos que de­bieron haber quedado en el marco de la relación transferencial. En el caso Aimée, Lacan le pide los originales de una novela que no le devuelve jamás. Interviene, posiblemente, operando la privación de esos textos –claro que no se trataba de una obra literaria, tampoco de un sinthome, aunque ambos sean escrituras. O sea, hay que dis­tinguir claramente a qué escritura nos estamos refiriendo.

    I.V.: En el caso de Schreber es clarísimo. Es un alegato por su delirio; no le sirve como sinthome. Como ya dije, hay tres especies de sintho­me: una, La femme c’est le sinthome: significa canalizar el goce en el cuerpo del Otro. La segunda, el Otro, el de la creación, que yo en­tiendo que se puede extender a cualquier práctica, ya sea el andinis­mo o la escritura. La escritura, por supuesto, toca directamente a lo simbólico, pero las otras también lo hacen, incluso en el caso de un futbolista. Lo simbólico se juega en muchos planos. La tercera es la que se refiere al prójimo. En el caso de Joyce, lo que lo ayuda a es­cribir y a no hacer una vindicación de su delirio es el grupo de gen­te que desde la literatura lo acompaña: Ezra Pound, Elliot, las secre­tarias del New Yorker, la secretaria de la redacción en Londres, los otros que lo ayudan.

    Bleger lo decía de otra manera. Siguiendo a Elliot Jaques, hablaba de la depositación de los núcleos psicóticos en los marcos de las ins­tituciones –trataba de pensar lo institucional. Yo lo pienso de otro modo. Una de las razones por las que la gente se junta en las insti­tuciones es porque –si bien las instituciones tienen algo tanático de lo cual hay que saber cuidarse– al producirse ese efecto de lo que llamo “la invocación del otro en el buen lugar”, se logra que muchos delirios se encaucen para lo mejor y no progresen como tales. Creo que a mucha gente la institución le sirve para anudar lo que de otro modo se le haría muy difícil. Sería el tercer lugar en el cual el sintho­me remedia lo real, porque el sinthome implica una canalización del goce que se juega en lo real con el cuerpo del otro, en una creación o en la invocación del otro en el buen lugar, que es el prójimo cuan­do remedia en el lugar de la falla.

    [1] Isidoro Vegh: Yo, ego, sí-mismo, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2010.

    [2] James Joyce: Retrato del artista adolescente, Ed. Lumen, Barcelona, 2000.

    [3] James Joyce: Richard Ellmann, Ed. Anagrama, Barcelona, 1991.

    [4] Isidoro Vegh: Las intervenciones del analista, Ed. Agalma, Buenos Aires, 1997.

  • Introducir el sujeto en el orden del deseo. Entrevista a Norberto Ferreyra

    Entrevista realizada por Noemí Sirota y Verónica Cohen

    Lapsus Calami: En el marco de este nuevo número dedicado a “autismo y psicosis”, nos gustaría preguntarle sobre la práctica del psicoaná­lisis hoy, los aportes de Lacan a la clínica de las psicosis y el porve­nir del psicoanálisis, tema del que desde hace un tiempo se ha ocu­pado en varias presentaciones.

    En primer lugar, ¿piensa que los avances con los que contamos a partir de Lacan posibilitan más que en otro momento el análisis de la psicosis?

    Norberto Ferreyra: Hacen posible una aproximación diferente –muchos psicoanalistas se dedicaron a ello en su práctica con gran eficacia.

    Cuando Lacan presenta la sección clínica, alguien le pregunta por la psicosis y el objeto a, y él habla de los cuatro elementos de la es­tructura: S1, S2, $, a. Es decir, dichos elementos están en cualquier si­tuación discursiva –sean neurosis, psicosis o perversión–, por ende nos permiten acercarnos al discurso de las psicosis y operar de otro modo. Al formalizar así la estructura, el discurso dice la estructura y hace lugar a que exista lo que existe.

    L.C.: ¿Eso quiere decir que también en las psicosis encontramos al sujeto estructurado por el discurso del amo?

    N.F.: No, yo no digo que si hay sujeto sea el mismo que en la neurosis, sino que aunque no opere la función del sujeto dividido, eso no quiere decir que no haya un sujeto. Está en condición de indivisible, dicho de otro modo, el objeto a nunca puede volverse causa de su división.

    L.C.: Freud lo dice muy bien en La pérdida de la realidad en la neurosis y la psicosis cuando plantea dos pasos y dice que en la psicosis no se daría el segundo, que es el que permite estructurar el síntoma en el sujeto dividido.

    N.F.: El sujeto “dispone” de todo, aunque fracasa porque no puede arti­cular la estructura, los cuatro elementos, es decir, hacer real-izable la división del sujeto. El cuatro es lacaniano y refiere tanto al sínto­ma como al sinthome en su lugar topológico en el nudo borromeo.

    L.C.: Leyendo ese texto de Freud, ¿qué es lo que fracasa? ¿El pasaje de la pulsión de muerte a las pulsiones parciales, o sea, la intrincación pulsional?

    N.F.: Considero que se totaliza lo parcial, entendiendo lo parcial como un índice de la división, como lo que enferma y también cura. Si la pul­sión de muerte es algo totalizante, toda esa totalización anula cual­quier posibilidad de existencia de alguien como sujeto –es muy di­fícil hacerse sujeto de algo si se es sujeto a un todo.

    L.C.: El trabajo en la transferencia con las psicosis, ¿hace posible hacerse sujeto de algo? (Sería interesante preguntarle esto a los analistas que trabajan con autismo y con psicosis).

    N.F.: No todo autismo es psicosis.

    L.C.: ¿Usted piensa que en el autismo in-existen el Otro y el otro?

    N.F.: No es que el Otro tenga que in-existir para que se haga efectiva una división del sujeto que pueda aminorar el malestar y le permita a al­guien acceder a un saber-hacer en su vida. Que el Otro in-existe es una cuestión lógica necesaria para que alguien pueda existir como sujeto, pero cuando esto se encarna en alguien y se precisa esa “exis­tencia”, es otra cosa –que se encarna quiere decir que jamás se puede admitir la in-existencia del Otro, de la castración en la madre o lo que fuera pertinente según el caso. Al respecto, me parece que hay una relación con la función fálica y la castración que se está debili­tando en la transmisión del psicoanálisis.

    L.C.: ¿Usted diría que en la transmisión hay una forclusión de la castración?

    N.F.: No diría tanto, sino que hay un olvido, cierto desprecio (resistencia) por la función fálica en relación con la castración.

    Recuerdo que Oscar Masotta decía que si uno sabe –no en el senti­do del conocimiento– los textos de Freud y La significación del falo, ya puede analizar, lógicamente si se ha analizado o analiza. No sé si se puede analizar solo con eso, pero ignorando eso, seguramente no.

    Lamentablemente, en estos tiempos hay que recordar que el úni­co valor de la castración es el propiciatorio, porque se la confunde con la amenaza de castración o mutilación, y que una transmisión se organiza y es efectiva, se real-iza (así escrito, significa que es en la dit-mension de lo real donde algo se hace efectivo) en relación con el lugar desde donde opera la función de la falta.

    L.C.: Ya que menciona el “ahora”, hace poco usted firmó un manifiesto junto a Benjamin Domb e Isidoro Vegh en el que convocan a un re­torno a Lacan desde Buenos Aires. ¿Podría explayarse un poco más al respecto?

    N.F.: Lo que yo pienso, un poco más allá de lo que dice el manifiesto Desde Buenos Aires. Retorno a Lacan –no es exactamente el retorno como lo hizo Lacan con Freud, porque no hay uno que sea Freud o Lacan y así realizar el retorno a uno; ahora no hay otro uno–, es que ese retorno debiera poder situar una pérdida, pero no exactamente lo perdido sino lo que se pierde por un bastardeo en el psicoanálisis.

    Si un discurso se reconoce por sus efectos, considero que es necesa­rio leer lo que se produce por los efectos en la práctica misma. Hoy se observa una transmisión de algo que ya no es psicoanálisis, aun­que se anuncia y ofrece como tal, una práctica que es llevada a cabo por un grupo globalmente institucionalizado. Es una práctica que no solo difiere, sino que altera las condiciones de la misma. Por lo que puede leerse en las publicaciones y escuchar lo que se dice so­bre ciertos análisis, la regla fundamental o la transferencia se en­cuentran bastardeadas. El hecho de que el analista no enuncie con su estilo la regla fundamental al iniciar un análisis quita la posibili­dad de toda creación de significancia, lo que podría ser un empuje a la forclusión del sentido y no al pas-de-sens o paso de sentido.

    Esa es una forclusión más grave que la del Nombre del Padre, como dice Lacan en su seminario sobre el sinthome. Hay cosas que no se pueden despreciar: el inconsciente, el deseo, el fantasma, la pulsión y la transferencia, pero en esa práctica la transferencia está invadida casi en su totalidad por la sugestión –esto lo podemos observar en la práctica del mutismo del analista y en el ataque a conceptos fundamentales. Una hipótesis: el ataque a los conceptos fundamentales es consecuencia de que ese grupo se constituye a partir de una herencia, el dinero y los conceptos que Lacan dejó; eso no está ni bien ni mal, pero tuvo sus efectos en la transmisión. ¿Por qué? Porque como el psicoanálisis no se transmite ni por coito ni por herencia biológica, lo hace como discurso, y esa es una restricción de la misma estructura.

    Tanto Freud como Lacan dejaron a cargo de sus hijas la Internacional y la AMP, que es lo mismo que en su momento fue la Internacional, y creo que ello no fue sin consecuencias. El dinero y el discurso que Lacan dejó en herencia terminan por sacar, por la práctica misma, al psicoanálisis de su dit-mension de palabra; ella, la palabra, molesta. Lo que quedó de esa herencia, sobre todo en relación con el tiempo de las sesiones, está signado por una ecuación que ni los yanquis hubiesen imaginado, superadora del time is money: tiempo-dinero. Por ese manejo del tiempo se abre un punto de sugestión muy importante.

    Al leer los testimonios de analizantes y analistas de ese campo, ellos dicen que hay sesiones variables y sesiones breves. La idea es captar el instante, lo breve, que es tratado como si fuera lo real –pero lo breve también es una medida de tiempo cronológico–, desconociéndose así algo muy importante sobre el tiempo en el análisis: que no hay un tiempo cronológico para las sesiones.

    L.C.: ¿Usted se refiere a que no se trata de la brevedad del tiempo sino que el momento de concluir como momento de corte es variable?

    N.F.: Sí, puede que la sesión concluya bien o mal, pero concluye en algún momento, y no por voluntad del analista sino porque la sesión sola concluye, aunque a veces no haya pasado nada. Distinto es lo que sucede con el tiempo breve, pretendiendo una relación entre el ins­tante y lo real, lo que es una barbaridad porque lleva a sesiones de dos o tres minutos. Salteándose el tiempo para decir, los pacientes, no llegan a entrar en el dispositivo del análisis. El tema es que al de­cir “breve” se convierte una condición lógica en una cuestión cro­nológica, se identificó al amo con el analista, no con el inconsciente. No es que esto se diga teóricamente con claridad, pero en la prácti­ca es así, la sugestión que se ejerce en el manejo de la transferencia corresponde a una posición de amo, la que difiere e impide que sea el significante el que ocupe el lugar de amo en el discurso.

    La teoría es: se trata del Uno en desmedro del Otro, y esa es una cuestión política, una teoría que está forzada por una política que tiene que ver con la lógica económica surgida del protestantismo como base del capitalismo y del imperativo “hay que facturar”. O sea, hay que ubicar esta articulación entre el lugar del dinero en la práctica y la trasmisión del psicoanálisis.

    Es necesario no confundir la brevedad con lo real. Lacan lo dice de muchos modos, que hay una relación entre real e inconsciente, pero nunca que el inconsciente con lo real. En una conferencia en el ser­vicio del profesor Deniker pronunciada en noviembre de 1978, o sea que es más que el ultimísimo Lacan, dice que el inconsciente es simbólico y que lo simbólico no puede regir lo real, por eso lo real es imposible.

    Lo real está hecho de otra estofa que lo simbólico y lo imaginario. En lo simbólico se teje un tejido que permite el acercamiento, cernir el goce que forma parte de la estofa de lo real –esta es una referencia a la última clase del Seminario XXV: El momento de concluir. Se trata de una definición clara, concreta, de lo real: no es que lo real no rija lo simbólico sino que lo simbólico no puede regir lo real porque está hecho de otra estofa, que varía según el momento de la transferencia. Lo real no es de por sí para siempre, uniforme, sino que a mi entender es una dit-mension más.

    En la clase del 5 de mayo del seminario sobre los problemas crucia­les, Lacan dice que el psicoanálisis hizo una conversión ética funda­mental, “al introducir el sujeto en el orden del deseo”.

    El analista tiene que dar tiempo al analizante, ese tiempo singular que es de cada ser hablante, no es ni mucho ni poco ni un instante, sino el tiempo de ese analizante. Este tiempo se va modificando en su cualidad según avance el análisis y la transferencia. Todo comenzar a hablar en una sesión tiene algo del trauma fundamental que es la entrada en el lenguaje y el aprender a hablar. Una sesión dura lo que esa sesión tiene que durar, y eso no se sabe antes. El tiempo de decir las cosas varía en cada análisis y el analista es responsable de esa variación, que no es cronológica y debe tener el menor efecto de sugestión. Es imposible que no haya sugestión, ya lo sabemos desde Freud, el problema es cuando solo hay sugestión, no se la reconoce y encima se cobra por eso. Esa práctica con el tiempo es devastadora porque no hay tiempo psíquico para salir de la sugestión y se terminan fabricando “neurosis actuales”.

    L.C.: Yo entiendo que el retorno a Lacan sería tomar lo que él dejó en nues­tras manos, parafraseándolo: “A ustedes les tocará resolver de qué se trata el campo lacaniano”.

    N.F.: Yo creo que lo del campo lacaniano es un anhelo de Lacan, que tie­ne sus fundamentos, que cada uno podrá tomar o no. Un analista es al menos dos, y cuando teoriza o piensa lo que hace es necesario que pueda vincular el problema que se plantea con el obstáculo que encuentra en su práctica. O sea, solo es efectivo para la transmisión si se trata de algo que obstaculiza su práctica; alguien hace o inven­ta con su resistencia, en particular, con su resistencia a la existen­cia del inconsciente.

    En cuanto al retorno, es un retorno que no retorna sino que se trata de seguir, avanzar, de retomar las huellas dejadas por Lacan, y para eso es fundamental leerlo todo. Ahora la moda de lo último entiende que lo último es lo mejor, aunque también puede ser lo peor. Después de todo, lo último es la muerte, y no se sabe si ella es lo mejor. Lo último puede ser lo mejor según la posición con la que se aborde la cuestión.

    L.C.: ¿Es una forma de entender lo que hace Lacan y seguir el hilo, ver, por ejemplo, cómo va desarrollando la cuestión del objeto a en su recorrido?

    N.F.: Si tenemos en cuenta que hay terrenos discursivos que se van con­quistando, decimos que hay avances en la teoría. Pero también que, por el avance del discurso, hay cosas que ya no tienen sentido ni ra­zón de ser, justamente porque la práctica cambió. Una cosa es que la práctica cambie porque avanza el discurso, un discurso que trata de cernir, acorralar el goce del malestar, y otra cosa es que el discur­so provoque más goce, como la sugestión. Esto último es una ame­naza para el psicoanálisis, es realizar el capitalismo en el psicoanáli­sis, es un tiempo del mercado que se pretende practicar. Aclaro, una cosa es que al cobrar uno no esté fuera del mercado y otra cosa es que el mercado sea lo que organiza el tiempo. Es una práctica que engendra un goce, mientras que en el análisis se trata de un goce que da lugar a una práctica.

    L.C.: Todos estamos en el capitalismo, pero los analistas no tenemos por qué estar en el discurso del capitalismo, en esa inmovilidad que no permite hacer lugar a una causa de deseo, que congela al sujeto en un lugar de objeto.

    N.F.: Todo discurso tiene sus efectos y hay efectos que desmienten lo que el discurso mismo se propone, por ejemplo, que el tiempo sea dic­tado por el mercado.

    L.C.: Volviendo a Lacan a partir de Freud, ¿cuáles diría que son sus des­cubrimientos o inventos?

    N.F.: El invento que reconozco, no solo porque lo dice el mismo Lacan sino porque lo veo–en el sentido en que Lacan le da a este término cuando dice que el analista ve en el fantasma el decir del analizan­te–, es el objeto a.

    L.C.: Pero los discursos y el cuadro de la sexuación también son un in­vento de Lacan.

    N.F.: Sí, pero los discursos ordenan todo en relación con el objeto a, es de­cir que sin él Lacan no los hubiera hecho. Todo ello es consecuen­cia directa de la existencia del objeto a. Es un invento porque toca el objeto en psicoanálisis, en su objetalidad, lo que no estaba despe­jado antes. No es una imagen ni una palabra ni un objeto, pero en la práctica cambia la relación con el objeto y trae aparejados mu­chos modos de decir lo que es la transferencia, lo que es estar como analizante en el discurso, lo que es hacerse objeto, lo que es hacerse sujeto de algo. El objeto a organiza muchas cosas, también el nudo.

    En el trisquel del nudo RSI, Lacan ubica el a y avanza. A mí me parece, y esta es una consideración mía, que si no está en el trisquel, la práctica poco tiene que ver con el análisis, o sea que es por el a que esas dit-mensiones tienen la posibilidad de sustituirse en el dominio al hablar. Él permite que algo se real-ice, separa lo real y dice algo. Por eso cambia el modo de escuchar, la interpretación de los sueños, etc., pero no por pasar un saber al analizante, sino por admitir el saber al analizante, que es quien habla. Es la función lógica (en la transferencia) del Sujeto supuesto Saber alojar ese saber como suposición del saber mismo y del sujeto de ese saber.

    En ese sentido, el retorno sería a Lacan, a toda su obra, para que cada uno comience, siga por donde quiera, y no a un Lacan del que se interpreta que lo último es lo mejor. Puede que sea lo mejor para una determinada situación, pero no está comprobado que lo último sea lo mejor, sí que hay avances que sirven más para la práctica, para decir más del goce, para cernirlo, para acorralar el malestar.

    L.C.: Pero para eso hay que servirse de la retroacción que nos enseñó Freud, aprender los Escritos, por ejemplo, con los seminarios.

    N.F.: Exacto, o aprender más de Freud leyendo a Lacan. Lo bueno sería que las generaciones actuales aprendieran, con nosotros y con otros más, con Freud y con Lacan, lo que hacemos. El problema sería que no se pudiese aprender más porque los efectos que determinadas situaciones engendran en la transmisión son devastadoras desde el punto de vista del sujeto.

    L.C.: ¿No le parece que lo devastador es el capitalismo? A mí me parece que actualmente las personas llegan con un dominio del yo, en un estado de yo-cracia, que si la división del sujeto se pone en acto, lo hace mucho más descarnadamente.

    N.F.: Justamente, el capitalismo, al dejar de lado las cosas del amor, inci­ta a que el sujeto no esté dividido, el llamado a una unidad es inevi­ table. Siempre fue igual, pero ahora, en tiempos del capitalismo fi­nanciero, esto es necesario para su funcionamiento.

    La mejor manera de contar a los individuos –de ser contados como número y contados por otro–, de manejarlos, etc., es hacerlo como uno, sin división, o sea, sin esa existencia efímera de sujeto que hay en todo individuo. Hay una resistencia a que cada uno pueda contarse, porque para contarse tiene que evitar ser contado, algo que nunca se va a evitar del todo.

    El psicoanálisis es un discurso resistente a ello porque postula la existencia de un sujeto que es tal por estar dividido, que nunca va a ser uno y que puede existir por su relación con la castración –no es un uno íntegro, entero. El ejemplo más cercano de resistencia a ese sujeto es el reemplazo del sexo por el género. ¿Por qué? Porque el género no divide a nadie en su dit-mension de sujeto, no subjetiva, elude la división que nos constituye.

    El género es socialmente inofensivo, mientras que el sexo no. No nos reproducimos en una relación de género, sino de sexo, a veces más allá de la diferencia anatómica. No decimos que alguien se “transgeneriza”, sino que se “transexualiza”. No nos engañemos más con esta coartada del género, no es un delito querer cambiar de sexo. Por qué no ser claros y usar una expresión que Lacan acuñó en su seminario: género de sexo.

    L.C.: Pero ¿no hay una tendencia social a asimilar a las mujeres a los hom­bres? ¿No se desconoce la significación del falo, el falo y su falta?

    N.F.: A mí me parece que eso está dado por una relación con lo real, sobre todo lo real de la reproducción, alterado por la ciencia. Es sabido que ya no es necesario un hombre y una mujer para reproducirse, que dos mujeres o dos hombres pueden tener un hijo, que puede ser de uno o una de ellas y de otra persona. Pero va a llegar el momento en que esto mismo suceda artificialmente, o sea, que no sean necesa­rios los genes que salgan del cuerpo de un hombre o de una mujer.

    Que haya hombres que quieren ser mujeres y mujeres que quieren ser hombres, eso ocurre desde siempre, pero la organización social ofrece facilidades diferentes, producto del avance de la ciencia y de los discursos. Esto hace que haya fantasmas que se pueden real-izar.

    L.C.: ¿Esa es la fabricación del fantasma?

    N.F.: Que el fantasma se fabrica quiere decir que cambia según su épo­ca, así como cambian las diferentes presentaciones del Otro. Ahora bien, lo que aquí está alterado, lo que se ha tocado es la reproduc­ción, y como la reproducción es sexual, se toca el sexo. Así, el sexo ahora es otra cosa.

    Hay tres formas de hacer una promesa: la de la ciencia, la de la polí­tica y la de la religión, pero la que seguro la cumple es la ciencia. La religión es inverificable, la política fracasa y en la ciencia los fraca­sos son útiles porque permiten avanzar en el conocimiento científi­co, en el dominio del real que ex-siste más allá de nosotros.

    No es que ahora haya más personas que se declaran homosexuales porque hay mayor libertad, sino que hay mayor libertad porque la ciencia permite que uno pueda pasar de un sexo al otro.

    L.C.: Además está la legitimación de la ley, o sea que ella acompaña a la ciencia y a la vez se mete con el fantasma.

    N.F.: A veces acompaña, es cierto, y claro que se mete con el fantasma por­que la ley distribuye el goce. En realidad, la ley forma parte del fan­tasma.

    L.C.: Volviendo al tema del este número de la revista ¿el análisis de las psi­cosis es una conquista lacaniana?

    LF: No exactamente, no es una conquista lacaniana, pero la existencia del discurso del psicoanálisis (después de Lacan) engendra otras posibilidades que antes no había. El terreno de las psicosis no es de nadie, es de quien lo pueda tomar.

    En el estadio del espejo hay algunos antecedentes, pero el modo de situar la estructura que hizo Lacan sirve para escuchar de otro modo a la psicosis, a alguien que está en ese discurso. Pero en psicoanálisis nadie tiene asegurado el saber al respecto.

    Es cierto que la psicopatología sirve a quienes dirigen la cura, pero también es una resistencia del analista. Es decir, sirve para orientarse, pero no es con eso que se cura. El psicoanálisis y la psicopatología tienen poco que ver. Es un absurdo, lógica y éticamente, decir, por ejemplo, que no se sabe cómo va a transcurrir la próxima sesión de un analizante y al mismo tiempo afirmar que es un histérico. Si es así, ya sabemos lo que va a pasar. Escuchar a un obsesivo, a un histérico o a un psicótico es, de entrada, defenderse de escuchar. Que por razones “profesionales” o de “tiempo” luego se hable así, en jerga, es un problema para la transmisión.

  • La lección de Khlebnikov

    Voy a hablar del poeta Khlebnikov, que fue el gran maestro del grupo futurista ruso, al que también pertenecía Maïakovski. En una cena en 1916, Khlebnikov se consagró como rey del tiempo: Vélimir Primero. Vélimir es un viejo nombre eslavo que significa “el que dirige el mundo”. Su padre se llamaba Vladimir. Vélimir es de origen más antiguo que Vladimir, por lo cual entonces se convierte en el antepasado de su propio padre. Vélimir creó la Sociedad de los Presidentes del Globo Terráqueo, que debía contar con trescientos diecisiete miembros, que eran las más notables personalidades del mundo, sobre todo poetas, inventores, creadores y artistas.

    Khlebnikov fue el creador del futurismo ruso, no tanto en el sentido en que la poesía soñaría con el futuro, sino en el sentido en que la repetición del poema, su música, libera al poeta y lo proyecta hacia el futuro. Es una verbocreación: es el término inventado por Khlebnikov, es decir, una proyección alucinatoria hacia el futuro. La repetición de la verbocreación retorna la pulsión vocal en favor del poeta. Es una manera de convertirse en amo del mundo, empezando por el mundo pulsional, vocal, es decir, la tierra materna, pero también la palabra materna. Y al dominar a esta madre, el poeta se identifica “con el padre del logos”. Khlebnikov escribe en Nuestros principios: “La verbocreación es el enemigo de la petrificación libresca de la lengua”. Después de todo, es una bella definición del acto, del nacimiento siempre futuro de la subjetividad.

    Vélimir encontró el nombre del grupo futurista: Boudetlianés. Este nombre se transfiere sobre el verbo “ser” al futuro y a la tercera persona del singular… Podría traducirse también por: “Tú serás”. Los futurianos, los Boudetlianés son los habitantes de un país futuro, que existirá quizá un día. Pero mientras tanto, viven en un “ser proyectado”. A cada momento presente, la poesía les quita el estorbo de su cuerpo. La experiencia inicial de Khlebnikov es el versus poético, la repetición del sonido que es, en cierto sentido, una primera experiencia del ritmo, y en consecuencia es el origen del número. El niño que grita se asusta cuando él mismo se escucha gritar. Pero si él repite su grito dos veces, si lo hace rimar, entonces lo domina. El sonido que se repite y rima pacifica la angustia del grito: es a partir de allí que esta cadencia de origen cuenta. A partir de ella va a nacer más tarde la numeración.

    Voy a intentar poner de manifiesto el hecho de que la poesía es la madre de la ciencia, pero teniendo en cuenta, en primer lugar, que la repetición ordena el efecto poético. No es forzosamente la rima, sino solamente el ritmo o la duplicación sonora, como en la divergencia de esa figura de estilo que se llama “la paronomasia”, en donde se escuchan sonidos vecinos, mientras que el sentido es diferente: por ejemplo “quien se excusa, se acusa”. De una manera general, el sonido redoblado retorna (da la vuelta) hacia atrás, y por lo tanto es incestuoso, mientras que el sonido del poema libera y va hacia adelante. Es la contradicción misma que lleva el deseo, mejor traducido en alemán por la palabra Sehnsucht: la nostalgia del deseo.

    Después de las primeras palabras pronunciadas por un niño, la repetición poética se forma a partir de los primeros gritos emitidos el primer día y son comunes a todos los niños. Por ejemplo, los niños del mundo entero utilizan las mismas sílabas “papá” y “mamá” para designar a sus padres y a sus madres. ¿Eso no hace pensar que, en el origen, habría existido una lengua común?

    Es su práctica poética lo que impulsa a Khlebnikov a pensar que existe una “lengua fundamental”. La poesía sería el precursor de una lengua universal que llama el zaoum. Es la lengua de los futurianos. Es la lengua del ultraentendimiento –lo que quiere decir “más allá de la significación” del ser presente, más allá de la significación fálica. El zaoum es la lengua trans-mental o “del ultraentendimiento”: desplaza el ser presente en un futuro donde todos los hombres podrán comprenderse como niños. Khlebnikov escribe en las Noticias del yo y el mundo –cito: “[…] El esquema general de la lengua universal del futuro ya está dado. Será la lengua de ultraentendimiento”, y después dice: “El zaoum debe ser comprensible para todo el pueblo del tercer satélite del sol”.

    El zaoum no es una lengua arcaica, es una lengua del futuro: depende del acto del sujeto y comienza por ese de la creación de neologismos. Es un acto creador, que hace del poeta un Dios. Los hombres que hablan en zaoum serán, cito, “hombres celestiales”. Y Khlebnikov escribe: “Y no serán elegidos como pueblo del hijo de Dios honrándonos con la eternidad, sin utilizar simplemente el reflejo de una luz extranjera”. El objetivo que se persigue es ser igual al padre del logos.

    Cuando se habla de psicosis, a menudo escuchamos hablar de lo “real”. Es muy práctico: es un adjetivo calificativo –no es un concepto– que se le puede poner a todas las salsas. ¿Pero es este real el real platoniciano?, es decir, ¿allí donde las palabras no llegan a nombrar? De ser el caso, uno se pregunta por qué razón este real sería angustiante: lo real de las psicosis es allí donde el monstruo paterno es proyectado. La imposibilidad del parricidio lanza hacia afuera esta cara del padre que no se simbolizó. Es un padre que sabe todo y es este monstruo que persigue el amo del mundo. Es necesario vencerlo encontrando las leyes que animan este real. Tal fue la obra de Khlebnikov, que tuvo como toda arma la poesía. Khlebnikov es un futuriano, aquel que venció al Urvater (el primer padre) disimulado en lo real. Durante una de sus primeras estancias en un hospital psiquiátrico, Khlebnikov llamaba a los hombres de su familia paterna los Samotori: los déspotas. Es a ellos a quienes él venció.

    Aquí tenemos un ejemplo de proyección en lo real de un padre que no fue simbolizado por un parricidio simbólico. Es uno de los decretos de 1921 de los presidentes del globo terráqueo: “Reforma del alfabeto. Muerte de las lenguas que se asemejan al efecto de invernadero en un ala. Predicción del futuro […] es el invernadero en el ala de pájaro, el resto inútil del tiempo antiguo –el invernadero de grisácea vejez”. Esta alusión al invernadero de pájaro resulta clara si se sabe que el padre de Khlebnikov había hecho el descubrimiento de un rastro de invernadero prehistórico en el ala de todos los pájaros. Esta ala lleva el alma del padre vista en lo real.

    Cuando se habla del padre, se tienen que distinguir dos clases de padres, como en la historia de Edipo: en primer lugar, el padre primitivo; luego, el papá edípico. El segundo padre oculta al otro. Antes del padre de la neurosis, se encuentra siempre el padre primitivo, el padre del logos. Es el lobo, el ogro que existe desde el inicio. ¿Cómo aparece? Yo he dicho que en el nacimiento, todos los niños están aterrorizados por el movimiento de ida y vuelta de su propio grito. Este grito se alivia y se domestica a continuación gracias a la repetición poética. La repetición de los sonidos –según sus distintos tonos– es musical, poética, y mantiene una distancia antiincestuosa: crea esa distancia, la profundidad del espacio. Así, la poesía es una tentativa nostálgica de retorno conducida por el deseo incestuoso. Por consecuencia, este deseo hace nacer la angustia del padre primitivo que va a venir a castigar al niño que canta… o también al poeta. El espacio está habitado por el ojo de este padre que vigila y que va a castigar. Todo el espacio es una tierra de exilio bajo la mirada de Dios. Ninguna tierra prometida se le escapa. Es la culpabilidad que hace nacer a un padre primitivo que es el amo y maestro del espacio y del tiempo, el amo y maestro del porvenir, el amo y maestro de la transformación del grito en música, y después en significantes de intercambio. Es él, el padre del logos, el que cuenta el mito del origen y el que cuenta las cosas del universo.

    La poesía, y después la palabra, hacen nacer a un padre mítico: es un padre que, quizá más tarde, encarnará al padre del complejo de Edipo. Hay siempre un padre mítico en las psicosis. El padre que se encarna después en las neurosis es siempre dudoso. Pater semper incertus est, como decían los latinos. En esta escasa divergencia entre dos padres, se sostiene nuestra psicopatología. Cuando Khlebnikov tiene la ambición de convertirse en el inventor de las leyes del tiempo, se pone a competir con este padre mítico. Funda así la temporalidad, puesto que el tiempo humano es aquel de la redención, al igual que el asesinato de Chronos iniciaba la humanidad en la mitología griega. O también con la comunión del Cristo, en la cultura cristiana.

    Todos los seres que hablan son los niños de este padre primitivo, incluidos los psicóticos, y frente a este padre primitivo, tenemos varios destinos posibles. Por ejemplo, el presidente Schreber se convierte en la mujer de Dios. En cambio, Khlebnikov compite con el padre para ser el amo del logos y tomar su lugar. No es una paranoia, sino una psicosis megalómana. Su lucha comenzó inventando una lengua fundamental, tan universal como la primera lengua de los niños.

    Las premisas del zaoum aparecen en los años 1907-1910, cerca de la mitad de sus centenares de neologismos datan de esa época. Se trata para Khlebnikov de hacer estallar, cito, “el silencio de la lengua”, sus “capas sordas mudas”. Es una lengua de representaciones de cosas que están en equivalencia pulsional con los órganos del cuerpo. En efecto, entre el interior y el exterior del cuerpo es la misma pulsionalidad la que se exterioriza. Como lo escribió Jakobson con respecto a la poesía de Khlebnikov: “La palabra se considera como palabra, y no como simple sustituto del objeto nombrado”.

    Se trata de la lengua de órgano esquizofrénica descrita por Freud en su artículo sobre el inconsciente. Cuando habla, un neurótico se explica y pretende desculpabilizarse, de manera que las conjunciones de sus significantes reprimen los significados pulsionales. Al contrario, la lengua fundamental del zaoum intenta concluir una alianza entre las pulsiones del cuerpo y las pulsionalidad del mundo que está en las sensaciones del mundo. Esta alianza se hace a través del cuerpo de las frases. La identidad inminente y angustiante de las palabras con las cosas del mundo se rompe gracias a la creación de cada nuevo neologismo. Se trata de algo que está presente en la cultura desde siempre.La creación de tal lengua fundamental es un sueño recurrente desde el Crátilo de Platón. Esta simbiosis perfecta de la palabra, del cuerpo y de las cosas da prueba de la polisemia del significado. Es el resultado de un defecto del parricidio, ya que después del parricidio, el sujeto neurótico pretende justificarse formando frases para reprimir el significado. El parricidio es el punto de capitón de todas las palabras. Al contrario, la lengua fundamental, el zaoum, se constituye a partir de la pulsión del sujeto: la invención del zaoum produce un barramiento (barrage) de la lengua de su madre. Es lo que también mostraron, por ejemplo, las tentativas hechas por Wolfson en su libro El esquizofrénico y las lenguas. Del mismo modo, el Grundsprache de Schreber es una reacción contra la lengua materna. ¿Y eso, no es la misma cosa que lalengua de Lacan? Esta lengua está ritmada por la ida y vuelta de la pulsión y se expresa, antes que nada, poéticamente. Se ve aquí la diferencia entre el pensamiento analógico pulsional y la causalidad neurótica de la palabra. El simbólico de esta lengua, un simbólico de cifras, no tiene nada que ver con el simbólico de la palabra neurótica, que reprime lo pulsional. Es completamente diferente. Por eso se puede decir que los psicóticos son “hipersujetos”.

    Así, paradójicamente, el poeta se orienta hacia el futuro, repitiendo al mismo tiempo una lengua arcaica, empleando palabras antiguas, al igual que Schreber. Es necesario crear una lengua aún más originaria que la de la madre para dejar de ser su objeto en el futuro. Es un trabajo sobre la sonoridad musical, es decir, sobre el significado, cuyo sonido está en correspondencia con todas las conexiones pulsionales, en las palabras y las sensaciones. Es una lengua que se vincula en este sentido a la del sueño.

    Este cuerpo pulsional se encuentra bien adentro (en los órganos) como afuera (en las sensaciones). Podemos leer por ejemplo en el poema Ja i Rossija: “Y cada rascacielos es espejo de mi cabellera, a cada célula de la ciudad de mi cuerpo se suspenden tapices y telas carmesíes. Los ciudadanos y las ciudadanas del estado de mi yo se aglutinan en los miles de ventanas de mis puertas… Al privarme simplemente de mi camisa, he dado el sol al pueblo de mi yo. Me tumbaba al borde del mar, para conceder la libertad al pueblo, a las muchedumbres del bronceado”.

    Son imágenes, representaciones de cosas que no son significantes, ya que el significado se ha comido al significante: la palabra se hundió sobre la cosa en la lengua esquizofrénica. Esta cosa múltiple aparece sin la corteza semántica de las frases, como lo escribió el poeta Mandelstam con respecto a la poesía de Khlebnikov: “Una serie de formas transitorias que no tuvieron tiempo de cubrirse con la corteza semántica de la lengua”. Con su lengua fundamental, el zaoum, Khlebnikov invierte la dirección del deseo incestuoso. Reprime el movimiento que va de su madre hacia él y lo transforma en su contrario. Esta inversión define la verbocreación. Es un esfuerzo conciente y voluntario de creación, por ejemplo, gracias a una afluencia súbita de neologismos, gracias a palabras homófonas o similares, pero teniendo sentido diferente. La verbocreación devuelve el deseo maternal en deseo del sujeto. Y esto es lo que le hace trabajar todas las potencialidades lenguajeras posibles.

    ¿La invención de una lengua fundamental permite vencer al padre mítico? Desgraciadamente no, ya que el zaoum fracasa, tal como aparece con la fragmentación del cuerpo. La poesía de Khlebnikov es invadida por un cuerpo en putrefacción. Lo mismo sucede con Artaud. Es un cuerpo martirizado y que se dispersa por el cerebro, el ojo, los músculos, etc., la imagen del cadáver desmembrado vuelve a menudo, nuevamente, y hace pensar en la carroña de Schreber. El cuerpo se pudre al mismo tiempo que se disemina en la lengua fundamental y en el universo. Su propio cuerpo es ofrecido como comida. Khlebnikov escribe en 1920 en sus Cuadernos: “Alimentar todo el globo terráqueo con el pan del mismo nombre. El nombre de Khlebnikov”. Khlebnikov es sacrificado, entrega su nombre a la humanidad y sobre todo su cuerpo. Es Isaac potencialmente sacrificado por Abraham, Dioniso comido por los Titanes, Cristo crucificado por el silencio de Dios. La idea del sacrificio es el fundamento de la relación padre-hijo que pone de manifiesto, de esa manera, el misterio del deseo del padre. Khlebnikov da su cerebro a Rusia: “Mi gran cerebro divino, te lo entrego a ti, Rusia, sé yo, sé Khlebnikov”. (En Noticias del yo y el mundo). Este sacrificio está en su nombre mismo, pues khleb significa “pan” en ruso. Khlebnikov es el pan ofrecido con carácter de sacrificio. Este pan es idéntico al cuerpo del Cristo en la hostia. En el momento de su muerte, Khlebnikov quería que se le colocara muriéndose sobre dos tableros cruzados.

    Así, el zaoum reenvía al infinito las asociaciones de palabras y la idea del número aparece como la manera de estabilizar esta fuga verbal. Se ven bien ahora las tres capas de la obra de Khlebnikov: en primer lugar, la poesía; luego, la lengua fundamental; y por fin, el cifrado. Primero están apiladas unas sobre las otras, después se desencajan progresivamente hasta la apoteosis de la invención de la “ley del tiempo”. La obra de Khlebnikov es de verdad única: en primer lugar era un poeta, pero se ocultaba detrás del inventor de una lengua fundamental, y este último, por su parte, se disimulaba como un amo y maestro del número: poesía, teoría, cifrado en un orden que se desencajaba. Conduce a un combate in situ de la palabra, y como las palabras se insertan al infinito, inventa una lengua fundamental perfecta, después finalmente intenta dominarla por los cálculos. La búsqueda de las leyes del tiempo es la perspectiva final de su obra. Para él, es su manera de vencer al Urvater: este padre que atormenta al universo –lo real, si ustedes quieren– de manera proyectiva.

    Como los significantes se insertan ad infinitum, la búsqueda del ciframiento comienza. Durante uno de sus vagabundeos, en Bakú, él vive el mayor acontecimiento de su vida: descubre las leyes del tiempo: “Ahora es tan fácil prever los acontecimientos con solo contar hasta tres”. (1921). “A los marxistas les dije que yo era Marx al cuadrado y a los que prefieren a Mahoma, escribí la continuación del sermón de Mahoma, que se volvió mudo, reemplazando la palabra por el número. Titulé mi conferencia El Corán de los números”.

    El primer acontecimiento estrepitoso que pone a Khlebnikov sobre la vía de la búsqueda de las leyes del tiempo fue una manifestación de estudiantes en 1903, para protestar contra la muerte de uno de los suyos. Khlebnikov no retrocede cuando los militares cabalgan y se deja detener por la policía, diciendo: “Era necesario que alguien respondiese por eso”. Asimismo, en 1905, otro grave acontecimiento le impresiona mucho: la derrota naval de la flota rusa en Tsushima contra los japoneses. Escribió en 1922: “La primera decisión de buscar las leyes del tiempo me vino inmediatamente después de Tsushima, quería encontrar la justificación de esas muertes” en las tablas del destino. Busca simbolizar la muerte representada por estos acontecimientos. A falta de su propio gesto edípico, proyección real, parricida, Khlebnikov se expuso, en primer lugar, él mismo a la muerte. Es una muerte que exterioriza la muerte que lo amenaza en su misma relación con la propia palabra. En este sentido, la derrota de Tsushima se convierte en el plan proyectivo en lo “real” del fantasma parricida, que no fue simbolizado por él mismo. La invención de la ley de los números, lo científico, el cifrado, reemplaza el fantasma parricida. En la psicosis de Khlebnikov, la megalomanía pulveriza a un padre demasiado potente. Se trata de convertirse en el padre del logos, en lugar del padre primitivo, finalmente gracias a la ciencia. En el neurótico, al contrario, no se trata de reemplazar al padre, sino de matarlo, quedándose siempre un hijo culpable.

    ¿Cómo van a construirse las leyes del tiempo? Khlebnikov nota que se desarrollan períodos entre los diferentes acontecimientos históricos y establece así los “números principales”, con los cuales calcula las fechas de los acontecimientos futuros. Calcula estos “números principales” gracias a lo que él llama la ley de los columpios, que formaliza las regularidades según una alternancia de un acontecimiento y de un contra acontecimiento. Acontecimientos del mismo orden se repiten, por ejemplo: cada tres, ciento diecisiete años. Hay –escribe él– una “negación del destino en el tiempo, aunque ese destino se reconozca por la sabiduría popular de numerosos pueblos” (en La ley de las generaciones).

    Las leyes del tiempo se establecen gracias a la repetición de los acontecimientos. Escribe, por ejemplo en Las tablas del destino: “No inventé estas leyes, sino que tomé exactamente los valores vivos del tiempo, intentando desnudarlos completamente de las doctrinas existentes, y así observé según qué leyes estos valores se cambian uno en otro y hacen las ecuaciones, siempre apoyándome en la experiencia”. Khlebnikov encuentra así equivalencias entre los acontecimientos, pero también con el mundo de las sensaciones. Escribe en sus Cuadernos: “He aquí las ecuaciones que se igualan por su belleza a la vía láctea”. Y más lejos dice: “Y las estrellas son los números, y los destinos son los números, y las muertes son los números y los humores son los números. La cima de dios, la medida de dios, somos los medidores de dios –está escrito en el estandarte”. Khlebnikov escribe más adelante: “Pitágoras creía en la existencia independiente del número… [Pero] los números no son más que traducciones que reflejan solamente las relaciones entre las realidades y que no existen por fuera de estas realidades… Cuando descubro una regularidad de número, me acuerdo siempre que no puede pertenecer a números en sí. Esta es la razón por la que comienzo a buscar cuáles son las relaciones y los vínculos existentes realmente en el universo que le corresponde”.

    Khlebnikov anota las analogías que existen entre distintos órdenes de hechos, pero en realidad, es un acontecimiento traumático el que guía la invención del número, y el número está allí para encubrir el traumatismo. A partir de los traumatismos establece la periodización de los acontecimientos que le empujan a hacer sus cálculos, y esto corresponde a su relación con las palabras y las letras. Es el mismo proceso que el de contar lo más rápidamente posible para no pensar en la determinada cosa que traumatiza. Es lo que Khlebnikov llama la “ley de economía de tinta, de economía de la tinta parsimoniosa a la cual se añade la ley de los números mínimos”. Los números se utilizan para rechazar la dimensión traumática de un determinado acontecimiento, pero el traumatismo encubierto es el que realmente da su valor de verdad al número. Esta verdad es una certeza sin prueba. En la recopilación Bofetadas al gusto social, podemos encontrar una tabla de cataclismos con la cual Vélimir calcula las leyes del tiempo a partir de estas fechas, de lo que va a pasarle a la humanidad. De esta manera, se ata nuevamente a la repetición, como un poeta.

    Esta proyección en el futuro es, hasta cierto punto, lo contrario de la represión, que vuelve de nuevo del pasado. Además, la resonancia pulsional del traumatismo tiene un efecto sobre el propio cuerpo: “A veces comparo mentalmente los números que en la ecuación tienen un valor constante, a la estructura del cuerpo y las cantidades m y n de los músculos de la carne del tronco que ponen en movimiento a estos animales fantásticos” (en Las tablas del destino).

    Como ya señalé respecto a esta progresión, el zaoum, lalengua, el Grundsprache están habitados por un deslizamiento de equivalencias pulsionales en constante desplazamiento, no importa qué sensación es asociada inmediatamente a otra. El principio de identidad se asocia al infinito. Al contrario, las matemáticas instalan un contradelirio, ya que el significado no puede no deslizarse. El contradeliro matemático detiene el deslizamiento2 (si ya que por suerte, el contradelirio no es delirante también: es relativo, como decía Einstein). Khlebnikov anota en su Diario en 1920: “Solo el número. Las sensaciones de los significados de las palabras desaparecieron completamente. Los números solamente”. Hay una alternancia entre las fases depresivas –cuando las palabras de la lengua materna se encadenan, se insertan al infinito– y al contrario, el número que está del lado de la identificación con el padre del logos. Mientras descubre estas leyes, Khlebnikov escribe en sus Cuadernos: “Borracho de números. Las sensaciones de significación de las palabras desaparecieron completamente. Los números solamente”. Las cifras dan el sentimiento maníaco de curación, una vez cumplida la identificación con el padre del logos.

    Durante toda su vida, Khlebnikov alterna los períodos de palabras –en que se agota y se deprime– y períodos del número, donde está en plena excitación en un estado maníaco. Las palabras se vuelan al infinito. Las cifras limitan un eterno presente. Los números son el esqueleto de la dispersión del cuerpo en la lengua y el universo. En el texto Las tablas del destino, Khlebnikov escribe: “Se ve claramente traslucir el esqueleto de los números a través de la carne del universo”. El zaoum no tiene la estabilidad de la cifra. Se encuentran estas dos vertientes en Khlebnikov: la escritura se desencaja del zaoum, como última tentativa de estabilización. El delirio del resbalón de las palabras llama al mismo tiempo al contradelirio calculado. Es en este orden: la poesía, luego el zaoum, luego el número. Se pueden ver tres escrituras sucesivas, cada vez más visuales, cada vez más mudas.

    En esta relación de la palabra y la cifra, para él, al igual que para otros psicóticos, su obra está dispuesta según una bifase. Se puede verificar en varios científicos y poetas, que han rivalizado y vencieron al Urvater. Su obra incluye a la vez una cara delirante del significante y una cara calculada, a menudo genial. El caso más evidente es el de Cantor, por ejemplo, o entre nuestros contemporáneos el de Penrose, donde se encuentra, por un lado, una obra delirante y por otro, una obra contradelirante, matematizada y genial.

    El cálculo de las relaciones matemáticas tapa completamente el género en general. La cifra no tiene sexo, contrariamente al significante. ¿Por qué decimos “el” sol? ¿O bien “la” luna? Todo lo que nombramos tiene un género, ya que nos proyectamos en todo lo que vemos. Contar es una ducha fría: hacer una operación calculada es desexualizar al mundo, retirarle su género. ¡No hay relación sexual en el mundo de las matemáticas… es un alivio! Un obsesivo que piensa con angustia en una mujer puede ponerse a contar a toda velocidad.

    La ciencia no se interesa más que en las cifras de la repetición: es una chica que reniega de la poesía, cuenta a toda velocidad también, lo más rápidamente que puede. La huida de la angustia del incesto comienza cuando en la noche, un niño cuenta las ovejas, por ejemplo. El número arregla su cuenta del grito. En esta relación del grito y la cifra, Khlebnikov compara sus escritos aritmológicos con la “glossolalia”, que es una manera de hablar con gritos de los primeros cristianos. Khlebnikov, por su parte, pretende hablar un “discurso en número”, que es una práctica sobre todo cristiana: “El propio sistema de mundo se canta (él mismo) en un más allá de la lengua, la lengua de los números”.
    (en Noticias del yo y el mundo).

     

  • El prójimo, la angustia y lo siniestro

    La economía del goce sí que es algo que no tenemos, así como así, al alcance de la mano. A partir del discurso analítico se vislumbra que acaso tengamos alguna probabilidad de encontrar algo al respecto, de cuando en cuando, por vías esencialmente contingentes.

    Jacques Lacan

    Entoncesformulélas bases de una teoría más complicada y más dudosa; los blancos querían estar morenos y aprender a bailar como los negros; los negros querían aclararse la piel y desrizarse el pelo. Toda la humanidad tendía instintivamente al mestizaje, a la indiferenciación generalizada; y lo hacía, en primer lugar, a través de ese medio elemental que era la sexualidad. El único que había llevado el proceso a su término era Michael Jackson: ya no era ni negro ni blanco, ni joven ni viejo; en un sentido, ni siquiera era ya ni hombre ni mujer.

    Michel Houellebecq

     

    En su novela Plataforma, Michel Houellebecq explora el tema del “turismo sexual” en países “exóticos”, es decir, un turismo por un otro distinto, por un prójimo extraño, fuente de placer o también de angustia. Es que nos atrae la diferencia, pero claro que también nos angustia, y por eso mismo, el atractivo de la diferencia nos lleva muchas veces, paradojalmente, a indiferenciarnos. Y así ahogamos lo perturbador del prójimo en la invisibilidad del semejante.

    En esta novela de Houellebecq sucede que, en un estudio de mercado encargado por una cadena hotelera, un “sociólogo del comportamiento” cita un artículo periodístico en una reunión de directorio de una empresa turística: “En el año 2000, nos interrogamos sobre un turismo respetuoso con el prójimo. A los que disponemos de recursos nos gustaría viajar, no solo por un placer egoísta, sino para atestiguar cierta forma de solidaridad”.

    Evidentemente, si puede haber un “turismo respetuoso” y solidario, el turismo no lo es. “Ética, realización individual, solidaridad, pasión, según él (el «sociólogo del com- portamiento»), esas eran las palabras clave. En este nuevo contexto, no era de extra- ñar que el (viejo) sistema de club de vacaciones, basado en un egoísmo encerrado en sí mismo y en la uniformización de las necesidades y los deseos, tuviera dificultades recu-

    rrentes. La época de los bronceados se había acabado…”.

    El racismo se asienta muchas veces en las diferencias visibles con el semejante, pero su verdadero sostén es la extrañeza radical, y radicalmente rechazada, frente al próji- mo, al que el mandamiento ordena amar porque todo lleva a odiarlo.

    “En la época en que los blancos se consideraban superiores, el racismo no era peligroso. Para los colonos, los misioneros y los profesores laicos del siglo diecinueve, el negro era un animal no demasiado malo, con costumbres entretenidas, una especie de mono un poco más evolucionado. En el peor de los casos lo consideraban una provechosa bestia de carga, capaz de llevar a cabo tareas complejas; en el mejor, un alma za- fia, poco pulida, pero capaz de elevarse hasta Dios, o hasta la razón occidental, mediante la educación. De todos modos veían en él a un «hermano inferior», y no sentimos odio por un inferior, todo lo más una bondad despreciativa. Ese racismo benévolo, casi humanista, ha desaparecido por completo. Desde el momento en que los blan- cos empezaron a considerar a los negros sus iguales, estaba claro que tarde o temprano los considerarían superiores. La noción de igualdad no tiene el menor fundamento en el ser humano. Y cuando los blancos se creen inferiores, todo está dispuesto para la aparición de un nuevo racismo, basado en el masoquismo: históricamente, son es- tas condiciones las que han llevado a la violencia, a la guerra interracial y a la masacre. Por ejemplo, todos los antisemitas están de acuerdo en conceder a los judíos cierto tipo de superioridad: al leer los escritos antisemitas de la época, lo que más llama la atención es el hecho de que se considera al judío más inteligente, más astuto, con cualidades especiales para las finanzas y, encima, para la solidaridad comunitaria. Resultado: seis millones de muertos”.

    Como dice Lacan en la Proposición…, como consecuencia de la universalización del sujeto de la ciencia se produce “el ascenso de un mundo organizado sobre todas las formas de segregación”. Entonces, superiores o inferiores, nunca iguales.

    La segregación que nos constituye, ¿es fuente o consecuencia de la angustia? La angustia es una pregunta sin respuesta que segrega la invención continua de miles de res- puestas. Esa pregunta, que es por el deseo, se sostiene frente al otro que está en el “otro” y que también está en el “yo”, y la falta radical de respuesta es consecuencia de la in- compatibilidad del deseo con la palabra. Esa pregunta por el deseo del Otro, por el de- seo en el lugar de la palabra, es la que escribe el grafo del deseo.

    En el lugar del Otro encontramos dos cosas incompatibles que pasamos la vida in- tentando compatibilizar: el deseo y la palabra.

    ¿Qué relación guarda lo siniestro con el ataque de pánico? En el ataque de pánico, lo real de un agujero y el vértigo de la inexistencia, la Hilflosigkeit, el desamparo, parecen invadir y avasallar al sujeto. Mientras que en el ataque de ira se trata más bien de lo contrario, de un deseo de venganza donde el sujeto parece querer avasallar por la fuerza a lo real e imponérsele sin miramientos.

    En el ataque de pánico parece faltar el objeto fóbico que, en todo caso, es el propio cuerpo, frente al cual, el médico, al que siempre se acude, vendría a ser el objeto con- trafóbico.

    Podríamos decir que un ataque de angustia “se sabe” tal y se sostiene en la incertidumbre de sus causas, mientras que un ataque de pánico le arranca a la angustia la certeza –delirante– de una muerte inminente, se franquea un límite y el sujeto “se cree”, casi alucinatoriamente, al borde de una muerte inmediata que se avecina inexorable- mente. Lo cual, por supuesto, tiene mucho de cierto, pero en general, todavía tiene que esperar. La presencia del objeto borra el tiempo que habrá que esperar.

    En una película de Woody Allen, Whatever works, el personaje se despierta de madrugada con un ataque de pánico, y se levanta al grito de:

    ¡Me voy a morir! ¡Me muero!

    ¿Llamo a una ambulancia? –pregunta la mujer, asustada.

    ¡No! ¡No ahora, no esta noche! ¡Eventualmente!

    ¡Pero todo el mundo se muere!

    ¡Es inaceptable!

    La angustia es la sensación del deseo del Otro, la traducción subjetiva de la presencia del objeto. Significa que no hay angustia sin deseo, que la angustia es una relación con el deseo, a veces la única que se logra tener, por eso preservamos tanto la dimensión de la angustia, porque aunque sea pendiendo de un hilo, mantiene nuestra relación con el deseo.

    Esa relación con el deseo que preserva la angustia es “la seguridad de la angustia”, título bajo el cual trabajamos hace unos años en un seminario de la FCL. Lo que falta en el ataque de pánico es ese costado de seguridad que ofrece la angustia. La seguridad de la angustia es la incertidumbre de su causa.

    Lacan ubica la angustia entre el goce y el deseo. La angustia tiene entonces una cara que da al goce y una cara que da al deseo, hay angustia si no hay deseo y hay angustia si hay deseo, pero ¿es lo mismo?

    El ataque de pánico parece tener que ver más con la “reacción catastrófica”, que no es la angustia ni tampoco la crisis histérica, y la reacción catastrófica en sí misma pa- rece más bien ubicarse –en el cuadro que presenta Lacan– en el lugar de la emoción (o conmoción, como prefería traducir Ricardo Rodríguez Ponte el término francés émotion, con lo cual coincido porque la conmoción es una emoción sobresaltada y se refiere etimológicamente al movimiento).

    La angustia no es la reacción catastrófica, no es conmoción, la angustia es un afecto y como tal no se reprime, en todo caso se desplaza, se elabora, se metaboliza, porque lo reprimido son los significantes que la mantienen más o menos amarrada. Podemos decir que es el afecto, mientras que lo que llamamos el conjunto de “los afectos” vendrían a ser metabolizaciones significantes, discursivas, de ese afecto, de esa afección primaria –efecto de la palabra– que es la angustia.

    La angustia es producto de la incompatibilidad del deseo con la palabra, y esa in- compatibilidad se escribe: objeto a.

    Lacan dice que es un afecto y en el cuadro en el que escalona los términos del trabajo de Freud: inhibición, síntoma y angustia, la rodea con términos que no designan propiamente ni afectos ni pasiones, sino estados intermedios que el sujeto sufre en relación con el deseo, como objeto de un deseo del que procura hacerse sujeto.

    La referencia a la reacción catastrófica es la cólera o la ira, pero el ataque de ira se produce cuando lo que ciertamente debería funcionar de un modo determinado, no funciona, y especialmente cuando es por poquito que no funciona, cuando el error o la falla se hacen notar mucho más por ser mínimos, pero irreparables, sin vuelta atrás: casi funciona.

    La angustia se enlaza con lo extraño y lo siniestro. Y si hay algo propiamente siniestro, propio del inconsciente, es su no sometimiento al principio de contradicción, lo cual nos hace equivocar entre las cosas y el sentido de las cosas. ¿Por qué esto sería siniestro? Que no reine el principio de contradicción permite la coincidencia espacio- temporal de términos contradictorios, como por ejemplo, familiar y extraño, que sien- do términos que deberían permanecer en planos opuestos, sin embargo, la topología del sujeto los ubica en la continuidad de una banda de möebius.

    La angustia se produce frente a lo real de la dispersión del sentido, y si toda angustia es angustia de castración, es porque la castración es la barradura del signo. Es por eso mismo que el neurótico quiere hacer signo de su castración, y esa es su proeza, porque hacer signo de la castración es hacer signo justamente de lo que barra al signo.

    El término alemán un-heimlich, que designa lo siniestro, es la negación de lo familiar, es lo no familiar, lo a-familiar, lo que, en términos de Freud, nos fue familiar y por la represión se nos volvió ajeno y extraño. La represión y la negación como función im- ponen el principio de contradicción –una cosa no es la otra–, un distingo simbólico que nos libera de los nombres indistintos. La distinción simbólica hace a la memoria, mientras que la indistinción de lo real hace al olvido.

    Lo siniestro se produce cuando eso que no debería verse se ve, se hace ver. ¿No es lo que ocurre con l’une-bévue, la una-equivocación, la metida de pata con la que Lacan traduce el Unbewusste freudiano? La metida de pata no es una equivocación cualquiera, es la que justamente no había que cometer. ¿Y qué es lo angustiante que hace vislumbrar? Que la equivocación no es un “error”, que no es contingente, que es de estructura, que falla y equivoca. Esa falla puede ser divertida –cuando nos libera de las cadenas del sentido–, o siniestra y angustiante cuando nos hace chocar, traumáticamente, con la fuga del sentido, y nos hace recordar que no somos dueños de lo que decimos, aun- que debamos responder por eso.

    El lugar de la angustia es el mismo que el del fantasma en el grafo del deseo. Si el fantasma funciona y sostiene el sentido del deseo, vela la angustia, y si falla, aparece la angustia. En el fantasma se trata de la relación con el otro con el cual pretendo descubrir cuál es mi deseo, cuál es el objeto de mi deseo. El ejemplo clásico de dos niños entrando a una habitación llena de juguetes es bastante gráfico: basta que uno elija un juguete para que el otro quiera ese mismo juguete. Ello muestra que el objeto del deseo es el supuesto objeto del deseo del otro, uno se sirve del otro para “encontrar” el objeto de su deseo.

    Entonces, este objeto tiene la singularidad de tener esta relación de estructura con el otro especular y con lo que de este se oculta en el espejo. Para ubicar este raro objeto no especultar, Lacan, siguiendo a Lévi-Strauss, distingue tres tiempos lógicos de la razón. Un primer tiempo que viene de constatar que “Hay el mundo”, el cual concierne a la razón analítica, es el tiempo de la objetividad, de las teorías del conocimiento que oponen sujeto y objeto. Un segundo tiempo, que es el de la razón dialéctica, en el que se trata de montar ese mundo en la escena simbólica, bajo las leyes del significante y de la puesta en escena. El mundo sube a la escena y a lo largo de la historia deja residuos que hacen a la cultura como acumulación de restos que se significan unos a otros. La historia es el imperio de la razón dialéctica, es la progresiva civilización del goce, y la cultura es la compensación necesaria de la infelicidad que conlleva.

    Y Lacan, en nombre del psicoanálisis, introduce un tercer tiempo, que aparece en Hamlet, para destacar la función de la escena sobre la escena, que no es otra cosa que la función del otro en el fantasma, donde se trata de la razón psicoanalítica. En esta escena sobre la escena, articulada en la transferencia, se trata del objeto que nos interesa a nosotros, los analistas, el objeto a.

    El fantasma es el sostén del deseo, del mismo modo que la imagen especular es el sostén del yo (moi). Ahora bien, ¿por qué el deseo necesitaría sostén si no fuera por- que por sí mismo no se sostiene? ¿Por qué necesita el sostén de la escena sobre la escena? El fantasma es la escena sobre la escena, la que, a la manera de Hamlet, montamos en cualquier escena en la que nos encontremos, resignificándola a partir del fantasma, a fin de orientarnos para poder ubicar y sostener el deseo en la escena.

    Entonces, la escena sobre la escena concierne al estatuto del objeto como objeto causa del deseo, como su soporte. No hay objeto del deseo sin el otro, sin la imagen especular, i(a), con la que me identifico en la rivalidad. Y hay algo más, que es fundamental, y es que no hay objeto del deseo sin la identificación con el objeto caído del deseo del Otro. Es decir, sin el duelo por haberlo sido. No hay objeto del deseo sin la identificación con el objeto, con el a, y el duelo por el falo que implica esa identificación.

    En relación con el estadio del espejo, se inviste la imagen especular hasta cierto lí- mite que me permita todavía decir del otro: “Es igual a mí”, sin que por supuesto lo sea del todo, porque el hecho de que yo pueda decirlo significa que todavía soy otro, que todavía hay un resto, una diferencia que falsea esa pretendida igualdad, y esa diferencia me permite hablar. Uno cobra conciencia de sí mismo en su relación con el prójimo, por eso la relación con el prójimo es necesaria, pero también por eso es insoportable.

    Dice un personaje de Houllebecq: “La noción de igualdad no tiene el menor fundamento en el ser humano”. Y al mismo tiempo, dice más adelante: “Es falso que los seres humanos sean únicos, que lleven dentro de sí una singularidad irremplazable; en lo que me concierne, no percibo la menor huella de tal singularidad. Lo más normal es que uno se agote en vano intentando distinguir destinos individuales, caracteres. La idea de la unicidad de la persona solo es un pomposo absurdo. Schopenhauer escribió en alguna parte que uno se acuerda de su propia vida un poco más que de una novela que haya leído. Sí, eso es: solamente un poco más”.

    No somos iguales, la única igualdad es que somos diferentes, pero no únicos. El (- φ) es el heim del un-heim, el lugar del resto a-familiar, la casa del hombre está en ese punto de falta del Otro y representa la ausencia, la soledad en la que nos encontramos.

    La operación del analista es un “truco eficaz” para restituir la dimensión esencial del deseo que hace a la existencia del sujeto.

    Para Freud, el tope, la roca viva con la que choca el análisis del neurótico es la angustia de castración, pero para Lacan el análisis empieza ahí, donde, de alguna manera, para Freud termina. ¿Por qué? Porque en ese tope del análisis para el neurótico se trata de la castración imaginaria, y no es ningún tope, o si lo es, lo es porque el neurótico hace de su castración lo que le falta al Otro, hace de su castración la garantía de la función del Otro: el Otro funciona porque yo no. La castración es una dialéctica de la falta. En Pulsiones y destinos de pulsión Freud se ve precisado de hablar del amor y el odio como pulsiones, al mismo tiempo que afirma sin duda que no lo son. Lo hace por una necesidad de discurso, porque el amor y el odio implican al otro que pone en juego la demanda pulsional, el otro como prójimo y como semejante. El complejo de Edipo le da cuerpo, carne, tripa causal al complejo de castración; articula el cuerpo fragmenta- do de la pulsión con el cuerpo unificado de la identificación –producto del estadio del espejo y del complejo de Edipo. Sin esa articulación, el complejo de castración no pue-

    de realizarse como subjetivación.

    El neurótico hace de su castración el signo del goce del Otro, consagra su castración como signo a la garantía del Otro, de su existencia, y si ahí se detuviera el análisis, se detendría donde justamente debería empezar. Ahora, esos momentos de detención necesariamente existen, ¿por qué? Porque al fin de cuentas, como está en Freud y como explicita Lacan: la castración no es otra cosa que el momento de la interpretación de la castración.

    ¿En qué lugar se sostiene el analista? En un lugar donde puede sostener la función de la espera, la Erwartung, a partir de lo cual podrá hacer pasar al analizante de la Hilflosigkeit a una Erwartung, pasar del desamparo radical a la espera expectante de un de- seo. Pero esa espera no está sostenida desde un ideal, no es una espera destinada a satisfacer al ideal: el analista debe ausentarse de todo ideal de analista.

    “No hay objeto que valga más que otro” –es el duelo alrededor del cual se centra y se sostiene el deseo del analista.

  • Algunas disquisiciones sobre lo siniestro

    Dobles

    Sombra, persecución culposa, superego policial, el doble se conoce siempre por un defecto físico. Todos los dobles de la literatura tienen una malformación. Arrastran los pies (como Hyde en El extraordinario caso del Dr. Jekyll & Mr. Hyde), son monstruosos (como Frankenstein o Alien), dañinos (como la Virgen de Hierro en La Condesa Sangrienta), están supuestamente muertos (como Lady Madeline en La caída de la casa Usher), han sido embalsamados (como Mrs. Bates en Psycho), o tienen, como en el caso de William Wilson, de Edgar Allan Poe, una vocecita repugnante.

    Postulan, en otras palabras, que en todo aquello que se expone a la contemplación, late siempre, como contracara, una doble herida: la grieta de la precariedad y la gangrena obscena del deseo. Todas las creaciones humanas son, en este sentido, señuelos: en su obsesión monotemática, no hacen más que apuntar a la compleja relación entre arte y vida, realidad y representación. Algo se desgaja del creador cuando este concibe su obra y la realiza. Lo que se desgaja es una experiencia, en toda su maravilla y su dolor. Detrás de cada cosa exquisita, escribió Oscar Wilde, hay algo trágico. Habría que agregar: entre el modelo, la estatua y el cadáver, la belleza, a veces, se digna a hablar.

    Hoffmann, E.T.A.

    Nadie que haya leído alguna vez El hombre de arena podrá olvidar con facilidad a ese Monumento a la Indiferencia que es la muñeca Olympia. Obsesionado desde la infancia por el Hombre de Arena, que arranca los ojos a los chicos malos, el joven protagonista Nathaniel, como es previsible, consigue dejar de ver, y así queda prendado de la hermosura parca de Olympia, desmoronándose en la ruina. “Nunca había tenido una oyente tan magnífica”, dice el joven, y enseguida: “Solo en el amor de Olympia puedo encontrarme a mí mismo”. (Las dos frases revelan una amatoria falsa: Nathaniel, en realidad, no puede amarse a sí mismo y por ende, no puede amar).

    Olympia ha tenido varios nombres a lo largo de la historia. Coppélia es uno de ellos. También muñeca, también a su modo femme fatale, Coppélia es la rival de Swanilda en
    el ballet que coreografió, sobre música de Léo Delibes, Arthur St. Leon, el marido de la famosa ballerina napolitana Fanny Cerrito.
    Otro de sus avatares aparece en el animé japonés Noir, incansable fresco de violencia exclusivamente femenina, cuyo tema musical contiene la frase: People are dolls tired of dancing.
    De E.T.A.Hoffman es también El reflejo perdido, ese relato inspirado en La maravillosa historia de Peter Schlemihl, de Adelbert von Chamisso, que Stellan Rye y Paul Wegener
    llevaron al cine en 1913 bajo el título El estudiante de Praga. El pacto fáustico, que el estudiante Baldiun, en su pobreza ambiciosa, firma con el financista Scapinelli, desata un drama que toca todas las cuerdas del tema del doble. La escena en que Scapinelli sale del cuarto, llevándose consigo el reflejo del estudiante, figura entre las más bellas de la escenografía negra.
    A Hoffmann le gustaban mucho los juguetes y los autómatas. Máximo Gorki le reprochó que “jugara a las muñecas con los frutos de su imaginación”.

    Retratos y otras petrificaciones

    De todos los retratos “infames” registrados por la literatura, los más famosos son: El retrato oval, de Edgar Allan Poe, Obra de arte desconocida, de Balzac, El retrato de Dorian
    Gray, de Oscar Wilde, y el que figura en La corte de Artús, de E.T.A. Hoffmann. Los cuatro tienen un punto en común: giran, como por hechizo, en torno a eso que “sepultan”
    las obras de arte y, de paso, postulan una relación onerosa, incluso imposible, entre arte y vida.
    No importa quién medra a expensas de qué, quién cede sus derechos o los pierde en la “transfusión”. Lo cierto es alguien languidece, se pierde irremisiblemente en el pasaje
    entre ambos reinos, como la esposa-modelo del pintor de Poe, súbitamente muerta en la “realidad” y radiante en el cuadro que la “vampiriza”.
    Hace falta mucho talento para pintar un vacío, dijo Balzac. Su pintor Frenhofer lo sabe bien. El retrato de la mujer amada, que prepara hace años en su atelier secreto, es
    un objeto imposible. (Cuando al final lo muestre a sus amigos, estos solo percibirán un caos de colores). No se trata, sin embargo –o no tan solo–, de los descarríos de una imaginación.
    Algo más serio ha tenido lugar: una percepción tan densa, tan pegada a sus deseos menos lícitos, que se ha vuelto clara, intolerablemente clara, como una imagen
    presa de la visión.
    A la tela manchada de Frenhofer, E.T.A. Hoffmann opone una tela blanca. Su pintor Berklinger pasa las horas en trance, sin tocar un pincel, hipnotizado por algo que solamente
    él ve. O, lo que es igual, pinta sin necesidad de pintar. Mi cuadro, dice, no se propone significar sino ser. De ahí que, en su tela virgen (espiritualizada), se yerga un vacío,
    una suerte de “paraíso recobrado” sin sostén material.
    Opuestos en apariencia, ambos relatos sugieren que al buscar, no ya una figuración de la vida sino la vida misma, el arte tropieza con un escollo insalvable. También Dorian Gray encarna –literalmente– esa pugna, aunque los signos estén invertidos. Al esconder el retrato-identikit y postularse él mismo como arte vivo, logra postergar, por un tiempo al menos, el exterminio de sí. Cuando por fin hunda el puñal en el corazón del cuadro, lo real (la muerte) volverá a pertenecerle por completo y el retrato, más estilizado y fosilizado que nunca, lo mirará intocado desde su disidencia.
    La creación no es un destino envidiable. Hay que avanzar a ciegas, sin poder recuperar (o retener) el cuerpo, salvo como alien o muerto que retorna. Lo mejor que puede ocurrir es que, en la atmósfera negra del taller –en la blancura agobiante de la página–, aparezca un indicio, un fragmento de ruina, un poema incivilizado, un cuadro disoluto o desierto.

    Kokoshka, Oskar

    Resentido con Alma Mahler, que lo dejó por otro mientras él peleaba en la Primera Guerra, decidió reemplazarla por una muñeca. Encargó entonces a Hermine Moos, una artista suiza del grupo Dadá, que le fabricara, in absentia, una réplica exacta de Alma en tamaño natural –incluidas las parties honteuses. Él mismo supervisó la construcción de la muñeca-fetiche (como la llamaba en sus cartas), durante nueve meses, y después, aunque insatisfecho por supuesto con los resultados, contrató una mucama para atenderla.
    Increíblemente, Kokoshka no fue el único en permitirse esta extravagancia. Aunque la historia no ha sido comprobada, se cuenta que Descartes, desolado por la muerte de su hija ilegítima Francine, de apenas cinco años, se hizo construir una autómata idéntica a la niña, con la cual dormía, estudiaba, se iba de viaje. (Al parecer, la muñeca fue descubierta y arrojada al mar por el horrorizado capitán de un barco que lo trasladaba a Holanda).
    Mucho más tarde, en otro continente, el norteamericano Lester Gaba se sumó a la lista. Oriundo de Missouri, diseñador de maniquíes para la tienda neoyorquina Saks Fifth Avenue en la década del ’40, se enamoró al parecer de una de sus creaciones, un personaje de vidrio llamado Cynthia, a quien llevaba a cenar al Stork Club, adornada por las joyas que le regalaban a diario Cartier y Tiffany. También lo imitó en Buenos Aires el español Ramón Gómez de la Serna, famoso autor de las Greguerías, que vivió en secreto, durante años, con una muñeca de cera.
    Tres cuadros de Kokoshka, Mujer de azul (1919), Pintor con muñeca (1920) y Ante el caballete (1922), confirman la vida de la “muñeca infame”. Acabó decapitándola en su atelier de Dresden durante una fiesta orgiástica.

    Plan de evasión

    Adolfo Bioy Casares dedicó esta cárcel metafísica a Silvina Ocampo. De esta novela epistolar y paranoica, que antecede en cinco años a La invención de Morel, me interesan, sobre todo, dos detalles: la presencia de Irene, amada elusiva y sin voz, que anticipa a Faustine, y los cuadros vivos que interpretan, en las celdas, los presos “manipulados” por el narrador-inventor Castel.
    Mucho se podría decir de los ecos de Locus Solus en este relato (la semejanza de nombres entre Castel y Canterel no es, siquiera, el más obvio). También de la isla, cuyos puntos en común con la de Morel son virtualmente incontables. Estamos aquí en el archipiélago de las “Islas de la Salvación”, cuyas construcciones incluyen el faro, el hospital, el galpón y un “castillo” con dos pabellones, uno para condenados a reclusión solitaria y otro para locos.
    Algo, de pronto, deja de parecerse a la realidad. Tal vez sea el calor, el embotamiento que producen la insolación y los insectos. Lo cierto es que Castel se vuelve sutilmente siniestro. “Yo creo en la reforma del individuo”, dice, y enseguida, como los idealistas de Tlön: “Nuestro mundo es una síntesis que dan los sentidos. Si cambiaran los sentidos, cambiaría la imagen. Con solo alterar la graduación de nuestros sentidos, leeremos otra palabra en ese alfabeto natural”. Ya no sabemos si estamos ante un sabio o un monstruo, un misántropo o un santo.
    Los mundos de Morel y de Castel, escribió Alberto Manguel, son bifurcaciones de un solo tronco. Yo agregaría que ambos señalan, también, la mueca horrenda que, tarde o temprano, suelen adquirir las utopías humanas.

    Infantas mecánicas: las muñecas de Hans Bellmer

    Arquitecto, pintor y dibujante alemán, discípulo de George Grosz, del que heredó la consigna: “Ataca, insulta y maltrata a la sociedad”, y marido de la poeta Unika Zürn, con quien compartió un mundo más vinculado al exceso que a la mutilación, Hans Bellmer es conocido, ante todo, por sus muñecas descuajeringadas.
    Su obra, que podría englobarse bajo el único título de Die Puppe: los crímenes del amor o Petite anatomie de l’inconscient, forma parte, desde siempre, del panteón surrealista. Una noche de 1933, tras haber sido acusado de artista “degenerado” por el Tercer Reich, salió de Berlín con un maniquí de escaparate, técnicamente muy mejorado. Durante los cuarenta y dos años que siguieron, la muñeca no lo dejó jamás. Él, por su parte, no cesó de exacerbar, con la fe de un obsesivo, su propio amour fou. De ese idilio maquínico, que fue también un largo y metódico juego, subsisten hoy infinitas pruebas. La infatigable lucha contra la forma –para obligarla, quizá, a revelar un inconsciente corporal– se vuelve, en él, un estilo: la firma oscura de un artista del miedo.
    “He tratado, tan solo, de recomponer los elementos sexuales de un cuerpo de niña como si fuera una suerte de anagrama plástico”, dijo en una entrevista. Dijo bien: en su obra, todo apunta al tabú, al simulacro, al fetiche. La muñeca se vuelve objeto mágico, herida sin cuerpo, espectro ontológico que fomenta la angustia. En otras palabras, la muñeca se acerca temerariamente al “monstruo”, entendido este como cuerpo in extremis, como despojo librado a su intemperie más cruda, una vez que el terror, que siempre es interior, se apodera de la escena.
    Bellmer ilustró El teatro de las marionetas de Kleist, y también los catorce poemas de Paul Éluard, titulados Jeux Vagues-La Poupée. Los artistas contemporáneos Cindy Sherman, Ellen Phelan, Michel Nedjar, Mike Kelley o Annette Messager, retoman la fascinación con la muñeca allí donde Bellmer la dejó.

    Fotografías

    En La escritura de la luz, Baudrillard sostiene que el acto fotográfico es un duelo: una especie de asesinato simbólico tiene lugar cuando el sujeto “dispara” la foto, y el objeto, al ser captado por la lente, deja de ser parte integrante del mundo para volverse un “monumento”. El objeto era y ya no es, dice el filósofo. Y, sin embargo, esa cancelación es engañosa porque, en verdad, el objeto se resiste a mudar en imagen y usa su propia “monumentalización” para expulsar al sujeto y vengarse de él, dejándolo afuera de su propia creación.
    Sobre este tironeo un poco paranoico, escribió también Julio Cortázar. Las fotos aparecen en sus cuentos como fósiles que el artista recoge de la nada o, quizá, de recuerdos extraviados en su propia psiquis. A veces, incluso, las dota de poderes premonitorios, como en el caso aterrador de Apocalipsis en Solentiname. En cuanto a Las babas del diablo, leer allí una intriga alrededor de un fotógrafo y una foto indecente es, cuanto menos, avaro. Lo que interesa en el relato tiene que ver con la traducción o, mejor dicho, con su imposibilidad, dado que ninguno de los instrumentos que posee el protagonista (ni la cámara ni la máquina de escribir, ni siquiera el naked eye) le alcanzan para “morder” la realidad y, lo que es peor, para liberarlo de la prisión ontológica de un yo que, cada vez que se empeña en salir de sí, acaba ejerciendo una violencia sobre el mundo. Parado ante la foto que ha sacado, digamos, comienza por evaluar el cúmulo
    de falsificaciones y malentendidos que esta instaura, y acaba por comprender que la “réplica” no existe, a menos que llamemos réplica al pasaje de un mundo que se mueve a una imagen paralítica. El descubrimiento tiene consecuencias: al concentrar su crítica sobre la fotografía –supuestamente la más “fidedigna” de todas las artes–, Cortázar objeta, a fortiori, al “realismo” literario y refuta para siempre la categoría de mímesis.
    Blow-up, expresión en inglés con que se tradujo Las babas del diablo, es un término técnico de la fotografía que significa ampliar, pero también hacer volar por el aire, hacer añicos a causa de una explosión. Una explosión ocurre aquí, no hay dudas, y es epistemológica. Contra el ataúd de la cámara y la caja negra de la literatura, Cortázar postula una estética a favor de la incerteza; contra la política de la representación, una reflexión sobre su instrumento; contra el tedioso realismo, el desbarajuste, feliz y agudísimo, del fantástico.

    Cine

    En su libro Public intimacy, la italiana Giuliana Bruno describió al cine de varios modos. Lo llamó archivo nómade de imágenes, viaje arquitectónico, paisaje cultural del inconsciente, excusa para la topofilia y también visión peripatética. En todas sus definiciones, como se ve, movimiento y figura son claves. Walter Benjamin había señalado ya la semejanza entre cirujano y cameraman, recordando que en un film se “cortan” cuerpos en el espacio, se editan y manipulan anatomías de lo visible.
    Al cine lo preceden muchos “espacios para ver”: los gabinetes de curiosidades, los museos de cera, los tableaux vivants, los teatros mnemónicos, las vidrieras, las vistas panorámicas, los peep-holes, las caminatas urbanas (flâneries, sightseeing tours), los museos y, en general, todo espacio donde el espectador puede volverse, literalmente, un consumidor de imágenes.
    También lo precede, de un modo sesgado, el pabellón, ese puente entre la ciudad y el jardín, concebido como salón de fiestas a fines del siglo XIX y generalmente erguido en parques públicos, donde la percepción podía volverse –como la modernidad misma– astillada y móvil. Como el pabellón, la sala de cine estrenó cierto tipo de geografía, hasta entonces, inédita: en su espacio, un afuera podía volverse interior mientras un interior era proyectado afuera.
    No me parece descabellado agregar que el cine comparte rasgos con el autómata. Puede que sea, incluso, el autómata paradigmático de la era de la reproducción mecánica. ¿No hay en él, acaso, un proceso de embalsamamiento, de momificación de la vida? ¿No está hecho de fragmentos pegados en una tira de celuloide? ¿No son sus personajes como androides que vuelven una y otra vez, al estilo de El espectro de Quiroga, a cruzar la frontera del tiempo para activar nuestros reflejos sensuales?
    La primera sala de cine fue la Sala Iride y se inauguró en Nápoles en 1899.


    Estos textos fueron reunidos y publicados luego en el libro Pequeño mundo ilustrado, Editorial Caja Negra, Buenos Aires, 2013.

  • El espejo en la neurosis y en la psicosis. De la inquietante extrañeza a la alucinación del doble

    La pulsión escópica detenta un rol “privilegiado” entre las pulsiones: la mirada engloba la totalidad del cuerpo y pone en escena la identificación con el falo. Toda pulsión está, de un modo u otro, en relación con lo visual: la mirada se inmiscuye fácil- mente en toda forma de goce.

    Lo visual detenta un doble rol: pasivo (vectorialización hacia el interior = ser visto) y activo (vectorialización hacia el afuera = ver). Esta orientación bidireccional está en acto también cuando el sujeto posa su mirada sobre el cuerpo proyectado en la superficie del espejo. Actividad y pasividad al mismo tiempo, dominio y subordinación del sujeto con respecto a su cuerpo, a partir de la imagen proyectada. Pero también, inquietante extrañeza: ¿qué es lo que puede devenir inquietante para el sujeto? ¿El cuerpo mismo o su imagen?

    El cuerpo unheimlich

    El cuerpo es atravesado por el lenguaje que, como él, toca las tres dit-mansiones2 de la experiencia. El cuerpo es a la vez la proyección de una superficie,3 el cuerpo imaginario y la superficie misma, es decir, el cuerpo real, asiento de la fragmentación pulsional, del goce. Pero el cuerpo pertenece también al registro de lo simbólico: por ejemplo, en la conversión histérica, 4 el órgano alcanzado toma valor de significante, teniendo, seguramente, un valor gozoso para el sujeto. El cuerpo deviene la escena de lo imposible de decir, de lo que no cesa de no escribirse.

    El cuerpo es estructuralmente un espacio desorganizado. El niño descubre en primer lugar su propio cuerpo de manera fragmentada y formando parte del mundo exterior; él busca agarrar sus manos y sus pies como si estos fueran exteriores a él mismo. El cuerpo es, para Lacan, extranjero al sujeto:5 esta extranjeridad puede devenir un-heimlich, según el término freudiano6 que se puede traducir por “inquietante familiaridad”, o también, por “lo que debe permanecer escondido”.7 ¿Pero cómo el cuerpo, o su imagen, pueden devenir inquietantes? O más aún, ¿por qué el cuerpo sería amenazante, peligroso, al punto de deber permanecer escondido?

    La angustia es una manifestación corporal que viene a indicar lo insoportable del cuerpo, cuerpo que puede devenir unheimlich para un sujeto. Esto se encuentra en la neurosis, pero también en la psicosis. Pensemos en ciertos fenómenos psicosomáticos, pero también en las alucinaciones, auditivas y visuales. La alucinación es desde el primer momento un fenómeno del cuerpo: “Toda alucinación es […] alucinación del cuer- po propio”, escribe Merleau-Ponty.8 El goce se disloca en el cuerpo, un cuerpo que de- viene unheimlich, sea la alucinación de tipo acústica (objeto de la pulsión = voz), visual (objeto de la pulsión = mirada) o cenestésica (objeto de la pulsión = el cuerpo entero).9 La consistencia de las diversas alucinaciones es homogénea a las diferentes pulsiones.10 Hay una correspondencia entre la pulsión y la alucinación, las dos tienen la mis- ma materialidad: el cuerpo, cuerpo que se apodera del sujeto a través de la alucinación (verbal o visual).

    Una joven mujer alucinada me dijo saber que las voces que ella escuchaba a lo largo del día provenían de ella. Pero al mismo tiempo, ella las percibía como extrañas,11 no podía hacer nada para detenerlas: eso no dependía de ella, me dijo.

    La voz de un sujeto alucinado puede ser considerada como del orden de la inquie- tante extrañeza, como la desrealización;12 la despersonalización y la autoscopia son también fenómenos “éxtimos”, según el neologismo de Lacan, que indican una “exterioridad íntima”,13 alguna cosa que es a la vez del orden de la “intimidad” y de la “exterioridad”. El cuerpo es, para el sujeto, un elemento “interior”, “íntimo”, que le pertenece, pero que puede no ser reconocido por él en tanto que tal. En tanto que cuerpo un-heimlich, especialmente.

    El espejo: de la pantalla a la inquietante extrañeza

    Para Freud,14 el yo es una entidad corporal y Lacan mostrará su consistencia especular,15 su función de señuelo y de máscara, capaz de ocultar la falta, la división subjetiva ($). La acción del cuerpo especular ofrece una solución provisoria al cuerpo dividido: el sujeto busca remediar la división, o la fragmentación, por una unificación y un dominio imaginario.

    Si decimos “máscara”, decimos “identificación”: el sujeto se identifica con el cuerpo superficie –la imagen– que le hace gozar (Freud habla de las “sensaciones corporales”16 y Lacan del “júbilo”).17 La imagen “protege” al sujeto: hay una distancia entre el cuerpo especular y el cuerpo pulsional, y la identificación con el falo “imaginario” –por el Otro– no tiene las mismas consecuencias que la identificación con el objeto en su di-mensión “real”. En este segundo caso, se trata de una identificación con el objeto-dese- cho, como lo vemos en la melancolía y en algunas esquizofrenias.

    No se puede considerar al estadio del espejo como de lo imaginario “puro”: las tres instancias –simbólico, imaginario y real– se anudan en el proceso. La dimensión simbólica es tomada en la dinámica especular no solamente porque allí habrá, en cierto momento del estadio del espejo, una instancia simbólica (padre o madre) que dirá al niño “tú eres eso”,18 sino también porque el espacio –la distancia entre la superficie del espejo y el cuerpo– detentan aquí una función simbólica. Distancia entre la imagen del cuerpo unificado (la imagen “acabada”) y el cuerpo del niño, que permanece imperfecto, privado de la coordinación motriz y dependiente totalmente del Otro. Esta distancia es percibida como una falta, falta que despega al sujeto de la plenitud fálica, anonadante. Y del lado de lo real, la imagen especular hace gozar, parcialmente, por “pequeños agujeros”: pulsionalmente, pasionalmente. El cuerpo que goza permanece fragmentado, aunque la imagen especular no lo sabe. Hay un cortocircuito entre el goce y la ima- gen (el yo), entre la fragmentación y la unidad del cuerpo en el espejo. Tal es, quizás, la fuente de la ambivalencia del sujeto ante su propia imagen en el narcisismo, imagen como fuente de amor y agresividad.

    Hay un goce del cuerpo y un goce de la imagen del cuerpo. Para el niño, la fuente del goce puede ser interna (autoerotismo o narcisismo primario) o externa (narcisismo o narcisismo secundario). Interno: es decir, “en” el cuerpo y sin objeto exterior. Externo: a partir de la proyección especular del cuerpo del sujeto en el espejo.

    El goce, repitámoslo, está fragmentado: en el placer autoerótico, como en el júbilo del cuerpo frente al espejo. Este goce concierne a todo sujeto, independientemente de la estructura, y comporta forzosamente una “disociación” subjetiva; el cuerpo se divide, se fragmenta, en el goce, y esto no es un signo específico de la psicosis. Lacan piensa en la histeria cuando escribe “[…] esta forma (de fragmentación del cuerpo) se revela tangible sobre el plano orgánico mismo, en las líneas de fragilización que definen la anato- mía fantásmatica, manifiesta en los síntomas de esquicia o de espasmo de la histeria”.19 El sujeto se aliena, “aplastado sobre su superficie”,20 capturado por el goce potente y destructivo de su imagen. Durante el momento de ver, el sujeto corre el riesgo de en- contrarse con su doble ideal21 y desaparecer en esta reunión anonadante. Concentrándose sobre la imagen de sí, imagen a la vez familiar y extraña –éxtima, podría decirse–, el sujeto atraviesa momentos de inquietante extrañeza. En la neurosis, a menudo, esto no dura más que algunos instantes: la imagen se desmorona en el instante en el que se construye, y el sujeto es rápidamente reenviado a su condición de falta en ser.

    En el autoerotismo como en el narcisismo, la falta se presenta a través de una imagen de sí, forzosamente desfalleciente: el sujeto falla en su identificación con el falo y el goce no es jamás total. Cuando ese no es el caso, hay una correspondencia perfecta ente el sujeto y su cuerpo:22 es ahí que el sujeto corre el riesgo de atravesar los fenómenos del orden de lo Unheimliche. Estos pueden, seguramente, manifestarse en la neurosis como en la psicosis. Pero es sobre todo en ciertas formas de psicosis que falta la distancia entre el sujeto y el cuerpo del espejo: la forclusión del Nombre del Padre pue- de dañar la pantalla imaginaria que los mantiene a distancia.

    Es entonces que, paradojalmente, el cuerpo fragmentado aparece como una defensa posible contra un goce total del cuerpo, cuerpo que permanece sin protección cuando está privado de la pantalla de la imagen. Ocurre que el esquizofrénico no puede ver su propia imagen en el espejo, pues es su doble lo que ve, es decir, su cuerpo en su dimen-sión real, su cuerpo en tanto que objeto a merced del Otro.23 El cuerpo deviene su per- seguidor, mientras que el espejo, en ese caso, no se distingue más del cuerpo.

    Los fenómenos de este orden no son por eso la consecuencia inevitable de la forclusión del Nombre del Padre. Vivir el cuerpo en su dimensión real es una experiencia en el orden de la inquietante extrañeza y, como bien ha puesto en evidencia Freud, la neu- rosis también puede hacer esa experiencia. La consistencia de la pantalla imaginaria no es muy sólida, tanto en la neurosis como en la psicosis.

    Tomemos la histeria. Deleuze considera los problemas de la imagen del cuerpo como fenómenos histéricos tocando el “cuerpo sin órganos”,24 que pueden, seguramente, con- cernir también al cuerpo del psicótico: “[…] ese cuerpo sin órganos y sus órganos transitorios serán ellos mismos vistos, en los fenómenos de autoscopia interna o externa: esa no es más mi cabeza, pero yo me siento en una cabeza, yo veo y me veo en una cabeza; o bien yo no me veo en el espejo, pero me siento en el cuerpo que veo y me veo en ese cuerpo desnudo cuando estoy vestido… etc. ¿Hay una psicosis en el mundo que no comporta esta parada histérica?”.25 Para Deleuze, la autoscopia es un fenómeno histérico, seguramente del orden de lo Unheimliche, que se manifiesta en la neurosis como en la psicosis, aunque la función y los efectos en las dos estructuras no sean los mismos. Como Deleuze, Lacan no considera los trastornos de la imagen especular como propios de la estructura psicótica: “Los puntos de referencia del conocimiento especular […] son retomados de una semiología que va de la más sutil despersonalización a la alucinación del doble. Sabemos que estos no tienen, en sí mismos, ningún valor diagnóstico en cuanto a la estructura del sujeto (el psicótico entre otros)”.26

    ¿Cómo se caracteriza lo Unheimliche en los fenómenos psicóticos propiamente dichos? Antes de responder a esta pregunta, es necesario volver sobre la función de la imagen especular en la psicosis. El estadio del espejo, ¿está operando en esta estructura? O bien, ¿hay desestructuración de la imagen del cuerpo, desestructuración que hace percibir su propia imagen en el espejo como unheimlich?

    Espejo y disociación

    La disociación psicótica es explicada frecuentemente por los trastornos de la ima- gen del cuerpo:27 como si hubiera una perturbación en la percepción del cuerpo propio en la psicosis, perturbación seguramente del orden de una inquietante extrañeza. Pero el estadio del espejo es problemático para todo sujeto: la imagen unificada del cuerpo, dicho de otro modo, el yo (moi), es inestable. La imagen es forzosamente evanescente y no impide actuar a la pulsión. El sujeto puede haber realizado la unificación del cuer- po en el espejo y estar al mismo tiempo afectado por los fenómenos inquietantes como la despersonalización y la desrealización. Y esto, independientemente de su estructu- ra clínica. Como lo señala Lacan: “No hay nada que esperar del modo de abordar la psicosis sobre el plano de lo imaginario, pues el mecanismo imaginario es el que da su forma a la alienación psicótica, pero no su dinámica. […] es precisamente porque en nuestra exploración de la técnica analítica, después del más allá del principio del placer con su definición estructural del ego que él implica, tenemos la noción de que más allá del pequeño otro de lo imaginario, debemos admitir la existencia de otro Otro”.28

    Según nuestra hipótesis, no es la desestructuración de la imagen del cuerpo frente al espejo lo que está en el origen de la fragmentación psicótica. E inversamente, disociación y fragmentación no conducen forzosamente a los trastornos de la imagen del cuerpo.29 ¿Cómo explicar, entonces, los fenómenos de despersonalización y de cenestopatía,30 los trastornos de la personalidad, las alucinaciones del doble? Los ejemplos de esta clínica son múltiples: sensaciones de extrañeza de sí y de las cosas, síndromes de influencia y delirios de posesión, fantasmas de cuerpo despedazado… Estos fenómenos pueden depender de una perturbación de marcas del conocimiento especular, pero no es una constante.

    Pierre Janet, Maurice Krishaber, Michel Dugas y Emmanuel Régis, consideran que los fenómenos de despersonalización se reencuentran en los sujetos exentos de signos de psicosis. Freud parece ser de la misma opinión cuando en Un trastorno de la memoria en la Acrópolis31 considera los fenómenos de desrealización como una forma de defensa del yo (moi) del sujeto. Sujeto que, deformándose, “aceptando enmendarse por su unidad”,32 se protege contra la angustia.

    El sujeto se siente separado de su cuerpo: la escisión está ahí, en el espejo. No puedo reconocerme y ser al mismo tiempo yo mismo, reconociéndome he perdido la coincidencia inmediata conmigo mismo en mi ser.

    La dimensión de la castración es introducida en la imagen especular: la mirada cree ver el falo en la imagen reflejada, pero es una imagen que engaña porque el falo no está ahí. Lo hemos visto: siempre hay un desajuste entre la imagen perfecta, unificada, y el cuerpo; la visión de la plenitud fálica no se sostiene más que el instante de una mirada. La imagen especular incluye la falta: desajuste entre el cuerpo y su imagen, distancia entre los dos, distancia que permite mantener lejos –imperfecta, incompleta– la identificación con el falo. La fragmentación del goce es también lo que lo vuelve soportable.

    No obstante, la percepción de la unidad en el espejo, la imagen del cuerpo es siempre confusa. El espacio geométrico –estructurado y localizado– del espejo no queda en su lugar: lo visual desborda y deviene el espacio de la pulsión, del afecto, del goce, espacio donde los límites entre el sujeto, el cuerpo y la imagen, no son fáciles de demarcar.33 El sujeto se desplaza, él puede cambiar de perspectiva, se junta y se dispersa –unidad y caos– frente al espejo, en un movimiento continuo. Este movimiento –confuso– hará perder al sujeto la correspondencia consigo, es decir, su propia imagen. Por lo tanto, la identificación con el falo no puede más que fallar.

    En este sentido, el caos es saludable. Si el doble especular pierde la distancia con el sujeto y su imagen se clarifica, se transforma en doble inquietante y/o perseguidor. La imagen no es más confusa, cuerpo e imagen se reúnen, hacen “Uno”. El sujeto se ve ahora, realmente, en su imagen, él es la imagen. En otros términos, lo imaginario es absorbido en lo real: es la desaparición subjetiva. Cuando “falta la falta”, el falo aparece en la imagen del doble: el sujeto se hace objeto del deseo del Otro. El falo pierde su connotación imaginaria y deviene real: es ahí que el sujeto comienza a vivir los fenómenos del orden de la desrealización y de la despersonalización.

    Si el sujeto se acerca demasiado a su doble, termina por no reconocerse más y se vive como extranjero a sí mismo. Repitámoslo: esta forma de despersonalización, que da el sentimiento de inquietante extrañeza (Unheimlichkeit), es frecuente en la neurosis como en la psicosis, con sus modalidades diferentes.

    En la neurosis, la falta (el falo) deviene lo imprevisto representable, se encarna en la imagen que fascina al sujeto. Captación del sujeto por una imagen del doble, proyectado en el lugar del Otro. El sujeto se pierde en esta imagen –“lo que es visto en el espejo es angustiante”, dice Lacan.34 El sujeto no se encuentra más ahí: es la despersonalización. Esta imagen es muy arrebatadora para que pueda haber ahí un lugar para un tercero: la relación dual pura desposee al sujeto de toda relación con el Otro simbólico, capaz de instaurar una distancia entre el sujeto y su imagen. El doble aparece en el lu- gar del Otro: es la angustia, entonces, la que hace su entrada.35 Generalmente, estos estados son pasajeros en la neurosis.

    En la psicosis, las cosas se llevan de otra manera. La angustia se transforma en pérdida identitaria y/o en sentimiento de persecución. Para Lacan: “[…] este sentimiento de relación de desposesión remarcado por los clínicos para las psicosis, desposee al su- jeto de esta relación al Gran Otro. La especularización es extraña y, como dicen los ingleses, odd, impar, fuera de simetría, es el Horla de Maupassant, el fuera de espacio, en tanto que el espacio es la dimensión de lo superponible”.36

    La confrontación con el otro especular, en la psicosis, no es simétrica, el pequeño otro deviene fácilmente un Otro perseguidor, Otro que aplasta al yo37 y en consecuencia, al sujeto. Es en este sentido que la desposesión de la relación con el Otro es irreversible en la psicosis. Y es así que el espejo deviene fácilmente unheimlich para el sujeto.

    n la novela de Maupassant,38 el fuera de allí evoca la dualidad de su autor, dualidad entre el yo (moi) y el Otro que habita a Maupassant y lo tortura. El escritor sufría, efectivamente, de autoscopia:39 tenía la impresión de verse desde el exterior de sí o que era extranjero a la persona que veía en el espejo.

    Lacan escribe: “Lo que hay bajo el hábito y que llamamos el cuerpo, no es sino, qui- zás, ese resto que llamamos objeto a”:40 i(a), es decir, la imagen, es la vestimenta de ese resto. Puesto que si el sujeto se encuentra atrapado en una imagen vacilante del yo, se arriesga a ver su ser transparente en la imagen. Dicho de otro modo, i(a) no hace más de pantalla de a. La carencia radical de la función del trazo unario que sostiene al ideal del yo (del orden de lo simbólico) lo expone a no hallarse en situación de diferenciar el sitio donde él se ve de aquel donde se mira. El desfallecimiento de la falicización del yo está en el principio de la autoscopia, tanto por la inquietud que ella implica como por el esfuerzo que ella suscita para compensarla.

    O más bien, lo que provoca angustia, en la alucinación del doble, no depende de una falsa percepción de la imagen de sí en el espejo ni de una unidad que no hubiera podido constituirse, sino de la intrusión del Otro: un Otro que devora el espacio virtual y vital del sujeto, su espacio de acción y su espacio de pensamiento.

    El protagonista de la novela de Maupassant siente a su alrededor la presencia de un ser invisible que nombra Horla. Lúcido al principio, zozobra poco a poco en la locura, buscando librarse de esta empresa extenuante. Terminará por incendiar su vivienda y, en las últimas líneas de la novela, frente a la persistencia de esta presencia, entrevé la muerte como última liberación.

    El doble perseguidor

    Otra forma de relación dual problemática se encuentra en la paranoia. En la psicosis no hay, como en la neurosis, una desposesión momentánea del Otro que hace perder las coordenadas existenciales al sujeto y lo deja presa de la angustia, sino una incursión del goce del Otro en el cuerpo, incursión que puede pasar a través de la imagen de sí en el espejo, dicho de otro modo, a través del doble.

    Muchos autores han señalado el lazo entre la imagen ideal y la paranoia. Otto Rank habla de “una ansiedad paranoica ante su propio yo, personificado por la sombra, la imagen o el doble”.41 Freud, en su texto sobre el presidente Schreber, pone en relación la paranoia con el narcisismo: “[…] la mayor parte de los casos de paranoia muestran un poco de delirio de grandeza, y que este último puede constituir por sí solo una paranoia. De ahí inferimos que en la paranoia la libido liberada se vuelca al yo [moi], se aplica a la magnificación del yo [moi]. Así se vuelve a alcanzar el estadio del narcisismo […]: los paranoicos conllevan una fijación en el narcisismo […]”.42

    En su tesis de doctorado en medicina sobre el caso Aimée, en 1932, Lacan sostiene que el yo tiene una estructura paranoica.43  Aimée es perseguida por las mujeres que,  a sus ojos, representan su doble ideal: mujeres de mundo, actrices, escritoras, mujeres que gozan de una cierta libertad y de poder social.44 Para Lacan [es la que] estalla la identidad de los temas de grandeza y temas de persecución. Este tipo de mujer es exactamente la que ella misma sueña devenir. La misma imagen que representa su ideal es también objeto de su odio.45 Aimée, golpeando a su víctima, golpea al mismo tiempo su ideal. Y a través de su ideal –por el mismo golpe que la vuelve culpable ante la ley,46 escribe Lacan– ella se golpea a sí misma. Como en la novela El doble de Dostoievski, cuando Goliadkin, el protagonista, vilipendia a su héroe hasta el punto más alto, es a sí mismo a quien injuria.

    Amor y odio por el Otro, amor y odio por sí, en la confrontación del sujeto con su doble. Como si la confrontación permitiera poner una barrera entre los dos, cuando en realidad se han encontrado; el sujeto y su doble se juntan el uno y el otro en la imagen en el espejo. Goliadkin querrá odiar a su doble, pero en realidad, lo ama. La homo- sexualidad está obrando en la paranoia, aunque en el caso del protagonista de la nove- la de Dostoievski (y como se lo remarca frecuentemente en la clínica) sea ferozmente negada. La homosexualidad hace lazo con el narcisismo, según Freud: “La suma de regresiones que caracterizan la paranoia es medida por el camino que la libido debe re- correr para volver de la homosexualidad sublimada al narcisismo”.47

    Sin embargo, en un delirio paranoico, el doble perseguidor puede tomar una función compensatoria para el psicótico. Para Freud, el delirio es una tentativa de cura, una neo-realidad que aparece en el momento en el que el mundo amenaza con hundirse para el psicótico. Cuando el doble perseguidor toma esta función deviene, lógicamente, menos inquietante.

    Conclusiones

    Hemos visto que el cuerpo puede ser vivido como unheimlich por el sujeto: en la psicosis a través de alucinaciones, por ejemplo. Y en la neurosis es la relación del sujeto con su propia imagen la que hace problema, provocando en algunos casos los fenómenos de inquietante extrañeza. Si la distancia entre el cuerpo y la imagen se esfuma, y el sujeto se junta con su imagen ideal, entonces la angustia hace su aparición. O bien cuando esta separación es vivida con demasiada intensidad: la castración es insopor- table para el sujeto.

    La inquietante extrañeza, como la ha mostrado Freud, deviene una “solución” para la neurosis, un tratamiento contra la angustia: angustia de castración (el yo del sujeto está desfalleciente), o angustia del goce del Otro (el yo ideal está realizado, el sujeto se hace objeto para el Otro).

    Fenómenos como la despersonalización, la desrealización y la autoscopia pueden manifestarse tanto en la psicosis como en la neurosis, pero con diferentes consecuencias. Si en la neurosis la inquietante extrañeza es una defensa contra la angustia, en la psicosis es una suerte de antesala a la persecución, porque es a partir del estado de inquietante extrañeza –y para salir de ella– que el sujeto ha comenzado a crear su delirio. En este caso, el sujeto no está avergonzado por su doble especular, sino por un Otro perseguidor. Este es, seguramente, una figura del otro especular: pensamos no solo en la relación entre homosexualidad y paranoia puesta en evidencia por Freud, sino también en la figura del ideal como rival del sujeto, relevada por Lacan.

    El cuerpo unheimlich se manifiesta a través de la voz, vía la alucinación, y a través de la imagen especular, vía la despersonalización, desrealización, autoscopia. La imagen especular puede ser fuente de persecución para el psicótico, pero desde que la alucinación del doble toma forma de delirio, este puede sostener al sujeto. El delirio de persecución permite canalizar un goce que de otro modo lo absorbería: el psicótico sostiene, gracias a la certeza yoica que le da su delirio, un saber sobre el goce del Otro perseguidor. No obstante, esto siempre no anda: el doble perseguidor es un remedio envenena- do para el sujeto. A veces, esta figura imaginaria no llega a mantener la cohesión que el sujeto busca darle gracias al delirio, en su tentativa de acotar el goce. El doble se corta, se multiplica, en una infinidad de figuras persecutorias, inciertas, inestables: el sujeto está bajo el golpe del despedazamiento, bajo la influencia del goce. El psicótico se encuentra, entonces, en un estado de perplejidad angustiada frente a su cuerpo, su imagen y, seguramente, su identidad. Retorno del semejante, retorno de un real que pasa por su doble, vivido a partir de la inquietante extrañeza del propio cuerpo.


     

    Notas:

    * Traducido por Ilda Rodriguez y Noemí Sirota.
    2. Jacques Lacan: Le Séminaire, Livre XXIII: Le sinthome, clase del 11 de mayo 1976, versión inédita.
    3. “El yo no es solamente una entidad toda en superficie sino una entidad correspondiente a la proyección de una superficie”. Sigmund Freud: “Le moi et le ça”, en Essais de psychanalyse, Payot, Paris, 1981, pág. 64.
    4. “La conversión es del orden del deseo, considerada a partir de su causa el objeto a con la inscripcióncorporal de una falta, la castración (-φ). En el síntoma es su derecho como su revés” (Jacques Lacan: Le Séminaire, Livre V: Les formations de l’inconscient, Ed. du Seuil, Paris, 1998, pág. 336).
    5. “[Hay] como posibilidad de relacionarse con su propio cuerpo como extranjero. Es lo que expresa el uso del verbo tener, «avoir». Su cuerpo lo tiene, no lo es en ningún grado” (Jacques Lacan: Le Séminaire, Livre XXIII: Le sinthome, clase del 11 de mayo 1976, versión inédita).
    6. Sigmund Freud: L’inquiétante étrangeté et autres essais, Ed. Gallimard, Paris, 1985.
    7. Unheimlich viene de Heim, palabra que significa “casa” (le foyer) e introduce una noción de familiaridad, pero es también empleada como raíz de la palabra Geheimnis, que se puede traducir por “secreto”, en el sentido de “lo que debe permanecer escondido”. Los anglófonos lo traducen como uncanny (ominoso, perturbador).
    8. Maurice Merlau-Ponty: Phénoménologie de la perception, Gallimard, Paris, 1945, pág. 391.
    9. Henri Ey clasifica muchos tipos de alucinación: las alucinaciones visuales, las alucinaciones de oído, las alucinaciones olfativas o gustativas, las alucinaciones táctiles, las alucinaciones cenestésicas y del esquema corporal, las alucinaciones motrices o kinestésicas, y las alucinaciones psíquicas o pseudoalucinaciones. (Henri Ey, Paul Bernard, Charles Brisset: Manuel de psychiatrie, Ed. Masson, Paris, 1960, págs. 116-117. Entrada: “alucinaciones psicosensoriales”).
    10. Jean-Claude Maleval: Logique du délire, Ed. Masson, Paris, 2000, pág. 123.
    11. Ibíd.
    12. Henri Ey habla del automatismo mental como de un fenómeno extranjero (es decir, no ejecutado por el sujeto) que distingue del sentimiento de influencia, que se relaciona con los fenómenos forzados (es decir, los ejecutados por el sujeto mismo: se trata de fenómenos impuestos, inspirados o impulsivos). (Henri Ey: Hallucinations et délire: les formes hallucinatoires de l’automatisme verbal, L’Harmattan, Paris, 1999, págs. 69-79).
    13. La desrealización es un fenómeno que da la impresión de extranjeridad en relación con el mundo, como si fuera espectador de su vida, como si se flotara al costado de sí, fuera de su propio cuerpo. Esto da una impresión de irrealidad.
    14. Jacques Lacan: Le Séminaire, Livre VII: L’ethique de la psychanalyse, Ed. du Seuil, Paris, 1986, pág. 167.
    15. Sigmund Freud: “Le moi et le ça”, en Essais de psychanalyse, Payot, Paris, 1981, pág. 264. Freud agrega: “No es solamente una entidad toda en superficie, sino una entidad correspondiente a la proyección de una superficie”.
    16. Jacques Lacan: “Le stade du miroir comme formateur de la fonction du je”, en Écrits, Ed. du Seuil, Paris, 1966, pág. 94.
    17. Ibíd.
    18. Ibíd., pág. 100.
    19. Ibíd., pág. 97.
    20. Gérard Pommier: “Observación sobre lo visual y el síntoma”, en Cahier de psicología clínica N° 20: Lo visual, De Boek, Bruselas.
    21. Dicho de otro modo, la imagen de sí puede convertir al sujeto en falo para el Otro.
    22. Como lo precisa Lacan en el seminario sobre el sinthome: “El sujeto tiene un cuerpo, él no lo es” (Jacques Lacan: Le Séminaire, Livre XXIII: Le sinthome, clase del 11 de mayo 1976, versión inédita).
    23. Pensamos en ciertos cuadros de Bacon o de Lucian Freud, donde se tiene la impresión de que las figuras se reducen a no ser sino “carne” a merced del Otro.
    24. Gilles Deleuze: Francis Bacon: Logique de la sensation, Ed. du Seuil, Paris, 2002, pág. 51.
    25. Jacques Lacan: “De nuestros antecedentes”, en Écrits, Ed. du Seuil, Paris, 1966, pág. 71.
    26. El cuerpo sin órganos no es propio de la psicosis, encontramos sus manifestaciones en otras estructuras y bajo otras formas. El cuerpo representa, para Bacon, en este ejemplo analizado por Deleuze, un cuerpo histérico (Gilles Deleuze: Op. cit.). Pero nosotros tenemos también el cuerpo hipocondríaco, en el que los órganos se destruyen; el cuerpo drogado, que querría un solo órgano polivalente para la alimentación y la defecación; el cuerpo masoquista, que se hace coser para que todo el cuerpo esté bien cerrado (Gilles Deleuze y Félix Guattari: L’anti-Oedipe. Capitalisme et schizophrénie, Ed. Minuit, Paris, 1972, págs. 186-187). Para profundizar sobre el cuerpo sin órganos, ver Silvia Lippi: “El cuerpo sin órganos en Deleuze, el inconsciente real en Lacan. Consideraciones sobre la actualidad de una clínica no edípica de la psicosis”, en Acta psiquiátrica y psicológica de América Latina, Buenos Aires, 2014.
    27. Por ejemplo, para Gisela Pankow hay, en la psicosis, una relación no dialectizable entre las partes del cuerpo y el todo: “Todo” como “superficie yoica”, superficie que se fabrica fuera del estadio del espejo. Para ella, en la psicosis falta el todo con el que relacionar las partes (Gisela Pankow: L’homme et sa psychose, Aubier-Montaigne, Paris, 1969).
    28. Jacques Lacan: Le Séminaires, Livre III: Les psychoses, Ed. du Seuil, Paris, 1981.
    29. “Alimentar de fantasmas el despedazamiento de sí mismo o del otro no implica necesariamente la desestructuración del cuerpo propio” (Jean-Claude Maleval: Folies hystériques et psychoses dissociatives, Payot, Paris, 2007, pág. 178).
    30. Problemas de la sensibilidad interna, definidos por una sensación corporal anormal o dolorosa de carácter frecuentemente alucinatorio.
    31. Sigmund Freud: “Un trouble de mémoire sur l’Acropole. Lettre à Romain Rolland”, en Sigmund Freud et Romain Rolland: Correspondance (1923-1936), PUF, Paris, 1993.
    32. Sigmund Freud: Névrose et psychose, Payot, Paris, 2013.
    33. Como dice Lacan: “[…] esta imagen confusa que tenemos de nuestro cuerpo” (Jacques Lacan: Le Séminarie, Livre XXIII: Le sinthome, clase del 11 de mayo de 1976, versión inédita).
    34. Jacques Lacan: Le Séminaires, Livre X: L’angoisse, clase del 23 de enero de 1963, versión inédita.
    35. Angustia que conduce al protagonista a la muerte en la novela El retrato de Dorian Gray.
    36. Jacques Lacan: Op. cit.
    37. Yo (moi) como soporte de la identidad del sujeto.
    38. Guy de Maupassant: El Horla, Argonauta, Buenos Aires, 1988.
    39. En la autoscopia (suerte de alucinación de sí mismo), el sujeto ve un doble de sí mismo: las partes, los órganos o la totalidad de su propio cuerpo.
    40. Jacques Lacan: Op. cit .
    41. Otto Rank: Don Juan et le double. Études psychanalytiques, Payot, Paris, 1973.
    42. Sigmund Freud: “Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente”, en Obras completas, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1976, vol. XII, pág. 67.
    43. Ya en 1948, Lacan subrayaba: “Además los dos momentos se confunden en que el sujeto se niega a sí mismo o carga al otro y se descubre ahí esta estructura paranoica del yo que encuentra su análogo en las negaciones fundamentales puestas en valor por Freud en los tres delirio de celos, erotomanía e interpretación. Es el delirio mismo del alma bella misántropa, arrojando sobre el mundo, el desorden que hace su ser” (Jacques Lacan: “L’agressivité en psychanalyse”, en Écrits, Ed. du Seuil, Paris, 1966).
    44. Otto Rank afirma que los perseguidores son frecuentemente personas amadas o sus sustitutos (Otto Rank: Op. cit.). Pienso en una mujer parapléjica que se sentía perseguida por sus hermanas, que según la opinión de la paciente, estaban celosas de ella y de su fuerza para enfrentar su enfermedad: la omnipotencia
    del yo se asocia a la manía de persecución, en la paranoia.
    45. Jacques Lacan: De la psychose paranoïaque dans ses rapports avec la personnalité, Ed. du Seuil, Paris, 1975.
    46. Ibíd.
    47. Ver el trabajo de Freud Dostoïevski et le parricide.

  • El amor, se hace

    Reseña del libro Pulsión de sexo de Mara Musolino. Cascada de letras. Bs. As., 2020
    Por Gabriela Spinelli

    “La partición en macho y hembra es una fábula poética”[1]

    En   su nuevo libro Pulsión de sexo, Mara Musolino nos invita a estudiar, allí donde mucho se tararea: ¿qué significa, cuál es la importancia de la proposición “no hay relación/proporción sexual” para la praxis (teoría y clínica) del psicoanálisis? ¿Y qué efecto tiene dicha ausencia de proporción en la relación sexual, sobre las relaciones sexuales? Pero también es un libro que ofrece nuevas hipótesis y propuestas.

    La autora nos va introduciendo al tema con sumo cuidado conceptual, compartiendo generosamente las citas donde Freud y Lacan desarrollan lo que entienden por “relación sexual”.

    Por tal vía nos propone reflexionar sobre la relación sexual y el amor, las relaciones sexuales y la función sexual.

    Los interrogantes que se van abriendo le imponen abordar la función del analista. Al respecto Mara entiende que un psicoanalista “no pretende estar fuera de la época que le toca vivir”; mas está obligado a “distinguir lo que podría ser una opinión personal, sociocultural”.  Estableciendo, de este modo, un diálogo fecundo y necesario (y sostenido con firmeza) que echa alguna precisión sobre cierto imaginario instalado socioculturalmente respecto del psicoanálisis en “estos momentos de incertidumbre global respecto del sexo”. Esto implica poner en cuestión las ideologías dominantes que a menudo se trasponen como resistencias al psicoanálisis, sobre todo en los mismos psicoanalistas, como es sabido; preguntándose al mismo tiempo por las incidencias de los avances fármaco-médicos “sobre la función sexual de cada individuo”

    Es así como sin ambages se pregunta ¿Qué vigencia tiene el falo en nuestra praxis? ¿a qué nos referimos cuando decimos falo?

    Para desarrollar estos interrogantes Mara pasa el concepto por un fino tamiz que permite librarlo de las resonancias homofónicas-homonímicas que lo enclaustran en un sentido alejado de lo que dice el concepto psicoanalítico “falo”.

    Puedo decirles también que van a encontrar finas articulaciones en lo que refiere a lo real-la realidad, la pulsión-la libido así como una fuerte argumentación acerca de por qué no podría existir una pulsión total ni generalización alguna en el campo del psicoanálisis.

    Llegamos así a lo que se llama, en el texto, “Del saber-hacer-allí otra cosa que síntoma con lo Real del sexo”, saber-hacer allí-con la diferencia y la disparidad subjetiva; propuesta que, más que cerrar el libro, lo abre.

    Se trata de un libro por el que podemos transitar más o menos fluidamente, más o menos de acuerdo con sus propuestas, pero en el que en cada página una voz nos habla muy de cerca, sin deseo de “ajustarse al interés público” de quien escucha, ni al discurso “adecuado a las normas del mercado”. Muy de cerca, también, a la clínica y la práctica en que se sostiene. Y eso, en tanto no pretende generar acuerdos masivos, nos hace pensar.

    [1] S. Freud “Tres ensayos para una teoría sexual”