Categoría: Ilda Rodríguez

  • ¿Qué dice del cuerpo nuestro psicoanálisis?

    Reseña de ¿Qué dice del cuerpo nuestro psicoanálisis? Problemáticas de índole clínica, metapsicológica y de inserción del psicoanálisis en la polis,
    de Roberto Harari, Editorial Letra Viva y Mayéutica Ediciones, Buenos Aires, 2012

    Este, su primer libro póstumo en castellano- presente en el presente como quiere la escritura- figura su diseño en la serie de libros programáticos, valiéndose en esta ocasión de la renovación de problemáticas de índole clínica, metapsicológica y de inserción del psicoanálisis en la polis, según reza el subtítulo del mismo. Quiero decir que este volumen se inscribe en la línea de sus libros programáticos porque implica como tal, dar en hablar de una obra abierta, con propuestas para continuar siendo retrabajadas – un work in progress– a la luz de lo que plantea lo Real de nuestra praxis cotidiana. Esto es, a ceñir, ajustar, discriminar, acentuar, ahondar las cuestiones; tal vez, apenas esbozadas por el autor y en otras ocasiones, hechas concepto, por su andar riguroso e inventivo.[1]

    Por otra parte, cada uno de sus libros y en eso este no configura excepción, muestran, antes de cualquier otra consideración, la obsesión por la palabra y la expresión precisa, su deseo de psicoanálisis y la transmisión del mismo. De nuevo: hay en Harari la afición al “hallazgo”, a la invención de significantes nuevos y a la par, hay una pasión por la formalización y teorización llevada al extremo, cada vez. O mejor dicho: retrofundar como le gustaba nominar a este, su saber-hacer psicoanalítico, a partir de las enseñanzas de sus reconocidos maestros: Freud, Lacan y Joyce.

    Ahora bien, la escritura de este libro interroga el decir de nuestro psicoanálisis sobre el cuerpo que en principio nos interesa, encontrando en este caso, al menos tres predicaciones a considerar, que se pliegan, se homologan al cuerpo de la letra en la construcción del mismo. Para decirlo de otra manera, justamente el cuerpo del libro también es ofrecido como una superficie propicia para que se juegue y se despliegue una escritura potente, inventiva, que se realiza encontrando, las más de las veces en su desarrollo, “una especie de conjunción disyuntiva” a la que acepta sin cesar, precisamente, porque se aleja de nuestras categorías habituales.

    Como es dable apreciar en su lectura – no cesan de hacerse oír ciertas resonancias por su condición de abierto, al igual que del cuerpo sobre el que se trata de decir – decíamos, el presente libro podría acreditarse con estos tres caracteres: que “se fragmenta”, “tomado por las emociones” y siendo “nuestro lominescencia”– en un juego verbal que muestra un pasaje diferencial del habla hacia lo escrito, a los efectos de no mantener el “corpus estático” y abrirse a lo nuevo.

    Me atrevería a aseverar que no es sino en el decir psicoanalítico del tema en cuestión, donde se produce un encuentro con cierto tipo de relato. Más aún, es el propio relato hecho decir que lleva en sí esa hiancia irreductible -instaurada por el lenguaje- ínsita al análisis, ¿es decir un estilo?

    En tal orden, una de sus tesis básicas respecto de nuestro psicoanálisis, es la enseñanza desprendible del fundamento de la pulsión de muerte que resulta proclive y afín con lo nominado por Harari como Realenguaje, puesto que éste exige, “como prerrequisito, la postulación en acto de la existencia de aquella”. Sin duda, el autor nos confronta con nociones que subvierten cierto confort intelectual, incomodan y hasta suelen ser rápidamente rechazadas. He aquí que al presentarnos, por ejemplo, las referidas Problemáticas… estas se nutren, fundamentalmente, de los efectos de la operancia de la pulsión de muerte, inventada por Freud – del goce, dirá Lacan- que dicen de la imposibilidad de avanzar tan sólo por la vía de la comprensión. Es claro que ahí está presente el cuerpo- nos dice la letra de Harari en la vía abierta por nuestro psicoanálisis. Ahora bien ¿de cuál cuerpo se trata? De inicio, de las variabilidades de un cuerpo en obra por el Más allá del principio del placer, distanciándose de aquel inicial tomado por conjuntos de significantes congelados y disociados capaces de reaccionar frente a las interpretaciones analíticas.

    Para tratar de decirlo más claramente, ¿de qué nos habla este libro? Diríamos que impregnado de la impronta despejada por el maridaje entre psicoanálisis y caología, su postjoyceanismo no dejará de retornar de continuo – sea, en el procesamiento de las diversas nociones; sea, en su tránsito por los diferentes ítems que lo conforman- decía, su insistencia en marcar nuestra extranjeridad respecto del lenguaje.

    “Por definición: hablamos mal”, sentencia cardinal por donde nos sale al paso, uno de los aforismos en los que apuntala su enseñanza. De manera palmaria comporta uno de los que hacen surco, en virtud de que nos hablan de una mordiente de lo Real, captando lo que acaece en la cuestión del malentendido que nos habita. Precipitando la enseñanza desprendible de nuestra lectura del texto, agregaría que en homología, se afirma que sucede lo propio con el cuerpo. En consecuencia –nos recuerda lúcidamente el autor- nos hallamos, en cualquier momento, pendientes de perderlo, en el sentido del dominio y de la unificación supuesta fantasmáticamente. Last but not least, a la postulación previa se anuda un estudio sobre el dolor que juega el siempre latente riesgo por el cual “el sujeto no sabe cómo sacárselo de encima; tanto como no sabe, de qué modo encontrar la palabra perdida”.

    Siguiendo la experiencia de cómo se cursa un análisis, para hablar del cuerpo, partirá del sentido común y de la homonimia a los fines de procesar, de entrada, qué efectos de conocimiento consiguen producirse a partir de ello. Se trata de no mantener el corpus estático –en la doctrina y en el análisis- al reintroducir metamorfosis varias de un-cuerpo por la vía del amor, de la pulsión, del goce, de la belleza de lo siniestro…

    Así, invita al lector curioso a transitar de manera gradual y condensada por nueve notas sobre el masoquismo, al cual no duda en definir provocativamente como “un invento”. Extraídas estas del derrotero emprendido por distintos contextos lacanianos y otros de su propia cosecha, en un intento por avanzar también clínicamente, sobre la cuestión de piercings y tatuajes puestos de relieve, por “su inducción en el imaginario social del masoquismo”.

    Para ir concluyendo recalará en la característica urbana de nuestro psicoanálisis, en lo inmundo eficaz que le permitirá exponer la temática de las facticidades como “algo [que] emerge, algo se oculta luego, y que surge bajo forma desviada”. En ese punto nos recuerda lo que Lacan advierte respecto de Hitler: es solo un precursor, y conforme con esta tesitura, Harari señala que se produce un corte con las llamadas “formas del malestar”, ya que de este exterminio metódico no hay antecedentes: es propio del siglo XX. Como colofón un corte y su re-anudación a “un dominio casi inexplorado” y cuando parece que no hay nada que decir, hace su entrada final la falla epistemosomática a los efectos de airear la cuestión psicosomática.


     

    [1] Cf, Ilda Rodriguez, Roberto Harari, psicoanalista…cazador de fruslerías, Psicoanálisis en Argentina, Boletín electrónico, 30/7/2012

    [2] Cf. Zulema Lagrotta, en la Presentación del libro que comentamos, p.8

  • La novedad de un clásico

    Reseña del libro de Roberto Harari: Apresentações clínicas, Ed. Companhia de Freud, Río de Janeiro, 2009.

     

    “El más fructuoso y natural ejercicio de nuestro espíritu es, desde mi punto de vista, la conversación […]. Así pues, las contradicciones en el juicio, ni me ofenden ni me alteran; me despiertan solamente y disponen”. Michel de Montaigne: El arte de conversar.

     

    Parafraseando a Walter Benjamin, retomou interrogación a propósito de la traducción partiendo de lo siguiente ¿un lector de un texto psicoanalítico escrito en otra lengua que la propia solo puede transmitir algo de este haciendo, a su vez, letra de esa transformación? Dejemos que perdure el interrogante y quizá la obra consienta una traducción. En este caso me ha incitado a su lectura, a una “expansión de su vida original” en castellano. Para empezar, la pretensión ha sido apuntalarse en que “[…] las lenguas no son extrañas entre sí, sino a priori, y […] mantienen cierta semejanza en la forma de decir lo que se proponen”.[1]  Primer señalamiento.

    Ahora bien, en esta ocasión se trata del diseño de una reseña acerca de un libro – ¿podría predicarse la categoría de “clínico”?– escrito en portugués, basado en la transmisión de un ejercicio clínico presentado en una institución psicoanalítica.[2] Dichos “testimonios de la presencia de lo inconciente” –así considerados– escriben la puesta en obra de un artificio ad hoc, que se vale, para lograr su objetivo, del despliegue de relatos de la práctica psicoanalítica. Doce testimonios de psicoanalistas brasileños son entregados al comentario de otro analista –Roberto Harari– quien, en acto, articula una praxis de lectura y abre al intercambio e intervenciones del público. Estas, generalmente pertinentes y “aperturizantes”, resultan conducentes a sostener una conversación bajo el modo de preguntas, comentarios y/o asociaciones: “sin rodeos ni inhibiciones, presentando inclusive, en algunas ocasiones, puntos de vista divergentes de los sustentados por este autor” –se anota en el “Epílogo”. Ese artificio presentado al lector, mejor dicho, el efecto producido por la lectura del mismo, es a lo que doy en llamar conversación. Segunda puntuación.

    Para decirlo de otra manera, entiendo que Apresentações clínicas es la mostración, en el plano de una conversación entre analistas a partir de su práctica, que ha de revelarse clínica cada vez que se transmita una posición ética con la que sea posible mantener un saber hacer. Dicho lo cual, se desprende para la función del comentador –según mi lectura– que resulta de la mayor importancia determinar la pregunta con cierta exactitud para colocar la conversación[3] (Gespräch) en una dirección, sobre un camino.

    Pero, el camino de la mentada conversación, además de una dirección debe ofrecernos, al mismo tiempo, la seguridad que nos movemos dentro del psicoanálisis y no que, fuera de él, demos vueltas a su alrededor. El camino de esas conversaciones –tal el efecto de enseñanza de este texto novedoso– es de tal índole que permite ir dando cuenta ante otros de una práctica, al abordar mediante el artificio desplegado, el saber hacer con la transferencia –no menos que con la transferencia de trabajo, su retruécano– distintivo de la praxis analítica. Lo primero que se me ocurres que se intenta colocar la pregunta sobre una andadura orientada por lo Real de nuestra praxis, de modo tal que merece nuestra confianza ahondar su trayectoria, por ejemplo, como lectores de este libro.

    También cabe atender a la articulación puesta en acto allí del “deseo del analista” y el “deseo de psicoanálisis”[4] –de nuestro compromiso en su sostén–, ambos jugados tanto en la intensión como en la extensión. He aquí lo que pretende acentuar mi lectura de este libro: ese aludido entramado que se pone a jugar en la escritura del mismo. A su vez, desde las palabras iniciales del “Prólogo” se afirma su “originalidad” al “reunir, sobre una particular modalidad de presentaciones clínicas, testimonios de nuestra praxis psicoanalítica”. Tercera puntuación

    Bajo tal contingencia, la construcción del libro responde a la figuración de una mise en abyme, denotando así una dimensión de autorreferencia –decurso facticio que no es sin relación con el infinito–, que diseña la manera en que nosotros, psicoanalistas, participamos de este género psicoanalizando nuestra experiencia con el psicoanálisis, praxis que procesa el propio texto psicoanalítico al participar de esa modalidad componencial. Por esto mismo sitúo la apreciación aludida, porque ella invita a aceptar el convite de poner a jugar en la lectura propiciada el hábito que hace al psicoanalista de pensar “contra” sí mismo, de autorizarse con otros, puesto que es la función crítica del psicoanálisis la que impele a la discusión y somete a dar razones de su praxis.

    Lo señalado hasta aquí, a mi modo de ver, resume los trazos deducibles de un proceder clínico en la transmisión de una enseñanza de nuestro psicoanálisis y es por este sesgo que transitan las cuestiones planteadas, puestas, a su vez, a la consideración del lector. Cuarta untuación.

    De nuevo. En tales presentaciones de la puesta en acto del artificio clínico, hay algo de una mostración clínica –advierte el “Prólogo”– como nos enseña acan: allí “[…] se pierden totalmente los pedales cuando no se trata de una demostración, sino de esa cualquier cosa que es muy paradojal, que trato de llamar como puedo: mostración. Es curioso apercibirse que hay en este entrecruzamiento de hilos alguna cosa que se impone como siendo de lo Real, como un otro hueso, núcleo, carozo de Real […]”.[5]

    Ahora bien, la clínica psicoanalítica ¿no involucra una teoría que está siendo elaborada en la exposición misma y el comentario del caso, en el punto en que se intenta exponer qué es eso de reinventar el psicoanálisis cada vez, con cada analizante? Podríamos decir que se hace clínica cuando, precisamente, lo Real de la práctica imposible de asir se presentifica “en lo producido por el lazo social con y como lo imposible de decir por el dicho”[6], en tanto nuestro psicoanálisis sea praxis de lo Real.

    Por otro lado, es claro que la redacción del libro se operó a partir del pasaje – vía la transcripción– de lo oral a lo escrito. ¡Qué duda cabe de la pérdida irremediable que eso implica! En ocasiones, puede desconcertar por el efecto de desconocimiento que obra en la transformación del original. Si extremamos esa tesitura podría decirse que el producto “recreado” es otro texto yl transcriptor también juega su responsabilidad en ello. Por tanto, no hay transcripción sin que medie alguna modificación, y una de las pérdidas más notorias es la de la voz en tanto objeto – que se constituye en el momento de su pérdida, de su caída– para hacer lugar a la polifonía, que presuponiendo una multitud de voces “plenivalentes” habilita lo coral y lo alinea sobre los varios pentagramas de una partitura.[7]

    Los relatos tienden a resaltar la excentricidad del “destino” de los personajes con referencia a los mundos representados. El término excéntrico denota, en este caso, que el centro sugerido en el vocablo se halla en otro lugar (por “fuera”). Lugar indomeñable, imprevisible, incontrolable. En estos pasajes el lector encontrará entonces, un relato sobre la cura, “por donde pasa mucho de la cotidianeidad de la posición subjetiva con la cual tratamos diariamente en psicoanálisis” – define su autor – fragmentos de las vicisitudes de las modalidades del amor de transferencia. Vale decir que cada historia está centrada en aquello que se dice en un psicoanálisis, hecho que le imprime a la misma un legítimo, genuino y verosímil sesgo ficcional. De allí se desprende el surgimiento de autoridad, la cosa es así porque así se dice. Quinta puntuación.

    En el trayecto novelado, cada analista, sea en su función de presentador como en la de comentador – como en la dirección de una cura–, se halla abierto al azar de lo que depara el relato en el “artificiar” que descompone el libro en su montaje. Si “nuestra unidad de análisis, subrayo una vez más, es la sesión” –recuerda Harari– el practicante ha de encontrarse con la exigencia de ignorar lo que sabe –docta ignorancia que de Cusa postuló como el grado más elevado del saber – ya que con cada nuevo analizante, todo el psicoanálisis debe ponerse en cuestión.

    A la par, el carácter fragmentario de los sucesos relatados vuelve crucial lo incompleto de cada análisis presentado y de todo comentario suscitado. No deja de percibirse en que esa limitación promueve un efecto de enseñanza. ¿Por qué aludo a esto? Porque precisamente en esta obra –testimonio último del saber-hacer clínico de la trayectoria n la transmisión del psicoanálisis–, en este libro póstumo, Harari no nos deja un texto clausurado, totalizador; antes bien, nos lega una obra abierta a la lectura y al debate. En efecto, él mismo apuesta al procesamiento generador de una clínica lacaniana. Dicho de otra manera, se trata de la puesta en acto por cada practicante de su articulación con la enseñanza, a la que Apresentaçoes clínicas no deja de convocar. Sexta puntuación

    Esa condición redoblada en esta ocasión, es distinguida por el relato de casos “caídos del diván”[8] de los analistas presentadores. Es decir, recogidos al pie del mismo y puestos a circular en el pasaje a lo público renovado, cada vez, en una institución psicoanalítica. Más aún, por su estructura de mise en abyme conlleva, a mi entender, la exigencia de recomenzar abriéndose, a su turno, a las intervenciones de los lectores, como las realizadas por el público en el artificio, mediante las cuales se escribe la conclusión de cada presentación clínica… hacia la siguiente.

    En cada página se transmite que cuando un analista habla ante otros analistas –lo que no equivale, desde ya, a su posición subjetiva en tanto eventual enseñante–, ese hablar produce, gracias a un levantamiento de la censura, la emergencia de “lo no sabido que se sabe” y que es puesto en acto en la articulación sinthomatica, singular, del analista que toma la palabra. Para esto se trata de poner en cuestión, de hecho, una nueva y singular posición del saber como abierto a lo Real.

    Ahora bien, el propio Freud nos ha instado, desde el inicio, a confiar en su testimonio, trascendiendo los éxitos del psicoanálisis y dejando constancia de los fracasos. En esa misma línea prosigue este libro pues en cada una de las doce Apresentações… se deja constancia que también a partir de allí, de los obstáculos, es posible pensar el psicoanálisis, desprender algún efecto de enseñanza. Última puntuación

    Para concluir, no huelga repetir que el libro reseñado se ha construido a partir del acento sostenido alrededor de una puesta en escena del tiempo de la urgencia, de la prisa, en un presente único, el de la presentación “hablada” del artificio que obliga a ello. El “testimonio de la presentación de lo inconciente”, en la ocasión relevada, se vale de la presencia del público que da a esta andadura el sentido de un riesgo a asumir. En la segunda vuelta –el presente de escritura–a descomposición en elementos discretos de lo atinente a la vuelta anterior, mediante la producción de un significante nuevo por el que simbólicamente se intenta nominar este momento. De ahí a la recepción del lector, quien apropiándose del texto ha de producir su deslectura.

    Presentada así, entre otras deudas simbólicas en las que el “Prólogo” se sustenta, esta producción psicoanalítica pone en obra aquella que los psicoanalistas y sus instituciones mantienen con Convergencia. Movimiento Lacaniano por el Psicoanálisis Freudiano, para que, en la vía de lo posible, el psicoanálisis continúe.

     


     

    [1] Walter Benjamin: Ensayos Escogidos, Ed. El cuenco de Plata, Buenos Aires, 2010, pág. 113.

    [2] Maiêutica Florianópolis-Institución Psicoanalítica, Miembro de Convergencia, Movimiento Lacaniano por el Psicoanálisis Freudiano.

    [3] Cf. Martin Heidegger: ¿Qué es la filosofía?, Ed. Herder, Barcelona, 2004 y Michel de Montaigne: Ensayos escogidos, Biblioteca Edaf, Madrid, 1999.

    [4] Cf. Roberto Harari: Paradojas clínicas desde el psicoanálisis caótico, Seminario dictado en Mayéutica-Institución Psicoanalítica, 1999.

    [5] Jacques Lacan: “Propos sur l’hystérie”, en Quarto N° 2, 1981 (también en Le Séminaire, Livre XXIV: L’insu…). La traducción me pertenece.

    [6] Edgardo Feinsilber: La soledad. Novaciones en el psicoanálisis, Letra Viva Editorial, Buenos Aires, 2009, pág. 126.

    [7] Roberto Harari: Polifonías. Del arte en psicoanálisis, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1998, pág. 65.

    [8] Cf. Roberto Harari: Intensiones freudianas, Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1991, pág. 32.

  • Traducción-traducciones-intraducción y otras versiones… en psicoanálisis

    Para comenzar a despejar lo que me ha suscitado el trabajo de traducción llevado a cabo en los textos aquí publicados, escritos en francés o portugués, o por las traducciones realizadas por los psicoanalistas en sus lecturas de Freud y/o de Lacan, cabe la siguiente verificación: resulta imprescindible en nuestra praxis psicoanalítica de la lectura de la escritura, el tratamiento de esta cuestión presente y nodular en LaPsus Calami. Retengamos entonces, en lo atinente a las traducciones al castellano, aquellos textos donde se dieron cita diferentes dificultades a sortear: los problemas respecto de la tolerancia del pasaje y/o el cruce de lenguas –ya que implicaban numerosas relecturas, discusiones y consultas hacia “la lengua de salida”–, las enmiendas de interpretación, las dudas casi irresolubles tanto como las dificultades presentadas en las distintas versiones de ciertos párrafos y/o expresiones y/o palabras –algunas demasiado libres y atrevidas, y otras demasiado esquivas y literales. Lo más importante a destacar resultaron los ajustes necesarios de orden formal que nos llevaron a decidir un criterio en el que se privilegiara la inteligibilidad de la sintaxis. Esto está claro al estar de Lacan, si parece que “[…] en todo lo que existe del orden de la lengua hay algo en común y es que cada lengua tiene una sintaxis, si bien esta es una alta abstracción”.[1] Que así sea, a pesar de que exige del parlêtre abstraer bastante para apercibirse de eso, no deja de implicar una cierta conciencia en él. Es cierto, mas en orden a la traducción de una lengua en otra, la cuestión reside en que “[…] lo que es phoné en una lengua puede traducirse en cualquier otra que lo sea”.[2] De todas maneras, perdura más de un interrogante a este respecto: ¿tal vez haya que hacer un uso de una lengua psicoanalítica, un híbrido, como suele ocurrir con algunas de las traducciones de poesía? O, antes bien, en la procura de distanciarse de este despropósito, en II [3]Una experiencia de pasaje se considera necesaria la incidencia de una “reactualización de la oralidad del texto […] para que el texto escrito de la transcripción no se convierta, sobre todo en español, en una suerte de “neolengua” (George Orwell) psicoanalítica”

    ¿Qué cabe entender por phoné en una lengua? Por el momento vale sostener como un punto de amarre que lo que decidirá en los textos psicoanalíticos que son nuestra práctica, es aquel trazo en lo Real de la cura para cada quien, que hará la diferencia o el acuerdo para cada uno: la piedra de toque, sin duda. Quizás respecto de lo que es phoné en una lengua, cabe situar más de una lectura posible –es dable hallar varios ejemplos en los títulos de los seminarios de Lacan– si nos libramos al juego serio regido por la homofonía para encontrar ese tesoro de significantes revestidos allí por la similitud fónica. Ahora bien, cuando se trata del pasaje entre lenguas –Unbewusste/ l’une-bévue– seguiremos hablando de traducción o recogeremos el guante lacaniano del singular significante de origen paronomásico[4] intraducción, introducido por Lacan en el Postfacio de la edición de su Seminario XI: Los cuatro conceptos…, redactado a principios de 1973.[5] Se lo ve, “al intraducir se introducen significantes nuevos”[6] (Volveremos sobre este tema en otra nota de lectura).

    Veamos, entonces, cómo de la lectura de los artículos de algunos de los autores que integran LaPsus Calami Nº 4, surgen enfoques posibles de la puesta en obra de un término –que se nos ha ido revelando– crucial, como es el de traducción en psicoanálisis. Hemos de partir de una consideración en la que acuerdan casi todos los psicoanalistas en este número: en el funcionamiento de una lengua no interesa lo biyectivo, dicho eso con énfasis diversos. ¿Será porque cada hablante se caracteriza por hablar por lo menos dos lenguas que se bifurcan? Cuestión que puede ser leída en varios textos aquí publicados, dando en hablar que tal bifidez habla en y de cada hablante y cada lengua. Ahora bien, a los efectos de sostener esta tesitura, no debiéramos apartarnos de cierta insinuación de Lacan: “¡[…] es en esta lengua que me expreso, no veo por qué no lo aprovecharía; si hablara otra, encontraría otra cosa!”.[7] Valga esta lúcida y precisa puntuación para orientarnos y continuar avanzando en la dilucidación de la temática en curso.

    Es en esa línea, según entendemos, que Irene Agoff considera como una “aspiración utópica a obtener” la “correspondencia exacta entre términos de lenguas diferentes” y llama “resistente” a este afán, porque “es inevitable”. Por lo cual sitúa a “la traducción como síntoma”, a la par que observa alguna recurrencia de “la elevación del francés de Lacan a la condición de lengua que puede dar cuenta de cualquier otra, pero que por su parte es intraducible”. Ejemplifica el sostén de tal creencia en que “la precisión y exactitud de los conceptos” solicitarían decirlos de esa manera: en cuanto al “término “identificación”, no podía ser otra que “identificarse a” –cuando el castellano exige “identificarse con”. Afinando que si “se elude alguna mínima reflexión sobre la lengua propia, cualquier otra tiene el camino libre para constituirse en “metalengua”.

    Así, Héctor Yankelevich sostiene –“sin temor de cometer un error grosero”– que “hay una inmensa cantidad de analistas que hablan «el lacaniano» en una lengua distinta que aquella en la que él escribió”.

    Se sabe que Lacan afirmó tempranamente en su enseñanza que no hay metalenguaje, a los efectos de aventar toda creencia en algo cercano a un lenguaje de segundo grado. En cuanto a la referencia a la metalengua, en la última clase del Seminario XXIV: L´insu…, nos advierte que es parloteando de una lengua en otra, que eso podría constituirse en “un embrión de metalenguaje”. Dando otra vuelta y hablando en voz alta, se responde respecto de lo que quiere decir metalengua: “la traducción”. ¿A qué se refiere con eso? A “la metalengua que consiste en traducir Unbewusste por une-bévue”.[8] Alojamos aquí lo que Harari escribe vía paronomasia –siguiendo el ejemplo de un Lacan joyceano– intraducción.[9]

    Por su lado, Guy Le Gaufey parte de una toma crítica de distancia respecto de un Lacan traductor de Freud. En efecto, hace apólogo de esta afirmación en lo que sigue: “Unbewusste por l’une-bévue como otros, einziger Zug a trait unaire o de Jenseits des Lusttprinzips a jouissance”. Distingue lo previo como “apropiación, una manera de domiciliar un concepto en un movimiento (no traducir) que insufla un pensamiento propio a la palabra fuente”.

    Aquel ejemplo es tomado por Anabel Salafia en su discurrir, aclarando que “la transliteración, la función de la homofonía y la escritura son operaciones en la traducción”. Toma apoyo en que “la noción de literalidad, cambia con Lacan” y “en lo que respecta a la traducción, es encontrarse con la función operativa de la transliteralidad” donde “más de una lengua interviene para «traducir» el término «inconsciente» y Unbewusste se translitera como une-bévue”. Llama “identificación homofónica de términos a Unbewusste y une-bévue” y agrega que “la transliteración nos indica de la homofonía” y esta, “a partir del análisis es la relación de lo que se dice con el escrito”.

    Edgardo Feinsilber, a su turno, centrándose en la cuestión del sonido y el sentido, propone “un forzaje que nos haga avanzar en este punto” y escribe: faire vrai. Puesta en acto de su saber hacer allí con un dicho de Lacan: “Sobre lo que me rompo la cabeza, pienso que al fin de cuentas, el psicoanálisis es lo que hace verdadero –faire vrai”. Incide allí: “[…] faire vrai, hacer verdadero, ¿cómo hay que entenderlo? ¿Por qué, siguiendo la cuestión de unir el sonido y el sentido, no poder escuchar fiebre, febré, que es homofónico en francés?”. Avanza una lectura de esa escritura: “Entonces, este hacer verdadero, con lo que él se rompe la cabeza, podríamos decir que es un semblante”, subrayando allí que tanto en la formación del analista como en lo aprehensible en la vía de la enseñanza es que “hay algo que afiebra, que levanta la temperatura, que calienta, que pulsiona”, “como el pasaje desde el sujeto-supuesto-al-saber hacia el analista-sinthoma”. ¿Y qué de la intraducción? Explica que “se sostiene en una teoría de la causalidad, a la que nos dirige Lacan, tratando de traspasar los límites de la lógica aristotélica para llegar a la dit-mensión de lo singular”.

    Respecto de Nichtigkeit –una palabra corriente en alemán, usada por Freud– se verifica lo que sigue, según advierte H.Yankelevich en Lo imposible de traducir: “[…] podríamos traducir por «pequeñeces», por ejemplo. Pero ¿qué se juega allí? Naderías, pequeñeces, etc., es lo que se preguntan todos los padres respecto de los chicos: ¿pero cómo lo supo si nunca se habló?, ¿pero cómo es así, igual que, si…? Por esas pequeñeces invisibles se transmite el inconsciente”.

    Digámoslo de otro modo: ¿adónde nos lleva una palabra? Véase al respecto cómo Roberto Harari –a partir de la atenta y rigurosa revisión a la que se ha abocado– extrae del cotejo de algunos términos de las ediciones francesa y castellana del Seminario XX de Lacan, la palabra porte, traducida en la ocasión por “acarrea”. Acota que en este caso –no siempre ocurre así–, “Lacan puntúa un concepto con el fin de alcanzar la mayor univocidad posible en medio de la acción significante”. Al continuar con el análisis, confirma: “[…] en efecto, si se le hace decir que el germen «acarrea» –también «ocasiona»– la muerte, se difumina así el sentido fuerte del Träger («portador») que le adjudica esa frase, en consonancia con lo demostrado por la biología moderna”. Pero he aquí que para el psicoanálisis, “la muerte es engendrada –no por el germen sino por la repetición del cuerpo en la descendencia, merced al «invento» de la sexualidad que hace a un lado la escisiparidad”. Esto último se aúna al acento que Héctor Yankelevich –en su Conversaciónhace recaer sobre el término de marras, al subrayar que “Althusser lo lee y lo traduce como «soporte»”, en su lectura de Marx. “Ahora bien, Träger también quiere decir «portador», lo que cambia totalmente el sentido del concepto”. Más aún, enseña Lacan: “Es tal vez de otro modo que hay que leerlo: hay que leerlo con inocencia”.[10] Y así ese lector, entonces, ¿retrofunda lo que está leyendo?

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

    [1] Jacques Lacan: Conferencia en Niza: De James Joyce como sinthoma, 24 de enero de 1976, inédito (la traducción me pertenece).

    [2] Ibíd.

     

    [3] Cf, AAVV, (E.Porge, G.Strada y otros) II parte de “Acerca de una versión crítica y bilingüe de las últimas sesiones del Seminario de Jacques Lacan Los fundamentos del psicoanálisis (1964) o Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964-1973)”

     

    [4] Roberto Harari: Intraducción del psicoanálisis. Acerca de L’insu…, de Lacan, Ed. Síntesis, Madrid, 2004.

    [5] Jaques Lacan: “Posfacio al Seminario 11, en Otros escritos, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2012.

    [6] Roberto Harari: Op .cit.

    [7] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XIX: …o peor, clase del 8 de marzo de 1972, versión inédita.

    [8] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XXIV: L’insu que sait de l’une-bévue s’aileà mourre, clase del 17 de mayo de 1977, inédito.

    [9] Roberto Harari: Op. cit.

    [10] Jacques Lacan: El Seminario, Libro XIX: …o peor, clase del 8 de marzo de 1972, versión inédita.

     

  • Entre dos lenguas… Hay un cierto Aqueronte que atravesar.

    Conversación con Anabel Salafia sobre traducción

    Verónica Cohen: Se habla mucho de traduttore, traditore ¿pero qué hace que una traducción pueda ser fiel? No el traducir palabra por palabra, porque eso distorsiona, ¿pero cómo se establece el texto en otra lengua? O mejor, ¿qué hace de una traducción un texto que transmita lo que dice el autor en otra lengua?

    Anabel Salafia: Eso depende de muchas cosas, según se trate de traducir de la llamada lengua materna a otra lengua; cuando es así, también se habla de una tensión entre la lengua propia y la lengua extraña. “Extraña” y no exactamente “extranjera”, ya que en este caso se trata de una oposición que puede darse entre lo que es llamado la lengua patriótica o nacional (por ejemplo, algunos traductores alemanes como Friedrich Schleiermacher), lo que es la lengua paterna, en alemán vaterländische, y una lengua extranjera, en el sentido de extraterritorial, como lo dice el término alemán ausslandisch.[1]

    Es interesante considerar que en la patria está la tierra, land, y los hombres, entre los cuales se encuentra el padre. En este caso, el intercambio recíproco de lenguas es entre lo que constituye el mundo particular de una nación y eso mismo, pero de otra nación.

    Según esta corriente, la lengua materna se considera primera, es la lengua natal, es en la cual ha sido arrojado el niño. Ella se desarrolla en la familia antes que en la comunidad nacional.

    Para este gran traductor alemán, Friedrich Schleiermacher, la lengua materna, sin embargo, no es la primera. Antes, en un primer tiempo, el niño inventa una lengua y luego se integra al universo lingüístico que lo rodea, es decir que nos encontramos con una primera traducción del lenguaje inventado a la lengua que el niño, podemos decir, reencuentra.

    Esto significa que el aprendizaje de la lengua supone, tras sí, una lengua perdida, aquella en la cual el niño se vio arrojado, una lengua nunca incorporada, una lengua inventada, y la lengua original, la lengua materna.

     

    V.C.: Entonces, la primera traducción es entre el lenguaje, lo que el niño inventa de él, y lalangue que va incorporando.

     

    A.S.: Esta teoría de la adquisición del lenguaje por parte de los niños contraría la teoría de que los niños aprenden a hablar por imitación en razón de la necesidad de fijar imágenes generales. Hay en ellos una productividad original, la prueba de esto, decía Schleiermacher, estaría en el hecho de que algunos niños conservan esas palabras hasta un momento relativamente tardío de la vida.

    El muttersprache y el vaterländische Sprache (respectivamente, lengua materna y paterna) no designan la misma cosa. Cada una tiene una relación particular con la lengua natal. Podemos considerar, entonces, que la adquisición de la lengua es ya una traducción.

    Esta teoría sustentada por Friedrich Schleiermacher se aproxima bastante a la conjetura de Lacan acerca del origen de la escritura.

    La pregunta sobre qué se traduce parece remitir a algo esencial de la lengua que llevaría a la Cosa. Para Lacan, la Cosa es el lugar donde está lalangue, no es lalangue sino el lugar donde está, lalangue está en la Cosa (Goethe ya había hablado de la traducción diciendo que no se trata de que una lengua reemplace a la otra, sino de que esta última vaya al lugar de la lengua propia). Sin embargo, lalangue tampoco es la lengua materna. El tejido que le es propio, la materia con la cual está hecha, tiene una relación con la lengua materna y al mismo tiempo se distingue de ella. El tejido está hecho entre lalangue y la lengua materna.

    La Cosa es la estofa, el tejido de la lengua es la estofa, ocupa un espacio, en el sentido en que espacio e imaginario coinciden, así como lo imaginario es el lugar donde está el nudo. La estofa de lalengua es nodal.[2]

     

    V.C.: En el Seminario XX: Encore, Lacan dice que lo que falla es el indicador del referente. ¿Qué decir sobre esto en cuanto a la traducción?

     

    A.S.: Si por ejemplo se trata de traducir un párrafo o una expresión de Freud o de Lacan, debo tener en cuenta que ese párrafo, frase o término, cualquiera sea, tiene su sentido en un determinado discurso.

    Lacan muestra cómo el hecho de que Saussure diga que la relación entre significante y significado es “arbitraria”, el que emplee ese significante desliza su decir en el discurso del amo, la “arbitrariedad” es cuestión del discurso amo, es inevitablemente un significante de ese discurso, y además un significante sugerido, digamos, efecto de la sugestión que el discurso universitario ejerce en determinado momento. Es decir, Saussure profesor es uno, pero para Lacan hay otro más verdadero; si osamos decirlo así, el Saussure de los anagramas. Es a partir de allí que veríamos cómo “el significado no tiene nada que ver con lo que lo causa” (porque lo que lo causa es lo real), o que “el significante no significa nada”.

    Es Lacan quien habla de este modo. Sin embargo, esto no quiere decir que el significante no deba cumplir para el sujeto la función de “significarlo”, por ejemplo de significarlo “hombre”, y no me refiero a su género de sexo sino también en cuanto a su pertenencia al género humano. Bien sabemos los psicoanalistas que el sujeto supuesto a un ser hablante puede no sentirse como él cree que se sienten todos los otros, puede no poder significarse por el hecho de que el significante no pueda ejercer para él su función de tal, es decir, no significar nada. Puede parecer paradójico el hecho de que para que un sujeto se signifique tenga que existir la posibilidad concreta de que un significante no signifique nada.

    Lo que Freud llama “complejo del semejante” no es algo tan simple como suele creerse. Reconocerse semejante al semejante depende de la función del significante, y esto puede fallar, no solo en la psicosis. Es necesario que algo funcione como no-todo en la lengua materna para que se establezca una relación y una distancia al mismo tiempo entre lalengua (lalangue) y la lengua materna.

    Si hablamos de la traducción, entonces, es interesante recordar que Wilhelm Von Humboldt tuvo una gran intuición respecto del significante. Von Humboldt decía, por ejemplo, que si se hace abstracción de expresiones que solo designan objetos físicos, ninguna palabra de una lengua es exactamente idéntica a otra en otra lengua. Entonces, estas expresiones que no designan objetos físicos son consideradas por Von Humboldt como significantes. Para él hay sinonimia entre las principales lenguas, como el griego, el latín, y el alemán, por ejemplo.

    Ahora bien, de algunos autores, como por ejemplo Aristóteles, quizás se deba considerar que lo que se traduce a partir de un determinado texto es más un decir que un dicho, ya que en el mismo texto de Aristóteles encontramos que él se expresa diciendo como eso de lo que él trata, por ejemplo, el problema del ser, es cómo debe decirse.

     

    V.C.: Incluye la enunciación.

     

    A.S.: Sí, claro. Aristóteles dice que el ser se dice de una y múltiples formas. En cierto modo, el concepto de cualquier cosa de la que se trate alcanza su pertinencia en el “bien decir”. Por supuesto, este es el “bien decir” para Aristóteles, del cual habla Lacan, este bien decir constituye una ética. Aristóteles no dice “esto es así”, sino “esto se dice así”. Digamos que es muy prudente (frónesis) para utilizar un significante muy propio de su discurso con respecto a la cuestión del ser. Es cierto que si se toma de este modo es para “desontologizar” el ser.

     

    V.C.: Eso es importante, porque se traduce el decir, no los dichos sino el decir. Ahí hay una diferencia importante.

     

    A.S.: Bueno, sin embargo no es inadecuado utilizar la fórmula Aristóteles dixit”, nada impide mencionar algo como dicho por Aristóteles, yo misma lo estoy haciendo. Lo que trato de decir es que la traducción debe reflejar claramente, de alguna manera, por ejemplo la diferencia que existe entre decir, el ser “se dice”, y decir el ser es.

     

    V.C.: ¿No hay ya una traducción en lo que va de lo que se dice a lo que se escribe?

     

    A.S.: Cuando hablamos de traducción tenemos en cuenta una relación del decir con lo que se escribe, es decir, con la letra, incluso si se trata de un texto oral, se traduce lo que se escribe de lo que se dice. Como dice Lacan, hay una escritura que subyace al lenguaje. Hay una latencia de la escritura en el len guaje.

    Una escritura se produce al mismo tiempo que el texto que se pronuncia. Cuando pasamos de lo oral al escrito hablamos de transcripción, la cual puede ser, por supuesto, dentro de la misma lengua. Sin embargo, no hay nada que pueda zanjar la hiancia entre la palabra hablada y la palabra escrita, entre lo llamado oral y el escrito. Se trata de dos sistemas completamente diferentes. La escritura no es el reflejo de la palabra hablada.

     

    Ilda Rodriguez: Cuando hay un pasaje de una lengua en otra, por ejemplo, el Unbewusste que desemboca en l’une-bévue, se produce una homofonía ante la escucha que requiere de una repetición y de una escritura para lograr ser cernida. Dicha transferencia de la letra, ¿puede considerarse una transliteración? En su ya clásico libro Letra por letra, Jean Allouch había articulado traducir-transcribir-transliterar. ¿Usted considera que esta diferenciación conceptual y clínica conserva su vigencia?

     

    A.S.: Jean Allouch es quien se ocupó de aclarar estas operaciones,[3] según se trate del pasaje de lo oral a lo escrito o de una escritura a otra, poniendo en juego la homofonía y la letra. Es decir que en el pasaje de lo oral a lo escrito puedo transcribir fonemáticamente, lo cual sería hacerlo a la letra,este es un tipo de escritura o transliterar, pasando un término de una lengua a otra, conservando la homofonía y cambiando algunas letras, con conservación del sentido.

    La transliteración, la función de la homofonía y la escritura son operaciones en la “traducción”. Lacan “traduce” de muchas maneras algunos términos del alemán transliterando, es decir, cambiando algunas letras de ese término y conservando el sentido que tiene de ambas lenguas.

     

    I.R.: Cabe decir que se habla de una lengua mediante otra, y el lenguaje se perfecciona cuando sabe jugar con la escritura, como nos dice Lacan, en la puesta en acto de la homofonía, por ejemplo. Respecto de la transliteración, ¿podría afirmarse que existen otras formas, además de las recién mencionadas?

     

    A.S.: Por cierto, Lacan traduce un determinado significante transliterándolo al ponerlo en un grafo. Eso es lo que hace con el significante “famillonario”, lleva a cabo una transliteración de los términos de la subversión del sujeto al grafo del deseo (grafo que a su vez es la transliteración de los circuitos que se producen a lo largo del desarrollo del seminario sobre las formaciones del inconciente). Todo el juego que proporciona la topología de grafos, la posibilidad de unir vértices y vectores componiendo circuitos que, digámoslo así, pueden ir cuando regresan y regresar cuando van, sin que por eso haya contradicción, es algo formidable. Todo un esquema banal de la llamada “comunicación” es no solo interrogado y cuestionado sino extraordinariamente enriquecido: la relación código-mensaje que manejan las teorías de la comunicación es elemental al lado de lo que revelan la Psicopatología de la vida cotidiana, El chiste y su relación con el inconsciente, y tanto más aún a partir de la lectura que hace Freud de la escritura de Schreber.

    El orden que puso Roman Jakobson al hablar de las combinaciones posibles entre mensajes, como el reenvío de código a código (CC), de código a mensaje (CM), de mensaje a código (MC) y de mensaje a mensaje (MM), sin duda fueron de enorme utilidad para Lacan, y estimo         que es casi inevitable pensar que estos elementos subyacen a la construcción del famoso grafo de Lacan sobre el sujeto subvertido y, por lo mismo, del deseo. Sin embargo, sin “él”, como a veces Lacan ha nombrado al Otro, es decir el inconsciente en el sentido freudiano, nunca se hubiera dejado de creer que el código es la garantía de lo que se dice, nunca se hubiera advertido que cuando algo no está en el código y sin embargo este lo reconoce por razones de homofonía, o de lítote y otras figuras retóricas, es entonces que quien habla, dice algo. Muchas de estas cuestiones se aprenden de la psicosis. Schreber nos ofrece ejemplos muy interesantes de estas ocurrencias.

     

    I.R.: ¿Qué decir a propósito de las menciones al Crátilo de Platón, en relación con el origen de los nombres y con el lenguaje, en el curso de los seminarios de Lacan?

     

    A.S.: Quizás, en Platón la relación con la letra es aún más evidente, en la medida en que su texto está constituido por diálogos. Uno podría pensar que nada es más hablado que un diálogo, y sin embargo, cuando se trata del Crátilo no podríamos entender nada de las falsas etimologías que allí se presentan sin seguir la lectura a la letra –el juego con la literalidad que presenta el Cratilo es el ejemplo de la libertad con que Platón se permite crear falsas etimologías, aunque luego las desmienta, pues una vez creadas están allí. Esto nos interesa porque muchas veces para Lacan las “falsas etimologías” no son tales, se encuentran en lalangue, a veces Lacan mismo las crea, y, digamos, las autoriza, porque emergen de operaciones que la lengua realiza con lo literal, operaciones insospechables, diría yo, que tienen como resultado homofonías, consideradas válidas como etimologías. En el Cratilo se trata del origen de los nombres, de cómo se crearon los nombres, de quién fue el onomaturgo. Entonces, las falsas etimologías se producen como resultado de la especulación sobre los nombres. La pregunta es, por ejemplo, por qué Hermógenes se llama Hermógenes. Entonces se buscan, o se encuentran, las consonancias con otras cosas que resultan homofónicas. Por eso hay tantas falsas etimologías, porque la homofonía entre el nombre con otras cosas no asegura que se trate de lo mismo, de la misma palabra, del mismo origen.

    Para Lacan, las “falsas etimologías” que provienen de la homofonía entre dos términos no son producto del azar, quizás sí de la contingencia. Pensemos en deux y d’eux. Lacan dice que esta homofonía no es casual, porque en el fondo habría una etimología común para ambas expresiones. Esto es bastante difícil de verificar, pero es interesante que solo haya una diferencia de espacio entre las letras. Por otra parte, hay muchos casos de homofonías totales entre dos términos cuya etimología difiere sin lugar a duda. No importa, Lacan diría que eso no significa nada, que se trata del significante. Yo diría, del significante que insiste según leyes que le son propias.

     

    V.C.: Hay una pregunta clásica que me gustaría retomar: ¿qué decir de la fidelidad y/o traición en la traducción?

     

    A.S.: Von Humboldt decía que más se esfuerza el traductor en ser fiel al texto que traduce, buscando por ejemplo la palabra idéntica en la otra lengua, más se aleja del espíritu del texto. Es decir que en la traducción no hay fidelidad sin traición.

    Pero traducir significa llevar de un lugar al otro, de una lengua a otra, aunque no únicamente, por supuesto, ya que también existe la traducción de un jeroglífico a una lengua alfabetizada, o de una lengua a otra con un alfabeto diferente.

    Lo digo para señalar que etimológicamente el tra es el mismo que se encuentra en traición, en tradición y en transmisión. El tra indica un atravesamiento. Por ejemplo, en el término traducción está indicado tanto el atravesamiento como la conducción, el llevar, el duc de conducir, del conductor, el duque (Il duce, por supuesto, que conduce a la masa durante el fascismo italiano).

    Bien se podría decir que la traducción es una travesía, que por ejemplo, entre dos lenguas hay algo que atravesar, no simplemente un pasaje, un llevar de un lugar a otro; hay un cierto Aqueronte que atravesar.

    La traición también implica una transmisión, algo que se dice pasa de boca en boca. La tradición tiene que ver con algo que se dice y se conserva como un recordatorio. Quizás por eso el olvido es muchas veces considerado una traición, y el recuerdo una fidelidad. Pero sin traición no hay “fidelidad” posible para transmitir, por ejemplo, el espíritu de una lengua, y mucho menos la estofa de lalangue.

    A propósito, lalangue, por ejemplo, ¿es una palabra traducible o intraducible? Es transliterable al castellano, ya que entre lalangue y lalengua hay homofonía, y la “a” y la “e” se encuentran en distinto lugar. Aun así, tengo mis dudas de la conveniencia de traducir este término hallado por “tropiezo”, precisamente, une-bévue en la lengua de Lacan. La homofonía surge en el momento en que él, Lacan, quiere decir “Lalande” y dice lalangue. En este caso no se trata de lo que es traducible sino de lo que no se traduce. Lalande es un nombre propio, y por lo tanto no se traduce, pero no es únicamente por eso que no se traduce, esa no es la razón más importante. Hay un matiz entre una y otra cosa que es preciso tener en cuenta. Un término puede ser traducible y, sin embargo, es posible que resulte conveniente no traducirlo.

    Es lo que pasa con los nombres propios, por ejemplo, y con algunos “neologismos” de Lacan, aunque sean traducibles es necesario que permanezcan en su lengua, en este caso el francés, porque no dicen lo mismo en esa lengua que en la nuestra. Otro tanto, aunque se trata de algo diferente, ocurre con el rébus. Para tomar un ejemplo que no proviene de Lacan, voy a referirme a Michel Leiris…

     

    I.R.: Lacan juega con el final del apellido de Leiris en el seminario que se llama casi parecido, RSI, y en primera instancia alude al escritor en Acerca de la causalidad psíquica, respecto de ciertos juegos a los que llama glosolálicos. Está claro que hay otros escritores que también hicieron diferentes experiencias con las palabras, incluso, en otra vertiente, el filósofo John Langshaw Austin, con su Cómo hacer cosas con palabras.

     

    A.S.: Efectivamente, se trata de experiencias con la palabra que conducen a la letra. Cuando se la dice, cuando se la escucha, indefectiblemente se la lee, y es allí que aparece la letra respecto de la homofonía- lo mismo puede encontrarse en Raymond Roussel, Francis Ponge y otros. Este último le hace hacer cosas a las cosas, a la palabra como cosa, no utiliza la prosopopeya como lo hace Lacan en La cosa freudiana, cuando pone a la verdad en el lugar de la cosa y le hace decir: “Yo, la verdad, hablo”.

     

    V.C.: ¿Y el rébus?

     

    A.S.: Es posible que el “ré” de rébus se corresponda con el “res” de la “cosa” en latín.

    Michel Leiris- del que había empezado a hablar- tiene un libro cuyo título es Palabras sin memoria, en el que las palabras pierden la memoria, se descomponen y luego se recomponen, pero ya no son las mismas, aunque su sonoridad sea casi la misma, entre la palabra que olvida y lo que se reconstruye, es decir, lo que se deconstruye y se reconstruye en otra u otras palabras, entre las cuales hay homofonías total o parcial.

    Si tomamos un ejemplo como este: métaphore phare de phosphore? forêt matée? Ou épitaphe du fort en theme? O también, Pèreperpétuel pet de reptile, está claro que podemos encontrar en estas transliteraciones sílabas, letras, letras de las sílabas del término original con el orden cambiado, todo ello llevado por la homofonía.

    Otra es la cuestión en lo que se refiere al sentido de un determinado párrafo. En este caso, la “traducción” no es de una lengua a otra lengua, está el hecho de que el mismo párrafo puede traducirse en diversos sentidos. Esto puede depender de la puntuación, por ejemplo, según cómo se lo puntúe, un mismo párrafo tendrá un sentido diferente. Si bien un rébus no es traducible a otra lengua, en ciertos casos se puede intentar reconstruirlo en la otra lengua, por ejemplo, cuando se trata de los títulos de algunos seminarios de Lacan, como Les non dupes errent –la homofonía con Los nombres del padre es perfecta en francés. En este ejemplo hay una demostración muy clara de la relación entre homofonía y escritura –insisto en ello porque concierne al síntoma como escritura.

     

    I.R.: ¿Cómo traducir ese título del Seminario Les non dupes errent produciendo la misma diferencia entre escritura y sonido?

     

    A.S.: Estas cuestiones se aproximan mucho a la articulación del síntoma con la escritura y a lo que concierne al estilo. Por ejemplo, sabemos que existe como síntoma la imposibilidad de puntuar, claro que este síntoma puede generar, incluso, un estilo de escritura. Convertirse en sinthoma, identificarse y hacerse identificable por el estilo. La relación entre el síntoma y la identificación es una cuestión de escritura, entre imaginario y real. Una inversión topológica del espejo no es la imagen en el espejo, pero el espejo llama a la escritura porque él mismo, el espejo, es un hecho de palabra.

    El lenguaje “hace” al espejo. Cuando se trata del sinthoma, el nombre viene al lugar del yo, un uno, también como número como individuo, sujeto de un ser hablante es también un número en un número entre otros, y cada uno lleva consigo la sombra de ese número que es, que le corresponde como individuo.

     

    I.R: Respecto de ese enigma figurativo que es el rébus, cada elemento “imagénico” es reemplazable por la palabra respectiva, de modo que así se puede obtener una frase que constituye la respuesta a un interrogante. Es decir que la imagen también puede ser un significante, en tanto vehículo y soporte de la letra. ¿Pero se puede hacer un rébus de cualquier frase?

                                                         

    A.S.: También ocurre que una frase puede contener otra frase no legible a primera vista, es decir, una combinación diferente de las letras que forman otras palabras, incluso podemos no darnos cuenta (y esto es lo que sucede normalmente) de frases ocultas en las que pronunciamos. Pero estas frases dan lugar a sueños, y en ocasiones a delirios.

    Hay razones para que Lacan diga que la “verdadera” psicosis es la paranoia, porque se trata de su relación efectiva con la estructura del lenguaje. El significante es el que cumple la función de perseguidor, lo que hace el paranoico es encarnarlo en determinado personaje, en un Flechsig, por ejemplo. La paranoia tiene una función inherente a la estructura del lenguaje, es intrínseco.

     

    V.C.: En Función y campo…, Lacan habla de la función poética del lenguaje. Ahora bien, esta función es establecida por Jakobson, ¿no?

     

    A.S.: Sí, junto con otras funciones que Jakobson establece: 1) la función referencial, que se refiere, marca, la no coincidencia del signo con el objeto; 2) la función conativa, que es la que concierne a lo imperativo en el lenguaje; 3) la función empática, que es la que está en lo que se dice, efectivamente en lo que se dice; 4) la función emotiva, que implica el hecho de que una misma frase, según el tono, según los acentos que se le dé, dice cada vez otra cosa, dice algo diferente. Todas estas funciones no pueden dejar de estar en juego en la traducción.

    Podríamos decir que explícita o implícitamente, Lacan agregó otras funciones. Por ejemplo, cuando considera que el mismo texto dice algo diferente según quien lo firma, según quien lo diga.

     

    I.R.: Según el autor.

     

    A.S.: Sí, el ejemplo que ofrece tiene en sí mismo un gran interés. Lacan dice que un texto dice algo diferente según lo firme Ricoeur o él mismo, Lacan. Por supuesto, como en el ejemplo está el sujeto, tenemos el pleno derecho de considerar por qué Lacan elige a Ricoeur como caso. ¿Esto querrá decir que la misma retórica dice otra cosa según no solo el autor sino el discurso que ese texto tiene como referente, o incluso que Lacan quiere significar que su hermetismo no tiene nada de hermenéutico? Hago abstracción del hecho de que en ese momento, Lacan considerara que Ricoeur traicionaba, en cierto sentido, su transmisión. Me interesa más lo que descubre en el curso de esa querella, que es en qué medida el nombre del autor hace al sentido de su texto.

    Digo eso teniendo en cuenta que Lacan considera muy especialmente la división entre significante y significado –en el seminario sobre las psicosis–, y en cierto sentido podríamos decir que su hipótesis es que el significado no tiene nada que ver con lo que lo causa –esto es desarrollado en el Seminario XX: Encore, cuando se pregunta por el referente, concluyendo que el indicador del referente, en lo que concierne al signo, falla. Es así como Lacan pasa a considerar que el referente es el discurso, que no hay otro referente que el discurso, de donde proviene lo que proferimos.

     

    V.C.: ¿Qué decir de la letra en el inconsciente? El pasaje del Unbewusste a la une-bévue no es solo un ejemplo de transliteración, sino de la letra en el inconsciente.

                                  

    A.S.: Digamos que con Lacan la noción de literalidad también cambia. Ahondar en la función de la letra es entrar en un campo de revelaciones inesperadas, y en lo que respecta a la traducción, es encontrarse con la función operativa de la transliteralidad. Puede decirse que el Lacan de La instancia de la letra en el inconsciente… se asoma a lo que será la función de lo transliteral –en este caso, más de una lengua interviene para “traducir” el término “inconsciente” y Unbewusste se translitera como une-bévue. La partícula negativa desaparece, se transforma en une, “una” (sabemos cuánto molesta la partícula negativa en la palabra inconsciente, que podría entenderse como el negativo de la conciencia), y parece que la negación del saber inconsciente desaparece. Y es así. Sin embargo, lo interesante es que el “no” reaparece en la palabra bévue, ya que la partícula “bé” en francés significa “no”. En la equivocación hay un “no visto”, pasado por alto, se toma una cosa por otra. Vue significa “visto”, en francés, pero a primera vista en español no sabríamos, en el caso en que esta palabra apareciera en un sueño, si se trata de “ver”, de “vestir” o de una vue, una “vista”, un paisaje, un panorama.

    Lo importante es lo que la transliteración nos indica acerca de la homofonía, lo que llamo “identificación homofónica” de términos como Unbewusste y une-bévue. Lo que la homofonía nos indica a partir del análisis es la relación de lo que se dice con el escrito. No se trata de un juego de palabras sino que en este aparente juego de palabras la función de la letra es fundamental, es lo que hace a la lectura, a la identificación entre la lectura y la escucha.

    Sin el psicoanálisis, sin el análisis, sin una práctica efectiva con el otro que habla, no se podría haber llegado a este punto, a estas revelaciones con respecto a la traducción. En la traducción no se trata solamente de una cuestión filológica, por eso la filología se encuentra en serios problemas para constituir una teoría de la traducción, ya que no lleva a cabo una práctica dentro de un lazo social, no hay una práctica filológica con el otro hablante, en un determinado lazo social, en un determinado discurso.

    Se necesita de la ciencia, a secas, para encontrar al sujeto, justamente donde está forcluido. Digamos que Leiris busca al sujeto, en la antropología no llega a descubrir que en sus ejemplos hay saber que supone un sujeto. Este es el problema fundamental, el de la suposición, del sujeto en tanto supuesto. Leiris se propone realizar una investigación etnológica, pero por esa vía no puede alcanzar los resultados que busca porque se mueve en el terreno equívoco de las llamadas “ciencias del hombre”.

    Ahora bien, que no se pueda hacer una “ciencia del hombre” porque el “hombre” es un significante, significa que sin la suposición de un sujeto en un ser hablante, este no podría ser humanamente respetado –digo esto porque por allí se escucha que en lo concerniente a lo humano, el psicoanálisis no tiene nada que hacer. Es al revés. Sin la suposición del sujeto, como decía, la humanidad se deshumaniza.

     

    V.C.: La interpretación es una traducción, pero la traducción ¿es una interpretación?

     

    A.S.: Puede ser una interpretación algo que implique un: “Me estás diciendo tal cosa”, y que eso no haya sido dicho literalmente. O mejor todavía, una interpretación sería lo que resulta de la traducción que el analista hace para sí de lo que el otro está diciendo. En este caso está en juego la función del mensaje, tal como la encontramos en La interpretación de los sueños, por ejemplo: “Te digo lo que te digo para que a partir de esto entiendas esto otro”. Si esto fuera traducción, lo sería dentro de la misma lengua.

     

    I.R.: A mi entender, destacar el decir en la traducción hace una diferencia. En esa dirección, en una conferencia pronunciada en Niza en 1974, Lacan afirma que lo phoné en una lengua se puede traducir a cualquier otra, salvo que sea una ignorada, y allí acentúa la cuestión de la voz…

     

    A.S.: Claro, porque la traducción supone una cierta escucha, aunque lo que se traduzca sea un texto escrito. Creo que un buen traductor, escucha.

     

    V.C.: Eso es lo que diferencia la traducción de Freud que hizo López-Ballesteros de la que hizo Etcheverry. Mientras que el primero transmite el decir de Freud, el segundo recrea la traducción que se hizo de su obra otro modo, y tiene el antecedente de la de López-Ballesteros. Por otro lado, y volviendo a la cuestión de la poética, en esa vía iría lo que hace Lacan con el Unbewusste y el une-bévue, ¿no es cierto?

     

    A.S.: Sí, porque la función de la poética tiene que ver con el sonido y con el sentido. Se trata de trasladar algo que tiene determinado sentido, aprovechando una homofonía, para crear algo que despierte, que interese, y Lacan no se preocupa de que eso pueda parecer un disparate, o sea que en ese sentido no tiene ninguna preocupación “científica”.

    En la traducción que hace López-Ballesteros tenemos una formación que nos relaciona mucho con el alemán de Freud, mientras que en la de Strachey no es así. Hay razones de este tipo que nos permiten leer a Lacan freudianamente.

     

    I.R.: Vale decir, entonces, que la operación analítica entre el Unbewusste y l’une-bévue, por vía de la homofonía como una función de la letra que despierta, pone en acto la unión del sonido y el sentido. Ahora bien, la invención del nuevo significante lalangue, que surge a partir de un lapsus de Lacan –como ya se ha dicho–, nos advierte de esa operatoria y reenvía al modo en que cada sujeto, en su singularidad, ha sido escuchado, ha hablado. De ahí esa lalengua, en la que recibió una primera impronta, que volverá a surgir en sueños, en todo tipo de tropiezos, equívocos, etc. Entonces, ¿qué relación encuentra entre lalangue y el lenguaje?

     

    A.S.: La lalengua y lalangue es algo anterior, que nosotros tenemos que privilegiar respecto del lenguaje; es ese aluvión de sonidos, ese baño del lenguaje en el que somos introducidos traumáticamente, y que también implica un trauma, porque supone una determinación, está determinada por el goce que experimentan los padres en particular, en el uso de la lengua. Incluso, los tics o los recursos teóricos que tienen al hablar, los errores, todo eso implica un goce de la lengua que está en los padres, en los adultos en general, y que Lacan dice, si no recuerdo mal, que el niño sufre ese goce de la lengua pero que lo sufre de una manera activa, no de una manera pasiva. De una manera activa porque no puede no estar, por eso es traumático, porque no puede no complicarse en eso, no complicarse en esos sentidos que a su vez están impregnados de ese goce.

    Entonces, las formaciones del inconsciente tienen esa base, son las marcas del goce de la lengua de los padres, y eso es traumático. El síntoma mismo responde a ese tipo de trauma. En rigor habría que pensar que no hay ningún síntoma que no responda a un trauma que tiene su expresión en una marca que viene o que proviene de la lengua materna. Freud lo buscaba de la misma manera, Freud decía no tener interpretación de la equivocación como acto fallido, como formación del inconsciente- de la propia en particular y de la de los otros. Si uno toma la Psicopatología de la vida cotidiana, se ve muy bien que Freud llega a una conclusión sobre los lapsus y el olvido, pero no puede resolver lo del acto fallido, no tiene una interpretación del acto fallido, de la equivocación: si meto la carta en el buzón equivocado, dice Freud, ¿es porque quiero que no la reciba el interesado o porque quiero que llegue a aquel a quien se la estoy mandando? Ante la contradicción que se presenta, Freud no encuentra solución, eso es lo que no puede resolver, no le encuentra un sentido, mientras que al olvido y al lapsus sí le encuentra un sentido. Cuando entra en juego lo que está más relacionado con la naturaleza del acto, Freud no le encuentra el sentido –al equívoco, a la equivocación con respecto al acto. Por eso, a mí me parece que la traducción de la “una equivocación”, la una equivocación da lugar a muchas traducciones, porque es fundamentalmente el acto fallido, es una equivocación, una metida de pata, algo que por descuido tomé mal. En uno de los ejemplos de Freud sobre el acto fallido, cuenta el caso de un paciente al que le da una medicación por otra. Este sería un acto fallido: tomar una cosa por otra o no tomar una cosa, no verla –es un ejemplo de bévue–, no ver y/o tomar una cosa por otra.

     

    Il.R.: Desde luego que se estaría hablando de un caso de torpeza por inadvertencia, ceguera o pasión.

     

    V.C.: Eso tiene que ver con lo que decíamos al principio, porque el decir solo se aprecia en la propia lengua. Es lo que muestra el ejemplo de Jean Paulhan con los proverbios de los malgaches, que hay algo que solo pueden comprender los habitantes de una misma lengua.

     

    A.S.: El proverbio no necesita traducción. En el caso de los malgaches no se permite la traducción, resiste al intérprete. Se utiliza para decir lo apropiado en un determinado momento. Lo importante es la ocasión. Es una cuestión de significancia que resiste al intérprete.

    En una oportunidad escuché a una muchacha que solo hablaba con proverbios, siempre encontraba un proverbio que expresara lo que quería decir sin decirlo –en este caso, la joven no dice ni una palabra, por supuesto. Incluso, como el proverbio se puede escuchar fonemáticamente, esta muchacha decía cosas como: “Con respecto a eso, me siento «saco de otro pozo»”. Ese saco sí podía llegar a ser un significante que condujera a un decir.

     

    V.C.: Claro, no se entiende por el extranjero.

     

    A.S.: Exactamente, pero a lo que me refería tiene que ver con esto, que el traductor puede traducir de otra lengua a la suya, mas no puede traducir –aunque algunos lo hagan, y supongo que bastante bien– de la suya a la otra lengua. Es como un derecho que tiene de traducir de otra lengua a la suya, pero no de la suya a otra lengua, y aun traduciendo a la propia lengua, hay diferentes posiciones con respecto a la traducción, distintos puntos de vista sobre lo que “debe” ser una traducción; digamos que las diferencias muchas veces dejan traslucir la transferencia que el traductor tiene con su lengua y/o con el autor del que se trate.

    Por supuesto, tenemos el caso de otros “traductores” que son los autores que mudan de lengua, se trasladan a otra dimensión, escribiendo en una lengua que no es la propia, como Beckett, Canetti, etc. Por ejemplo, si uno lee la traducción del griego de Aristóteles o de Platón que hace Tricot para la colección de Belles lettres, una colección francesa, encuentra el contenido de lo que dicen Aristóteles o Platón, mas no el decir de ambos, pues la traducción que hace es muy libre, les hace decir lo que dicen en francés.

     

    I.R.: Me parece que ahí puede reconocerse lo que decía sobre el goce de lalengua.

     

    A.S.: Puede ser. Si uno toma un texto de Heidegger, de Aristóteles traducido del griego es imposible ver en primera instancia la correspondencia de un término en francés, por ejemplo, en español o en inglés, con el término en griego del cual el segundo sería la traducción. A mí me sucedió, no recuerdo si el texto estaba en francés o en castellano, para el caso da lo mismo porque el traductor era Heidegger, que estaba traduciendo del griego, y tener el texto en griego y en francés o castellano y ver cómo puede corresponderse un término con el otro; es difícil, en el texto de Heidegger no reconozco absolutamente nada a primera vista –puede decirse que por no dominar el griego, pero la sorpresa de no reconocer nada en la traducción fue enorme. Cuando fui a ver esto con mi profesor de griego, que es Eduardo Sinnott[4] (que es traductor de Aristóteles y de muchos otros, pero últimamente se dedica casi exclusivamente a la obra de Aristóteles), me explica la traducción, y la explicación es una fundamentación casi letra por letra de la traducción del texto que yo no podía entender. Pero ¿por qué? Porque la traducción de Heidegger estaba predominantemente basada en el aspecto morfológico de la lengua. En griego, lo mismo que en alemán, la morfología de un término permite obtener por descomposición y recomposición la traducción de muchos otros términos en la segunda lengua, de donde viene toda la concepción de la desocultación como traducción, y quizás también al revés.

     

    V.C.: Claro, es de su propia lengua que saca el método.[5]

     

    I.R.: Lo que muestra toda traducción es una concepción del lenguaje que está activa en el acto de traducir. Aquí vendría al caso la Versagung freudiana, de la que Lacan señaló que Freud nunca dijo “frustración”, sino que parece haber sido traducida, en ocasiones, de ese modo. O sea que vale atender a lo que la palabra alemana dice en sí misma.

     

    A.S.: No se trata de que el término esté mal traducido del alemán cuando se lo traduce por frustración, sino que Versagung, en el sentido freudiano, no tiene traducción. Es decir, no que no se pueda traducir, porque yo puedo decir que versagt implica frustración, pero la ruptura de la promesa que la palabra conlleva reside en el hecho de que sagen significa decir y la partícula Ver es un prefijo de negación: no se trata de no decir, sino de no cumplir con aquello que se promete cuando se usa la palabra, cuando se habla. Por eso, Lacan nos conduce a traducirlo como “ruptura de una promesa”.

    Mientras que Lacan desoculta lo que hay en el término Versagung, Strachey lo traduce correctamente, pero eso no dice lo que se trata de transmitir cuando se habla, por ejemplo, de Versagung en el caso de La joven homosexual. Allí es bien claro que la joven “denuncia” una promesa que no se cumplió, en relación con lo que ella esperaba de su padre. Decir que se trata de una mera frustración la deja sin relación con la palabra como tal (eso no significa que un germano hablante sepa lo que está diciendo cuando dice versagt o que ha sufrido una Versagung por alguna cosa). Ello es más evidente si tenemos en cuenta que en el análisis operamos en el campo de la Versagung. Es Lacan quien lo dice.

     

    I.R.: Me gustaría citar una puntuación de lo que usted escribió sobre la Versagung, ya que cuando lo leí, hace veinte años, me impactó. En aquel momento decía que: “[…] significa en la lengua alemana palabra rota o promesa incumplida y es un término que en el inconsciente dice lo fallido de la palabra en su ser de verdad, que no es otra cosa que lo que implica la dimensión inconsciente de la palabra”.

    V.C.: ¿Cómo considera el analizar y el analizarse en otra lengua?

     

    A.S.: ¿En otra lengua?

     

    V.C.: Sí, por ejemplo uno va a Francia y puede analizarse en español o en francés con un analista francés, o un analista francés escuchar analizarse en español u otra lengua.

     

    A.S.: A mí me parece que lo mejor, lo más indicado es que el analizante hable en su lengua, porque él es quien se tiene que escuchar. Si él no se escucha, y no se va a escuchar de la misma manera en una lengua extranjera, cómo podemos verlo en el hecho de que en ciertas ocasiones utilice una palabra extranjera para decir algo sin significarlo.

     

    V.C.: Claro, porque en la otra lengua no está lalangue.

     

    A.S.: Exactamente. Pero además, en lo que concierne al analista, creo que esto no nos impide captar las marcas en relación con el goce de la lengua del hablante, aunque no dominemos como el paciente o el analizante lalengua del otro. Las marcas del goce son perfectamente registrables por el analista, si conoce un poco la lengua, si la ha escuchado suficientemente y la ha practicado un poco, pueden surgir ciertos equívocos interesantes, que como es lógico, en general son muy productivos.

     

    V.C.: ¿Alguna anécdota que recuerde respecto de la traducción?

     

    A.S.: Sí, con una experiencia de traducción de Lacan al inglés.

    En una oportunidad me invitaron a la Universidad de Columbia para participar de un coloquio o congreso lacaniano, que se supone estaba organizado por algunos psicoanalistas lacanianos de Nueva York. Teníamos la obligación de exponer nuestro trabajo en inglés, lo que me llevó a buscar traducciones de Lacan al inglés, entre las que encontré una del seminario sobre los cuatro conceptos, y en ella un párrafo que me llamó la atención y que quise aclarar con una analista estadounidense. Quería que ella me dijera cómo lo entendían, porque la traducción me presentaba algunas dudas. En efecto, existe todo un problema con la traducción de Lacan al inglés, de hecho, él mismo se debate entre traducir Otro como the otherness o the other.

    De ese tipo era el problema que yo había encontrado en aquel párrafo y necesitaba cierta aclaración, porque se relacionaba con lo que iba a exponer. Entonces, en un momento social de la reunión, aproveché para preguntarle a una psicoanalista con quien estaba conversando, sobre la forma en que ellos lo interpretaban. Lo que me asombró fue que esta señora tomó el libro que yo tenía en las manos, que no era otro que aquel seminario en inglés, y exclamó: “Pero no, no puedo decírselo, porque esto no es inglés. Esto es Lacan”.

    Lo curioso es que lo que no se puede traducir de un autor se convierta en una lengua más.


     

    [1] Friedrich Schleiermacher:Des différentes méthodes du traduire, Ed. Du Seuil, París, 1999.

    [2] Norberto Ferreyra: La práctica del análisis, Ed. Kliné, Buenos Aires, 2013.

    [3] Jean Allouch: Letra por letra. Traducir, transcribir, transliterar, Buenos Aires, Paris, 1993.

    [4] El Dr. Eduardo Sinnott es traductor de Aristóteles del griego al castellano, así como otros autores de lenguas antiguas y modernas.

    [5] De la misma manera, se ha dicho que el alemán como lengua se establece a partir de la traducción que Lutero hace la Biblia, y que de La crítica de la razón pura se extrae el latín.

  • Lo imposible de traducir

    Conversación con Héctor Yankelevich acerca de la actualidad de Lo imposible de traducir, diecisiete años después de su presentación.

     

    Ilda Rodriguez: En Lo imposible de traducir[1] usted plantea que la transmisión del psicoanálisis está atravesada por la escritura de Freud y los efectos de sus traducciones al inglés y al francés. ¿Podría decirse que hay una “lengua psicoanalítica”? Y si así fuera, ¿cómo se articula con la traducción?

     

    Héctor Yankelevich: Vamos a hacer un poco de historia. El psicoanálisis nació en alemán. Freud inventó el psicoanálisis descubriendo el inconsciente y las pulsiones, y lo hizo en alemán. Produjo un concepto y una práctica nuevas ex-nihilo en la historia de la cultura y los hizo transmisibles gracias a su escritura de la lengua alemana. El alemán de Freud es complejo y posee múltiples estratos. Posee una claridad engañosa, ya que en su superficie parece comprensible para todo el mundo; sin embargo, el mismo texto se puede leer de maneras muy diferentes según si el lector está o no analizado, es escritor o es psicoanalista, y según, en esto último, qué teoría inconsciente su análisis le hace, a sabiendas o no, poseer del inconsciente. Los psicoanalistas de la segunda generación freudiana que tuvieron que emigrar a Inglaterra, y sobre todo a los Estados Unidos, creyeron que se podía pensar lo pensado por Freud en inglés, sin ningún esfuerzo de escritura, sin transformar la lengua inglesa, para permitirle a ésta recibir el descubrimiento del inconsciente. Tuvieron una teoría espontánea de la traducción en donde las palabras de cada lengua pueden prescindir de las diferencias de sentido y evocar sin pérdida la misma referencia. Poseían una teoría realista ingenua de lo universal y, por lo tanto, empirista de la práctica, pensando que los conceptos no sufren los cambios de lengua. Creían en el psicoanálisis, sí, pero como ciencia complementaria de la biología humana, perteneciente al campo de las ciencias naturales.

    Una característica del alemán que Freud logra utilizar en su capacidad poética más fuerte es que en esa lengua las palabras se pueden inventar. Freud crea palabras para dar cuenta y producir, a la vez, los movimientos del inconsciente, de la pulsión, del goce fálico (Lust). Y eso es algo común en alemán, que todo germano parlante puede hacer. Ahora, él inventa palabras para dar, en cada trabajo, sustantivos con prefijos de lugar y de dirección que van cambiando para mostrar en acto, gramaticalmente, el recorrido de la pulsión: él le pone preposiciones a los verbos que no se usan en el habla común, pero a la vez todo locutor es capaz de entender lo que está diciendo, aunque no se formule la pregunta de por qué Freud ponía tanto esmero en el uso de sus palabras, explotando toda la riqueza potencial de la lengua.

    Le da una enorme importancia a las partículas en los verbos, incluyendo las preposiciones de lugar y de dirección que indican que la acción de un verbo llega a su finalización y la sobrepasa y, muchas veces, se vuelve en su contrario, como por ejemplo los nombres que comienzan por Ver-, versión en alemán del per– latino: Verdrängung, Verwerfung, Verleugnung (poner algo o alguien más allá de un cierto límite, no dejarlo pasar; rechazar de modo tal que algo no pueda jamás volver del mismo modo; decir que no se ha pronunciado un dicho que expropia a Otro de lo que era… Freud está lleno de esos hallazgos que hay que pensar en el contexto de su lengua y que no se alcanzan a traducir por un equivalente “seco” sin nota a pie de página. Es así que en inglés, que va a ser el referente de todas las otras traducciones, suplantando la edición alemana, tenemos una teoría aparentemente universal, pero no estratificada. Por ejemplo, en 1915 escribe en Consideraciones actuales sobre la guerra y la muerte una teoría del desmentido de nuestra propia muerte en la que emplea un prefijo distinto (Ent-) al que empleará cuando la vuelva a utilizar respecto de la castración materna y que no usará cuando escriba, en 1920, Más allá del principio de placer. Con lo cual muestra que está correlacionando la división del sujeto con la idea de la propia muerte. Es así que pensar la pulsión de muerte y la división del sujeto van de consuno. A su vez, Lacan, cuando desarrolla el significante fundamental de “entre dos muertes” en el seminario sobre la Ética, o sobre el lugar de la muerte propia en el resumen del seminario sobre la lógica del fantasma (Autres Écrits), está evocando la gran invención freudiana de 1915, sin mencionarla, ya que, sin advertir a sus oyentes y lectores introduce un significante nuevo en psicoanálisis, importado de la teología cristiana, “la segunda muerte”, pero dándole un sesgo que la modifica anulando su carácter religioso, ya que la hace anterior a la primera. Es un desplazamiento en acto y una reconstrucción sobre otras bases de la teoría freudiana y del lugar de la muerte en el Inconsciente, pero sin mencionarlo como tal. Este solo “detalle” muestra que la escritura y la palabra de Lacan incluyen al lector en el acto de hablar y escribir, ya que deja siempre en suspenso la distancia entre el decir y el hacer referencia a lo que dice. Solo en muy rara ocasiones, y mucho tiempo después, Lacan recapitula sus cambios, respecto de sí mismo y de Freud.

    Pero volvamos a éste último. Esos escritos (Consideraciones actuales sobre la guerra y la muerte, Tótem y tabú, Psicología de las masas, etc.) en Estados Unidos y en Alemania fueron ubicados en tomos que se llaman “Cuestiones sobre la sociedad y origen de la cultura”. Por lo tanto, desde ese punto de vista, no tendrían nada que ver con el psicoanálisis clínico. Sin embargo, esos trabajos son ciento por ciento clínicos y hacen a la estructura misma del inconsciente, de la A a la Z. Freud no fue pensado por los propios alemanes que emigraron a Estados Unidos. Es decir que la segunda generación freudiana, la de Hartmann, Kriss y Loewenstein en Estados Unidos o la de Edward Glover en Gran Bretaña, fracasó en la transmisión, a pesar de haber sido muchísimo más cultos y poseedores de un espíritu de fineza de lo que en general hoy se cree fuera del mundo anglosajón ¿Se los puede culpar? Lacan, que era un político, dice algo que a nosotros nos sirve: Francia fue antinorteamericana (y no solo la izquierda, obviamente, sino también los gaullistas). Entonces, hablar contra el psicoanálisis norteamericano no solo era justo, sino que le aseguraba a Lacan un gran éxito dentro de las capas intelectuales de izquierda y de derecha ¿Es malo ese procedimiento? No, es táctico. Ahora, si uno quiere ir más al fondo, no lo puede seguir usando. Hay que buscar otras explicaciones de por qué los psicoanalistas de la segunda generación, que Freud sabía que eran buenos (para Freud, Heinz Hartmann era su sucesor in pectore, si no lo fue del todo se debió a que Anna Freud era su legataria), fracasaron en la transmisión. Una de las veces que estuve en Nueva York conocí a un anciano y muy simpático didacta de la IPA, de la primera sociedad que se fundó, con quien fui a cenar. Aproveché la ocasión para preguntarle: “¿Qué pasó con ustedes? Tuvieron una situación cultural excepcional, Hitchcock y buena parte de Hollywood, el gran teatro neoyorkino –Tenesee Williams, Eugene O’Neill– eran freudianos, ¿por qué ustedes no pudieron extenderse a la cultura?”. En ningún país del mundo el psicoanálisis había prendido tanto como en Estados Unidos y, aunque sea de modo tácito, hasta el día de hoy se lo nota a través del cine, de la televisión y del teatro. Él me contestó: “Nosotros éramos médicos. No pensábamos que teníamos derecho de ir más allá del psicoanálisis como práctica médica”. Hay que tener en cuenta que en Estados Unidos no se podía ejercer el psicoanálisis sin ser médico, estaba penado por la ley. Hoy en día, que lo pueden ejercer una asistente social o un psicólogo, basta con tener un PhD (y la Asociación de Psicólogos Americana es tan poderosa como la Asociación de Psiquiatras Americana), la oportunidad ya se perdió. Lacan entra en Estados Unidos sobre todo por los departamentos de literatura y filosofía y comienza a ser leído por los mejores analistas de la IPA.

     

    Alejandra Ruíz: Quizás falte una conexión, por ejemplo, más allá de estos factores sociológicos que no conviene sobreestimar, está nuestra cuestión de la traducción, o sea, retomar en algo lo ya dicho porque por momentos parece que se hablara de otra cosa: ¿ la cultura, el psicoanálisis laico forman parte de los efectos de la traducción o la teoría de la traducción es parte del problema de la cultura?

     

    H.Y.: Lo que se llama factores sociológicos son en realidad reales discursivos. Hay ordenamientos significantes que dependen del significante amo y eso es un estrato arqueológico en una lengua. Con períodos internos, con reordenamientos, sí, pero que hacen que solo se enraíza profundamente algo que encuentra un terreno o lo produce. Freud lo hizo con la literatura alemana y la tragedia griega e isabelina. Lacan no solo con la literatura sino con toda la historia cultural francesa, su lectura de los clásicos griegos y latinos, el cristianismo, su lectura de Marx y la cientificidad, tal como se construyó en el racionalismo francés.

    No hay análisis en intensión si se ha perdido el análisis en extensión, pero tampoco este último puede ser la guía de un análisis. Una lengua está conformada por sus significantes amo. En Gran Bretaña, el empirismo. En Estados Unidos, el pragmatismo. Hay significantes imposibles de traducir de una lengua a otra porque son sinsentido para los hablantes, salvo que un Maestro, a lo largo de toda una vida, transforme lalengua. El Canal de la Mancha es, en este sentido, una herida irrestañable entre dos concepciones del mundo que empezaron a abrirse una de otra ya en el siglo XIV, con Guillermo de Ockham, que pueden, por cortesía, entenderse durante una cena, pero no compartir. Es así como Freud fue aceptado en Gran Bretaña gracias al platonismo introducido por Russell y Whitehead hacia el fin del siglo XIX. Pero fue aceptado sin idea alguna de la importancia de la lengua. ¿Freud la tenía? No lo sabemos. Su escritura del alemán, de una cualidad rara, hace pensar que la expresión no solo exacta sino constantemente creadora de efectos de sentido era para él la prenda de toda transmisión. Solo Lacan pudo leer esta cuestión fundante en la escritura de Freud. De todos modos para el fundador del psicoanálisis ganar como fuere la lengua inglesa, significante amo universal, para la causa analítica significaba permitir la supervivencia del psicoanálisis, que si no hubiese sido así, Freud lo temía, habría quedado como un juguete roto entre las ruinas del nazismo, como una historia judía, de Jekes y de Östjüden (de judíos alemanes y del este).

    Así es como las Obras Completas de Freud se leen en inglés sin atisbo alguno de que puede haber un Freud que no está ahí, que desapareció en el texto aparentemente por él escrito. Efectivamente, hay algo que se perdió irremisiblemente en lo que dicen las palabras de Freud al utilizar una teoría de transposición palabra por palabra del alemán al inglés, a pesar de que son dos lenguas que comparten sus raíces. Se podría haber buscado complejizar más la traducción, anotarla. El inglés es enormemente rico en preposiciones locativas, vive de las preposiciones (que se unen obligatoriamente o no a un verbo y le cambian el sentido) siendo, además, es una lengua riquísima en la creación de frases nuevas y en perpetuo cambio, más que otras, como corresponde a las lenguas que sirven de equivalente universal. Eso hace que en general, también, quede un núcleo literario rico, denso, y una lengua de intercambio empobrecida.

    Nuestro problema reside en que las palabras del psicoanálisis se gastan, y el único que lo entendió fue Lacan. Para traducir la referencia hay que cambiar el sentido, si no es una moneda que se desmonetiza por pasar de mano en mano, que es lo que pasa cuando en la traducción se pierde el significante, porque traducir es perder irremediablemente el cuerpo del texto. Un traductor es alguien que asesina y tira por la borda el cuerpo –salvo en poesía, donde hay que recrear en lo posible las asociaciones de sonidos y colores–, que deja caer el cuerpo de la lengua que traduce y tiene que inventar otro cuerpo, el cuerpo al cual vuelca lo que tiene que traducir. Es decir que tiene que ser, a la vez, fiel a la lengua de origen y un creador en la lengua de recepción. Eso no ocurrió. En psicoanálisis la traducción no es de sentido, ya que se trata de buscar los términos que permitan aprehender la referencia, aunque el sentido se pierda. “Represión” traduce más, sin ser satisfactorio, Unterdrückung que Verdrängung, ya que drücken significa empujar, hacer presión sobre algo.

    La cuestión de la traducción es esencial en la historia cultural occidental.[2] Primero, los romanos traducían; los romanos hablaban y leían el griego[3] y moldearon la poesía latina con la poesía griega (no así los griegos que no traducían: para ellos, su lengua era única). Y a partir del Renacimiento comienzan las grandes traducciones del griego y del latín. Es decir que la cultura en los países occidentales, Italia, España, Francia, Inglaterra, Alemania, se hizo a través de las traducciones de los clásicos griegos y latinos, mucho más los latinos en los países católicos, donde el griego fue considerado herético, por poner en cuestión la primacía de los padre latinos de la Iglesia (más de un traductor del griego del Renacimiento tuvo dificultades con la Sorbona, al límite de ser considerado herético), más los griegos en los protestantes. Es decir, la traducción forma parte de la lengua de cada país, no es simplemente algo que se vuelca, sino que las traducciones modificaron las lenguas receptoras.

    Ahora, ¿pasó esto con la traducción de Freud y de Lacan al castellano? La traducción de Freud, ¿modificó la lengua?

    Un punto más. Cuando Lacan dibuja caligrafías chinas en el pizarrón y más aun cuando comienza a dedicarse a la lengua japonesa, que, ustedes saben, pronuncia de tres maneras diferentes los mismos caracteres: en chino, para significar el sentido de cada caligrafía, con una fonética reducida y en tercer lugar los sonidos se apoyan en esos caracteres chinos pero se pronuncian en japonés y ya no traducen la escritura china, sino que son términos de la lengua japonesa sin relación con el significado de la letra. Esta referencia no nos sirve solamente para dedicarnos al japonés, cuya cultura es profundamente original y al mismo tiempo efecto de lejanas traducciones del sánscrito y del chino, sino, más acá de la universalidad del lenguaje, preocuparnos por la particularidad de nuestra lengua, y su relación con el continente del español y con las lenguas, romances y anglosajonas de las que ha tomado préstamos. Toda lengua es impura y vive de esa impureza. De su lucha contra ella y del esfuerzo por incorporarla y blanquearla. Traducir enriqueciendo y modificando la lengua es parte de lo que le da vida.

     

    A.R.: Lacan, como lector y traductor de Freud, renueva su obra. La reinventa. ¿Podría en castellano realizarse sobre la obra de Lacan una operación de traducción que renueve, aunque sea fragmentariamente, su lectura? En el campo de la literatura, Borges postula que el traductor es un verdadero escritor y que a veces la traducción no solo es una pérdida, también puede ser una invención literaria al mismo título o incluso superior al texto original. Hay reconocidas traducciones de Borges que “mejoran” la obra original. En ese sentido, él tematiza algo que es constituyente de la cultura argentina que vive, respira, por esas traducciones. Hay traducciones donde no solo no queda un mar tesoro en la lengua fuente sino que ganan sentidos o riqueza al pasar a la lengua meta. Me pregunto, en este sentido, hasta dónde podría suceder este tipo de reinvención en las traducciones analíticas.

     

    H.Y.: Al respecto, hay traducciones de Freud al francés que no son las Obras Completas traducidas por el equipo dirigido por Jean Laplanche, sino la colección Connaissance de l’Inconscient, de Gallimard, que no tiene la intención de ser obras completas, y son traducciones excelentes al francés, hechas por traductores-escritores que anotan las dificultades y las imposibilidades de traducción, dando al mismo tiempo los equivalentes en cada caso: “Cuando aparezca tal verbo en tal contexto, lo voy a traducir así, pero cuando aparezca como infinitivo sustantivado en tal otro contexto, lo voy a traducir de esta otra manera”. Le dan a la lengua la dignidad de ser el lugar y el instrumento a la vez en donde el inconsciente se va creando, único como concepto pero diferente en cada ocurrencia clínica o metapsicológica

    Cuando Freud escribe sobre Leonardo habla de reale Nichtigkeiten. ¿Cómo traducir eso? No es posible hacerlo en el castellano de Buenos Aires, necesito el español: “Naderías reales”. En Buenos Aires nadie dice “naderías”, pero lo necesito. No es lo mismo que “tonterías” o “pequeñeces”, como figura en los diccionarios. Lacan busca esa palabra en el griego de Demócrito para dar la tonalidad que para él tiene esa “nada” en Freud: una nada que es real. Si tuviese que traducir sin preocuparme por la transmisión del psicoanálisis, diría “pequeñeces”. Dos estilos de traducción. Uno tiene el sintagma en alemán reale Nichtigkeiten, y se podría decir “pequeñeces reales”, pero la dimensión del descubrimiento freudiano desaparece. Para Freud esas pequeñeces son el lugar de lo que se transmite de madre a hijo: algo ínfimo, pero real. Entonces, si pusiera “pequeñeces”, podría creer que resolví el problema y quedarme tranquilo: puse un adjetivo sustantivado, evito “naderías” para no escribir como un español. Lo “resuelvo” tranquilo. En cambio, Lacan recurre al griego de la Odisea, en donde Ulises se nombra a sí mismo “Nadie”, Medéis, cuando Polifemo le pregunta su nombre; o al griego de Demócrito, que habla de la nada, inventando un sustantivo, medén, a partir de un adjetivo. Pero usando un “no” de imposibilidad: “Es imposible que sea algo”.

    Entonces, ¿por qué Lacan traduce así? Una hipótesis sería, para dar cuenta del Inconsciente como no realizado. Cuando digo “es imposible que sea algo”, lo estoy negando y afirmando al mismo tiempo: le estoy dando estatuto de real a partir de esa negación de imposibilidad de que sea (y, sin embargo, es algo). Con lo cual, le está dando una modalidad de movimiento lógico y real: pasar de lo imposible a lo contingente. Está dando el carácter de real a través del término inventado por Demócrito.

    Fíjense, entonces, adónde nos lleva una palabra que podíamos traducir por “pequeñeces” y quedarnos tranquilos, porque Nichtigkeit es una palabra corriente en alemán. Pero lo que está en juego en esa palabra es la transmisión del inconsciente. Naderías, pequeñeces, etc., es lo que se preguntan todos los padres respecto de los chicos: ¿pero cómo lo supo si nunca se habló?, ¿pero cómo es así, igual que, si…? Por esas pequeñeces invisibles se transmite el inconsciente. El problema de la lectura y de la traducción es la de tratar los textos de Freud y de Lacan con los mismos cuidados con que se trata el texto inconsciente de un paciente. Pero eso no se ha hecho ni en inglés ni en castellano, no se lo ha problematizado.

    Un buen traductor literario no puede dejar de notar que la expresión de Freud reale Nichtigkeiten porta en sí una cuestión más grave que la de su simple translatio, palabra por palabra, de un lengua a otra.

    Un analista, si lo es, no puede dejar de notar que añadir real a pequeñeces o naderías es una señal, clara, de que Freud considera a esas naderías esenciales, ya que, cuando usa el término alemán reale, se está refiriendo, desde La interpretación de los sueños en adelante, pasando por La realidad psíquica, al deseo inconsciente, a lo que no miente, más allá de toda representación.

    Cuando Lacan adopta el término griego meden para el inconsciente, sin decirlo, está haciendo más que traducir, está operando el desplazamiento teórico que llamamos lectura. Pero esa lectura no sería completa si otro lector no se arriesgara a escribir que la nada de Lacan no es la nada de Freud, pero que no sería posible si no la hubiese encontrado, y en ese encuentro, que es el régimen de lo real, transformado y dado a la vez un vuelo y una penetración que no poseía previamente. Así sucede que crea otra letra, que no reprime la primera, salvo para los fascinados, para los que forman haz. En Lacan hay otra escritura en su palabra, y todo el desafío de nuestra generación y las venideras consistirá en producir una escritura que de cuenta del régimen de esas escrituras sucesivas, siendo que cada una es irrepetible, por ser advenimiento.

    Lacan habla con un estilo argótico (viejo estilo de los bajos fondos parisinos, que hoy es el de la calle), pero usando palabras que van del francés medieval al francés más culto, pasando por citas ciertas o inventadas, ya que, como Borges, inventa citas. Tiene un arte de la cita, tal cosa parece Spinoza en latín pero no lo es. Posee un arte de la cita que sirve para hacer corte, para provocar un efecto de sentido, el cambio de idioma hace que el efecto sea interpretativo. Ahora bien, ¿qué está buscando Lacan con eso? Que toda su elocución sea interpretativa, que lo que dice y cómo lo dice sea recibido no como saber consabido sino como efecto de sentido que renueva el saber que ya poseíamos y que, sin ese efecto, nos adormece.

     

    A.R.: ¿Se jugaría allí la posición de analizante, a la cual Lacan se refiere en el seminario Encore?

     

    H.Y.: Cuando Lacan dice que él se analiza dando el seminario, está diciendo que hay que seguirle la pista. Pero cuando hace cortes con efecto de sentido no es un analizante.

    Por otro lado, él se interroga sobre problemas clínicos y teóricos en sus intervenciones fuera del seminario y responde teóricamente dentro del seminario: usa el adentro y el afuera constantemente, haciendo reenvíos. Siempre leí con mucha atención todo lo que Lacan decía fuera del seminario y fuera de París, porque ahí planteaba problemas que después encerraba en una fórmula ya muy trabajada, muy articulada, donde se presentaba la respuesta a la pregunta que había formulado en otro lugar, en otra escena. Él nos estaba diciendo evidentemente sin articularlo, que para entenderlo había que seguir sus dos tipos de discurso: el abierto a los que no eran sus auditores habituales, y el cerrado a sus auditores. Hay siempre un doble movimiento en la espacialidad de la palabra, en su puesta en escena, y cuando escribe cifra aún mucho más que cuando habla. Ahora bien, él usaba el francés de todos los días, pero también vocabulario de caza, de marina, regional o el francés más exquisito, el de Chateaubriand. Para traducirlo, habría que usar todas las variantes del español de España y del español de Argentina. A veces lo quiero traducir y después lo dejo… sus palabras están en español, pero no en castellano. Están en español (de España), que tiene más profundidad histórica que el castellano. ¿Pero a quién va dirigido? ‘Cuál sería la decisión editorial? Para la producción de films y obras de teatro hay una pronunciación establecida de español internacional, pero no hay tal lengua que pueda ser escrita. Con lo cual, la traducción de Lacan al castellano se volvió una traducción de conceptos sin una teoría de la traducción y sin notas sobre los retruécanos y las palabras con grafía inventada, sin condensaciones escritas entre dos lenguas. Una traducción así carece de efectos de sentido, le falta valor interpretativo, no se dirige al sujeto, se vuelve desde el vamos en saber universitario.

     

    I.R.: Quizás porque eso no deja marcas en la lengua. Es decir que hay una cosa conceptual, pero que no tiene vida. Sin embargo, Lacan insiste en relación con lo inconsciente, en que el lenguaje está en el corazón de lo que enseña, tal como resulta confirmado por la experiencia –una y otra vez– de abrir los libros de Freud en una página cualquiera. Insiste con que a veces suele olvidarse que el habla no es el lenguaje y que este hace hablar ocurrentemente al ser que se especifica en ese hablaje (Lacan condensa en parlage, habla y lenguaje). Esto me parece muy importante respecto de su interrogación acerca de un traductor al castellano.

     

    H.Y.: Los traductores de Lacan, primero tienen que conocer muy bien cómo se habla en Francia. Habría que haber vivido un tiempo en Francia para traducir a Lacan. Su vocabulario es inmenso. Es como querer traducir Shakespeare y no haber vivido en Inglaterra: aun los propios ingleses se ven obligados a consultar diccionarios de inglés isabelino. La realidad es que en Francia, en Inglaterra o en Alemania, las editoriales compiten por quién tiene los mejores diccionarios. El diccionario de la Academia en Francia tiene cincuenta tomos. El diccionario Le Robert tiene siete grandes volúmenes que da el sentido de cada término en cada época, dando ejemplos literarios que atestiguan cada variación de su uso, más diccionarios etimológicos donde cada palabra del francés trae su origen latino, griego, franco (dialecto del alto alemán), o bien inglés o español, ya que las lenguas importan y exportan según su posición de dominio. Ya que hay una conciencia de que la lengua es un tesoro, algo que hay que cuidar. Así como los diccionarios ingleses de Oxford y de Cambridge: el Concise es un tomo de dos mil páginas, pero, si no, es también una biblioteca de cuarenta. El tema es el cuidado de la lengua como un bien común, pero hay un problema político: la ausencia de significante amo en la lengua. Por otro lado, ¿cuál es la dificultad que tenemos en castellano? Nosotros tuvimos una Real Academia en el siglo XVIII que, bajo un régimen absolutista, fue racionalista a su modo, no pudiendo proveer de un ideal de la Razón científica a la sociedad, tomó a la lengua como sufre dolor de su impotencia. No querían que hubiese equívocos en la lengua española. Por eso introdujeron toda una serie de nociones… Agua es femenino, pero decir “la agua” es cacofónico; entonces prohibieron que hubiese dos vocales iguales, una átona y la otra tónica seguidas. Para que no se escribiera “l’agua”, con apóstrofo, cosa que hubiese pasado indefectiblemente (como pasa en francés), prohibieron eso e introdujeron el artículo masculino “el agua”. Del mismo modo, “el arte” y “las artes”. Así, hay veces que la gente no sabe a qué género pertenece una palabra, cómo poner el adjetivo después: si ponerlo en masculino, porque antes usó el artículo masculino para “agua”. Si el artículo masculino obliga a que el adjetivo vaya en masculino, cuando la concordancia la hace con el sustantivo. Por ejemplo, “el agua negra”.

    Hubo un ideal de transparencia de la lengua. Es como si hubiesen querido prohibir la existencia de equívocos, sin pensar que la lengua nace del equívoco, que el equívoco es lo que crea la lengua. Hubo un hálito mortal del racionalismo, aplicado a algo que no era su objeto. El objetivo de la Real Academia durante el siglo XVIII fue separar las palabras unas de otras. En castellano, la interpretación no puede hacerse con juegos de palabras como en francés, porque en francés todo sonido se escribe de maneras diferentes. Lacan solía decir que el grado cero de la interpretación era ce n’est pas moi qui vous le fait dire (no soy yo quien se lo hace decir), expresión francesa usada por cualquiera, el diariero o el carnicero, cuando alguien, un cliente, confiesa bruscamente algo inesperado sobre sí mismo. Podría añadir otra, de mi cuño, cuando una frase de un paciente, en francés, dice realmente otra cosa: “¿Cómo lo escribe?”.

    La Academia Española tuvo horror de la homofonía. Y horror de la mezcla de palabras. Como si hubiese sexualidad cuando las palabras se interpenetran. Instruyó un ideal de la diéresis y un horror de la sinéresis entre las palabras. Eso no impide escribir poesía, de ninguna manera, pero el eje metafórico no es el mismo que en francés, en alemán o en inglés cuando las palabras se escuchan.

    En español es muy difícil, es imposible, si no es por medio de una traducción anotada, hacer pasar que, cuando Lacan está hablando, dice una cosa y sugiere varias diferentes, que están dichas aunque no estén absolutamente dichas. Por ejemplo, le désir et son interprétation, para todos los analistas franceses tiene el mismo sonido que le désir est son interprétation (“el deseo y su interpretación” tiene el mismo sonido que “el deseo es su interpretación”, son homófonos). Y eso está desarrollado en L’étourdit por el mismo Lacan. Con lo cual, Lacan nunca dijo “el deseo tiene que ser su interpretación”, pero está sugerido por la homofonía. En Lacan la homofonía sirve de prueba. Pero no cualquiera.

     

    A.R.: ¿Eso podría tener como efecto ciertas exclusiones lógicas? Porque, en el caso de la homofonía que usted menciona, es indecidible si es A o B (o si es A y B), mientras que, al transcribir lo oral a un texto y poner “y su interpretación”, en la medida en que se elige una de las versiones y no la otra, se convierte en algo excluyente.

     

    H.Y.: El seminario se llama El deseo y su interpretación, y la homofonía, aunque no esté escrita, es válida. Para Lacan, en L’étourdit la homofonía es una de las vías por donde se llega a lo real del significante, y su interpretación. Interpretación aquí quiere decir punto de apoyo de la intervención, sin más. Pero nada menos. En castellano es más raro, y usarlo a troche y moche desgasta la transferencia y hace al inconsciente más esquivo.

     

    I.R.: Está claro que allí hay un aprovechamiento de una latencia de la lengua que desborda la intención cuando se escribe. Esto es muy interesante para el trabajo analítico, en tanto tales efectos se desprenden de la puesta en acto del lenguaje.

     

    H.Y.: La cuestión es que en castellano no se puede trabajar así en sesión (estaríamos haciendo trabalenguas). De todas maneras, tendríamos que lograr que la traducción de Lacan no sea ni chata ni en jerigonza. Este cometido no se logra traduciendo L’étourdit por El atolondradicho. La cacofonía no ayuda a pensar por qué el analista juega el semblant de aturdido por lo real de la palabra, al punto de parecer atolondrado –Lacan no se privaba de hacerse el débil mental. El problema es que estamos hechos por un uso de la lengua en español clásico y por un castellano del Río de la Plata hecho por un Borges que, aunque era totalmente anglófono y conocía de memoria toda la poesía inglesa, decía que no amaba el pun, el juego de palabras. No le gustaba, pero no porque no le gustara en inglés, sino porque en castellano eso no iba. Es decir que el criterio estético-poético de Borges también nos tiene que guiar para pensar cómo traducimos. Él está diciendo: “Al castellano, el pun no pasa”. Pero todo Shakespeare es puro pun, la comedia de Oscar Wilde es puro pun ya que el equívoco en el juego del significante permite dar el soporte de los espejismos del deseo en el imaginario. En francés, los títulos de los diarios son juegos de palabra. Es decir que no se puede traducir fuera del espíritu de la lengua, pero tampoco sin tratar de hacer que la lengua cambie gracias a una gran traducción.

    Cuando traducimos –el problema es si dejamos caer el cuerpo del francés o el cuerpo del alemán–, lo que tenemos que hacer es, como decía Lacan, traducir el espíritu de Freud, no se puede traducir la letra de Freud sin el espíritu. Para traducir la letra, hay que hacerlo según el espíritu.

    Pero volvamos atrás: ¿quiénes fueron los grandes discípulos de Lacan? En un comienzo fueron los que leían a Freud en alemán. Serge Leclaire, que era alsaciano, leía y hablaba alemán, también Vladimir Granoff, ruso nacido en Alsacia y políglota (hasta que se peleó con Lacan), Mustafá Safouan, que lee alemán y tradujo La interpretación de los sueños y la Fenomenología del espíritu del alemán al árabe, y Otelo, el moro de Venecia de Shakespeare, del inglés al árabe clásico. Esos son los grandes discípulos, en los primeros tiempos de Lacan, los que tenían acceso al alemán de Freud y entendían cómo Lacan, al enseñar Freud, lo traducía de modo tal que, sin decirlo iba creando un corpus nuevo, justamente porque lo real del texto freudiano, para ser traducido necesitaba un cambio de parámetros y una refundación.

    Los que no leían alemán podían ser muy buenos pasadores de Lacan, excelentes transmisores de la clínica, pero no de la teoría. Lacan, como lector de Freud, es alguien que lee el alemán de modo ejemplar. Por ejemplo, en alemán somatisches Entgegenkommen se tradujo “complacencia somática”, lo que es correcto. Pero si tomamos Entgegenkommen como un infinitivo y no como un sustantivo, entonces quiere decir “venir al encuentro del cuerpo”. Con lo cual, aunque no sepamos alemán, Lacan nos enseña que la histeria es el primer estrato de neurosis para cualquiera, aunque después necesite de una fobia o se convierta en una neurosis obsesiva. Esto quiere decir que todo el cuerpo, biológicamente, es una superficie complaciente a la escritura por el significante: el cuerpo biológico se hace cuerpo erógeno, simbólico, por la escritura del significante y no solamente como síntoma; además, el cuerpo como imaginario es también creado por el encuentro del significante y el soma. Lacan les abre el sentido a las fórmulas en alemán de Freud, dándoles uno nuevo, hace producir lo no leído por Freud en su misma escritura.

    Ser lector es ir sobre la escritura de alguien y llevarla más allá de lo que el primero conscientemente escribe. Quiere decir que, cuando alguien escribe, no sabe todo lo que escribe, y eso se aplica aun a Freud. Por eso, en su última época Lacan decía que un psicoanalista es un lector de Freud. No decía que debía ser un lector de Lacan. Aunque él había “letrificado” tanto las cosas que sabía que: “Alguien que lee a Freud pasará también por mis significantes”. Y leer a Freud es leerlo más allá de lo que Freud podía pensar que él escribía.

    En los años ´30 le da el comando a Anna Freud y, sin embargo, si uno lee los trabajos del Freud de entonces, no tienen nada que ver con el yo de los mecanismo de defensa: es un yo dividido, con mecanismos que no han sido repertoriados por Anna Freud, un sujeto que quiere una cosa y hace otra, y la hace porque creyendo una cosa, hace algo diferente de lo que cree. El modo de pasaje de un lado a otro se hace por transmisores que no son una ecuación. En Un trastorno de memoria en la Acrópolis ya hay una tercera metapsicología, que no es la del El yo y el ello, sino otra. Hay un sujeto en el fantasma que recuerda algo de lo que se equivoca y cuando se acuerda, hace otra cosa distinta a lo que pensaba hacer.

     

    I.R.: Siguiendo la referencia al “lector”, por ejemplo, Lacan dirá que tanto en el caso de Freud como en el de aquellos que tuvieron una función de fundadores en el pensamiento, su lectura por sí misma tiene valor de formación. Incluso es posible afirmar esto mismo, desde el punto de partida del lacaniano retorno a Freud, tal vez haciendo lugar a la teoría de la recepción en la cual el lector es coproductor del texto. Y me parece que eso es un movimiento: Lacan, no tanto como el que traduce o el que interpreta a Freud, sino su impar lector.

     

    H.Y.: Lectura significa tres operaciones simultáneas y sucesivas: interpretación, traducción y desplazamiento. Y si hay cambio de lengua, creación en la lengua de recepción de vocablos nuevos que hagan oír el acento nuevo que las palabras poseen en el texto que se lee. No hay que olvidar es que el concepto de lectura viene de Althusser, de otro contexto. En psicoanálisis, es posible porque hay una práctica del inconsciente a la que se debe obedecer, en lugar de ponerla en el chaleco de fuerza de una concepción hecha de términos vacíos.

    Les doy un ejemplo de lo que Althusser llamaba leer a Marx. Este último usaba para nombrar el lugar de los hombres en las relaciones de producción el término alemán Träger. Althusser lo lee y lo traduce como “soporte”. Los hombres solo son soporte de las relaciones sociales, no son sujeto histórico. Ahora bien, Träger también quiere decir “portador”, lo que cambia totalmente el sentido del concepto, ya que no es lo mismo soportar, estar pasivamente cargado, que ser portador subjetivo de esas mismas relaciones. La “lectura” de Althusser es una inflexión. Por lo tanto, decir que Lacan lee a Freud no nos resuelve ningún problema. Nos crea otro. La cuestión es dar cuenta de cómo lo lee, por qué, y qué es lo que lo hace ir cambiando en su movimiento de apropiación y crítica de los apoyos darwiniano-lamarckianos o evolucionistas enquistados en la letra de Freud, pero no en su práctica y en su escritura del análisis.

    En castellano hay cientos de elementos de Freud que están ocultos y que no se pueden leer. No se le puede achacar a la primera edición de López-Ballesteros, pero la segunda edición, la de Etcheverry, tiene el formateado de las otras, el formateado de Strachey, y no hay una investigación del pasaje de palabras ni del sentido del alemán. No hay cotejo de posibilidades.

    La traducción de Lacan al español tiene problemas importantes, que pasan por una versión exigua de las posibilidades del texto francés. A su vez, mi punto de vista sobre la edición del Seminario es que este requiere un trabajo crítico que pertenece al conjunto de la comunidad lacaniana, más allá de sus divisiones políticas. Luego de la edición crítica del seminario sobre la transferencia, la edición de Jacques-Alain Miller cambió, se corrigió, mejoró, y comenzaron a aparecer comentarios bibliográficos excelentes. Aun así, los proyectores del comentario no echan luz sobre todos los aspectos del texto que encierran alusiones a filósofos o pensadores que se trata de poner, ahora, en un segundo plano, para dar una imagen más científica de Lacan, menos atraída por gente que en este momento no es políticamente correcta, aunque haya sido introducida en Francia por grandes figuras de la Resistencia. Es una paradoja, pero es la verdad histórica y está documentada.

    En cuanto al lector como coproductor, déjenme decirles que es una teoría interesante la de la estética de la recepción, para la literatura, la de Hans Robert Jauss, efectivamente, hay muchos Esquilo y muchos Dante. Pero el texto de las obras clásicas, una vez rescatado por la filología, fundamentalmente en la última parte del siglo XIX, está siempre más allá del lector, a la espera, imposible, del lector que lo lea. Es lo que ese inmenso escritor que fue Blanchot, que alguna vez Lacan invocó como auditor ideal, llamaba “la soledad de la obra”.

     

    A.R.: En alguno de los textos que leímos, usted hablaba de esto, de que aun una traducción correcta tiende a dejar de lado otros sentidos también correctos. Es decir que la edición, necesariamente, ¿tiene que ser anotada?

     

    H.Y.: Hay una creencia, pertinaz pero felizmente no totalmente generalizada, de que la llave maestra del discurso lacaniano es hacer nudos. Pienso desde hace mucho que los nudos no solo ordenaron conceptualmente la enseñanza, sino que trajeron consigo grandes descubrimientos, teóricos y clínicos, y un más allá de la psiquiatría que no implica en modo alguno su supresión, todo lo contrario. Pero no es por saber nodología que se accede a esos descubrimientos, sino poniendo en correlación los nudos con las enunciaciones anteriores y las posteriores, y pensando qué es lo aún no resuelto. Por otro lado la denominación misma que Lacan hace de los nudos está implicando que su enunciación es la que guía y da sentido. Cuando de un toro hace un cilindro y lo llama “trique”, “trique” en argot significa la verga. En francés argótico es evidente. Lo único que quiere decir “trique” es eso. Por lo tanto nos está señalando que el toro se transforma en trique si el cuerpo del bebé está falicizado; la condición de la transformación –está diciendo Lacan sin decirlo– es que el cuerpo del sujeto esté falicizado. De lo contrario no habría el corte –del deseo del Otro real– que, invistiendo el cuerpo que si es tórico es porque hay deseo, permite que un toro se haga trique. Es una nominación de un objeto topológico cuyo sentido está dado en el discurso previo. A partir de allí va a producir ideas nuevas sobre las identificaciones freudianas. El cuerpo del chico es fálico a condición de que haya un corte, un agujero en lo real que lo produzca, y va a dejar de serlo en cuanto sucedan las otras operaciones que permiten la identificación secundaria y la imaginaria.

    Además, el nudo borromeo como tal es Nombre del Padre, es decir que quienes afirman que Lacan deja de lado el Nombre del Padre con la metáfora paterna, están equivocados. Dejó la metáfora a un lado, no la forcluyó, pero no dejó de lado el Nombre del Padre. Él dice: el nudo borromeo es Nombre del Padre. No lo abandonó nunca. Entonces, ¿por qué se le sobreimpone a Lacan algo que no está en Lacan? Nombre del Padre y falo nunca dejan de aparecer en su obra ¿En qué se basa la teoría de los cortes epistemológicos cuando Lacan mismo dice que el nudo si es borromeo es Nombre del Padre? Hay que tener en cuenta esto. Ahora bien, hay nudos de cuatro cuerdas que no son borromeos y sin embargo el cuarto actúa de tal modo que ninguna cuerda se suelte, sin que la condición paterna sea la garantía. Hay nudos de cuatro con y sin accidente forclusivo, lo que hace que no sean lo mismo, permitiendo plantear la existencia de tipos subjetivos fuera del tripartito de neurosis, psicosis y perversión. Existen tipos subjetivos que no se van a desarrollar como psicosis clínicas, pero que tampoco son neuróticos[4]. Pero el Nombre del Padre y el falo están, simplemente, porque está la enunciación que los nombra.

     

    A.R.: La lectura del matema, ¿no implica, en cierto nivel, la traducción?

     

    H.Y.: El matema en Lacan quiere decir algo que es transmisible: no es la matemática. El matema es lo enseñable –en griego, “matemática” quiere decir “las cosas que son enseñables”. No se le puede enseñar a nadie a ser poeta si no lo es, pero se le puede enseñar matemática. Platón muestra cómo al esclavo se le extrae el saber sobre el teorema de Pitágoras; por lo tanto ese teorema de geometría es matemática, porque es enseñable, porque cualquiera puede aplicar el método deductivo y saberlo. Pero acá hay una tesis mucho más oculta: sin el inconsciente no hubiera habido matemática. Es gracias a la capacidad de formalizar del inconsciente que el hombre llega a la matemática. Para Lacan hay correspondencia entre la castración y la teoría de conjuntos. Esa es una de las cosas con la que más se lo resiste a Lacan; se lo sigue hasta un cierto punto y después ya no. Para Lacan, al chico hay que enseñarle matemática, pero el inconsciente ya piensa según ciertos criterios matemáticos. El inconsciente es una máquina de ordenar y calcular, simple, que actúa y formaliza en el espacio. Por eso, en un momento dado se usó la escritura alfabética, antes de tener la propia, y se empezó a hacer matemática. Pero no fue conscientemente que el hombre lo hizo, porque en la base, en la raíz, dice Lacan está el inconsciente. Mas no luego: una vez que algo existe, es transmisión de saber. Hay transmisión de saber en China, en India, en Occidente: la Metafísica occidental hizo que la matemática no sea simplemente una cuestión de resolución de problemas como en Oriente, y vaya más allá. Fue la resistencia de la Metafísica que le dio a la matemática su lugar privilegiado en la cultura haciendo de la formalización una condición de cientificidad. Es una herencia que debe ser revisada.

     

    A.R.: Usted afirma que los hablantes del castellano tenemos una tarea por delante, si queremos avanzar en la lectura de Lacan, que sería poner estos distintos registros del habla y poder montar un aparato de notas que nos permita leer estos lugares de homofonía que en general se pierden en la traducción.

     

    H.Y.: Tendríamos que enriquecer nuestro castellano. La escritura analítica en castellano es el verbo “ser” más un concepto, el verbo “ser” más otro concepto, etc. En castellano, no se usan verbos para escribir el psicoanálisis. En francés, en cambio, no se usa el verbo “ser” para escribir, se usa apenas para hacer la primera definición nominal y nada más. Es decir que hay una pérdida de riqueza en el castellano que utilizamos, no digo ya en el castellano de la traducción sino en el que efectivamente usamos para escribir psicoanálisis. Hay una especie de afán de definición, un afán por definir, y lo que muestra un escrito que es analítico es que el movimiento mismo de lo escrito lleva a una interpretación, lleva a algo donde aparece un sujeto (que es el analista mismo). Lo característico de una parte todavía importante de la producción en castellano es que el analista demuestra que entendió Lacan. Quiere decir que todavía estamos en la escuela. El problema no es haber entendido a Lacan; el problema es, con lo que sabemos, tanto de nuestra práctica clínica como de nuestra práctica de lectura, escribir de una manera tal que lleguemos a un punto interpretativo al que no habíamos llegado. Eso es formalizar.

     

    I.R.: Esto me hace pensar en eso que escribe Lacan en el Prefacio a la traducción inglesa del Seminario 11, cuando dice “soy un poema y que se escribe”. La cuestión no es escribir sabiendo previamente adónde voy a llegar, sino que, en el devenir de lo que digo, de lo que hablo, de lo que voy trabajando, el “analista-poema” –por así decir– se muestra, se presenta, se hace hacer tal –lenguajeramente– en acto, en la sesión analítica. Cuando uno lee a Lacan en su lengua, eso sabe como lengua viva. Hay algo allí que no se deja captar en la traducción, que se pierde en el pasaje. Por otro lado, también sucede en el establecimiento del texto francés por Miller, que insiste en la pretensión de dar la cosa como perfecta, la frase que corta, cierra y no le deja mucho espacio de benéfica indecisión al lector.

     

    H.Y.: Miller es discípulo del último Lacan. Él demostró que podía hacer lo que Lacan quería y pedía, que era, por ejemplo, un índice razonado de conceptos para los Escritos, o sus intervenciones sobre la lógica del significante en el Seminario en los años sesenta, donde le pone letra a la posición de Lacan. Con poco más de veinte años de edad, tenía un saber lógico realmente fuera de lo común. Aparte, Lacan quería hacer un pasaje de un auditorio de psiquiatras a un auditorio de filósofos formados en lógica matemática: fue un movimiento teórico-político decidido por Lacan. Utilizar el lenguaje de la lógica matemática, utilizar el lenguaje del Otro, utilizar el lenguaje del mundo anglosajón para subvertir desde adentro la lógica matemática. Cuando Roudinesco escribe que Lacan se entregó al empirismo lógico, revela una gran ingenuidad y no haber entendido la creación que Lacan realizó con el instrumento de la lógica proposicional, modificándola. Cuando afirma que toda lógica proposicional es una lógica modal, está diciendo que la lógica proposicional es una modal en donde desapareció el sujeto. Esa proposición de Lacan es una subversión de la lógica matemática, lo que sucede es que no fue recibida en el mundo de los lógicos. Digamos, todavía hay en Lacan cargas de dinamita que no se han hecho explotar, que no han servido para hacer un trabajo de reinterpretación. Por otro lado, cuando Lacan profiere “es el decir de Cantor”, está diciendo que Cantor podrá haber enloquecido, no importa, pero tenía un decir y ese decir lo lleva a la creación de la teoría del transfinito, que reordena toda la matemática, del principio al fin, fundándola en la aritmética de los enteros naturales. Por ende está afirmando que hay sujeto en la matemática; aunque luego del descubrimiento o de la producción, la transmisión en la ciencia elida al sujeto, pero la forclusión del sujeto sucede en la transmisión, no en la producción. Entonces, si se repiten consignas, “la ciencia forcluye al sujeto”, queda en contradicción con la enunciación extremadamente fuerte de Lacan: “El decir de Cantor”.

     

    A.R.: Quizás las negaciones sean una de las cuestiones por las que más se dificulta la traducción del francés al castellano. Decir que no es sin el deseo como el analista avanza en la dirección de una cura no es igual que decir que avanza con el deseo. Una condición necesaria se transforma en suficiente. Además, el pas sans puede ser entendido como paso del sentido y como no-sentido.

     

    H.Y.: Es que no tenemos todas las negaciones que tiene el francés. De todas maneras, la que no tenemos es la expletiva. Pero eso no importa. La lectura de qué tipo de negación es, es una lectura analítica y no lingüística. Freud trabajó mucho tiempo hasta llegar a Verleugnung para “desmentido” o “renegación”. Usó muchas variantes, añadiéndole prefijos a leugnen, que es “mentir”.

    En cuanto al “no sin”, Freud también lo emplea en alemán: nicht ohne. Freud ya está haciendo una lógica con la gramática. Lacan le da mucho mar alcance, pero en Freud ya está. Y son cosas que en francés y en alemán se están diciendo todo el tiempo –atención, no es que Lacan lo fue a buscar al alemán. Pas sans se dice todo el tiempo en francés. Es un idioma que tiene miedo de la afirmación directa, que parece altisonante o atrevida. Una lengua que no afirma, que dice: “No es sin esto que se puede hacer lo otro”. Ese es el genio de la lengua. Se habla así. ¿Puedo pasar el río?, pregunta alguien. Y el otro le contesta: “No es sin un bote que va a llegar a la otra orilla”. Pero en castellano, el “no sin” es más raro. No está en el espíritu de la lengua. “No es sin huevos que se hace un omelette”, en castellano suena un poco rebuscado.

     

    I.R.: En su conferencia en Rosario, usted utilizó el término “desapropiar”. Me pareció muy interesante.

     

    H.Y.: Sí, hay que ver cuál es el contexto. Una es cosa es el fetichismo (desmiento que mi madre esté castrada) y otra es desapropiar a alguien de su saber, no creerle. Por otro lado, todos los hombres son fantasmáticamente fetichistas, porque la castración deja un resto –si los hombres no tuvieran un dejo de fetichismo, no podrían hacer el amor. Ahora bien, ¿de qué estamos hablando? ¿De un perverso o del fetichismo masculino en general? ¿De qué hablamos? ¿Del fetichismo como síntoma o de algo que se le añade al cuerpo de la mujer, o el cuerpo de la Otra mujer que viene a socorrer para no estar simplemente en lo real? Entonces, hay que ver… Porque cuando el amor de los padres por los hijos en un momento no es simbólico, es “desapropiante” de la condición de hijo. Eso no puede no tener efectos. Freud descubrió que en un momento de su historia, un hijo es investido solamente como falo, y eso ejerce efectos traumáticos. Gracias a Lacan, podemos encontrar el momento en que un niño deja de ser investido y se vuelve puro a. Hay una desapropiación, al hijo no se le reconoce aquello que le es propio por ser un niño. Ese padre o esa madre no son necesariamente perversos. Son mecanismos que existen siempre en la relación entre los adultos y los niños. Hay gente que es más “desapropiante” y gente que lo es menos. Otra cosa es el padre que odia y que convierte al hijo en objeto; evidentemente, ahí, en una tercera generación, va a haber una locura, una psicosis.

    Esta idea me vino en inglés, leyendo un ensayo filosófico sobre el escepticismo moderno, que el autor llama “the disowning of knowledge”. Porque disowning quiere decir “desmentir”, “renegar”, pero fundamentalmente “desapropiar”: le saco al otro lo que le es más propio. Lo hago objeto a o lo hago falo. Lo uso eróticamente o lo hago caer como objeto. Estoy hablando de una operación inconsciente, que es mucho más extenso que simplemente hablar de renegación. Porque enseguida se piensa en perversión, pero la renegación en general es un mecanismo de constitución del inconsciente, como lo muestra Freud en Una perturbación de la memoria en la Acrópolis. La desapropiación es el modo de constitución del sujeto a través de la alienación y la se-paración.

     

    I.R.: Claro. ¿Y qué pasa, en su opinión, con el famoso “soñé con una mujer que no era mi madre”? ¿Es una denegación?

     

    H.Y.: Eso es una denegación. En castellano no existe la palabra “denegación”; es una negación que muestra al sujeto en el acto a la vez de reprimir y reconocer lo reprimido pero sin levantar la barra que lo divide. Ahora bien, cuando se dice “no es mi madre”, para Freud es la madre. El problema es qué tipo de negación es esa cuando pasa en sesión: ¿estamos tan seguros de que es la madre? Y de qué madre: ¿la madre de los tres años o la madre de los diez años? En el inconsciente hay una estratificación de las madres: ¿con qué madre vamos a quedarnos en análisis?, ¿a qué madre vamos a tener que llegar y qué madre vamos a tener que dejar de lado? “No la puedo perdonar”, puede decir una paciente, entonces, ¿con qué madre se queda para poder seguir existiendo? Es decir, tenemos que trabajar diciéndole que sí a la negación para ver con qué se queda el sujeto.

     

    I.R.: Ese es el movimiento de Freud, aunque diga sí, es su madre.

     

     

     

    H.Y.: Lo imposible de traducir es el significante. Que llamo, siguiendo a Walter Benjamin, el “cuerpo de la lengua”. Hay algo que es la inscripción, y luego las trazas ejercen efectos entre sí que cambian el sentido.

    Yo tenía la única traducción del Proyecto… de 1895 al castellano, la de Ludovico Rosenthal, y la perdí cuando me fui de Argentina. La tenía anotada en alemán y en castellano, porque Ludovico Rosenthal era vienés. Esa traducción es un modelo de traducción, de alguien que hablaba perfectamente el alemán de Viena y perfectamente el castellano. Realizó ese trabajo de inmenso valor porque se había analizado y representaba el pago de su deuda al psicoanálisis. El problema es: no tengo correspondencias con las raíces germánicas, y las palabras francesas de Lacan son demasiado ricas para volcarlas. No puedo tener todos los movimientos textuales de Lacan, porque el eje lingüístico (vertical) de las metáforas en francés es más rico que en castellano. De todas maneras, ¿cómo logro ser fiel no al significante sino por lo menos a transmitir aquello a lo que hace referencia? Hacer las correspondencias con la lengua de origen para ponerlo, de algún modo, en la lengua de llegada. Porque “el deseo y su interpretación” y “el deseo es su interpretación” son homófonos, pero tengo que llegar a que esa homofonía que no es gratuita y hacer que el lector lo entienda. Ninguna figura retórica en Lacan es gratuita. L’étourdit es casi intraducible, porque hay homofonías en griego, en latín, en francés. Al margen de que pasa del alemán al griego, del latín al francés. Y da signos de que ahí hay algo. Cuando él dice l’habit, es “la vestimenta”, pero también es habite, habita y bite, “la verga”, cuando se la pronuncia bite. Usando un término argótico está significando que el falo es la condición para habitar el lenguaje y que el significante es el que le da falicidad al hombre, y a la mujer. Está el famoso verso de Hölderlin: “El hombre habita como poeta” (Dichterisch wohnet der Mensch auf dieses Erde), verso extraído del himno In himmlischer Blaue, famoso por las lecturas que le dedicara Heidegger, que le devolvió el lugar que le correspondía de ser uno de los poetas mayores de la lengua alemana, lugar que nunca había ocupado por el desprecio y la incomprensión que le prodigaron Goethe y otros. El problema está en que no todos los hombres hacen poesía. Pero en alemán, dichten es “poetizar, hacer poesía”, y también es “crear”. Quiere decir que al hablar, los hombres crean. Y esa es la manera en que el hombre habita el lenguaje: creando la lengua por el hecho de hablar. Fue así que Hölderlin se adelantó en más de medio siglo a de Saussure, quien decía en su curso que los hombres crean la lengua hablando. Y Lacan, en media frase y con una palabrota, dice que la condición es el falo: si el sujeto no está falicizado, no hay introducción del lenguaje en el cuerpo ni del cuerpo al lenguaje. Y eso se hace por medio de la palabra del Otro. L’habit, la vestimenta, el hombre habita el lenguaje gracias al falo (dicho en lengua de la calle). La palabra puede estar desfalicizada; si no está falicizada, no va a haber introducción en y al lenguaje. Todo eso está en una línea.

     

    I.R.: Me resultó muy revelador haberlo escuchado decir en cierta oportunidad –inclusive creo que también lo he leído–, respecto de una circunstancia repetida en su práctica hospitalaria en Francia que en el encuentro con madres de niños autistas éstas se avergonzaban de hablar con sus hijos de esa manera tan peculiar –que se llama laleo o lalación– en que el hijo es hablado literalmente por “la lengua de la madre”. Quiero decir, que no le habían hablado de ese modo, en esa lalangue de extrañas palabras y motes, medias palabras, balbuceos, etc.

     

    H.Y.: A veces llega una mujer y me dice que en la escuela le piden que traiga al nene al psicólogo, y uno oye que le sigue hablando como si fuera un bebé. Sin saberlo lo está seduciendo, guardándoselo como bebé. La madre está reparando su propia infancia, pero para reparar su infancia se está convirtiendo en el único mundo de su hijo, entonces éste no puede prestar atención en la escuela. Por eso en ciertos momentos hay que cortar con la falicización de la palabra. Por lo contrario algunas madres de niños autistas, de modos siempre singulares, no pudieron jugar con ellos como bebés, es decir, no crearon lalengua. Ambos casos son antinómicos el uno del otro.

     

    A.R.: Debido a que la traducción de los textos analíticos suele priorizar el sentido y dejar un poco de lado, como hemos visto, el movimiento vital, el fluir de la lengua, algunos analistas sostienen que el psicoanálisis en castellano ha quedado demasiado pegado a los conceptos y, tomando posiciones antagónicas, eluden los conceptos para optar por el fluir de la lengua. ¿Qué opinión le merecen estas posiciones? ¿Podría el psicoanálisis prescindir de los conceptos?

     

    H.Y.: No es en vano que el Seminario XI se llama Los cuatro conceptos fundamentales…, aunque luego, en la introducción a la edición alemana de los Escritos, Lacan escriba que los conceptos son toneles que pierden.

     

    A.R.: En Notes sur la traduction,[5] usted habla de la palabra en análisis como traducción. ¿Qué procesos comandan las primeras inscripciones? ¿Qué entiende por Niederschrift? ¿En qué nivel se sitúa la Verleugnung?

     

    H.Y.: En todo sujeto neurótico hay una nostalgia del signo, o traduciendo mejor de la seña a la que ya no se tiene acceso por obra del significante. Sin embargo, no habría vida posible sin esa nostalgia. Entiendo “nostalgia” como Sehnsucht en alemán, que también puede traducirse como “búsqueda de goce” en toda su gama, y no solo de dolor, ya que “nostalgia” es una palabra médica inventada en el Renacimiento. Con la palabra Niederschrift Freud habla de cambios en las inscripciones, sea por acontecimientos históricos, épocas de aparición de la sexualidad o épocas de “represión”. También hay cambios en las inscripciones gracias a que estas dejan de estar sometidas a la presión reprimente del ideal. Hay traducción en sesión cuando se intenta dar cuenta del objeto, cuya naturaleza escapa al significante. No hay traducción en los momentos de gracia, cuando el sujeto se aviene casi sin creerlo a decir lo que le pasa por la cabeza sin mandarlo para abajo, Unterdrückung.

     

    A.R.: En su texto Lo imposible a traducir, se lee: “Hay, en cada lengua, una palabra, y un lugar en la lengua, para decir el desconocimiento radical y necesario del extranjero” (Il y a, dans chaque langue, un mot, et un lieu dans la langue, pour dire la méconnaissance radicale et nécessaire de l’étranger). ¿Por qué usted habla del desconocimiento radical y necesario del extranjero? ¿Cómo podemos articular esta afirmación con la estructura?

     

    H.Y.: Es el precio que pagamos para que, entre los dos significantes, el objeto y el sean soportes del sujeto del inconsciente. Sin ese desconocimiento radical no hay topes de la cadena significante, no hay ni límite ni función.

     

    A.R.: Lacan dice que la angustia es la única traducción subjetiva de la presencia del objeto. ¿Qué idea de traducción podría desprenderse de allí?

     

    H.Y.: Lacan usa la palabra “traducción” en su sentido literal (en latín translatio o en alemán Übersetzung), pasar de una orilla a otra del río. Las dos riberas, sin embargo, no tienen nada en común. De eso que es signo del objeto, en su borde de goce del Otro, que no es del orden del significante debe desprenderse un vector, que es el del movimiento hacia la palabra. Ir al significante allí donde éste, por naturaleza, no está. Buscar el deseo, única arma posible para enfrentar la angustia, es darle al objeto el semblant que le falta.

     

     

    [1] Héctor Yankelevich: L’impossible à traduire, Comunicación leída en la Reunión Preliminar para una Convergencia Lacaniana de Psicoanálisis, Barcelona, 7 de febrero de 1997. En este número publicamos la traducción de ese texto, hasta ahora inédito, a continuación de la entrevista.

    [2] También en Oriente, el pasaje del sánscrito al chino y del chino al japonés, traducciones que fueron el vehículo del budismo y a las que Lacan prestaba gran atención, ya que se esmeraba en traducir textos chinos en la primera versión que había de su pasaje del sánscrito.

    [3] Se puede leer con provecho Façons de parler grec à Rome, bajo la dirección de Florence Dupont y Emmanuelle Valette-Cagnac, Bélin, Paris, 2005.

    [4] Silvia Amigo desarrolla en este sentido las observaciones más pertinentes en cuanto a que no es posible homologar todos los nudos de cuatro cuerdas.

    [5] Manuscrito inédito.

  • Fantasma, estofa del deseo

    Paul Laurent Assoun. Leçons psychanalytiques sur Le Fantasme (Lecciones psicoanalíticas sobre El Fantasma)
    Economica, Paris, 2010, 2° edición

    “Y a pesar de todo: si verdaderamente se trata aquí de lecciones –y no de una demostración por «capítulos»–, si además esas lecciones tienen su dinámica y su unidad, es en realidad porque en su forma misma las lecciones de psicoanálisis llevan a la expresión algo distinto: por una parte, como lecciones, algo distinto de un «tratado»; por la otra, en cuanto escritas, algo distinto de una improvisación, con sus efectos de presencia pero también de aproximación. Es realmente un modo de transmisión apropiado para la enseñanza analítica –en su dimensión heurística y clínica metapsicológica– que constituye un verdadero género”.

    Paul Laurent Assoun: “Palabras preliminares”, en Lecciones psicoanalíticas sobre la mirada y la voz, Colección Freud <> Lacan, Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1997.

    1- No produce lo mismo leer en otra lengua que en la propia, especialmente cuando a mi inexperiencia –aunque no me considere del todo ignorante del francés, hablo de experiencia en el sentido psicoanalítico, como pasión del cuerpo por efecto del lenguaje– de la lengua en la que Paul Laurent Assoun escribe se le añade la circunstancia que lo hace con refinamientos particulares que hacen que la lengua, francesa en este caso, se anime o se aguijonee o se entusiasme o envalentone –incluso, en el caso del “último” Lacan siguiendo a Joyce, sea desarticulada.

    A mi entender, esto es verdaderamente un proceso que se ejerce en el sentido de dar a la lengua en la que se escribe un texto psicoanalítico, un otro uso o un uso, en todo caso, que está lejos de ser ordinario. Para decirlo de otra manera, el gusto es mío por leer estas Leçons psychanalytiques, ya que me permiten abrevar en cómo sabe la lengua, imponiéndome “introducir” de eso extranjero lo familiar que constriñe y así, fecundamente, airear la lengua a mi disposición para dejarme hablar por sus palabras.

    Al sesgo destacado del uso de las lenguas en la escritura de este libro es preciso darle otra vuelta para extremar el relieve de una diferencia a resaltar, al poner en acto en el atravesamiento de la cuestión del fantasma –término, descubrimiento, metapsicología, figuras clínicas y sociales, escritura – la incidencia del calado del punzón lacaniano –de la que se vale Assoun– para hacer rendir en francés los medios de expresión propios de la lengua alemana. Marca de origen que sella la génesis de la clínica y la teoría freudiana del fantasma sobre las que trabaja la lengua francesa –delicada pero denodadamente– al dispersar, asperjar, espolvorear, salpicar sus matices en ese pasaje de lenguas operado por la escritura. Dicho de otra manera, la lengua se perfecciona –al decir de Lacan– cuando sabe jugar con la escritura.

    2- En una primera aproximación, el autor se introduce por las derivas “lenguajeras” del término de referencia –“reacio a la divulgación y a la socialización”– encontrado en el lenguaje común y que porta una concepción popular del fantasma que no acuerda con su naturaleza ni su función inconsciente, por las cuales el sujeto será más bien un “fantoche” a su respecto, ya que los fantasmas no responden a su dominio ni a su disposición. El autor se dejará conducir con detenimiento por un riguroso rastreo de las latencias del lenguaje, entre la palabra y la cosa de la que se trata. En lo tocante a lo que trasunta la lengua alemana, el texto tematiza un elemento grávido en consecuencias para la problemática del fantasma: lo que designa en sus variaciones la misma palabra Phantasie.

    Así, el trayecto se va delineando desde la aparición de la fantasía a la derivación por el griego en el término “fantasma”, despejando en el movimiento de su recorrido la facultad imaginativa del producto “fantasma”, ya que el término mismo insinúa una “alternativa entre representación y falso semblante”. Precisamente, ese intento “hace salir el psicoanálisis del fantasma de una psicología de la imaginación”.

    Entendida la cuestión en tal tesitura, Assoun ilumina el campo semántico del fantasma en Freud para situar clínicamente en el ejemplo simple y paradigmático de “la paseante solitaria” el acontecimiento del fantasma: signo de una relación con un cierto inconfesable, aunque sea contable. Se desprende de este modo el carácter “mestizo” de esta formación que se abre a una dimensión inconsciente, en la cual se verá la significación propia, puesta al día metapsicológicamente.

    Desde tal perspectiva cabe decir que la interrogación que atraviesa el texto –a mi manera de ver cumple su rol estructurante, atravesándolo de cabo a rabo– insiste en ese rasgo ostensible de la reticencia a confesar los fantasmas, redoblada por lo que habría allí de tan íntimamente inconfesable en contraposición con “la tendencia moderna a la auto confesión”.

    3- En la primera parte (“Fundamentos”) ese atravesamiento del fantasma que nos propone el autor supone partir de una puesta al día de su descubrimiento que implicará posicionarlo en comprensión, como una formación psíquica sui generis en articulación con el sueño y el síntoma para así presentar, en extensión, la cartografía de sus variedades estructurales como su escenografía. El autor persigue el trayecto freudiano que, obligado a reconocer el real fantasmático bajo la máscara de la realidad, refleja el proceso en juego “de modo que al atravesarlo, se actualiza lo real del fantasma”. Entonces, más allá del uso degradado del término se tratará de determinar la medida de la actividad fantasmática en su dimensión inconsciente siguiendo la génesis de la clínica y de la teoría freudianas –de la puesta al día de la potencia del fantasma en su dimensión (psico) sexual a la zaga de la escena originaria y su puesta en acto entre sueño y síntoma.

    La segunda parte (“Teoría y figuras”) nos conduce a la afirmación que el análisis precisa del trabajo inconsciente del fantasma, a través del caso paradigmático de Leonardo Da Vinci, hasta desembocar una “metapsicología del fantasma”. Vale destacar esta marca incidental de su trabajo con “la hechicera” (como la nombra Freud, nominando metapsicología a la teorización psicoanalítica) porque resulta un clásico del modus operandi de Assoun. Por ende, “si el ejemplo es la cosa misma”, allí se mostrará que el fantasma no se cuenta, a menos que se lo ignore como tal y es lo que el autor nombra como “recuerdo de infancia: traducir el fantasma”. Así emerge el “mundo del fantasma”, zona protegida del “principio del placer”, en el medio del cual el sujeto mantiene el objeto de su deseo y sostiene la realidad.

    Ahora bien, una perlita como hallazgo precioso en la lección correspondiente, hablando del placer angustioso. Precisamente es poniendo a jugar el repetitivo fort-da –escansión determinante en la relación con el objeto que lo constituye como objeto del fantasma, “que encontrará a un buen entendedor en Lacan”– que se toca allí el punto de tope metapsicológico del fantasma: el autor subraya que es un hecho que Freud no menciona al fantasma en ese texto donde describe su puesta en obra por la repetición, aunque le interesa extremadamente.

    Siguiendo su periplo hace aparición, a partir de “un niño es siendo pegado”, la escritura del fantasma, trabajo de la culpabilidad edípica en su lazo con lo masculino y con lo femenino. De otro modo también, lo dirá Assoun: “el fantasma es el lugar mismo de vectorización de lo masculino y lo femenino”.

    En la tercera parte (“Destinos y puesta en juego”) se atraviesan las figuras clínicas del fantasma de la neurosis a la perversión y su lazo con el delirio para luego dibujar los avatares de esos destinos clínicos y sociales del fantasma. Precisamente el despliegue del amor se presenta como el primer destino del fantasma –en tanto distribuidor de carreteras (point rond)– en el entrecruzamiento del síntoma (“enfermedad de amor”) y de lo social (“lazo de amor”), lo cual permite releer el aporte de Lacan situando al fantasma como “punzón” –una acepción aceptada es “deseo de”– entre el sujeto dividido y el objeto a, del cual es el acceso privilegiado, objeto para el deseo que atestigua que a lo imposible, “el sujeto se siente personellement[1] sostenido…”.

    Que la pulsión esté articulada al trabajo fantasmático es el resorte de todo el aporte freudiano examinado por el autor, en tanto Isaacs va más lejos en el desciframiento de la fantasmática kleiniana, puesto que pone en correlato la relación de objeto pulsional con el fraseado fantasmático. Es claro que será Lacan, a su turno, quien va a afinar la oreja de lo estrechado “por la genial tripera” con la tripartición más rigurosa del fantasma en sus dimensiones real, simbólico e imaginario. Llegados a este punto el texto se precipita.

    De otra manera: nos dice Assoun que es para el parlêtre (“hablaser”) que el fantasma toma su alcance, salvo para reencontrar este punto de tope –cuestión que me interesa destacar en tanto resto, desecho del lenguaje– o salvo para desplegarlo según su triple función, del sujeto, del Otro y del objeto. En todo caso, subraya el autor, es el modo lacaniano –que sabe leer la metapsicología– de formalizar lo que se encuentra puesto al día por Freud: la toma del fantasma en el cuerpo lo enraíza en lo real y lo especular, en tanto que su toma en el texto lo asigna a lo simbólico. Todo ello se articula en la función del objeto y la movilización del Otro para el sujeto que está afectado en eso.

    De esta manera, el fantasma aparece finalmente como la formación inconsciente más apta para dar acceso a la verdad del objeto, notoriamente “objeto a”, no objeto del deseo, sino su objeto-causa.

    Este texto, imbricado fuertemente en la clínica, revisita ejemplos freudianos paradigmáticos en los cuales no deja de actualizarse –según mi parecer– qué quiere decir hablar en psicoanálisis. Trabajo “lenguajero” del fantasma “que organiza su escritura alrededor de la duplicidad de lo masculino y de lo femenino para intentar ajustarse allí”. Parece que “por la gracia del fantasma, el sujeto practica ese imposible”. Es con sus armas que el sujeto afronta – al bies – lo imposible de la relación sexual organizando su relación con lo imposible de la relación.

    Para ir concluyendo, me importa dejar abierta a la lectura una pregunta consignada por el autor – sabemos con Lacan que toda pregunta despunta una respuesta – y situada a la altura del Seminario XI: Los cuatro conceptos…: “¿Qué deviene entonces lo que ha pasado por la experiencia de esta relación, opaca en el origen, a la pulsión? ¿Cómo un sujeto que ha atravesado el fantasma fundamental radical puede vivir la pulsión?”. Interrogación abierta –entre otras suscitadas por la lectura de este libro de Assoun – que redoblaría al enfatizar: ¿del atravesamiento del fantasma en su uso fundamental?

     


     

    [1] A mi entender el autor juega aquí –mínimamente– con la ambigüedad portada por el original personne: persona (“en persona, sí mismo”; “de una manera personal en tanto que persona”; “por su parte, en cuanto a sí”) y nadie. Quizá no permanezca ajeno a las latencias de “máscara” que porta el vocablo tanto como a la cuestión del sonido que se hace oír en el término en latín, en castellano y en francés.